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Hace apenas unos años México simbolizaba el éxito de América Latina, y Brasil, su fracaso. Hoy sucede lo contrario.
Las reformas políticas y económicas de México en los años noventa fueron ejemplares. De repente, el país se liberó de un hiper-nacionalismo que le impedía relacionarse sanamente con el mundo, sobre todo con su problemático vecino del norte. También se sacudió, sin violencia, un sistema político dominado durante siete décadas por un mismo partido. La firma del Tratado de Libre Comercio con EE UU y Canadá, su entrada a la OCDE -el club de países ricos-, su rápida recuperación del crash financiero de 1994, su posterior estabilidad económica, su potencial petrolero, su atractivo turístico, su gran tamaño (es la 11ª economía más grande del mundo) y su privilegiada situación geográfica hicieron de México la promesa de América Latina. En los foros mundiales, y en los titulares de prensa, el protagonista -y la esperanza- era México, no el otro gigante continental: Brasil. El sarcasmo mil veces repetido era que Brasil es el país del futuro... y lo seguiría siendo. Para siempre.
No más. Ahora, Brasil es la esperanza y México, la desazón. La percepción es que mientras Brasil despega, México está empantanado. El año pasado la economía brasileña creció un 5%, mientras que la mexicana lo hizo un 1%. Brasil es, junto con China e India, uno de los países que menos ha sufrido por la crisis económica mundial. México, en cambio, es uno de los más afectados. En Brasil, el empleo ya ha alcanzado los niveles que existían antes de la crisis. Las cifras financieras también son sorprendentes: este año, los bancos brasileños prestaron el 60% de los créditos otorgados en toda América Latina. La Bolsa ha aumentado un 144%. Brasil antes mendigaba dinero del FMI; hoy, le presta. El magnetismo financiero de Brasil es tal que el Gobierno, buscando frenar el enorme flujo de capitales que está entrando al país, acaba de poner un impuesto a las inversiones extranjeras ("Una sabia medida", editorializó el conservador Financial Times).
Los mexicanos ven estas noticias con nostalgia por los tiempos en que este tipo de noticias se referían a ellos. También ven con envidia cómo Brasil se está convirtiendo en una potencia petrolera mundial, mientras que una combinación suicida de restricciones legales, políticos irresponsables y sindicatos corruptos impiden que México desarrolle su enorme potencial.
Lo más importante es que el progreso de Brasil no es sólo económico. En los últimos años, 20 millones de brasileños han salido de la pobreza extrema y la distribución de los ingresos ha mejorado, aunque continúa situándose entre las peores del mundo. En México también ha habido progreso social y una importante expansión de la clase media. Pero este progreso se ha visto limitado por una economía que crece poco y, más recientemente, por una avalancha de plagas: la narcoviolencia, el virus H1N1 y la caída de exportaciones, remesas, inversiones, turismo y petróleo.
Brasil también ha desplazado a México en influencia internacional: se ha convertido en país indispensable en las negociaciones sobre el medio ambiente, el comercio, las reformas del sistema financiero y hasta la no-proliferación nuclear. Es ilustrativo que, en la crisis de Honduras, Brasil esté teniendo más protagonismo que el vecino México.
Todo lo anterior no quiere decir que Brasil haya superado sus inmensos problemas. Padece tragedias sociales tan graves o peores que las de México. Los criminales brasileños no tienen nada que envidiar a los mexicanos. Además, en las diferencias entre México y Brasil, la suerte, la geografía y la geopolítica también han desempeñado papeles importantes. No es culpa del Gobierno mexicano que el virus H1N1 haya atacado al país y devastado el turismo. O que China sea un extraordinario cliente de las materias primas de Brasil y un terrible competidor de los productos fabricados en México.
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El sistema de listas cerradas convierte a los parlamentarios en rehenes de los líderes del partido
Callar por miedo implica un tipo de corrupción que el Código no castiga
Uno de los síntomas más preocupantes del estado actual de las democracias es el creciente desprestigio de los políticos, a los que se les considera tan ineptos como corruptos. De poco sirve escudarse en que no todos los políticos son iguales, una obviedad manifiesta, ni advertir de las fatales consecuencias para la estabilidad del orden político establecido, una amenaza que al menos tiene la virtud de mostrar lo hondo que esta opinión ha calado.
Empero, lo más grave de la situación radica en que la clase política esté poco dispuesta y menos capacitada, no ya para enfrentarse, sino ni siquiera para detectar las causas de este desprestigio, cuyas perversas secuelas, por otro lado, a nadie se le ocultan. La mala fama de los políticos, que deteriora ya las instituciones, hunde sus raíces en dos malformaciones propias de las democracias contemporáneas: las competencias del Parlamento en buena parte las ejercen los partidos, y éstos no respetan la democracia interna.
Y de ambas, los ganadores, pero también los perdedores, son los políticos, presos de una aporía de la que no pueden librarse. Su legitimidad proviene de representar al conjunto de los ciudadanos, cuya voluntad soberana expresa el Parlamento; pero, los que deberían actuar según los dictados de su conciencia, según reza la Constitución, poco pueden hacer en este sentido. No sólo los reglamentos regulan el comportamiento de los grupos parlamentarios, sin dejar apenas resquicio para una actuación individual responsable, sino que se trata a los parlamentarios como si hubieran recibido un mandato imperativo que restringe casi por completo su libertad, máxime si en las próximas elecciones pretenden mantenerse en las listas.
El mayor acto de libertad individual que le queda al parlamentario es abandonar el grupo en cuya lista ha sido elegido, una decisión que, no importa cómo la justifique, la opinión pública y los partidos consecuentemente la rechazan por no encajar en el sistema de listas cerradas y bloqueadas, pero sin preguntarse si el principio constitucional de actuar según la propia conciencia no fuese tal vez incompatible con la elección en listas cerradas. Nadie accede al Parlamento por méritos propios -aunque algunos, o muchos, puedan tenerlos-, sino por la voluntad de aquellos que los colocan en la lista en un puesto de salida.
Algunas consecuencias graves, que permanecen en una discreta penumbra, se derivan de este modelo electoral. Una vez que dada la complejidad de las sociedades modernas, el Parlamento no parece el instrumento adecuado para legislar y controlar al Ejecutivo, es perfectamente coherente el que se impida el acceso a los que pretendan responder ante su conciencia. Probablemente, un Parlamento de personas libres,elegidas en virtud de su cualificación y con un apoyo popular individualizado, resultaría ingobernable. Pero ante uno de autómatas, la gente no se libra de la impresión de que se obtendría el mismo resultado, y sobre todo sería más barato, si quedase reducido a las cabezas de grupo, aduciendo cada uno el número de escaños con que cuenta.
Antes de ocupar la secretaría general del partido, en sus muchos años de parlamentario, como la mayor parte de sus colegas, el señor Rodríguez Zapatero no tuvo la menor oportunidad de darse a conocer. Aunque se supone una mayor legitimidad democrática en el representante de la nación que en el que asciende en la jerarquía del partido, únicamente se logra una cierta visibilidad cuando se llega a la cúspide de la organización. La parte más dura, y la decisiva, en la vida de un político se realiza con la mayor opacidad de puertas adentro. Se puede llegar al poder sin haber tenido apenas contacto con el país real y desconociendo por completo lo que ocurre
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No hay deslegitimación de ETA sin legitimación del Estatuto de Gernika; y de su aniversario
Pronto se cumplirán cinco años del discurso de Otegi en Anoeta, y uno del asesinato por ETA del empresario Ignacio Uria, al que seguirían, ya en 2009, los de un policía y dos guardias civiles. El discurso fue el punto de partida para el intento de fin dialogado de ETA impulsado por Zapatero; y los cuatro asesinatos, la prueba de que ETA no tiene intención de renunciar a hacer política armada.
En las últimas semanas se han conocido planes de ETA y de su entorno para poner en marcha una estrategia que conduciría a la reanudación del diálogo en el punto en que quedó interrumpido, hace ahora tres años. Esa estrategia parte de la formación de un polo soberanista encabezado por Batasuna que negociaría con el Gobierno el programa mínimo de ETA: autonomía conjunta de Euskadi y Navarra con reconocimiento del derecho de autodeterminación: la última propuesta de Otegi en Loyola, en otoño de 2006.
Es un planteamiento poco realista. Aralar sacó de aquel fracaso la conclusión de que en el futuro no debería tomarse en consideración ninguna propuesta de ese mundo que no viniera precedida del abandono unilateral e incondicional de la violencia. EA interrumpió sus conversaciones polo-soberanistas con la izquierda abertzale a raíz del asesinato de Uria, Y el sindicato ELA, mayoritario en Euskadi y eje de todas las iniciativas de unidad nacionalista con programa soberanista, ha condicionado cualquier avance conjunto al abandono de ETA. Con independencia de que lo justifique por la necesidad de "desarmar la razón de Estado", el pronunciamiento es claro: "En anteriores procesos, la desmilitarización ha estado sujeta a que el Estado" reconociera a cambio "determinados elementos políticos". El Estado "no va a dar eso", por lo que tiene que ser ETA quien dé pasos "unilaterales".
En los papeles de ETA incluidos en el auto de Garzón se da por hecho que al Gobierno no le quedará más remedio que negociar políticamente, pronto o tarde. ELA ya no lo cree posible, y ello es el resultado de la política antiterrorista del Gobierno; mejor dicho, de haber mantenido esa política desde la ruptura de la tregua, desoyendo las voces que en algún momento han tratado de convencerle de que flexibilizara su posición para favorecer tal o cual movimiento de Otegi. En la respuesta de Zapatero al discurso de Anoeta ya se decía que política y pistolas eran incompatibles, y que sólo el abandono de las armas abriría paso al diálogo. Pero en la práctica se acabó dando por sobrentendido que ese abandono formaría parte de una negociación con contrapartidas políticas. Lo que ha cambiado es que, no ya los socialistas, sino los soberanistas le dicen a ETA que renuncie unilateralmente, y condicionan a ello su participación en cualquier iniciativa con la izquierda abertzale.
Es posible que en el fondo de su corazón Otegi piense que el tiempo de la lucha armada ha pasado, pero se resiste a decirlo (y a decírselo a ETA). La (según Gara) "propuesta de calado" de Batasuna se limita a hablar de un proceso "sin violencia ni injerencias externas", que es menos de lo que dijo Otegi hace 5 años, con el resultado conocido en cuanto ETA decidió volver a matar. Y los papeles ahora conocidos revelan que se mantiene una "estrategia Político-militar" que reserva a ETA la función de remover obstáculos a la negociación política.
Ante esto, ¿qué tendrían que hacer los nacionalistas? El entonces presidente del PNV, Josu Jon Imaz, escribía en 2007 que "en las circunstancias actuales, sólo la acción policial y la deslegitimación social y política de su entorno son los caminos que nos permiten trabajar por la paz y la libertad en Euskadi". La acción policial (y judicial) ha cumplido su parte, y un efecto de ello es que en las cárceles y otros lugares se haya abierto paso la duda sobre la eficacia de la violencia.
Pero el mensaje del nacional
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Ésta no es la pregunta que aparece en los referendos en Europa. Pero es la pregunta que los europeos se están tratando de contestar.
¿Serán su cultura y sus tradiciones las principales fuerzas que impulsarán a Europa? ¿O lo será más bien su capacidad para inventar nuevas formas de gobernarse, integrarse entre sí y relacionarse con el resto del mundo? ¿Dependerá la Europa del futuro más de sus museos, orquestas y restaurantes o de sus fábricas, laboratorios y universidades? Ésta es por supuesto una caricatura de los dilemas y posibilidades de Europa. Europa siempre será una potencia cultural y también seguirá teniendo fortalezas científicas, industriales y militares. Pero como toda caricatura, la visión de una Europa museo en contraste con una Europa laboratorio sintetiza dos futuros muy diferentes. La Europa laboratorio no se refiere principalmente a sus capacidades científicas sino a su capacidad para experimentar con nuevas formas de gobierno; con nuevas instituciones, políticas públicas y reglas de conducta.
Sobre esto acaban de votar los irlandeses. La primera vez que se les preguntó - el año pasado- dijeron que no. Ahora dijeron que sí. ¿Pero a que dieron el sí? A que Europa tenga un líder a tiempo completo, en vez de depender, como hasta ahora, de una presidencia que se rota cada seis meses entre los jefes de Estado de los 27 países miembros. El nuevo presidente durara dos años y medio en el cargo y podrá ser reelecto una vez más. Felipe González y Tony Blair son fuertes candidatos a ser los primeros en ocupar este cargo. También votaron a favor de tener un sistema más justo de votaciones para la toma de decisiones colectivas, para que cada país miembro tenga un representante en la Comisión Europea, para mejorar el funcionamiento del Parlamento Europeo, para que haya un represéntate de Europa ante el resto del mundo con un mandato más claro y con mayor autoridad y varios otros cambios por el estilo, todos los cuales le darán algo más de eficiencia y transparencia al funcionamiento de la Unión Europea. Muchos de estos son cambios burocráticos aburridos, complicados de entender -y de explicar-. Por eso es que los opositores irlandeses prefirieron basar su campaña para el referéndum en enfatizar que de votar a favor se estaría apoyando la rebaja del salario mínimo, la legalización del aborto y el envío de militares irlandeses a Afganistán entre otras maldiciones escondidas en el Tratado de Lisboa, el acuerdo que contiene las reformas propuestas. Los votantes no les creyeron y apoyaron abrumadoramente al sí.
Este voto tiene menos que ver con el entusiasmo por los cambios institucionales propuestos que con la convicción que a Irlanda le va mejor cuando se alinea con Europa y que a Europa le va mejor cuando se integra más intensa y eficientemente. Pero el referéndum irlandés no culmina el proceso de adopción del Tratado de Lisboa, ya que aún falta que Polonia lo ratifique y que las tácticas dilatorias del presidente de la República Checa, Václav Klaus, no prosperen. Pero de ser aprobado, Europa tendría un nuevo diseño institucional en 2010. Estas innovaciones no son el equivalente político al descubrimiento de la cura contra el cáncer ni la formula mágica que resolverá los graves problemas estructurales que tiene que enfrentar Europa. Pero será un paso positivo para enfrentar mejor lo que le viene a los europeos. Y lo que les viene no tiene precedentes.
Según las estimaciones del historiador y premio Nobel de Economía Robert Fogel en el año 2000, en Europa vivía el 6% de la población mundial y su economía abarcaba el 20% del total mundial. En China e India vivía el 38% de los habitantes y sus economías representaban el 16% del total. Fogel estima que para el 2040, Europa albergará sólo el 4% de la población mundial y su economía será un minúsculo 5% del total. En cambio, China e India llegarán a tener al 34% de la humanidad y sus economías se habrán expandido hasta alc
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Corrupción: monopolio de la decisión pública, más discrecionalidad en la decisión, menos obligación de rendir cuentas.
Un aspecto llamativo del caso Gürtel es que personas adultas y con experiencia política se pusieran en manos de una cuadrilla de facinerosos, asumiendo una fuerte dependencia de ellos. Álvaro Pérez, El Bigotes, cabeza de la trama en Valencia, le dijo a Garzón que su organización llevaba "el día a día del partido", montándole "actos casi a diario: mítines, ruedas de prensa, presentaciones...". Si esas actividades, las propias de cualquier partido, las organizaba una entidad externa, ¿qué hacían los dirigentes, asesores y demás personal a sueldo del partido? La dependencia llega al extremo de que el secretario general, Costa, le pida a El Bigotes que interceda ante el presidente Camps para que le meta en su Gobierno; y el propio Camps recurre a esa mediación para que le consiga una foto con Obama.
El político vocacional y altruista pasó a la historia, pero el político profesional clásico, que pone su conocimiento y experiencia al servicio del partido, también se ha pasado de moda: ahora su trabajo consiste en encargar trabajos a otros. Los informes encomendados por el Gobierno catalán a asesores externos, muchos de ellos ligados a los partidos que lo forman, han suscitado una emoción limitada en esa comunidad y apenas ha trascendido fuera de ella. Sin embargo, esa forma de canalizar dinero público hacia bolsillos privados o del partido recuerda al montaje de los informes ficticios de Filesa, que tanto escándalo suscitaron a comienzos de los noventa.
Seguramente, no todos los informes son tan esotéricos como algunos de los que la prensa ha citado desde que se destapó el asunto (y que los miembros del Govern se resisten a hacer públicos, sin duda porque les da vergüenza que se conozcan). En primavera se supo que los había sobre temas como el cultivo de la chufa, el murciélago Nana o la almeja brillante; o uno que respondía a la petición de "argumentos para el fomento del juguete no sexista": alguien estaba a favor de ese tipo de juguetes, pero necesitaba ayuda para saber por qué. Otros que se han conocido este otoño son igual de absurdos, como el destinado a conocer la opinión que los niños tienen de la consejera de Sanidad o la que los columnistas de la prensa catalana tienen de los partidos del tripartito de Montilla.
En 2007, ese Gobierno encargó 2.967 informes externos, con un coste de 32 millones de euros. De una muestra de 300 analizados por una empresa auditora, 49 fueron considerados superfluos: directamente inútiles o que podían haber sido realizados por personal a sueldo del Gobierno. Esos 49 informes costaron 729.000 euros. Extrapolando la cifra en relación con los casi 3.000 encargados sale un coste (o sea, un dispendio) de siete millones de euros.
Una ironía del destino ha querido que uno de los informes, que versaba sobre "buenas prácticas en el sector cultural", fuera encargado (por 11.600 euros) al secretario de la Fundació Orfeó Català, recientemente destituido por el caso Millet: la estafa de guante blanco por un importe de 20 millones de euros, una parte de los cuales fue canalizada hacia una asociación ligada a CiU, a modo de blindaje público de la corrupción particular. Con el añadido de que la entidad saqueada recibió en los últimos diez años fuertes subvenciones del Ministerio de Cultura (25 millones de euros), la Generalitat (6,7 millones) y el Ayuntamiento de Barcelona (4,3 millones).
Cuando la economía iba viento en popa, no había mucha presión para que las instituciones subvencionadas rindieran cuentas de la utilización de los dineros públicos. Está por ver si seguirá siendo así con cuatro millones de parados, y si los escándalos de corrupción tienen repercusiones electorales. Algún sondeo reciente (Público, 12-10-09) indica que el PP sí pierde votos (por la corrupción), pero menos que el PSOE (por la crisis). Esto
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Por diferentes motivos -fundadas acusaciones de corrupción en un caso; fundado malestar por la cesarista política anticrisis en el otro-, los dos grandes partidos de ámbito estatal han llamado a los dirigentes de los aparatos central y autonómicos a un cierre de filas en sendos rituales de exaltación del líder supremo. En ambos casos, los líderes han pronunciado el discurso de rigor presentándose como víctimas inocentes de ataques externos y en ambos han encontrado el calor procedente de la reverberación de sus palabras en el aliento de sus leales. En conjunto, un éxito en la exhibición de un mundo satisfecho, autorreferencial, inmune a la crítica externa, pero también mudo, cegadas las fuentes de las que pudiera surgir una voz solicitando explicaciones, aclarando críticamente las cuestiones planteadas. En un sistema de monopolio discursivo sólo habla el líder; los demás no hablan, alaban y dicen amén.
¿Qué pasa, pues, con los partidos políticos? Lejos están los tiempos de aquellos partidos de clase, que planteaban desde la sociedad reivindicaciones al Estado y que veían crecer corrientes debatiendo los programas máximo y mínimo; lejos han quedado también los partidos "recógelo todo" o interclasistas que aparecieron en la transición y que pretendían hablar, como intermediarios entre la sociedad y el Estado, en nombre de una mayoría social. Por un desplazamiento que no es exclusiva ni originariamente español, pero que aquí ha tenido sus propias características, los partidos se han convertido en organizaciones de profesionales -especialmente en marketing electoral- que dependen del Estado para mantenerse y crecer. No les importan ya las "amplias masas" ni el número de afiliados; lo que les importa es la simbiótica relación de la organización de profesionales con el Estado, del que proceden sus recursos y donde encuentran el ámbito de su expansión.
Pero el Estado no es esa especie de gran Leviatán que gravita por encima de la masa amorfa: Estado son las concejalías de los ayuntamientos, los escaños de los parlamentos, los ministerios y consejerías de los gobiernos, sedes del poder político desde las que se contrata a buena parte del personal de las administraciones públicas; donde se asignan obras y servicios, se conceden subvenciones, se crean redes clientelares, se llega al público a través de medios de comunicación de propiedad estatal o autonómica; se controla la administración sanitaria, el sistema educativo; se nombran los miembros de las comisiones nacionales -de la energía, de las comunicaciones, del mercado de valores...- y de altas instituciones: el Tribunal de Cuentas, el Consejo del Poder Judicial y por derivación los tribunales superiores y el Supremo, por no hablar del Constitucional.
Todo esto, y más que se podría añadir, crea un nuevo tipo de partido en el que se cultiva un nuevo profesional de la política. Si las cosas no van mal, alguien que es hijo o hija de concejal puede sentir la vocación de papá o de mamá, ingresar en el partido y tras un cursus honorum por sus diversos escalones encontrar una recompensa como miembro del Parlamento Europeo, o de la comisión nacional de tal o cual cosa, o del Poder Judicial, o de la televisión autonómica, o del museo nacional. Esa carrera tiene sus servidumbres, entre las que se cuenta ser leal miembro de la organización, no mostrar una personalidad muy definida, no tener demasiadas ideas propias -¡para lo que sirven!-, ser forofo del líder y manifestarlo cada vez que la ocasión se presente y hasta cuando no se presenta.
Como era de cajón, este nuevo tipo de partido y de profesional de la política que hemos visto crecer bajo nuestra mirada ha dejado su impronta y sus efectos sobre el Estado. Funcionarios competentes exiliados a los pasillos mientras medran los leales o contratados; equipos desplazados, informes archivados; jueces con la venda en los ojos para no ver cohechos, activos ni pasivos, donde los detecta hasta el más lerdo en d
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Las demandas de autonomía planteadas por los nacionalistas catalanes al Estado español se caracterizan, desde principios del siglo pasado, por una constante sobre la que se ha llamado poco la atención: en todas ellas, Cataluña se presenta como punta de lanza de una nueva organización del Estado. Históricamente, Cataluña, más que pactar con España, aspira a disponer, dentro del Estado español, de una autonomía que habrá de extenderse al resto de las regiones o pueblos del Estado.
Así ocurría ya en el manifiesto de senadores y diputados regionalistas de enero de 1906 cuando afirmaba que "hoy uno es el interés, una la causa y uno el destino de todas las regiones españolas" y saludaba con alborozo "la germinación del ideal regionalista en Galicia, en Valencia, en Aragón, en Mallorca, en la misma Castilla...". Bien, se podría decir, estaban todavía en lo que Prat de la Riba llamó fase regionalista. Pero es el mismo Prat de la Riba, padre del nacionalismo catalán y autor de su obra fundacional, La nacionalitat catalana, el que habla de la urgencia de "rehacer el Estado español sobre sus bases naturales: reconocer a sus diferentes nacionalidades [nacionalitats] el derecho de gobernarse con la más plena autonomía".
Esta constante línea de estrategia y de pensamiento político tuvo su más clara expresión cuando, metidos ya en plena fase nacionalista, el presidente de la Generalitat presentó en agosto de 1931 al presidente del Gobierno provisional de la República el Estatuto de autonomía plebiscitado por los catalanes unas semanas antes. Cataluña, dice su Preámbulo, "quiere que el Estado español se estructure de una manera que haga posible la federación entre todos los pueblos hispánicos, ya establecida de momento por medio de estatutos particulares como el nuestro, ya de manera gradual".
Al presentar aquel Estatuto, la Generalitat sabía que la conquista de la autonomía implicaba una modificación de la estructura general del Estado. También lo sabían los diputados constituyentes, que lo rechazaron, sin sentir ningún ruido de sables, hasta no resolver previamente la cuestión de la organización del Estado, motivo de apasionados debates que culminarán con la definición de la República como Estado integral y con la introducción, nueva en nuestro constitucionalismo, del principio dispositivo para la formación de regiones autónomas como "núcleos político-administrativos dentro del Estado español".
Si hay un punto en que la Constitución de 1978 copió las líneas maestras y hasta la letra de la Constitución de la República es precisamente éste. Los catalanes que venían reclamando autonomía entendieron, como sus antepasados, que no sería posible sin una nueva estructuración del Estado que la garantizase también a todas las regiones y nacionalidades que la demandaran. De hecho, en el debate constitucional el problema nunca fue la generalización de la autonomía, sino la introducción en una Constitución española del término nacionalidad, exigencia innegociable de la minoría catalana a la que se opusieron los llamados poderes fácticos, o sea, los militares. Pero no hubo a este respecto concesiones ni artificios para anegar en un magma la autonomía catalana. Lo que hubo fue el reconocimiento de una realidad histórica que había llegado a su punto de maduración, como en 1931, sólo que varios escalones más arriba: la distribución competencial resultó mucho más favorable a las autonomías; Cataluña conquistó su Estatuto, celebrado como un gran triunfo porque dejaba en pañales al de la República; y las demás nacionalidades y regiones no perdieron tiempo en seguir el camino
Ésta es, más o menos, la historia, culminada en un éxito que dio razón a los catalanistas cuando aspiraban a la autonomía en el marco de una reestructuración del Estado español. El pacto entre Cataluña y España, que tanto se agita ahora como argumento para deslegitimar esa historia, no pasa de ser una metáfora: C
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En nuestras sociedades abiertas, los actos de terrorismo global son episódicos si comparamos su frecuencia con la de otras demarcaciones geopolíticas. Este dato sitúa la amenaza para el mundo occidental en su adecuada dimensión, sin exagerar pero sin negar que dicho problema es real y todo indica que duradero
Hablar de terrorismo global es hacerlo del terrorismo relacionado directa o indirectamente con Al Qaeda. Este terrorismo global, que lo es por cuanto ambiciona la instauración de un califato panislámico que implique el dominio del credo musulmán sobre la humanidad, por la extensión geográfica de sus actores y de sus acciones, y por haber mostrado capacidad para perpetrar atentados a escala mundial, como los ocurridos hace ocho años en Nueva York y Washington, se ha transformado desde entonces. Hoy en día incluye no sólo a la elusiva estructura terrorista liderada por Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri, sino también a sus extensiones territoriales - como Al Qaeda en la Península Arábiga, Al Qaeda en Irak o Al Qaeda en el Magreb Islámico-, a un diverso elenco de grupos y organizaciones que mantienen estrechos ligámenes con aquella -especialmente, aunque no sólo, de talibanes afganos y paquistaníes- y, por último, a células independientes e incluso individuos aislados únicamente inspirados por la propaganda extremista.
Pues bien, desde hace más de dos años ocurren cada mes centenares de atentados atribuibles a ese terrorismo global. La mayoría son obra de las aludidas extensiones territoriales de Al Qaeda o de algunos de los grupos y las organizaciones afines a la misma. No estamos ante un fenómeno amorfo, carente de articulación y liderazgo, sino ante uno polimorfo, cuyos elementos constitutivos varían en estructura y estrategia, pero comparten en lo fundamental una ideología y una agenda. Sus escenarios preferentes están en el Sur de Asia y Oriente Medio, más concretamente en Afganistán -donde el terrorismo es parte sustancial de una actividad insurgente más amplia-, Pakistán, Irak e incluso India. En estos países, los atentados perpetrados por actores vinculados al actual terrorismo global son prácticamente cotidianos, aunque difieran en magnitud y consecuencias. Sin olvidar que son asimismo frecuentes en otros como Argelia, Somalia o Yemen. Y que en la misma categoría cabría incluir un significativo número de cuantos acontecen en el norte del Cáucaso.
Pese a la retórica antioccidental que lo acompaña, el terrorismo relacionado con Al Qaeda se produce sobre todo en países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas y la mayoría de sus víctimas son musulmanes, calificados de apóstatas o renegados por los extremistas, en ocasiones por tratarse de chiíes y otras veces, las más, por no acatar las directrices que tratan de imponer los terroristas. Esta realidad pone de manifiesto que el actual terrorismo global es más la expresión de un conflicto entre musulmanes que el exponente de un choque de civilizaciones. Dicho lo cual, sus orígenes se remontan a una alianza de Al Qaeda con algunos pequeños grupos armados de orientación islamista, establecida en febrero de 1998, denominada Frente Islámico Mundial contra Judíos y Cruzados. Un eufemismo para señalar como adversario principal a las sociedades abiertas de Norteamérica y Europa, además de Israel. Este discurso se ha mantenido hasta nuestros días e implica que ciudadanos e intereses occidentales son blanco ubicuo y permanente del terrorismo global.
Ahora bien, sólo unos pocos de los miles y miles de sus atentados contabilizados desde el 11-S han tenido lugar en países occidentales. En nuestras sociedades abiertas, los actos de terrorismo global son episódicos si comparamos su frecuencia con la de otras demarcaciones geopolíticas. Este dato sitúa la amenaza para el mundo occidental en su adecuada dimensión, sin exagerar pero sin negar que dicho problema es real y todo indica que duradero. Durante los últimos o
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Lo más chocante es la ceguera de no ver que la autonomía surge y se ampara en la Carta Magna
En la propia Cataluña no creo que la secesión pueda tener mayoría
Cuanto más se acerca la posibilidad de una sentencia del Tribunal Constitucional sobre la última reforma del Estatuto de Cataluña mayor estupor producen algunas de las reacciones que rechazan cualquier corrección, como de declaración de inconstitucionalidad o como sentencia interpretativa de preceptos que en otras interpretaciones serían inconstitucionales. Hay algunos temas que han tenido, a mi juicio, regulaciones que desbordan el marco constitucional. A título de ejemplo podrían señalarse alguna que afecta a competencias fiscales, a la imposibilidad de acción del Defensor del Pueblo en Cataluña, o la obligación de aprender y conocer la lengua catalana a la bilateralidad Estado-comunidad autónoma. En mi opinión, es perfectamente constitucional la referencia a la nación catalana en el preámbulo del texto. En primer lugar, porque no tiene carácter normativo el preámbulo y ese precepto no obliga a nada, y en segundo lugar porque creo que Cataluña es una nación cultural, con una lengua, una cultura y una literatura distintas, en parte, de las literaturas y la cultura españolas, aunque también esa cultura española es cultura catalana para muchos de sus ciudadanos. Por fin la razón definitiva es que la única nación soberana, el hecho fundante básico de nuestro ordenamiento es la nación española. Comprendo reticencias tácticas de muchos porque parece evidente que la consolidación de Cataluña nación cultural sería el punto de partida para reivindicaciones independentistas partiendo del viejo, obsoleto y desacreditado principio de las nacionalidades de que toda nación tiene derecho a ser Estado independiente. Yo no deseo esa deriva por lo que entiendo la postura de quienes se cierran contra este reconocimiento. El Tribunal Constitucional cometió un grave error al abordar este tema con la recusación u obligación impuesta por la mayoría de abstenerse y ser retirado de los magistrados que deben juzgar el recurso al magistrado Pérez Tremps. Al final serán sólo 10, de los 11 magistrados que lo forman, tras la muerte del señor García Calvo, quienes participarán en la formación de la sentencia. Fue un mal comienzo, agravado por el retraso, pero hay un hecho indiscutible que son esas personas quienes tienen la última palabra para declarar lo que es Derecho válido y consiguientemente eficaz en la reforma del Estatuto de Cataluña
Si catalogásemos las respuestas ante la sentencia del Constitucional, nos encontraríamos con los siguientes modelos:
- El modelo desconocedor y rechazador de la sentencia: da igual que lo diga, lo que hay que hacer es desconocerla y seguir adelante como si nada.
- El modelo de superioridad del Estatuto: si el Estatuto contradice a la Constitución, reforme
-mos la Constitución para que se adapte el Estatuto.
El modelo del apaño y de la manipulación: si el Estatuto contradice a la Constitución, negociemos, arreglemos finalmente los problemas para seguir adelante con el Estatuto.
Estos tres modelos son delirios de grandeza, que parten de un serio desconocimiento del funcionamiento de un Estado parlamentario representativo, compuesto y funcionalmente federal. Expresan un profundo déficit moral de utilización de la Constitución como instrumento de usar y tirar, a la que alaban cuando les sirve para sus propósitos y reprueban y denuncian su superación cuando no les permite seguir su camino preestablecido y predeterminado, cuya última etapa es la independencia como ha reconocido, desde una evidente ingenuidad el señor Mas y también el presidente del Barcelona señor Laporta, entre otros. Tienen un profundo desconocimiento sobre el valor de la Constitución y lo que ha supuesto para la autonomía de Cataluña y de las demás comunidades autónomas, a las que ampara y prot
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Carta abierta a la Ministra y a los Consejeros de Sanidad (con copia a mis pacientes)
Por Juan Gérvas, Licenciado y Doctor en Medicina por la Universidad de Valladolid
Con el debido respeto, ruego que escuchen a este médico general rural preocupado por el pánico desatado ante la epidemia de gripe A. Es preocupación clínica y social, pues se refiere tanto a la atención a los pacientes como al impacto en la estructura social, laboral y económica de un pánico que tendrá peores consecuencias que la propia epidemia de gripe A.
CONSIDERACIONES
Conviene recordar que el Gobierno de Canadá se planteó dos objetivos ante la gripe aviar, 1/ disminuir su impacto en mortalidad y 2/ mantener la estructura social. No es una visión improbable la de un país sumido en el caos, parado por cierres de escuelas y centros de trabajo, con las urgencias y servicios médicos colapsados, con falta de atención a otros problemas de salud incluso graves, como infartos de miocardio y apendicitis (sin hablar de los errores tipo retrasos en el diagnóstico de meningitis por confusión con la “omnipresente” y deslumbrante gripe A).
Y, sin embargo, la gripe A es enfermedad benigna, con menos mortalidad que la gripe estacional (la de todos los años). Lo sabemos ya con datos, por la experiencia del invierno en los países del hemisferio sur. La diferencia es responder como Argentina (pánico y descontrol absoluto) o como Australia (organización y eficacia). Según los cálculos más ciertos podemos esperar como máximo unos 500 fallecimientos por gripe A, frente a los más de 1.500 anuales por la gripe estacional. Por ello, habrá menos muertos en todos los grupos de edad con la gripe A que con la gripe estacional. Para disminuir la mortalidad habrá que tratar adecuadamente a los casos que se compliquen. Lastimosamente la vacuna prometida llegará tarde, y no deja de ser una vacuna cuya eficacia desconocemos. Hasta que no haya más conocimiento muchos ni nos la pondremos ni la recomendaremos.
Respecto a las embarazadas, siempre se han visto más afectadas por la gripe, especialmente en el tercer trimestre, por los cambios cardio-respiratorios que provoca la ocupación del abdomen por el útero grávido. La gripe A no cambia nada respecto a la gripe estacional; habrá la misma proporción de ingresos, y menos muertes que con la gripe estacional. La embarazada puede y debería llevar la vida sana que siempre se le ha recomendado, lo que incluye continuar con su vida normal, familiar y laboral. La gripe A no provoca abortos ni malformaciones del feto. Estar embarazada no aumenta la probabilidad de contagiarse por gripe A.
La selección de personas por sus “factores de riesgo” es cuestión discutible pues los factores de riesgo ni son necesarios ni son suficientes para explicar las complicaciones. Por ejemplo, hasta el 70% de los niños que mueren por gripe estacional carecen de factores de riesgo definidos.
La predicción sobre la evolución de la gripe A debería basarse en lo que sabemos de esta propia epidemia y de pandemias previas. Por ello lo previsible es una onda de rápido contagio. Hablar de otras posibilidades es ignorancia, fantasía, irresponsabilidad o maldad. Es absurdo recordar epidemias de gripes de cuando ni había una cobertura pública sanitaria ni existían antibióticos para tratar las neumonías que las complican.
PROPUESTAS
Dejen de organizar protocolos y de promover medidas de recepción a los pacientes de probable gripe A que carecen de sentido. Es absurdo el aislamiento en urgencias y en los centros de salud de los pacientes con fiebre y síntomas de gripe. Durante la epidemia los griposos estarán en todos sitios y las medidas de aislamiento son innecesarias en los centros sanitarios. Sólo contribuyen a crear alarma y pánico.
No promuevan el diagnóstico exacto de la gripe A, excepto para investigación y vigilancia e
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A sus 60 años, Bruce Springsteen sigue encarnando el optimismo envidiable del sueño americano
Ni somos ni tenemos su voz, pero cuando Bruce Springsteen cumpla 60 años, el próximo 23 de septiembre, el corazón de América habrá empezado a envejecer. "¿Has visto alguna vez a un perro con una sola pata abriéndose camino calle abajo?", pregunta en su última canción. "Si alguna vez has visto a un perro con una sola pata, entonces me has visto a mí" (The Wrestler, Working on a Dream, 2009).
La letra de esta canción de perdedores es tan disparatada que casi rocé la tentación de masacrarla. Hay muchos perros cojos -yo tengo uno- pero aunque no sé de ninguno que a falta de tres patas camine, la canción lo hace y de qué manera: último eslabón de una cadena de aciertos, cierra los créditos de El Luchador, de Darien Aronofky (2008), anudando el estómago de los espectadores sobrecogidos por el regreso infinito de Randy The Ram -El ariete- Robinson, viejo luchador profesional idéntico al mejor Mickey Rourke, sólo que más mayor.
Springsteen parece haber nacido para correr en defensa de las personas corrientes, cuyos sueños se desvanecen invariablemente al cabo de la adolescencia. Canta y vuelve a cantar historias de trabajadores blancos, escolarizados lo justo y que habitan los Estados casi en ruinas del oxidado Medio Oeste. Década tras década, en sus baladas aparecen mujeres desesperanzadas (Thunder Road), chavales casados a trompicones (The River), ciudades que se vienen abajo (My Hometown, Youngstown, My City of Ruins). Pero siempre, absolutamente siempre, estalla entre ellas un rock comercial excelente, interpretado con rudeza y un magnetismo que conjura a tres generaciones de aficionados en centenares de estadios (Badlands, Prove it All Night, Radio Nowhere).
Alma de cantautor felizmente vendida al diablo del éxito, Bruce Springsteen domina el oficio de detenerse al borde del abismo insufrible, tedioso o -aún peor- dulzón del apólogo. Uno va a un concierto para divertirse, no a que le riñan. Añadan la habilidad de haber sabido rodearse de todo aquello que un hombre blanco no conseguirá ser jamás: una mujer, Patti Scialfa, que es la suya, o la sombra cálida y gigantesca de Clarence Clemons. El que, finalmente, su banda se caiga a pedazos ya casi no importa.
Renacido al éxito en esta década con un disco compuesto en respuesta al atentado a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 (The Rising, 2002), Bruce Springsteen hizo ver a sus compatriotas que la mayor parte de las víctimas habían sido trabajadores, el corazón de América, no ejecutivos ni profesionales de Manhattan. Siguieron otros cuatro buenos discos y una gira tras otra. Hasta hoy.
Sin embargo, demográfica y culturalmente, el mundo que canta Springsteen lleva años despidiéndose: hoy ni el país ni su presidente, ni el Partido Demócrata en el poder giran en torno al cinturón industrial del Medio Oeste -el Ohio de Youngstown y sus acererías arruinadas-, aunque para la victoria de Obama fue crucial su condición de senador por Illinois. De nuevo, el índice de paro roza el 10%, como hace un cuarto de siglo, cuando Bruce Springsteen estaba en su apogeo. Pero sus canciones de jóvenes blancos recién salidos de una escuela católica y arrojados a las líneas de montaje de los Grand Torino de Clint Eastwood pertenecen al pasado. Por cada cuatro escolares adolescentes blancos ya hay uno hispano, y muchos jóvenes profesionales de la década actual saben más de Steven van Zandt por su papel en Los Soprano, una serie de televisión, que por su contribución crucial al mejor Springsteen y a su E Street Band.
Pero resistan ustedes también a la tentación de enterrar a la vieja América. Obama prevalecerá si acierta a soldarla con la nueva, pues el éxito del último intento recrea, mágico, el interés por los logros anteriores. Los norteamericanos conservan una genuina capacidad de reinventarse a sí mismos, de encarar nuevos re
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La nueva ayuda a los parados o la subida de impuestos, ejemplos de mala comunicación pública
En política, cuando hay errores en la gestión de la información casi siempre hay un trasfondo de inadecuada, inexistente o ignorada estrategia de comunicación pública y política. Una información de calidad sobre los asuntos y servicios públicos es un síntoma de buen gobierno, sí, y también de buena política.
Algunos responsables políticos, excesivamente confiados, quizás puedan convivir con la ausencia de una política de comunicación eficaz. Pero tiene sus costes en forma de "errores de información" y también previsibles resultados negativos en la opinión pública, y hasta puede tenerlos en los procesos electorales. Felipe González, en el mitin final que los socialistas catalanes organizaron en la campaña de las generales de 2008, dijo, sin acritud, refiriéndose a la obra de gobierno de la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero: "Lo habéis hecho bien, pero no lo habéis explicado bien". La frase sonó a reprimenda de la experiencia. Lo cierto es que el PSC consiguió entonces los mejores resultados de su historia con 25 diputados y Carme Chacón de cabeza de cartel. Pero las advertencias razonadas tienen la virtud de anticiparse en el tiempo, aunque no sean una alerta inminente. Ignorarlas puede ser temerario.
Hacer política sin comunicación es el atajo más directo al desastre. Pero lo que es inexcusable, y un derecho ciudadano, es el rigor, la sobriedad y la ejecución eficiente de la información de la gestión pública. Algunos políticos parece que puedan prescindir (si la soberbia los nubla y la vanidad los ensordece) de la comunicación. Pero los ciudadanos no podemos estar sin información pública. Éstos son algunos de los errores más frecuentes:
Improvisación. Peter Drucker, el mayor experto contemporáneo en liderazgo, afirmaba: ¡Ojo con el carisma! Es cierto que algunos políticos tienen facilidad de palabra, gran empatía y dotes naturales para la comunicación. Pero, a veces, la importancia de los temas y la responsabilidad pública exige seguir un guión antes que dejarse llevar por la intuición. Si, además, ésta no está garantizada, mejor seguir la senda del rigor y de la prudencia.
Leer lo escrito no garantiza el éxito. Pero incorpora más control y más equipo. La mayoría de los guiones, notas o argumentarios que utilizan nuestros líderes están hechos por equipos de competencias plurales que han pensado (o contrastado) antes de escribir. Seguir el guión no es un demérito cuando lo exige la responsabilidad pública. Y los ciudadanos lo agradecen. Y cuando el guión simplemente no existe o se improvisa, se cometen errores. Por ejemplo, la medida anunciada, matizada, rectificada y finalmente ampliada de la ayuda económica de 420 euros a los parados que han dejado de cobrar el subsidio es un ejemplo caótico de comunicación que ha llevado al mismo ministro de Trabajo a reconocer públicamente sus improvisaciones.
Precipitación. Es la consecuencia lógica -y letal- de la falta de planificación. Se confunde celeridad con eficacia, aceleración con rapidez. El resultado es que las acciones precipitadas, desconectadas y aisladas, inician procesos que no están maduros orga-nizativamente. La precipitación desborda los recursos logísticos y técnicos por falta de capacidad de respuesta adecuada a la nueva demanda estimulada. Y el desencuentro entre el servicio público y la ciudadanía se lleva por delante la paciencia, primero, y la credibilidad, después. La precipitación comunicativa puede provocar problemas adicionales al introducir nuevas variables de interpretación y desdibujar una buena idea o un compromiso público como, por ejemplo, el de la retirada de las tropas de Kosovo. Aunque este caso nada tiene que ver con otras precipitaciones que pueden rozar la responsabilidad penal y causan un daño adicional, como vimos desgraciadamente en la gestión posterior al dramático a
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La amenaza de violencia contra los docentes vuelve a marcar el comienzo de un curso escolar
Ni el Gobierno ni el PP parecen tener el menor interés por sellar un pacto de Estado, del que, sin embargo, tanto alardean, para frenar el deterioro en todos los aspectos de la educación. A unos y otros se les llena la boca diciendo cosas como que "en una situación como la actual, en la que España atraviesa la crisis económica más grave de la historia reciente del país, resulta más necesario que nunca abordar una reforma del sistema educativo". Pero sólo llegan hasta ahí, al menos hasta ahora.
Estamos inaugurando un nuevo curso en las enseñanzas no universitarias, y lo lamentable es que persistan los viejos problemas, pudriéndose cada vez más, pues nadie se atreve a coger el toro por los cuernos.
En primer lugar, hay que solucionar la violencia psíquica contra el profesor que se ha convertido en un elemento crónico de nuestras aulas y que da origen a muchos otros problemas. Se manifiesta con actos de desobediencia, chanzas, insultos y enfrentamientos verbales, todo ello dentro de un clima permisivo y transgresor donde todo vale, desde "pasar" de las clases y los profesores -con la consecuencia de altos niveles de fracaso escolar- hasta llegar a la agresión directa a los profesores. Pues la violencia psíquica termina dando paso a la física dentro y fuera de las aulas. Y creo que esta última debería ser tratada por la fiscalía y los tribunales de menores. En este aspecto estoy de acuerdo con que las agresiones a profesores entren en el Código Penal como propone el PP.
Estamos hablando de adolescentes, chicos y chicas en una etapa de la vida en que la rebeldía suele estar a flor de piel -lean El adolescente indomable- y en que las actitudes respecto a sus profesores consisten, en la mayoría de los casos, en enfrentarse a ellos. Los que así se manifiestan tienen a toda la clase a su favor, pues aunque muchos de sus compañeros no estén de acuerdo con sus conductas, y deseen dar la clase en paz, no se pondrán nunca al lado de los profesores, ya que después ellos mismos puede ser represaliados. Y es que "los líderes negativos" gozan de gran admiración y de cierta impunidad. ¿Qué les puede pasar? ¿Que los echen de clase? Volverán. ¿Que suspendan y repitan? ¿Qué les importa? Ya los aprobarán. Los inspectores ya se encargan de aquel profesor que suspende a muchos. Porque no se puede superar un determinado tanto por ciento de suspensos. Si se supera, sobre el profesor en cuestión caerá el castigo o, en todo caso la "lupa" de la inspección hasta que se aclare de dónde procede el "fallo".
Además, a los docentes no los han formado para solucionar situaciones violentas en el aula, a costa de disciplina policial, o para aguantar las embestidas como si fueran policías, héroes o santos.
Hasta hace un tiempo, la gran baza de los profesores en los casos problemáticos sucedidos en el aula era la autoridad que les daba su cargo, la cual comenzó a desaparecer a partir del momento en que se aceptó que los alumnos se burlen de ellos, los desprecien o los insulten con toda impunidad. ¿Qué autoridad les queda hoy? Escasa o nula, pues el sistema educativo no proporciona instrumentos adecuados para resolver estos conflictos de forma eficaz y a su debido tiempo. Éstos se eternizan, y los chicos lo saben, que es lo peor. Tener un "jefe" al que se le ha despojado de autoridad es una contradicción in terminis.
No me extraña que del estudio que el sindicato de profesores ANPE, encargó hace un tiempo para evaluar la salud psicológica del profesorado se extrajera que un 43% presenta algún signo de daño psíquico, y que en concreto el 33,60% manifiesta síntomas de angustia y el 34,92% de depresión.
Estoy segura de que si al día de hoy se actualiza ese estudio han aumentado los datos negativos, pues, según encuestas recientes de sindicatos como CSI-CSIF, el 12% de los profesionales de secundar
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En dos años el esfuerzo fiscal ha sido de 12 puntos de déficit y 17 de deuda. ¿Con qué efectos?
España probablemente terminará el año con un déficit próximo al 10% y una deuda pública alrededor del 55% del producto interior bruto (PIB). En 2007, las cuentas públicas contaban con un superávit superior al 2% y una deuda del 38% del PIB. Calcúlese el gigantesco esfuerzo fiscal de estos dos últimos años, empleado en sacar a nuestro país de la Gran Recesión mundial (planes de estímulo) y en sostener al sistema financiero (planes de rescate). El primer debate debe ser, entonces, sobre la eficacia de estos planes, sobre su coherencia y fortuna, dado que la economía española ha decrecido en el segundo trimestre del año a un -4,2% en tasa interanual y que el paro ronda el 18% de la población activa. ¿Qué tipo de desastre hubiese ocurrido si no se hubiesen utilizado 12 puntos de déficit y 17 puntos de deuda en apuntalar la coyuntura?
