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50 años de UE: la utopía factible

50 años de UE: la utopía factible


HOY se conmemoran los cincuenta años de la fundación de Europa como comunidad y como unidad. En marzo de 1957 se firmaron los Tratados de Roma (Comunidad Económica Europea y Comunidad Europea de la Energía Atómica), que junto al Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero conforman los documentos constitutivos de las Comunidades Europeas. Desde entonces, más de 480 millones de ciudadanos que viven en 27 países distintos han creado una nueva realidad política de manera democrática.

El historiador Tony Judt, en su monumental Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (editorial Taurus), recuerda que la Europa de hoy, con un Estado del bienestar que constituye su seña de identidad más poderosa, no nació del proyecto optimista, ambicioso y progresista que los euroidealistas imaginan, sino que es el fruto de una insegura ansiedad: acosados por el fantasma de la historia, sus líderes llevaron a cabo reformas sociales y fundaron nuevas instituciones como medida profiláctica para mantener a raya el pasado (dos guerras mundiales en 20 años, con decenas de millones de víctimas).

Medio siglo es tiempo suficiente para detectar las carencias de lo creado. Alemania, como presidente de turno de la UE, habrá de poner en pie una declaración consensuada que conmemore ese 50º aniversario y actualice los valores y los procedimientos de Europa en la era de la globalización. Entre esas carencias está la imposibilidad de una Constitución; la necesidad de una política exterior y de seguridad común; el hecho de haber creado las instituciones para el funcionamiento de una moneda única (el Banco Central Europeo y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento), pero no haber cerrado el círculo de la consolidación del mercado único; o que siendo el mercado más importante del mundo, no se disponga de una política energética común y se padezca la dependencia del gas y el petróleo exterior. Recién ingresados Rumania y Bulgaria, todavía no sabemos cuáles son las fronteras exteriores de la Unión. Nuestra economía crece menos de su potencial, tiene paro y la inversión en I+D (que define el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento) es mucho más pequeña que la de nuestros principales competidores. El Estado del bienestar está pendiente de redefinición por motivos objetivos: el envejecimiento de la población; cada vez hay más personas que demandan protección social al tiempo que disminuye el número de contribuyentes. Urge un nuevo pacto actualizado entre socialdemócratas y democristianos para avanzar.

Cuando se abre el 50º aniversario de la creación de la UE se cierra el de los 20 años de la entrada de España en ese club privilegiado, que constituye tan sólo el 7,5% de la población mundial. Durante tres cuartas partes del siglo XX, nuestro país fue una economía periférica: un país menor. La vinculación con la UE es una historia de éxito. En 1986, cuando se entró en la UE, la renta per cápita española era tan sólo el 68% de la media europea; hoy es el 98% -¡30 puntos más en sólo dos décadas!- debido al crecimiento económico superior, a las ayudas europeas y al efecto estadístico de haber pasado de una Europa de 15 miembros a una de 27. El vicepresidente económico, Pedro Solbes, acaba de declarar en la presentación del Programa de Estabilidad 2006-2009 que en 2010, España superará de modo holgado la media europea de riqueza per cápita.

Sería injusto que el balance de la entrada de España en la UE se hiciera sólo en términos económicos. Políticamente, nuestro país se halla a la cabeza de los de libertades civiles y políticas más avanzadas (como manifiesta el índice de calidad de la democracia, publicado por el semanario The Economist). El punto negro de la integración se encuentra en el gasto social, que sigue estando muy por debajo de la media europea. En términos absolutos y en términos per cápita.

Joaquín Estefanía

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