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El hospital enfermo

El hospital enfermo

Los grandes hospitales públicos españoles y la medicina que en ellos se imparte han mejorado extraordinariamente en las últimas dos décadas. Sin embargo, a diferencia de otras organizaciones, estos centros son unas estructuras tan complejas y faltas de definición que carecen de transparencia. Ahora sabemos que muchos de esos hospitales están también enfermos. Los hospitales públicos son probablemente las estructuras más complejas de nuestro país por varias razones. Primero, los tres objetivos de atención sanitaria, docencia e investigación viven en conflicto. Segundo, el hospital tiene una gran concentración de profesionales bien formados que usan las instalaciones del hospital e incurren en gastos sin una relación contractual específica para ello. Y, tercero, el producto final de un hospital es la mejoría de la salud, algo difícil de definir en muchos casos y más difícil todavía de medir.

La escasa visión empresarial de los hospitales se ha hecho mucho más laberíntica hoy día. Los actuales hospitales públicos universitarios no sólo incluyen el hospital o área de salud, sino que se han vinculado a las universidades y han incorporado unidades o institutos de investigación y espacios para la docencia. A pesar de ello, no son muchos los gerentes y directores médicos que conocen completamente todo lo que esto representa de riqueza para el Sistema Nacional de Salud (SNS) y siguen dirigiendo estos centros sin nuevas ideas, sin un plan de salud conocido por la sociedad, sin saber adónde vamos y sin que se vislumbre a nadie capaz de inspirar confianza ni en el presente ni en el futuro. Muchos de esos nuevos gerentes y directores gestionan el hospital sin pedir la colaboración participativa de los especialistas y sentados en el vértice de una pirámide que sólo existe en su imaginación. De hecho, en el hospital enfermo se respira una atmósfera de confrontación entre los profesionales sanitarios y la mala hierba se expande con una facilidad asombrosa.

El SNS no sólo está agotado, sino que ha agotado a sus profesionales sanitarios. Existen una serie de situaciones que han conducido a este agotamiento y que deberían hacer reflexionar a los dirigentes y planificadores sanitarios. Los hospitales de hoy son como el cielo nocturno: vemos pocas estrellas y las agrupamos en constelaciones míticas, pero lo que es principalmente visible es la oscuridad. Cuando entras en cualquier hospital del territorio nacional tienes la sensación de que ya los has visto todos. Los grandes hospitales públicos son uno de los mayores recursos que tiene nuestro país, pero funcionan en horario de ventanilla y siguen sin cubrir las expectativas de la población. A diferencia de las grandes empresas del país, los hospitales están desestructurados: los gerentes y directores son elegidos por el poder político y, en muchas ocasiones, carecen de liderazgo y de la suficiente formación acreditada en gestión; se ignora, no se valora y no se honra el trabajo que muchos especialistas han desarrollado durante años para mejorar la calidad de la medicina; no llega a haber diferencias sustanciales a nivel laborar o económico entre los que realizan una labor extraordinaria y los que no funcionan o pudren la propia organización; se contrata indiscriminadamente a especialistas sin que haya un proceso abierto de selección competitiva, que es práctica habitual en otras actividades de gran cualificación en nuestro país (gracias a las convocatorias de las décadas de 1970 y 1980, la mayoría de los grandes hospitales públicos españoles cuentan hoy con excelentes médicos que ejercían en otros hospitales del país o del extranjero).

Por otro lado, la elección a dedo, endogámica, irracional y política de algunos jefes de servicios hospitalarios (algo inconcebible e intolerable en EE UU, Canadá y en los países europeos más avanzados) es una práctica frecuente, escandalosa y devastadora para un hospital. Es una tragedia que atenta contra los principios que regulan la igualdad de oportunidades, la concurrencia competitiva y la valoración de la competencia profesional, el liderazgo y muchas otras capacidades necesarias para dirigir un servicio hospitalario y poder continuar o mejorar el legado de los que les precedieron. En muchos casos se nombra a alguien afín a la dirección del hospital en lugar de dejar de forma transitoria las riendas del servicio en manos de alguno de los profesionales con mayor experiencia y liderazgo dentro del propio servicio, mientras se inicia el proceso de búsqueda y selección del candidato más adecuado, proceso que en algunos casos puede tomar más de un año, algo bastante común en los hospitales anglosajones.

Estamos ante un momento muy crítico para que se redefinan estas instituciones y sigan las directrices que sanitaria, docente y científicamente llevan a cabo otros países europeos con sistemas nacionales de salud. Los grandes hospitales públicos perdurarán, pero sólo a través de una mejor organización, reestructuración y recuperación de sus objetivos aseguraremos la calidad de la atención sanitaria, elemento clave del contrato que mantienen con los ciudadanos. Si no aplicamos esos cambios de forma urgente, el hospital enfermo enfermará aún más y se pudrirá sin remedio. Llegados a ese extremo, se necesitaría más de una década para reanimarlo, pero, para entonces, se habrá perdido el legado que dejaron los grandes especialistas que trabajaron en esos hospitales en los últimos 30 años para mejorar la atención al enfermo, dar formación de excelencia y crear nuevos conocimientos científicos.

Jesús Villar es coordinador de la Red de Investigación Traslacional en Disfunción Orgánica en el Hospital Universitario Doctor Negrín de Las Palmas de Gran Canaria.

Europa necesita un relato

Europa necesita un relato


El europeísmo debe renovar su medio y su mensaje. Le hacen falta historias y símbolos, también saber movilizar las emociones. Su aire frío, elitista, burocrático le hace perder la batalla contra los euroescépticos

Levantemos Europa!", arengaba Churchill tras la Segunda Guerra Mundial. Y añadía: "Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la felicidad, la prosperidad y la gloria que disfrutarían sus 300 o 400 millones de habitantes, no tendría límites". Unos 62 años después esa unión soñada por Churchill y tantos otros es aún muy imperfecta. Aún hay mucho que hacer.