En estas condiciones el segundo debate no puede ser si se han de subir los impuestos o no, sino cuándo hay que incrementarlos, cuáles de ellos, en qué cuantía y a quiénes. Qué tipo de reforma fiscal se requiere. La retirada de los planes de estímulo y de rescate depende del ritmo de recuperación de cada país, pero no puede retrasarse indefinidamente. Para volver a una cierta ortodoxia de las cuentas públicas (sin regresar a los fundamentalismos como el del déficit cero, que tanto daño hicieron), la política a aplicar deberá ser una mezcla de austeridad en el gasto, endeudamiento en los mercados y aumento de los ingresos presupuestarios. Para esa austeridad del sector público el Gobierno puede contar con la ayuda de la oposición, ha dicho en el Parlamento Mariano Rajoy, pero con una condición imposible de cumplir: que los impuestos no suban. Como además Rodríguez Zapatero se ha obligado a otra constricción, por principio ideológico -que el gasto social no puede reducirse en tiempos de crisis- las partidas de gasto corriente (sueldos de los funcionarios, subvenciones, reducción de altos cargos...) que se pueden aminorar no son suficientes para paliar de modo significativo el déficit público. La deuda pública ya se está utilizando, como indica su aumento, aprovechando las todavía buenas condiciones del mercado; en lo que va de año, por ejemplo, el Tesoro ha colocado bonos y letras por valor de alrededor de 140.000 millones de euros, una cifra récord.
Ahora ha llegado el tiempo de los impuestos. De lo que se sabe -después de las declaraciones contradictorias y de los globos sonda del pasado verano- parece desprenderse lo siguiente: en los próximos Presupuestos Generales del Estado se tocará el impuesto sobre la renta de las personas físicas para eliminar la deducción lineal de 400 euros a 16 millones de contribuyentes, que se introdujo el pasado ejercicio para aumentar el consumo, y que ha resultado uno de los mayores fiascos fiscales de la historia de la democracia. ¿Alguien se hará la autocrítica de esa ocurrencia? Segundo, se incrementará el tipo ordinario del impuesto sobre el valor añadido, del 16% al 18%, que aún quedará por debajo del que tienen algunos de los países europeos vecinos. Tercero, se subirá del 18% al 20% el impuesto sobre las plusvalías (rentas del capital). Cuarto, se incrementarán de nuevo los impuestos especiales a las gasolinas y los alcoholes. Y todavía no se conoce si se alzará, aunque sólo sea testimonialmente y por estética, ya que tiene poco valor recaudatorio, el 1% a los beneficios de las sociedades de inversión en capital variable (Sicav) y se restaurará el impuesto sobre el patrimonio a las fortunas más altas. Todo ello está pendiente de las difíciles negociaciones parlamentarias que mantienen los socialistas para conseguir los apoyos políticos suficientes para la aprobación de los Presupuestos 2010.
La coyuntura varía con gran volatilidad en todos los países, el Gobierno se mueve para, con mejor o peor fortuna y determina
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¿Cómo es posible que los nuevos instrumentos matemáticos no fueran capaces de alertar sobre la crisis económica que se avecinaba? Quizá porque se atribuye a sus mediciones una exactitud de la que carecen
La política es una actividad inexacta porque se refiere al gobierno de una totalidad social. No pocas decisiones políticas se adoptan frente al criterio de quienes disfrutan de una exactitud sectorial o en sus modelos teóricos pero sus cálculos son socialmente inexactos. Pensemos, por ejemplo, en el cierre de una central nuclear o en la exigencia de regular los mercados financieros. Las decisiones que tienen que ver con los riesgos ecológicos o financieros requieren una visión de conjunto que sólo puede obtenerse, en el mejor de los casos, desde una perspectiva política. Por supuesto que en los procesos de deliberación no debe faltar ni el juicio de los expertos, ni la atención a los intereses particulares, pero la decisión no puede ser otra cosa que política, pues la política es lo que hacemos cuando hemos acabado de calcular y sigue sin estar claro lo que hay que hacer.
Una pregunta se plantea entonces de manera inquietante en relación con la actual crisis económica. ¿Cómo es posible que la mejora de los modelos de análisis de riesgo no haya servido para anticipar un resultado catastrófico? Uno podría pensar que la causa de nuestra falta de anticipación a la crisis se debe a que no habíamos calculado correctamente los riesgos futuros. Pero, ¿y si fuera exactamente al revés, es decir, que una de las causas de la crisis sea la ilusión de la exactitud, la creencia de que los cálculos matemáticos no tienen límites a la hora de establecer los riesgos futuros? La crisis económica ha salido de unos cálculos y mediciones que presumían de una exactitud que no están en condiciones de proporcionar.
Nos hace falta una verdadera revolución epistemológica para abandonar la ilusión de que podemos vivir en un mundo calculable, que resultaría de aplicar ilimitadamente el modelo científico que hemos heredado de las ciencias de la naturaleza a las realidades sociales. Este modelo debe su exactitud a que mide realidades objetivas, exteriores a los sujetos, pero es muy limitado a la hora de calcular comportamientos humanos como el del sistema financiero, que no es algo exterior a la sociedad, que pudiera ser controlado por el saber y la tecnología, sino que resulta de la suma de nuestras acciones. Los cálculos de probabilidad son muy problemáticos cuando conciernen a comportamientos humanos, como es el caso de los mercados financieros, en los que se reflejan opiniones, expectativas y miedos humanos, de manera que no pueden ser tratados como magnitudes objetivas. Por eso la ciencia económica ha de ser considerada como ciencia humana, una ciencia en la que no hay separación entre el sujeto y el objeto de la investigación, por lo que no es una ciencia exacta.
Hemos analizado los riesgos menospreciando que en ellos lo decisivo es la significación, el sentido. Es un error manejarlos como si se tratara de una realidad física, desconociendo que la subjetividad se infiltra en todas las relaciones sociales de los agentes. Esta perspectiva epistemológica es extremadamente importante. La mayor parte de los riesgos tienen un componente subjetivo que se apoya en una interpretación de la economía. Confiar en la estimación que de ellos hace la opinión general (como se hace cuando se los introduce en el mercado) es una falta lógica, ya que la mayor parte de los que intervienen en él se basan en la matematización hecha por las agencias de rating y, por tanto, no aportan nada a las insuficiencias de la comprensión de cada uno. Dicho de otra manera: en la economía liberal de mercado no hay racionalidad en materia de riesgos más que para situaciones perfectamente calibradas y estadísticamente determinadas. La crisis de las subprimes ha tenido esta consecuencia de mostrar el error de extrapolar ciertas cree
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Si España quiere un modelo más sostenible y con menos paro, debe mejorar su sistema educativo
El Gobierno español, por fin, quiere dejar atrás un modelo económico agotado y generador de importantes desequilibrios. Los sectores de la construcción y del turismo, ambos en crisis, generaron conjuntamente en el momento más dulce de la última década dorada casi el 25% del PIB, que es la cuota más alta de la Unión Europea.
A pesar de ser -o por ser- un modelo intensivo en creación de empleo, España ha perdido puestos de trabajo al ritmo más rápido de Europa y hoy tiene más parados que Alemania, aunque la economía alemana sea más del doble de la española. Estos datos confirman que el modelo económico español tiene los pies de barro.
La eliminación de la desgravación a la vivienda a partir del año 2010 es un paso en la dirección correcta. Esta deducción fue el emblema del ahora exhausto modelo de crecimiento español y engendró la mal llamada "cultura de la propiedad".
Pero ésta y otras medidas anunciadas por el Gobierno (ayuda para la compra de un coche, digitalización de las aulas, etc.) no bastan para crear un modelo basado más en el conocimiento y en las exportaciones. Son parches para aliviar la crisis, no las semillas de un nuevo modelo económico.
A mi modo de ver, la clave para la creación de un modelo más sostenible, y que no genere tanto desempleo cuando la economía va mal, reside en una mejora del sistema educativo español, y esto es algo que tardará un tiempo en hacerse y una década en notarse.
Los políticos quieren resultados en el corto plazo. Es lamentable que sólo ahora, a raíz de la crisis de la construcción, se haya puesto de moda entre la clase política hablar de la necesidad de moverse desde el ladrillo al ordenador. Algo muy diferente hubiera ocurrido si esta moda se hubiera extendido durante el boom económico. La afirmación de que España no hubiera llegado a donde está hoy con el Partido Popular en el poder es muy dudosa (de hecho, el auge de la construcción empezó con el PP, que no hizo nada para cambiar el modelo económico y poco para mejorar la educación en sus ocho años de gobierno).
España es el único país europeo que ha generado mucha riqueza durante un largo periodo, a la vez que una tasa creciente de fracaso escolar. La proporción de estudiantes que no terminan la ESO, según las últimas cifras disponibles (2007), es del 30,8%, el doble de la media europea. Un factor que ha contribuido a esta situación ha sido la facilidad, hasta 2008, de encontrar un trabajo en la construcción o el turismo sin necesidad de haber finalizado los estudios.
Es de suponer que la recesión cambiará esta tendencia, vergonzosa para un país desarrollado. En 2007, sólo el 61% de los jóvenes entre 20 y 24 años tenía un nivel de formación al menos de enseñanza secundaria superior, seis puntos menos que en el año 2000 y muy por debajo del promedio europeo (78%). Es cierto que la llegada de inmigrantes ha influido en estos dados, pero menos de lo que se piensa.
En España, según el Informe PISA, menos de uno entre 20 jóvenes de 15 años alcanza un conocimiento elevado en ciencias -como en México y Turquía-, frente a casi uno entre cinco en Finlandia, donde, por cierto, hay muy pocos colegios privados. Y en lectura, sólo el 1,8% de los jóvenes españoles de 15 años alcanza el nivel alto, lo que supone el peor resultado después de México.
¿Es que los alumnos españoles son más tontos que los de otros países? No lo creo. Algo tendrá que ver esta situación con el sistema de aprender a fuerza de repetir y memorizar, en lugar de mediar un análisis crítico. Y también el bajísimo nivel de los contenidos y la falta de autoridad del profesor. No se puede aprender si el profesor no recibe ninguna consideración por parte del alumno ni de su familia, y si el sistema además lo deja desprotegido ante cualquier abuso.
La tasa de abandono en la universidad e
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La salida está en consumir, sí, pero sólo lo necesario; producir, también, pero sólo lo conveniente
El título les sonará: The Matrix Reloaded (Larry y Andy Wachowski, 2003). Es la segunda entrega de la saga The Matrix, en la que se apunta el camino hacia el desenlace. ¿Hacia dónde apunta el desenlace de la situación que padece hoy la economía del planeta? ¿Qué puede haber más allá del presente? ¿Qué hay más allá de la recuperación, cuando ésta se produzca? Recuperación: ¿cuándo será? ¿cómo será?
Nadie ha sido culpable de lo que está pasando: la crisis se está produciendo porque se ha agotado un modo de funcionar, un modelo económico y no sólo económico, y para salir de este agotamiento no basta con anfetaminas.
Dicho de otro modo, no basta con planes de ayuda ni planes de estímulo; porque nos hallamos ante una crisis sistémica. No es el fin del mundo, pero sí será el final de una manera de funcionar. La solución estará en la aparición de algo nuevo, y no en una reedición de lo viejo; no bastará con un lifting de lo antiguo, ni con una readaptación, aquí no vale el "algo debe cambiar para que todo siga igual" de Il Gatopardo.
Lo nuevo: cambios profundos que alteran las formas de hacer, de actuar. Durante la Gran Depresión también se gestaron cambios sistémicos, y la contribución de esos cambios a la salida de la crisis fue esencial, fundamental.
La solución que se encontró entonces fue la intervención activa del Estado en la economía, el gasto público como motor económico, la búsqueda del pleno empleo de los factores productivos, del pleno empleo del factor trabajo. Y también el sobredimensionamiento del individuo, la exacerbación del individualismo llevado hasta sus últimas consecuencias; y durante unas cuantas décadas aquellos cambios permitieron que el nuevo modelo funcionara, y que lo hiciera muy bien. También ahora tendrá que haber cambios radicales para hacer frente a la nueva crisis, que también es una crisis sistémica, como la del 29. La pregunta es, ¿en qué consistirá ahora el cambio sistémico, cómo será?
Pienso que el hiperindividualismo que ha permeado todos los órdenes de la economía, de la sociedad y de la política en estos últimos 50 años tiene los días contados. Un individualismo no sólo en términos de persona, que también, sino de país, incluso de área económica.
Y pregunto: si ya nos hallamos en un mundo posglobal, ¿qué sentido tiene pensar en términos de persona, de región, de país, de zona? El cambio que se avecina terminará con esa fase individualista de la historia, y traerá consigo la necesidad imperiosa de coordinar grupos, asociar colectivos, colaborar en proyectos comunes. Y toda esa coordinación no habrá que hacerla sólo a cortísimo plazo, sino al revés. ¿Por qué? Porque es infinitamente más eficiente para operar en una atmósfera de recursos escasos, que es la que viene ahora, la del nuevo mundo en el que vamos a tener que movernos.
Eficiencia: utilización de las cantidades óptimas de recursos a fin de obtener la cantidad necesaria de los bienes que sean precisos. Existencias cero; desperdicios nulos; elaborados innecesarios, ninguno. Producir aquello que sea necesario, en la cantidad conveniente; consumir en la misma medida.
Tras la Gran Depresión, la solución consistió en aumentar la propensión al consumo para que ese consumo tirase de la producción; y la cosa funcionó. Pero el precio de ese crecimiento ha sido el desperdicio: se ha profundizado en la competitividad desperdiciando de todo, y propiciando la reducción en el precio de los recursos, de las commodities, las materiales, las financieras y las humanas, todas.
La salida de esta situación está en dar la vuelta al razonamiento: consumir, sí, pero sólo lo necesario; producir, también, pero sólo lo conveniente; y coordinando medidas a nivel mundial.
Coordinación, asociación, regulación: competitividad, eficiencia y productivid
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El Gobierno tiene la obligación de gestionar honradamente los recursos públicos. Habría que suponer que los Gobiernos son honrados. Y pensar, por tanto, que el Gobierno de Felipe González actuó en nombre del interés general cuando concedió un canal televisivo de pago a PRISA, grupo editor de este periódico. Lo mismo que el Gobierno de Esperanza Aguirre en Madrid, cuando concedió un montón de licencias a grupos de orientación conservadora. Lo mismo que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que ayer reguló la Televisión Digital Terrestre (TDT) de pago que demandaba con urgencia el conglomerado Mediapro-Imagina-La Sexta, liderado por Jaume Roures, para rentabilizar su inversión futbolística. Habría que suponer que todo esto se hace por el bien común. Evidentemente, son legítimas las dudas.
El fútbol es una cuestión de "interés general" en España, según una ley de 1997 pergeñada por Álvarez Cascos y firmada por Aznar. Esa ley establece la emisión gratuita de un partido en cada jornada de Liga. No parece nada claro que, en este contexto legal, Digital + (del grupo editor de este periódico) haya conseguido hacer rentable el fútbol de pago que hasta ahora tenía en exclusiva: la competencia, hace 12 años, de Vía Digital, una plataforma impulsada por Telefónica (gestionada por personas próximas a Aznar), disparó al alza el precio de los derechos. En estos momentos, PRISA y Mediapro comparten el fútbol y compiten entre sí, lo que ha acarreado una sensible reducción de los precios para el consumidor. No es una mala noticia. Habría que suponer que a partir de ahora, con un partido en abierto y dos plataformas en competencia, el negocio del fútbol no va a ser ruinoso y no va a acabar costando dinero al contribuyente. Evidentemente, son legítimas las dudas.
La noticia de la regulación de la TDT de pago fue muy destacada ayer por los principales diarios digitales españoles. Habría que suponer que era una noticia de gran interés general, dada la coincidencia, y descartar que el realce informativo estuviera relacionado con los intereses de los dueños de esos diarios digitales, todos ellos beneficiados o damnificados por la decisión del Gobierno. Evidentemente, son legítimas las dudas.
Enric González

Queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias
Llegué a la economía por accidente. Creo que casi todo ocurre por accidente; ése, al menos, es mi caso. Hacia finales de los setenta me dedicaba a los sucesos. Mis tratos con policías y delincuentes coincidieron en el tiempo con una crisis devastadora en la industria catalana. Las empresas textiles se hundían por docenas, y algunos de sus propietarios, habituados a la doble contabilidad y al desfalco, no se sentían con ánimo para explicarse ante el juez. Cuando la empresa suspendía pagos, el dueño ya había volado. Aquellos emprendedores de manos y pies ligeros sentían preferencia por Brasil.
El caso es que asuntos puramente mercantiles se convertían en policiales, y las páginas económicas del diario donde trabajaba (El Correo Catalán, extinto hace ya muchos años) eran una colección de anuncios de búsqueda y captura. Poco a poco fui instalándome en esas páginas, y me quedé en ellas, saltando de periódico en periódico, durante una década.
¿Qué aprendí? Fundamentalmente, dos cosas. Una, que el libre comercio es mejor que el proteccionismo. Dos, que la política económica es demasiado importante para dejarla en manos de burócratas. Estoy desaprendiendo, me temo, la segunda. No estoy nada convencido de que la gestión de la economía pueda dejarse en manos de los electores y de los políticos. Por desgracia, sigo sin fiarme de los burócratas.
Acabo de leer El mito del votante racional. Por qué las democracias eligen malas políticas, un libro que va más allá de la provocación académica. El autor, el profesor Bryan Caplan, no propone la vuelta a regímenes dictatoriales u oligárquicos. Se limita a constatar, de entrada, que el votante es un tipo mal informado, cargado de prejuicios y, sobre todo, muy emocional. No hace falta estudiar mucho para ser consciente de eso. Si uno se pregunta por qué votó a quien votó en las últimas elecciones, encuentra miedos, manías e ideología (que en un terreno de juego tan estrecho como el nuestro tiene mucho de prejuicio), y un poderoso sentimiento negativo hacia el rival del candidato que elegimos.
Eso es normal, y no necesariamente grave. En un grupo lo bastante amplio, la ignorancia individual tiende a convertirse en sabiduría colectiva gracias al "milagro de la agregación", un fenómeno que funciona gracias al carácter aleatorio de nuestros errores. Si los errores son sistemáticos, el "milagro de la agregación" se va al garete. El profesor Caplan demuestra (también lo hace la historia) que en lo tocante a la economía y sus derivados (energía, agua), somos propensos al error sistemático.
En España, eso tampoco es muy grave. Desde el ingreso en la Unión Europea, la política macroeconómica española no ha dado demasiados bandazos; desde la adopción del euro, menos. Carecemos de autonomía. Imaginemos, sin embargo, que ciertas cuestiones se sometieran a referéndum. La cuantía del salario mínimo, por ejemplo. Nuestro buen corazón nos impulsaría a establecer un mínimo generoso, y, de un día para otro, crearíamos millones de parados. Lo mismo ocurriría con el comercio. Sospecho que, por razones de todo tipo, los votantes limitaríamos las importaciones chinas, y crearíamos un tirón de los precios. O devaluaríamos para exportar más, e importaríamos inflación.
Las señales de cambio climático nos ofrecen ahora la posibilidad de cometer espléndidos errores, de terroríficos efectos a nivel planetario. La coyuntura resulta idónea: urgencia, emoción, profecías apocalípticas e información escasa. Nosotros, la opinión pública y los burócratas en quienes delegamos, queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias. Para afrontar el problema de las emisiones de gases y, a la vez, mantener nuestro estilo de vida, nos ha parecido buena la opción de los biocombustibl
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Está desapareciendo la última generación de europeos que vivió la II Guerra Mundial
Europa es situar la dignidad y la libertad en el primer lugar, en el último y en el intermedio
El último año ha sido testigo de la muerte de tres pensadores europeos extraordinarios, que asumieron un profundo compromiso con la vida pública de su época. Los libros que publicaron sobre historia, filosofía, sociología y política llenarían varias estanterías. En momentos cruciales, en 1956, 1968, 1989, su compromiso político ayudó a construir la historia de Europa. Cada uno de ellos tenía una mente que era una maravilla observar en acción, pero también una personalidad rica, compleja y vital. Además de sentir el dolor de su pérdida, creo que su desaparición tiene un significado más amplio.
Con ellos, desaparece la última cohorte de europeos que se formaron con los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra en Centroeuropa. Unas personas que entendían en sus entrañas por qué necesitamos una Europa de libertades y leyes, porque, de adolescentes y jóvenes, fueron testigos de todo lo contrario. Ahora, nosotros, los hijos de una época más afortunada, debemos sostener esa Europa sin el impulso elemental que nace de la experiencia personal.
No es que hablaran a menudo ni de buen grado de sus encuentros juveniles con el mal. Más bien al revés. Lo hacían con poca frecuencia y a regañadientes. De modo que hay algunas cosas, entre ellas seguramente los peores horrores, que nunca sabremos... y que no tenemos derecho a saber. Sin embargo, en sus últimos años, sí nos dejaron, en fragmentos autobiográficos y pedazos de conversación, algunos atisbos de la gehena, el infierno del que nació la Europa actual.
Quien vivió lo peor fue el que dejó menos testimonio. Sólo en breves pasajes y en conversaciones infrecuentes con amigos cercanos habló Bronislaw Geremek -historiador medieval convertido en asesor de Solidaridad y ministro de Exteriores de Polonia, que murió en un accidente de automóvil el verano pasado- sobre la vida y la muerte que había presenciado de niño en el gueto de Varsovia. "Cerré esa caja con llave", dijo en una ocasión, cuando se lo preguntó un entrevistador bienintencionado.
En una larga conversación autobiográfica, publicada en polaco hace un par de años, Leszek Kolakowski -filósofo, historiador de las ideas, analista, crítico y coautor del desmantelamiento del comunismo, que murió en Oxford la semana pasada- recordaba su experiencia de la guerra en la Polonia ocupada. Cómo le enviaron a trabajar, a hacer juguetes de madera, cuando tenía 15 años. Cómo, después de que los ocupantes alemanes cerrasen las escuelas, se educó a sí mismo leyendo en una biblioteca medio saqueada. (Contaba, en broma, que de la enciclopedia sabía todo de la A, la D y la E, pero nada de la B y la C, porque los campesinos locales habían cogido esos volúmenes para encender fuego). Relataba
cómo vio con sus propios ojos el tiovivo que siguió funcionando en la plaza Krasinski de Varsovia mientras allí cerca ardía el gueto y "en el aire flotaban trozos carbonizados de ropa" (una escena inmortalizada por Czeslaw Milosz en su poema Campo di Fiori). Cómo, cuando veía un avión bajo, tenía la sensación instintiva -incluso cuando era anciano y vivía en Inglaterra- de que en cualquier momento iba a empezar a arrojar bombas. Y cómo los ocupantes alemanes de Varsovia detuvieron y asesinaron a su padre en 1943.
Curiosamente, fue el reticente y discreto alemán del norte Ralf Dahrendorf -el pensador social, político y educador germanobritánico, que murió el mes pasado- quien dejó un testimonio más amplio sobre los años de la gehena en Europa.
Su padre, un político socialdemócrata, fue detenido por su participación en el plan del 20 de julio de 1944 para atentar contra Hitler y a duras penas consiguió salvar la vida. A los 15 años, Dahrendorf se incorporó con unos compañeros
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Los miembros de los partidos deben ejercer su libertad de conciencia y no ceder ante el monolitismo
Hace unos meses, la propaganda de la película Valkiria llevaba una leyenda bien impactante. Decía algo así como "mientras otros obedecían, él escuchó a su conciencia". "Él" era el coronel Von Stauffenberg, el líder del último atentado contra Hitler, alguien que no se doblegó ante lo "políticamente correcto", cuando no doblegarse implicaba exponerse a la tortura y la muerte. No sólo a no recibir el aplauso de la mayoría o a ser mal considerado, sino a perder la vida, como realmente sucedió. Gentes así despiertan admiración, o deberían hacerlo.
Como Shtrum, el personaje de Vasili Grossman en Vida y destino, el científico caído en desgracia durante el régimen de Stalin, que se niega a reconocerse culpable -porque no lo es-, aunque sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse males mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: "Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste sólo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa".
La conciencia personal frente al totalitarismo, nacionalsocialista, soviético o de cualquier otro género. La persona artífice de su propia vida, como diría Séneca, responsable de su propio destino.
Justamente, la estrategia de los totalitarismos consiste en anularla con distintas coartadas, como la tan conocida de la "obediencia debida" al Führer, al Estado soviético, al mando militar. Una coartada inadmisible en sociedades democráticas, que se caracterizan por hacer de la igual autonomía de los ciudadanos la clave de la vida social y, por lo tanto, no pueden permitirse anular las conciencias que es la forma de anular a las personas.
En estas sociedades existe la objeción de conciencia; claro está, que cualquier ciudadano puede presentarla cuando considera que una ley viola sus convicciones más profundas, aunque sólo se reconocerá el derecho a ejercerla en los casos tipificados a tal efecto, y lo que pase de ahí es desobediencia civil. Pero en esta vida no todo se agota en los reconocimientos legales ni queda asegurada la supervivencia de la conciencia personal porque exista el derecho a objetar en determinados casos. ¿Qué sucede -por ejemplo- cuando los partidos políticos se niegan a dejar libertad de conciencia a sus miembros a la hora de votar en situaciones especialmente conflictivas para ellos? ¿No es entonces la disciplina de voto una versión suave de la obediencia debida para estómagos democráticos?
Sin duda, las sociedades abiertas se enfrentan a un buen número de contradicciones, pero, precisamente por su carácter abierto, se ven obligadas a sacar a la luz los problemas, a reconocerlos como tales y a tratar sobre ellos para tratar de enfrentarlos con altura humana. Ésa es la grandeza y la responsabilidad de los mundos abiertos.
Es verdad que los partidos políticos, sean muchos o pocos, han de presentar propuestas unitarias a los ciudadanos dentro de sus programas, porque en caso contrario pierden eficacia y sentido. Parece entonces que no puede haber pluralismo interno, porque ¿cómo sabrán los electores a quién votar si hay disensiones internas? Pero tampoco se puede eludir la otra cara de la moneda: ¿qué hace un militante que está de acuerdo con su partido en la mayor parte de las propuestas pero se siente incapaz de apoyar algunas porque se lo impide su conciencia?
La calidad de una democracia representativa exige que los ciudadanos puedan esperar de los partidos que cumplan sus programas, a los que debería haberse llegado por debate interno y externo. En este cumplimiento mostrarían su operatividad y ese valor tan preciado por nuestras sociedades que se llama "eficiencia". Pero esa misma calidad de la democracia reclama
... (... continúa leyendo)¿’Brote verde’, ’rama verde’? España tiene empresas de primer rango mundial
El debate sobre los brotes verdes dentro de la recesión versa sobre si podemos salir de la crisis, y cuándo. Pertenece a la prospectiva, a la profecía, al calendario, más bien macroeconómicos. Por supuesto, we can.
España demostró en la historia su capacidad de remontar la adversidad. Casi siempre usando parecidas recetas: liberalizando la economía, abriéndola al exterior, a condición de un liderazgo claro y de un consenso general que reparta los costes de apretarse el cinturón. Así ocurrió con el Plan de Estabilización de 1959 (entonces, con poco reparto del coste, imperaba el caudillismo), con los Acuerdos de la Moncloa, con el acceso a la Europa comunitaria y con el ingreso en el euro.
De modo que ampliemos el foco de discusión, de los embriones de brotes verdes a las actuales ramas verdes, existentes aunque oscurecidas por el ambiente funerario general. No sobre cuándo salimos, sino sobre con qué y cómo salimos. De las tendencias macro a las realidades micro.
Disponemos de algunos trampolines (seguramente, ay, demasiado pocos) de primer rango mundial. De unas docenas de empresas internacionalizadas, capaces de competir, y bien, con las líderes de las grandes potencias mundiales en sectores punta, emergentes, tecnológicos. Son, claro, la otra cara del desastre.
Así ocurre con las divisiones de ingeniería civil de las constructoras (nada del ladrillo residencial), especializadas en crear y gestionar infraestructuras y transportes. Seis de los 10 principales proyectos mundiales en este ámbito son españoles. De Abertis, ACS, Ferrovial, Sacyr, FCC y OHL. O con la construcción ferroviaria o de plantas industriales (de CAF y Talgo a Técnicas Reunidas).
En energía y medio ambiente destaca el empeño por las renovables. En energía solar, España es la tercera productora mundial, tras EE UU y Alemania; la primera contando per cápita. Y la primera también en energía eólica. Acciona, Gamesa e Iberdrola Renovables compiten en la primera división global.
Igual sucede en el tratamiento de aguas y residuos. Las dos principales plantas desalinizadoras europeas por ósmosis inversa son españolas. Y compañías como Inima, Aqualia, Befesa, Cadagua, Cobra, Pridesa, Sadyt o Seta compiten con éxito en la India, Oriente Próximo y las Américas. En tecnología pura, al menos un 25% de los vuelos mundiales usan los sistemas de navegación de Indra. Y varias suministradoras locales están involucradas en los proyectos de EADS-Airbus.
El sector biotecnológico crece en este país un 17% más rápido que el promedio de la UE a 15. Abengoa es el primer productor de bioetanol en Europa, el quinto en EE UU. Y destacan otras compañías entre la biotecnología y la farmacéutica, de Grífols a Celerix, del consorcio investigador Nanofarma (Zeltia, Rovi, FaesFarma, Lipotec y Dendrico) al Instituto de Investigación Biomédica (IRB/Barcelona).
Estas compañías y sectores no son de invención o selección propia, sino espigados entre lo mejor con el apoyo del vicepresidente del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX), Miguel Ángel Martín Acebes, y su director de Productos Industriales, Enrique Verdeguer. Corresponden al gran año depresivo de 2008. Y el ICEX los tiene contrastados con el mítico MIT, Massachusets Institute of Technology. Véase en la Red: technologyreview.com/spain.
Todo ello sin contar con sectores tradicionales / maduros pero adaptados al entorno global. Estas ramas verdes deberían convertirse en más frondosas con la ayuda de la Ley de Economía Sostenible anunciada hace dos meses por el presidente Zapatero. Con perdón: yes, we can.
Xavier Vidal-Folch

En política sería calma para entender, moderación para resolver y decisión para ejecutar
Era bajo, enteco y malcarado. Poco dotado físicamente, estaba provisto de un valor sin fisuras, de una ambición sin límites y de un talento original y profundo, que le hizo suplir su falta de condiciones físicas con un cambio total en la concepción del toreo, con una innovación radical de su técnica y con una sustitución completa de su canon artístico. Era de Sevilla y se llamaba Juan Belmonte. Su revolución -como toda revolución que se precie- se concretó en una tríada -parar, templar y mandar-, que hizo trizas la vieja máxima de Lagartijo, "o te quitas tú o te quita el toro", para sustituirla por otra: "ni te quitas tú ni te quita el toro, si sabes torear". Se trata de dominar la situación con inteligencia, para extraer de ella lo mejor que encierra, con resolución en el empeño y elegancia en la ejecución.
¿Son aplicables estas reglas a la política? Sin duda, dado que son la concreción de un proceder con valor universal, que pone el acento en la calma para entender, la moderación para resolver y la decisión para ejecutar. Virtudes hoy ausentes del coso político nacional, en el que las distintas cuadrillas -con sus matadores- sólo buscan quitarse de en medio, sorteando como pueden las graves cuestiones -de índole general o partidaria- que les acechan, para evitar que el pueblo soberano les quite a la fuerza de un derrote electoral.
La política española es hoy elusiva. Se eluden los problemas planteados por la crisis económica, y también se eluden, legislatura tras legislatura, ciertas reformas políticas -ley electoral y ley de financiación de partidos- y constitucionales -Senado y mecanismos de colaboración-, que resultan imprescindibles para culminar, en sentido federal, el inevitable desarrollo del Estado Autonómico. Esta elusión se produce por temor a las negativas repercusiones electorales que generarían -para el partido que las respaldase- cualesquiera decisiones que lesionasen los intereses particulares de alguno de los mandarinatos que -parafraseando a Azaña- llevan siglos acampados sobre el Estado.
Son mandarinatos los grupos de interés que generan una burocracia con funciones de vigilancia y control, para impedir que se modifique su situación de privilegio y monopolio. Esta resistencia al cambio provoca, además de la esclerosis del pensamiento libre, el estancamiento de la sociedad que los padece y su inexorable decadencia. Estos mandarinatos se dan tanto en el ámbito laboral como en el empresarial y financiero, tanto en la cúpula de los partidos como en el estado mayor de las instituciones sociales, y tanto en los cuerpos de élite de la Administración como en la universidad.
De ahí que el pacto entre partidos -al menos entre los grandes- sea indispensable para pensar, con garantías de viabilidad, en cualquiera de las reformas apuntadas. Y no tanto porque el pacto genere, de modo milagroso, una luz nueva que haga ver las cosas de otra manera, sino por la sencilla razón de que, a través del pacto, se distribuyen los costes electorales entre los partidos que lo suscriben. Pero, lejos de propiciar este pacto, los partidos se esfuerzan en fidelizar a sus clientelas con maniobras de distracción que van por barrios: constantes apelaciones a la seguridad, a los valores y a la unidad de España por parte de unos, y recurrentes invocaciones de los valores de la laicidad y de algunos derechos individuales por parte de otros. Total, nada.
La política se envilece, la convivencia se degrada y la esperanza se agosta. Aunque se disfrace el discurso de los líderes con alardes de un humor de casino provinciano, ya viejo en tiempos de Eugenio Montero Ríos, o se solemnice lo trivial con un énfasis retórico y un tono ahuecado antaño utilizados para predicar los novísimos.
¿Sería mucho pedir que, en lugar de darnos este espectáculo, nuestros políticos se parasen, templase
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Vamos ajustando las cuentas sin ganancia para la integración y dándole al Estado un aire chapucero
Forzoso es reconocer que lo que pomposamente se denomina nuevo sistema de financiación autonómica es cualquier cosa menos un sistema o modelo. Aunque probablemente nunca lo ha sido. Los hacendistas dicen que la financiación autonómica se basa en España en el reparto inicial y contingente de recursos que se efectuó al ir transfiriendo las competencias y los medios anejos a ellas. Es de esa asignación inicial de la que se ha partido en todos los subsiguientes intentos para reordenar el asunto, respetando siempre la regla básica de las burocracias de dar por consolidado lo existente ad aeternum, y pelear siempre por la mejora del trozo de tarta propio. Cuando se habla de esos índices que sustentarían el sistema (población, envejecimiento, dispersión, insularidad...), se oculta al público que tienen nombre y apellido detrás. Vamos, que cuando se necesita por razones políticas aumentar los recursos de Ruritania, lo que se hace es introducir una modulación en el índice de población basada en la densidad de zuecos por hectárea partido por el número de vacas, justamente, ¡oh casualidad!, lo que conviene a los ruritanos.
Lo que se ha hecho ahora, aunque con más oscurantismo del acostumbrado, es arrancar de un a priori político: el de que Cataluña debía recibir una financiación superior a la que tenía, colocándola por encima de la media nacional. Lo cual era en sí mismo, y si lo tomamos aisladamente, bastante razonable, pues la permutación del orden de colocación entre comunidades que se producía hasta ahora a través de la nivelación redistributiva no era equitativa: no era justo que un extremeño gozara de unos recursos públicos de financiación superiores a los de un catalán, cuando éste contribuía más a la generación de esos recursos (principio de ordinalidad). Y una vez establecido que el resultado final tenía que colocar a Cataluña en mejor situación, se han diseñado unas reglas que lo aseguren y que, al tiempo, no provoquen la rebelión abierta de otras autonomías, aunque los resultados sean ahora injustos para otros ciudadanos no catalanes, como los madrileños o valencianos, que, partiendo de una aportación similar a la catalana, reciben mucho menos. Defectuoso antes, defectuoso ahora. Con el agravante de que se institucionaliza y consolida la práctica de financiar gastos corrientes con déficit público.
Es una pérdida de tiempo analizar lo decidido desde los parámetros de la equidad o la racionalidad ideales. Se trata de una decisión política que sólo puede entenderse desde las constricciones de la propia política. Lo que hay que preguntarse son dos cosas: ¿cuál era el problema? y ¿sirve lo que se ha hecho para solucionarlo?
La necesidad de privilegiar a Cataluña (como antes a Euskadi y Navarra) obedece a razones políticas de dos clases: las coyunturales del gobierno de turno, y las de longue durée de intentar asegurar la integridad nacional. El pacto de Aznar en el hotel Majestic en 1996 es un ejemplo perfecto de las coyunturales. En el caso del Partido Socialista, la coyuntura es palmaria si llevamos a cabo un experimento mental: el de la no-Cataluña y no-Euskadi. Supriman por un momento de España esas dos comunidades y repartan los votos y escaños para el Congreso sólo en el resto de la nación en las elecciones generales de 2008. El cálculo lo ha hecho algún politólogo: el Partido Popular tendría mayoría absoluta en las cámaras.
Si vamos a las razones políticas de fondo, la cuestión se plantearía así: como Estado de inspiración federal, España tiene problemas de integración (la voluntad de mantenerse juntos) y de articulación (el diseño e implementación de la arquitectura federal). Ambos son de naturaleza diversa; además, los de integración afectan sólo a Cataluña y Euskadi, mientras que la articulación afecta a todos. Sin embargo, hemos caído desde el princi
... (... continúa leyendo)Ha fracasado el intento de una política de comunicación con mucha comunicación y ninguna política
La cifra de votaciones perdidas en el Congreso, 11 de un total de 800 desde el inicio de la legislatura, no justifica la sensación de que el Gobierno se enfrenta a una irresoluble soledad parlamentaria. Y, sin embargo, ésa es la imagen que se ha impuesto en las últimas semanas, coincidiendo con las primeras escaramuzas en el Congreso para la negociación de los próximos Presupuestos Generales del Estado. Es verdad que, a la vuelta del verano, el Gobierno se enfrentará a ellos con lastres tanto políticos como económicos. Entre los primeros, los retrocesos electorales en las elecciones gallegas y, sobre todo, en las europeas, que volvieron a poner de manifiesto un fenómeno recurrente desde las generales de 2000: convocatoria tras convocatoria, la derecha siempre obtiene similares porcentajes de voto y, por tanto, sólo está en situación de ganar aquellas elecciones en las que el apoyo a la izquierda se desploma. Entre los lastres económicos, por su parte, el Gobierno deberá hacer frente de nuevo a su pecado original ante la crisis: primero negada y abordada, después, como un simple problema de comunicación, en el que lo importante era anunciar un improvisado paquete de medidas detrás de otro.
Pero si con los números en la mano no puede afirmarse que el Gobierno esté solo, la pregunta inevitable es por qué, entonces, está transmitiendo esta imagen de soledad. No faltarán, sin duda, quienes desde el Gobierno o desde su entorno se apresuren a diagnosticar los errores en la presentación pública del atropellado batallón de medidas reveladas tras cada Consejo de Ministros, y promuevan, en consecuencia, nuevas ofensivas mediáticas con su renovado catálogo de consignas rutilantes y su correspondiente coro de portavoces para aventarlas. La lección que parece desprenderse, sin embargo, de estas semanas en las que se ha ido abriendo paso la imagen de soledad del Gobierno es que ha fracasado la pretensión de desarrollar una política de comunicación con mucha comunicación y ninguna política. Los reiterados anuncios de brotes verdes, de fechas para la recuperación, de horizontes radiantes, han podido distraer durante un rato a los ciudadanos, aunque al inmenso coste de acabar invitándolos a considerar, pasado el embrujo de las palabras, que da igual lo que diga el Gobierno.
Y tal vez haya sido ahí, en esa creciente grieta entre los aspavientos de comunicación del Gobierno y la rocosa tozudez de la realidad económica, donde la imagen de soledad empezó a echar sus raíces. Porque, como demuestra la exigua cifra de votaciones perdidas durante la legislatura, no es que el Gobierno esté solo en el Congreso. Si está solo es a la manera de esos personajes hiperactivos que, ante cualquier noticia, buena o mala, echan a correr dando gritos en todas direcciones, y a los que conviene mirar desde lejos porque, por más que se intente, resulta imposible seguirlos en sus circunvoluciones imprevisibles. En fin, y únicamente para entendernos, la soledad que podría estar aquejando al Gobierno no es la del náufrago, sino la del pollo sin cabeza. El acuerdo de esta semana con Izquierda Unida para gravar las rentas más altas y abolir los regalos fiscales, un acuerdo que sólo sobrevivió algunas horas, ya fuera por descoordinación entre el Ejecutivo y el grupo parlamentario, ya por otras causas desconocidas, es un ejemplo. Como también lo son los vaivenes sobre las subidas de impuestos, las voces discordantes sobre la eventual reforma del mercado laboral, los meandros indescifrables de la financiación autonómica o las declaraciones en contra o a favor de la energía nuclear y el cierre de Garoña.
A la vuelta del verano, la negociación de los presupuestos será el primer examen para saber cuánto dará de sí esta legislatura. Para entonces, o el Gobierno ofrece una sola voz y, desde esa voz, un único mensaje, o unos presu
... (... continúa leyendo)Hoy, gracias a Internet, todo disidente es un corresponsal de la BBC que envía correos o vídeos
¿Se imaginan una tecnología que pudiera convertir cada libro o periódico que compráramos en una imprenta con la que editar cientos de ejemplares y hacerlos llegar a quien quisiéramos? ¿O que cada receptor de radio tuviera un botón con el cual pudiéramos convertir el altavoz en un micrófono con el cual hacer llegar nuestra voz a millones de personas? ¿O que cada aparato de televisión pudiera convertir el salón de nuestras casas en un estudio desde el que producir y emitir nuestros programas?
En un mundo así no es difícil imaginar lo complicada que sería la vida para las dictaduras, empeñadas en publicar libros y periódicos con los que adoctrinar; adictas a machacar con su doctrina a los ciudadanos vía radio y televisión y obsesionadas con suprimir todo el pensamiento disidente.
Afortunadamente, esa tecnología ya está entre nosotros, Internet, y está haciendo que las dictaduras del siglo XXI echen de menos el siglo XX. Como muestra el caso iraní, las nuevas tecnologías de la comunicación están permitiendo a los ciudadanos organizarse de una forma inédita en la historia. Nada más producirse los primeros disturbios, el régimen prohibió a los periodistas extranjeros salir a la calle y, posteriormente, comenzó a expulsarlos. Buen intento, especialmente en lo que se refiere a los corresponsales del servicio de la BBC en farsi, cuyas emisiones desde Londres obsesionan al régimen hasta el punto de gastar millones de dólares en interferirlas. En el pasado, esto hubiera implicado un apagón informativo total. Hoy, gracias a Internet, todo disidente es un corresponsal de la BBC, de tal manera que en sus estudios de Londres viene recibiendo una media de 10.000 correos electrónicos diarios y tres videoclips por segundo con información en tiempo real sobre lo que allí está ocurriendo. Impresionante.
Esta semana pasada, el Gobierno chino ha tenido que dar marcha atrás en su intento de imponer la instalación en toda computadora de un cortafuegos supuestamente destinado a filtrar la pornografía, pero que muchos temían tuviera como objetivo estrechar aún más el cerco que Pekín mantiene sobre Internet. La movilización de millones de blogueros chinos ha dado al traste con el proyecto Presa Verde. La analogía histórica con la muralla china es más que evidente: esta vez han sido los bytes, no los nómadas del norte, los que han mostrado la inutilidad de algunas murallas.
El régimen iraní no sólo ha fracasado a la hora de evitar que la información salga del país; lo que es más importante, no ha podido evitar que circule dentro. Los mensajes de texto desde los móviles, las redes sociales como Twitter o Facebook y las páginas web han permitido a la oposición coordinarse y seguir informándose. Las emisiones de la BBC se pueden interferir y sus corresponsales pueden ser expulsados, pero Internet ha creado una red de comunicación social horizontal que no puede ser filtrada ni obstaculizada. En China o en Irán la información es ya como el agua: no puede ser detenida.
Cerrar la red de telefonía móvil, ralentizar Internet o filtrar los contenidos de las páginas web de la oposición son medidas a la desesperada que pueden ser efectivas durante algún tiempo, pero que muestran la impotencia del régimen. Ya no hace faltar sospechar del pucherazo: la propia reacción del régimen confirma que estamos ante un golpe de Estado interno que está teniendo más problemas de los previstos para consolidarse, precisamente porque la sociedad iraní es ya demasiado horizontal para que le quepa una teocracia.
Las teocracias se basan en el monopolio de la palabra, en las democracias los ciudadanos tienen la última palabra. Durante veinte años, el régimen ha hablado a los iraníes, pero no les ha permitido responderle. Ahora los ciudadanos han descubierto que pueden hablar entre ellos. Es ilusorio pensar que Internet llevará
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La construcción podrá seguir siendo un puntal del modelo económico siempre que haga de la sostenibilidad su motor. El medio ambiente y el paisajismo deben convertirse en el corazón crítico de la arquitectura
Menos ladrillos, más ordenadores". El presidente José Luis Rodríguez Zapatero eligió la plaza de toros de Vista Alegre, el pasado 10 de mayo, para acuñar el lema del nuevo modelo económico que propugna. Tras el desplome del sector inmobiliario, la primera parte del programa está garantizada; no es tan seguro que la segunda pueda alcanzarse con sólo voluntad política. Ladrillo es una forma abreviada de referirse a la construcción, y posee abundantes connotaciones negativas, ya que en el uso común se asocia a la edificación excesiva y a la promoción especulativa; ordenador, por el contrario, remite al mundo fascinante de la Red, y sirve como signo de la nueva economía del conocimiento.
Censurar los abusos inmobiliarios y preconizar la modernidad informática suscita el aplauso fácil, pero no es seguro que dibuje un modelo verosímil: por un lado, la construcción no merece el papel de chivo expiatorio de la crisis, ya que ha sido un motor de la prosperidad española durante muchos años, y desempeñará sin duda un papel relevante en el futuro económico del país; por otro, el desarrollo basado en la innovación y el conocimiento difícilmente puede ofrecer resultados a corto plazo, habida cuenta de la precariedad actual de las universidades y la investigación, necesitadas de una reforma educativa desde los cimientos que sólo puede dar frutos tras décadas de esfuerzos.
Si España debe de mirar hacia Florida o hacia California es una discusión añeja, pero en cualquier caso la capacidad de elección viene condicionada por nuestros recursos geográficos, técnicos y humanos, que determinan las ventajas competitivas de los diferentes sectores, y no parece que el de la construcción sea el más ineficaz.
Desde luego, las 800.000 viviendas anuales que llegamos a alcanzar hace bien poco formaban parte de una burbuja especulativa creada por el exceso de liquidez y la canalización del ahorro hacia la inversión residencial, pero alimentada también por la demanda de la población inmigrante en las ciudades y de los europeos acomodados en las costas.
Tras el estallido de la burbuja, nada hace pensar que la construcción no pueda seguir siendo -junto con el turismo, la banca comercial o las energías renova-bles- un puntal del modelo económico. Deberán levantarse menos viviendas nuevas y menos edificios institucionales ostentosos, habrá de prestarse más atención a la rehabilitación o reforma de lo existente, y será imprescindible que la sostenibilidad impregne tanto la construcción como el urbanismo, situando el medio ambiente y el paisajismo en el corazón crítico de la arquitectura; pero el hoy denostado ladrillo continuará soportando el empleo y el bienestar de los españoles.
Dos semanas más tarde que Zapatero, el ministro de Fomento, José Blanco, formuló en el Congreso de los Diputados su propio lema departamental: "Menos puentes de Moneo y más infraestructuras". El mensaje, más allá del desliz de confundir a Moneo con Calatrava, matiza y en parte contradice el del presidente del Gobierno. Por una parte, se declara a favor de las infraestructuras, lo que supone apoyar la construcción, aunque más en su variante ingenieril del cemento que en su versión arquitectónica del ladrillo; entendido de esta forma, viene a ser una reiteración de las políticas neokeynesianas que procuran reanimar la economía con el electroshock de las obras públicas, de manera que el endeudamiento del Estado reemplace con cemento público el desfallecimiento del ladrillo privado.
