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Una Universidad nueva

Una Universidad nueva

En el debate actual sobre la Universidad se habla poco de lo que quizá es lo más importante: qué estamos haciendo. El diálogo abierto con el profesor, la discusión de casos, el trabajo en equipo, la investigación sencilla, la reflexión y defensa pública de un tema son desgraciadamente más la excepción que la regla en las aulas universitarias. Y cuando lo hacemos nos maravillamos, docentes y estudiantes, de lo divertido e interesante que puede ser dar y recibir clase.

El Espacio Europeo de Educación Superior es la oportunidad para que, sin dejar de tener los conocimientos imprescindibles de cada disciplina, no dediquemos todo el esfuerzo a memorizar y nos centremos en lo que un universitario necesita saber y saber hacer. Cosas así:

Primero, debe saber leer. Suena insultante, pero es cierto; debe saber leer y extraer las ideas principales de un texto, someter a juicio crítico lo que ese autor afirma, ser capaz de contrastar con otras fuentes y llegar a conclusiones propias, personales.

Segundo, debe saber escribir; y no hablo de no cometer faltas de ortografía, ni de saber poner letras juntas; eso hay que darlo por hecho, sino de comunicar con claridad, con eficacia, con una extensión equilibrada, con rigor en el uso de información externa, con la mente puesta en el lector.

Tercero, debe saber hablar, hablar a una persona y hablar a 100. Ser capaz de presentar las ideas propias e indagar las ajenas. Conducir y ganar un debate. Respetar los tiempos y usar apoyos efectivos. No es baladí: saber hablar bien se considera el primer factor de éxito en la carrera profesional.

Cuarto, debe tener disciplina. Realizar esfuerzos continuados en el tiempo, hacer un plan y cumplirlo; comprometerse y respetar los compromisos. Ser leal con sus compañeros y consigo mismo. Y eso se aprende en un aula, pero también en un equipo de rugby o en el coro de la Universidad.
Quinto, debe tener una visión internacional. Debe expresarse en inglés con soltura y tener ciertas habilidades en, al menos, otro idioma. Debe conocer otros países como universitario, esto implica tener unos conocimientos básicos de la política, la historia, las aspiraciones, fortalezas y dificultades de ese país.

Sexto, debe ser creativo. En su trabajo y en su vida. Debe explorar el arte en cualquiera de sus manifestaciones. No sólo como espectador, también como autor, no quedarse siempre al margen, pasivo o mero crítico de lo que otros acometen, debe implicarse.

Séptimo, debe conocer las herramientas propias de su disciplina, sea el método científico o las grandes tradiciones culturales de las Humanidades.

Octavo, debe estar alfabetizado en las nuevas tecnologías. Chatear, pero también configurar una cuenta de correo, usar una hoja de cálculo, construir una base de datos y editar un texto, una imagen y un vídeo.

Noveno, debe tener una cultura general. No puede ser que el estudiante de Historia, ante una regla de tres, o calcular un tanto por ciento, diga "yo es que soy de Letras"; ni que el de Ciencias no sepa quien era Augusto.

Décimo: romper con los decálogos, con las tradiciones estúpidas, con los criterios de rebaño, con el qué dirán y el me da lo mismo.

Undécimo y último: tiene que tener una visión ética. En todas las épocas ha habido problemas y dilemas, perspectivas y limitaciones que han dado la medida del ser humano de cada tiempo y cada lugar. Y eso no es distinto en este siglo XXI, donde ya no hay problemas locales ni soluciones únicas. Y eso es Espacio Europeo y eso es Universidad.

José Ramón Alonso es rector de la Universidad de Salamanca.

El retorno de la incertidumbre

El retorno de la incertidumbre


Anda ahora casi todo el mundo, con motivo de la crisis financiera, celebrando que tenía razón, pero muy pocos advierten que lo que se ha acabado es precisamente eso: el arte de tener siempre razón. Si estuviéramos ante el final del neoliberalismo y el retorno de las certezas socialdemócratas, tal vez nos sintiéramos más aliviados pero no habríamos entendido que lo que se acaba es otra cosa: una determinada concepción de nuestro saber acerca de la realidad social y de nuestra capacidad de decidir sobre ella. La vieja alianza del saber y el poder debe replantearse de nuevo en la era de la incertidumbre reconocida y gestionada. Seguiremos sabiendo muchas cosas y nos gobernaremos mejor, pero ambas cosas sólo serán posibles si hacemos una buena política, democráticamente legitimada, a partir de nuestro desconocimiento.

Mientras estuvo vigente el modelo de la certeza, el mundo estaba configurado por decisiones soberanas que se adoptaban sobre la base de un saber asegurado. Ahora nos toca acostumbrarnos a la inestabilidad y la incertidumbre, tanto en lo que hace referencia a las predicciones de los economistas, el comportamiento del mercado o el ejercicio de los liderazgos políticos. Nuestro principal desafío es la gobernanza del riesgo, que no es la renuncia a regularlo ni la ilusión de que pudiéramos eliminarlo completamente.

La sociedad del conocimiento ha efectuado una radical transformación de la idea de saber, hasta el punto de que cabría denominarla con propiedad la sociedad del desconocimiento, es decir, una sociedad que es cada vez más consciente de su no-saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones: inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre. Hay incertidumbre en cuanto a los riesgos y las consecuencias de nuestras decisiones, pero también una incertidumbre normativa y de legitimidad. Aparecen nuevas y diversas formas de ignorancia que no tienen que ver con lo todavía no conocido sino también con lo que no puede conocerse. No es verdad que para cada problema que surja estemos en condiciones de generar el saber correspondiente. Muchas veces el saber de qué se dispone tiene una mínima parte apoyada en hechos seguros y otra en hipótesis, presentimientos o indicios.

