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La política y los riesgos del futuro

La política y los riesgos del futuro

¿Cómo es posible que los nuevos instrumentos matemáticos no fueran capaces de alertar sobre la crisis económica que se avecinaba? Quizá porque se atribuye a sus mediciones una exactitud de la que carecen


La política es una actividad inexacta porque se refiere al gobierno de una totalidad social. No pocas decisiones políticas se adoptan frente al criterio de quienes disfrutan de una exactitud sectorial o en sus modelos teóricos pero sus cálculos son socialmente inexactos. Pensemos, por ejemplo, en el cierre de una central nuclear o en la exigencia de regular los mercados financieros. Las decisiones que tienen que ver con los riesgos ecológicos o financieros requieren una visión de conjunto que sólo puede obtenerse, en el mejor de los casos, desde una perspectiva política. Por supuesto que en los procesos de deliberación no debe faltar ni el juicio de los expertos, ni la atención a los intereses particulares, pero la decisión no puede ser otra cosa que política, pues la política es lo que hacemos cuando hemos acabado de calcular y sigue sin estar claro lo que hay que hacer.

Una pregunta se plantea entonces de manera inquietante en relación con la actual crisis económica. ¿Cómo es posible que la mejora de los modelos de análisis de riesgo no haya servido para anticipar un resultado catastrófico? Uno podría pensar que la causa de nuestra falta de anticipación a la crisis se debe a que no habíamos calculado correctamente los riesgos futuros. Pero, ¿y si fuera exactamente al revés, es decir, que una de las causas de la crisis sea la ilusión de la exactitud, la creencia de que los cálculos matemáticos no tienen límites a la hora de establecer los riesgos futuros? La crisis económica ha salido de unos cálculos y mediciones que presumían de una exactitud que no están en condiciones de proporcionar.

Nos hace falta una verdadera revolución epistemológica para abandonar la ilusión de que podemos vivir en un mundo calculable, que resultaría de aplicar ilimitadamente el modelo científico que hemos heredado de las ciencias de la naturaleza a las realidades sociales. Este modelo debe su exactitud a que mide realidades objetivas, exteriores a los sujetos, pero es muy limitado a la hora de calcular comportamientos humanos como el del sistema financiero, que no es algo exterior a la sociedad, que pudiera ser controlado por el saber y la tecnología, sino que resulta de la suma de nuestras acciones. Los cálculos de probabilidad son muy problemáticos cuando conciernen a comportamientos humanos, como es el caso de los mercados financieros, en los que se reflejan opiniones, expectativas y miedos humanos, de manera que no pueden ser tratados como magnitudes objetivas. Por eso la ciencia económica ha de ser considerada como ciencia humana, una ciencia en la que no hay separación entre el sujeto y el objeto de la investigación, por lo que no es una ciencia exacta.

Hemos analizado los riesgos menospreciando que en ellos lo decisivo es la significación, el sentido. Es un error manejarlos como si se tratara de una realidad física, desconociendo que la subjetividad se infiltra en todas las relaciones sociales de los agentes. Esta perspectiva epistemológica es extremadamente importante. La mayor parte de los riesgos tienen un componente subjetivo que se apoya en una interpretación de la economía. Confiar en la estimación que de ellos hace la opinión general (como se hace cuando se los introduce en el mercado) es una falta lógica, ya que la mayor parte de los que intervienen en él se basan en la matematización hecha por las agencias de rating y, por tanto, no aportan nada a las insuficiencias de la comprensión de cada uno. Dicho de otra manera: en la economía liberal de mercado no hay racionalidad en materia de riesgos más que para situaciones perfectamente calibradas y estadísticamente determinadas. La crisis de las subprimes ha tenido esta consecuencia de mostrar el error de extrapolar ciertas creencias del libre cambio a bienes abstractos que incluyen una interpretación del futuro. El mercado no juega bien el papel de sujeto interpretante en los casos que son dudosos.

En materia de finanzas, los límites de la modelización probabilista son cada vez más evidentes. Debido a que los productos derivados, por ejemplo, están basados en otros instrumentos financieros y a menudo combinan varios riesgos adicionales, el potencial de pérdidas no puede ser medido completamente. Es imposible relacionar entre sí todos los elementos relevantes del riesgo, lo que hace extremadamente difícil asesorar en relación a los riesgos de las operaciones.

Los cálculos matemáticos, pese a las precauciones metodológicas, tienen una tendencia que podríamos llamar innata a disimular las ignorancias. No estamos en condiciones de cuantificar verdaderamente los riesgos vinculados al mercado, a la liquidez, menos aún aquellos que serían debidos a un error humano o a una modificación reglamentaria. La matematización sólo es exacta para procesos en los que la interpretación juega un escaso papel, lo que no es el caso del mercado financiero. Por eso mismo, las cualificaciones que hacen las agencias de rating encapsulan el riesgo, omiten su naturaleza interpretativa. Y esta es la razón por la cual hacer que las agencias sean más independientes no cambiaría nada mientras no modificáramos nuestra concepción de la verdadera naturaleza de los riesgos financieros.

