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Interrupción

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"Mi ideal", dijo en París el estadounidense Richard Rorty ante un público joven, "es que el mundo fuera como el supermercado de mi barrio: bien pertrechado de mercancías y con entrada libre". Alguien que se decía comunista le replicó: "Señor, el problema del capitalismo no es que sea malo, es que no hay para todos".

La respuesta, proferida hace cuatro años en un congreso sobre globalización política, sonaba a salida ingeniosa. Hoy nos la tomaríamos al pie de la letra porque ha hecho camino la conciencia de que la tierra no puede con todo: sus recursos son limitados, hay daños irreversibles, sin olvidar la amenaza de destrucción por obra del hombre. Al Gore está conmoviendo la conciencia del mundo blandiendo los efectos del calentamiento global, que no es, por cierto, el único ni el mayor de los problemas que amenazan a la vida del hombre sobre la Tierra.

Es una situación nueva que merece ser considerada. Hasta ahora la conciencia crítica se cultivaba en cenáculos o seminarios minoritarios encelados en destripar los secretos de ese gran mito de nuestro tiempo que llamamos progreso. Allí podía uno enterarse de que la autoridad de que disfruta la debe a una triple engañosa propuesta: identificar progreso técnico con progreso moral; predicar que es inagotable y por eso todo el mundo acabará satisfaciendo sus deseos, y afirmar que es imbatible, de ahí que mejor estar de su parte que verse arrollado por su dinámica. Son propuestas engañosas porque, primero, a la vista está que nunca el mundo fue más rico y nunca tantas las desigualdades sociales; segundo, que hoy como ayer el mundo avanza sobre las espaldas de los más débiles, es decir, sigue creciendo el cúmulo de víctimas, y, tercero, esa marcha de la historia es imparable sólo en tanto en cuanto nadie se plantee interrumpirla.

De la campaña mundial del ex vicepresidente de Estados Unidos lo más revelador es haber sabido destapar el doble frente en el que combaten los defensores de ese progreso. Se pelea, por supuesto, donde se hace dinero, llámase pozos de petróleo, despachos de las grandes multinacionales, laboratorios o presupuestos del Estado; pero también allí donde se moldean la cabeza y el corazón de quienes pueblan el mundo que ellos construyen, es decir, en los medios de comunicación, en editoriales, universidades y centros de producción intelectual. Dos guerras simultáneas: una física y otra metafísica o hermenéutica tendente a difundir el mensaje de que no hay cambio climático o que si lo hay será benéfico o que es una fatalidad contra la que nada se puede hacer.

A estas alturas de la historia hay que constatar que el frente físico aguanta perfectamente: los beneficios crecen exponencialmente. Es en el frente hermenéutico donde se aprecian algunas grietas. Empieza a cundir el pánico porque nos sentimos en peligro, de ahí que se insinúe por primera vez la pregunta contra la que iba dirigida la metralla hermenéutica: ¿qué hacer? Porque algo hay que hacer.

Lo que haya que hacer depende de cómo se valore el peligro que amenaza. Los hay que, como el propio Al Gore, proponen una estrategia reformista. Se puede hacer con el calentamiento de la Tierra lo mismo que con los clorofluorocarbucos que minan la capa de ozono: un plan de choque que, sin que nadie lo note, acabe si no reduciéndolos sí estabilizándolos. El problema es que los nuevos daños al planeta Tierra -amenaza nuclear, daños irreversibles a la naturaleza, agostamiento de recursos, crecimiento exponencial de la humanidad, etcétera- están íntimamente relacionados con la economía global. No estamos hablando de efectos colaterales, sino de la misma lógica del sistema, por eso la terapia tiene que ser mucho más radical.

Alguien que entreguerras dedicó su extraordinario talento a perseguir en la historia las huellas de esa lógica "progresista", Walter Benjamin, dejó escrito a modo de testamento esta contundente fórmula: "Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá sean las cosas de otra manera. Quizá consistan las revoluciones en el gesto, ejecutado por la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia".

Hubo un tiempo en el que el término revolución se identificaba con aceleración del tiempo. Frente a una lógica conservadora, empeñada en que nada cambiara, la revolución era la apuesta por recuperar de una vez el tiempo perdido. Lo que Benjamin aprecia es que una vez intronizada esa lógica de cambio caminamos ciegamente hacia ninguna parte. Lo catastrófico no es que este mundo acabe, sino que no haya manera de acabar con esta marcha desbocada. Por eso el gesto radical, a la altura del peligro que corremos, es el de activar la señal de alarma. No aceleración, sino interrupción.

La interrupción de la lógica progresista no significa volver a las cavernas. Es sencillamente saber si hacemos del progreso el objetivo de la humanidad, o a la humanidad el objetivo del progreso. En el primer caso, convertimos al hombre en combustible del progreso, en mero medio al servicio de nuevas conquistas del conocimiento, del enriquecimiento o de la felicidad (de unos pocos); en el segundo, hacemos al hombre medida de todas las cosas y del progreso un instrumento cuyos éxitos no valen el sacrificio de una sola vida humana.