Este retorno de la inseguridad no significa que las sociedades contemporáneas dependan menos de la ciencia, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que han cambiado los problemas y, por tanto, el tipo de saber que se requiere. En muchos ámbitos -como, por ejemplo, la regula

-ción de los mercados o el cambio climático- ha de recurrirse a teorías que manejan modelos de verosimilitud pero ninguna previsión exacta en el largo plazo. En las más graves cuestiones nos enfrentamos a riesgos en relación con los cuales la ciencia no proporciona ninguna fórmula de solución segura. La ciencia no está en condiciones de liberar a la política de la responsabilidad de tener que decidir bajo condiciones de inseguridad. Probablemente lo que está detrás de la erosión de la autoridad de los Estados y la crisis de la política sea este proceso de fragilización y pluralización del saber, y no conseguiremos recuperar su capacidad configuradora mientras no acertemos a articular nuevamente el poder con las nuevas formas de saber.

El modelo de saber que hasta ahora hemos manejado era ingenuamente acumulativo; se suponía que el nuevo saber se añade al anterior sin problematizarlo, haciendo así que retroceda progresivamente el espacio de lo desconocido y aumentando la calculabilidad del mundo. Pero esto ya no es así. De manera que este no-saber no es un problema de falta provisional de información, sino que, con el avance del conocimiento y precisamente en virtud de ese crecimiento aumenta de manera más que proporcional el no-saber (acerca de las consecuencias, alcances, límites y fiabilidad del saber). Si en otras épocas los métodos dominantes para combatir la ignorancia consistían en eliminarla, los planteamientos actuales asumen que hay una dimensión irreductible en la ignorancia, por lo que debemos entenderla, tolerarla e incluso servirnos de ella y considerarla un recurso. La sociedad del conocimiento se puede caracterizar precisamente como una sociedad que ha de aprender a gestionar ese desconocimiento

Éste es el verdadero terreno de batalla social: quién sabe y quién no, cómo se reconoce o impugna el saber y el no saber. Si nos fijamos bien, de hecho, las confrontaciones políticas más importantes son valoraciones distintas del no-saber o de la inseguridad del saber: en la sociedad compiten diferentes valoraciones del miedo, la esperanza, la ilusión, las expectativas, la confianza, las crisis (¿es esto realmente una crisis?, nos preguntábamos hace muy poco), que no tienen un correlato objetivo indiscutible. Como efecto de esta polémica, se focalizan aquellas dimensiones de no-saber que acompaña al desarrollo de la ciencia: sobre sus consecuencias desconocidas, las cuestiones que deja sin resolver, sobre las limitaciones de su ámbito de validez...

Esa "politización del no-saber" se hizo patente, por ejemplo, en el marco de las controversias acerca de la política tecnológica a partir de los años 70. No es sólo que cada vez hubiera más conciencia de esa relevancia de lo desconocido, sino que esa percepción y su valoración correspondiente cada vez eran más dispares. Lo que para unos era fundamentalmente motivo de temor, despertaba en otros unas expectativas prometedoras. Los miedos y las inquietudes presentes en buena parte de la opinión pública no son plenamente infundados, como acostumbran a suponer los defensores de una tecnología de riesgo cero. Tras el rechazo social de algunas opciones técnicas hay con frecuencia una percepción de determinadas ignorancias o incertidumbres que la ciencia y la técnica deberían reconocer. En éste y en otros conflictos similares lo que chocan son percepciones divergentes e incluso enfrentadas del no-saber.

A partir de ahora nuestros grandes dilemas van a girar en torno a cómo decidir bajo condiciones de incertidumbre. ¿Qué ignorancia hemos de considerar como relevante y cuánta podemos no atender como inofensiva? ¿Qué equilibrio entre control y azar es tolerable desde el punto de vista de la responsabilidad? Lo que no se sabe, ¿es una carta libre para actuar o, por el contrario, una advertencia de que deben tomarse las máximas precauciones?

La decepción de los políticos de que no les proporcionan consejos claros y seguros se corresponde con la decepción de los científicos de que frecuentemente su consejo no es escuchado. El gran dilema de las actuales democracias estriba en que han de adoptar las decisiones teniendo en cuenta el saber científico disponible y, al mismo tiempo, esas decisiones tienen que estar legitimadas democráticamente. Y para enfrentarse correctamente a ese dilema lo primero que han de saber es que se trata de dos cuestiones distintas. Pese a todas las esperanzas de que el asesoramiento científico alivie el peso de la responsabilidad política, la ciencia sigue siendo ciencia y la política, política.

En todo caso, cuando se trata de pensar las relaciones entre saber y poder, conviene tener en cuenta que ni uno sabe tanto ni otro puede tanto. Ambos pueden consolarse mutuamente de haber perdido sus antiguos privilegios y compartir la misma incertidumbre, bajo la forma de perplejidad teórica en un caso y como vértigo ante la contingencia de la decisión en otro. ¿Qué privilegio ha perdido el poder? La prerrogativa de no tener que aprender y dedicarse simplemente a mandar. ¿Y cuál es el que ha perdido el saber? Pues ha perdido aquella seguridad y evidencia que le permitía prescindir de toda exigencia de legitimación; ahora es más visible su inexactitud social. De ahí que el problema ya no sea cómo compaginar un saber seguro con un poder soberano, sino cómo articularlos para compensar las debilidades de uno y de otro en orden a combatir juntos la creciente complejidad del mundo.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de El nuevo espacio público.

Un Estado federal incompleto

Un Estado federal incompleto

Los principios presentados por el vicepresidente Solbes como criterios-base para la financiación autonómica parecen haber satisfecho a grandes rasgos la mayoría de las demandas de las comunidades autónomas. El resultado ha sido bueno si consideramos la endiablada concurrencia de intereses territoriales que había que acomodar. Desde luego, el conflicto se ha resuelto por elevación, aumentando la cantidad total de recursos para las comunidades autónomas. De ahí que las más importantes críticas no hayan sido tanto a los criterios del reparto cuanto a sus posibles consecuencias. A saber, la correlativa debilitación de la capacidad financiera del Estado y, por ende, de su capacidad de acción política; al adelgazamiento del Estado y al correspondiente robustecimiento de las comunidades autónomas. Una vuelta de tuerca más en el proceso de federalización de España. Es muy posible que esto haya sido inevitable dada la particular configuración de que hemos dotado a las Autonomías: a mayores competencias, mayor necesidad también de disponer de los recursos suficientes para hacerlas frente. Pura lógica. ¿O es acaso viable que comencemos a desandar el camino que nos ha conducido hasta aquí?