La ilusión de que era posible medir exactamente los riesgos ha alimentado otro sueño: que estábamos en condiciones de minimizarlos. La idea de un "riesgo sin riesgo" es la ideología que sostiene a la matemática financiera que está en el origen de la crisis actual. La crisis financiera es en buena medida consecuencia de una serie de instrumentos financieros que se desarrollaron para proporcionar nuevas formas de seguridad, instrumentos de los que se afirmaba que se apoyaban en cálculos de riesgo seguros. Lo que ahora se ha puesto de manifiesto es que estos cálculos y pronósticos no son solamente inexactos sino, en ocasiones, también peligrosos.

Nunca hasta ahora han sido las sociedades tan dependientes de los métodos para calcular el riesgo y nunca ha sido tan evidente la fragilidad de esos cálculos. La sofisticación de los modelos matemáticos coincide con la evidencia de que la complejidad de los sistemas sociales no puede ser reducida completamente por ningún modelo. Es una ilusión pensar que el riesgo, también el riesgo financiero, puede disiparse completamente. Aunque los bancos no son casinos, como suelen decir ciertos demagogos, tienen en común con ellos que el azar no les es nunca completamente ajeno. Las transacciones del sistema financiero global se basan en pronósticos extremadamente inseguros; el mercado conoce volatilidades cuya dimensión no puede ser ni prevista ni eliminada.

Un requisito fundamental para la gestión adecuada de los riesgos es haber comprendido que el riesgo no es un elemento objetivo sino que depende de una lectura de la situación que hace quien trata de prevenir de él o de tomar la mejor decisión posible. Las valoraciones del riesgo colectivo son fundamentalmente políticas. Es imposible juzgar objetivamente las ventajas y desventajas de una determinada tecnología puesto que tales valoraciones dependen de valores políticos. Esto se debe a que las valoraciones del riesgo están en función del futuro que se desea o se teme, lo que es una cuestión eminentemente política. Una de las reflexiones que sin duda van a ocuparnos en los próximos años es cómo hacemos frente a los desafíos que todo esto nos plantea. Nos hace falta un análisis más profundo del concepto de riesgo y de los procedimientos para gestionarlos colectivamente de acuerdo con procedimientos democráticos y conforme al saber disponible.

¿Cómo evaluamos los riesgos cuando su existencia misma es incierta? ¿Qué decisiones hay que tomar en presencia de un riesgo débil o no cuantificable, pero cuyas consecuencias serían muy graves?

Lo que debe primar es nuestra apreciación colectiva del riesgo tolerable. Los riesgos han de medirse y gestionarse con criterios sociales y políticos. Tanto en materia de cobertura de los riesgos financieros, como tratándose de riesgos sanitarios o ecológicos, sólo el debate público y su traducción en reglas admitidas por todos pueden proporcionar un marco de referencia. Ni siquiera los detentadores oficiales de la exactitud pueden ahorrarnos ese debate.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.

¡Es la educación!

¡Es la educación!

Si España quiere un modelo más sostenible y con menos paro, debe mejorar su sistema educativo


El Gobierno español, por fin, quiere dejar atrás un modelo económico agotado y generador de importantes desequilibrios. Los sectores de la construcción y del turismo, ambos en crisis, generaron conjuntamente en el momento más dulce de la última década dorada casi el 25% del PIB, que es la cuota más alta de la Unión Europea.

A pesar de ser -o por ser- un modelo intensivo en creación de empleo, España ha perdido puestos de trabajo al ritmo más rápido de Europa y hoy tiene más parados que Alemania, aunque la economía alemana sea más del doble de la española. Estos datos confirman que el modelo económico español tiene los pies de barro.

La eliminación de la desgravación a la vivienda a partir del año 2010 es un paso en la dirección correcta. Esta deducción fue el emblema del ahora exhausto modelo de crecimiento español y engendró la mal llamada "cultura de la propiedad".

Pero ésta y otras medidas anunciadas por el Gobierno (ayuda para la compra de un coche, digitalización de las aulas, etc.) no bastan para crear un modelo basado más en el conocimiento y en las exportaciones. Son parches para aliviar la crisis, no las semillas de un nuevo modelo económico.

A mi modo de ver, la clave para la creación de un modelo más sostenible, y que no genere tanto desempleo cuando la economía va mal, reside en una mejora del sistema educativo español, y esto es algo que tardará un tiempo en hacerse y una década en notarse.

Los políticos quieren resultados en el corto plazo. Es lamentable que sólo ahora, a raíz de la crisis de la construcción, se haya puesto de moda entre la clase política hablar de la necesidad de moverse desde el ladrillo al ordenador. Algo muy diferente hubiera ocurrido si esta moda se hubiera extendido durante el boom económico. La afirmación de que España no hubiera llegado a donde está hoy con el Partido Popular en el poder es muy dudosa (de hecho, el auge de la construcción empezó con el PP, que no hizo nada para cambiar el modelo económico y poco para mejorar la educación en sus ocho años de gobierno).

España es el único país europeo que ha generado mucha riqueza durante un largo periodo, a la vez que una tasa creciente de fracaso escolar. La proporción de estudiantes que no terminan la ESO, según las últimas cifras disponibles (2007), es del 30,8%, el doble de la media europea. Un factor que ha contribuido a esta situación ha sido la facilidad, hasta 2008, de encontrar un trabajo en la construcción o el turismo sin necesidad de haber finalizado los estudios.