Pero, por otra parte, manifiesta su oposición a la autoría, lo que puede interpretarse como desconfianza ante esa economía del conocimiento y la excelencia que Zapatero parece defender o, más benévolamente, como simple rechazo del
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Cuando los brotes verdes sugeridos por la vicepresidenta Salgado (que así demostraba su rápido aprendizaje del idioma banqués) empiezan a cobrar visos de realidad, dada la aparente mejora del mercado laboral a lo largo del segundo trimestre, hete aquí que el horizonte autonómico vuelve a llenarse de malos presagios. Ahora resulta que el presidente Zapatero podría ser incapaz de cumplir su promesa de llegar a un acuerdo sobre la financiación territorial, anunciada para el inmediato 15 de julio durante el reciente debate sobre el estado de la nación. Lo cual tampoco tendría mucha importancia, si tenemos en cuenta que el jefe del Gobierno ha incumplido reiteradamente los sucesivos compromisos contraídos en esta materia, que según él se iba a solucionar definitivamente el pasado verano, ¿recuerdan?
Pero lo malo no es que llueva sobre mojado, pues a eso ya estamos habituados, sin que queden apenas ilusos dispuestos a confiar en las promesas presidenciales. Lo verdaderamente grave es que, si no se concluye ahora con éxito la financiación territorial, correrán grave peligro los presupuestos estatales y autonómicos del año que viene. Los Presupuestos del Estado correrán peligro porque su aprobación depende de los grupos parlamentarios catalanes, que han condicionado su voto al previo acuerdo sobre la financiación territorial. Y los presupuestos autonómicos también correrán peligro si no reciben mucha mayor financiación por parte de la Hacienda pública central, dado el ingente aumento de la demanda de protección social causado por la crisis. Por eso sería muy importante que ahora se pudiera llegar al acuerdo prometido sobre la financiación territorial, algo esencial para enfrentarse al deterioro del clima social que cabe augurar para el curso próximo, cuando vuelvan a crecer el paro y la morosidad.
¿Por qué no se puede llegar a ese acuerdo, si resulta tan necesario y decisivo? Al margen de los detalles técnicos de la negociación en curso sobre flujos de liquidez interterritorial, la clave parece residir en la paradójica naturaleza de nuestro federalismo, que no es de tipo cooperativo, como se precisaría, sino radicalmente competitivo, sometido como está al doble principio de distinción y de emulación por más antitéticos que resulten entre sí. Al principio de distinción se acogen aquellas comunidades, como la catalana, que se creen con derecho a percibir más que las demás, rechazando taxativamente el nivelador café para todos. Y al principio de emulación se acogen aquellas otras comunidades, como la andaluza, que se niegan a percibir menos que las demás, aspirando a igualarse por arriba con las de mayor nivel. El resultado es que, para poder cuadrar exigencias tan contradictorias, haría falta que el poder central hiciera un milagro. Algo parecido a lo que Josep Ramoneda ha caricaturizado en estas mismas páginas como teorema de Zapatero: que todas las comunidades perciban por encima de la media. O sea, dicho en términos de la teoría de juegos, que el pastel autonómico crezca como una burbuja hasta convertirse en un juego de suma positiva en el que todos ganan sin que nadie pierda.
Lo cual exige al Estado poner fondos presupuestarios adicionales extraídos de la Hacienda pública central para poder cuadrar las cuentas. Es el ya clásico método de transferir a las comunidades autónomas cuotas adicionales de los impuestos estatales: en 1993, el presidente González cedió a las autonomías el 15% de la cesta estatal; en 1996, el presidente Aznar subió la dosis hasta el 33% (Pacto del Majestic) y en 2006 el presidente Zapatero tuvo que volver a subirla hasta el 50% para poder acordar el nuevo Estatut catalán. Una cesión que ahora hay que generalizar a todas las autonomías añadiendo 9.000 millones de euros adicionales para poder coordinarlas entre sí.
Todo lo cual parece una subasta de sobornos con cargo al contribuyente que no contribuye demasiado a elevar el prestigio del Estado autonómico. Pero en realidad, se t
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El sistema actual no garantiza la equidad y la universalidad de la asistencia sanitaria
Los servicios sanitarios, como otros componentes del Estado de bienestar, constituyen un instrumento de estabilidad mediante mecanismos distintos. Por una parte, garantizan bienes y servicios que están en la base del desarrollo de sectores productivos muy pujantes, y, por otra, proporcionan posibilidades de empleo a amplios grupos de población cualificada.
En diciembre de 2001 tuvo lugar el cierre de los traspasos en materia de asistencia sanitaria de la Seguridad Social a las 10 Comunidades Autónomas (CC AA) que todavía estaban pendientes de ellos. Para llevar a cabo esa gestión la casi totalidad de esos gobiernos se han dotado de servicios regionales de salud. El conjunto de éstos constituye el denominado Sistema Nacional de Salud, concepto que puede expresar una realidad virtual.
Las CC AA han optado por abordar el ejercicio de sus competencias sanitarias como un instrumento más para reforzar el poder político que ejercen en sus territorios. Frente a esa actitud, no ha habido una posición clara desde los gobiernos de España que pusiera el acento en el mantenimiento de las condiciones universales e igualitarias de la protección sanitaria y en la necesidad de establecer instrumentos formales y legales para mantener el funcionamiento coordinado del sistema sanitario en su conjunto.
La implicación estatal en el establecimiento y la organización de la protección sanitaria en países descentralizados constituye un instrumento de cohesión social relevante. Sus formas concretas de cobertura y organización proporcionan un elemento principal de diferenciación nacional frente a otros Estados, y se realiza a través de mecanismos diversos, que ponen de relieve el interés del Gobierno federal o central en disponer de una política sanitaria propia. La experiencia de diversos países sugiere que dicha coordinación requiere de una estructura central dotada de mecanismos de intervención adecuados. Las características que hemos de considerar más significativas y problemáticas del proceso de descentralización sanitaria en España de cara al mantenimiento de las condiciones de universalidad y equidad de la protección son: una base constitucional abigarrada, un proceso sin un modelo final definido y un órgano de coordinación insuficiente.
Respecto a lo primero, la protección sanitaria no tiene un tratamiento unívoco en la Constitución española, sino que a ella hacen referencia dos títulos diferentes, el de Sanidad e Higiene (que se refería originalmente a la Salud Pública), y el de Seguridad Social, en el que se encontraba incluida la asistencia sanitaria cuando se aprobó la Constitución. Una y otras materias han seguido caminos y ritmos independientes para su descentralización, lo que ha conducido a una diversidad administrativa y asistencial generadora de disfunciones.
En cuanto a la falta de definición del modelo final, la Ley General de Sanidad de 1986 no estableció un diseño acabado del sistema sanitario español en condiciones de descentralización completa, lo que tampoco subsanó la Ley de Cohesión y Calidad. Aunque es la Constitución la que garantiza la solidaridad entre nacionalidades y regiones, el artículo 138 atribuye esta función al Estado en su acepción restringida.
Cabría quizá superar esta discordancia entendiendo que lo que el Estado, en sentido estricto, ha de garantizar no es la solidaridad en cuanto "principio", sino su "realización efectiva", y que la tarea que la Constitución encomienda a las instituciones centrales del Estado es la de fomentar los comportamientos solidarios de las Comunidades Autónomas y combatir los que no lo sean.
En tercer lugar, el órgano de coordinación es insuficiente. El Consejo Interterritorial de Salud, que funciona desde el principio de la unanimidad, no es eficiente para abordar las cuestiones centrales del Sistema, y su misma diná
... (... continúa leyendo)El verdadero plan que necesitamos es el que salve a la UE de los Gobiernos que quieren desmantelarla
La Unión Europea puede estar de capa caída, pero sigue siendo enormemente relevante. Las instituciones europeas han sido el malecón que han parado el embate más fuerte de la crisis, lo que no es poco si se piensa en lo que les está ocurriendo a aquellos países europeos que están fuera de la UE, desde Islandia a Ucrania, dos países completamente distintos que están en tan idéntica como completa bancarrota. También conviene observar, aunque sean miembros de la UE, la situación en aquellos Estados que no son miembros de la unión monetaria, que también es de enorme gravedad ya que Gobiernos, bancos, empresas y ciudadanos se han endeudado en euros pero generan sus ingresos en unas monedas nacionales que se han devaluado. Por tanto, sin la fortaleza otorgada por la moneda única y el mercado interior, nuestras economías habrían sufrido enormemente.
Eso sí, muchas de las normas y controles que garantizan la integridad del mercado interior y el funcionamiento de la moneda común han saltado por los aires. En estos últimos meses, la Comisión Europea ha sido ninguneada con demasiada frecuencia, con Gobiernos que han anunciado directamente a la prensa cuantiosas medidas de ayudas públicas (prohibidas por los Tratados para no distorsionar la competencia), sin pasar por Bruselas, o incrementando los niveles de déficit público muy por encima de lo permitido sin tampoco discutir primero con la Comisión Europea el contenido y las modalidades de dichas medidas. Como ha puesto de manifiesto toda la saga en torno al sector del automóvil, cuyo broche de oro ha sido la negociación (en realidad, sálvese quien pueda) entre el Gobierno alemán y General Motors en torno a Opel, la falta de solidaridad entre Estados miembros ha sido flagrante. Y cuando la Comisión ha intentado intervenir en el diseño de planes de estímulo nacionales, los Estados miembros la han empujado a un lado con singular rudeza.
Finalmente, en esta crisis no hemos visto pánicos bancarios que llevaran a retiradas masivas de depósitos; tampoco hemos asistido a protestas ciudadanas masivas contra la negligencia con la que Estados y mercados dejaron crecer la burbuja financiera, pero sí hemos visto pánicos gubernamentales, con Gobiernos improvisando medidas sin mucho sentido más que salvar el día a día y sin pensar en las repercusiones a largo plazo. ¿Será una lección de esta crisis la madurez de los ciudadanos y la inmadurez de nuestros Gobiernos?
Dentro de la UE, la sensación de alivio ha sido tal que muchos se conformarían con restañar las heridas abiertas en el mercado interior y el pacto de estabilidad y seguir a flote. Pero eso no es suficiente. Una vez parado el golpe de la crisis, Europa ha sido incapaz de pasar a la ofensiva. Por eso, es imprescindible un debate en profundidad que nos lleve a diseñar los instrumentos de gobernanza económica más eficaces para asegurar la prosperidad y el bienestar de todos los ciudadanos de la Unión Europea. La creación de un Tesoro Europeo, la puesta en marcha de mecanismos de regulación y supervisión financiera adecuados o la racionalización de la representación de la Unión Europea en las instituciones internacionales debiera ser una prioridad absoluta.
Podemos echar la culpa a la Comisión Europea por no haber liderado la salida de la crisis, pero sería injusto. Cierto que la Comisión Barroso ha sido demasiado servil con los Gobiernos, pero el fenómeno es mucho más profundo. Hay una verdad incómoda que muchos se niegan a admitir: en Berlín, París y Roma, por supuesto en Londres, también a veces en Madrid y en muchas otras capitales europeas, la Comisión es percibida como un obstáculo a superar, una fuente de limitaciones a la hora de satisfacer los intereses nacionales, no como una oportunidad de lograrlos. Algo se ha quebrado en la psicología comunitaria y debemos hablar de
... (... continúa leyendo)La gran oportunidad para los socialdemócratas es evitar que después de la crisis todo siga igual
"Así no", ése es el mensaje que los electores europeos acaban de lanzar a la socialdemocracia de nuestro continente. "¿Entonces cómo?". Ésta debería ser la pregunta que se han de plantear con urgencia todos los partidos que se reclaman de esta ideología. Lo primero que han de hacer es superar la perplejidad derivada de no entender cómo en momentos de crisis, que afecta particularmente a su electorado natural, y después del espectacular derrumbe de la ideología neoliberal, no están ahí para recoger los frutos. Se ha sacudido el árbol pero otros se han llevado las nueces. De nada sirve que se diga que cada país es distinto y que las lecturas habría que hacerlas en todo caso a partir de cada una de las coyunturas nacionales particulares; ni que hay un amplio sector del voto de izquierdas que ha ido a otros partidos; o que las más simples y directas fórmulas de la derecha suelen tener una mayor capacidad de enganche en tiempos oscuros. Todo esto puede ser cierto, pero constatarlo sin más no va a sacar a la socialdemocracia de su letargo.
La ya acuñada tesis de que la izquierda ha perdido porque ha gobernado como la derecha o se ha aproximado en exceso a ella es verosímil pero tampoco es del todo exacta. Gracias a las políticas de Tercera Vía la socialdemocracia tradicional se recicló electoralmente en la época de la globalización y la crisis del modelo keynesiano. También al tomarse en serio las condiciones del marketing político en momentos de la democracia mediática. Ambas renovaciones fueron objetivamente necesarias y su éxito enseguida estuvo a la vista. Otra cosa es que muchos de estos partidos confundieran las prioridades y cayeran en las redes del spin, de las políticas de comunicación, más como un fin en sí mismo que como mero instrumento para transmitir su discurso. O que entraran en las rutinas electoralistas y sacrificaran principios a presuntos beneficios cortoplacistas siempre medidos exclusivamente a partir de supuestos estados de opinión. O que no ejercieran el liderazgo ni introdujeran la pedagogía necesaria para que los ciudadanos pudieran pensar la sociedad en términos distintos a como iba siendo definida por la derecha.
Sea como fuere, el hecho es que su discurso, ya bastante aligerado, acabó disolviéndose en las contingencias cotidianas de un sistema político más pendiente del pendenciero cuerpo a cuerpo de la lógica gobierno/oposición y otras rutinas de la política del día a día que de pensar en una auténtica alternativa. Más que identificarse con la derecha, sucumbió a las inercias sistémicas que gobiernan la forma de hacer política en las democracias actuales.
A pesar de todo, la situación está lejos de ser dramática. La crisis le ofrece una ocasión única para recuperar el brillo perdido. La gran oportunidad para la socialdemocracia es evitar que después de la crisis todo siga igual. Alguien tendrá que hacer un adecuado balance de lo que ha ocurrido, y promover e impulsar un nuevo contrato social ajustado a los nuevos datos de la realidad. Su gran baza consiste, además, en que es la única ideología política bien vertebrada internacionalmente y que bebe de un patrimonio valorativo que ofrece una magnífica guía para estos tiempos de desconcierto. Después de que todos los valores se hubieran reducido a una fórmula monetaria o a una miríada de particularismos identitarios, ahora en manos de un populismo de nuevo signo, la socialdemocracia tiene al menos un conjunto de ideas fuerza en las que se combina el respeto por la libertad y la iniciativa individual a un proyecto de cohesión y justicia social.
Su gran desafío consiste en redefinir los espacios que competen, respectivamente, al Estado y al mercado, en reorganizar las finanzas públicas para restañar las heridas abiertas en el grupo de los más desfavorecidos, en conectar las políticas nacionale
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La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país
Por la mañana, el PSOE pacta con Izquierda Unida una subida de impuestos para las rentas más altas, seis horas más tarde cambia de opinión, para que CiU no se enfade. Un día el PSOE pacta con CiU una reforma del mercado laboral y al siguiente se retracta porque a los sindicatos no les gusta. Si lo mismo vale una medida que la contraria, en función de quién ofrece mejor compañía, ¿qué credibilidad puede tener una política que se mueve como una veleta según soplan los aires en el Parlamento?
Ayer, precisamente, el presidente Zapatero había dado una buena respuesta al director del Banco Central Europeo. Uno de los tópicos ideológicos más grotescos de los tiempos que corren es el mito de la independencia de los directores de los bancos centrales. Serán quizás independientes de los intereses políticos, pero son muy dependientes de los intereses económicos. Se les podría llamar independientes orgánicos del capital. Siempre están dispuestos a dar lecciones a los gobernantes. Como si su legitimidad fuera superior a la legitimidad democrática, proclaman o anticipan aquello que los dirigentes empresariales dicen en voz baja. Nunca se equivocan. Ayer, Trichet instó al Gobierno, cómo no, a la reforma laboral. Y Zapatero le puso en su sitio: "Una cosa es opinar como experto, otra gobernar para la ciudadanía".
Tiene razón el presidente. La pena es que no siempre actúe conforme a este criterio. Gobernar no es vacilar y entretener. Gobernar es dirigir y decidir. Dirigir quiere decir señalar una dirección, explicar el porqué de la ruta escogida a la ciudadanía, y conseguir la complicidad de ésta para recorrer el camino. Y si ésta no sigue, obrar en consecuencia democrática. Es así como se construyen las mayorías políticas: dando a un país objetivos y perspectivas que actúen como catalizador del impulso colectivo. Si todo vale, si un día se gira a la izquierda y el siguiente a la derecha, si al primer obstáculo se abandona el camino o se hace parada y fonda a la espera de momentos mejores, no hay dirección política, hay un movimiento circular que consigue que el país no se mueva de sitio, que pierda pulso por momentos y que cada cual se las arregle como pueda, con ventaja clara para los más fuertes.
Gobernar es además decidir. Con el camelo de la deliberación republicana se quiere justificar a veces lo que sólo es una elusión de responsabilidades. Está bien dar la voz a los actores y escucharles a todos. Pero la función del gobernante es tomar la decisión adecuada. Y en esto no puede ser suplantado por las partes, ni siquiera por el acuerdo entre las partes.
La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país. Más todavía en la medida en que no hay recambio: la oposición se caracteriza por su incomparecencia. Los problemas se enquistan, con serio desgaste para el propio Gobierno, por no haber sabido conducirlos desde el momento inicial. Lo hemos visto en las medidas contra la crisis. Y ahí está el caso, que estos días ocupa buena parte del debate público, de la financiación autonómica y los flecos de las reformas estatutarias. El Gobierno ya ha conseguido con su irresponsable dejadez -que ha tenido la negociación paralizada casi un año- que el acuerdo de financiación, sea el que sea, provoque descontento generalizado. Y que al día siguiente de la nueva financiación estemos ya hablando de la próxima. Lo que hace un año podría haber sido considerado aceptable, a estas alturas, con tanto ejercicio de la confusión, sólo puede ser sospechoso. Donde unos verán un trato de favor hacia los catalanes, otros verán una injusticia con Cataluña y viceversa. Y después vendrá la sentencia del Estatuto, culminación de un proceso que Zapatero nunca lideró.
Se dirá que esto forma parte de la lógica estructural del Estado de las autonom
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¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás, como lectores, queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no.
Cuenta la leyenda que los libros de Homero deben su extensión no a la inspiración del poeta sino al tamaño de un rollo de papiro: terminado el rollo, acababa el capítulo. La invención del códex permitió infligir al lector volúmenes de capacidad obesa aunque no infinita. Esa desmesurada ambición está ahora a nuestro alcance gracias a la tecnología electrónica: el e-book, como aquel Libro del Mundo Soñado por San Agustín, no exige una última página.
Pero el infinito no es una medida humana: preferimos extensiones más modestas y libros que no nos aplasten cuando los leemos en la cama. Quizás para prevenir hernias y apoplejías, los novelistas del siglo diecinueve eligieron dividir sus mamotretos en tres volúmenes, dando lugar en Inglaterra a un oprobioso epíteto, la three-volume novel, para designar un extenso mamarracho sentimental. Las bibliotecas de préstamo y los puestos de librerías en las estaciones de tren del Reino Unido fueron inundados de indigestos tríos con títulos aristocráticos y seductores: El joven duque, El secreto de Lady Audley, Mrs. Armitage, Cecilio, Las aventuras de un necio, La hija de Lady Rose. Jane Austen, escribiendo en 1808, cuenta cómo su padre y su hermano leen en voz alta para el resto de la familia las novelas de sus contemporáneos, Sir Walter Scott y Madame de Genlis entre otros, a medida que aparecen los tomos de cada obra. "¿Debiera gustarme el Marmion de Scott?", se pregunta Austen al recibir el segundo volumen. "Hasta ahora no es así", responde, no del todo desilusionada. Es que las trilogías novelísticas permiten al lector la esperanza de que el futuro volumen final redima las deficiencias de los dos primeros.
Como los inacabables culebrones de hoy, la novela tripartita tuvo (y tiene) sus ardientes defensores. "No hables con menosprecio de la novela en tres volúmenes", dice la severa Miss Prism (que en su juventud había escrito una) a su pupila en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Pero a partir del siglo veinte, el entusiasmo por las trilogías disminuye, como así también el número de páginas de la mayor parte de las obras literarias. El crítico inglés F. R. Leavis observó que, entre las dos guerras mundiales, la extensión de la novela europea se redujo en proporción inversa a la velocidad de los medios de transporte, quizás porque los viajes más cortos ya no requerían lecturas tan largas.
Sin embargo, la nostalgia por la novela en tres volúmenes persiste entre ciertos lectores a quienes les gusta el mundo dividido in partes tres. Para estos entusiastas dispuestos a montar una biblioteca trinitaria moderna, nos atrevemos a sugerir algunos títulos: El señor de los anillos de Tolkien, la saga de Gormenghast de Mervyn Peake, La guerra carlista de Valle-Inclán, La espada del honor de Evelyn Waugh, La lucha por la vida de Pío Baroja, la trilogía de Deptford de Robertson Davies, Tu rostro mañana de Javier Marías, Regeneración de Pat Barker. No sé si podemos incluir la sangrienta crónica de Stieg Larsson, puesto que se trata en realidad de un cuarteto, cuyo cuarto volumen se halla escondido en las entrañas de un secuestrado ordenador.
Los antepasados de estas trilogías tienen credenciales prestigiosas. Nacen en la antigua Grecia, en el Festival de Dionisio en la Atenas de los siglos IV y V antes de Cristo, en el cual tres autores dramáticos debían presentar, a lo largo de tres días, tres piezas de un mismo tema, creando así en el espectador la ilusión de asistir al nacimiento, desarrollo y trágico fin de la historia. Con la decadencia del teatro griego, el número tres pierde casi por completo su autoridad en la creación literaria y adquiere en cambio, de manera misteriosa, una calidad mística, inquietante, sing
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La crisis ha hecho del liderazgo político el ’test’ fundamental de Zapatero y Rajoy. Buenos tácticos, ambos están absorbidos por su propia supervivencia. Les falta una visión de futuro articulada por una ideología
El liderazgo ha sido raramente empleado, fuera de invectivas partidistas, como medida para la evaluación de presidentes de Gobierno y jefes de la oposición españoles. Sin embargo, escasamente añorado en contextos benéficos, la crisis económica lo está convirtiendo en el test fundamental de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.
Hay dos tipos fundamentales de liderazgo. Uno es el transformador, que permite a una comunidad solventar sus problemas y, al mismo tiempo, las causas de los mismos, mejorando su capacidad para afrontar retos futuros. Requiere sobre todo trabajo ideológico o de relato: hacer balance de dónde se está y señalar adónde se va. Requiere más legitimidad del líder y es más propio para contextos de dificultad.
El segundo es el transaccional, que capacita a una comunidad para solucionar sus retos corrientes. Se denomina así porque son el toma y daca, la negociación, el acomodo de intereses, los mecanismos habituales de acción en tiempos de bonanza.
Este país tiene ahora que solventar graves dificultades económicas, pero también la causa que ha provocado la impotencia de los gobernantes ante las mismas: la progresiva independencia de la economía respecto a la política, y la consiguiente incapacidad de lo público para influir en la primera. Es hora de examinar el liderazgo transformacional de nuestros políticos.
Todos nuestros presidentes de Gobierno ilustran aspectos clave del liderazgo político. Por ejemplo, pocas veces un político transaccional como Adolfo Suárez ha estado tan cerca de convertirse en líder transformacional. Su estilo se acomodaba perfectamente a la "reforma" como método de desmontaje del régimen franquista desde dentro. Pero Suárez es ejemplo de los riesgos del agente de cambio hipertáctico, sin ideología sostenida. El virtuosismo transaccional, el trabajo político en distancias cortas, acaba quemado cuando las rutinas de actuación son descubiertas, cuando las bases de poder se agotan de tanto usarlas, cuando por haber logrado buena parte de sus objetivos el líder es prescindible. Es entonces cuando los que cedieron ante el personaje, o se sintieron postergados o incluso subyugados por él, reconociendo su debilidad, dan rienda suelta a su resentimiento. El liderazgo transaccional, como el de Suárez, nunca es suficiente cuando los objetivos son transformacionales, y el final de los líderes transaccionales es la descalificación y acoso personal, porque es precisamente su estilo personal el que les hizo eficaces en su día.
En sus dos primeras legislaturas fue tal el capital político de Felipe González que fue capaz de conseguir objetivos transformacionales (europeización de España) sin necesidad de abusar de tácticas transaccionales. Pero con el tiempo, habiendo cumplido sus aspiraciones, acosado por los escándalos, sin mayoría absoluta, se adaptó mal a una presidencia a la baja, aislándose en Moncloa con fastidio ante unos tiempos que ya no sentía a su altura.
González, el modernizador, ejemplariza las dificultades psicológicas de asumir un cambio a menos del liderazgo, de transformacional a transaccional, pero también muestra el ímpetu de largo recorrido que proporciona haber iniciado la presidencia con aspiraciones transformadoras. El dicho afirma, con razón, que toda historia de poder acaba mal, pero la caída desde el liderazgo transformador, como la de González, aunque melancólica, es siempre más atenuada que desde el liderazgo transaccional.
José María Aznar fue, como González, un presidente vocacionalmente transformador, despreciador, todavía más, de lo transaccional. Pero mientras que al presidente socialista los tiempos le agraciaron con unos desafíos a la altura de sus ambiciones, al
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La cuestión sustantiva no es en qué soportes -pantalla o papel- leeremos, sino qué leeremos. La prensa cava su tumba al obsesionarse con los continentes desdeñando los contenidos. La opinión es su gran activo
Es muy probable que lo que solemos llamar periodismo amarillo o sensacionalismo no sea únicamente una deformación perversa y tardía de una prensa originariamente recta y objetiva, sino una de las tendencias naturales de la institución. Primero, porque parece mucho más verosímil que la rectitud y la imparcialidad sean un logro evolutivo conseguido tras grandes esfuerzos por neutralizar la mezquindad, y segundo, porque está en la naturaleza misma del periodismo, en cuanto invención de la ciudad industrial, el luchar contra la principal característica de los tiempos modernos (que supone a la vez una gran ventaja y un terrible inconveniente), a saber, que éstos son un prodigioso contenedor que admite en su interior toda clase de contenidos, siendo las limitaciones y prohibiciones puramente convencionales y contingentes.
Esta poderosa indiferencia respecto de los acontecimientos es la que el titular de prensa intenta combatir llamando la atención del lector potencial con el reclamo de que ha ocurrido algo extraordinario, algo fuera de lo corriente, cosa verdaderamente inaudita en una época en la cual todo se ha vuelto corriente. Incluso es posible que todos los titulares de prensa sean variaciones en torno a una proto-noticia que ningún periódico pudo ofrecer a los lectores en su momento, porque cuando se produjo aún no había diarios: la llegada de un tiempo nuevo, la inauguración de la modernidad (a este titular sólo se aproximan de verdad los "Ha estallado la guerra" o "La guerra ha terminado", que en los conflictos militares convencionales producen grandes tiradas).
De ahí que una y otra vez los periódicos hayan ensayado esta fórmula -la de la llegada de una nueva era- a propósito de cada cambio de Gobierno, de cada "fenómeno cultural" emergente o, con mucha más frecuencia actualmente, ante la aparición de cada novedad tecnológica o de cada gadget electrónico, del mismo modo que la publicidad comercial -que ha acompañado al periodismo a lo largo de todo su desarrollo histórico- ha hecho un uso exhaustivo y tedioso de esa misma herramienta, hasta prácticamente agotar su eficacia. Se trata, sin duda, de una lucha titánica y desesperada, pues no solamente los periódicos reproducen inconscientemente la misma condición de contenedor indiferente y omnívoro que ostenta el tiempo moderno, sino que constituyen uno de los mecanismos fundamentales a la hora de producir contenidos diarios para llenar ese inmenso recipiente vacío del calendario social, un recipiente cuya implacable ley es la de quedar de nuevo justa y relucientemente vacío cada 24 horas para provocar así la sed de noticias, la ansiedad de novedades característica de la existencia moderna, la necesidad de contenidos cualesquiera que rellenen el envase hasta su próxima e inminente evacuación.
Si a los periódicos nacientes se les escapó la gran noticia de la revolución moderna, los de hoy se preparan para dar en exclusiva su último y más sensacional titular a toda plana: el que anunciará la desaparición de la prensa escrita (y, por tanto, la llegada de una nueva época). Sólo se equivocan en una cosa: es un error confundir la edición digital con el cambio histórico, pues la llamada prensa electrónica, lejos de ser una novedad que anuncia una transformación cultural sin precedentes, es la simple consumación que lleva a término la tendencia de la que venimos hablando: si la prensa no es más que un dispositivo de producción de titulares llamativos, ¿por qué esperar 24 horas para el proceso de llenado-vaciado? ¿Por qué no dispensar los titulares en un régimen constante e ininterrumpido y dejar que las audiencias expresen su voluntad soberana pulsando digitalmente sobre aquellos enunciados que resulten más interesantes y aband
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La recesión dificulta, más que favorece, las reformas. Las clases populares y medias temen que los poderosos, a los que culpan de la situación, les amarguen aún más la vida. Se precisa, pues, un liderazgo persuasivo
Es evidente que la economía española tiene cosas que no funcionan del todo bien. Los economistas les llaman "ineficiencias". Su efecto es aumentar los costes y reducir la productividad. Cambiarlas podría mejorar el crecimiento económico y el bienestar social.
Sin necesidad de ser experto, a cualquier ciudadano le es fácil identificar algunas de esas ineficiencias en instituciones como el mercado laboral, el sistema financiero, los impuestos, las pensiones, los servicios, la energía, la vivienda, la enseñanza, la justicia, las Administraciones, y así una larga lista que cada uno puede completar a su gusto.
La crisis, como hacen las lluvias de otoño con las setas, ha hecho que brote una verdadera plaga de reformadores. Expertos, académicos, economistas, empresarios o grupos de presión ofrecen sus recetas para reformar las reglas de juego con las que funcionan esas instituciones.
Pero, a la vez, está surgiendo un fuerte rechazo social y político. Los sindicatos han anunciado que las reformas serán casus belli. También en la Universidad y otras instituciones está surgiendo un malestar creciente contra las reformas. Pero el punto álgido ha sido el encontronazo entre el Gobierno y el gobernador del Banco de España a propósito de la reforma del mercado de trabajo y de las pensiones. Y particularmente la acusación de "chantajistas" que el presidente del Gobierno ha lanzado contra los reformadores.
Algo no funciona en el debate sobre las reformas. Pero, dado que es necesario mejorar el funcionamiento de nuestras instituciones, hemos de plantearnos cómo se podrían cambiar las cosas sin provocar ese rechazo.
La economía política ofrece enseñanzas útiles acerca de los factores sociales y políticos que hacen que una reforma sea políticamente posible y socialmente aceptada. Permítanme mencionar sólo cuatro, extraídas de la nueva teoría del crecimiento y de la moderna economía experimental.
1. Contrariamente a lo que se supone, la crisis actual dificulta, más que favorece, las reformas. La razón está en el resentimiento de las clases populares y la clase media contra la corrupción y la mala fe en los negocios y la concentración de la renta y la riqueza que se ha producido. En ese contexto y cuando se están dedicando enormes cantidades de fondos públicos para salvar bancos y empresas, las reformas sociales, como las del mercado de trabajo y las pensiones, son vistas por muchos ciudadanos como una forma de añadir injuria al dolor de la crisis. Algo que acentúa el resentimiento y la percepción de injusticia.
Hay que evitar el oportunismo reformador basado en el "cuanto peor, ¡mejor!". Algunos piensan que cuando el desempleo llegue a los cinco millones las reformas serán más fáciles. Aprovechar la crisis para imponer cambios en las reglas de juego institucional es una estrategia perversa. Este oportunismo provoca esa percepción sindical y gubernamental de estar sometidos a un chantaje de reformas.
Para vencer el resentimiento y la resistencia, las reformas en un ámbito concreto tienen que encuadrarse en el marco más general de una política que sea capaz de reconstruir el bien común y generar confianza en un futuro compartido.
2. En las democracias avanzadas como la nuestra, el marco institucional general, que regula los derechos y deberes y las relaciones entre los diferentes actores sociales, está consolidado y aceptado. No se necesitan grandes reformas institucionales, sino imaginación para innovar dentro de cada una de las instituciones existentes.
Tanto la evidencia empírica como la teoría económica nos dicen que las grandes reformas no funcionan ni en los países de bajo nivel de desarrollo
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Las opciones de la Unión Europea no son ni muchas ni fáciles, y empeoran con el tiempo
Europa tiene un patio trasero. Y la verdad, no tiene muy buen aspecto. Como en todos los patios traseros, en él se amontonan sin mucho orden trastos viejos heredados del anterior propietario y regalos de dudoso gusto que uno no supo o no pudo devolver. El problema de este patio es doble. Para comenzar, en él viven 75 millones de personas, así que no se trata de ninguna minucia. Pero además, resulta que tenemos un vecino que tiene los ojos puestos en ese patio, y tiene toda la intención de atraer o mantener a esos vecinos hacia su órbita.
Hablamos del arco que se extiende desde Bielorrusia a Azerbaiyán, pasando por Ucrania, Moldavia, Armenia y Georgia. Son los seis vecinos orientales de la UE, algunos de los cuales no han terminado de volver del frío, con los que la UE se ha reunido sin mucho éxito este jueves pasado en Praga para intentar mejorar sus relaciones.
En Bielorrusia tenemos al último dictador de Europa, Alexandr Lukashenko, que ni siquiera se ha molestado en fingir un poco y así lograr un ingreso de su país en el Consejo de Europa que le legitime mínimamente ante la población. De hecho, en las últimas elecciones tuvo la genialidad de invitar a inspectores rusos como (únicos) observadores de la limpieza del proceso (algo así como poner a Madoff al frente de la caja de la Seguridad Social).
En Ucrania, la ilusión de la llamada revolución naranja se ha esfumado. El país se encuentra partido en dos, con una clase política que se ha repartido el país mucho antes de haber logrado que hubiera algo digno que repartir y una crisis económica descontrolada que pone en evidencia el sinnúmero de reformas pendientes de abordar.
La situación en Moldavia es incluso peor: el país está anclado en la lógica de la guerra fría, como si nada hubiera cambiado. Pero aquí, la división es física, con un territorio (Transdniéster) que continúa bajo ocupación rusa y una minoría rusófona que se niega a integrarse. Este mes pasado, los jóvenes moldavos, fanáticos de Internet, se han rebelado contra el continuismo y la falta de futuro y han asaltado el Parlamento, pero el régimen sigue ahí.
Saltando al Cáucaso, la situación no es mucho mejor. Armenia y Azerbaiyán mantienen desde hace años un conflicto irresuelto por el territorio de Nagorno Karabaj, un enclave armenio situado dentro de Azerbaiyán. Armenia, que necesita la protección de Rusia para sobrevivir, se encuentra completamente hipotecada ante Moscú, habiéndose convertido en su leal servidor. Por su parte, en Azerbaiyán, la familia Aliev ha logrado el sueño de todo tirano: una república vitalicia hereditaria con inmensos recursos petrogasísticos. No sólo no han tenido que preocuparse por ganar elecciones, sino que la estabilidad del régimen está descontada: Europa difícilmente levantará la voz ante alguien que ofrece una alternativa a su dependencia energética de Rusia y Moscú hará todo lo posible por halagar al Gobierno de Bakú.
Pero el colofón, sin duda, lo pone Georgia, un país que durante la revolución de las rosas nos hizo pensar que podía ser una democracia avanzada y modélica para toda la región, pero que ha entrado también en una espiral autodestructiva bajo el liderazgo mesiánico de Saakashvili, un presidente que puso en bandeja a Moscú la amputación de una parte significativa de su territorio (Abjasia y Osetia del Sur) y ha destruido lenta pero eficazmente sus credenciales y legitimidad democrática. Las opciones de la Unión Europea no son ni muchas ni fáciles y, además, empeoran con el tiempo. En la década de los noventa, Rusia estaba en declive y la Unión Europea en expansión, por lo que la visión dominante en Bruselas era que con pequeños incentivos, estos países se orientarían naturalmente hacia Europa. Pero ahora las cosas han cambiado. Rusia ha resurgido y pretende recuperar su influencia en la zona, para lo cual no duda en u
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La sociedad que se deja entretener por la prensa envilecida va hacia la esclavitud
Los defensores de todas las causas andan siempre reclamando el compromiso activo de la prensa, quieren enrolar a los medios de comunicación al servicio de esa empresa. Lo mismo da quienes se afanan en la lucha contra el sida, que los empeñados en la supresión de las barreras arquitectónicas, que los defensores del transporte público, que los antinucleares, que los partidarios de las energías limpias, que los profesores de lenguas clásicas, que los investigadores, que los editores, que los de acción contra el hambre, que los entregados a la erradicación de la malaria o que los hermanos de San Juan de Dios. Todos endosan la responsabilidad de los desastres a los medios de comunicación, se quejan de la desatención de la prensa hacia las justas causas de los pueblos oprimidos. Todos consideran que si tuvieran el favor de la prensa, si encontraran el eco merecido en sus páginas, la causa que ellos abanderan se abriría paso y lograría prosperar.
De forma que los periodistas están siempre solicitados para que desempeñen el papel de promotores, para que ofrezcan espacios de mayor relevancia a los asuntos con causa, como la cinta roja de los juzgados indica la prioridad de atención debida a las causas con preso. Pero esa solicitud sólo puede satisfacerse postergando a su vez otros asuntos que compiten por ese mismo privilegio. Porque sabemos que la atención es un bien escaso. De la imposibilidad de dar satisfacción a esa ingente demanda, resulta que todas las causas se sienten huérfanas del apoyo que en buena ley deberían recibir. Además, hay una hipersensibilidad característica de los beligerantes en busca de espacio público, según la cual, el elogio, incluso el más desmesurado, es siempre escaso, y la crítica, por muy benévola que sea, se percibe como excesiva.
En todo caso, como explica Eugenio Trías en su libro Tratado de la pasión hay sujetos que bajo esos efectos entran en un estado de entontecimiento cegador, mientras que a otros les provoca arrastres de la más extremada lucidez. Así sucede también en los periódicos, a los que debe negarse indulgencia alguna cuando al enamorarse de sus propias noticias acaban aturdidos y contagiando de aturdimiento a sus lectores. Porque los periódicos deben en última instancia cultivar la tendencia que les haga independientes incluso de sus propietarios y de sus periodistas. De modo que al procesar sus noticias, también las más exclusivas, deben hacerlo respetando las pautas de ponderación que merece siempre su audiencia. Porque la exclusividad en absoluto confiere de antemano a una información el valor de un titular en primera página a seis columnas. Porque muy por delante de esos aspavientos, destinados tal vez a elevar la moral de la propia tropa periodística, están los deberes imprescriptibles con aquellos a quienes el periódico se dirige.
Nos queda el ejemplo de Albert Camus en Combat, donde se negó a ejercer un poder injusto, resistió la tentación de banalizar la distribución de censuras y elogios y se opuso al culto de la moda y al espíritu de la época, además de desautorizar la denigración convertida en sistema. Supo siempre que la información decisiva exige la apuesta por interesar al lector y conseguir su fidelidad, haciéndole pensar sin halagar nunca el gusto por la pereza y la vulgaridad. Tuvo claro que una injusticia no se repara con otra y que la compasión para con la víctima en ocasiones amenaza con convertirnos en verdugos. En resumen, sucede como ha escrito el último de sus biógrafos, Jean Daniel, que todo cuanto degrada realmente la cultura acorta la distancia que nos separa de la servidumbre y que una sociedad que soporta ser entretenida por una prensa envilecida se desliza hacia la esclavitud, aunque lo haga en medio de las protestas de las personas que están contribuyendo a ese proceso.
Todo lo anterior para nada empece que odiemos ver u
... (... continúa leyendo)La economía no es lo único de dimensión planetaria. Salud, clima, violencia y cultura son mundiales
El proteccionismo puede acabar con la globalización buena y reforzar la mala
En este año en que la economía mundial se contraerá por primera vez desde 1945 a algunos economistas les preocupa que la actual crisis pueda significar el principio del fin de la globalización. Las épocas de dificultades económicas y el proteccionismo van de la mano, puesto que cada país culpa de los problemas a los demás y trata de proteger sus empleos internos. En la década de los treinta del pasado siglo, las políticas consistentes en "empobrecer al vecino" empeoraron la crisis. Hoy, a menos que los líderes se resistan a ofrecer respuestas de ese tipo, el pasado podría convertirse en el futuro.
Irónicamente, sin embargo, esa perspectiva tan sombría no significaría el fin de la globalización definida como un aumento de las redes mundiales de interdependencia. La globalización tiene varias dimensiones. Aunque los economistas a menudo se refieren a ella y a la economía mundial como si fueran una sola y misma cosa, otras formas de la globalización también tienen efectos significativos -no todos benéficos- en nuestras vidas cotidianas.
La manifestación más antigua de la globalización fue ambiental. Por ejemplo, la primera epidemia de viruela se registró en Egipto en el año 1350 antes de Cristo. Llegó a China en el 49 después de Cristo, a Europa después del 700, a las Américas en 1520 y a Australia en 1789. La peste bubónica, o peste negra, se originó en Asia, pero al propagarse mató entre un cuarto y un tercio de la población de Europa en el siglo XIV.
En los siglos XV y XVI los europeos llevaron enfermedades a las Américas que destruyeron al 95% de la población nativa. En 1918, una pandemia de gripe causada por un virus de las aves acabó con la vida de 40 millones de personas en todo el mundo, mucho más que las que habían muerto en la guerra mundial que acababa de terminar. Actualmente, algunos científicos predicen que se repetirá la pandemia de gripe aviar.
Desde 1973 han surgido 30 enfermedades contagiosas que se desconocían y otras, más familiares, se han propagado geográficamente con nuevas formas resistentes a los medicamentos. En las dos décadas posteriores a la identificación del VIH/SIDA en los años ochenta han muerto 20 millones de personas y 40 millones más están infectadas en todo el mundo. Algunos expertos prevén que esa cifra se duplicará para 2010. La propagación de especies foráneas de flora y fauna a nuevas zonas ha aniquilado a las especies nativas y podría provocar pérdidas económicas de varios miles de millones de dólares al año.
El cambio climático global afectará a la vida de todo el mundo. Miles de científicos de más de cien países informaron recientemente de que hay nuevas y sólidas evidencias de que la ma-yor parte del calentamiento observado en los últimos 50 años es atribuible a las actividades huma
nas, y se prevé que las temperaturas promedio a nivel global aumenten entre 1,3 y 5,5 grados centígrados en el siglo XXI. El resultado podría ser una variación aún más severa del clima, con demasiada agua en algunas regiones y escasez en otras.
Entre los efectos, habrá tormentas y huracanes más fuertes, inundaciones y sequías más prolongadas y más desprendimientos de tierras. En muchas regiones el aumento de la temperatura ha alargado la estación de deshielo y los glaciares se están derritiendo. El ritmo al que subió el nivel del mar en el último siglo fue 10 veces más rápido que el promedio de los últimos tres milenios.
También está la globalización militar, que consiste en las redes de interdependencia en las que se utiliza la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza. Las guerras mundiales del siglo XX son un ejemplo. La anterior era de globalización económica llegó a su cúspide en 1914 y las dos guerras mundiales significaron un ret
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Ampliar la cobertura de las noticias internacionales en un mundo interconectado puede resultar imprescindible para mejorar el entendimiento entre los países
http://www.timothygartonash.com/
Durante una estancia reciente en China oí expresar la queja de que los medios de comunicación occidentales ofrecen una imagen distorsionada de lo que ocurre allí. Creo que hay algo de verdad en ello, pero no por los motivos que los miembros del Partido Comunista Chino y los internautas nacionalistas se imaginan. En realidad, no es más que un ejemplo de un problema internacional más amplio.
Los lectores de periódicos y telespectadores con un interés moderado por lo que sucede en China leen y ven seguramente, en su mayoría, un montón de noticias sobre Tíbet, el próximo aniversario de las protestas de 1989 en Tiananmen, la corrupción y el descontento popular. Ven menos historias sobre el grado de apoyo popular al régimen, los estudiantes brillantes que siguen afiliándose al Partido Comunista y los experimentos de reforma económica y política, sobre todo en el ámbito local y provincial.
Sin embargo, esa tendencia no se debe a una política ni a prejuicios anti China, como denuncian las autoridades chinas. Aunque a muchos de ellos les cueste creerlo, porque sus medios reflejan las posiciones políticas de su Estado unipartidista, los Gobiernos occidentales no tienen prácticamente nada que ver con ello. La causa fundamental reside en la economía y la dinámica profesional del negocio de la prensa comercial en Occidente, que está atravesando una de esas "tempestades de destrucción creativa" que, según Joseph Schumpeter, eran características del capitalismo.
En su feroz competencia por el favor de los lectores y los espectadores, los medios dominantes en Occidente tienden a aferrarse a unas cuantas noticias que les resultan familiares e interesantes. Hablan tanto de Tíbet no porque quieran criticar a China desde un punto de vista ideológico, sino porque a sus consumidores les fascina y les preocupa Tíbet. Es verdad que sus noticias sobre la política china suelen ser sensacionalistas y negativas, pero también suelen serlo sus noticias sobre la política interna de sus propios países. Quienes editan y seleccionan las noticias se limitan a seguir las normas de su negocio, que se rige por el mercado. Lo morboso vende. Un periódico que critica es un periódico que vende. Las buenas noticias no interesan. "Muchos ciudadanos chinos están moderadamente satisfechos con el ascenso de su nivel de vida" no es un titular que ayude a vender muchos ejemplares.
El problema general de las informaciones sobre China en los medios occidentales no es que sean negativas; es que son demasiado pocas, si se tiene en cuenta la importancia creciente de China y el hecho de que la cultura y la sociedad chinas son tan diferentes de las nuestras. Los medios occidentales no deben escribir menos sobre el Dalai Lama o el 4 de junio de 1989, pero sí deben escribir más sobre las demás noticias que constituyen el complejo drama que se desarrolla en China.
Por desgracia, la tendencia es la opuesta: menos noticias internacionales en los periódicos y los canales de televisión nacionales, que son los que lee y ve la mayoría de la gente. También aquí el motivo es sobre todo económico. Hacer información internacional es caro. A medida que caen los ingresos por publicidad, las delegaciones en el extranjero van cerrando. Es malo para la información, pero también para las relaciones internacionales.
En un magnífico ensayo publicado en The New Republic, el profesor de Princeton Paul Starr afirma que la información es un bien público. Cuando la gente tiene acceso a las noticias puede pedir cuentas a su Gobierno. La información, como el aire limpio y las buenas carreteras, es algo que no sólo beneficia a los que las pagan de manera directa. Y ese argu
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La anulación de la candidatura de la coalición II-SP para las elecciones europeas suscita graves dudas
Un auto de la Sala Especial del Supremo, a la que la ley orgánica 6/2002 atribuye la competencia de disolver partidos a instancias de la Abogacía y de la Fiscalía General del Estado, resolvió el 16 de mayo anular la candidatura a las elecciones al Parlamento Europeo presentada por la coalición Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos (II-SP), integrada por dos pequeños partidos regionales denominados Izquierda Castellana y Comuner@s. El alto tribunal adoptó esa decisión en el marco procesal de la ejecución de las sentencias ilegalizadoras dictadas el 27 de marzo de 2003 y el 22 de septiembre de 2008 contra Batasuna (y sus numerosas segundas marcas) como brazo político de ETA; la ley 6/2002 extiende el alcance de ese tipo de interdicción a cualquier variante fraudulenta que "continúe o suceda la actividad de un partido declarado ilegal y disuelto".
Tras el examen de las pruebas -básicamente indiciarias- aportadas por la abogacía y la fiscalía del Estado, la mayoría de la Sala llegó a la convicción de que la candidatura II-SP ha sido instrumentalizada con un designio defraudador por la trama de la izquierda abertzale vinculada al terrorismo etarra. El auto afirma rotundamente que "la candidatura impugnada no es más que un instrumento de ETA/Batasuna". ¿Tan evidentes son las pruebas? Hay razones para ponerlo en duda: por vez primera en los juicios de este género celebrados hasta ahora, el fallo no ha sido unánime: aun sin hacer públicas las motivaciones de los votos discrepantes, cinco de los 16 magistrados se han desolidarizado de tan taxativa conclusión.
