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Ahora chirrían en España las disonancias verbales de algunos ilustres prelados. Pero no todos los derechos democráticos pueden ser utilizados como evangélicos. Por ejemplo, recomendar la desobediencia civil.
Me siento cercano al diagnóstico de Américo Castro: "España es la historia de una creencia". Viene a cuento una experiencia del sacerdote Tarancón cuando contaba 30 años, en plena guerra civil. La sublevación le sorprendió en Tuy. Como era inevitable, allí se dejó contagiar por los primeros fervores de aquel acontecimiento que, a su juicio, tenía "aires de cruzada". Le llamó desde Burgos su amigo Emilio Bellón, que había logrado reunir a un grupo de jóvenes que fundaron la revista católica Signo. El de Burriana llevaba ya en Galicia casi dos años, aislado de sus amigos de Madrid. Corrió cuanto antes a la capital castellana. Cuarenta y seis años más tarde, jubilado en su retiro de Villarreal, escribía Recuerdos de Juventud. Uno de los pasajes más elocuentes de estas páginas es aquel en el que anota su sorpresa por el trueque de papeles que observó entre el Capitán General y el Arzobispo de Burgos. Al final de una gran manifestación patriótica, habló primero el Capitán General. "Sus palabras fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor". En cuanto al discurso de monseñor Castro, "fue una auténtica arenga en la que pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria". A los jóvenes de Acción Católica les reprochó el excesivo entusiasmo por el Alzamiento que se reflejaba en la revista Signo. Según sus palabras, "corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda".
Cuando todavía en el 38, antes del final de la guerra, Tarancón se encarga de la parroquia y del arciprestazgo de Vinaroz le sorprende, y así lo hace notar en sus Recuerdos, que los curas liberados de la zona republicana reconocieran la mayoría de los errores cometidos en su práctica pastoral durante la República y ahora se aferrasen al poder del nuevo Estado. Entonces, observa don Vicente, se perdió la gran ocasión de hacer "una reflexión seria y profunda en aquellos momentos que podían ser decisivos para el futuro del cristianismo en nuestra patria. Demasiado fácilmente nos acogimos a las seguridades que nos ofrecía la victoria militar".
Le tocó después, a lo largo de 10 años de presidente de la Conferencia Episcopal, enfrentarse al intervencionismo de los políticos en las cosas de la Iglesia y más de una vez advirtió a ministros que se profesaban muy católicos que no se preocuparan tanto por las instituciones eclesiásticas ya que el obispo era él y, como tal, el encargado de defenderlas. El Concilio Vaticano II fue para él la luz definitiva, especialmente cuando votó a favor de la Constitución sobre "La Iglesia y el mundo actual" y del Decreto sobre "La libertad religiosa". Parece que había quedado claro que "la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno" (76).
El Evangelio rechaza, como tentación diabólica, que el poder político sea utilizado para evangelizar. Joseph Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret comenta así la victoria de Jesús sobre la tercera tentación, cuando el diablo le ofrece todo el imperio sobre la tierra: "El auténtico contenido de esta tentación se hace visible cuando constatamos cómo va adoptando siempre nueva forma a lo largo de la historia. El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía, pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrena de Jesucristo, debía ser s
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Rajoy tiene un problema. Uno fundamental, que ensombrece los otros que padece. El problema de Rajoy es que no ganó las elecciones. Si hubiera ganado su falta de carácter sería interpretada como mesura; su indefinición, síntoma de prudencia; su carisma deficiente, una demostración de que a veces los votantes saben distinguir entre envoltorio y fondo. Si las hubiera ganado, sus colegas celebrarían sus silencios como la actitud del hombre sabio; sus frases enigmáticas irían de boca en boca hasta que llegara ese intelectual, siempre hay uno, que las pasara a limpio. Si hubiera ganado, los que hoy enseñan los dientes serían ministros, secretarios de Estado, directores generales; eso les tendría definitivamente más calmados y pensarían que el debate sobre la capacidad de un solo partido para albergar a todos los sectores de la derecha puede esperar. También estarían aquellos cuyo nombre sonó para entrar en el Olimpo, pero que, tristemente, se quedaron sin nada. Ésos serían, sin duda, los más entusiastas defensores del jefe, porque no hay fidelidad más grande que la de aquel que está en la cola de los que quieren ser algo. Ay, el poder, qué brillo tiene. Genera tantas ilusiones que son contados los casos en que los ministros se rebelan. Los hombres que ostentan el poder, decía Montaigne, siempre parecen inteligentes. Lo penoso, añade, es que cuando el líder lo pierde, sus acólitos no tardan más de tres días en preguntarse: "¿Cómo tendríamos la cabeza para apoyar a este individuo?". Rajoy tiene muchos problemas, apuntados a diario por los analistas de este melodrama, pero el mayor es que perdió. De Zapatero, el ganador, Felipe González destacó la suerte como una de sus mayores virtudes. Habrá que empezar a creerle, dado que la legislatura ideal para cualquier gobernante es aquella en la que no se habla más que de la oposición.
Elvira Lindo

Mientras Hugo Chávez se dedica a insultar a la Interpol, Lula da Silva celebra a Standard &Poor’s. La Interpol existe para combatir el crimen internacional y Standard&Poor’s para evaluar riesgos de inversión. Las dos acaban de emitir importantes informes. Interpol certificó que la información que vincula a Hugo Chávez con los terroristas de las FARC no fue "plantada" por partes interesadas en comprometerlo. Standard& Poor’s certificó que Brasil tiene un clima muy favorable para los inversionistas.
La reacción de ambos estadistas no se hizo esperar. "Corrupto, vago, policía gringo, payaso, ridículo, innoble..." fueron algunos de los calificativos que usó el presidente Chávez para describir a Ronald Noble, el secretario general de Interpol, organismo integrado por 186 países, incluyendo Venezuela. La reacción de Lula da Silva al de Standard&Poor’s fue algo diferente: "Es casi como si fuera un momento mágico para el país... Tenemos que estar felices pero con mucha seriedad y sensatez... no debemos dejar que la euforia nos haga perder la seriedad... hicimos un ajuste fiscal delicadísimo, conseguimos reducir la inflación, aumentar las reservas, aumentar las exportaciones".
Estas dos reacciones no solo reflejan el carácter de los dos presidentes sino también sus muy diferentes estrategias internacionales y sus actitudes hacia la globalización. Mientras el venezolano espanta a los inversores, el brasileño los seduce. Mientras Chávez se dedica a las FARC, a exportar la revolución bolivariana y llamarle nazi a Ángela Merkel, Lula se ocupa de promover las empresas brasileñas en el mundo y a pasar el fin de semana con George W. Bush en Camp David, persuadiéndole para que le ayude con sus exportaciones de etanol. Mientras la producción de petróleo de Venezuela ha caído por falta de inversión y PDVSA, la petrolera venezolana, es utilizada para importar pollos y exportar maletines llenos de dólares en jets privados a Argentina, su equivalente brasileña Petrobras logra, gracias a sus inversiones en tecnología, descubrir uno de los yacimientos petrolíferos más importantes de los últimos tiempos. Mientras Lula consigue que empresas brasileñas obtengan jugosos contratos en Venezuela, Chávez compra dos mil millones de dólares en armas rusas. Mientras Lula estrecha lazos con empresarios en las reuniones de Davos, Chávez estrecha lazos con Bielorrusia, Irán y Cuba.
Está claro: mientras Chávez se gasta los ingresos petroleros en promover la globalización política y militar de América Latina, Lula da Silva ya es el campeón de la globalización económica. Desde el día en que Lula fue electo en el 2002, la bolsa de Brasil ha ganado un 1.600%. En ese momento, Brasil era considerado un país de alto riesgo y se pensaba que Lula llevaría la economía al desastre. Para sorpresa de todos Lula privilegió la estabilidad económica que había conquistado su predecesor, el admirable Fernando Henrique Cardoso. Esta apuesta le ha dado resultados. Hoy, Lula es el presidente más popular que ha tenido Brasil en décadas. Las razones están a la vista y no sólo para los inversores. En los dos últimos años, 23 millones de brasileños han salido de la pobreza y, lo que es más, ahora tienen vivienda, auto y otros bienes. La desigualdad en el ingreso ha bajado y el país disfruta del mayor nivel de prosperidad en treinta años. Los niveles de consumo de comida, electrodomésticos y medicinas de las clases con menores ingresos no tienen precedentes.
Tanto Lula como Chávez son fieramente críticos de la globalización. Sin embargo, los dos la utilizan con gran provecho. Lula para estabilizar económica y políticamente a su país y Chávez para influir sobre sus vecinos. En Venezuela, el flujo de inversiones extranjeras ha caído a niveles insignificantes y hoy el país recibe menos inversiones extranjeras que algunos de los países más pequeños y pobres del mundo. Mientras tanto, Lula ha convertido a Brasil en destino obligado para los inversores.<
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Con sentimientos encontrados se está celebrando el segundo centenario del Dos de Mayo; los sentimientos son encontrados porque mientras los que lo celebran en general lo hacen atribuyéndole el origen del sentimiento nacional español, otros no lo celebran precisamente por esa razón: porque les parece que el nacionalismo español no es digno de encomio sino de execración. A las personas que, como yo, que creen que una nación es algo convencional cuya existencia debe obedecer a consideraciones racionales, tales celebraciones les parecerán deseables si estiman conveniente la existencia de tal nación. Conversamente, a las que no les parece conveniente no compartirán el júbilo de tales conmemoraciones.
En mi modesta opinión, los españoles que no se sienten tales y que quieren demoler o trocear el país son como los pasajeros de un barco que quisieran desguazar la nave en plena travesía y construirse ellos otra a su gusto con los materiales del desguace y con total indiferencia acerca de la suerte de sus compañeros de travesía, alegando con insuperable frivolidad que "no se sienten cómodos" en el navío que los transporta. Y los que los dejan hacer para no ser llamados centralistas, o para no herir susceptibilidades, se me antojan dignos tripulantes de "la nave de los locos".
Todo ello no es óbice para que en ocasiones las manifestaciones que se hacen sobre la nación española y el Dos de Mayo me parezcan desorbitadas y algo pueblerinas. A menudo se habla y se escribe como si el único nacionalismo que hubiera aparecido sobre la faz de la Tierra a principios del siglo XIX fuera el español. En realidad se trata de un fenómeno universal, o casi. El término "nación" es utilizado por los revolucionarios franceses en un sentido muy diferente del que hoy se le concede: los revolucionarios contrastan "la nación" como conjunto de ciudadanos libres e iguales frente a la monarquía del Antiguo Régimen cuyos componentes eran súbditos no libres, sino sometidos a la voluntad de un monarca. El término "nación" de los revolucionarios franceses se asimilaba más al actual de "democracia" o de "ciudadanía" o de "pueblo" en el sentido de la Constitución de Estados Unidos (We, the People) que a la acepción tribal o comarcal, cuando no racista, que adquirió más tarde y que casi siempre tiene ahora.
Lo original del Dos de Mayo español y del alzamiento en armas que siguió fue que se luchó contra el invasor francés haciendo uso de los conceptos y la retórica que la Revolución Francesa había alumbrado. Cierto es que en el alzamiento hubo diferentes idearios, y que en unos dominó la xenofobia, el apego a la monarquía y la religión tradicional, mientras que para otros la nación española significaba un país moderno y constitucional de ciudadanos libres e iguales. Pero contradicciones hubo en todas partes: los propios franceses eran una mezcla de súbditos imperiales y republicanos jacobinos, y muchos de los que vitoreaban al Emperador poco después aceptaron de buen grado ser siervos de la monarquía restaurada. Lo mismo ocurrió en toda Europa: la simpatía hacia el igualitarismo y la libertad proclamados por la revolución se mezclaban con el odio al invasor y al héroe tornado déspota: recordemos que Beethoven dudó si dedicar o no su Sinfonía Heroica a Napoleón.
