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Su hijo es un bien de interés público

Su hijo es un bien de interés público

El equilibrio del Estado de bienestar peligra con el envejecimiento de la población - La inmigración no es la solución - Urge una política de natalidad multidireccional y paritaria

No es verdad que las mujeres españolas hayan dejado de tener hijos. Pero sí que tienen menos de los que les gustaría -1,4 de media-, según declaran ellas mismas. Tampoco es verdad que la inmigración sea la solución para subir la natalidad. Apenas eleva el índice que mide el número de hijos por mujer que nacen en España. La media de alumbramientos está por debajo de la media europea, aunque algunos países, como Italia, Portugal o Hungría, tienen el mismo problema. Las tendencias demográficas de las sociedades más evolucionadas son insostenibles a medio y largo plazo, insisten los expertos, sobre todo en el sur y el este de Europa, pero también en naciones del centro como Alemania o Austria. El cálculo es que España necesita alcanzar la tasa de 1,9 hijos por mujer para que el Estado de bienestar sea sostenible en esta cuestión, que no es menor. El desequilibrio entre la baja natalidad y la larga esperanza de vida puede hacer tambalear en el futuro todas las prestaciones, incluidas las vinculadas a cuatro derechos universales: educación y asistencia sanitaria gratuitas, pensiones y atención a las personas dependientes. Se olvida que los niños son también personas dependientes. Y, dada la escasez de ayudas y políticas dirigidas a su atención, parece que se cuidan solos. ¿Es sostenible una sociedad con unas tasas de envejecimiento del 25% o 30%, como predice la tendencia actual, con una natalidad tan baja? O se emprenden reformas sustanciales o esa situación se pagará cara, económica y socialmente, advierten los expertos. Hace falta un nuevo modelo y también una nueva mentalidad. El mensaje es multidireccional: a los poderes públicos, las empresas y las familias. El análisis de los expertos ayuda a romper tópicos. La demógrafa del CSIC Margarita Delgado, una de las principales expertas en fecundidad del país, empieza por resquebrajar el primero: el confiar en que se produzca una recuperación de la natalidad gracias a la inmigración. "Una cosa es la natalidad, es decir, el número de nacimientos que se producen, y otra la tasa de fecundidad. Las mujeres extranjeras contribuyen a aumentar la natalidad. Así, el porcentaje de nacimientos en España de extranjeras en 1996 representaba el 3,26%, mientras que en 2008 suponía el 20,82%", explica Delgado. "Sin embargo, lo que las extranjeras contribuyen a la fecundidad representa poco más del 6 centésimas". Y lo explica: "El promedio de hijos por mujer en España, con datos de 2008, era de 1,44; entre las españolas es de 1,36 y entre las extranjeras, de 1,85. La diferencia entre ambas es, por tanto, del 6%, que es la contribución de las extranjeras. Si pensásemos en fiar la recuperación de la natalidad en España a la aportación de las extranjeras sería una meta inalcanzable", sentencia Delgado cifras en mano. La inmigración tiene un impacto en la demografía que es su propia presencia. Otro dato es el que refleja cómo las extranjeras adoptan, al poco tiempo de llegar, los patrones españoles: en 1996, tenían de media 2,2 hijos por mujer, ahora tienen 1,85. Las inmigrantes acuden a España a trabajar y se encuentran con los mismos problemas (o mayores) que las españolas a la hora de compatibilizar el trabajo y el cuidado de los hijos. Cabe resaltar que no se puede meter a todas las inmigrantes en el mismo saco, tampoco en esta cuestión. Algunas proceden de países que ya tienen una tasa de natalidad baja. Destaca el ejemplo de Rumania, con una tasa de hijos por mujer de 1,3. "No es panacea el efecto de la inmigración. Puede aliviar la situación, pero no puede frenar el envejecimiento, solo ralentizarlo", explica el catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, especialista en inmigración y demografía, Joaquín Arango. "Para que la inmigración afectara a la tasa de fecundidad tendría que haber flujos muy caudalosos, muy sostenidos y mucho más grandes. Pero, además, si vienen para volver luego a sus países, entonces no contribuyen a largo plazo al envejecimiento de la población, pero, si se quedan en España, se convertirán en perceptores de pensiones, con lo