La lentitud del proceso de construcción de la Unión Europea, que ahora casi es letargo, tiene múltiples y conocidas causas. Pero también es el resultado de algo menos evidente: la ausencia de un relato compartido por los europeos. Europa tiene una larguísima historia común, pero los europeos no lo saben, porque en su memoria están frescos los enfrentamientos internos. Europa tiene un himno común, pero es desconocido para la mayoría, que ni lo escucha ni lo honra. Europa tiene una bandera conocida, pero su uso es irregular, y el ciudadano apenas la ve en las matrículas de los vehículos y en los carteles de obras financiadas con fondos comunitarios. Muchos se ofenderían más si vieran quemar la enseña de su equipo de fútbol que si vieran quemar la de las doce estrellas.

La Unión Europea ejerce una influencia positiva, directa y tangible en la vida de todos los ciudadanos de la Unión, pero las instituciones europeas resultan incomprensibles, burocráticas, elitistas o irrelevantes. Existe un Día de Europa, pero pasa desapercibido para la mayoría. Tan sólo en algunas ocasiones concretas y pintorescas existe un sentimiento europeo como telón de fondo: por ejemplo, la noche que se celebra el festival de Eurovisión o durante la celebración de la Eurocopa de fútbol (y entonces se suman a la fiesta países que no son de la Unión; son competiciones de la Europa geográfica, que no de la Unión de ciudadanos con valores comunes). Europa tampoco tiene antagonista: en los dos últimos siglos no ha luchado unida en ninguna causa. Al contrario, ha sido el escenario de luchas brutales en su propio seno.

Eric Hobsbawm, en una conferencia publicada en Le Monde, lo resume muy bien: "Los europeos no se identifican con su continente. Incluso entre aquellos que llevan una vida realmente transnacional, la identificación primaria sigue siendo nacional. Europa está más presente en la vida práctica de los europeos que en su vida afectiva".

Esto no es sorprendente. Hasta hace sólo 50 la historia de Europa fue la de los Estados-nación, la de las dos guerras mundiales y la de los nacionalismos. Al comenzar el proceso de construcción europea resultaba imposible generar sentimientos de simpatía y confianza en una nueva bandera, un nuevo himno, una historia compartida, un nuevo futuro común. Por eso los fundadores de la Unión y sus sucesores optaron por el único camino posible: la puesta en marcha de un proyecto más asentado en lo instrumental que en lo expresivo; más racional que emocional; más logístico que mítico; más práctico que afectivo. Fueron audaces y realistas, y los resultados están a la vista, en todo su esplendor y también en sus achaques. En muchas ocasiones Europa da la impresión de no sentirse protagonista de lo que pasa en el mundo. Parece la abuela mayor que apenas ve y oye y que no ejerce influencia alguna en los nietos jóvenes que marcan el ritmo de la casa. (La reacción a la crisis financiera parece una excepción a esa regla, una excepción saludable, bienvenida y merecedora de continuidad).

Cuando tenemos que poner a prueba la existencia del sentimiento europeo, como durante los procesos de ratificación de la Constitución Europea y el Tratado de Lisboa, la sorpresa es mayúscula: en los referendos gana el no o la participación apenas supera el 40%. Los euroescépticos tienen la ventaja. Y si España, en febrero de 2005, salvó los muebles fue, precisamente, porque, en una decisión estratégica de primer orden, el Gobierno prefirió fomentar el sentimiento, la unión, la emoción, lo afectivo, por encima del debate instrumental. Ahí quedaba encuadrado aquel Los primeros con Europa y aquella lectura publicitaria de artículos de la Constitución sobre fondo azul y con la Novena sinfonía de Beethoven al piano. El mensaje era emocional: pongámonos los españoles a la vanguardia de una construcción europea a la que llegamos tarde, avancemos en lo que nos une con los demás, ya habrá tiempo de discutir tecnicismos.

Saben los antropólogos y los sociólogos que una nación, un pueblo, una comunidad, necesitan inexorablemente un mito fundacional, unos símbolos compartidos, una cierta tradición y algunos antagonistas. Obama acaba de refrescar todo eso en Estados Unidos al contar su historia personal y volver a narrar a su manera la de su país, un relato épico escenificado con minucia y belleza. La Unión Europea también posee estos elementos, o puede poseerlos, pero sus ciudadanos no lo saben. Europa tiene una historia de 25 siglos de búsqueda de unidad en un territorio claramente delimitado, comparte tradiciones populares, músicas y danzas, pensamiento y religión, arquitectura y arte. Basta con pasear por Gante y por el Madrid de los Austrias, sentarse en una cervecería de Praga o en una de Edimburgo, visitar la catedral de Burgos y la de Notre Dame, observar la unidad del arte de cada galería del Museo del Prado, o tratar de descifrar las diferencias entre la música celta asturiana y la francesa, o entre la música barroca italiana o alemana. La diversidad de lenguas y las diferencias étnicas no deberían ser un problema insalvable, como no lo han sido en China, en India o en decenas de países multilingües.

Está claro que en un mundo multipolar que se diseña para el siglo XXI, Europa defiende valores genuinos y casi exclusivos: el papel del Estado protector, la tolerancia, el multilateralismo, la igualdad, los derechos humanos... Y tienen razón los europeístas cuando dicen que muchos problemas europeos, y también buena parte de los mundiales, se resolverían con más Europa, no con menos. Pero eso exige también más afectividad europea. Es verdad que tenemos ya una moneda común, que podemos desplazarnos libremente por el continente sin que nos paren en la frontera y que en nuestros aeropuertos se siente una suerte de privilegio al entrar por la puerta de "ciudadanos UE" (aunque hasta en esto se añade el burocrático "y territorio Schengen"). Pero estas cosas las siente una minoría: la que viaja. Y no tenemos que promover el sentimiento europeo fuera de cada país, sino dentro. Explicando -a través del sentimiento tanto o más que de la razón- lo que nos une. Contando nuestros mitos fundacionales y nuestra historia común. Celebrando juntos las mismas fiestas.