El Estado-nación es producto de la gran revolución moderna que se inicia en Holanda e Inglaterra en el siglo XVII y que se generaliza un siglo más tarde con la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, que, en realidad, es una Revolución Europea. Todo esto ya lo establecieron hace medio siglo Louis Gottschalk y Jacques Godechot, entre otros. Lo interesante del caso español no me parece ser su pugna por ser una nación moderna en el siglo XIX. Eso les ocurre a todas, empezando por Francia, e incluyendo a las anglosajonas, donde también hay una larga y compleja pugna por la modernidad.
La originalidad española estriba en que, siendo un país atrasado ec
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A Canarias llegan más de nueve millones de turistas al año y unos miles de inmigrantes en barcas. Pero lo segundo es descrito como una invasión. Aceptamos una escandalosa deshumanización del inmigrante
Algunos datos. Las islas Canarias cuentan con aproximadamente dos millones de habitantes. De media, el archipiélago recibe entre nueve y diez millones de turistas cada año. Estas cifras evidencian la existencia de una industria turística que aporta el 32% del PIB generado en el archipiélago, y denotan, sin duda, una importante multiplicidad humana y cultural.
Las cifras que vienen a continuación son, en todos los aspectos, inferiores a las citadas anteriormente: En los últimos años, se han contabilizado en el archipiélago canario entre 20.000 y 30.000 personas llegadas en cayuco procedentes de África y, en proporción creciente, de Asia. Las últimas estimaciones de la UE hablan de 10.000 personas que perdieron la vida en los últimos años tratando de alcanzar las costas canarias. Mientras, en las costas del Mediterráneo, las autoridades italianas interceptan anualmente entre 20.000 y 30.000 personas. La mayoría llegan a Sicilia y a la isla de Lampedusa. Otros quedan atrapados en Calabria, Puglia y Cerdeña.
Ahora nos hacemos la siguiente pregunta. ¿En base a qué razones nos convertimos en un centro de visitantes para el primer grupo y un centro de retención para el último? ¿Por qué levantamos un monumento para los muertos en el primer grupo -por ejemplo, el monumento erigido en 2007 en memoria de las víctimas holandesas que perdieron la vida en el accidente aéreo de Tenerife, en 1977- y no para los viajeros africanos y asiáticos sin papeles que perdieron la vida durante sus viajes? ¿Qué legitima esta distinta valoración de vidas humanas?
Lo que está en juego aquí es el problema de clasificación y de purificación basados en un consenso sobre una diferencia no igualitaria de carácter político. El factor diferencial en este caso es el interés. El interés no tiene nada que ver con la igualdad o con la indiferencia, pero la necesidad del interés político está relacionada con una protección no igualitaria. La diferencia entre turistas buenos y malvados inmigrantes se percibe como normal e inherente. Los turistas son viajeros de estancia corta, que vienen a disfrutar del Mediterráneo y del Atlántico. Como contraste, los inmigrantes ilegales son vistos a priori como bárbaros a los que temer, un sujeto sospechoso y de no interés, supuestamente en grandes cantidades y amenazando el orden público y la seguridad.
Nada más ilustrativo que los términos abierta e imprudentemente utilizados en los medios de comunicación tales como riadas, corrientes, masas e incluso tsunamis contra los que hay que construir muros que prevengan inundaciones.
Lo realmente preocupante es que el pánico moral se basa en la representación de una sucesión de ignominias que nada tienen que ver con la realidad social o con la evaluación científica sobre la migración global contemporánea. A pesar de la implacable conceptualización utilizada de riadas y tsunamis, sólo un pequeño subconjunto de la humanidad es inmigrante. Es la mayoría de la población la que compone el subconjunto de turistas. Por tanto, la diferencia moral construida entre ambos subconjuntos está basada en esta dudosa representación secuencial. Los medios de comunicación piden ayuda para las islas del sur de Europa sin mencionar una palabra sobre los millones de turistas acogidos. Esta atención mediática no ha dejado inalterada la política europea, forzada desde entonces a reaccionar de forma anticipada por el temor a dichas masas.
Por el temor a los refugiados que huyen en barco hacia las islas se han definido y fortificado kilómetros de líneas de aguas territoriales a un nivel superior. Las fronteras externas de la UE que bordean el Mediterráneo se han convertido en auténticos escollos. Con estos hechos, la política de la diferencia demanda un peaje
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El que 1.000 millones de personas pasen hambre pese a haber comida para todos se debe a que ya no se produce para la economía nacional, sino para la mundial. No deciden los Gobiernos, sino las multinacionales
En el mundo hay comida para todos. Los precios de los productos alimenticios, teniendo en cuenta la inflación neta, son más bajos que hace 40 años, y la dieta ha mejorado. Sin embargo, 1.000 millones de personas padecen hambre. Son las contradicciones de una economía globalizada en la que las realidades locales se desvanecen. Así lo denuncia el informe del grupo Evaluación internacional de la ciencia y la tecnología agraria para el desarrollo (en sus siglas en inglés, IAASTD), un grupo de 400 científicos auspiciado por el Banco Mundial y Naciones Unidas. El documento se publicó a principios de abril, en medio de una crisis alimentaria que trae recuerdos de la Gran Depresión.
El problema no es la escasez de productos agroalimentarios sino su coste, que, en muchos países, los hace inaccesibles para los más pobres. El aumento de los precios está unido al aumento del precio del petróleo, la voracidad de la demanda asiática y las difíciles condiciones climáticas que se han vivido en algunos países. La inflación alimentaria multiplica el número de hambrientos y globaliza la crisis. "El alto coste de la vida aflige a los 1.000 millones de personas que viven bajo el umbral de pobreza -el 70% de ellos en África- y a los otros 4.000 millones que viven en los 58 países más pobres del mundo. Toda esa gente, de pronto, ha dejado de poder comprar los productos expuestos en las estanterías de los supermercados", explica Willie Reimer, director de la ONG estadounidense Food, disaster and material resources. Pero también afecta a los países occidentales, en los que viven los 500 millones de ricos de la aldea global. En Estados Unidos, segundo exportador de productos agrarios del mundo, 28 millones de personas comen gracias a los bonos de comida que reparte el Gobierno, el número más elevado desde que se creó el programa, hace 40 años.
Las tres cuartas partes de la población mundial corren el riesgo de pasar hambre, no porque haya escasez, sino debido al coste de la vida. Según el informe de IAASTD, para evitar la catástrofe no bastan ni los transgénicos ni el abandono de las políticas de apoyo a la producción de biocombustibles, que no influyen en la subida de los precios más que en un 10%. La crisis alimentaria es estructural porque está unida a la aplicación de los principios neoliberales en el sector agrario de los países en vías de desarrollo. De acuerdo con dichos principios, el mercado mundial es el mejor árbitro de la economía. Pero su mano invisible, como la definía Adam Smith, no es tan mágica como se creía.
En los últimos 20 años, mientras Europa y Estados Unidos protegían a sus agricultores, las economías emergentes y los países pobres han seguido los consejos neoliberales y han eliminado la intervención pública en el sector agrario. Estos cambios estructurales han destruido las economías locales y han creado las condiciones ideales para una agricultura ya no de autosuficiencia sino para la exportación. Ya no se produce para la economía nacional sino para la mundial y, según la ONU, los que deciden qué producir no son los gobiernos, sino las multinacionales de importaciones y exportaciones, de transformación y de distribución como Tesco y Carrefour.
El ensayo general de la crisis actual se produjo en 2005 en Níger, una de las naciones más pobres del mundo. Pocos años antes, el Gobierno había liberalizado el mercado de los cereales, una medida que atrajo la atención de los grandes exportadores e importadores. Su llegada monopolizó el mercado y facilitó el nacimiento de empresas agrarias que producen exclusivamente para la exportación, a expensas del mercado local. El país empezó a importar productos alimenticios y los precios subieron, mientras que los sueldos y
... (... continúa)Durante demasiado tiempo, en especial durante la pasada legislatura, los grandes partidos políticos se empeñaron, con éxito notable, en trinchar el centro. No ha sido patrimonio exclusivo de la derecha,sino que también se ha preferido por otros partidos políticos, el PSOE incluido, y por actores sociales relevantes. A esta acentuación de la polarización se sumaron muchos medios de comunicación, ocupados en reducir al mínimo las zonas templadas de la sociedad, empujando a los ciudadanos bien a alinearse con una u otra opción política, bien a refugiarse en la abstención.
Esta forma de hacer política puede resultar positiva para partidos y otros grupos económicos y de poder, pero dificulta enormemente la posibilidad de alcanzar acuerdos esenciales. Permite incluso ganar elecciones o consolidar amplios apoyos electorales, aunque tiene costes muy elevados. Por ejemplo, el PP consiguió ampliar su apoyo electoral en muchas partes de España, arrebatando incluso votantes al PSOE, pero a costa de construir un muro de desconfianza en las nacionalidades históricas que le impide convertirse en alternativa real de gobierno. El PSOE se ha constituido en la opción política que mejor representa la España diversa, ampliando su apoyo electoral en las tres nacionalidades históricas, pero ha perdido electores en espacios de centro en el resto de la España urbana, hasta el punto de impedirle obtener una mayoría absoluta que debiera haber obtenido en otras condiciones.
Ahora las elecciones han pasado, los problemas reales se acumulan y debe prevalecer otra forma de hacer política. Lo que la nueva situación aconseja es situar al Parlamento y al resto de actores sociales alrededor de los problemas de los ciudadanos y no a los ciudadanos alrededor de los partidos. Tenemos antiguos problemas pospuestos (somos maestros de la procrastinación) y nuevos desafíos, unos específicos y otros como europeos, y lo que necesitamos son estrategias y liderazgos políticos y sociales claros, capaces de elaborar y llevar a cabo una nueva agenda pública que descanse en consensos básicos, dentro y fuera del Parlamento.
La agenda para el consenso es tan amplia como apasionante. Los datos recientes más solventes indican que la economía española tiene, entre otros, un muy serio problema de productividad en casi todos los sectores, que exige mejoras inaplazables, en especial ahora que el estallido de la burbuja inmobiliaria aún dejará más al descubierto nuestras debilidades estructurales. El sistema formativo español (la formación es la mejor estrategia para la creación de empleo) precisa más de reformas acordadas que le proporcionen calidad, coherencia, eficacia y estabilidad, que de aumentos indiscriminados de presupuesto. Nuestra política energética reclama un enfoque estratégico serio y sostenible. Nuestra posición en la Unión Europea aparece muy diluida y no está clara la estrategia española en política exterior. Y si en materia de terrorismo nos adentramos en un "largo ciclo de violencia", como evidencian los recientes atentados, en el Parlamento deben acordarse las bases comunes para encarar esta fase.