La lectura del auto suscita -como poco- serios interrogantes sobre el pronunciamiento de la mayoría del tribunal, que incluso desconoció la jurisprudencia existente acerca de la manera correcta de interpretar los silencios o la falta de condena de los portavoces de la coalición respecto a los atentados terroristas; para mayor confusión, el recurso ante el Constitucional de II-SP declara de forma clara y sin ambigüedades que "el uso de la violencia es completamente ajena a su forma de acción y cultura política". En cualquier caso, no existen datos abrumadoramente fehacientes de que los dos grupúsculos radicales de Castilla-León crearan la coalición II-SP por órdenes de ETA o la pusieran a su disposición.
La chapucera técnica jurídica de la ley de partidos 6/2002, los momentos dramáticos que precedieron a su nacimiento y las aceleradas prisas que acompañaron a su tramitación parlamentaria despertaron desde el principio temores y recelos sobre la posibilidad de una mala aplicación de su articulado. La puesta en marcha procesal de esa norma de incierto género (a caballo entre el derecho civil, el derecho administrativo y el derecho penal) queda reservada a órganos dependientes en la práctica del Gobierno (la abogacía y la fiscalía del Estado); su interpretación jurídica corresponde a una Sala Especial del Supremo de carácter mixto. La ilegalización de la coalición II-SP, cuyo recurso ante el Constitucional será resuelto esta misma semana, es un ejemplo de los riesgos sembrados por una deficiente labor legislativa incapaz de prever la eventualidad de los casos difíciles y de garantizar la seguridad jurídica.
Las anteriores resoluciones de la Sala Especial del Supremo, que ilegalizaron a Batasuna y a sus numerosas banderas de conveniencia sinónimas, apenas dejaron margen razonable de duda (cosa distinta son las paranoides denuncias del mundo nacionalista contra cualquier decisión judicial adversa) respecto a la solidez de las pruebas aportadas contra unas organizaciones o candidaturas al servicio estructural y funcional de la banda terrorista. El auto de 16 de mayo, sin embargo, puede contaminar con efectos retroactivos la limpieza de esos previos pronunciamientos judiciales recurridos ante el Tribuna
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Un artículo de Pilar Rahola...
La píldora era controlada, gratuita y pública, y ahora será descontrolada, costosa y privada; ¿es un progreso?
Mi primera reacción, ante la noticia de la gratuidad de la píldora del día después, fue la de manual. ¡Bien!, me dije. Ahora los jóvenes estarán más protegidos ante el embarazo no deseado; es una medida avanzada, necesaria, bla, bla, bla. Es decir, reacción pavloviana, generada, no en la materia gris del cerebro, sino en algún recoveco de la zona reptiliana, allí donde habitan las obviedades y las consignas. Sin embargo, dos minutos después, superada la salivación automática, conseguí la conexión entre algunas neuronas indolentes y cometí el peor pecado de estos tiempos: me hice algunas preguntas. Veamos.
¿Realmente se trata de una decisión que evitará embarazos no deseados?; ¿es más avanzada socialmente que la situación que teníamos hasta ahora?; ¿se beneficiarán los jóvenes? Y más allá del hecho coyuntural, ¿esta medida ayudará a entrar en la sexualidad adolescente con mayor seguridad y madurez? Y a partir de aquí, desechadas las respuestas precocinadas, propias de los que dividen el mundo entre "progres y carcas", sin saber que el mundo es más transversal, y mucho más equívoco, a partir de aquí, decía, mis propias respuestas resultaron francamente incómodas. No. La decisión del Gobierno de permitir la compra sin receta de esta píldora ni me parece una medida útil, ni me parece progresista - es decir, no me parece un progreso para la sociedad-ni me parece nada buena para las jóvenes a las que va dedicada.
Primero, por la intención. Estoy convencida, y perdonen mi tendencia a mal pensar -es mi vacuna contra la propaganda-, de que esta medida es de la misma factura de otras que abundan últimamente. Es decir, tenemos una grave crisis económica, nadie del Gobierno sabe qué hacer, aparte de ir vaciando las arcas públicas, las encuestas envían el talante a la zona oscura de la fuerza, y ante la desesperación, algún brujo de Ferraz cree que ir sacando conejos provocadores de la chistera es una forma de desviar la atención, por la vía de cabrear a la derecha más irredente. A Zapatero siempre le han funcionado las tres patas del catecismo: meterse con la Iglesia, contentar a los colectivos gais y dar alegrías al lobby feminista.
Ello no significa que muchas de sus decisiones no sean acordes con el deseo de una sociedad más justa, pero es evidente que otras presentan el tufillo del oportunismo político. Debe de pensar ZP que, en tiempos de ahogo económico, buenas son las tortas ideológicas. A pesar de ello, si la medida fuera socialmente buena, tendría poco que decir. Pero no sólo me parece un burdo tactismo. También me parece una medida harto arriesgada. Estamos hablando de ofrecer una importante carga hormonal, nada inocua, sin receta ni control ninguno, a un colectivo especialmente joven. Hasta ahora teníamos una píldora controlada, gratuita y pública. Ahora tendremos una píldora descontrolada, costosa y privada. ¿Dónde está el progresismo? ¿En abandonar a las jóvenes a su suerte, sin ningún consejo ni control médico? ¿En enviar un mensaje que banaliza un medicamento hormonal, con el equívoco de que se trata de un método anticonceptivo? ¿O se trata de vender la idea de que la sexualidad es buena a cualquier edad y de cualquier manera, yel único problema es el embarazo? ¿Dónde dejamos, entonces, las enfermedades de sexual? Personalmente, la me parece otra, alejada del empacho de pijoprogresismo que nos afecta.
Primero, es necesario hacer una prevención pública contra el sexoinseguro, mucho más seria que la que se hace en la actualidad. Segundo, cualquier medicamento hormonal debe tener un mínimo control médico, especialmente si va dirigido a jóvenes. Y tercero, no es bueno banalizar las relaciones sexuales, y menos banalizar los riesgos. ¿Qué hay de malo en controlar
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En Europa los políticos buscan en sus consejeros el consenso, no el debate abierto y sincero
Es alto y delgado, tiene los ojos pequeños y la mirada astuta. Con 82 años el paso es algo precavido, pero firme. La chaqueta blazer azul y las gafas Ray-Ban parecen haber estado siempre ahí; de hecho, da la impresión de que su aspecto no desentonaría nada en las calles de Saigón en los años sesenta. Se trata de Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter entre los años 1977 y 1981, toda una leyenda de la política exterior, alguien cuya fama sólo rivaliza con la de Kissinger, el consejero de Seguridad Nacional de Nixon.
Estamos en Estocolmo, donde el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores se ha reunido para analizar las consecuencias que la crisis está teniendo sobre la política exterior de la Unión Europea. Timothy Garton Ash resumió con su especial brillantez lo allí discutido, así que obviaré deprimir aún más al lector con los pronósticos sobre la irrelevancia de Europa que allí se manejaron.
Pero más allá de su análisis sobre el radical giro emprendido por Obama en política exterior (y las enormes dificultades que enfrenta), la personalidad de Brzezinski me lleva a una reflexión más general sobre el papel de los consejeros de Seguridad Nacional, esos hombres (y mujeres, en el caso de Condoleezza Rice) a quienes se ha descrito como "los arquitectos del poder americano", unas personas cuyo trabajo es asegurarse de que el presidente reciba todos los días la información que necesita para entender el mundo, los desafíos que enfrenta su política exterior, las opciones que tiene ante sí y, sobre todo, una visión clara de sus consecuencias.
Se trata quizá de uno de los puestos más difíciles de la Administración: no es el jefe de Gabinete, ni tampoco dirige los servicios de inteligencia o está al frente de los departamentos de defensa o exteriores, por lo que está obligado a navegar entre unos pesos pesados que pueden hacer enormemente difícil su trabajo. Cada consejero ha respondido a un estilo diferente: unos, como Kissinger, lograron un ascendiente sobre Nixon que nadie ha igualado, y otros, como Rice, han sido criticados por carecer de influencia. Sin embargo, parece evidente que cada tándem es único y que su carácter depende tanto de la personalidad del presidente como de la de su consejero, por lo que las combinaciones posibles son múltiples. Véase si no el contraste actual entre el presidente Obama, un afroamericano con un pasado como voluntario en los barrios más difíciles de Chicago, y James Jones, un general de marines que exuda disciplina militar por todos los poros.
Más allá de las personalidades, todos ellos tienen, en palabras de Brzezinski, una única obligación: "Ser brutalmente sinceros con el presidente". Se trata de una necesidad del puesto, forjada en los días de la guerra fría cuando su trabajo consistía en localizar al presidente a los cuatro minutos de haberse detectado un lanzamiento de misiles balísticos por parte de la Unión Soviética; junto con él, estudiar las opciones de respuesta y lanzar una represalia nuclear que, siete minutos después, sería imposible de detener, todo ello con pleno conocimiento de que provocaría unos cincuenta millones de muertos por cada lado.
En Europa carecemos de una tradición similar, en parte porque nuestros Gobiernos se rigen por una tradición administrativa en la que los políticos buscan en consejos y consejeros el consenso, no el conflicto entre diversas opciones y visiones. Ello repercute en instituciones de asesoramiento y análisis que carecen de valor alguno, por lo que languidecen o nunca son convocadas. En nuestro país, el Consejo de Política Exterior es un ejemplo claro: todos los Gobiernos han intentado hacer algo con él, para a continuación ignorarlo. El coste, sin embargo, es evidente: sin instituciones que canalicen la voz de los diferentes actores involucrados en un pro
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El Gobierno de Patxi López deja atrás el paradigma de la identidad y se centra en la ciudadanía
El nuevo Gobierno Vasco ha sido recibido por muchos, y no sólo en Euskadi, como un experimento fundado una vez más sobre lo identitario, sólo que esta vez invertido en su sentido habitual. Para estos críticos, la entente que soporta el Gobierno se basaría sólo en el antinacionalismo vasco.
Éste es un diagnóstico que, incluso cuando se formula de buena fe, resulta superficial y apresurado, porque desconoce la lenta pero sostenida evolución del pensamiento y del sentimiento no nacionalista en el País Vasco. Una evolución que les ha llevado a alejarse de antiguos planteamientos antinacionalistas primarios y puramente negativos para profundizar en el valor de la ciudadanía como vínculo primario de la esfera pública. Patxi López no presenta hoy la ciudadanía como una alternativa al sentimiento nacional vasco, sino como una praxis capaz de integrar este tipo de sentimientos, aunque sea trascendiéndolos a otro plano diverso. Por eso, resulta probablemente más correcto leer el nuevo Gobierno como un ejercicio de verdadera descompresión identitaria que como uno de mera sustitución de hegemonías de esa naturaleza. El socialismo vasco puede hacer lo que el catalán no ha sabido llevar a cabo, salir del paradigma absorbente de la identidad, quizás porque su maduración ha sido más áspera, más lenta y más exigente.
La sociedad vasca ha vivido sometida a una fortísima presión identitaria, ejercida desde el poder político nacionalista con un doble objetivo: por un lado, el de hacer creíble una demanda incremental de autogobierno que culminaba en la autodeterminación de facto; para ello era necesario que la población percibiera como urgente y trágico lo que en realidad era más que opinable en su conveniencia y más bien aburrido en su administración. Por otro lado, las políticas fuertes de construcción nacional insistían machaconamente en los rasgos diferenciales a costa de los comunes, en lo concreto a costa de lo abstracto. Los últimos diez años han sido así la apoteosis de una sobretensión inducida desde el Gobierno, en gran parte de naturaleza artificial e impostada.
El nuevo Gobierno aporta, por el contrario, una bajada de tensión. Las acusaciones de que en el fondo practicará la política desde otra identidad diversa (la cruzada de que habla Ibarretxe) parecen responder más a una frustración que proyecta sus sentimientos en el otro que a una predicción verosímil. En realidad, es el nacionalismo el que corre el riesgo de constituirse en cruzada de oposición étnica. Porque la orientación socialista, más que en el frentismo identitario, se inspira en la teorización de Mario Onaindía acerca del posnacionalismo, considerado como una etapa en la que Euskadi se ha constituido por fin como comunidad política autogobernada en la que las tradicionales demandas nacionalistas han hallado satisfacción y cauce razonable para ejercerse en plenitud.
Por otro lado, éste es un Gobierno marcado por la necesidad, tanto en su origen como en su futuro. En su origen, porque los resultados electorales no dejaban a socialistas y populares otra posibilidad que la adoptada, salvo la de suicidarse políticamente. Y en su desarrollo, la necesidad aparece como némesis amenazante: difícilmente volverá a existir una segunda oportunidad para demostrar que el País Vasco puede gobernarse desde el no nacionalismo. Por tanto, PSE y PP se la juegan a una sola carta, no caben errores, y lo que es más importante, lo saben. No ya porque los partidos nacionalistas serán implacables en la denuncia de cuanto les disguste, que lo serán en todo caso (clamarán incluso contra lo que les guste); sino sobre todo porque la ciudadanía vasca está harta de sobretensión y sectarismo, y espera árnica identitaria. En pocas ocasiones como aquí y ahora se cumplirá tan a rajatabla la idea de que la política es el arte de hacer bien lo que de tod
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En abril de 1979 nacieron los ayuntamientos democráticos. Su trabajo en la mejora de las ciudades y pueblos de España ha sido crucial. Ahora afrontan muchas tareas nuevas sin los correspondientes recursos
Los gobiernos locales necesitan fondos propios que los emancipen de la economía del ladrillo
Es decisivo su papel en el empleo, la protección social y la integración de los inmigrantes
El 19 de abril de 1979 tomaron posesión los primeros alcaldes democráticamente elegidos en los más de 8.000 municipios españoles. Treinta años después estamos redescubriendo a los municipios. La pieza clave del Gobierno de Zapatero para combatir la crisis han sido los miles de millones de euros entregados a los gobiernos locales para animar y mantener la ocupación. Constatamos que lo que hacen los municipios tiene que ver cada vez más directamente con el bienestar de la gente. Y crece la convicción de que el factor de la proximidad es un elemento clave para mejorar la calidad y la eficacia de los servicios públicos.
Pero los gobiernos locales malviven con precariedad de recursos, acumulación de tareas sin el adecuado reconocimiento legal o financiero y trabajando sin red, cara a cara con los ciudadanos. Hace años que se viene hablando de configurar un nuevo escenario para el poder local. Se han sucedido ministros, comisiones y borradores de ley, y no se ha desatascado el tema. En este inicio de siglo, los municipios españoles siguen esperando un nuevo marco competencial y financiero que reconozca y potencie su papel central en el bienestar ciudadano. La gente sabe que tener un gobierno local eficaz y eficiente es garantía de mejor calidad de vida, y no es ajeno a ello que los gobiernos locales sean la esfera de gobierno mejor valorada por los ciudadanos.
En estos 30 años, después de reconstruir ciudades y pueblos abandonados durante décadas, la agenda municipal se ha ido complicando. A los clásicos temas de urbanismo y servicios se han añadido los problemas ambientales y la perspectiva de sostenibilidad, el impacto de la inmigración, la irrupción de las nuevas tecnologías y las carencias educativas, junto con exigencias de mayor participación social. Todo ello en un proceso marcado por la creciente individualización y la crisis de las estructuras familiares tradicionales. En todos estos temas han estado implicados los ayuntamientos, y a pesar de ello, sólo han sido noticia por problemas de corrupción política y urbanística. Problemas que eran el espejo administrativo en el que se miraba un "modelo" económico de desarrollo basado en el ladrillo y el pelotazo inmobiliario.
Es evidente que el poder próximo es también el más vulnerable. Las carencias presupuestarias de los ayuntamientos encontraron alivio en las recalificaciones y las plusvalías que generaban. Pero ese "círculo virtuoso" en el que todos parecían ganar, acabó generando espacios grises en los que ya nadie sabía a quién se estaba pagando, ni desde qué base legal. Se necesitan reformas institucionales que lo eviten, sin convertir a los ayuntamientos en menores de edad institucional. Y para ello es importante dignificar la estructura financiera municipal. Con fondos propios, no condicionados a la condescendencia coyuntural y graciable del Gobierno del Estado o de las Comunidades Autónomas.
La realidad es que los gobiernos locales deben hacer frente a nuevas necesidades sociales en las que concurren competencias de otras esferas de gobierno. Se van aprobando nuevas leyes y decretos que inciden en la autonomía municipal y en su capacidad de actuación. Existen infinidad de materias en las que intervienen el Estado, las Comunidades Autónomas y los gobiernos locales y el sistema de atribuciones competenciales deja casi siempre a los municipios a merced de normas sectoriales, estatales o autonómicas. Leyes sobre sanidad, educación, vivienda, ocupación, equipamientos co
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En España se legisla rematadamente mal. Las normas se están volviendo inútiles y testimoniales
Ya se empieza a mirar con incredulidad esa suerte de voluntarismo que exhiben las autoridades ante cualquier atropello de que se tiene noticia, sea un acto de terror, un episodio de corrupción urbanística, un desastre de tráfico o un caso de malos tratos a la mujer. Para todas las calamidades tienen la misma respuesta: sobre los responsables -repiten una y otra vez- caerá todo "el peso de la ley". Lo que sucede es que de unos años a esta parte la ley está perdiendo peso sin que los principales interesados en mantenerla en forma parezcan preocupados por ello. Y al paso que va terminará por pesar tan poco que pueda ser considerada una entidad ingrávida.
Cuando uno es gobernante y esgrime todo el peso de la ley no está expresando sentimientos. Eso vale para el universo simbólico del poder, pero si no va acompañado de una panoplia eficaz de medios, acaba en un puro brindis al sol. Una cosa es anunciar leyes, amenazar con ellas, proyectarlas y publicarlas en la Gaceta, y otra muy distinta aplicarlas. Hace ya muchos siglos que resuena la voz sabia de Sófocles: no des órdenes que no puedas hacer cumplir. Pues bien, parecemos estar asistiendo a un incremento de prescripciones legales y admoniciones públicas que tienen algo de baladronadas jurídicas, porque no van a poder hacerse cumplir. El problema es serio, porque el cumplimiento espontáneo de la ley, que es producto de la deferencia ciudadana hacia su letra, está empezando a debilitarse a la vista de tanta frustración. Las promesas que se hacen en el mundo simbólico de la publicidad jurídica resultan fallidas en la vida cotidiana de la aplicación de la ley. Y la gente está empezando a desconfiar.
Lo más paradójico de semejante situación es que ha sido producida por la incuria de quienes tienen necesidad de la ley para llevar adelante sus programas. En efecto, todos los partidos políticos, cualquiera que sea su esfera de acción (estatal o regional), aspiran a ganar el favor de los electores con el objetivo de transformar su programa y sus ideas en normas jurídicas, en leyes. Y la paradoja es que al condescender con el estado lamentable en que se encuentra la legislación como herramienta de gobierno, están castrando sus propias posibilidades de actuar. La alternancia en el gobierno no ha servido en este punto para nada. Siempre se detecta la misma incoherencia moral: cuando se está en la oposición se demandan medidas sobre el proceder legislativo que nunca se aprueban cuando se está en el Gobierno. Todos los grupos parlamentarios exigen con gesto severo cosas que no hacen cuando gobiernan. En las Cortes Generales se prefieren las escenas de desacuerdos y broncas, cuanto más sonadas mejor, porque con ellas
se excita la sinrazón del ciudadano, que es lo que la política-espectáculo persigue. Nadie se ocupa de mejorar la elaboración de las leyes ni de hacer más efectiva su aplicación porque eso no hace ruido, lleva tiempo y demanda raciocinio. El resultado es que el poder de legislar reside en dos Cámaras que carecen de los indispensables medios y resortes técnicos para hacer las cosas bien. Sí, en España se legisla rematadamente mal. Tras más de 15 años ocupándome de la ley y su impacto social creo poder afirmar que se está tornando poco a poco una herramienta normativa testimonial e inútil. Y lo que pueda pasar cuando, ante el anuncio de una nueva ley, la gente empiece a encogerse de hombros, es algo cuya gravedad es difícil de exagerar.
Tomemos, si no, como ejemplo un característico paquete de leyes del Gobierno actual: las relativas a la violencia de género, la persecución de conductores imprudentes, la ayuda a la dependencia, o la erradicación del tabaquismo. Son políticas generalmente aceptadas, aprobadas además con amplios consensos. Si se hicieran realidad en la vida cotidiana, supondrían un importante avance en las condic
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Los países libres necesitan unas fuerzas de seguridad fuertes contra el crimen y el terrorismo, pero los agentes no pueden violar las libertades individuales en el desempeño de sus funciones
Hay dos clases de países: aquellos en los que la gente normal y decente tiene miedo a los criminales, pero confía en la policía, y aquellos en los que la gente normal y decente tiene miedo a los criminales y a la policía. He pasado mucho tiempo en países de este segundo tipo, que seguramente siguen siendo mayoritarios en el mundo. En cambio, crecí con una idea muy de clase media británica de que mi país era un ejemplo clásico del primer grupo, más afortunado. En los últimos años, como muchos otros británicos, he empezado a dudarlo.
Ahora han ocurrido dos cosas que me han arrebatado cualquier resto de conformismo que pudiera tener. Una es el vídeo de aficionado en el que se ve al pacífico quiosquero Ian Tomlinson arrojado al suelo por un miembro del Grupo de Apoyo Territorial de la Policía Metropolitana el día de la reunión del G-20 en Londres. Aunque no supiéramos que Tomlinson murió poco después, la violencia de la agresión, repentina y sin provocación, ya sería de por sí indignante. Es como si el policía en cuestión pensara que arrojar a ciudadanos corrientes al suelo es lo más normal del mundo. Me gustaría saber si alguna persona es capaz de ver el vídeo y no sentirse conmocionada.
El otro suceso es la detención, por parte de agentes de la sección de Operaciones Especializadas de la Policía Metropolitana (y en concreto, al parecer, su Mando Antiterrorista), del portavoz del Partido Conservador en materia de inmigración, Damian Green: la intromisión que supuso el registro de su casa, sus papeles privados, su cama, su despacho parlamentario y sus ordenadores, incluida la búsqueda de las claves para obtener correos electrónicos a o de gente como Shami Chakrabati, de la organización Liberty -que no tenían nada que ver con las filtraciones que estaban investigándose- y que justificaron por lo que, según ha concluido ahora un comité parlamentario formado por todos los partidos, fue una alegación falsa de la Oficina del Gabinete -el órgano de coordinación ministerial del Gobierno- de que existía una amenaza contra la "seguridad nacional".
Es para pensar: si le puede ocurrir algo así a un destacado parlamentario de la oposición, si le puede ocurrir algo así a un transeúnte inocente, entonces le puede suceder a cualquiera. Seguramente, una persona de clase media que vive confortablemente debería tener más imaginación y saber extrapolar a partir de la experiencia de otros que sufren la brutalidad o las intimidaciones de la policía, pero los seres humanos, en general, no son capaces de eso, y la mayor parte del tiempo estamos pensando en otras cosas. Ahora, de pronto, más gente ha adquirido conciencia del problema. El presidente de la Federación Británica de Policía dice que sus colegas se sienten aplastados por una caravana de críticas antipoliciales. Críticas que no sólo proceden de los órganos de la izquierda, sino también de The Daily Telegraph, The Economist, The Spectator y The Daily Mail, publicaciones que no son precisamente bolcheviques ni suelen atacar a los polis.
Alguien puede decir que la culpa es de los propios policías. No es del todo cierto. Por supuesto, siempre hay que preocuparse por las líneas maestras de actuación, la formación y la cultura interna de unidades como el Grupo de Apoyo Territorial y el Mando Antiterrorista. Hasta en los Estados más democráticos y respetuosos con la ley existe el peligro de que los hombres y mujeres de esas unidades desarrollen una mentalidad de acoso o de guerra, se distancien de los valores y el sentido común de la sociedad que les rodea. Pero el partido político que ocupa el poder desde hace 12 años (se cumplen la semana que viene) y los funci
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Si no existiera la UE habría que inventarla, porque no hay recetas nacionales para retos globales
Si no existiera la Unión Europea, ante la gravedad de la crisis y la magnitud de los retos globales que enfrentamos, seguramente habría muchos responsables políticos tratando de crear ese espacio público compartido para enfrentarlos con más eficacia. Sin embargo, disponemos del instrumento y lo vemos con creciente escepticismo y renacionalización de las políticas.
La necesidad del espacio de la Unión y de pactos entre todos los agentes sería más evidente si asumiéramos la magnitud del desafío que tenemos por delante con todas sus implicaciones: económico-financieras, de sostenibilidad de nuestro modelo de cohesión social, energéticas y de cambio climático. En realidad deberíamos encarar esta situación como si nuestra sociedad y nuestro aparato productivo estuvieran ante una emergencia global. Algo como una guerra incruenta que tenemos que ganar, movilizando nuestras energías contra el cambio climático, contra el paro, el hambre y la enfermedad, con los instrumentos de la sociedad del conocimiento, de la investigación, el desarrollo y la innovación en todos los campos.
Sin embargo, temo que ni la percepción de los actores es ésta ni el estado de ánimo tampoco. Hay, sin duda una grave preocupación ante la crisis y temor e incertidumbre por los efectos para amplias capas de la población. Pero seguimos insistiendo en nuestras peleas en escenarios locales nacionales, ni siquiera europeos, a la búsqueda de los chivos expiatorios sobre los que cargar responsabilidades por el paro, la pérdida de renta, la dificultad de pago de las deudas de familias y empresas.
Por mucho que se insista en la dimensión global de los desafíos, esta persistente ceguera domina nuestros debates nacionales y los medios de comunicación. Por eso, la principal tarea es explicar lo que pasa a la opinión pública, su dimensión en lo global, en lo regional europeo y en cada una de nuestras naciones. Sería un paso adelante que las campañas para los próximos comicios al Parlamento Europeo fueran explicativas y con propuestas para enfrentar la crisis, en lugar de campañas de descalificaciones y consignas arbitristas.
Es cierto que hay que aprovechar y utilizar todos los márgenes disponibles en cada lugar para minimizar las peores consecuencias de esta crisis mundial, pero es inútil creer o confiar en que tenemos recetas locales autónomas para resolver desafíos que son globales. Es cierto que podemos actuar en cada país sobre el fondo de reformas estructurales que nos preparen para un futuro que va a ser diferente a partir de esta crisis. Sistemas educativos y de formación de capital humano, relaciones industriales sobre bases nuevas, políticas que corrijan la deriva demográfica, cambios de fondo en las políticas energéticas
desde la producción hasta la distribución y el consumo.
Pero es imprescindible una política de la Unión Europea como espacio público compartido, concertada con Estados Unidos y con otros actores internacionales como los reunidos en el G-20.
Como no es éste el enfoque, la confusión aumenta y se residencia cada día más en los políticos locales, sean del color que sean, las responsabilidades sobre lo que está ocurriendo, olvidando que ha sido la ausencia de una normativa aplicable global y localmente, lo que está en origen de esta gran burbuja financiera que nos ahoga con su implosión. Enfrentamos una crisis de gobernanza global sin instrumentos para corregirla.
La convicción dominante durante años de que el mercado se autorregulaba a través de su "mano invisible" apartó a la política de su función reguladora como un estorbo para el crecimiento, con la misma fuerza que ahora se exige a los políticos que reparen el desastre. Ya no hay más responsables que los Gobiernos de turno. Ya se habla poco de los autores del desaguisado y menos de las causas profundas que nos ha
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Un artículo de Elvira Lindo...
Éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura aunque no se tenga el más mínimo interés en consumirla
Cuando nombran ministra a alguien que tú conoces siempre hay gente que piensa que vas a pillar cacho
Tres personas me escribieron la semana pasada para preguntarme si el nombramiento de la nueva ministra de cultura me podía beneficiar en algo. Ole, ése es mi país. Nunca decepciona. Nombran ministra a alguien que tú conoces e inmediatamente hay gente que no sólo piensa que puedes pillar cacho sino que vas a estar dispuesta a ello. No me sorprende. Cuando mi marido era director del Instituto Cervantes de Nueva York había ciudadanos que me preguntaban cómo era nuestra residencia oficial. ¡Residencia, ja! Había otros que pensaban que necesitabas el puesto para salir de pobre. ¡Ja, ja! Había algún grupo en cuyas filas se comentaba que si había aceptado ese carguillo sería porque aspiraba a uno mayor. Si no de qué. Y hubo incluso un escritor (lo cual ya me parece más grave) que en este mismo periódico expresó públicamente su indignación porque alguien que se había beneficiado de las instituciones se permitiera luego criticarlas (¡ja, ja, ja!). De tal afirmación se deducen dos lugares comunes, a cual más grave: primero, que toda persona que acepta un cargo público lo hace con la sola idea de forrarse y, segundo, que lo natural de quien ostenta un cargo público es que sea dócil para siempre jamás con el partido bajo el que fue nombrado. De alguna manera, ese escritor pasó a limpio lo que tristemente piensan muchos españoles, porque la relación que ha tenido Españita con la cultura ha sido siempre complicada. Decía Fernán-Gómez que nuestro pecado no es la envidia sino el desprecio. Desprecia cuanto ignora, decía Machado. Estos días, a cuenta de la procedencia cinematográfica de la nueva ministra los blogs y demás medios digitales hervían con la cantinela de siempre: no hay actor en España ni director ni guionista que no sea un chorizo. En los escritores se fijan menos, son menos visibles, pero ahí está flotando la preguntita irónica cada vez que uno gana el Planeta: "¿Qué va a hacer usted con esa cantidad de millones?". En el fondo, se digiere mejor que los futbolistas ganen cantidades extravagantes o que las ganen las estrellas de la tele, los arquitectos estrella, los cocineros michelín o los diseñadores de moda. Durante todos estos años pasados a nadie se le ocurrió preguntar, por cierto, a la pandilla de especuladores inmobiliarios que destrozaban la costa en colaboración estrecha con los ayuntamientos, de dónde sacaban tanto. A nadie le molestó la ostentación de los GilyGiles. En nuestro país se ve natural que un zopenco se lo lleve crudo. Da igual que destroce el mundo. Dadas las reacciones que se leen en los periódicos o la participación de numerosos opinadores internautas, consideramos infinitamente más peligroso a un individuo que recibe una subvencioncita para montar una obra de teatro que a un tío que ha untado a un ayuntamiento para conseguir que se recalifique un terreno protegido. España y la cultura no se llevan bien. Y no es de ahora. Así se quejaba amargamente Galdós, "éste es un país donde un solo ejemplar lo leen cuatrocientas personas". Sí, sí, éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura, aunque uno no tenga el más mínimo interés en consumirla. Sólo por si aca. Recuerdo una discusión airada que mantuve con un camarada en "aquellos maravillosos años". Se indignaba el camarada porque habían anunciado una subida en la entrada del Museo del Prado. Perdimos como dos horas dándole vueltas al célebre derecho del pueblo a acceder libremente al patrimonio cultural. Hasta que harta de aquella discusión interminable, le dije, "pero tú, ¿cuántas veces has ido al Prado en los últimos cinco años? Si el único museo que tú visitas es el Museo del Jamón". Ahí está la clave. A la gente parece no importa

Siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros es nuestra fundamental semejanza
En mi primer libro, Nihilismo y acción (1970), incluí un ensayito sobre Moby Dick cuya lectura aún sigo soportando sin mayor sonrojo. Empezaba así. "Cada hombre se parece más a todos los hombres que a ese arbitrario y simple fantasma que llamamos él mismo". Expresa una convicción que he ido reforzando con los años. Aunque ahora esté de moda insistir en que la riqueza humana es nuestra inagotable diversidad y hasta nuestras irreductibles diferencias culturales, siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros -intelectual y prácticamente- es nuestra fundamental semejanza. Gracias a ella podemos comprender las necesidades y anhelos de los otros, colaborar con ellos y aprender de todos, traducir ideas y compartir las historias o los poemas. Somos seres simbólicos y por tanto hechos para resultar inteligibles los unos para los otros. Nuestras distintas formas -Holderlin dijo: "el espíritu gusta darse formas"- son la vivacidad de nuestra condición, pero lo que tenemos en común es su fundamento. Por ejemplo, es mucho más esencial que todos los humanos posean lenguaje que el que hablen esta o aquella lengua...
Parece hoy haber una pugna tenaz entre las identidades culturales y la aspiración a una universalidad humana. Desde postulados de la Ilustración, que tan bien conoce, Tzvetan Todorov sostiene en su último libro -El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg)- que la auténtica barbarie consiste en regatear a los distintos su plena humanidad, mientras que la civilización es descubrir lo que compartimos bajo la diversidad folclórica. Aunque nadie tiene el monopolio de ninguna de estas calificaciones: "lo bárbaro y lo civilizado son los actos y las actitudes, no los individuos y los pueblos". En cuanto al tema de las identidades que cada cual endosamos (y que son múltiples, salvo que alguna haga metástasis y se convierta en maníaca), Todorov distingue tres: la identidad cultural (lengua, religión, tradiciones), la identidad cívica (pertenencia a un Estado como ciudadano) y la adhesión a un proyecto común de valores universales. Las tres son compatibles, pero no intercambiables. Y no todas podemos "sentirlas" por igual: "Amamos (u odiamos) nuestra lengua, el lugar donde crecimos, la comida que nos preparaban en casa, pero no ’amamos’ nuestra Seguridad Social, nuestro fondo de pensiones o el Ministerio de Educación. Sólo les pedimos poder confiar en ellos".
Sobre la cuestión de las identidades el mejor libro que he leído en mucho tiempo es el de Amy Gutman, La identidad en democracia (ed. Katz). Estudia las ventajas que las identidades colectivas pueden aportar a quienes las adoptan y a la promoción de ciertas ideas o formas de vida, pero señala también que "el respeto por las personas implica no respetar la tiranía que ejercen las mayorías o las minorías culturales y no considerar a las culturas como todos homogéneos". En democracia, la supervivencia de grupos o tradiciones culturales no se puede comprar al precio de la limitación de elección de los individuos. Éstos deben ser educados para poder optar por cambiar de fidelidades y para salir sin perjuicio o trauma de la que en un principio les tocó en suerte.
Filósofo y también sinólogo reputado, Françóis Jullien ha escrito un tratado De l’universel (ed. Fayard). Distingue entre lo universal y lo uniforme, que para él es sólo una exigencia de la producción estándar de bienes elevada a categoría moral. Para evitar la hipóstasis de fetiches etnocéntricos, lo universalmente humano debe ser una aspiración y una exploración, no algo fijo de antemano según patrones excluyentes. Incluso los derechos humanos tienen más fuerza virtual como motivo de resistencia frente a atropellos que como código cerrado de una vez por todas. Un debate apasionante que sigue abierto... salvo para qu
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Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin diarios impresos. No es tan difícil, en cambio, imaginar diarios sin el periodismo de calidad indispensable para la salud de una sociedad democrática
El debate sobre el futuro de los diarios contiene una preocupación de fondo por el devenir del periodismo. La alternativa digital, sumada a la competencia audiovisual, incide sobre algo más que la pervivencia de los formatos impresos, también sobre los contenidos y la función social de los medios.
Ese debate informal y sostenido tiene su origen más reciente en la aparición de Internet, hace 15 años, pero la radio y la televisión ya lo habían abierto mucho antes. El control inicial de los gobiernos sobre el audiovisual, así como el tiempo necesario para su perfeccionamiento técnico, retrasaron el estallido de la competencia entre los medios hasta la segunda mitad del siglo XX. El periodismo ha sido absorbido por una industria de la comunicación en la que el espectáculo y la sensación son el mayor reclamo para asegurar los niveles de difusión y audiencia exigidos por la publicidad, fuente de financiación común a todos.
La distinta naturaleza de los medios de comunicación ha otorgado posibilidades y límites diferentes a cada uno de ellos. Hija a la vez de la hoja volante y del libro, y constreñida en espacio y tiempo, la prensa diaria ya había rozado sus lindes con el sensacionalismo amarillo de William Randolph Hearst, el cinematográfico ciudadano Kane, en cuyo deshonor Edward Godkin entonó la "vergüenza pública de que los hombres puedan hacer tanto mal con el objeto de vender más periódicos".
Hijas sucesivas del telégrafo sin hilos de Marconi, de la siembra de mensajes al viento (broadcast) de Lee de Forest y de la electrónica industrial, la radio y la televisión no han conocido otros límites que los que la política haya podido imponerles y los que el comercio no haya logrado traspasar. En su caso, los umbrales de vergüenza aún no han dejado de sorprender.
Preguntarse en qué medida los medios audiovisuales mantienen el trinomio originario información-formación-entretenimiento es una buena manera de ver el marco en que se mueve hoy el periodismo. La acentuada decantación hacia el entretenimiento más espectacular, en demérito de la formación, puede arrastrar en exceso la información hacia formatos y lenguajes impropios, por coloquiales, subjetivos y ambivalentes. La imitación de los modelos gráficos instantáneos de las noticias audiovisuales tiende a producir, además, un empobrecimiento informativo de los diarios, en cuyas páginas también gana espacio el entretenimiento.
De confirmarse esa tendencia, estaríamos ante el riesgo de una disolución del periodismo en la industria de la comunicación, mientras que Internet parecería proclamar su pura y simple obsolescencia. Hija no esperada de la informática y las telecomunicaciones, esa red global, instantánea y omnicomprensiva, de naturaleza aparentemente ilimitada, ha abierto la puerta a un periodismo más participativo y autogestionado por el ciudadano, hasta poner en duda la necesidad originaria del mensajero y mediador. Como si el periodismo agotara su ciclo histórico.
¿Lo está agotando? No se agota, en todo caso, la necesidad del periodismo como selección, elaboración e información de los hechos, de acuerdo con criterios de interés público, como investigación y presentación de los problemas de la sociedad, como análisis y crítica con aportación de opiniones fundamentadas.
La pregunta es si habrá lugar para el periodismo así entendido -y no como una mera repetición de noticias e impactos- en el espacio vacío que pudiera resultar de la acentuación de esas tendencias, entre su disolución en la industria de la comunicación y la procelosa navegación de los lectores por los mares virtuales de Internet.
Otra pregunta es si hay una conciencia clara de estas amenazas, agravadas por una crisi
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1. Las autoridades del Ministerio y de muchas universidades españolas tienen gran empeño en defender -aunque más con eslóganes publicitarios que con argumentos- las bondades de los objetivos del plan Bolonia. Naturalmente, nadie puede estar en contra de promover la compatibilidad de las titulaciones y la movilidad de los estudiantes, de facilitar a estos últimos su inserción en el mercado laboral europeo o de transformar nuestras universidades y volverlas más atractivas para captar estudiantes de otras partes del mundo. ¿Pero es eso lo que previsiblemente se va a producir una vez culminado el proceso de Bolonia? ¿No se les ha ocurrido pensar a nuestras autoridades que una cosa son los efectos deseados y declarados de una determinada política y otra sus efectos reales?
2. El hecho de que algunas carreras universitarias, y no precisamente marginales -como Medicina, Arquitectura y diversas ingenierías "clásicas"-, hayan quedado fuera del proceso y se las haya privado, en consecuencia, de lo que se anuncia como grandes bienes para las otras, da qué pensar. ¿Acaso los anteriores objetivos no son de aplicación a los futuros médicos, arquitectos e ingenieros? ¿Será quizás que alguien ha considerado -lo que no dejaría de ser un alivio- que hay ciertos riesgos que no conviene correr? ¿O será simplemente que hay algunos gremios que siguen contando con una considerable capacidad de presión?
3. Resulta bastante curioso que la homogeneidad que pretende lograrse en el ámbito europeo vaya a hacerse a base de exacerbar la heterogeneidad entre los diversos planes de estudio (para las mismas titulaciones) de las diversas universidades españolas. ¿Son conscientes, las autoridades ministeriales y los rectores, de cómo se están elaborando los planes de estudio en la mayoría (por no decir en la totalidad) de las universidades públicas españolas? ¿Era eso lo que se pretendía cuando se decidió dar libertad total a las universidades a la hora de configurar titulaciones y de diseñar planes de estudio?
4. Fuentes enteramente fidedignas aseguran que no; que lo único que pretendió el ministerio con esa (irresponsable) decisión fue evitarse problemas. ¿Pero no resulta extraño que políticos de ideología socialista no fueran conscientes de los riesgos de semejante desregulación? Y, en todo caso, a la vista de lo que ha pasado con las políticas de desregulación en el ámbito económico y financiero, ¿no sería conveniente aplicarse el cuento en relación con las universidades? ¿Es tan disparatado pensar que la codicia con que ha obrado tanta gente en el mundo de las finanzas tiene un pendant bastante exacto en el deseo de no perder o de aumentar su poder por parte de los numerosos mandarines universitarios?
5. La aplicación que se está llevando a cabo de la Declaración de Bolonia en muchos países europeos se aleja en aspectos importantes de lo que está ocurriendo en España. Por ejemplo, tanto Francia como Italia, Alemania o Reino Unido -o sea, los países cuyas tradiciones jurídicas solemos tener como referencia- han renunciado a estar en el sistema de Bolonia por lo que se refiere a la carrera de Derecho. ¿Habrá que advertir quizás a estos países del gran error que están cometiendo? ¿O será que se han dado cuenta del hecho elemental de que los estudios de Derecho tienen un carácter marcadamente nacional, de manera que tiene escaso sentido hablar aquí de homologación de estudios? ¿Y no ocurrirá algo parecido en relación con otras titulaciones pertenecientes al campo de las ciencias sociales o de las humanidades?
6. Es casi imposible no pensar que lo que la reforma de Bolonia va a producir en un futuro inmediato, con la sustitución de las licenciaturas por grados, es justamente una degradación de los estudios y de las titulaciones; o sea, los graduados de mañana sabrán menos que los licenciados de hoy y tendrán un título
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Para salir de la gravísima crisis económica a la que se enfrenta el mundo hay que acabar con el despilfarro, tenemos que ser más ecológicos y utilizar los recursos de forma muy productiva
Cuál es el escenario en el que nos estamos viendo inmersos, cada día con más certidumbre, cada vez con mayor dramatismo? Los datos son inequívocos. Estancamiento, en el mejor de los casos, o decrecimiento del producto interior bruto (PIB); aumento del desempleo, galopante en varias economías, por ejemplo en la española; caída generalizada de la inversión; hundimiento del consumo; oferta de crédito muy inferior a las necesidades que de crédito existen. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué está sucediendo?
En la evolución temporal de los sistemas económicos se dan dos tipos de tensiones. Algunas se pueden solucionar con relativa facilidad, pues para hacerles frente es suficiente con variar uno, o a lo sumo dos, parámetros económicos; otras tensiones del sistema económico, en cambio, suelen tener una evolución demoledora.
Las primeras, las recesiones coyunturales, pueden ser puntualmente intensas, pero, cuando menos, tienen la virtud de ser relativamente breves; las segundas, por el contrario, son intensas, prolongadas, dramáticas. A lo largo de la historia, el número de esta segunda clase de tensiones es escaso, pero su duración puede dilatarse largamente en el tiempo. Son las crisis sistémicas.
Las crisis sistémicas se caracterizan porque al estallar afectan al propio funcionamiento del sistema y a fin de salir de ellas es preciso sustituir o modificar en profundidad algunos elementos constitutivos del mismo, de forma que se introduzca en él una nueva forma de operar. La crisis de 1929, que condujo a la Gran Depresión, fue de estas características. La crisis ante la que ahora nos hallamos también lo es.
El crash de 1929 se produjo porque el modo de funcionamiento del sistema se agotó: el incremento tan elevado de la productividad habido a partir de 1923 dio lugar a una oferta que no pudo ser absorbida por la demanda, porque ésta era limitada e insuficiente; los instrumentos que se aplicaron, tratando de revertir la situación, no funcionaron debido precisamente a que eran hijos de la situación que pretendían arreglar y, en consecuencia, estaban viciados por ella. La verdadera solución de esa crisis no llegó en realidad hasta 1950, cuando se dotó al sistema de una nueva forma de funcionar.
Actualmente está sucediendo algo muy semejante. El impulso creado por los cambios introducidos en el sistema a partir de 1950 quedó agotado en 1973, que es el momento en el cual se hizo patente que el precio de las commodities, en especial el precio del petróleo, no iba a continuar siendo tan bajo como hasta entonces. Como reacción, se introdujeron cambios que permitieron mejorar la productividad, pero el resultado de ese incremento fue la desvinculación del crecimiento económico de la creación de empleo, y esta circunstancia acabó incidiendo en el equilibrio entre la oferta y la demanda, en un entorno de creciente inestabilidad monetaria. La solución a este problema no resuelto llegó en 1991 y quedó reforzada en 2002.
Fue ingeniosa y simple: los problemas se resolvieron con un aumento exponencial del volumen de crédito concedido a familias y empresas; y el resultado fue brillante: la inversión aumentó, a la vez que lo hacía el consumo, mientras que el desempleo provocado por la oleada de deslocalizaciones fue en parte enjugado por un sector servicios en constante progresión.
Entre el año 2003 y mediados de 2007, con unos tipos de interés excepcionalmente reducidos, y con una, en la práctica, total liberalización en el tránsito de capitales, el PIB comenzó a crecer empujado por la inversión y por el consumo, a la vez que la deuda privada se disparaba en todas las economías, aunque en unas más que en otras. El desenlace es conocido.
Hoy hemos alcanzado un momento en el que este
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Menos adjetivos y más argumentos es lo que se espera de ministros y portavoces
Aparte de la salida de Solbes, que es el dato políticamente más relevante de la crisis, es llamativo que el presidente del partido y el vicesecretario general se hayan unido al secretario general en el Gobierno. En tiempos de Felipe González, cuando Narcís Serra sustituyó a Alfonso Guerra como vicepresidente del Ejecutivo, el sustituido tuvo interés en aclarar que no había paralelismo con la situación anterior porque el nuevo número dos del Gobierno no lo era a la vez del partido, como lo había sido él. Luego no podía realizar la misma tarea de coordinación entre ambas instancias. Ahora la situación es inversa: José Blanco sigue siendo el segundo del PSOE, pero no pasa a ocupar el mismo rango en el Gobierno.
Una incógnita es si Blanco seguirá compareciendo cada lunes en nombre de la dirección socialista, en teoría para fijar la agenda de la semana. En realidad, para arremeter de la manera menos matizada contra la oposición, venga o no a cuento. Si no sigue en esa función le sustituirá verosímilmente la Secretaria de Organización, Leire Pajín, número tres, que tiene la misma tendencia.
La remodelación ha vuelto a dejar sin resolver un viejo problema del zapaterismo. Lo que se denominó falta de política informativa del Gobierno, aunque en realidad era otra cosa. Se decía que el Gobierno hacía muchas cosas pero no sabía venderlas: un lugar común de casi todos los partidos, y que en el fondo es una manifestación de vanidad o inyección de autoestima: somos muy buenos pero tímidos para alardear de ello. Sin embargo, más que timidez, lo que se detectó (en medios poco o nada hostiles al PSOE) fue una cierta incapacidad de sus principales portavoces para argumentar políticamente con claridad. Esa incapacidad se manifiesta casi cada miércoles en que hay sesión de control al Ejecutivo, y también en las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros de los viernes.
La vicepresidenta De la Vega es el miembro del Gobierno con mejor imagen y se reconoce su eficacia como coordinadora entre departamentos y apagafuegos del Ejecutivo en relación a los más diversos conflictos. Pero no es una buena portavoz: no tiene facilidad para explicarse; para dar razones de por qué se hace o se deja de hacer algo, o para refutar las acusaciones de la oposición.
Según trascendió hace un año, Zapatero intentó resolver ese problema convirtiendo en portavoz a José Antonio Alonso, que como ministro del Interior y luego de Defensa se había revelado como un pico de oro muy convincente. Pero por razones que (tampoco) supo explicar nadie, el proyecto no fue adelante, lo que acabó llevando a Alonso al Congreso, como portavoz del grupo. Se aprovecharon sus cualidades argumentativas en otra institución, pero para ello tuvo que dejar el Gobierno; seguramente, contra las intenciones iniciales de Zapatero.
