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Sobre la identidad democrática

Sobre la identidad democrática

Frente a la cultura de la pertenencia está la cultura de la participación, que busca la integración.

No hay cánones para ser francés, pero sí para estar en Francia como ciudadano.

El debate sobre la identidad francesa incitado por el presidente Sarkozy es un síntoma alarmante de cómo se están poniendo las cosas en nuestra Europa de los malentendidos. ¡Preocupación identitaria hasta en el último bastión republicano del radicalismo ilustrado! Si la sal pierde también el sabor... ¿con qué podremos devolvérselo? Probablemente, la mejor respuesta a quienes inquieren en qué consiste la identidad francesa es replicar: "En no hacer nunca preguntas como ésta". Pero hemos llegado a tal punto que ya no podemos limitarnos a esa irónica contundencia. Es preciso intentar de nuevo dar otra vuelta de tuerca a la pedagogía cívica.

En el congreso Casa Europa, celebrado hace pocos días en Turín por inspiración de Gianni Vattimo, escuché una intervención interesante del ex alcalde de Palermo y actual parlamentario italiano Leoluca Orlando, titulada Identidad y convivencia. Sostuvo que en la UE es preciso dejar de hablar para bien o para mal de "minorías", porque lo que cuenta es que todos formamos parte de la mayoría democrática igual en derechos humanos y garantías civiles. El reconocimiento político de "minorías" estereotipadas consagra una cultura de la pertenencia, según la cual los derechos dependen de la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario. Cada identidad se convierte así en un blindaje que justifica excepciones y conculcaciones de las pautas democráticas generales.

Según mi interpretación, existe una diferencia esencial entre la diversidad de identidades discernibles en cualquiera de nuestras comunidades actuales y la identidad democrática que constituye el ADN del sistema político en que vivimos. Como ya he escrito en otro sitio (el curioso debe consultar el capítulo sexto de La vida eterna) el asunto se resume en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura lo que es de acuerdo a una gama más o menos amplia de identidades yuxtapuestas: algunas nos vienen impuestas por los azares de la biología, la geografía o la historia, mientras que otras provienen de elecciones más personales en el terreno de los afectos, las creencias o las aficiones. Hay cosas que somos desde la cuna y otras que preferimos o nos empeñamos en ser: ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos. Sobre lo que cada cual es, cree que es o quiere ser poca discusión pública cabe. Se trata de una aventura personal mejor reflejada en obras autobiográficas como las Confesiones de san Agustín o de Rousseau, incluso en diarios como el de André Gide.

La identidad democrática, en cambio, no expresa tanto una forma de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir y emprender tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno es o pretende ser.

El único requisito que se impone en democracia a las diversas identidades que se dan en ella es que no interfieran radical-mente con las normas que permiten estar juntos o imposibiliten su funcionamiento igualitario. Por ejemplo, la identidad francesa es, sin duda, parte de lo que los ciudadanos franceses son, pero hay muchas maneras de vivirla, sentirla y pensarla de acuerdo con el resto de los rasgos de identidad que cada cual considera suyos. Ya existen novelas o películas sobre esta diversidad, que unos viven como drama y otros como conquista (supongo que entre estos últimos habrá que incluir al propio presidente de ascendencia húngara y a su envidiablemente cosmopolita esposa).

No hay cánones definitivos para ser francés, pero sí para estar en Francia como ciudadano de una democracia avanzada. De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser francés, sino lo que exige ser ciudadano en Francia.

Lo mismo es válido para el resto de los países, desde luego. No son los minaretes ni los campanarios los que amenazan las libertades públicas, sino aquellos feligreses o dignatarios religiosos que ponen su pertenencia a una fe por encima de sus obligaciones con el sistema democrático que las permite convivir a todas sin desgarramientos ni indebidos privilegios. Frente a la cultura de la pertenencia -acrítica, blindada, basada en el sacrosanto "nosotros somos así"- está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son siempre revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. A esta última, que respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos con quienes son de otro modo, es precisamente a lo que se llama laicismo.

Pero es importante destacar que el laicismo no sólo se refiere a las identidades religiosas: también ha de aplicarse ante otras de distinto signo, como las llamadas de género (refiriéndose al sexo, que es lo que tenemos los humanos a diferencia de los adjetivos y los pronombres) o a las de idiosincrasias nacionalistas. En el País Vasco, por ejemplo, las tímidas medidas que afortunadamente se van tomando para asentar por fin la maltrecha identidad democrática que allí nunca ha tenido verdadera vigencia tropiezan con la oposición de quienes se empeñan en verlas como agresiones a una supuesta "identidad vasca", que ellos se han ocupado de diseñar como incompatible con la española y calcada de parámetros exclusiva y excluyentemente sabinianos. De modo semejante, se previene y desvaloriza en Cataluña la función del Tribunal Constitucional, cuya misión (hay que reconocer que cumplida por lo general sin excesivo lucimiento) supone precisamente la defensa del estar constitucional frente a formas de ser que impliquen desigualdades ofensivas o disgregaciones territoriales de la ciudadanía. No sólo son los obispos quienes pretenden que lo que ellos consideran pecado sea convertido en delito por la ley civil: también hay integrismos culturales o etnicistas que aspiran a imponer sus prejuicios irreversibles -"aquí somos así, hablamos así, etcétera..."- por la misma vía.