España tiene una ocasión magnífica para activar el sentimiento europeo con su presidencia de la Unión en el primer semestre de 2010. No tenemos complejo alguno en la materia: no somos ni nuevos ni viejos, por lo que nuestra apuesta no resultaría insidiosa ni prepotente; hicimos los deberes cuando se nos encomendaron, aprobando el examen de la Constitución. España, además, entiende de emociones y de pasión y sabe contagiarlas. Nuestro trabajo en la expansión del sentimiento europeo debería incluir elementos de gestión, como el fomento de una norma común sobre banderas, himno o celebraciones europeas. O la creación de una selección europea de fútbol, por poner un ejemplo pintoresco pero interesante. O la creación de un documento de identidad europeo. O la promoción de viajes baratos para mayores en la Unión (unos viajes del Inserso europeos, como figura en algún proyecto del Gobierno español). Pero el trabajo también debe recoger elementos de pura comunicación: la creación de un logo y un eslogan para todo el continente, la difusión publicitaria de los valores y activos que nos unen y nos distinguen de "antagonistas" como Estados Unidos, Asia o el mundo islámico; la militancia europeísta de celebridades y líderes de opinión...

Un semestre no es suficiente, claro. Los sentimientos colectivos se adquieren lentamente y no pueden forzarse. Los ritos y los mitos se extienden por repetición durante décadas. Pero alguien ha de empezar: quienes mantienen el sueño de Europa como verdadera unión no pueden olvidar por más tiempo el plano expresivo del proyecto, tan importante o más que el instrumental. Hoy ya somos, afortunadamente, europeos. Mañana deberíamos, además, sentirnos europeos.

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública.

Balanzas fiscales: el arte de la confusión

Balanzas fiscales: el arte de la confusión



En principio, parece que el interés por conocer las balanzas fiscales de las comunidades autónomas con el Estado está en poder aclarar el equilibrio/desequilibrio entre los impuestos pagados por aquéllas y las transferencias y servicios recibidos de éste. Sin embargo, las dificultades metodológicas y de información convierten los resultados de las balanzas en una operación de confusión que ofrece poca utilidad, alimenta la confrontación y permite múltiples interpretaciones respecto al hecho que se quiere analizar.

En 2006 el Instituto de Estudios Fiscales (IEF) creó una comisión de expertos para estudiar una posible metodología de las balanzas fiscales. Ya entonces se alzaron voces alertando de la inutilidad del proyecto. La comisión no llegó a un acuerdo y sólo fue capaz de consensuar dos posibles metodologías para el cálculo oficial: carga/ beneficio y flujos monetarios. El IEF ha publicado para 2005 seis diferentes balanzas según los criterios de imputación utilizados. Se calcula que desde 1960 se han publicado unas 40 estimaciones distintas de balanzas de varios autores e instituciones.

Es conveniente aclarar que los que pagamos los impuestos somos los ciudadanos y las personas jurídicas (empresas e instituciones). No son las comunidades las que aportan recursos al resto de la nación aunque sí recaudan impuestos y prestan servicios al ciudadano. Por otra parte, es razonable que en aquellos territorios donde haya más ciudadanos con rentas altas y/o más empresas con beneficios paguen más impuestos, con independencia de que el gasto público (infraestructuras, educación...) sea equitativo en función de las necesidades de los ciudadanos que se tienen que cubrir en cada comunidad autónoma.

Si lo que se quiere analizar es la mayor o menor solidaridad entre territorios, las balanzas fiscales no son el mejor instrumento ya que dejan fuera del análisis aspectos muy importantes como por ejemplo la producción de energía (en Extremadura) de la que se benefician otras regiones a precio subvencionado... Para analizar el grado de solidaridad se debe comparar el nivel de producción de cada territorio con su nivel de renta disponible, una vez que se han tenido en cuenta los impuestos, transferencias y subvenciones.

Señalemos algunas dificultades para la distribución territorial de los ingresos. Los llamados impuestos directos (IRPF, sociedades) se imputan según el domicilio fiscal del contribuyente. En el caso de las grandes empresas, con actividad en varias comunidades autónomas, tributarán allí donde tengan su domicilio fiscal, habitualmente Madrid, Barcelona, País Vasco, a pesar de que su actividad productiva esté distribuida en diferentes lugares y por lo tanto sea difícil concretar dónde se ha generado el beneficio. En las balanzas publicadas por el IEF dentro del criterio carga-beneficio se han utilizado dos criterios de imputación del impuesto de sociedades: el primero con proporciones diferentes entre los consumidores y los accionistas y el segundo utilizando la población y el ahorro. Con el criterio de los flujos monetarios se imputa la distribución en función de la remuneración de los asalariados, el valor añadido bruto y la inversión. Por supuesto, los resultados en cualquiera de las imputaciones son diferentes dando una idea clara de la confusión al interpretarlos. En cuanto al IVA, su sistema de recaudación en cascada supone que el ingreso no se produce donde se recauda sino donde se consume el producto final. Está más relacionado con el consumo final de los productos que con su producción.

Desde la óptica de los gastos, es clara la distribución territorial de las transferencias del Estado asignadas a las comunidades, pero es difícil hallar criterios razonables para distribuir los gastos de actuaciones estatales en infraestructuras, como los aeropuertos o el AVE, o de hospitales con especialidades en los que se atiende a toda España, y poder determinar con equidad a qué territorios benefician esos gastos.

Por otra parte, las balanzas fiscales publicadas por el IEF se refieren al ámbito de las administraciones públicas centrales y por tanto incorporan no sólo los flujos directos entre las comunidades y el Estado, sino que se consideran también los efectos de la Seguridad Social. Los criterios de imputación de los ingresos y gastos de la Seguridad Social vuelven a encontrarse con dificultades y se opta por utilizar el criterio de residencia en el territorio. En los resultados se presenta una subbalanza de la Seguridad Social para cada una de las balanzas obtenidas. Por el contrario, no incluyen información ni reflejan los gastos realizados por las propias comunidades autónomas.

Los resultados publicados dividen y enfrentan a las propias comunidades en el proceso de reforma de la financiación autonómica. Por una parte las de mayor renta, que como es natural aparecen con saldo fiscal deficitario al pagar más de lo que reciben (Madrid, Baleares, Cataluña y Comunidad Valenciana) y por otro las de menor renta (Extremadura, Asturias, Galicia...) con saldo fiscal positivo, que consideran que la información aportada es incompleta y no debe ser considerada en la negociación.

