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El fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla

El fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla


Juan Cruz entrevista a Ben Bradlee, el director de "The Washington Post" que llevó adelante el "caso Watergate"...

Ben Bradlee (87 años) va cada día a The Washington Post, el diario que dirigió hasta la gloria en medio de la época política más turbulenta de Estados Unidos. Él convenció a Katharine Graham, la empresaria, de que era imprescindible, por el honor del oficio, hacer caso a unos jóvenes reporteros, Bob Woodward y Carl Bernstein, que habían visto que algo olía a podrido en el caso Watergate. El resto es historia del periodismo; como en la película Todos los hombres del presidente, en la que su papel lo interpreta Jason Robards, el crédito se lo llevan los reporteros, y el periódico, y él es el capitán en la sombra. Cuando se retiró, en 1991, le hicieron tantas fiestas de homenaje que el hijo de la señora Graham dijo que las crónicas de esas fiestas daban para la lectura de un año. Lo que él atesora de toda aquella gloria es algo que dijo uno de sus grandes amigos, el columnista Art Buchwald: "Estamos ante un magnífico director de periódico". Creyeron que se iba, le nombraron vicepresident-at-large, una especie de vicepresidente-para-todo, pero lo han tenido desde entonces, siempre, cada día, en la sexta planta de The Washington Post, en este lugar donde nos recibe. Es un cuarto sin ventanas, con la puerta abierta; a su alrededor hay algunas fotografías: la de Buchwald, la de Katharine Graham, la de su gran amigo John F. Kennedy, la de Jason Robards..., pero no la de Todos los hombres del presidente. Y algunos recortes. El viejo periodista se dedica ahora a avisar a sus sucesores sobre nuevos nombres que van surgiendo en el periodismo; si los contratan, él luego los invita a comer, o a tomar café. ¿Para adoctrinarlos? "No, ¡jamás! Ellos ya saben qué es The Washington Post". Ya hizo eso desde el principio de su mandato en el periódico, donde aglutinó a jóvenes de todas las razas, y donde impuso controles férreos para que la dudosa atribución de fuentes no fuera un lugar común al que los periodistas se agarraran para simular sabiduría; pero aun así se le coló Janet Cooke, que ganó un Pulitzer con una historia que era mentira... "Uno de mis grandes errores". Su libro Vida de un periodista (A good life, en inglés) es una biblia del periodismo y un libro de estilo, y hablar con él es acercarse a un periodista total que se agarra al oficio como de chico se agarró a las barras de gimnasia para que la polio no le venciera el ánimo. Y por ahí empezamos, una mañana de diciembre de 2008, a hablar con él en su cuarto de vigía de The Washington Post.

Pregunta. Uno le imagina ahí, venciendo la polio, y ese suceso de su vida parece una imagen para entenderle.

Respuesta. Sí, la verdad es que ése fue un periodo muy importante de mi vida. Pero siempre he sido feliz, soy demasiado tonto para ser infeliz. No era el único que tenía polio; éramos 180 en la escuela y 20 la contrajimos. Era en 1936 y yo tenía 14 o 15 años. Me llevaron en una ambulancia; iba con otro niño con los mismos síntomas; murió dos días después. Fue la primera persona cercana que yo supe que había muerto. Mi padre me sacó de la ambulancia, me cogió en brazos y me subió tres pisos. Empezaba un drama.

P. Difícil sobrellevarlo.

R. Después de dos semanas, te bajaba la fiebre y te quedabas allí, tumbado, en la cama, sin poder moverte; entonces venía el doctor y te tocaba los músculos... El doctor me pedía que frunciera el ceño, que levantara las cejas, que moviera las orejas... Y todo iba bien hasta que llegamos a la zona del pecho. Me di cuenta de que no lo podía levantar. Fallaban los músculos de mi estómago. Pasaron cuatro meses antes de que pudiera levantarme y empezar a caminar de nuevo.

P. Sobrevivir a esa experiencia hace fácil afrontar cualquier experiencia.

R. Así es, siempre he sido un optimista. Creo que la vida es más fácil así.

P. Usted dice que la vida siempre está en el futuro.

R. Sí, pero para tener un futuro tenía que sobrevivir a aquello.

P. ¿Sigue siendo un optimista?

R. Más que nunca. Tengo 87 años y buena salud. Hace poco me quitaron la vesícula, ¡y fue la primera vez en veinte años que estaba enfermo! Así que soy muy optimista. Mis hijos están bien, tengo una esposa fabulosa...

P. Y ganó varias guerras...

R. Los jóvenes no entienden que la guerra haya sido tan importante para nosotros y para la gente de mi generación. ¡Fue lo primero que hicimos que fuera significativo! Primero íbamos a la universidad y de ahí nos íbamos a la guerra. Pasé tres años en el Pacífico, a bordo de un barco, tengo medallas de esa época. Entonces me daba miedo admitirlo, pero me lo pasé muy bien. El barco era bueno, la gente era buena. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Tenía 20 años, ¡y no era cosa de ponerme a trabajar en un banco!

P. Tal vez por eso se hizo periodista.

R. Mi primer trabajo fue de chico-para-todo en un periódico, en verano. Tenía 16 años, y si usted mira ahí, en ese panel, está el primer texto que escribí. ¡No lo lea, por favor!

P. ¿Qué piensa usted de todos esos recuerdos?

R. Me siento orgulloso. Creo que a lo largo de mi vida he tomado las decisiones correctas. Sólo he tenido un único trabajo. Periodista. Fui reportero en The Washington Post en 1948, y me quise ir a Europa, y ya era padre de un hijo. Pensé: ahora o nunca. Así que acabé en la embajada norteamericana en París como agregado de prensa. Seguí buscando trabajo, y me hicieron corresponsal de Newsweek. El Newsweek y el Post son los únicos periódicos para los que he trabajado...

P. Raro verle de agregado...

R. Empecé de ayudante del agregado... Y luego fui agregado durante dos años. No me gustaba. Era un trabajo demasiado pasivo. La gran noticia del momento era la guerra de Indochina. Los americanos querían ayudar a los franceses y tener que explicar eso desde un punto de vista positivo era difícil.

P. Una época en que el periodismo no tenía nada que ver con este periodismo. Entonces tenía que saber de todo.

R. ¡O simularlo! Decían: los periodistas saben de muchas cosas, pero de todas sólo un poco. Y es verdad. Uno de los placeres del periodismo es que nunca sabes de qué vas a escribir cuando vas al trabajo. ¿Qué va a ocurrir en el mundo hoy? ¡Ni idea! Eso es lo excitante.

P. Kennedy es su figura. Es atrayente comparar aquel periodo, "lleno de esperanzas y promesas", y este de ahora.

R. Él se murió tan pronto... Sólo fue presidente mil días. Y en ese tiempo le dio a América tanta esperanza... Fue el primer presidente de Estados Unidos nacido en el siglo XX. Murió a los 44 años. Fue el primer político al que conocí cuando tenía poco más de veinte años. Se mudó a una casa que estaba al lado de la mía, su mujer se hizo amiga de la mía. Nuestros hijos nacieron más o menos en las mismas fechas...

P. Usted lloró en su entierro... debe ser difícil separar la amistad del periodismo...

R. Suena difícil, pero él lo hacía fácil. Decidimos que nuestra amistad debía seguir aunque él fuera presidente. Y Newsweek, para la que trabajaba entonces, me envió a cubrir la Casa Blanca. ¡Y no a la Casa Blanca: al presidente! Pero no fue difícil. Decidimos que yo podía usar todo lo que me contaba, a no ser que me indicara lo contrario. Fue una regla simple, pero funcionó. Él no tuvo ningún problema. A veces, yo le suplicaba que me dejara escribir sobre algo que me había contado y que él había vetado..., pero no hubo ningún problema grande.

P. Pero usted se enteraba de las cosas antes que otros... Estaba más cerca.

R. Pero recuerde que Newsweek no es de tirada diaria, no vas buscando el gran titular de todos los días. Mis exclusivas tampoco eran grandes noticias; ahondaba más en lo cotidiano...

P. Una relación especial.

R. Y maravillosa. Fue una oportunidad fuera de serie. Agarraba mi coche, conducía hasta la Casa Blanca, aparcaba, ¡y cenaba con el presidente!