El problema de fondo es que las identidades particulares con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica a la que difícilmente puede aspirar la más genérica y compartida identidad democrática. Cada cual disfruta o padece (pero deliciosamente) su ser y sólo se resigna a estar con los demás. De ahí la importancia de una educación cívica, la denostada Educación para la Ciudadanía, que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente laico en todos los aspectos. Ignoro si este objetivo es ahora alcanzable en nuestra era centrífuga, pero estoy convencido de que es deseable y hasta imprescindible dentro de una actitud progresista más allá de las habituales querellas entre izquierdas y derechas.

Fernando Savater es escritor.

El amanecer de otra economía

El amanecer de otra economía

"No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su momento" (Víctor Hugo)


Todo lo que ha sucedido a lo largo de 2009 no ha sido bueno ni malo. Simplemente ha sido necesario. Al tomar un poco de perspectiva, concluimos que las crisis no son más que puntos de inflexión en nuestra larga historia de transformaciones sociales y económicas. En realidad, son el puente entre lo que somos y lo que estamos destinados a ser.

Esta última crisis, por ejemplo, nos ha servido para darnos cuenta de que estamos evolucionando de forma inconsciente. A grandes rasgos, hemos creado un sistema que nos obliga a trabajar en proyectos en los que no creemos para poder comprar cosas que no necesitamos. Y encima pagando un precio muy alto: la progresiva deshumanización de nuestra sociedad, así como la contaminación del medio ambiente, del que ya casi no formamos parte.

Lo sucedido en 2009 también ha puesto de manifiesto que como sociedad y sistema todavía no sabemos quiénes somos ni hacia dónde vamos. Además, esta falta de propósito y de sentido nos genera un gran vacío en nuestro interior. Y por más que triunfe la cultura de la evasión y el entretenimiento, no logramos llenarlo con nada del exterior. El problema es que hemos comenzado la casa por el tejado. Nos falta lo más esencial: los pilares sobre los que sostenerla. Y la solución pasa por aprender lo que la crisis nos ha venido a enseñar.

Entre otras lecciones, nos ha revelado que la economía es como un tablero de juego que hemos incrustado sobre la naturaleza, en el que a través del dinero se relacionan e interactúan tres jugadores principales: el sistema, las empresas y los seres humanos. Y todo ello regulado por leyes diseñadas por los Estados, que a su vez están sujetas a una ley superior denominada "causa y efecto", por la que cada individuo, organización y nación termina por recoger lo que cosecha.

Aunque el capitalismo ha demostrado su eficacia a la hora de promover crecimiento económico, ha resultado ineficiente para fomentar bienestar y felicidad en la sociedad. La negatividad, el estrés, la ansiedad y la depresión son las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. La paradoja reside en que somos más ricos que nunca, pero también mucho más pobres. En este caso, la inconsciencia ha consistido en querer crecer por crecer, sin considerar la finalidad y las consecuencias de dicho crecimiento.

Las empresas, por su parte, se han consolidado como las instituciones predominantes. Tanto es así, que el mundo se ha convertido en un negocio orientado a maximizar el lucro de las organizaciones en el corto plazo, sin importar los medios que emplean para conseguirlo ni los efectos que su exceso de codicia ocasiona sobre los seres humanos y el planeta en el que vivimos.

Cabe recordar que desde la óptica empresarial, todo lo que está vivo es considerado como un "recurso". Y como tal, es usado y explotado para fines mercantilistas. Eso sí, la falta de valores y de sentido ha provocado que el corazón de las organizaciones -las personas que las componen- haya dejado de latir. La mayoría de trabajadores se levanta los lunes por la mañana deseando que llegue el viernes para comenzar el fin de semana. De ahí que la improductividad derivada de la gestión mecanicista amenace la supervivencia de las compañías socialmente más irresponsables.

Nos guste o no, estas circunstancias socioeconómicas forman parte de un proceso evolutivo del que todos somos corresponsables. Y es precisamente la asunción de esta responsabilidad personal el pilar del nuevo paradigma económico que está emergiendo. Se trata de una semilla de la que está empezando a brotar la denominada "economía consciente", cuyo objetivo es que el sistema, las empresas y los seres humanos cooperen para crear un bienestar social y económico verdaderamente eficiente y sostenible.

El primer gran reto que promueve la economía consciente es la responsabilidad social corporativa, que consiste en alinear el afán de lucro de las empresas con la humanización de sus condiciones laborales y el respeto por el medio ambiente. Otra característica es el comercio justo, que apuesta por establecer una relación comercial voluntaria e igualitaria entre productores y consumidores, de manera que todos salgamos ganando.

En paralelo, también está cobrando fuerza el consumo responsable y ecológico, que nos invita a comprar lo que verdaderamente necesitamos en detrimento de lo que deseamos, tratando de que con nuestras compras apoyemos a organizaciones que favorezcan la paz social y la conservación del medio ambiente. Por último, cada día está ganando más adeptos el ahorro consciente, que consiste en poner nuestro dinero en bancos éticos, que, a diferencia de los convencionales, sólo invierten en proyectos que realmente benefician a la sociedad.

