Blogia
cuatrodecididos

opinión

La pérdida de la impertinencia

La pérdida de la impertinencia

Interesante artículo de Miguel Ángel Aguilar. Lástima que no aceptara la "impertinencia" de una compañera suya hace unos días en un encuentro del Presidente Zapatero con los periodistas europeos...


Francisco Ayala, que el próximo lunes, día 16, cumple 103 años, dice en una entrevista con Antonio Lucas, publicada en el diario El Mundo: "Ya no celebro los años, los lamento". Fue prodigioso que Ayala resistiera los fastos de su centenario y aún más que a día de hoy conserve dosis espléndidas de lucidez y mala leche. Conviene leer sus declaraciones por si nos viéramos en ese mismo trance de longevidad y también para paladear algunos de sus dardos, como el que le lleva a señalar que "los periodistas están perdiendo su virtud de impertinencia", y a subrayar a continuación que "además, la prensa de hoy no está bien escrita en general", como consecuencia, imagina, de "que el idioma tampoco esté muy bien hablado". Ayala nos sitúa así ante dos cuestiones de máxima relevancia: la pérdida de la virtud de la impertinencia y la degradación de la escritura, en un medio de influencia rectora.

Vale la pena intentar aquí una aproximación aunque sea en orden inverso. Porque cuidar el idioma es la primera cortesía debida a la audiencia. El periódico -como escribe Thomas W. Lippman en el prefacio del libro de estilo del diario The Washington Post- es un depósito de la lengua y los periodistas tenemos la responsabilidad de tratar el lenguaje con respeto. Por eso, al uso correcto del lenguaje dedica ese volumen más del 70% de su paginación. Hay una línea siempre posible que evita la vulgaridad sin incurrir en el elitismo críptico. Ciertas expresiones sólo deben aceptarse si proceden de autores reconocidos que convierten cuanto escriben en literatura de primera calidad. Los demás deben mantenerse en la contención lingüística y expresarse con claridad sintáctica.

Volvamos ahora al reproche de Ayala, según el cual los periodistas están perdiendo su virtud de la impertinencia, porque merece alguna consideración, más aún en los tiempos de crisis que corren. Se trata aquí de la impertinencia como virtud, a distinguir de la mera actitud de dar la tamborrada. La impertinencia es a estos efectos lo contrario de las actitudes borreguiles propias del ganado lanar. Se manifiesta sobre todo en la formulación de las preguntas porque con Heisenberg aprendimos que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestra forma de interrogarla. Apuntemos también que el atrevimiento proporcionado por la ignorancia para nada es garantía de acierto al plantear interrogantes a los protagonistas de la actualidad. En todo caso, más allá de la pérdida de la virtud de la impertinencia habría que determinar si hay otra pérdida más radical, la de la función que venían llevando a cabo los periodistas, arrumbados, como van quedando por el viento de la historia y de las nuevas tecnologías a la playa de la insignificancia.

Llegados aquí, se recomienda la lectura del libro ¡Ay, Europa!, de Jürgen Habermas (Editorial Trota. Madrid, 2009), donde analiza la razón de la esfera pública y el papel rector de los medios impresos de comunicación para la formación democrática de la opinión y de la voluntad. Señala Habermas que al menos en el ámbito de la comunicación política, esto es, en lo que atañe a los lectores en tanto que ciudadanos, la prensa de calidad desempeña el papel rector entre los medios de comunicación. A su parecer, en las informaciones y comentarios políticos, tanto la radio como la televisión como el resto de la prensa dependen en gran medida de los temas y contribuciones que les anticipa esa clase de publicaciones "razonadoras". De modo que "si la reorganización y el recorte de gastos en esta área nuclear pusiera en peligro los acostumbrados estándares periodísticos, se dañaría la médula misma de la esfera pública política".

A su entender, "la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva cuando falta el aflujo de las informaciones que se obtienen mediante costosas investigaciones y cuando falta la estimulación de los argumentos que se basan en un trabajo de expertos que no sale precisamente de balde".

Para Habermas, sin los impulsos procedentes de una prensa que tenga la capacidad de formar opiniones, de informar con fiabilidad y de comentar con escrupulosidad, la esfera pública puede dejar de suministrar ese tipo especial de energía que obliga al sistema político a adaptarse y ser más transparente. Atentos.

Miguel Ángel Aguilar en El País.

Un pacto económico nacional

Un pacto económico nacional

El gasto público es necesario pero no suficiente para salir de la recesión. Se precisan reformas estructurales que eleven la productividad y recuperen la competitividad. El Gobierno debe impulsar un amplio consenso

Atención a las ideas de uno de los principales asesores del Presidente Zapatero en materia de economía...

La economía española, tras 14 años de crecimiento elevado e ininterrumpido, apoyado en dos choques externos positivos, primero la contundente caída de los tipos de interés reales al entrar en la Unión Monetaria y posteriormente la llegada de más de cuatro millones de inmigrantes en siete años, tenía que entrar en recesión. Los bajos tipos de interés incentivaron a familias y a empresas a endeudarse en exceso y provocaron una gran burbuja de la vivienda, reforzada por la mayor demanda de la población inmigrante y de extranjeros comunitarios.