P. Y debió ser un mal trago que su libro de conversaciones con Kennedy acelerara la enemistad con la viuda...

R. Estoy acostumbrado. Siempre hay gente a la que no le gusta lo que escribes. Ella reconoció que yo había respetado mi parte del trato con Jack, pero no le gustaba verlo impreso. Pero tampoco yo era amigo suyo... Cuando él murió, ella se fue a vivir a una casa de Georgetown, enfrente de donde yo vivo ahora. Se quedó sólo un par de meses, no le gustaba Washington. Y se fue a Nueva York. Hasta que ella murió la habré visto diez veces, y una vez, cuando publiqué mis conversaciones con Kennedy, me retiró el saludo.

P. ¿Siente usted la misma esperanza con Obama que cuando estaba Kennedy?

R. No conozco a Obama. He coincidido con él sólo un par de veces. Pero sí hay conexiones entre ellos; los dos son jóvenes... Pero hay muchas cosas que los diferencian. El tiempo, por ejemplo.

P. Una elección que cambia todo.

R. Es una elección increíble para un hombre que sólo lleva diez años en la vida pública. Ha pasado del anonimato casi absoluto a ser el presidente electo. Pero ha logrado capturar la imaginación de los americanos, sobre todo la de los jóvenes. ¡Y la del mundo entero! ¿No es fantástico? Sí, por decirle lo que usted está buscando, me impresiona y me da esperanza.

P. Llega en un momento en que el mundo entero está hecho un desastre.

R. ¡Y va a peor! El pobre hombre llega en un momento en que el país se desmorona, la economía cae... Si pensó que iba a ser difícil su periodo, imagínese ahora. Pero va a tener el apoyo de la gente. Y eso es fantástico. Contar con esa popularidad siendo tan joven y con tan escasa experiencia... Si pudiera ayudar a solucionar el problema económico en el primer año y mantener luego su popularidad creo que será un gran presidente.

P. ¿Y qué piensa del que se va, de Bush? Usted siempre ha luchado contra la mentira, y hemos sido testigos de lo que ha pasado con las mentiras de Bush.

R. Sí, mintió, es verdad que mintió. No sé si era consciente de que era una mentira. No lo sabemos. Creo que sí sabía que era una mentira, y exageró... Siempre ha sido así. Todos mienten. Ahora la prensa es mucho más consciente de esas mentiras. Y se aseguran de demostrar que lo son. Mucho más que antes.

R. Quizá por Watergate.

R. O por Vietnam. Con Vietnam, América, por primera vez, empezó a dudar seriamente de lo que se le contaba acerca de lo que ocurría en otros países. Nos dijeron que en Vietnam las cosas iban bien cuando el país se estaba desintegrando.

P. Vietnam, Watergate, los papeles del Pentágono... Usted decía que detrás de los tres asuntos había mentiras, y su misión era desvelarlas...

R. Con Vietnam, la prensa empezó a examinar de forma mucho más agresiva las palabras y las acciones de sus líderes. Los presidentes ya no pueden salirse con la suya. En los tiempos de Roosevelt, cuando había una rueda de prensa en la Casa Blanca, sólo había 10 reporteros. Ahora hay acreditados 1.500 reporteros.

P. ¿Y hacen las preguntas que deben hacer?

R. Hacen las preguntas que ellos creen que deben hacer, o que sus jefes piensan que deben hacer. Los reporteros y los periodistas ahora están muy preparados, muy informados. Imagínese qué pasaba entonces: ¡sólo nueve hombres y una mujer para cubrir la Casa Blanca!

P. A veces mentimos a los nuestros, pero la mentira política afecta a todo el mundo.

R. Yo creo que ya no mienten tanto... porque no pueden hacerlo. Mire lo que le pasó a Nixon. Estaba preparado para ser presidente. Lo hizo bien, a excepción de Watergate. ¡Pero adónde le llevaron las mentiras! Le costó la vida política.

P. Usted dice que los periodistas no siempre tienen la verdad.

R. No sabemos la verdad. Si el primer ministro de un país me cuenta una mentira, no sé que me está mintiendo. Y lo voy a escribir. Pero ahora hay una gran preocupación por la verdad.

P. Tras Watergate, los periodistas empezaron a preocuparse por las fuentes...

R. ...siempre que las puedan identificar, eso es bueno, y siempre que se refieran a hechos que ellos conozcan... Tuve que echar a un periodista de The Washington Post porque puso en boca de Robert Kennedy algo que éste pudo haber dicho pero que jamás pronunció. ¡Mintió! No hay argumento contra eso. El director depende de sus fuentes de información. Un periodista es la fuente de un director, ¡y si al director le falla la fuente...!

P. Internet es una fuente inmensa... ¿Cómo la ve?

R. Mi vida periodística acabó antes de Internet, ¡menos mal! Internet lo ha cambiado todo. Y has de convivir con ello. Pero puedes exigir que los estándares de Internet sean buenos. Y hay aspectos en que lo son. Pero hay mucho loco también.

P. Su autobiografía es como un epitafio de lo que fue el periodismo con respecto al periodismo que se hace ahora.

R. No lo sé. Las preguntas han cambiado. Sobre todo a causa de Internet. La instantaneidad de las noticias empezó con la televisión, e Internet es la apoteosis de lo instantáneo... La cantidad de noticias frescas es ahora menor en los diarios, eso significa algo. En la portada de The Washington Post aparecen noticias que ya se conocen, o por Internet o por la televisión. No estamos aportando nuevas historias, nuevos hechos... Por eso tenemos que concentrarnos en el significado de esos hechos que ya no damos nosotros en primer lugar; tenemos que saber si son importantes, si influyen en la historia, qué pasará en el mundo si se consolidan... Tenemos que saber eso y contarlo. Ésa es nuestra función ahora.

P. Y no sólo hay hechos. ¿No confundirá tanta opinión al público?

R. No, la gente presta atención a lo que se dice en los periódicos importantes, y si la opinión la da un periódico importante, la gente no confunde los hechos con las opiniones. Por eso es tan importante mantener la reputación de los periódicos.

P. Así que usted se siente optimista también sobre el periodismo y los periodistas.

R. No le quepa duda. ¿Qué sentido tiene la vida si uno no es optimista? Siempre lo he sido, y siempre he creído en la habilidad del cambio. Si alguien me dijera que el martes por la noche el mundo entero se va a ir al garete, pensaría también que habría que buscar una oportunidad para cambiar esto. Y el periodismo es un buen instrumento para cambiar las cosas.

P. Un director suyo, Ralph Blagden, le dijo que la esencia del periodismo es la superficialidad...

R. Era un filósofo, y lo dijo cuando yo estaba escribiendo una historia sobre los veteranos de la guerra; describí el asunto con tanto detalle que me dijo que era demasiado, y entonces soltó esa frase: "La esencia del periodismo es la superficialidad". Dijo: "Cuenta la historia, pero no entres en detalles, porque entonces la historia terminará muerta".

P. Su colega Alan Riding dice que los medios son cada vez más sofisticados, pero que el mensaje es cada vez más banal...

R. Quizá sea cierto, pero tenemos que vivir con ello...

P. "Nos hacemos periodistas por el deseo de arreglar las cosas torcidas".

R. Sí, eso es mío; y dije también que no se puede ser cínico, que los periodistas no podemos ser cínicos... Y a lo mejor lo he sido. Cuando uno llega a mi edad ha escuchado tantas mentiras...

P. Hay un personaje en su vida, Katharine Graham...

R. Una mujer maravillosa, una editora fantástica. Ella se fiaba de ti y te dejaba ir a buscar la historia que tú creías que era importante contar. Extraordinaria... En una empresa hay dos tipos de acciones: acciones de tipo A y acciones de tipo B. Las acciones que son abiertas al público, las de tipo B, tienen un poder limitado. Sin embargo, las acciones A están en The Washington Post en poder de la familia Graham. William Buffet

tiene muchas acciones, pero no puede hacer cambios. Sin embargo, Don Graham, que también es dueño de muchas acciones, levanta un dedo y los cambios se producen. Es el jefe. Hay una diferencia muy grande entre administrar el periódico y tener acciones. Es de propiedad pública, pero está gestionado por una entidad privada. Los buenos periódicos de Estados Unidos funcionan así. Nosotros somos uno de ellos. Otro es The New York Times.