A la espera de nuevas reacciones políticas a medida que se vayan levantando nuevas cartas, algo ya parece claro: el Estado español es un Estado federal. No hay muchos otros países en los que el porcentaje de los Presupuestos públicos en manos de las unidades territoriales sea equiparable al nuestro. Pero es un Estado federal demediado. Carecemos de los instrumentos políticos necesarios para mantener la congruencia debida entre el sistema que hemos creado y su efectiva viabilidad política. Seguramente sea uno de los costes que hemos de pagar por disponer de un modelo en construcción permanente. Pero quizá por eso mismo ha llegado ya el momento de tomar conciencia de este desfase y adoptar las medidas necesarias para alcanzar lo que debe ser el fin último de todo Estado federal: crear un adecuado balance entre una firme lealtad al centro y el legítimo respeto al autogobierno autonómico. ¿Cuáles son los elementos que se oponen a la consecución de este objetivo?

1.- El primero y fundamental es la ausencia de una institución de auténtica representación territorial, un Senado ajustado a lo que realmente somos. O, lo que es lo mismo, una instancia de representación multilateral entre las comunidades autónomas y el Estado. El "bilateralismo a 17" -o a 15 en temas presupuestarios- es un verdadero sinsentido, como se ha visto en el proceso a través del cual se ha pergeñado la nueva financiación. ¿No hubiéramos preferido que se debatiera en una cámara ad hoc en vez de en la prensa y a través de continuas entradas y salidas de diferentes presidentes autonómicos en La Moncloa? Si Rajoy realmente piensa que Zapatero "ha engañado a todos" ¿por qué no promueve un pacto para reformar la conformación constitucional del Senado?

2.- La presencia, también aquí, del código Gobierno/oposición. Se ha roto ya el tópico según el cual los dos grandes partidos nacionales eran quienes facilitaban la vertebración del Estado. La traslación del conflicto político al ámbito de la organización territorial del Estado ha sido permanente. Lo novedoso ha sido que el intento por parte del PSOE y del PP de "agrupar" a sus gobiernos autonómicos en torno a una "posición común" frente o a favor de esta última decisión del Gobierno se ha encontrado con obvias resistencias, como se pudo contemplar en el caso de la Comunidad de Madrid y de la Comunidad Valenciana; o en Cataluña, donde parece primar la propia estabilidad de la coalición gobernante sobre la lealtad de partido.

3.- Nos falta implantar una cultura de "federalismo cooperativo", como lo denomina Ramón Maiz en su imprescindible libro La frontera interior (Ed. Tres Fronteras, 2008). Es decir, eliminar las tentaciones por parte del Estado de erosionar el autogobierno de las comunidades, pero también las de éstas para socavar a la federación mediante la deslealtad, el oportunismo y la no cooperación.

4.- No poseemos tampoco una adecuada percepción ciudadana de lo que significa un verdadero Gobierno multinivel. Los ciudadanos ignoran quién es el responsable por la prestación de qué servicios, y esto afecta decisivamente a la hora de rendir cuentas a los políticos por según qué decisiones. La pedagogía aquí se hace imprescindible para que no paguen tirios por troyanos y la congruencia del reparto del poder se traslade al espacio público.

En definitiva, somos ya una democracia lo suficientemente madura como para no llamar a la cosa por su nombre y actuar en consecuencia.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la UAM.

El ala valiente de la televisión

El ala valiente de la televisión

La campaña electoral narrada en ’El ala Oeste de la Casa Blanca’ tiene una sorprendente similitud con la de Barack Obama. Un ejemplo más de la renovación de las series estadounidenses, críticas y audaces


Hubiera querido ser piloto. Los que se cargan más gente son los pilotos. Hubiera querido ser el que lanzó la bomba en Japón. Un par de tíos se cargaron a cientos de miles. Eso sí es la hostia". "Nunca invadimos un país que mole, uno que tenga tías en biquini. ¿Por qué en estos países nunca hacen falta marines? Yo os diré por qué. Es la falta de coños lo que jode los países". Así de clarito y salvaje hablan los soldados norteamericanos de Generation Kill, una miniserie sobre los primeros días de la invasión de Irak. No hay resquicio para la épica. A estos berzotas con ganas de matar sólo les queda la trágica atenuante de ser, también ellos, víctimas de un aparato militar más inoperante de lo que parece y que los envía a una batalla sin sentido.

En la quinta temporada de 24, la mirada sube unos peldaños. Estamos en las habitaciones presidenciales. Los servicios secretos piden permiso para una serie de acciones antiterroristas. Hay que escoger quién y cuántos morirán. El presidente es un ser pusilánime, que se agarra sin criterio al último consejo que recibe y que, como toda la Casa Blanca, tiene una obsesión: que no se entere la prensa, y los ciudadanos, de lo que pasa. El poder se oculta y, encima, está en manos de incompetentes.

La madre traficante de marihuana de Weed vivía en un barrio calcado al de Eduardo Manostijeras. Todos en las mismas casitas, con los mismos horarios y las mismas rutinas. Un retrato deprimente del planeta hogareño. En Dexter, el juego consiste en situar al espectador en una posición moral incómoda. El protagonista es un forense de la policía y sanguinario asesino en serie de sujetos igualmente repulsivos. ¿El televidente se siente culpable de desear ver cada semana las andanzas de Dexter, que se sitúa en el centro del relato, como los grandes héroes? Claro que tampoco son ejemplares los policías de The Shield (Al margen de la ley) de FX, la emisora que creó la socarrona Nip/Tuck o Daños y perjuicios (Damages), una serie sobre abogados con sonrientes villanos. Una serie protagonizada por Glenn Close, emigrada de una industria del cine que apenas da el trono de los repartos a las cincuentonas.

