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Poco productor para atajar el hambre

Poco productor para atajar el hambre

El cambio climático y el precio del petróleo en un mundo en crecimiento ponen en jaque la lucha contra la escasez de comida - Los alimentos están en pocas manos, con riesgo para el mercado - Los expertos recomiendan diversificar la producción

Hay casi 1.000 millones de personas en el mundo que se van a dormir con hambre cada día de su vida. Y las perspectivas no son nada halagüeñas: la producción de alimentos no sigue la misma velocidad de crucero que el crecimiento de la población mundial y mucho menos el acceso de esta a la comida. El mundo ha pasado de 2.500 millones de habitantes en 1950 a unos 7.000 en la actualidad. Naciones Unidas echa cuentas respecto a la tasa de fertilidad y espera 9.000 millones de vecinos en 2050. Es, como decía el economista Jeffrey Sachs, un país abarrotado.Abarrotado de futuros trabajadores, consumidores, líderes y subordinados, pero, sobre todo, en todos y cada uno de los casos, 2.000 millones más de futuras bocas que alimentar. 2.000 millones más de estómagos que, según coinciden los expertos, tendrán que pagar la comida más cara que nunca.

El mundo afronta la segunda sacudida de precios de los alimentos desde la crisis alimentaria de 2007 y 2008. El repunte del petróleo (que en 2008 alcanzó su máximo histórico), los subsidios en los países más ricos, el uso de los campos para producción de biocombustible y las eventuales malas cosechas se combinan habitualmente en el repunte de lo que cuesta alimentarse.

Uno de los problemas es que esos -hoy- casi 7.000 millones de personas que esperan su ración se nutren a la postre de muy pocas fuentes, lo que supone un riesgo fenomenal para la oferta de alimentos. Estados Unidos, por ejemplo, controla el 73% del mercado del maíz en todo el mundo. Un problema climático en aquel país supone un tremendo revolcón para este mercado.

Un puñado de cifras dan buena cuenta del nivel de dependencia que hay respecto a algunos países, al margen de que las condiciones naturales de un territorio favorecen la producción de un tipo de producto y la especialización. Cinco países controlan el 90% de las exportaciones de arroz (Estados Unidos, con el 68%, seguido de Corea, Japón, Tailandia y China). Además del caso del arroz y el maíz, también hay una elevada concentración en el mercado del trigo (Estados Unidos vende el 25% del total, Canadá el 13%, y Australia, Rusia y Francia otro 11% cada uno de ellos), según señala el Instituto de Investigación de Políticas Alimentarias de EE UU (IFPRI, en sus siglas en inglés). "Hay una alta concentración de estos productos y el principal riesgo es que cualquier trastorno climático en uno de esos países tiene un efecto directo en los precios", advierte Máximo Torero desde este think tank estadounidense.

La alta inflación está afectando a todos los países en desarrollo, incluyendo aquellos con el mayor número de personas pobres. Por ejemplo, entre diciembre de 2009 y diciembre de 2010, la inflación alcanzó el 10% en China y el 18% en India, sobre todo por el tirón de la carne, el pescado, los lácteos, la verdura y la fruta.

"Más que una segunda crisis alimentaria en tres años, creo que esta es la misma crisis que se prolonga, porque las causas estructurales persisten, así que tenemos una crisis prolongada que tuvo una punta en 2008", reflexiona Jesús González Regidor, profesor de Economía y Política Agroalimentaria de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) que ha asesorado en esta materia a la OCDE y la Comisión Europea.

La oferta no crece con la misma velocidad que la demanda porque los avances tecnológicos se han estancado. Además, parte de los cultivos se desvían a la producción de unos biocombustibles muy subvencionados y, como telón de fondo, hay cambio radical en la demanda, pues gigantes como China e India están mejorando su nivel de renta y piden más al supermercado del mundo. La concentración, coincide el profesor, es otro factor. "El gran mercado de commodities [materias primas] mueve grandes volúmenes con pocos inversores, los precios se marcan prácticamente en las grandes lonjas de Chicago, Nueva York, Londres...", apunta Regidor.

A la coyuntura -la inestabilidad política que desata el pánico comprador en muchos países, desastres climáticos o el precio del crudo- se suman los problemas de estructura. Según un informe que acaba de presentar la ONG Intermón Oxfam, apenas 500 compañías controlan el 70% del sector alimentario en todo el mundo. Y tres empresas agrícolas -Cargill, Bunge y ADM- se reparten buena parte del comercio de cereales. Para Gonzalo Fanjul, director del Estudios de la ONG, hay países muy eficientes, con recursos naturales y gran capacidad comercial y otros, entre los que destaca Estados Unidos y los europeos, que cuentan con una cantidad colosal de subsidios para su agricultura cuando son ya grandes exportadores.

