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Regresa el 'poder blando'

Regresa el 'poder blando'


El mundo ha acogido con esperanza la victoria de Obama. El futuro presidente puede y debe restablecer con algunos actos concretos la dañada imagen de su país. Wilson, Roosevelt y Kennedy son buenos ejemplos


Hay mucho que decir -y se está diciendo- sobre la histórica victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, y los analistas de las fascinantes transformaciones de la sociedad estadounidense actual pueden explicar el resultado mucho mejor que yo. Pero, cuando observaba la extraordinaria reacción de otros países al triunfo de Obama, a la mañana siguiente de que el mundo conociera su victoria, sentí la tentación de ir un poco más allá.

¿Contribuirá el atractivo de este hombre en todo el mundo a la capacidad de Estados Unidos de persuadir a otros países para que acepten su liderazgo y aprueben medidas que Washington desee pero sobre las que los demás miembros del sistema internacional puedan no sentir tanto entusiasmo? ¿Convencerá a los Gobiernos y los pueblos de otras naciones de que las políticas made in USA son buenas para la humanidad en su conjunto?

Porque ésa es, al fin y al cabo, la definición del término poder blando defendida por el profesor de Harvard Joseph Nye en unos libros publicados en los años noventa. Durante demasiado tiempo, alegaba Nye, los estudiosos habían prestado una atención excesiva a los aspectos más duros del poder militar, económico y financiero, y habían ignorado la importancia de las características nacionales que permitían que determinados países "hicieran amigos e influyeran en la gente" mejor que otros.

Nye consideraba que un estilo de vida atractivo, una cultura interesante, la capacidad de ir de la mano de la opinión mundial en vez de ir en su contra, podían ser unas herramientas tan útiles para un país como la habilidad de los diplomáticos, la solidez financiera e incluso los grandes portaaviones. Es evidente que cuando Nye elaboró estas ideas, creía que Estados Unidos contaba con la mayoría de los atributos del poder blando; pensaba, con razón, que Hollywood, MTV y la cultura juvenil norteamericana tenían mucho más atractivo para el mundo que la desintegrada Unión Soviética y la falta de libertades en China.

Además, amplias zonas del mundo avanzaban en la dirección señalada por los fundadores de la nación norteamericana: democracia, imperio de la ley, libertad económica, etcétera. La posición de EE UU en el mundo estaba reforzándose, para confusión de los que escribían sobre el declive norteamericano. Las tres patas sobre las que se apoyaba su preeminencia -el poder militar, el poder económico y el poder blando- iban a mantener a la república en la cima durante generaciones.

Pero entonces llegaron George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y las políticas neocon de activismo militar, agresividad ideológica, anulación de derechos humanos esenciales, excesiva importancia de "la guerra contra el terror" y una repugnancia patológica, ejemplificada en John Bolton, hacia el multilateralismo. De acuerdo con todas las formas de medir la opinión mundial -por ejemplo, los sondeos de la Fundación Pew-, el Gobierno de Bush se convirtió en la más impopular de la historia reciente de Estados Unidos. No es extraño, por tanto, que el poder blando estadounidense se viniera abajo. La capacidad de la Casa Blanca de convencer a otros países desapareció; la simpatía mundial tras los atentados del 11-S se evaporó poco a poco, incluso en países tradicionalmente amigos de Estados Unidos.

La alegría colectiva que experimentó hace dos semanas todo el mundo ante el final de la era de Bush fue prueba de hasta qué punto el país de Lincoln, Wilson, Franklin Delano Roosevelt y Kennedy se había ganado la antipatía internacional durante los últimos ocho años.

Sin embargo, el poder blando, quizá por su propia naturaleza, es muy volátil. Y seguramente es más ajustable y moldeable que, por ejemplo, un declive relativo y prolongado del poder militar y estratégico. Así que la pregunta que debe interesarnos es ésta: ¿servirá la victoria electoral de Barack Hussein Obama para devolver a Estados Unidos la tercera pata del taburete que sostiene su posición mundial: la ventaja del atractivo político e ideológico?

A juzgar por las noticias aparecidas en la prensa de todo el mundo, la respuesta es un sí sin reservas. Como era de prever, el presidente francés Nicolas Sarkozy, siempre dispuesto a ser el primero, envió a Obama este mensaje: "Su elección suscita en Francia, en Europa y en todo el mundo una inmensa esperanza". Y ofreció un abrazo francés que el próximo inquilino de la Casa Blanca haría bien en aceptar con cautela, aunque los sentimientos sean sinceros. Por lo demás, el júbilo en África e Indonesia, que sacan a relucir su relación con Obama, es general. Y según The New York Times, un librero de 24 años de Caracas, Venezuela, dijo: "Es agradable poder volver a sentirnos satisfechos de EE UU".

Los regímenes que no permiten elecciones libres están claramente inquietos por la onda expansiva de Obama, del mismo modo que sus adversarios políticos se sienten animados por este ejemplo asombroso de transparencia democrática. E incluso al fundamentalista más ciego de Hezbolá o Irán le será difícil acusar a alguien llamado Barack Hussein (descendiente del profeta) de tener un prejuicio antimusulmán intrínseco.