Extraño discurso este de la interrupción. Estamos hechos y educados en la cortesía del discurso políticamente correcto. Hace tiempo que desterramos por estridente todo pensamiento radical. Habría que relacionar hoy esa corrección con la lucha hermenéutica que en el plano de las ideas llevan a cabo los petroleros, constructores, especuladores y, en general, los hombres de la guerra y del negocio. ¿Cómo sacudir ese embrujo y lograr una conciencia que refleje la realidad? No bastan las informaciones de los expertos. Al Gore les representa cumplidamente. Éstos sólo transmiten conciencia de exceso. No pueden cuestionar la lógica del progreso porque eso sería como cortar la rama que nos sostiene. El despertar lo produce, más bien, la conciencia de peligro. Quien ya viva en peligro de ser triturado por la marcha triunfal de la historia es quien puede captar mediante una iluminación fugaz la gravedad de la situación. Y será esa iluminación la que, proyectada sobre el presente, pondrá negro sobre blanco las miserias de nuestro tiempo. Seguramente ya hay quien está emitiendo el mensaje, pero en una onda que nosotros, los hombres blancos civilizados, no conseguimos descifrar.

Reyes Mate es profesor en el Instituto de Filosofía del CSIC.

El alcohol daña el cerebro adolescente

El alcohol daña el cerebro adolescente


La mitad de los jóvenes que empiezan a beber antes de los 14 años desarrollará dependencia


Los adolescentes han bebido alcohol durante siglos, pero el que hasta ahora había sido un debate social y moral podría no tardar en centrarse en la neurobiología. Los costes de un consumo elevado a una edad temprana parecen ir mucho más allá del tiempo que roba el alcohol a los deberes, el riesgo de peleas o accidentes y las dificultades que añade al crecimiento. Cada vez más investigaciones indican que el alcohol provoca más daños al cerebro en desarrollo de los adolescentes de lo que se solía creer, y les causa unas lesiones significativamente mayores que al cerebro de los adultos. Aunque son preliminares, los hallazgos han echado por tierra la suposición de que la gente puede beber mucho durante años sin sufrir lesiones neurológicas significativas. Y la investigación incluso apunta a que un gran consumo de alcohol a una edad temprana podría socavar precisamente las capacidades neurológicas necesarias para protegerse del alcoholismo.

Los nuevos descubrimientos pueden ayudar a explicar por qué las personas que empiezan a beber a una edad temprana corren un enorme riesgo de convertirse en alcohólicas. Según los resultados de un sondeo realizado en Estados Unidos entre 43.093 adultos y publicado el 3 de julio en Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, un 47% de las personas que comienzan a beber alcohol antes de los 14 años desarrollan una dependencia en algún momento de su vida, en comparación con un 9% de aquellos que esperan como mínimo hasta los 21 años. La correlación se mantiene incluso cuando se tienen en cuenta los riesgos genéticos de alcoholismo.

La prueba más alarmante de daño físico proviene de experimentos de laboratorio con cerebros de ratas adolescentes sometidos a grandes cantidades de alcohol. Esos estudios observaron importantes daños celulares en el cerebro anterior y el hipocampo. Y, aunque no está claro hasta qué punto pueden aplicarse directamente esos hallazgos al ser humano, existen ciertas pruebas que indican que los alcohólicos jóvenes pueden sufrir déficit análogos. Por ejemplo, los estudios realizados durante los últimos ocho años por investigadores de San Diego descubrieron que los adolescentes alcohólicos obtienen malos resultados en pruebas de memoria verbal y no verbal, concentración y ejercicio de las habilidades espaciales, como las necesarias para leer un mapa o montar una estantería.

"Ahora no cabe duda de ello: el consumo excesivo de alcohol en la adolescencia entraña consecuencias cognitivas a largo plazo", afirma Aaron White, catedrático adjunto de investigación del departamento psiquiátrico de la Universidad de Duke y coautor de un estudio reciente sobre consumo extremo de alcohol en campus universitarios. "Evidentemente, hace cinco o 10 años no sabíamos que el alcohol afectaba al cerebro adolescente de forma distinta", señala White, que también ha participado en la investigación de Duke sobre los efectos del alcohol en ratas adolescentes. "Ahora existe una sensación de urgencia. La situación es la misma que cuando todo el mundo se dio cuenta de lo malo que era que las mujeres embarazadas tomaran alcohol".

Una de las dos zonas cerebrales que se sabe que se ven afectadas es el hipocampo, una estructura crucial para el aprendizaje y la memoria. En 1995, el grupo del neuropsicólogo Scott Swartzwelder del Duke y el Veterans Affairs Medical Center de Durham, al que pertenece White, observó que las ratas que se encontraban bajo los efectos del alcohol tenían muchos más problemas que las ratas adultas achispadas cuando se les pedía repetidamente que localizaran una plataforma sumergida en una bañera de agua turbia y que nadaran hasta ella.

Swartzwelder afirma que es probable que en adolescentes humanos unos mecanismos neuronales análogos expliquen las lipotimias, una pérdida de memoria para los acontecimientos que se producen durante una noche de gran consumo de alcohol sin pérdida del conocimiento.