Es de suponer que la recesión cambiará esta tendencia, vergonzosa para un país desarrollado. En 2007, sólo el 61% de los jóvenes entre 20 y 24 años tenía un nivel de formación al menos de enseñanza secundaria superior, seis puntos menos que en el año 2000 y muy por debajo del promedio europeo (78%). Es cierto que la llegada de inmigrantes ha influido en estos dados, pero menos de lo que se piensa.

En España, según el Informe PISA, menos de uno entre 20 jóvenes de 15 años alcanza un conocimiento elevado en ciencias -como en México y Turquía-, frente a casi uno entre cinco en Finlandia, donde, por cierto, hay muy pocos colegios privados. Y en lectura, sólo el 1,8% de los jóvenes españoles de 15 años alcanza el nivel alto, lo que supone el peor resultado después de México.

¿Es que los alumnos españoles son más tontos que los de otros países? No lo creo. Algo tendrá que ver esta situación con el sistema de aprender a fuerza de repetir y memorizar, en lugar de mediar un análisis crítico. Y también el bajísimo nivel de los contenidos y la falta de autoridad del profesor. No se puede aprender si el profesor no recibe ninguna consideración por parte del alumno ni de su familia, y si el sistema además lo deja desprotegido ante cualquier abuso.

La tasa de abandono en la universidad es también alta y pocos aprueban el curso completo en el tiempo debido. Hay seis convocatorias para superar un examen, más la extraordinaria. ¡Vaya incentivo para estudiar!

Así que los universitarios españoles entran el mercado laboral con 24 años o más (21-22 en Reino Unido). Y el 22% de los mismos ocupa un empleo de nivel de calificación inferior al título obtenido, frente al 13,2% de los países de la OCDE. Y no hay ninguna universidad española entre las primeras 150 de la lista que se confecciona cada año en la Universidad Jiao Tomg de Shanghai.

¿Cómo espera España crear una economía basada en el conocimiento con estos niveles educativos? El país está pagando un alto precio por su ignorancia. El debate político sobre la educación está ciegamente enfocado a temas de menor importancia (no digo que no la tengan), como la Educación para la Ciudadanía y lo que la Iglesia llama el "fundamentalismo laico" en las escuelas, en vez de preguntarse por qué hay tanto abandono escolar.

La educación en España se ha convertido para los políticos en una especie de confrontación futbolera y hasta que esto no termine y todos remen en la misma dirección, crear una economía del conocimiento seguirá siendo un sueño imposible.

William Chislett es colaborador habitual del Real Instituto Elcano y autor de varios libros sobre España.

Lo que está pasando (Reloaded)

Lo que está pasando (Reloaded)

La salida está en consumir, sí, pero sólo lo necesario; producir, también, pero sólo lo conveniente


El título les sonará: The Matrix Reloaded (Larry y Andy Wachowski, 2003). Es la segunda entrega de la saga The Matrix, en la que se apunta el camino hacia el desenlace. ¿Hacia dónde apunta el desenlace de la situación que padece hoy la economía del planeta? ¿Qué puede haber más allá del presente? ¿Qué hay más allá de la recuperación, cuando ésta se produzca? Recuperación: ¿cuándo será? ¿cómo será?

Nadie ha sido culpable de lo que está pasando: la crisis se está produciendo porque se ha agotado un modo de funcionar, un modelo económico y no sólo económico, y para salir de este agotamiento no basta con anfetaminas.

Dicho de otro modo, no basta con planes de ayuda ni planes de estímulo; porque nos hallamos ante una crisis sistémica. No es el fin del mundo, pero sí será el final de una manera de funcionar. La solución estará en la aparición de algo nuevo, y no en una reedición de lo viejo; no bastará con un lifting de lo antiguo, ni con una readaptación, aquí no vale el "algo debe cambiar para que todo siga igual" de Il Gatopardo.

Lo nuevo: cambios profundos que alteran las formas de hacer, de actuar. Durante la Gran Depresión también se gestaron cambios sistémicos, y la contribución de esos cambios a la salida de la crisis fue esencial, fundamental.

La solución que se encontró entonces fue la intervención activa del Estado en la economía, el gasto público como motor económico, la búsqueda del pleno empleo de los factores productivos, del pleno empleo del factor trabajo. Y también el sobredimensionamiento del individuo, la exacerbación del individualismo llevado hasta sus últimas consecuencias; y durante unas cuantas décadas aquellos cambios permitieron que el nuevo modelo funcionara, y que lo hiciera muy bien. También ahora tendrá que haber cambios radicales para hacer frente a la nueva crisis, que también es una crisis sistémica, como la del 29. La pregunta es, ¿en qué consistirá ahora el cambio sistémico, cómo será?

Pienso que el hiperindividualismo que ha permeado todos los órdenes de la economía, de la sociedad y de la política en estos últimos 50 años tiene los días contados. Un individualismo no sólo en términos de persona, que también, sino de país, incluso de área económica.