La política se hace con el lenguaje, y la política democrática mediante razones. Desde hace algunos años, sin embargo, parece haberse perdido el gusto por argumentar. Se afirma o niega algo, y como mucho se añade un adjetivo que califica o descalifica a alguien, pero apenas se ofrecen razones de ello. En su lugar hay una sobrecarga retórica hecha de principios genéricos y obviedades. En ocasiones, la argumentación se desplaza a la entonación. Se puede observar en las sesiones de control. Las frases más vacías son pronunciadas como si fueran parlamentos de Cicerón, acompañadas de gestos que pretenden subrayar la evidencia.
El asunto ha vuelto a suscitarse a propósito de la falta de aliados que padece el partido del Gobierno desde las elecciones del 1 de marzo. Se dice que hay que limitar las iniciativas a aquellas que puedan ser apoyadas por potenciales socios de ocasión, para evitar derrotas; pero lo que correspondería con la situación actual sería seleccionar iniciativas que por su conveniencia para el i
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Europa debe aportar más soldados, más dinero y tener más ganas de derrotar a los talibanes
Al mismo tiempo que Michelle Obama sacudía a Europa con su encanto, la chica de Suat sacudía al mundo con sus gritos de dolor. La primera dama de los Estados Unidos y su historia personal son muy conocidas. La historia de la chica paquistaní de Suat y su tragedia lo son mucho menos. Ambas nos ayudan a entender mejor algunos de los problemas del mundo y sus posibles soluciones.
La visita de Michelle Obama causó sensación: se abrazó con la reina Isabel II, enloqueció a los paparazzi, impresionó a los líderes del G-20, almorzó con Carla Bruni y, con la voz entrecortada por la emoción, exhortó a un grupo de niñas londinenses de pocos recursos a convencerse que pueden llegar tan lejos como quieran. Su mensaje fue claro: si yo pude, vosotras también podéis.
Un mensaje muy diferente dieron quienes castigaron a una chica paquistaní de 17 años con 34 latigazos por razones que aun no están claras -¿salir sola a la calle? ¿Haberse negado a casarse con un comandante talibán? ¿Adulterio?-. Pero si el crimen que cometió no está claro, la pena sí. No sólo a ella, sino a los millones de personas que en todo el mundo vieron por Internet el video de las imágenes mostrando la tortura. "¡Por Dios, paren..! ¡Basta! ¡Basta!", se oye gritar a la chica en pastún, el idioma de las tribus de la zona de Suat, mientras un hombre la inmoviliza por los pies, otro por las manos y un tercero le da los latigazos con toda su fuerza. También se oye a un cuarto hombre, ordenando: "¡Agárrenla más fuerte; que no se mueva!". Entre sus desgarradores gritos, la chica alcanza a decir: "¡Me arrepiento de lo que hice; mi padre se arrepiente de lo que hice; mi abuela se arrepiente de lo que hice..!".
Suat es un valle en el noreste de Pakistán que por su belleza y cercanía a la capital solía ser un popular destino turístico. Hoy es un infierno. A pesar de estar a sólo 140 kilómetros de Islamabad, los talibanes penetraron en la zona y extendieron su acostumbrada mezcla de terrorismo, fanatismo y primitivismo. Asesinar a quienes se les resisten, impedir que las niñas vayan al colegio y destruir 200 escuelas fueron las naturales secuelas de su llegada al valle. Al menos 1.200 personas han sido asesinadas desde su llegada y entre 250.000 y 500.000 refugiados han huido desde el inicio de la ofensiva talibán en 2007. Ante las ofensivas del Ejército paquistaní, los talibanes se replegaban y, al irse los soldados, los fanáticos regresaban. En febrero pasado, el Gobierno provincial llegó a un acuerdo con los talibanes: podían imponer su interpretación de la sharía, o ley islámica, en Suat y otras zonas adyacentes a cambio del cese de la violencia.
Los latigazos a la chica de Suat y otros inaceptables abusos son el resultado de este acuerdo entre un Gobierno débil y un grupo minoritario pero dispuesto a morir y matar con tal de imponer su religión a los demás.
Mientras esto sucede, el esposo de Michelle, intenta convencer a sus aliados europeos que no basta con que le sonrían, le feliciten y se encanten con su carisma y el de su mujer. Necesitan hacer más. Deben aportar más soldados, más dinero, más equipos y deben tener más ganas de derrotar a los talibanes. "Europa no debe simplemente esperar que Estados Unidos lleve esta carga solo. Ésta no es una misión americana. Es una misión de la OTAN; es una misión internacional", insistió Obama ante una entusiasta multitud en Estrasburgo.
En la víspera de la cumbre de la OTAN, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, lamentó que "los lideres de Europa no están haciendo lo suficiente para convencer a sus votantes de que hay que ganar la guerra en Afganistán". Según las encuestas, la mayoría de los británicos, franceses, italianos y alemanes opinan que sus países no deben mandar más tropas a Afganistán. Pero, como recordó Gates, "este problema constituye una amenaza t
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La autonomía de los ministros de Zapatero está hipotecada por la voluntad presidencial
Al vicepresidente Solbes se le negó ya en 2004 la posibilidad de elegir a su equipo ministerial
Una excelente serie televisiva americana titulada en España El Ala Oeste de la Casa Blanca versa sobre los dos mandatos de un presidente demócrata que rige los destinos de su país y del mundo entero desde el Despacho Oval con la ayuda del reducido equipo formado por los hombres y las mujeres de su gabinete. En las reuniones de Jed Bartlet -el papel lo representa Martin Sheen- con sus despiertos colaboradores para analizar conflictos inesperados en todo el planeta, la honradez intelectual de los jóvenes asesores, que no ahorran las críticas o las discrepancias, y el aire al tiempo desenfadado y solvente del presidente, que cita datos, traba argumentos y zanja discusiones con seguridad admirable, transmiten al espectador la sensación de que el oficio político es una actividad apasionante, divertida, responsable, generosa y creativa.
Esa fabulación televisiva acerca del funcionamiento del sistema político americano contemplado desde el punto de vista de la oficina presidencial incurre necesariamente en simplificaciones. Los secretarios de los diversos Departamentos -cuya designación por el Ejecutivo debe superar el exigente hearing del Senado- son figuras poderosas reclutadas por sus méritos y no por su lealtad personal o partidista; el presidente Obama ha situado al frente del Departamento de Estado a Hillary Clinton. Las mayorías en ambas Cámaras tampoco están supeditadas a la disciplina partidista.
En cualquier caso, las obvias dificultades para aplicar las enseñanzas del presidencialismo creado hace más de 200 años en Estados Unidos al parlamentarismo europeo no afectan a la eventual influencia ejercida por esa brillante e inteligente serie televisiva centrada en el modelo americano sobre la clase política de un sistema tan diferente como el español. La tendencia de la mediocre realidad a imitar la embellecida imagen pintada en el espejo es irresistible. Para llegar a esa conclusión, no hace falta toparse con el decorado del Ala Oeste de la Casa Blanca en los jardines del complejo de La Moncloa (tan famoso, dijo una vez Fraga, como el de Edipo descubierto por Freud). Hay sobrados indicios para sospechar que durante el último quinquenio han abundado las iniciativas de los asesores de imagen dirigidas a sesgar en sentido presidencialista el organigrama del poder propio del régimen parlamentario.
Por lo pronto, el ámbito de autonomía de los ministros de Zapatero y su visibilidad ante la opinión pública están hipotecados por su condición de terminales ejecutores de la voluntad presidencial. Mientras al vicepresidente Solbes se le negó ya en 2004 la posibilidad de elegir a su equipo ministerial para el área económica, la vicepresidenta Fernández de la Vega se limita a cumplir crispadamente las tareas disciplinarias de control que les suelen ser asignadas a las gobernantas de las residencias. Las intromisiones desde arriba para designar a cargos de segundo nivel en algunos ministerios -unos nombramientos justificados a veces por la paridad pero motivados en realidad por el deseo de parcelar lealtades- reducen todavía más la capacidad de vuelo de los titulares de los departamentos. Si el ministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla fue ostentosamente apartado en la anterior legislatura de la negociación de los Estatutos de Autonomía, el recién desaparecido ministro de Justicia, Mariano Bermejo, tampoco participó en las conversaciones para elegir al nuevo Consejo del Poder Judicial.
El penoso espectáculo deparado la semana pasada dentro del Gobierno a propósito de la retirada de Kosovo podría, tal vez, ser explicado -aunque nunca justificado- por el espíritu de Ala Oeste que revolotea como un fantasma por el palacio de la Moncloa y que desplaza las tomas de decisión del
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Ha llegado el momento de que la dirección de empresas adopte su propio "juramento hipocrático empresarial". Se trata de definir los derechos y las responsabilidades del directivo frente a la sociedad
Sería presuntuoso tratar de atribuir a las escuelas de negocio toda la culpa de la catástrofe económica mundial que estamos viviendo. Pero sería aún peor no hacer una reflexión crítica y reconocer cómo han podido contribuir al desastre perpetuando una visión equivocada y dañina de la empresa.
Según un barómetro anual de la firma de comunicación Edelman, la confianza en la empresa y los directivos ha caído a niveles inauditos en todo el mundo. El 62% de los encuestados se fía menos de la empresa hoy que hace un año, y en Europa y Estados Unidos menos del 40% se fía de las empresas. En España, tan sólo el 20% dice confiar en los directivos, y aún menos lo hace en Estados Unidos, la meca del libre mercado.
El propio presidente Obama no dudó en señalar durante su toma de posesión "la irresponsabilidad y la avaricia de algunos" como una de las causas de la crisis. Más recientemente se ha referido con disgusto a la "avaricia y arrogancia en Wall Street" y ha llegado a calificar de "vergonzoso" el que instituciones financieras que se mantienen a flote gracias a las ayudas del contribuyente sigan repartiendo miles de millones de dólares entre sus directivos.
Algunos de mis colegas se sienten ofendidos por lo que consideran una burda e injusta generalización. El que hayamos encontrado unas cuantas manzanas malas, dicen, no significa que toda la cesta esté podrida. Por cada ejemplo de directivo perverso, avaro o incompetente podemos encontrar muchos más casos de directivos responsables, dedicados al servicio a sus clientes, la protección de los intereses de sus accionistas, el pago de sus impuestos y el trato digno de sus empleados. Pero eso poco importa ahora. Lo que sabemos a ciencia cierta es que el número de directivos irresponsables fue suficiente para tumbar el sistema financiero global y generar un daño económico que va a resultar muy difícil de reparar. También sabemos que la mayoría de esos directivos salieron en su día de las mejores escuelas de negocios del mundo.
Con frecuencia oigo en círculos académicos que nuestra responsabilidad no es enseñar valores, sino enseñar herramientas de gestión. Según este argumento, los valores se adquieren en la infancia a través de la familia, los amigos o la iglesia, y la universidad no es ni el sitio ni el momento para tratar de alterarlos. Sin embargo, estudios llevados a cabo por el Instituto Aspen demuestran que el paso por una escuela de negocios tiene un impacto profundo en los valores y las actitudes de los graduados hacia la empresa. Lo que no está claro es si los valores que estamos transmitiendo son los correctos.
Durante años, nuestras aulas han estado dominadas por una visión economicista y simplista de la empresa que ha contribuido a afianzar un sistema de valores inadecuados e incluso perversos. Bajo epígrafes como la teoría de los costes de transacción, el análisis de las cinco fuerzas o la teoría de la agencia se describe la empresa como un artilugio financiero cuyo fin último es la generación de beneficio económico, y la estrategia empresarial como un juego de mesa donde uno se enfrenta no sólo a la competencia, sino también a clientes y proveedores. El directivo se describe como un agente económico oportunista y egoísta que debe ser controlado mediante incentivos ingeniosos (la zanahoria atada a un palo) que alineen sus intereses personales con los del accionista. Todas estas herramientas y teorías se fundamentan en una máxima indiscutida e indiscutible: el interés del accionista ha de primar por encima de todo, ya que, se supone, es quien asume la mayor parte del riesgo.
No nos debe extrañar ahora que algunos consejos de administración establecieran incentivos desproporcionados a sus directivos,
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El G-20 debe lanzar una iniciativa audaz, amplia y coordinada para impulsar la recuperación
Debemos acabar con la especulación temeraria y el descontrol
Vivimos un periodo de retos económicos mundiales a los que no es posible hacer frente con soluciones a medias ni con los esfuerzos aislados de un solo país. Los líderes del G-20 tienen la responsabilidad de emprender una acción audaz, amplia y coordinada que no sólo ponga en marcha la recuperación, sino que lance una nueva era de compromiso económico con el fin de impedir que vuelva a producirse una crisis como ésta.
Nadie puede negar que la necesidad de actuar es urgente. La crisis crediticia y de confianza ha atravesado fronteras y tiene consecuencias en todos los rincones del planeta. Por primera vez en una generación, la economía mundial está contrayéndose y el comercio está disminuyendo. Se han perdido billones de dólares, los bancos han dejado de prestar dinero y decenas de millones de personas van a perder su trabajo en todo el mundo. Está en peligro la prosperidad de todos los países, además de la estabilidad de los Gobiernos y la supervivencia de pueblos enteros en las partes más vulnerables de la tierra.
Hemos aprendido, de una vez por todas, que el éxito de la economía estadounidense está inextricablemente unido a la economía mundial. No hay una línea que separe las acciones para restablecer el crecimiento dentro de nuestras fronteras y las acciones para conseguirlo en el resto del mundo. Si los habitantes de otros países no pueden gastar, los mercados dejan de funcionar; ya hemos presenciado la mayor caída de las exportaciones estadounidenses en casi cuatro décadas, que ha sido la causa directa de la pérdida de empleo en el país. Y, si seguimos dejando que las instituciones financieras de todo el mundo actúen de forma temeraria e irresponsable, permaneceremos atrapados en un ciclo de burbujas y estallidos. Por eso, la próxima cumbre de Londres está directamente relacionada con nuestra propia recuperación.
Mi mensaje está claro: Estados Unidos está listo para tomar la iniciativa, y vamos a pedir a nuestros socios que se unan a nosotros, con un sentido de urgencia y de propósito común.
Se han tomado muchas medidas positivas, pero queda mucho por hacer. Esa iniciativa nuestra se basa en un principio muy sencillo: vamos a actuar sin miedo para sacar a la economía estadounidense de la crisis y reformar nuestra estructura reguladora, y esas acciones se verán reforzadas por las acciones complementarias en el extranjero. Con nuestro ejemplo, Estados Unidos puede fomentar una recuperación mundial y crear confianza en todo el mundo; y si la cumbre de Londres ayuda a impulsar las acciones colectivas, podremos construir una recuperación segura y evitar crisis futuras.
Nuestros esfuerzos deben empezar con una rápida actuación para estimular el crecimiento.Estados Unidos ha aprobado ya la Ley de Recuperación y Reinversión, el esfuerzo más radical para impulsar la creación de empleo y sentar las bases del crecimiento en una generación. Otros miembros del G-20 también han propuesto estímulos fiscales, y esos esfuerzos deben ser enérgicos y sostenidos hasta que se restablezca la demanda. En el camino, debemos asumir un compromiso colectivo de estimular el libre comercio y la inversión y resistir la tentación del proteccionismo, que intensificaría la crisis.
En segundo lugar, debemos restablecer el crédito del que dependen las empresas y los consumidores. En EE UU estamos trabajando con energía para estabilizar nuestro sistema financiero. Entre otras cosas, con una valoración justa de los balances de nuestros grandes bancos, que desembocará de forma directa en préstamos capaces de ayudar a los ciudadanos a comprar bienes, conservar sus hogares y hacer crecer sus empresas. Estas medidas deben seguir desarrollándose mediante las acciones de nuestros socios del G-20.
Todos juntos,
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España puede federalizarse más a nivel institucional. Pero aún es más importante que lo haga a nivel cultural. La esencia del federalismo es el pacto, la renuncia a los maximalismos centrípetos y centrífugos
Pero no somos ya un Estado federal? Sí y no. Poseemos muchas de las características propias de un Estado federal, pero todavía carecemos de algunos de los rasgos, sobre todo en el terreno de la cultura, privativos de esta forma política. ¿En qué consiste, entonces, la cultura política federal que todavía no poseemos?
Quizás el patrón institucional más claro del modelo federal lo estableció hace ya unos años un conocido politólogo belga cuando, citando una variedad de casos de federalismo, advirtió algunas constantes en todos los ejemplos. Para Laenerts hay federalismo, primero, siempre que nos encontremos ante un Estado compuesto, con niveles de gobierno o instituciones de poder de ámbito nacional y también territorial. En segundo lugar, la forma política federal lleva a cabo un reparto de atribuciones políticas sobre un determinado espectro competencial, del que ninguna instancia de gobierno puede disponer unilateralmente, por encontrarse establecido en el plano normativo constitucional. En tercer lugar, indefectiblemente, en el Estado federal debe de haber una instancia jurisdiccional que resuelva los conflictos entre los poderes generales o territoriales, con criterios exclusivamente técnicos, esto es, aplicando de manera independiente el parámetro competencial constitucional.
Si convenimos en este canon, nosotros somos ya un Estado federal, aunque no nos llamemos de este modo.
Es más, nosotros a simple vista parecemos adecuarnos al patrón cultural en el que suele incluirse el sistema federal: somos una nación con una dosis pluralista considerable, resistente a aceptar moldes homogeneizadores. Azorín nos recuerda el contraste que ya Gracián recogía entre Francia, donde la homogeneidad geográfica y social facilitaba la gobernación, y España, "donde las provincias son muchas; las naciones diferentes; las lenguas varias; las inclinaciones opuestas y los climas encontrados", y donde, por tanto, se necesitaba gran "capacidad" para unir. Ocurre asimismo, como viese mejor que nadie Gumersindo Trujillo, que la democracia española siempre ha sido federal, quiere decirse descentralizada o reconociendo el pluralismo territorial; y la justificación del federalismo, a su vez, se ha formulado en nuestra historia siempre también en clave democrática.
¿Cuáles son las posibilidades de federalizar nuestro sistema incrementando lo que podríamos llamar sus amarres de esta clase? La federalización de nuestro modelo, en primer lugar, debería partir de una labor de clarificación de esta forma con la referencia confederal. El sistema confederal no puede presentarse como una profundización del sistema federal, como el modelo federal es un perfeccionamiento del sistema autonómico. La confederación destruye y niega el modelo federal. La confederación no es más federalismo, sino al contrario, menos; en realidad, es otra cosa que el federalismo. La confederación no es un Estado compuesto, un modo de reforzar su unidad política, sino un compuesto de Estados, una unión política débil y por esencia inestable y pasajera de Estados. Una forma política en movimiento, por la que se pasa hacia la federación o la independencia, pero en la que nadie permanece, como lo mostró en el siglo XVIII la Confederación americana y en el siglo XX la Confederación soviética. Se trata de una estructura política de base cuestionable que las unidades políticas soberanas que son los miembros aceptan mientras quieren, y que resulta sumamente ineficaz, pensada para llevar a cabo funciones políticas limitadas, y cuyas decisiones son sometidas a la ratificación de los elementos que integran el conjunto político.
En España la profundización federal requiere sobre todo dos actuaciones: la primera a llevar a
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Hallar el equilibrio entre confrontación y consenso es lo que distingue a las democracias avanzadas
La mejor metáfora de la crisis económica mundial es la de un enfermo que yace en la unidad de cuidados intensivos y no reacciona a ninguno de los tratamientos aplicados. Creemos saber qué es lo que lo ha llevado hasta aquí, un virus de origen estadounidense, que acabó contaminando a todo el sistema financiero, ya de por sí maleado por una forma de vida descuidada y ajena a cualquier disciplina o ética. Nos consta, pues, que el síndrome es producto de un mal degenerativo, antes visto como saludable y que recibía el pomposo nombre de "magia del mercado". Conocíamos muchos de sus efectos positivos, y algunos de sus efectos adversos, pero no esta nueva sintomatología sin precedentes. Al sufrido paciente se lo somete así a todo tipo de cuidados paliativos, pero hasta ahora en vano. Sus constantes vitales se colapsan. Con el agravante de que cada doctor tiene su propia receta, que aplica antes por evitar que se muera que para promover su curación. Echamos en falta una mirada general que, a partir de lo ya ensayado, recomponga el rompecabezas, un Dr. House.
¿Cómo es posible, se preguntarán, que en esta sociedad del conocimiento, con tantos y tantos institutos, expertos y técnicos, en realidad no sepamos qué hacer? Una causa posible puede que resida en el mismo modelo del saber que ha promovido el sistema científico, con consecuencias no previstas para las ciencias sociales. En estas últimas se decidió que el progreso del conocimiento pasaba por una estricta especialización, la "ingeniería social parcializada" de Popper. El presupuesto era que había que concentrarse en los estudios especializados y que a partir de la suma de estos análisis podríamos acceder al conocimiento de lo general. Craso error. Saber mucho sobre cosas muy concretas es, sin duda, positivo, pero no nos garantiza el saber sobre el todo. Estamos rodeados de expertos, pero nos faltan generalistas. Nadie cultiva el "generalismo", más que nada por su poca rentabilidad académica y profesional y el gran esfuerzo que exige. E incluso nos cuesta fomentar la interdisciplinariedad. Los expertos sólo encuentran el confort reuniéndose en el acogedor calorcillo de los de su misma tribu, los de su misma especialidad. El resultado es que nunca tantos think tanks han pensado tan poco.
En el caso que nos ocupa, la crisis económica, la cosa se complica aún más por la necesaria imbricación de la lógica económica a la de la política. Desde la revolución conservadora de los setenta, la economía no ha dejado de reivindicar su autonomía respecto de la política como la misma condición de posibilidad de su eficacia. Pero una vez agotado el modelo, no sabemos ya cómo enmendarlo echando mano del viejo paradigma intervencionista. Entre otras razones, porque el mercado se ha expandido ya fuera de las fronteras, mientras que la política sigue siendo tozudamente local. También porque, aun sabiendo cómo atajar la crisis, la naturaleza de la decisión política obliga a pensar más allá de puros criterios de eficacia técnico-económica. Es responsable de la "gestión de los sacrificios sociales"; debe atender, sobre todo en tiempos de escasez, a toda la constelación de intereses, muchos de ellos contrapuestos, que hacen acto de presencia en cada sociedad. Y todo Estado, a su vez, no puede dejar de considerar sus intereses particulares, lo cual hace endiabladamente difícil -como vemos en la UE- llegar a los imprescindibles acuerdos supra y trasnacionales.
Al problema de la infra-comprensión de los problemas se une así la difícil gestión de la conflictividad asociada a todo lo político. Y de esta forma accedemos ya a la moraleja. Cuanto más cohesionada esté una sociedad y su clase política, más capacidad tendrán también sus dirigentes para exigir sacrificios y buscar soluciones. Sorprende, por tanto, la instrumentalización partidista que hace la o
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Sigue pendiente una labor pedagógica a escala nacional y un debate sobre qué defensa necesitamos
El pasado mes de enero se cumplieron 20 años desde que España comenzó a participar en operaciones internacionales de paz. Desde entonces, y en el marco de un significativo incremento de la respuesta internacional ante situaciones de conflicto, unos 105.000 soldados españoles han participado en más de 50 operaciones con un coste humano de 148 muertos y un presupuesto acumulado de unos 3.600 millones de euros (casi 650 en 2008). Ahora, por boca de la ministra de Defensa, el Gobierno ha decidido eliminar el techo que él mismo se había impuesto en 2005 de no superar los 3.000 efectivos en el exterior. Resulta a todas luces una medida adecuada por varios motivos.
En primer lugar, porque es precisamente esa implicación de los ejércitos españoles lo que más ha contribuido a modificar la negativa imagen que la propia sociedad española tenía de una institución lastrada por un pasado felizmente superado. Además, desde una perspectiva puramente profesional, el reto que ha planteando la colaboración con otras fuerzas armadas en condiciones de máxima exigencia ha mejorado muy notablemente la operatividad de quienes hasta entonces se habían sentido muy limitados en sus capacidades. No menos importante es que, gracias a esa mayor implicación en escenarios de alta inestabilidad, España ha aumentado en gran medida su peso internacional y en las organizaciones de las que forma parte.
Por otro lado, la eliminación del techo señala una madurez política que, por fin, logra desembarazarse del complejo de ser acusado de militarismo por ciertos sectores sociales o políticos. El efecto negativo de la bochornosa participación española en la invasión de Irak (hasta que en 2004 el entonces nuevo Gobierno ordenó la retirada inmediata) ha gravado poderosamente el debate sobre este tema. Para no superar los niveles de fuerzas desplegados por gobiernos anteriores se han tenido que hacer permanentes filigranas contables para intentar atender a las misiones en el terreno, hasta llegar a la retirada de fuerzas en algunos casos (como en el difícilmente explicable de Haití), para atender otras demandas más urgentes (como Líbano o Afganistán). Se ha considerado, erróneamente, que la opinión pública no iba a distinguir entre una misión con respaldo de la ley internacional, que podía suponer un despliegue más numeroso, y otra ilegal o ilegítima, fuera cual fuera el nivel de tropas implicados en cualquiera de ellas. Un efecto contraproducente adicional de esta actitud ha sido la de elevar el riesgo de quienes ya estaban sobre el terreno, dado que no siempre ha sido posible cumplir con las tareas de protección y asistencia a la población local o a los elementos civiles del esfuerzo español y, simultáneamente, con las de la propia seguridad del contingente militar.
En tercer lugar, esta decisión apunta al intento por adecuarse a una nueva etapa en la que es previsible que se le demande a España, que gusta de mostrar su preferencia por el multilateralismo efectivo, una mayor participación en contextos tan complejos como, por ejemplo, Afganistán. España puede, y debe, contribuir a la paz y a la seguridad con sus medios militares, y de ahí que sea una buena noticia que se muestre dispuesta a atender a dos operaciones principales (como lo son hoy Líbano y Afganistán) y cuatro menores, identificando a África y al Mediterráneo como áreas de atención preferente. Del anuncio por la ministra en sede parlamentaria se deducen tres condiciones para la aprobación de un despliegue en el exterior: a) el respaldo legal internacional (inicialmente identificado con la ONU, aunque sólo el tiempo dirá si, como de hecho ya se contempla en la vigente Ley Orgánica de la de Defensa, también puede bastar con el que proporcionen las decisiones adoptadas en la OTAN o en la UE en su caso); b) la voluntad del pueblo español (a través de sus representantes
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No queremos el Gobierno vasco para imponer nada a nadie, sino para que se deje de imponer
Una de las acusaciones recurrentes de los nacionalistas periféricos contra cualquiera que discuta sus planteamientos y apueste por la unidad española es la de que, en el fondo, uno no hace sino hablar desde otro nacionalismo. Una acusación ésta en la que también se complace un cierto pensamiento de izquierda, para el que sólo existen en la palestra celtibérica nacionalismos en pugna.
Con la acusación de frentista, por lo menos en Euskadi, está pasando algo parecido: si usted defiende que los partidos no nacionalistas pueden legítimamente llegar a apoyarse entre sí en el Parlamento para elegir lehendakari, está usted incurriendo en el mismo vicio que antes criticaba en los nacionalistas que han gobernado los últimos 10 años: es usted un frentista de tomo y lomo, aunque esta vez españolista.
Pasa con estas acusaciones como con aquellas más antiguas que le achacaban por sistema al oponente un pensamiento ideológico: son imposibles de superar. Desde que se popularizó la filosofía de la sospecha y se vulgarizó la fácil crítica marxista de que todo el mundo piensa desde su ideología y desde sus intereses, la tarea de intentar demostrar la objetividad racional del propio pensamiento es una pura pérdida de tiempo: no hay forma de escapar al "piensas así porque eres así".
Visto lo cual, he llegado a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer los no nacionalistas vascos es admitir de plano la acusación: sí señor, somos nacionalistas y frentistas españoles. Asumir eso, sí, pero no por ello admitir que seamos iguales que ellos, sino plantear la diferencia de otra manera. Porque hay maneras distintas de ser nacionalista. Y también de ser frentista.
Verán, nuestro nacionalismo español admite de plano la pluralidad nacional que existe en España y no tiene empacho en reconocer que conviven en ella variados sentimientos nacionales, y sobre todo, que debe institucionalizarse políticamente esa realidad mediante un Estado de inspiración federal. ¿Lo admiten ellos para nuestro pequeño país, o más bien afirman que, como decía el Plan Ibarretxe, el pueblo vasco es único y carece de minorías culturales en su seno?
Nuestro españolismo reconoce que la sociedad peninsular no posee homogeneidad cultural, pero considera ese dato como algo valioso que debe conservarse. No creemos que una identidad cultural concreta deba reforzarse ni implantarse en la conciencia de las personas. Al revés, creemos que la libertad de cada uno para crear su identidad con los materiales que escoja es garantía de desarrollo humano pleno.
¿No afirman ellos más bien que es labor esencial del poder público crear en los ciudadanos una concreta conciencia de identidad, como dicen al unísono el artículo 10 del actual Estatuto de Autonomía de Andalucía o el artículo 3-2º de Ley de la Escuela Pública Vasca? Nosotros pensamos que las lenguas son ante todo medios de comunicación, nada menos y nada más, no un objetivo de políticas homogeneizadoras.
Nuestro particular frente no persigue unir a quienes propugnan un modelo nacional concreto, ni a quienes se oponen a otro, sino a quienes defienden que un gobierno, a estas alturas del siglo, no puede legítimamente inspirarse en ninguno de ellos. En nuestro frente se piensa que la política se basa sobre las relaciones de la común ciudadanía, no sobre la unidad de identidad.
¿No dicen ellos, en cambio, que su unión se basa en la defensa del ser o la esencia de este pueblo, sea eso lo que sea? Pensamos que ya desde hace mucho tiempo, desde la modernidad europea, la cohesión de una sociedad no deriva de su homogeneidad sino precisamente del respeto cuidadoso a su genuina heterogeneidad. Que el verdadero objetivo de la política no es tanto el consenso como el preservar y dar cauces al disenso inevitable y fructífero. Queremos el Gobierno no para imponer nada a nadie en el terren
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Interesante artículo de Miguel Ángel Aguilar. Lástima que no aceptara la "impertinencia" de una compañera suya hace unos días en un encuentro del Presidente Zapatero con los periodistas europeos...
Francisco Ayala, que el próximo lunes, día 16, cumple 103 años, dice en una entrevista con Antonio Lucas, publicada en el diario El Mundo: "Ya no celebro los años, los lamento". Fue prodigioso que Ayala resistiera los fastos de su centenario y aún más que a día de hoy conserve dosis espléndidas de lucidez y mala leche. Conviene leer sus declaraciones por si nos viéramos en ese mismo trance de longevidad y también para paladear algunos de sus dardos, como el que le lleva a señalar que "los periodistas están perdiendo su virtud de impertinencia", y a subrayar a continuación que "además, la prensa de hoy no está bien escrita en general", como consecuencia, imagina, de "que el idioma tampoco esté muy bien hablado". Ayala nos sitúa así ante dos cuestiones de máxima relevancia: la pérdida de la virtud de la impertinencia y la degradación de la escritura, en un medio de influencia rectora.
Vale la pena intentar aquí una aproximación aunque sea en orden inverso. Porque cuidar el idioma es la primera cortesía debida a la audiencia. El periódico -como escribe Thomas W. Lippman en el prefacio del libro de estilo del diario The Washington Post- es un depósito de la lengua y los periodistas tenemos la responsabilidad de tratar el lenguaje con respeto. Por eso, al uso correcto del lenguaje dedica ese volumen más del 70% de su paginación. Hay una línea siempre posible que evita la vulgaridad sin incurrir en el elitismo críptico. Ciertas expresiones sólo deben aceptarse si proceden de autores reconocidos que convierten cuanto escriben en literatura de primera calidad. Los demás deben mantenerse en la contención lingüística y expresarse con claridad sintáctica.
Volvamos ahora al reproche de Ayala, según el cual los periodistas están perdiendo su virtud de la impertinencia, porque merece alguna consideración, más aún en los tiempos de crisis que corren. Se trata aquí de la impertinencia como virtud, a distinguir de la mera actitud de dar la tamborrada. La impertinencia es a estos efectos lo contrario de las actitudes borreguiles propias del ganado lanar. Se manifiesta sobre todo en la formulación de las preguntas porque con Heisenberg aprendimos que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestra forma de interrogarla. Apuntemos también que el atrevimiento proporcionado por la ignorancia para nada es garantía de acierto al plantear interrogantes a los protagonistas de la actualidad. En todo caso, más allá de la pérdida de la virtud de la impertinencia habría que determinar si hay otra pérdida más radical, la de la función que venían llevando a cabo los periodistas, arrumbados, como van quedando por el viento de la historia y de las nuevas tecnologías a la playa de la insignificancia.
Llegados aquí, se recomienda la lectura del libro ¡Ay, Europa!, de Jürgen Habermas (Editorial Trota. Madrid, 2009), donde analiza la razón de la esfera pública y el papel rector de los medios impresos de comunicación para la formación democrática de la opinión y de la voluntad. Señala Habermas que al menos en el ámbito de la comunicación política, esto es, en lo que atañe a los lectores en tanto que ciudadanos, la prensa de calidad desempeña el papel rector entre los medios de comunicación. A su parecer, en las informaciones y comentarios políticos, tanto la radio como la televisión como el resto de la prensa dependen en gran medida de los temas y contribuciones que les anticipa esa clase de publicaciones "razonadoras". De modo que "si la reorganización y el recorte de gastos en esta área nuclear pusiera en peligro los acostumbrados estándares periodísticos, se dañaría la médula misma de la esfera pública política".
A su entender, "la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva cuando falta
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El gasto público es necesario pero no suficiente para salir de la recesión. Se precisan reformas estructurales que eleven la productividad y recuperen la competitividad. El Gobierno debe impulsar un amplio consenso
Atención a las ideas de uno de los principales asesores del Presidente Zapatero en materia de economía...
La economía española, tras 14 años de crecimiento elevado e ininterrumpido, apoyado en dos choques externos positivos, primero la contundente caída de los tipos de interés reales al entrar en la Unión Monetaria y posteriormente la llegada de más de cuatro millones de inmigrantes en siete años, tenía que entrar en recesión. Los bajos tipos de interés incentivaron a familias y a empresas a endeudarse en exceso y provocaron una gran burbuja de la vivienda, reforzada por la mayor demanda de la población inmigrante y de extranjeros comunitarios.
La coincidencia de la crisis financiera internacional y la explosión de la burbuja inmobiliaria hacen esta recesión más grave y duradera que las anteriores. La primera ha hecho que la financiación del abultado endeudamiento privado con ahorro externo se haya encarecido, cuando no secado. La segunda ha hecho que los precios de la vivienda estén cayendo progresivamente y que la construcción residencial se haya colapsado.
Finalmente, dado el bajo crecimiento de la productividad entre 1995 y 2006, la economía española ha sufrido una pérdida de competitividad, medida por los costes laborales unitarios, de un 30% frente a la Zona Euro (ZE), área que absorbe más del 60% de nuestras exportaciones, produciéndose una notable apreciación del tipo de cambio real español frente a dicha zona. Tradicionalmente, ante una apreciación real se devaluaba el tipo de cambio nominal de la peseta (cuatro veces entre 1992 y 1994). Dado que esto es hoy imposible, la única forma de conseguir una devaluación real es mediante un crecimiento menor de nuestros costes de producción y márgenes de beneficios y un crecimiento mayor de nuestra productividad que los de la ZE.
Frente a estos tres retos (financiero, inmobiliario y de productividad), una fuerte expansión fiscal pública para compensar la caída de la demanda privada, como la que el Gobierno español está ya acometiendo de forma contundente (2% del PIB), no es suficiente para salir de la recesión. Son también necesarias políticas de oferta para elevar la productividad y recuperar la competitividad perdida. Dado que el Gobierno ha dado a entender que sólo acometerá reformas estructurales si hay consenso con los agentes sociales, parece imprescindible un pacto nacional entre el Gobierno, los Ejecutivos autonómicos y los agentes sociales que consensúe una serie de medidas que den confianza a los ciudadanos y permitan una recuperación más robusta.
Unas de corto plazo, comprometiéndose a que la expansión fiscal sea lo más eficiente posible en términos de empleo y productividad y a conseguir una mayor estabilidad de precios y costes para ganar competitividad. El Gobierno debe explicar cómo va a financiar más adelante la expansión fiscal actual comprometiéndose a financiarla con un menor gasto público futuro, cuando el gasto del sector privado y los ingresos públicos se recuperen, en lugar de con mayores impuestos. El FMI ha demostrado que la inversión pública directa suele ser más eficiente que la reducción de impuestos para aminorar la recesión o evitar la depresión ya que su efecto multiplicador euro por euro es superior.
Ahora bien, una cosa es que no convenga bajar los impuestos y otra diferente es que haya que comprometerse a devolver rápidamente al sector privado todo lo que las administraciones públicas le deben y a que tanto el sector público como el privado establezcan límites razonables a sus plazos de pago. Asimismo, hay que comprometerse a que la expansión fiscal no sólo consiga un impacto real rápido, sino que sea rentable en términos de aumento del empleo a corto pl
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Sin el terrorismo y su mundillo, los nacionalistas vascos quedan en minoría
Hay la oportunidad de acabar con la manipulación y el clientelismo
Un artículo de Fernando Savater...
En cierta ocasión lord Chesterfield asistió a una celebrada representación de Otelo y cuando le preguntaron si había obtenido alguna lección de la tragedia, repuso: "En efecto, que las señoras deben tener cuidado con dónde guardan sus pañuelos". Bastantes de las lecturas y conclusiones proclamadas a partir de las recientes elecciones en Euskadi me recuerdan por su enjundia e irrefutable tino a la humorada de milord. ¡Qué facilidad para pintar usando rosas o negros, no según la realidad sino a partir de los apremios del corazoncito político de cada cual! Eso sí que es impresionismo y no lo de Renoir... Visto lo cual, poco daño podrá hacer que yo colabore en este concurso urgente de frescos.
A mi juicio, lo primero que resulta evidente otra vez es la razón de fondo para que siga habiendo violencia terrorista: muy sencillo, porque sin el terrorismo y el mundillo que apoya, jalea o excusa el terrorismo... los planteamientos nacionalistas se quedan en minoría. En cuanto ETA y adláteres son puestos al margen (en la medida muy relativa en que tal cosa puede hacerse) del juego político, las veleidades más declaradamente separatistas se muestran minoritarias y los partidos que pretenden ganar votos tienen que disimularlas todo lo posible para obtener buenos resultados. Y eso sigue igual después de 30 años de gobierno nacionalista, de educación nacionalista, de radio y televisión públicas nacionalistas, etcétera.
En la resaca electoral, los nacionalistas y sus madrazos han denunciado que el mapa político obtenido está falseado por la ilegalización de quienes apoyan la ilegalidad, debida a un astuto cálculo del Gobierno socialista. Silencian el otro cálculo electoral que se ha frustrado, el de los que cuentan siempre con quienes no quieren renunciar ni a las armas ni a los votos, ni al refrendo en las urnas ni a la coacción antes de llegar a ellas, el del útil extremismo de quienes favorecen que las opciones similares pero no sanguinarias se convierta en resignado refugio de pecadores asustados, el de quienes se las han arreglado para silenciar o forzar al exilio a los vascos que no querían serlo more nacionalista. El momento más pintoresco del rígido y soporífero debate que mantuvieron en Euskaltelebista todos los candidatos a lehendakari fue cuando Patxi López le pidió a Ibarretxe que especificara una sola idea política que estuviera ilegalizada en Euskadi. Ibarretxe no supo más que mencionar las transferencias supuesta o realmente pendientes del vigente Estatuto, que no parecen precisamente el meollo de la ideología reivindicativa de Batasuna. Una salida de pata de banco, claro, pero ¿qué quieren ustedes que dijera el hombre? No iba a declarar que lo único ilegalizado era la ventaja que ellos obtenían de una violencia tan repudiable como... rentable.
Bien, dejando fuera a quienes aún no se deciden entre la lucha armada y el Parlamento, la mayoría de los ciudadanos de Euskadi es electoralmente constitucionalista. Ahora parece posible conseguir que eso se refleje en la lehendakaritza y el gobierno, tras tres décadas de hegemonía nacionalista... que algunos han llegado a considerar derecho natural y voluntad divina. Y para conseguirlo no queda otro camino que juntar en la sesión de investidura los votos de socialistas, populares y quizá UPyD. No se trata de ningún "frentismo" sino de pura matemática parlamentaria... exactamente igual que lo fue un intento semejante en las elecciones de 2001. Produce cierto melancólico regocijo las contorsiones intelectuales que vemos hacer a tantos chocantes desmemoriados para demostrar que, contra toda evidencia, lo de ahora no tiene nada que ver con aquello. Incluso se nos pretende convencer de que aquel intento de unir a socialistas y populares
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Hay montones de jóvenes que pasan de religión. Hoy en día, al menos en España, parece que para muchos es incompatible ser creyente y sobre todo practicante con ser normal.
“¿Que aún vas a misa? ufff, qué colgado”. “¿Que estás en algún tipo de grupo para formarte en cosas de fe? ufff, esto es grave, estás en la secta, te han lavado el cerebro”. “¿Que crees en Dios? qué antiguo (o qué bobo)” “¿Que cómo puedes pertenecer a esa Iglesia?” (normalmente en el esa Iglesia va una simplificación y una caricatura que poco tiene que ver con la complejidad, riqueza y hondura de la iglesia real y sus gentes).
Es curioso, porque en estas latitudes, y en muchos asuntos, hay una tolerancia políticamente correcta –y digo yo que está francamente bien respetar la diversidad de actitudes, orientaciones, sensibilidades, opiniones, etc.- pero luego parece igualmente correcto ser tremendamente intolerante con las creencias del personal. A mí me deja a veces alucinado cómo la gente se mete con otros –incluso amigos, cercanos, etc- por sus creencias. Me duele que a menudo se parte de estereotipos gastados –que, en general, lo que muestran es bastante desconocimiento de lo que de verdad está en juego cuando hablamos de fe. A menudo te encuentras jóvenes que parecen prematuramente desengañados de todo, escépticos sin motivo, rendidos sin guerra.
El caso es que esto a veces me cuestiona, otras me entristece y otras me provoca.
Me cuestiona, porque hay que reconocer, con un poco de autocrítica, los muchos errores que ha habido -y hay- a la hora de transmitir la fe.
Me entristece, porque me doy cuenta de que bastantes veces las personas que pasan de religión tienen una visión poco reflexionada, y está fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, antes que en preguntas, búsquedas y opciones serias.
Me provoca, porque es un reto ayudar a las personas a abrirse, ¿Cómo ayudar a la gente a darse cuenta de que la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: el amor, la alegría, la soledad, el propio lugar en el mundo, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre las personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…?
¿Cómo ayudar a la gente a adentrarse por el camino de la duda, la búsqueda y la fe, cuando a menudo la actitud es la de quien está de vuelta sin haber ido?
José María R. Olaizola, sj en Pastoralsj.org

No se puede construir una verdadera unión política sin una visión compartida de nuestro pasado
Voltaire vivió exiliado en Inglaterra y allí publicó -en inglés- sus Cartas filosóficas. Samuel Johnson visitó París en 1775 y, como no se sentía muy seguro de su francés, hablaba en latín con sus amigos, que no tenían dificultad en entenderle porque habían recibido una educación muy parecida a la suya. Nietzsche amaba Italia, país al que viajaba con frecuencia, se sentía heredero de los moralistas franceses (de Pascal, Vauvenargues, La Rochefoucauld, etcétera) y tenía a Sterne por el escritor más libre de todos los tiempos.
Habían de transcurrir todavía muchos años para que, sobre las cenizas humeantes de la Segunda Guerra Mundial, alguien pensara en crear una Comunidad del Carbón y del Acero, pero la Europa de los escritores, los artistas y los filósofos -cuyo ocaso quedó magistralmente descrito en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer- era una realidad tan asentada como las firmes raíces históricas comunes de las naciones del continente. Las ideas y las corrientes artísticas circulaban con la misma libertad que las personas, que antes de la Primera Guerra Mundial no necesitaban poseer un pasaporte para ir de un país a otro. Una vasta red de resonancias y de influencias mutuas unía a todos los que cultivaban el espíritu.
¿Somos los europeos de hoy conscientes de ello? ¿No es el insuficiente conocimiento de nuestro pasado común una de las razones de la debilidad de la identidad europea, y esta debilidad, a su vez, uno de los obstáculos que nos impiden avanzar y actuar juntos cuando más lo necesitamos?
Hace unos meses, el no irlandés al Tratado de Lisboa volvió a poner de manifiesto el desapego de muchos ciudadanos por la Unión Europea y la ausencia de una visión política compartida del camino que queremos recorrer juntos. La Europa con la que los europeos estamos dispuestos a identificarnos no es siempre la misma para todos. Unos queremos una Europa federal y otros desean un área de libre cambio. Unos hablan de raíces cristianas y otros de los valores laicos. Unos quieren que la Unión sea un baluarte contra la globalización y otros que sea capaz de impulsarla y beneficiarse de ella. No estamos de acuerdo sobre las fronteras futuras de la Unión. En general, todos deseamos disfrutar de los beneficios de pertenecer a una Unión con voz y peso en el mundo, pero pocos estamos dispuestos para ello a pagar el precio de atemperar las identidades nacionales. Uno de los rasgos que parecen unirnos sin lugar a dudas es el rechazo de la pena de muerte, pero habría que ver lo que ocurría si este rechazo tuviera que ser ratificado por referéndum en todos los Estados miembros.
Hay un déficit de identidad europea, y mientras no se cubra será difícil evitar los tropiezos. Todos deseamos un proyecto europeo nítido reflejado en unos textos legibles, pero en su estado actual este proyecto es como una manta que, para cubrir los pies de uno, deja al descubierto los hombros de otro. En vez de forcejear para abrigarnos en detrimento de los demás, debemos agrandar la manta entre todos, y para ello lo mejor es tratar de reforzar la identidad común en terrenos que no resulten controvertidos y que faciliten la adhesión de los ciudadanos a los ideales europeos en todos los países miembros. El Programa Erasmus, que todos los años abre los ojos de miles de estudiantes a la realidad del continente, es un buen ejemplo de lo mucho que se puede hacer con ideas acertadas.
El legado histórico y cultural europeo ofrece muchas posibilidades. La Unión se ha construido partiendo de los cimientos económicos y hasta ahora pocos han sentido la necesidad de fortalecer los vínculos culturales, obvios para unos e innecesariamente problemáticos para otros. Pero la Europa de Schengen y del euro, la Europa que aspira a dotarse de una defensa común y a proyectar sus valores en el mundo, necesitará cada vez más s
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Hace dos años, Barack Obama era un senador en su primer mandato que había manifestado interés en postularse para la presidencia. Mucha gente se mostraba escéptica ante la posibilidad de que un afroamericano con un nombre extraño y escasa experiencia pudiera ganar. Pero a medida que desarrolló su campaña, demostró que tenía los poderes necesarios -blando y duro- para gobernar.
El poder blando es la capacidad de atraer a los demás y sus cualidades esenciales son la visión, la inteligencia emocional y la capacidad de comunicar. Pero un líder necesita también cualidades del poder duro, como una capacidad organizativa y hasta maquiavélica. Igualmente importante es la inteligencia contextual que le permite variar la mezcla de estas habilidades en diferentes situaciones para producir las combinaciones exitosas que yo llamo "poder inteligente".
Durante su campaña, Obama demostró estas habilidades en su tranquila respuesta a las crisis, su visión de futuro y su soberbia capacidad organizativa. En cuanto a su inteligencia contextual, se había forjado desde abajo, con sus experiencias personales en Indonesia y Kenia y su comprensión de la política norteamericana a partir de su trabajo como organizador comunitario en Chicago.
Obama siguió demostrando estas habilidades en su casi perfecta transición. Al elegir a su principal rival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, y superar el partidismo para retener a Robert Gates como secretario de Defensa, demostró su disposición a contar con subordinados fuertes. En su discurso de toma de posesión, apeló al poder inteligente -"tender una mano abierta a quienes aflojen sus puños"-, pero también mostró responsabilidad en un momento en que los norteamericanos afrontan serios problemas económicos.
