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Cerrojazo informativo

Cerrojazo informativo

El acceso a las fuentes informadas es cada vez más difícil. El aparato de comunicación institucional secuestra información que debería estar a disposición de los ciudadanos


"No sólo los políticos no aman a los periodistas. Los directores de corporaciones y grandes empresas, los gerentes de los grandes hospitales, entre otros, tampoco. Y lo peor es que los mismos dueños de los periódicos no aman a los periodistas y me temo que algunos periodistas de hoy tampoco aman al periodismo y los que lo aman, no lo defienden, con lo cual, la democracia se va por el pedregal". Éste es el escueto pero incisivo comentario que envía Montserrat López a propósito de mi artículo Políticos que no aman a los periodistas. Ella ha trabajado durante 20 años en un periódico de Barcelona y si he decidido comenzar este escrito con su reflexión es porque creo que ni Gracián hubiera sintetizado de manera más concisa un estado de opinión que, según el Libro Blanco de la Profesión Periodística, elaborado por el Colegio de Periodistas de Catalunya, comparten muchos profesionales.

No es extraño, pues, que entre las cartas que he recibido a propósito de ese artículo las haya también de periodistas. Todas coinciden en rechazar unas prácticas que, como sostienen Carolina Alés Matas o Elena Lázaro Mateo, debilitan la democracia y desgastan la profesión. Pero también hay quienes, como Carlos Tomeo Escuin, director de Radioduende, piden una reflexión sobre la dificultad o incapacidad de los periodistas para reaccionar.

No me propongo, apreciados lectores, hacer un ejercicio de victimismo periodístico. En absoluto. En los escritos de Montserrat López y Carlos Tomeo hay una fuerte carga de autocrítica que comparto. Lo que me propongo es explicarles una serie de cambios que se están produciendo en el ecosistema mediático que creo que deben conocer, no porque dificulten el trabajo de los periodistas, sino porque afectan al derecho de los ciudadanos a recibir información veraz. Me refiero, como les anuncié, a la relación con las fuentes informativas.

Lo que no sale en los medios no existe, al menos a efectos de agenda política, y participar en la vida pública exige posicionarse en lo que el sociólogo John B. Thompson define como "esfera pública mediática". La necesidad de gestionar la visibilidad pública ha llevado a todo tipo de instituciones, empresas y actores sociales a crear o contratar gabinetes de prensa. Ha surgido así un gran aparato de comunicación, externo a los medios, cuyo único objetivo es influir y, si pueden, condicionar los contenidos informativos. Son los intermediarios de los intermediarios y practican lo que se denomina periodismo de fuentes.

Ese aparato de influencia ha crecido en los últimos años de tal forma que ya hay, por ejemplo, muchos más periodistas trabajando en empresas, organismos, bancos e instituciones económicas, que periodistas encargados de informar sobre economía en los medios de comunicación. Lo mismo puede decirse de cualquier otro sector. El resultado es que los medios cada vez tienen más dificultades para decidir su propia agenda y cada vez son más prisioneros de la que trata de imponerles ese aparato de influencia.

En teoría, los gabinetes de prensa se han creado para ofrecer un mejor servicio a los periodistas y al público. Así es en muchos casos y es muy meritorio el esfuerzo que muchos realizan para mejorar la calidad de la información, particularmente los vinculados a la universidad, los centros de conocimiento o las entidades sociales. Pero en el ámbito de la política y de las instituciones públicas, lo que nació como un servicio se está convirtiendo en un mecanismo de control de la información, una barrera para el acceso a las fuentes y a los datos.

En general, la relación entre los gabinetes y los periodistas son plácidas en las informaciones neutras o de complacencia. El problema surge cuando la información es negativa o no encaja en la agenda diseñada en función de intereses propagandísticos.

Se dirá que la relación de los periodistas con las fuentes ha sido siempre difícil cuando se trata de recabar una información que les perjudica. Cierto. También que es normal que las fuentes perjudicadas traten de eludir la presión de los medios y que es obligación de los periodistas arreglárselas para pasar por encima de esas dificultades. Cierto también. Pero creo que superar esas dificultades requiere hoy algo más que una resistencia individual. Estamos ante un nuevo escenario en el que el control de la visibilidad pública se ejerce modulando el acceso a las fuentes informadas, secuestrando información de interés público y tratando de canalizar como información lo que sólo es propaganda. Y esta dinámica es sólo una consecuencia más de la creciente y agobiante partidización de la vida pública española. Cuando cambia un gobierno, sea central, autonómico o municipal, cambian en cascada no sólo los altos cargos de confianza política, sino muchos cargos de naturaleza técnica u organizativa.