Y pregunto: si ya nos hallamos en un mundo posglobal, ¿qué sentido tiene pensar en términos de persona, de región, de país, de zona? El cambio que se avecina terminará con esa fase individualista de la historia, y traerá consigo la necesidad imperiosa de coordinar grupos, asociar colectivos, colaborar en proyectos comunes. Y toda esa coordinación no habrá que hacerla sólo a cortísimo plazo, sino al revés. ¿Por qué? Porque es infinitamente más eficiente para operar en una atmósfera de recursos escasos, que es la que viene ahora, la del nuevo mundo en el que vamos a tener que movernos.

Eficiencia: utilización de las cantidades óptimas de recursos a fin de obtener la cantidad necesaria de los bienes que sean precisos. Existencias cero; desperdicios nulos; elaborados innecesarios, ninguno. Producir aquello que sea necesario, en la cantidad conveniente; consumir en la misma medida.

Tras la Gran Depresión, la solución consistió en aumentar la propensión al consumo para que ese consumo tirase de la producción; y la cosa funcionó. Pero el precio de ese crecimiento ha sido el desperdicio: se ha profundizado en la competitividad desperdiciando de todo, y propiciando la reducción en el precio de los recursos, de las commodities, las materiales, las financieras y las humanas, todas.

La salida de esta situación está en dar la vuelta al razonamiento: consumir, sí, pero sólo lo necesario; producir, también, pero sólo lo conveniente; y coordinando medidas a nivel mundial.

Coordinación, asociación, regulación: competitividad, eficiencia y productividad tienden a confluir: un automóvil que usa una sola persona durante una hora diaria no es eficiente; una instalación industrial utilizada al 60% de su capacidad, tampoco lo es.

En su momento, al ensamblarse aquel automóvil, al construirse esa instalación, se generó PIB; pero ahora hemos de cambiar, porque a partir de ahora un crecimiento del PIB generado por ese método ya no será bueno, porque no será eficiente.

Extrapolen ustedes, pensemos en la especulación financiera ¿Dónde radica la eficiencia de especular con los tipos de cambio, o con un derivado financiero, o con un puñado de metros cuadrados construidos?

Hemos agotado un modo de hacer. No lo critiquemos ahora: ha funcionado, pero ahora tenemos que poner en marcha un nuevo modo de hacer que no debe estar basado en algo superado porque sería inútil.

Hay un pero: algo así siempre tiene consecuencias, unas consecuencias para las que nadie nos ha preparado y sobre las que nadie nos ha informado, unas consecuencias que tendremos que ir aprendiendo sobre la marcha y a las que sobre la marcha tendremos que ir adaptándonos.

Santiago Niño Becerra es catedrático de Estructura Económica en la Facultad de Economía del IQS (Universidad Ramon Llull). Acaba de publicar El crash del 2010 (Los Libros del Lince).

Dudas

Dudas

El Gobierno tiene la obligación de gestionar honradamente los recursos públicos. Habría que suponer que los Gobiernos son honrados. Y pensar, por tanto, que el Gobierno de Felipe González actuó en nombre del interés general cuando concedió un canal televisivo de pago a PRISA, grupo editor de este periódico. Lo mismo que el Gobierno de Esperanza Aguirre en Madrid, cuando concedió un montón de licencias a grupos de orientación conservadora. Lo mismo que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que ayer reguló la Televisión Digital Terrestre (TDT) de pago que demandaba con urgencia el conglomerado Mediapro-Imagina-La Sexta, liderado por Jaume Roures, para rentabilizar su inversión futbolística. Habría que suponer que todo esto se hace por el bien común. Evidentemente, son legítimas las dudas.

El fútbol es una cuestión de "interés general" en España, según una ley de 1997 pergeñada por Álvarez Cascos y firmada por Aznar. Esa ley establece la emisión gratuita de un partido en cada jornada de Liga. No parece nada claro que, en este contexto legal, Digital + (del grupo editor de este periódico) haya conseguido hacer rentable el fútbol de pago que hasta ahora tenía en exclusiva: la competencia, hace 12 años, de Vía Digital, una plataforma impulsada por Telefónica (gestionada por personas próximas a Aznar), disparó al alza el precio de los derechos. En estos momentos, PRISA y Mediapro comparten el fútbol y compiten entre sí, lo que ha acarreado una sensible reducción de los precios para el consumidor. No es una mala noticia. Habría que suponer que a partir de ahora, con un partido en abierto y dos plataformas en competencia, el negocio del fútbol no va a ser ruinoso y no va a acabar costando dinero al contribuyente. Evidentemente, son legítimas las dudas.

La noticia de la regulación de la TDT de pago fue muy destacada ayer por los principales diarios digitales españoles. Habría que suponer que era una noticia de gran interés general, dada la coincidencia, y descartar que el realce informativo estuviera relacionado con los intereses de los dueños de esos diarios digitales, todos ellos beneficiados o damnificados por la decisión del Gobierno. Evidentemente, son legítimas las dudas.