cual aumenta la población pasiva", expone este experto. Situando el tema de la natalidad en el marco europeo, España está por debajo del nivel medio de reemplazo de la UE, que es de 1,5 niños por mujer. Con 1,44 de tasa de fecundidad, es uno de los países de la Europa comunitaria que la tiene más baja, según datos de Eurostat. Pero hay otras naciones en una situación parecida, con una tasa que ronda el 1,4: Austria, Bulgaria, la República Checa, Alemania o Grecia. E incluso peor que España, rondando 1,3 nacimientos por mujer, están Italia, Hungría, Portugal, Rumania o Rusia. Los ejemplos a seguir están, como suele ocurrir en la mayoría de las políticas sociales, en los países nórdicos (donde la tasa de fecundidad es de 1,8 a 2,1 hijos por mujer). En este caso, también se encuentran en Francia (2,0) y en Islandia (2,1). Visto el mapa, el siguiente paso es analizar qué han hecho los que tienen esas tasas más altas. "En Francia tienen dos hijos por mujer de media. Y eso que ha descendido, pero es que nunca estuvo tan baja como la de España", explica Margarita Delgado. "Los nórdicos tienen políticas más generosas que en el sur de Europa, por ejemplo, a la hora de la reserva de puestos de trabajo, dar recursos para la maternidad o programar una amplia oferta de plazas de guardería". "Lo que pasa es que han cambiado los modelos familiares en el mundo desarrollado. El tradicional, con una división sexual estricta, ha saltado por los aires y el trabajo de las mujeres fuera de casa es cada vez más irrenunciable para la economía familiar", resalta la politóloga Laura Nuño, que dirige la cátedra de Género de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. "Pero la incorporación de las mujeres al espacio público sigue sin estar secundada de forma generalizada por la de los hombres al trabajo doméstico. La consecuencia de esta situación es que las mujeres tienen menos hijos y más tarde", explica. Esta experta hace hincapié en otra cuestión: "El bebé es un dependiente, por lo tanto, alguien lo tiene que cuidar. Sin embargo, las políticas públicas se organizan a espaldas de esta realidad". "El problema es que la gestión social del cuidado se ha trasladado a las unidades familiares y apenas hay permisos retribuidos. Con el modelo laboral que tenemos, los trabajadores deben estar disponibles totalmente para el mercado laboral y hay una mano invisible que se ocupa del cuidado de los niños y del trabajo doméstico". Nuño también habla de "chantaje emocional" a las mujeres: "El Estado, el mercado y los hombres se resisten al cambio y se sigue sobrentendiendo que el cuidado es una obligación moral de las mujeres, se les hace un chantaje emocional tremendo, sea consciente o inconscientemente". La situación es complicada y la solución pasa por emprender cambios eficaces, más que gigantes. "Hacen falta políticas sociales como las denominadas en los países anglosajones family friendly policies, es decir, amistosas para la familia, que la ayuden", opina Joaquín Arango. "Son políticas sociales que se justifican por sí mismas porque el bien de los hijos es un bien de interés público. Pero además pueden ser muy eficaces. Hacen falta más guarderías públicas y una política fuerte que concilie la vida familiar con la profesional, con excedencias adecuadas, permisos de maternidad y paternidad relevantes, flexibilidad horaria en los trabajos...", prosigue Arango. "Iniciativas de este tipo son las que crean un entorno apropiado para la reproducción, pero también deberían sumarse a ellas otras medidas como una mayor seguridad laboral, la disminución de la precariedad y de los contratos de poca duración, la promoción de los contratos a tiempo parcial, como hay en Holanda. Porque la reproducción necesita de cierta seguridad, de estabilidad en el empleo y de flexibilidad en los horarios laborales". ¿Y qué se puede hacer mirando los ejemplos de otros países? "Si se quiere potenciar la fecundidad, las personas deben poder tener los hijos que quieran y cuando quieran", defiende Delgado. En este punto se rompe otra de las creencias: la de que las españolas han dejado de tener hijos. La realidad es que solo entre el 8% y el 12% de las mujeres que han acabado su ciclo reproductivo se quedan sin tener hijos. Y este dato no ha variado con el tiempo. Lo que sí ha variado, y es aquí donde está el problema fundamental, es en que tienen menos que