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Una Italia a la medida de Goya

Una Italia a la medida de Goya

Los ojos italianos de Goya son la excusa de esta espléndida y abrumadora exposición, no sólo por el extraordinario número de obras expuestas, casi trescientas sesenta, sino por su calidad y carácter representativo de todo un universo cultural y artístico que afectó a Goya y a otros tantos artistas y arquitectos europeos que participaron en la fascinante aventura artística del siglo XVIII, época de cambios y de actitudes contradictorias, entre la razón y la sensibilidad, entre el tardobarroco -barocchetto, por usar una pertinente y expresiva palabra italiana- y el clasicismo, la pasión por la Antigüedad y la tradición académica, lo sublime y lo pintoresco, la tradición de la Arcadia y el prestigio de los modelos del Renacimiento y del Barroco.

El viaje a Italia de Goya se convierte en la excusa de la muestra y en una ocasión única para comprobar de qué modo lo italiano y la actividad de otros artistas extranjeros en Italia y en Roma, verdadero laboratorio internacional, pudo influir en el arte posterior del aragonés. La exposición es como si virtualmente pudiéramos hacer hoy ese viaje con él, atendiendo a las pocas noticias que sobre su estancia en la península italiana aún se tienen, aunque algunas sean tan considerablemente importantes como su ahora ya célebre Cuaderno italiano, dado a conocer en 1993 y publicado en edición facsímil por el Museo del Prado al año siguiente, y que reúne dibujos y apuntes de obras que le interesaron entre 1770 y 1771, además de otras anotaciones. Cuaderno que quedó abierto y siguió usando con otras observaciones y dibujos de índole personal y familiar, la mayor parte de las veces.

Gracias al Cuaderno podemos saber y deducir el itinerario seguido por Goya desde Zaragoza, así como las ciudades que más pudieron interesarle por su significado cultural y artístico, sus colecciones y su vida intelectual y social, lo que le permitió establecer relaciones con otros artistas, así como el acceso a museos y colecciones privadas, incluidas sus posibles vistas a la Accademia di San Luca o la del Nudo, en el Capitolio. Entre esas ciudades figura Roma, pero también fueron importantes sus estancias en otros centros en su transitar propio de viajero del Grand Tour, como Venecia, Módena, Bolonia, Génova o Parma, en la que participó en el premio de pintura convocado en 1771 por su Accademia di Belle Arti, con la pintura Aníbal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes (1770-1771), presente en la exposición acompañada de dos preciosos bocetos.

También la escultura. El Cuaderno mismo, como guía desordenada del viaje, nos permite comprobar algunas de las obras de arte y pintores que le interesaron, desde Guido Reni, Tiziano o Correggio a Guercino, Carracci, Maratti, Rubens y Rafael, sin olvidar su interés por la escultura clásica, que pudo contemplar en diferentes palacios y museos de Roma, como ocurrió con el Farnesio o Pio-Clementino, recién fundado en El Vaticano. En Roma, también la pintura religiosa y la obra de maestros como Giordano o Corrado Giaquinto le interesaron profundamente, estando como estaban más próximos a su formación y convicciones, si bien pronto pudo contemplar también las novedades clasicistas y a la antigua que artistas e intelectuales habían ido construyendo desde unos años antes, de Mengs a Winckelmann, de G. Hamilton a A. Kauffmann, además de poder contemplar obras de famosos vedutistas como Gaspare van Wittel o Panini, retratos como los de Batoni, sin que dejara de prestar atención a artistas cavaraggiescos o desmesurados y coloristas como Salvatore Rosa o Gaspare Traversi. Este nuevo, rico e intenso universo de alternativas, al que habría que añadir la monumentalidad de la ciudad y la vida de sus calles, la presencia de las ruinas y de la Antigüedad, así como la cultura visual que, por medio del grabado, el dibujo o las vedute, consolidaban su memoria y se convertían en memoria del Grand Tour, debió conmocionar al joven Goya, llegado de la Zaragoza en la que se había formado con José Luzán y atendido a las soluciones de Francisco Bayeu y sus hermanos.

Inesperado Cicerone. Dividida en quince expresivos apartados, la exposición se convierte así en un imaginario viaje del Grand Tour con Goya como inesperado cicerone. Joan Sureda, como comisario de la muestra, ha sido el diseñador de este sugerente itinerario, reconstruyendo con obras magníficas la Italia y la Roma que Goya pudo ver, lo que pasaba o lo que le pudo sorprender -tan decisivo en su evolución posterior-, y añade pequeños y delicados paréntesis conceptuales que permiten, por medio de coloquios íntimos entre obras de diferentes artistas, estableces actitudes y convicciones plásticas y estéticas que Goya pudo haber compartido, o que al menos debieron afectarle, pero que, en cualquier caso, forman parte de un viaje artístico paralelo al propio de la memoria del Grand Tour. Se reconstruye así no sólo el viaje, sino que incluso se logra pasear con Goya, intentando comprobar sus relaciones, desde las hipotéticas con Piranesi, no confirmadas documentalmente, a sus recorridos por el Trastevere, o su atención por las costumbres populares romanas.

De sala en sala. Las quince secciones mencionadas se inician con su formación en Zaragoza y la de los pintores de su entorno, para continuar con su llegada a Roma, ilustrada con imágenes pintadas y grabadas de la ciudad, con la cartografía real de la planta de Nolli y la imaginaria de otros intérpretes poéticos de Roma. Siguen salas destinadas a su aprendizaje en Roma, presentando obras que pudo contemplar y otras que se estaban haciendo en el momento de su visita y su posible repercusión en su formación. El resto de las secciones plantean su retorno a Zaragoza y Madrid, y la presencia de lo aprendido en sus obras posteriores, incluidos los nuevos temas y problemas que contemporáneamente afrontó, de la tradición de la Arcadia al mundo del clasicismo antiguo; de la nueva consideración de la naturaleza y del retrato a su interpretación renovada de la pintura religiosa; de los sueños y los monstruos al sueño poético de la muerte, para acabar con la exposición de los Caprichos, acompañados en la misma sala por las Carceri de Piranesi, dos obras maestras del grabado al aguafuerte y fin simbólico del viaje, cuando el sueño de la razón produce monstruos.

Son tantas y de tan elevada calidad y significación las obras expuestas y los autores de las mismas, de David a Canova, de Füssli a Tiépolo, Mengs o Petitot, además de los mencionados, que detenerse en ellas sería como volver a contar un viaje ya contado con pulcritud e infinidad de guiños enormemente sugerentes en esta extraordinaria exposición sobre la Italia de Goya. Tanto que el viaje reconstruido bien merece el nuestro.

Delfín Rodríguez

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