La coincidencia de la crisis financiera internacional y la explosión de la burbuja inmobiliaria hacen esta recesión más grave y duradera que las anteriores. La primera ha hecho que la financiación del abultado endeudamiento privado con ahorro externo se haya encarecido, cuando no secado. La segunda ha hecho que los precios de la vivienda estén cayendo progresivamente y que la construcción residencial se haya colapsado.

Finalmente, dado el bajo crecimiento de la productividad entre 1995 y 2006, la economía española ha sufrido una pérdida de competitividad, medida por los costes laborales unitarios, de un 30% frente a la Zona Euro (ZE), área que absorbe más del 60% de nuestras exportaciones, produciéndose una notable apreciación del tipo de cambio real español frente a dicha zona. Tradicionalmente, ante una apreciación real se devaluaba el tipo de cambio nominal de la peseta (cuatro veces entre 1992 y 1994). Dado que esto es hoy imposible, la única forma de conseguir una devaluación real es mediante un crecimiento menor de nuestros costes de producción y márgenes de beneficios y un crecimiento mayor de nuestra productividad que los de la ZE.

Frente a estos tres retos (financiero, inmobiliario y de productividad), una fuerte expansión fiscal pública para compensar la caída de la demanda privada, como la que el Gobierno español está ya acometiendo de forma contundente (2% del PIB), no es suficiente para salir de la recesión. Son también necesarias políticas de oferta para elevar la productividad y recuperar la competitividad perdida. Dado que el Gobierno ha dado a entender que sólo acometerá reformas estructurales si hay consenso con los agentes sociales, parece imprescindible un pacto nacional entre el Gobierno, los Ejecutivos autonómicos y los agentes sociales que consensúe una serie de medidas que den confianza a los ciudadanos y permitan una recuperación más robusta.

Unas de corto plazo, comprometiéndose a que la expansión fiscal sea lo más eficiente posible en términos de empleo y productividad y a conseguir una mayor estabilidad de precios y costes para ganar competitividad. El Gobierno debe explicar cómo va a financiar más adelante la expansión fiscal actual comprometiéndose a financiarla con un menor gasto público futuro, cuando el gasto del sector privado y los ingresos públicos se recuperen, en lugar de con mayores impuestos. El FMI ha demostrado que la inversión pública directa suele ser más eficiente que la reducción de impuestos para aminorar la recesión o evitar la depresión ya que su efecto multiplicador euro por euro es superior.

Ahora bien, una cosa es que no convenga bajar los impuestos y otra diferente es que haya que comprometerse a devolver rápidamente al sector privado todo lo que las administraciones públicas le deben y a que tanto el sector público como el privado establezcan límites razonables a sus plazos de pago. Asimismo, hay que comprometerse a que la expansión fiscal no sólo consiga un impacto real rápido, sino que sea rentable en términos de aumento del empleo a corto plazo y de mejora de la productividad a largo plazo.

La experiencia muestra que, en medio de una recesión, reducir los costes de despido lo único que consigue es que las empresas aprovechen para desprenderse de un mayor número de sus empleados y esperen a que la recuperación sea cierta para contratar a otros nuevos. Ahora bien, en algunos casos ha tenido éxito una reducción de la contribución empresarial a la seguridad social para nuevas contrataciones indefinidas de parados. En este sentido, es positiva la medida del Gobierno de convertir las prestaciones por desempleo pendientes de percibir por parte de los parados en bonificaciones a las cotizaciones de las empresas que los contraten.

Otro acuerdo deseable sería congelar, por dos años, precios, tarifas, márgenes y salarios tanto públicos como privados, aprovechando que la muy baja inflación, producida por la recesión, va a permitir que el sacrificio real sea mínimo. Se daría así una señal clara de que puede aminorarse la destrucción de empleo, reducirse los costes y ganarse competitividad. También habría que conseguir una mayor empleabilidad de los parados, dando un fuerte impulso al empleo a tiempo parcial, como propone el Gobierno, así como mejorar la eficiencia de la formación profesional reglada y ocupacional.

Para mejorar la productividad a largo plazo, habría que consensuar asimismo algunas reformas estructurales pendientes. La primera es la del mercado laboral. La gran diferencia de la economía española respecto a la de otros países desarrollados (e incluso en desarrollo) es que sólo alcanza una tasa de paro razonable cuando crece por encima de su potencial, que luego duplica en las recesiones.

La causa principal es que hoy existen 17 tipos de contratos y 17 costes diferentes de despido, con indemnizaciones que van desde 45 días por año de servicio, para los antiguos contratos indefinidos (57% del total) hasta 33 días para los nuevos contratos de fomento del empleo indefinido (13%) y ocho días, o nada, para los contratos temporales (30%). Esta maraña hace que casi el 90% de los temporales, teniendo a menudo una mejor formación que los fijos, nunca alcancen a ser indefinidos y que sean objeto de una enorme rotación laboral dados sus bajos costes de despido. Es precisamente esta excesiva rotación una causa principal de la elevada tasa de paro, de la baja productividad laboral y posiblemente de la limitada inversión empresarial en formación e I+D, lo que explica la paupérrima productividad total de los factores en España.

Habría que ponerse de acuerdo en fomentar un único contrato laboral para todos los nuevos asalariados, cuyo coste de despido vaya aumentando progresivamente con la antigüedad del trabajador en la empresa hasta llegar a ser similar al actual de fomento de empleo indefinido. Además, los niveles salariales acordados por cada sector en la negociación colectiva son hoy un suelo obligatorio para todas sus empresas. Sería muy conveniente un acuerdo para que puedan acomodarse a la situación específica de cada empresa introduciendo cláusulas más flexibles de descuelgue.