Después de la reforma de estatutos de autonomía, España es un Estado un poco más federal, pero no más eficaz, y precisa de importantes acuerdos entre las partes que son Estado. Los problemas de gobernanza territorial y las tensiones en torno a la gestión del agua son buen ejemplo. Nuestro Estado de bienestar, además del consenso imprescindible sobre un modelo de financiación mucho más justo que el actual, aguarda reformas inaplazables, y algunas serán dolorosas y no exentas de tensiones. La situación de la Justicia y la imagen de algunos de sus órganos vitales, empezando por el Tribunal Constitucional, son insostenibles. Y la gestión de la inmigración y la multiculturalidad, como demuestra la experiencia de los diferentes modelos de integración de Europa occidental, dista mucho de ser un desafío sencillo de acometer.
Todos te
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Buena noticia: aunque sea paradójico, el teatro puede resultar beneficiario de Internet. Los espectadores desertan de los cines y dan la espalda a la compra de DVD, pero vuelven a los teatros: a fin de cuentas, con canon o sin canon, es lo único que no puede nadie bajarse de la red. Recordemos la humorada de Jardiel Poncela, cuando tras el cine sonoro y luego en color, llegó la efímera propuesta del relieve: "¡Van a terminar descubriendo el teatro!". Por lo visto, corremos otra vez ese peligro, al menos quienes pretendan no sólo cambiar de menú en su pantalla, sino también dejar por un rato la pantalla fuera de su menú cultural.
Según Hannah Arendt, no hay un arte tan político ni, para más precisión, tan democrático como el teatro, porque se basa en decir, escuchar y comprender diálogos (incluidos los correspondientes silencios, para que Samuel Beckett no se enfade). De modo que vendría muy bien que subiera a nuestros escenarios una pieza centrada en el tema del terrorismo, quizá el más grave que hoy padecemos los españoles. Hace bastantes años -debería ya decir "muchos"-, el entonces director del Centro Dramático se reunió conmigo para ver cómo podría llevarse a cabo tal proyecto. Yo le bosquejé la posibilidad de un espectáculo teatral basado en el último día de una víctima de ETA: se compondría de una serie de monólogos de quienes le rodeaban (familiares, amigos, adversarios, comerciantes, compañeros de trabajo y el propio asesino) escritos por una serie de escritores vascos, Juaristi, Guerra Garrido, Aramburu, quizá yo mismo... Cualquiera menos Alfonso Sastre.
El asunto era delicado. ETA actuaba entonces con terrible asiduidad y podían temerse represalias contra la obra. Por otro lado, llevar los males del nacionalismo al escenario iba a herir bastantes susceptibilidades, sobre todo si la representación llegaba a escenarios de la CAV (en los festivales teatrales de por allí los grupos locales suelen hacer graciosas parodias de la Guardia Civil, etcétera). La intelectualidad progre tampoco lo miraría bien, porque su principal ocupación era "no hacer el juego a la derecha" y, por tanto, se abstenía de movilizarse contra la banda: menos mal que por fin llegó la guerra de Irak y encontraron una causa bonita para salir a la calle (algo con americanos dentro, lo esperaban desde que acabó Vietnam). De modo que el proyecto se dilataba en las dudas. Desde la Dirección General del ramo llegó una alternativa genial: si de lo que se trataba era de denunciar el terror, ¿por qué no montar Terror y miseria del III Reich, de Brecht? Seguro que el espectador avisado captaba la metáfora y trasladaba la denuncia del orden nazi hasta nuestro terrorismo nacional. Llegados a ese punto, lo mejor era olvidar la cosa, y es lo que hice.
Puede comprenderse el interés que me suscitó saber que Gerardo Vera había encargado una obra sobre el terrorismo a Juan Mayorga... y que esta vez sí que llegaría sin obstáculos al escenario. Pero me temo que La paz perpetua se queda a la misma distancia de nuestro problema que Terror y miseria, aunque en un nivel artístico notablemente más modesto. Sin duda, el trabajo de los actores es competente y de la escenografía y movimiento escénico se encarga José Luis Gómez, de modo que no hace falta más garantía. Pero el texto no puede ser más decepcionante: concurso de perros guardianes, adiestradores lisiados y malévolos..., para acabar en el clásico discurso de "no podemos portarnos como ellos", con la misma fuerza dramática y profundidad filosófica que un editorial de periódico.
Volvamos hacia A
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De forma predecible, tras las elecciones generales, uno de los primeros problemas planteados es el de la financiación autonómica, cuyos fallos eran evidentes hace tiempo. Parece como si todos los partidos hubiesen considerado que abrir este debate antes perjudicaría sus perspectivas electorales, y sólo ahora comienzan a definir sus posiciones en el mismo. Las modificaciones producidas en algunos estatutos de autonomía o la publicación de las balanzas fiscales son algunos ejemplos de los planteamientos que están ahora sobre la mesa. Faltan, sin embargo, planteamientos globales que superen las aspiraciones de cada comunidad autónoma a mayores niveles de autofinanciación. Por ejemplo, se olvida que, desde el acuerdo sobre el sistema de financiación de 2001, la financiación autonómica debe contribuir también al sostenimiento de aquellos servicios públicos esenciales a los que los ciudadanos tienen derecho universal de acceso en condiciones de igualdad. Entre ellos, destacan los servicios sanitarios.
España es, junto con el Reino Unido, Alemania, Canadá, Australia, Suecia e Italia, uno de los pocos países desarrollados con cobertura universal del derecho a la protección sanitaria y a la vez una organización política federal o descentralizada. En estos países, los servicios sanitarios cumplen un doble papel: por un lado, actúan como elemento de cohesión social. Por otro, permiten el ejercicio descentralizado de su gestión justificando, como ocurre en España, cerca del 40% de la financiación de cada región. Muchos de estos países alcanzaron primero un alto nivel de organización descentralizada, y sólo más tarde desarrollaron un sistema sanitario universal. En España, el proceso ha sido inverso. Como consecuencia, nuestros servicios sanitarios, más aún su financiación, no están planteados principalmente como instrumentos de cohesión, sino como un mecanismo al servicio de la identidad territorial. Si se quiere que en España la financiación sanitaria sea, además de una fuente principal de ingresos de cada comunidad, la base de la universalidad, equidad y "portabilidad" territorial de la protección sanitaria, son necesarias modificaciones importantes en el sistema autonómico de financiación que nos asemejen a los países comparados. Las principales características de estos países son:
1. El Gobierno central tiene un papel activo como garante del mantenimiento de las condiciones universales y equitativas de la protección sanitaria, sustentado en su poder de gasto (spending power).
2. Existen mecanismos de redistribución de los ingresos fiscales, de forma que los ciudadanos puedan recibir servicios semejantes sin soportar niveles impositivos diferentes.
3. La financiación sanitaria tiene un carácter finalista marcado. La financiación sanitaria inespecífica, en forma de "transferencias en bloque", como ocurre en España, incapacita al Gobierno central para orientar las políticas sanitarias de los gobiernos regionales.
4. La distribución de la financiación sanitaria entre entidades regionales se asienta en criterios poblacionales y tendencias históricas de gasto. Nunca, como en España, en el cálculo de "necesidades sanitarias" diferenciales, claramente arbitrarias.
5. Se busca la igualdad en el acceso a los servicios, nunca la igualdad en financiación sanitaria regional per cápita.
6. Veto a la imposición de diferentes copagos impuestos por gobiernos regionales distintos para evitar desigualdades territoriales adicionales.
7. Se condiciona la recepción de parte de la financiación sanitaria al mantenimiento de ciertas condiciones de funcionamiento cohesionado del sistema sanitario.
Sin estas modificaciones es previsible que el sistema sanitario español se termine fragmentando en 17 sistemas distintos, cada uno con diferentes niveles de protección, y en exclusiva para su propia población. Del aumento del gasto global que generaría tal evolución es muy probable que
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Desde hace semanas, los habitantes de los barrios más pobres de Puerto Príncipe y de otras poblaciones haitianas salen a la calle para protestar por el precio de los alimentos. Las protestas son de tal calibre que han conseguido lo que antes sólo habían logrado las asonadas militares: forzar la renuncia de un primer ministro. La opinión pública internacional exige medidas para proteger a Haití y a otros muchos países pobres de una crisis alimentaria inminente, y se suceden las iniciativas para acelerar la provisión de alimentos y atender la emergencia humanitaria. Son medidas urgentes e imprescindibles, pero no deben esconder el debate sobre las causas de esta situación. ¿Qué lecciones podemos aprender de esta crisis para no cometer los mismos errores en el futuro? Les propongo tres.
Lección número uno: no dejes de producir alimentos si no eres capaz de comprárselos a otros. Haití se enfrenta hoy a una carestía estructural de arroz, pero hace sólo 20 años sus campesinos eran capaces de producir todo el arroz que consumía la población nacional a un precio razonable. ¿Qué se torció? En 1995, el FMI y el Banco Mundial "sugirieron" la aplicación de un plan de liberalización comercial rápida. Y cuando dicen "rápida" se refieren exactamente a eso: en pocos meses los aranceles a la importación se desplomaron del 50% al 3%, lo que abrió la puerta a una avalancha de arroz subsidiado procedente de los Estados Unidos. Los precios locales disminuyeron levemente, pero en pocos años la producción nacional se desplomó, dejando al país en manos del mercado exterior. Hoy Haití importa un 80% del arroz que consume, y los precios internos se han multiplicado por dos.
Lo lamentable es que este caso es una plantilla del modo en que han operado los mercados agrarios internacionales durante los últimos 30 años: liberalización unilateral de los países más pobres, exportación masiva de productos subsidiados por parte de los países ricos y un sector rural abandonado por donantes internacionales y gobiernos locales. Para países que no cuentan con las divisas para comprar en los mercados internacionales, la dependencia alimentaria absoluta se ha convertido en una ruleta rusa de consecuencias imprevisibles.
Lección número dos: no dejes la resolución del problema en manos de los mismos que lo han provocado. Una de las formas más obscenas de competencia desleal consiste en utilizar los programas internacionales de ayuda alimentaria para dar salida a los excedentes agrícolas que no se han podido colocar en el mercado propio. Eso es exactamente lo que Estados Unidos ha hecho durante décadas, hundiendo los mercados internacionales y debilitando la capacidad de producción de los países más pobres. Paradójicamente, uno de los defensores más entusiastas de este modelo durante su etapa como secretario de Comercio estadounidense fue Robert Zoellik, que hoy preside el Banco Mundial. Si aceptamos que la crisis alimentaria no es el resultado de un cataclismo divino, sino la consecuencia de tomar muchas decisiones equivocadas a lo largo de muchos años, ponerle a él y a otros como él al frente de la crisis es como encargar a los directivos de Gescartera la dirección de la CNMV.
Lección número tres: si las cosas están mal, no hagas nada que las empeore. A pesar de las evidencias científicas que cuestionan los beneficios de los biocombustibles en la lucha contra el calentamiento global, la UE y Estados Unidos se han lanzado a una carrera insensata de producción de biomasa que reducirá aún más la oferta mundial de alimentos como el maíz. Para cualquiera que lo quiera ver, estas medidas están menos relacionadas con el cambio climático que con los precios del petróleo y la inercia de unas políticas agrarias basadas en intereses creados. Pero incluso el interés propio tiene un límite: España y otros países desarrollados deben replantearse con urgencia los objetivos de producción d
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El CGPJ es en teoría una garantía de la independencia judicial. Pero su politización ha terminado por degradarlo. Lo lógico sería potenciar su hasta ahora frustrado espíritu constitucional.
Ruiz Soroa, en un artículo interesante, deliberadamente provocador, se ha preguntado en EL PAÍS qué hacer con el poder judicial. Y ha propuesto suprimir su Consejo General (CGPJ). Lo escandaloso de las vicisitudes de este organismo puede hacer sugestiva la idea. Y es precisamente eso lo que me preocupa e induce a prolongar la reflexión.