Toren Volkmann, de 26 años, es un estudiante de la Universidad de San Diego que a los 14 años empezó a beber copiosamente casi todos los fines de semana, y a los 24 años ingresó voluntariamente en una clínica para someterse a un programa de tratamiento del alcohol. "Para mí era algo habitual padecer una lipotimia al menos una o dos veces cada fin de semana cuando estaba terminando el instituto, y por supuesto en la universidad; no le daba ninguna importancia", dice Volkmann, coautor, junto con su madre, Chris, de From binge to blackout [De la borrachera a la lipotimia].

Otras investigaciones han descubierto que, aunque las ratas adolescentes alcohólicas se vuelven más sensibles a la discapacidad de la memoria, sus células del hipocampo responden menos que las de los ejemplares adultos al neurotransmisor ácido gamma-amino-butírico (GABA, siglas en inglés), que ayuda a inducir tranquilidad y somnolencia. Este mecanismo celular puede ayudar a explicar la observación que realizaba Jack London en John Barleycorn: las memorias alcohólicas de que cuando era un adolescente podía seguir bebiendo mucho tiempo después de que sus compañeros adultos se hubieran quedado dormidos.

"Sin duda, algo cambia en el cerebro cuando está expuesto al alcohol de forma temprana", dice Swartzwelder en una entrevista. "Es un arma de doble filo y ambos filos son malos. Los adolescentes pueden beber mucho más que los adultos antes de estar lo bastante dormidos como para dejarlo, pero por el camino están perjudicando sus funciones cognitivas con mucha más intensidad".

En 1998, Sandra Brown y Susan Tapert, psicólogas clínicas de la Universidad de California, San Diego, descubrieron que los jóvenes de 15 a 16 años que dijeron haberse emborrachado como mínimo en 100 ocasiones obtuvieron unos resultados significativamente peores que sus compañeros abstemios en pruebas de memoria verbal y no verbal. Los adolescentes, que estuvieron sobrios durante las pruebas, se habían emborrachado un promedio de 750 veces a lo largo de sus cortas vidas. "El consumo elevado de alcohol durante la adolescencia está asociado con unos déficit cognitivos que empeoran si dicho consumo prosigue hasta la adolescencia tardía y los primeros estadios de la vida adulta", afirma Tapert.

Dos estudios con resonancia magnética, uno de ellos realizado por Tapert, han descubierto que los adolescentes que consumen mucho alcohol presentan un hipocampo significativamente menor que el de sus homólogos sobrios. Pero, según los investigadores, también es posible que quienes consumen mucho alcohol tuvieran un hipocampo más pequeño incluso antes de empezar a beber. Los adolescentes que consumen mucho alcohol también podrían utilizar el cerebro de forma distinta para compensar sutiles lesiones neurológicas, dice Tapert. Un estudio publicado en 2004 que utilizó resonancias magnéticas funcionales, observó que los adolescentes que abusan del alcohol y que se sometieron a una prueba espacial mostraron una mayor activación de las regiones parietales del cerebro, hacia la zona anterior del cráneo, que los adolescentes abstemios.

Tapert plantea la hipótesis de que cuando los bebedores son más jóvenes, el cerebro ha sido capaz de reclutar a zonas más amplias para esa tarea. "Éste es un cálculo bastante fiable de los primeros estadios de un trastorno neuronal sutil, y es probable que se pueda rectificar si la persona deja de beber", señala.

Trastornos en la motivación

Además de en el hipocampo, el alcohol también parece provocar daños graves en las zonas frontales del cerebro adolescente, que son cruciales para controlar los impulsos y reflexionar sobre las consecuencias de las acciones, unas capacidades de las que carecen muchos adictos y alcohólicos de todas las edades.

En 2000, Fulton Crews, un neurofarmacólogo de la Universidad de Carolina del Norte, sometió a ratas adolescentes y adultas al equivalente a una borrachera de cuatro días y luego les practicó una autopsia, seccionando el cerebro anterior y rociándolo con una solución de plata para identificar neuronas muertas. Todas las ratas presentaron algunas células muertas en el cerebro anterior, pero el daño fue como mínimo el doble de grave en el cerebro anterior de las ratas adolescentes, y se produjo en algunas zonas que quedaron totalmente intactas en los ejemplares adultos.

"El alcohol provoca un trastorno en algunas zonas del cerebro esenciales para el autocontrol, la motivación y la fijación de metas", afirma Crews, y puede agravar vulnerabilidades genéticas y psicológicas ya existentes.

"El consumo temprano de alcohol afecta a un cerebro sensible de un modo que fomenta la progresión hacia la adicción", añade.

"Supongamos que usted ha sido detenido por conducir borracho y ha pasado varios días en la cárcel", comenta Crews. "Usted diría: ’No pienso volver a ir a toda velocidad ni conducir bebido’, porque tiene la capacidad de sopesar las consecuencias y la importancia de una conducta. Eso es exactamente lo que los adictos no hacen".