Y después de todas estas complicaciones y dificultades, ¿qué utilidad tienen las balanzas fiscales en la discusión de la financiación de las comunidades autónomas?

Es importante ser conscientes de que el sistema fiscal está basado en un concepto de España como una nación y no en un sistema federal, como algunos pretenden al compararlo con el alemán. De acuerdo con la Constitución, el sistema fiscal sigue unas pautas de solidaridad por las que se intenta que todos los ciudadanos tengan acceso a los servicios públicos en términos de igualdad. Por tanto, intentar fijar un sistema de financiación de las comunidades que equilibre las balanzas fiscales rompería esa solidaridad e iría en contra de la Constitución española (artículo 138).

Otra cuestión diferente es que se reforme y actualice el sistema de financiación de las comunidades vigente (Ley 21/2001), ya que con el intenso proceso de inmigración de los últimos años la distribución de la población en la geografía española ha cambiado drásticamente y también ha variado la distribución de las necesidades de servicios públicos como la enseñanza y la sanidad. Otro aspecto es el de las inversiones públicas. Con los datos de las balanzas fiscales, la estimación de las inversiones hechas por el Estado en cada comunidad varía también según se utilice el criterio del coste-beneficio o el de flujos monetarios.

Por último, en una situación de transferencias como la actual en la que las comunidades y los ayuntamientos son importantes gestores públicos, no deberían considerarse sólo los efectos de la actuación del Estado. Para la buena comprensión de la situación sería importante contar con una mayor y más clara información sobre la distribución de competencias entre Estado, comunidades y ayuntamientos. A veces los ciudadanos por desconocimiento achacan las deficiencias al Estado "en Madrid" cuando la responsabilidad es de la gestión de su Administración autónoma. El malestar de los ciudadanos en cuanto al mal funcionamiento de los servicios de su comunidad tiene que analizarse con información completa y veraz sobre las competencias y las responsabilidades de actuación no sólo del Estado, sino también de las administraciones y de las corporaciones locales (ayuntamientos). Lo importante para el ciudadano sería conocer con transparencia y fiabilidad de qué recursos disponen los Gobiernos autónomos y cómo los gastan.

Carmen Alcaide es economista y ex presidenta del INE.

Falsos derechos

Falsos derechos

Según Simone Weil, a la izquierda hay que exigirle más y decirle la verdad. No sé cómo juzgará eso nuestra izquierda de hoy, poscristiana, posmoderna y postizquierda...Pero intentaré decir lo que me parece más ético y más verdadero, a propósito de temas hoy en debate.

1. No existe un derecho al aborto. Ello no significa que legalmente no pueda haber una despenalización: en un Estado laico, ni un delito es un pecado, ni legal equivale a moral. La ley civil tiene como objetivo la convivencia, no la moral: no pretende entrar en las conciencias, sino regular conductas que afectan a la paz social. Por eso las leyes pueden penalizar cosas no inmorales (hablar por el móvil conduciendo) y no penalizar cosas inmorales (el adulterio). Pero una cosa es lo legalmente tolerado y otra lo moralmente permitido.
Nadie tiene derecho a eliminar una vida que está ya humanamente programada.Se busca moralizar el aborto arguyendo desde el "derecho al propio cuerpo" y los "derechos de la maternidad". Pero esos derechos (como casi todos) tienen un límite: nadie puede esgrimir un derecho contra el derecho de otro: de lo contrario, el violador tendría derecho a violar "porque se lo pide el cuerpo". Y la mujer, derecho a abortar hasta en el noveno mes (y echar luego los fetos a una trituradora como se hizo en Barcelona). La maternidad tampoco da derecho a la mutilación genital de una hija, ni a prostituirla para ganar dinero: pues el misterio de la maternidad consiste en esa maravilla de algo que, siendo en algún sentido propio, es a la vez extraño. Y lo es por su contextura vital, no por su tamaño o su edad.

Que "tengo derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo" lo he oído decir a más de un drogadicto. Y no: por nuestro que sea, el cuerpo merece también un respeto. Creerse con derecho a disponer de una vida indefensa solamente porque estorba no tiene nada que ver con una mentalidad de izquierdas, más bien es fascismo puro y duro. El afán de sustituir la expresión aborto por la más políticamente correcta de interrupción del embarazo quizá revele ya una mala conciencia no reconocida.

Repito que no hablo de leyes civiles sino de derechos morales. Para el legislador, será sin duda conveniente que lo legal quede amparado por valores morales. Pero todo el mundo sabe que cualquier valor moral tiene sus situaciones límite donde ni el veredicto es claro, ni los expertos coinciden ni el legislador tiene por qué tomar partido. Incluso quien considere inmoral el aborto deberá reconocer que cabe hablar de grados de inmoralidad,según se trate de un ser ya constituido como persona, o en marcha hacia esa constitución, o sólo programado para ser tal. Y debe saber que siempre hubo discusión sobre cuándo se dan esas fases: según Tomás de Aquino (y con su lenguaje), el alma humana no la infunde Dios hasta el tercer mes de la gestación: porque antes la materia "no está aún preparada para recibirla".

En este contexto, un cristiano deberá sentirse obligado al máximo respeto a la vida personal, y aplicarse ese principio a sí mismo, al margen de lo que la sociedad penalice o tolere. Así dará ejemplo de una fina sensibilidad humana, aunque pueda comprender que no todos acepten eso porque, ante las situaciones límite, también nuestra razón patina.

Pero eso no significa que la Iglesia tenga derecho a imponer su propia moral a través de leyes civiles: pues según san Pablo, una parte de la moral cristiana en lo que toca al cuerpo se funda en eso que llamamos la resurrección de la carne.

