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Hay que gobernar la globalización

Hay que gobernar la globalización


Deberían crearse grandes áreas con democracia, libertad comercial y cohesión social que ganasen terreno a la ’selva’. Una podría estar formada por la Unión Europea, Estados Unidos y América Latina

Cuando los retos y los problemas son globales y los instrumentos para resolverlos son, en esencia, nacionales, su solución es inviable. Si añadimos que mientras las grandes finanzas y multinacionales operan en mercados mundiales, los poderes políticos lo hacen en sus respectivas soberanías, el gobierno del interés general está en precario y, en ocasiones, como la actual, se alcanzan situaciones de desorden. Lo estamos viendo con la crisis financiera ocasionada por las primas basura de Estados Unidos; con la subida espectacular de los precios de los alimentos provocada por múltiples factores, entre ellos, la especulación; los efectos de un cambio climático que nadie es capaz de afrontar en coordinación; la crisis de la energía que golpea al conjunto del sistema, o unos flujos migratorios, cuyo origen radica en las brutales diferencias de desarrollo, y ante los que hace frente cada país como puede, en ocasiones, chocando con los derechos humanos.

Sería ingenuo pretender que pudiésemos contar con un "gobierno mundial" democrático. Ni la ONU, el FMI, el Banco Mundial ni la OMC cumplen ese papel, aunque intenten intervenir, a veces de forma equivocada, para paliar los efectos de la carencia de normas con alcance global. Lo que sí sería factible es ir creando grandes áreas de gobernanza democrática, con libertad comercial y cohesión social, que vayan ganando terreno a la selva en que se ha convertido el mundo económico internacional. Parece que se nos ha olvidado que hubo una época en que, a nivel del Estado nación, imperaba el "dejar hacer, dejar pasar, pues el mundo caminaba por sí mismo", y ello condujo a conflictos sociales internos y guerras externas. Se comprendió que era necesaria una cierta dosis de intervención de los poderes públicos para corregir los graves desbarajustes que producía el mercado dejado a su libérrima inclinación. Ese fue el gran pacto social y político de la posguerra europea.

En efecto, una parte de Europa comprendió que era necesario unirse no sólo para ser relevante en un mundo interdependiente o evitar los desastres de las guerras, sino porque la única manera de gobernar la globalización es por medio de amplias integraciones en base a instituciones democráticas, libertad de factores de producción y cohesión social. Un ejemplo de cómo se puede abordar la gran cuestión de la gobernanza de la globalización en un espacio determinado que comprende ya a 500 millones de personas. Un gobierno todavía incompleto, pues le falta rematar aspectos políticos, pero que supone un éxito sin precedentes.

Ahora bien, la existencia de la Unión Europea no resuelve los problemas de la administración de lo global. Como resulta una peligrosa quimera creer que una superpotencia -Estados Unidos- podía poner orden en este convulso mundo. A lo que ha conducido esta pretensión es a que Estados Unidos se haya transformado de una parte esencial de la solución en una parte del problema general. Hemos asistido, así, al fracaso de la arrogancia de resolver los problemas por vía unilateral, si bien no hemos podido levantar un eficaz sistema multilateral. La conclusión es que la sociedad de la globalización está sin gobierno y, en consecuencia, todo desarreglo, disfunción, especulación, trapacería o violencia puede encontrar su asiento sin mayor impedimento.

Decíamos antes que pretender hoy un gobierno mundial es utópico. Crear espacios concéntricos de gobernanza ordenada que se puedan coordinar para establecer reglas comunes no lo es. La UE tiene, prima facie, una proyección y dos fronteras. La gran proyección de Europa han sido las Américas, la del Norte y la del Sur. Los europeos nos hemos prolongado en el continente americano y se ha creado un área de lenguas, de cultura, de sistemas políticos y valores, en lo esencial, comunes. Sin embargo, la situación económica y social de una de las Américas se ha quedado atrasada. Debería ser del interés de la UE y de Estados Unidos contribuir a corregir esta grave disfunción, en beneficio de los ciudadanos latinoamericanos y de nuestros intereses estratégicos. El método que ha resultado eficaz es conocido. Junto a los acuerdos de libre comercio, son imprescindibles instrumentos de cohesión social como los fondos de convergencia, para facilitar infraestructuras físicas y educativas que permitan un crecimiento sostenido. Únicamente con tratados comerciales bilaterales o colectivos, siempre desiguales, no se garantiza el crecimiento a largo plazo. El problema es que en América Latina no existen los países "contribuyentes netos" que sí existían en Europa y, en consecuencia, la UE, junto con otros actores relevantes, podría convertirse en ese factor exógeno capaz de trasvasar fondos que permitan a esas economías ir convergiendo con las más avanzadas. En el caso de Europa, fue una magnífica operación tanto para los contribuyentes como para los receptores; de lo contrario, pagaremos el precio de la "no cohesión".

España, junto con la UE, debería privilegiar un gran proyecto hacia el continente americano que podría dar, como resultado, la creación de un área euroamericana de democracia, apertura comercial y cohesión social con gran peso en la gobernanza global. Un nuevo consenso entre las dos orillas del Atlántico, basado en intereses y valores comunes que equilibrase el actual deslizamiento del eje de la hegemonía hacia el Pacífico. Un buen momento para lanzar una iniciativa potente sería la presidencia española de la UE. No es, desde luego, fácil, como no lo fue en Europa. Es una cuestión de clarividencia, de voluntad política y de liderazgo.

Pero también tenemos dos fronteras, en el Este y en el Sur. La UE, encabezada por Alemania, ha abordado los problemas del este europeo por medio de la última ampliación y los fondos que empiezan a fluir hacia esos países. En el Sur tenemos el Mediterráneo, y detrás, África. En el Mare Nostrum está en marcha el nuevo impulso al proceso de Barcelona -Unión para el Mediterráneo-, a iniciativa del presidente francés, con la legítima intención de liderar el proceso. El reto es ambicioso y los obstáculos todavía grandes: infraestructuras, medio ambiente, energía, seguridad, etcétera. Los obstáculos: conflicto palestino-israelí, Irak, el Sáhara, la integración de Turquía, Líbano, Siria, etcétera. Todos los grandes problemas europeos tienen aquí su proyección, y Francia ha visto, con razón, que convendría hacer en el Mediterráneo una operación similar a la del Este en otras condiciones. A España le interesa este proceso y debería apostar fuerte, sin olvidar el África subsahariana, que exigiría otro tratamiento.

El fracaso de la última cumbre de la FAO en Roma debería abrirnos los ojos. No se acaba con la destrucción de seres humanos -hambre- y de la naturaleza con conferencias y donaciones. Y menos aún con defensivas "alianza de democracias" que conducirían a nuevos bloques. Hay que aceptar un comercio justo en ambas direcciones; asumir que es necesario trasvasar abundantes fondos de convergencia para el bienestar global y dejar de apoyar a autocracias -con petróleo o sin él-, porque son aliados en no se sabe qué guerra. De lo contrario, me temo que, ante las crecientes migraciones, acabaremos violando los derechos humanos. No es la primera vez en la historia que se puede ser una democracia "hacia dentro" y una dictadura "hacia fuera".