La transformación de las empresas y del sistema siempre comienza con el cambio de mentalidad de los seres humanos. No en vano, nosotros diseñamos y ejecutamos los planes y objetivos de las empresas. Nosotros consumimos sus productos y utilizamos sus servicios. Y en definitiva, con nuestra manera de ganar dinero y de gastarlo construimos día a día el sistema en el que vivimos. Sólo al asumir que somos co-creadores del mundo que habitamos podemos decidir cambiarlo, cambiándonos primeramente a nosotros mismos. Y, lo queramos ver o no, es una decisión que tomamos cada día.

Borja Vilaseca en Negocios.

Joven promesa o vieja gloria

Joven promesa o vieja gloria

Los presidentes españoles llegan pronto y se marchan siendo todavía jóvenes


"Como en el fútbol, no se trata de la edad que tengas sino de los años que lleves en esto", dijo Rubalcaba cuando le preguntaron por la suya tras haber descartado la posibilidad de suceder a Zapatero como candidato en 2012, si el presidente renunciaba a serlo. Podría estar pensando en esos futbolistas (Julen Guerrero, por ejemplo) que fueron figuras desde muy jóvenes pero cuya carrera se vio frenada a la edad en que otros llegados más tarde están en plenitud. En la política española también se pasa demasiado rápidamente de joven promesa a vieja gloria.

La hipótesis de que Zapatero pueda rehusar ser candidato en 2012 no fue planteada por periodistas malévolos y tampoco por el PP, sino por José Bono. Fue el ex ministro de Defensa y actual presidente del Congreso quien, en vísperas de las elecciones de 2008, en la presentación de un libro sobre el presidente, dijo tener "la impresión y la intuición", por lo que le había oído, de que no repetiría como candidato tras el segundo mandato.

Ello suscitó reacciones similares a las que se han producido ahora: desmentidos por parte del entorno presidencial, especialmente rotundas cuando provenían de personas cuya carrera política depende directamente de la del líder. Hay un antecedente significativo: en agosto de 1995, Felipe González reunió a una docena de dirigentes, los más próximos a él, para comunicarles que ya había decidido irse y pedirles ayuda para hacer un relevo ordenado. Todos menos uno, Eguiagaray, trataron de disuadirle. Lo cuenta con detalle Gonzalo López Alba en El relevo (Taurus, 2002), libro sobre el proceso de cambio de liderazgo socialista entre 1996 y 2000.

Zapatero fue en 1986, a sus 25 años, el diputado más joven del Congreso, y secretario general antes de cumplir los 40. Entró en La Moncloa a los 43 y, tras ocho de presidente, llegará a las elecciones de 2012 con 51. Los mismos (o menos) que tenían los principales líderes europeos actuales al iniciar su primer mandato: Sarkozy, 52 en 2007; Merkel, 51 en 2005; Brown, 56 en 2007, Berlusconi, 58 en 2004.

Pero la excepción española afecta también a los antecesores de Zapatero (salvo Calvo-Sotelo). Suárez fue presidente con 43 años, y dejó de serlo a los 48; González llegó a los 40 y perdió las elecciones con 53; y Aznar estuvo entre los 43 y los 51. Sus principales colegas europeos de la época habían iniciado sus respectivas carreras presidenciales con al menos 50: los que tenían Kohl y Thatcher en 1982 y 1979. Chirac fue elegido a los 62 en 1995, y tenía 69 al iniciar su segundo mandato, tras unas elecciones en las que compitió con Jospin (64) y Le Pen (74). Mitterrand tenía 64 al ganar en 1981, y 71 al ser reelegido en 1988. González ha dado estos días el dato de que la permanencia media de los presidentes europeos viene siendo desde hace cuatro décadas de algo más de siete años.

Como ha explicado aquí Javier Pradera, es poco verosímil que Zapatero deje de presentarse en 2012: si la economía sigue mal, porque su retirada sería vista como una deserción; y si va bien, porque el PSOE no dispondría de una alternativa mejor para ganar. Es posible que Zapatero tuviera asumido en su momento el principio de la autolimitación de mandatos, a favor del cual hay poderosas razones, avaladas por la experiencia. Así lo dice el citado López Alba en un artículo publicado en Público (26-4-09): "Llegó a la conclusión de que ningún presidente podría gobernar en España más de ocho años después de que Aznar cumpliera el compromiso de limitar su mandato a dos legislaturas". Pero tendría que haberlo manifestado al llegar a La Moncloa o incluso en la campaña previa. Ahora no podría hacerlo sin convertirse en un pato cojo, como dicen los americanos, justo cuando más autoridad necesita para hacer frente a la crisis.