Los responsables de los gabinetes de comunicación son, casi siempre, cargos de confianza política. Nada habría que objetar si no fuera porque el nombramiento de estos cargos se acompaña habitualmente de órdenes internas estrictas que prohíben a todos los miembros de la organización facilitar información o tener contacto con los medios de comunicación. La instrucción es que cualquier petición de un periodista se canalice siempre a través del gabinete de prensa, de modo que técnicos y cargos intermedios se arriesgan a represalias si aparecen como fuente de una información no controlada por su responsable de prensa. Y es cada vez más frecuente que cuando se facilita el acceso a un técnico o un cargo como fuente, esté el responsable de prensa fiscalizando la entrevista.

Poco a poco el cerco se ha ido estrechando. El resultado es un cerrojazo informativo como nunca lo habíamos conocido. Un apagón que afecta incluso a datos e informaciones que por su naturaleza, y por imperativo legal, deberían ser públicos y estar a disposición de cualquier ciudadano. No es sólo que los periodistas no puedan acceder a información relevante, como los contratos o concesiones de una administración. Tampoco pueden asegurar que los datos que ofrecen sobre listas de espera, seguimiento de una huelga, escolares en barracones o delitos cometidos se correspondan con la realidad.

La preeminencia de este aparato de influencia y control ha invertido la correlación de fuerzas. Ya no está el periodista en posición de poder exigir la información, sino el gabinete de comunicación en posición de concedérsela o denegársela. Y ello ha generado mecanismos perversos de relación. Los gabinetes tienen la llave de la información, y están en condiciones de canalizarla en forma de exclusivas que administran en función de criterios de afinidad o acatamiento. Lo cual contribuye, indirectamente, al atrincheramiento y etiquetaje político de los propios medios.

"El problema es que el periodismo tiene su propio frentismo partidista y social. Se puede leer una cosa en un periódico y la contraria en otro [sobre el mismo hecho]", apunta Carlos Tomeo. "Ya sé lo complicado que es ser ajeno a esa fuerza y ser independiente. (...) Ejercer nuestra profesión con inteligencia y no con seguidismo o baboseo; (...) saber distinguir el grano de la paja y describir la propaganda como propaganda. El político tiene su estrategia, pero el periodismo no está sabiendo encontrar la suya porque vive demasiado entregado a una inmediatez que le nubla".

Este aparato de influencia se beneficia, ciertamente, del periodismo perezoso, acomodaticio o de trinchera que a veces se practica. Pero incluso los medios que se esfuerzan por hacer su trabajo de forma rigurosa e independiente sufren consecuencias que acaban afectando a la calidad de la información. Un ejemplo claro es el recurso creciente a fuentes anónimas. Muchas veces las fuentes informadas temen represalias y piden anonimato. Pero el uso de fuentes anónimas aumenta el poder de discrecionalidad del periodista, resta credibilidad al medio, acentúa la apariencia de parcialidad y hurta a los lectores un dato básico para interpretar la información, la fuente de la que procede.

"En la universidad nos enseñan a desentrañar el juego de los gabinetes, para acabar luego haciéndonos eco sin crítica de lo que ellos quieren. Éste no es el periodismo que los que amamos la profesión queremos", escribe desde Sevilla Rocío Peña, estudiante de cuarto de Periodismo. Ése no es el periodismo que esperan lectores como José Luis Rojo, de Valladolid.

Ejercer un periodismo independiente requiere romper este tipo de nuevas y sutiles ataduras.

Milagros Pérez Oliva es Defensora del lector en El País.

