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La distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento.
Anthony de Mello
Dice el poeta indio Rabindranath Tagore:
«Me quedé dormido y me pareció que la vida era alegría. Desperté y descubrí que la vida era deber.
Cumplí con mi deber y descubrí que en él estaba la alegría».
En realidad, a través de mi trabajo descubro la vida, llego a las personas y conozco todo lo que ocurre a mi alrededor. La única trampa ante la que debo estar atento es la de pensar que todos los días son idénticos. Lo cierto es que toda mañana trae consigo un milagro escondido, y tenemos que prestarle la debida atención a este milagro.
`Deber´ es una palabra misteriosa que puede tener dos significados opuestos: la ausencia de entusiasmo o la comprensión de que necesitamos compartir nuestro amor con más de una persona.
En el primer caso, nos pasamos la vida excusándonos ante nosotros mismos para no aceptar nuestra responsabilidad. En el segundo caso, el deber se transforma en una especie de devoción, de amor incondicional por el ser humano y pasamos a luchar por lo que queremos que suceda.
Eso es lo que yo persigo a través de mi trabajo: compartir mi amor. El amor es también algo misterioso: cuanto más lo compartimos, más se multiplica.
Existe un comentario en el Génesis que siempre me intrigó: el trabajo se muestra como una especie de maldición con la que Dios castiga al ser humano. Cuando Adán comete el pecado original, escucha decir al Todopoderoso: «Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida […]. Ganarás el pan con el sudor de tu frente».
Me llevó mucho tiempo entender que, de esta manera, Dios estaba poniendo el universo en movimiento. Hasta entonces, todo era bonito, paradisiaco, pero nada evolucionaba y, como comentaba un poco más arriba, Adán llegó a pensar que todos los días eran iguales. Y fue así como llegó a perder el sentido del milagro de su propia existencia.
Entonces, el Señor, mirando a su criatura, comprendió que le hacía falta una ayuda para recuperar este sentido.
¿Por qué uno de los mayores sueños de muchos seres humanos es dejar de trabajar algún día? Porque no les gusta lo que hacen. Si les gustase, pedirían a los cielos poder conservar la salud y el entusiasmo necesarios para poder, aunque fuese el último día de sus vidas, despertarse aquella mañana y hacer algo útil para ellos mismos, para sus familias o para cualquier otro ser humano.
Un hombre caminaba por los Pirineos franceses cuando se encontró con un viejo pastor. Compartió con él su alimento y pasaron un buen rato conversando sobre la vida. En un momento dado, el asunto de la conversación derivó hacia el trabajo.
–No soy libre. Mi vida es miserable porque soy un esclavo de mi trabajo.
El pastor se puso a cantar. Como se encontraban en un desfiladero de montañas, la música producía un eco suave que colmaba el valle. De repente, el pastor interrumpió su canto y se puso a blasfemar contra todo y contra todos. Y los gritos del pastor también fueron devueltos por las montañas, regresando hasta donde estaban ellos dos.
–Todo depende de lo que estés haciendo –dijo el pastor–. El trabajo es como este valle: refleja la energía que le transmites.
–No existe ninguna labor miserable. Si, de todas formas, no estás satisfecho, asume el riesgo de cambiarlo todo y dedicarte a lo que más amas. Es preferible ser alegre con un pequeño salario a ser infeliz por el miedo al cambio.
Paulo Coelho
"El Reino de los cielos se parece a..." Échale un vistazo a este vídeo. El primero que sea por curiosidad. Pero luego vuélvelo a mirar de nuevo y fíjate en los personajes, en los detalles, en los gestos. Quizá a base de verlo descubras cuál es el significado que tiene para ti.

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papa?
- Sí, hija, cuéntame
- Oye, quiero… que me digas la verdad
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que… -titubeó Blanca
- Dime, hija, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .
- Entonces no lo entiendo. papá.
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
- Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más en
... (... continúa leyendo)
Hitler pudo perder la guerra en el campo de batalla, pero terminó ganando algo –dice M. Halter–. Porque el hombre del siglo XX creó el campo de concentración y resucitó la tortura, mostrando a sus semejantes que es posible cerrar los ojos a las desgracias de los demás hombres.»
Tal vez tenga razón: hay niños abandonados, civiles masacrados, inocentes en las cárceles, ancianos solitarios, alcohólicos en el fango, locos en el poder.