P. Su nombre se asocia a un momento dorado del periodismo. ¿Se acabó?

R. ¡Por supuesto que no! Éstos son momentos buenísimos para el periodismo. ¡Están ocurriendo tantas cosas! El acceso a la información es tan amplio. En los días de Roosevelt no teníamos ni idea de lo que estaba ocurriendo en el mundo. Hoy impresiona la cantidad y la calidad de reporteros que hay.

P. Usted ha sido muy feliz en este oficio, se ve. El mejor oficio, según García Márquez...

R. Y yo estoy totalmente de acuerdo. No hubiera sido periodista si no hubiera sido este oficio como es...

P. En la recepción del periódico están los viejos principios del fundador del Post. ¿Cuáles son los suyos?

R. Los principios son para los dueños, no para los editores. Y para un periodista el principio fundamental es buscar la verdad y contarla. Es verdad que hay muchas verdades, es complicado buscarlas...

P. Uno de sus primeros trabajos en el Post fue para denunciar racismo en una piscina pública... Sesenta años después hay un negro en la Casa Blanca...

R. Es el símbolo más emocionante de la llegada de Obama al poder. Hemos tenido una experiencia muy complicada con el racismo en este país. Fue extraordinario pasar de la esclavitud a la segregación, y mire todo lo que sucedió después... Ahora tenemos a un hombre negro de presidente y muy pocos países desarrollados lo tienen. Y por ello me siento orgulloso. ¡Es fantástico para este país!

P. Dijo de usted Art Buchwald que era un magnífico director. ¿Ahora qué es?

R. ¡Soy un ex editor, ja ja ja! Pero también soy vicepresidente de The Washington Post sin tarea alguna. Me siento aquí, en esta esquina, hablando con gente muy interesante. Estoy involucrado en proyectos y escribo, no mucho, pero lo hago. Ayudo a otros y pululo por aquí. Bajo a la sala de reporteros, digo hola, como con la gente y ayudo a los jóvenes reporteros. Soy una parada en el tour de este lugar. He estado aquí mucho tiempo, así que pienso que no les estorbo. Y cuando encuentro a alguien con talento, bajo y lo comunico...

P. Y admite sus errores...

R. ...como el de Janet Cooke. De ése nunca me arrepentiré demasiado.

P. Y sus triunfos, como el Watergate...

R. El mérito fue haber persuadido a Katharine Graham de que el periódico debía ir hacia la excelencia, de que había que convertir The Washington Post en algo grande. The Washington Post era el tercer diario en importancia en Washington cuando llegué, en 1968... Ahora no les cuento a los jóvenes con los que me reúno las batallas que tuvimos que dar. ¡Ya ellos saben de qué va The Washington Post, y yo renuncio a adoctrinarlos! A veces me preguntan por el Watergate, y les cuento, si quieren saber.

Maestros del periodismo en Domingo.

Discurso inaugural del presidente Barack H. Obama

Discurso inaugural del presidente Barack H. Obama

Discurso inaugural del Presidente Obama...

Queridos conciudadanos:

Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.

Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.

Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.

Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.

Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.

Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.

Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.

Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.

Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.

Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.

Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.

A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.

Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.

Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.

Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.

Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.

Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.

Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.

Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:

"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".

América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.

Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

Barack H. Obama es el 44º Presidente de los Estados Unidos de América.

Estar más no significa trabajar más

Estar más no significa trabajar más

La nueva generación reclama empleos que le dejen espacio para su vida personal, pero chocan con la antigua idea de dedicación absoluta - Algunas empresas ya empiezan a revisar sus esquemas


Un empleado delante del ordenador acaba de terminar su trabajo, pero mira a su alrededor, receloso, y ve que ninguno de sus compañeros se mueve del asiento a pesar de que ya se va haciendo tarde. Ya no va a trabajar más, pero él tampoco se mueve, no vaya a ser que crean que se está escaqueando. La creencia de que cuantas más horas esté un trabajador pegado a la silla demuestra mayor esfuerzo, implicación y rendimiento, choca con las cifras de España. Es uno de los países europeos en el que más horas se echan en el tajo -unas 200 horas más al año que franceses, daneses o alemanes-, y aun así sigue estando a la cola de la productividad. Hoy se celebra el Día del Trabajo, bajo el lema La igualdad, el salario digno y la inversión productiva, en un contexto en que las formas más variadas de organizar el tiempo laboral (de la flexibilidad a las jornadas continuas sólo de mañana o al teletrabajo), chocan con las viejas concepciones. Sobre todo, contra esa cultura presencial tan arraigada en España, de horarios interminables bajo la atenta mirada del jefe fiscalizador.

"Evite y combata, dentro de lo posible, el presentismo. La competitividad hace que se necesite trabajar mejor. Las empresas cada vez evalúan más a sus empleados de acuerdo con sus resultados. Pasar 12 horas al día en la oficina no nos ayudará a ser más valorados ni a ser más productivos ni más eficaces". Éste es uno de los puntos del decálogo que la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España ha repartido con motivo del Día del Trabajo. Pero la realidad es que en muchos empleos -tal vez la mayoría de ellos-, pasar 12 horas en la oficina sí ayuda a ser más valorado. "Lamentablemente es así, pero cada día es más real el cambio", responde Ignacio Buqueras, presidente de la comisión.

Las bajísimas cifras de productividad españolas han obligado a las empresas a replantearse su organización del trabajo y, además, las nuevas generaciones llegan exigiendo un empleo que les deje espacio para su vida personal, asegura Nekane Rodríguez, directora comercial y de marketing de la consultora especializada en recursos humanos Creade. En la sociedad del conocimiento, continúa, se hace cada vez más necesario atraer y retener el talento, "que no es otra cosa que la suma de capacidad y compromiso".

Pero la situación actual es otra. Un escaso 7% de empresas españolas ofrecen horarios flexibles y por objetivos, según el estudio del IESE sobre empresas familiarmente responsables. Y a la cultura presentista se suman unos arraigados valores que se traducen muchas veces en lo que la profesora de la Universidad de Sevilla Mercedes Sánchez-Apellániz denominó, en un estudio de 2004, empresas con cultura "del trabajo obsesivo": "En ellas, trabajar muchas horas es señal de dedicación y, por tanto, de promoción profesional. Irse del trabajo a la hora normal de salida se interpreta como falta de motivación".

Sin embargo, Ignacio Buqueras es optimista, no sólo por la presión creciente de los empleados que reclaman soluciones de conciliación, sino por el número de empresas que empiezan a responder. Habla, por ejemplo, de Iberdrola, que ha recibido el certificado de empresa familiarmente responsable que da la Fundación + Familia y está apoyado por el Ministerio de Trabajo.

Desde el pasado mes de noviembre, esta empresa ha establecido la jornada continua por la mañana durante todo el año para cerca de 7.000 trabajadores. Se empieza entre 7.30 y 7.55 y se sale entre 15.05 y 15.30. A cambio, los empleados trabajan 10 minutos más al día, unas 40 horas más al año. En estos seis meses, el absentismo laboral ya se ha reducido un 25%, asegura Álvaro Murga, director de Relaciones Laborales de Iberdrola. "La gente está mucho más motivada y rinde mucho más".

La jornada se corta a las 15.30, pero Murga matiza que cuando hay más trabajo la gente se queda hasta la hora que haga falta (en la Fundación ONCE incluso cortan la electricidad cuando cae la tarde para que nadie se pueda quedar más tiempo). La pregunta es: ¿Este nuevo horario ha hecho que en Iberdrola se acabe con los recelos de ese trabajador con el que empieza este texto y con la tentación de alargar la jornada para hacer méritos? "Al empleado no se le valora por el tiempo que pase aquí y ellos lo saben", contesta Murga. Cada uno tiene unos objetivos y una evaluación a los que van ligados unos complementos y, desde el último convenio, también la subida del salario fijo.

Las cosas están cambiando, dice Murga, y en los próximos tiempos lo harán más a través del teletrabajo. Carmen Ruiz (43 años) es gerente en la consultora PriceWaterhouseCoopers y, desde hace año y medio, trabaja hasta un tercio de su horario desde casa, como otros 99 compañeros de su empresa. Está en la oficina hasta las 16.30-17.00, recoge a sus hijos del colegio y a media tarde lo retoma en casa. Ésta es la solución que ella ha tomado, pero alguno de sus compañeros, cuenta, han elegido un día a la semana para trabajar desde casa. Carmen Ruiz necesita dedicarle más tiempo a uno de sus dos hijos, y está encantada con esta solución: "He dejado de llevar ese pulso diario entre la vida profesional y la laboral. Ahora estoy más contenta en el trabajo, lo llevo mejor, y también las tareas en casa".

