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De Atocha a Waziristán

De Atocha a Waziristán

En el mundo en el que vivimos, nuestra seguridad depende de una delgada y porosa línea: la que va desde las cámaras de seguridad de la estación de Atocha al despliegue de nuestras Fuerzas Armadas en Afganistán. Todos los eslabones de esa cadena, que incluye el régimen común de visados de la zona Schengen, la cooperación policial y judicial entre gobiernos y servicios de espionaje o el apoyo al Gobierno paquistaní para que pueda controlar las zonas, como Waziristán, donde supuestamente se refugian los líderes de Al Qaeda, son esenciales. Cuando uno de esos elementos falla o se rompe, nuestra seguridad queda comprometida.

Pero como muchos de esos eslabones son sumamente frágiles, nuestra seguridad nunca estará completamente garantizada. Hay quienes, en busca de certidumbre, optan por el aislamiento o, peor aún, deciden mirar hacia otro lado, dejando su seguridad en manos de otros o al azar de la ley de probabilidades. Se pueden repatriar las tropas, cerrar las fronteras, levantar muros, vigilar a los inmigrantes o deshacer los compromisos adquiridos con nuestros aliados, sí, pero ello no nos hará estar más seguros, ni tampoco ser más prósperos o más libres. Para España, desde luego, no hay opción: pese a la crisis, nuestro país se beneficia, y mucho de tener una posición global. Pero una posición global también implica responsabilidades globales, que no siempre son plato de gusto.

Alemania, por ejemplo, es uno de esos países que admirar. En razón de su pasado, tiene una enorme reticencia a utilizar sus Fuerzas Armadas en el exterior. Por eso, su compromiso con Afganistán adquiere especial relevancia. Estar en Afganistán es una muestra de solidaridad con los afganos, pero también una obligación con respecto a la seguridad de sus ciudadanos. Siguiendo esa lógica, el Gobierno de Angela Merkel ha decidido aumentar el contingente desplegado en Afganistán en mil efectivos, lo que eleva a 4.500 el número de militares alemanes destinados en ese país. Con esa decisión, Alemania se convierte en el tercer país en número de tropas, sólo por detrás de Estados Unidos y Reino Unido, y se suma a Francia, que también ha decidido aumentar su contingente.

La decisión de la canciller alemana refleja una enorme valentía. Por un lado, las encuestas muestran que dos de cada tres alemanes se oponen al despliegue. Por otro, la canciller gobierna en coalición con los socialdemócratas, mucho más tibios que los democristianos respecto al despliegue en Afganistán. "Puedo resistir todo, menos la tentación" dijo Oscar Wilde. Prueba de ello es que, con las elecciones a la vuelta de la esquina, los socios bávaros socialcristianos (CSU) han pedido a la canciller un calendario para la retirada de las tropas.

Afortunadamente, Angela Merkel no es mujer que ceda fácilmente en sus principios. Como viene demostrando en sus actuaciones respecto a Rusia, Estados Unidos, China, los Balcanes o el cambio climático, su mezcla de firmeza y pragmatismo, ambas cualidades esenciales en política exterior, tiene que ser observada con mucha atención, especialmente desde España, un país cuya política exterior se cuece con ingredientes similares en lo que se refiere tanto a la opinión pública como a la cultura de paz y de seguridad. En España, en concreto, el barómetro del Real Instituto Elcano muestra un deterioro significativo, de hasta 10 puntos, del apoyo de la opinión pública a la misión en Afganistán, misión que nunca ha sido muy popular.

Afganistán plantea un doble reto: allí y aquí. Allí, más que de una guerra, se trata de una tarea hercúlea: en un lugar donde ha predominado la violencia, el tribalismo, la pobreza, la corrupción, el fanatismo y el narcotráfico, crear las condiciones de seguridad en las que los afganos puedan construir un Estado mínimamente viable. Aquí, se trata de explicar a la opinión pública que su seguridad y la de los afganos es indivisible, es decir, que una no puede existir sin la otra y que, como ocurre con el calentamiento global, de nada sirve que uno se pase a las energías limpias si el vecino, mientras tanto, duplica sus emisiones contaminantes.

La paradoja de Afganistán es que se puede perder la guerra, pero no ganarla. Sólo una solución política que reparta el poder y a la vez integre y cohesione el país es viable, y sólo podrá ser llevada a cabo por los propios afganos. Pero eso requiere tiempo, paciencia y perseverancia (e incluso estar preparados para que la situación empeore más antes de que mejore). Por ello, la realidad es que, hoy por hoy, nuestro concurso, nos guste o no, no sólo es imprescindible, sino inevitable.

José Ignacio Torreblanca, del European Council on Foreign Relations.

