La gran oportunidad para los socialdemócratas es evitar que después de la crisis todo siga igual
"Así no", ése es el mensaje que los electores europeos acaban de lanzar a la socialdemocracia de nuestro continente. "¿Entonces cómo?". Ésta debería ser la pregunta que se han de plantear con urgencia todos los partidos que se reclaman de esta ideología. Lo primero que han de hacer es superar la perplejidad derivada de no entender cómo en momentos de crisis, que afecta particularmente a su electorado natural, y después del espectacular derrumbe de la ideología neoliberal, no están ahí para recoger los frutos. Se ha sacudido el árbol pero otros se han llevado las nueces. De nada sirve que se diga que cada país es distinto y que las lecturas habría que hacerlas en todo caso a partir de cada una de las coyunturas nacionales particulares; ni que hay un amplio sector del voto de izquierdas que ha ido a otros partidos; o que las más simples y directas fórmulas de la derecha suelen tener una mayor capacidad de enganche en tiempos oscuros. Todo esto puede ser cierto, pero constatarlo sin más no va a sacar a la socialdemocracia de su letargo.
La ya acuñada tesis de que la izquierda ha perdido porque ha gobernado como la derecha o se ha aproximado en exceso a ella es verosímil pero tampoco es del todo exacta. Gracias a las políticas de Tercera Vía la socialdemocracia tradicional se recicló electoralmente en la época de la globalización y la crisis del modelo keynesiano. También al tomarse en serio las condiciones del marketing político en momentos de la democracia mediática. Ambas renovaciones fueron objetivamente necesarias y su éxito enseguida estuvo a la vista. Otra cosa es que muchos de estos partidos confundieran las prioridades y cayeran en las redes del spin, de las políticas de comunicación, más como un fin en sí mismo que como mero instrumento para transmitir su discurso. O que entraran en las rutinas electoralistas y sacrificaran principios a presuntos beneficios cortoplacistas siempre medidos exclusivamente a partir de supuestos estados de opinión. O que no ejercieran el liderazgo ni introdujeran la pedagogía necesaria para que los ciudadanos pudieran pensar la sociedad en términos distintos a como iba siendo definida por la derecha.
Sea como fuere, el hecho es que su discurso, ya bastante aligerado, acabó disolviéndose en las contingencias cotidianas de un sistema político más pendiente del pendenciero cuerpo a cuerpo de la lógica gobierno/oposición y otras rutinas de la política del día a día que de pensar en una auténtica alternativa. Más que identificarse con la derecha, sucumbió a las inercias sistémicas que gobiernan la forma de hacer política en las democracias actuales.
A pesar de todo, la situación está lejos de ser dramática. La crisis le ofrece una ocasión única para recuperar el brillo perdido. La gran oportunidad para la socialdemocracia es evitar que después de la crisis todo siga igual. Alguien tendrá que hacer un adecuado balance de lo que ha ocurrido, y promover e impulsar un nuevo contrato social ajustado a los nuevos datos de la realidad. Su gran baza consiste, además, en que es la única ideología política bien vertebrada internacionalmente y que bebe de un patrimonio valorativo que ofrece una magnífica guía para estos tiempos de desconcierto. Después de que todos los valores se hubieran reducido a una fórmula monetaria o a una miríada de particularismos identitarios, ahora en manos de un populismo de nuevo signo, la socialdemocracia tiene al menos un conjunto de ideas fuerza en las que se combina el respeto por la libertad y la iniciativa individual a un proyecto de cohesión y justicia social.
Su gran desafío consiste en redefinir los espacios que competen, respectivamente, al Estado y al mercado, en reorganizar las finanzas públicas para restañar las heridas abiertas en el grupo de los más desfavorecidos, en conectar las políticas nacionale
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La Corte Europea de Derechos Humanos concluye que España no violó la libertad de reunión y asociación del grupo ’abertzale’ y considera su disolución una "necesidad social imperiosa"
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), con sede en Estrasburgo (Francia), ha avalado hoy la ilegalización de Batasuna porque corresponde a una "necesidad social imperiosa", han informado fuentes del Ejecutivo. El TEDH ha rechazado el recurso que el grupo abertzale interpuso contra su ilegalización, acordada por el Tribunal Supremo el 17 de marzo de 2003 en aplicación de la Ley de Partidos y al considerarla parte del entramado terrorista de ETA.