Nicolás Sartorius es vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas y director de su Observatorio de Política Exterior Española (Opex).

Desmemorias

Desmemorias


La doctrina oficial es más o menos la siguiente: en España, hasta hace muy poco, no se pudo escribir y casi ni hablar de la Guerra Civil o de la posguerra desde el punto de vista de los vencidos. Primero fue la represión franquista; luego el así llamado "pacto de silencio" de la Transición, por culpa del cual, y en nombre de una dudosa concordia democrática, se suprimió la memoria de los perdedores. Por fin, sólo hace unos pocos años, algunos libros empezaron a romper el silencio, algunas películas, gracias al Gobierno de Zapatero. Se estrena Los girasoles ciegos y un oyente llama a la radio para expresar su alivio, su alegría: "Por fin se puede hablar sin miedo".

Es una doctrina confortable. Permite el sentimiento halagador de estar participando, sin mucho esfuerzo ni peligro, en la reparación de una larga injusticia, en el descubrimiento de lo escondido durante muchos años. También de estar al día: de recibir, de algún modo, la legitimidad de los derrotados, hasta de alzarse en rebeldía contra el fascismo o la dictadura, con la ventaja no desdeñable de que esa rebelión virtual sucede en el espacio clemente de una democracia. Los libros, las películas de moda ofrecen una memoria tan gustosa de saborear como un caramelo, con ese aire en el fondo tan acogedor que tiene el pasado en el cine de época: los automóviles, los peinados, los sombreros, los pupitres de madera, la lluvia, la nieve acogedoras; cuando no el heroísmo igualitario: chicos y chicas con uniformes impolutos de milicianos, haciendo una guerra que se parecería mucho a una fiesta o a un domingo de excursión si no fuera por esos malvados de bigotito fino y camisa azul o de sotana negra que lo estropean todo. Los buenos, los nuestros, son poéticos, inocentes, entrañables, soñadores, no sexistas. Los otros no sólo son opresores y canallas: también son feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, maltratadores de animales. La moda la empezó probablemente Ken Loach en Tierra y libertad, donde ya se insinuaba algo que viene teniendo mucho éxito en las patrias periféricas gobernadas inmemorialmente por una mezcla curiosa de nacionalistas y ex socialistas o ex comunistas cuyo principal rasgo ideológico es volverse más nacionalistas todavía que sus socios: los malvados de esta nueva memoria oficial, aparte de opresores, canallas, feos, groseros, machistas, maníacos sexuales, son algo todavía peor, si cabe: son españoles. En estas patrias, unánimes por definición, la Guerra Civil no es posible, porque no puede haber conflicto interno en una comunidad idílica. La Guerra Civil, el franquismo, fueron en realidad una invasión española, en la que los autóctonos, por el hecho de serlo, estuvieron libres de toda complicidad, y además fueron y siguen siendo víctimas.

El resultado de esta sentimentalización y oficialización de la memoria es el olvido de aquello mismo que se pretendía recordar. Quien dice que sólo ahora se publican novelas o libros de historia que cuentan la verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura debería decir más bien que él o ella no los ha leído, o que los desdeñó en su momento porque no estaban de moda, en aquellos atolondrados ochenta en los que la doctrina oficial del socialismo en el poder era la contraria: con lo modernos que ya éramos, qué falta hacía recordar cosas tristes y antiguas.

No hubo que esperar a la Transición y ni siquiera a la muerte de Franco para leer por primera vez una novela antifranquista sobre la Guerra Civil publicada en España: Las últimas banderas, de Ángel María de Lera, ganó hacia finales de los años sesenta el Premio Planeta. Probablemente no era gran literatura, pero yo me acuerdo de la emoción de leer el drama de los últimos días de la República en Madrid, la urgencia y el miedo, el sentimiento de derrumbe. Por aquellos años cayó en mis manos otro de esos libros que se quedan impresos vivamente en la imaginación adolescente y resultan igual de iluminadores cuando uno vuelve a leerlos mucho tiempo después: Tres días de julio, de Luis Romero, que tiene la inminencia trágica de lo que todavía casi no ha sucedido y ya es irreparable. Hablo de libros que estaban al alcance de cualquiera y que fueron decisivos en mi educación de ciudadano y de escritor, en mi descubrimiento temprano y todavía indeciso de los mundos literarios que yo querría indagar en mi propia ficción.

Pero no sólo libros: aún no había muerto Franco y la gente llenaba los cines para ver La prima Angélica, de Carlos Saura, que retrataba con sarcasmo y crudeza a los vencedores de la guerra y exploraba un tema que fue crucial para los que empezamos a escribir novelas en los primeros años ochenta: el vínculo entre el presente y el pasado, la necesidad de saltar sobre el paréntesis de plomo de la dictadura para vincularnos a una tradición literaria, política y vital que se había roto con la guerra.

Qué insulto, qué injusticia para Max Aub decir que sólo en los últimos años se ha escrito de verdad sobre los vencidos: en los primeros ochenta Alfaguara había publicado ya todos los volúmenes de El laberinto mágico, que sigue siendo el gran ciclo de novelas sobre la Guerra Civil y la diáspora. También por entonces se reeditaban los tres volúmenes de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, el último de los cuales está el testimonio atroz, contado por un socialista intachable, de los crímenes sin justificación que se cometieron en Madrid entre el verano y el otoño de 1936. La misma angustia moral de Barea, ajena a todo sectarismo, atenta al desgarro de la experiencia humana concreta, está en Días de llamas, de Juan Iturralde, que es del final de los setenta, o en los relatos insuperables de Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga, que combinan la poesía y la ternura, la vaguedad espectral de la fábula con el severo testimonio del sufrimiento, el heroísmo y el despilfarro de las vidas humanas. En los primeros ochenta estrenó Fernando Fernán-Gómez Las bicicletas son para el verano y al principio nadie le hizo ningún caso. Aprendiendo de aquellos maestros, recordando lo que nuestros mayores nos habían contado, algunos de nosotros empezamos publicando ficciones alimentadas por la memoria de la Guerra Civil y la derrota de la República: yo no me olvido de la impresión que me hizo leer en 1985 Luna de lobos, de Julio Llamazares, donde está el coraje de la resistencia pero también la lenta degradación de quien se ve reducido por sus perseguidores a una cualidad casi de alimaña.