Inventariar todos los muertos


Imaginemos otra transición; por ejemplo, que a la caída del general Franco tras una decisiva intervención de la Administración de Kennedy, un Gobierno provisional hubiera creado una comisión de la verdad para conocer todos los crímenes cometidos en España desde la rebelión militar del 18 de julio de 1936 hasta el 1 de abril de 1939 y toda la represión caída a partir de esa fecha sobre los vencidos. Imaginemos que esa comisión publicara el censo de todas las sacas, paseos, ejecuciones sumarísimas, asesinatos con tiro en la sien y enterramientos en fosas comunes, y que, en su loable decisión de conocer toda la verdad, estableciera también el censo de los culpables de sacas, paseos, ejecuciones y asesinatos.

Imaginemos que esa comisión hubiera llegado a la conclusión de que las matanzas de Sevilla y Badajoz fueron crímenes contra la humanidad y que las matanzas de Barcelona y de Madrid fueron también crímenes contra la humanidad. Imaginemos que para conocer toda la verdad, la comisión hubiera propuesto la apertura de un proceso penal contra las personas identificadas por testigos solventes o delatadas por su misma firma al pie de una orden de saca o de una sentencia inicua, y que un juez dotado de jurisdicción universal hubiera solicitado a esa comisión los censos de víctimas y las listas de sus victimarios y hubiera abierto procedimientos penales contra esas personas.

Todo eso es imaginable. Más aún, todo eso es lo que en estos días nos están sugiriendo los que comparan transiciones para insistir en que aquí no se hizo lo que en Suráfrica o en algunos Estados suramericanos. Y cuando, a renglón seguido, derivan la conclusión de que aquí fue el miedo y la amnesia lo que impidió constituir comisiones de la verdad. ¿El miedo, la amnesia, o más bien la memoria viva de lo ocurrido? Imaginemos la escena: en ese Gobierno provisional de coalición de todos los partidos se sentaban un católico, un carlista, un comunista, un socialista, un anarquista, un ex falangista devenido demócrata, un republicano, cada cual con la memoria viva, personal -nada de histórica-, de los crímenes cometidos por los otros contra los suyos: desde el 18 de julio de 1936, las llamadas al exterminio del enemigo no fueron exclusivas de nadie.

Se puede seguir imaginando lo que un Gobierno de esas características habría durado si su primera decisión no hubiera consistido en proclamar una amnistía general sobre el pasado. Ah, pero eso los iguala a todos, exclaman ahora los que no tienen de aquello memoria viva, sino sólo recuerdo de recuerdos como decía poéticamente Julio Caro. Esto iguala a todos, la famosa equidistancia, el "todos fuimos culpables" (frase por cierto que llegó del exilio, y no sólo de Vidarte, que así tituló su historia; a un católico de los años cincuenta ni se le habría ocurrido). Pues no, para nada: esto es simplemente que, cuando se renuncia a la creencia en la justicia de la historia, el crimen de lesa humanidad cometido por los rebeldes no legitima el régimen de terror impuesto por los revolucionarios.

No hubo Gobierno provisional ni comisión de la verdad. Pero hubo amnistía -dos amnistías, para ser exactos- que no cerró el conocimiento del pasado: desde los años de transición, decenas de historiadores han publicado listas y listas de sacados, paseados, ejecutados, asesinados. ¿Por qué, entonces, siguen cadáveres en las fosas? Pues porque los sucesivos Gobiernos, del PSOE y del PP, no cumplieron la obligación que les corresponde. Y en lugar de urgir ese cumplimiento, un juez de instrucción pide un censo de asesinados porque quiere saber si tiene competencia para... ¿para qué, si a nadie puede perseguir por la vía penal? Y ¿por qué un censo y no todos los censos? ¿Por qué no instruir una causa penal por todos los católicos asesinados por el solo hecho de serlo?

Un Estado democrático no puede llamar "asesinados" a las víctimas de la rebelión y "fallecidos" a las víctimas de la revolución, como hace la Junta de Andalucía para justificar una determinada política de la memoria. Un Estado democrático tiene que dar cuenta de todos los crímenes y, si puede, reparar todos los crímenes. Con eso hay que apechar. Por decirlo con Luis Rosales: "Porque tú tienes que ser justo / ésta es tu obligación: / tienes que inventariar todos los muertos que ha causado en el mundo la mirada antagónica". Inventariar todos los muertos: ésa es la primera tarea de un Estado de derecho si se decide a emprender políticas de memoria. No es la de un juez de instrucción 70 años después de cometidos los crímenes.

Santos Juliá

La Iglesia, entrañas y musculatura de Misericordia

La Iglesia, entrañas y musculatura de Misericordia

La cosa es sencilla. La Iglesia es la comunidad de los seguidores de Jesús, comunidad encarnada al servicio del Reino. Para ello, la Iglesia vive de los valores de Jesús, se alimenta de su cuerpo, comparte sus opciones, vibra con sus sueños, sintoniza con su Corazón.