Katy Butler (NYT)

Profesionales desde la guardería

Por Juan Manuel de Prada

ME ha parecido, lisa y llanamente, espectacular la entrevista a Joaquín Leguina que Ángel Collado publicaba ayer en las páginas de este periódico. A la intención del entrevistador se suma la inteligencia afilada y levantisca del entrevistado, y el resultado no puede resultar más suculento; tanto que, por momentos, el lector -habituado a rumiar la insípida alfalfa de los políticos, tan predecibles siempre-tiene que pellizcarse a cada poco, para confirmar que no está soñando. No he cultivado la amistad de Leguina, pero en las escasas ocasiones en que hemos compartido conversación, y sobre todo en la lectura de sus novelas, he descubierto a un hombre leal a sus convicciones, de una honradez intelectual que resulta chocante tanto entre políticos como escritores; un hombre capaz de enjuiciar la realidad desde el conocimiento profundo de la naturaleza humana y, desde luego, un socialista a la antigua usanza, probo y cultivado, como uno se imagina que debieron de ser los institucionistas. Aunque en sus declaraciones a la prensa pueda parecer a veces mohíno o escocido por haber sido apartado de la primera línea política, siempre me ha parecido que íntimamente agradece -aunque cultive cierta pose gruñona- este apartamiento, que le permite dedicar más tiempo a su vocación literaria. Quizá ejemplifique mejor que nadie la incompatibilidad entre el vuelo de la inteligencia y la cerrazón mental que postula el sistema de partidos.

En la entrevista de Ángel Collado ensarta algunas afirmaciones que aúnan lucidez y socarronería. Dispara sus venablos contra el partido de la oposición y también contra el Gobierno, o, por mejor precisarlo con sus propias palabras, «el grupo de Rodríguez Zapatero». En algunos pasajes demuestra una envidiable disposición para el aforismo sarcástico: «Algunos políticos no quieren entrar en la historia, sino en el libro Guinness». Reflexionando sobre las escasas posibilidades electorales de algunos candidatos socialistas, desliza una maldad antológica: «Proceden de la misma cantera, la de los amigos del presidente del Gobierno. Una cantera interesante, sobre todo para Zapatero». Toda la entrevista es un festín de la inteligencia díscola, la inteligencia que no se deja apacentar y prefiere pastar en prados sin alambradas.

Pero donde Leguina muestra mayor capacidad crítica es cuando enjuicia la degeneración de la casta política: «Una persona que se dedica a la política tiene que tener alguna experiencia fuera de la política, tiene que haber cotizado a la Seguridad Social por cuenta ajena o propia, tiene que saber cómo funciona una empresa o una institución pública, haber hecho unas oposiciones o trabajado de albañil o ingeniero de caminos. Eso de meterse desde niño a cobrar de un partido y llegar hasta arriba no es bueno». Este juicio tan atinado podría entenderse malévolamente como una diatriba contra Zapatero, que encarna a la perfección tan lastimoso modelo, pero Leguina pica mucho más alto: está denunciando el mal que corrompe nuestra democracia, la enfermedad que cada día la hace más vulnerable y acabará provocando el hastío y el desentendimiento de los ciudadanos.

Cada vez es más frecuente la figura del político de currículum huérfano. Haraganes que nunca han destacado en nada, que nunca se han tenido que ganar el pan con el sudor de su frente, chupópteros que desde la juventud se arrimaron a unas siglas para medrar, profesionales de la política sin oficio ni beneficio, una caterva de inútiles que cobijan su mediocridad en la burocracia de los partidos, sin más mérito que su adhesión ciega a unas consignas y su habilidad simultánea para la obediencia y el arribismo. Personajillos de escaso fuste que entienden la política como un enchufe vitalicio; alfeñiques que, como nunca han estado en contacto con la vida, terminan convirtiendo la política en un experimento de laboratorio y fabricando problemas artificiosamente allá donde no existían, olvidados de las necesidades reales de la gente. Los hay a patadas en cualquier formación política; y entre todos están consiguiendo arrinconar a quienes, como Leguina, entienden la política como una pasión cívica. Esta ralea acabará jodiendo el invento; y entonces ya será tarde para lamentaciones.

Juan Manuel de Prada

Conllevancia o autodeterminación

Me impulsa a publicar este artículo el que un punto esencial del problema vasco, pese a ser evidente, no suele reconocerse. Mi idea es ésta: la reivindicación de fondo que hoy plantean los nacionalistas vascos es el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Euskadi, por lo que cualquier negociación que se inicie con ellos no podrá eludir este tema. La independencia es -aunque no se diga- el horizonte de todos los nacionalistas. Para un nacionalista -defensor del principio de que cada nación ha de tener su propio Estado- todo sucedáneo de la independencia anhelada no es sino un coitus interruptus. Hace más de veinte años, un colega de Bilbao me describió la situación de su tierra de un modo muy expresivo: "Entre los nacionalistas, los dirigentes son independentistas, pero saben que no puede ser; los militantes son independentistas, pero no saben que no puede ser; y los votantes están en un vaporoso estado de exaltación cordial en el que cabe todo".

Ahora bien, hoy no puede mantenerse que los dirigentes nacionalistas sigan viendo imposible la independencia de Euskadi. Las circunstancias internacionales han cambiado, cierta erosión de los viejos Estados a resultas de la globalización es evidente y, sobre todo, un cuarto de siglo de hegemonía nacionalista ha provocado un distanciamiento sentimental progresivo entre parte del País Vasco y el resto de España, que hace muy difícil pensar en proyectos compartidos e intereses comunes. Los intereses se ven distintos cuando no contrapuestos, por lo que, aun cuando puedan concertarse, no dejan de sentirse como diversos. ¿Cuántas veces hemos oído a dirigentes nacionalistas que los únicos intereses por los que se sienten concernidos son los particulares de Euskadi, haciendo caso omiso de los generales de España? Pero un Estado -también un Estado federal- es, recordémoslo, un ámbito donde el interés general de todos sus miembros prevalece en algunas materias sobre el particular de cualquiera de sus partes. En otro caso, no hay Estado sino todo lo más confederación de Estados.