Enric González

Egoístas, maniáticos y desinformados

Egoístas, maniáticos y desinformados

Queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias


Llegué a la economía por accidente. Creo que casi todo ocurre por accidente; ése, al menos, es mi caso. Hacia finales de los setenta me dedicaba a los sucesos. Mis tratos con policías y delincuentes coincidieron en el tiempo con una crisis devastadora en la industria catalana. Las empresas textiles se hundían por docenas, y algunos de sus propietarios, habituados a la doble contabilidad y al desfalco, no se sentían con ánimo para explicarse ante el juez. Cuando la empresa suspendía pagos, el dueño ya había volado. Aquellos emprendedores de manos y pies ligeros sentían preferencia por Brasil.

El caso es que asuntos puramente mercantiles se convertían en policiales, y las páginas económicas del diario donde trabajaba (El Correo Catalán, extinto hace ya muchos años) eran una colección de anuncios de búsqueda y captura. Poco a poco fui instalándome en esas páginas, y me quedé en ellas, saltando de periódico en periódico, durante una década.

¿Qué aprendí? Fundamentalmente, dos cosas. Una, que el libre comercio es mejor que el proteccionismo. Dos, que la política económica es demasiado importante para dejarla en manos de burócratas. Estoy desaprendiendo, me temo, la segunda. No estoy nada convencido de que la gestión de la economía pueda dejarse en manos de los electores y de los políticos. Por desgracia, sigo sin fiarme de los burócratas.

Acabo de leer El mito del votante racional. Por qué las democracias eligen malas políticas, un libro que va más allá de la provocación académica. El autor, el profesor Bryan Caplan, no propone la vuelta a regímenes dictatoriales u oligárquicos. Se limita a constatar, de entrada, que el votante es un tipo mal informado, cargado de prejuicios y, sobre todo, muy emocional. No hace falta estudiar mucho para ser consciente de eso. Si uno se pregunta por qué votó a quien votó en las últimas elecciones, encuentra miedos, manías e ideología (que en un terreno de juego tan estrecho como el nuestro tiene mucho de prejuicio), y un poderoso sentimiento negativo hacia el rival del candidato que elegimos.

Eso es normal, y no necesariamente grave. En un grupo lo bastante amplio, la ignorancia individual tiende a convertirse en sabiduría colectiva gracias al "milagro de la agregación", un fenómeno que funciona gracias al carácter aleatorio de nuestros errores. Si los errores son sistemáticos, el "milagro de la agregación" se va al garete. El profesor Caplan demuestra (también lo hace la historia) que en lo tocante a la economía y sus derivados (energía, agua), somos propensos al error sistemático.

En España, eso tampoco es muy grave. Desde el ingreso en la Unión Europea, la política macroeconómica española no ha dado demasiados bandazos; desde la adopción del euro, menos. Carecemos de autonomía. Imaginemos, sin embargo, que ciertas cuestiones se sometieran a referéndum. La cuantía del salario mínimo, por ejemplo. Nuestro buen corazón nos impulsaría a establecer un mínimo generoso, y, de un día para otro, crearíamos millones de parados. Lo mismo ocurriría con el comercio. Sospecho que, por razones de todo tipo, los votantes limitaríamos las importaciones chinas, y crearíamos un tirón de los precios. O devaluaríamos para exportar más, e importaríamos inflación.

Las señales de cambio climático nos ofrecen ahora la posibilidad de cometer espléndidos errores, de terroríficos efectos a nivel planetario. La coyuntura resulta idónea: urgencia, emoción, profecías apocalípticas e información escasa. Nosotros, la opinión pública y los burócratas en quienes delegamos, queremos soluciones que se ajusten a nuestro egoísmo y nos parezcan, a la vez, moralmente satisfactorias. Para afrontar el problema de las emisiones de gases y, a la vez, mantener nuestro estilo de vida, nos ha parecido buena la opción de los biocombustibles limpios, fabricados con biomasa y, sobre todo, con cereales.

Combustible limpio. Suena bien, ¿no? Hemos conseguido un combustible caro, con un proceso de fabricación contaminante y dañino para los bosques (que absorben carbónico). Hemos conseguido, además, disparar el precio de los cereales y condenar al hambre a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Y esto es sólo el principio. -

The myth of the irrational voter. Why democracies choose bad policies, de Bryan Caplan. Princeton University Press. 276 páginas.

Enric González

Ha llegado el momento de la historia

Ha llegado el momento de la historia

Está desapareciendo la última generación de europeos que vivió la II Guerra Mundial

Europa es situar la dignidad y la libertad en el primer lugar, en el último y en el intermedio


El último año ha sido testigo de la muerte de tres pensadores europeos extraordinarios, que asumieron un profundo compromiso con la vida pública de su época. Los libros que publicaron sobre historia, filosofía, sociología y política llenarían varias estanterías. En momentos cruciales, en 1956, 1968, 1989, su compromiso político ayudó a construir la historia de Europa. Cada uno de ellos tenía una mente que era una maravilla observar en acción, pero también una personalidad rica, compleja y vital. Además de sentir el dolor de su pérdida, creo que su desaparición tiene un significado más amplio.

Con ellos, desaparece la última cohorte de europeos que se formaron con los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra en Centroeuropa. Unas personas que entendían en sus entrañas por qué necesitamos una Europa de libertades y leyes, porque, de adolescentes y jóvenes, fueron testigos de todo lo contrario. Ahora, nosotros, los hijos de una época más afortunada, debemos sostener esa Europa sin el impulso elemental que nace de la experiencia personal.