Pero tal vez no tenga tanta razón: existen los guerreros de la luz, nunca toleran lo inaceptable. Las palabras más importantes en todas las lenguas son palabras pequeñas: ‘sí’, por ejemplo, ‘amor’, ‘Dios’. Son palabras que salen con facilidad y que llenan espacios vacíos de nuestro mundo.
No obstante, hay una palabra, también pequeña, que nos cuesta decir: ‘no’. Y nos sentimos generosos, comprensivos, educados. Porque el ‘no’ tiene fama de maldito, de egoísta, de poco espiritual.
Cuidado con esto. Hay momentos en los que, al decir ‘sí’ a los otros, uno se está diciendo ‘no’ a sí mismo.
Todos los grandes hombres y mujeres del mundo fueron personas que, en lugar de decir ‘sí’, dijeron un ‘NO’ rotundo a todo lo que no era acorde con un determinado ideal de bondad y crecimiento. Los guerreros de la luz se reconocen por la mirada. Están en el mundo, forman parte del mundo, y al mundo fueron enviados sin alforja y sin sandalias. Muchas veces son cobardes. No siempre actúan correctamente.
Los guerreros de la luz sufren por tonterías, se preocupan por cuestiones mezquinas, se consideran incapaces de crecer. Los guerreros de la luz, de vez en cuando, se creen indignos de cualquier bendición o milagro.
Los guerreros de la luz se preguntan con frecuencia qué están haciendo aquí. Muchas veces encuentran que su vida no tiene ningún sentido.
Por eso son guerreros de la luz. Porque se equivocan. Porque preguntan. Porque continúan buscando un sentido. Pero, sobre todo, porque son capaces de decir que no frente a lo que resulta inaceptable.
A menudo nos pueden tildar de intolerantes, pero es importante abrirse y luchar contra todo y contra todas las circunstancias si estamos frente a una injusticia o una crueldad. Nadie puede permitir que, a fin de cuentas, Hitler haya establecido un modelo que pueda reproducirse porque la gente sea incapaz de protestar.
Y para reforzar esta lucha, es bueno no olvidar las palabras de John Bunyan, autor del clásico Pilgrim´s Progress: «Aunque haya pasado por todo lo que he pasado, no me arrepiento de los problemas en los que me metí, porque fueron éstos justamente los que me trajeron adonde quería llegar. Ahora, ya cerca de la muerte, todo lo que tengo es esta espada, y se la cedo a todo aquel que quiera proseguir su peregrinaje».
«Llevo conmigo –prosigue– las marcas y cicatrices de los combates, que son testigos de lo que viví, y recompensas de lo que conquisté. Son estas queridas marcas y cicatrices las que van a abrirme las puertas del Paraíso.»
«Hubo una época en la que viví escuchando historias de bravura. Hubo una época –concluye– en la que viví apenas porque tenía que vivir. Pero ahora vivo porque soy un guerrero y porque quiero estar un día en la compañía de Aquel por quien tanto luché.»
En definitiva, las cicatrices son necesarias cuando luchamos contra el Mal Absoluto o cuando debemos decir que no a todos aquellos que, a veces con la mejor de las intenciones, intentan estorbar el camino que conduce a nuestros sueños.
«Es curioso», se dice a sí mismo el guerrero de la luz. «He conocido tanta gente que, a la primera oportunidad, intenta demostrar lo peor de sí misma. Esconde la fuerza interior detrás de la agresividad; disfraza el miedo a la soledad con aire de independencia. No cree en su propia capacidad, pero vive pregonando a los cuatro vientos sus virtudes.» El guerrero lee estos mensajes en muchos hombres y mujeres que conoce. Nunca se deja engañar por las apariencias e insiste en permanecer en silencio cuando intentan impresionarlo. Pero aprovecha la ocasión para corregir sus faltas, ya que las personas son siempre un buen espejo. Un guerrero aprovecha en todo momento cualquier oportunidad para enseñarse a sí mismo y admitir sus contradicciones.
Paciencia y rapidez
Un guerrero de la luz precisa de paciencia y rapidez al mismo tiempo. Losdos mayores errores de una estrategia son: actuar antes de hora o dejar pasar la oportunidad. Para evitar esto, el guerrero trata cada situación como si fuese única,y no aplica fórmulas, recetas u opiniones ajenas. El califa Moauiyat preguntó a Omar Ben Al-Aas cuál era el secreto de su gran habilidad política: «Nunca me metí en ningún asunto sin haber estudiado previamente la retirada; por otra parte, nunca quise salir de un asunto al poco tiempo de haber entrado en él», fue la respuesta.
