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El Rey en su sitio


HAY momentos de la vida española en los que, cuando todos se ausentan, cuando nadie está en su sitio, cuando lo que debería funcionar no funciona, aparece el Rey. Con su autoridad moral y su jerarquía histórica manda, templa y para. Para un cuartelazo de unos militares sonacas, templa el desconsuelo de las víctimas del terrorismo o el diapasón crispado de una política fratricida, y manda callar a un gorila botarate que está insultando a un expresidente de España. Cuando el Gobierno se pierde o se achica en un mundo que su inepcia vuelve cada vez más ancho y ajeno, allí está el Rey. Cuando se necesita una mediación silenciosa o un arbitraje discreto que acolche un conflicto institucional, allí está el Rey. Cuando urge una gestión para que se ponga al teléfono alguien que no se lo descuelga a Zapatero, allí está el Rey. Cuando el Estado necesita una figura de prestigio que le otorgue la solvencia perdida en una política de vuelo pequeño y triste, allí surge el Rey como «ultima ratio» para sostener el respeto, el honor y la autoestima de una nación zarandeada.

Pero por más orgullo que esto produzca, por más serenidad que el quite real aporte a una mermada acción de Estado, por más ascendiente que la Corona se gane entre una ciudadanía que la valora muy por encima de la clase dirigente, las cosas no deberían ser así. La defensa de los intereses de España corresponde al Gobierno de España. La protección de la dignidad de los españoles es una responsabilidad del Gobierno que los españoles hemos elegido. Y si un golpista bananero insulta a una personalidad española, o si un grupito de dictadorzuelos mal reciclados descargan su matonismo chantajista sobre los intereses de las empresas españolas en América, o si un racimo de demagogos populistas se ciscan en el nombre de España para granjearse las simpatías de una chusma exaltada, el que tiene que poner pie en pared es el Gobierno de España. El que tiene que mandarlos callar es el presidente del Gobierno de España, al que se le llena la boca hablando del Gobierno de España, pero que se pone estupendo con el talante y las buenas maneras y los rodeos balbucientes de tolerancia, diálogo y buen rollito cuando se trata de defender al anterior presidente del Gobierno de España.

Y claro, pues queda el Rey. Para levantar el dedo y decir «tú te callas». Para irse de una mesa en la que un puñado de fantoches con guerrera, a los que nuestra diplomacia acostumbra a tratar con una humillante deferencia, ofende la honorabilidad de una nación democrática, de sus empresarios y de sus dirigentes públicos. Para erigirse en referencia de respeto. Para poner al país, con un par, en el sitio en el que no lo sabe situar su Gobierno.

Y ahora que vengan los tiquismiquis ventajistas o los fanáticos victimistas a sugerir que no pinta nada, a prenderle fuego a su retrato o a protestar de que no lo hemos elegido. Que sí lo elegimos: fue refrendado en la Constitución vigente. Ése no es el problema. El problema consiste en que a los que de verdad hemos votado para representarnos no saben estar a la altura que les corresponde.

Ignacio Camacho

Cobertura Agencia Efe

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