Éstas son unas cuantas buenas producciones televisivas estadounidenses. Aunque no hayan disfrutado de tan merecidos parabienes de otras (desde Los Soprano a The Wire), son un ejemplo de cómo algunos relatos televisivos están circulando por techos argumentales que no se atreve a pisar con idéntica persistencia y categoría estética la industria cinematográfica de Hollywood. Indudablemente, en televisión sigue habiendo insignes y abundantes tonterías, pero el éxito no desdeñable de estas apuestas demuestra que hay una audiencia que busca a quienes se atreven a romper las postizas fronteras de lo decible e indagan en la forma de decirlo con una retórica que evita la repetición de los estilemas más banales. Gracias a estas propuestas, la población de ceja alta ha regresado sin rubor a la televisión para hablar bien de ella. No se trata ahora de renunciar a los discursos severos sobre la televisión porque cobija estos títulos, pero sí de combatir el desprecio que ciertos sectores de la cultura han mostrado hacia el medio, un desprecio que parecía acreditar automáticamente su pertenencia al cielo de los espíritus exquisitos. No todo tiene procedencia anglosajona, pero en las series de ficción la abundancia de títulos norteamericanos explica su tratamiento como fenómeno.

Ya sólo faltaba para aumentar todavía más el aprecio hacia ellas que la vida real las copiara. La campaña demócrata en la serie El ala Oeste de la Casa Blanca que narraron en las temporadas 2004-2006 tiene unas sorprendentes cercanías con la protagonizada por Barack Obama. El candidato demócrata, el hispano Matthew Santos (interpretado por Jimmy Smits), triunfa en las primarias de su partido contra un político que estuvo dos legislaturas con el presidente saliente. Y luego gana a un maduro contrincante republicano. No es casualidad. Los guionistas han admitido haberse inspirado, hace cuatro años, en un joven político de Illinois, Obama. Smits ha participado en su campaña y en un juego de fusión total entre realidad y ficción, The New York Times publicó un encuentro entre Obama y el personaje del presidente saliente de la serie, Jed Bartlet. Lo escribió Aaron Sorkin, el creador de la misma.

En los noventa, Karl Popper, preocupado por la indignidad de la televisión, cuya bazofia veía como un peligro para la democracia, proponía que todos sus empleados necesitaran, para trabajar, poseer una licencia que se les podría retirar si participaban en un programa basura. La necesitarían todos, desde los productores a los "camarógrafos", como él decía. Eran los tiempos en que no se discutía la metáfora de la "caja tonta". Estos días se ha publicado en España un libro cuyo titular combate este adjetivo tan instalado y que, administrado indiscriminadamente, pierde su sentido. Se trata de La caja lista: televisión norteamericana de culto (Laertes), que reúne una serie de voces, mayoritariamente universitarias, que desmenuzan, defendiéndolos, algunos de los títulos señeros. Popper convertía a los productores en los principales sospechosos de la ignominia televisiva. Ahora, los nombres propios que reconoce cualquier televidente exigente son, precisamente, el de los productores que se han empeñado en este reto: contradecir los imaginarios sociales más bucólicos y engañosos. Desde la ficción están dibujando paisajes humanos que no escapan a ningún tema y siembran sólidas dudas sobre la posticería que alimenta a las series del montón. Hay un merecido ensalzamiento de estos profesionales -los productores y, de paso, las emisoras que los respaldan- que recuerda el rescate que los chicos de Cahiers du Cinéma, en los años cincuenta del siglo pasado, hicieron de cineastas como Ford y Hawks tratándoles de autor cuando apenas eran reconocidos como artesanos y acreditándolos en las academias culturales. Un sistema de trabajo, el de estas emisoras y productores, que se acerca a la etapa más fructífera de los estudios hollywoodienses.

No es una apuesta cómoda. Este año, los premios Emmy, por ejemplo, han reconocido los méritos de Mad men, que en Estados Unidos empezó teniendo apenas 900.000 espectadores y ahora sobrepasa los dos millones. Muchos de estos productos nacen en televisiones de pago y llegan a España gracias a las plataformas digitales con más paciencia y capacidad de riesgo. Cuando entran en el ámbito de las generalistas, sus audiencias no llegan a los casi seis millones de espectadores que ha dado algún minuto de oro de Escenas de matrimonio, pero, por ejemplo, House ha rondado en más de una ocasión los cuatro. Perdidos o 24 han fracasado relegadas a horarios inhóspitos, acumulando la emisión de capítulos y sin estabilidad en la parrilla. Y sus seguidores abandonan el televisor para cazar en la Red el último episodio que, encima, algún internauta ha subtitulado gratuitamente en una noche. Una producción televisiva cuyas ediciones por temporadas en DVD palian el descenso que vive el mercado de cine enlatado. En 2006, las series de televisión, incluyendo las de dibujos animados, ya representaban el 21% de todos los DVD vendidos en España, según Gfk. Mientras que las emisoras abiertas norteamericanas restringieron la distribución de su material por DVD para no estrangular su mercado de la sindicación, los canales de cable optaron por él para obtener un segundo rendimiento a sus producciones. Según Concepción Cascajosa, en su libro Prime Time (Calamar Ediciones), no fue hasta que en septiembre de 2002 "la primera temporada de 24 se comercializó con éxito cuando se convirtió en habitual que las series fueran editadas poco después de su emisión para promocionar el estreno de nuevas tandas de capítulos".

Indudablemente, el recuento de horas que supone la emisión de estas espléndidas piezas televisivas no hace sombra a la oferta más estandarizada, pero son un síntoma de que existe otra televisión y que tiene un público. Su mayoritaria procedencia norteamericana y la acidez de su mirada hacia lo doméstico hace pensar en la escena final del filme En el valle de Elah (en el cine sigue habiendo excelentes obras) en la que el personaje de Tommy Lee Jones iza al revés la bandera norteamericana. Según los códigos de la vexilología... se trata de una señal de socorro. En cualquier caso, una sociedad donde hay gente que ilumina sus rincones menos presentables, que sabe mirarse sin mucha cosmética demuestra que no ha perdido vigor ni salud democrática.