España es país muy propenso a las coacciones de la moda literaria o política, de modo que yo no voy a poner en duda el mérito de Los girasoles ciegos ni de ninguna de las ficciones sentimentales sobre la guerra y la posguerra que han tenido tanto éxito en los últimos años. Lo que sugiero, tan sólo como un ejercicio, es que se lean intercaladas con algunos de aquellos libros que no tuvieron el reconocimiento que merecían por el simple hecho de no haber sido escritos teniendo a favor los vientos caprichosos de la moda.

Antonio Muñoz Molina

Europa no quiere volver a Yalta

Europa no quiere volver a Yalta


La intervención de la Rusia de Putin en Georgia representa un ataque frontal a la convivencia pacífica y al sistema de intervención multilateral defendido durante el último siglo

"Rusia recurre a los carros de combate. A Europa no se le dan bien los carros de combate. Pero se nos dan bien otras mil cosas, cada una de ellas, por su cuenta, más pequeña, blanda y lenta que un carro de combate, pero que, todas juntas, con tiempo y la perspectiva de la integración, pueden acabar siendo una fuerza más poderosa"

Mientras leen estas líneas, otro remoto rincón de Europa ha sufrido una limpieza étnica. Eso quiere decir jóvenes asesinados, ancianas arrojadas de los hogares en los que habían pasado toda su vida, sus pueblos saqueados e incendiados. Como ocurrió en Bosnia, hoy, en Osetia del Sur, las carnicerías las han llevado a cabo sobre todo milicias irregulares. "Hemos llevado a cabo unas operaciones de limpieza, sí", declaró el jefe miliciano capitán Elrus a Luke Harding, de The Guardian. Estos crímenes violentos se han cometido ante los ojos de soldados rusos, ahora recalificados de forma unilateral como fuerzas de paz mediante el sencillo método de ponerles unos cascos azules. La limpieza étnica se ha extendido a la zona de seguridad que ha establecido unilateralmente Rusia alrededor de Osetia del Sur, aprovechando una supuesta laguna en el acuerdo de alto el fuego logrado con la mediación del presidente Nicolas Sarkozy en nombre de la Unión Europea.

Estos hechos, presenciados sobre el terreno por valientes y minuciosos periodistas, dan la verdadera medida humana de la incapacidad de Europa para cumplir su promesa fundamental de mantener la paz, ni siquiera en su patio trasero. Dan también la medida del deliberado desafío estratégico de Rusia a la manera de hacer política y manejar las relaciones internacionales nacida a finales del siglo XX y representada por la UE. No debemos restar importancia a lo que significa este momento.

Hay que decir de inmediato dos cosas que complican la cuestión, pero que no le quitan validez. La primera, que, por muy grandes que fueran las provocaciones sobre el terreno, las autoridades de Georgia se comportaron de forma insensata y censurable al intensificar el conflicto en Osetia del Sur el 7 de agosto, al permitir que sus fuerzas matasen e hiriesen a civiles inocentes y al no prever la aplastante reacción militar de Rusia, a pesar de los indicios de que ya la habían ensayado. "No nos preparamos para una posibilidad de este tipo", confesó el viceministro georgiano de Defensa, Batu Kutelia. Qué idiotas y qué irresponsables.

La segunda, que la moribunda Administración de Bush se comportó con su incompetencia característica al permitir que el Gobierno de Georgia albergara incluso una sombra de esperanza de que la caballería estadounidense iba a acudir en ayuda de este aspirante a Israel en el Cáucaso. Parece ser que el Departamento de Estado transmitió varias advertencias en sentido contrario, pero otros sectores de este Gobierno disfuncional no actuaron con la misma claridad. El ridículo que despertó en todo el mundo la reacción indignada de Washington muestra, además, cuánta credibilidad ha perdido Estados Unidos debido a la invasión de Irak (no invadáis un país soberano; eso es lo que hacemos nosotros).

Es decir, tanto Tbilisi como Washington tienen algo de culpa. Ahora bien, atribuir responsabilidades a Estados Unidos (un deporte que se le da muy bien a los europeos) y a Georgia (un país lejano del que la mayoría de los europeos no sabe nada) no implica pasar por alto el desplante de Rusia a la manera de abordar los asuntos humanos que Europa occidental trata de emplear desde 1945 y el credo por el que la mayor parte de Europa se rige desde 1989.

Lo fundamental en este caso no es la "integridad territorial". La esencia de nuestra nueva forma europea de hacer las cosas es más bien una especie de integridad de procedimiento. Hay que respetar las fronteras de los Estados existentes, pero, en casos excepcionales, algunos territorios dentro de los Estados pueden negociar autonomías especiales o incluso votar para obtener la independencia, como Eslovaquia, Kosovo o tal vez Escocia algún día. Ahora bien, siempre con la condición de que se haga por medios pacíficos, mediante la negociación y el consenso, con la aprobación de las leyes nacionales e internacionales. El cómo importa más que el qué.

Ése es nuestro requisito fundamental, y la Rusia de Putin acaba de desafiarlo. Su mensaje es que el uso unilateral de la fuerza para propugnar los intereses nacionales es parte de lo que hacen las grandes potencias; que el orden posmoderno, multilateral y legal de la UE es un anacronismo pasajero del siglo XX; y que, en las antiguas palabras del diálogo de los melios de Tucídides, "los fuertes hacen lo que pueden y los débiles se someten".

¿Y cuál es la respuesta de Europa? El resultado de la cumbre de urgencia celebrada el lunes por la UE fue menos malo de lo que podía haber sido. A diferencia de la última cumbre de urgencia, celebrada hace cinco años a propósito de Irak, esta vez se mantuvo cierta unidad. Pero las medidas aprobadas son débiles. "Gracias a Dios que ha triunfado el sentido común", comentó un aparentemente satisfecho Vladímir Putin. Y la unidad en sí es débil. Sigue habiendo profundas diferencias de método que reflejan distintos grados de dependencia energética y distintas experiencias históricas de relación con Rusia. Moscú hará todo lo posible para explotar esas diferencias. El Izvestia del lunes tenía un fascinante mapa de colores de los Estados miembros de la UE divididos en cuatro categorías: Gran Bretaña y Polonia eran "críticos violentos", mientras que Alemania, Francia, Bélgica e Italia recibían la halagüeña etiqueta de "lobbistas de Moscú".

El tono de leve satisfacción en la rueda de prensa posterior a la cumbre, con Sarkozy y José Manuel Barroso, me pareció inapropiado. No se puede utilizar un tono así cuando, mientras tanto, hay mujeres y niños que están quedándose en la miseria, o en peor situación aún, en parte como consecuencia del fracaso de Europa. Una derrota no es una victoria. Y esta cumbre sólo podrá considerarse un triunfo si pone en marcha una revisión fundamental de la política de Europa respecto a Rusia.