Es cierto que las experiencias se multiplican -MRW es otro ejemplo de fomento del teletrabajo-, pero esta modalidad apenas tiene incidencia en España. Se mida como se mida, todas las encuestas le dejan a la cola. Un estudio de la Comisión Europea decía que en 2003 el teletrabajo (según una definición bastante abierta) representaba en España el 4%, frente al 13% de la media de la UE y al 18% de Suecia. Y una encuesta del portal Monster.com decía que en 2004 en España era de 0,6% frente al 5% de media europea.

Es cierto que el teletrabajo no es posible en todas las ocupaciones, como recuerda una de sus beneficiarias, Carmen Ruiz, y que está muy vinculado, sobre todo, a los empleados de más alta cualificación. Pero, ¿acaso son tan pocas esas ocupaciones como las que reflejan las cifras? ¿O es que existe el miedo de que el empleado no trabaje si no está controlado en la oficina?

Un reciente estudio del profesor de la escuela de negocios británica Durham Business School Tom Redman asegura que el teletrabajo no reduce el compromiso de los empleados (el 69% de los teletrabajadores respondieron que hacen suyos los problemas de la empresa, el mismo porcentaje de los oficinistas) y, sin embargo, sí reduce el estrés (un 43% frente a un 69%).

En la modalidad de teletrabajo desarrollan su labor entre un 5% y un 10% de los 11.000 trabajadores del enorme complejo de Telefónica en Madrid. Pero José Luis Escobar, director de Patrimonio de la empresa, apuesta más bien por el trabajo de movilidad, al que están adscritos en torno al 20% de esos 11.000 empleados, aunque, una vez más, no está abierta a todos los trabajadores.

Con un ordenador portátil que se pueda conectar a la Red desde cualquier sitio, estos trabajadores se mueven, sin un escritorio fijo, entre edificios de la compañía o despachos de clientes, y visitan de cuando en cuando unas mesas que suelen estar vacías en su oficina. Escobar explica que esta medida, si bien hace que los empleados ganen tiempo -"creo que les hace la vida más fácil"-, se tomó por necesidad. Y admite que requiere nuevas formas de valorar la dedicación de los empleados, por objetivos. "Pero esto ya empezó a cambiar en los noventa", asegura.

Nekane Rodríguez, de la consultora Creade, dice, sin embargo, que aún hay mucho camino por recorrer para cambiar esa mentalidad empresarial y romper con esa cultura que consiste en dedicar la mayor parte del día a la oficina, aunque en realidad no se esté trabajando. En las compañías, explica, coexisten varias generaciones, las más jóvenes, que quieren conciliar, con las mayores, que fueron educadas en la idea de que lo más importante es el trabajo, y con otras intermedias en las que esa concepción se fue diluyendo. "En ese contexto, los cambios son muy difíciles, sobre todo si hay empresas a las que les ha ido muy bien con los viejos sistemas", señala Rodríguez. "Hay que recordar que los cambios culturales son muy lentos".

Porque en el fondo de esa cultura empresarial subyace de nuevo el problema de los horarios españoles, tan distintos de los del resto de Europa. "En España nunca se ha trabajado de 9.00 a 17.00, sino más bien hasta las 20.00 o las 21.00", recuerda Vicent Borràs, investigador del Centro de Estudios Sociológicos sobre la vida cotidiana y el trabajo de la Universidad Autónoma de Barcelona. "Los horarios de todos los servicios se extienden a todo el día, y esto lo pagan, haciendo los peores turnos, las clases más pobres. En cuanto a las clases medias, lo que ocurre es que se tiene una franja laboral muy ancha, aunque en realidad son horas vacías porque hay muchas rupturas".

El tema de las comidas en España también ha sido ampliamente tratado, no sólo por la hora, más tardía que en el resto de Europa, sino por lo que se prolongan. "El jefe es un poco la cultura de la empresa, y en España están muy arraigadas las comidas de negocios", añade. Borràs pone un ejemplo que ha encontrado recurrentemente durante las entrevistas que ha hecho en sus investigaciones. Un abogado, por ejemplo, ha terminado su trabajo a las cinco de la tarde, justo a la hora a la que el jefe vuelve de comer con todas las ideas que quiere que sus empleados desarrollen esa misma tarde. Y vuelta a empezar.

Pero toda la culpa no la va a tener el jefe. "La gente no quiere tener tiempo libre. Es una cultura del estoy siempre trabajando, estoy siempre ocupado, que además está muy valorada socialmente. Una cultura muy masculina que sólo se empezó a romper con la incorporación masiva de las mujeres de clase media al mercado laboral", añade Borràs.

Una viñeta de Forges publicada en este periódico hace dos años, que decora la pared de más de una oficina, resume perfectamente muchos usos y costumbres españoles. En ella, un oficinista, repanchingado en la silla, le dice a otro: "¡Ahummm...! Las nueve..., me voy a casa: seguro que los niños ya están bañados". Y el otro, en la misma postura, con los pies sobre la mesa, contesta: "Yo me quedo hasta las diez, no me vaya a tocar sacar al perro".

Hay muchas formas de estar en el trabajo, aunque se esté con el trasero pegado a la silla. Además del absentismo laboral, Nekane Rodríguez habla de absentismo presencial, que consiste en dedicarse en horas de trabajo a actividades ajenas a él, como mirar el próximo destino de vacaciones o ver el fútbol -¿cuánto bajará la productividad del trabajo durante un partido?-, o el emocional, es decir, la falta de compromiso con la empresa.

Sin cifras concretas sobre esos otros tipos de absentismo, pero admitiendo su existencia, ese comportamiento parece la explicación más lógica a las cifras de las largas jornadas españolas asociadas a una baja productividad. Entonces, las respuestas del jefe pueden ser controlar y fiscalizar de cerca el trabajo del empleado a la vieja usanza, o controlar si el empleado cumple con sus objetivos, intentando asimismo implicar más al trabajador con la empresa a través de las medidas de conciliación y la calidad de los jefes, sostiene Nekane Rodríguez.

Se ha avanzado mucho, insiste, y cree, como Ignacio Buqueras, que el proceso de cambio es ya imparable. "A no ser que lo estropee la crisis", matiza Rodríguez. "En tiempos de crisis, como la que se avecina, parece que cuantas más horas se echen -muchas veces se reducen las plantillas- mejor se va a salir adelante, cuando la verdad es que lo que hay que hacer es seguir invirtiendo en talento".

Decálogo racional

- La Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles ha hecho el siguiente decálogo de propuestas con motivo del Día del Trabajo.-
1. Separe lo personal de lo laboral. Intente seguir la regla de ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de tiempo libre.-
2. Priorice. No todas las tareas pendientes son urgentes; unas son más apremiantes que otras. Organice su tiempo en función de éstas y no devalúe el sentido de la palabra "urgente".-
3. Aprenda a decir "no". Le ayudará a gestionar adecuadamente el tiempo y a evitar tareas que no le corresponden.-
4. Planifíquese. La planificación es la piedra angular de la gestión del tiempo. Algo tan simple como escribir un listado de tareas es muy útil.-
5. Sea respetuoso con el tiempo. Si se ha comprometido a no extenderse más allá de un tiempo en la realización de una tarea, sea escrupuloso con su cumplimiento, y exija a los demás que lo sean también.-
6. Sea puntual. Si respeta los horarios de sus citas o de comienzo de jornada estará más legitimado para salir puntualmente a su hora.-
7. Evite y combata el presentismo. Las empresas cada vez evalúan más a sus trabajadores de acuerdo a sus resultados. Pasar 12 horas al día en la oficina no nos ayudará a ser más valorados en el trabajo ni a ser más productivos ni más eficaces.-
8. Convoque reuniones sólo cuando sea necesario. A menudo se pueden sustituir por una simple conversación telefónica.-
9. Organice sus reuniones para que no se extiendan. Hay que fijar no sólo hora de inicio, sino también de finalización. Previamente, mande a los participantes un orden del día con los puntos a tratar, y encauce el tema de la reunión si se desvía.
10. Sustituya las comidas de trabajo por desayunos. Igual de efectivos para la toma de decisiones, pero mucho más breves.