Tomàs Delclós en El País.

La magnitud del desconcierto

La magnitud del desconcierto


En Davos se ha visto este año la magnitud del desconcierto. Estamos ante una crisis que alcanza a todo el planeta, encoge la economía global y presiona hacia el proteccionismo y la desglobalización. Pero ha costado mucho llegar a reconocerla. La Agenda Global para 2009, preparada por más de un millar de expertos, ha recurrido a la imagen de los pájaros utilizados por los mineros antes de entrar en el pozo para describir lo que ha sucedido en 2008, el año de los tres canarios, que son el precio de los alimentos, el incremento y volatilidad del precio del petróleo y la crisis financiera. Hace un año, en esta misma reunión, todavía no había salido de la mina el cuerpecillo de ninguno de los pajarillos y eran muy pocos los economistas capaces de preverlo.

Ahora lo que preocupa es conocer cómo encontrar la salida, prever la fecha y localizar los escollos que puedan retrasarla. Y lo más interesante es observar cómo empiezan a imaginar unos y otros el paisaje que aparecerá cuando salgamos del túnel, aquel capitalismo reformado que demandaba con impaciencia el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Los conceptos de crisis y de recesión son pobres para describir lo que en realidad enfrentamos, según se desprende de la opinión de los expertos: estamos ante un momento de cambio de modelo económico y social, e incluso de mutación de valores. Los más osados sueñan en una nueva era, de la que saldremos todos, países, Gobiernos y ciudadanos, profundamente transformados.

Necesitamos instituciones globales, mejores que las actuales, que sirvan para prever las crisis y no para acudir a la cabecera del enfermo cuando se halla en muy mal estado. Con un reparto de las responsabilidades más adecuado a la realidad del mundo: el dominio occidental del planeta se ha terminado. La reunión del G-20 el 2 de abril en Londres debe emitir un mensaje muy contundente respecto a la voluntad política de los Gobiernos para poner en marcha esta nueva gobernanza económica global.

El capitalismo reformado debe ser verde y tecnológico. Hay que poner en marcha un mercado internacional de emisiones de CO2, algo que sólo se conseguirá si se implican los grandes contaminadores (China, India, Estados Unidos) y se fijan unos objetivos claros y verificables en cuanto a reducciones, cuestión que tendrá un momento especialmente decisivo el próximo diciembre, en la Cumbre del Clima en Copenhague. Las inversiones en tecnología serán cruciales para poner en marcha esta novísima economía ecológica. No hay que posponer este cambio hasta que haya pasado lo peor, porque entonces lo peor estará todavía por llegar.

Debemos conseguir que el mundo esté gobernado, con economías y monedas coordinadas, sin perder los beneficios de la globalización ni dejarlo varado en el nacionalismo económico y el proteccionismo. Hay que regresar a un juego con reglas, donde no sea posible cambiar de reglamento a mitad de la partida como han venido haciendo los más arriesgados y a veces inmorales. También a la jerarquía de valores más clásica: las finanzas son para financiar, no para convertirse en un fin en sí mismo. Los desequilibrios de riqueza, en constante aumento hasta esta crisis, además de injustos son peligrosos.

Merkel habla de una vía intermedia entre el capitalismo desregulado y los experimentos de socialismo de Estado. Es la vía alemana del canciller Ludwig Erhard, la economía social de mercado, en la que "el Estado es quien vigila el orden económico y social". Lo mismo ha dicho el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, que ha ofrecido a Estados Unidos el modelo europeo: "Nosotros tenemos un servicio de salud universal, un sistema de jubilaciones más generoso, un principio de gratuidad de la universidad y queremos conservarlo".

Son viejas ideas en odres nuevos, dirán algunos, pero no caen en saco vacío. La tradicional cena de los congresistas norteamericanos que acuden a Davos, celebrada este año en la euforia de la elección presidencial, ha sido todo un homenaje al Estado protector, el multilateralismo, el desarme, el sistema sanitario europeo, los impuestos sobre la gasolina y la ayuda al desarrollo. Todos reconocen que hay que someter a revisión el modelo americano de consumo desenfrenado, sobre todo en el capítulo energético.

El quiebro ideológico respecto a 2008 se ha percibido incluso en los temas de moda. La tecnología y la innovación han sido siempre la crema más exquisita de Davos, y la codicia del capitalismo financiero, más o menos confesada, el principal combustible. En esta edición la tecnología ha seguido teniendo una gran consideración, sobre todo con relación al medio ambiente, pero ya no se la concibe como la varita mágica salvadora, como había sucedido anteriormente. Y sin voluntad política ni valores no habrá buenas soluciones. Estos últimos han ocupado incluso debates enteros -uno de ellos presidido por Tony Blair- en los que no han faltado los líderes religiosos. Un teólogo norteamericano recordó el viernes los siete pecados sociales denunciados por Gandhi, que son anillo en el dedo de la actual recesión: política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia, religión sin sacrificio. Y que, por supuesto, también impugnan la exhibición de riqueza y de poder que se puede ver en Davos.

Un artículo de Lluís Bassets.

La dificultad de actuar

La dificultad de actuar

Pensar es fácil, actuar, difícil; pero lo más difícil, actuar siguiendo nuestro pensamiento", escribió un Goethe que supo combinar la creación con la actividad político-administrativa.

Para el que disponga de una cierta capacidad intelectual -lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta- y esté algo entrenado -nada se consigue sin constancia-, pese al esfuerzo doloroso que a menudo conlleva, pensar resulta fácil, porque en último término depende de uno mismo. El que se piense solo, aunque siempre en un contexto social, reaccionando ante lo que otros han pensado, facilita mucho las cosas. En cambio, se actúa únicamente con la mediación y el concurso de los otros. La dificultad intrínseca de la acción radica en que realización y resultados dependen de personas que escapan a nuestro control. La acción consiste en motivar a otros a perseguir un objetivo común, que no puede alcanzarse sin el respaldo de los demás.