Pero, ¿cómo es ese corazón de Jesús? Si hubiera que quedarse con una única palabra, diría que es un corazón misericordioso. Es decir, un corazón cercano, compasivo, amigable, servicial, atento, entrañable. La misma etimología latina de la palabra nos puede ayudar.
Miseri-cordia significa “corazón-en-la-miseria”. O sea, en sentido estricto, ser misericordioso supone poner el corazón en las miserias humanas de cada persona, en la miseria humana global. Es vibrar ante el sufrimiento, estremecerse, desgarrarse, sufrir, gritar, pelear contra esa misma miseria. Optar por los pobres y contra la pobreza.

Todo ello forma parte del paisaje cotidiano que vivimos como Iglesia. Constituye nuestra misma entraña, lo que mejor expresa qué es la Iglesia porque transparenta (aunque sea con grandes limitaciones) el mismo corazón de Jesús, la misma entraña de Dios Padre.

Al decir esto, pienso en las nueve familias que fueron desalojadas de sus casas demolidas en la Cañada Real Galiana de Madrid; en los 37 jóvenes bangladeshíes que, después de meses de lucha en Ceuta, lograron finalmente pasar a la península para poder rehacer aquí su vida; en la muchacha toxicómana que, cuando decidió dejar de ejercer la prostitución, no tenía un hogar donde vivir ni se veía con fuerzas ni apoyos suficientes para sostener su decisión. En esos casos, y en muchos otros, he podido constatar la respuesta de la Iglesia, encarnada en personas y comunidades concretas. Se trata de una respuesta cercana, atenta, servicial, gratuita. Una respuesta que muestra que somos una Iglesia con entrañas de misericordia.

O, mejor, que las entrañas de la Iglesia están hechas de misericordia encarnada.
Pero aún hay más. Estoy convencido de que estas entrañas de misericordia no bastan para describir lo que es y lo que debe ser nuestra Iglesia. Hace falta también desarrollar una cierta “musculatura de misericordia”. Es decir, estamos llamados a cultivar no sólo la ternura de la acogida, sino también la fortaleza para acoger. Y, junto a ello, necesitamos creatividad, estructura organizativa, esfuerzo sostenido, tejido articulado... y otros rasgos que nos permiten ser una comunidad tiernamente eficaz al servicio de las personas que sufren. Una Iglesia con entrañas y musculatura de misericordia. La cosa es sencilla y, a la vez, compleja.

Daniel Izuzquiza, sj

Solidaridad en tiempos de crisis

Solidaridad en tiempos de crisis


La actual crisis económica hace que todos nos replanteemos nuestro presupuesto y busquemos sacarle el mejor partido a nuestros recursos económicos. Familias, empresas y organizaciones reducimos nuestros gastos para afrontar los próximos meses, esperando que esta situación temporal cambie lo antes posible. En momentos así es cuando más valor tiene la solidaridad. Ahora se evidencia realmente nuestra generosidad con los más necesitados, los más vulnerables. Ahora más que nunca debemos dedicar el dinero a lo que de verdad vale la pena. En época de bonanza económica, cuando el donativo no supone ninguna renuncia, cualquiera puede ser solidario, pero el compromiso auténtico, la verdadera solidaridad, se demuestra cuando las cosas no van tan bien y, a pesar de ello, seguimos esforzándonos por ayudar a quien lo necesita.
Por ello es tan importante en estos tiempos de preocupación por el futuro seguir informando y concienciando de la pobreza y la precariedad en que viven millones de personas (en el tercer mundo, pero también en el primero). La crisis económica no solo es una realidad para nosotros: lo es para todas las personas en los países del sur, que por la subida de precios de los alimentos han pasado de dos comidas al día a una, han retirado a sus hijos de la escuela o han renunciado a unas medicinas que ya no pueden pagar.

LA TELEVISIÓN ha mostrado estas últimas semanas las tormentas y huracanes que han azotado sin piedad el Caribe, causando cientos de muertos y miles de desplazados solo en Haití. Como cada año, llueve sobre mojado en el país más pobre de América. La diferencia esta vez es que Haití estaba ya al borde del colapso mucho antes de que llegaran las inundaciones. En abril, la crisis alimentaria provocó disturbios en la capital, Puerto Príncipe, que se saldaron con cinco muertos y la dimisión del primer ministro. La lluvia que ha caído sin pausa estas semanas no solo ha destrozado las infraestructuras de por sí endebles del país, sino que ha inundado el valle Artibonite, en el que se cultiva el 80% del arroz haitiano, justo cuando llegaba la hora de la cosecha. Así que los precios, ya de por sí muy altos, seguirán subiendo sin respiro.

