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¡Placer de dioses!

¡Placer de dioses!


“Esto es demasiado bueno; ¡seguro que es pecado!”. ¿Por qué será que todo aquello que nos hace “reventar” de placer y que nos conduce a tener experiencias desmesuradas parece que perjudica seriamente la salud (del cuerpo y, sobre todo, del alma)? ¿Será verdad que el averno y sus secuaces, los diablillos, son más divertidos y nos ofrecen pasatiempos insuperables? ¿Es tan aburrido dedicarse a bien-amar?

La bondad está en horas bajas y necesita algo más que un cambio de imagen para recuperar su estatus perdido. El infierno se ha convertido –¡quién lo habría dicho!— en ese objeto de deseo, no tan oscuro, desbancando a candidatos tan “potentes” como la vida eterna, el bien común o el arte de amar. Pero si es verdad que “las tontas no van al cielo”, puede que los verdaderamente inteligentes tengan todavía una oportunidad para descubrir que sólo el querer es el que da la medida del auténtico placer. Las orgías seducen, el “desmelene” libera energía, y las experiencias de riesgo suben la adrenalina, pero nada es comparable a los límites a los que conduce el amor ilimitado, ni nadie ha elevado por encima de cualquier otra realidad el gozo, sin esquivar el dolor, como nuestro Dios. Este enigma quedó representado de forma inigualable en la sonrisa del Cristo crucificado de Javier. Sufrimiento extremo, sí; pero alegría y amor aún mayor.

Y es que el amor –el de verdad— es “lo más”. No se conforma con poco, sino que lo quiere todo; es razonable, pero hace locuras; no se gasta por “usarlo”, al contrario, se refresca; aprecia la realidad hasta el más mínimo detalle; busca incansable el bien de los otros; y pone en activo a todos los sentidos para empaparse de los demás (admirando la asombrosa diversidad, escuchando las palabras que lo transportan al cielo, gustando de la buena compañía, oliendo el misterio de la existencia, palpando la infinitud del corazón …). El amor devora la vida como un auténtico manjar. Dios quedó satisfecho cuando la creó y por eso al séptimo día descansó. El placer de Dios es el nuestro. ¡Encantados de haberle conocido!

Mª Dolores López Guzmán

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