Así las cosas, ¿qué opciones tiene hoy la España que se siente española a la hora de afrontar el problema vasco? Sólo dos, basadas ambas en el mismo presupuesto, a saber: que el Estado autonómico fruto de la Constitución, desarrollado con coraje y vigor hasta convertirlo en un auténtico Estado federal, es el único marco -no inmutable, sino modificable según sus propias reglas- que la nación española acepta como base de su proyecto común. Pues bien, sobre la base de esta estructura autonómica devenida federal, las dos opciones existentes frente a la perenne reivindicación nacionalista vasca son éstas:

Primera. Conllevar el problema -tal y como aconsejaba Ortega, refiriéndose a Cataluña- sin pretender solucionarlo. Dejar pasar el tiempo. Hay quien sostiene que existen dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que resuelve el tiempo. En esta línea y ciñéndose al ámbito vasco, se ha dicho por un conocedor del tema que ETA nunca será derrotada, pero se extinguirá con el tiempo. Por consiguiente, el camino a seguir sería modificar la Constitución en la medida precisa para desarrollar el Estado autonómico, hasta convertirlo en un Estado federal homologable y efectivo. Para ello sería preciso el acuerdo de los dos grandes partidos españoles, abierto a la participación constructiva -no sólo a la simple adhesión- de los demás partidos dispuestos a prestarla. Y hecho esto, clavar los pies en la arena, aguantar, aplicar la ley hasta el extremo -observata lege plene- y esperar a que escampe.

Segunda. Afrontar el problema vasco en busca de una solución pactada con los nacionalistas, lo que implicaría necesariamente admitir que este contencioso se concreta, para éstos, en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Euskadi. Todo lo demás son paños calientes. Intento justificar lo que digo.

El problema vasco sólo tiene dos salidas: o Estado federal o secesión. No existe una fórmula intermedia de tipo confederal. Ésta quizá podría ser satisfactoria para Euskadi, pero no para España, no sólo porque su probable extensión a más autonomías provocaría la destrucción del Estado, sino por una simple cuestión de intereses: ¿qué ganaría España con ello? Sólo introducir un factor de desestabilización permanente. Por consiguiente, de persistir hasta hacerse insoportable la reivindicación nacionalista vasca, el interés de España -insisto, el interés de España- pasaría porque Euskadi decidiese de una vez entre la federación o la secesión.

Lo insostenible, como afirma Stéphane Dion, es utilizar permanentemente la amenaza de la secesión como un medio para obtener un estatus especial, o para conformar bilateralmente con el Estado el alcance y los límites de la federación, pues la fijación del alcance y de los límites del Estado federal corresponde a todos los ciudadanos por igual y ha de ser objeto de un consenso constitucional.

A la luz de cuanto antecede, es fácil entender lo sucedido en el reciente y frustrado proceso de paz. En los tratos preliminares que preceden a toda negociación, ambas partes eludieron entrar en concreciones y lo fiaron todo a sus respectivas habilidades en la negociación propiamente dicha; pero, cuando ésta se abrió, pronto se vio claro que los etarras iban a por uvas -autodeterminación y Navarra-, mientras que el presidente Rodríguez Zapatero no podía hacer concesiones en este terreno. Y ésta es la historia. No se trataba de aproximación de presos, ni de beneficios penitenciarios. El tema era y es otro: la autodeterminación. Y lo será siempre que se abra el diálogo con los nacionalistas, por lo que jamás se podrá eludir la reivindicación que constituye su razón de ser: la autodeterminación como pórtico de la independencia. Esta realidad debe tenerse muy en cuenta en los días que corren, si se piensa en reanudar la negociación con ETA. Cuantas veces se intente, ocurrirá lo mismo: o autodeterminación o ruptura.

La opción por una de ambas posibilidades -conllevancia o autodeterminación- es una decisión política grave que corresponde tomar al Parlamento español y que le obligaría -si optase por la segunda- a una reforma constitucional que la hiciese viable. Sólo añado que, a estas alturas y para un número incierto de españoles, el único factor que les impide inclinarse -a causa del hastío- por la segunda opción es el destino que aguardaría, en un Euskadi independiente, a la casi mitad de la población vasca que no es nacionalista y se siente más o menos española. ¿Se les puede abandonar a su destino, después de lo que han pasado y pasan?

Vuelven a mi memoria, en este punto, unas palabras de Ralf Dahrendorf, que leí en su libro En busca de un nuevo orden: "El nuevo regionalismo, que suele defenderse con pasión y no pocas veces con violencia (...) es el fruto (...) del deseo de homogeneidad étnica (lingüística, religiosa). Su principio fundamental es la delimitación: hacia fuera, frente a los vecinos ’extranjeros’; hacia dentro, frente a las minorías ’extranjeras’. (...). De ahí que, si el intento tiene éxito, los más beneficiados sean los activistas, no el pueblo". Hay que pensar en ello.