Quizá la población consuma ahora pasteles de barro, que desde hace un cierto tiempo forman parte de la dieta habitual en uno de los barrios de chabolas de la capital, el mal llamado Cité du Soleil. Es el único alimento que escapa a la tendencia inflacionista. En situaciones como esta, la comunidad internacional debe actuar a tiempo y proporcionar la ayuda necesaria para reconstruir el país y, ante todo, para alimentar a la población. ¿O es posible escudarse en la crisis económica global para no actuar ante una catástrofe humanitaria local de esta envergadura?

En los últimos meses también nos ha llegado a través de los medios la peor cara de Etiopía: la de la desnutrición. En las áreas afectadas por la sequía, las familias etíopes ignoran la crisis mundial y sus causas. Lo que conocen bien son sus efectos. En el último año, las lluvias escasearon en muchas zonas de las regiones de Afar, Somalí, Oromya y Sur. Encima, el precio de los cereales se disparó, lo que privó a muchos de su alimento principal. En los mercados el precio del teff, el cereal con que se prepara el pan básico del país, ha aumentado casi un 40%.

Así que la principal preocupación de las familias, sobre todo en las zonas rurales, es conseguir comida para el día siguiente. Han perdido cosecha tras cosecha y tampoco se han salvado los animales, el principal medio de vida de estas comunidades dedicadas mayoritariamente al pastoreo. Según el Programa Mundial de Alimentos, hay 10 millones de afectados por la crisis. Dentro de un mes empieza la cosecha, pero por casi todo el país los campos siguen secos. La poca lluvia de los últimos meses apenas ayudará a una minoría. La gran mayoría de etíopes seguirán obligados a esperar la ayuda internacional, que tarda en llegar y que también se ve afectada por los precios del mercado: si los presupuestos destinados a ayuda humanitaria y cooperación no aumentan, pero los precios de los alimentos se triplican, una organización que antes repartía tres sacos de trigo hoy estará dando tan solo uno.

SON SOLO dos claros ejemplos que ilustran una situación muy grave que no podemos ignorar. Girar la vista y centrarnos en nuestros problemas domésticos no es admisible. La solidaridad es un valor humano que todos debemos mantener en momentos así, cuando es más necesaria que nunca. Si, después de revisar su presupuesto familiar, algún donante se ve obligado a reducir parcialmente sus donativos o su tiempo, que no su compromiso, las organizaciones nos habremos de adaptar al nuevo escenario. Pero me preocupan especialmente en esta situación los avisos de diversos estamentos gubernamentales y autonómicos que apuntan a retrasos en los compromisos de alcanzar a medio plazo porcentajes de ayuda del 0,7%. En Intermón Oxfam y en muchas otras organizaciones trabajamos cada día para que la situación de muchas personas pueda mejorar. Personas que luchan por su supervivencia y por acceder a una vida digna, para sí y para sus hijos. La dignidad humana es una constante, no depende de la coyuntura. La auténtica solidaridad, tampoco.

Arianne Arpa es directora general de Intermón Oxfam.

La revolución verde de Putin, Ahmadineyad y Chávez

La revolución verde de Putin, Ahmadineyad y Chávez


Vladímir Putin, Mahmud Ahmadineyad y Hugo Chávez han sido descritos de muchas maneras. Pero nunca como paladines en la lucha contra el calentamiento global. La sorpresa es que, sin proponérselo, en eso se están convirtiendo. Sus agresivas conductas internacionales están creando más incentivos que nunca para que el mundo busque aceleradamente alternativas al petróleo. Y un mundo que depende menos de los hidrocarburos es un mundo más limpio.

Todo esto ni va a pasar pronto ni va a ser fácil. Pero gracias a las ambiciones de Putin, Ahmadineyad y Chávez va a pasar más rápido. Usar el petróleo para ganar influencia mundial es normal y todos los países petroleros lo han hecho. Usarlo de manera desmedida, como lo hacen estos tres peligrosos personajes, inevitablemente genera reacciones destinadas a impedir que sigan teniendo la influencia que han alcanzado gracias al petróleo.

Por supuesto que en todo esto la preocupación mayor es Putin, ya que el poder real que tiene Ahmadineyad en Irán es limitado y de Chávez ya sabemos que su boca y su bolsillo son mucho más grandes que su capacidad para hacer lo que dice. Pero Putin es lo contrario de Chávez: habla poco y hace mucho. Y en contraste con Ahmadineyad, que es presidente pero manda poco, Putin ya no es presidente, pero es quien sigue mandando en Rusia.

Y últimamente la conducta rusa ha hecho sonar las alarmas en Washington y otras capitales de Europa y Asia. No es sólo la propensión rusa a cortar arbitrariamente el suministro de gas a Europa o a países vecinos con los que tiene diferencias. También alarma su venta de armas avanzadas a Irán, Siria y Venezuela, su veto en las Naciones Unidas a las sanciones contra Zimbabue, la declaración de un general ruso que Polonia volvería a estar incluida en los blancos de sus misiles nucleares, la toma forzada de empresas extranjeras como TNK-BP y otras, el asesinato de enemigos en otros países (¡y en Rusia!), la agresividad hacia países como Ucrania, Estonia o Lituania y, por supuesto, la reacción contra Georgia. Todos éstos son síntomas de tendencias negativas que, de intensificarse, van a acelerar la búsqueda de estrategias para contrarrestarlas. Y una de las estrategias obvias es disminuir el consumo y los precios de lo único importante que exportan países como Rusia (o Irán, o Venezuela): el petróleo.