Influir sobre el comportamiento de los otros suele ser mucho más arduo que hilvanar unas cuantas ideas con pocas probabilidades de que, sea cual fuere la calidad, salgan de un estrecho recinto. Aunque algunas, a veces pasado bastante tiempo, llegan a cambiar el curso de la historia, otorgar la preeminencia al pensar no deja de ser una secuela de la sociedad esclavista griega para la que obrar es el destino de aquellos a los que la naturaleza no los ha dotado de otras facultades. Para unos, lo propio es pensar-mandar, para otros, actuar-obedecer.

La idea de que actuar sea más difícil que pensar sorprende menos si se cae en la cuenta de que la acción rara vez proviene de la iniciativa individual, sino que transcurre por cauces trazados de antemano, que se ajustan a los modos y fines de las instituciones desde las que se actúa. El caso paradigmático es el del funcionario, obligado a someter su acción a normas muy estrictas. El comportamiento del empresario, que suele mencionarse como el opuesto, tampoco escapa a las ideas trilladas ni a los recelos dominantes, por mucho que afirmarlo contradiga los prejuicios que legitiman el orden establecido. Moverse fuera de lo manido suele conducir al fracaso, aunque a veces sea fuente excepcional de éxito.

Tan infrecuentes como los pensamientos originales son las acciones al margen de los canales instalados, pero, nada tan difícil, a la vez que tan raro, como perseguir objetivos que provengan de una reflexión personal. Si además la acción se mueve en el plano de una política que persigue un único afán, llegar al poder y, cuando se ha alcanzado, no perderlo, las complicaciones crecen exponencialmente, alchocar con estructuras consolidadas de poder. Nada más peligroso en política que abandonar la senda marcada para alcanzar objetivos fijados en una reflexión personal. Llega a la cima el político que, ajeno a cualquier originalidad en la acción o en el discurso, se haya identificado por completo con el partido al que pertenece, defendiendo los intereses, pero también estilo y prejuicios de los grupos sociales que representa. Nada perjudica tanto al político profesional, y tal vez no quepa otro tipo, como una acción o un pensamiento fuera de lo esperado, contra los que, no hay cuidado, suele estar muy bien blindado.

La política se ha convertido así en el ámbito del tópico y de la rutina, donde desde un primer momento cabe excluir cualquier sorpresa en el discurso o en los comportamientos. Lo más grave es que esta misma actitud se haya extendido a la información y a los comentarios periodísticos, que se mueven también a piñón fijo. Aumenta así la distancia entre lo que realmente ocurre en un mundo que está cambiando a gran velocidad y la apreciación colectiva que de él se tiene.

Tampoco ha de extrañar que los que han llegado a la cúspide -económica, política, profesional- estén predispuestos a creer firmemente en las ideologías que los favorecen, disponiendo de una amplia gama de mecanismos para difundirlas en todos los niveles. Nos dicen que queda mucho por hacer, que no escasean deficiencias que corregir, incluso inequidades que suprimir, pero en líneas generales, marchamos por el buen camino. El orden social se legitima, si la mayoría cree que es el mejor de los posibles.

Justamente, la distancia creciente entre ideología dominante y realidad vivida explica que las crisis nos pillen de improviso. También a finales de los 80 muy pocos -y la nomenclatura, la que menos- previeron el desplome de la Unión Soviética, "el país más grande y con mayores recursos naturales, con el sistema social más avanzado del mundo", como proclamaban los libros escolares soviéticos.

Vivimos en el mejor mundo posible hasta que de repente asistimos a su derrumbe. Los instrumentos teóricos que sirvieron para apuntalar el orden existente, no valen ya para dar cuenta de su desmoronamiento, y han sido vetados todos aquellos que hubieran podido resultar idóneos. La crisis se manifiesta en que no sabemos lo que pasa de verdad. En los años 30 se conocieron causas y remedios después de haber sufrido grandes catástrofes, la peor la II Guerra Mundial.

Cuanto más alta la posición social de una persona, mayor la desconfianza que ha mostrado en este último tiempo, suspicacia que se ha ido filtrando hacia los estamentos inferiores. La crisis no ha estallado porque los ciudadanos de a pie hayan hecho cola en los bancos para recuperar los depósitos; han sido los bancos, al recelar unos de otros, los que la han puesto de manifiesto. Son los Gobiernos, es decir, los responsables de controlar el sistema financiero, sobre cuya solidez hasta hace bien poco no abrigaban la menor duda, los que han puesto en circulación las mayores sospechas, al anunciar garantías crecientes. Mientras no se conozcan las causas, no cabe recobrar la confianza, y no cabe detectarlas dentro de las coordenadas teóricas que imponen las relaciones de poder que se están desmoronando a ojos vistas.

Entretanto sólo nos queda dejar constancia de algunas paradojas. El Gobierno ultraconservador de Estados Unidos ha cometido el mayor crimen que ha venido denunciado en los últimos decenios: la intervención del Estado en la economía de mercado. Reino Unido no sólo estataliza parte de la banca, sino que el país que con mayor ímpetu ha frenado el proceso de integración, para salir del atolladero defiende ahora una política común europea. El precio del petróleo baja a casi un tercio del que tenía hace dos meses sin detener las continuas oscilaciones de las Bolsas en caída libre.

Veinte años después del desplome de la Unión Soviética, Estados Unidos se tambalea, arrastrando consigo el último resto del mundo bilateral que surgió de la gran crisis de los 30. De la actual saldrá una nueva relación de fuerzas, por lo pronto multilateral, con una mayor presencia de Asia, y sobre todo, nuevas teorías sociales y económicas que respondan mejor al mundo que está emergiendo. Mientras tanto, sin saber cómo capear el temporal, nuestros políticos se han quedado sin discurso, dispuestos incluso a recuperar un keynesianismo imposible en un mundo globalizado, conscientes de que en coyunturas que nadie puede ya prever, perderán el poder, o lo obtendrán, según lo señale la rueda de la fortuna.