Juan-José López Burniol es notario.

Estado de delirio

por Antonio Muñoz Molina

La política española resulta tan difícil de explicar al extranjero porque está toda entera contaminada de delirios, algunos de ellos tan difundidos, tan arraigados, que casi todo el mundo ya los confunde con la realidad. El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales. En ningún país que yo conozca los titulares están tan hechos casi exclusivamente de declaraciones entrecomilladas. El que llega de fuera se ve asaltado, nada más subir al taxi en el aeropuerto, por un zumbido perpetuo de opinadores que someten a escrutinio las declaraciones y contradeclaraciones previamente enunciadas por los charlistas de la política. Da la sensación de haber entrado en un bar de barra pringosa en el que el humo de la palabrería fuera más denso que el del tabaco, y en el que un número considerable de afirmaciones tajantes parece dictado por la ofuscación de una copa matinal de coñac.

El delirio contamina todos los saberes y con frecuencia termina por sustituirlos del todo. Hay una geografía delirante, que se manifiesta, por ejemplo, en los textos escolares y en los mapas de las noticias sobre el tiempo, y en virtud de la cual cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Casi cualquier delirio es un delirio de grandeza. El País Vasco abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia: Cataluña se extiende hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo, en un ejercicio de megalomanía geográfica que se parece bastante al de los reinos que don Quijote imaginaba que conquistaría con su bravura de caballero andante. Galicia se agranda por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas. Y no quiero pensar qué ocurrirá cuando los cerebros políticos de mi tierra natal descubran por azar algún libro en el que se muestre que hubo una época en la que el territorio de Al-Andalus cubrió casi entera la península Ibérica y una parte del norte de África.

La geografía fantástica se corresponde con el delirio lingüístico: en esos mundos virtuales el español es un idioma molesto y residual que sólo hablan guardias civiles, emigrantes y criadas, y que por lo tanto no merece más de dos horas de enseñanza semanal en las escuelas, aparte de comentarios despectivos sobre su rusticidad y su patético provincianismo. Al fin y al cabo sólo se habla en tres continentes. Cuando no hay modo de prescindir de este idioma al parecer extranjero que sin embargo es el único de verdad común de toda la ciudadanía, se le desfigura en lo posible con una ortografía delirante, que debe de ser un enigma para la inmensa mayoría de los cientos de millones de hablantes que lo tienen como propio. Y cuando los jerarcas de tales patrias viajan por el mundo se convencen a sí mismos en su delirio de que hablan inglés, para no rebajarse a la indignidad de hablar español: pero con raras excepciones hablan inglés tan mal y con un acento español tan inconfundible que sólo los entienden los españoles diseminados entre el público, que constituyen, por otra parte, la mayoría de éste. Los dignatarios -da igual el partido o el territorio al que pertenezcan- cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, incluso con pensadores áulicos, en algún caso muy selecto. Se alojan en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados, o reinos: obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país que han visitado, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan unas declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.

El delirio afecta lo mismo al pasado que al presente, por no hablar del porvenir. Jovenzuelos malcriados que disfrutan de uno de los niveles de vida más altos del mundo se adornan de un corte de pelo carcelario y de un pañuelo palestino y se imaginan que participan en una intifada o en un motín kurdo o irlandés quemando los cajeros automáticos de sus opulentas instituciones

bancarias y los autobuses de un servicio municipal de transportes lujosamente subvencionado, sin correr más peligro que el de un siempre desagradable enfriamiento después de la carrera delante de los paternales policías. En la escuela les han enseñado geografía fantástica y una historia mitológica inspirada en folletines truculentos del siglo XIX. Los tebeos de Astérix y las columnas de astrología de las revistas del corazón son más rigurosos que la mayor parte de sus libros de texto, pero tienen efectos menos tóxicos sobre las conciencias.

El delirio no sólo determina las historias que se cuentan en la escuela. Una editorial de prestigio le encarga a un escritor un libro sobre la caída de Barcelona al final de la guerra. Al escritor no le cuesta confirmar lo que sabe o sabía todo el mundo: que las tropas de Franco fueron recibidas en Barcelona por una muchedumbre entusiasta -ya observó Napoleón que en cualquier gran ciudad hay siempre cien mil personas dispuestas a vitorear a quien sea- y que en el ejército vencedor y entre la nueva clase dirigente había un número considerable de catalanes. Al escritor le dicen que el libro no puede publicarse, sin embargo: no porque cuente mentiras, sino porque las verdades que cuenta no se ajustan al delirio oficial sobre el pasado, según el cual la Guerra Civil española fue una guerra de España contra Cataluña, y ningún catalán fue cómplice de los zafios invasores, igual que ningún vasco llevó la boina roja de los requetés en el ejército de Franco.

El delirio niega la realidad pero puede tener efectos devastadores sobre ella. En España no queda nadie o casi nadie que simpatice de verdad con el fascismo o con el comunismo, y sin embargo se oye con frecuencia creciente que al adversario se le califica de facha o de rojo, con una insensatez verbal que hiela la sangre, y que revela una voluntad de ruptura de la concordia civil copiada de lo peor de los años treinta. Cuando a uno lo pueden llamar rojo por creer que el atentado del 11 de marzo lo cometieron terroristas islámicos o fascista por no eludir siempre la palabra "España" o defender la Constitución de 1978 está claro que el debate político ha caído en un extremo irreparable de delirio.