Zapatero ha dado cancha a la novísima generación, con nombramientos sorprendentes o sólo entendibles como preparación de su sucesión. Pero tras el experimento de Aznar no puede hacer movimientos que puedan ser interpretados como de señalamiento de heredero o heredera. En su momento reprochó a Aznar que la cuestión sucesoria estaba limitando su actuación, aplazando decisiones urgentes, como la remodelación de su Gobierno, en función de cálculos sobre la designación del sucesor. (EL PAÍS, entrevista con Soledad Gallego-Díaz. 19-5-02).

Queda otra cuestión. Si Zapatero se retirase a los 51, ¿a qué se dedicaría? Cuesta imaginarle como conferenciante en inglés, a lo Aznar, o como comisionista internacional, a lo Schröder. Y escribir sus memorias a los 51 años, como Baroja, parece algo prematuro. Él ha dicho alguna vez que su pasión es la política y que no sólo se puede practicar desde el Gobierno. La cuestión es si seguiría en ella desde la oposición, si se presenta y pierde.

Patxo Unzueta

¿Dónde están los inmigrantes?

¿Dónde están los inmigrantes?

Se habla mucho de crear una economía sostenible, pero poco de cómo crear una sociedad sostenible


Fue una agradable sorpresa ver que el nuevo presentador del telediario de la noche fuera de origen marroquí; al fin y al cabo, hay casi tres cuartos de millón de ellos en España. Dice mucho del nuevo director general de Televisión Española que haya entendido que lo que es invisible no existe y que haya apostado decisivamente porque la parrilla de los telediarios refleje la diversidad de este país. También fue interesante pasear por Lavapiés y ver unas patrullas de policía tan mixtas como el propio barrio: un policía llevaba turbante e incluso había una mujer policía que llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza. En el barrio todo el mundo está muy contento; por fin tienen la sensación de que la policía es parte de la comunidad que tiene que proteger.

Se acabó también lo de pedir la documentación en función del color de la piel o el aspecto extranjero. El recién nombrado fiscal general del Estado (de origen dominicano) ha sido tajante al respecto: al menos el bochorno que causó su detención cuando paseaba pacíficamente por la Gran Vía una noche de sábado ha servido para poner fin a una práctica tan inaceptable.

Lo que nos lleva al Tribunal Constitucional: la llegada de una jurista de origen saharaui al máximo tribunal ha sido un paso sumamente importante y ha puesto fin a las absurdas discriminaciones en cuanto a la vestimenta que imperaban en el mundo judicial.

En el Congreso, la reciente sentencia sobre la "ley para la integración de los inmigrantes en la vida pública" ha marcado un antes y después. Reflejo de la diversidad de este país, que cuenta ya con más de cinco millones de extranjeros empadronados, aproximadamente unos 40 diputados nacieron fuera de España o son hijos de inmigrantes. El caucus andino, en concreto, que agrupa a los diputados ecuatorianos, peruanos y bolivianos de todos los partidos, ha sido muy activo.

Nuestra política exterior también se está beneficiando enormemente de las nuevas políticas de integración. Gracias a la integración en el cuerpo diplomático de jóvenes de origen subsahariano, nuestro Ministerio de Exteriores conoce a la perfección la política, lenguas, tradiciones y aspiraciones de una región en la que ha abierto recientemente un gran número de nuevas embajadas. A la vez, el nombramiento como secretario de Estado de Cooperación Internacional de un español de origen ecuatoguineano ha sido un gran paso para desterrar todas las acusaciones de neocolonialismo moral que se hacen sobre la ayuda al desarrollo y la promoción de la democracia y los derechos humanos en el exterior. Igualmente, los cinco diputados marroquíes en el Congreso no sólo están siendo esenciales a la hora de desactivar el radicalismo islámico en España sino a la hora de influir positivamente en la evolución democrática de Marruecos.

¿Y qué decir de ese chaval de origen búlgaro que ha ganado la olimpiada de matemáticas en representación de España? ¿Y del empresario de origen cubano que ha revolucionado la telefonía móvil al lograr que todas las llamadas de móvil vayan por Internet, situando a su empresa en el Ibex 35? ¿Y del chino que atiende en la oficina del Inem? Parece que la política de becas y de lucha contra el fracaso escolar de los inmigrantes está funcionando. Menos mal que en este país se entendió a tiempo que la única pregunta relevante sobre la inmigración es si los hijos de los inmigrantes irían a la Universidad.

Evidentemente, todo lo anterior es ficción, un presente que no sólo no existe, sino que, al paso que vamos, camina exactamente en dirección contraria. Así, se nos pretende hacer entrar en un supuesto debate que tiene un método original ("sin complejos"); que predefine la inmigración (en lugar de la xenofobia) como problema; que antes de comenzar ya nos anuncia la conclusión ("aquí no cabemos todos") y, sobre todo, que esconde con todo descaro las verdaderas motivaciones (electorales) de los que lo patrocinan.

Sólo hace falta mirar a nuestro alrededor para adivinar el resultado: en Francia, en lugar de abrir un debate sobre la integración y la discriminación de los inmigrantes, han abierto uno sobre la identidad nacional; en Suiza se convocan referendos sobre los minaretes; en Irlanda la emprenden contra los inmigrantes rumanos; y en Italia, los más exaltados queman los campamentos de los inmigrantes subsaharianos.