No es que hablaran a menudo ni de buen grado de sus encuentros juveniles con el mal. Más bien al revés. Lo hacían con poca frecuencia y a regañadientes. De modo que hay algunas cosas, entre ellas seguramente los peores horrores, que nunca sabremos... y que no tenemos derecho a saber. Sin embargo, en sus últimos años, sí nos dejaron, en fragmentos autobiográficos y pedazos de conversación, algunos atisbos de la gehena, el infierno del que nació la Europa actual.

Quien vivió lo peor fue el que dejó menos testimonio. Sólo en breves pasajes y en conversaciones infrecuentes con amigos cercanos habló Bronislaw Geremek -historiador medieval convertido en asesor de Solidaridad y ministro de Exteriores de Polonia, que murió en un accidente de automóvil el verano pasado- sobre la vida y la muerte que había presenciado de niño en el gueto de Varsovia. "Cerré esa caja con llave", dijo en una ocasión, cuando se lo preguntó un entrevistador bienintencionado.

En una larga conversación autobiográfica, publicada en polaco hace un par de años, Leszek Kolakowski -filósofo, historiador de las ideas, analista, crítico y coautor del desmantelamiento del comunismo, que murió en Oxford la semana pasada- recordaba su experiencia de la guerra en la Polonia ocupada. Cómo le enviaron a trabajar, a hacer juguetes de madera, cuando tenía 15 años. Cómo, después de que los ocupantes alemanes cerrasen las escuelas, se educó a sí mismo leyendo en una biblioteca medio saqueada. (Contaba, en broma, que de la enciclopedia sabía todo de la A, la D y la E, pero nada de la B y la C, porque los campesinos locales habían cogido esos volúmenes para encender fuego). Relataba

cómo vio con sus propios ojos el tiovivo que siguió funcionando en la plaza Krasinski de Varsovia mientras allí cerca ardía el gueto y "en el aire flotaban trozos carbonizados de ropa" (una escena inmortalizada por Czeslaw Milosz en su poema Campo di Fiori). Cómo, cuando veía un avión bajo, tenía la sensación instintiva -incluso cuando era anciano y vivía en Inglaterra- de que en cualquier momento iba a empezar a arrojar bombas. Y cómo los ocupantes alemanes de Varsovia detuvieron y asesinaron a su padre en 1943.

Curiosamente, fue el reticente y discreto alemán del norte Ralf Dahrendorf -el pensador social, político y educador germanobritánico, que murió el mes pasado- quien dejó un testimonio más amplio sobre los años de la gehena en Europa.

Su padre, un político socialdemócrata, fue detenido por su participación en el plan del 20 de julio de 1944 para atentar contra Hitler y a duras penas consiguió salvar la vida. A los 15 años, Dahrendorf se incorporó con unos compañeros de colegio a un movimiento de resistencia antinazi y fue detenido por la Gestapo. (Los conspiradores, que eran muy estudiosos, se escribían mensajes unos a otros en latín, con la idea de que los matones de la policía secreta no podrían leerlos, pero la Gestapo encontró una solución fácil: detuvieron al profesor de latín).

Años después recordaba que aquellos 10 días de prisión incomunicada despertaron en él ese "anhelo casi claustrofóbico de libertad, esa resistencia instintiva a verme encerrado, por el poder personal de los individuos o por el poder anónimo de las organizaciones" que sería durante toda su vida la base de su pasión por la libertad.

En unas memorias escritas en alemán y tituladas Über Grenzen (que significa al mismo tiempo "a través de las fronteras" y "sobre las fronteras"), ofrece la visión inolvidable de un campo de prisioneros de la Gestapo a través de los ojos de un chico de 15 años. En una ocasión, alinearon a los presos para que presenciaran la ejecución de uno de ellos por robar 200 gramos de margarina. Colgaron al hombre, escribe Dahrendorf, "de una forma terriblemente cruel y tuvimos que contemplar la larga agonía".

Aquellos tres jóvenes de talento excepcional podían muy fácilmente haber acabado asesinados, arrojados a la pira de la loca autodestrucción de Europa, como acabaron muchos de sus amigos y familiares. Pero lograron seguir adelante, con una vida larga y plena en la que crearon una obra de valor duradero. Cada uno de ellos contribuyó, con inteligencia, claridad, valor y sentido del humor, a la Europa libre en la que hoy vivimos.

No crean que los tres profesores pensaban lo mismo de la Unión Europea. Ni mucho menos. Geremek era un auténtico entusiasta del proyecto de integración de Europa. Nunca olvidaré una ocasión en la que Bronek (como le llamaban sus amigos) se volvió hacia mí en un pasillo del Parlamento polaco y me dijo: "Para mí, Europa es una especie de esencia platónica". Creía tanto en el ideal como en la realidad. Y acabó su vida como miembro del Parlamento Europeo.

Dahrendorf era sin duda lo que en el Reino Unido llamamos un "proeuropeo" y había sido comisario, pero en sus últimos años empezó a criticar bastante cómo estaba evolucionando la UE. Su Europa siempre fue una Europa de libertad, y ése era el criterio con el que medía la Unión.