Es más, Obama ha iniciado su mandato de manera activa. En sus primeras semanas, ha comenzado sus promesas diseñando un plan de estímulo económico masivo, ordenando el cierre de Guantánamo, concediéndole una entrevista a la cadena Al Arabiya y enviando un importante emisario a Oriente Próximo.
George W. Bush dijo que su papel como líder era ser el que decide. Pero incluso aunque Bush hubiera sido mejor a la hora de decidir, la gente quiere algo más de un líder. Queremos a alguien que nos diga quiénes somos. Juzgamos a los líderes no sólo por la efectividad de sus acciones, sino también por sus significados.
La mayoría de los líderes se alimentan de la identidad y la solidaridad de sus grupos. Pero algunos ven obligaciones morales más allá de su grupo inmediato. Cuando Obama se enfrentó a una crisis por las incendiarias observaciones raciales de su ex pastor, no se evadió del problema, sino que usó el episodio para pronunciar un discurso que sirvió para ampliar la capacidad de entendimiento entre los norteamericanos blancos y negros.
El 11-S fue una oportunidad para que Bush expresara una nueva visión de la política exterior. Pero no logró producir una visión sostenible sobre el liderazgo de EE UU en el mundo. Una visión exitosa es aquella que combina inspiración con viabilidad. Bush nunca entendió esa combinación.
Obama necesitará utilizar tanto su inteligencia emocional como contextual si ha de restablecer el liderazgo norteamericano. Hace una década, lo convencional era pensar en un mundo con una hegemonía norteamericana unipolar. Los neocons llegaron a la conclusión de que EE UU era tan poderoso que podía hacer lo que quería, y que los demás no tenían otra alternativa que seguirle.
Este nuevo unilateralismo se basaba en un entendimiento profundamente erróneo de la naturaleza del poder -la capacidad de movilizar a los otros para obtener los resultados que uno quiere- en la política mundial. EE UU puede ser la única superpotencia, pero preponderancia no es imperio; puede influir, pero no controlar a otras partes del mundo. Que ciertos recursos produzcan poder siempre depende del contexto.
Para entender el poder y sus co
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Nunca como en los últimos años se han dado condiciones tan favorables para el avance hacia la construcción en España de un Estado federal. Por una parte, los nacionalismos que habían empujado desde 1998 hacia una especie de confederación de naciones salieron algo más que trasquilados en el intento. Y, por otra, y como resultado de la fatiga producida por estas huidas hacia delante, un sentimiento como de cansancio después de tantos años con la política girando en torno a cuestiones identitarias se tradujo en las urnas en un estancamiento, y hasta algún retroceso, de los partidos nacionalistas y en el incremento correlativo de los partidos de ámbito estatal.
A esta nueva relación de fuerza se sumaba la convicción mayoritaria de que la Constitución de 1978 no sólo era reformable, sino que estaba necesitada de reforma. No se trataba de una ventolera que de pronto hubiera soplado sobre la opinión; se trataba, por el contrario, de la confluencia de un sentimiento generalizado con los informes de expertos constitucionalistas, que apuntaban en la misma dirección. Dar por agotado el principio dispositivo que guió el proceso en sus primeros pasos, nombrar por su nombre a todas las comunidades autónomas, especificar las competencias estatales, convertir el Senado en una cámara de auténtica representación territorial, aparte de reforzar o crear organismos de cooperación intercomunitarios y de las comunidades con el Estado, eran objetivos posibles y necesarios, o al menos eso llegamos a creer.
Lo creímos porque todo eso estaba al alcance de la mano y hubiera gozado de un amplio apoyo entre la ciudadanía. Más aún, esos objetivos formaban parte de los programas de los partidos y fueron evocados por el candidato a la presidencia del Gobierno en el debate de investidura del 15 de abril de 2004: "Quiero instituir -dijo entonces el señor Rodríguez Zapatero- una Conferencia de Presidentes que será el complemento idóneo de un Senado reformado". Con la actividad de ambos foros -Conferencia y Senado-, añadió, "será fácil abordar la reforma de los instrumentos de cooperación interterritorial e instrumentar la participación de las comunidades en la conformación y en la expresión de la voluntad del Estado en la Unión Europea".
Conferencia de Presidentes como complemento de un Senado reformado con el propósito de reforzar los instrumentos de cooperación entre las comunidades autónomas: ése era un proyecto de Estado de los que hacen historia. Pero ese proyecto, que hubiera implicado una reforma constitucional, fue sustituido a las primeras de cambio por la apertura de un proceso de reforma de estatutos bajo la consigna de barra libre. Como siempre, la Generalitat fue la primera en echarse al agua, convencida de que en esta ocasión la piscina estaba llena. Luego vino la Junta de Andalucía, y después, Valencia, Baleares..., reproduciendo la misma espiral que por vez primera se puso en movimiento 30 años antes.
Ese modelo de afrontar por emulación las cuestiones que la Constitución dejó abiertas es el que por desgracia se ha impuesto como pauta de relación entre el Gobierno del Estado y los Gobiernos de las CC AA. Ni la Conferencia -por cierto, ¿qué fue de ella?-, ni el Senado, ni los instrumentos de cooperación interterritorial han desempeñado papel alguno en la elaboración de la nueva fórmula de financiación llamada a sustituir el Acuerdo 2/2001, del 27 de julio, del Consejo de Política Fiscal y Financiera. Sin avanzar nada hacia el modelo de federalismo cooperativo, parece como si hubiéramos entrado en una fase de aguda desinstitucionalización que, eso sí, sigue una pauta familiar: el presidente de la Generalitat plantea unas exigencias; el presidente del Gobierno negocia y concede para no perder los apoyos necesarios; luego llega el presidente de la Junta de Andalucía y exige lo mismo; tras él, todos los demás.
¿Podemos seguir así? Hombre, por poder, podemos. Llevamos 30 años pudiendo. Pero ha
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Los pesimistas son serios, realistas y menos dados a desilusionarse por la vida. Los optimistas, en cambio, son ingenuos y por ello más propensos a ser sorprendidos por las malas noticias. Los pesimistas son pensadores profundos y bien informados mientras que los optimistas son superficiales y no entienden bien lo que está pasando. Basándome en estas estereotipadas percepciones -y en la incesante avalancha de malas noticias que a diario nos abruman- lo más fácil y seguro sería escribir un artículo explicando por qué el mundo está muy mal y por qué lo que viene será aún peor. También me lo facilitaría el hecho de que he asistido al Foro Económico Mundial en Davos. La imagen que se tiene de la reunión de Davos es que es solo para ricos y poderosos o los periodistas que los entrevistan. Pero no es así. También asisten líderes religiosos y sindicales, muchos de los científicos más importantes de estos tiempos, innovadores sociales, artistas plásticos, escritores, músicos y hasta exploradores de recónditos parajes del planeta.
Llevo muchos años asistiendo a estas reuniones y nunca antes había visto un ambiente tan pesimista. Una lúgubre anticipación de lo que viene dominó las conversaciones. Así, por llevar la contraria, y porque la lista de problemas ya la conocemos, he decidido escribir sobre algunas razones para el optimismo.
1. Los infartos ayudan a cambiar hábitos. Nada mejor para dejar de fumar que un buen infarto -especialmente si se sobrevive-. La economía mundial ha sufrido un doloroso infarto. Sufrirá mucho, pero al salir de la crisis se verá obligada a adoptar hábitos más sanos y sostenibles. Se rebalanceará el equilibrio entre el Estado y el mercado; se controlarán algunos excesos y se corregirán las distorsiones macroeconómicas. La dieta será muy dura y el paciente seguirá débil por un tiempo. También caerá en la tentación de volver a fumar y comer mal. Pero tener el infarto en mente moderará el riesgo de que retome las malas costumbres que casi lo matan.
2. Renovación política. Si 2008 fue el año del crash económico, 2009 será el del crash político. Algunos gobiernos caerán, otros se debilitarán y casi todos tendrán que cambiar su manera de hacer las cosas para responder al inmenso descontento social provocado por la crisis económica. Algunos responderán refugiándose en el autoritarismo y el populismo. Pero en otros países se abrirán posibilidades de cambios políticos positivos que no hubiesen sido posibles sin la crisis.
3. Nuevos líderes. Y no estoy pensando solo en Barack Obama, aunque él es evidentemente el primer ejemplo que viene a la mente. Y su caso y su historia motivarán a otros, en todas partes. En general, la crisis le va a hacer la vida más difícil a quienes han estado a cargo de países, partidos políticos, empresas privadas, universidades, medios de comunicación u otras instituciones, y va a abrir puertas y a facilitar el ascenso de sucesores con ideas nuevas.
4. Más innovación que nunca. "Nunca antes en la historia ha habido tantos innovadores como ahora. La cantidad de gente que está creando nuevas maneras de resolver nuestros problemas no tiene precedentes", me comentó Edmund Phelps, premio Nobel de economía, cuando le forcé a que me diera una razón para ser optimista. Según Paul Laudicina, presidente de una de las empresas de consultoría más grandes del mundo, "estamos al comienzo de una oleada de profundos cambios tecnológicos que crearán una nueva revolución en la productividad y mejorarán la calidad de vida de todos. Contaremos con posibilidades ahora inimaginables".
5. Más generosidad que nunca. El mundo vive una explosión de solidaridad con los más necesitados. En todos los países proliferan organizaciones cuya misión es ayudar a otros. Gracias a Internet, la filantropía se ha democratizado y globalizado. Esta tendencia es reforzada por una creciente intolerancia, esp
... (... continúa leyendo)En el debate actual sobre la Universidad se habla poco de lo que quizá es lo más importante: qué estamos haciendo. El diálogo abierto con el profesor, la discusión de casos, el trabajo en equipo, la investigación sencilla, la reflexión y defensa pública de un tema son desgraciadamente más la excepción que la regla en las aulas universitarias. Y cuando lo hacemos nos maravillamos, docentes y estudiantes, de lo divertido e interesante que puede ser dar y recibir clase.
El Espacio Europeo de Educación Superior es la oportunidad para que, sin dejar de tener los conocimientos imprescindibles de cada disciplina, no dediquemos todo el esfuerzo a memorizar y nos centremos en lo que un universitario necesita saber y saber hacer. Cosas así:
Primero, debe saber leer. Suena insultante, pero es cierto; debe saber leer y extraer las ideas principales de un texto, someter a juicio crítico lo que ese autor afirma, ser capaz de contrastar con otras fuentes y llegar a conclusiones propias, personales.
Segundo, debe saber escribir; y no hablo de no cometer faltas de ortografía, ni de saber poner letras juntas; eso hay que darlo por hecho, sino de comunicar con claridad, con eficacia, con una extensión equilibrada, con rigor en el uso de información externa, con la mente puesta en el lector.
Tercero, debe saber hablar, hablar a una persona y hablar a 100. Ser capaz de presentar las ideas propias e indagar las ajenas. Conducir y ganar un debate. Respetar los tiempos y usar apoyos efectivos. No es baladí: saber hablar bien se considera el primer factor de éxito en la carrera profesional.
Cuarto, debe tener disciplina. Realizar esfuerzos continuados en el tiempo, hacer un plan y cumplirlo; comprometerse y respetar los compromisos. Ser leal con sus compañeros y consigo mismo. Y eso se aprende en un aula, pero también en un equipo de rugby o en el coro de la Universidad.
Quinto, debe tener una visión internacional. Debe expresarse en inglés con soltura y tener ciertas habilidades en, al menos, otro idioma. Debe conocer otros países como universitario, esto implica tener unos conocimientos básicos de la política, la historia, las aspiraciones, fortalezas y dificultades de ese país.
Sexto, debe ser creativo. En su trabajo y en su vida. Debe explorar el arte en cualquiera de sus manifestaciones. No sólo como espectador, también como autor, no quedarse siempre al margen, pasivo o mero crítico de lo que otros acometen, debe implicarse.
Séptimo, debe conocer las herramientas propias de su disciplina, sea el método científico o las grandes tradiciones culturales de las Humanidades.
Octavo, debe estar alfabetizado en las nuevas tecnologías. Chatear, pero también configurar una cuenta de correo, usar una hoja de cálculo, construir una base de datos y editar un texto, una imagen y un vídeo.
Noveno, debe tener una cultura general. No puede ser que el estudiante de Historia, ante una regla de tres, o calcular un tanto por ciento, diga "yo es que soy de Letras"; ni que el de Ciencias no sepa quien era Augusto.
Décimo: romper con los decálogos, con las tradiciones estúpidas, con los criterios de rebaño, con el qué dirán y el me da lo mismo.
Undécimo y último: tiene que tener una visión ética. En todas las épocas ha habido problemas y dilemas, perspectivas y limitaciones que han dado la medida del ser humano de cada tiempo y cada lugar. Y eso no es distinto en este siglo XXI, donde ya no hay problemas locales ni soluciones únicas. Y eso es Espacio Europeo y eso es Universidad.
José Ramón Alonso es rector de la Universidad de Salamanca.

Anda ahora casi todo el mundo, con motivo de la crisis financiera, celebrando que tenía razón, pero muy pocos advierten que lo que se ha acabado es precisamente eso: el arte de tener siempre razón. Si estuviéramos ante el final del neoliberalismo y el retorno de las certezas socialdemócratas, tal vez nos sintiéramos más aliviados pero no habríamos entendido que lo que se acaba es otra cosa: una determinada concepción de nuestro saber acerca de la realidad social y de nuestra capacidad de decidir sobre ella. La vieja alianza del saber y el poder debe replantearse de nuevo en la era de la incertidumbre reconocida y gestionada. Seguiremos sabiendo muchas cosas y nos gobernaremos mejor, pero ambas cosas sólo serán posibles si hacemos una buena política, democráticamente legitimada, a partir de nuestro desconocimiento.
Mientras estuvo vigente el modelo de la certeza, el mundo estaba configurado por decisiones soberanas que se adoptaban sobre la base de un saber asegurado. Ahora nos toca acostumbrarnos a la inestabilidad y la incertidumbre, tanto en lo que hace referencia a las predicciones de los economistas, el comportamiento del mercado o el ejercicio de los liderazgos políticos. Nuestro principal desafío es la gobernanza del riesgo, que no es la renuncia a regularlo ni la ilusión de que pudiéramos eliminarlo completamente.
La sociedad del conocimiento ha efectuado una radical transformación de la idea de saber, hasta el punto de que cabría denominarla con propiedad la sociedad del desconocimiento, es decir, una sociedad que es cada vez más consciente de su no-saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones: inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre. Hay incertidumbre en cuanto a los riesgos y las consecuencias de nuestras decisiones, pero también una incertidumbre normativa y de legitimidad. Aparecen nuevas y diversas formas de ignorancia que no tienen que ver con lo todavía no conocido sino también con lo que no puede conocerse. No es verdad que para cada problema que surja estemos en condiciones de generar el saber correspondiente. Muchas veces el saber de qué se dispone tiene una mínima parte apoyada en hechos seguros y otra en hipótesis, presentimientos o indicios.
Este retorno de la inseguridad no significa que las sociedades contemporáneas dependan menos de la ciencia, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que han cambiado los problemas y, por tanto, el tipo de saber que se requiere. En muchos ámbitos -como, por ejemplo, la regula
-ción de los mercados o el cambio climático- ha de recurrirse a teorías que manejan modelos de verosimilitud pero ninguna previsión exacta en el largo plazo. En las más graves cuestiones nos enfrentamos a riesgos en relación con los cuales la ciencia no proporciona ninguna fórmula de solución segura. La ciencia no está en condiciones de liberar a la política de la responsabilidad de tener que decidir bajo condiciones de inseguridad. Probablemente lo que está detrás de la erosión de la autoridad de los Estados y la crisis de la política sea este proceso de fragilización y pluralización del saber, y no conseguiremos recuperar su capacidad configuradora mientras no acertemos a articular nuevamente el poder con las nuevas formas de saber.
El modelo de saber que hasta ahora hemos manejado era ingenuamente acumulativo; se suponía que el nuevo saber se añade al anterior sin problematizarlo, haciendo así que retroceda progresivamente el espacio de lo desconocido y aumentando la calculabilidad del mundo. Pero esto ya no es así. De manera que este no-saber no es un problema de falta provisional de información, sino que, con el avance del conocimiento y precisamente en virtud de ese crecimiento aumenta de manera más que proporcional el no-saber (acerca de las consecuencias, alcances, límites y fiabilidad del saber). Si en otras épocas los métodos dominantes para
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Los principios presentados por el vicepresidente Solbes como criterios-base para la financiación autonómica parecen haber satisfecho a grandes rasgos la mayoría de las demandas de las comunidades autónomas. El resultado ha sido bueno si consideramos la endiablada concurrencia de intereses territoriales que había que acomodar. Desde luego, el conflicto se ha resuelto por elevación, aumentando la cantidad total de recursos para las comunidades autónomas. De ahí que las más importantes críticas no hayan sido tanto a los criterios del reparto cuanto a sus posibles consecuencias. A saber, la correlativa debilitación de la capacidad financiera del Estado y, por ende, de su capacidad de acción política; al adelgazamiento del Estado y al correspondiente robustecimiento de las comunidades autónomas. Una vuelta de tuerca más en el proceso de federalización de España. Es muy posible que esto haya sido inevitable dada la particular configuración de que hemos dotado a las Autonomías: a mayores competencias, mayor necesidad también de disponer de los recursos suficientes para hacerlas frente. Pura lógica. ¿O es acaso viable que comencemos a desandar el camino que nos ha conducido hasta aquí?
A la espera de nuevas reacciones políticas a medida que se vayan levantando nuevas cartas, algo ya parece claro: el Estado español es un Estado federal. No hay muchos otros países en los que el porcentaje de los Presupuestos públicos en manos de las unidades territoriales sea equiparable al nuestro. Pero es un Estado federal demediado. Carecemos de los instrumentos políticos necesarios para mantener la congruencia debida entre el sistema que hemos creado y su efectiva viabilidad política. Seguramente sea uno de los costes que hemos de pagar por disponer de un modelo en construcción permanente. Pero quizá por eso mismo ha llegado ya el momento de tomar conciencia de este desfase y adoptar las medidas necesarias para alcanzar lo que debe ser el fin último de todo Estado federal: crear un adecuado balance entre una firme lealtad al centro y el legítimo respeto al autogobierno autonómico. ¿Cuáles son los elementos que se oponen a la consecución de este objetivo?
1.- El primero y fundamental es la ausencia de una institución de auténtica representación territorial, un Senado ajustado a lo que realmente somos. O, lo que es lo mismo, una instancia de representación multilateral entre las comunidades autónomas y el Estado. El "bilateralismo a 17" -o a 15 en temas presupuestarios- es un verdadero sinsentido, como se ha visto en el proceso a través del cual se ha pergeñado la nueva financiación. ¿No hubiéramos preferido que se debatiera en una cámara ad hoc en vez de en la prensa y a través de continuas entradas y salidas de diferentes presidentes autonómicos en La Moncloa? Si Rajoy realmente piensa que Zapatero "ha engañado a todos" ¿por qué no promueve un pacto para reformar la conformación constitucional del Senado?
2.- La presencia, también aquí, del código Gobierno/oposición. Se ha roto ya el tópico según el cual los dos grandes partidos nacionales eran quienes facilitaban la vertebración del Estado. La traslación del conflicto político al ámbito de la organización territorial del Estado ha sido permanente. Lo novedoso ha sido que el intento por parte del PSOE y del PP de "agrupar" a sus gobiernos autonómicos en torno a una "posición común" frente o a favor de esta última decisión del Gobierno se ha encontrado con obvias resistencias, como se pudo contemplar en el caso de la Comunidad de Madrid y de la Comunidad Valenciana; o en Cataluña, donde parece primar la propia estabilidad de la coalición gobernante sobre la lealtad de partido.
3.- Nos falta implantar una cultura de "federalismo cooperativo", como lo denomina Ramón Maiz en su imprescindible libro La frontera interior (Ed. Tres Fronteras, 2008). Es decir, eliminar las tentaciones por part
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La campaña electoral narrada en ’El ala Oeste de la Casa Blanca’ tiene una sorprendente similitud con la de Barack Obama. Un ejemplo más de la renovación de las series estadounidenses, críticas y audaces
Hubiera querido ser piloto. Los que se cargan más gente son los pilotos. Hubiera querido ser el que lanzó la bomba en Japón. Un par de tíos se cargaron a cientos de miles. Eso sí es la hostia". "Nunca invadimos un país que mole, uno que tenga tías en biquini. ¿Por qué en estos países nunca hacen falta marines? Yo os diré por qué. Es la falta de coños lo que jode los países". Así de clarito y salvaje hablan los soldados norteamericanos de Generation Kill, una miniserie sobre los primeros días de la invasión de Irak. No hay resquicio para la épica. A estos berzotas con ganas de matar sólo les queda la trágica atenuante de ser, también ellos, víctimas de un aparato militar más inoperante de lo que parece y que los envía a una batalla sin sentido.
En la quinta temporada de 24, la mirada sube unos peldaños. Estamos en las habitaciones presidenciales. Los servicios secretos piden permiso para una serie de acciones antiterroristas. Hay que escoger quién y cuántos morirán. El presidente es un ser pusilánime, que se agarra sin criterio al último consejo que recibe y que, como toda la Casa Blanca, tiene una obsesión: que no se entere la prensa, y los ciudadanos, de lo que pasa. El poder se oculta y, encima, está en manos de incompetentes.
La madre traficante de marihuana de Weed vivía en un barrio calcado al de Eduardo Manostijeras. Todos en las mismas casitas, con los mismos horarios y las mismas rutinas. Un retrato deprimente del planeta hogareño. En Dexter, el juego consiste en situar al espectador en una posición moral incómoda. El protagonista es un forense de la policía y sanguinario asesino en serie de sujetos igualmente repulsivos. ¿El televidente se siente culpable de desear ver cada semana las andanzas de Dexter, que se sitúa en el centro del relato, como los grandes héroes? Claro que tampoco son ejemplares los policías de The Shield (Al margen de la ley) de FX, la emisora que creó la socarrona Nip/Tuck o Daños y perjuicios (Damages), una serie sobre abogados con sonrientes villanos. Una serie protagonizada por Glenn Close, emigrada de una industria del cine que apenas da el trono de los repartos a las cincuentonas.
Éstas son unas cuantas buenas producciones televisivas estadounidenses. Aunque no hayan disfrutado de tan merecidos parabienes de otras (desde Los Soprano a The Wire), son un ejemplo de cómo algunos relatos televisivos están circulando por techos argumentales que no se atreve a pisar con idéntica persistencia y categoría estética la industria cinematográfica de Hollywood. Indudablemente, en televisión sigue habiendo insignes y abundantes tonterías, pero el éxito no desdeñable de estas apuestas demuestra que hay una audiencia que busca a quienes se atreven a romper las postizas fronteras de lo decible e indagan en la forma de decirlo con una retórica que evita la repetición de los estilemas más banales. Gracias a estas propuestas, la población de ceja alta ha regresado sin rubor a la televisión para hablar bien de ella. No se trata ahora de renunciar a los discursos severos sobre la televisión porque cobija estos títulos, pero sí de combatir el desprecio que ciertos sectores de la cultura han mostrado hacia el medio, un desprecio que parecía acreditar automáticamente su pertenencia al cielo de los espíritus exquisitos. No todo tiene procedencia anglosajona, pero en las series de ficción la abundancia de títulos norteamericanos explica su tratamiento como fenómeno.
Ya sólo faltaba para aumentar todavía más el aprecio hacia ellas que la vida real las copiara. La campaña demócrata en la serie El ala Oeste de la Casa Blanca que narraron en las temporadas 2004-2006 tiene unas sorprendentes cercanías con la protagonizada por Barack Obama. El candidato demó
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En Davos se ha visto este año la magnitud del desconcierto. Estamos ante una crisis que alcanza a todo el planeta, encoge la economía global y presiona hacia el proteccionismo y la desglobalización. Pero ha costado mucho llegar a reconocerla. La Agenda Global para 2009, preparada por más de un millar de expertos, ha recurrido a la imagen de los pájaros utilizados por los mineros antes de entrar en el pozo para describir lo que ha sucedido en 2008, el año de los tres canarios, que son el precio de los alimentos, el incremento y volatilidad del precio del petróleo y la crisis financiera. Hace un año, en esta misma reunión, todavía no había salido de la mina el cuerpecillo de ninguno de los pajarillos y eran muy pocos los economistas capaces de preverlo.
Ahora lo que preocupa es conocer cómo encontrar la salida, prever la fecha y localizar los escollos que puedan retrasarla. Y lo más interesante es observar cómo empiezan a imaginar unos y otros el paisaje que aparecerá cuando salgamos del túnel, aquel capitalismo reformado que demandaba con impaciencia el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Los conceptos de crisis y de recesión son pobres para describir lo que en realidad enfrentamos, según se desprende de la opinión de los expertos: estamos ante un momento de cambio de modelo económico y social, e incluso de mutación de valores. Los más osados sueñan en una nueva era, de la que saldremos todos, países, Gobiernos y ciudadanos, profundamente transformados.
Necesitamos instituciones globales, mejores que las actuales, que sirvan para prever las crisis y no para acudir a la cabecera del enfermo cuando se halla en muy mal estado. Con un reparto de las responsabilidades más adecuado a la realidad del mundo: el dominio occidental del planeta se ha terminado. La reunión del G-20 el 2 de abril en Londres debe emitir un mensaje muy contundente respecto a la voluntad política de los Gobiernos para poner en marcha esta nueva gobernanza económica global.
El capitalismo reformado debe ser verde y tecnológico. Hay que poner en marcha un mercado internacional de emisiones de CO2, algo que sólo se conseguirá si se implican los grandes contaminadores (China, India, Estados Unidos) y se fijan unos objetivos claros y verificables en cuanto a reducciones, cuestión que tendrá un momento especialmente decisivo el próximo diciembre, en la Cumbre del Clima en Copenhague. Las inversiones en tecnología serán cruciales para poner en marcha esta novísima economía ecológica. No hay que posponer este cambio hasta que haya pasado lo peor, porque entonces lo peor estará todavía por llegar.
Debemos conseguir que el mundo esté gobernado, con economías y monedas coordinadas, sin perder los beneficios de la globalización ni dejarlo varado en el nacionalismo económico y el proteccionismo. Hay que regresar a un juego con reglas, donde no sea posible cambiar de reglamento a mitad de la partida como han venido haciendo los más arriesgados y a veces inmorales. También a la jerarquía de valores más clásica: las finanzas son para financiar, no para convertirse en un fin en sí mismo. Los desequilibrios de riqueza, en constante aumento hasta esta crisis, además de injustos son peligrosos.
Merkel habla de una vía intermedia entre el capitalismo desregulado y los experimentos de socialismo de Estado. Es la vía alemana del canciller Ludwig Erhard, la economía social de mercado, en la que "el Estado es quien vigila el orden económico y social". Lo mismo ha dicho el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, que ha ofrecido a Estados Unidos el modelo europeo: "Nosotros tenemos un servicio de salud universal, un sistema de jubilaciones más generoso, un principio de gratuidad de la universidad y queremos conservarlo".
Son viejas ideas en odres nuevos, dirán algunos, pero no caen en saco vacío. La tradicional cena de los congresistas norteamericanos que acuden a Davos, celebrada este año en la euforia de la elección pre
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Pensar es fácil, actuar, difícil; pero lo más difícil, actuar siguiendo nuestro pensamiento", escribió un Goethe que supo combinar la creación con la actividad político-administrativa.
Para el que disponga de una cierta capacidad intelectual -lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta- y esté algo entrenado -nada se consigue sin constancia-, pese al esfuerzo doloroso que a menudo conlleva, pensar resulta fácil, porque en último término depende de uno mismo. El que se piense solo, aunque siempre en un contexto social, reaccionando ante lo que otros han pensado, facilita mucho las cosas. En cambio, se actúa únicamente con la mediación y el concurso de los otros. La dificultad intrínseca de la acción radica en que realización y resultados dependen de personas que escapan a nuestro control. La acción consiste en motivar a otros a perseguir un objetivo común, que no puede alcanzarse sin el respaldo de los demás.
Influir sobre el comportamiento de los otros suele ser mucho más arduo que hilvanar unas cuantas ideas con pocas probabilidades de que, sea cual fuere la calidad, salgan de un estrecho recinto. Aunque algunas, a veces pasado bastante tiempo, llegan a cambiar el curso de la historia, otorgar la preeminencia al pensar no deja de ser una secuela de la sociedad esclavista griega para la que obrar es el destino de aquellos a los que la naturaleza no los ha dotado de otras facultades. Para unos, lo propio es pensar-mandar, para otros, actuar-obedecer.
La idea de que actuar sea más difícil que pensar sorprende menos si se cae en la cuenta de que la acción rara vez proviene de la iniciativa individual, sino que transcurre por cauces trazados de antemano, que se ajustan a los modos y fines de las instituciones desde las que se actúa. El caso paradigmático es el del funcionario, obligado a someter su acción a normas muy estrictas. El comportamiento del empresario, que suele mencionarse como el opuesto, tampoco escapa a las ideas trilladas ni a los recelos dominantes, por mucho que afirmarlo contradiga los prejuicios que legitiman el orden establecido. Moverse fuera de lo manido suele conducir al fracaso, aunque a veces sea fuente excepcional de éxito.
Tan infrecuentes como los pensamientos originales son las acciones al margen de los canales instalados, pero, nada tan difícil, a la vez que tan raro, como perseguir objetivos que provengan de una reflexión personal. Si además la acción se mueve en el plano de una política que persigue un único afán, llegar al poder y, cuando se ha alcanzado, no perderlo, las complicaciones crecen exponencialmente, alchocar con estructuras consolidadas de poder. Nada más peligroso en política que abandonar la senda marcada para alcanzar objetivos fijados en una reflexión personal. Llega a la cima el político que, ajeno a cualquier originalidad en la acción o en el discurso, se haya identificado por completo con el partido al que pertenece, defendiendo los intereses, pero también estilo y prejuicios de los grupos sociales que representa. Nada perjudica tanto al político profesional, y tal vez no quepa otro tipo, como una acción o un pensamiento fuera de lo esperado, contra los que, no hay cuidado, suele estar muy bien blindado.
La política se ha convertido así en el ámbito del tópico y de la rutina, donde desde un primer momento cabe excluir cualquier sorpresa en el discurso o en los comportamientos. Lo más grave es que esta misma actitud se haya extendido a la información y a los comentarios periodísticos, que se mueven también a piñón fijo. Aumenta así la distancia entre lo que realmente ocurre en un mundo que está cambiando a gran velocidad y la apreciación colectiva que de él se tiene.
Tampoco ha de extrañar que los que han llegado a la cúspide -económica, política, profesional- estén predispuestos a creer firmemente en las ideologías que los favorecen, disponiendo de una amplia gama de mecanismos para difundirlas en todos los
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El jefe del Pentágono no quiere más dinero para su departamento, algo inusual en un político
"Cuando tienes un martillo, todo te parece un clavo". Éste es quizá el mejor epitafio de la política exterior seguida por Estados Unidos en los últimos años. Sin duda, el propio George W. Bush es un buen ejemplo de hasta qué punto la hipertrofia militar puede llegar a presionar el nervio óptico, nublando la visión. Hasta la propia Laura Bush, en una divertida intervención en la cena de corresponsales de la Casa Blanca hace un par de años, se permitió ironizar sobre la política exterior de su marido al relacionarla con su afición a la sierra eléctrica durante los fines de semana en el rancho de Crawford.
Con un presupuesto que representa más de la mitad del gasto mundial en defensa, no es extraño que Washington se haya acostumbrado a pensar que la solución militar puede resolver casi todos los problemas. Un dato revelador de este poderío: la Marina de guerra estadounidense es más grande que las 13 siguientes del mundo combinadas, y eso que 11 de ellas son aliadas.
Afortunadamente, la hipertrofia militar llega a su fin y el nervio óptico parece volver a funcionar. El secretario de Defensa Robert Gates, criticando a quienes piensan que la seguridad de Estados Unidos se compra con el presupuesto de defensa, ha dicho algo absolutamente inusual en un responsable político: que no quiere más dinero para su departamento. En su apoyo ha ofrecido un dato revelador: que el número de efectivos de las bandas musicales de las fuerzas armadas estadounidenses es superior al de los diplomáticos con los que cuenta el país. Gates prefiere que le den dinero al Departamento de Estado para contratar más diplomáticos con los que prevenir conflictos, mediar en procesos de paz, apoyar la reconstrucción posconflicto o lidiar con Estados fallidos. De hecho, los planes para la creación de una reserva o cuerpo de intervención civil, capaz de desplegarse en zonas de conflicto, están ya muy avanzados.
En el fondo, como no hay mal que por bien no venga, Irak ha constituido una enorme fuente de aprendizaje que va a ser decisiva para Obama a la hora de tratar con Afganistán: el nuevo manual de contrainsurgencia del Ejército estadounidense, elaborado por el general Petraeus, enfatiza la necesidad de utilizar la mínima fuerza y lo crucial que es apoyarse en las instituciones locales y los líderes comunitarios (Israel, que se asemeja a un Estados Unidos en miniatura, capaz de acogotar a todos sus vecinos a la vez, pero incapaz de ver más allá del humo de sus bombas debería, por cierto, prestar atención a este cambio doctrinal).
En las crónicas del periodista Seymour Hersh sobre la llegada al Pentágono del primer secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfeld, escuchamos a éste responder a las reticencias de los generales a ir a la guerra de Irak, diciéndoles que se avergüenza de ellos, que son el hazmerreír del mundo por no querer combatir pese a ser el Ejército más poderoso de la historia, en definitiva, que están clintonizados (sic). No deja de ser por ello una poderosa ironía que ahora la diplomacia estadounidense esté otra vez al mando de un(a) Clinton.
En su toma de posesión, Hillary Clinton ha zanjado el debate entre "poder blando" y "poder duro" haciendo suyo el nuevo término popularizado por el politólogo Joseph Nye: "Poder inteligente" (smart power). El concepto no hará carrera, ya que no añade nada, aunque sí tiene el valor de poner de manifiesto hasta dónde dejó llevar la estulticia el trío Bush-Cheney-Rumsfeld. Más valor tiene la visión planteada por Hillary de una política exterior basada en tres D: diplomacia, defensa y desarrollo, entendidas como elementos inseparables entre sí e íntimamente coordinadas en una estrategia nacional.
Los planteamientos de Gates y Clinton son el mejor exponente de hasta qué punto la manera de concebir y ejecutar la política exterior tiene que cambiar de fo
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Desde la reforma introducida por la LOGSE, el sistema educativo español hace agua por todas partes. Los resultados del Informe PISA, que sólo han sorprendido a los ingenuos, han dado lugar a reacciones de lo más variopintas. Unos opinan que la causa del bajo nivel de nuestros estudiantes está en los cambios sociales, otros en la presencia de inmigrantes, y otros en la poca formación de los padres. También hay quienes dicen que la cosa no es para tanto, y que las estadísticas hay que interpretarlas correctamente. Pero a nuestras autoridades educativas ni se les ocurre la posibilidad de que la causa pueda estar en una mala ley de educación. Eso ni se plantea, y la ministra del ramo sigue cantando alegremente las excelencias de nuestro sistema educativo.
En primer lugar, ¿hacían falta los datos que ofrece PISA para caer en la cuenta de nuestro desastre educativo? ¿Es que no podemos ver la realidad hasta que esté traducida en gráficos y estadísticas? Que la famosa reforma educativa es un disparate ya lo llevamos denunciando algunos desde hace tiempo (lo cual, por cierto, nos ha valido ser tachados de fascistas, reaccionarios y nostálgicos), y para ver por qué es un disparate no hace falta esperar a que los sociólogos de la educación hagan sus estadísticas y sus informes, basta con abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor. Hay alumnos que acaban la Educación Secundaria Obligatoria incapaces de operar con decimales, ignorando cosas muy elementales de geometría y, en algunos casos, sin saber la tabla de multiplicar. En muchas facultades de ciencias ha sido necesario implantar un curso cero, que se imparte durante septiembre, donde se enseñan cosas que antes sabía un estudiante corriente de 14 años. Y la necesidad de este curso no se hizo patente hasta que llegaron los primeros alumnos procedentes de la reforma. Que el gamberrismo e indisciplina en los institutos ha subido hasta cotas alarmantes es algo del dominio público, y del descenso del nivel de madurez de nuestros estudiantes hay pruebas cotidianas. No es insólito que un “niño” vaya con su mamá a matricularse a la facultad, y se han dado casos de alumnos universitarios que han ido a la revisión de notas acompañados de sus padres.
A propósito de todo esto, importa mucho aclarar una cosa: si los efectos de la reforma no son todavía más desastrosos, es porque los profesores hacemos bastante más de lo que estrictamente nos corresponde. E importa mucho aclararlo porque también hay quienes achacan el fracaso de nuestro sistema educativo a los profesores, “que no hemos sabido adecuar nuestra mentalidad a los nuevos tiem-pos”. Los alumnos llegan a primero de Bachillerato (que empieza a los 16 años) ignorando cosas muy básicas pero indispensables para seguir las asignaturas de matemáticas, de física o de latín. Cumpliendo rigurosamente con su deber, un profesor tendría que empezar por el primer tema dando por sabido todo lo que los alumnos tienen que saber. Y los que no lo sepan, que reclamen a la señora ministra, que mantiene un sistema que concede el título de ESO a quien no lo merece. Afortunadamente, no hacemos así, porque los alumnos son las víctimas del sistema, no los culpables, y casi todos los profesores, la mayoría de los que conozco, nos demoramos explicando cosas que no tenemos ya obligación de explicar en ese nivel. Si los docentes hiciéramos una huelga de celo, cumpliendo estrictamente con nuestras obligaciones pero nada más, el sistema se hundiría en muy poco tiempo. Por ello, la acusación de que los profesores no hemos sabido adaptarnos a la nueva situación es injusta, y también interesada, porque es otra manera más de los creadores del despropósito de eludir sus responsabilidades.
Los defensores de nuestro sistema educativo sostienen que, con todos sus defectos, consiguió escolarizar a todo el mundo. ¿Pero qué significa realmente “escolarizar”? Si un alumno está en una clase sin enterarse de nada porque tiene varias asignaturas pendie
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Es el lema que figura en el dólar estadounidense. E pluribus unum resume en tres palabras el espíritu del país, su unidad dentro de la más absoluta diversidad de ese crisol de razas y culturas que conforman los Estados Unidos de América. "No hay una América liberal, ni una América conservadora", clamaba el entonces candidato Barack Obama durante la campaña presidencial. "Sólo hay unos Estados Unidos de América". Nunca he oído nada similar en las campañas electorales europeas. Ni he visto que el candidato ganador de unas elecciones organice una cena de gala en honor de su adversario derrotado la noche antes de su toma de posesión, como hizo Barack Obama con John McCain el pasado martes. Ni recuerdo, para sólo remontarnos a la anterior Administración, que un presidente en ejercicio como George W. Bush haya utilizado los servicios de dos de sus antecesores en la Casa Blanca, su padre y Bill Clinton, en diversas gestiones de paz y humanitarias.
En efecto, Europa y EE UU son dos democracias, más partitocrática la primera que la segunda. Pero, como decía George Bernard Shaw de Reino Unido y su antigua colonia, "somos dos países separados por el mismo idioma". En el caso que nos ocupa, separados por una distinta concepción del mismo sistema, con la excepción de Reino Unido, donde las convergencias priman sobre las divergencias, quizás por aquello de la Magna Charta y el hábeas corpus.
Ese sentido de unidad, de orgullo nacional, de reafirmación democrática y de patriotismo republicano se puso de manifiesto una vez más a los ojos del mundo en la toma de posesión del 44º presidente de Estados Unidos con la entusiasta presencia de dos millones de ciudadanos de toda raza y condición social agitando la bandera de las barras y estrellas desde el Capitolio a las cercanías del monumento a Lincoln, más de tres kilómetros de recorrido con ocho grados bajo cero de temperatura. Y no eran rancios conservadores o ultraderechistas, como se les hubiera calificado aquí, sino ciudadanos orgullosos de pertenecer a la primera democracia del mundo moderno, congregados, no sólo por el hecho histórico de presenciar la toma de posesión del primer presidente negro de su país, sino por pertenecer a una nación donde ese hecho es posible. Una multitud, que superaba con mucho el millón de ciudadanos, presenció con igual entusiasmo la toma de posesión de Lyndon B. Johnson en 1965 para mostrarle su gratitud por la aprobación de la ley de derechos civiles, una decisión que le costó al Partido Demócrata la pérdida del sur hasta estas elecciones.
La llamada progresía de este lado del Atlántico se va a llevar una desilusión si cree que Obama es la versión estadounidense de un izquierdista europeo. Lean su discurso del martes y comprobarán que el contenido podría suscribirlo John McCain o cualquier líder del auténtico centro-derecha europeo desde James Cameron a Angela Merkel o Nicolas Sarkozy. Una gran parte de sus palabras estuvieron inspiradas por su ídolo y antecesor, Abraham Lincoln, fundador del Partido Republicano. Un partido secuestrado durante casi ocho años por la secta de los neocons, completamente ajena a la doctrina tradicional republicana expuesta por Lincoln y cuyos miembros procedían en su mayoría de la izquierda trostkista demostrando una vez más la peligrosidad de los conversos.
Familia, trabajo duro, responsabilidad, patriotismo, tributo a las fuerzas armadas, democracia, libertad y respeto a las ideas del oponente fueron los conceptos defendidos por Obama en una alocución verdaderamente presidencial y no de candidato en campaña. A lo que hay que añadir una fe religiosa sin complejos en un país con una separación total de Iglesia y Estado demostrada con el juramento sobre la Biblia, una primera visita a la llamada iglesia de los presidentes, frente a la Casa Blanca, antes de su toma de posesión y el tradicional "Que Dios les bendiga y que Dios bendiga a América" con que se acostumbra a terminar todos los discursos en Estados
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...Se puede decir que la República era un régimen democrático entre cuyos apoyos había muchos asesinos. El movimiento salvador de la patria que encabezaba Franco, se puede definir como un sistema criminal al que también apoyaban personas decentes...
A cuenta de las responsabilidades exigidas o exigibles por crímenes cometidos durante la Guerra Civil, no está de más que se analicen en serio los comportamientos de los distintos actores que participaron en acciones de carácter genocida, que las hubo en todas las direcciones. Hay un amplio consenso entre los historiadores serios sobre el carácter esencialmente exterminador del movimiento rebelde. No sólo Franco, sino Queipo, Mola y bastantes militares y civiles más, coincidieron en dar a su actuación un decidido impulso asesino que fue bendecido por la Iglesia. El nacional catolicismo dio pie a la buena conciencia de aquellos asesinos sistemáticos. También es fácil coincidir en que no admite discusión la responsabilidad -investigada, pero también reconocida por muchos de sus protagonistas- de la Internacional Comunista en las decisiones que condujeron, por ejemplo, a la matanza de Paracuellos. Unas decisiones que fueron acompañadas por la colaboración personal y material necesaria de miembros de la dirección del PCE. Paracuellos, pero también Andreu Nin y otros numerosos casos.
Sin embargo, permanece en el aire una opinión generalizada que atribuye inocencia en torno a las posiciones de otros grupos políticos que, a lo más, cargan con la culpa de haber practicado una violencia ciega, espontánea y de respuesta, pero nunca de haber desarrollado esa violencia de forma científica y genocida. Dirigentes anarquistas y del POUM son, por lo general, los beneficiarios de esa benévola opinión generalizada.
Antonio Elorza es uno de los historiadores serios que adopta esta actitud compasiva, tanto hacia los comunistas españoles como hacia los anarquistas.
Sin embargo, los hechos parecen ir por otro lado. Basta leer la prensa de la época para comprobar que desde Solidaridad Obrera o La Batalla se hacían llamamientos directos al exterminio de religiosos o de burgueses. Hay incluso testimonios que avalan que la FAI, la rama pistolera del anarquismo, tenía en Barcelona un plan sistemático de eliminación de personas antes de que se produjera la sublevación del 18 de julio de 1936.
El caso extremo es el de Paracuellos. Porque si bien parece ser incontestable que la iniciativa partió de un agente de la Internacional Comunista como Vitorio Codovila, uno de los creadores del V Regimiento, la decisión se concretó por un acuerdo entre las cúpulas del Movimiento Libertario y las Juventudes Socialistas Unificadas en la Junta de Defensa de Madrid. Las sacas de noviembre y diciembre fueron ejecutadas por orden de Amor Nuño, un joven anarquista presente en la Junta y alguien no identificado de las JSU, organización ya de obediencia comunista, que sólo podía ser Santiago Carrillo o su segundo, José Cazorla. A Segundo Serrano Poncela le tocó obedecer y poner en marcha la matanza. Esta responsabilidad está comprobada en el acta de la reunión del Movimiento Libertario de Madrid celebrada el 8 de noviembre, que tuve la fortuna de encontrar en los archivos anarquistas hace tres años.
Pero hay más: Melchor Rodríguez, el ángel de las prisiones, estuvo presente en esa reunión, y no figura su opinión al respecto. Lo que sí sabemos es que fue destituido oportunamente por su jefe, Juan García Oliver, ministro de Justicia del Gobierno de Largo Caballero, seguramente porque no mostraría su acuerdo con las matanzas proyectadas. Rodríguez fue repuesto en su cargo el día 6 de diciembre, cuando las sacas se terminaron. García Oliver estuvo, por tanto, informado de que se iba a proceder a la matanza, aunque en sus memorias, repletas de fantasías y tardías justificaciones, intentara echar toda la responsabilidad sobre dirigentes como Margarita Nelken.
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Hace unos días, el Gobierno hizo pública su propuesta de bases para la reforma de la financiación autonómica. El documento propone aumentar significativamente el peso de las cesiones tributarias en relación con las transferencias estatales como fuente de financiación regional y esboza un sistema complejo de reparto con tres grandes bloques de fondos. Los dos primeros, los Fondos de Garantía y de Suficiencia, estarían ligados respectivamente a la financiación de los servicios públicos considerados fundamentales (sanidad, educación y servicios sociales) y a la del resto de las competencias autonómicas, mientras que el tercero incluiría recursos complementarios que se repartirían con criterios muy diversos.
El objetivo del Gobierno es que el documento sirva de base para consensuar la estructura del sistema antes de pasar a concretar sus detalles. La estrategia es acertada, porque, una vez haya números sobre la mesa, la atención de los gobiernos regionales se centrará únicamente en cuánto le toca a cada uno. Antes de llegar a este estadio, parece razonable intentar acotar la discusión, fijando al menos el esqueleto del sistema.
El documento contiene elementos muy positivos. El incremento de los porcentajes de cesión tributaria supone una mejora importante en el nivel de autonomía financiera de los gobiernos regionales y es también una condición necesaria, aunque no suficiente, para aumentar su grado de responsabilidad fiscal, mejorando así la rendición de cuentas a sus ciudadanos. La estructura básica del Fondo de Garantía que se dibuja en la propuesta es razonable y supone un avance significativo sobre la situación actual. Este fondo, que absorberá el grueso de los recursos del sistema, se financiará con un porcentaje de los ingresos tributarios cedidos a las autonomías y se repartirá basándose en criterios objetivos actualizados anualmente, con el fin de asegurar que todas las comunidades disfruten de la misma financiación por unidad de necesidad en cada momento, eliminando así muchas de las distorsiones del sistema actual. También se mejora apreciablemente la fórmula utilizada para calcular las necesidades de gasto, introduciendo la población en edad escolar como criterio básico de reparto para las competencias educativas y mejorando el indicador que se utiliza para distribuir la financiación sanitaria.
Otras partes del documento son menos satisfactorias. En primer lugar, el diseño del nuevo Fondo de Suficiencia queda demasiado en el aire. El documento sugiere que las comunidades se quedarán con la parte de los tributos cedidos no destinada al Fondo de Garantía y que el Estado complementará la financiación de las que obtengan menos recursos por esta vía y garantizará que nadie pierda financiación en relación con el sistema actual, pero no especifica cómo se determinarán las necesidades de gasto en competencias no consideradas básicas o hasta qué punto se nivelará este componente del sistema. Dependiendo de cómo se resuelvan estas cuestiones, podemos terminar con sistemas muy diferentes.
