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Adolfo Suárez. 75 años

Adolfo Suárez. 75 años

El 3 de julio de 1976 se abrió una etapa decisiva en la reciente historia española. El Rey designó a Adolfo Suárez presidente del Gobierno para que sacara a España del largo túnel del franquismo y materializara el establecimiento de un sistema democrático con elecciones por sufragio universal y pleno respeto a los derechos de las personas. Suárez superó grandes dificultades para conseguir que ese proceso, que tiene en la Constitución de 1978 su punto culminante, se haya convertido en un modelo para países que se inician en la democracia. En enero de 1981 presentó la dimisión de forma abrupta, un misterio pendiente todavía de aclaración definitiva. Ocho destacados ministros que colaboraron intensamente con él analizan para este periódico la personalidad y los momentos decisivos en la trayectoria de este singular político que hoy cumple 75 años sumido en una cruel enfermedad.

"Era una persona arrebatadora con una gran capacidad de convicción y una simpatía extraordinaria. Además era el ministro secretario general del Movimiento y el Rey vio claro que el desmontaje del franquismo nadie podía hacerlo mejor que Adolfo Suárez". Con estas palabras Alberto Oliart explica las razones por las que el Rey nombra a Suárez presidente del Gobierno el 3 de julio de 1976 y le encarga un objetivo inaplazable: restablecer la democracia en España. La opinión de Oliart, que ocupó varias carteras ministeriales en los gobiernos de la transición, la comparten con términos similares otros destacados ex ministros que tuvieron un papel muy activo en llevar a buen puerto la travesía hacia un sistema democrático.

Alfonso Osorio, vicepresidente en el primer Gobierno de Adolfo Suárez, no duda en afirmar que el Rey le nombró porque tuvo actuaciones muy destacadas durante su etapa ministerial con Carlos Arias, como la defensa que hizo de la ley de asociaciones políticas, pero sobre todo "porque se necesitaba a alguien que pudiera hacer girar la llave del Consejo Nacional del Movimiento, que conformaba en enorme medida las Cortes que deberían aprobar la reforma política".

Rodolfo Martín Villa apunta además el factor generacional como dato a tener en cuenta: "Con la llegada del Rey, de alguna manera, se jubila toda una clase política, por ello tenían que aparecer personas de su generación en el Gobierno". "Suárez", precisa este veterano político que ocupó la cartera de Gobernación en los primeros años de la transición, "es biológicamente y políticamente hijo de una determinada época en la que pienso que no tenía duda alguna en la necesidad de entenderse con los otros, en hacer posible una amnistía política y conseguir desde el propio régimen anterior una apertura a las libertades. Cualquier otro, con distintas características personales y con los mismos propósitos, habría fracasado".

"Muchos pensábamos que Areilza podía ser uno de los candidatos a la presidencia del Gobierno, pero creo que el Rey optó por un cambio. Independientemente de cuales eran las filiaciones que pudiera tener, Suárez era un hombre joven, entusiasta, abierto, con una voluntad clara de ir a un sistema plenamente democrático", precisa Marcelino Oreja, el primer ministro de Exteriores de Suárez.

Landelino Lavilla, que colaboró con Suárez de una manera decisiva desde el Ministerio de Justicia en el desmantelamiento de las estructuras franquistas, aunque a partir de 1980 mantuvo notables diferencias con él, sostiene igualmente que fue el hombre que el Rey necesitaba: "Respondió muy bien, tenía los valores del hombre estrictamente político, su capacidad de percepción, de intuición y su voluntad al servicio de todos, hicieron que fuera la persona capaz de hacer una operación política importante. Adolfo lo hizo de una manera espectacular en su primera fase".

La vinculación de Suárez con órganos del franquismo es en opinión de José Pedro Pérez Llorca, ponente constitucional, portavoz parlamentario de UCD y varias veces ministro, una razón fundamental para que el elegido fuera el político abulense. "El Rey sabía que era una situación llena de esperanza y de peligro y que debía avanzar partiendo de los mimbres que había, necesitaba un hombre del sistema, que no fuera excéntrico y que tuviera su confianza. Era más el futuro que el pasado".