Hablamos mucho estos días de cómo crear una economía sostenible, pero muy poco de cómo crear una sociedad sostenible. Los inmigrantes son más de cinco millones, pero son invisibles en la vida pública. Hay países en nuestro entorno que ya han pasado por lo mismo que nosotros (incrementos importantes de la inmigración coincidentes con crisis económicas): ¿de verdad vamos a repetir los mismos errores? ¿Y si, en lugar de aislar, criminalizar y deportar tenemos visión de futuro y construimos una historia de éxito de la que estar orgullosos?

José Ignacio Torreblanca

En defensa de Benedicto XVI

En defensa de Benedicto XVI

Desde el momento de su elección, el Papa, que ha retomado de forma irrevocable el diálogo judeocatólico, ha sido víctima de un juicio mediático y ha sufrido la continua manipulación de sus textos


Habría que dejarse de tanta mala fe, de tantos prejuicios y, para no callarme nada, de tanta desinformación cuando se habla de Benedicto XVI.

Nada más resultar elegido, el Papa ya fue objeto de un verdadero proceso mediático en el que se le tachaba machaconamente de "ultraconservador" (como si un Papa pudiera ser otra cosa que "conservador").

Luego vinieron las insistentes alusiones, cuando no las bromas pesadas, al "Papa alemán" y al "posnazi" con sotana, al que, ni cortos ni perezosos, los guiñoles de la tele apodaban Adolf II (y eso porque, como todos los niños y adolescentes de su edad, fue enrolado en las juventudes del régimen).

Más tarde le llegó el turno a la manipulación de los textos pura y dura. Por ejemplo, a propósito de su viaje a Auschwitz en 2006, hubo quien pretendió, y a medida que pasa el tiempo y los recuerdos se vuelven más vagos hay quien sigue pretendiendo -y repitiendo igual de machaconamente-, que el Papa se habría referido a los seis millones de muertos polacos como a víctimas de una simple "banda de criminales", sin precisar que la mitad de ellos eran judíos (en este caso, el infundio es apabullante, pues, en realidad, aquel día, Benedicto XVI habló de los "jerarcas del III Reich" que intentaron "aplastar" al "pueblo judío" y borrarlo de la faz de la Tierra -Le Monde del 30 de mayo de 2006-).

Y ahora, tras una visita a la sinagoga de Roma -a la que precedieron otras dos a las de Colonia y Nueva York-, la guinda la ha puesto el mismo coro de desinformadores, que esta vez ni siquiera ha esperado a que el Pontífice cruzara el Tíber para anunciar, urbi et orbi, que ni ha encontrado las palabras apropiadas, ni ha hecho los gestos adecuados, y, por tanto, ha fracasado...

Así que, como el acontecimiento es muy reciente, me voy a permitir poner algunos puntos sobre algunas íes.

Al recogerse ante la corona de rosas rojas depositada frente a la placa conmemorativa del martirio de los 1.021 judíos romanos deportados, Benedicto XVI no hizo sino cumplir con su deber, pero lo cumplió.

Al rendir homenaje a los "rostros" de los "hombres, mujeres y niños" arrestados en el marco del proyecto de "exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés", Benedicto XVI dijo algo evidente, pero lo dijo.

Hay que dejar de repetir como loros que -cuando reproduce palabra por palabra los términos de la oración que Juan Pablo II pronunciara 10 años atrás en el Muro de las Lamentaciones, cuando pide "perdón" al pueblo judío pogromizado por el furor de un antisemitismo que durante mucho tiempo fue de origen católico, y lo pide, insisto, leyendo el propio texto de Juan Pablo II- Benedicto XVI hace menos que su predecesor.

Cuando declara, tras una segunda estación ante la inscripción conmemorativa del atentado cometido en 1982, en Roma, por unos extremistas palestinos, que el diálogo judeo-católico entablado por el Vaticano II es ya "irrevocable"; cuando anuncia que pretende "profundizar" y "desarrollar" el "debate entre iguales" que representa el debate con esos "hermanos mayores" que son los judíos, a Benedicto XVI se le puede acusar de todo lo que se quiera, pero no de "congelar" el proceso abierto por Juan XXIII.

Y luego, en cuanto al asunto de Pío XII... Si es necesario, me detendré en el caso de Pío XII, que es enormemente complejo.

Me detendré en el caso de Rolf Hochhuth, autor de la famosa obra El vicario, que abrió, en 1963, la polémica sobre los "silencios de Pío XII".

Me detendré, en particular, en el hecho de que este ardiente justiciero es también un conocido negacionista, condenado varias veces como tal, y cuya última provocación consistió en una entrevista, publicada hace cinco años en el semanario de extrema derecha Junge Freiheit, en la que defendía a David Irving, que niega la existencia de las cámaras de gas.

Por ahora, sólo quiero recordar, como acaba de hacer de nuevo Laurent Dispot en la revista que dirijo -La Règle du Jeu-, que, en 1937, el terrible Pío XII, que todavía era el cardenal Pacelli, fue coautor de la encíclica Con viva preocupación, que sigue siendo, aún hoy, uno de los manifiestos antinazis más firmes y elocuentes.