"Eso supone una desventaja para otros países, como por ejemplo los del África subsahariana, que tienen mucha capacidad potencial, pero no logran mejorar su agricultura comercialmente por los altos aranceles que les imponen en otros mercados, como es el caso de la Unión Europea", apunta Fanjul.

La ONG ha puesto en marcha esta semana en 24 países la campaña Crece para combatir el hambre. Entre otras medidas, la iniciativa lanza una crítica la política de las ayudas en los países avanzados y cifra en 252.000 millones de dólares (unos 175.000 millones de euros) el total que reciben los países de la OCDE.

"Eliminar las barreras arancelarias ayudaría", admite Torero. Pero la realidad no apunta a esa tendencia. Las presiones de carácter proteccionista, incluyendo restricciones, están creciendo en los países que forman el G-20, según el último informe de vigilancia elaborado por la Organización Mundial del Comercio (OMC).

¿Pero se puede dar un tijeretazo brusco a los subsidios? "Esa es una cuestión política muy sensible y los países tienen su autonomía en ello", responde Torero, si bien defiende "brindar más información al mercado sobre estos subsidios, que la gente los conozca bien".

El número de personas hambrientas en el mundo ha crecido en los últimos años (ver gráfico). Los altos precios de los alimentos y la crisis han empujado a otros 115 millones de personas hacia la pobreza y el hambre, según la FAO (el organismo de Agricultura de Naciones Unidas). En 2009, el número total de personas hambrientas en el mundo alcanzó los 1.000 millones y, aunque desde entonces la cifra ha descendido a 925 millones, Naciones Unidas contempla un nuevo aumento por esta última oleada inflacionista.

Una escalada del petróleo revoluciona los precios, lo cual es un fastidio para las economías occidentales, una noticia constante en los medios y un nuevo problema para los presupuestos familiares. Pero al hablar de esa parte pobre del planeta, el fastidio pasa a la categoría de drama. "El encarecimiento de los alimentos tiene un efecto directo en estas cifras porque los pobres destinan gran parte del su presupuesto (del 50% al 70% frente al 10% o 20% de Estados Unidos) a los alimentos", apunta Torero. Por eso un repunte de la cesta de la compra resulta letal para esa economía familiar.

Ese mundo de 2050 necesita producir más. Hay algunas estimaciones al respecto: la producción de carne tendrá que crecer un 75%, hasta 460 millones de toneladas, y los cereales en 3.000 millones, según datos de varios estudios citados por el IFPRI.

La cuestión es a qué precio. El largo plazo plantea serias incertidumbres en el terreno de los costes para la población. La comida tiene visos de ser cada vez más cara. El cambio climático tiene efectos en las cosechas y, por tanto, en el comportamiento de los precios.

Los alimentos básicos como el trigo, el arroz, el ganado o el maíz sufrirán incremento del 100% al 180% hasta 2030 incorporando el efecto del cambio climático, según Oxfam. Torero, del IFPR, matiza esta valoración: "El cambio climático claramente puede duplicar el precio de los alimentos en 40 años, pero el mayor problema que genera no es tanto eso como la volatilidad".

"Estamos sentados sobre una bomba de relojería y no es por casualidad", alerta Fanjul. Según Oxfam, hasta 2050 la demanda de alimentos se incrementará en un 70% y, sin embargo, la capacidad para incrementar la producción de alimentos está en descenso, ya que la tasa de crecimiento en el rendimiento de las cosechas ha caído en picado. "Si no mejoramos en nivel de reservas y de productividad, la situación será crítica. Si no se aumenta la producción mundial, y los importadores netos, y China empieza a comprar en el mundo... La situación es muy sensible", señala Máximo Torero.

Bettina Prado, del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (IFAD), cree que los países están reaccionado mejor que hace tres años. "La comunidad internacional, muchos Gobiernos se han mostrado mejor preparados y vemos que recurren menos a las restricciones comerciales", apunta, y llama a la cautela antes de predecir una crisis global en toda regla, aunque admite: "No hay duda de que reducir el hambre y la malnutrición mientras la población mundial sigue creciendo supone un gran reto para los próximos años". El IFAD cree que los pequeños propietarios de tierras de países en desarrollo pueden desempeñar un papel más importante del que tienen ahora, ayudando a alimentar a la población las próximas décadas.

Más productividad agrícola, sostenible, adaptarse y mitigar al mismo tiempo los efectos del cambio climático, mejorar la situación de las mujeres del campo, que realizan alrededor de la mitad del trabajo pero tienen poco acceso al crédito, la tecnología y los servicios... La lista de tareas es interminable. Oxfam añade a ella un control a la inversión especulativa en los mercados y también a la adquisición y apropiación de tierras en los países menos desarrollados.

Amanda Mars para El País.

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