La jurisdicción consiste en juzgar conforme a derecho, por eso no debe ser "gobernada" políticamente. Así, devolver a los jueces a la disciplina del Ministerio de Justicia no es sólo cuestión de técnica organizativa. Implica optar por un modelo de juez integrado en el Ejecutivo, en perjuicio de su independencia.
El gobierno ministerial ha demostrado ser un eficaz productor de jueces políticamente "gobernables". Lo prueba la fácil integración funcional de los del Estado liberal en múltiples experiencias autoritarias: de los nazifascismos al Chile de Pinochet, pasando por el franquismo. Por eso, el constitucionalismo actual quiere al juez efectivamente independiente del Gobierno, y, confía a un nuevo órgano, relativamente autónomo, el Consejo, la gestión del estatuto judicial. Y ello para asegurar la sujeción del juez a la ley, lo propio de quien debe proteger derechos y perseguir delitos incluso frente al poder.
El Consejo es un órgano mixto de "administración" de la jurisdicción, no de gobierno político. Y hay en él mayoría de jueces, porque es su independencia lo que se trata de preservar. Como órgano de garantía, debe ser muy plural, no simple expresión de un sector judicial ni de la mayoría gobernante. Y tendrían que integrarlo jueces y juristas con independencia de criterio, no simples "voceros", menos aún sectarios. Es el modo de hacer real el pluralismo en la magistratura, condición para que ésta pueda amparar todas las actitudes y pretensiones constitucionalmente legítimas, incluidas las disidentes y minoritarias. En particular cuando ese amparo requiera decisiones, legalmente fundadas, pero política o socialmente incómodas.
El ideal, como ocurre en cualquier modelo, nunca es plenamente realizable. Así ha sido, con sus sombras pero con sus luces, en el caso de Italia (cuna del Consejo) evocado por Ruiz Soroa. Ese país registra formas ejemplares de respuesta judicial a un fenómeno como la mafia, con históricas complicidades en el marco estatal y político, favorecedoras de su endémica impunidad. Hasta que se dieron ejercicios de jurisdicción como los de Falcone, Turone, Livatino, Caselli, Borrelli y otros, posibles por la virtud personal de éstos, pero seguramente imposibles sin el sustento de un órgano de garantía como el Consiglio, en su papel constitucional.
Al respecto, es significativo que, ahora, en Italia, el principal valedor del retorno al "gobierno" de los jueces por un ministerio sea Berlusconi, conocido imputado de lujo, acreditado "saboteador" de las causas penales que le afectan.
El paso del "gobierno" ministerial al Consejo supuso cierta redistribución del poder en el Estado, en perjuicio del Ejecutivo y en beneficio del segundo. Precisamente, para reforzar el papel de la justicia como órgano de la legalidad frente a eventuales prevaricaciones de la política; perfectamente reales, como sabemos. Y, es verdad, este cambio dota al Consejo de una autonomía, que genera cierta "irresponsabilidad". Pero es el precio necesario de su calidad de garante -en cada juez- de una función como la judicial, obligada en ocasiones a actuar contra la mayoría gobernante o contra poderes económicos fuertes.
El CGPJ fue "importado" en 1978, en un contexto pobre en cultura constitucional de la jurisdicción; y por ac
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Una ciudad vitalista y universalmente admirada vive su ’annus horribilis’. Barcelona se asfixia como consecuencia de años de malas políticas de la Generalitat y el Ayuntamiento. Necesita catarsis y liderazgo
Annus horribilis de Barcelona. La ciudad española con mayor proyección internacional, icono mundial de buenas prácticas urbanísticas, culta, rica, moderna, creativa, innovadora, amable, abierta, progresista, divertida, deseada para vivir, emplearse o visitar, aparece, de repente, a los ojos del mundo como una ciudad sedienta, parcialmente a oscuras, caótica en sus comunicaciones, conflictiva, cuestionada, insegura ante su futuro.
Es conocido cómo se ha llegado a esa situación: las arterias por donde fluye todo aquello que Barcelona necesita para su vida y crecimiento (autopistas, puentes, redes eléctricas, canalizaciones de agua, túneles, vías férreas, aeropuertos...) son como un corsé que le impide el aliento.
Pero conocer lo que falla no implica conocer el porqué. ¿Cómo nadie ha sabido adelantarse, anticipar, planificar? ¿Cómo una ciudad que fue capaz de organizar los Juegos Olímpicos de 1992 da muestras ahora de tal incapacidad?
Lo que le pasa a Barcelona es, a mi juicio, el resultado de dos factores principales. El primero, la política de construcción nacional de los gobiernos de Pujol durante veinte años. A Barcelona no le han sentado bien algunos aspectos de esa política; ha sido su gran damnificada. Segundo, las falsas ideas sobre el modelo de crecimiento y de ciudad sostenible defendido por la izquierda. Ideas aparentemente progresistas pero que han llevado a una parálisis en materia de infraestructuras. Hay otros factores, como son actuaciones u omisiones de la Administración y el Gobierno central, especialmente en materia de infraestructuras ferroviarias. Pero, por más conocidos, los dejo fuera de este artículo.
Antes de comentar los dos primeros, permítanme una pequeña referencia a la geografía física y moral de Barcelona que ayudará a entender algunas cuestiones actuales. Barcelona es una ciudad-municipio constreñida en un reducido territorio limitado por dos pequeños ríos, una montaña y el Mediterráneo. En ese reducido espacio vital se levantó la "fábrica de España", un núcleo comercial, industrial, social y urbano dinámico y creativo en el que los inmigrantes, los nouvinguts, jugaron un papel determinante.
Esa ciudad-municipio ha sido también una pequeña ciudad-estado enfrentada tanto al poder central como al territorial más próximo, que a lo largo de la historia han tratado de controlarla. De ahí que las murallas y fortalezas que la cercan tuvieran una función no defensiva sino de sometimiento. Pero Barcelona siempre tuvo el tono moral y la habilidad política para romper esos corsés. Primero, al grito de "¡Abajo las murallas!", lanzado por los progresistas del bienio liberal de 1854-56, construyó la ciudad modernista actual. Un siglo más tarde, con el crecimiento económico y la llegada masiva de inmigrantes de toda España se planteó el dilema de Gestión o caos (título de un influyente documento del Círculo de Economía del año 1972). La respuesta fue la creación de la Corporación Metropolitana de Barcelona en 1974, instrumento indispensable para planificar, coordinadamente con el resto de municipios vecinos, las infraestructuras de uso público de la Gran Barcelona.
La llegada de la democracia y el nuevo poder autonómico tuvo un efecto inesperado. Las nuevas élites políticas nacionalistas vieron en la Gran Barcelona un obstáculo para la construcción de la identidad nacional catalana. Un contrapoder para el nuevo poder de la Generalitat. Por eso Jordi Pujol suprimió la Corporación Metropolitana en 1987. De aquellos polvos, estos lodos.
El nuevo poder autonómico avivó, además, intereses territoriales contra Barcelona. La norma electoral, en la medida en que favorece la representación política del territorio, ayudó. La procedencia geográf
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Hacia Pekín 2008
En China todo es muy grande. Y también debe ser muy grande el remordimiento de muchos dirigentes chinos por haberse comprado unos Juegos Olímpicos que no sólo son carísimos sino que en vez de proyectar una imagen positiva del país están logrando todo lo contrario. Estos dirigentes nunca imaginaron que los principales protagonistas de los Juegos no serían los atletas, sino los monjes budistas. Tampoco imaginaron que junto con el prestigio de los Juegos Olímpicos también venían pleitos de calibre planetario con la realeza de Hollywood -de Steven Spielberg a Richard Gere-, la comunidad budista mundial y dos premios Nobel de la Paz -el Dalai Lama y Aung San Suu Kyi- la líder de la oposición birmana, entre millones de otros.
Cuando, en el año 2000, el Gobierno chino hizo lo posible para que los Juegos de 2008 fueran en Pekín, YouTube no existía. Ni Facebook. Los teléfonos portátiles que toman fotos y vídeos no eran tan comunes. En China el número de usuarios de teléfonos móviles pasó de 140 millones en 2001 a más de 600 hoy, mientras que los chinos conectados a la Red aumentaron de 17 millones en 2000 a 162 ahora. Los bloggers, redes sociales y comunidades virtuales también han proliferado.
Lo que sucedió esta semana en Tíbet recuerda lo que ya sucedió en Myanmar, y se agudizara en los próximos meses. Es el choque entre los viejos hábitos represivos de burocracias autoritarias y las nuevas modalidades de organización política que son a la vez profundamente locales y ampliamente globales. Los muy locales monjes de Tíbet tienen hoy influencia global gracias a Internet. Y, a los Juegos.
El 10 de marzo de 1959 el Dalai Lama tuvo que exiliarse en la India debido a la represión del Gobierno chino tras los disturbios que ocurrieron en Tíbet. Hace dos semanas un grupo de monjes budistas conmemoró este aniversario con una marcha pacífica en Lhasa. Los monjes fueron encarcelados, lo cual provocó que más monjes salieran a las calles y que el Gobierno los reprimiera.
El Gobierno chino ha iniciado una campaña para dar al mundo su versión de los hechos: los disturbios han sido orquestados por el Dalai Lama y los actos más brutales de violencia fueron protagonizados por tibetanos que saquearon y quemaron casas y negocios de comerciantes chinos. Diplomáticos basados en Pekín han sido invitados por el Gobierno a ver películas que muestran grotescas escenas de violencia por parte de los tibetanos. El Gobierno chino también organizó una muy controlada visita a Lhasa para un pequeño grupo de periodistas extranjeros. Cuando en el templo de Jokhang las autoridades explicaban a los corresponsales que la normalidad había regresado a los monasterios, 30 jóvenes monjes interrumpieron el evento gritando "queremos un Tíbet libre" y explicando que muchos de los monjes y los visitantes que allí se veían eran parte de un montaje del Gobierno para engañar a los periodistas. Llorando, los monjes anticipaban las graves consecuencias personales que les acarrearía su protesta. Inmediatamente, los agentes de seguridad sacaron a empujones a los visitantes extranjeros.
La torpeza mediática del Gobierno chino contrasta con la agilidad y eficacia de sus oponentes. A pesar del severo bloqueo informativo que las autoridades han impuesto en Tíbet, fotos y vídeos de los acontecimientos aparecieron rápidamente en Internet. La red internacional pro Tíbet cuenta con más de 153 grupos de apoyo en todo el mundo y su presión política se siente en las principales capitales. Y en Facebook.
Estos eventos en Tíbet tienen mucho en común con lo que paso en Myanmar el año pasado. Allí también los monjes budistas protestaron y el Gobierno intento impedir que el mundo supiera lo que estaba sucediendo. Y también fracasó. Y allí también China desempeña un papel crucial como aliado incondicional de la junta militar.
En 1988 el Gobierno de Myanmar asesinó a más de 3.000 personas
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por Ana Vázquez Ponzone.
Durante la pasada Pascua vi a Jesús pasar. Le vi atravesando la carretera a Tánger, en Marruecos. Iba rápido, muy rápido.
De un borde al otro de la carretera, cargando una tela en la que guardaba todo aquello que pudo reunir antes de emprender su camino, y que necesitaría para los duros días que se le venían encima.