En segundo lugar, resulta preocupante la proliferación de fondos ad hoc con objetivos contrapuestos dentro del tercer bloque del sistema. En la propuesta se habla de recursos adicionales para regiones pobres y para regiones con niveles de financiación per cápita inferiores a la media o a su capacidad fiscal tras el reparto de los dos grandes fondos. A esto hay que añadir recursos para "compensar" (no se sabe muy bien por qué) a las regiones con mayores y menores tasas de crecimiento de la población y a todas aquellas que no tengan acceso a otros fondos especiales. Dejando de lado el coste de todo ello y el hecho de que resulta muy difícil contentar a todos cuando lo que les preocupa en muchos casos es su posición relativa y no absoluta, el problema fundamental con esta estrategia es que el intento de hacer a cada región un traje a medida puede desvirtuar los esfuerzos de racionalización que han guiado
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Con el plan de Bolonia la universidad europea concluye solemnemente un ciclo y comienza otro. Este cambio ya se estaba produciendo desde hacía un tiempo. Para poner una fecha, con lo atrevido que siempre resulta poner fecha, quizás podríamos escoger 1968. Desde principios de siglo XIX la universidad había sido, o pretendido ser, el centro de enseñanza superior por excelencia. A partir de ahora, cuando menos en parte, ya no será así: la universidad será una mezcla de bachillerato especializado y de formación profesional, con algún pequeño reducto de universidad a la antigua usanza. No digo que esta perspectiva esté mal ni bien. Seguramente es una solución que resuelve algunos problemas sociales y económicos de la actualidad. Pero también plantea otros y, en todo caso, comporta importantes consecuencias culturales y sociales.
Las primeras escuelas que se denominaron universidades datan del siglo XI. Algo después adquieren fama algunas de ellas (París, Oxford, Bolonia, Salamanca entre nosotros) y constituyen verdaderos centros de conocimiento, pero casi limitados a la teología, el derecho y la medicina. Pero ya en la edad moderna las universidades entran en una clara decadencia. Controladas en general por la Iglesia y por las monarquías absolutas, se limitan a enseñar un escolasticismo tradicional y nada innovador. Los nuevos métodos racionalistas y empiristas, decisivos en el alumbramiento del mundo moderno, discurren por otros cauces. Ni Montaigne, ni Hobbes, ni Descartes, ni Locke, ni Spinoza, ni Leibniz, ni los ilustrados franceses del XVIII son profesores de universidad.
Con el liberalismo se inicia una nueva etapa y la universidad será protagonista del saber moderno. Así, Napoleón establece una universidad estatal y burocrática que resulta muy eficaz; la Universidad de Berlín se funda en 1810 inspirándose en las nuevas ideas sobre la enseñanza de Fichte y Humboldt; Oxford y Cambridge evolucionan hacia el modelo que teorizará Newman. Con ello se ponen las bases de la universidad europea que ha durado hasta hace poco. En buena parte, el pensamiento, la cultura y la ciencia se producen dentro del marco de este nuevo tipo de universidad. Simplificando un poco, en esta universidad europea podemos distinguir dos grandes modelos de enseñanza: el británico y el alemán.
El modelo británico se basa en la idea de que la enseñanza debe ser generalista, es decir, que debe dotarse al estudiante de los conocimientos necesarios para que, tras su paso por la universidad, esté en condiciones de desempeñar cualquier profesión a la que se dedique. Los conocimientos específicos para dedicarse a una profesión o a la investigación científica deben adquirirse después, tras el paso por la universidad.
El modelo alemán es distinto: la universidad es una institución al servicio de la ciencia y la enseñanza debe ir encaminada al conocimiento del método científico, no a una formación general ni tampoco a la preparación para el ejercicio de una profesión. Por tanto, sólo un buen investigador puede ser un buen docente. Aquel profesor que no investiga y sólo se limita a transmitir lo ya conocido es incapaz de iniciar al estudiante en el saber científico, base de toda formación intelectual. Sólo con esta base científica puede el estudiante convertirse en un buen profesional.
El modelo español ha estado a caballo entre uno y otro modelo, con todas las evidentes insuficiencias pero también, ciertamente, coincidiendo en una cosa con ambos: en la universidad no se debía enseñar una profesión sino que debían ponerse las bases teóricas para que esta profesión pudiera aprenderse fuera de la universidad. Es decir, sin aprender los conocimientos que la universidad ofrece es imposible tener capacidad suficiente para ser después abogado, médico o arquitecto; ahora bien, en la universidad no te enseñarán a ser abogado, médico o arquitecto. Bien generalista, bien científica - dependía de la carrera, asignatura o profesor -
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PONGAMOS que no son tantos como cuarenta mil. Que son apenas la mitad. Un número escalofriante, en todo caso. Esa cifra, cualquiera de las dos, descubre una de las dimensiones del auténtico «conflicto vasco», del único real: millares de ciudadanos que ven anulados derechos elementales como consecuencia de las amenazas, la persecución y la extorsión. De ellos, más de mil no pueden desplazarse sin escoltas. Otro muchos no pueden ejercer libremente su derecho a voto. Hay una localidad guipuzcoana de casi dos mil habitantes donde en las últimas elecciones sólo votaron unos treinta electores. Los concejales electos renunciaron a su acta y, de esa forma, vio prorrogado su mandato la corporación regida por una alcaldesa de una formación ilegalizada. Ni e lectores ni concejales dieron un ejemplo ciudadano. Pero no se puede pedir que en cada pueblo controlado orwellianamente («Big brother is watching you») por el ejército de espías de ETA surja una heroína como la alcaldesa de Lizarza.
Y esa cifra -cuarenta mil, veinte mil, tanto da- sigue siendo considerablemente menor que la que incluye a otros muchos ciudadanos vascos que han decidido, sin armar ruido, resignadamente, marchar al exilio para escapar de la presión agobiante o de la amenaza directa. ¿Puede un gobernante vasco dormir plácidamente cada noche cuando miles de sus conciudadanos no pueden ir a tomar café, o al baño, sin la compañía permanente, sofocante, de una sombra ajena? Claro que puede.
Para quienes gobiernan en el País Vasco desde hace más de un cuarto de siglo la única merma de derechos que les quita el sueño es la de los cómplices de los asesinos y sus organizaciones títeres. O eso parece a juzgar por sus actos. «No se pueden ilegalizar ideologías». ¿Y quién ilegaliza tal cosa? Justificar el tiro en la nuca o el coche-bomba y prestar apoyo logístico y mediático a una organización terrorista no es una opción ideológica. Nadie defendería la legalización de un partido que justificase la persecución de los judíos o de los negros sólo porque una decenas de miles de insensatos o de ingenuos les votasen. Pues bien, los cuarenta mil o los veinte mil perseguidos, y los muchos otros millares que se exilaron para escapar de la persecución, son hoy los negros y los judíos del País Vasco.
¿Y puede un partido no nacionalista concebir siquiera la hipótesis de, llegado el caso, formalizar un acuerdo parlamentario o de gobierno con quienes, desde Ajuria Enea, no han sabido, o no han querido, librar a los negros y judíos del País Vasco de ese escandaloso pogromo durante todos estos años? Pues me temo que también puede. Y si no es así, que lo proclame bien alto en algún momento antes de las próximas elecciones vascas. No lo hará. Más allá de la hojarasca levantada por el vendaval de invectivas que se vienen dedicando socialistas y PNV en las últimas jornadas -que ambos necesitan para encorralar al ganado propio- revolotea una intención inconfesada o un cálculo electoral.
El PSE necesita picar en el electorado nacionalista para pasar al PNV en las urnas. Pero, una vez conseguido ese propósito, tendrá que apoyarse en algún otro grupo para gobernar. La intención no confesada sería reeditar el bipartito socialista-PNV de los años ochenta y noventa a pesar del engaño humillante que el PSE sufrió con los acuerdos de Lizarra de 1997. Pero el PNV tendría que aceptar un lendakari llamado López, una rueda de molino con la que difícilmente podría comulgar. O puede el PSE intentar un tripartido a la vasca con independentistas y eco-comunistas. La otra opción, el cálculo electoral, partiría de la convicción de que, tras la derrota por los pelos de 2001, una futura colaboración PSE-PP sólo puede prosperar a condición de que no se airee antes de las elecciones. Ojalá sea eso en lo que están pensando, pero ¿quién pone la mano el fuego? Sólo cabe pedir al PSE que, cuando sopese las opciones en caso de victoria electoral, no olvide a esas decenas de miles de conciudadano
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Lo que subyace en la polémica sobre el homenaje a la Madre Maravillas es que la condición de religioso católico aún produce en amplios sectores de la izquierda una reacción emocional de rechazo
La polémica sobre la placa con la que la Mesa del Congreso quiso recordar que Santa Maravillas de Jesús había nacido en el lugar que hoy ocupan unas dependencias del Congreso ha sido sorprendente, tanto por su repercusión política y mediática como por el enconamiento con el que se han formulado las opiniones adversas. Aunque nunca lo he visto explicitado, parece lógico suponer que la placa se habría colocado en esas dependencias y no en el hemiciclo, y que el texto habría sido meramente conmemorativo. Esa atención pública, sin pretenderlo, le ha dado a la Madre Maravillas una notoriedad infinitamente mayor que la de cualquier homenaje.
Como un espejo, EL PAÍS, en portada, informaba de que el Congreso se había soliviantado ante la posible colocación de la placa; en un editorial se la calificaba de ignominia; una columnista, que atribuía equivocadamente a la santa una frase de san Juan de la Cruz, calificándola de contrato sadomasoquista, añadía: "¿Imaginan el goce que sentiría
al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes armados y -¡mmm!- sudorosos?"; y, finalmente, en una Cuarta página, un monje consideraba la placa como esperpéntica, en un artículo plagado de inexactitudes. También en el periódico aparecieron opiniones distintas, como la de Muñoz Molina, quien en respuesta a la columna anterior escribió que "no hace falta imaginar lo que sintieron, en los meses atroces del principio de la guerra, millares de personas al caer en manos de pandillas de milicianos, armados y casi siempre jóvenes, aunque tal vez no siempre sudorosos. Azaña, Prieto, Arturo Barea... no les costó nada imaginar la tragedia de tantas personas asesinadas por esas pandillas, no siempre incontroladas, y todos ellos sabían el daño que esos crímenes estaban haciendo a la justa causa de un régimen legítimo asaltado...". Rosa Montero, en su columna, manifestó su sorpresa porque "una pobre monja muerta en la ancianidad hace 30 años y que no parece haber hecho mal a nadie haya suscitado tan enconado conflicto y recibido ataques tan violentos", achacándoselo a quienes no toleran al prójimo que piensa diferente y le arrebatan su humanidad, convirtiéndolo en una cosa violable y exterminable. Finalmente, Joaquín Leguina, lleno de inteligente sensatez, al ser preguntado por esta polémica, concluyó que "es una persona relevante que ha sido elevada a los altares, ¿por qué tenemos que discutir esta cuestión? Que se ponga la placa y ya está".
Intentemos aproximarnos a la persona que ha sido el involuntario sujeto de esta placa de la discordia para recuperar su figura humana. Santa Maravillas de Jesús nació en el siglo XIX en una de las familias más cultas e influyentes de la España de su tiempo. Profundamente inteligente, excepcionalmente culta y de una inagotable bondad, a los 27 años decidió ingresar en un convento de clausura para vivir en plenitud su vocación religiosa, siguiendo con fidelidad los pasos de santa Teresa. Renunció a una importante posición social para pasar el resto de su existencia manteniéndose sólo con el trabajo de sus manos, sin más bienes materiales que los escasísimos que pertenecían a su comunidad conventual. Desde la más absoluta pobreza, su vida entera estará inspirada por un amor solidario hacia sus semejantes y hacia su Dios. Se dedicó enteramente a la meditación, que es pensamiento, oración y contemplación, aunque también, con una asombrosa eficacia para sus pocos medios y su voluntario retiro, fundó 13 conventos; hizo construir una barriada de casas prefabricadas para quienes carecían de vivienda; promovió colegios en una España que tenía una tasa de analfabetismo superior al 50%; creó una clínica para las religiosas que carecían de toda asistencia social y llevo a c
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La Unión Europea no logra superar las pruebas de Gaza y de la crisis del gas. En política exterior, está más débil y dividida que nunca. ¿Por qué no somos capaces de hacer las cosas bien?
Débil, dividida, incoherente, hipócrita e irritante: así se oye calificar en privado a la UE en Pekín y Washington. Y los hechos de la primera semana de 2009 indican que nuestros críticos tienen toda la razón.
Fíjense en qué lío estamos. Europa afronta dos graves crisis que ponen en peligro nuestros intereses y nuestros valores. La guerra de Gaza es una negación de todos los principios que Europa asegura representar. Afecta directamente a nuestros intereses, entre otras cosas porque la última oleada de sufrimiento palestino (a la que contribuye la propia dirección palestina, dividida e irresponsable) exacerbará aún más la ira de los musulmanes que viven en Europa. En cuanto a la disputa entre Rusia y Ucrania por el gas, ya ha hecho que los ancianos de varios Estados miembros de la Unión Europea estén pasando frío en sus viviendas por falta de calefacción. Si evitar que nuestra gente muera de frío no es un interés vital, que me lo expliquen. Además de que esta situación es también una burla de los ideales europeos de resolución de conflictos mediante negociaciones pacíficas y bajo el imperio de la ley.
¿Y cómo reacciona Europa? Para nuestro gran ridículo, en Oriente Próximo ha estado representada no por una sino por dos misiones separadas: una oficial de la UE, encabezada por el ministro checo de Exteriores -dado que la República Checa acaba de tomar el relevo de Francia en la presidencia de la UE, todavía bajo el régimen de rotación cada seis meses-, y otra formada por el rey emperador Nicolas Sarkozy, que claramente ha disfrutado tanto siendo presidente europeo durante los seis últimos meses que tiene la impresión de que ni Europa ni el mundo pueden vivir sin él. Para adaptar la frase de Luis XIV, "L’Europe, c’est moi".
En un momento en el que Estados Unidos está suspendido entre un presidente saliente que no está dispuesto a hacer nada para detener la matanza y un presidente entrante que siente que no puede actuar aún, Europa tiene la oportunidad de demostrar qué puede hacer. Y aquí está: débil, dividida y tan irritante, pomposa y llena de autobombo como a principios de los noventa, cuando el ministro de Exteriores de Luxemburgo llegó a una Yugoslavia en plena desintegración y proclamó: "Ha llegado la hora de Europa". Como los Borbones, la Unión Europea parece no haber olvidado nada y no haber aprendido nada. La exigencia de alto el fuego inmediato de la UE se ha visto acogida con el rechazo. A Sarkozy hay que reconocerle que, por lo menos, ha trabajado urgentemente con el Estado limítrofe con el sur de Gaza, Egipto, para elaborar un plan concreto. No obstante, en el caso de que Israel acepte una versión del plan egipcio, lo hará por sus propios motivos operativos y de política interna y porque Washington ejerza presiones reales.
¡Ach Europa!, suspiraba el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger hace unos 20 años, con afecto y exasperación. ¡Ach Europa!, grito yo en 2009, con más indignación que tristeza. Aunque el sufrimiento humano causado por la disputa del gas entre Rusia y Ucrania es menos grave que el de Gaza, el fracaso europeo en este caso es todavía más imperdonable. Europa, por más poder económico que tenga, no puede impedir la tragedia de Gaza sin la ayuda de Estados Unidos. En el caso del gas ruso, la situación es distinta. Si hubiéramos hecho lo que llevan pidiendo los expertos desde la última obstrucción del gasoducto ruso y hubiéramos empezado a crear un mercado único europeo de gas natural, si los 27 Estados miembros de la UE tuvieran siempre una misma postura frente a Rusia y Ucrania, nunca habríamos llegado a encontrarnos en esta miserable circunstancia. Ahora, cuando oigo a las autoridades de la Comisión Europea sacando pecho
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Del blog de Eduardo San Martín...
Si la dimisión de un cargo público no implicara necesariamente la admisión de una culpa directa sería más fácil exigir que esos cargos abandonen sus puestos como ejemplo de higiene política en determinados casos. Ejemplo: la ministra de Fomento no es la culpable de que una borrasca se desplazara unos cuantos kilómetros de las previsiones iniciales; tampoco de que muchos ciudadanos eligieran utilizar sus coches privados en una jornada amenazante para el transporte; y mucho menos de que otras administraciones no cumplieran con sus propias obligaciones. Pero es inadmisible que en un país con el nivel de desarrollo como España y en pleno invierno, cuando se supone que esas cosas suelen ocurrir, la capital del país se colapse, y su aeropuerto se vea obligado a cerrar, por una simple nevada; fuerte, pero una nevada al fin y al cabo. Y en una democracia, unos de cuyos principios básicos es la rendición de cuentas por lo poderes públicos, alguien tiene que asumir la responsabilidad de que las cosas no hayan funcionado como se espera que lo hagan en un país que, según nos recuerda el gobierno cada día, es “la octava potencia económica del mundo”. No estoy seguro de si, en el caso que nos ocupa, Magdalena Álvarez debe dimitir o no. Lo que quiero recordar es que en este país no dimite un cargo público importante (más allá de algún que otro infeliz alcalde) desde hace décadas. Y creo ocurre así porque no se ha establecido la necesaria distinción entre responsabilidad y culpabilidad. Los partidos suelen cerrar filas en torno a los suyos para evitar que la asunción de una responsabilidad determinada pueda entenderse como la admisión de una culpa. Dimitir puede ser injusto en determinados casos (ningún cargo público puede estar al tanto de absolutamente todas las funciones que se desarrollan bajo su responsabilidad) pero a veces es la única manera de que un gobierno corresponda a los ciudadanos indignados con un gesto que implique una rendición de cuentas: de acuerdo, no hemos podido evitarlo, los acontecimientos nos han sobrepasado, nadie lo habría previsto, pero nuestra responsabilidad es que estas cosas no ocurran y creemos que la única manera de que los ciudadanos entiendan que aceptamos esa responsabilidad es la sustitución de quien se situaba en el cúspide de la cadena de mando. Tampoco ayuda a que una actitud como la descrita entre dentro de los parámetros de la normalidad el hecho de que los partidos, cuando están en la oposición, exigen esas responsabilidades con tanta incontinencia como resistencia muestran en no aceptarlas cuando están en el gobierno. Se ha banalizado de tal forma la petición de dimisiones por cualquier bobada que, cuando se presenta un caso en el que estaría plenamente justificada, se contempla desde la filas del poder como una rutina más del ejercicio de la oposición. Y, entretanto, todos pegados a la silla.

La publicación en EL PAÍS de un Manifiesto Contra el Nuevo Máster de Formación del Profesorado (ECI/3858/2007) ha sido respondida en estas páginas por algunos pedagogos que lo defienden. Las pretendidas evidencias con que argumentan son, sin embargo, falsas. La tesis principal es que un profesor no sólo debe conocer su materia, sino que debe también aprender a enseñarla. Esto parece muy de "sentido común", pero es un sofisma con el que los "expertos en educación" llevan muchos años abduciendo a las autoridades ministeriales. Los futuros profesores, se dice, deben "aprender a enseñar" y los alumnos "aprender a aprender". Para conseguirlo, existe un cuerpo de especialistas (con sus propios intereses corporativos), cuya función es "enseñar a enseñar". Ahora bien, para ello precisamente se confió a los pedagogos el curso del CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Este curso jamás se ha sometido a una evaluación objetiva entre los profesores de secundaria y bachillerato. Se sabía de sobra que los profesores no sólo no avalarían su utilidad, sino que lo valorarían como una estafa o una impostura. ¿Qué solución propone el ministerio? Nada menos que sustituir el quinto año de preparación disciplinar específica por un Máster de Formación del Profesorado que no es más que un CAP más largo y más caro. Cualquier cosa menos preguntar a los profesores sobre la utilidad en las aulas de la formación pedagógica. Por lo visto, los únicos que saben lo que se necesita en las aulas son los que jamás han pisado un aula. Por lo mismo, los únicos que saben cómo se enseña matemáticas, gramática o historia, son los que no saben ni matemáticas, ni gramática, ni historia (pero son, en cambio, expertos en enseñar a enseñar cómo se aprende a aprender).
¿Por qué el CAP ha sido una estafa y una vergüenza todos estos años? No porque fuera muy corto, sino porque es falso que quien no sabe matemáticas pueda enseñar a enseñar matemáticas. Y todavía es más falso que haya un saber que no sea ni física, ni latín, ni geografía, y cuyo contenido sea el enseñar en general para cualquiera de esas disciplinas. Un profesor debe saber captar la atención de los alumnos enseñándoles a amar el conocimiento, y para lograrlo no hay otra garantía que su propio amor por el conocimiento. Las matemáticas, la historia o el derecho procesal son apasionantes y la obligación de un profesor es saber transmitirlo a sus alumnos. Ahora bien, su mejor arma, en realidad su única arma, es saber matemáticas, historia o derecho procesal. ¿Saber historia no significa saber enseñar historia? Cualquier docente experimentado diría que la cosa es exactamente al revés: la mejor prueba de que algo que uno creía saber no lo sabe en realidad es que fracasa al enseñarlo. Si no se sabe cómo enseñar algo es porque no se sabe suficientemente, y la consecuencia es que hay que estudiarlo más y mejor. Estudiar más física, matemáticas o latín, no pedagogía. Por supuesto que siempre habrá grandes investigadores muy sabios que no amen la enseñanza y se nieguen a ejercerla. La figura del buen investigador y mal docente no cesa de blandirse como un argumento incontestable, pero es una falacia: los investigadores que no aman la enseñanza enseñan mal, no porque no sepan, sino porque no quieren hacerlo, y ningún curso de formación del profesorado les hará cambiar de opinión. Por otro lado, licenciados que nunca han enseñado no saben enseñar, pero no porque les falte teoría pedagógica (o psicopedagógica), sino porque les falta práctica docente. El acceso a la profesión de profesor, como a la de juez o a la de médico, no debería hacerse sin haber superado un periodo de prácticas seriamente concebido, tutelado, y remunerado. Y por cierto que sólo una vez acreditada una formación no básica y generalista, sino avanzada y específica en un campo determinado de conocimiento. Es lo único que solicita el denostado Manifiesto. Eso, y que se deje de tomar el pelo a la sociedad mientras se desmonta pieza a
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La gravedad de la situación exige mucho más que medidas dispersas. Zapatero debe tomar las riendas de un proyecto que implique a empresarios, trabajadores y administraciones. Es su prueba de fuego
La crisis está produciendo paradojas interesantes. Una es ver a un liberal como Miguel Boyer defender la intervención del Estado para mantener el control nacional de una empresa privada como Repsol, mientras un socialdemócrata como José Luis Rodríguez Zapatero defiende el libre juego entre "empresas privadas". Otra es escuchar a líderes sindicales defender la mejora de la productividad y la competitividad mientras el presidente de la patronal pide "un paréntesis en la economía de mercado" e intervenciones del Estado para salvar empresas. El mundo al revés.
Hay una maldición china que consiste en desear que vivas "tiempos interesantes", y éstos lo son. Esas paradojas sugieren que en este momento los clichés ideológicos y los roles del mercado y del Estado han de amoldarse a una realidad nueva. Esa nueva realidad se impuso a la ideología el día en que Gordon Brown tomó la audaz decisión de utilizar al Estado para salir al rescate de los bancos privados y evitar la pérdida de confianza en el sistema financiero. Y lo volvió a hacer el día en que olvidando el santo temor al déficit puso en marcha un fuerte programa fiscal para contener la recesión. Ahora sabemos una cosa: que esta crisis requiere un liderazgo político fuerte, audaz y coherente, capaz de reducir incertidumbres y volver a crear confianza.
Ese liderazgo político es aún más necesario en España. Sin embargo, el Gobierno de Rodríguez Zapatero parece tener dificultades para articular un discurso político sobre la salida de la crisis que sea algo más que un conjunto de medidas dispersas que, aunque necesarias, no están coordinadas y no consiguen reducir incertidumbre ni generar confianza.
Pero antes de entrar en la cuestión del liderazgo político del Gobierno permítanme un comentario sobre la crisis de la economía española.
Aunque lo parezca, la crisis financiera internacional no es la causa de la aguda recesión que está experimentando la economía española. Ha sido, eso sí, el desencadenante. Pero su mayor intensidad está causada por una especie de enfermedad asintomática que estaba tapada por la euforia de una década de crecimiento espectacular. Sin embargo, conocíamos sus síntomas: baja productividad, elevada inflación diferencial y, especialmente, un fuerte déficit comercial -el 10% del PIB, el mayor del mundo-, y su reverso, un elevado endeudamiento exterior que servía para financiarlo.
Sea cual sea la salida a la crisis bancaria y a la sequía de crédito, el Gobierno tiene que afrontar tres retos. Primero, evitar que la crisis se transforme en una recesión profunda, larga y dolorosa, especialmente en términos de desempleo. Segundo, fomentar acuerdos estratégicos para mejorar la productividad y promover nuevas especializaciones productivas capaces de aumentar la competitividad y generar empleo de salarios elevados. Y tercero, modular los efectos colaterales negativos que pudiese tener el elevado endeudamiento de grandes empresas inmobiliarias e industriales con la banca.
El objetivo prioritario a corto plazo tiene que ser el evitar una anorexia del consumo y la inversión. Las recesiones profundas no son la penitencia a pagar por el pecado de los excesos del crecimiento. Atribuir un sentido moral a la recesión es una creencia conservadora. Las recesiones lo único que traen son consecuencias sociales y políticas devastadoras, especialmente el desempleo. La función de los gobiernos es evitarlas.
La capacidad de destrucción de empleo de esta crisis es elevada. Para tener una idea del riesgo es útil la comparación con la recesión de 1992-93. En aquella ocasión el PIB cayó desde el 3,8% en 1991 al -1% en 1993; es decir, 4,8 puntos. Y el desempleo pegó un brinco enorme, que lo llevó a un techo del
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"Creemos que en el año 2025, Europa habrá hecho escasos progresos a la hora de lograr ser un actor cohesionado, integrado e influyente, capaz de emplear de forma autónoma un amplio rango de instrumentos políticos, económicos y militares en apoyo de sus intereses y valores". Ésta es la visión del futuro de Europa plasmada en el informe del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense, hecho público recientemente. A la CIA se le pudo pasar por alto el colapso de la Unión Soviética, no anduvo muy fina en tiempos de la invasión de Kuwait y tampoco es que hilara muy fino en la reciente guerra entre Rusia y Georgia. Eso sí, el declive europeo no les va a pillar desprevenidos. Una de dos: o la CIA ha tenido un fogonazo de clarividencia o los europeos disimulamos muy mal. Juzguen ustedes.
Pero no es sólo la CIA quien piensa así, sino también el resto del mundo. Recientemente, la Fundación Bertelsmann hizo una encuesta a 8.999 ciudadanos de nueve países: Alemania, Brasil, China, Estados Unidos, Francia, India, Japón, Reino Unido y Rusia. En una de las preguntas, los encuestados tenían que responder qué países creían que iban a ser potencias mundiales en el año 2020. La respuesta fue para sonrojarse: sólo el 9% de los indios, el 10% de los brasileños, el 13% de los rusos, el 20% de los japoneses, el 25% de los estadounidenses o el 29% de los chinos creían que Europa iba a ser un actor global en 2020. Raro acuerdo respecto a Europa, pero también, lógicamente, respecto a China en sentido inverso, ya que todo el mundo descontaba que China sí sería una potencia en 2020.
No es un secreto que China también ha percibido la debilidad que emana de la división europea y que, como vienen haciendo los rusos desde algún tiempo, está comenzando a cogerle el gusto a esto de observar a los europeos pelearse entre ellos por ver quién da más a cambio de menos. Esta semana pasada, China tomó la decisión de cancelar la cumbre UE-China, de importancia estratégica para Europa en un momento de aguda crisis económica. Pekín ha alegado que la reunión de Nicolas Sarkozy con el Dalai Lama es una ofensa mayúscula a su soberanía. Sin embargo, la decisión china no sólo es sorprendente, sino absurda.
En primer lugar, Sarkozy estaba invitado a una reunión en Varsovia con premios Nobel de la Paz, lo que obviamente incluye al Dalai Lama que, por cierto, es el líder mundial mejor valorado. En segundo lugar, ningún país europeo apoya otra cosa que un diálogo entre el Dalai Lama y las autoridades chinas que lleve a la concesión de un régimen de autonomía para Tíbet, todo ello en un marco de renuncia expresa a la violencia (en realidad, ni siquiera el Dalai Lama reclama ya la independencia de Tíbet). Peor aún, la decisión china se ha producido justo unos días después de que el Gobierno británico anunciara públicamente el cambio de su posición histórica sobre Tíbet, reconociendo la pertenencia de este territorio a China. Un cambio de 180 grados, a cambio de nada, gratis total. Una vez más, Pekín pone de manifiesto que le encanta enseñar los dientes a quien puede, no a quien quiere, porque Bush también recibe al Dalai Lama y, sin embargo, China no adopta represalia alguna contra Washington.
Según las estimaciones de la consultora Goldman Sachs, la economía china alcanzará a la alemana en 2010 y a la japonesa en 2015 (de hecho, ya ha alcanzado a la italiana, francesa y británica). La cosa cambia cuando consideramos a Europa en su conjunto, ya que entonces China no estaría en condiciones de igualar económicamente a la UE, ni a Estados Unidos, hasta el año 2035. No hay que ser muy perspicaz para ver que EE UU tiene todavía por delante más de 25 años para intentar influir sobre China mientras que Europa carece de margen en tanto no actúe unida.
2020-2025 es el horizonte analítico que se ha planteado el Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE que lidera Felipe González. El Grupo tendrá que presentar sus conclusiones durante la presi
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Tras treinta años de Constitución, en la cultura política española domina el regateo bilateral. El federalismo sólo llegará cuando se asuma la primacía de la cooperación multilateral en beneficio de todos
Se cumplen tres décadas de vigencia de la Constitución de 1978 y ya se dispone de perspectiva suficiente para analizar el grado de eficacia de un modelo de Estado compuesto que para algunos es casi federal y para otros sencillamente muy descentralizado. Culminado el proceso de actualización de los estatutos, de no mediar sentencia del Tribunal Constitucional que modifique sustancialmente el contenido del de Cataluña, y por analogía otros, y tras la futura revisión del modelo de financiación, podrá decirse que el Estado autonómico será formalmente más federal que antes de las reformas. Sin embargo, sigue faltando mucho para un funcionamiento realmente más federal entre las partes que son Estado.
Lo primero que hay que constatar es que, pese a todo, el proceso seguido en España, original por cuanto se han modificado estatutos de autonomía sin modificar la Constitución, supone avances positivos y que las reformas propuestas por los Parlamentos regionales han contado con amplio apoyo. Pero ese proceso sigue sin concitar consenso, ni en la valoración de sus consecuencias ni en su interpretación. Para algunas expresiones nacionalistas en Cataluña no es más que una etapa más, insuficiente, y ya anuncian nuevas iniciativas y demandas. Por su parte, los nacionalistas vascos ni siquiera consideran la posibilidad de reforma del actual Estatuto de Gernika como su mejor opción a medio plazo, sino que incluso han llegado a proponer un escenario de consultas dentro de un supuesto "derecho a decidir del pueblo vasco" que no tiene precedente en las democracias maduras occidentales, se aleja del marco establecido en la Constitución española (así lo ha entendido el Tribunal Constitucional) y recuerda más bien el largo contencioso canadiense. Y para algunas expresiones del nacionalismo español este proceso supone la ruptura de España como nación, por lo que anuncian riesgos de fragmentación e incluso "balcanización".
No obstante, ha prevalecido la opción de quienes pensaban que la perspectiva de décadas de experiencia, como miembro de la Unión Europea y como Estado compuesto, la propia jurisprudencia del Tribunal Constitucional y la velocidad de los cambios sociales y económicos en curso aconsejaban una amplia puesta al día.
Un proceso tan ambicioso de reforma de estatutos de autonomía no está exento de riesgos e incertidumbres. En primer lugar, los gobiernos locales han quedado, de nuevo, al margen y siguen esperando su particular transición y acomodo en el nuevo Estado autonómico. En segundo lugar, el establecimiento en los estatutos de compromisos de asignación de inversión regionalizada del Estado en algunas comunidades, sea como porcentaje del PIB, sea como porcentaje de población u otros, contribuye al desarrollo de discursos de agravio comparativo y de asignación de recursos que dependerán mucho de la coyuntura y de compromisos políticos bilaterales. En tercer lugar, la inclusión de cláusulas estatutarias que de facto suponen intentos de "blindaje" imposibles por distintas comunidades autónomas en materia de gestión de recursos hídricos, poco tiene que ver con la forma en la que se abordan estas cuestiones en Estados federales de larga tradición. En cuarto lugar, el proceso de reforma estatutaria no ha sido aprovechado para abordar de forma simultánea una reforma profunda de la propia Administración General del Estado y para haber alcanzado un amplio consenso político sobre la creación o consolidación de anclajes federales claros y aceptados por todos.
Pero el riesgo mayor es que prevalezca la relación bilateral Gobierno central-comunidad autónoma en detrimento de visiones y actitudes más acordes con la existencia de gobiernos multinivel y con contextos crecientemente in
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En 1967 se publicaba en alemán y en 1973 se traducía al español el libro del sociólogo T. Luckman, La religión invisible. En él se analizaba el lugar de la religión en la sociedad industrializada y pluralista. Se preveía una retirada de la religión del ámbito público a la esfera privada, de una función oficialmente estructuradora a otra sólo inspiradora, de su dimensión institucional a una vigencia estrictamente individual. Eran los años en que el marxismo difuso en toda Europa otorgaba a la economía y a la política la condición de fuerzas sustentadoras de la sociedad, haciendo de todo lo demás (ética, religión, derecho...) puras funciones derivadas de aquellas. Desde ahí se preveía la desaparición de la religión del horizonte público en los próximos años. Más recientemente en Francia M.Gauchet y L. Ferry han pronosticado la salida de la religión de los entramados sociales para convertirse en mero fermento de sentido para la vida privada, en su libro: Lo religioso después de la religión (2004).
¿Cuál es el resultado de tales pronósticos? Parecía en aquellos días que la secularización de la sociedad, de las instituciones y de las conciencias era irreversible, que conquistaría el terreno en un proceso, que nada podría detener. Tal pronóstico sólo parcialmente se ha cumplido. La caída del marxismo, la afirmación beligerante del islam, los movimientos carismáticos de tan distinta índole existentes en el mundo, las diversas teologías de la liberación que inciden sobre la religiosidad popular y sus elementos emocionales, la inexistencia en nuestro horizonte de grandes proyectos éticos de sentido, esperanza y justicia: todo ello ha quebrado la credibilidad de aquellas propuestas secularizadoras. Hoy las dos potencias más inspiradoras de lo humano son las culturas y las religiones.
La situación resultante es una escisión en dos posturas extremas: la que sigue pretendiendo que la religión sea la clave primera y suprema de estructuración de la sociedad y la que se empeña en recluir la religión y reducir los grupos religiosos al puro ámbito individual, convirtiéndolos así en sectas. Entre las teocracias de muy distinto signo y las sectas hay que situar la religión en las sociedades modernas. Estas deben ofrecer espacios públicos abiertos a todos los que, respetando el recto ordenamiento jurídico, el bien común y el orden público, aportan sus valores e ideales a la vida común. El Estado no tiene autoridad para prohibir, imponer o privilegiar a unos grupos sobre otros. El criterio para apoyarlos será su respeto a los derechos humanos junto con los ideales, valores y derechos configuradores de nuestra historia (que no puede ser trasmutada por real gana o arbitraria decisión de un gobierno), su presencia real en la sociedad, su cooperación tanto al fortalecimiento de las instituciones como a la superación de las necesidades, y la realidad numérica de unos y otros grupos. El Estado no puede emitir juicios sobre los contenidos específicos de cada uno de esos grupos. La categoría primera es la libertad de los ciudadanos, y desde ella unos configurarán su identidad desde la religión y otros desde la increencia. El espacio público no es de ninguno de ellos: ambos están igualmente legitimados a expresarse dentro de él y a configurarlo según sus convicciones forjadas en libertad.
La religión es una forma de ejercitación en libertad y por tanto afecta a todas las dimensiones de la persona, que es interior y exterior, privada y pública, individual y comunitaria. Justamente porque se refiere a Dios, absoluto y trascendente, es principio de sentido para todo, pero no sustituye a nada ni hace innecesaria la ejercitación de todas las demás potencias, instancias y ejercitaciones mediante las cuales se articula la vida social, intelectual, moral y política. Dios es para el hombre en un sentido todo, en cuanto principio de nuestro ser, sentido de nuestra existencia y dinamismo de nuestro futuro. El funda, inspira y sostiene
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Cincuenta años de periodismo de José María Carrascal...
MI primer artículo apareció el 16 de diciembre de 1958, precisamente en ABC. Era un reportaje sobre el Berlín de las cuatro potencias ocupantes, encabezado por la foto de un Bundestag que mostraba, como toda la ciudad, las heridas de la guerra. En este medio siglo, el mundo ha dado muchas vueltas y han ocurrido muchas cosas, buenas y malas, pero sobre todo, sorprendentes. Sin salirnos de Berlín, tres años después, tuve que informar sobre el alzamiento del Muro, y creí que iba a morirme sin verlo derribado. Sin embargo, en 1989, se vino abajo, no por la fuerza de los tanques, sino de las ideologías. El Muro berlinés ocultaba uno de los mayores fraudes de la Edad Contemporánea: el del comunismo como sociedad más sana, más fuerte, más productiva que el capitalismo, utopía que ha cautivado a la humanidad desde su infancia. El desplome del Muro dejó al descubierto la cruda realidad que ocultaba, el abismo entre dirigentes y dirigidos, el fracaso de una economía incapaz de suministrar los bienes modernos a la población y, a veces, de alimentarla. Una realidad que se llevó por delante no sólo el imperio soviético, sino también a buena parte de la izquierda, que sigue en crisis, pese a todos sus intentos de recuperarse, incluido el de pedir prestadas fórmulas al capitalismo.
Pero no sólo la izquierda está en crisis. Lo está también la derecha, y ésta es otra de las grandes sorpresas. El desplome del Muro trajo el espejismo del «fin de la historia», la creencia de que se habían acabado las ideologías, al no haber alternativa a la democracia como sistema político y al mercado como sistema económico. En adelante, todo sería ensanchar la una y el otro hasta llegar a la «paz perpetua» que soñaba Kant. ¡Cuánto nos equivocábamos! La crisis de 2008 ha demostrado las catastróficas consecuencias de un mercado sin control, mientras las guerras de Afganistán e Irak están demostrando lo difícil que resulta exportar la democracia a culturas y países distintos a los nuestros. Es más, la paz no se ha impuesto ni siquiera en Europa, donde hemos tenido guerras en los Balcanes y acabamos de tener otra en el Cáucaso, por no hablar de las guerras sucias, como la que tenemos en el País Vasco. En otras palabras el mundo es tanto o más peligroso que en 1958.
Volviendo a aquel año, el mundo estaba regido entonces por dos superpotencias, con occidente anonadado por el golpe psicológico que significó el primer vuelo espacial soviético. El futuro parecía estar allí y el chiste en las recepciones diplomáticas era «los pesimistas aprenden ruso, los realistas, chino». Equivocándose en lo primero y acertando en lo segundo, si bien los chinos han adoptado el capitalismo como sistema económico, sin abandonar el comunismo como sistema político. ¿Es ésta la fórmula híbrida del futuro? Pues tampoco lo creo, aunque la experiencia aconseja no descartar nada. Tal vez sea la fórmula para ellos, pero desde luego, no lo es para nosotros.
El comunismo a secas no parece ser ya modelo para nadie y los residuos que quedan de él -Cuba, Corea del Norte- buscan desesperadamente una salida, sin encontrarla. Posiblemente se deba a considerarse un sistema perfecto, siendo imperfecta la condición humana, lo que les impide acoplarse y, más grave aún, impide al sistema evolucionar, que es otra de las leyes de la naturaleza. Mientras el capitalismo, con todos sus defectos, es infinitamente más flexible y no tiene inconveniente en irse adaptando a las circunstancias, autocorrigiéndose incluso con medidas contrarias a su filosofía, si es que tiene alguna. Así, acabamos de ver a gobiernos conservadores nacionalizar parte de la banca, mientras otros, socialistas, la capitalizaban. Un espectáculo inimaginable hace medio siglo. Pero es lo que ha permitido crecer al capitalismo, mientras el comunismo se estancaba.
El crecimiento del capital
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La realidad no sólo es inabarcable: es inasumible. Dejemos de lado la filosofía y, del modo más pedestre, definamos la realidad simplemente como la hilación de lo que pasa. Ni usted ni yo podemos soportar eso, salvo en pequeñísimas dosis. Supongamos que tenemos delante un plato de huevos con tocino; podemos imaginar, más o menos, en qué condiciones vive la gallina que puso este huevo, o cómo y con qué se fabricaron los piensos que alimentaron a la gallina y al cerdo, o cómo gritó el cerdo antes de morir; incluso, recreándonos, podemos fantasear con que el animal estaba aún vivo cuando se le arrancaban las vísceras. Disponemos de la información suficiente para saber cómo funcionan estas cosas. Pero preferimos no verlas personalmente.
La mayoría de las personas gozamos de un bajo nivel de sensibilidad y de una extraordinaria capacidad para limitar nuestra percepción de la realidad a lo inmediato y conocido, obviando otras realidades desagradables. Leemos sobre la guerra en la región congoleña de los Grandes Lagos y adquirimos plena conciencia de que se trata de un conflicto muy cruel, sucio. Leemos un poco más y descubrimos que una de las claves de esa guerra es el coltán que se obtiene en las minas de la zona (gracias al trabajo de niños esclavizados) y se utiliza cada vez más para fabricar ordenadores portátiles y teléfonos móviles. No tenemos gran dificultad para relacionar la guerra del Congo con el teléfono que llevamos en el bolsillo y, por tanto, con nosotros mismos. Tampoco tenemos mayor dificultad en pasar página y empezar a leer otra cosa mientras nos comemos, si se tercia, los huevos con tocino.
No hace falta ponerse tan tremendos para referirnos a la realidad y a lo poco que nos conviene asumirla. Hay ejemplos menos incruentos. El votante de Convergència puede enterarse de que el líder del partido, Artur Mas, tiene un padre cuyos ahorros, un par de millones, aparecieron en Liechtenstein. Dicho votante puede deducir la existencia de un posible fraude fiscal por parte del señor Mas senior, e incluso sonreír ante el hecho de que el señor Mas junior denuncie una y otra vez la presunta injusticia fiscal a la que Cataluña se ve sometida por esa cosa abstracta que los catalanes llamamos Madrid. El votante, sin embargo, está preparado para encajar esas contradicciones tan propias de la realidad. Difícilmente cambiará su voto en las próximas elecciones.
El negocio de la prensa se basa, o debería basarse, en la realidad. A veces podemos arriesgarnos a explicar por qué pasa lo que pasa, e incluso qué pasará después. La materia prima de esta industria, en cualquier caso, es lo que pasa: pequeños fragmentos de realidad, generalmente llenos de impurezas, que conviene lavar y verificar antes de revenderlos (a usted) con la menor manipulación posible.
La imagen suele identificarse con la realidad. No siempre se corresponde con ella, porque quien extrae la imagen elige lentes, distancias, campo, luz; pero convengamos en que una fotografía o una filmación (sin trucos) constituyen un material fiable.
Entre la gente que trabaja con imágenes se encuentran las personas más esforzadas de la prensa. Por decirlo de alguna forma, son quienes están obligados a ver cómo vive la gallina, a escuchar los gritos del cerdo y contemplar cómo le arrancan las vísceras. Sin intermediarios ni abstracciones. Dado que no es posible hablar de todos ellos, mencionaré a uno como arquetipo: Gervasio Sánchez. Si usted se hace una idea de lo que fue el sitio de Sarajevo, lo que fue la guerra sucia en El Salvador, de las amputaciones que causa una mina antipersona o de la tragedia crónica que devasta la región de los Grandes Lagos, es casi seguro que ha consumido algunos de los fragmentos de realidad que Gervasio Sánchez, colaborador del Heraldo de Aragón, La Vanguardia y en ocasiones de este diario, viene sirviéndole desde hace tres décadas. Menciono a Gervasio, insisto, en nombre de todos, e
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Solemos pensar en la historia como un gran proceso, lento e inexorable, dirigido por grandes fuerzas. De ahí la relevancia de ejercicios de prospectiva como el Tendencias Globales 2025 del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense hecho público la semana pasada. Pero hay lugares del planeta donde la historia con mayúscula se forja en estos mismos momentos. Algunos de estos lugares pueden ser considerados fallas geológicas en su equivalente geopolítico: tanto si se separan como si se cierran, el mundo será un lugar completamente distinto (pero no a largo plazo, sino con efectos inmediatos).
Una de esas fallas es la línea Durand, la frontera trazada por los británicos en 1893 para separar Afganistán y Pakistán y que coincide en gran medida con el macizo del Hindu Kush. Esa frontera dividió a la comunidad pastún entre dos Estados, sembrando de por vida toda la región de inestabilidad. Como consecuencia, todavía hoy, las provincias del noroeste de Pakistán siguen mirando hacia Afganistán, recelando del Gobierno de Islamabad y prestando apoyo logístico y albergue a los insurgentes talibanes y terroristas de Al Qaeda. Dada la capacidad nuclear paquistaní y su crucial importancia geopolítica, Estados Unidos y Europa han tenido que tratar siempre a Pakistán no ya con pragmatismo sino con un cinismo tan descarado como impotente: tolerando los excesos represivos del régimen del general Musharraf y la corrupción generalizada, soportando estoicamente las ambigüedades y oscuras maniobras de los servicios secretos paquistaníes, más preocupados por la India que por Al Qaeda, e intentando olvidar la colaboración del responsable del programa nuclear paquistaní con la proliferación nuclear mundial. Hoy, pese a la marcha de Musharraf, Pakistán sigue en el filo y Occidente carece de una política que pueda evitar lo que los analistas como Ahmed Rashid han descrito como el "descenso al caos".
La otra falla de importancia crucial está en el Congo oriental, en la frontera entre este país y Uganda, Ruanda, Burundi y Tanzania. Curiosamente, coincide también con otra falla geológica, la del Rift, que creó los grandes lagos y aisló el África central de la costa del Índico. Desde 1994, cuando los conflictos latentes desembocaron en el genocidio de Ruanda, la zona ha estado sometida a enormes tensiones. Los acuerdos del Lago Victoria de 2006 pusieron en marcha un proceso de paz regional, auspiciado por Naciones Unidas, en los que la Unión Europea ha estado notablemente comprometida. En Congo, la UE ha dado apoyo al proceso electoral, ha puesto en marcha una misión de apoyo policial y judicial y ha iniciado un programa de reforma de las fuerzas armadas congoleñas. Pero nada de eso ha sido suficiente para contener las tensiones en la frontera con Ruanda, donde el Ejército congoleño y las milicias mai-mai, hutu y tutsi pugnan por el control del territorio y sus riquísimos recursos naturales. La misión de la ONU, formada por 17.000 soldados, se ha visto desbordada y su comandante, el general español, Vicente Díaz de Villegas, ha dimitido. Aunque el Consejo de Seguridad haya decidido reforzar la misión con 3.000 efectivos adicionales, éstos no serán suficientes para taponar la enorme brecha humanitaria que se va a abrir si el conflicto se desborda. Pese a los recursos invertidos por la comunidad internacional, el descenso al caos de Congo ya ha comenzado, con un Ejército congoleño que en su retirada, saquea, asesina y viola a la población cuya protección se supone tenía encomendada. Inevitablemente, si la situación sigue empeorando, la UE tendrá que despachar a la zona uno de sus recientemente creados Grupos de Combate (battlegroups).