Desde luego, si Obama intenta apoyarse exclusivamente en los buenos deseos internacionales para impulsar políticas que beneficien a Estados Unidos, será como un automóvil que tratase de funcionar con aire caliente en vez de gasolina; y la luna de miel se acabará de inmediato.

Lo que debe hacer el próximo presidente es reconocer con claridad cuáles son las esperanzas que le han dado tanta popularidad en tantas partes distintas del mundo: las esperanzas africanas de que preste verdadera atención y ayude de verdad al atribulado continente; los deseos latinoamericanos de que mantenga las políticas liberales en comercio e inmigración, haga algo para superar el punto muerto en las relaciones con Cuba y muestre verdadero respeto por Latinoamérica; las aspiraciones en Europa, Canadá y Australia de que se tome en serio las obligaciones de Estados Unidos con las instituciones y los tratados internacionales, incluidos los compromisos ambientales y antiproteccionistas; y las esperanzas de los árabes moderados de que ofrezca algo más que buenas palabras a los palestinos.

Todas estas aspiraciones son mucho más fáciles de proclamar que de hacer realidad, como sin duda sabe Obama, y todas necesitarán compromisos entre algunas de sus promesas de campaña a los votantes estadounidenses y los simpatizantes con los que cuenta en el extranjero. Pero, si verdaderamente quiere restaurar el poder blando de su país, tendrá que empezar por ofrecer al mundo algunas de las cosas con las que sueñan los extranjeros; no todo el paquete, por supuesto, pero sí algunos elementos que den buena imagen y ayuden a aplacar los numerosos temores y preocupaciones mundiales.

Para eso, le será muy útil estudiar con detalle la retórica y las políticas de sus antecesores Wilson, FDR y JFK. Porque, como saben los historiadores de esas presidencias, ninguno de estos estadistas hizo nada más que defender los intereses "nacionales" de Estados Unidos. Lo que tuvieron en común fue el ingenio y la inteligencia para saber combinar lo que convenía a su país con lo que convenía al mundo o, al menos, a grandes partes de él. Convencieron a millones de personas en todo el planeta de que debían tener fe en el compromiso, el juicio y el liderazgo de EE UU y, por consiguiente, tomarse en serio las propuestas reformistas nacidas de la Casa Blanca. Y eso es la esencia del poder blando.

Ahora bien, este poder, como es blando, puede disolverse con rapidez. Una buena parte de un mundo ansioso espera anhelante la llegada de la presidencia de Obama y, en su mayoría, tiene la sensatez suficiente para no contar con una especie de milagro en los 100 primeros días. La gente va a juzgar lo que vea, como los votantes de Ohio y Florida, y está dispuesta a conceder al nuevo hombre el beneficio de la duda, pero no siempre, quizá no durante mucho tiempo. Como tantas otras cosas en la vida y la política, el intento de Obama de restaurar el poder blando estadounidense tiene un plazo.

Paul Kennedy ocupa la cátedra J. Richardson de Historia y es director del Instituto de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale.

Lo decisivo en la Compañía de Jesús



Jesuitas
by ignaciosj

Muchos preguntan cómo un hombre de hoy puede querer ser o llegar a ser jesuita. A esta pregunta sólo se puede contestar muy subjetivamente.

Yo quiero responder muy sencillamente. No porque la Compañía de Jesús tenga "todavía" hoy un no insignificante influjo en la Iglesia; no porque tenga muchas universidades y sabios de todo tipo, o porque se haga sentir en los medios de comunicación etc.,etc. Ni siquiera porque la Orden se haya puesto en muchas países, más claramente que antes, al lado de los pobres y de los oprimidos. Es porque también hoy, por encima de cualquier trabajo pastoral, eclesial o sociopolítico, con o sin éxito, vive, a mi parecer en muchos de mis compañeros un deseo de servicio callado no retribuido, de oración, de abandono al misterio de Dios, de aceptación serena de la muerte tal como ella viniere, de Jesús el Crucificado.

Entonces, y en resumidas cuentas, no es en absoluto decisivo ni el "significado" espiritual, o histórico eclesial de un grupo con semejante Espíritu, ni si ese mismo Espíritu se encuentra de la misma manera, implícita o explícitamente, también en otros grupos. Porque tal Espíritu se da.