El tribunal reconoce que las organizaciones eran instrumentos de la estrategia terrorista de ETA y que su ilegalización fue "proporcional al fin legítimo perseguido", especialmente "el mantenimiento de la seguridad pública, la defensa del orden y la protección de los derechos y libertades".
Tras subrayar que la Ley de Partidos Políticos reúne "requisitos de previsibilidad y precisión y que no ha sido objeto de aplicación retroactiva", señala que la disolución de los partidos persigue "el fin legítimo de defender el sistema democrático y las libertades fundamentales de los ciudadanos, destacando el funcionamiento regular de otros partidos "separatistas" que coexisten pacíficamente", según ha informado la Abogacía del Estado.
La sentencia concluye que en la ilegalización de Batasuna por parte de España "no ha habido violación del artículo 11 de la Convención" Europea de Derechos Humanos, relativo a la libertad de reunión y de asociación, tal y como argumentaba el grupo abertzale. La Corte también ha concluido que "no procede examinar de forma separada" las quejas desprendidas del artículo 10 de la Convención que garantiza a toda persona el derecho a la libertad de expresión.
Un largo camino judicial
Antes de acudir a Estrasburgo, Batasuna había presentado un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, pero este órgano respaldó la decisión del Supremo de ilegalizar a este partido, a Herri Batasuna y a Euskal Herritarrok. Agotados todos los procedimientos en la justicia española, solo le quedó la vía de Estrasburgo, donde el 19 de julio de 2004 interpuso dos recursos contra su ilegalización y la de HB.
El tribunal de Estrasburgo declaró en diciembre de 2007 parcialmente admisibles las demandas presentadas por Batasuna y Herri Batasuna. En esas demandas Batasuna había invocado las presuntas violaciones de los artículos 10 (derecho a la libertad de expresión), 11 (derecho a la libertad de reunión y de asociación) y 13 (derecho a un recurso efectivo) del Convenio Europeo de Derechos Humanos. El tribunal aceptó estudiar el fondo del asunto en lo relativo a los artículos 10 y 11, si bien ha concluido que España no violó los derechos de asociación y reunión, y rechazó examinar el presunto incumplimiento del artículo 13 (derecho a un recurso efectivo).
En diciembre de 2004, España argumentó ante el TEDH que el partido disuelto "se identifica con la organización terrorista ETA" y complementa la actividad terrorista de la banda y por tanto la ilegalización de Batasuna no era un intento de cercenar la libertad de expresión del independentismo vasco. Según argumentó la Abogacía del Estado, era obligado impedir que Batasuna amplificara y justificara desde las instituciones "el efecto intimidatorio" que ETA ejercía sobre la sociedad.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha expresado hoy su satisfacción por el fallo del Tribunal de Estrasburgo, que respalda la ilegalización de Batasuna. El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, también se ha mostrado satisfecho y ha adelantado que habrá dos sentencias más, una referida a las elecciones municipales de 2003 y otra a las europeas de 2004. Según Rubalcaba, "una vez que Estrasburgo ha dado por buena la Ley de Partidos sí que pod
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La propaganda se impone al análisis en el debate sobre la energía nuclear - Argumentos sesgados se usan a favor y en contra del cierre de centrales
Supongamos que el debate sobre la política migratoria estuviera basado en premisas falsas. Que unos dijeran que los españoles emigran en masa a la vendimia a Francia y otros que los inmigrantes suponen el 40% de la población. Es una exageración, pero algo de eso ocurre con el debate nuclear. Partidarios y detractores de esta energía han sembrado de trampas cualquier discusión sobre el asunto. Al calor del cierre de la nuclear de Garoña, en Burgos, es fácil escuchar que España es deficitario y que depende de la electricidad nuclear de Francia, o que todas las centrales se pueden sustituir por molinos de viento sin pagar más.