Rafael Calvo Ortega, ex ministro de Trabajo, secretario general de UCD y que se mantuvo fiel a Suárez cuando éste abandonó su partido para emprender una nueva aventura con la creación del CDS, destaca en el ex presidente una virtud sobre todas: la intuición. Otro político que resalta la clarividencia como una de las principales armas de Suárez es Rafael Arias Salgado. El que fuera también secretario general de UCD y tiene en su currículo haber sido ministro con los tres presidentes del centro-derecha (Suárez, Calvo-Sotelo y Aznar) estima que Suárez poseía una capacidad de análisis muy notable. "Tenía unas ideas muy claras de los objetivos que quería alcanzar, además de una gran capacidad de captación de sus interlocutores". Arias Salgado opina que el Rey conocía todo esto y piensa en él "fundamentalmente para esa parte del proceso, que es el más difícil, el paso de la ley a la ley a través de la reforma política que introduce los principios para el cambio de régimen".

Para formar su primer Gobierno Suárez se encontró con varias negativas, como Eduardo García de Enterría, y muchas reticencias ante su vinculación con el franquismo. "Le dije después de largas conversaciones, estoy dispuesto si hay un compromiso firme de ir a unas elecciones generales por sufragio universal y luego una constitución, si no, no", recuerda Landelino Lavilla. Marcelino Oreja por su parte planteó varias cuestiones antes de aceptar: "¿Quiénes vamos? ¿A qué vamos?". Si el nombramiento de Suárez causó inicialmente estupor y rechazo en la oposición democrática, su Gobierno no recibió un trato más favorable. Cuando quedó constituido el 8 de julio de 1976 fue calificado de grupo de penenes (profesores no numerarios), gente de tercera división. El recelo comenzó a quebrarse el 16 de julio cuando el Gabinete presenta una declaración programática claramente rupturista con el régimen anterior: amnistía para los delitos políticos y de opinión, elecciones generales antes del 30 de junio de 1977, establecimiento de un sistema democrático basado en el respeto a la libertad y los derechos cívicos.

Aquel fue un verano de intensa actividad política en el que se redactó el borrador de la Ley para la Reforma Política, el instrumento que permitió desmantelar las estructuras del franquismo. El texto inicial fue elaborado por Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, un personaje fallecido en 1980 que tuvo un papel decisivo en hacer viable lo que entonces se llamó el paso de la ley a la ley. Rodolfo Martín Villa relata una anécdota que Fernández Miranda expuso a un grupo de amigos para describir la transición: "Comentó Torcuato que la transición había tenido un empresario que era el Rey, un autor que era él y un actor, Adolfo Suárez". "En las buenas representaciones teatrales", puntualiza ahora Martín Villa, "los actores se hacen -¡y en que medida!- con los papeles y al final lo que es una representación se transforma en una realidad. Eso fue pasando día a día con Adolfo Suárez. Fue actor y autor a la vez".

"A Torcuato", señala Alfonso Osorio, "le sentó mal ver que Adolfo iba a ir a las elecciones del 77 con un partido político, me parece que pensó que él podía ser árbitro entre UCD y AP".Con las elecciones del 15 de junio de 1977 se cumplió el gran compromiso contraído por Suárez al asumir la jefatura del Gobierno. Para acudir a ellas el presidente y sus ministros crearon Unión de Centro Democrático (UCD), "una empresa más que un partido político", en palabras de Martín Villa.

Los integrantes de aquel primer Gobierno de Suárez reivindican con orgullo su esfuerzo para el retorno a un sistema de libertades. "Todos veníamos de un pasado un tanto turbulento y se produjo la coincidencia en luchar para construir un sistema de convivencia que impidiera la repetición de épocas pasadas", precisa Landelino Lavilla. También Martín Villa se muestra satisfecho a la hora de recapitular: "Ese Gobierno, en menos de un año, consigue que donde no había partidos políticos los haya, donde no había sindicatos plurales los haya, que se constituyan Cámaras elegidas por sufragio universal y se disfrutan desde el punto de vista real las libertades que luego consagraría la Constitución". Marcelino Oreja coincide en la valoración de sus compañeros de antaño. "El primer Gobierno para mí fue el mejor", subraya, "era una tarea muy ilusionante, teníamos un objetivo, un método y una convicción".

El 15 de junio de 1977 se celebran las primeras elecciones. UCD se alzó con la victoria al lograr 166 escaños y el 34,6% de los votos. Una semana después de tomar posesión el Ejecutivo formado tras el 15-J, donde Enrique Fuentes Quintana figura como vicepresidente económico, decide devaluar la peseta en un 20%. "La crisis era tremenda", relata Alberto Oliart, "con una inflación que a veces superaba el 40%, protestas laborales continuas, una industria que sobrevivía en su mayor parte gracias a las subvenciones y con el petróleo a un precio inasequible para la economía española".

