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cuatrodecididos

Asignatura

Me cuenta una profesora de Historia de un colegio concertado cómo, apremiada por la insistencia de los padres en discutir si había que aceptar o no la Educación para la Ciudadanía, una de las religiosas que dirigen el centro, contestó: "No es un asunto urgente pero quiero que tengan claro que cuando la asignatura tenga que darse, se dará". La religiosa no se sumaba a la rebelión a la que algunos sectores defensores de las esencias católicas animan. Probablemente, sobre sus manos caerán asuntos como la homosexualidad, la inmigración o la violencia y los manejará sin el más mínimo problema, haciendo compatibles sus creencias con los principios que definen nuestra democracia. No es tan difícil. Como no es difícil entender que la sociedad suele ser mucho más transversal (por emplear un término tan en boga) de lo que nuestra clase política se cree. Los burdos intentos de estereotipar a los ciudadanos en monigotes de derecha o de izquierda que tienen su voto vendido de antemano hacen aguas según esta democracia, aún inmadura, cumple años y permite que cada español se organice su universo ideológico sin orejeras partidistas. Por suerte, no todos los creyentes responden a lo que quisiera la santa carcundia y sus voceros, ni al sambenito de reaccionarios que les atribuye a veces la izquierda. Otro tanto pasa con la ya cansina definición de pijo o de progre, términos que algunos creíamos guardados en el baúl de los recuerdos, pero que se han desempolvado para su uso en un momento en que hay tanto votante del PP que se aprovecha de las libertades individuales defendidas por la izquierda (progres), como votantes del PSOE que creen que el PP consiste en diez millones de pijos gangosos, lo cual haría de España un país inaudito: con una clase alta más numerosa que la trabajadora. Los socialistas dan por hecho que a los niños de los populares les va a venir de perlas que en la escuela les den un repasillo democrático, pero parecen obviar que es estupendo que a cualquier niño, incluso al propio, le corrijan las tonterías que escucha en casa, como por ejemplo, que todos los adversarios son imbéciles. Por desgracia, no se ha inventado en este mundo partido que te libre de ser un imbécil.

Elvira Lindo

La carta que no puedo responder


La carta que no puedo responder se encuentra ahora sobre mi mesa. Llegó a mis manos gracias a los esfuerzos de un matrimonio holandés que, en junio de 2006, me envió un mensaje de correo electrónico. Yo no le di mayor importancia, y no respondí. Insistieron a finales del mismo mes y yo tampoco les presté atención. Hasta que llegó la advertencia con palabras más serias:
«Ésta es la última vez que le pedimos este favor. Le dejamos a su criterio la decisión de escribirle o no a Justin. A criterio de su conciencia, más bien. Yo conocí sus libros justamente porque él me los recomendó. Atentamente, Jacobus [omito el apellido]».

Leo cuidadosamente el texto del mensaje: allí se dice que Justin Fuller, prisionero número 999266 de la Unidad Polunsky, de Livingston, Texas, va a ser ejecutado justamente el día de mi cumpleaños: el 24 de agosto. Su abogado, Don Bailey, ya ha recurrido a todas las instancias, y el caso se da por perdido. No me piden que denuncie el caso en público ni que me posicione al respecto: sólo quieren que le envíe a este lector algunas palabras para confortarlo.

Tecleo el nombre de Justin en un buscador de Internet. Veo su foto, descubro que existe una página con los nombres de todos los que están (o estaban) en el corredor de la muerte de Texas. Leo su ficha policial en www.tdcj.state.tx.us/stat/fullerjustin.htm.

Escribo la carta. La semana siguiente a la de mi cumpleaños, Jacobus me vuelve a escribir: Justin la había recibido y me había respondido antes de ser ejecutado. La carta me está esperando en un hotel en el que suelo alojarme en cierta ciudad y que puse como dirección en el remite.