El ex ministro socialista de Industria Juan Manuel Eguiagaray lamenta que los planteamientos sean a menudo tan superficiales: "El debate debería plantearse con más rigor que el actual, donde la gente coge los argumentos como le interesa en vez de plantearlo en términos más abiertos. Tiene que haber un debate abierto y serio, no a base de propaganda. El tema energético es de tal magnitud que no se puede reducir a Garoña ni convertirlo en verdes sí y verdes no".
"Estoy dispuesto a debatir lo que sea, pero con argumentos sólidos, que no me digan que España depende de la electricidad nuclear de Francia", declaró hace una semana el presidente de Red Eléctrica y ex ministro socialista, Luis Atienza.
Desde el lado ecologista también hay voces que llaman a elevar el nivel, como Ladislao Martínez: "Esto debería discutirse desde los datos constatados. Hay una falta de rigor y frivolidad que afecta al mundo nuclear pero también al sector antinuclear. Se ha dicho que en el mundo no se está alargando la vida de las nucleares cuando sí hay esa tendencia. Se puede estar en desacuerdo, pero no se puede negar". Estas son algunas de las falacias del debate nuclear.
- España importa nuclear de Francia. El lugar común por antonomasia, un mito grabado a fuego en el imaginario colectivo. El penúltimo en utilizarlo -seguro que en este instante hay alguien repicándolo- fue el portavoz popular en el Senado, Pío García-Escudero. En su pregunta a Zapatero sobre Garoña, el pasado 9 de junio afirmó: "No tiene sentido que estemos importando energía de Francia, cuyo origen es nuclear en un 78%, y que la energía que estamos comprando se esté produciendo en una central nuclear que está a menos de 100 kilómetros de los Pirineos".
La realidad es que desde 2004 España es un país exportador de electricidad. Aunque entra algo desde Francia (2.862 gigavatios hora en 2008), sale más del doble hacia Portugal y Marruecos (a través de dos cables submarinos). Y ese saldo exportador (de 11.221 gigavatios hora el año pasado) no hace más que crecer. En 2008 fue el doble que el año anterior.
La potencia instalada en España es de 94.978 megavatios, cuando la punta máxima de demanda jamás alcanzada es de 45.450. Esto implica que si se pusieran en marcha todas las centrales -carbón, gas, nuclear, eólica, solar, hidroeléctricas...- que existen sobraría la mitad de la producción. Esto es un ejercicio teórico, ya que nunca están los embalses al 100% ni los molinos y los huertos solares funcionan al unísono, pero da idea de la situación.
El Operador del Mercado Ibérico de Electricidad reconoce que hay "un excedente de oferta", principalmente por la proliferación de centrales de gas de ciclo combinado. La primera abrió en 2002 y ya hay 21.519 megavatios instalados, tres veces más que la potencia nuclear.
Así que, repitamos: España exporta electricidad. Los datos, que se pueden consultar en la web de Red Eléctrica, desmontan el que durante tiempo ha sido uno de los mayores argumentos a favor de la prórroga de Garoña. Antes que Garía-Escudero lo esgrimieron Felipe González -últimamente se le escucha menos esta idea- o la ministr
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La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país
Por la mañana, el PSOE pacta con Izquierda Unida una subida de impuestos para las rentas más altas, seis horas más tarde cambia de opinión, para que CiU no se enfade. Un día el PSOE pacta con CiU una reforma del mercado laboral y al siguiente se retracta porque a los sindicatos no les gusta. Si lo mismo vale una medida que la contraria, en función de quién ofrece mejor compañía, ¿qué credibilidad puede tener una política que se mueve como una veleta según soplan los aires en el Parlamento?
Ayer, precisamente, el presidente Zapatero había dado una buena respuesta al director del Banco Central Europeo. Uno de los tópicos ideológicos más grotescos de los tiempos que corren es el mito de la independencia de los directores de los bancos centrales. Serán quizás independientes de los intereses políticos, pero son muy dependientes de los intereses económicos. Se les podría llamar independientes orgánicos del capital. Siempre están dispuestos a dar lecciones a los gobernantes. Como si su legitimidad fuera superior a la legitimidad democrática, proclaman o anticipan aquello que los dirigentes empresariales dicen en voz baja. Nunca se equivocan. Ayer, Trichet instó al Gobierno, cómo no, a la reforma laboral. Y Zapatero le puso en su sitio: "Una cosa es opinar como experto, otra gobernar para la ciudadanía".