Gracias a su desmedida búsqueda de protagonismo internacional, Putin, Ahmadineyad y Chávez están corriendo el riesgo de matar la gallina que les pone los huevos de oro: el ávido mercado petrolero mundial que garantiza ingentes recursos a los países con la suerte de tenerlo en abundancia. Los países petroleros árabes, por ejemplo, entendieron la importancia de cuidar la salud de la gallina dorada después de que, en 1973, impusieran por motivos políticos un embargo petrolero a Estados Unidos y Europa. El embargo estimuló la adopción de todo tipo de políticas en los países consumidores (conservación, incentivos a la producción, aumentos de eficiencia, búsqueda de alternativas, etcétera) que rápidamente llevó a los grandes exportadores petroleros de Oriente Próximo a suspender el embargo y, de allí en adelante, a nunca darle razones a los consumidores para ahorrar energía o invertir en fuentes alternativas. Pero los grandes exportadores petroleros no sólo fueron cuidadosos con respecto a sus políticas de precios; también lo fueron en su manera de intervenir en la política mundial. Si bien ocasionalmente algunos de ellos, como Irán o Libia, se alejaban de la cautelosa postura, en general la estrategia funcionó bien durante décadas: logró que los países consumidores se despreocuparan de su enorme vulnerabilidad a las decisiones de un pequeño grupo de naciones autocráticas y volátiles.

Pero la combinación de los dolorosos aumentos de precios con las bravuconadas de Putin, Ahmadineyad y Chávez han desencadenado poderosas fuerzas (políticas, económicas, tecnológicas) en los países consumidores, especialmente en Estados Unidos, que luchan por disminuir su vulnerabilidad energética.

Es imposible no reaccionar al enterarse de que, cuando el precio del petróleo saltó de 23 dólares por barril en 2002 a más de 100 este año, se produjo -y se sigue produciendo- la mayor transferencia de riqueza en la historia de la humanidad y que esa riqueza está cayendo en manos de gente como Putin y Chávez o en las de quienes, como Ahmadineyad, ayudan a financiar el terrorismo fundamentalista islámico.

Ahmed Zaki Yamani, un experto petrolero saudita, dijo una vez que la edad de piedra no terminó porque se acabaron las piedras. La era del petróleo se va a acabar antes de que acabe el petróleo. Y eso se lo deberemos en parte a que los autócratas petroleros ayudaron a despertar al mundo de su largo y peligroso letargo energético.

Moisés Naím

Claves electorales americanas

Claves electorales americanas


Decía Julián Marías -y su reflexión sigue siendo válida- que los americanos no estaban preparados aún para la filosofía. Los americanos -al contrario de lo que hacen, según Ortega, los argentinos- siempre «están a las cosas». No al porqué de las cosas, sino a su para qué. No tienen todavía como pueblo el grado de escepticismo y de relativismo del mundo europeo, ni su larga experiencia histórica, ni sus encantos y desencantos intelectuales y sociales, ni tampoco su pereza profunda. Son un pueblo joven, vivo, fuerte, optimista, sanamente ingenuo, todavía inexperto para aquellos temas en los que se requiere una lenta maduración, pero tremendamente capaz en casi todos los demás terrenos.

Esa es la diferencia básica que siempre hay que recordar cuando se intentan juzgar desde Europa los acontecimientos en los Estados Unidos. Es, como suele decirse, «otro mundo» y no hay que empeñarse por lo tanto en interpretar su realidad utilizando exclusivamente nuestra óptica y nuestros valores. No podemos inventarnos una América que no existe. Los americanos tienen -y eso es decisivo en términos sociológicos- un concepto substancialmente distinto del papel del Estado y de la sociedad civil en la vida de la ciudadanía y son en concreto, no un poco, sino mucho más conservadores, mucho más patriotas y mucho más religiosos que los europeos. Todo eso justifica y explica actitudes, preferencias y reacciones que en Europa nos cuesta entender con justeza. Pongamos, por ejemplo, las distintas valoraciones sobre la elección de Sarah Palin como candidata a vicepresidente con McCain, una mujer que defiende -al más puro estilo de los «neocons»- un americanismo en su versión más nítida y radical y que exhibe con orgullo, sin el más leve pudor, todos sus convencimientos y dogmatismos religiosos, sociales y políticos, lo cual le hace conectar bien -por eso fue la elegida- con un amplio sector de votantes conservadores en las distintas capas sociales.