Cuando España pecó en el Sáhara

Cuando España pecó en el Sáhara

El franquismo dejó en herencia a la democracia un conflicto aún no resuelto


No es seguro que Aminetu Haidar logre su objetivo de volver a El Aaiún, pero es evidente que ha conseguido situar en el primer plano de la actualidad el conflicto del Sáhara Occidental. Se trata de un problema incómodo para España desde que, en 1975, el último Gobierno de Franco decidió abdicar de sus compromisos en el territorio y abandonarlo en manos de Marruecos y Mauritania. A día de hoy, el Sáhara Occidental es, según Naciones Unidas, el último territorio de África por descolonizar. Y el Estado español mantiene en él claras responsabilidades legales.

La relación de España con el Sáhara se remonta nada menos que a 1884. Aquel año, Antonio Cánovas envió una expedición que levantó el primer asentamiento español en Villa Cisneros (actual Dajla). El territorio estaba habitado por tribus nómadas, cuyas caravanas recorrían el desierto en busca de pastos para sus animales o comerciando con la sal que obtenían en los yacimientos de Iyil (hoy en Mauritania). Los militares que en las décadas sucesivas fueron destinados a aquel trozo de desierto propiciaron un proceso de sedentarización. En 1934 fundaron la ciudad de El Aaiún.

El territorio gozó de relativa paz hasta que Marruecos obtuvo la independencia. En 1957, bandas armadas inspiradas por el entonces príncipe heredero, Mulay Hassan, que más tarde reinaría como Hassan II, atacaron las fortificaciones españolas. Francia vio en aquellos guerrilleros un peligro para su colonia de Mauritania, y decidió ayudar a Franco a exterminarlas. Fue el primer intento del Gobierno de Rabat para apoderarse del Sáhara.

El segundo -y, por ahora, definitivo- intento se produjo el 6 de noviembre de 1975. Hassan II lanzó a 350.000 civiles marroquíes sobre la frontera norte del territorio. Era la Marcha Verde. Franco agonizaba y su Gobierno, presidido por Carlos Arias Navarro, no supo afrontar el doble reto que le lanzaban el monarca alauí y los independentistas saharauis del Frente Polisario, que desde hacía dos años hostigaban a las tropas españolas. Arias firmó con Marruecos y Mauritania los llamados Acuerdos de Madrid, por los que España abandonaba el territorio y lo dejaba en manos de estos dos países. El 28 de febrero de 1976 fue arriada la última bandera española en El Aaiún.

La ocupación se produjo a sangre y fuego. Cientos de civiles saharauis fueron masacrados con bombas de napalm y fósforo blanco mientras intentaban huir hacia Argelia. El Polisario se estableció en Tinduf, al sur de este último país, y durante 16 años combatió a los invasores. En 1979 logró que Mauritania le devolviera la parte del territorio que ocupaba, pero Marruecos la invadió inmediatamente. Bajo los auspicios de Naciones Unidas, ambos contendientes firmaron un alto el fuego en 1991.

El compromiso alcanzado con la ONU consistía en celebrar un referéndum de autodeterminación. Con ese fin, Naciones Unidas envió al territorio una fuerza de paz: la Minurso (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental). Desde el principio, Marruecos torpedeó todos los intentos para llevar a buen puerto la consulta. Para ello contó con el apoyo incondicional de Francia y con el consentimiento de Estados Unidos. Todos los enviados especiales del secretario general de la ONU se han estrellado contra la actitud inamovible de Rabat. A día de hoy, tras 18 años de presencia ininterrumpida en el territorio que han costado cerca de 2.000 millones de dólares, la Minurso no ha logrado celebrar el referéndum. Ni siquiera ha obtenido competencias en materia de derechos humanos; sólo se dedica a observar el mantenimiento del alto el fuego.

Las posturas están claras: Marruecos ocupa el Sáhara Occidental, donde, junto a más de 150.000 colonos marroquíes, habitan unas 70.000 personas de ascendencia saharaui. Desde los campamentos de refugiados de Tinduf, donde viven unos 100.000 saharauis, el Polisario dirige una campaña diplomática internacional para exigir el cumplimiento del referéndum. Y varios miles de saharauis más han engrosado una diáspora que tiene en España y en Mauritania sus principales destinos.

