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Terrorismo

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Visto en el blog cvx-e.

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Alguien con quien hablar

Alguien con quien hablar


Creemos que todo se resuelve con contar y contar lo que nos pasa, como si fuera suficiente con la opinión que nos merecemos. No siempre es verdad que deseemos ser escuchados. Porque escuchar es en todo caso responder, aunque sea con el silencio. En ocasiones, sólo queremos ser oídos. El otro pasa a ser un privilegiado recipiente que ha de asentir. Incluso es suficiente que mantenga las formas y aparente hacerse cargo de nuestras cosas. Pero no se trata de eso. No es cuestión de alguien a quien hablar, sino de alguien con quien hablar. Es un regalo de la vida encontrarse con quien poder hacerlo. Todo se ha puesto perdido de supuestas confidencias, de falsas intimidades, en el espectáculo público de las mal llamadas interioridades. Confesiones televisadas, vidas privadas del vivir aireadas en nombre de la espontaneidad. Y vacío, mucho vacío.

Nos falta la palabra próxima, como mano amiga, la distancia adecuada en la que no sólo contar lo ocurrido, sino pensar si podemos llegar a atisbar algo, soñar, desear, mostrar las contradicciones y paradojas que habitan toda alma. Y encontrarse con la mirada entrañable y desconcertada de quien no sólo tiene sus propios quehaceres y pesares, sino que nos los ofrece como cobijo para el retorno de la palabra. No basta simplemente con un catálogo de reproches y de consejos, ni siquiera con la resignación disfrazada en ocasiones de comprensión. El desafío de la palabra del otro, incluso su impugnación, pueden resultar la mejor de las acogidas. La condición indispensable es el afecto, por muy esporádico que resulte.

Buscamos espacios adecuados de conversación y ésta no acaba de tener lugar. Las sobremesas y los cafés de tarde entornan en el ruido de los dimes y diretes la ausencia de alguien con quien hablar. De encontrar la ocasión, la confidencia no es entonces cotilleo, una noticia de la que hacer uso, ni es el intercambio de información. Es desnudar el alma hasta escucharse decir lo que quizá ni siquiera uno mismo llegó a pensar nunca y mostrar la soledad de la palabra única. Es recibir la hospitalidad de otra alma tiritando su propia suerte. Cuando ya sólo nos contamos cosas y en ellas no está lo que nos falta, lo que nos conmueve, lo que nos impide dormir, lo que nos hace reír... se acabó la posibilidad de hablar. Buscamos las palabras del otro, las que sólo a su lado brotan. Y si hace falta resultar supuestamente ridículo, o llorar, o mostrarse inconsistente... nada de eso es inadecuado, sino que cobra otra plenitud.


Ángel Gabilondo

El abrazo del Rey

El abrazo del Rey

ES una fotografía extraordinaria, porque lo revela todo y al mismo tiempo oculta con respeto lo que no es necesario que se muestre. Los dos hombres llevan el paso acorde, se apoyan en el pie izquierdo y tienen el derecho ligeramente levantado, sólo la punta del zapato roza el césped fresco, a punto de seguir hacia delante.

El brazo derecho del Rey rodea cordialmente los hombros de Suárez, como si quisiera ocultar que al mismo tiempo lo está guiando. Sin ser solemnes, el traje oscuro y los zapatos negros de Don Juan Carlos son más protocolarios, el atuendo de Suárez es más informal y veraniego, pero ambos muestran la misma pulcritud, la exacta longitud de las perneras, la geométrica huella de la plancha. Nadie diría que el hombre de la derecha es un hombre enfermo.

Si no los reconociéramos, podríamos pensar que se trata de dos amigos que están de vacaciones, o que pasan un rato de ocio en el jardín de uno de ellos, en una casa de la periferia. Pero sabemos que no es así y que la fotografía muestra una situación delicada y muy difícil para el viejo amigo. El enfermo ya no lo reconoce, pero para él no es un desconocido; sabe que cuando le habla no lo entiende, que las palabras resuenan sin sentido en el vacío de su cerebro, y sin embargo no debe callarse; puede sentir piedad, pero a sí mismo se prohíbe manifestarla.

En la fotografía todo sugiere un entorno amable, que oculta que cuando el Alzheimer avanza hay que guardar fuera del alcance del enfermo los objetos punzantes o candentes, el control de la luz o del gas o del fuego y todo lo que pueda hacerle daño.

También hay que vaciar la casa de espejos. Si se ve reflejado en uno de ellos y no se reconoce, puede creer que está frente a un extraño y provocar una crisis. El seto verde del fondo impide ver que el jardín está cerrado, porque si el enfermo se aleja de allí no sabrá cómo regresar.

Como una antigua moneda que, con el paso del tiempo, ha perdido el rostro que llevaba acuñado y ya es sólo un trozo de metal, así el enfermo de Alzheimer ha perdido su identidad, su rostro y sus recuerdos, y ya es sólo cuerpo, pero cuerpo que aún mantiene sus otras cualidades: es sensible al dolor y a las sensaciones agradables, a un gesto frío y a una sonrisa amable.

También es sensible a un abrazo amistoso y desde algún lugar primario e infantil del corazón, aunque ya no reconozca las palabras, reconoce el afecto y el aprecio, la calidez del brazo que se apoya en su hombro. En la fotografía parece que el Rey le está comunicando un secreto. Y se diría que Suárez lo entiende.

Eugenio Fuentes es escritor.

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Por qué lo harías



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