Finalmente, en los últimos días de octubre de 2006, paso por el hotel. Sé que me está esperando la carta de un condenado a muerte. Sé que él ya ha sido ejecutado. Recojo la carta, paro en un bar y leo las palabras de alguien a quien nunca más podré responder. A quien tampoco puedo pedirle autorización para publicar algunos párrafos, pero como estamos discutiendo una verdadera aberración de la justicia (la muerte como instrumento del Estado) transcribo aquí algunas frases:
«Estimado señor Coelho:
El corredor de la muerte es el lugar en el que las políticas del Poder, la Retribución y la Violencia se aplican a un hombre usando [materiales como] el cemento y el acero… hasta que este hombre se transforma en acero, y su corazón llega a ser tan duro como el cemento. Sin embargo, aunque el acero pueda ser duro, aún puede ser flexible, y aunque el corazón se haya transformado en cemento, todavía es capaz de latir. Más allá [del cemento y el acero] queda el hombre, su amor por la vida y los grandes principios que rigen la actuación del ser humano».
«Su carta me sorprendió bastante. Y es muy extraño que mi trascendencia [Justin usa siempre este término, en lugar de `ejecución´] pueda tener lugar justo el día de su cumpleaños. Por supuesto que espero que eso no ocurra, pero ambos sabemos que la vida siempre viene acompañada de la muerte. En los Estados Unidos ejecutan prisioneros en nombre de lo que llaman `justicia´, sin tener en cuenta la posibilidad de obtener una buena defensa ni la situación familiar en la que alguien nació y creció.»
«Mientras espero el último recurso a la Corte Suprema, me siento lleno de vida, fuerte y con mi espíritu completamente libre.»
«Si trasciendo, por fin podré flotar en el viento y disfrutar la libertad. He logrado entender que, aunque mi cuerpo esté preso, mi vida cambió y mi alma aún puede amar, pues toda libertad es mental. Hay muchas personas en este mundo que, a pesar de estar fuera de la cárcel, se encuentran mucho más presas que yo.» «Sólo cuando estas personas comprendan que la libertad es un estado mental, podrán disfrutarla de verdad.»

La carta que no pude responder es bastante más larga. Describe la relación que establecimos a través de mis libros. Nos desea lo mejor del mundo a mí y a mi familia. Y ahora descansa sobre mi mesa.

La carta que no pude responder, de un condenado a muerte, preso a los 19, ejecutado cuando tenía 27 años de edad, no contiene palabras quejumbrosas: habla de libertad y de vida.

Paulo Coelho

¡Es la libertad, señor!


Hoy más que nunca entiendo por qué muchos movimientos civiles vascos y españoles han insistido en que el problema vasco no era un problema de paz, sino, ante todo, de libertad. Robando la vida de los considerados como enemigos de Euskal Herria, ETA ha atentado directamente contra la libertad de los vascos. Por su mera existencia, la banda terrorista ha sido una amenaza constante contra la libertad de los ciudadanos de Euskadi, y lo sigue siendo. ETA atenta contra una libertad tan básica como la de poder ser vasco como a uno le dé la gana, sin que nadie se pueda constituir en guardián de la esencia del buen vasco.

Pero el problema radica en que quien ha actuado en contra de la libertad de los vascos no ha sido sólo ETA, sino que el conjunto del nacionalismo, en especial el PNV -en la medida en que ha sido incapaz de distanciarse claramente de los fines de ETA, y en la medida en que ha sido incapaz de legitimar el poder constitucional y estatutario que ha estado ejerciendo-, también ha estado contra la libertad de los vascos.

La apuesta que el PNV selló en el acuerdo de Estella/Lizarra, optando por la unidad nacionalista y por la exclusión de los no nacionalistas para definir el futuro político de la sociedad vasca, no fue una casualidad. Era una derivada necesaria de la doble incapacidad citada y de su incapcidad de entender cuáles eran las condiciones necesarias de la libertad de los vascos.

Y, desde entonces, el PNV anda sin poder encontrar el camino a la democracia. El plan Ibarretxe era la manifestación de las dificultades para encontrar el camino a la democracia. Y la última propuesta de Ibarretxe, que no es otra cosa que su plan bis -y la consecuencia de que el PNV no haya enterrado oficialmente su apuesta de Estella/Lizarra-, es la consagración de la incapacidad del nacionalismo de entender en qué consiste la libertad de los vascos.

Si algo caracteriza a la cultura moderna es la apuesta por la libertad y por la autonomía personal. Conviene recordarlo en los tiempos que corren. La crítica de la tradición, la crítica de las iglesias y de las religiones, de la confesionalidad de los estados, la crítica de las costumbres y la proclamación de la igualdad, no tenían otro fin que asegurar y garantizar la libertad de los ciudadanos. La igualdad era, sobre y ante todo, la igualdad de todas las personas, independientemente de su condición social, cultural, lingüística o religiosa, ante la ley. Una ley universal, válida para todos los individuos por igual. Y por ello, base de la libertad de cada uno.