Era un Jesús de piel negra, era un Jesús vapuleado, maltratado, magullado, asustado y condenado por toda una sociedad que le acusa de tener demasiadas ganas de vivir y de luchar, demasiadas ganas de trabajar, demasiadas ganas de alcanzar una vida mejor para él y para los suyos. Cruzó muy rápido, pero me miró, y en su mirada me acusaba de no defenderle ante el mundo, de no defenderle ante la mentira y ante la injusticia. Me acusaba de tanta sangre y lágrima derramada en la roja tierra africana. Pero al mismo tiempo, me perdonaba, me decía ”No problem” –como siempre dice un buen africano- porque aunque muera viviré. Era un Jesús solo, muy solo. No tenía quién le ayudara a llevar su carga. Porque cualquiera puede denunciarte. Y eso no, otra expulsión de la tierra prometida no sabe si la aguantaría.
Iba solo, con su carga, camino del bosque que precede al otro mundo.
Pero antes de llegar tiene que atravesar la valla, esa valla doliente, inhumana, que grita y clama al cielo y a los hombres. Porque en este mundo nuestro, parece que no basta con ser un hombre o una mujer para caminar por la tierra. Se necesita tener y ser mucho más para cruzar las fronteras impuestas por la sinrazón. Se necesita papeles, una identidad adecuada, es decir, haber nacido en el lugar “correcto”. Pero Jesús no tenía nada de eso, y tenía que esperar a saltar la valla. Esa valla de alambres y espinas, esa doble valla de seis metros de altura y no sé cuantos kilómetros de larga, esa maldita valla que divide lo que Dios creó como algo único.
Y creo que allí se adentró, en soledad, esperando el viento que engaña los sensores, o el oleaje que relaje a los guardias de frontera. Porque la valla llega al mar, ese lugar de muerte donde 3.500 seres humanos murieron el año pasado en su intento de alcanzar un mundo mejor.
Pero el Jesús que yo vi también iba cargado de fe, de confianza, pidiéndole a su padre que le indicase sus caminos, que le enseñase sus sendas. Y le pedía a su padre que en su vida se abrieran caminos de paz y de bien, de justicia y de libertad. Pero antes de adentrarse en el denso bosque me gritó, fuerte, muy fuerte “¡No temas! Ve y avisa a mis hermanos y hermanas que vayan a verme a la casa de las hermanas Vedrunas en Ceuta, allí me verán”. Porque allí, el Jesús que yo vi, y todos los Jesús del mundo que consiguen cruzar la frontera tendrán un sitio donde descansar antes de seguir el camino.
LOS efectos de la radicalización política de la pasada legislatura no van a desaparecer por arte de magia. Las formas, por el momento, han mejorado en alguna medida pero la situación sigue siendo preocupante. La idea de reproducir en esta legislatura, con el mismo «dramatis personae», la misma dialéctica, que hemos venido sufriendo durante largos años, genera desconsuelo, inquietud y sobre todo un profundo aburrimiento. Sería -no lo será- verdaderamente cansino.
La radicalización se ha instalado en el conjunto de la sociedad española con una sola e importantísima excepción que hay que destacar desde el primer momento: el diálogo social, un diálogo en el que los sindicatos y los empresarios vienen dando un esplendoroso ejemplo de convivencia civilizada y eficaz. Son dos estamentos que merecen un especial reconocimiento porque están ayudando de una forma decisiva a nuestro desarrollo económico. Sin el clima que han sabido crear -y recrear cuando ha sido necesario- nuestra situación actual no sería ciertamente la misma sino claramente peor. Mirando al futuro, ese buen diálogo, es uno de nuestros activos más sólidos y más serios.
Los ejemplos negativos desgraciadamente son muchos. Los más importantes afectan a tres áreas: lucha antiterrorista, política exterior y justicia. Vamos a ver si en todos ellos podemos cambiar la deriva actual porque si tuviéramos éxito, España daría un salto de gigante en todos los órdenes. ¿Cómo hacerlo? Empecemos por recordar que el derecho a discrepar, siendo como es un derecho básico en política, no es un derecho absoluto entre otras cosas porque ningún derecho lo es. Hay temas en los que, al estar afectado el interés público de una forma directa, clara, intensa y dramática, ese derecho a discrepar desaparece o se limita substancialmente. Tenemos que volver a recordar, en este sentido, que la democracia no es un sistema que permita que todos estamos de acuerdo, sino justamente a convivir en desacuerdo. Y en ese ejercicio de convivencia la obligación de consensuar habrá que respetarla y asumirla cuando llegue el momento. Y el momento ha llegado y parece, además, muy propicio.
En el tema del terrorismo se ha llegado a límites de ceguera e irresponsabilidad absolutas. El símbolo más doloroso es la existencia de organizaciones rivales de apoyo a las víctimas que se han radicalizado aún más que los propios partidos políticos. Pero el problema más grave es, desde luego, la ausencia de un pacto contra el terrorismo, y es ahí donde deben centrarse todos los esfuerzos para un consenso amplio y sincero. Ya no es cuestión de buscar inocentes o culpables. La única cuestión es llegar a un acuerdo sin más excusas ni dilaciones. Lo exige la ciudadanía en su conjunto y en su consecuencia los dos partidos mayoritarios tendrán que ponerse a ello en el plazo más breve posible y si no logran el objetivo habrá que organizar, desde la sociedad civil con el apoyo de los medios de comunicación, la presión necesaria para recordarles, sin cesar, su compromiso. Tienen que sentirse forzados a hacer lo que irremediablemente tendrán que hacer. Es una obligación política y ética.
En materia de política exterior parece claro que es el Gobierno a quien corresponde fijar las prioridades y las estrategias pero aún así -y parece que se está en ello- tiene que buscarse un consenso en las áreas principales: apoyo a países subdesarrollados con especial atención a África e Iberoamérica; impulso a las relaciones con los países del eje del Pacífico que van a ser la clave económica decisiva en las próximas décadas; mayor y mejor presencia política en Europa; normalización completa de las relaciones con los EE.UU., un país con el que deberíamos colaborar en Iberoamérica, Europa y Medio Oriente de forma intensa; cuidado especial de los vínculos con nuestros países vecinos; acentuar el aspecto económico de nuestras relaciones exteriores; desarrollar por fin una diplomacia parlamentaria seria.
La politiza
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He leído estos días un interesante debate sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad británica y me he atrevido a resumirlo para esta columna. El debate apareció en las páginas el diario The Guardian, un periódico progresista de calidad acreditada.
La historia comenzó a primeros de este mes cuando Nick Davies, un periodista de reconocido prestigio, abrió fuego con un artículo que el diario resumía así en su título y sumario: "Nuestros medios de comunicación se han convertido en fabricantes masivos de distorsión. Un sector cuya tarea debería ser filtrar las falsedades se ha convertido en un conducto para la propaganda y las noticias de segunda mano".
Davies sostenía sus acusaciones en una investigación realizada para su libro, Flat Earth News, en el que llegó a la conclusión de que la tendencia a "reciclar la ignorancia es mucho peor que nunca". Davies había encargado una investigación a especialistas de la Universidad de Cardiff. Examinaron 2.000 informaciones en cuatro diarios de calidad -Times,Telegraph, Guardian, Independent- y Daily Mail. Las conclusiones eran devastadoras: al rastrear las fuentes de los "hechos", vieron que sólo el 12% de las informaciones contenían material que los propios periodistas hubieran investigado por completo. Con un 8% no podían estar seguros y con el restante 80% descubrieron que eran noticias elaboradas total o parcialmente con material de segunda mano, procedente de agencias de noticias y despachos de relaciones públicas. "El segundo dato fue que, al buscar pruebas de que se habían verificado exhaustivamente los ’hechos’, vieron que sólo había sido así en el 12% de los casos", afirmaba en su artículo.
Que los periodistas se hubieran convertido en procesadores de material facilitado por otras fuentes y no comprobado se debía, en opinión del autor y sus investigadores de la Universidad de Cardiff, a que los periodistas tenían que llenar hoy tres veces más de espacio del que llenaban en 1985. "En general, no buscan las noticias, ni comprueban su contenido, sencillamente porque no tienen tiempo". Y terminaba su artículo con una conclusión desoladora: "Si a ello se añaden los límites tradicionales con los que se encuentran los periodistas cuando quieren averiguar la verdad, es posible comprender por qué los medios de masas, en general, han dejado de ser una fuente fiable de información".
La respuesta, casi un contraataque, lo dieron en las mismas páginas de Guardian dos pesos pesados del periodismo británico. Peter Preston, que fue editor de Guardian durante veinte años (1975-1995), y Simon Jenkins, que fue editor del Times en los años noventa y ahora es columnista de Guardian.
Jenkins subrayó el cliché que supone afirmar que los periódicos están tan mal y han caído tanto que no merecen "ninguna defensa contra los bárbaros de Internet que asoman a sus puertas". Recordó que en los periódicos serios las quejas por el descenso de la calidad son una constante, lo que no significa que cualquier tiempo pasado fue mejor.Las hemerotecas son, en ese sentido, testigos implacables.
Jenkins no entraba a discutir los datos de los investigadores de la Universidad de Cardiff, y estaba dispuesto a aceptar que los periódicos son muchas veces chapuceros, llenos de errores y poco dignos, sin que ello empañase el papel que en su conjunto desempeñan como colectivo en la democracia británica. Y citaba a un sociólogo de Oxford, Stein Ringen, que había calificado la prensa de las islas como "independiente, irreverente, entretenida, a menudo divertida y, gracias a Dios, entrometida". Es decir, concluía Jenkins, que "esa diversidad de conjunto es más importante para la democracia que los fallos de las partes".
Por su parte, Paul Preston dio la réplica en una crítica al libro de Davis, Flat Earth News. Y no fue una crítica piadosa. Diseccionó con acidez las contradicciones que encontró en el texto y, en su opinión, los ajustes de cuentas personal
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Recordemos un mitin famoso de la última campaña del actual presidente Bush. No era ni multitudinario ni definitivo, al aire libre, sobre un entarimado provisional, pero fácil de recordar porque las imágenes fueron emitidas una y otra vez por las televisiones españolas y los comentarios en la prensa repetidos hasta la saciedad. Bush vio, allí, detrás de sus seguidores, a un periodista del New York Times y no pudo aguantarse un comentario a quien le acompañaba en el estrado que resultó fácilmente reconocible: «Mira, allí está el cabrón este...». Dios santo, lo que se pudo escuchar y leer sobre el poco respeto del presidente a la prensa. «En España sería impensable», se escribió también. Si el norteamericano tiene mal genio, el comentarista español era un ingenuo a la vista de cómo son y en qué han derivado buena parte de las relaciones del poder con la prensa. Y si queremos juzgar al comentarista español con menos severidad, sólo se podría añadir que, en realidad, aquí no es necesario un exabrupto como el de Bush. En España, el acompañante del gobernante, un tanto despistado, sí podría comentar: «Cuidado con lo que dices que allí está el cabrón este...», pero el gobernante -más experimentado- podría responderle: «Tranquilo, tranquilo, acércate y recuérdale que estamos pendientes de decidir las licencias de radio y televisión... y que es muy complicado todo esto de la publicidad institucional. O, mejor, déjale en paz y recuérdaselo a su jefe».