2. Se habla también genéricamente de eutanasia, englobando en este término mil cosas que no lo son. He hecho testamento vital; he protestado a veces contra parte de la medicina moderna que presume de alargar la vida cuando no hace más que retardar la muerte (que no es lo mismo). Creo que el ser humano tiene derecho a no morir sufriendo y que la lucha contra el dolor es siempre legítima, aunque pueda tener la muerte como daño colateral. Veo claro que, en casos recientes en que se discutía sobre si desconectar una vida de la máquina que la está alimentando, la desconexión era moralmente lícita, pues allí no se trataba de la vida natural sino de una vida artificial...

Dicho esto, me parece equivocado argüir en favor de una acción occisiva directa invocando un derecho a morir dignamente: la sociedad capitalista reduce la dignidad a algo cuantitativo y exterior, cuando en realidad se trata de algo cualitativo e interior. Bill Gates siempre tendrá más dignidad, a nuestros ojos, que el obrero que murió en accidente laboral construyéndonos el AVE y que, además, era inmigrante; pero nos equivocamos en ese modo de concebir la dignidad. Etty Hillesum, la muchacha judía que murió en Auschwitz, entrando desnuda en una cámara de gas junto a cientos de personas, murió con más dignidad que quienes confundimos dignidad con comodidad. Y no es que yo desee a nadie el destino de Etty: sólo pongo un caso límite que ayude a ver qué es eso de la muerte digna. Sin entrar en cuestiones de regulación legal; pero pidiendo que no se confunda simplistamente lo legal con lo moral.

3. A propósito de otra cuestión hoy en litigio, me dijo hace poco un amigo jesuita: "Respetaré que Zapatero suprima los crucifijos, pero le exijo que acabe con los crucificados". Hacer aquello sin esto no pasará de ser una prótesis de silicona que enmascare el escaso volumen de nuestros izquierdismos. Y mientras sigamos subvencionando nuestros productos agrícolas e impidiendo que África pueda vender los suyos, somos parcialmente culpables de muchas muertes en cayucos.

José Ignacio González Faus es jesuita.

Hay que instaurar una nueva cultura empresarial

Hay que instaurar una nueva cultura empresarial


A posteriori, a todos nos ha sorprendido que la situación haya llegado tan lejos. Pero, seamos sinceros, ya hace mucho tiempo que incluso personas muy informadas, como George Soros, alzaban voces de alarma. Cuando el Foro Económico Mundial publicó su Global Risk Report (Informe de Riesgos Mundiales) a comienzos de 2007, prevenía precisamente contra esos riesgos que ahora han producido el derrumbamiento del sistema.

En el discurso inaugural que pronuncié en enero de 2008 ante la reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos aludí a un mundo esquizofrénico y dije que tendríamos que responder de nuestros pecados. La razón de que no viéramos lo que se nos venía encima no sólo tiene que ver con la negación de verdades incómodas, sino con el hecho de que nadie se sentía realmente responsable o capaz de actuar.

Nuestro sistema internacional, que, creado a mediados del siglo pasado, se basa en la existencia de instituciones multilaterales, ha carecido o bien de autoridad o bien de competencia para enfrentarse a los desafíos de un orden financiero mundial que se ha caído por la borda. Por otra parte, los Gobiernos de los países, bien por interés nacional, bien por razones ideológicas, no han mostrado iniciativa para lidiar con un sistema financiero global fundamentalmente restrictivo. Además, el G-7, que agrupa a los principales países industrializados, y el Fondo Monetario Internacional tampoco han demostrado contar con la necesaria visión a largo plazo.

Consciente o inconscientemente, y causando un gran daño a la opinión pública, a las economías nacionales y, por desgracia, también a la gente corriente, muchos actores han abusado de la ausencia de mecanismos de regulación. Sólo ahora asistimos a "cumbres financieras mundiales" destinadas a aprobar normas que necesitábamos desde hacía mucho tiempo. Todavía está por ver si seremos capaces de crear una "comunidad mundial" que encuentre el equilibrio preciso entre la necesaria regulación y el mantenimiento del dinamismo empresarial. Para conservar el empleo, ahora es más importante que nunca no sofocar el motor de la economía real, sobre todo en las primeras fases de este ciclo recesivo.

Aunque la regulación es importante para el futuro de la economía mundial, por sí solas las normas no bastan. La crisis ha demostrado claramente no sólo la interdependencia mundial, también que la economía y la sociedad están profundamente imbricadas. Dicho de otro modo, la economía no es un ámbito autónomo y autosuficiente, y más bien la crisis ha puesto de relieve que debe servir a la sociedad. Hay que tener cuidado de que las medidas que se adopten para paliar esta situación no perjudiquen a la capacidad de innovación de la economía real.

En 1971 fundé el Foro Económico Mundial partiendo de la teoría del stakeholder (todo aquel que tiene interés en el buen funcionamiento de una empresa), descrita en un libro que publiqué ese mismo año. Según esa teoría, que también ha sido la filosofía del Foro durante los últimos 40 años, los directivos de una empresa deben servir a todos los implicados en sus actividades. La idea va más allá del servicio a los accionistas, ya que supone que la dirección, para garantizar la prosperidad a largo plazo de la compañía, debe gestionarla desde la convicción de que no sólo actúa como representante de los accionistas que la han elegido, sino que es fideicomisaria de todas las partes interesadas en su funcionamiento.

En los últimos años, las bonificaciones y otros complementos salariales vinculados a los intereses a corto plazo de los accionistas han minado el carácter integral de esta función profesional de los directivos. La exacerbación de la búsqueda de beneficios ha ido imponiéndose cada vez más al fortalecimiento a largo plazo de la competitividad y la sostenibilidad.

He descrito de la siguiente manera esta perversión de la cultura profesional del directivo: hace unos años, cuando me sometí a una operación quirúrgica, sabía muy bien que mi futura calidad de vida dependería en gran medida de la cualificación del cirujano. Por eso busqué un experto que fuera el mejor de su profesión. Naturalmente, di por sentado que me ponía en manos de un médico que haría uso de toda su capacidad profesional sin pretender que, además de abonarle sus honorarios, yo compartiera con él mis futuros ingresos (puesto que, evidentemente, éstos dependerían de su pericia).