Lo que en los comienzos de la modernidad paradigmáticamente fue la libertad de conciencia -esto es, que nadie estuviera obligado a una fe religiosa concreta para poder gozar del derecho de ciudadanía- se traduce hoy en libertad de identidad: ni ETA, ni el PNV ni ningún partido nacionalista puede, sin atentar gravemente contra la libertad, decidir quién es buen vasco y quién no lo es.

En el fondo de la apuesta de Estella/Lizarra, en el fondo del plan Ibarretxe y en el fondo de la última apuesta del lehendakari por la consulta -pase lo que pase, el 25 de octubre de 2008- se encuentra la pretensión de que quienes tienen derecho a decidir el futuro político de todos los vascos, quienes tienen derecho a definir políticamente la sociedad vasca, son sólo los nacionalistas. Porque sólo ellos son los buenos vascos, Y, por ende, ellos sólo son los que constituyen el pueblo vasco del que se predica el derecho a decidir. Presuponiendo que son, al menos, el 50,1%.

Pero la cuestión no radica en saber si llegan a ese porcentaje o se quedan incluso lejos de él. El problema radica en que en la última década ha quedado claro que este nacionalismo vasco es incapaz de entender que no se puede contraponer la libertad de quienes quieren ser sólo vascos contra la de quienes quieren ser vascos y españoles en distintas gradaciones. El nacionalismo vasco no entiende que la apuesta y el reto de la cultura moderna y de la democracia radican en saber que existen distintas identidades, distintos sentimientos de pertenencia, distintas definiciones de las sociedades, distintos intereses lingüísticos, culturales, de creencias y económicos, pero que la convivencia es posible porque se puede alcanzar un acuerdo que permita, limitando y particularizando cada uno de ellos, la convivencia de esa pluralidad gracias a las reglas y las normas que constituyen un espacio público en el que tienen cabida todos ellos.

Para el nacionalismo vasco, la libertad sólo existe si un grupo determinado -el de los buenos vascos- puede decidir lo que quiera. Y no entiende que la libertad ciudadana radica en que todos, los supuestos buenos vascos y los que también lo son sin ser nacionalistas, puedan convivir porque respetan que los otros puedan, de forma limitada, particularizada e individual, cuidar su identidad, sin imponérsela a nadie.

El derecho a decidir de los vascos se ha convertido en un fetiche, y como tal contiene todas las contradicciones que acompañan a los fetiches ideológicos: presupone que existe aquello que materializando la exigencia contenida en el fetiche se trata de conseguir. No existe en Euskadi la sociedad vasca que presupone el discurso de Ibarretxe cuando habla del pueblo vasco milenario, sujeto del derecho a la autodeterminación. Esa entidad, ese sujeto no existe. En su lugar, hay una realidad social compleja, plural, rica, de un gran valor democrático si se la reconoce en su complejidad. Y el nacionalismo vasco nunca lo ha asumido. O se cede al imaginario de una sociedad que se corresponda con la comunidad etnolingüística que está en la base de la doctrina nacionalista, o se concede el derecho a decidir sobre todos sólo a la parte de la sociedad que cree en un tal imaginario. Y la consecuencia es la destrucción de la libertad. De todos. Porque en el momento en que se cediera a tal pretensión nacionalista se desataría el mecanismo interno del nacionalismo de dirimir por las buenas o por las malas quién es quien tiene derecho a definir la ortodoxia más pura.

Es claro que la última propuesta de Ibarretxe es contraria a la Constitución. Lo que es necesario añadir es que el valor supremo de ésta radica en garantizar los derechos y las libertades de los ciudadanos vascos. Es claro que la propuesta útlima de Ibarretxe está fuera de la legalidad, pero lo importante es subrayar que el respeto a la legalidad es el principio del respeto a la libertad de los ciudadanos. No hay libertad sin derecho. No hay libertad sin leyes. No hay libertad si no es por medio de la constitucionalización del poder. No hay libertad sin pluralismo. No hay libertad sin libertad de conciencia y sin libertad de identidad.