Por culpa del delirio de José María Aznar nos vimos involucrados en una guerra de Irak que ya era en sí misma otro delirio y en la que no contábamos militarmente para nada, pero que enconó el clima político del país y nos hizo más vulnerables a la amenaza del terrorismo integrista. Poseído por un delirio en el que ya vería a sí mismo coronado por los laureles de la Paz, esa bella palabra, el actual presidente no consideró oportuno prestar atención a los muchos indicios que venían avisando de que su negociación con los pistoleros y con los socios y beneficiarios de éstos no iba por buen camino. Tratar con gánsteres puede ser a veces tristemente necesario, pero conlleva el peligro de que los gánsteres tomen por blandura la benevolencia cautelosa del interlocutor y al menor contratiempo vuelquen la mesa de póquer y se líen a tiros. Que los servicios secretos no hubieran advertido lo que se aproximaba no tiene mucho de extraño, ya que tales servicios, casi en cualquier parte del mundo, se caracterizan por no enterarse de nada, contra lo que sugiere una extendida superstición literaria y cinematográfica: lo asombroso es que nadie en el entorno presidencial leyera los periódicos. La insolencia creciente de las hordas vándalas del norte, las cartas de chantaje y amenaza, los robos de pistolas y de explosivos, el descaro con que los terroristas presos amenazaban de muerte a los magistrados que los juzgaban (ante el apocado retraimiento, por cierto, de los policías encargados de reducirlos, quizás temerosos de provocarles una luxación si les ponían las esposas desconsideradamente): es increíble la cantidad de cosas que uno puede no ver cuando se empeña en cerrar los ojos.

También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno. He leído textos conmovidos sobre la felicidad de estar "al lado de mi presidente", y escuché hace poco en la radio a un entusiasta que llevaba su fervor hasta un extremo de marcialidad, asegurando que él, en estas circunstancias, se ponía "detrás de nuestro capitán, en primer tiempo de saludo", tal vez no el tipo de incondicionalidad más adecuado para el primer ministro de una democracia. Quizás uno, como va cumpliendo años -enfermedad política que denunciaba hace poco en estas mismas páginas Suso de Toro, a quien cabe suponer venturosamente libre de ella- conserva el recuerdo de otra época en la que las personas de izquierdas podíamos ser muy críticas y hasta en ocasiones hostiles hacia otro gobierno socialista, o por lo menos no incondicionales hasta la genuflexión, hasta las lágrimas. No digo que no haya motivos para oponerse a una deplorable Oposición, avinagrada y sombría, que no parece capaz de desprenderse de su propio delirio de conspiraciones, y en la que todo el talento de sus dirigentes da la impresión de estar puesto al servicio, sin duda generoso, de favorecer a sus adversarios. Lo que me sorprende es este nuevo concepto de la rebeldía y de disidencia, que consiste en rebelarse contra los que no están en el poder y en disentir de casi todo salvo de las doctrinas y las directrices oficiales. El delirio perfecto, sin duda: disfrutar de todas las ventajas de lo establecido imaginando confortablemente que uno vuelve a vivir en una rejuvenecedora rebeldía, inconformista y a la vez enchufado, obsequioso con el que manda y sin remordimientos de conciencia, gritando las viejas y queridas consignas, como si el tiempo no hubiera pasado, en la zona VIP de las manifestaciones, enaltecido a estas alturas de la edad por una cápsula de Viagra ideológica.

Antonio Muñoz Molina es escritor.

Las palabras

Las palabras

Las palabras las carga el diablo, como las armas. Por eso, desde siempre, el hombre las ha usado con cuidado, no fueran a explotarle entre las manos. O entre los labios, para ser precisos.

Nunca hasta ahora, no obstante, el miedo a las palabras ha sido tan evidente ni tan exagerado el tacto con el que se utilizan; no sólo entre los personajes públicos, sino también entre la gente anónima, arrastrada por aquéllos a un lenguaje que no sólo no es el suyo, sino que muchas veces ni entiende. Lo que provoca situaciones que en ocasiones rozan lo histriónico, cuando no entran directamente en la condición de humor.

En el ámbito político, la cosa es más que evidente. Cuando nuestros dirigentes, con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza (él fue, de hecho, el que popularizó el término) hablan de los ciudadanos, o de la ciudadanía, para referirse a los españoles (palabra que no supone una ideología, simplemente identifica a unas personas), lo hacen para evitarse problemas, pero ignoran que, al hacerlo, están borrando a un tercio de aquéllos, o sea, a los españoles que viven fuera de las ciudades, que es a los que se refiere el término: ciudadanos = habitantes de las ciudades. Del mismo modo, cuando los nacionalistas periféricos (también los hay españoles) se refieren a España como el Estado, están haciendo también una transposición de términos que, aparte su incorrección (administrativamente, el Estado lo forman todas las instituciones públicas, incluidas las autonómicas y las locales), está vacía de contenido, por cuanto, por una parte, estados son también los de los demás países, por lo que habrían de precisar a cuál de ellos se refieren, y, por otra, conduce a situaciones tan absurdas o tan cómicas como sugerir que llueve en los ministerios ("Lluvias en todo el Estado", dicen ciertos telediarios autonómicos) o considerar que éste es un aparato: "El aparato del Estado", repiten unos y otros continuamente, como si el Estado fuera una televisión.