El País

El racismo en las escuelas se ceba con los musulmanes

El racismo en las escuelas se ceba con los musulmanes


Un estudio revela que los gitanos ya no son los más rechazados entre los alumnos


Por primera vez después de siglos, los gitanos no son el colectivo que más sufre el racismo en la escuela. Ahora son los marroquíes. Lo llevan siendo desde el año 2002, después de los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas en Nueva York, según la encuesta escolar sobre racismo que elabora desde 1986 el Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo (CEMIRA) de la Universidad Complutense. Aquel año, los resultados de la encuesta no se publicaron "para no echar más leña al fuego, porque revelaban una islamofobia brutal", afirma Tomás Calvo Buezas, antropólogo y director del CEMIRA. La encuesta se volvió a repetir en 2004, pero no fue publicada. Ahora -año 2008- que la fuerza del rechazo ha disminuido, el CEMIRA hace públicos los datos de las tres encuestas hechas entre chavales españoles de 13 a 19 años.

Los resultados de 2008 revelan que ese racismo visceral se ha reducido. Mientras que en 2002 un 48,6% de los chavales afirmaron que echarían a los marroquíes de España, seis años después la cifra se ha reducido al 39,1%. En otras preguntas, la islamofobia se mantiene: el año del 11-S, el 23,7% afirmó que le molestaría tener a un marroquí como compañero de clase, y en 2008 respondió lo mismo el 23,1%.

El 11-M
Lo sorprendente es que, cuando dos años después del 11-S, el terrorismo islamista azotó la capital de España, el 11 de marzo de 2004, los niños no respondieron con más odio. La fobia no creció e incluso se rebajó algunos puntos. "Sucedió gracias a una pedagogía muy eficaz. Tanto en las manifestaciones como en los medios de comunicación se creó un discurso correcto: ’Terroristas no / inmigrantes sí’. Un discurso del que, además, ya había un antecedente en España: ’Vascos sí, ETA no’. La disociación entre terroristas e inmigrantes ha dado sus frutos positivos". Abdennur Prado (jefe de la comunidad musulmana de Cataluña) asegura que el crecimiento del rechazo hacia los musulmanes "es una bola". "Si no se hace algo para evitarlo va a estallar. Es necesario seguir las recomendaciones de la Unión Europea, que ha aconsejado realizar campañas entre menores y mayores para prevenir la islamofobia".

Los gitanos son ahora los segundos más repudiados. Durante cinco siglos han sido el grupo que sufría más y "pese a ser españoles, también han padecido el auge del rechazo en el mismo paquete imaginario de los inmigrantes", asegura Calvo Buezas. Aunque la xenofobia contra ellos ha decrecido, siguen manteniéndose niveles muy altos de recelo. En 2002, un 32% de los niños respondió que echaría de España a los gitanos (frente a un 48,6% que echaría a los marroquíes). En 2004 respondieron que les expulsarían el 29,5%, y en 2008 el 27,4%.

Mónica Chamorro González, responsable del área de educación de la Fundación Secretariado Gitano, asegura que, en general, sí han notado que el rechazo hacia los gitanos ha disminuido. Aunque puntualiza: "Es un dato que varía mucho entre los distintos barrios y colegios". Aun así, opina que el hecho de "que haya crecido el racismo hacia los musulmanes no significa necesariamente que haya menos rechazo hacia los gitanos. Hay mucho trabajo por hacer. Muchas veces, como los gitanos tienen un nivel más bajo a consecuencia de su elevado absentismo escolar, se les mete en las clases de educación compensatoria sin hacerles ningún examen previo. Esa actitud es un error porque su permanencia en grupos segregados continúa estigmatizándoles".

El rechazo a los latinoamericanos es el que más ha crecido: de un 15% de adolescentes que les echaría de España en 2002, a un 24,7% en 2008. En 1986, el primer año que se hizo la encuesta, tan sólo un 4,2% quería expulsarles. La animadversión hacia ellos ha crecido en 2008 en todos los indicadores: casarse con un latino, compartir pupitre con uno de ellos, echarles del país... "Los que antiguamente veíamos como nuestros hermanos latinos hoy ocupan el tercer puesto del rechazo, detrás de los marroquíes y de los gitanos. El amor romántico y fraternal de antaño se ha roto", ratifica Calvo Buezas. Sin embargo, el profesor opina que "aún quedan brasas ardientes de similitud en la lengua, en la religión, en la historia y en la cultura que darán sus frutos positivos como el mayor mestizaje y la mayor adaptación de sus hijos".

Los latinos son el ejemplo de lo que está pasando con todos los grupos: cuando llegan los primeros colectivos, crece el racismo hacia ellos, pero luego el rechazo no aumenta exponencialmente conforme van llegando más inmigrantes. (Véase gráfico).

Después de los latinoamericanos, el rechazo a los asiáticos se mantiene. En 2002, un 25,8% les hubiera expulsado; en 2008, un 23%. "Siempre han ocupado niveles medios de xenofobia. Su variación, al alza o a la baja, suele coincidir con los niveles generales de rechazo a la inmigración". Los negros de África son los quintos en la ignominiosa clasificación. Ellos también han experimentado un notable aumento de la xenofobia desde la primera encuesta, hace ya 22 años. Entonces, un 4,2% les hubiera expulsado; en 2002, un 26,7%, y en 2008, un 21,6%. "En los primeros años no eran visibles y se tenía hacia ellos un sentimiento compasivo", asegura el antropólogo.

Los judíos ocupan un nivel de rechazo muy bajo (un 18,8%), sobre todo si comparamos este dato con los resultados que una encuesta internacional arrojaba sobre el sentimiento hacia los judíos entre los adultos. El trabajo, elaborado por el centro de investigación estadounidense Pew Center, reveló este año que eran los segundos más odiados. Según esa encuesta, el 52% de los españoles rechaza a los musulmanes y el 46% a los judíos.

Pero más allá de todo esto, el CEMIRA señala con preocupación que entre los escolares está creciendo "muy peligrosamente" una "estigmatización, criminalización y satanización" de los inmigrantes sin papeles, lo que responde al discurso reinante en los medios y en la calle, dicen las conclusiones de la encuesta. "Se están convirtiendo en chivos expiatorios y son etiquetados como apestados", asegura Calvo Buezas. Si en 1999 el 33,5% de los chavales afirmaba que todos los inmigrantes irregulares debían regresar a sus países, ahora lo dice el 52,8%. Esta agresividad contra los sin papeles se ve más claramente en las redacciones y en los dibujos que les piden a los alumnos al final del cuestionario. Un mayoritario 79,2% (frente a un 17,9%) opina que los inmigrantes regularizados tienen los mismos derechos que los españoles.

¿Estamos a tiempo de combatir el racismo y la xenofobia en los colegios? El profesor Calvo Buezas cree que sí, siempre que en las aulas se fomenten "los valores de hospitalidad y solidaridad". "Hay que tener en cuenta que el racista se hace, no nace. Pero también el solidario. Por eso tenemos que introducir valores nuevos sin descuidar los que ya teníamos", añade. El segundo punto clave, asegura, es la reciprocidad: "La solidaridad tiene que ser una carretera de doble vía para que esto funcione".


El País

Modelos de estrategias para las ciudades

Modelos de estrategias para las ciudades


Con el siglo XXI ha comenzado una nueva era urbana. Las ciudades medianas (menos de 500.000 habitantes) concentran más de la mitad de la población urbana y crecen más rápidamente que las grandes. Este hecho se produce especialmente en los países occidentales, donde muchas ciudades están poniendo en práctica modelos de ciudad atractivos que integran desarrollo económico, sostenibilidad y calidad de vida. Las ciudades españolas tienen el reto de seguir creando riqueza en competencia cada vez más directa con otras ciudades europeas, no sólo españolas.

Ubicación geográfica y recursos económicos no son condiciones suficientes para garantizar el éxito de una ciudad, el gran reto es atraer a los mejores profesionales para que lideren su dinamización económica y social. El paradigma ha cambiado: mientras que antes las ciudades atraían ciudadanos por su oferta de puestos de trabajo, ahora es la oferta de profesionales la que atrae hacia las ciudades a los agentes económicos. Estos profesionales valoran muy especialmente aspectos como la calidad de vida y un entorno intelectual desarrollado. Es la llamada City Strategy, o desarrollo de estrategias para gestionar las ciudades. La competitividad de una ciudad depende de un posicionamiento único y estable en el tiempo, siendo sus principales elementos:

- Un modelo de ciudad ambicioso y compartido, basado en el realismo.