En las últimas elecciones presidenciales, George W. Bush ganó con sorprendente facilidad al Senador Kerry a pesar de la mala situación económica del país y de la ya entonces complicada situación de la guerra de Irak, porque supo, de un lado, capitalizar, -a veces de forma abusiva- la prioridad absoluta de la seguridad nacional frente a cualquier otro argumento, y de otro, porque incidió con éxito en la escasa capacidad de su oponente para afrontar estos problemas. En la actualidad la situación económica ha empeorado gravemente y la guerra de Irak se ha convertido en un ejemplo perfecto de «desastre esplendoroso». ¿Cuál puede ser ahora la salida para la candidatura republicana? La respuesta es clara. La seguridad nacional volverá a ser un eje clave de la campaña. McCain está haciendo y hará todo lo posible para alejarse y desentenderse de la herencia del presidente Bush pero, al igual que él, se presentará como el único capacitado para garantizar esa seguridad, magnificando los viejos y los nuevos riesgos y entre estos últimos el que está planteando recientemente una nueva Rusia cada vez más fuerte, más ambiciosa y más agresiva. Esta nueva contienda -tómese nota- será, sin duda, positiva para McCain que concentrará su dialéctica, como hizo Bush con Kerry, en la inexperiencia y la ineptitud de Barack Obama. ¿Volvemos pues a lo mismo? ¿Se repetirá la historia? Entra dentro, muy dentro, de lo posible. Pero…

América no está en su mejor momento. A pesar del éxito inicial del dramático plan de salvamento que han puesto en marcha, la situación económica es ciertamente inquietante y no parece que tenga soluciones fáciles, y aún menos rápidas. El mundo financiero americano es además consciente -aunque ello no les preocupe en exceso- de su responsabilidad a escala mundial. Por otra parte, el trauma del 11S -un trauma que los europeos nunca hemos sabido valorar e interpretar correctamente- empieza a perder, aunque sea levemente, su vigor y su impacto emocional y la manipulación demagógica de los riesgos exteriores ya no va a ser tan fácil, ni tan efectiva electoralmente. El mismo argumento de la inexperiencia puede volverse en contra de quien lo utilice. McCain, decía un analista político, tiene «un exceso de experiencia demasiado antigua» que podría resultar más peligroso que el «defecto inicial» de Obama. Kennedy y Clinton, -añadía- también fueron acusados de jóvenes inexpertos.

Todas estas consideraciones pueden ayudar significativamente a Obama pero lo que más va a beneficiarle es la sensación colectiva generalizada de que América tiene que abrir una nueva página histórica y buscar -como propuso en su tiempo Kennedy- una «nueva frontera». El lema sobre el cambio con que inició su campaña Obama es todo un acierto. En estas elecciones se han ido abriendo todas las cajas de Pandora posibles. De unas elecciones reservadas exclusivamente a candidatos blancos varones anglosajones hemos pasado en el 2008 a dos candidaturas de hispanos, un afroamericano -¡todavía hay gente que no se lo cree!- y una mujer, Hillary Clinton, que ha estado muy cerca de alcanzar la nominación, lo cual en los Estados Unidos tiene mucho más valor sociológico que en Europa. A partir de ahora todos los escenarios electorales van a ser posibles en una sociedad que necesita, en efecto, superar una etapa presidencial que ha sido profundamente negativa, tanto para la credibilidad económica como para la imagen exterior de los Estados Unidos, en donde se han alcanzado récords históricos de antiamericanismo, un tema que ya empieza a sensibilizar y a preocupar a su ciudadanía.

La capacidad americana para afrontar situaciones difíciles ha sido hasta el momento admirable. Cuando se ponen a ello, y ya lo están, saben reconocer los errores, establecer estrategias y sobre todo adecuar los medios a los objetivos hasta lograr que las fuerzas del mercado vuelvan a funcionar con naturalidad y eficacia. Así lo hicieron con las burbujas tecnológica y contable y así lo harán con la burbuja inmobiliaria aún cuando ésta sea -nadie debe dudarlo- más intensa, más extensa y más peligrosa que las anteriores. Hay que apostar decididamente a favor de una salida positiva e incluso saludable de esta encrucijada económica que ha venido a coincidir, desafortunadamente, con un proceso electoral complejo y delicado en el que todavía nos esperan algunas sorpresas.

Lo importante ahora será que un país decisivo para el mundo, una vez superada esta situación, aproveche la dura experiencia para modificar ciertos comportamientos y rectificar algunas conductas y en especial las relativas a su pasión por el unilateralismo y a sus tentaciones autárquicas y aislacionistas que siempre han carecido de justificación pero que en estos momentos son verdaderamente inaceptables.