Si es verdad que nos estamos jugando el Estado, con mayúsculas, en el envite planteado por Ibarretxe, lo es porque el Estado democrático, el Estado de derecho -y España lo es, mal que les pese a los nacionalistas- es lo mejor que ha encontrado la Historia de la humanidad para defender las libertades personales y los derechos de los ciudadanos.

Si en estos momentos toca defender el Estado, si en estos momentos toca defender la Constitución, si en estos momentos toca defender el Estatuto de Guernica -¡qué confianza vamos a tener en que se cumpla el resultado de cualquier consulta popular si quienes ahora la reclaman se han caracterizado por no haber aceptado en serio el resultado de las que ya ha habido!-, si en estos momentos toca defender la legalidad y el derecho, no es por otra cosa que porque es el único camino para defender la libertad.

Joseba Arregui

Fiesta Nacional de España

Fiesta Nacional de España

"Estoy orgulloso de ser español"

Mensaje difundido por el líder del PP, Mariano Rajoy, con motivo de la Fiesta Nacional...


"Pasado mañana, 12 de octubre, los españoles celebramos nuestra Fiesta Nacional.

Mi deseo es que este año, por razones que todo el mundo conoce, los españoles celebremos de manera especial esta fiesta.

Porque somos una nación y queremos celebrarlo y dejar constancia de que nos alegramos.

Por eso vamos a honrar y a exhibir el símbolo que, con la Corona, mejor nos representa en todo el mundo:

-La bandera que aprobamos en 1978.

-La que exhiben nuestros deportistas con orgullo.

-La que cubre el féretro de nuestros soldados.

-La que saludan con respeto todos los jefes de Estado que nos visitan.

-El símbolo de España.

-El símbolo de la nación libre y democrática que formamos más de cuarenta millones de españoles.

-La bandera de todos, porque en ella estamos todos representados.

Yo estoy orgulloso de ser español.

Sé que los españoles también lo están.

Por eso, pido a todos que, por encima de cualquier diferencia ideológica, el 12 de octubre lo manifiesten con franqueza.

Y que hagan algún gesto que muestre lo que guardan en su corazón.

En casa o en la calle, de forma individual o con la familia y amigos.

Para que todo el mundo sepa lo que los españoles sentimos por España.

Y que sabemos proclamarlo sin aspavientos pero con orgullo y con la cabeza bien alta.

Y yo me adelanto ya y digo a todos los españoles: ¡Feliz día de la nación española! ¡Feliz Fiesta Nacional!".


Relaciones asimétricas

Relaciones asimétricas

¿Por qué será que nunca parece que el amor sea exactamente correspondido? Todos conocemos historias en las que parece que Cupido, de existir, es un canalla. Luis ama a María, que está coladita por Jorge, que babea por Laura que a su vez bebe los vientos por Alfredo… y así hasta el infinito. Y, como dice una amiga mía, encima tienes que aguantar que el que te gusta –que no te corresponde- te presente a su amigo (que es el que no te gusta), por que a él sí le gustas tú.

Incluso cuando hay correspondencia, tampoco es todo recíproco. Las dos medias naranjas no dan una naranja perfecta. En las relaciones siempre hay alguien que apuesta más, o que parece tirar más, y el juego de pasiones, frialdades y afectos es sutil y a ratos turbulento.

Para hacerlo más complejo, esto no ocurre únicamente en las relaciones de pareja, aunque quizás es donde más se nota. También la amistad tiene desproporciones, y hay quien da más de lo que recibe, o quien espera más de lo que encuentra. Y el equilibrio entre la libertad y la dependencia es delicado y a veces fuente de mucha zozobra.

Hay quien sufre mucho por esa inadecuación, y vive como fracaso o rechazo el no ser respondido con idéntica entrega de la que pone. Sin embargo las cosas empiezan a cambiar cuando te decides a amar sin cálculo ni estrategia, sin recibo ni minuta. Cuando abrazas la cercanía, pero también aprendes a aceptar las distancias. Cuando amas, pero no impones. Cuando aprendes a acoger la distinta manera de querer de otros, y a respetar su libertad en el camino. Cuando la amistad, y el amor, la das, no lo exiges. Cuando te das cuenta de que las historias compartidas se construyen desde la diferencia, y no hay dos iguales.