El problema del Sáhara es, probablemente, la última herencia del franquismo no resuelta de la Transición española. En los 34 años transcurridos desde que España abandonó el territorio, los saharauis no han cesado de exigir a España que cumpla con las responsabilidades de las que abdicó en 1975. Sus reclamaciones tienen base, pues la ONU considera ilegales los Acuerdos de Madrid. El departamento jurídico de la organización dictaminó en 2002 que "los Acuerdos de Madrid no han transferido la soberanía del Sáhara Occidental ni han otorgado a ninguno de los firmantes el estatus de potencia administradora, estatus que España no puede transferir unilateralmente". Ello es así hasta el punto de que la responsabilidad de salvamento en aguas del Sáhara no corresponde a Marruecos, sino que sigue estando, de iure, en manos de España, según establece la Organización Marítima Internacional. Éstas son las bases del conflicto del Sáhara, que Aminetu Haidar ha situado en el primer plano de la actualidad.

Tomás Bárbulo para El País.

Atrévete

Atrévete


Fundación Kolbe

Dos utopías regresivas

Dos utopías regresivas



Esta crisis económica y financiera manifiesta un triple fracaso: institucional, intelectual y moral

Han pasado 20 años de aquellos días mágicos que marcaron para siempre a una generación, y le desvelaron definitivamente los excesos y crímenes del estatismo burocrático. Los simboliza la caída del Muro de Berlín. Dos décadas después se ha desplomado otra utopía regresiva, la del radicalismo de mercado, que ha conducido a la Gran Recesión. El icono de este fundamentalismo podría ser la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, que ha sido descrita como "el día en que pudo hundirse el capitalismo" ante el pánico que generó en depositantes, ahorradores e inversores. La paradoja fue que en el único momento en que el sistema aplicó su regla de oro -que cada palo aguante su vela- es cuando se estremece con más virulencia. Como reconoció compungido un teórico, "hemos generado mucho riesgo moral para evitar un riesgo sistémico".

Entre una y otra fecha el mundo ha vivido el periodo más largo de crecimiento económico, más de 14 años seguidos en la parte alta del ciclo, lo que mejoró las condiciones de vida de mucha gente. Pero como escribió hace unos días Gorbachov, uno de los héroes de aquello, el capitalismo occidental, privado de su viejo adversario e imaginándose a sí mismo como el indiscutible ganador histórico y la encarnación del progreso global, abusó de su poder. Fue aquél un crecimiento desequilibrado, sin equidad y salpicado de corrupción.

Como han subrayado Akerlof y Shiller en su Animal Spirits, durante este tiempo el concepto de equidad no solía figurar en los análisis económicos dominantes; la teoría económica lo arrinconó, basta mirar los libros de texto de referencia. Aunque algunos lo mencionaban, normalmente lo relegaban al final de algún capítulo e incluso del libro. La equidad acostumbraba a mencionarse en aquellas partes que los estudiantes sabían que se podían saltar cuando les tocaba estudiar para un examen. Hablar de equidad con algunos economistas equivalía a eructar en una cena de gala. En cuanto a la corrupción, cada una de las tres últimas recesiones en Estados Unidos (la de julio de 1990 a mayo de 1991, la de marzo a noviembre de 2001, y la que comenzó en diciembre de 2007) estuvo relacionada con casos de corrupción. Éstos son tremendamente complejos y al tiempo meridianamente simples, pues se basan en el incumplimiento de los principios elementales de la contabilidad en cuanto a la cantidad de dinero que puede obtenerse de modo legítimo. Son complicados porque quienes los perpetran buscan amparo en la oscuridad con que procuran rodear el incumplimiento de esos principios elementales.

Ahora que empieza a verse en algunos países el final del túnel de la Gran Recesión es el momento de detenernos en el análisis de las secuelas que deja: en el mejor de los casos recuperación económica sin empleo (como muestran los últimos datos de EE UU), empobrecimiento de las clases medias, niños que vivirán peor que sus padres, endeudamiento público y privado, desigualdad, límites cada vez más tangibles en el medio ambiente, caída de los políticos y de los economistas en el descrédito, etcétera.