Tiene razón el presidente. La pena es que no siempre actúe conforme a este criterio. Gobernar no es vacilar y entretener. Gobernar es dirigir y decidir. Dirigir quiere decir señalar una dirección, explicar el porqué de la ruta escogida a la ciudadanía, y conseguir la complicidad de ésta para recorrer el camino. Y si ésta no sigue, obrar en consecuencia democrática. Es así como se construyen las mayorías políticas: dando a un país objetivos y perspectivas que actúen como catalizador del impulso colectivo. Si todo vale, si un día se gira a la izquierda y el siguiente a la derecha, si al primer obstáculo se abandona el camino o se hace parada y fonda a la espera de momentos mejores, no hay dirección política, hay un movimiento circular que consigue que el país no se mueva de sitio, que pierda pulso por momentos y que cada cual se las arregle como pueda, con ventaja clara para los más fuertes.
Gobernar es además decidir. Con el camelo de la deliberación republicana se quiere justificar a veces lo que sólo es una elusión de responsabilidades. Está bien dar la voz a los actores y escucharles a todos. Pero la función del gobernante es tomar la decisión adecuada. Y en esto no puede ser suplantado por las partes, ni siquiera por el acuerdo entre las partes.
La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país. Más todavía en la medida en que no hay recambio: la oposición se caracteriza por su incomparecencia. Los problemas se enquistan, con serio desgaste para el propio Gobierno, por no haber sabido conducirlos desde el momento inicial. Lo hemos visto en las medidas contra la crisis. Y ahí está el caso, que estos días ocupa buena parte del debate público, de la financiación autonómica y los flecos de las reformas estatutarias. El Gobierno ya ha conseguido con su irresponsable dejadez -que ha tenido la negociación paralizada casi un año- que el acuerdo de financiación, sea el que sea, provoque descontento generalizado. Y que al día siguiente de la nueva financiación estemos ya hablando de la próxima. Lo que hace un año podría haber sido considerado aceptable, a estas alturas, con tanto ejercicio de la confusión, sólo puede ser sospechoso. Donde unos verán un trato de favor hacia los catalanes, otros verán una injusticia con Cataluña y viceversa. Y después vendrá la sentencia del Estatuto, culminación de un proceso que Zapatero nunca lideró.
Se dirá que esto forma parte de la lógica estructural del Estado de las autonom
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El interés por Dios no desaparece tan fácilmente de la conciencia de la persona. A veces puede parecer que ha muerto para siempre. Otras, parecerá brotar de nuevo. Será una inquietud débil y apenas perceptible o una necesidad fuerte y poderosa. Poco importa. Dios sigue ahí. Esta «necesidad» de Dios no se presenta siempre bajo forma de experiencia religiosa. Puede ocurrir incluso que el término «Dios» ya no le diga apenas nada a la persona, porque lo percibe como una palabra cargada de experiencias negativas y poco gratas o como una idea abstracta y confusa, sin apenas resonancia alguna en su corazón. Con el paso de los años, Dios ha podido quedar irreconocible si sólo es presentado mediante cierto lenguaje religioso. Por otra parte, la presencia de Dios puede estar encubierta por otro tipo de experiencias que la persona conoce bien: vacío interior, malestar por una vida trivial y mediocre, deseo de vivir algo diferente. O puede dejarse escuchar tras esas preguntas que, más de una vez, brotan inevitablemente del fondo del individuo: ¿qué es la vida?, ¿qué era yo antes de nacer?, ¿qué me espera al final?, ¿no encontraré nunca la paz que mi corazón anhela? Esta presencia de Dios es inconfundible, y la persona lo sabe casi siempre. Es una presencia que reclama e invita suavemente a la confianza. Su llamada no es una más entre otras. No se identifica con nuestros gustos, deseos y proyectos. Es diferente. Viene de más allá que de nosotros mismos. Podemos acogerla o dejar que resbale una vez más sobre nosotros. Pero Dios sigue visitando a las personas. Así dice el libro del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa» (3, 20). «Abrir la puerta» significa decir un pequeño «sí», aunque todavía sea un «sí» débil e indeciso. Dar cabida en nuestra vida a Alguien a quien todavía apenas conocemos, dejarnos acompañar por su presencia, no encerrarnos en la propia soledad, retirar poco a poco recelos, resistencias y obstáculos. Empezar a conocer una experiencia religiosa diferente, descubrir, quizás por vez primera, que acoger a Dios hace bien. El relato evangélico nos describe un diálogo inolvidable entre Jesús y dos discípulos que se acercan a él. Jesús les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le responden: «¿Dónde vives?» Y Jesús les invita: «Venid y lo veréis.» Quien busca sinceramente a Jesús para captar el misterio que en él se encierra, ha de comprobar por experiencia qué es vivir con él y como él.