- La gestión con ámbito metropolitano de infraestructuras, transporte y comercio, integrando y optimizando ciudad y municipios periféricos. En la actualidad existen más de 120 entidades metropolitanas en Europa.

- Una marca y plan de marketing de la ciudad, gestionados por una institución y recursos con dedicación exclusiva.

- Infraestructuras de transporte desarrolladas, respetando los más exigentes estándares medioambientales.

- La existencia de un comercio urbano moderno y adaptado a las necesidades de la ciudad y de sus visitantes.

- Una Administración centralizada y eficiente, integrando las nuevas tecnologías.

- Fuentes de financiación públicas (incluyendo la comunitaria), privadas (esponsorizaciones y fundaciones) y mixtas.

Josep Ros es socio director general de Roland Berger Strategy Consultants en España.


¿En qué trabaja su señoría?

¿En qué trabaja su señoría?

Los intentos de reformar el Reglamento del Congreso han chocado con los partidos - 315 diputados tienen actividades al margen del escaño


Varios centenares de personas corren por los pasillos de un edificio vetusto, mientras suena una especie de campana, insistente y prolongada. Salen de despachos o de la cafetería y dan la impresión de que van apurados hasta que entran en un hemiciclo y se sienta cada uno en un sillón. A una orden del que está enfrente de todos miran a uno de ellos que levanta uno, dos o tres dedos y, en función de la indicación, aprietan un botón determinado de los tres que tienen delante. No tienen necesidad de pensar si deben pulsar el que pone sí, no o abstención, porque alguien se lo da resuelto.

Cuando terminan se levantan de sus asientos y, ya sin premura, vuelven a sus lugares de procedencia hasta que suene de nuevo la machacona campana. Algunos se quedan a escuchar desde sus asientos a los que hablan desde la tribuna y otros charlan con los cercanos. Los que se quedan deben responder a otro estímulo automático: aplaudir cuando termina de hablar al que se sienta en el mismo lado que ellos.

Son los diputados. Son 350 y sobre sus espaldas la Constitución ha puesto la capacidad de aprobar leyes y la de controlar al poder ejecutivo. Las fotos repetidas con los escaños vacíos han descargado sobre ellos el foco crítico y las acusaciones de absentismo. Su respuesta es que gran parte de su actividad está fuera del pleno y que puede resultar más pasivo el que permanece en el pleno sin moverse. Por ejemplo: el jueves pasado, durante la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero para exponer nuevas medidas económicas, un diputado del PP, del equipo más próximo a Rajoy, dedicó la tarde desde el escaño a participar en foros de Internet sobre el debate. ¿Estando en el hemiciclo trabajaba más que otros diputados ausentes? En todo caso, en esta legislatura ningún diputado ha sido sancionado por su grupo por ausencias.

El diputado-internauta servía de atrezzo del pleno. Utilizaba los ordenadores que Manuel Marín hizo instalar en cada escaño para que los diputados trabajaran en el hemiciclo y no en sus despachos. No lo consiguió. Y ahora la mayoría de esas pantallas incrustadas en las maderas nobles permanecen apagadas, testigos mudos de una institución que, según la coincidencia general, requiere un baño de modernidad.

Su actividad más visible es la que se produce en el hemiciclo, con unas 20 horas en plenos a la semana, tres días por semana, tres semanas al mes y ocho meses al año. Algo menos llamativo es el trabajo en una media de 15 comisiones por semana, y media docena de subcomisiones. Hay otro trabajo reservado a la negociación entre los grupos parlamentarios, preparación de iniciativas, actividad política en las circunscripciones y presencia ante los medios de comunicación.

Los portavoces de los grupos admiten que el funcionamiento de la Cámara ha quedado anticuado y encorsetado. Félix Pons, Luisa Fernanda Rudi, Federico Trillo y Manuel Marín, los últimos presidentes del Congreso, intentaron cambiar el Reglamento para actualizar y dinamizar su funcionamiento. Llegaron a pactar propuestas y, finalmente, renunciaron al topar con el interés de los partidos. José Bono ha abandonado esa reforma e intenta vencer las resistencias para hacer los cambios de forma sutil. Incluido el de colocar a las nueve de la mañana los plenos de control al Gobierno.

Las reformas pactadas en otras legislaturas incluían novedades como la reducción del debate técnico a las comisiones, dejando para el pleno el debate político; permitir las intervenciones de diputados a título personal, al margen de los portavoces, y facilitar la creación de comisiones de investigación y multiplicar las interpelaciones al presidente del Gobierno. PSOE y PP bloquearon las reformas que, en la práctica, podían incomodar a los Gobiernos.

En el Reino Unido, además de que la conformación de las circunscripciones vincula a los diputados con sus electores, se permite la improvisación en los debates. En España no hay preguntas orales al Gobierno sin presentación por escrito días antes. Ni en Reino Unido ni en Estados Unidos hay disciplina de voto y en España se les sanciona y pagan multas por votar de manera distinta a la dirección del grupo.

Hasta en la Segunda República española, el Reglamento de las Cortes favorecía el debate improvisado y la presencia del presidente del Gobierno en un debate, en cualquier momento, incluso en comisión. Manuel Azaña relata en sus diarios la forma en la que acudía de improviso a las Cortes y participaba en un debate sobre un hecho de la víspera. Ahora, eso es imposible.

"La sociedad siempre va más deprisa que las normas, pero si hay una ley desfasada es el Reglamento del Congreso", asegura José Luis Ayllón, secretario del Grupo Parlamentario Popular, que defiende un cambio profundo para dinamizar el Congreso. El número dos del Grupo Socialista, Ramón Jáuregui, va más allá y reconoce que le resulta muy difícil "repartir juego" entre sus diputados.

Ayllón matiza que en el PP sí existe libertad de los diputados para presentar iniciativas y que, además, se han establecido fórmulas como las de responsables de asuntos concretos, más allá de las portavocías de las comisiones, para intervenir en cada asunto. Por ejemplo, además del portavoz en la Comisión de Industria, hay un responsable de las ayudas al sector del automóvil. Hasta ahora ya han intervenido en el pleno y en comisiones 120 de los 153 diputados del PP. En el pleno han hablado 92. El PSOE no tiene estadísticas sobre intervenciones de sus diputados, pero la cifra es notablemente inferior, al renunciar a una parte sustancial de su cupo.

En este momento hay sólo 35 diputados con dedicación exclusiva. El resto compatibiliza el escaño con distintas actividades, desde un despacho de abogados a la organización del partido o la participación en tertulias de medios de comunicación, conferencias o actividades docentes.

Oficialmente, toda actividad remunerada al margen de la de diputado debe ser expresamente autorizada; pero se ha aplicado siempre un criterio laxo. Así, en la anterior legislatura se permitió que el entonces portavoz del PSOE en la Comisión de Presupuestos, Ricard Torres, ponente en todas las normas sobre impuestos, abriera en la Comunidad Valenciana despachos de asesoría fiscal. A 67 de los diputados que declararon otra actividad se les pidió aclaración en junio y aún no han respondido todos.

Esos datos de actividades son reservados. A instancias del diputado de ICV Joan Herrera se va a incluir en el debate sobre una hipotética reforma de la ley electoral una propuesta para que los diputados tengan dedicación exclusiva o, al menos, que sea transparente la concesión de compatibilidades.

Pese a que en el Parlamento se pide luz y taquígrafos y se invoca la transparencia, es una de las instituciones más opacas. Es imposible conocer oficialmente las estadísticas de ocupación de los diputados. Este periódico solicitó al responsable de prensa del Congreso, hace más de un mes, datos sobre los viajes oficiales de los parlamentarios, pagados con dinero público y remunerados con dietas; a día de hoy, no ha sido posible acceder a esa información.

Jáuregui asegura que son pocos los que en el Grupo Socialista compatibilizan su actividad como diputados con la de un despacho de abogados, la más frecuente. El Grupo Socialista no establece ningún control específico sobre la actividad de sus diputados, pero muchos, por su cuenta, remiten a la dirección sus trabajos, artículos o conferencias. Jáuregui asegura que debería crearse una especie de registro voluntario de actividad, pero no le parecería mal la dedicación exclusiva y, en todo caso, una total transparencia.