Obama o McCain tendrán que asumir que su país puede y debe liderar un proceso de globalización en donde tendrán que aceptar y apoyar unas instituciones globales que operen con capacidad de acción y la debida independencia. Los patriotismos y los nacionalismos de todo orden no pueden impedir que se avance con fuerza en una gobernanza global civilizada, ética y solidaria. Ese es el verdadero «gran paso» que necesita la humanidad. Y sobre eso -aunque no sean enteramente conscientes de ello- van a votar los americanos en las elecciones de Noviembre.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

Estamos peor preparados

Estamos peor preparados

El 80% de los jóvenes de la Unión Europea entre 25 y 34 años tiene bachillerato superior o formación profesional superior. En Alemania es el 84%, y en Francia, el 82%, igual que en Irlanda. En España no supera el 64%. Es decir, existe un desfase de nada menos que 20 puntos con Alemania y de 16 con la media europea. No estamos hablando de bajos niveles educativos heredados del franquismo (en el tramo de edad entre 55 y 64 años, la diferencia con Alemania llega a unos escalofriantes 52 puntos). No, esto son datos que se refieren a jóvenes europeos en plena vida laboral.

Dicho pronto y sin tapujos: los españoles en edad de trabajar tienen un nivel educativo inferior, saben menos cosas y están sensiblemente menos preparados que la media de los trabajadores europeos de su misma generación. Son pésimas noticias que, sin embargo, no parecen poner nervioso a nadie en este país. Estamos encantados de habernos conocido, de nuestros progresos y de nuestra elevada población universitaria (superior incluso a la media de la UE). Pero todos los expertos saben que vamos demasiado despacio en educación secundaria superior y que es precisamente ahí donde se juega el futuro.

Es curioso, porque los ciudadanos que escucharon a sus representantes en el Congreso de los Diputados el pasado miércoles a propósito de la crisis económica podrían haber sacado otra conclusión. De hecho, en lo único en que todos ellos parecieron estar de acuerdo es en que España necesita un cambio en el modelo de crecimiento, de manera que no se base muy preferentemente en el sector inmobiliario, sino en áreas más relacionadas con el conocimiento, el desarrollo y la investigación. Todos ellos deben ser conscientes de que no hay forma de cambiar el modelo de crecimiento sin cambiar, precisamente, ese pésimo dato educativo. No podemos competir con el resto de Europa si la realidad sigue siendo la que es: sabemos menos y estamos menos preparados.

Nadie habló de esto en el debate parlamentario del miércoles. Nadie anunció ni exigió que la crisis y los recortes presupuestarios que, sin duda, habrá que soportar el año que viene, no afecten a la inversión en educación (que sigue estando por debajo de la media de la OCDE). Nadie pidió que, bien al contrario, se realice un esfuerzo suplementario, sacando el dinero de donde haga falta, incluso aumentando el déficit, para reactivar todos los planes educativos y apostar por una educación secundaria superior, que sea capaz de acortar esas distancias a plazo fijo. Nadie analizó la crisis desde este punto de vista y nadie llamó la atención sobre lo que deberían ser dos objetivos inmediatos e insoslayables: reducir el abandono escolar (un 30% de los chicos y chicas españoles no consigue alcanzar los niveles de ESO, la enseñanza obligatoria) y aumentar el número de muchachos y muchachas que se apuntan y superan la enseñanza secundaria superior, sea en bachillerato, sea en formación profesional. Sin eso, sin corregir esos dos datos, no será posible adaptarse a la nueva sociedad globalizada, ni aumentar la famosa productividad, ni hacer frente a futuras crisis.

Los datos hechos públicos esta semana por la OCDE son preocupantes: una quinta parte de la población española entre 15 y 19 años no recibe ningún tipo de formación, el octavo porcentaje más alto de toda la OCDE (el 20,5% de jóvenes españoles frente al 12,5% de media de la Unión Europea). Y lo que es peor: "Un examen detenido de la tendencia en esos datos en el periodo 1995-2006 indica que las mejoras son muy lentas (dos puntos en diez años)".

La única alegría entre tanta estadística adversa es la que proporciona saber que España ofrece un acceso a la educación secundaria y universitaria más equitativa que muchos otros países del mundo, incluidos Francia o Alemania. El 40% de los estudiantes en educación superior procede de familias definidas como blue collar; es decir, trabajadoras. Quiere decirse que, desde ese punto de vista, la movilidad intergeneracional española es considerable.

Soledad Gallego-Díaz

El tren descontrolado del mundo

El tren descontrolado del mundo

La economía mundial es un tren descontrolado que empieza a frenar, pero no con suficiente rapidez. Eso es lo que nos grita el extraordinario aumento de precios del petróleo, los metales y los alimentos al que estamos asistiendo. La espectacular e histórica prosperidad económica mundial de los últimos seis años está a punto de estrellarse contra una pared. Por desgracia, nadie, desde luego no en Asia o en Estados Unidos, parece estar por la labor de hacer de tripas corazón y ayudar a idear el necesario repliegue coordinado hacia un crecimiento sostenido por debajo de la tendencia, lo cual es necesario para que nuevos suministros y alternativas de materias primas puedan ponerse a la altura de la demanda.

