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Como es difícil distinguir al buen profeta del malo, debemos desconfiar de todos los profetas. Es mejor evitar las verdades reveladas, incluso si nos sentimos exaltados por su simplicidad y esplendor, incluso si las encontramos cómodas porque no nos cuestan nada. Es mejor contentarse con verdades más modestas y menos inspiradoras que son conquistadas laboriosamente, paso a paso, sin atajos, mediante el estudio, la discusión y el razonamiento, y que pueden ser verificadas y demostradas.
Primo Levi, Si esto es un hombre
«Es evidente la crueldad del cautiverio, con una víctima que por su cultura, su dedicación política, se puede presumir que era consciente de que carecía de cualquier oportunidad de sobrevivir al secuestro. También las condiciones del asesinato: en un lugar despoblado, rematado y abandonado a su suerte... Y si el terrorismo persigue a través de irradiar el terror a toda la población fines políticos que no puede conseguir por fines democráticos, es evidente que este atentado fue la esencia del terrorismo, porque durante ese fin de semana, durante esas angustiosas cuarenta y ocho horas (sin pretender compararlo al sufrimiento de su familia, de su círculo más cercano) todos los españoles pudieron ser, pudieron sentirse hermanos, padres, primos, novias de Miguel Ángel Blanco.
Pocas veces, y eso debe tenerse en cuenta por la Sala, un asesino ha tenido tantos motivos para evitar llevar a cabo su despreciable propósito criminal. Pocas veces ha tenido que superar más escrúpulos y difícilmente explicable es que no haya sido capaz de oír, de sentir, el clamor desesperado de una sociedad que le reclamaba clemencia. Los gritos de las manifestaciones de aquellos días sin duda debieron oirse en cualquier bajera situada en cualquier punto del País Vasco. Tal vez de estos hechos sólo pueda rescatarse la unión de los vascos, de los españoles, un clamor social que hoy llega institucionalizado en lo que se llamó espíritu de Ermua, en lo que fue una auténtica rebelión cívica para evitar el colmo de un acorralamiento de las víctimas y de todos aquellos que no participaban en un nacionalismo violento que se desarrollaba por cauces delictivos.
Si a ello unimos la pasmosa, pese a lo habitual, sorprendente conducta de indiferencia de los acusados en el juicio, se apreciará la necesidad de un largo tratamiento penitenciario, de manera que las penas no pueden ser otras que las solicitadas por este Ministerio Fiscal. Quienes hemos estado presentes en esta sala no podemos comprender humanamente la indiferencia de la conducta de los acusados, como no sea una artificial pantalla para salvar su cobardía de enfrentarse a la acusación y a este juicio».
Rosa Montero
EL PAÍS - Última - 25-07-2006
Dije en esta columna la semana pasada que, pese a sus muchos desmanes, preferiría mil veces antes vivir en Israel que en un Estado gobernado por Hezbolá, porque, a pesar de todo, formábamos parte del mismo mundo. Una lectora escribió diciendo que con mis palabras fomentaba la tesis del choque de civilizaciones. Yo no lo veo así; de hecho, no creo que exista ese tópico choque, si por ello entendemos un enfrentamiento entre dos culturas, entre Oriente y Occidente, entre musulmanes y cristianos.
Cuando digo que Israel y nosotros formamos parte del mismo mundo, hablo del mundo que ha apostado por la sociedad civil y democrática, por más que Israel esté justamente en una de las fronteras de ese modelo, con sus propios fanáticos y, sobre todo, con infinidad de violaciones al sistema de derechos. Sin embargo, y justamente porque siguen dentro del marco democrático, porque no han cedido en la forma de Gobierno y continúan separando religión y Estado, esas violaciones pueden ser denunciadas y combatidas, y existe un debate abierto sobre ello dentro de Israel. Y cuando digo que Hezbolá no pertenece a nuestro mundo, no es porque sean musulmanes, sino porque son unos integristas intolerantes y tiránicos, porque están en contra de la sociedad civil que tanto esfuerzo y tanto dolor nos ha costado construir a lo largo de los siglos, porque su ley es una feroz y arcaica ley religiosa.