Si miramos hacia delante, veremos que lo que se necesita es una filosofía de la gestión empresarial basada en valores profesionales y no en la maximización del beneficio. Es evidente que, en un entorno de carácter internacional y competitivo, los directivos altamente cualificados tienen sueldos elevados. Sin embargo, los que además de preparación cuentan con la correspondiente cualificación moral siempre deben esforzarse al máximo en cualquier situación -y sin duda, muchos lo hacen-, sin contar con incentivos suplementarios como las bonificaciones. Quizá en el ámbito empresarial necesitemos algo equivalente al juramento hipocrático de los médicos, para incorporar esta responsabilidad integral. Si no somos capaces de hacer valer esa responsabilidad entre los directivos de todos los sectores económicos, de nada servirán los reglamentos y normativas, porque siempre habrá lagunas.

En épocas de crisis es necesario contener el huracán ocasionado por los errores del pasado y evitar males mayores. Sin embargo, es todavía más importante no conducirse a ciegas y sin profundizar. Es preciso identificar los problemas fundamentales, para cambiar nuestro comportamiento en consonancia con ese análisis. Por eso cabe esperar que la crisis actual sea de índole transformadora.

A medio plazo, es esencial desarrollar una auténtica cooperación mundial para superar las consecuencias negativas de nuestros instrumentos financieros y avanzar en lo tocante a desafíos globales, como el cambio climático, la lucha contra la pobreza, la asistencia sanitaria y otros importantes asuntos.

En la actualidad corremos el peligro de que estas y otras cuestiones cruciales se vean relegadas, con consecuencias tan desastrosas como las que ha ocasionado hacer caso omiso de las señales de alerta que apuntaban hace tiempo la proximidad de esta crisis financiera.

Espero que la adopción consciente de una cultura corporativa integral, basada en los intereses a largo plazo de todos los que buscan el buen funcionamiento de la empresa, y no en los del accionista parcial, de cortas miras, sea una de las consecuencias positivas de esta crisis.

Klaus Schwab es el fundador del Foro Económico Mundial y su director ejecutivo.

La otra desaceleración

La otra desaceleración


Que vivimos en tiempos de especial aceleración es una experiencia compartida que se hace presente en muy diversos aspectos de la vida, individual y colectiva. Las nuevas tecnologías de la instantaneidad han propiciado una cultura del presente absoluto sin profundidad temporal. El origen de esta relación con el tiempo se encuentra en la alianza establecida entre la lógica del beneficio inmediato propia de los mercados financieros y la instantaneidad de los medios de comunicación. Vivimos en una época fascinada por la velocidad y superada por su propia aceleración.

Las técnicas de aprovechamiento del tiempo convierten los movimientos en cintas transportadoras, lo que Chaplin parodió en la invención de la máquina de comer, gracias a la cual podía alimentarse al trabajador sin necesidad de interrumpir el trabajo, o sea, de perder tiempo. La versión posmoderna de esta experiencia podemos encontrarla en aquel personaje de una película de Woody Allen que pretende suicidarse en París en vez de en Nueva York para ganar así un poco de tiempo y resolver antes algunos asuntos.

Ahora bien, describir nuestra sociedad únicamente desde la aceleración constituye una simplificación que no tiene en cuenta sus ambivalencias. Existen también otros fenómenos de desaceleración, menos presentes en la opinión pública que las desaceleraciones económicas, pero no menos reales y decisivos en nuestras vidas. Del mismo modo que coincidieron en el tiempo la experiencia del aburrimiento y la aceleración industrial a finales del XIX, nuestra época parece caracterizarse por el hecho de que nada permanece pero tampoco cambia nada esencial, un tiempo en el que pasan demasiadas cosas y, a la vez, estamos llenos de repeticiones, rituales y rutinas. De ahí la sospecha de que tras la dinámica de aceleración permanente hay un paradójico estancamiento de la historia en el que nada realmente nuevo comparece. A esta experiencia se refieren conceptos como el del "final de la historia" (Fukuyama) y otros similares que han ido proponiendo en los últimos años pensadores muy diversos.

Probablemente nuestra época no sea comprensible desde la alternativa entre aceleración y desaceleración; habría que tener en cuenta además un fenómeno tal vez más característico que es el de la falsa movilidad. En última instancia, las sociedades combinan su resistencia al cambio con una agitación superficial. La utopía del progreso se ha transformado en movimiento desordenado, "neofilia" frenética, agitación anómica y disipación de la energía. Sólo queda una aceleración vacía, un ciego "cada vez más" de tecnología o globalización económico-financiera, un espacio social inestable y un campo psicológico neurótico.

Esta fatalización del tiempo se traduce en la exigencia de aumentar la aceleración, la movilidad, la velocidad y la flexibilidad. Lo vemos a diario en el lenguaje que nos exhorta a "movernos", acelerar el propio movimiento, consumir más, comunicar con mayor rapidez, intercambiar de una manera óptimamente rentable. Se ha llevado a cabo una transferencia semántica que explicaría muchos desplazamientos ideológicos desde la izquierda hacia la derecha: donde había progreso y revolución, ahora hay movimiento y competitividad. El adjetivo "revolucionario" forma parte del vocabulario transversal de la moda, el management, la publicidad y la pospolítica mediática. El fantasma de la revolución permanente se pasea ahora como caricatura neoliberal. Pero, en el fondo, el imaginario político actual tiene un discurso prescriptivo minimalista, muy pobre conceptualmente: el discurso de la adaptación al supuesto movimiento del mundo, el imperativo de moverse con lo que se mueve, sin discusión, ni interrogación, ni protesta. Se daría entonces la paradoja de que justo en los momentos de mayor aceleración las sociedades pueden caer en manos del destino o de la inmovilidad, que era precisamente lo que pretendían superar los procesos de modernización. En ese caso, tal vez tenga razón Fredric Jameson cuando asegura que se ha disuelto la antinomia cambio-estancamiento. Lo que puede estar ocurriendo es que, en muchos aspectos de la vida, las sociedades y el mundo en general, el movimiento sea superficial y que en el fondo haya una parálisis radical, un pseudomovimiento. Paul Virilio ha formulado esta idea en su concepto de "paralización veloz" o aceleración improductiva, una agitación sin consecuencias reales aunque no exenta de graves efectos sobre los seres humanos y la cohesión de las sociedades. En última instancia se trata de una idea que se corresponde con la experiencia personal de que la mayor agitación es perfectamente compatible con una inmovilidad temporal; es posible estar paralizado en el movimiento, no hacer nada a toda velocidad, moverse sin desplazarse, incluso ser un vago muy trabajador. Para llevar a cabo un movimiento real no basta con acelerar, del mismo modo que la transgresión no es necesariamente creativa, ni el cambio es siempre innovador.