José María Michavila, ex ministro de Justicia y diputado del PP, es un ejemplo de parlamentario que compatibiliza su actividad pública con otras privadas. Tiene abierto un despacho de abogados, actúa como representante de artistas reconocidos y mantiene una fundación. Su tesis es que la exigencia de dedicación exclusiva empobrecería el Parlamento e impediría su contacto con la sociedad. Se jacta de no haber faltado a ninguna votación del pleno.

Ferran Bono mantiene aún la visión del recién llegado a la política. Es periodista y no está afiliado al PSOE. Diputado por Valencia, se dedica exclusivamente al escaño. "Se podría optimizar el funcionamiento del Congreso porque, por ejemplo, en el reciente debate de Presupuestos se duplican debates que ya se han producido en las comisiones, que son más dinámicas y operativas", asegura.

Otro caso es el de los diputados con portavocías, es decir, con responsabilidad en asuntos concretos y, además, en su partido. Por ejemplo, Carmen Montón, diputada socialista por Valencia, es miembro del comité federal del PSOE, responsable de la sectorial de participación ciudadana de su partido y portavoz de Igualdad en el Congreso. Es portavoz en las subcomisiones de reforma de la ley del aborto y de violencia de género, que se celebran a puerta cerrada. Asegura que hay un trabajo no visible de preparación de intervenciones, de estudio de comparecencias, de coordinación con el Gobierno, de negociación de enmiendas y de presencia en esas subcomisiones que, al ser a puerta cerrada, carecen de proyección pública. Se completa con la actividad en el partido y el contacto con la circunscripción.

Otro caso completamente distinto es el de los diputados de grupos minoritarios. En esos casos la actividad parlamentaria les obliga a multiplicarse. Por ejemplo, Joan Tardà, diputado de ERC, interviene varias veces en el pleno sobre asuntos dispares y en varias comisiones para fijar posición; para lo que, además, debe negociar y pactar detalles de las propuestas.

Según la explicación de Jáuregui, la semana de los diputados socialistas se inicia el lunes por la mañana con las reuniones orgánicas en cada una de las sedes del partido. Por la tarde se reúne la dirección del Grupo Socialista para preparar las proposiciones, mociones y debates de los plenos y fijar la estrategia de la semana. El martes por la tarde y el miércoles por la mañana hay pleno. En teoría, el jueves por la mañana también, pero en esta legislatura la producción legislativa del Gobierno es tan escasa que pocas son las semanas con plenos los jueves. El viernes queda reservado a las respectivas circunscripciones.

El número dos del grupo socialista distingue tres escalones: los miembros de la dirección, los 30 portavoces y los diputados de a pie. Los portavoces de cada una de las comisiones son para Jáuregui la "columna vertebral del grupo" y, en la mayoría de los casos, tienen plena dedicación.

Los "diputados rasos" provocan mayor preocupación a Jáuregui por los problemas para darles participación. Por ejemplo, el encorsetado reglamento dificulta que, al margen de comisiones y subcomisiones, se celebren conferencias de un solo día o jornadas parlamentarias en las que acudan miembros de la sociedad civil, empresarios, asociaciones, etcétera. El modelo sería el estadounidense, que termina con la aprobación de libros blancos que sirven de guía a la Cámara.

Los grupos controlan sólo con recomendaciones la asistencia de los diputados a plenos y sólo fijan sanciones para las ausencias en votaciones. De los dos partidos mayoritarios, sólo el PSOE proporciona el reglamento interno completo, mientras que el PP se limita a informar de las sanciones que contempla. Hay coincidencia en que muchos diputados admiten no tener conocimiento de tales normas internas.

El del PSOE prevé una multa de "200 euros por ausencia no autorizada a votaciones en ponencia o comisión", "400 euros por ausencia no autorizada a votaciones en pleno" y "600 euros por ausencia no autorizada a votaciones del pleno que requieran mayoría cualificada o tenga singular importancia y así se haya indicado previamente".

En lo que va de legislatura sólo se ha multado con 600 euros al diputado Juan Antonio Barrio de Penagos, por romper la disciplina de voto a propósito de una moción que censuraba el paso del ex responsable de la Oficina Económica de La Moncloa, David Taguas, al lobby de las firmas constructoras.

En el PP, la ausencia no justificada a votaciones se sanciona con 100 euros de multa; pero al igual que en el PSOE, en esta legislatura no se ha impuesto ninguna. La multa por romper la disciplina de voto en el PP es de 300 euros y se han impuesto tres: a dos diputados de Murcia por no apoyar el estatuto de Castilla-La Mancha y a uno de UPN en la votación del Presupuesto. La diputada por Zaragoza Luisa Fernanda Rudi rompió la disciplina de voto sobre el minitrasvase a Barcelona, pero no fue sancionada; sólo hubo un apercibimiento casi simbólico.

Los populares preparan un nuevo reglamento interno. En su caso, el absentismo tiene que ver a veces con sus tensiones internas. Así, es normal que diputados considerados críticos no acudan a las sesiones de control al Gobierno en las que interviene Mariano Rajoy. Son, por ejemplo, Juan Costa, Ángel Acebes, Gabriel Elorriaga, Carlos Aragonés e Ignacio Astarloa, entre otros. La dirección del Grupo Popular no se da por enterada.

Del régimen de los diputados, lo único plenamente transparente son los sueldos, cuyo baremo está colgado en la web del Congreso, accesible para todos los ciudadanos. Los salarios están en función del grado de responsabilidad. Todos reciben una asignación mínima e idéntica de 3.126,52 euros al mes, con complementos mensuales que varían según el cargo y que pueden llegar hasta los 9.000 euros en el caso del presidente de la Cámara.

Fernando Garea en El País.

House. Una terapia invasiva

House. Una terapia invasiva

House ha vuelto a las noches de Cuatro...


Curar el dolor ajeno, pero ser incapaz de sanar el propio. Desde esta paradoja se cimienta el hilo argumental de House, que en sus ya cuatro temporadas se ha consolidado en las parrillas televisivas como una serie de culto, capaz de convocar a una legión de espectadores entre los que me encuentro.

Frente a otras producciones góticas como Perdidos, construida como una estrella espiral de movimiento infinito, House parte de una estructura narrativa sin estridencias. Una primera trama principal, extendida y climática, ocurre en los boxes de observación y de cuidados intensivos, dando nombre y contenido a todo el capítulo. Y luego existe una segunda, fragmentada y puntual, que sucede en el dispensario de medicina gratuita. Esta actúa como un contrapunto, como un chiste o como un poema breve, actuando como engrase de la primera. No se trata sólo de un divertimiento de los guionistas. Ambas tramas, lineales y acotadas al capítulo, se abrazan y relacionan pero no se confunden, sosteniendo capítulo a capítulo el secreto del éxito de la serie: sus personajes.

Los perfiles humanos que se dibujan son el principal hallazgo de House. Ya desde que nos ponemos frente a la pantalla, nos fascina y nos desborda el trabajo interpretativo de un eficaz Hugh Laurie, capaz de dar vida al antipático doctor y ser, a la vez, el adorable y edulcorado padre del ratoncito Stuart Little. Laurie personifica la metáfora del sanador doliente, pero también la agorafobia hospitalaria; no hay vida más allá de las puertas, la clínica es castigo y a la vez refugio para soportar una existencia miserable. Pero su brutal figura de bastón y moto, su escatología adorable y su despreciable sentido del humor, no ensombrece al resto de quienes conforman el reparto. Son unos secundarios en continua evolución. Nacieron como sparrings necesarios para que el doctor desplegara toda su artillería expresiva, pero capítulo a capítulo han ido creciendo en profundidad, mostrando en ocasiones mejor que el propio House los claroscuros de la mujer y del hombre contemporáneo.

Atmósfera obsesiva. Desde su aparición inicial, Cameron ha dejado de ser una moderna hada caritativa que quiere transformar el dolor en un flujo de bondad, para convertirse en una siniestra y falsamente quebradiza cara de ángel. El rostro triunfante de Chase va perdiendo consistencia, se va cargando de miedos frente al espejo de su jefe. Foreman lucha a duras penas por no convertirse en un House de color, pero a la postre se mimetiza con él, condenado a vivir la misma soledad. Cuddy y Wilson constituyen un mismo personaje duplicado en un hombre y en una mujer. Son su única familia. House los golpea y maltrata, pero ellos lo soportan con la complacencia de una madre y de un padre: lo necesitan para seguir sobreviviendo en esta atmósfera obsesiva.