Nuestra cultura, la cultura democrática, con todas sus contradicciones, sus hipocresías y sus enormes fallos (e Israel es un ejemplo álgido de todo esto), es un logro inmenso de la Humanidad. Un logro por el que hemos pagado un exorbitante precio de sangre y en el que han colaborado muchos musulmanes, desde Averroes a Mohamed Yunus, el inventor del microcrédito. Ese lento esfuerzo colectivo, esa tenaz entrega de lo mejor que somos ha construido, sí, una civilización. Que no está en choque contra otra civilización, sino contra la barbarie. Recordemos que los integristas islámicos matan a más musulmanes que occidentales. La lucha está entre la civilidad democrática (de la que participa parte del mundo árabe) y la intolerancia primitiva. Y si no tenemos esto claro, seremos incapaces de defender nuestros valores.

Santo Adalid, Patrón de las Españas,
Amigo del Señor;
defiende a tus discípulos queridos,
protege a tu nación.
Las armas victoriosas del cristianismo
venimos a templar
en el sagrado y encendido fuego
de tu devoto altar.
Firme y seguro
como aquella Columna
que te entregó la Madre de Jesús
será en España
la santa Fe cristiana,
bien celestial que nos legaste Tú.
¡Gloria a Santiago,
Patrón insigne!
Gratos, tus hijos,
hoy te bendicen.
A tus plantas postradas te ofrecemos
la prenda más cordial de nuestro amor.
¡Defiende a tus discípulos queridos!
¡Protege a tu nacion!
Tomado del blog de Pegat,
Hoy es de esos días en los que la vida te pone en tu sitio y te cuesta comprender muchas cosas que suceden a tu alrededor. Es de esos días en los que cuesta comprender la voluntad de Dios. Lo siento, pero me parece injusto que una madre se vaya con 43 años, dos hijos y un marido. Pese a ello, no queda más remedio que aceptar esa voluntad, aunque no la comprenda.
No he tenido el gusto y el honor de llegar a conocerte, pero he tenido la suerte de conocer parte de tu obra:
a tu hijo Jorge.
Isabel, allá donde estés, muchísimas gracias por tu legado, por la oportunidad de conocer a tu hijo,
por haber podido compartir con él tantas cosas,
por su conversación nunca vacía,
por su mirada profunda,
por su sonrisa eterna,
y por esa carta al apóstol Santiago inspirada en tí.
Nada ni nadie podrá llenar el vacío que dejas, sobre todo en tus hijos y en tu marido.
Debes estar muy orgullosa de las huellas que has dejado en tu camino.
Mereces el cielo por ello, y seguro que desde allí sigues cuidando de "tus niños" de alguna manera.
Querida Isabel, descansa en paz con el Padre y pídele que dé fuerzas, fe y esperanza a tu familia ahora y siempre.

Con esta palabra se autodesigna Ignacio en su Autobiografía, también llamada por ello el “Relato del peregrino” y así firma alguna de sus cartas. No es ciertamente la imagen más frecuente con la que ha pasado Ignacio a la historia, porque tampoco ha sido la imagen más frecuente que ha circulado entre los mismos jesuitas. Y todo porque su Autobiografía fue rápidamente retirada y prohibida por razones internas no muy convincentes. No se edita –y en latín- hasta mediados del siglo XVIII, y no ve definitivamente la luz –en el original castellano-italiano- hasta comienzos del siglo XX. Será a partir de mediados de este siglo cuando empieza a estudiarse y divulgarse entre los jesuitas, y a ser considera una obra fundamental e imprescindible si se quiere conocer a fondo la personalidad de Ignacio. Esta imagen con la que Ignacio se describe a sí mismo –profundamente humana y sencilla- es muy distinta de la que fue brotando en otros círculos más o menos cercanos, de un Ignacio firme y severo, instigador en los ámbitos políticos y eclesiásticos y fundador de una gran Orden religiosa de carácter eminentemente militar… Nada de eso aparece en el sincerísimo relato que él hace de sí mismo. Fue, simplemente, un peregrino, desde su conversión hasta el final de su vida. Y lo fue, no sólo físicamente, por los miles y miles de kilómetros que recorrió, sino sobre todo por ese otro peregrinaje interior que le fue llevando desde el “hombre dado a las vanidades del mundo” hasta aquél que tuvo como único norte “la mayor gloria de Dios”.
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