Por otro lado, la globalización y la competencia creciente están haciendo que los países desarrollados tiendan a proteger cada vez más al desempleado que al puesto de trabajo, reduciendo los costes de despido y elevando las prestaciones por desempleo, a cambio de que, tras recibir formación y ayuda en la búsqueda de empleo, dichos parados se vean obligados a aceptar el trabajo razonable que se les ofrezca.

Otro grave problema estructural es el elevado porcentaje de fracaso escolar. El 30% de los alumnos de ESO no la termina, el 30% de los universitarios tampoco acaba licenciándose en nada y sólo el 30% se licencia en tiempo establecido. Este fracaso produce una pérdida anual del 1% del PIB (agregando las subvenciones que se transfieren a los alumnos objeto de fracaso escolar o universitario del sistema público). Urge asimismo reformar la financiación socialmente regresiva de la educación pública universitaria en la que, a pesar de tener una rentabilidad privada tres veces superior a la social, los estudiantes, independientemente de su capacidad económica, apenas financian un 15% de sus costes.

La experiencia de otros países muestra que una mayor capacidad de elección de escuela por los padres con cheques escolares y una mayor competencia entre las entidades educativas resuelve parte del problema. La introducción de exámenes estandarizados basados en el currículo para obtener las credenciales educativas, combinada con la publicación de los resultados medios y de los indicadores de valor añadido de cada centro educativo, así como volver los exámenes centralizados (recuperando las antiguas reválidas) han tenido un efecto positivo en otros países.

Guillermo de la Dehesa es presidente del Centre for Economic Policy Research, CEPR.

La razón de la violencia

La razón de la violencia

Sin el terrorismo y su mundillo, los nacionalistas vascos quedan en minoría

Hay la oportunidad de acabar con la manipulación y el clientelismo

Un artículo de Fernando Savater...

En cierta ocasión lord Chesterfield asistió a una celebrada representación de Otelo y cuando le preguntaron si había obtenido alguna lección de la tragedia, repuso: "En efecto, que las señoras deben tener cuidado con dónde guardan sus pañuelos". Bastantes de las lecturas y conclusiones proclamadas a partir de las recientes elecciones en Euskadi me recuerdan por su enjundia e irrefutable tino a la humorada de milord. ¡Qué facilidad para pintar usando rosas o negros, no según la realidad sino a partir de los apremios del corazoncito político de cada cual! Eso sí que es impresionismo y no lo de Renoir... Visto lo cual, poco daño podrá hacer que yo colabore en este concurso urgente de frescos.

A mi juicio, lo primero que resulta evidente otra vez es la razón de fondo para que siga habiendo violencia terrorista: muy sencillo, porque sin el terrorismo y el mundillo que apoya, jalea o excusa el terrorismo... los planteamientos nacionalistas se quedan en minoría. En cuanto ETA y adláteres son puestos al margen (en la medida muy relativa en que tal cosa puede hacerse) del juego político, las veleidades más declaradamente separatistas se muestran minoritarias y los partidos que pretenden ganar votos tienen que disimularlas todo lo posible para obtener buenos resultados. Y eso sigue igual después de 30 años de gobierno nacionalista, de educación nacionalista, de radio y televisión públicas nacionalistas, etcétera.

En la resaca electoral, los nacionalistas y sus madrazos han denunciado que el mapa político obtenido está falseado por la ilegalización de quienes apoyan la ilegalidad, debida a un astuto cálculo del Gobierno socialista. Silencian el otro cálculo electoral que se ha frustrado, el de los que cuentan siempre con quienes no quieren renunciar ni a las armas ni a los votos, ni al refrendo en las urnas ni a la coacción antes de llegar a ellas, el del útil extremismo de quienes favorecen que las opciones similares pero no sanguinarias se convierta en resignado refugio de pecadores asustados, el de quienes se las han arreglado para silenciar o forzar al exilio a los vascos que no querían serlo more nacionalista. El momento más pintoresco del rígido y soporífero debate que mantuvieron en Euskaltelebista todos los candidatos a lehendakari fue cuando Patxi López le pidió a Ibarretxe que especificara una sola idea política que estuviera ilegalizada en Euskadi. Ibarretxe no supo más que mencionar las transferencias supuesta o realmente pendientes del vigente Estatuto, que no parecen precisamente el meollo de la ideología reivindicativa de Batasuna. Una salida de pata de banco, claro, pero ¿qué quieren ustedes que dijera el hombre? No iba a declarar que lo único ilegalizado era la ventaja que ellos obtenían de una violencia tan repudiable como... rentable.

Bien, dejando fuera a quienes aún no se deciden entre la lucha armada y el Parlamento, la mayoría de los ciudadanos de Euskadi es electoralmente constitucionalista. Ahora parece posible conseguir que eso se refleje en la lehendakaritza y el gobierno, tras tres décadas de hegemonía nacionalista... que algunos han llegado a considerar derecho natural y voluntad divina. Y para conseguirlo no queda otro camino que juntar en la sesión de investidura los votos de socialistas, populares y quizá UPyD. No se trata de ningún "frentismo" sino de pura matemática parlamentaria... exactamente igual que lo fue un intento semejante en las elecciones de 2001. Produce cierto melancólico regocijo las contorsiones intelectuales que vemos hacer a tantos chocantes desmemoriados para demostrar que, contra toda evidencia, lo de ahora no tiene nada que ver con aquello. Incluso se nos pretende convencer de que aquel intento de unir a socialistas y populares para conseguir un lehendakari no nacionalista fue una estrategia equivocada, contraproducente y con malos resultados electorales.