Robert Skidelski, el biógrafo de Keynes (que recuerda siempre que éste se dispuso a salvar a un sistema capitalista que no admiraba particularmente pero que creía la mejor garantía para la civilización), habla de esta crisis económica como la de un triple fracaso. En primer lugar, fracaso institucional pues los bancos se transformaron en casinos y sucumbieron a la ideología de "los mercados eficientes" que no podían equivocarse al fijar el precio de los activos y por lo tanto necesitaban de poca o ninguna regulación. Segundo, el fracaso intelectual de la economía dominante que no previó lo que iba a suceder o que defendió intencionadamente teorías equivocadas a sabiendas de que beneficiaban a los que la financiaban. Y tercero, un fracaso moral, por la adoración al crecimiento económico como un fin en sí mismo más que como un modo para alcanzar el bienestar para la mayoría y "la buena vida"; esta laguna moral es la que explica la aceptación acrítica de la globalización y la santificación de toda práctica que conduzca a la riqueza como prioridad sobre cualquier otra inquietud humana.

Estas reflexiones también tienen que ver con la caída del Muro de Berlín. Como dijo Marx, "he sembrado dragones y he cosechado pulgas".

Joaquín Estefanía

Cocientes

Cocientes

Un hombre es como una fracción cuyo numerador corresponde a lo que él es, en tanto que el denominador es lo que cree ser. (Leon Tolstoy)


Tanto el exceso como el defecto en el resultado de esa fracción son causa de gran infelicidad.

El que se deja llevar por la presión social que le exige ser el mejor en lo que haga, destacar en todos los campos, aplastar al compañero si es necesario, fanfarronear… No hará más que aumentar el denominador, lo que le abocará al fracaso y la desilusión al no cumplirse sus expectativas, perdiendo además a quienes le rodean por la prepotencia y el desprecio con el que los trata. En el otro extremo se encuentra la gente sin autoestima, acobardados por sus propios complejos, a la sombra de los anteriores por su sentimiento de inferioridad…

Parece imposible, con tantas tensiones por ambos lados, llegar a igualar numerador y denominador. Pero el hombre se convierte en el equilibrio de esta disyuntiva cuando consigue ir transformando lo que es conforme a lo que quiere ser, de modo que nunca más tenga que preocuparse por lo que cree ser.

Charles Evans en pastoralsj.

La sanidad así no es sostenible

La sanidad así no es sostenible

Los españoles van demasiado al médico - El uso innecesario, la descoordinación interna y el envejecimiento amenazan el futuro del sistema público - Un estudio plantea cobrar a los usuarios


Ir al médico para recoger una receta. Para renovar una baja. O porque en la anterior consulta se nos quedaron unas cuantas cosas que decir. Los españoles visitan al médico ocho veces al año de media. Un 40% más que el promedio de la Unión Europea. El sistema sanitario español ha ganado prestigio por sus niveles de gratuidad y asistencia universal. Pero todos los años consume más recursos de los previstos. A pesar de que su coste es de los cuatro más bajos de la UE en términos de proporción del PIB, tiene un gran problema: un déficit acumulado (entre 2003 y 2007) de unos 11.000 millones de euros. Un agujero que los expertos auguran que aumentará. Algunos sostienen que el sistema sanitario tal y como lo conocemos no puede durar.

Un informe presentado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) y la consultora McKinsey asegura que el déficit sanitario -la desviación entre gastos previstos y reales, y que acaba en su mayor parte en la deuda de las autonomías- puede superar en 2020 los 50.000 millones de euros. Los analistas de estas dos entidades hacen una proyección de los presupuestos en Sanidad para ese año y calculan cuánto sería el gasto sanitario. Las cuentas son escalofriantes. "Las comunidades gastan más de lo que tienen presupuestado", apunta como explicación María del Mar Martínez, socia de McKinsey y una de las personas que ha elaborado el informe Impulsar el cambio es posible en el sistema sanitario. Un déficit que año tras año se cronifica y va arrastrando en la mochila otros problemas como el retraso del pago a los proveedores sanitarios.

A esto hay que sumarle otro ingrediente ineludible, el envejecimiento de la población. En diez años, uno de cada cinco españoles tendrá más de 65 años. Esto significa que 10 millones de personas tendrán un coste sanitario entre 4 y 12 veces mayor que el del resto de la población. "Los enfermos crónicos también serán más y se incrementará el gasto sanitario", añade Martínez.

