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cuatrodecididos

Una Iglesia de participación y comunión

La muerte de Juan Pablo II y la elección de su sucesor han coincidido con fechas «malas» para una revista mensual como la nuestra que se elabora bastantes días antes de que llegue a nuestros lectores. Esta circunstancia nos impide hablar del nuevo pontífice, pues cuando estas líneas van a imprenta todavía desconocemos su nombre. Y, sin embargo, cuando ustedes las vean ya lo sabrán.

Por eso nos ha parecido mejor soñar en voz alta sobre cómo nos gustaría que se fuera configurando la Iglesia, el pueblo de Dios en marcha por la historia, bajo la égida del nuevo sucesor de Pedro.

En primer lugar, anhelamos una comunidad eclesial regida por el principio de la igualdad de todos sus miembros, varones y mujeres, clérigos o laicos. Lo que no significa que no haya en ella diversidad de servicios, ministerios, funciones, carismas y vocaciones. Pero todos ellos orientados a hacer realidad la misma misión de Cristo. Que la Iglesia se parezca cada vez menos a una entidad administrativa. Que no se ocupe tanto en detectar desviaciones y errores como de fomentar y tutelar la vida plural que la misma fe suscita. Que no excluya a nadie en función del género o de los sacramentos.

En segundo lugar, libertad de opinión en la Iglesia, lo que no es una patente de corso para que cualquiera ponga en cuestión los dogmas o la auténtica tradición. No, deseamos que las diferentes corrientes, los pareceres distintos, las ideas o mentalidades diversas, las múltiples culturas o formas de pensar tengan cabida cómoda en la comunidad cristiana. Que puedan expresarse con respeto y humildad, aunque puedan sorprender o incluso escandalizar por ignorancia a algunos. No hay que tener tanto miedo al pluralismo. La uniformidad impuesta, hasta en lo nimio, resulta atosigante.

Todo ello no ha de ser fruto de un capricho, sino de una aceptación interiorizada de la doctrina del Vaticano II sobre la Iglesia, donde se propugna la «comunión» y la participación de todos, porque los fieles son, por el bautismo, profetas, sacerdotes y reyes o, lo que es lo mismo, hijos e hijas de Dios. La autoridad en la Iglesia no debería confundirse, por su raíz evangélica, con el absolutismo monárquico, en el que todavía parecen ancladas todavía ciertas estructuras de gobierno. Tampoco el estilo de su ejercicio ha cambiado en muchos ámbitos. Algunos procedimientos disciplinares rozan la vulneración de los derechos humanos. Que la Iglesia sea jerárquica no obsta para que sea un poco más democrática.

Un rasgo fundamental de la eclesiología del Vaticano II es la importancia concedida a las Iglesias locales y nacionales. Nos gustaría que aumentaran las atribuciones de las conferencias episcopales, que los obispos fueran elegidos y nombrados de forma diferente, teniendo en cuenta a la diócesis y al pueblo cristiano al que van a servir. Ojalá también la participación de los laicos en la vida interna de la Iglesia no fuera tan pequeña y limitada.

La insistencia, por otra parte, en el mantenimiento de venerables prácticas, ceremonias y ritos –basta recordar las vetustas oraciones del Misal Romano o el conjunto de rúbricas que constriñen toda celebración litúrgica– impiden la variación e incluso acomodación a las diferentes circunstancias y culturas. Como si los rituales, por serlo, tuvieran poder mágico. Una mayor frescura, espontaneidad y novedad sería de agradecer, ahora que, además, las presentaciones multimedia nos han acostumbrado a una dinámica y sensibilidad bien distintas.

Son más extensos nuestros sueños, pero sólo les hablamos hoy de unos cuantos, que nos parecen –a estas alturas– indispensables. Ojalá este papa, recién elegido (dicho sea de paso, por un procedimiento que no deja de ser singular y mejorable) recorra esta senda con el concurso de todos los fieles.

Editorial de la Revista Mensajero editada por los jesuitas
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1 comentario

kike -

Je, je, muchiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimas gracias por el enlace, para mi es un verdadero honor aparecer por aca. Por cierto, por mucho q digas, gladiator es una peliculona lamentable, y nada q ver con espartaco, nada...
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