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Mileuristas

Mileuristas

En Mileuristas (Ariel), su libro más reciente, Espido Freire nos ofrece una radiografía de una generación a quien da nombre su precariedad económica y profesional: veinteañeros ya talluditos o treintañeros que han de conformarse con sueldos exiguos que a menudo no alcanzan los mil euros. Una generación que se ha topado con la generación previa (mucho más copiosa, los Baby Boomers) taponando los puestos de responsabilidad y dispuesta a seguir taponándolos por mucho tiempo. Espido Freire acierta cuando se propone describir la tragedia de los mileuristas: han crecido en tiempos de cierta bonanza económica, incluso podría decirse que han sido formados –sibilinamente formados– para la sociedad de consumo; no han tenido que padecer las penalidades que sufrieron sus padres, no se han visto obligados a interrumpir sus estudios para incorporarse en la adolescencia al mercado laboral; y, sin embargo… llegada la hora de estrenar una vida adulta, se tropiezan con un panorama de una hostilidad ceñuda, que les impide independizarse o conseguir trabajos mínimamente remuneradores (y no me refiero tan sólo al significado puramente pecuniario de la palabra). Entre los rasgos distintivos que Espido Freire destaca de esta generación de mileuristas se cuenta su ‘preparación’, una preparación que en muchos casos deviene inútil o puramente ornamental: son jóvenes que se han formado concienzudamente para ocupar puestos de relieve, que han cursado estudios universitarios en una proporción nunca antes conocida, que incluso han complementado y prolongado esos estudios con másteres, becas en el extranjero y demás farfolla académica y que, sin embargo, han de resignarse a aceptar empleos poco acordes con su cualificación, con frecuencia sometidos a contratos basura. Enseguida se tropiezan, además, con un obstáculo insalvable, un acantilado que detiene sus posibilidades de emancipación: me refiero, naturalmente, a los precios inmoderados de la vivienda, inaccesibles para sus salarios, que los obligan a estirar hasta edades indecorosas la permanencia en el hogar paterno, o a empeñarse de por vida con una hipoteca.

Existe otro rasgo de los mileuristas que Espido Freire también menciona en repetidas ocasiones, aunque quizá no se atreva a desarrollar hasta sus últimas consecuencias. Los mileuristas han sido una generación habituada desde la niñez a poseer aquello que deseaba, una generación protegida por sus padres, «tan entretenida con lo que se le ofrecía» que a la postre iba a resultar una generación complaciente, incapacitada para la rebelión. Espido Freire sostiene que se trata de una generación desideologizada; no estoy plenamente de acuerdo con esta caracterización: más bien considero que los mileuristas han acatado la ideología vigente sin empacho; y cuando hablo de ideología no me refiero a las ideologías en el sentido tradicional –tan desfasadas–, sino más bien al pensamiento dominante, a los Principios del Régimen. Cada vez que se realiza una encuesta entre la juventud española, resulta espeluznante comprobar con cuán satisfecha estolidez aceptan el catecismo de la corrección política y cómo se allanan ante el relativismo moral y ante las presuntas ‘conquistas del progreso’ que les venden como panaceas universales. Inevitablemente, una generación formada –científicamente formada, incluso, me atrevería a decir– para no poner en tela de juicio la doctrina imperante se muestra incapaz de cuestionarla, interpelarla, refutarla. Y aunque la sociedad diseñada por esa doctrina imperante los excluya, o los relegue a los arrabales, allá donde sus decisiones no importan, o sólo importan en cuanto engrosan el número de votos de tal o cual partido, los mileuristas carecen de instrumentos eficaces para plantear una ‘revolución desde dentro’. Así surge un fenómeno que Espido Freire constata en diversos pasajes de su libro: el rencor. Un rencor estéril y esterilizante, a veces virulento, a veces disfrazado de espíritu crítico, que no es sino una manifestación más enconada de la proverbial envidia española. Pero el rencor, a la postre, es otra forma de complacencia: el mileurista, quizá porque ha sido concienzudamente diseñado para aceptar el orden de las cosas, quizá porque su aspiración inconfesada no es otra que prolongarlo (pero asumiendo roles de mando y prestigio social que hasta la fecha le son vedados), prefiere enquistarse en ese rencor inútil antes que subvertir los valores –o la falta de valores– que le han vendido. A lo mejor el día que se atreva a subvertirlos lograría descongestionar ese tapón que impide su crecimiento.

Juan Manuel de Prada

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