Hay quien diría que es imposible, o inhumano, querer así. Que el amor siempre espera vuelta. Que todos buscamos un eco poblado de abrazos o ternura. Pero la verdad es que nosotros somos el eco. Porque hay una voz que nos grita desde dentro palabras infinitas: “No temas, yo te he elegido, te he llamado por tu nombre, eres mío… porque yo te amo” (Is 43) Hay un Dios que nos ama tan incondicional y definitivamente, tal y como somos, que ya nuestra entraña vibra con ese amor. Somos el eco de Dios, el que ama primero.

(PD: El que no exijamos respuesta no quiere decir que no la valoremos, y cuando la encontramos hay que saber cuidarla como un tesoro, que en nuestro mundo ya hay suficiente soledad y sequedades.)

J.M. Rodríguez Olaizola, sj

La patria gutural

Un artículo de Antonio Muñoz Molina...

Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.

Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.

Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".

Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas

como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.

Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.

El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.

No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.

Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.

Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.

Antonio Muñoz Molina

Los orígenes

Los orígenes


Otros habrían hablado de "raíces"... Pero no es ése un vocabulario que yo use. No me gusta la palabra “raíces”, y menos aún me gusta la imagen. Las raíces se entierran en el suelo, se retuercen entre el barro, prosperan en las tinieblas; tienen al árbol cautivo desde que nace y lo nutren a cambio de un chantaje: "Si te liberas, te mueres!"

A los árboles no les queda más remedio que resignarse, necesitan tener raíces; los hombres, no. Respiramos la luz, codiciamos el cielo, y cuando nos hundimos en la tierra es para pudrirnos. La savia del suelo natal no nos entra por los pies para subirnos hasta la cabeza, los pies sólo nos sirven para andar. Lo único que nos importa son los caminos. Ellos nos llevan, de la pobreza a la riqueza, o a otra pobreza; de la servidumbre a la libertad, o a la muerte violenta. Nos prometen, nos trasportan, nos impulsan y, luego, nos abandonan. Y entonces nos morimos, igual que nacimos, a la vera de un camino que no habíamos escogido.

En contra de lo que sucede con los árboles, los caminos no brotan del suelo al azar de las sementeras. Tienen un origen, igual que nosotros. Un origen ilusorio, puesto que una carretera nunca empieza de verdad en sitio alguno; antes de la primera revuelta, algo más atrás, ya había otra revuelta, y otra más. Origen inaprensible, porque en cada encrucijada se han sumado otros caminos que procedían de otros orígenes. Si fuera menester echar cuenta de todas esas confluencias, daríamos cien veces la vuelta a la Tierra.

¡Así debe ser cuando de mi gente se trata! Pertenezco a una tribu que, desde siempre, vive como nómada en un desierto del tamaño del mundo. Nuestros países son oasis de los que nos vamos cuando se seca el manantial: nuestras casas son tiendas vestidas de piedra; nuestras nacionalidades dependen de fechas y de barcos. Lo único que nos vincula, por encima de las generaciones, por encima de los mares, por encima de la Babel de las lenguas, es el murmullo de un apellido.

¿Tenemos por patria un patronímico? Sí, así es. ¡Y por fe, una antigua fidelidad!

Nunca me he sentido realmente vinculado a ninguna religión, a menos que me haya sentido vinculado a varias incompatibles; tampoco me he notado nunca totalmente afecto a una nación, aunque es cierto que también en este aspecto tengo que ver con más de una. En cambio, me identifico perfectamente con la aventura que mi dilatada familia ha vivido bajo todos los cielos. Con la aventura y también con las leyendas. Igual que les sucedía a los griegos antiguos, mi identidad se apuntala en una mitología cuya falsedad me consta y por la que, no obstante, siento veneración como si la verdad residiera en ella.

¡No deja de ser insólito, por lo demás, que hasta el día de hoy sólo haya dedicado unos cuantos párrafos a la trayectoria de mi gente! Pero es cierto que también ese mutismo forma parte de mi herencia...