La tercera falla de importancia es Ucrania, un país que está en el filo de la navaja desde la Revolución Naranja de 2004 y que enfrenta elecciones presidenciales a comienzos de 2009. Con un Gobierno dividido y una economía sumamente frágil, el destino del país está en gran medida en manos
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El primer gran movimiento unitario de la oposición, tras la muerte de Franco, fue exigir la libertad de los presos políticos como irrenunciable primer paso a la democracia. Los logros no obligaron a olvidar el pasado
No sabía bien hasta qué punto acertaba el editorialista de EL PAÍS cuando afirmaba -La memoria histórica, 7 de enero de 1977- que la guerra civil ocuparía "en la memoria colectiva un lugar de primer orden durante décadas". La guerra tiene que ser "objeto de una reflexión colectiva y de un debate abierto, en el que participen tanto quienes la hicieron como sus descendientes, tanto los vencedores como los vencidos", se decía entonces, expresando una convicción compartida por un amplio sector de lectores, entre los que no faltaron voces del exilio, como la de Manuel Andújar, que envió una carta al director para subrayar la coincidencia de este editorial con la posición mantenida por él y el grupo de exiliados que dirigieron en México la revista Las Españas.
La memoria de la que tanto se hablaba hace más de 30 años tenía un objetivo: superar el pasado. Así lo entendía Manuel Tuñón de Lara, cuando se preguntaba en la presentación de Historia del Franquismo -excelente colección de fascículos de Daniel Sueiro y Bernardo Díaz Nosty- si por formar parte de la historia los hechos relatados en aquellos cuadernos debían ser olvidados. Y respondía: "Esos hechos y esos actos tienen que ser olvidados como condicionantes del presente y del futuro, como factores políticos. En cambio, hay que asimilarlos y explicarlos como historia". Así era entonces la memoria histórica, la misma a la que se refiere Todorov cuando afirma que "si se quiere superar el pasado, en primer lugar, hay que fijar y establecer la propia historia".
Fruto principal de aquella memoria fue el impresionante movimiento por la libertad de los presos políticos y el retorno de los exiliados que creció como la espuma en el primer semestre de 1976. Comenzó pronto, inmediatamente que se conoció el verdadero alcance del indulto concedido por el Rey al hacerse cargo de la jefatura del Estado. Y eso se supo casi al día siguiente, cuando Manuel Fraga, ministro de la Gobernación, volvió a meter en la cárcel a Marcelino Camacho, condenado en el proceso 1001, indultado y vuelto a encarcelar en la más palmaria demostración de que el indulto regio era papel mojado; que el amo de la calle era él, Fraga, vicepresidente con licencia para retirar de la circulación a quienes estorbaban sus planes de reforma.
Liquidado el primer efecto del indulto, la reivindicación de amnistía sirvió de aglutinante a colegios profesionales, organizaciones vecinales y feministas, partidos y sindicatos todavía ilegales, para exigir, en el primer gran movimiento unitario de la oposición, la libertad de los presos políticos como irrenunciable primer paso a la democracia. Las manifestaciones por la libertad, la amnistía y el estatuto de autonomía en Barcelona los días 1 y 8 de febrero de 1976, la convocada en Madrid el 4 de abril, las concentraciones organizadas por las Gestoras Pro-Amnistía en Euskadi, todas ellas reprimidas con saña por la policía, culminaron, tras la caída del Gobierno Arias / Fraga, en la Semana Pro-Amnistía celebrada con multitud de actos entre el 7 y el 12 de julio, pocos días después del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno.
"El pueblo empuja, el Gobierno no puede soportar más la presión popular y arroja la toalla", escribían los autores del Libro blanco sobre las cárceles franquistas, expresando un sentimiento común. La oposición unida había conseguido un triunfo y dado un paso adelante en la lucha por la democracia. Sólo un paso, pues la amnistía por fin decretada el 30 de julio de 1976, siendo la mejor de las posibles, no era la más amplia de las deseables, como escribió EL PAÍS. Pacata con los militares demócratas, dejó fuera además los actos que hubieran "puesto en peligro o lesion
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Cada vez que se invoca el déficit fiscal de Cataluña como argumento para limitar su aportación a los mecanismos de cohesión territorial se recuerda que ese déficit se ve compensado de alguna manera por el superávit de la balanza comercial catalana en relación con el resto de España. Frente a las visiones simplistas de sectores nacionalistas, Ernest Lluch, por ejemplo, sostenía que las rentas que Cataluña transfiere a otras comunidades por vía fiscal las recupera con creces al vender en ellas sus productos, favoreciendo la creación de empleos catalanes.
Más recientemente se ha querido relativizar ese argumento diciendo que el mercado natural de Cataluña no es tanto España como el Mercado Único europeo. Un dirigente nacionalista vasco lo expresaba así: "Si no nos compran en Madrid, ya nos comprarán en Luxemburgo". La discusión no tiene visos de amainar, pero puede hacerse ahora con datos más precisos: acaba de publicarse un estudio sobre el comercio inter-regional en España correspondiente al periodo 1995- 2006 que viene a cubrir una laguna estadística. Ha sido redactado por el Centro de Predicción Económica y patrocinado por 11 comunidades autónomas, entre las que figuran Cataluña, Madrid, Euskadi y Andalucía.
Una primera conclusión del estudio es que todas las comunidades mantienen relaciones comerciales más intensas con el resto de España que con el extranjero, tanto desde el lado de las importaciones como de las exportaciones. El peso del comercio interior -ventas en la propia comunidad (29,9%) y a otras comunidades (44,1%)- supone el 74% del total de transaciones, frente al 26% del comercio exterior; en todas las comunidades el comercio inter-regional supera al internacional, y también (con alguna excepción insular) al intracomunitario.
Otra conclusión es que Cataluña es con gran diferencia la comunidad que registra un mayor saldo favorable en su relación con el resto de España: de más de 13.000 millones de euros en 1995 y de casi 20.000 en 2006. Las siguientes con mayor saldo positivo son el País Vasco y Galicia, con más de 6.000 millones cada una en 2006. Estas tres comunidades son las únicas que registran saldo positivo a lo largo de todo el periodo. Esa situación es compatible, en el caso de Cataluña, con un gran déficit en su relación con el exterior. Los autores del estudio sugieren que la condición de Cataluña como principal abastecedor del mercado interior y a la vez segundo mayor comprador (tras Madrid) en los mercados exteriores puede deberse a su función de puerta de entrada de productos que distribuye por todo el país. Sin embargo, aunque conserve el primer lugar en el ranking, el crecimiento del comercio inter-regional ha sido en Cataluña, en ese periodo de 11 años, inferior a la media.
Euskadi tuvo hasta hace poco saldos positivos también en el sector exterior, pero desde 2006 lo tiene negativo: importa más que exporta. Pero es significativa la fuerte dependencia de la economía vasca respecto al mercado español: vende (con datos de 2000) en su propio territorio el 26% de lo que produce y en otras comunidades el 42%. También es llamativo el fuerte superávit de Galicia, pese a que no figura, como las otras dos, entre las comunidades más desarrolladas.
Resulta irónico que sean precisamente las tres comunidades con mayor presencia nacionalista, incluyendo la de sectores partidarios de romper amarras con España, las que más se benefician de su relación comercial con las otras comunidades españolas.
El estudio no recoge los flujos financieros, pero hace años que el economista (y diputado socialista) Juan Muñoz, recientemente fallecido, ofreció datos indicativos del trasvase histórico, sobre todo a través de las cajas de ahorro, de una gran parte del ahorro de la España agraria a la industrial; de forma que en el País Vasco, por ejemplo, por cada 100 pesetas ahorradas en la comunidad, se invertían 180. Algo si
... (... continúa leyendo)La crisis puede ser la salvación (F. Hölderlin)
No es sólo un inmenso andamiaje económico lo que se desmorona, sino una concepción del poder, de sus bases ideológicas. Es necesario tener en cuenta todas las dimensiones de este derrumbe para reconstruir con otros materiales. Y, sobre todo, reponer en el eje mismo de la acción pública los principios democráticos que, en un error histórico, se sustituyeron indebidamente por las leyes del mercado.
Aprovechar las crisis para el cambio de rumbo y de destino: que no desoigan ni ridiculicen las propuestas de cambio los mismos que desoyeron y ridiculizaron las recomendaciones que les hacíamos, desde principios de la década de los noventa, convencidos de que un sistema económico guiado por los intereses mercantiles en lugar de por la justicia está abocado al desastre. Ahora, que no juzguen quienes deberían ser juzgados. Han sido "rescatados" por el Estado y quedan desautorizados para opinar sobre unas propuestas que pretenden el "rescate" de la gente. Que callen ahora quienes -como el Banco Mundial, el FMI y la OMC- no levantaron la voz cuando debían.
Después de la "burbuja tecnológica" de los años noventa, la "burbuja inmobiliaria". Durante todo este tiempo en que los "fondos soberanos" estaban vedados a los países dentro del "sistema globalizante", los que se hallaban fuera del mismo han acumulado inmensos capitales, sin tener en cuenta en muchos casos las condiciones laborales ni los derechos humanos.
Es una crisis del capitalismo y no en el capitalismo, como pretenden, para continuar después su desbocada carrera, los más fervientes defensores de la economía de mercado que, por la ausencia de valores y de pautas de buen gobierno, ha fracasado estrepitosamente. Conviene, sobre todo, no volver a un "nuevo capitalismo", sino promover un nuevo sistema económico mundial basado en la justicia y regulado por instituciones integradas en unas Naciones Unidas completamente reformadas, quizás refundadas, que dispongan de los recursos personales, técnicos y económicos que les permitan actuar eficazmente y aplicar a los transgresores todo el peso de la ley.
Se ha hablado últimamente de la necesidad de reformar urgentemente el FMI, cuando lo que hay que reformar es el sistema de Naciones Unidas en su conjunto, empezando por la inclusión en el mismo del FMI y el Banco Mundial, así como de la Organización Mundial del Comercio, para que se reafirme en su misión inicial, nunca cumplida: "Evitar la guerra", es decir, construir la paz, en favor de las "generaciones venideras".
La ONU, la Unesco -para que no volvamos a la paz de la seguridad en lugar de la seguridad de la paz- todos tienen que reformarse y reforzarse teniendo en cuenta su mandato original. Lo cierto es que se ha intentado desprestigiar y desautorizar a las Naciones Unidas y a las instituciones que la integran.
Sólo con una autoridad supranacional adecuada podrá tener lugar la regulación de los mercados. Y la eliminación inmediata de los paraísos fiscales, con los que los tráficos de drogas, armas, patentes, capitales y personas podrán también desaparecer. Ha quedado claro que los mercados no se "autorregulan", sino que favorecen en el espacio supranacional, totalmente impunes, todo tipo de transgresiones y de mafias.
A escala nacional, es necesario que se establezcan rápidamente pactos entre los Gobiernos, los partidos, los representantes sindicales y empresariales (son un buen ejemplo los Pactos de la Moncloa) para que los beneficios de los avales financieros se hagan sentir rápidamente en la sociedad.
Algunas medidas que deberían adoptarse rápidamente:
- Realizar grandes inversiones públicas.
- Facilitar y regular la financiación de y desde la ciudad, imprescindible para la promoción del empleo, de la actividad mercantil e industrial, especialmente de las pymes.
- Igual que se han encontrado fondos cuantiosos para el rescate de las insti
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La idea de un mundo interconectado, que nos ha servido como lugar común para designar la realidad de la globalización, implica, en principio, un mundo de responsabilidad limitada, cuando no difusa o abiertamente irresponsable, sobre el que no puede establecerse ningún control y del que nadie se hace cargo. La interconexión significa, por una parte, equilibrio y contención mutua, pero también alude al contagio, los efectos de cascada y la amplificación de los desastres, como es el caso de la reciente crisis financiera. El mundo interconectado es también ese "mundo desbocado" del que hablaba Giddens a la hora de calificar los aspectos menos gratos de la globalización.
En el caso concreto de la reciente crisis financiera la irresponsabilidad ha comenzado por la imprevisión. Han funcionado muy mal los sistemas de advertencia y prevención de riesgos. Las autoridades correspondientes han tenido una mala percepción de la gravedad de la crisis. Esta falta de anticipación revela no tanto un problema moral o político cuanto una grave deficiencia cognoscitiva, pues es difícil entender por qué no se sacan las conclusiones lógicas de una historia saturada de burbujas especulativas con consecuencias desastrosas. Tenemos muy reciente la crisis de la nueva economía y no hemos aprendido la lección: entonces se nos anunciaba una nueva era económica muy prometedora. Cuando domina la euforia financiera la hipótesis de una crisis parece lejana y por tanto incapaz de provocar las reacciones que aconsejaría la prudencia. La primera explicación antropológica de esta inadvertencia es que los profetas de las malas noticias no son nunca bienvenidos. Pero hay también una explicación ideológica y es que los defensores de la teoría de la eficiencia financiera llevan mucho tiempo diciendo que el mercado no se equivoca nunca y celebrando "la sabiduría de las masas" (Surowiecki). Y eso desincentiva la creación de instrumentos de regulación.
No sé si es una falta de memoria financiera, como ha dicho alguno, o una ceguera ante el desastre. En cualquier caso, está claro que prevenimos muy mal los desarrollos catastróficos y eso que no andamos faltos de cálculos matemáticos sofisticados. No disponíamos de una cartografía precisa de los riesgos que permitiera anticipar su encadenamiento irracional. Una parte de los riesgos había sido dispersada en el mercado, de manera que las instituciones financieras apenas podían medirlos y estimar su impacto futuro. Cuando el horizonte temporal se estrecha y sólo es tenido en cuenta el interés más inmediato es muy difícil evitar que las cosas evolucionen catastróficamente. Tanto desde el punto de vista informativo como de control, los mecanismos de autorregulación se han revelado como insuficien-tes. Lo que todo esto pone de manifiesto es que no sabemos todavía detectar, gestionar y comunicar los riesgos globales.
La crisis financiera es, en última instancia, una crisis de responsabilidad y el procedimiento que mejor lo ha representado ha sido la extensión de productos financieros como la titulización, que traducían la voluntad de desplazar los riesgos hacia el infinito, es decir, aceptar riesgos sin querer asumir las consecuencias. Se trataría de algo que podríamos denominar como "riesgos sin riesgos". La titulación ha actuado como un mecanismo global de irresponsabilización, que diseminaba y disimulaba a la vez los riesgos, haciendo opacos los mercados. Éste y otros productos financieros permitían evacuar o neutralizar los riesgos de las operaciones de préstamo transfiriendo la carga hacia los mercados de naturaleza especulativa. La opacidad de los mercados impedía el control y toleraba riesgos excesivos, títulos opacos cuyos riesgos nadie era capaz de evaluar. De este modo se ha constituido un mercado financiero global en el que los accionistas minoritarios de las empresas han presionado para obtener unas tasas de rentabilidad cada vez más elevadas. La irrealidad de los intercambios e
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Suele describirse la democracia como un procedimiento para resolver conflictos de manera no violenta, de acuerdo con reglas que permiten conjugar intereses diversos. Dichas reglas casi siempre derivan, de una forma más o menos directa, del principio de mayoría: si las partes no consiguen llegar a un acuerdo, se decide en función del apoyo popular que tienen las distintas posturas en litigio.
Uno de los conflictos más duraderos y enrevesados de la política española es el territorial. No hay un equilibrio institucional entre centro y periferia. De hecho, el Título VIII de la Constitución dejó este asunto sin cerrar y desde 1978 España se encuentra, por lo que respecta al asunto territorial, en una especie de fase constituyente permanente. En términos generales, esta naturaleza irresuelta del problema territorial no es sino un reflejo del tipo de Estado que tenemos, en el que ni el centro ni las regiones periféricas han tenido poder suficiente para imponer su punto de vista. Las regiones con demandas separatistas no han conseguido desmembrar el Estado, pero el Estado tampoco ha conseguido asimilar completamente a las minorías territoriales formadas por catalanes, vascos y gallegos, como lo prueba la supervivencia de lenguas propias, características diferenciales y demandas de mayor autogobierno o incluso de separación.
Dada esta inestabilidad institucional, creo que sería conveniente establecer un procedimiento que permitiera procesar ciertas demandas nacionalistas que, hoy por hoy, no caben en nuestra democracia. No me refiero a las reformas de los estatutos, a la financiación autonómica, o al reparto de competencias. Más bien, estoy pensando en la demanda última de ciertos nacionalistas, que no es sino el deseo de separarse de España. Dicha demanda no puede ser digerida por nuestro actual sistema democrático.
No vale de mucho alegar que todo es planteable y que la unidad de España puede discutirse de acuerdo con lo que establece la Constitución al respecto. Como bien se sabe, la Constitución de 1978, al igual que muchas otras del mundo, sanciona la indivisibilidad de la patria. Para poder dar cabida a una demanda separatista, sería necesario, por tanto, modificar el texto constitucional. Pero el procedimiento de reforma es tan exigente que no resulta un instrumento útil (ni aceptable) para resolver democráticamente la cuestión separatista en nuestro país.
Los nacionalistas, evidentemente, se aprovechan de este "punto ciego" de nuestra democracia y amagan con provocar una crisis institucional. Ahí están las dos ediciones del plan Ibarretxe, o los planes de ERC de convocar un referéndum de autodeterminación en 2014. Con objeto de ganar seguidores para su causa, se presentan como víctimas delcerrilismo u opresión política de España.
Tanto por razones democráticas como por la necesidad de desactivar ciertas coartadas que usan los nacionalistas para reforzar sus tesis, creo que es imprescindible plantear abiertamente la discusión sobre qué debe hacerse ante una demanda separatista que cuente con un cierto apoyo popular. A mi juicio, no vale de nada remitir a la Constitución, por las razones antes apuntadas: la Constitución impide plantear seriamente el asunto. Tampoco vale aducir que el separatismo es minoritario tanto en Cataluña como en el País Vasco, pues el grado de respaldo que tenga una demanda es algo contingente e históricamente variable.
No quiero sugerir con ello que las regiones tengan en España el derecho de autodeterminación. Los estudiosos del tema saben de sobra que tal derecho no existe, salvo en circunstancias muy especiales (situaciones de descolonización, invasiones bélicas, etcétera). Ahora bien, de que tal derecho no exista, no se sigue que una democracia pueda desentenderse sin más de una demanda separatista apelando a una Constitución que simplemente no deja espacio para esa demanda. Por supuesto, el hecho de que la Constitución no contemple la posibilidad de proce
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La economía de mercado, basada en la propiedad privada y en la libertad de empresa, cuanto más extendida mejor, no está en crisis; lo que está en entredicho son las pautas de conducta abusivas de algunos dirigentes, de las grandes corporaciones financieras y empresariales y las normas, o la ausencia de ellas, que las permiten o las hacen posibles.
Hablemos de los remedios. Para mí, el eje troncal es la responsabilidad social de la empresa (RSE), que se manifiesta a través de una nueva empresa responsable y sostenible y que se gestiona mediante un nuevo paradigma fundamentado en el humanismo, que necesariamente ha de complementar, que no sustituir, al tradicional economicismo capitalista. Éste ha de desarrollarse más allá de lo que las normas obligan a las empresas como mayores autoexigencias dentro de la voluntariedad, que hacen mejores a las empresas frente al mercado.
Es el momento de la verdad, de dejar de arrastrar los pies en la implantación de la RSE y de sus dimensiones fundamentales.
1. El buen gobierno corporativo y la transparencia informativa y contable. Todos sabemos cuáles son los elementos básicos que desde hace más de una década han enturbiado el buen funcionamiento de los mercados y producido sus mayores quebrantos. Aquellos que no nos atrevimos a regular y quedaron en recomendaciones que no se han cumplido correctamente. De los códigos de buen gobierno corporativo basta transformar en obligatorias las recomendaciones sobre la independencia de los consejeros y sobre la retribución, vinculando más la remuneración variable de los altos dirigentes a los resultados a largo plazo, al concepto de sostenibilidad en el tiempo propio de esta nueva empresa.
Habría que añadir la obligatoriedad de especialización para los consejos de las entidades financieras.
En el ámbito de la transparencia no basta con revelar los conflictos de intereses y que sea el mercado quien juzgue sobre ellos. Hay que regular y prohibir aquellos que desde décadas oscurecen la transparencia y generan abusos y fraudes. La prohibición de los nominees que ocultan identidades sobre la titularidad de las operaciones y la reconversión de los paraísos fiscales y financieros offshore en plazas transparentes.
Se trataría de prohibir los conflictos de intereses en la prestación de los servicios de auditoria de firmas que también los prestan de consultoría o asesoramiento legal y fiscal a las mismas empresas que auditan. Las empresas de rating que evalúan los riesgos y la solvencia de entidades vinculadas a sus propios accionistas. Las actividades de análisis financiero por parte de entidades que se analizan ellas mismas o a sus participadas y a sus clientes más estrechos, estableciendo recomendaciones sobre ellos. Procesos, todos ellos, en los que el conflicto de interés nubla el buen juicio y las valoraciones objetivas.
2. La competencia leal. Muchas son las empresas que desarrollan su modelo de negocio en ese territorio gris que se basa en realizar prácticas abusivas o desleales de competencia, porque sus beneficios compensan sobradamente las multas que han de pagar si pierden los pleitos en los tribunales de la competencia. Un aumento de los supuestos y sanciones en esta materia debería acometerse mediante una nueva normativa.
3. La lucha contra la corrupción. Sectores muy relevantes de nuestra economía desarrollan en muchas de sus empresas prácticas corruptas algunas ilegales y otras en ese terreno gris de la captura del funcionario al que luego se recoloca en puestos de nivel en el sector privado y un largo etcétera de actuaciones que no son responsables, ni se concilian con la ética de los negocios.
4. Las relaciones responsables con los medios de comunicación. Cuántas veces hemos oído decir: "A ver si el Gobierno prohíbe la telebasura, o los confidenciales basura, pretendiendo que se conculque uno de los derechos fu
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El mundo ha acogido con esperanza la victoria de Obama. El futuro presidente puede y debe restablecer con algunos actos concretos la dañada imagen de su país. Wilson, Roosevelt y Kennedy son buenos ejemplos
Hay mucho que decir -y se está diciendo- sobre la histórica victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, y los analistas de las fascinantes transformaciones de la sociedad estadounidense actual pueden explicar el resultado mucho mejor que yo. Pero, cuando observaba la extraordinaria reacción de otros países al triunfo de Obama, a la mañana siguiente de que el mundo conociera su victoria, sentí la tentación de ir un poco más allá.
¿Contribuirá el atractivo de este hombre en todo el mundo a la capacidad de Estados Unidos de persuadir a otros países para que acepten su liderazgo y aprueben medidas que Washington desee pero sobre las que los demás miembros del sistema internacional puedan no sentir tanto entusiasmo? ¿Convencerá a los Gobiernos y los pueblos de otras naciones de que las políticas made in USA son buenas para la humanidad en su conjunto?
Porque ésa es, al fin y al cabo, la definición del término poder blando defendida por el profesor de Harvard Joseph Nye en unos libros publicados en los años noventa. Durante demasiado tiempo, alegaba Nye, los estudiosos habían prestado una atención excesiva a los aspectos más duros del poder militar, económico y financiero, y habían ignorado la importancia de las características nacionales que permitían que determinados países "hicieran amigos e influyeran en la gente" mejor que otros.
Nye consideraba que un estilo de vida atractivo, una cultura interesante, la capacidad de ir de la mano de la opinión mundial en vez de ir en su contra, podían ser unas herramientas tan útiles para un país como la habilidad de los diplomáticos, la solidez financiera e incluso los grandes portaaviones. Es evidente que cuando Nye elaboró estas ideas, creía que Estados Unidos contaba con la mayoría de los atributos del poder blando; pensaba, con razón, que Hollywood, MTV y la cultura juvenil norteamericana tenían mucho más atractivo para el mundo que la desintegrada Unión Soviética y la falta de libertades en China.
Además, amplias zonas del mundo avanzaban en la dirección señalada por los fundadores de la nación norteamericana: democracia, imperio de la ley, libertad económica, etcétera. La posición de EE UU en el mundo estaba reforzándose, para confusión de los que escribían sobre el declive norteamericano. Las tres patas sobre las que se apoyaba su preeminencia -el poder militar, el poder económico y el poder blando- iban a mantener a la república en la cima durante generaciones.
Pero entonces llegaron George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y las políticas neocon de activismo militar, agresividad ideológica, anulación de derechos humanos esenciales, excesiva importancia de "la guerra contra el terror" y una repugnancia patológica, ejemplificada en John Bolton, hacia el multilateralismo. De acuerdo con todas las formas de medir la opinión mundial -por ejemplo, los sondeos de la Fundación Pew-, el Gobierno de Bush se convirtió en la más impopular de la historia reciente de Estados Unidos. No es extraño, por tanto, que el poder blando estadounidense se viniera abajo. La capacidad de la Casa Blanca de convencer a otros países desapareció; la simpatía mundial tras los atentados del 11-S se evaporó poco a poco, incluso en países tradicionalmente amigos de Estados Unidos.
La alegría colectiva que experimentó hace dos semanas todo el mundo ante el final de la era de Bush fue prueba de hasta qué punto el país de Lincoln, Wilson, Franklin Delano Roosevelt y Kennedy se había ganado la antipatía internacional durante los últimos ocho años.
Sin embargo, el poder blando, quizá por su propia naturaleza, es muy volátil. Y seguramente es más ajustable y moldeable que, por ejemplo, un declive r
... (... continúa leyendo)Voy a decir una perogrullada, pero las cosas están adquiriendo últimamente un cariz tan siniestro que parece necesario repetir una y otra vez las obviedades más básicas, a saber: ser tolerante significa tolerar a quienes tienen ideas contrarias a las tuyas. O sea, alardear de que uno es tolerante y serlo tan solo con tus coleguillas, como que no tiene ningún mérito. Vamos, es que eso ni siquiera puede denominarse tolerancia; antes al contrario, el colegueo extremo, esto es, el regodeo excluyente en lo buenos que somos los de nuestro grupo, suele desembocar en el sectarismo. Y el sectario bien cocido en su jugo termina no sólo por no tolerar al prójimo que piensa diferente, sino que incluso le arrebata su cualidad de prójimo, esto es, su humanidad. Lo convierte en una cosa violable y exterminable. Ese sectarismo feroz alentó la reciente escabechina de Bombay, permitió el genocidio del nazismo y sin duda facilitó que los franquistas masacraran a 130.000 personas y que los republicanos asesinaran a 50.000. Entre ellos casi 7.000 curas y monjas. Tras despojar al oponente de su cualidad de persona, es sencillísimo aplastarlo como si fuera un gusano sin sentir ni el más pequeño espasmo de empatía.
Miro alrededor, escucho las voces llenas de odio y de intransigencia y no logro entender lo que está pasando. Que una pobre monja muerta en la ancianidad hace 30 años y que no parece haber hecho mal a nadie haya suscitado tan enconado conflicto y recibido ataques tan violentos, me parece una prueba palmaria de lo locos que estamos. Verán, yo creo que la jerarquía católica es obsoleta y reaccionaria, y estoy totalmente a favor de la retirada de los crucifijos. Pero, precisamente por eso, quiero pedirle a Gallardón que, por favor, le ponga una placa a la madre Maravillas en el exterior del edificio del Congreso.
Rosa Montero

Los grandes hospitales públicos españoles y la medicina que en ellos se imparte han mejorado extraordinariamente en las últimas dos décadas. Sin embargo, a diferencia de otras organizaciones, estos centros son unas estructuras tan complejas y faltas de definición que carecen de transparencia. Ahora sabemos que muchos de esos hospitales están también enfermos. Los hospitales públicos son probablemente las estructuras más complejas de nuestro país por varias razones. Primero, los tres objetivos de atención sanitaria, docencia e investigación viven en conflicto. Segundo, el hospital tiene una gran concentración de profesionales bien formados que usan las instalaciones del hospital e incurren en gastos sin una relación contractual específica para ello. Y, tercero, el producto final de un hospital es la mejoría de la salud, algo difícil de definir en muchos casos y más difícil todavía de medir.
La escasa visión empresarial de los hospitales se ha hecho mucho más laberíntica hoy día. Los actuales hospitales públicos universitarios no sólo incluyen el hospital o área de salud, sino que se han vinculado a las universidades y han incorporado unidades o institutos de investigación y espacios para la docencia. A pesar de ello, no son muchos los gerentes y directores médicos que conocen completamente todo lo que esto representa de riqueza para el Sistema Nacional de Salud (SNS) y siguen dirigiendo estos centros sin nuevas ideas, sin un plan de salud conocido por la sociedad, sin saber adónde vamos y sin que se vislumbre a nadie capaz de inspirar confianza ni en el presente ni en el futuro. Muchos de esos nuevos gerentes y directores gestionan el hospital sin pedir la colaboración participativa de los especialistas y sentados en el vértice de una pirámide que sólo existe en su imaginación. De hecho, en el hospital enfermo se respira una atmósfera de confrontación entre los profesionales sanitarios y la mala hierba se expande con una facilidad asombrosa.
El SNS no sólo está agotado, sino que ha agotado a sus profesionales sanitarios. Existen una serie de situaciones que han conducido a este agotamiento y que deberían hacer reflexionar a los dirigentes y planificadores sanitarios. Los hospitales de hoy son como el cielo nocturno: vemos pocas estrellas y las agrupamos en constelaciones míticas, pero lo que es principalmente visible es la oscuridad. Cuando entras en cualquier hospital del territorio nacional tienes la sensación de que ya los has visto todos. Los grandes hospitales públicos son uno de los mayores recursos que tiene nuestro país, pero funcionan en horario de ventanilla y siguen sin cubrir las expectativas de la población. A diferencia de las grandes empresas del país, los hospitales están desestructurados: los gerentes y directores son elegidos por el poder político y, en muchas ocasiones, carecen de liderazgo y de la suficiente formación acreditada en gestión; se ignora, no se valora y no se honra el trabajo que muchos especialistas han desarrollado durante años para mejorar la calidad de la medicina; no llega a haber diferencias sustanciales a nivel laborar o económico entre los que realizan una labor extraordinaria y los que no funcionan o pudren la propia organización; se contrata indiscriminadamente a especialistas sin que haya un proceso abierto de selección competitiva, que es práctica habitual en otras actividades de gran cualificación en nuestro país (gracias a las convocatorias de las décadas de 1970 y 1980, la mayoría de los grandes hospitales públicos españoles cuentan hoy con excelentes médicos que ejercían en otros hospitales del país o del extranjero).
Por otro lado, la elección a dedo, endogámica, irracional y política de algunos jefes de servicios hospitalarios (algo inconcebible e intolerable en EE UU, Canadá y en los países europeos más avanzados) es una práctica frecuente, escandalosa y devastadora para un hospital. Es una tragedia que atenta contra los principios que regulan
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El europeísmo debe renovar su medio y su mensaje. Le hacen falta historias y símbolos, también saber movilizar las emociones. Su aire frío, elitista, burocrático le hace perder la batalla contra los euroescépticos
Levantemos Europa!", arengaba Churchill tras la Segunda Guerra Mundial. Y añadía: "Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la felicidad, la prosperidad y la gloria que disfrutarían sus 300 o 400 millones de habitantes, no tendría límites". Unos 62 años después esa unión soñada por Churchill y tantos otros es aún muy imperfecta. Aún hay mucho que hacer.
La lentitud del proceso de construcción de la Unión Europea, que ahora casi es letargo, tiene múltiples y conocidas causas. Pero también es el resultado de algo menos evidente: la ausencia de un relato compartido por los europeos. Europa tiene una larguísima historia común, pero los europeos no lo saben, porque en su memoria están frescos los enfrentamientos internos. Europa tiene un himno común, pero es desconocido para la mayoría, que ni lo escucha ni lo honra. Europa tiene una bandera conocida, pero su uso es irregular, y el ciudadano apenas la ve en las matrículas de los vehículos y en los carteles de obras financiadas con fondos comunitarios. Muchos se ofenderían más si vieran quemar la enseña de su equipo de fútbol que si vieran quemar la de las doce estrellas.
La Unión Europea ejerce una influencia positiva, directa y tangible en la vida de todos los ciudadanos de la Unión, pero las instituciones europeas resultan incomprensibles, burocráticas, elitistas o irrelevantes. Existe un Día de Europa, pero pasa desapercibido para la mayoría. Tan sólo en algunas ocasiones concretas y pintorescas existe un sentimiento europeo como telón de fondo: por ejemplo, la noche que se celebra el festival de Eurovisión o durante la celebración de la Eurocopa de fútbol (y entonces se suman a la fiesta países que no son de la Unión; son competiciones de la Europa geográfica, que no de la Unión de ciudadanos con valores comunes). Europa tampoco tiene antagonista: en los dos últimos siglos no ha luchado unida en ninguna causa. Al contrario, ha sido el escenario de luchas brutales en su propio seno.
Eric Hobsbawm, en una conferencia publicada en Le Monde, lo resume muy bien: "Los europeos no se identifican con su continente. Incluso entre aquellos que llevan una vida realmente transnacional, la identificación primaria sigue siendo nacional. Europa está más presente en la vida práctica de los europeos que en su vida afectiva".
Esto no es sorprendente. Hasta hace sólo 50 la historia de Europa fue la de los Estados-nación, la de las dos guerras mundiales y la de los nacionalismos. Al comenzar el proceso de construcción europea resultaba imposible generar sentimientos de simpatía y confianza en una nueva bandera, un nuevo himno, una historia compartida, un nuevo futuro común. Por eso los fundadores de la Unión y sus sucesores optaron por el único camino posible: la puesta en marcha de un proyecto más asentado en lo instrumental que en lo expresivo; más racional que emocional; más logístico que mítico; más práctico que afectivo. Fueron audaces y realistas, y los resultados están a la vista, en todo su esplendor y también en sus achaques. En muchas ocasiones Europa da la impresión de no sentirse protagonista de lo que pasa en el mundo. Parece la abuela mayor que apenas ve y oye y que no ejerce influencia alguna en los nietos jóvenes que marcan el ritmo de la casa. (La reacción a la crisis financiera parece una excepción a esa regla, una excepción saludable, bienvenida y merecedora de continuidad).
Cuando tenemos que poner a prueba la existencia del sentimiento europeo, como durante los procesos de ratificación de la Constitución Europea y el Tratado de Lisboa, la sorpresa es mayúscula: en los referendos gana el no o la participación apenas supera el 40%. Los euroescépticos tienen la ventaja. Y si España
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En principio, parece que el interés por conocer las balanzas fiscales de las comunidades autónomas con el Estado está en poder aclarar el equilibrio/desequilibrio entre los impuestos pagados por aquéllas y las transferencias y servicios recibidos de éste. Sin embargo, las dificultades metodológicas y de información convierten los resultados de las balanzas en una operación de confusión que ofrece poca utilidad, alimenta la confrontación y permite múltiples interpretaciones respecto al hecho que se quiere analizar.
En 2006 el Instituto de Estudios Fiscales (IEF) creó una comisión de expertos para estudiar una posible metodología de las balanzas fiscales. Ya entonces se alzaron voces alertando de la inutilidad del proyecto. La comisión no llegó a un acuerdo y sólo fue capaz de consensuar dos posibles metodologías para el cálculo oficial: carga/ beneficio y flujos monetarios. El IEF ha publicado para 2005 seis diferentes balanzas según los criterios de imputación utilizados. Se calcula que desde 1960 se han publicado unas 40 estimaciones distintas de balanzas de varios autores e instituciones.
Es conveniente aclarar que los que pagamos los impuestos somos los ciudadanos y las personas jurídicas (empresas e instituciones). No son las comunidades las que aportan recursos al resto de la nación aunque sí recaudan impuestos y prestan servicios al ciudadano. Por otra parte, es razonable que en aquellos territorios donde haya más ciudadanos con rentas altas y/o más empresas con beneficios paguen más impuestos, con independencia de que el gasto público (infraestructuras, educación...) sea equitativo en función de las necesidades de los ciudadanos que se tienen que cubrir en cada comunidad autónoma.
Si lo que se quiere analizar es la mayor o menor solidaridad entre territorios, las balanzas fiscales no son el mejor instrumento ya que dejan fuera del análisis aspectos muy importantes como por ejemplo la producción de energía (en Extremadura) de la que se benefician otras regiones a precio subvencionado... Para analizar el grado de solidaridad se debe comparar el nivel de producción de cada territorio con su nivel de renta disponible, una vez que se han tenido en cuenta los impuestos, transferencias y subvenciones.
Señalemos algunas dificultades para la distribución territorial de los ingresos. Los llamados impuestos directos (IRPF, sociedades) se imputan según el domicilio fiscal del contribuyente. En el caso de las grandes empresas, con actividad en varias comunidades autónomas, tributarán allí donde tengan su domicilio fiscal, habitualmente Madrid, Barcelona, País Vasco, a pesar de que su actividad productiva esté distribuida en diferentes lugares y por lo tanto sea difícil concretar dónde se ha generado el beneficio. En las balanzas publicadas por el IEF dentro del criterio carga-beneficio se han utilizado dos criterios de imputación del impuesto de sociedades: el primero con proporciones diferentes entre los consumidores y los accionistas y el segundo utilizando la población y el ahorro. Con el criterio de los flujos monetarios se imputa la distribución en función de la remuneración de los asalariados, el valor añadido bruto y la inversión. Por supuesto, los resultados en cualquiera de las imputaciones son diferentes dando una idea clara de la confusión al interpretarlos. En cuanto al IVA, su sistema de recaudación en cascada supone que el ingreso no se produce donde se recauda sino donde se consume el producto final. Está más relacionado con el consumo final de los productos que con su producción.
Desde la óptica de los gastos, es clara la distribución territorial de las transferencias del Estado asignadas a las comunidades, pero es difícil hallar criterios razonables para distribuir los gastos de actuaciones estatales en infraestructuras, como los aeropuertos o el AVE, o de hospitales con especialidades en los que se atiende a toda España, y poder d
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Según Simone Weil, a la izquierda hay que exigirle más y decirle la verdad. No sé cómo juzgará eso nuestra izquierda de hoy, poscristiana, posmoderna y postizquierda...Pero intentaré decir lo que me parece más ético y más verdadero, a propósito de temas hoy en debate.
1. No existe un derecho al aborto. Ello no significa que legalmente no pueda haber una despenalización: en un Estado laico, ni un delito es un pecado, ni legal equivale a moral. La ley civil tiene como objetivo la convivencia, no la moral: no pretende entrar en las conciencias, sino regular conductas que afectan a la paz social. Por eso las leyes pueden penalizar cosas no inmorales (hablar por el móvil conduciendo) y no penalizar cosas inmorales (el adulterio). Pero una cosa es lo legalmente tolerado y otra lo moralmente permitido.
Nadie tiene derecho a eliminar una vida que está ya humanamente programada.Se busca moralizar el aborto arguyendo desde el "derecho al propio cuerpo" y los "derechos de la maternidad". Pero esos derechos (como casi todos) tienen un límite: nadie puede esgrimir un derecho contra el derecho de otro: de lo contrario, el violador tendría derecho a violar "porque se lo pide el cuerpo". Y la mujer, derecho a abortar hasta en el noveno mes (y echar luego los fetos a una trituradora como se hizo en Barcelona). La maternidad tampoco da derecho a la mutilación genital de una hija, ni a prostituirla para ganar dinero: pues el misterio de la maternidad consiste en esa maravilla de algo que, siendo en algún sentido propio, es a la vez extraño. Y lo es por su contextura vital, no por su tamaño o su edad.
Que "tengo derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo" lo he oído decir a más de un drogadicto. Y no: por nuestro que sea, el cuerpo merece también un respeto. Creerse con derecho a disponer de una vida indefensa solamente porque estorba no tiene nada que ver con una mentalidad de izquierdas, más bien es fascismo puro y duro. El afán de sustituir la expresión aborto por la más políticamente correcta de interrupción del embarazo quizá revele ya una mala conciencia no reconocida.
Repito que no hablo de leyes civiles sino de derechos morales. Para el legislador, será sin duda conveniente que lo legal quede amparado por valores morales. Pero todo el mundo sabe que cualquier valor moral tiene sus situaciones límite donde ni el veredicto es claro, ni los expertos coinciden ni el legislador tiene por qué tomar partido. Incluso quien considere inmoral el aborto deberá reconocer que cabe hablar de grados de inmoralidad,según se trate de un ser ya constituido como persona, o en marcha hacia esa constitución, o sólo programado para ser tal. Y debe saber que siempre hubo discusión sobre cuándo se dan esas fases: según Tomás de Aquino (y con su lenguaje), el alma humana no la infunde Dios hasta el tercer mes de la gestación: porque antes la materia "no está aún preparada para recibirla".
En este contexto, un cristiano deberá sentirse obligado al máximo respeto a la vida personal, y aplicarse ese principio a sí mismo, al margen de lo que la sociedad penalice o tolere. Así dará ejemplo de una fina sensibilidad humana, aunque pueda comprender que no todos acepten eso porque, ante las situaciones límite, también nuestra razón patina.
Pero eso no significa que la Iglesia tenga derecho a imponer su propia moral a través de leyes civiles: pues según san Pablo, una parte de la moral cristiana en lo que toca al cuerpo se funda en eso que llamamos la resurrección de la carne.
2. Se habla también genéricamente de eutanasia, englobando en este término mil cosas que no lo son. He hecho testamento vital; he protestado a veces contra parte de la medicina moderna que presume de alargar la vida cuando no hace más que retardar la muerte (que no es lo mismo). Creo que el ser humano tiene derecho a no morir sufriendo y que la lucha contra el dolor es siempre legítima, aunque pueda
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A posteriori, a todos nos ha sorprendido que la situación haya llegado tan lejos. Pero, seamos sinceros, ya hace mucho tiempo que incluso personas muy informadas, como George Soros, alzaban voces de alarma. Cuando el Foro Económico Mundial publicó su Global Risk Report (Informe de Riesgos Mundiales) a comienzos de 2007, prevenía precisamente contra esos riesgos que ahora han producido el derrumbamiento del sistema.
En el discurso inaugural que pronuncié en enero de 2008 ante la reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos aludí a un mundo esquizofrénico y dije que tendríamos que responder de nuestros pecados. La razón de que no viéramos lo que se nos venía encima no sólo tiene que ver con la negación de verdades incómodas, sino con el hecho de que nadie se sentía realmente responsable o capaz de actuar.
Nuestro sistema internacional, que, creado a mediados del siglo pasado, se basa en la existencia de instituciones multilaterales, ha carecido o bien de autoridad o bien de competencia para enfrentarse a los desafíos de un orden financiero mundial que se ha caído por la borda. Por otra parte, los Gobiernos de los países, bien por interés nacional, bien por razones ideológicas, no han mostrado iniciativa para lidiar con un sistema financiero global fundamentalmente restrictivo. Además, el G-7, que agrupa a los principales países industrializados, y el Fondo Monetario Internacional tampoco han demostrado contar con la necesaria visión a largo plazo.
Consciente o inconscientemente, y causando un gran daño a la opinión pública, a las economías nacionales y, por desgracia, también a la gente corriente, muchos actores han abusado de la ausencia de mecanismos de regulación. Sólo ahora asistimos a "cumbres financieras mundiales" destinadas a aprobar normas que necesitábamos desde hacía mucho tiempo. Todavía está por ver si seremos capaces de crear una "comunidad mundial" que encuentre el equilibrio preciso entre la necesaria regulación y el mantenimiento del dinamismo empresarial. Para conservar el empleo, ahora es más importante que nunca no sofocar el motor de la economía real, sobre todo en las primeras fases de este ciclo recesivo.
Aunque la regulación es importante para el futuro de la economía mundial, por sí solas las normas no bastan. La crisis ha demostrado claramente no sólo la interdependencia mundial, también que la economía y la sociedad están profundamente imbricadas. Dicho de otro modo, la economía no es un ámbito autónomo y autosuficiente, y más bien la crisis ha puesto de relieve que debe servir a la sociedad. Hay que tener cuidado de que las medidas que se adopten para paliar esta situación no perjudiquen a la capacidad de innovación de la economía real.
En 1971 fundé el Foro Económico Mundial partiendo de la teoría del stakeholder (todo aquel que tiene interés en el buen funcionamiento de una empresa), descrita en un libro que publiqué ese mismo año. Según esa teoría, que también ha sido la filosofía del Foro durante los últimos 40 años, los directivos de una empresa deben servir a todos los implicados en sus actividades. La idea va más allá del servicio a los accionistas, ya que supone que la dirección, para garantizar la prosperidad a largo plazo de la compañía, debe gestionarla desde la convicción de que no sólo actúa como representante de los accionistas que la han elegido, sino que es fideicomisaria de todas las partes interesadas en su funcionamiento.
En los últimos años, las bonificaciones y otros complementos salariales vinculados a los intereses a corto plazo de los accionistas han minado el carácter integral de esta función profesional de los directivos. La exacerbación de la búsqueda de beneficios ha ido imponiéndose cada vez más al fortalecimiento a largo plazo de la competitividad y la sostenibilidad.
He descrito de la siguiente manera esta perversión de la cultura profesional del directivo: hace unos años, cuando me sometí a una operación quirúrg
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Que vivimos en tiempos de especial aceleración es una experiencia compartida que se hace presente en muy diversos aspectos de la vida, individual y colectiva. Las nuevas tecnologías de la instantaneidad han propiciado una cultura del presente absoluto sin profundidad temporal. El origen de esta relación con el tiempo se encuentra en la alianza establecida entre la lógica del beneficio inmediato propia de los mercados financieros y la instantaneidad de los medios de comunicación. Vivimos en una época fascinada por la velocidad y superada por su propia aceleración.
Las técnicas de aprovechamiento del tiempo convierten los movimientos en cintas transportadoras, lo que Chaplin parodió en la invención de la máquina de comer, gracias a la cual podía alimentarse al trabajador sin necesidad de interrumpir el trabajo, o sea, de perder tiempo. La versión posmoderna de esta experiencia podemos encontrarla en aquel personaje de una película de Woody Allen que pretende suicidarse en París en vez de en Nueva York para ganar así un poco de tiempo y resolver antes algunos asuntos.
Ahora bien, describir nuestra sociedad únicamente desde la aceleración constituye una simplificación que no tiene en cuenta sus ambivalencias. Existen también otros fenómenos de desaceleración, menos presentes en la opinión pública que las desaceleraciones económicas, pero no menos reales y decisivos en nuestras vidas. Del mismo modo que coincidieron en el tiempo la experiencia del aburrimiento y la aceleración industrial a finales del XIX, nuestra época parece caracterizarse por el hecho de que nada permanece pero tampoco cambia nada esencial, un tiempo en el que pasan demasiadas cosas y, a la vez, estamos llenos de repeticiones, rituales y rutinas. De ahí la sospecha de que tras la dinámica de aceleración permanente hay un paradójico estancamiento de la historia en el que nada realmente nuevo comparece. A esta experiencia se refieren conceptos como el del "final de la historia" (Fukuyama) y otros similares que han ido proponiendo en los últimos años pensadores muy diversos.
Probablemente nuestra época no sea comprensible desde la alternativa entre aceleración y desaceleración; habría que tener en cuenta además un fenómeno tal vez más característico que es el de la falsa movilidad. En última instancia, las sociedades combinan su resistencia al cambio con una agitación superficial. La utopía del progreso se ha transformado en movimiento desordenado, "neofilia" frenética, agitación anómica y disipación de la energía. Sólo queda una aceleración vacía, un ciego "cada vez más" de tecnología o globalización económico-financiera, un espacio social inestable y un campo psicológico neurótico.
Esta fatalización del tiempo se traduce en la exigencia de aumentar la aceleración, la movilidad, la velocidad y la flexibilidad. Lo vemos a diario en el lenguaje que nos exhorta a "movernos", acelerar el propio movimiento, consumir más, comunicar con mayor rapidez, intercambiar de una manera óptimamente rentable. Se ha llevado a cabo una transferencia semántica que explicaría muchos desplazamientos ideológicos desde la izquierda hacia la derecha: donde había progreso y revolución, ahora hay movimiento y competitividad. El adjetivo "revolucionario" forma parte del vocabulario transversal de la moda, el management, la publicidad y la pospolítica mediática. El fantasma de la revolución permanente se pasea ahora como caricatura neoliberal. Pero, en el fondo, el imaginario político actual tiene un discurso prescriptivo minimalista, muy pobre conceptualmente: el discurso de la adaptación al supuesto movimiento del mundo, el imperativo de moverse con lo que se mueve, sin discusión, ni interrogación, ni protesta. Se daría entonces la paradoja de que justo en los momentos de mayor aceleración las sociedades pue