Nada más lejos de la verdad. En 2001 la suma de votos constitucionalistas fue la más alta de la historia democrática, cien mil y pico votos por encima de la obtenida en los pasados comicios por las mismas fuerzas. Los nacionalistas ganaron porque desde Batasuna, presente en la oferta electoral, se transfirieron 70.000 votos al PNV para cerrar el paso al constitucionalismo: algo parecido a lo que ha pasado ahora en menor medida con Aralar y que en cualquier caso tuvo el mérito de conseguir que muchos pro-violentos aceptaran por primera vez votar a un partido que condenaba el terrorismo. Y después PNV-EA gobernó gracias al apoyo de Esker Batua (cuyo descalabro ha sido la mejor noticia de estas elecciones) y a préstamos puntuales y mefistofélicos de los proetarras instalados en el Parlamento. En cuanto a los mensajes lanzados en aquella campaña electoral en la que ambos partidos constitucionales tantos recelos mutuos guardaban, poco difieren de lo que ahora hemos oído: desalojar al nacionalismo del poder que patrimonializa, demostrar que nada trágico ocurre si Euskadi es gobernado por no nacionalistas, etcétera. De modo que tiene poco caso asegurar (como Aizpiolea, "Las cosas van a ser distintas en Euskadi"): "Puede decirse que ayer se enterró la política frentista antinacionalista de Mayor-Redondo y la posterior de María San Gil. UPyD queda ahora como residuo de esa época". Gracias, muy honrados. Pero quedan bastantes más "residuos" de entonces, afortunadamente. Por ejemplo, sin Mayor Oreja, Redondo Terreros, María San Gil y, sobre todo, sin los movimientos cívicos que a comienzos de siglo movilizaron a la ciudadanía a favor del Estatuto, la Constitución y contra el nacionalismo obligatorio, Patxi López tendría hoy las mismas posibilidades de llegar a lehendakari que yo de ser nombrado vicario general castrense. Quizá a eso se refiere López cuando menciona el "abismo" que le separa de UPyD: es el que separa recordar de dónde venimos y fingir haberlo olvidado.

No hacer "frentismo" es cosa buena: para eso precisamente sirven la Constitución y el Estatuto apoyado en ella. El socialismo de Patxi López tiene ahora la posibilidad de darle a la España constitucional la oportunidad de la que ha carecido hasta hoy en el País Vasco, gobernado siempre desde el guiño de quienes aprovechaban la legalidad vigente pero no pierde ocasión de proclamar que no se sienten comprometidos con ella. Por supuesto, no se trata de excluir por principio ni a los nacionalistas ni a nadie, salvo a los violentos. Pero sí de erradicar la manipulación partidista de la Ertzaintza o de los medios públicos de comunicación, así como combatir el clientelismo incrustado en la sociedad (más debido a la hegemonía ininterrumpida sin alternancia que a la ideología nacionalista, porque en Andalucía, por ejemplo, existe igual). Una vez disipado el clientelismo y la convicción de que sin poner cara de nacionalista no se llega a nada, ya veremos si hay tanto nacionalismo popular en Euskadi como nos cuentan los mamporreros del régimen. Llega la hora de cambiar de verdad y no de seguir fingiendo que hay que tener cuidado con dónde deja uno el pañuelo...

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.

Estar de vuelta sin haber ido

Estar de vuelta sin haber ido

Hay montones de jóvenes que pasan de religión. Hoy en día, al menos en España, parece que para muchos es incompatible ser creyente y sobre todo practicante con ser normal.

“¿Que aún vas a misa? ufff, qué colgado”. “¿Que estás en algún tipo de grupo para formarte en cosas de fe? ufff, esto es grave, estás en la secta, te han lavado el cerebro”. “¿Que crees en Dios? qué antiguo (o qué bobo)” “¿Que cómo puedes pertenecer a esa Iglesia?” (normalmente en el esa Iglesia va una simplificación y una caricatura que poco tiene que ver con la complejidad, riqueza y hondura de la iglesia real y sus gentes).

Es curioso, porque en estas latitudes, y en muchos asuntos, hay una tolerancia políticamente correcta –y digo yo que está francamente bien respetar la diversidad de actitudes, orientaciones, sensibilidades, opiniones, etc.- pero luego parece igualmente correcto ser tremendamente intolerante con las creencias del personal. A mí me deja a veces alucinado cómo la gente se mete con otros –incluso amigos, cercanos, etc- por sus creencias. Me duele que a menudo se parte de estereotipos gastados –que, en general, lo que muestran es bastante desconocimiento de lo que de verdad está en juego cuando hablamos de fe. A menudo te encuentras jóvenes que parecen prematuramente desengañados de todo, escépticos sin motivo, rendidos sin guerra.

El caso es que esto a veces me cuestiona, otras me entristece y otras me provoca.

Me cuestiona, porque hay que reconocer, con un poco de autocrítica, los muchos errores que ha habido -y hay- a la hora de transmitir la fe.