antes, como se ve en la Encuesta de Fecundidad y Familia 2006, del CIS, una reveladora muestra, ya que analiza la situación de las mujeres de más de 15 años, con lo que se ve el comportamiento de las distintas generaciones. Las españolas tienen además los hijos más tarde, básicamente por el nivel educativo más alto de las mujeres, con un tiempo más prolongado dedicado al estudio, y por el aumento de las mujeres trabajadoras, que además luchan por tener empleos gratificantes y bien remunerados. A esto se une la falta de ayudas como permisos de maternidad más largos, escasa oferta pública de plazas de educación infantil de cero a tres años y de actividades extraescolares educativas y de ocio públicas, que cubran la jornada laboral de los padres. La encuesta muestra que es abismal la variación en número de hijos entre generaciones y cruza, además, ese dato con el nivel educativo. Se ve, por ejemplo, que las mujeres nacidas entre 1966 y 1970, que tenían en el momento de la encuesta entre 35 y 40 años, habían tenido su primer hijo de media a los 27 años, cuando tenían un nivel de estudios elemental; a los 28, cuando tenían estudios medios, y a los 33,5, con estudios superiores. Además, la encuesta revela qué pasaría si se adoptaran políticas efectivas para el fomento de la natalidad: las mujeres jóvenes dicen que tienen menos hijos de los que desearían y las mayores, más de los que hubieran querido. Las jóvenes lo relacionan con problemas económicos y organizativos, como las dificultades para conciliar horarios. Lo primero que habría que promover, por tanto, son políticas que favorecieran que las mujeres tuvieran hijos más jóvenes. Para ello harían falta medidas que promovieran, por ejemplo, la formación y el empleo a tiempo parcial; las ventajas en el acceso a la vivienda para las parejas que quieren convivir, facilitar el acceso al primer empleo, compensar el aumento del tiempo dedicado a la formación con posibilidades de empleo y dirigir todas estas medidas tanto a los hombres como a las mujeres, porque se ha visto ya que las mujeres de las nuevas generaciones no van a renunciar a sus aspiraciones laborales por tener más hijos. Los datos reflejan que se sacrifican hasta que tienen uno, pero no más. Arango apunta hacia dónde deben ir las soluciones: "Hay que hacerse a la idea de promover cambios, como el aumento de la edad de jubilación, porque es una evidencia que la esperanza de vida es mucho mayor y, a la vez, se deben diseñar unas políticas de admisión de inmigrantes más sensatas y equilibradas y menos restrictivas. Un ejemplo sería Canadá. Cada año fija un número y establece un proceso de selección pensando en las necesidades de la sociedad a medio plazo, y busca los perfiles más convenientes, compensando además a los países de origen del inmigrante con políticas específicas". Margarita Delgado apunta los ámbitos en los que se debe actuar: "En todo este asunto hay tres actores y tres niveles en los que incidir. En primer lugar están los poderes públicos, que deben aumentar las medidas de calado que favorezcan que las personas puedan tener los hijos que quieran, legislando con medidas efectivas, no con incentivos directos, como el de los 2.500 euros". Ese incentivo, el desaparecido cheque-bebé, benefició a cerca de un millón de españoles en los dos años que estuvo en vigor, y costó unos 2.500 millones de euros. En segundo lugar, continúa Delgado, están los empleadores, y "en este terreno se deben promover medidas de conciliación y se debe modificar la cultura empresarial, eliminando estereotipos. Y en tercer lugar están las familias. Debe haber una transformación en el ámbito doméstico para que haya una responsabilidad real compartida en la crianza de los hijos, lo que a su vez ayudaría a romper estereotipos en el ámbito laboral. En la familia hace falta también un cambio, que es siempre difícil y tiene costes emocionales. Porque muchas parejas han sido educadas por mujeres que no tenían estos patrones". Estos comportamientos familiares son, a veces, inconscientes, pero se reflejan en el día a día. Un ejemplo cercano para terminar: cuando se pregunta en un colegio de quién es el teléfono de contacto que tienen de cada niño para las emergencias, la respuesta es unánime, en casi todos los casos es el móvil de la madre.

Susana Pérez de Pablos para El País.

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