José Antonio Pagola

El geógrafo-urbanista sir Peter Hall (Londres, 1932) ha dedicado su vida a estudiar las ciudades desde todos los ángulos posibles: demográfico, económico, geográfico, social, logístico o cultural. Es uno de los urbanistas que creó el nuevo Londres.
Autor de libros como Cities in civilization, estuvo ayer en Barcelona en la inauguración del Año Cerdà, programa que coordina el Centre de Cultura Contemporània (CCCB) que, precisamente, acaba de editar la conferencia que impartió allí en 2008 sobre el futuro de las ciudades europeas.
Hall dijo ayer que el urbanismo barcelonés desde finales de los ochenta hasta ahora ha sido la culminación del plan del Ensanche proyectado por Cerdà en la segunda mitad del XIX. Pero la nueva movilidad propiciada por el AVE abre, en su opinión, un cambio de escala que llevará a nuevas "áreas policéntricas de proyección regional".
Pregunta. ¿Los urbanistas descuidan factores al diseñar?
Respuesta. Sí. Para ser un excelente urbanista debes sobresalir en 30 asignaturas y ser notable en 80. Nadie puede abarcarlo. Por eso, todos los urbanismos tienen alguna carencia. A los arquitectos les preocupan los edificios, pero ignoran el conjunto. Los geógrafos son buenos analizando el marco general, pero se pierden en los temas estéticos. La solución es crear equipos.
P. ¿Qué cambia las ciudades?
R. Lo que cambia un lugar es la gente. Si su vida es buena, la ciudad es buena. Históricamente, la gente vivía en ciudades pasando hambre expuestos a peligros, pero no se iban. Hay un dicho medieval alemán: El aire de la ciudad hace libre. Es esa cualidad de dejar vivir lo que hace crecer las ciudades. Una ciudad permite la discreción y el anonimato.
P. Las personas hacen las ciudades, pero el anonimato es una cualidad impersonal.
R. Sí, pero sale de la relación entre las personas. Supongo que las mejores ciudades son las más civilizadas. Hoy ser civilizado incluye una palabra de moda pero esencial: la cohesión social. Para lograrla se deben integrar tradiciones y personas. Los buenos edificios pueden contribuir a esa integración de extraños, pero una buena vida urbana puede desarrollarse en todo tipo de situaciones físicas. No hay un modelo único. Londres y Barcelona son dos ejemplos muy distintos.
P. ¿No cree que Barcelona esté muriendo de éxito?
R. Es una manera agradable de morir. Muchas ciudades lo desearían. En Europa hay muchas urbes en declive porque nacieron para cumplir una función que ya no cumplen. Para sobrevivir deben encontrar otra. Londres y Barcelona lo han hecho. Han perdido la mayoría de su industria, pero han encontrado otras actividades.
P. ¿Cómo puede una ciudad encontrar una nueva función?
R. La economía evoluciona continuamente. Hoy las grandes ciudades no fabrican; piensan y organizan. Los trabajos de buena parte de ellas no son manuales sino cerebrales: procesamos información y utilizamos esa información para producir valor.