Kolakowski era francamente escéptico ante lo que consideraba tendencias homogeneizantes del proyecto de la UE. Aunque reconocía las claras ventajas de la Unión, tenía miedo de que salieran perdiendo la identidad nacional y la diversidad cultural. En muchas conversaciones vespertinas en Oxford, solía tomarme el pelo por mi entusiasmo europeísta.

Su escepticismo podría atribuirse a sus casi 40 años de residencia en las Islas Británicas, salvo que no creo que el Reino Unido ejerciera nunca una gran influencia sobre él. Pero sí creía, con una convicción apasionada, que Europa central, desterrada tras el Telón de Acero, debía incorporarse a la gran familia de la Europa libre, y contribuyó a ese fin, tanto con su desmantelamiento intelectual del comunismo como con su pensamiento estratégico sobre cómo salir de él.

Cuando hablamos de Europa, no estamos hablando de las instituciones concretas de Bruselas. Hablamos de la totalidad de un sistema legal, político y económico, una forma de sociedad, un espíritu ético, un compromiso, que, a través de unas naciones europeas distintas, sitúan la dignidad y la libertad individual del ser humano en primer lugar, en el último y en el centro. Ésa es la Europa en la que los tres creían y por la que lucharon.

Mi conclusión es sencilla, aunque nada fácil de trasladar a la práctica. En la medida en que ya no podemos depender de los recuerdos personales, ni siquiera de los contactos directos con la última de las generaciones de la guerra, necesitamos que en nuestras escuelas se enseñe más y mejor historia. Una Historia para todos. Una Historia que, para que resulte cercana, debe recurrir a experiencias humanas individuales. Un buen profesor podría empezar con estas tres: las de Bronek, Leszek y Ralf.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y profesor titular de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford.

Conciencia y calidad de la democracia

Conciencia y calidad de la democracia

Los miembros de los partidos deben ejercer su libertad de conciencia y no ceder ante el monolitismo


Hace unos meses, la propaganda de la película Valkiria llevaba una leyenda bien impactante. Decía algo así como "mientras otros obedecían, él escuchó a su conciencia". "Él" era el coronel Von Stauffenberg, el líder del último atentado contra Hitler, alguien que no se doblegó ante lo "políticamente correcto", cuando no doblegarse implicaba exponerse a la tortura y la muerte. No sólo a no recibir el aplauso de la mayoría o a ser mal considerado, sino a perder la vida, como realmente sucedió. Gentes así despiertan admiración, o deberían hacerlo.

Como Shtrum, el personaje de Vasili Grossman en Vida y destino, el científico caído en desgracia durante el régimen de Stalin, que se niega a reconocerse culpable -porque no lo es-, aunque sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse males mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: "Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste sólo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa".

La conciencia personal frente al totalitarismo, nacionalsocialista, soviético o de cualquier otro género. La persona artífice de su propia vida, como diría Séneca, responsable de su propio destino.

Justamente, la estrategia de los totalitarismos consiste en anularla con distintas coartadas, como la tan conocida de la "obediencia debida" al Führer, al Estado soviético, al mando militar. Una coartada inadmisible en sociedades democráticas, que se caracterizan por hacer de la igual autonomía de los ciudadanos la clave de la vida social y, por lo tanto, no pueden permitirse anular las conciencias que es la forma de anular a las personas.

En estas sociedades existe la objeción de conciencia; claro está, que cualquier ciudadano puede presentarla cuando considera que una ley viola sus convicciones más profundas, aunque sólo se reconocerá el derecho a ejercerla en los casos tipificados a tal efecto, y lo que pase de ahí es desobediencia civil. Pero en esta vida no todo se agota en los reconocimientos legales ni queda asegurada la supervivencia de la conciencia personal porque exista el derecho a objetar en determinados casos. ¿Qué sucede -por ejemplo- cuando los partidos políticos se niegan a dejar libertad de conciencia a sus miembros a la hora de votar en situaciones especialmente conflictivas para ellos? ¿No es entonces la disciplina de voto una versión suave de la obediencia debida para estómagos democráticos?

Sin duda, las sociedades abiertas se enfrentan a un buen número de contradicciones, pero, precisamente por su carácter abierto, se ven obligadas a sacar a la luz los problemas, a reconocerlos como tales y a tratar sobre ellos para tratar de enfrentarlos con altura humana. Ésa es la grandeza y la responsabilidad de los mundos abiertos.

Es verdad que los partidos políticos, sean muchos o pocos, han de presentar propuestas unitarias a los ciudadanos dentro de sus programas, porque en caso contrario pierden eficacia y sentido. Parece entonces que no puede haber pluralismo interno, porque ¿cómo sabrán los electores a quién votar si hay disensiones internas? Pero tampoco se puede eludir la otra cara de la moneda: ¿qué hace un militante que está de acuerdo con su partido en la mayor parte de las propuestas pero se siente incapaz de apoyar algunas porque se lo impide su conciencia?