Ante este panorama, las soluciones más emancipadoras no proceden ni de la desaceleración ni de la huida hacia delante sino del combate contra la falsa movilidad. Por supuesto que la lentitud compensatoria, tan celebrada en muchos libros de autoayuda para la gestión del tiempo, puede ser una estrategia razonable. Pero la llamada a desacelerar, como principio general, es poco realista y atractiva si tenemos en cuenta las circunstancias políticas, económicas, sociales y culturales en las que vivimos. No tiene ningún sentido querer calculadoras más lentas, mayores colas o transportes con retrasos. La cuestión central consiste en determinar en qué consiste exactamente, en cada actividad y en cada momento, una ganancia de tiempo, lo que unas veces implicará desaceleración y otras todo lo contrario, pero que también puede conseguirse mediante otros procedimientos, como la reflexión, la anticipación o combatiendo la falsa movilidad.

La reflexión estratégica, la perspectiva para encuadrar el instante en un marco temporal más amplio o la protección de lo verdaderamente urgente son, en última instancia, procedimientos para ganar tiempo. No se trata de luchar contra el tiempo o desentenderse de él sino, como decía Walter Benjamin, de ponerlo a nuestro favor. Se trataría de reintroducir el espesor del tiempo de la maduración, de la reflexión y de la mediación allí donde el choque de lo inmediato y de la urgencia obliga a reaccionar demasiadas veces sobre el modo del impulso. Puede que de esta manera las organizaciones y la sociedad en general ganen capacidad de influencia sobre los procesos acelerados, algo que sólo se consigue ganándole la partida al tiempo abstracto unificador con una gestión del tiempo que recurra con inteligencia a sus diversas modalidades.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de El nuevo espacio público.

El quehacer de la paciencia


Por Ángel Gabilondo...

Prefiero la paciencia a la resignación. Ni es inactividad ni es claudicación. Es constancia, insistencia, coherencia. Hay quienes se descomponen si las cosas no van como desean, si no suceden inmediatamente. La paciencia sabe atender, es una forma de acción que convive con la espera. La precipitación no es su camino. Pero no se limita a aguardar la llegada de algo o de alguien, con su quehacer crea las hospitalarias condiciones para que advenga: hace venir.

Son tiempos de urgencias. Sin duda, algunas alarmantes. Y hemos de abordarlas, de enfrentarlas o, quizá, de afrontarlas, de aceptar el desafío. Claro que hay que hacer. Sin embargo, la acción no es realizar cualquier cosa de cualquier manera, para sentirse decidido o activo. Ni es limitarse a constatar qué pasa. Es procurar que ocurra, y de una determinada forma. Tanto la ansiedad como la apatía son formas de desconsideración. No es que transgredan lo previsto, es que impiden toda previsión, ese modo de ver que antecede, preludia y desea. La paciencia no lo da todo por ya prefigurado o clausurado, aprisionado por la expectativa. Desestima el apresuramiento. Y la pasividad. Es compatible con el elegir, con el preferir.

Amanece por la maduración de la noche, por la fuerza del día, por su buena labor, no porque cerremos o abramos los ojos. No es adecuado precipitar el fruto, su fructificación exige un determinado trato con el tiempo. La paciencia comprende su quehacer y lo quiere y lo acompaña. Combate toda prisa, todo miedo y sabe hasta qué punto late en la plenitud del instante alguna forma de eternidad que cabe atisbarse o incluso habitarse, como sólo un mortal es capaz de hacer. Demorarse en algo, permanecer en ello, deambular por sus aristas y laderas y saber convivir con el asunto es compartir la propia paciencia de la cosa. Ella se configura poco a poco. Como la vida, que tanto viene como se va.

No siempre vemos ni prevemos lo que nos aguarda. Esperamos abiertos a lo imprevisto, esperamos incluso lo inesperado, que es tanto como desvivirse por vivir. Por eso, la paciencia no es un simple estado de ánimo, ni un ingrediente de la actividad.

Es una forma suprema de atención, de activa contemplación, de aquella que participa en el brotar o emerger de algo, del otro, de la vida. La paciencia acompaña y, a la par, alumbra. No es simplemente comadrona, siendo ésta decisiva y no sólo para Platón, es concepción, hace irrumpir en la luz.

No esperemos sentados en el umbral de la puerta el paso de un hecho concluido, de un hecho tan hecho que resulte un deshecho, un cadáver que, en última instancia, acabaría por ser el nuestro. Terminaríamos por ser mirados por lo que decimos ver, agotado nuestro mirar. La paciencia nos hace hacer pero sin voluntad de darlo todo ya por finalizado, por finiquitado, por finado, por muerto. Es la paciencia de no querer dejarlo todo agostado, sin vida. No es reposo, es inquietud.

No sólo esperamos, también somos esperados por lo que nos espera. Por eso, la paciencia no consiste en detenerse, ni en suponer que todo es indiferente respecto de lo que pensamos, decimos y hacemos.

Ahora que parece primar el abordaje, el asalto, el ataque, ahora que para algunos ser ejecutivo es ser ejecutor, hay otro modo de acción, sereno, insistente, no el de la mirada que escudriña sino que penetra en el corazón de lo que hay y lo toca sin arrasarlo todo. Una y otra vez procuramos, luchamos y perseguimos lo que no acaba de llegar, pero no cejamos. En definitiva, no se trata de improvisar respuestas de repuesto, ante la incapacidad para soportar las cuestiones abiertas. Temerosos, somos capaces de precipitar cualquier supuesta solución, con tal de no tener que sostenernos pacientemente en el problema y vérnoslas con él.