P. ¿Hay un límite al crecimiento de las ciudades?
R. Hemos llamado megaciudad regional policéntrica a un tipo de ciudad que deriva de una región que suma sus pueblos comunicándolos. Madrid se está convirtiendo en una ciudad muy compleja debido al desarrollo del sur.
P. ¿Qué cambios veremos?
R. Serán tremendos por el cambio climático. Habrá ciudades pequeñas y sostenibles. No creo en la densidad que muchos defienden. Es una excusa para seguir construyendo. Apuesto por ciudades pequeñas y bien conectadas que permitan una vida más limpia. El alcalde de Londres, Ken Livingstone, estaba obsesionado con la densidad. Pero no podemos dar cobijo al crecimiento de Londres sólo en Londres. Construimos un cinturón verde en torno a la ciudad, pero la gente lo salta constantemente. Ésa es la realidad. El Londres real no cabe en el terreno de la antigua capital.
P. ¿Cómo afecta la inmigración al diseño de las ciudades?
R. Las cambia poco físicamen
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¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás, como lectores, queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no.
Cuenta la leyenda que los libros de Homero deben su extensión no a la inspiración del poeta sino al tamaño de un rollo de papiro: terminado el rollo, acababa el capítulo. La invención del códex permitió infligir al lector volúmenes de capacidad obesa aunque no infinita. Esa desmesurada ambición está ahora a nuestro alcance gracias a la tecnología electrónica: el e-book, como aquel Libro del Mundo Soñado por San Agustín, no exige una última página.
Pero el infinito no es una medida humana: preferimos extensiones más modestas y libros que no nos aplasten cuando los leemos en la cama. Quizás para prevenir hernias y apoplejías, los novelistas del siglo diecinueve eligieron dividir sus mamotretos en tres volúmenes, dando lugar en Inglaterra a un oprobioso epíteto, la three-volume novel, para designar un extenso mamarracho sentimental. Las bibliotecas de préstamo y los puestos de librerías en las estaciones de tren del Reino Unido fueron inundados de indigestos tríos con títulos aristocráticos y seductores: El joven duque, El secreto de Lady Audley, Mrs. Armitage, Cecilio, Las aventuras de un necio, La hija de Lady Rose. Jane Austen, escribiendo en 1808, cuenta cómo su padre y su hermano leen en voz alta para el resto de la familia las novelas de sus contemporáneos, Sir Walter Scott y Madame de Genlis entre otros, a medida que aparecen los tomos de cada obra. "¿Debiera gustarme el Marmion de Scott?", se pregunta Austen al recibir el segundo volumen. "Hasta ahora no es así", responde, no del todo desilusionada. Es que las trilogías novelísticas permiten al lector la esperanza de que el futuro volumen final redima las deficiencias de los dos primeros.
Como los inacabables culebrones de hoy, la novela tripartita tuvo (y tiene) sus ardientes defensores. "No hables con menosprecio de la novela en tres volúmenes", dice la severa Miss Prism (que en su juventud había escrito una) a su pupila en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Pero a partir del siglo veinte, el entusiasmo por las trilogías disminuye, como así también el número de páginas de la mayor parte de las obras literarias. El crítico inglés F. R. Leavis observó que, entre las dos guerras mundiales, la extensión de la novela europea se redujo en proporción inversa a la velocidad de los medios de transporte, quizás porque los viajes más cortos ya no requerían lecturas tan largas.
Sin embargo, la nostalgia por la novela en tres volúmenes persiste entre ciertos lectores a quienes les gusta el mundo dividido in partes tres. Para estos entusiastas dispuestos a montar una biblioteca trinitaria moderna, nos atrevemos a sugerir algunos títulos: El señor de los anillos de Tolkien, la saga de Gormenghast de Mervyn Peake, La guerra carlista de Valle-Inclán, La espada del honor de Evelyn Waugh, La lucha por la vida de Pío Baroja, la trilogía de Deptford de Robertson Davies, Tu rostro mañana de Javier Marías, Regeneración de Pat Barker. No sé si podemos incluir la sangrienta crónica de Stieg Larsson, puesto que se trata en realidad de un cuarteto, cuyo cuarto volumen se halla escondido en las entrañas de un secuestrado ordenador.