"Con este esquema actual, el sistema sanitario tal y como lo conocemos es insostenible", opina el director ejecutivo de Fedea, Pablo Vázquez. "Si no se introducen reformas, en una década cada español deberá trabajar al menos 30 días al año para atender el coste del sistema sanitario público. Además, más del 50% del gasto público de las comunidades tendrá que ir a la sanidad", dicen. El porcentaje ahora ronda el 35%.

Hace unos días la Comisón Europea daba un toque de atención a España para que controlase su desbocado déficit presupuestario. Este país debería, dijeron, entre otras cosas, emprender reformas de calado en el sistema sanitario y de pensiones. Una fórmula para controlar el gasto. Y una reforma que los expertos llevan años proponiendo. Vázquez lo tiene claro: a este ritmo el sistema sanitario español está en riesgo. La solución, sin embargo, es compleja. ¿Por dónde ha de llegarle a la sanidad pública la tabla de salvación?

Y como cada vez que se habla de sostenibilidad de la sanidad y de déficit, surgen los mismos fantasmas: la necesidad de más financiación y la sombra del llamado copago. Todos parecen compartir la opinión de que más financiación hace falta. "Lo que necesita el sistema es, entre otras cosas, una inyección de dinero", argumenta Marciano Sánchez-Bayle, presidente de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública. Una solución que, para Ramón Forn, socio director de McKinsey y otro de los autores del estudio, es "sólo un parche". "Únicamente con más presupuesto para sanidad no valdría para solucionar los problemas a largo plazo", sostiene. Su informe plantea cuatro soluciones, una de ellas la del famoso copago, también llamado ticket moderador. Una tasa fija y baja por cada visita al médico con reducciones para las rentas más bajas y para los enfermos crónicos. Una medida, dicen, que no pretende ser recaudatoria sino "disuasoria". Acudir a urgencias, donde una de cada tres visitas se considera innecesaria, sería más caro.

La fórmula no es nueva. Ya se aplica en países como Francia, Portugal, Italia o Suecia. "En algunos de ellos el tique moderador ha conseguido reducir la demanda asistencial entre un 5% y un 15%", sostiene María del Mar Martínez. Tampoco es la primera vez que se plantea que España adopte este modelo. El pasado mes de marzo, el Congreso rechazó de plano introducir cualquier tipo de fórmula de copago por parte de los pacientes. "Estas medidas afectan a la universalidad y la equidad de la salud pública", concluyó el Congreso. Planes de algunas autonomías como Cataluña para ensayar fórmulas de este tipo quedaron aparcadas.

Un rechazo que comparte Albert Jovell, presidente del Foro Español de Pacientes. Jovell, además de presidir esta organización, es también médico. Conoce, por tanto, la realidad desde los dos lados de la mesa de la consulta. "El problema de lo que algunos llaman sobreuso de la sanidad, el hecho de que algunos pacientes vayan tantas veces a los centros de salud es un problema que viene directamente provocado por el propio sistema. Hay una gran falta de comunicación entre la atención primaria y la especializada, muchas veces se duplican las pruebas que se piden. También el poco tiempo que se tiene con cada paciente lleva a que se le vuelva a citar para la semana que viene para tener otros siete minutos con él y volver a estudiar su caso", diagnostica. "Debería haber un cambio desde esa base y lograr que las visitas que se consuman fueran sólo las necesarias".

"La gente no va al médico por placer. La atención médica no es cara, lo que es caro es lo que luego el médico puede decidir, por ejemplo, las pruebas", dice José Manuel Freire, director de la Escuela Nacional de Sanidad. Y alude a los datos que muestran que el coste de la sanidad española es de los más bajos de Europa. Freire rechaza además radicalmente cualquier sistema de tique moderador. "No es equitativo, afecta más a los que menos tienen e introduce barreras económicas al acceso a los servicios sanitarios. "Además, no hay evidencia empírica alguna de que ese copago simbólico cree una conciencia que evite el exceso de uso de la sanidad. Sin contar con que lo que para unos es un gasto simbólico para otros es importante", dice.

Sánchez-Bayle añade un punto interesante: "El copago terminaría con muchas consultas preventivas que son necesarias porque muchos no irían al médico para ahorrarse el precio".