La regulación española de radio y televisión y la arbitrariedad de las relaciones del poder con los medios de comunicación son una traba a la libertad de prensa que soportamos en la medida en que somos pusilánimes en la defensa de la democracia, que lo somos mucho. Escuché el otro día la broma de un escritor: «Antes había que afiliarse a un partido; ahora hay que hacerlo a un medio de comunicación». Visto desde dentro, el riesgo -junto al de la falta de educación- es que se borren las fronteras entre el periodismo y la política. No ha habido presidente del Gobierno en España en los últimos decenios que, directa o indirectamente, no haya querido crear o potenciar desde el poder «su» grupo mediático. Ahora se suman los presidentes autonómicos.
La prensa tiene, sin embargo, la posibilidad de zafarse de muchas presiones y cortapisas para ejercer su papel vigilante. No hay dioses al otro lado de las páginas, de los micrófonos o de las cámaras, y a nadie se le puede pedir la utopía absurda de ser «objetivo». Pero sí se puede reclamar, en medio de una maraña política en la que las denuncias tienen más peso que las propuestas, en las que la tensión juega un mayor papel que la pedagogía de las ofertas, la necesaria cuota de honradez. Si hay que elegir entre salirse con la suya (y con los intereses coyunturales) y ser razonable, dice el filósofo alemán Robert Spaemann, la ética del debate público, y de la información, exige elegir el intento de ser razonable. Es decir, huir del dogmatismo y del grito, contemplar las cuestiones candentes con la cuota necesaria de escepticismo e ironía que evita la ceguera, saber que hay cosas sencillas («una noticia es lo que sabemos hoy y no sabíamos ayer», como dicen en la redacción del Washington Post) y otras complicadas que no se pueden obviar: que a veces faltan noticias porque hay quien desea ocultarlas, que a menudo hay noticias que «no nos convienen», que el periodista es depositario de un derecho que es de los ciudadanos, el que tienen a la información y no representa, sin embargo, partidos y políticos.
En 1972, un congreso internacional de periodistas en Roma recordaba otra frase famosa, la de Walter Williams, el decano de la primera escuela de periodismo en Estados Unidos: «no escribas como periodista lo que no dirías como caballero». Cuando no hay caballerosidad en el debate ni en la voracidad pública, no estaría de más que lo hubiera en la prensa.
... (... continúa)Esta semana fue Chad. La semana pasada fue Kenia. Y Darfur lleva años recordándonos que el ¡nunca más! prometido después del holocausto europeo no era en serio. Y antes de Darfur fueron Congo, Costa de Marfil, Liberia y Ruanda, por sólo mencionar algunas de las matanzas que el resto del mundo se ha acostumbrado a observar con una vergonzosa mezcla de espanto y pasividad.
La violencia política en Kenia, uno de los países más exitosos de África, ha producido en pocas semanas más de 1.000 muertos y 300.000 refugiados. La situación de Chad repite tragedias ya conocidas. Desértico y sin acceso al mar, Chad es uno de los países más pobres del planeta y, de acuerdo con la organización Transparencia Internacional, también es el país más corrupto del mundo.
Hace cinco años sus problemas aumentaron: comenzó la explotación de petróleo. Paradójicamente, esta nueva riqueza aumentó las miserias de Chad. El petróleo potenció aún más la corrupción, aumentó el dinero disponible para comprar armas y financiar mercenarios y exacerbó los incentivos para tratar de capturar el botín. El botín, por supuesto, es el Gobierno. Controlarlo garantiza la posibilidad de convertir el dinero del país en dinero propio.
Desgraciadamente, éste es un patrón común: si no es petróleo, es oro y si no, diamantes, uranio, maderas o cualquier otra materia prima que el resto del mundo quiere y África exporta. Casi siempre el papel de descubrir, explotar y exportar esas riquezas naturales -y capturar el mayor margen de ganancias- lo desempeñan empresas extranjeras. Antes, éstas eran casi exclusivamente europeas y estadounidenses, pero ahora se les han unido empresas chinas, rusas, hindúes, coreanas, taiwanesas y hasta algunas latinoamericanas.
La tragedia de Chad, claro está, no es única. Su desastrosa combinación de ingredientes se repite en otras partes de África: abundantes recursos naturales rodeados de un desierto institucional donde tribunales, parlamentos, policías, escuelas, hospitales o ejércitos no funcionan y en vez de ayudar al país lo hunden; un jefe de Estado fuerte, rodeado de un voraz círculo de ladrones que se mantiene en el poder gracias a la represión y al apoyo de intereses económicos y políticos extranjeros. Y una población cada vez más numerosa, pobre, enferma e ignorante.
Olara Otunnu, quien fuera uno de los líderes de la oposición a Idi Amin en Uganda y luego ha dedicado su vida a luchar por los niños víctimas de las guerras africanas, tiene claro que uno de los problemas de su continente son sus élites. Conversando sobre esto me dice: "En demasiadas partes de África, el poder lo concentra una élite poscolonial que se comporta de manera brutalmente colonial con los pobres de su país. Estas élites usan diatribas anticolonialistas y nacionalistas; pero al final lo único que les interesa es su enriquecimiento personal".
En todo esto no hay nada nuevo. Lo nuevo son algunos de los milagros de progreso que florecen en medio de este desastre. Después de una larga guerra civil plagada de atrocidades, hoy en día Liberia es gobernada por una extraordinaria mujer, Ellen Johnson-Sirleaf, quien no sólo es la primera mujer democráticamente electa en Liberia, sino en toda África. Mientras tanto, su predecesor en la presidencia, Charles Taylor, está en la cárcel mientras es juzgado como criminal de guerra por el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Tanto la elección democrática de una mujer en un país que hasta hace poco era un infierno, como el encarcelamiento de un ex jefe de Estado procesado por crímenes contra la humanidad en una corte internacional son hechos sin precedentes. Y casi milagrosos. Pero también pueden ser señales tempranas de nuevas tendencias que comienzan a aparecer en África. Otras señales de este tipo son las flores de Kenia y Zimbabue o las camisetas de Lesoto. El 39% de las flores naturales que se venden en Europa provienen de Kenia. Otro 12% viene de Zimbabue. Estos sorprendentes vo
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La campaña electoral que se avecina parte de una situación poco frecuente en la vida política española: los sondeos de opinión reflejan, por el momento, un empate técnico entre las expectativas de voto del PSOE y del PP, los dos grandes partidos nacionales. El precedente más claro sería la campaña de 1993, en la que Felipe González y José María Aznar arrancaron muy empatados, con la diferencia de que entonces el PSOE llevaba más de 10 años ininterrumpidos en el poder y ahora José Luis Rodríguez Zapatero cumple una legislatura.
También es verdad que desde que los socialistas perdieron la hegemonía política, las empresas de sondeos de este país no han acertado prácticamente nunca el resultado de unas elecciones generales. Probablemente, porque en España la victoria o fracaso de un partido depende en buena manera de la participación de sus propios simpatizantes, algo muy difícil de medir, especialmente mudable hasta los últimos momentos, sobre todo en el centro-izquierda. Por encima del 75% de participación (como ocurrió en 2004, 1996 y 1993, por ejemplo), el PSOE se mueve con mayor facilidad, mientras que por debajo del 70% encuentra serios problemas (en 2000, los populares consiguieron mayoría absoluta con una participación del 68,7%)
La realidad es que, hasta ahora, y afortunadamente, esos empates no se han mantenido, y que, llegado el momento, los resultados han permitido siempre formar mayorías de apoyo al gobierno de turno razonablemente claras. Nunca ha habido un empate o una victoria por un solo escaño, lo que es muy de agradecer porque hubiera configurado un Congreso muy complicado y una gestión política muy difícil de manejar.
Lo que si parece claro, de momento, es que los dos partidos llegan a las elecciones más bien con un catálogo de ofertas bajo el brazo, para cada grupo de ciudadanos, que con un discurso político global, cohesionado y claro. El programa del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en 2004, con su promesa de acercar al ciudadano la cosa pública y de modificar el talante crispado y de puro enfrentamiento político, ha quedado desvaído y resulta insostenible cara a este nuevo periodo. La evidencia es que esos cambios sólo son posibles con el acuerdo de la oposición y, en el caso del PP, ya existe la seguridad de que ni ha aceptado, ni va a aceptar, la menor relajación en ese sentido.
Mariano Rajoy, por su parte, sólo parece capaz de encontrar su mensaje en una visión catastrófica del presente y, ofertas concretas al margen, en un proyecto de sociedad más claramente conservador (en su sentido reduccionista de falto de innovación) que nunca.
Puestas así las cosas, parece que a los ciudadanos se nos va a pedir que vayamos a las urnas con un objetivo muy simple, restrictivo y poco atractivo: impedir que gobierne el que menos nos guste. El PP moviliza a su gente al grito de "Fuera Zapatero" y el PSOE, a los suyos, con la amenaza del prematuro regreso del PP al poder, y, encima, en la misma versión que la que perdió en 2004.
Son argumentos de peso, sin duda. A veces, evitar un mal puede ser el mayor bien. Pero no está claro que electoralmente este tipo de llamamientos dé los resultados que algunos creen. Una campaña falta de auténtico contenido político, reducida a la lista de ofertas más o menos teledirigidas por sectores y al puro miedo al contrario, puede terminar por hastiar a los ciudadanos, cada vez más hartos de una idea de la política limitada a un simple juego de intereses.
Si las cosas siguen como están, lo que no tendría por qué suceder, lo previsible sería una campaña en la que gana quien comete menos errores. Una campaña en que el máximo riesgo lo correrán los dos partidos en los debates cara a cara entre sus dos candidatos y no en su búsqueda de un contrato político con la sociedad. Una campaña centrada en la capacidad de los dos candidatos presidenciales para no meter la pata y para puntuar en la cara del contrario. Mediáticamente puede r
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El mayor riesgo que amenaza la convivencia y la estabilidad institucional en España tiene como causa las tensiones entre nacionalismos. Sea cual sea la opinión que merezca, lo cierto es que nuestro antiguo problema consume una gran parte de energías colectivas, condiciona ampliamente la agenda política, genera notables tensiones sociales y proyecta sombras de incertidumbre respecto al futuro. Viene derivado de nuestra ya histórica incapacidad para alcanzar un marco aceptable de convivencia en un Estado que alberga varias naciones internas, en acertada definición de Joan Subirats. Incluso parece que, de nuevo, las distancias entre las expresiones nacionalistas se agrandan. Desde el nacionalismo democrático vasco y catalán se asiste a un renovado esfuerzo por acentuar las reivindicaciones en favor de un reconocimiento más explícito al hecho plurinacional. Se habla con más claridad que nunca de derecho a decidir, de autodeterminación o de independencia. Incluso se anuncia de forma unilateral una consulta al pueblo vasco. De otro lado, desde el nacionalismo español también se enfatizan posiciones de repliegue, de estigmatización y de rechazo al "otro".
Tampoco en esto somos originales. Otras democracias maduras como Bélgica, Reino Unido o Canadá se enfrentan a situaciones similares y en todos los casos el reto colectivo es muy parecido: cómo integrar lo que Charles Taylor definiera como la "diversidad profunda" en el seno de sociedades cada vez más complejas, mestizas, diría Sami Naïr. Pero cuando se afirma que los nacionalismos constituyen, hoy como en el pasado, el mayor peligro para garantizar la estabilidad y la cohesión de nuestras sociedades, sugiero que se piense en plural. Como muy bien ha señalado Michael Billig, cuando se proyectan teorías sobre el nacionalismo muy frecuentemente suele restringirse el término "nacionalismo" a la ideología de los "otros", al que se le atribuyen signos de peligro y de extremismo. El "nuestro", nuestro nacionalismo banal, cotidiano, rutinario, es omitido, olvidado, e incluso negado. De ese modo "nuestro" patriotismo parece "natural", y por tanto invisible, mientras que el "nacionalismo" es considerado propiedad de "otros".