Me entristece, porque me doy cuenta de que bastantes veces las personas que pasan de religión tienen una visión poco reflexionada, y está fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, antes que en preguntas, búsquedas y opciones serias.

Me provoca, porque es un reto ayudar a las personas a abrirse, ¿Cómo ayudar a la gente a darse cuenta de que la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: el amor, la alegría, la soledad, el propio lugar en el mundo, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre las personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…?

¿Cómo ayudar a la gente a adentrarse por el camino de la duda, la búsqueda y la fe, cuando a menudo la actitud es la de quien está de vuelta sin haber ido?

José María R. Olaizola, sj en Pastoralsj.org

Para fortalecer la identidad europea

Para fortalecer la identidad europea

No se puede construir una verdadera unión política sin una visión compartida de nuestro pasado

Voltaire vivió exiliado en Inglaterra y allí publicó -en inglés- sus Cartas filosóficas. Samuel Johnson visitó París en 1775 y, como no se sentía muy seguro de su francés, hablaba en latín con sus amigos, que no tenían dificultad en entenderle porque habían recibido una educación muy parecida a la suya. Nietzsche amaba Italia, país al que viajaba con frecuencia, se sentía heredero de los moralistas franceses (de Pascal, Vauvenargues, La Rochefoucauld, etcétera) y tenía a Sterne por el escritor más libre de todos los tiempos.

Habían de transcurrir todavía muchos años para que, sobre las cenizas humeantes de la Segunda Guerra Mundial, alguien pensara en crear una Comunidad del Carbón y del Acero, pero la Europa de los escritores, los artistas y los filósofos -cuyo ocaso quedó magistralmente descrito en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer- era una realidad tan asentada como las firmes raíces históricas comunes de las naciones del continente. Las ideas y las corrientes artísticas circulaban con la misma libertad que las personas, que antes de la Primera Guerra Mundial no necesitaban poseer un pasaporte para ir de un país a otro. Una vasta red de resonancias y de influencias mutuas unía a todos los que cultivaban el espíritu.

¿Somos los europeos de hoy conscientes de ello? ¿No es el insuficiente conocimiento de nuestro pasado común una de las razones de la debilidad de la identidad europea, y esta debilidad, a su vez, uno de los obstáculos que nos impiden avanzar y actuar juntos cuando más lo necesitamos?

Hace unos meses, el no irlandés al Tratado de Lisboa volvió a poner de manifiesto el desapego de muchos ciudadanos por la Unión Europea y la ausencia de una visión política compartida del camino que queremos recorrer juntos. La Europa con la que los europeos estamos dispuestos a identificarnos no es siempre la misma para todos. Unos queremos una Europa federal y otros desean un área de libre cambio. Unos hablan de raíces cristianas y otros de los valores laicos. Unos quieren que la Unión sea un baluarte contra la globalización y otros que sea capaz de impulsarla y beneficiarse de ella. No estamos de acuerdo sobre las fronteras futuras de la Unión. En general, todos deseamos disfrutar de los beneficios de pertenecer a una Unión con voz y peso en el mundo, pero pocos estamos dispuestos para ello a pagar el precio de atemperar las identidades nacionales. Uno de los rasgos que parecen unirnos sin lugar a dudas es el rechazo de la pena de muerte, pero habría que ver lo que ocurría si este rechazo tuviera que ser ratificado por referéndum en todos los Estados miembros.

Hay un déficit de identidad europea, y mientras no se cubra será difícil evitar los tropiezos. Todos deseamos un proyecto europeo nítido reflejado en unos textos legibles, pero en su estado actual este proyecto es como una manta que, para cubrir los pies de uno, deja al descubierto los hombros de otro. En vez de forcejear para abrigarnos en detrimento de los demás, debemos agrandar la manta entre todos, y para ello lo mejor es tratar de reforzar la identidad común en terrenos que no resulten controvertidos y que faciliten la adhesión de los ciudadanos a los ideales europeos en todos los países miembros. El Programa Erasmus, que todos los años abre los ojos de miles de estudiantes a la realidad del continente, es un buen ejemplo de lo mucho que se puede hacer con ideas acertadas.

El legado histórico y cultural europeo ofrece muchas posibilidades. La Unión se ha construido partiendo de los cimientos económicos y hasta ahora pocos han sentido la necesidad de fortalecer los vínculos culturales, obvios para unos e innecesariamente problemáticos para otros. Pero la Europa de Schengen y del euro, la Europa que aspira a dotarse de una defensa común y a proyectar sus valores en el mundo, necesitará cada vez más sustentarse sobre un sentimiento compartido de su identidad.

Dante, Montaigne, Shakespeare, Cervantes y Goethe se sentían hijos de una tradición que hundía sus raíces en Roma y Atenas. Durante siglos, este sentimiento era común entre las personas educadas, que raramente se sentían extranjeras dentro del continente. ¿Se puede decir lo mismo de los ciudadanos europeos de hoy? ¿No sería bueno que, antes de entrar en la universidad, los estudiantes de la Unión tuvieran que superar, en uno de los cursos de secundaria, una asignatura de historia y cultura europeas con un temario parecido en todos los Estados miembros?

La historia y la cultura de Europa se han forjado a escala continental. Desde Atenas y Roma hasta el nacimiento de la Unión, pasando por el lento despertar de la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración y el Romanticismo, no debería resultar imposible a los especialistas ponerse de acuerdo sobre las líneas generales de un programa que mostrase la comunidad de ideas sobre la que la Europa actual se asienta y que presentase el Tratado de Roma como un verdadero tratado de paz tras las dos guerras civiles europeas que, al menos en su inicio, fueron en realidad las dos guerras mundiales.

