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Buenos días, España

Buenos días, España

NO inventó las mañanas, ni la radio, ni las tertulias, pero las mañanas, la radio y las tertulias en España serían distintas sin él, sin la sacudida incontenible de su voz de vértigo que al alba da los buenos días al país con el brío, la pujanza y la energía de quien acaba de inaugurar el mundo. Lo ha hecho ya 9.999 veces a lo largo de treinta y cuatro años, y ese saludo que es ya una costumbre nacional tronará hoy desde Zaragoza en el aire del recién nacido verano con la emoción de una efeméride y el orgullo de un récord. Porque hoy el protagonista de «Protagonistas» se llama Luis del Olmo Marote, tiene 70 años y cumple diez mil programas contando nuestra historia contemporánea.

En esas tres décadas y media le ha blanqueado el pelo, se le ha ahondado la voz y le han salido canas en el alma, pero no le ha menguado un ápice el entusiasmo del primer día. Un tío que con su posición, su edad y su patrimonio se sigue levantando a las seis para trabajar es un ejemplo para esas generaciones de adolescentes que sueñan con ser funcionarios. Podría pasar el resto de su vida jugando al golf y mirando atardecer en Roda de Bará, convertido en un buda sedentario y mitificado como una leyenda de la comunicación española, pero lleva inoculado en la médula el veneno del periodismo, esa pasión insondable de navegar sobre la espuma de las noches y desembarcar cada mañana en la playa de las noticias, y la sangre le hervirá de rabia el día que tenga que poner la radio para enterarse de lo que pasa. Es de una raza aparte, una especie irreductible e ignífuga a la quemazón del tiempo, inmune a las rutinas, blindada contra el desencanto, el tedio y el desgaste.

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Ha pasado por casi todas las grandes cadenas, y en todas ha levantado el estandarte de la libertad. Ha dejado opinar a tirios y a troyanos, a obstinados izquierdistas y a derechistas montaraces; ha construido espacios de encuentro y ha marcado sus líneas de crítica sin insultar a nadie ni incendiar los amaneceres con soflamas sectarias. Es independiente, no neutral: ETA quiso matarlo ocho veces, y en alguna de ellas lo salvó el hilo delgadísimo del azar, pero no vive preso del rencor ni secuestrado por la amargura. Cuando se ha terciado ha bajado a las trincheras, pero nunca ha querido instalarse en ellas porque sabe que se humedecen los huesos y se anquilosa el espíritu. Hijo de la Transición, sigue creyendo en el consenso en medio de esta España banderiza; tiene piel de elefante y a estas alturas le resbalan los dogmatismos, las verdades absolutas y el adanismo de los que descubren ahora el mundo por el que él transitaba antes de que estuvieran puestas las calles.

Hace pocos años, a la edad en que otros se jubilan, se reinventó a sí mismo en una nueva aventura, la de Punto Radio, con la que hoy alcanza esta celebración que para él es sólo doblar por enésima vez el cabo de Buena Esperanza. No conoce el desaliento ni la quiebra. Mide casi dos metros, y su sombra viva de gigante se proyecta por la historia de la radio en España. Felicidades, Luis del Alma.

Ignacio Camacho

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