Lo que nos hace falta es una estrategia de dos vías, que combine elementos de disuasión por la fuerza y habilidad diplomática, de guerra fría y de distensión. La opinión de Putin no es la única en Rusia. La esperanza de que se oyera pronto la del presidente Medvédev se ha desvanecido, pero hay otras, incluidas las que expresan en privado algunos capitalistas rusos preocupados. Debe quedar claro que sigue abierta la puerta a una relación estratégica como la que deseaba Occidente en los años noventa, con Rusia como nuevo pilar del orden internacional liberal.

Sin embargo, nuestra nueva hipótesis de trabajo debe ser que, en un futuro previsible, Rusia va a seguir siendo la Rusia de Putin: una potencia fuerte e implacable, decidida a reducir la influencia de Occidente y establecer su propia esfera de influencia de estilo decimonónico en el espacio pos-soviético. Y un país dispuesto a usar la violencia, la intimidación y la extorsión para hacer triunfar sus intereses nacionales, que, según su definición, incluyen la "protección" de millones de rusos en otros Estados soberanos situados alrededor de sus fronteras. Como en Crimea, por ejemplo, una parte del Estado soberano de Ucrania en la que algo más de la mitad de la población se define como rusa y el Kremlin tiene su flota del mar Negro anclada en Sebastopol.

"Yalta, c’est fini", declaró Sarkozy en la rueda de prensa de Bruselas, en referencia a la supuesta división de Europa en dos esferas de influencia durante la conferencia de Yalta en 1945. Pero quizá está surgiendo otro tipo de Yalta en la ciudad del mismo nombre, situada en Crimea, y otras muchas como ella, en las que la Madre Rusia sueña con cuidar de los suyos. Europa debe hacer todo lo posible por Georgia, incluida una presencia visible sobre el terreno. Pero es mucho más importante, desde el punto de vista estratégico, lo que pueda hacer por Ucrania, un Estado grande y esencial que (a diferencia de Georgia) todavía controla, más o menos, todo el territorio dentro de sus fronteras.

El ministro británico de Exteriores, David Miliband, tuvo toda la razón al ir allí como respuesta a la crisis de Georgia. Ahora, la UE debería ofrecer a Ucrania un futuro claro de integración. Debería enviar a observadores, funcionarios, abogados, asesores policiales, especialistas en desarrollo que hablen ucranio y ruso, a que trabajen sobre el terreno, sobre todo en regiones como Crimea. Nuestra respuesta debe ser realista, no sólo en nuestra forma de juzgar a Rusia, sino también a la hora de valorar nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles. Rusia recurre a los carros de combate. A Europa no se le dan bien los carros de combate. Pero se nos dan bien otras mil cosas, cada una de ellas, por su cuenta, más pequeña, blanda y lenta que un carro de combate, pero que, todas juntas, con tiempo y la perspectiva de la integración, pueden acabar siendo una fuerza más poderosa. Este modelo europeo es el que está hoy a prueba.

Timothy Garton Ash

Un nuevo marco estratégico para Europa


Tras el breve y amargo conflicto entre Rusia y Georgia, es importante que los responsables políticos en Occidente intenten comprender su origen, con la máxima lucidez y de la forma más desapasionada posible. Si no, será imposible extraer las enseñanzas de esta crisis. Si no, los posibles errores políticos posteriores podrían aumentar el riesgo de conflictos aún más graves, una evolución que debemos, entre todos, tratar de evitar.

Lo que podemos decir con seguridad es que, al principio, no fue un conflicto ligado exclusivamente a Osetia del Sur, fueran cuales fueran los argumentos de las partes. Desde luego, ha tenido semejanzas con otras guerras en la Europa poscomunista en las que las disputas nacionales por un mismo territorio desembocaron en violencia y división. Hemos aprendido a desarrollar métodos apropiados para abordar este tipo de conflictos en el contexto de la ampliación de la Unión Europea. Pero no hemos sabido hacer lo mismo en las zonas de Europa en las que la perspectiva de la integración es menos inmediata. Es un terreno en el que la diplomacia europea tiene obligatoriamente que reforzarse.

Lo importante es lo que revela el conflicto sobre la percepción que tiene Rusia de su lugar en el mundo moderno y de qué forma pretende relacionarse con los demás miembros de la comunidad internacional. Ahí reside el principal problema de política exterior.

Cuando Vladímir Putin calificó la caída de la Unión Soviética como "la mayor catástrofe geopolítica del último siglo", no hablaba sólo en nombre de una casta cerrada de políticos y responsables de seguridad en lo alto del Estado ruso. El hundimiento de los años noventa engendró un profundo sentimiento de humillación nacional y una situación de auténtica miseria económica para muchos rusos. No es extraño que hoy todos aguarden un renacimiento del prestigio nacional de la mano de una prosperidad económica recuperada a toda velocidad.

Europa y Estados Unidos deberían esforzarse para concretar esas esperanzas dentro de unas fronteras legítimas. No podemos aceptar el argumento, que muchas veces contraponen en Rusia, de que su declive fue consecuencia de un plan deliberado de Occidente para hacer que se tambaleara y que, por tanto, hoy la compensación debería consistir en una total revisión de los acuerdos posteriores a la guerra fría. Ésa es la mentalidad que ha sido la verdadera causa del conflicto de Georgia.

Por desgracia, parece que, en Occidente, algunos están dispuestos a compartir esa visión de las cosas y sostienen que el proceso de integración euroatlántica es criticable porque ha usurpado los intereses legítimos de Rusia y, por tanto, ha provocado su reacción. Aunque nadie propone dar marcha atrás, muchas voces aprovechan para sugerir que habría que interrumpir el proceso y fijar definitivamente los límites orientales de la Unión Europea y la OTAN.

Seamos claros. Ésa es la Europa del Congreso de Viena en 1815 y de Yalta en 1945. Es la Europa de las potencias y las esferas de influencia, de las grandes potencias que deciden el destino de los países pequeños a golpe de pluma. Es la Europa que se suponía que habíamos dejado atrás.

La expansión de la OTAN y la Unión Europea no es resultado de una decisión imperial tomada en Washington y Bruselas. Nació, sobre todo, del deseo de las nuevas democracias independientes de apoyar sus esfuerzos reformistas en instituciones internacionales basadas en valores democráticos.

El deseo de adhesión de los países europeos que aún no pertenecen a esas instituciones obedece al mismo motivo. Si les cerramos la puerta, no sólo violaremos el principio de autodeterminación que es supuestamente la piedra angular de la nueva Europa, sino que crearemos una zona de incertidumbre geopolítica, y tal vez de inestabilidad, a nuestras puertas.

Por supuesto, hay que evitar tensiones inútiles con Rusia. Pero también debemos intentar que las estrategias para resolver las diferencias y evitar los conflictos no envíen señales de debilidad, especialmente en un momento en el que las interpretaciones triunfalistas del conflicto en Georgia amenazan con alimentar las ilusiones nacionalistas. Semejantes errores de comunicación pueden además suscitar respuestas agresivas debidas a un exceso de seguridad y a la idea, falsa, de que hay que aprovechar las oportunidades. Quienes piensan que acabar con la integración euroatlántica nos va a dar instrumentos para reparar rápidamente nuestras relaciones con Rusia pueden llevarse una desagradable sorpresa.