Ignacio Sotelo


Clavos y martillos

Clavos y martillos

El jefe del Pentágono no quiere más dinero para su departamento, algo inusual en un político

"Cuando tienes un martillo, todo te parece un clavo". Éste es quizá el mejor epitafio de la política exterior seguida por Estados Unidos en los últimos años. Sin duda, el propio George W. Bush es un buen ejemplo de hasta qué punto la hipertrofia militar puede llegar a presionar el nervio óptico, nublando la visión. Hasta la propia Laura Bush, en una divertida intervención en la cena de corresponsales de la Casa Blanca hace un par de años, se permitió ironizar sobre la política exterior de su marido al relacionarla con su afición a la sierra eléctrica durante los fines de semana en el rancho de Crawford.

Con un presupuesto que representa más de la mitad del gasto mundial en defensa, no es extraño que Washington se haya acostumbrado a pensar que la solución militar puede resolver casi todos los problemas. Un dato revelador de este poderío: la Marina de guerra estadounidense es más grande que las 13 siguientes del mundo combinadas, y eso que 11 de ellas son aliadas.

Afortunadamente, la hipertrofia militar llega a su fin y el nervio óptico parece volver a funcionar. El secretario de Defensa Robert Gates, criticando a quienes piensan que la seguridad de Estados Unidos se compra con el presupuesto de defensa, ha dicho algo absolutamente inusual en un responsable político: que no quiere más dinero para su departamento. En su apoyo ha ofrecido un dato revelador: que el número de efectivos de las bandas musicales de las fuerzas armadas estadounidenses es superior al de los diplomáticos con los que cuenta el país. Gates prefiere que le den dinero al Departamento de Estado para contratar más diplomáticos con los que prevenir conflictos, mediar en procesos de paz, apoyar la reconstrucción posconflicto o lidiar con Estados fallidos. De hecho, los planes para la creación de una reserva o cuerpo de intervención civil, capaz de desplegarse en zonas de conflicto, están ya muy avanzados.

En el fondo, como no hay mal que por bien no venga, Irak ha constituido una enorme fuente de aprendizaje que va a ser decisiva para Obama a la hora de tratar con Afganistán: el nuevo manual de contrainsurgencia del Ejército estadounidense, elaborado por el general Petraeus, enfatiza la necesidad de utilizar la mínima fuerza y lo crucial que es apoyarse en las instituciones locales y los líderes comunitarios (Israel, que se asemeja a un Estados Unidos en miniatura, capaz de acogotar a todos sus vecinos a la vez, pero incapaz de ver más allá del humo de sus bombas debería, por cierto, prestar atención a este cambio doctrinal).

En las crónicas del periodista Seymour Hersh sobre la llegada al Pentágono del primer secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfeld, escuchamos a éste responder a las reticencias de los generales a ir a la guerra de Irak, diciéndoles que se avergüenza de ellos, que son el hazmerreír del mundo por no querer combatir pese a ser el Ejército más poderoso de la historia, en definitiva, que están clintonizados (sic). No deja de ser por ello una poderosa ironía que ahora la diplomacia estadounidense esté otra vez al mando de un(a) Clinton.

En su toma de posesión, Hillary Clinton ha zanjado el debate entre "poder blando" y "poder duro" haciendo suyo el nuevo término popularizado por el politólogo Joseph Nye: "Poder inteligente" (smart power). El concepto no hará carrera, ya que no añade nada, aunque sí tiene el valor de poner de manifiesto hasta dónde dejó llevar la estulticia el trío Bush-Cheney-Rumsfeld. Más valor tiene la visión planteada por Hillary de una política exterior basada en tres D: diplomacia, defensa y desarrollo, entendidas como elementos inseparables entre sí e íntimamente coordinadas en una estrategia nacional.

Los planteamientos de Gates y Clinton son el mejor exponente de hasta qué punto la manera de concebir y ejecutar la política exterior tiene que cambiar de forma radical si quiere adaptarse a un mundo tan complejo como en el que vivimos. Eso afecta a Estados Unidos especialmente, pero también a la UE, y cómo no, a España. Una diplomacia moderna requiere tener a mano no sólo más diplomáticos, sino también jueces, policías, ingenieros, cooperantes y mediadores culturales. También, por supuesto, unas fuerzas armadas modernas capaces de cooperar en la gestión de crisis y utilizar la fuerza selectiva y decisivamente allí donde sea necesario.

El debate sobre el poder inteligente ya está abierto en Estados Unidos: puestos a admirar a Obama, ¿por qué no lo ponemos también en marcha en España, donde diplomacia, defensa y desarrollo están escasamente integradas, en general poco o nada coordinadas, y normalmente carentes de la capacidad de reaccionar rápida y flexiblemente?

José Ignacio Torreblanca

Algunos males del sistema educativo

Algunos males del sistema educativo

Desde la reforma introducida por la LOGSE, el sistema educativo español hace agua por todas partes. Los resultados del Informe PISA, que sólo han sorprendido a los ingenuos, han dado lugar a reacciones de lo más variopintas. Unos opinan que la causa del bajo nivel de nuestros estudiantes está en los cambios sociales, otros en la presencia de inmigrantes, y otros en la poca formación de los padres. También hay quienes dicen que la cosa no es para tanto, y que las estadísticas hay que interpretarlas correctamente. Pero a nuestras autoridades educativas ni se les ocurre la posibilidad de que la causa pueda estar en una mala ley de educación. Eso ni se plantea, y la ministra del ramo sigue cantando alegremente las excelencias de nuestro sistema educativo.