Por ahora, para restablecer la exactitud histórica hay que precisar que antes de optar por la acción clandestina, antes de abrir, sin decirlo, sus conventos a los judíos romanos perseguidos por los sicarios fascistas, el silencioso Pío XII pronunció unos discursos radiofónicos (por ejemplo, los de las navidades de 1941 y 1942) que después de su muerte le valdrían el homenaje de Golda Meir, que sabía lo que significa hablar y no dudó en declarar: "Durante los diez años del terror nazi, mientras nuestro pueblo sufría un martirio espantoso, el Papa alzó su voz para condenar a los verdugos".

Y, por ahora, lo asombroso es que todo el peso, o casi, del ensordecedor silencio que se hizo en el mundo entero alrededor de la Shoah recaiga sobre uno de los soberanos de aquel tiempo que: a) no tenía ni cañones ni aviones a su disposición; b) según la mayoría de los historiadores, no escatimó esfuerzos para compartir con aquellos que los tenían la información de la que disponía; c) salvó -sí, él-, tanto en Roma como en otros lugares, a un gran número de aquellos de los que se sentía responsable moralmente.

Último apunte en el Gran libro de la bajeza contemporánea: ya se trate de Pío o de Benedicto, se puede ser Papa y chivo expiatorio.

Bernard-Henri Lévy

¿Por qué tememos a la sostenibilidad?

¿Por qué tememos a la sostenibilidad?

Con empresas innovadoras como las que tenemos, la economía española no debe temer a la sostenibilidad


En 1970 California aprobó la primera legislación medioambiental que incluía criterios de eficiencia energética en los electrodomésticos. Los fabricantes de frigoríficos tenían dos opciones: fabricar un tipo de frigorífico para California y otro para el resto del mundo o, sencillamente, reducir los estándares de consumo de los frigoríficos. Lógicamente, optaron por lo segundo. Las críticas contra una ley de la que se dijo que llevaba la industria al matadero fueron lacerantes. Sin embargo, las restricciones medioambientales, técnicamente bien establecidas, actuaron como un motor para la innovación. Si en esa época un frigorífico medio consumía 1.800 kWh al año, el que usted y yo podemos comprar hoy consume cinco veces menos. Además, su precio comparativo es menor de la mitad y sus prestaciones son mayores a día de hoy. ¿Quién dijo que la sostenibilidad iba en contra del crecimiento económico y social?

"Mientras Detroit dormía", ha denominado Thomas Friedman la actitud de la industria automovilística norteamericana al dar la espalda a la sostenibilidad. Detroit apostó por usar el lobby de los congresistas de Michigan para defender sus intereses, en lugar de promover la innovación en sus propios grupos empresariales. Dieron la espalda a la eficiencia en los motores, apostando por los vehículos de elevado consumo, convencidos de que eso era lo que quería el automovilista norteamericano. De los 10 vehículos más vendidos el pasado año en EE UU, 6 eran japoneses. Mientras Detroit dormía, los consumidores americanos se dedicaron a comprar coches extranjeros más sostenibles. El pasado otoño, la industria automovilística estadounidense tuvo que ser rescatada por el Gobierno. Olvidarse de la sostenibilidad supuso perder competitividad.

Hace unos meses, el mismo Thomas Friedman, en un artículo publicado en el New York Times, comparaba el caduco tren que tomó para ir al aeropuerto JFK de Nueva York con el moderno y veloz que le llevó en Hong Kong del aeropuerto al centro de la ciudad. Aunque Friedman no lo decía, ese tren está fabricado por la empresa guipuzcoana CAF. En la campaña electoral de 2008, Barack Obama visitó la planta de aerogeneradores de Gamesa en Pensilvania. Buscaba mostrar cómo las políticas sostenibles pueden crear nuevos empleos en el deprimido Rust Belt americano, y no encontró una foto mejor. Son dos ejemplos que nos demuestran que si hay algún área en la que las empresas de nuestro país tienen capacidad para liderar la transformación económica, es en energía e infraestructuras para la movilidad. Las dos prioridades de la Administración Obama. ¿Tenemos que irnos a América para darnos cuenta de nuestras potencialidades?

Sostenibilidad significa satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro de satisfacer las propias. Cuando hablamos de energía en un mundo en el que una de cada cuatro personas carece de electricidad en su hogar, sostenibilidad implica garantizar el suministro con una energía que sea competitiva y, además, hacerlo con respeto al medio ambiente. La Conferencia de Copenhague debe apostar sin duda por la reducción de emisiones de CO2, pero asegurando a su vez un modelo energético que garantice el suministro en un mundo de demanda creciente, en el que centenares de millones de personas en los países emergentes aspiran a mejorar sus estándares de vida. Todo ello requiere más ahorro y eficiencia energética, impulsar con decisión políticas estables para las energías renovables y apostar por nuevos modelos de movilidad, sin olvidarnos de las energías fósiles, que a día de hoy, y probablemente en las dos próximas décadas, van a constituir cerca del 80% de la demanda primaria de energía.

