Un año después de que el Gobierno español se comprometiera, el 9 de julio de 2004, a dar su apoyo al Tratado Internacional para el Control del Comercio de Armas, aún no ha dado ningún paso en este sentido.
Mientras, en este año de promesas incumplidas, una persona ha muerto cada minuto por culpa de un arma de fuego: más de 500.000 este año, muchas de ellas en los países pobres.
La campaña Armas bajo Control, liderada en España por Amnistía Internacional, IANSA e Intermón Oxfam, junto con otras entidades en más de 60 países, persigue la adopción de un Tratado Internacional sobre Comercio de Armas para el 2006, que ponga fin a esta situación. Francia, Noruega y Alemania acaban de dar su apoyo a la creación del Tratado, uniéndose así a Gran Bretaña, Holanda y Brasil, entre otros, que ya han tomado la decisión de impulsar su elaboración. España aún no lo ha hecho.
El Gobierno español volverá a tener una nueva oportunidad de demostrar su compromiso firme al Tratado Internacional en la reunión de Naciones Unidas, que tendrá lugar del 11 al 15 de julio en Nueva York, donde se revisará la implantación de un programa de acción para prevenir, combatir y erradicar el comercio ilícito de armas, y la necesidad de elaborar otros instrumentos, como el Tratado Internacional.
Escribe al Gobierno español para pedirle que, de una vez por todas, dé su apoyo explícito al Tratado Internacional para el Control del Comercio de Armas y empiece a actuar en consecuencia. Pide al Gobierno que ponga las armas necesarias para empezar a actuar y frenar, así, el descontrol del comercio de armas.
Todo comienzo invita a la esperanza. Estas últimas semanas me he sentido así, ilusionado porque todo cambio es ocasión de moverse, y al moverse, sacudir inercias y emprender búsquedas. Porque por ahora un nuevo papado es como un papel en blanco en el que se pueden escribir páginas bellísimas, páginas de evangelio hoy Y eso es lo que quiero seguir esperando ahora. Lleno de deseos, inquieto (siempre) por el futuro, te escribo desde la tierra de nadie.
La tierra de nadie es ese espacio intermedio donde estamos tantos católicos, que no nos sentimos en paz con declaraciones dogmáticas tajantes para problemas culturales y sociales que requieren muchas consideraciones cotidianas; pero tampoco nos sentimos alineados con quienes meten en el mismo saco todas las reivindicaciones del mundo, ya se trate de familia, vida, investigación, como si todo valiese o como si todo fuese lo mismo
La tierra de nadie es ese espacio en el que viven divorciados que, tras un fracaso que ha podido ser inevitable, se sienten en la encrucijada de rehacer su vida (y sentirse apartados de la Iglesia), o quedar presos de una situación muy dura. Es el espacio donde viven los hombres y mujeres que aman a otros hombres y mujeres, respectivamente, y aman al Dios de Jesús, pero sienten que se les dice que uno de los dos amores no cabe en su vida o en su Iglesia. Donde teólogos que buscan nuevas formas de anunciar el mismo evangelio tienen miedo de buscar, porque equivocarse se iguala a atacar pero si no se buscan nuevos caminos, aunque no haya error, tampoco avanzará la búsqueda de una verdad más plena.
En la tierra de nadie están tantas mujeres que ven una cierta contradicción entre las afirmaciones que les dicen que pintan mucho en la Iglesia, y la masculinidad absoluta que hemos visto en la liturgia, voces y toma de decisiones de estos días pasados. Y muchos jóvenes que necesitan una palabra de moral que les hable de sus vidas, sus problemas y sus límites hoy (y no hace cincuenta años, cuando la sociedad era otra, la cultura era otra, las imágenes y prácticas otras, el mundo otro). En la tierra de nadie, sin dramatismos, estamos los que nos llevamos bofetadas de unos (que nos acusan de pertenecer a una Iglesia muy encastillada), y de otros (que dicen que nos dejamos llevar por el mundo).
En esta tierra de nadie a veces se anhela una palabra entrañable, una búsqueda pastoral conjunta, un espíritu integrador, una capacidad de oscilar entre la unidad y la pluralidad, entre la diversidad y la comunión, entre los múltiples carismas y el mismo cuerpo Porque hay muchas cosas que no están claras, y precisamente por eso necesitamos darnos tiempo, escucharnos, buscar juntos, clarificar, con valentía. Y porque, unos y otros, no encontramos la forma de hacerlo.
Así que, querido Benedicto acércate a esta tierra de nadie, que es tierra de Iglesia, de esta Iglesia tan rica en gentes, problemas y sueños. Y sé pastor de todos. Dicen que tienes una mente privilegiada, que eres un gran teólogo. Pues que el Espíritu de Dios te ilumine para abrir puertas y tender puentes; pues eso es ser pontífice, el que tiende puentes, entre Dios y los seres humanos, y entre unos y otros ; para conjugar la unidad con la escucha; la firmeza con la flexibilidad; la tradición con el cambio; y la existencia de límites con el diálogo. Y especialmente sé la voz de los miles de millones de personas que no tienen quién hable en su nombre, quién pida por ellos paz, pan y palabra
Rezo por eso. Confío en ello. Espero. Y, si Dios quiere, intentaré colaborar en ello, hoy y siempre.
+ Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar a encontrarnos con un ciego para enterarnos de lo hermosos o importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras manos se muevan sin que sea preciso para este descubrimiento ver las manos muertas de un paralítico. + Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No encerrarnos masoquísticamente en nuestros dolores. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores a sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán. + Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y de aceptarles tal y como son, distintos a nosotros. Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate de valores esenciales. No confundir los valores esenciales con nuestro egoísmo. + Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías. Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aceptar la lenta maduración de todas las cosas, comenzando por nuestra propia alma. Aspirar siempre a más, pero no a demasiado más. Dar cada día un paso. No confiar en los golpes de la fortuna. + Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga y a veces muy a la larga- terminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar. + En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras estemos vivos. + Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y, si esto es imposible, tratar de amar el trabajo que tenemos, encontrando en él sus aspectos positivos. + Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar de que el dinero no se apodere de nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar de él cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y muchos otros valores son infinitamente más rentables que lo crematístico. + Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo + Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros de que el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo que el mismo hombre sospecha.
La Lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas lecciones podrían servir para iniciar el estudio de la asignatura más importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de la felicidad.
Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha pueda encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa. Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que, aun así, hay razones de alegría más que suficientes para llenar una vida de jugo y de entusiasmo, y que una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando la felicidad entera. Sería también necesario decirles que no hay recetas para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser muy diferente de la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser felices está en descubrir qué clase de felicidad es la mía propia. Añadir, después, que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos por los que, con certeza, se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos:
Hay que saber cuándo una etapa llega a su fin. Cuando insistimos en alargarla más de lo necesario, perdemos la alegría y el sentido de las otras etapas que tenemos que vivir. Poner fin a un ciclo, cerrar puertas, concluir capítulos , no importa el nombre que le demos, lo importante es dejar en el pasado los momentos de la vida que ya terminaron. ¿Me han despedido del trabajo? ¿Ha terminado una relación? ¿Me he ido de casa de mis padres? ¿Me he ido a vivir a otro país? Esa amistad que tanto tiempo cultivé, ¿ha desaparecido?
Puedes pasar mucho tiempo preguntándote por qué ha sucedido algo así. Puedes decirte a ti mismo que no darás un paso más hasta entender por qué motivo esas cosas que eran tan importantes en tu vida se convirtieron de repente en polvo. Pero una actitud así supondrá un desgaste inmenso para todos: tu país, tu cónyuge, tus amigos, tus hijos, tu hermano; todos ellos estarán cerrando ciclos, pasando página, mirando hacia delante, y todos sufrirán al verte paralizado. Nadie puede estar al mismo tiempo en el presente y en el pasado, ni siquiera al intentar entender lo sucedido. El pasado no volverá: no podemos ser eternamente niños, adolescentes tardíos, hijos con sentimientos de culpa o de rencor hacia sus padres, amantes que reviven día y noche su relación con una persona que se fue para no volver. Todo pasa, y lo mejor que podemos hacer es no volver a ello.
Por eso es tan importante (¡por muy doloroso que sea!) destruir recuerdos, cambiar de casa, donar cosas a los orfanatos, vender o dar nuestros libros. Todo en este mundo visible es una manifestación del mundo invisible, de lo que sucede en nuestro corazón. Deshacerse de ciertos recuerdos significa también dejar libre un espacio para que otras cosas ocupen su lugar. Dejar para siempre. Soltar. Desprenderse. Nadie en esta vida juega con cartas marcadas. Por ello, unas veces ganamos y otras, perdemos. No esperes que te devuelvan lo que has dado, no esperes que reconozcan tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor. Deja de encender tu televisión emocional y ver siempre el mismo programa, en el que se muestra cómo has sufrido con determinada pérdida: eso no hace sino envenenarte.
Nada hay más peligroso que las rupturas amorosas que no aceptamos, las promesas de empleo que no tienen fecha de inicio, las decisiones siempre pospuestas en espera del momento ideal. Antes de comenzar un nuevo capítulo hay que terminar el anterior: repítete a ti mismo que lo pasado no volverá jamás. Recuerda que hubo una época en que podías vivir sin aquello, sin aquella persona, que no hay nada insustituible, que un hábito no es una necesidad. Puede parecer obvio, puede que sea difícil, pero es muy importante. Cerrar ciclos. No por orgullo, ni por incapacidad, ni por soberbia, sino porque, sencillamente, aquello ya no encaja en tu vida. Cierra la puerta, cambia el disco, limpia la casa, sacude el polvo. Deja de ser quien eras, y transfórmate en el que eres.