Sin embargo, los gobiernos se empeñan en estirar unos auges insostenibles, impulsando aún más los precios de las materias primas y aumentando el riesgo de que se produzca uno de esos caos financieros y económicos que sólo se viven una vez. Todo esto no tiene por qué acabar de manera horrible, pero los políticos de la mayoría de las regiones del mundo tienen que empezar a pisar con fuerza los frenos, no el acelerador.

No miren hacia Estados Unidos en busca de liderazgo en un año de elecciones presidenciales. Por el contrario, el Gobierno estadounidense ha estado entregando cheques de devoluciones fiscales para que los estadounidenses compren hasta la extenuación, y ahora el Congreso habla de seguir.

No miren tampoco hacia los nuevos mercados. Desesperados por mantener el tirón político y económico, casi todos han tomado una serie de medidas para evitar que sus economías sufran de lleno el golpe de las fuertes subidas de precio de los productos básicos. A consecuencia de ello, estos precios están consumiendo los colchones fiscales en lugar de reducir la demanda.

Me desconcierta que tantos expertos económicos parezcan pensar que la solución es que todos los gobiernos, ricos y pobres, repartan más cheques y subvenciones para que siga la expansión económica. La política keynesiana de estímulos podría contribuir a aliviar un poco a algún país que actúe por su cuenta. Pero si todos los países intentan estimular el consumo al mismo tiempo, no funcionará.

Un aumento general de la demanda mundial se traducirá sencillamente en una subida de precios de las materias primas, y tendrá poco efecto útil para el consumo. ¿No es esto evidente? Sí, sigue habiendo crisis financiera en Estados Unidos, pero cebar la inflación es un modo increíblemente injusto e ineficaz de enfrentarse a ella.

Algunos gobernadores de bancos centrales nos dicen que no nos preocupemos, porque serán mucho más disciplinados que los bancos centrales de la década de 1970, cuando el mundo afrontó una subida de precios similar de los productos básicos. Pero esta vez es distinto. El problema de las materias primas nos ha pillado por sorpresa, a pesar de las notables reformas institucionales de la política macroeconómica en todo el mundo.

La afluencia histórica de nuevos participantes en la población activa mundial, todos los cuales aspiran a los niveles de consumo occidentales, está llevando el crecimiento mundial más allá del marcador de seguridad del velocímetro. En consecuencia, la limitación de los recursos naturales que antes esperábamos que terminara hacia mediados del actual siglo XXI nos está golpeando ahora.

Espere un segundo, dirán ustedes. ¿Por qué no pueden nuestras economías de mercado tan maravillosamente flexibles capear el temporal? ¿No harán los precios elevados que las personas limiten el consumo y busquen nuevas fuentes de suministro?

Sí, y eso es lo que acabó ocurriendo con los suministros de energía en la década de los años ochenta del pasado siglo. Pero el proceso lleva tiempo, y, debido al peso creciente en el consumo mundial de unas economías de mercado emergentes relativamente inflexibles, el ajuste probablemente llevará más tiempo que hace unas décadas.

Por diversas razones, la mayoría relacionadas con la intervención estatal, no se puede decir que muchas economías de mercado emergentes tengan una demanda de recursos flexible, de modo que los picos de los precios no están teniendo consecuencias especialmente apreciables sobre la demanda.

Los gobernadores de bancos centrales que nos dicen que no nos preocupemos por la inflación señalan la relativa estabilidad de los salarios. Por lo general las expansiones empiezan a paralizarse cuando la mano de obra se vuelve demasiado escasa y demasiado cara. Pero la actual expansión se sale de lo normal porque, debido a circunstancias únicas (en la época moderna), las restricciones del trabajo no son el problema. Por el contrario, la población activa real del planeta sigue aumentando.

No, esta vez, los recursos de materias primas son la principal restricción, y no un problema secundario, como en el pasado. Por eso los precios de estas mercancías seguirán subiendo hasta que el crecimiento mundial se ralentice durante el tiempo suficiente como para que nuevas ofertas y nuevas opciones de ahorro se pongan a la altura de la demanda.

Esta economía mundial convertida en tren descontrolado tiene todos los visos de una gigantesca crisis -financiera, política y económica- en ciernes. ¿Encontrarán los políticos un modo de alcanzar la coordinación internacional necesaria? Hay que empezar por hacer un diagnóstico correcto. El mundo en su totalidad debe endurecer su política monetaria y fiscal. Es hora de pisar el freno de este tren descontrolado, antes de que sea demasiado tarde.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública de la Universidad de Harvard y ex jefe de economistas del Fondo Monetario Internacional.