Por el contrario, lo que deben hacer los dirigentes europeos y estadounidenses es poner en marcha un marco estratégico para sus relaciones con Rusia que responda a los intereses legítimos de esta última nación pero sin poner en peligro los valores que constituyen la base de la comunidad euroatlántica.

Para la Unión Europea, eso significa hallar el justo equilibrio entre sus esfuerzos para construir una nueva relación estratégica con Rusia y los dedicados a la integración de los países del Este que aún desean incorporarse, unos esfuerzos que deben tener la misma prioridad.

¡Qué viejas quedan ahora nuestras recientes obsesiones sobre cuestiones institucionales como el peso de los votos y el tamaño de la Comisión! Ha llegado el momento de que nos tomemos más en serio nuestras responsabilidades estratégicas.

La seguridad es, por supuesto, la dimensión más importante. Debemos estudiar la propuesta del presidente Medvédev para mejorar la arquitectura de la seguridad europea con un espíritu constructivo y abierto que reconozca la aportación concreta de Rusia a nuestra paz y nuestra estabilidad futuras. Pero debemos comprender también que esas discusiones se desarrollarán en paralelo a la ampliación de la OTAN y no la sustituirán de ninguna forma.

Seguir frenando los planes de acción para la integración de Ucrania y Georgia equivaldría a enviar una señal completamente equivocada: indicaría la aceptación tácita de una división de Europa en esferas de influencia. No podemos aceptar la idea de que Rusia se beneficie de una condición de hegemonía que minaría los derechos soberanos de sus vecinos.

Ése fue el primer objetivo de la ofensiva rusa en Georgia, y tenemos que mostrarnos firmes en nuestro rechazo con arreglo a un principio de política europea, por más que, a corto plazo, pueda resultar inconveniente para nuestras relaciones.

La construcción de una Europa unida y democrática es una de las cuestiones difíciles que llevamos mucho tiempo evitando. Siempre hemos avanzado con la idea de que compartir las ventajas de la libertad con el mayor número posible de personas era la mejor forma de evitar el regreso al pasado trágico de Europa. Ha llegado la hora de reafirmar nuestra fe en esa idea.

Aleksander Kwasniewski fue presidente de Polonia entre 1995 y 2005.

Respuesta a un mundo amenazador

Respuesta a un mundo amenazador


Ni una nueva cruzada ni levantar el puente levadizo y encerrarse en el castillo. La respuesta de Occidente a los nuevos retos debe consistir en patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal fuera


La próxima semana, un puñado de líderes políticos se sentará en torno a una mesa durante la cumbre del G-8 en Toyako, Japón, para examinar el estado del mundo. Yo espero estar sentado entonces en una playa en la isla de Ischia, ignorando por completo el estado del mundo. Pero antes de tomarme un descanso de mis columnas semanales, para iniciar un verano que voy a dedicar, sobre todo, a escribir un libro, me gustaría detenerme un momento a echar un vistazo al mundo en el que estamos. No sé qué opinarán ustedes, pero a mí no me parece que tenga buen aspecto.

El historiador francés Jacques Bainville comentó en una ocasión que "las cosas nunca han ido bien". Es útil recordarlo. No obstante, creo que las perspectivas son menos halagüeñas que hace 10 ó 20 años. Seguramente son mejores para un dirigente comunista en Pekín, un capo de la droga en Afganistán o un oligarca en Moscú. Las impresiones dependen en gran parte de dónde esté y qué quiera cada uno. Yo quiero que mis hijos vivan, por lo menos, con la misma libertad que yo he tenido, en un país libre, y quiero que toda la gente posible sea lo más libre posible en otros países. Para ello hacen falta no sólo las libertades civiles y políticas tradicionales, sino también ciertas condiciones básicas de seguridad personal, legal y económica y la posibilidad de labrarse una vida gracias a la educación y la igualdad de oportunidades. A diferencia de algunos liberales clásicos, no creo que alguien muy pobre pueda ser libre.

Éste es el punto de vista desde el que la situación parece desalentadora. A lo largo del último año he dedicado varias columnas a explicar cómo el Reino Unido está perdiendo libertades. Se debe, en parte, a la amenaza de los terroristas yihadistas takfiri, en parte a una reacción autoritaria desmesurada del Estado británico y en parte a otros motivos. La inseguridad económica no facilita las cosas, y seguramente va a empeorar.

En el resto del mundo, los gigantescos retos del cambio climático, la pobreza, la enfermedad y la competencia por los recursos energéticos, los alimentos y las materias primas, todos ellos magnificados por malas prácticas de Gobierno, están arrojando ya a cientos de millones de personas al abismo. Y no hemos hecho más que empezar. Los cambios de poder en el mundo tampoco son favorables. En los últimos meses, Myanmar y Zimbabue han demostrado lo impotentes que son los partidarios de la libertad si sus vecinos poderosos colocan la soberanía del Estado y sus intereses económicos y políticos por delante de los derechos fundamentales de la gente en los países afectados. Un Robert Mugabe con las manos llenas de sangre se pavonea en la cumbre de la Unión Africana, dando y recibiendo abrazos, mientras su portavoz dice que Occidente "puede irse a la mierda mil veces".

Las tiranías de viejo cuño se mezclan con sólidos modelos nuevos de capitalismo autoritario (China, Rusia). Las grandes democracias no occidentales muestran tan poca preocupación por la libertad en los países vecinos como la que mostraban las potencias imperiales europeas por la libertad en sus colonias. India se comporta con tanta debilidad a propósito de Myanmar como Suráfrica a propósito de Zimbabue. Mientras tanto, la República Islámica de Irán se dirige hacia un enfrentamiento nuclear con Israel, la posibilidad de un acuerdo de paz entre Israel y Palestina parece más alejada que hace 10 años y, en gran parte del mundo árabe, los jóvenes crecen inmersos en la ira, en vez de en la esperanza. ¿Hace falta que continúe?

Occidente tiene dos reacciones ante este mundo amenazador: la agresiva y la defensiva, y ambas están equivocadas. Podemos llamarlas las opciones del cruzado y el puente levadizo. La opción del cruzado fue Bush en Irak. Ahora vamos a ver más la del puente levadizo. Esta variante, defensiva, temerosa, proteccionista, invadida por un pesimismo cultural digno de Oswald Spengler, dice que hay que retirar el puente levadizo que permite la entrada a la vieja fortaleza de piedra llamada civilización occidental. Hay que dejar fuera a todos los extranjeros, todos los bienes, todas las ideas posibles. No hay que tratar de cambiar las actitudes de los países islámicos, Rusia ni China. Pertenecen a distintas civilizaciones, por lo que tienen diferentes valores y siempre los tendrán. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a una especie de tregua armada, del estilo de "vosotros hacedlo a vuestra manera; nosotros, a la nuestra". Es decir, esta concepción occidental conservadora condena el multiculturalismo en casa, pero es partidaria de él en el extranjero.