Es comprensible que en los países en los que se da esta circunstancia se instale el cansancio, el hastío e incluso la irritación entre amplios sectores de la ciudadanía. Máxime si tenemos en cuenta la gran cantidad de energías colectivas que estas cuestiones hacen consumir a la sociedad, en detrimento de otras prioridades muy relevantes. Pero eso no soluciona nada. Las naciones culturales están ahí y seguirán presentes en el nuevo contexto globalizado, porque la globalización no diluye esos fuertes sentimientos. Desconocer o negar la evidencia no ayudará a sentar bases sólidas de convivencia que supongan algún avance respecto de la modesta aspiración orteguiana de "conllevarse dolidamente los unos con los otros". La simple lectura de encuestas del CIS basta para saber de la existencia de estos sentimientos de pertenencia a una nación cultural en Cataluña, el País Vasco y, en menor grado en Galicia. Pero no debe desconocerse que quienes así se manifiestan sólo constituyen una parte de esa sociedad, puesto que la sociedad vasca y catalana también son plurales. De otra parte, ese sentimiento no necesariamente ha de traducirse en la existencia de una voluntad mayoritaria de separarse de una comunidad política mayor como la española.
Nuestro mayor desafío colectivo sigue siendo ser capaces de dejar atrás ese desencuentro histórico en el actual contexto de creciente complejidad e interdependencia en nuestras sociedades. Pero no será fácil. Porque, como dice Imanol Zubero citando a Kymlicka "todos los grupos nacionales son extremadamente partidarios de reivindicar y, siempre que sea posible, construir un sistema de protecciones externas (de las que la más desarrollada es el Estado-nación) que garantice su existencia y su identidad específica frente a
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Una "tercera" de Abc sobre la Congregación General 35 de la Compañía de Jesús...
ESTA mañana y en la Iglesia madre del Gesú, los 218 electores de la Congregación General XXXV de la Compañía de Jesús, reunidos para elegir nuevo Superior General y tratar las cuestiones urgentes que afectan a los compañeros de Ignacio de Loyola, concelebrarán la eucaristía, presididos por el cardenal Robin, Presidente de la Sagrada Congregación para Religiosos y Religiosas. De esta manera, unidos en torno al misterio de muerte y de resurrección al que se aboca el misterio navideño que acabamos de celebrar, e inmediatamente después de una Epifanía universalmente evangelizadora, estos hombres, provenientes de los cinco continentes, se comprometerán a trabajar como lo que son: compañeros de Jesús, en la estela de una sólida tradición ignaciana que les vincula a la Iglesia y muy en especial al Obispo de Roma por medio del Cuarto Voto, para evangelizar donde sea y como sea, según el texto con el que hemos abierto este artículo que ojalá resulte guía de caminantes para los interesados en el acontecimiento.
Esta Congregación General XXXV tiene, según ya indicábamos, una finalidad prioritaria: decidir quién sucederá en el vértice de la Compañía al holandés Peter Hans Kolvenbach, tras 25 años de mandato y encargado de mantener en el tiempo histórico la herencia de Pedro Arrupe, carismático antecesor suyo. Si la Asamblea XXXII, en 1974, significó la adecuación de los jesuitas al mundo contemporáneo postconciliar, según el espíritu del vasco universal, y la XXXIV, en 1995, procuró aplicar tal espíritu a la vida concreta de la Compañía, ya desde la inspiración de Kolvenbach, la que comienza hoy mismo y que hace el número XXXV de las celebradas desde aquella primera que eligiera a Ignacio como primer Superior General de los jesuitas reunidos en Roma, tendrá que elegir al hombre más adecuado para confrontar todo este legado con las nuevas exigencias tanto eclesiales como sociales desde instancias nacidas con el siglo XXI que recién ha comenzado. Es, pues, un punto de llegada tras casi cincuenta años de reflexión corporativa, y es llegado el momento de afrontar con decisión los caminos de un futuro que, amanecido en la historia, está por realizar en virtud de la libertad humana y creyente.
¿Existen algunas dimensiones que, sin forzar la libertad de los reunidos, atravesarán en vertical los diálogos y discusiones previsibles en la reunión que ahora comienza? Pensamos que sí, y que su enumeración y consiguiente comentario puede ser la aportación más sustanciosa para comprender las noticias que vayan llegándonos en días siguientes sobre el devenir de la Asamblea jesuítica romana.
Tal y como hemos escrito, la dimensión dominante es de naturaleza electiva: elegir un nuevo Superior General, entre todos los jesuitas que hayan formulado sus Votos Solemnes y el concreto Cuarto Voto de obediencia al Santo Padre, que tiene que ver con«las misiones o encargos» que el Pontífice solicite cuando le parezca oportuno en beneficio de la Iglesia. El designado, que no puede rechazar la elección, estará al frente de veinte mil hombres con un alto sentido de las relaciones de obediencia, pero siempre en el contexto del «discernimiento ignaciano», pieza fundamental en la estrategia creyente de los Ejercicios Espirituales: el nuevo Superior General tiene que ser capaz de mandar, pero no menos de escuchar a sus Consejeros y, en definitiva, a todo jesuita que desee ponerse en contacto con él. La evidente verticalidad de la Compañía de Jesús está atravesada por instancias horizontales para asegurar una «obediencia discernida», humanamente respetuosa. El jesuita obedece pero nunca como un robot, siempre como persona libre que voluntariamente ha declinado un amplio margen de su libertad en la Compañía como cuerpo organizado. Este engranaje de enorme complejidad, encuent
... (... continúa)A continuación les ofrezco mi lista, corta, incompleta y arbitraria, de las sorpresas de 2007. Además de la sorpresa, el otro criterio que consideré para hacer la lista es que el impacto de los hechos que señalo se va a sentir más allá del lugar donde ocurrieron y también después de 2007.
- Terminó el debate: los humanos estamos recalentando el planeta.
Este año pasará a la historia como el momento histórico en el que el mundo dejó de debatir si estaba ocurriendo o no el cambio climático y aceptó que las alteraciones ambientales han sido y son causadas por nuestros patrones de consumo, reproducción, transporte, comercio, etcétera. El año 2007 también fue cuando la opinión pública mundial -y por lo tanto, los políticos- comenzaron a pensar que era necesario hacer algo al respecto. El debate no sólo terminó gracias a Al Gore. Si bien él tuvo gran impacto mediático, lo determinante fueron los nuevos datos científicos. A partir de 2007 los escépticos están condenados a defender su posición con base en supersticiones y creencias y no en hechos.
- Más de la mitad de la población mundial se muda a las ciudades.
Este año, y por primera vez en la historia del planeta, hay más gente viviendo en ciudades que en el campo. Vivimos en la época de urbanización más rápida que ha conocido la humanidad. Y la tendencia va a seguir: de acuerdo con Richard Burdett, un experto en el tema, en las próximas tres décadas el mundo experimentará el mayor movimiento poblacional del campo a la ciudad, especialmente en Asia y África.
- Comienza la crisis económica mundial.
Venía macerándose desde hace tiempo, pero en 2007 se hizo visible a través de un inesperado síntoma: la crisis de crédito en Estados Unidos producida por la bancarrota de empresas que especulaban en el mercado de préstamos para la compra de viviendas.
Aún queda por ver cómo se transmitirá esta crisis a otros mercados y a otros países e industrias, cuánto durara y cuán dolorosa será. Pero seguramente 2008 va a ser económicamente peor que los años precedentes. En 2007 también el mundo económico fue sorprendido por el precio de un barril de petróleo que rozó los 100 dólares y por el precio de un euro que rozo los 1,50 dólares. Ninguno de los dos precios llegó a esos niveles. Pero 2007 nos preparó para que eso no nos sorprenda. Y si llegan a ese nivel, estos dos precios van a cambiar al mundo.
- Los petroleros lo compran todo.
Los altos precios del petróleo, que se han triplicado desde 2002, han generado una inmensa acumulación de dinero en los países que lo exportan. Esto no tiene nada de nuevo y el reciclaje de petrodólares ha sido ya antes una fuente importante de controversias y ansiedad para los mercados financieros mundiales. Pero tanto la acumulación que ocurrió en 2007 como la manera en la cual estos países los están usando ha traído novedades. La acumulación es extraordinaria y los países exportadores de petróleo ya tienen más de 4.000 billones de dólares sólo en activos financieros. De acuerdo con la consultora McKinsey & Co, aun si el precio cae a 50 dólares por barril, estos países podrán cómodamente invertir mil millones de dólares al día. Y en 2007 eso hicieron. Algunos como Abu Dhabi, por ejemplo, han comprado recientemente una participación importante en Citigroup. Otros como Hugo Chávez, compran influencia política en países vecinos, y no tan vecinos. Todos vieron sus cofres estallar de dinero en 2007. Y los seguirán viendo en 2008
- El país más peligroso del mundo se vuelve aun más peligroso.
El asesinato de Benazir Bhutto desestabiliza Pakistán y potencia la ya conocida capacidad de este país para irradiar peligros más allá de sus fronteras. Pero este asesinato culmina un año lleno de señales, atentados y accidentes que revelaron la tendencia a una violenta descomposición política del país. En 2007, Pakistán vivi
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Vivimos inmersos en una dinámica de consumo basada en desear algo, satisfacer ese deseo, y volver a tener otro deseo para repetir esta secuencia, no hasta la saciedad -que nunca llega- sino hasta el infinito. Si el placer se reduce al paso entre no tener algo y conseguirlo, al efímero instante entre dos deseos, ¿cuándo disfrutamos de lo que tenemos?
Pregunto entre mis amigos si poseen sus bienes materiales o más bien son sus bienes los que les esclavizan. Responden con unanimidad que poseen las cosas y no son poseídos por ellas. Por contextualizar, estoy hablando de una amplia clase media con las necesidades más básicas sobradamente cubiertas. También reconocen la maliciosa facilidad de nuestra sociedad para crear nuevas necesidades.
Miro el panorama a mi alrededor y encuentro personas que se pasan días descargando gigabytes de música de internet que nunca van a escuchar; personas que tardan demasiado en olvidar el cabreo por el primer rayón de su coche; personas que se amargan porque un año no pueden salir de vacaciones; personas incapaces de reconciliarse con su clase social aún cuando disponen de muchas cosas superfluas; y conozco algunas familias formadas por dos individuos que tienen cuatro retretes en casa.
Me pregunto si cuando uno ve un rayón en su coche es incapaz de recordar que hace no tanto tiempo iba felizmente a estudiar en autobús. Me pregunto si tan difícil es distinguir entre lo necesario y lo prescindible o sustituible –por muy deseable que sea-. Y ya puestos, me pregunto si tan difícil es trazar una línea clara entre gastar y malgastar, entre usar y derrochar, que es la misma línea que separa lo ético y lo indecente. Empezamos absolutizando la propia felicidad para acabar enredados en obsesiones y ansiedades, incapaces de disfrutar de las cosas.
Y por si fuera poco, tenemos que reconocer que somos limitados. No tenemos capacidad para todo y cuando concentramos nuestra energía en una cosa es para descuidar otras. ¿Alguna vez habéis conocido a alguien de aspecto impecable que pierde toda la magia en cuanto abre la boca? Tanta preocupación por la ropa y el pelo y la más absoluta dejadez por cultivarse. Lo mismo en proyectos que afectan a más de una persona: miro cómo se construye un matrimonio y llama la atención los esfuerzos que se ponen en la casa. Miro a los niños y me llama la atención el despliegue de material.
