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Quien emprende un viaje interior,
quien abre bien los ojos para apreciar las cosas
y descubrir el valor de las personas,
sabe que no camina solo.
Un día llegarás a sentir
que quien te llamó a hacer el Camino,
quien te dio fuerzas para el siguiente paso,
quien te acompañó por los senderos,
fue el mismo que llamó un día a Santiago
para que fuera pescador de hombres.

El auténtico peregrino reconoce que, si sale adelante,
es gracias a muchos factores que no están en su mano:
el Camino nos descubre los dones de la vida.
No se impone a ella; por eso,
donde llega da las gracias, no exige;
se conforma con poco,
pues la satisfacción está en el corazón de cada uno,
no en las cosas que nos vengan de fuera.

El Camino nos invita
a disfrutar de un montón de cosas que no se compran,
que no sólo son gratis, sino también gratuitas:
el amanecer en el páramo, la lluvia de Galicia,
la charla en el albergue,
la comida o el vaso de vino con el paisano,
las nubes en la montaña, el ábside románico...
El Camino nunca es el mismo,
porque las oportunidades para disfrutar
cada vez son otras.

Desde nuestra radical necesidad
nos abrimos a la comunicación con el otro:
nadie autosuficiente será capaz
de hacer la experiencia del Camino.
Aprendemos a escuchar,
a ofrecer nuestro apoyo, nuestros remedios,
a compartir nuestros bienes...
No es algo superfluo,
pues está en la raíz del buen ambiente
que hay en el Camino,
en sus albergues, en sus veredas y plazas:
nadie tiene pudor o miedo de contar sus penas o dolores.
1. El principio del camino hay una encrucijada. Allí puedes pararte a pensar en la dirección que vas a tomar. Pero no te quedes demasiado tiempo, o nunca saldrás de ese lugar. Hazte la clásica pregunta de Castaneda: ¿cuál de estos caminos tiene un corazón? Reflexiona lo necesario sobre las opciones que tienes delante, pero una vez que des el primer paso, olvídate definitivamente de la encrucijada, pues en caso contrario nunca dejarás de torturarte con la inútil pregunta: «¿El camino que elegí era el correcto?». Si prestaste oídos a tu corazón antes de ponerte en movimiento, escogiste, sin duda, el buen camino.
2. El camino no dura para siempre. Es una bendición recorrerlo durante algún tiempo, pero un día terminará, y por eso debes estar siempre listo para despedirte en cualquier punto. Por mucho que te deslumbren determinados paisajes o te asusten ciertos trechos donde hay que esforzarse especialmente para seguir en pie, no te aferres a nada. Ni a los momentos de euforia ni a los interminables días en los que todo parece difícil y el progreso es lento. Más tarde o más temprano aparecerá un ángel y tu jornada habrá llegado a su término. No lo olvides.
3. Honra tu camino. Fue tu elección, fue decisión tuya, y en la misma medida en que tú respetas el suelo que pisas, este mismo suelo respetará tus pies. Haz siempre lo más adecuado para conservar y mantener tu camino y él hará lo mismo por ti.
4. Equípate bien. Lleva un rastrillo, una pala, una navaja. Entiende que para las hojas secas las navajas son inútiles, y que para las hierbas muy enraizadas los rastrillos son inútiles. Conoce siempre qué herramienta hay que emplear en cada momento. Y cuida de ellas, porque son tus mayores aliadas. 5. El camino va hacia delante y hacia atrás. A veces es necesario volver porque se perdió algo, o porque un mensaje que debía haber sido entregado se quedó olvidado en un bolsillo. Un camino bien cuidado permite que puedas volver atrás sin grandes problemas.
6. Cuida del camino antes de cuidar de lo que está a su alrededor. Atención y concentración son fundamentales. No dejes que las hojas secas que soman en el borde del camino te distraigan ni que la manera como los otros cuidan sus propios caminos desvíe tu atención. Usa la energía para cuidar y conservar el suelo que recibe tus pasos.
7. Ten paciencia. A veces es necesario repetir las mismas tareas, como arrancar las malas hierbas o cubrir los agujeros que surgieron tras una lluvia inesperada. Que esto no te enfurezca, pues forma parte del viaje. A pesar del cansancio y a pesar de las tareas repetitivas, ten paciencia.
8. Los caminos se cruzan. Las personas pueden explicar el tiempo que hace. Escucha los consejos, pero toma después tus propias decisiones. Tú eres el único responsable del camino que te fue confiado.
9. La naturaleza sigue sus propias reglas. Por lo tanto, tienes que estar preparado para los súbitos cambios del otoño, para el hielo resbaladizo del invierno, para las tentaciones de las flores en primavera, y para la sed y las lluvias del verano. En cada estación, aprovecha lo mejor que te ofrezca y no te quejes de sus particularidades.
10. Haz de tu camino un espejo de ti mismo. No te dejes influir por la manera como los demás cuidan de sus caminos. Tú tienes un alma que escuchar y los pájaros transmitirán lo que tu alma quiere decir. Que tus historias sean bellas y agraden a todo lo que tienes en torno. Sobre todo, que las historias que cuente tu alma durante la jornada se reflejen en cada segundo del recorrido.
11. Ama tu camino. Sin este principio, nada tiene sentido.
Paulo Coelho