Yo propongo una combinación más optimista y confiada: patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal en el extranjero. No son dos cosas contradictorias. La libertad humana individual no ha sido nunca tan real como en el contexto de la nación-Estado moderna, democrática y liberal. Por tanto, estoy de acuerdo con muchos conservadores en que no debemos debilitar, sino reforzar, la nación-Estado. No debemos retirar el puente levadizo para detener la inmigración, pero sí tenemos que controlarla. Ahora bien, los que vienen a vivir aquí deben ser ciudadanos, y no meros habitantes. El inmigrante legal y aceptado debe tener los mismos derechos, deberes y oportunidades que cualquier descendiente de Guillermo el Conquistador o Etelredo el Indeciso.

Como nuestras sociedades están cada vez más mezcladas, ya no podemos fiarnos de los sobrentendidos y tenemos que explicar con más claridad cuáles son esos derechos y deberes. ¿Cuáles son los mínimos no negociables de libertad, qué áreas son objeto de negociación legítima y qué elementos son pura cuestión de conciencia individual? Ésta es una conversación en la que debemos participar abiertamente todos nosotros, no como un dictado que impongan las élites a las masas ni la mayoría a la minoría (éste es el tema sobre el que voy a trabajar este verano).

No obstante, lo que hagamos dentro de nuestras propias fronteras nunca será bastante. Ya no existen los castillos nacionales autosuficientes. Por eso es por lo que el internacionalismo liberal en el extranjero es un complemento necesario del patriotismo liberal en casa. El internacionalismo liberal no quiere decir invadir otros países y decir a sus habitantes lo que les conviene mientras se les apunta con un arma. Significa elaborar una serie de normas y reglas para que las respeten todos los Estados, preferiblemente plasmadas en el derecho internacional y sostenidas por las organizaciones internacionales. Pretende postular ciertos derechos fundamentales que tienen todos los seres humanos de este planeta, independientemente de su "cultura", sus circunstancias y sus gobernantes, con el fin de lograr el equilibrio entre lo universal y lo particular. El objetivo es construir la paz entre las naciones a partir de estas bases.

Cuando oímos la acusación de que ésta no es más que la exportación neocolonial de las tradiciones occidentales disfrazadas de valores universales, los internacionalistas liberales respondemos como sigue: en primer lugar, es empíricamente demostrable que hay muchas cosas que sí tienen en común todas las sociedades humanas. En segundo lugar, valores como la libertad, la tolerancia, la reciprocidad y la responsabilidad del Gobierno se encuentran en las literaturas, las filosofías y las historias de países no occidentales, como la India de Akbar, las Analectas de Confucio y la Carta de Medina. Tercero, aunque estos valores no se institucionalizaran en esos países tanto como en el Occidente moderno, sí lo han hecho en los lugares más inesperados durante los últimos decenios. Cuarto, incluso en los lugares donde aún no han arraigado, a la gente suele gustarle cómo suenan cuando se le pone en contacto con ellos. En resumen, no hay razón para perder la esperanza en lo que Immanuel Wallerstein llama la aventura humana de crear valores universales.

Igual que en el caso de nuestros propios países, en el mundo necesitamos tener una conversación, no un dictado. Me parece especialmente importante en las democracias no occidentales y con la gente de mentalidad abierta en las sociedades cerradas. Internet es un recurso maravilloso para este propósito, pero no hemos hecho más que empezar a saber usarlo. En definitiva, estoy deseando reanudar esta conversación con ustedes a finales de agosto, cuando Obama pronuncie su discurso de aceptación de la candidatura en la Convención Demócrata de Denver.

Timothy Garton Ash

La oportunidad de la 'generación Y'

La oportunidad de la 'generación Y'


Existe una preocupación común entre las principales empresas que actúan en el mercado laboral español: el cambio generacional que están viviendo y que provoca más de un quebradero de cabeza a sus directivos. ¿Tan difícil es convivir con la generación Y, también conocida como generación Internet o generación Google, por su afinidad a las tecnologías de comunicación?

Pero, ¿qué tienen en común todas aquellas personas que han nacido entre los años 1980 y 1986, que preceden a las anteriores generación X y Baby Boom (sus progenitores) y que están irrumpiendo ahora en el mercado laboral? Por simplificar, aquello que les une y les hace marcar la diferencia es una forma de entender la vida, unos valores y unos principios que, ni mejores ni peores, son muy diferentes de los que estamos acostumbrados en las actuales organizaciones. Resultado de ello es una convivencia de partida algo dificultosa con los actuales directivos y mandos medios de las organizaciones, educados en otros valores muy distintos.

¿Qué esperan éstos de la generación que se incorpora a trabajar con ellos? La respuesta es clara: gente que demuestre, tal y como ellos hicieron, capacidad de sacrificio, espíritu de lucha, lealtad a la organización, interés por desarrollar una carrera a largo plazo basada en el mérito y el esfuerzo, prudencia ante los riesgos, respeto a la jerarquía y un largo etcétera.

¿Y qué esperan los componentes de la generación Y cuando se incorporan al mundo laboral? Buscan, por encima de todo, disfrutar con lo que hacen. Tienen una clara tendencia a la acción, a la iniciativa, a buscar resultados concretos, medibles y objetivos en el coto plazo que, además, estén recompensados en su justa medida. No entienden el largo plazo, trabajar por trabajar, esperando que algún día el esfuerzo dé frutos, no entra dentro de su filosofía de vida. Su pasión por el cambio les hace huir de la rutina, por lo que dejan de ser fieles a sus empresas para pasar a ser fieles a sí mismos y a los proyectos en los que trabajan. La comunicación, la innovación y disponer de las últimas tendencias tecnológicas es el motor de su motivación. Huyen del prototipo de workalcoholic que han visto en sus padres, valorando especialmente entornos de trabajo flexibles, autónomos, donde se pueda conciliar vida laboral y profesional. Quieren modelos de liderazgo compartidos, democráticos, participativos, no autoritarios...

Se ha abierto una confrontación que, necesariamente, debe resolverse. Una parte importante de organizaciones sigue aferrada a la crítica y al intento desesperado de seguir buscando perfiles como los de toda la vida o, lo que es aún más difícil, tratar de cambiar a las personas, Pero es también una realidad, el hecho de que haya muchas otras compañías que han sabido reaccionar a tiempo, dejando las lamentaciones iniciales para pasar a la acción. ¿Cómo?, ¡gestionando y liderando el cambio!, reto verdaderamente difícil, aunque perfectamente alcanzable.