¿No se estará restando atención a otros aspectos? Si no podemos llegar a todo, ¿no habría que empezar por lo más importante?
Podemos decir que no somos poseídos por lo material, pero tendríamos que ser capaces de ver que somos poseídos por las apariencias, por la opinión de los demás y por el deseo de responder a expectativas y objetivos que no están justificados.
Ese puede ser el primer paso para transformar nuestra propia realidad y aspirar, en vez de a un trastero más grande, a cotas más altas de libertad personal que son razonablemente alcanzables.
Cuando se planteó el inicio de la reforma de los Estatutos de Autonomía, se manifestó en la vida académica y política española una opinión significativa a favor de la reforma de la Constitución. Si se trataba de poner al día el Estado de las Autonomías, la opción más racional, se argumentaba, era llevarla a cabo mediante el ajuste del texto constitucional. Contra esta opinión, se perfiló la de aquellos otros que veían en riesgo el carácter razonable de una opción que abría un debate político-constitucional de inciertos resultados. Mejor limitarse, si era inevitable la puesta al día de la organización territorial del Estado, a unas reformas estatutarias que introdujeran aquellos cambios institucionales y aclaraciones en materia de competencias que algunas Comunidades Autónomas demandaban.
La opción a favor de la reforma de los Estatutos necesitaba de la existencia de unos claros límites a la misma. No tratándose de una reforma constitucional, no podía verse erosionado un modelo de organización territorial del Estado realmente existente, por mucho que resulte condicionado por la vigencia de un principio dispositivo, no solamente en punto a la fijación de las propias Comunidades Autónomas, sino también por lo que hace a su nivel competencial. El proceso de reforma de los Estatutos necesitaba además unas precondiciones políticas que finalmente han estado ausentes en nuestra vida política. En primer lugar, el acuerdo de los dos grandes partidos políticos españoles actuando como tales, y no como fuerzas políticas confederadas, capaces de albergar en su seno distintos grupos políticos definidos a escala de las Comunidades Autónomas. En segundo lugar, resultaba indispensable la coincidencia en el mantenimiento de un federalismo cooperativo que cortase el camino al avance de las relaciones bilaterales entre el Estado central y diecisiete potenciales negociadores. En tercer lugar, era necesario el acuerdo sobre un sistema fiscal en que el principio de la solidaridad alcanzase toda la importancia concedida por la Constitución.
El no cumplimiento de estas precondiciones y la superación de los objetivos obvios y razonables de unas reformas estatutarias, son las razones que abren el camino a una hipótesis de reforma constitucional, no en la forma presentada en su día por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, sino con el objetivo más ambicioso de clarificar definitivamente el modelo de organización territorial de nuestro Estado. Los hechos parecen dar la razón a los partidarios de esta reforma. Si con los cambios estatutarios se pretende alterar los rasgos fundamentales del Estado autonómico, parece llegado el momento de adelantarse a un cambio propiciado por la iniciativa de las Comunidades Autónomas y plantearse directamente la reforma de las reglas de juego.
Mediante esta reforma se pretendería alcanzar objetivos bien concretos. El primero, impedir que la reforma de los Estatutos pueda afectar a la organización y competencias del Estado, ni siquiera por vía negativa o interpretativa. El segundo objetivo será fijar el núcleo esencial del poder del Estado, expresivo de su soberanía y de la organización unitaria indispensable para la vida del mismo. Como se ha señalado en distintas ocasiones, parece evidente que esta cuestión no puede quedar al arbitrio de los pactos y de las mayorías políticas coyunturales. Un tercer objetivo de la reforma constitucional habría de ser la especificación de las facultades de titularidad estatal que no pueden ser transferidas a las Comunidades Autónomas. Un cuarto y último objetivo mínimo, sería la especificación de las competencias atribuidas al Estado para dictar la legislación básica.
Los objetivos de esta reforma constitucional, presentes en las páginas del Informe del Consejo de Estado sobre la reforma de alcance más limitado propuesta por el Gobierno, podrían conseguir paliar la parcial desconstitucionalización en que se ha desarrollado la vida de nuestro Estado autonómic
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FORZABAN los partos inyectando a las embarazadas sustancias químicas que provocaban fortísimas contracciones en el útero; a los fetos de siete u ocho meses, les inyectaban calmantes para evitar que pataleasen y luego, apenas asomaban la cabeza, los decapitaban, o les introducían un catéter por la región occipital que les succionaba el cerebro. Para desprenderse de sus cadáveres, los introducían en una máquina trituradora que los reducía a papilla orgánica y los arrojaban al desagüe. La truculencia de los métodos empleados en esos mataderos barceloneses que, misteriosamente, la prensa insiste en llamar «clínicas» ha servido para que, siquiera durante unas horas o días, la opinión pública se estremezca de horror. Por supuesto, se trata de un estremecimiento hipócrita, el repeluzno momentáneo del monstruo que no soporta contemplar su monstruosidad reflejada en un espejo; pero basta dar la espalda al espejo para que el monstruo pueda seguir viviendo plácidamente. En apenas unos días, nuestra memoria selectiva habrá borrado la reminiscencia de tanto horror; y se seguirá abortando a mansalva, con idénticos o parecidos métodos, ante la indiferencia de los monstruos.
A las tropas americanas y británicas que, en su avance hacia Berlín, iban liberando los campos de concentración donde se hacinaban espectros de hombres no les espantaba tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cuerpos sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: mucho más horrendo que el crimen de esos matarifes que trituran fetos de siete u ocho meses y arrojan sus restos al desagüe es la connivencia silenciosa de una sociedad que vuelve la espalda ante tanta bestialidad, que ya no dispone de resortes morales para sublevarse contra semejante forma de muerte industrial, que finge que no le incumbe, que incluso formula justificaciones rocambolescas que la amparen. Y que, en el colmo de la vileza, urde simulacros compasivos que traigan placidez a su existencia de monstruos: quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.
Escribíamos el otro día que nuestra época había dejado de ser humana. Tal vez este proceso de deshumanización no sea irreversible; tal vez las generaciones que nos sucedan vuelvan a contemplarse en un espejo y reúnan el valor suficiente para renegar del monstruo que les hemos cedido en herencia. Tal vez esas generaciones futuras quieran saber cómo eran sus antepasados; y entonces se desplegará ante sus ojos el espectáculo dantesco del aborto, los millones de vidas que fueron trituradas y arrojadas al desagüe cuando ni siquiera podían defenderse. Pero no les espantará tanto ese cómputo innumerable como la impiedad de aquellos antepasados que consintieron tanta bestialidad. Y todavía les espantará más saber que aquellos mismos hombres que habían renegado de su humanidad maquinaron coartadas que les permitieran sobrellevar una vida plácida mientras la trituradora se atoraba, incapaz de deglutir tanta vida reducida a papilla. Les espantará hasta la náusea saber que mientras las trituradoras de la muerte industrial trabajaban a destajo sus antepasados lloriqueaban farisaicamente recordando a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones
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Cuando lo contemplas junto al retrato del siempre presente Cardenal Tarancón, quien parece mirarle con un toque de fina ironía levantina desde la solidez del báculo dominante, lo descubres investido de una evidente serenidad, como si el contexto en que se mueve este obispo español fuera otro absolutamente diferente al que le presiona sin descanso. Entre tantos gritos y voces crispadas a diestra y siniestra, tanto en la sociedad civil como en la eclesial, Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao y Presidente de la Conferencia Episcopal Española(CEE), se mantiene inalterable, como si hubiera puesto toda su seguridad en el Señor que le llamó a tales responsabilidades y él se limitara a instrumentalizar sus deseos históricos. Pero sobre todo, sus ojos, pequeños e insistentes, lanzan una mirada clara y distinta, capaz de afirmar quién sea él mismo sin veladuras, pero también el deseo de no transmitir prepotencia alguna a un posible interlocutor. Hay una cierta modestia en este icono episcopal, que le confiere una dominante dignidad. Y en este momento y en España, a muchos gusta una imagen episcopal tan discreta como serena.
Elegido Presidente de la CEE en el año 2005, tras una reñida votación con Monseñor Rouco como complementario protagonista, y tras unos años que coinciden con la llegada al poder del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se planta el 19 del presente noviembre como líder de la CEE con un discurso de apertura de la XC Asamblea Plenaria, que suscita comentarios de todo tipo en la sociedad eclesial pero también en la civil. Con sus palabras, Monseñor Blázquez sobrevuela el ruido ambiental que a todos domina, incluidos determinados sectores eclesiales reacios al auténtico diálogo con los signos de los tiempos, y propone una serie de ítems absolutamente relativos al momento presente a todos los niveles pero muy expresamente a niveles eclesiales.
Propone con claridad, desarrolla con valentía y sugiere pistas de futuro pastoral que afectan a todos los católicos en cuanto tales: beatificaciones de los mártires de la guerra incivil, la Iglesia en España y su Pastoral de migraciones, el centenario del Cardenal Tarancón y, en fin, la visita que hace 25 años realizó Juan Pablo II a España. El presente más objetivo sin evitarse dominios resbaladizos, con un estilo literario transparente y una hondura de reflexión inapelable. Monseñor Blázquez ha dicho lo que deseaba decir en un momento delicado de la vida eclesial española. A nadie, pues, debiera quedarle duda sobre el dinamismo a desarrollar en el futuro. A no ser, como pudiera suceder, que se discrepe de todo lo dicho por este prelado de inteligencia dialogante desde la serenidad.
Dice José Lorenzo, redactor jefe de VIDA NUEVA, que lo más llamativo, junto a la invitación a que la Iglesia pide/a perdón por cuanto hiciera mal en los feroces años treinta, es la reivindicación del Cardenal Tarancón, sobre todo cuando el centenario de su nacimiento ha resultado casi marginado en tantos sectores de nuestra Iglesia. Porque «entre los momentos históricos vividos por Tarancón y éstos que le han tocado a Blázquez se da una similitud profunda, si bien con matices distintos: en ambos casos se trata de momentos difíciles y lógicamente las tareas episcopal también son difíciles». Tan lejanos entre sí en temperamento y en personalidad, un Tarancón levantino y un Blázquez abulense, tan extrovertido el primero y tan tímido el segundo. Pero ambos hombres de Iglesia donde los haya, al servicio de la sociedad desde esa misma Iglesia.
Tres frases, en opinión de muchos observadores, concentran la sustancia del discurso del Presidente Blázquez:
Primera: «Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra».
... (... continúa)"¿Qué tal ha estado?", preguntó el director a los periodistas que regresaban de una comida con el importante político. "Muy bien, a nuestra altura", respondió uno de ellos. "Pues a mí no me ha parecido que haya estado tan mal", matizó otro.
La opinión que los periodistas tienen de los políticos es similar a la que tienen de su propio gremio, pero algo mejor que la que los políticos tienen del suyo, según se deduce cómo se tratan entre sí. Un trato que obligó no hace mucho al presidente del Congreso, Manuel Marín, a aclarar: "Esto no es una taberna".
Marín, que ayer presidió un homenaje al diputado del PP Gabriel Cisneros, recientemente fallecido, se va ofendido por la falta de tacto de quienes le buscaron sustituto antes de tiempo y hastiado por el sectarismo que domina la política española. Apenas hay otro debate político que el mantenido, por persona interpuesta, en las tertulias de radio y televisión; pero también en ellas se ha impuesto el griterío de trinchera.<