El absurdo al que conduce esta actitud aumenta de día en día si observamos las aportaciones que continuamente se añaden al vocabulario político nacional: desde identificar Madrid con España entera para no tener que decir la palabra odiada (lo que convierte al Gobierno de la nación en uno autonómico y al de Madrid en inexistente) a sustituir el País Vasco por el norte -como si Santander o Asturias no fueran también el norte-, pasando por expresiones como talante (que, sin añadirle algo, bueno o malo, por ejemplo, no quiere decir nada en realidad), el lenguaje político en España se ha convertido en una entelequia que hubiera hecho las delicias de Valle-Inclán, de estar vivo. Aunque la palma en este terreno se la lleva, para mí, la expresión que los parlamentarios andaluces inventaron para definir su tierra, intentando equipararla con otras de más caché: realidad nacional. Sólo les faltó añadir con destino en lo universal.

Influenciados por los políticos o contagiados por la estupidez del ambiente, los españoles en general nos hemos dedicado últimamente a reinventar la lengua de nuestros antepasados, en orden a hacerla presuntamente más agradable. Así, para no ofender a los diferentes, como se les dice ahora a las minorías, ya sean éstas religiosas o raciales, hablamos de magrebíes, ciudadanos de color, del Este, subsaharianos (¿los blancos lo son también?) y hasta de individuos de etnia gitana (así dicen los periódicos, al menos), cuando los así llamados se llaman a sí mismos normalmente de otra forma, mucho más conocida y natural. Y lo mismo sucede con los maricas, que ahora se les dice gays, rebajando al parecer de esa manera la presunta carga homófoba social, con los indocumentados (ahora simplemente sin papeles), los vagabundos (ahora sin techo), los viejos (ahora mayores, también la tercera edad) y hasta las personas solas (ahora singles, en inglés). Por supuesto, los ciegos son invidentes, los cojos son minusválidos, los subnormales disminuidos psíquicos, los mongólicos síndromes de Down y así sucesivamente, en un intento de suavizar sus males por la vía de modificar sus nombres. Noble empeño que se extiende, sin embargo, a situaciones nada anormales, tales como profesiones (los barrenderos son ahora empleados de la limpieza, los enfermeros ATS, los vendedores a domicilio comerciales, los policías agentes del orden público, etcétera) o actividades tan naturales como orinar (hacer pis) o joder (hacer el amor). Como si nuestros paladares ya no admitieran determinadas palabras fuertes, igual que nuestros estómagos, acostumbrados a la leche desnatada, ya no digieren la leche pura.

La cosa se agrava aún más cuando la corrección política, o lo que se cree por tal, se antepone a la corrección lingüística. Que es lo que ocurre en determinados ambientes, como el de las feministas, donde las palabras se adaptan a las ideas y no al revés. Así, por ejemplo, y aparte de soportar el todos y todas tan de moda en estos tiempos como absurdo (aparte de redundante, si aceptamos la expresión, habrá que hacerla extensiva a todos los masculinos, da igual la especie a que se refiera), yo he tenido que aguantar que una señora me acusara de machista por decirle juez en lugar de jueza. Dio igual que le argumentara que lo que feminiza el término (igual que el de presidenta) es el artículo y no la a, porque ni presidente ni juez implican un género, por más que diga la Academia (que ha admitido los dos términos en un arranque de feminismo); de lo contrario, la presidenta y la jueza serían inteligentas, y diligentas, y hasta ponentas, que era el caso de mi discutidora, y, al revés, por ese mismo conducto, yo sería novelisto, y poeto, y periodisto, dada mi condición masculina. Pero hay temas con los que no se puede jugar, y el del feminismo es uno, y al final opté por callarme, sobre todo cuando mi opositora me dijo que la corrección lingüística era otra forma de dominación del hombre, igual que me sucedió otra vez con un corrector de estilo de una revista de Barcelona que me quería obligar a escribir Ourense en lugar de Orense, pese a que yo escribía en castellano. Según él -y mucha gente-, para no ser un centralista, para que no te tachen de españolista incluso, habría que escribir los nombres de las ciudades en el idioma que se habla en ellas, cosa que no se hace, en cambio, a nivel internacional. Nadie escribe, por ejemplo, New York, Milano o London mientras que nos obligan a decir Lleida pese a que en la propia Lleida mucha gente dice Lérida al hablar.

En resumidas cuentas, y tal como están las cosas, lo mejor es no hablar en público y, si uno se ve en la obligación de hacerlo, utilizar las palabras como hacen todos (y todas, añado al punto): como peligrosas armas de las que la sociedad sospecha y no como convenciones de un instrumento inocuo y maravilloso, el lenguaje, que sirve para comunicarnos. O servía, por lo menos, cuando la gente tomaba la leche entera y vivíamos sin tantos complejos como ahora.

Julio Llamazares es escritor.