Manel Peiro, responsable del área de gestión sanitaria de la escuela de negocios Esade, sí ve la utilidad de la medida del tique sanitario. "De la UE, España es el país con frecuencia más alta de visitas al médico. En la OCDE, los que más fármacos utilizan son Francia y España. El sistema de introducir algún tipo de copago debería probarse", dice. Y va más allá. "Una manera de contribuir a la financiación es apoyarse en seguros privados para prestaciones que no estén incluidas en el sistema nacional de salud. Deberíamos plantearnos que no todo esté incluido", argumenta.

El tique moderador divide a los expertos. Pero lo que todos tienen claro es que el sistema necesita reformas. Una revisión del copago de los fármacos y la introducción de una mayor utilización de genéricos, por ejemplo, reducirían el incesante gasto sanitario. "El sistema actual es injusto. No paga más quien más tiene, algunos pensionistas ganan más que muchos activos, por ejemplo. De haber un copago en los medicamentos debería estar basado en criterios de necesidad-efectividad terapéutica. Los medicamento vitales necesarios deberían ser gratis para todos", opina Freire.

El informe de Fedea y McKinsey no sólo se queda ahí. Plantea otras medidas como la elaboración de un ranking de centros sanitarios nacionales para garantizar la transparencia de su funcionamiento y así conocer su calidad y el servicio que prestan; o analizar que todas las mejoras tecnológicas que se introducen en el sistema compensan económicamente y en efectividad. Además proponen que se fomente la autonomía de gestión para los centros sanitarios. "Algo parecido a trabajar por objetivos, no sólo financieros, también de calidad o de servicios. Darles autonomía para que gestionen su presupuesto, para cumplir esos objetivos y para que el superávit que consigan revierta en mejoras tecnológicas y más investigación para sus propios centros", explica María del Mar Martínez. Un sistema que ya usan países como Noruega o Alemania, pero que a Sánchez-Bayle no le convence. "Que se premie a los centros con más calidad es estupendo, pero hay que saber cómo se controla esto y que en el control estén implicados los profesionales, la administración y los ciudadanos".


María R. Sahuquillo para El País.

Diplomacia de hierro

Diplomacia de hierro

El Gobierno español cree en el diálogo con todo tipo de regímenes, pero no escucha a los opositores


Una activista saharaui de renombre internacional se encuentra en huelga de hambre para protestar contra la connivencia de nuestro Gobierno con las autoridades marroquíes que la han deportado ilegalmente a España. El representante del Dalai Lama se marcha de Madrid tras cuatro días de estancia sin haber conseguido que nadie del Ministerio de Exteriores le reciba para exponer su posición. El Ministro de Exteriores viaja a Cuba para reunirse con las autoridades cubanas, pero rechaza reunirse con la oposición al régimen. Un conocido instituto de investigación organiza un seminario sobre la estabilidad en los Balcanes al que acuden representantes de todos los gobiernos de la zona (incluido el serbio) pero como hay un representante del Gobierno de Kosovo, tampoco acude nadie del Ministerio de Exteriores. Y cada vez que algún representante del Gobierno taiwanés aparece por la capital, la misma historia de cautelas y prevenciones. Ayer se celebraron las elecciones presidenciales en Guinea Ecuatorial, sin garantía alguna ni observadores internacionales, y España mantendrá una fría y pragmática distancia.

Algo pasa con la política exterior española, que cree en el diálogo incondicional con todo tipo de gobiernos, por terribles que sean sus credenciales democráticas y de derechos humanos, pero se niega a tomar en consideración las demandas de los opositores a muchos de estos regímenes. Y eso que estamos hablando de opositores y movimientos que rechazan expresamente la violencia para conseguir sus reivindicaciones. Al contrario: son estos mismos gobiernos (en Marruecos, China, Cuba o Guinea) los que usan la violencia de forma masiva y completamente arbitraria contra ellos. Y, sin embargo, no merecen ni siquiera ser escuchados por nuestro Gobierno.

¿De dónde viene esta falta de sensibilidad? ¿Cómo se justifica que un país que ha pasado recientemente por una larga dictadura pueda tener tan poca consideración por los activistas por la democracia y los derechos humanos de otros países? Este mismo mes, en un debate al que tuve la oportunidad de asistir, un alto cargo del Ministerio de Exteriores, interpelado por un ciudadano tunecino sobre el porqué del silencio de España ante el clamoroso fraude en las recientes elecciones presidenciales de su país, argumentó que el Gobierno no era quién para decirle a nadie cómo tiene que gobernarse.