Debemos, por tanto, hacer que esas energías fósiles puedan ser también sostenibles para que, además de garantizar nuestro modelo económico competitivo, nos permitan mantener los objetivos de emisión de CO2. ¿Cómo? Con tecnología. Esa tecnología existe, se llama eliminación o captura del CO2 y, según la Agencia Internacional de la Energía, la eliminación de ese CO2 emitido al quemar gas, carbón o petróleo debe contribuir de una forma importante a alcanzar los objetivos de emisiones en 2030. Todo ello requiere regular el almacenamiento del CO2 capturado, así como dar un fuerte impulso al esfuerzo de Administraciones y empresas en desarrollar el I+D en este área.

Nuestro tejido productivo tiene condiciones para estar presente en el liderazgo de una economía más sostenible a nivel mundial. Dejar de emitir una tonelada de CO2 nos obliga a su vez a ser más eficientes en nuestros procesos productivos reduciendo nuestro consumo energético, lo que mejora nuestros costes y nos hace más competitivos. Surgen incluso nuevos modelos de negocio en los que nuestras empresas pueden y deben estar. El reciente acuerdo entre Repsol y el Ente Vasco de la Energía para desarrollar una experiencia innovadora de una red de recarga del vehículo eléctrico muestra el camino de cómo convertir en oportunidad para las empresas la transformación que una economía sostenible puede promover.

Con unas empresas innovadoras en el campo de la energía como las que tenemos, la economía española no debe temer a la sostenibilidad. Abramos la puerta a este debate con ilusión y esperanza, en lugar de con reticencia y temor. A esta realidad industrial capaz de responder a los retos debemos añadir dos ingredientes para ser líderes: por un lado, una política energética estable, con amplios acuerdos, con visión de Estado que vea en la sostenibilidad una oportunidad; por otro, unas corporaciones energéticas, alineadas con esta estrategia y con visión a largo plazo, implicadas con el tejido industrial y tecnológico, y con vocación de inversión y de innovación. Si somos capaces de hacerlo, la economía española no será sólo un referente de sostenibilidad. Además, será competitiva y creará empleo de calidad. Es tiempo de oportunidad.

Josu Jon Imaz es presidente de Petronor y del Cluster de Energía del País Vasco.

Árbitros vendidos

Árbitros vendidos

¿Quién es Standard & Poor’s, la agencia de calificación que baqueteó al Reino de España, poniendo bajo sospecha su solidez financiera futura?

¿Es gente deseable?

Standard es la misma agencia que hasta el 9 de diciembre de 2004 sostenía que la gran compañía italiana Parmalat era seguro boccone di cardinale para los inversores. Y que lo sostuvo hasta 10 días después. Sólo cuando el Bank of America destapó el escándalo y reveló la existencia de falsos documentos de la compañía, le rebajó la calificación. Parmalat acabó en una quiebra faraónica. La agencia fue investigada, y su sede milanesa fue registrada por la justicia, por si conocía ex-ante datos del fraude.

Standard es la misma agencia que el 17 de marzo de 2008 voceaba que Lehman Brothers "ha navegado muy bien" en unos "mercados financieros persistentemente volátiles". Y que hasta el 10 de septiembre, cinco días antes de su quiebra, mantuvo a sus títulos la etiqueta de "alta calidad". La misma a la que, como a sus colegas Fitch y Moody’s, la Securities and Exchange Comission (el regulador norteamericano del mercado de valores) le sacó los colores afirmando que ayudó a los bancos de inversión a colocar paquetes de créditos hipotecarios basura o subprime: el detonante de la presente crisis.

Standard es la misma agencia a la que se atribuye haber asesorado al banco holandés Amro en el diseño de un producto del mismo tenor para que fuera lo más opaco posible, y concedió a esa basura su nota sobresaliente, la triple A. Lo que ayudó al banco a su simpática tarea de vender la porquería y diseminar la crisis.

O sea. Standard & Poor’s no es el vigilante impoluto de las cuentas empresariales frente a crisis futuras, como pretende. Es el cómplice necesario precisamente en los desaguisados que nos han llevado a la recesión. No es árbitro. Es el jugador disfrazado de árbitro. De tasador, de notario, de certificador, de presunta ITV de las finanzas.

Las tres grandes agencias de calificación crediticia, todas anglosajonas, gozan de un poder infinito. Que acarrea costes. En el límite, la ruina de los inversores crédulos en sus falaces certificados. En julio, Standard recortó el precio objetivo de los dos grandes bancos españoles, y Moody’s alertó de "implicaciones negativas" para 13 de sus emisiones de bonos, por 7.000 millones de euros. En octubre, Moody’s acusó a la banca española de ocultar créditos morosos, con grave peligro para su solidez, lo que contradijo Fitch. La semana pasada Fitch rebajó la nota a la solvencia de Grecia, desplomó su Bolsa y obligó al primer ministro Yorgos Papandreu a lanzar un severo programa de ajuste. Pese a ello, Standard hizo lo mismo ayer.