Perdonar y aceptar
Un guerrero de la luz siempre mantiene su corazón limpio de sentimientos de odio. Para conseguirlo, debe perdonar. Cuando camina hacia la lucha, no olvida las palabras de Cristo: «Amad a vuestros enemigos». Y el guerrero obedece, pero siempre recordando que Cristo no dijo: «Gustad de vuestros enemigos». El acto de perdonar no te obliga a aceptarlo todo. Un guerrero no puede bajar la cabeza. De lo contrario, perderá de vista el horizonte de sus sueños.
Descansar y actuar
Durante el intervalo del combate, el guerrero descansa. Muchas veces pasa días sin hacer nada, porque su corazón así se lo exige. Pero su intuición permanece alerta. No comete el pecado capital de la pereza, porque sabe adónde lo puede llevar: a la sensación floja de las tardes de domingo, cuando el tiempo pasa, y nada más. El guerrero denomina esto `paz de cementerio´. Recuerda un fragmento del libro del Apocalipsis: te maldigo porque no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero, como eres tibio, te vomitaré de mi boca. Un guerrero descansa y ríe. Pero siempre está atento y dispuesto para la acción.
Ángel y demonio
Un guerrero sabe que un ángel y un demonio se disputan la mano que ase la espada. Dice el demonio: «Vas a flaquear. No sabrás el momento exacto. Tienes miedo». Dice el ángel: «Vas a flaquear. No sabrás el momento exacto. Tienes miedo». El guerrero se sorprende. Ambos han dicho lo mismo. Entonces, el demonio continúa: «Deja que te ayude». Y dice el ángel: «Yo te ayudo». En ese momento, el guerrero percibe la diferencia. Las palabras son las mismas, pero los aliados son diferentes. Entonces, él dedica su victoria a Dios. Y, con la confianza de los valientes, escoge la mano de su ángel.
Paulo Coelho
Un experto asesor de empresas en Gestión del Tiempo quiso sorprender a los asistentes a su conferencia.
Sacó de debajo del escritorio un frasco grande de boca ancha. Lo colocó sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño y preguntó:
"¿Cuantas piedras piensan que caben en el frasco?".
Después de que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que llenó el frasco. Luego preguntó:
"¿Está lleno?".
Todo el mundo lo miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron por los espacios que dejaban las piedras grandes. El experto sonrió con ironía y repitió:
"¿Está lleno?".
Esta vez los oyentes dudaron:
"Tal vez no".
"¡Bien!".
Y puso en la mesa un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.
"¿Está lleno?" preguntó de nuevo.
"¡No!", exclamaron los asistentes.
"Bien", dijo, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco. El frasco aún no rebosaba.
"Bueno, ¿qué hemos demostrado?", preguntó.
Un alumno respondió:
"Que no importa lo llena que esté tu agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer que quepan más cosas".
"¡No!",concluyó el experto:
"lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después. ¿Cuales son las grandes piedras en tu vida?. Tus hijos, tus amigos, tus sueños, tu salud, la persona amada.... Recuerda, ponlas primero. El resto encontrará su lugar".
Dice el maestro:
Escribe. Ya sea una carta o un diario,
o unas notas mientras hablas por teléfono,
pero escribe.
Escribir nos acerca a Dios y al prójimo.
Si quieres entender mejor tu papel en el mundo,
escribe. Procura plasmar tu alma por escrito,
aunque nadie lo lea; o, lo que es peor, aunque
alguien acabe leyendo lo que no querías.
El simple hecho de escribir nos ayuda a
organizar el pensamiento y a ver con claridad lo
que nos rodea. Un papel y un bolígrafo hacen
milagros, curan dolores, consolidan sueños,
llevan y traen esperanza perdida.
La palabra tiene poder.
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total.
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó.
Y éste le dijo: - No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje.
Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-.
Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos.
Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso, simplemente decía: "ESTO... TAMBIÉN PASARÁ".
Mientras leía "esto... también pasará" sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.
El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino.
Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:
- Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
- Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso.
No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: "Esto... también pasará", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.
Entonces el anciano le dijo: - Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos co
... (... continúa leyendo)
... Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.
Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre el instante mágico. Puede estar escondido en la hora en que metemos la llave en la puerta por la mañana, en el instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.
La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos a afrontar muchas desilusiones..., pero todo es pasajero y no deja marcas. Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y fe.
Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia atrás oirá que el corazón le dice: "¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia: la certeza de que has desperdiciado tu vida".Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.
Paulo Coelho
El sufí Bayazid dice acerca de sí mismo:Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/