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Alguien con quien hablar

Alguien con quien hablar


Creemos que todo se resuelve con contar y contar lo que nos pasa, como si fuera suficiente con la opinión que nos merecemos. No siempre es verdad que deseemos ser escuchados. Porque escuchar es en todo caso responder, aunque sea con el silencio. En ocasiones, sólo queremos ser oídos. El otro pasa a ser un privilegiado recipiente que ha de asentir. Incluso es suficiente que mantenga las formas y aparente hacerse cargo de nuestras cosas. Pero no se trata de eso. No es cuestión de alguien a quien hablar, sino de alguien con quien hablar. Es un regalo de la vida encontrarse con quien poder hacerlo. Todo se ha puesto perdido de supuestas confidencias, de falsas intimidades, en el espectáculo público de las mal llamadas interioridades. Confesiones televisadas, vidas privadas del vivir aireadas en nombre de la espontaneidad. Y vacío, mucho vacío.

Nos falta la palabra próxima, como mano amiga, la distancia adecuada en la que no sólo contar lo ocurrido, sino pensar si podemos llegar a atisbar algo, soñar, desear, mostrar las contradicciones y paradojas que habitan toda alma. Y encontrarse con la mirada entrañable y desconcertada de quien no sólo tiene sus propios quehaceres y pesares, sino que nos los ofrece como cobijo para el retorno de la palabra. No basta simplemente con un catálogo de reproches y de consejos, ni siquiera con la resignación disfrazada en ocasiones de comprensión. El desafío de la palabra del otro, incluso su impugnación, pueden resultar la mejor de las acogidas. La condición indispensable es el afecto, por muy esporádico que resulte.

Buscamos espacios adecuados de conversación y ésta no acaba de tener lugar. Las sobremesas y los cafés de tarde entornan en el ruido de los dimes y diretes la ausencia de alguien con quien hablar. De encontrar la ocasión, la confidencia no es entonces cotilleo, una noticia de la que hacer uso, ni es el intercambio de información. Es desnudar el alma hasta escucharse decir lo que quizá ni siquiera uno mismo llegó a pensar nunca y mostrar la soledad de la palabra única. Es recibir la hospitalidad de otra alma tiritando su propia suerte. Cuando ya sólo nos contamos cosas y en ellas no está lo que nos falta, lo que nos conmueve, lo que nos impide dormir, lo que nos hace reír... se acabó la posibilidad de hablar. Buscamos las palabras del otro, las que sólo a su lado brotan. Y si hace falta resultar supuestamente ridículo, o llorar, o mostrarse inconsistente... nada de eso es inadecuado, sino que cobra otra plenitud.


Ángel Gabilondo

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