Esta doctrina no injerencista choca abiertamente con nuestra reciente experiencia histórica. Muchos recordarán todavía el papel que jugaron las fundaciones de los partidos alemanes a la hora de promover la democracia en España y lo importante que fue para los demócratas españoles contar con apoyo exterior en tiempos de Franco. Europa siempre fue un referente democrático para España. ¿Seremos nosotros alguna vez un referente para los que carecen de libertades y derechos en otras partes del mundo?

Actuando así, además, nuestra política exterior hipoteca la imagen de España y se perjudica a largo plazo. ¿O es que el antiamericanismo español no tiene nada que ver con el abrazo de Eisenhower a Franco, que le permitió perpetuar el régimen 20 años más? ¿O con la declaración del secretario de Estado de Reagan, Alexander Haig, negándose a condenar el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, por ser "un asunto interno de los españoles"?

No se trata, claro está, de romper relaciones diplomáticas con todas las dictaduras del mundo. Desgraciadamente, son demasiadas. Imponer la democracia por la fuerza sólo ha funcionado en circunstancias excepcionales, así que no es una opción válida. Y tampoco se puede olvidar que las propias democracias, con demasiada frecuencia, emplean un doble rasero. Después de Guantánamo y Abu Ghraib, la agenda de la promoción de la democracia y los derechos humanos ha quedado en entredicho y desprestigiada. Pero eso no significa que no se pueda hacer nada. La izquierda, que siempre defendió la libertad y los derechos humanos, no puede mirar hacia otro lado y resignarse, porque con ello se convierte en una fuerza conservadora que perpetúa la situación existente y traiciona sus esencias. Recuperar esa agenda es una tarea urgente.

A comienzos de legislatura, el presidente del Gobierno, arropado por Kofi Annan, anunció una política exterior "comprometida"; "comprometida", aclaró, "con los valores que profesa la mayoría de la sociedad española". ¿Hay alguna duda sobre cuáles son esos valores? Claramente, no los de Raúl Castro, Wen Jiabao, Hugo Chávez o Teodoro Obiang. ¿Son estos valores relativos? Claramente, no. Defender los valores que uno profesa significa ir más allá del puro pragmatismo, aunque haya que tomar decisiones difíciles y gestionar las consecuencias adversas. Nada que a un demócrata no le deba salir naturalmente de dentro. Una diplomacia sin el coraje para defender los valores democráticos de la sociedad que representa es una diplomacia sin sentido alguno.

José Ignacio Torreblanca

Piensa, es gratis

Piensa, es gratis


"Nunca he encontrado a una persona de la que no tuviera nada que aprender" (Sócrates)

Hace no mucho me ví envuelto en una conversación sobre "lo que está bien y lo que no". Es fácil caer en la tentación de creer que por no poseer argumentos contundentes o no encontrar la palabra adecuada, las propias ideas son poco sólidas. Y es que a veces, desde el convencimiento de que es Dios quien habla por nosotros, se pueden crear graves conflictos sobre personas más inseguras. Asusta el fanatismo autoritario de quien no imagina que pueda estar equivocado, asusta la falta de dudas, asusta quien teniéndolo todo claro no es capaz de transmitir mas que a los que piensan de la misma manera tajante. Alegremente se sentencia con la boca o con los ojos si fulanito es un buen o mal creyente (o persona si viene al caso) según nuestros prejuicios, según la forma de reir, de mirar, de comprender y hasta de vestir. Huyo del que juzga y del que no se sienta a cenar con "prostitutas y recaudadores" (dime con quién andas...). Pues bien, si me dan a elegir me quedo con las prostitutas y los recaudadores, con los débiles e inseguros, porque desde la humildad y sencillez de quien no tiene nada que demostrar, los hombres y mujeres encontramos alivio y perdón.

Asi que si te identificas con algo de ésto...PIENSA, que es gratis, y evitarás que otros lo hagan por ti.

Casiopea en pastoralsj.org