Fuentes y su equipo desde el primer momento tratan de convencer al presidente sobre la urgencia de ir a una política económica consensuada. El 25 de octubre los dirigentes de los grupos parlamentarios firman los Pactos de la Moncloa para reordenar la economía española.

Sentadas estas bases, la elaboración del texto constitucional pasa a primer plano. Pérez Llorca resalta el gran interés de Suárez por el texto que se iba fraguando en tensas e interminables reuniones dentro y fuera del Parlamento: "No impuso nada y se ocupó de todo. Le preocupaba que hubiera unos gobiernos estables, que hubiera la figura de un presidente fuerte y se consiguió". "Le preocupaba mucho", prosigue el que fuera ponente centrista, "el tratamiento de la Corona; puedo decir que en aquel momento hubo indicaciones, no en torno a la exclusión de la mujer, que nunca ha estado excluida en España, sino del respeto a los derechos del Príncipe de Asturias. En ese momento se nos presentó como un problema no quitar los derechos adquiridos. Le preocupaba el tema autonómico, que todos nos dimos cuenta de que era el gran tema. Constantemente me decía `esto tiene que funcionar bien’".

Descarta Landelino Lavilla que UCD hubiera actuado de otro modo si los resultados del 15-J le hubieran dado la mayoría absoluta: "En nuestra operación estaba descartado el tópico, que ha sido una realidad en la historia de España, de que el ganador impusiera una Constitución al perdedor. Teníamos claro que cualquiera que fuera el discurso político que se tuviera había que hacer una Constitución por consenso".El 6 de diciembre los españoles aprobaron en referéndum la Constitución. Días después Suárez anunció la celebración de elecciones generales para el 1 de marzo y municipales el 3 de abril.

La campaña para las generales del 79 fue agitada y el presidente vio con preocupación que las encuestas vaticinaban un empate virtual en la intención de voto para UCD y para el PSOE. En su última intervención televisiva antes de las votaciones Suárez echó mano de sus artes de comunicador y reclamó el voto del miedo acusando a los socialistas de ambigüedad y radicalismo. Aquel discurso, que dio de nuevo la victoria a los centristas (168 diputados), irritó sobremanera a los socialistas (121 diputados) confiados en hacerse con el triunfo y emprendieron una intensa ofensiva contra Suárez que tuvo su momento culminante en la moción de censura que presentó Felipe González el 21 de mayo de 1980, moción que no prosperó.

Aquel fue el annus horribilis de Adolfo Suárez. Había comenzado con una escalada terrorista similar a la desencadenada por ETA en los primeros meses del año anterior. Los atentados etarras provocaban desasosiego en la sociedad civil y ruido de sables en los cuarteles. Algunos mandos militares no se privaban de airear sus críticas al Gobierno, que tachaban de incapaz.

Arias Salgado tiene claro que el terrorismo era el problema más delicado de aquella etapa. "Para nosotros fue traumático, pensamos que la democracia acababa con el terrorismo. Hicimos unas leyes de amnistía supergenerosas y pensamos que con ellas y la puesta en marcha de la democracia el terrorismo desaparecería. Nos equivocamos."La implacable escalada terrorista y los problemas económicos llevaron a buena parte de la opinión pública y a muchos dirigentes políticos al convencimiento de que el proyecto de Suárez había llegado al límite. Empezó a afianzarse en los líderes centristas la idea de que era imprescindible un cambio de rumbo, quizás con otro capitán al frente del barco.

"Todos servimos para lo que servimos", apunta Martín Villa al recordar aquellos meses, "y Adolfo Suárez es un personaje excepcional para una etapa excepcional que es la transición. Pero una vez terminada esa etapa, seguramente, lo que se requiere son personas más normales para gobernar en normalidad". Marcelino Oreja sostiene una tesis parecida: "Fue llamado para un determinado papel, como un ejecutivo brillante al que se contrata para una operación trascendental y luego no es capaz de gestionar lo que ha sido una iniciativa muy importante".