Santo Adalid, Patrón de las Españas,
Amigo del Señor;
defiende a tus discípulos queridos,
protege a tu nación.
Las armas victoriosas del cristianismo
venimos a templar
en el sagrado y encendido fuego
de tu devoto altar.
Firme y seguro
como aquella Columna
que te entregó la Madre de Jesús
será en España
la santa Fe cristiana,
bien celestial que nos legaste Tú.
¡Gloria a Santiago,
Patrón insigne!
Gratos, tus hijos,
hoy te bendicen.
A tus plantas postradas te ofrecemos
la prenda más cordial de nuestro amor.
¡Defiende a tus discípulos queridos!
¡Protege a tu nacion!

El Camino es una exigente escuela de discernimiento
entre lo necesario y lo superfluo,
porque todo pesa y no puedo cargar con todo.
Atiborrados con una multitud de cosas
en nuestra vida cotidiana,
descubro en el Camino
que sólo tiene sentido lo contrario:
el desprendimiento.
Sólo esa lógica nos libera,
y quizá sea lo más precioso que podemos aprender.
No podemos con todo...

El esfuerzo de cada día te lleva
a conocer los propios límites;
no hacemos el Camino que queremos,
sino el que podemos.
Las etapas se acaban cuando ya no podemos más,
o cuando hemos decidido
conservar fuerzas para el día siguiente
el Camino nos descubre nuestra radical indigencia.
No somos máquinas,
sino personas, con capacidades reducidas.

El Camino me lleva a escapar de la monotonía;
en la vida cotidiana tenemos el peligro
de caer en la lógica de que "todo se repite cada día"
y llegar a pensar que "todo da igual".
En el Camino nos hacemos conscientes
de que los esfuerzos reciben su mérito,
porque las distancias se acorta,
los paisajes se superan y podemos mirar atrás,
hacer memoria de lo recorrido
y decirnos: ¡Cuánto he andado!

El Camino tiene muchas ocasiones
para conocerte a tí mismo;
desde nuestro cuerpo, hasta nuestra voluntad;
todas nuestras dimensiones entran en juego
para poder llegar a la meta.
El Camino es un Camino interior,
donde mis pasos me llevan cada vez más hondo en mí.
A muchos el Camino les regala el don
de conocerse y aceptarse mejor.

La primera experiencia que me aporta el Camino
es la inutilidad de las previsiones;
se llega cargado de expectativas,
pero el día a día va exigiéndote que las cambies:
no es solo vivir al día sino vivir el presente,
sin más pretensiones que
disfrutar de lo que tienes delante.

Tomar la decisión de hacer el Camino
supone la opción de ponerse en camino;
desde ese momento eres peregrino, alquien que,
aunque se fija una meta (sabe a dónde va),
sólo sabe que llegará, si Dios quiere, algún día.
Mientras tanto, se instala en la provisionalidad,
se abandona a la providencia...
y a la solidaridad de los demás.

Un conjunto de reflexiones de José María Alvear acerca del Camino de Santiago....
El Camino es una parábola de la vida,
en la que recordamos muchas cosas que,
en el ajetreo de nuestros compromisos y trabajos,
hemos olvidado o descuidado.
El Camino es una escuela para la vida,
no un paréntesis en ella:
se es peregrino a partir del Camino,
pero después se vive en casa siendo peregrino.
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