Iniciativas tales como dejar los compartimentos estancos y reinos de taifas, para dar paso a organizaciones menos piramidales; focalizar la consecución de resultados a través de una reingeniería de procesos basada en la gestión de proyectos; definir planes de carrera basados en la diversidad, los cambios y la globalidad, han sido fundamentales. Al igual que lo ha sido también el hecho de redefinir los modelos de liderazgo potenciando el empowerment y la capacitación de los más jóvenes, de fomentar la participación de los empleados en la toma de decisiones relevantes, premiar la iniciativa, abandonar las políticas de recursos humanos estándar para dar paso a soluciones más novedosas, individualizadas y acordes a las necesidades, y potenciar de manera significativa las políticas de comunicación y sinergias entre los diferentes componentes de la organización.

En definitiva, saber aprovechar lo mejor de cada generación para minimizar las debilidades de cada una. Es lo que hace que haya empresas en las que la convivencia generacional, lejos de ser un problema, se haya convertido en la mejor oportunidad de desarrollo, crecimiento y bienestar.

La generación Y ha sido para este tipo de empresas el revulsivo necesario para seguir afianzando su liderazgo e imagen de marca en el mercado, han cambiado incluso las tendencias del consumidor, las estrategias de marketing, publicidad y comunicación y, sobre todo, han permitido evolucionar a pasos agigantados sectores de actividad, como el tecnológico, inmerso en pleno proceso de innovación y cambio.

Sin duda alguna, la diversidad es la mejor oportunidad para adaptarse a los nuevos tiempos.


Almudena Corral es directora de Calidad y Procesos en Hay Selección.

Quién hundió la economía mundial

Quién hundió la economía mundial


Las crisis globales nunca tienen una sola causa ni un solo padre. Aquí se citan algunos ’culpables’


Las cosas venían muy bien. Entre el 2002 y el 2007 la economía mundial tuvo su mejor periodo en cuatro décadas. Las economías crecieron, la inflación fue la más baja en 40 años, la pobreza declinó y la clase media apareció donde nunca antes había existido. Hoy en día este reciente nirvana económico parece casi prehistórico. Los precios de los alimentos y de la gasolina por las nubes, crisis inmobiliarias, economías en picada, desempleo en ascenso y pesimismo generalizado son ahora los titulares de las noticias. ¿Qué pasó? ¿Cómo pasamos tan rápido del paraíso al infierno?

Hay varios posibles culpables de esta crisis. Identificarlos es útil porque permite aclarar el diagnóstico de la enfermedad económica que hoy aqueja al mundo. Éstos son los principales indiciados:

Alan Greenspan. A finales de 2004 el entonces jefe del banco central estadounidense decía que "es improbable que exista una severa distorsión en los precios del sector inmobiliario". Hace poco y refiriéndose a la actual crisis inmobiliaria, Greenspan comentó: "No me di cuenta hasta que ya era tarde". A Greenspan se le acusa de haber respondido a las diferentes crisis financieras estimulando demasiado la liquidez monetaria, con lo cual creó problemas aún mayores después. La crisis asiática, el crash de las empresas de Internet, de grandes fondos de inversión, o los problemas del sector inmobiliario fueron todos tratados por Greenspan inyectando liquidez. También creía mucho en la innovación financiera: "Los consumidores americanos se beneficiarían si los bancos les ofrecen productos hipotecarios más variados y más alternativas que las hipotecas tradicionales a tasas fijas de interés", declaró en 2004. Los bancos le hicieron caso y entre los productos "no tradicionales" que ofrecieron en abundancia estuvieron hipotecas a familias que no las podían pagar. El resto es historia conocida.

Los reguladores del sector financiero. El sistema financiero mundial ha crecido en tamaño y complejidad a mucha mayor velocidad que la capacidad de los Gobiernos para entenderlo y regularlo adecuadamente. Y no son sólo los Gobiernos. Los banqueros mismos con frecuencia confiesan no entender plenamente algunos de los instrumentos financieros que negocian. Si bien los reguladores de diferentes países intentan coordinar sus actividades, la realidad es que la globalización financiera, cuyos beneficios son indudables, hace muy difícil que los funcionarios públicos que operan desde un solo país puedan tener una visión adecuada de los mercados que regulan. No hay dudas que las fallas en la supervisión financiera contribuyeron a crear la crisis que hoy vivimos.

Los especuladores. Éstos son los culpables preferidos de los políticos. En casi todos los países ha habido recientemente una rueda de prensa donde algún ministro o algún político han explicado por qué los especuladores son la causa de la crisis. Las multas o, mejor aún, la cárcel son el remedio favorito de quienes acusan a los especuladores. Y por supuesto que la especulación inmobiliaria, financiera o con los alimentos o el petróleo ha contribuido a la crisis. Ha contribuido. Pero no la ha creado. Y mandar gente a la cárcel nunca soluciona los problemas económicos.

George W. Bush. Dos guerras pagadas con rebajas a los impuestos de quienes más ganan. Acelerada expansión del gasto y la deuda pública. Descuido en la inversión pública no bélica. Políticas que indirectamente aumentan el precio internacional del petróleo. ¿Hace falta decir más?

Los chinos. Y los indios, los indonesios y todos los pobres del mundo. Su culpa es que millones de ellos ahora tienen cómo comer más y mejor que antes, lo cual genera presiones inflacionarias. Esto está pasando, y ciertamente conlleva costos para todos. Pero es una tendencia que hay que aplaudir en vez de denigrar; estimular en vez de frenar. Además, no es cierto que la actual ola de inflación mundial es causada principalmente por los nuevos consumidores. Las causas de la inflación tienen más que ver con las políticas de los países ricos que con los hábitos de los consumidores pobres. Las estadísticas muestran que los subsidios al etanol por ejemplo, encarecen más la comida que el aumento en el consumo de alimentos en los países pobres.

Las crisis globales nunca tienen una sola causa ni un solo padre. Los culpables que aquí menciono, algunos más importantes que otros, simbolizan algunas de las fuerzas que nos han moldeado la situación actual. Y estos culpables no serán los únicos causantes de nuestros problemas. Esta crisis es un drama en varios actos que recién está comenzando. Vendrán otros actos y con ellos otros culpables.

Moisés Naím en El País.

La Europa social, en franca retirada

La Europa social, en franca retirada

Asistimos a la erosión del modelo social europeo. Se imponen las tesis ultraliberales anglosajonas. La decisión del Consejo de la UE sobre las 65 horas de trabajo semanales es un suma y sigue


La decisión mayoritaria del Consejo de la Unión Europea del pasado 9 de junio sobre la revisión de la directiva relativa al tiempo de trabajo no ha modificado el precepto básico de que la duración media del trabajo no exceda de 48 horas, incluidas las horas extraordinarias, por cada periodo de siete días. Pero al mantener la posibilidad de que por acuerdo individual entre el trabajador y el empresario se pueda superar dicho umbral, y al cifrar esa excepción en un tope de 65 horas a la semana, amenaza con vaciar de sustancia el límite legal de la jornada de trabajo, debilitar y condicionar la negociación colectiva y establecer un nuevo horizonte simbólico para la duración de la semana laboral.