La Unión Europea se creó mediante un cambio de paradigma: tras siglos de enfrentamientos, los Estados europeos resolvieron refundar sus relaciones sobre un principio de cooperación y de ayuda mutua. La proyección de este paradigma sobre el estudio de nuestro pasado nos haría ver el futuro con otros ojos. Lógicamente, esta asignatura no debería sustituir a la enseñanza de la historia propia de cada país. Tampoco se trataría de establecer el germen de un sistema educativo común, ni de dar competencias a la Comisión Europea en materia educativa. Estas competencias están muy bien donde están. Bastaría acordar unas directrices básicas para que fueran aplicadas por los ministerios o consejerías competentes en cada Estado miembro que deseara sumarse a la iniciativa.

Sé que no es cosa fácil. Si ya nos cuesta ponernos de acuerdo dentro de España sobre nuestra historia, ¿cómo nos vamos a poner de acuerdo todos los europeos sobre una asignatura de esta índole? Soy consciente, además, de que el momento no es propicio. Las fases recesivas nunca han sido las mejores para impulsar el proyecto europeo, y ahora el horno no está para estos bollos. Pero la crisis pasará -todas pasan-, y que no sea cosa fácil ni oportuna no quiere decir que no sea deseable y, a largo plazo, probablemente imprescindible. Tampoco parecían fáciles la moneda única o la supresión de fronteras y ahí están.

Llegará un momento en que será muy difícil avanzar a menos que todos los ciudadanos de la Unión tengamos la misma conciencia de pertenecer a un espacio común que tenían las clases ilustradas de hace dos siglos. ¿Cómo vamos a construir de verdad una Unión política sin una idea compartida de nuestro pasado?

Carles Casajuana es diplomático y escritor, es embajador de España en el Reino Unido y ganador del Premio de las Letras Catalanas Ramón Llull.

Cómo lidera Obama

Cómo lidera Obama


Hace dos años, Barack Obama era un senador en su primer mandato que había manifestado interés en postularse para la presidencia. Mucha gente se mostraba escéptica ante la posibilidad de que un afroamericano con un nombre extraño y escasa experiencia pudiera ganar. Pero a medida que desarrolló su campaña, demostró que tenía los poderes necesarios -blando y duro- para gobernar.

El poder blando es la capacidad de atraer a los demás y sus cualidades esenciales son la visión, la inteligencia emocional y la capacidad de comunicar. Pero un líder necesita también cualidades del poder duro, como una capacidad organizativa y hasta maquiavélica. Igualmente importante es la inteligencia contextual que le permite variar la mezcla de estas habilidades en diferentes situaciones para producir las combinaciones exitosas que yo llamo "poder inteligente".

Durante su campaña, Obama demostró estas habilidades en su tranquila respuesta a las crisis, su visión de futuro y su soberbia capacidad organizativa. En cuanto a su inteligencia contextual, se había forjado desde abajo, con sus experiencias personales en Indonesia y Kenia y su comprensión de la política norteamericana a partir de su trabajo como organizador comunitario en Chicago.

Obama siguió demostrando estas habilidades en su casi perfecta transición. Al elegir a su principal rival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, y superar el partidismo para retener a Robert Gates como secretario de Defensa, demostró su disposición a contar con subordinados fuertes. En su discurso de toma de posesión, apeló al poder inteligente -"tender una mano abierta a quienes aflojen sus puños"-, pero también mostró responsabilidad en un momento en que los norteamericanos afrontan serios problemas económicos.

Es más, Obama ha iniciado su mandato de manera activa. En sus primeras semanas, ha comenzado sus promesas diseñando un plan de estímulo económico masivo, ordenando el cierre de Guantánamo, concediéndole una entrevista a la cadena Al Arabiya y enviando un importante emisario a Oriente Próximo.

George W. Bush dijo que su papel como líder era ser el que decide. Pero incluso aunque Bush hubiera sido mejor a la hora de decidir, la gente quiere algo más de un líder. Queremos a alguien que nos diga quiénes somos. Juzgamos a los líderes no sólo por la efectividad de sus acciones, sino también por sus significados.

La mayoría de los líderes se alimentan de la identidad y la solidaridad de sus grupos. Pero algunos ven obligaciones morales más allá de su grupo inmediato. Cuando Obama se enfrentó a una crisis por las incendiarias observaciones raciales de su ex pastor, no se evadió del problema, sino que usó el episodio para pronunciar un discurso que sirvió para ampliar la capacidad de entendimiento entre los norteamericanos blancos y negros.

El 11-S fue una oportunidad para que Bush expresara una nueva visión de la política exterior. Pero no logró producir una visión sostenible sobre el liderazgo de EE UU en el mundo. Una visión exitosa es aquella que combina inspiración con viabilidad. Bush nunca entendió esa combinación.

Obama necesitará utilizar tanto su inteligencia emocional como contextual si ha de restablecer el liderazgo norteamericano. Hace una década, lo convencional era pensar en un mundo con una hegemonía norteamericana unipolar. Los neocons llegaron a la conclusión de que EE UU era tan poderoso que podía hacer lo que quería, y que los demás no tenían otra alternativa que seguirle.