La paciencia no es indiferencia. Resulta desconcertante y magnífico cómo convive con la pasión, cuando ésta no es entendida como una intervención puntual, casual, coyuntural, sino como un estado de intensidad. La insistencia y la energía ofrecen otras posibilidades y dan a la vida un primor y una frescura inclasificables. Me gustan quienes ni son impasibles ni se alteran permanentemente, quizá porque siempre tienen curiosidad y nunca se dan por definitivamente peripuestos. Se les ve incidir en las cuestiones y, más que tomar, esperan dejar o desprenderse de algo. Aunque se despojen de sí, necesitamos que no se nos vayan. Su espera nos hace vivir porque viven creativamente.

Por eso, tal vez la justa paciencia quede reservada para la profunda humildad del artista capaz de crear, que espera la hora del alumbramiento. La paciencia es artífice. Así nos lo recuerda Rainer Maria Rilke. “Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que por ello quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”.

Ángel Gabilondo es rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

Los límites del poder de la Casa Blanca


El EE UU de Obama no podrá alcanzar sus objetivos sin ayuda de los demás


Uno de los primeros retos con los que se va a encontrar el presidente Barack Obama es la actual crisis financiera, que ha puesto en tela de juicio el poder estadounidense. Un artículo aparecido en The Far Eastern Economic Review proclama que "la crisis de Wall Street presagia un giro tectónico mundial: el comienzo del declive del poder estadounidense". El presidente ruso, Dmitri Medvédev, cree que la crisis es una señal de que el liderazgo mundial de EE UU está llegando a su fin, y el presidente venezolano, Hugo Chávez, ha declarado que Pekín es ya mucho más importante que Nueva York.

Sin embargo, el dólar, símbolo del poder de Estados Unidos, ha subido, en vez de bajar. Como destaca Kenneth Rogoff, catedrático de Harvard, "es irónico, después de que hayamos metido la pata hasta el fondo, que la reacción de los extranjeros sea invertir más dinero en nuestro país". Cuando Estados Unidos contrajo la gripe financiera, otros países le siguieron. Muchos extranjeros pasaron rápidamente de alegrarse del mal ajeno a tener miedo; y se refugiaron en la seguridad de los bonos del Tesoro estadounidense.

La fuerza de la economía estadounidense sigue siendo impresionante. El mal comportamiento de Wall Street y los reguladores estadounidenses le ha costado mucho al país en atractivo de su modelo económico, pero el golpe no tiene por qué ser fatal si, a diferencia de Japón en los años noventa, EE UU consigue absorber las pérdidas y limitar los daños. La economía estadounidense es la más competitiva del mundo, por la flexibilidad de su mercado de trabajo, la educación superior, la estabilidad política y la apertura a la innovación.

No obstante, cabe preguntarse sobre el futuro a largo plazo del poder estadounidense. Una previsión para 2025 que está elaborando el Consejo Nacional de Inteligencia de EE UU cree que el dominio de este país estará "muy disminuido" y que el terreno fundamental en el que persistirá la superioridad norteamericana -el poder militar- tendrá menos importancia en el mundo competitivo del futuro. No se trata tanto del declive de Estados Unidos como del ascenso de los demás.

En el mundo actual, el reparto de poder se parece a un complejo juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior, el poder militar es, en gran parte, unipolar, y seguramente seguirá siéndolo durante un tiempo. Pero, en el tablero intermedio, el poder económico ya es multipolar, con Estados Unidos, Europa, Japón y China como jugadores fundamentales y otros que adquieren cada vez más importancia.

El tablero inferior es el ámbito de las relaciones transnacionales que escapan al control de los Gobiernos. En él hay actores tan variados como los banqueros, los terroristas y los piratas informáticos. En él se incluyen también nuevos retos como las pandemias y el cambio climático. En este tablero inferior, el poder está muy disperso, y no tiene sentido hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía.

Después de la crisis financiera, el factor en la política interestatal más importante será la continuación del "regreso de Asia". El ascenso de China e India puede crear inestabilidad, pero es un problema con precedentes, y la historia puede enseñarnos cómo la política puede influir en el resultado. Hace un siglo, Gran Bretaña abordó el ascenso del poder estadounidense sin conflictos, mientras que el mundo no supo ocuparse debidamente del ascenso del poder alemán y eso desembocó en dos guerras mundiales.

También hay que hacer algo respecto al ascenso de los actores no estatales. En 2001, un grupo no estatal mató a más estadounidenses de los que Japón había matado en Pearl Harbor. Una pandemia propagada por aves o por viajeros en avión podría matar a más gente de la que murió en las dos guerras mundiales.

El reto al que se enfrenta Barack Obama es que cada vez hay más cuestiones y problemas que se escapan al control de los Estados, incluso del más poderoso. Aunque EE UU sigue saliendo bien parado según las formas tradicionales de medir el poder, dichas formas están cada vez más anticuadas para captar lo que hoy define la política mundial, que, debido a la revolución de la información y a la globalización, está cambiando de tal manera que es imposible que los estadounidenses logren todos sus objetivos internacionales si actúan a solas.

Por ejemplo, la estabilidad financiera mundial es fundamental para la prosperidad de Estados Unidos, pero se precisa la cooperación de otros países para garantizarla. El cambio climático también afectará a nuestra calidad de vida, pero Estados Unidos no puede abordar el problema por su cuenta. Y, en un mundo en el que las fronteras son cada vez más porosas y permiten el paso de todo, desde las drogas hasta el terrorismo, pasando por las enfermedades infecciosas, Estados Unidos debe movilizar coaliciones internacionales para afrontar amenazas y problemas comunes.

Estados Unidos es la mayor economía del mundo y su liderazgo seguirá siendo crucial. El problema del poder estadounidense tras la crisis financiera no es que esté en declive, sino que es preciso darse cuenta de que ni siquiera el país más poderoso puede alcanzar sus objetivos sin la ayuda de los demás. Por suerte, Barack Obama es consciente de ello.

Joseph S. Nye Jr., antiguo vicesecretario de Defensa de Estados Unidos, es catedrático en Harvard.