El acuerdo del Consejo de la UE "britaniza" el derecho europeo del trabajo. El eslogan de Sarkozy, "trabajar más para ganar más", toma el relevo en Europa a la bandera sindical de "trabajar menos para trabajar todos". Todo un cambio de paradigma. Causa de enorme perplejidad y decepción para los que tienen en el mundo el modelo social europeo como referencia. Y una profunda incoherencia con el discurso a favor de la salud en el trabajo y de la conciliación laboral y personal.

Lo peor es que éste sólo es un síntoma más, que se añade a otros, en una Europa social que, en expresión del secretario general de la Confederación Europea de Sindicatos (CES), John Monks, se "bate en retirada". Y cuya superación depende básicamente de un binomio de cuestiones hoy por hoy inexistente: un proyecto político de Europa que prevalezca sobre las reglas económicas que rigen la vida comunitaria y una coalición de fuerzas capaz de llevarlo adelante.

La actual regulación europea de la jornada semanal ya es muy flexible. Establece que el periodo obligatorio de descanso diario será de 11 horas y el semanal de 24, con lo que, en realidad, se pueden llegar a trabajar 78 horas a la semana. La vigente directiva permite, además, un descuelgue -opt-out- individual, pactado entre el trabajador y el empresario, del máximo legal semanal. Y establece un "periodo de referencia" de cuatro meses durante el cual se pueden realizar más de 48 horas de trabajo a la semana, mediante una "ordenación irregular de la jornada" a lo largo de ese periodo, pactada en convenio.

Como consecuencia de todo ello, en el Reino Unido, principal valedor de los contenidos de la actual norma, cerca de cinco millones de personas trabajan más de 48 horas a la semana, y algunos centenares de miles llegan a las 78 con cierta frecuencia

Para evitar los abusos a que ha dado lugar el opt-out se esperaba que la Comisión y el Consejo derogaran el descuelgue individual de la jornada máxima semanal o, al menos, establecieran un periodo transitorio al cabo del cual se procediera a su extinción. Que ampliaran los tiempos de descanso obligatorio, diario y semanal, y propusieran que la superación del límite máximo de tiempo de trabajo semanal se acuerde exclusivamente por la vía de la negociación colectiva. Y adaptaran la directiva a varias sentencias del Tribunal de Justicia Europeo (TJE), cuyo contenido determina inequívocamente que los tiempos de guardia forman parte del tiempo efectivo de trabajo. Pero no ha sido así. El acuerdo del Consejo sigue manteniendo la posibilidad de derogación individual, aunque limitada por nuevos requisitos. En las guardias, se da carta de naturaleza a que los "tiempos inactivos" no se consideren tiempo de trabajo, salvo convenio o norma en contrario, y se establece la posibilidad, en uno de los supuestos sin acuerdo colectivo, de ampliar hasta 12 meses el periodo de referencia para la anualización de la jornada.

Todo ello implica una potencial amenaza para la duración máxima legal de trabajo en cada Estado miembro y para la regulación de las guardias de colectivos como médicos, bomberos o cajeras de supermercado. Y de otros sectores laborales que, como los trabajadores móviles del transporte por carretera, tienen reconocido, en otra directiva comunitaria, el tiempo "de atención continuada" como tiempo de trabajo.

Es previsible que el opt-out británico se extienda a otros países, alimentando, de esa manera, el dumping social. Y que la negociación colectiva sea marginada allá donde se pueda para así establecer periodos de referencia más amplios y tiempos de trabajo semanales desmesurados. Como se está intentando hacer ya en Francia, las 35 horas de trabajo semanal a tiempo completo pasarán al baúl de los recuerdos y, en general, aumentará la discrecionalidad empresarial para flexibilizar aún más la organización del tiempo de trabajo.

Es posible, y deseable, que, no obstante, el Parlamento Europeo (PE) elimine, en el procedimiento de segunda lectura, los elementos más negativos de la propuesta consensuada en el Consejo. Pero salvo que se produzca una gran reacción social y política en contra, no está claro que ello termine sucediendo, sobre todo tras el cambio de posición de Francia e Italia. Y tampoco está garantizado que, incluso si eso sucede, no termine acaeciendo lo que está pasando tras la profunda modificación que realizó el PE del proyecto de la directiva "Bolkenstein": algunos de sus contenidos se están intentando reintroducir de nuevo, al amparo de la revisión de la directiva de desplazamiento de trabajadores y de las sentencias del TJE.

La parálisis legislativa del último decenio en el campo social, la creciente sustitución de los procedimientos obligatorios por los indicativos y voluntarios, el contenido regresivo de las propuestas que terminan aprobándose, el drástico endurecimiento de las políticas migratorias, las recientes sentencias del TJE sobre los casos Laval, Viking y Rüffert son algunas de las manifestaciones que indican que lo que está sucediendo con la directiva de tiempo de trabajo no es un hecho aislado.

En realidad, estamos asistiendo a la erosión progresiva del modelo social europeo. Las citadas sentencias han confirmado la prevalencia, en el ordenamiento jurídico comunitario, de los derechos de establecimiento y de libre prestación de servicios sobre los derechos fundamentales de negociación colectiva y de huelga. De esta manera, se ha legitimado la competencia desleal realizada por empresas de unos Estados miembro en otros Estados miembro de la UE, al aplicar a sus trabajadores desplazados menores salarios y peores condiciones de trabajo que los que rigen en los países donde se localizaron esas empresas.

La política social europea está dejando de ser parte de la solución para pasar a ser parte del problema. Por ello, la CES ha propuesto que se incluya en el Tratado de Lisboa un Protocolo de "progreso social" que asegure la prioridad de los derechos sociales fundamentales sobre las libertades económicas y las normas de competencia y evite que las directivas o reglamentos sociales europeos puedan, por la vía de la ley o del convenio, empeorar los estándares nacionales. La política social europea ha pasado de tener como norte, en los años 60 y 70, la "equiparación en el progreso" a perseguir el establecimiento de "prescripciones mínimas" en los años 80 y 90, y, actualmente, a derivar hacia una especie de "competición entre modelos sociales nacionales". Un panorama que desgraciadamente no contribuye a aumentar el entusiasmo de los ciudadanos europeos hacia la construcción europea. Y que reclama con urgencia la reacción de un bloque de países que estén dispuestos a defender el modelo social europeo. El encadenamiento en los próximos dos años de presidencias europeas en las que se van a suceder Francia, Suecia, España y Bélgica puede ser una buena oportunidad para ello.

José María Zufiaur es consejero del Comité Económico y Social Europeo.