Este nuevo unilateralismo se basaba en un entendimiento profundamente erróneo de la naturaleza del poder -la capacidad de movilizar a los otros para obtener los resultados que uno quiere- en la política mundial. EE UU puede ser la única superpotencia, pero preponderancia no es imperio; puede influir, pero no controlar a otras partes del mundo. Que ciertos recursos produzcan poder siempre depende del contexto.

Para entender el poder y sus contextos en el mundo hoy, sugerí la metáfora de un juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior del poder militar, EE UU es la única superpotencia. En el tablero intermedio de las relaciones económicas, el mundo ya es multipolar. EE UU no puede obtener los resultados que quiere en comercio, lucha contra los monopolios y otras áreas sin la cooperación de la Unión Europea, China, Japón y otros. En el tablero inferior de las relaciones transnacionales fuera del control de los gobiernos -pandemias, cambio climático, control del narcotráfico o terrorismo transnacional, por ejemplo-, el poder está distribuido de manera caótica. Nadie ejerce el control.

Éste es el mundo complejo en el que Obama asume el liderazgo. Hereda una crisis económica global, dos guerras en las que hay desplegadas tropas estadounidenses y aliadas, crisis en Oriente Próximo y el sur de Asia y la lucha contra el terrorismo. Tendrá que lidiar con este legado y al mismo tiempo trazar un nuevo horizonte. Tendrá que tomar decisiones difíciles y a la vez crear una mayor sensación de sentido, donde EE UU vuelva a exportar esperanza y no miedo. Ésa será la prueba de fuego de su liderazgo.

Joseph S. Nye es profesor en Harvard y autor de The Powers to Lead.

Historia de un fracaso

Historia de un fracaso

Nunca como en los últimos años se han dado condiciones tan favorables para el avance hacia la construcción en España de un Estado federal. Por una parte, los nacionalismos que habían empujado desde 1998 hacia una especie de confederación de naciones salieron algo más que trasquilados en el intento. Y, por otra, y como resultado de la fatiga producida por estas huidas hacia delante, un sentimiento como de cansancio después de tantos años con la política girando en torno a cuestiones identitarias se tradujo en las urnas en un estancamiento, y hasta algún retroceso, de los partidos nacionalistas y en el incremento correlativo de los partidos de ámbito estatal.

A esta nueva relación de fuerza se sumaba la convicción mayoritaria de que la Constitución de 1978 no sólo era reformable, sino que estaba necesitada de reforma. No se trataba de una ventolera que de pronto hubiera soplado sobre la opinión; se trataba, por el contrario, de la confluencia de un sentimiento generalizado con los informes de expertos constitucionalistas, que apuntaban en la misma dirección. Dar por agotado el principio dispositivo que guió el proceso en sus primeros pasos, nombrar por su nombre a todas las comunidades autónomas, especificar las competencias estatales, convertir el Senado en una cámara de auténtica representación territorial, aparte de reforzar o crear organismos de cooperación intercomunitarios y de las comunidades con el Estado, eran objetivos posibles y necesarios, o al menos eso llegamos a creer.

Lo creímos porque todo eso estaba al alcance de la mano y hubiera gozado de un amplio apoyo entre la ciudadanía. Más aún, esos objetivos formaban parte de los programas de los partidos y fueron evocados por el candidato a la presidencia del Gobierno en el debate de investidura del 15 de abril de 2004: "Quiero instituir -dijo entonces el señor Rodríguez Zapatero- una Conferencia de Presidentes que será el complemento idóneo de un Senado reformado". Con la actividad de ambos foros -Conferencia y Senado-, añadió, "será fácil abordar la reforma de los instrumentos de cooperación interterritorial e instrumentar la participación de las comunidades en la conformación y en la expresión de la voluntad del Estado en la Unión Europea".

Conferencia de Presidentes como complemento de un Senado reformado con el propósito de reforzar los instrumentos de cooperación entre las comunidades autónomas: ése era un proyecto de Estado de los que hacen historia. Pero ese proyecto, que hubiera implicado una reforma constitucional, fue sustituido a las primeras de cambio por la apertura de un proceso de reforma de estatutos bajo la consigna de barra libre. Como siempre, la Generalitat fue la primera en echarse al agua, convencida de que en esta ocasión la piscina estaba llena. Luego vino la Junta de Andalucía, y después, Valencia, Baleares..., reproduciendo la misma espiral que por vez primera se puso en movimiento 30 años antes.

Ese modelo de afrontar por emulación las cuestiones que la Constitución dejó abiertas es el que por desgracia se ha impuesto como pauta de relación entre el Gobierno del Estado y los Gobiernos de las CC AA. Ni la Conferencia -por cierto, ¿qué fue de ella?-, ni el Senado, ni los instrumentos de cooperación interterritorial han desempeñado papel alguno en la elaboración de la nueva fórmula de financiación llamada a sustituir el Acuerdo 2/2001, del 27 de julio, del Consejo de Política Fiscal y Financiera. Sin avanzar nada hacia el modelo de federalismo cooperativo, parece como si hubiéramos entrado en una fase de aguda desinstitucionalización que, eso sí, sigue una pauta familiar: el presidente de la Generalitat plantea unas exigencias; el presidente del Gobierno negocia y concede para no perder los apoyos necesarios; luego llega el presidente de la Junta de Andalucía y exige lo mismo; tras él, todos los demás.