Amin Maalouf

Se busca culpable

No es sólo el desafío rupturista de Ibarretxe. Están apareciendo otros síntomas de desbordamiento del sistema por el lado nacionalista. ¿Qué clase de moderado es Artur Mas cuando dice que sin enfrentamiento con España "Catalunya habría desaparecido"? ¿Era posible para los socialistas navarros pactar con un partido, EA, cuya presidenta amenaza con recurrir a la "desobediencia civil" si no se acepta el referéndum ilegal de Ibarretxe? ¿Puede considerarse normal que un ex presidente socialista como Maragall defienda la celebración de un nuevo referéndum si el Tribunal Constitucional recorta en algún punto el nuevo Estatut (y que, en su estela, Carod Rovira, diga que en ese caso el referéndum debería ser de autodeterminación)?

Como suele ocurrir, la primera reacción ante esos desafíos ha sido la de buscar culpables. El PP lo tiene claro: lo ha sido Zapatero, con su política de concesiones a los nacionalistas. Es una respuesta simétrica a la de los socialistas cuando acusaban de la radicalización soberanista del cambio de siglo a la intransigencia de Aznar. De momento, la evidencia de que el efecto -la radicalización-, es idéntico cuando la política del Gobierno es receptiva a las demandas nacionalistas y cuando es de rechazo, quita la razón a ambos: ni puede culparse sin más a Aznar ni es posible echar toda la responsabilidad sobre Zapatero.

Tal vez, entonces, la radicalización obedezca a otras razones, propias de los nacionalistas. En El Estado autonómico (Alianza, 2003), Eliseo Aja, uno de los máximos especialistas en la cuestión, considera que esa radicalización fue una consecuencia paradójica de la culminación del proceso de transferencias: dejó a los nacionalistas sin apenas espacio para la reivindicación dentro del marco autonómico, lo que les hizo tantear la posibilidad de impugnar el marco mismo: desde una perspectiva independentista en Euskadi, para favorecer el frente soberanista de Lizarra; y desde la visión confederal de la Declaración de Barcelona, en Cataluña.

Según ese profesor, también los partidos estatales dudaron entre abordar una reforma en aquello que podría ser atendible (representación ante la UE y en organismos institucionales como el Tribunal Constitucional, atribución de todas las competencias de ejecución, etc.) o cerrarse en banda a cualquier reforma. Hasta poco antes, tanto el PP como el PSOE coincidían en la inoportunidad de abrir ese melón, pero desde la llegada de Zapatero a la dirección socialista hubo una mayor receptividad. Eso dio pie a la otra explicación en circulación sobre las causas de la radicalización: las limitaciones autonómicas introducidas por Aznar en su segundo mandato. Eliseo Aja afirma que, con los datos en la mano, no puede sostenerse esa explicación. Durante tal periodo culminaron transferencias esenciales, hubo acuerdo sobre el Cupo vasco y se siguió en términos generales el proceso de despliegue autonómico iniciado por Felipe González. Pero sí admite que hubo un cambio en el "tono de los discursos"y la utilización de los símbolos. Un factor que seguramente cargó de razones a los nacionalistas fue la postrera arrogancia de Aznar negándose a recibir en Moncloa a los presidentes autonómicos que no le gustaban.

Tal vez, sin embargo, exista otra forma de ver las cosas. Es muy conocido un texto de Tocqueville en el que, a propósito de la Revolución Francesa, sostenía que no fue tanto la ausencia de reformas como la insuficiencia de las mismas lo que, al frustrar las expectativas, había abierto paso a la revolución en lugar de impedirla. Tal vez la política intransigente (o percibida como tal) de Aznar creó las condiciones para que la transigencia de Zapatero -tanta que no pudo satisfacer las expectativas creadas- provocara esta radicalización. Zapatero, necesitado de aliados, eligó ese terreno a la hora de diferenciarse de su antecesor. Es posible que no midiera bien su entusiasmo, o que se le entendiera mal, pero lo cierto es que creó unas ilusiones superiores a lo que podía ceder. En Cataluña, sobre todo, lo que le obligó a una barroca rectificación pactada con Artur Mas que, sin embargo, se sintió más defraudado que nadie al ver que era otro quien se quedaba con el premio. Los efectos, a la vista están.

Pero si no es posible culpar de ellos sólo al PP o sólo al PSOE, ¿no deberían ambos partidos dejar de arrojarse las banderas y los sarcasmos a la cabeza y ponerse de acuerdo para hacer frente a los desafíos de Ibarretxe e imitadores?


Patxo Unzueta