La calidad de una democracia representativa exige que los ciudadanos puedan esperar de los partidos que cumplan sus programas, a los que debería haberse llegado por debate interno y externo. En este cumplimiento mostrarían su operatividad y ese valor tan preciado por nuestras sociedades que se llama "eficiencia". Pero esa misma calidad de la democracia reclama que los miembros de los partidos ejerzan su libertad de conciencia, porque mal pueden contagiar pluralismo instituciones monolíticas.

El monolitismo no es un valor positivo, que atrae, sino un valor negativo, que repele, y resulta más convincente un partido -o cualquier otra institución- cuyos miembros pueden poner en duda propuestas del aparato. Recuerdo en este sentido las declaraciones de un miembro del PSOE, alcalde en un pueblo de Alicante, que aseguraba haber probado durante años el agua de las desalinizadoras y haber llegado por experiencia a la conclusión de que era mejor un sistema mixto, porque el agua que es buena para las personas no lo es tanto para la agricultura. Ante la pregunta del periodista "¿cómo dice eso siendo del partido que es?", la respuesta era extraordinaria: "No me sentiría a gusto en mi partido si no dijera lo que he comprobado por experiencia".

Por supuesto que el que expresa su libre conciencia se puede equivocar, por supuesto que existen los iluminados peligrosos. Pero bien puede ocurrir que una persona, a pesar de intentar aceptar al máximo lo que le une a la mayoría, de un partido o de una sociedad, acabe pronunciando la famosa frase de Lutero: "No puedo más, aquí me detengo". En un sentido o en otro. Anular esa posibilidad es apostar por la Raza, por el Estado o por el Partido, por lo contrario de la sociedad abierta.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Yes, we can

¿’Brote verde’, ’rama verde’? España tiene empresas de primer rango mundial


El debate sobre los brotes verdes dentro de la recesión versa sobre si podemos salir de la crisis, y cuándo. Pertenece a la prospectiva, a la profecía, al calendario, más bien macroeconómicos. Por supuesto, we can.

España demostró en la historia su capacidad de remontar la adversidad. Casi siempre usando parecidas recetas: liberalizando la economía, abriéndola al exterior, a condición de un liderazgo claro y de un consenso general que reparta los costes de apretarse el cinturón. Así ocurrió con el Plan de Estabilización de 1959 (entonces, con poco reparto del coste, imperaba el caudillismo), con los Acuerdos de la Moncloa, con el acceso a la Europa comunitaria y con el ingreso en el euro.

De modo que ampliemos el foco de discusión, de los embriones de brotes verdes a las actuales ramas verdes, existentes aunque oscurecidas por el ambiente funerario general. No sobre cuándo salimos, sino sobre con qué y cómo salimos. De las tendencias macro a las realidades micro.

Disponemos de algunos trampolines (seguramente, ay, demasiado pocos) de primer rango mundial. De unas docenas de empresas internacionalizadas, capaces de competir, y bien, con las líderes de las grandes potencias mundiales en sectores punta, emergentes, tecnológicos. Son, claro, la otra cara del desastre.

Así ocurre con las divisiones de ingeniería civil de las constructoras (nada del ladrillo residencial), especializadas en crear y gestionar infraestructuras y transportes. Seis de los 10 principales proyectos mundiales en este ámbito son españoles. De Abertis, ACS, Ferrovial, Sacyr, FCC y OHL. O con la construcción ferroviaria o de plantas industriales (de CAF y Talgo a Técnicas Reunidas).

En energía y medio ambiente destaca el empeño por las renovables. En energía solar, España es la tercera productora mundial, tras EE UU y Alemania; la primera contando per cápita. Y la primera también en energía eólica. Acciona, Gamesa e Iberdrola Renovables compiten en la primera división global.

Igual sucede en el tratamiento de aguas y residuos. Las dos principales plantas desalinizadoras europeas por ósmosis inversa son españolas. Y compañías como Inima, Aqualia, Befesa, Cadagua, Cobra, Pridesa, Sadyt o Seta compiten con éxito en la India, Oriente Próximo y las Américas. En tecnología pura, al menos un 25% de los vuelos mundiales usan los sistemas de navegación de Indra. Y varias suministradoras locales están involucradas en los proyectos de EADS-Airbus.

El sector biotecnológico crece en este país un 17% más rápido que el promedio de la UE a 15. Abengoa es el primer productor de bioetanol en Europa, el quinto en EE UU. Y destacan otras compañías entre la biotecnología y la farmacéutica, de Grífols a Celerix, del consorcio investigador Nanofarma (Zeltia, Rovi, FaesFarma, Lipotec y Dendrico) al Instituto de Investigación Biomédica (IRB/Barcelona).

Estas compañías y sectores no son de invención o selección propia, sino espigados entre lo mejor con el apoyo del vicepresidente del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX), Miguel Ángel Martín Acebes, y su director de Productos Industriales, Enrique Verdeguer. Corresponden al gran año depresivo de 2008. Y el ICEX los tiene contrastados con el mítico MIT, Massachusets Institute of Technology. Véase en la Red: technologyreview.com/spain.

Todo ello sin contar con sectores tradicionales / maduros pero adaptados al entorno global. Estas ramas verdes deberían convertirse en más frondosas con la ayuda de la Ley de Economía Sostenible anunciada hace dos meses por el presidente Zapatero. Con perdón: yes, we can.

Xavier Vidal-Folch