¿Podemos seguir así? Hombre, por poder, podemos. Llevamos 30 años pudiendo. Pero hasta ahora, la pauta seguida era, en términos generales, la historia de un éxito punteado por pactos entre los dos grandes partidos y acuerdos sobre sistemas de financiación aprobados en el Consejo de Política Fiscal. Este modelo dio en 2001 todo lo que podía dar de sí. A partir de ahí se extendió la convicción de que se debía proceder a la reforma constitucional que cerrara en lo posible el sistema. La política a corto plazo se interpuso y el objetivo se abandonó sin que nadie haya ofrecido ninguna explicación. Con un resultado: seguir como hasta ahora no es ya la prueba de un éxito, sino la de una pérdida de rumbo que vale como un fracaso.

Santos Juliá

Cinco razones para el optimismo

Cinco razones para el optimismo

Los pesimistas son serios, realistas y menos dados a desilusionarse por la vida. Los optimistas, en cambio, son ingenuos y por ello más propensos a ser sorprendidos por las malas noticias. Los pesimistas son pensadores profundos y bien informados mientras que los optimistas son superficiales y no entienden bien lo que está pasando. Basándome en estas estereotipadas percepciones -y en la incesante avalancha de malas noticias que a diario nos abruman- lo más fácil y seguro sería escribir un artículo explicando por qué el mundo está muy mal y por qué lo que viene será aún peor. También me lo facilitaría el hecho de que he asistido al Foro Económico Mundial en Davos. La imagen que se tiene de la reunión de Davos es que es solo para ricos y poderosos o los periodistas que los entrevistan. Pero no es así. También asisten líderes religiosos y sindicales, muchos de los científicos más importantes de estos tiempos, innovadores sociales, artistas plásticos, escritores, músicos y hasta exploradores de recónditos parajes del planeta.

Llevo muchos años asistiendo a estas reuniones y nunca antes había visto un ambiente tan pesimista. Una lúgubre anticipación de lo que viene dominó las conversaciones. Así, por llevar la contraria, y porque la lista de problemas ya la conocemos, he decidido escribir sobre algunas razones para el optimismo.

1. Los infartos ayudan a cambiar hábitos. Nada mejor para dejar de fumar que un buen infarto -especialmente si se sobrevive-. La economía mundial ha sufrido un doloroso infarto. Sufrirá mucho, pero al salir de la crisis se verá obligada a adoptar hábitos más sanos y sostenibles. Se rebalanceará el equilibrio entre el Estado y el mercado; se controlarán algunos excesos y se corregirán las distorsiones macroeconómicas. La dieta será muy dura y el paciente seguirá débil por un tiempo. También caerá en la tentación de volver a fumar y comer mal. Pero tener el infarto en mente moderará el riesgo de que retome las malas costumbres que casi lo matan.

2. Renovación política. Si 2008 fue el año del crash económico, 2009 será el del crash político. Algunos gobiernos caerán, otros se debilitarán y casi todos tendrán que cambiar su manera de hacer las cosas para responder al inmenso descontento social provocado por la crisis económica. Algunos responderán refugiándose en el autoritarismo y el populismo. Pero en otros países se abrirán posibilidades de cambios políticos positivos que no hubiesen sido posibles sin la crisis.

3. Nuevos líderes. Y no estoy pensando solo en Barack Obama, aunque él es evidentemente el primer ejemplo que viene a la mente. Y su caso y su historia motivarán a otros, en todas partes. En general, la crisis le va a hacer la vida más difícil a quienes han estado a cargo de países, partidos políticos, empresas privadas, universidades, medios de comunicación u otras instituciones, y va a abrir puertas y a facilitar el ascenso de sucesores con ideas nuevas.

4. Más innovación que nunca. "Nunca antes en la historia ha habido tantos innovadores como ahora. La cantidad de gente que está creando nuevas maneras de resolver nuestros problemas no tiene precedentes", me comentó Edmund Phelps, premio Nobel de economía, cuando le forcé a que me diera una razón para ser optimista. Según Paul Laudicina, presidente de una de las empresas de consultoría más grandes del mundo, "estamos al comienzo de una oleada de profundos cambios tecnológicos que crearán una nueva revolución en la productividad y mejorarán la calidad de vida de todos. Contaremos con posibilidades ahora inimaginables".

5. Más generosidad que nunca. El mundo vive una explosión de solidaridad con los más necesitados. En todos los países proliferan organizaciones cuya misión es ayudar a otros. Gracias a Internet, la filantropía se ha democratizado y globalizado. Esta tendencia es reforzada por una creciente intolerancia, especialmente entre los jóvenes, hacia la desigualdad, la injusticia y la discriminación. La crisis aumentará las necesidades y las emergencias sociales y estimulará a muchos a hacer algo por los demás.

Será muy fácil para los pesimistas explicar por qué cada una de estas razones va a tener efectos negativos. La crisis matará a muchos y el paciente no cambiará sus malos hábitos. Los viejos líderes no se dejarán quitar el poder, las nuevas tecnologías también tendrán efectos nocivos y la filantropía nunca ha podido resolver los problemas del mundo. Estos argumentos, repito, son fáciles de defender y no constituyen mayor reto intelectual. Lo difícil es buscar razones válidas para ser optimistas. Difícil, sí, pero indispensable. Intentémoslo.

Moisés Naïm en El País.