A lo largo de 1980 Suárez cambia tres veces su Gabinete por plantes de algunos ministros, para satisfacer las exigencias de las familias centristas y tratar de enderezar la situación. En medio de ese ambiente los principales dirigentes del partido Fernando Abril, Rodolfo Martín Villa, Rafael Calvo Ortega, Landelino Lavilla, Pío Cabanillas, Francisco Fernández-Ordóñez, Joaquín Garrigues -que fallecería poco después a causa de una leucemia-, Fernando Álvarez de Miranda, José Pedro Pérez Llorca y Rafael Arias Salgado, agrupados en la Comisión Permanente, se reúnen con el presidente los primeros días de julio en una finca situada en la localidad madrileña de Manzanares el Real, bautizada por la prensa como La casa de la Pradera. Allí discutieron la posibilidad de un cambio de líder, en algunas ocasiones Suárez se ausentó para facilitar los debates.

Rafael Arias Salgado destila amargura al revisar aquellos encuentros: "Fueron una manifestación de gran irresponsabilidad por parte de gente muy valiosa y muy preparada. Aquello me pareció un disparate porque no se podía conspirar contra el líder". En las reuniones los barones reclamaron una dirección colegiada en las tareas de gobierno y concluyeron que en aquel momento no se podía prescindir del liderazgo de Suárez.

Pérez Llorca describe las dificultades que tenía el presidente con su grupo parlamentario. "Adolfo Suárez la mera actitud díscola de algún diputado que no le saludaba o le hacía feos le descomponía mucho". Oliart suscribe una opinión similar: "Él nunca bajó al partido, creo que le resbalaba, no quería meterse en esos asuntos, no los entendía".Martín Villa también resalta la incomodidad de Suárez para dirigir la organización centrista. "Teníamos más presentes los intereses del Estado que el partido, ello tuvo sus ventajas pero llega un momento en el que si estamos en un régimen de partidos, hay que saberse esta asignatura. Suárez contribuye esencialmente a traer la democracia, las libertades, pero al menos en su comienzo Adolfo no sabía, o no sabíamos, movernos muy bien en el mundo partidario. Si nos lo hubiéramos sabido mejor, habríamos sido más parciales y eso hubiera sido malo".

A finales de enero de 1981, Suárez decide tirar la toalla. Días después de la dimisión el partido centrista celebró su esperado congreso en Palma de Mallorca. La tensión presidió los debates en los que se impusieron los hombres más fieles a Suárez. Agustín Rodríguez Sahagún se hizo con la presidencia de UCD y el cargo de secretario general fue para Rafael Calvo Ortega. Así se llegó al 23 de febrero y el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados cuando se votaba la investidura de Calvo Sotelo para presidente del Gobierno. Toda España pudo ver a Suárez intentando enfrentarse a los golpistas. Fue tal la sorpresa y la irritación que le ocasionó la intentona que Suárez por un momento pensó en recuperar la jefatura del Gobierno pero la marcha atrás ya era inviable.


Un misterio sin respuesta
El gran enigma, pendiente todavía de una aclaración definitiva, surge el 26 de enero de 1981. Suárez anuncia a la comisión de UCD encargada de preparar el congreso de Palma su intención de dimitir y les pide máxima discreción porque no ha comunicado su decisión al Rey.

Rodolfo Martín Villa considera que el cansancio provocó la retirada: "El Suárez de los últimos tiempos ya no aguanta aquello. Las razones por las que no aguanta las desconozco". Marcelino Oreja apoya el criterio de que fue decisivo el desgaste que le produjo al presidente comprobar que no controlaba el partido y deja entrever una cierta pérdida de confianza por parte de don Juan Carlos. "Él pensaba que el Rey creía que ya no podía seguir realizando un papel como el que había realizado hasta entonces, aunque a mí eso no me consta, no tengo ningún dato".

Alfonso Osorio pone como momento decisivo las reuniones de la Casa de la Pradera, "cuando se le sublevaron los barones". En aquel reducido grupo que recibió la primicia de la dimisión estaba José Pedro Pérez Llorca, que iba a presidir el congreso de Palma. Enumera entre las razones de la retirada "el ruido mediático". Probablemente una de las personas que puso mayor empeño en tratar de convencer a Suárez para que no dimitiera fue Rafael Arias Salgado.

Arias, que habitualmente preparaba algunos discursos del presidente, comió con él en Moncloa el día 29 para revisar el mensaje de despedida que Suárez iba a grabar para su difusión por TVE. "Las correcciones finales las hicimos Pío Cabanillas y yo", recuerda con precisión, "y desde luego puedo asegurar que saqué del texto la célebre frase ’no quiero que la democracia sea una vez más un paréntesis en la historia de España’ porque era demasiado dramática, pero él la volvió a meter".

Diario El País

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