Y casi lo mismo amagó Standard con España, alegando que la deuda española es abultada, cuando es 20 puntos inferior a la media europea (aunque su incremento futuro preocupe, Bruselas lo ha validado con condiciones). En un solo día, hace hoy una semana, provocó un sobreprecio en la subasta de bonos del Tesoro que la encareció en 10 millones de euros, suyos y míos, querido lector. ¿Por qué no se atreve con la deuda alemana, francesa o británica, todas ellas superiores?

Las agencias son necesarias para evaluar la solvencia de empresas e instituciones, prever el riesgo de sus acciones y emisiones (la posibilidad de impago), balizar el mercado y proteger así al inversor. Pero no lo son estas agencias, que cumplen casi exactamente la función contraria, induciendo al engaño. Quizá en pocos casos, como alegan con estadísticas inanes: serán pocos, pero son los casos decisivos.

Las agencias son un monopolio a tres, en un negocio de 3.000 millones anuales (con escandalosos márgenes del 50%), sin competidores posibles: ingente tarea para el flamante comisario de la Competencia, Joaquín Almunia. Pero lo peor son sus incompatibilidades, que pueden llevar a la corrupción, eso que suavemente se llama conflicto de interés. Paga sus certificados el propio cliente (como a las empresas de auditoría), el único habilitado para proporcionarles información: algo quizá inevitable, pero seguro caldo de cultivo para cualquier enjuague entre alumno y examinador, entre jugador y árbitro.

El peor conflicto de interés sucede cuando las agencias pasan la chuleta al cliente, le aconsejan cómo sortear sus parámetros y obtener la mejor nota.

La autorregulación de ese fatal triángulo ha sido hasta ahora una broma. En 2003 se comprometieron en un código voluntario a "evitar actividades" que atentaran contra su independencia y a "eliminar cualquier conflicto de interés potencial". Con los resultados vistos. El G-20 les ha llamado la atención en tres ocasiones. Y sólo la UE (EE UU todavía no ha despertado) ha empezado a regularlas (Reglamento 1060/2009 del 16 de septiembre), prohibiéndoles "prestar servicios de consultoría o asesoramiento", y obligándolas a la transparencia y a tener consejeros independientes. Pero la autoridad de control, y la capacidad sancionadora, dependerá de cada Estado miembro. También, ojo avizor, del Estado español.

Xavier Vidal-Folch

El triunfo de los Reyes

El triunfo de los Reyes

EL progresivo avance de la Navidad abstracta, que poco a poco se va imponiendo mediante la abolición más o menos silenciosa de símbolos religiosos, tropieza en el mito de los Reyes Magos con la última barricada que le separa del triunfo completo. El laicismo en boga ha sustituido la tradicional iluminación urbana por un decorado vagamente panteísta, ha neutralizado o suprimido muchas funciones escolares, ha abolido la iconografía cristiana de los christmas y ha arrinconado los belenes institucionales en beneficio del neutro árbol anglosajón, pero no encuentra el modo de superar la expectativa multitudinaria de esta gran noche de la ilusión infantil sin cometer un crimen contra la inocencia. El auge de Papá Nöel, Santa Claus, el olentzero y demás leyendas de la Nochebuena no ha podido derribar en España la supremacía mágica de Melchor, Gaspar y Baltasar; si acaso mantener una cohabitación razonable mientras la crisis no imponga a las familias la necesidad de escoger una sola oportunidad para la ceremonia fascinante de los regalos y los juguetes. Cuando eso ocurre, el liderazgo de los Reyes se muestra entre nosotros terminante, avasallador y perentorio. Incólume.

Bien es cierto que de todo el relato católico de la Navidad el episodio de la Adoración de los Magos es el de más débil base evangélica -sólo lo menciona Mateo, sin atribuirles la condición de reyes ni especificar el número-, que sus detalles proceden de una posterior tradición semiapócrifa y que el carácter fantástico, mestizo y orientalista del mito le otorga una condición fácil de integrar en el discurso multicultural; sin embargo resulta imposible soslayar de esta celebración su potente simbología religiosa, vinculada de forma inapelable al Nacimiento de Jesús y a un ritual de pleitesía y reconocimiento de su origen divino. La celebración navideña puede encontrar sucedáneos antropológicos más o menos genéricos pero el bucle postrero de la Epifanía consagra el protagonismo esencial del Niño con la fuerza imparable de un homenaje a la infancia.

Es ahí, en el mundo sagrado e intocable de los sueños infantiles y de su evocación melancólica por los adultos, donde reside el secreto de la resistencia victoriosa de esta fiesta quimérica. Nadie se atreve a alterar el derecho de los niños a mantener viva la bellísima leyenda de esta fantasía candorosa, capaz de arrasar la inútil autocensura que la sociedad occidental se impone a sí misma para eliminar de su identidad moral la huella de una de sus más hermosas tradiciones espirituales. No habrá belén, ni estrella, ni pastores, ni ángeles, pero al cabo vienen los Reyes con su cortejo esplendoroso de imaginación y de utopía. Y no hay modo coherente de contar ese relato extraordinario sin la referencia última de un Niño en el que simbolizar el comienzo inocente y liberador de una nueva Historia.

Ignacio Camacho y López de Sagredo es columnista del diario Abc.