Los antepasados de estas trilogías tienen credenciales prestigiosas. Nacen en la antigua Grecia, en el Festival de Dionisio en la Atenas de los siglos IV y V antes de Cristo, en el cual tres autores dramáticos debían presentar, a lo largo de tres días, tres piezas de un mismo tema, creando así en el espectador la ilusión de asistir al nacimiento, desarrollo y trágico fin de la historia. Con la decadencia del teatro griego, el número tres pierde casi por completo su autoridad en la creación literaria y adquiere en cambio, de manera misteriosa, una calidad mística, inquietante, sing
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La crisis se ha extendido como un pulpo a todos los ámbitos de la vida. Frente al temor de que el capitalismo sin reglas que ha provocado la Gran Recesión desemboque en una nueva burbuja, los ciudadanos han descubierto la prioridad de lo colectivo y la importancia de estar bien gobernados. Varios libros demuestran que el Estado vuelve a tener un lugar en el mundo.
De la crisis que está viviendo el mundo decía John Le Carré en estas mismas páginas de Babelia: "Es tan drástica e irreversible como el muro de Berlín (...) en estos momentos estamos divididos entre los que están afectados por la recesión y aquellos que simplemente la observan. Pero el acto final de todo esto será más igualitario (...) Ahora nos dicen que tengamos miedo...".
Para abordar estos acontecimientos contemporáneos que muy genéricamente se definen como crisis hay que partir de varias premisas metodológicas previas. La primera, que en tiempos de incertidumbre ser optimista es una cuestión de moralidad pública, como ha explicado el economista José Juan Ruiz (Retos ante la crisis). La economía se mueve por expectativas y el optimismo es una de ellas. Ser optimista no significa dejar de reconocer las dificultades, sino intentar superarlas. Aquí se puede utilizar certeramente la cita de Antonio Machado: "No podemos esperar que el viento sople sobre nuestras velas, queremos y debemos orientar las velas hacia donde sopla el viento".
La segunda premisa son los problemas de diagnóstico que hemos padecido respecto a la crisis: la ausencia de relato. Casi dos años después de iniciada, apenas nos ponemos de acuerdo con sus orígenes remotos -más allá de generalidades como la codicia- y mucho menos sobre su profundidad y duración. Decía Descartes que lo que se concibe claramente se enuncia claramente. Viceversa, podemos escribir en esta ocasión: lo que se concibe con opacidad se enuncia con oscuridad. Algunos analistas cuentan con ironía, pero con verdad, que la crisis financiera ha tenido tres fases: en la primera, el vendedor sabía lo que vendía y el comprador sabía lo que compraba; en la segunda, el vendedor sabía lo que vendía pero el comprador no sabía lo que compraba; en la tercera, el vendedor no sabía lo que vendía y el comprador no sabía lo que compraba. Así ha ocurrido que los pocos que intuyeron lo que iba a ocurrir fueron una especie de Casandra. Casandra era una sacerdotisa del dios Apolo al que éste concedió el don de la profecía; Casandra, casquivana, engañó a Apolo, y éste completó sus dádivas: podría determinar lo que iba a suceder pero nadie la creería. Por ejemplo, adivinó la guerra de Troya pero no la evitó.
La tercera premisa está vinculada directamente a la anterior: mucho antes que las burbujas tecnológicas, inmobiliarias, bursátiles, financieras, había una burbuja del conocimiento que duró ya al menos un cuarto de siglo, basada en una visión economicista del mundo, según la cual éste se autorregulaba sin intervención de los poderes públicos, la agregación del interés de cada uno generaba el interés común y no había límites a la acción humana sobre la naturaleza. Es muy significativo comprobar cómo el estallido de la crisis económica ha coincidido con la llegada a la sociedad del debate sobre el cambio climático, afortunadamente superado el círculo de los expertos.