Estos cinco perfiles han alcanzado una relevancia inusitada a lo largo de toda la serie. Al final de la tercera temporada, los guionistas decidieron dar un giro argumental y disolver el equipo quirúrgico, sustituyendo a los tres acólitos del doctor por un nuevo equipo a partir de un proceso de «selección natural». Pero para todos los espectadores, los fantasmas de Cameron, Chase y Foreman seguían presentes por todo el hospital. Habían alcanzado tal relevancia que la propia serie tuvo que dar una extraña pirueta y reincorporarlos, al menos, al entorno de House. Es verdad que las nuevas incorporaciones constituyen apuestas bien intencionadas, pero aún no acaban de encajar en el engranaje, y en muchos capítulos resultan meros convidados de piedra.

Dentro y fuera. Otro de los aspectos singulares de House es la metáfora de dentro y fuera. Para abordar la enfermedad en su amplitud, no basta con abrir la piel, con extraer un trozo de carne para su análisis en una máquina. Los doctores deben entrar hasta el fondo del paciente, necesitan conocer todos los datos, por muy insignificantes que parezcan. En qué postura hacen el amor, qué tipo de caramelo usan para esconder la halitosis, qué productos de limpieza emplean para limpiar el fregadero. La terapia de House es invasiva. Hay que bucear en el interior para salvar la vida, saltando por encima de las leyes, de las propias convicciones morales, poniendo en juego, si es necesario, su propia integridad física. Si es necesario, hay que inocularse un virus para conocer su eficacia destructiva, probando la terapia de abordaje en su propio cuerpo. Incluso, si no queda otro remedio, hay que subvertir los roles, y dejarse abrir el alma en canal por la propia paciente, como hace el propio House en el capítulo «Un día, Una habitación», dirigido por el argentino Juan José Campanella: debe revelar su propia miseria para poder entrar en la paciente.

En el fondo, a lo largo de la convivencia televisiva con el fenómeno, comprendemos que más allá de la vocación sanadora, House actualiza desde una visión contemporánea el conflicto medieval entre norma y conocimiento. Pero también ahí existe un regusto amargo. Pese al triunfo de la intuición y la inteligencia, persiste una angustia posmoderna de quienes saben que ni siquiera aquel que vence los designios de la naturaleza, aquel que alcanza las máximas cota de prestigio y realización profesional, tiene en su mano la posibilidad de ser feliz. Por eso la trama necesita la cojera, la barba de ocho días, el dolor constante y los narcóticos.

LLagas profundas. Esta mirada plural, ese juego continuo de contrastes, desemboca también en un final contradictorio. En House, la curación de un enfermo no supone la eliminación completa de su dolencia. El tratamiento revela otras llagas más profundas que el equipo de la clínica no podrá sanar. No son dioses, tienen inteligencia pero no la gracia divina. Por eso no es un final feliz, es principio de un relato mucho más complejo que queda levemente apuntado. Será el espectador quien deberá construirlo.

Pablo García Casado

El atronador silencio de Salinger

El atronador silencio de Salinger


El autor de ’El guardián entre el centeno’ cumple 90 años rodeado de misterio - Recluido desde mediados de los cincuenta, no ha publicado una línea desde 1965


Jerome David Salinger, el más íntimo de los escritores famosos contemporáneos, cumplió ayer 90 años. Es un autor escondido, pero genera una industria popular de fanáticos, críticos y comentadores, la Industria Salinger, de la que alguna vez habló George Steiner. Mítico desde la publicación de The Catcher in the Rye en 1951 (El guardián entre el centeno, 1978, traducción de Carmen Criado), ha demostrado la voluntad violenta de mantenerse a salvo del fervor público, hasta desaparecer en defensa de su vida privada. En tiempos de manía publicitaria, exhibicionista, J. D. Salinger ha eludido combativamente la intromisión espectacular de periódicos y televisiones. Ha pleiteado contra sus biógrafos. Ha sufrido las indiscreciones autobiográficas de mujeres que lo tuvieron cerca y han practicado con el escritor el género Kiss and tell, o "besa al famoso para después contarlo", incluso desde un punto de vista filial.

Fue un niño neoyorquino de 1919, hermano de Doris, nacida en 1911, hijos de padre americano de religión judía y madre de ascendencia irlandesa-escocesa. El padre, dedicado a la importación de jamones, fundó una familia bien en Park Avenue. No destacó en los estudios el joven Salinger, que acabó en una academia militar de Pensilvania, donde escribió un himno para la entrega anual de diplomas. Completó su formación en Europa: Viena, París, Londres y Varsovia. Se preparaba para heredar los negocios del padre, pero fundamentalmente escribía cuentos rechazados por las mejores revistas. Pasó nueve semanas en una universidad menor del este de los EE UU, escribiendo críticas de cine para la revista estudiantil. Antes de irse a la guerra, le vendió a la revista The New Yorker un relato que no sería publicado hasta 1946. Soldado voluntario, prestó servicios de contraespionaje en Inglaterra, desembarcó en Normandía el 6 de junio de 1944, y persiguió agentes de la Gestapo y colaboracionistas franceses.

Su primer éxito fue el cuento Día perfecto para el pez plátano, de 1948, siempre en su revista, The New Yorker, y en torno a su gran héroe, Seymour Glass, veterano de guerra y suicida inocente. Salinger ha escrito de la alegría de la victoria y la depresión después de la acción. Venían tiempos de guerra fría, opresión silenciosa y cacería de izquierdistas sospechosos de no estar contentos con la realidad obligatoriamente feliz. Renunció desde el principio a la vida pública de escritor. No quería giras de presentación de libros, ni conferencias, ni congresos universitarios o municipales. Le cayó encima el irritante triunfo de El guardián... Siguió fabulando sobre la desastrosamente luminosa familia Glass, hasta su último relato conocido, de 1965, Hapworth, 16, 1924.

Empezaron a circular ediciones piratas, perseguidas a instancias de Salinger, secuestradas por los jueces. Su única entrevista fue concedida por teléfono a un periodista del New York Times, en 1974. Salinger, que había solicitado hablar con el periódico a propósito de su silencio, declaró que editar sus cuentos sin permiso suponía "una terrible invasión de mi vida privada". Amenazó con acciones legales a las universidades que, al otorgarle un premio, usaban su nombre. Cuando lo fotografiaron a la salida de un supermercado reaccionó airadamente contra quien se atrevía a molestarlo.

Inventó una generación silenciosa de jóvenes felices, con dinero, los primeros consumidores natos, incómodos en el nuevo bienestar de masas y urbanización de clase media, paraíso de hipermercado, patria, familia, patrimonio y religión. Escribió alegremente una historia de la intimidad nacional. Nueva York y Nueva Inglaterra se convirtieron en el sueño universal. John Updike dijo que Salinger prestaba atención extrema al gesto y al tono. Lo compararon con Mark Twain y Nathaniel Hawthorne, con Herman Melville y Scott Fitzgerald. Contaba la tragedia y la comedia de la imparable pérdida de la inocencia, la imposibilidad de crecer sin dolor, sin romperse. Madurar era caer en la corrupción insensible de los adultos. Creó, como todo escritor esencial, un lenguaje nuevo, infantilmente radical, que separaba tajantemente lo bueno y lo malo, según los dictados del joven Holden, héroe y narrador de El guardián... Todo es phony (falso, gastado, hipócrita, insoportable, repugnante) o nice (bueno, divertido). Hizo la primera crónica de la adolescencia con dinero, consumidora de productos industriales y lenguajes que se venden como productos, antecedente de la rebelión juvenil y universitaria de los años sesenta y setenta.

Su último relato fue la carta que desde Hapworth, campamento de verano, manda Seymour Glass a sus padres. Le duele a Seymour no estar en su casa, y la obligación de aprender a ser mayor en contacto con seres de su edad, porque los niños de Salinger son criaturas prodigio, escritores y actores precoces, políglotas con superpoderes, campeones del baile y el deporte, desgraciados, futuros suicidas. "Pocos de estos niños magníficos, saludables y a veces muy guapos, madurarán. La mayoría -doy mi desgarradora opinión- se limitará a envejecer", escribía Seymour, a sus siete años.

Justo Navarro es escritor.