En primer lugar, ¿hacían falta los datos que ofrece PISA para caer en la cuenta de nuestro desastre educativo? ¿Es que no podemos ver la realidad hasta que esté traducida en gráficos y estadísticas? Que la famosa reforma educativa es un disparate ya lo llevamos denunciando algunos desde hace tiempo (lo cual, por cierto, nos ha valido ser tachados de fascistas, reaccionarios y nostálgicos), y para ver por qué es un disparate no hace falta esperar a que los sociólogos de la educación hagan sus estadísticas y sus informes, basta con abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor. Hay alumnos que acaban la Educación Secundaria Obligatoria incapaces de operar con decimales, ignorando cosas muy elementales de geometría y, en algunos casos, sin saber la tabla de multiplicar. En muchas facultades de ciencias ha sido necesario implantar un curso cero, que se imparte durante septiembre, donde se enseñan cosas que antes sabía un estudiante corriente de 14 años. Y la necesidad de este curso no se hizo patente hasta que llegaron los primeros alumnos procedentes de la reforma. Que el gamberrismo e indisciplina en los institutos ha subido hasta cotas alarmantes es algo del dominio público, y del descenso del nivel de madurez de nuestros estudiantes hay pruebas cotidianas. No es insólito que un “niño” vaya con su mamá a matricularse a la facultad, y se han dado casos de alumnos universitarios que han ido a la revisión de notas acompañados de sus padres.

A propósito de todo esto, importa mucho aclarar una cosa: si los efectos de la reforma no son todavía más desastrosos, es porque los profesores hacemos bastante más de lo que estrictamente nos corresponde. E importa mucho aclararlo porque también hay quienes achacan el fracaso de nuestro sistema educativo a los profesores, “que no hemos sabido adecuar nuestra mentalidad a los nuevos tiem-pos”. Los alumnos llegan a primero de Bachillerato (que empieza a los 16 años) ignorando cosas muy básicas pero indispensables para seguir las asignaturas de matemáticas, de física o de latín. Cumpliendo rigurosamente con su deber, un profesor tendría que empezar por el primer tema dando por sabido todo lo que los alumnos tienen que saber. Y los que no lo sepan, que reclamen a la señora ministra, que mantiene un sistema que concede el título de ESO a quien no lo merece. Afortunadamente, no hacemos así, porque los alumnos son las víctimas del sistema, no los culpables, y casi todos los profesores, la mayoría de los que conozco, nos demoramos explicando cosas que no tenemos ya obligación de explicar en ese nivel. Si los docentes hiciéramos una huelga de celo, cumpliendo estrictamente con nuestras obligaciones pero nada más, el sistema se hundiría en muy poco tiempo. Por ello, la acusación de que los profesores no hemos sabido adaptarnos a la nueva situación es injusta, y también interesada, porque es otra manera más de los creadores del despropósito de eludir sus responsabilidades.

Los defensores de nuestro sistema educativo sostienen que, con todos sus defectos, consiguió escolarizar a todo el mundo. ¿Pero qué significa realmente “escolarizar”? Si un alumno está en una clase sin enterarse de nada porque tiene varias asignaturas pendientes del curso anterior, no está escolarizado, está encerrado entre cuatro paredes. Quien llega al final de la ESO redactando mal y escribiendo con faltas de ortografía, no ha estado escolarizado, ha estado encerrado entre cuatro paredes. Si un alumno quiere aprender pero no puede porque se lo impide el alboroto de algunos compañeros, no está escolarizado, está encerrado entre cuatro paredes. Un lugar donde los derechos de quienes no quieren aprender están más protegidos que los derechos de quienes sí quieren, sólo por abuso de lenguaje puede ser llamado centro educativo. Con el sistema anterior los alumnos acababan la enseñanza obligatoria a los 14 años mejor preparados que los que la acaban hoy a los 16. Que en más años se obtengan peores resultados no parece precisamente un progreso.

Entre los males de nuestro sistema está la proliferación de unos presuntos expertos que, usando un discurso vacío, están empeñados en intervenir en la formación de los docentes. Algunos de ellos son profesores de instituto que han desertado de la tiza y aprendido la jerga pedagógica. No tienen que soportar las consecuencias de sus propias teorías, pero se dedican a dar cursillos a quienes seguimos dando clase. Otros son profesores de Universidad, que jamás han trabajado con alumnos de instituto, pero que hablan del tema con el atrevimiento propio de los ignorantes. Veamos algunos ejemplos. Hay un sesudo pedagogo que afirmó que señalar en color rojo las faltas de un examen era vejatorio para el alumno, y otro, más inteligente todavía, que llegó a decir que los fallos y los errores son una expresión de la creatividad de los niños. Sé de otro, de la Universidad de Murcia, que impartiendo una conferencia sobre la educación para la salud, dijo que un profesor de física también podía contribuir a este aprendizaje estudiando en clase la elasticidad de los preservativos. En la Universidad de La Coruña hay quien sostiene que los profesores no entienden el mundo en que viven por culpa de su subconsciente franquista, y en la de Málaga quien afirma que, como los alumnos están colocados en hileras, la comunicación horizontal entre ellos es imposible. Este mismo profesor se lamenta de que el saber, en la escuela, es jerárquico y circula de modo descendente (¿qué tendrá de malo que los conocimientos vayan desde quien los tiene hacia quienes carecen de ellos?). Otro, éste de la Universidad de Zaragoza, dice que el profesor no debe ser quien detenta la ciencia dentro del aula, ni que su objetivo sea transmitirla a los alumnos (¿quién ha de “detentar” entonces la ciencia dentro del aula?).

Hay un profesor de la Universidad de Valencia que critica a los profesores porque no leemos libros de pedagogía. Esto es una buena noticia: mientras los docentes sigamos reacios a estas necedades, la cosa todavía puede tener solución. Pero lo más grave es que, si no se pone pronto remedio, de estos ignorantes dependerá aún más que hasta ahora la formación de los futuros profesores. Dios nos coja confesados.

Ricardo Moreno Castillo es profesor de instituto y autor de De la buena y la mala educación, Los Libros del Lince.