La crisis actual posee dos características principales: tiene el potencial de ser la más destructiva para el planeta desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado; y es multidisciplinar, hace tiempo amplió sus códigos genéticos económicos y se extendió como un pulpo por la sociología de la vida y las condiciones de supervivencia de los ciudadanos, sean éstas políticas o sociales. Tener el potencial de ser tan destructiva no significa equipararla a lo sucedido en la primera parte del siglo pasado; afortunadamente el mundo ha establecido algunos cortafuegos para que no se repita lo peor de aquel relato, entre
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La crisis ha hecho del liderazgo político el ’test’ fundamental de Zapatero y Rajoy. Buenos tácticos, ambos están absorbidos por su propia supervivencia. Les falta una visión de futuro articulada por una ideología
El liderazgo ha sido raramente empleado, fuera de invectivas partidistas, como medida para la evaluación de presidentes de Gobierno y jefes de la oposición españoles. Sin embargo, escasamente añorado en contextos benéficos, la crisis económica lo está convirtiendo en el test fundamental de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.
Hay dos tipos fundamentales de liderazgo. Uno es el transformador, que permite a una comunidad solventar sus problemas y, al mismo tiempo, las causas de los mismos, mejorando su capacidad para afrontar retos futuros. Requiere sobre todo trabajo ideológico o de relato: hacer balance de dónde se está y señalar adónde se va. Requiere más legitimidad del líder y es más propio para contextos de dificultad.
El segundo es el transaccional, que capacita a una comunidad para solucionar sus retos corrientes. Se denomina así porque son el toma y daca, la negociación, el acomodo de intereses, los mecanismos habituales de acción en tiempos de bonanza.
Este país tiene ahora que solventar graves dificultades económicas, pero también la causa que ha provocado la impotencia de los gobernantes ante las mismas: la progresiva independencia de la economía respecto a la política, y la consiguiente incapacidad de lo público para influir en la primera. Es hora de examinar el liderazgo transformacional de nuestros políticos.
Todos nuestros presidentes de Gobierno ilustran aspectos clave del liderazgo político. Por ejemplo, pocas veces un político transaccional como Adolfo Suárez ha estado tan cerca de convertirse en líder transformacional. Su estilo se acomodaba perfectamente a la "reforma" como método de desmontaje del régimen franquista desde dentro. Pero Suárez es ejemplo de los riesgos del agente de cambio hipertáctico, sin ideología sostenida. El virtuosismo transaccional, el trabajo político en distancias cortas, acaba quemado cuando las rutinas de actuación son descubiertas, cuando las bases de poder se agotan de tanto usarlas, cuando por haber logrado buena parte de sus objetivos el líder es prescindible. Es entonces cuando los que cedieron ante el personaje, o se sintieron postergados o incluso subyugados por él, reconociendo su debilidad, dan rienda suelta a su resentimiento. El liderazgo transaccional, como el de Suárez, nunca es suficiente cuando los objetivos son transformacionales, y el final de los líderes transaccionales es la descalificación y acoso personal, porque es precisamente su estilo personal el que les hizo eficaces en su día.
En sus dos primeras legislaturas fue tal el capital político de Felipe González que fue capaz de conseguir objetivos transformacionales (europeización de España) sin necesidad de abusar de tácticas transaccionales. Pero con el tiempo, habiendo cumplido sus aspiraciones, acosado por los escándalos, sin mayoría absoluta, se adaptó mal a una presidencia a la baja, aislándose en Moncloa con fastidio ante unos tiempos que ya no sentía a su altura.
González, el modernizador, ejemplariza las dificultades psicológicas de asumir un cambio a menos del liderazgo, de transformacional a transaccional, pero también muestra el ímpetu de largo recorrido que proporciona haber iniciado la presidencia con aspiraciones transformadoras. El dicho afirma, con razón, que toda historia de poder acaba mal, pero la caída desde el liderazgo transformador, como la de González, aunque melancólica, es siempre más atenuada que desde el liderazgo transaccional.
José María Aznar fue, como González, un presidente vocacionalmente transformador, despreciador, todavía más, de lo transaccional. Pero mientras que al presidente socialista los tiempos le agraciaron con unos desafíos a la altura de sus ambiciones, al
... (... continúa leyendo)Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque este herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.
Mario Benedetti
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