Pienso en hermanos que yo mismo he conocido. Pienso en mi amigo Alfredo Delp que firmó su definitiva incorporación a la Compañía con las manos esposadas por lo nazis; pienso en aquel que en un pueblo de la India, donde ningún intelectual del país se deja ver, ayuda a excavar pozos a los pobres; en el que hora a hora atiende en el confesionario las tribulaciones y angustias de los sólo aparentemente burgueses; en el que fue apaleado con sus estudiantes por la policía de Barcelona, sin la satisfacción de aparecer siquiera como glorioso revolucionario. Pienso en los que andan diariamente en los hospitales a la cabecera de los moribundos y para quienes tiene que hacerse rutinario lo absolutamente único; en los que tienen que poner" a la venta" el mensaje siempre nuevo del Evangelio y a quienes se les agradecen más los cigarrillos que la Palabra de Dios; en aquellos que con esfuerzo y sin éxitos "estadísticos" de Dios intentan encender un chispazo de fe, esperanza y amor en unas cuantas personas. Tales figuras y muchas otras realidades y tareas personales que llegan al mismo misterio de Dios son también hoy lo decisivo y lo que se tiene por tal en la Compañía de Jesús. ...Si hoy en la Compañía se puede vivir el Espíritu vivo de Jesús Crucificado (lo cual, en mi opinión, así es) y si este Espíritu tiene primacía sobre todo lo sociológico y aun lo eclesial, entonces para los que viven en la Compañía de Jesús el futuro de la Orden es, en resumidas cuentas, un realidad de segunda categoría y además llena de esperanza.

Un jesuita escribía en 1773, al disolverse la Orden: "Si en la muerte estás conmigo, Jesús mío, yo seré tu eterno compañero, sin que lo puedan impedir ni el Papa ni Satanás". Bajo muchas cenizas arde también en esta Orden el amor por Jesús y por su destino incomprensible... Por eso puede someterse a la experiencia de una historia de antemano incalculable. Por eso puede aceptar confiadamente vida, éxito y fracaso, prestigio e irrelevancia y hasta la muerte, si necesario fuere, como participación en el destino de Aquél cuyo nombre lleva.

Karl Rahner, sj

Un alumno español llega a Bolonia

Del blog de Arcadi Espada... Un alumno español llega a Bolonia.

Tolerancia

Voy a decir una perogrullada, pero las cosas están adquiriendo últimamente un cariz tan siniestro que parece necesario repetir una y otra vez las obviedades más básicas, a saber: ser tolerante significa tolerar a quienes tienen ideas contrarias a las tuyas. O sea, alardear de que uno es tolerante y serlo tan solo con tus coleguillas, como que no tiene ningún mérito. Vamos, es que eso ni siquiera puede denominarse tolerancia; antes al contrario, el colegueo extremo, esto es, el regodeo excluyente en lo buenos que somos los de nuestro grupo, suele desembocar en el sectarismo. Y el sectario bien cocido en su jugo termina no sólo por no tolerar al prójimo que piensa diferente, sino que incluso le arrebata su cualidad de prójimo, esto es, su humanidad. Lo convierte en una cosa violable y exterminable. Ese sectarismo feroz alentó la reciente escabechina de Bombay, permitió el genocidio del nazismo y sin duda facilitó que los franquistas masacraran a 130.000 personas y que los republicanos asesinaran a 50.000. Entre ellos casi 7.000 curas y monjas. Tras despojar al oponente de su cualidad de persona, es sencillísimo aplastarlo como si fuera un gusano sin sentir ni el más pequeño espasmo de empatía.

Miro alrededor, escucho las voces llenas de odio y de intransigencia y no logro entender lo que está pasando. Que una pobre monja muerta en la ancianidad hace 30 años y que no parece haber hecho mal a nadie haya suscitado tan enconado conflicto y recibido ataques tan violentos, me parece una prueba palmaria de lo locos que estamos. Verán, yo creo que la jerarquía católica es obsoleta y reaccionaria, y estoy totalmente a favor de la retirada de los crucifijos. Pero, precisamente por eso, quiero pedirle a Gallardón que, por favor, le ponga una placa a la madre Maravillas en el exterior del edificio del Congreso.

Rosa Montero

¡Hoy tengo un sueño!

¡Hoy tengo un sueño!


Discurso de Martin Luther King en 1963...

Hace 100 años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero 100 años después, el negro aún no es libre; 100 años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; 100 años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; 100 años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Es obvio hoy en día que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros.

No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipi no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño americano. Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales". Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad. Sueño que un día, incluso el Estado de Misisipi, un Estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia. Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el Estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Ésta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada Estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!


Extracto del discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington en 1963.

El hospital enfermo

El hospital enfermo

Los grandes hospitales públicos españoles y la medicina que en ellos se imparte han mejorado extraordinariamente en las últimas dos décadas. Sin embargo, a diferencia de otras organizaciones, estos centros son unas estructuras tan complejas y faltas de definición que carecen de transparencia. Ahora sabemos que muchos de esos hospitales están también enfermos. Los hospitales públicos son probablemente las estructuras más complejas de nuestro país por varias razones. Primero, los tres objetivos de atención sanitaria, docencia e investigación viven en conflicto. Segundo, el hospital tiene una gran concentración de profesionales bien formados que usan las instalaciones del hospital e incurren en gastos sin una relación contractual específica para ello. Y, tercero, el producto final de un hospital es la mejoría de la salud, algo difícil de definir en muchos casos y más difícil todavía de medir.

La escasa visión empresarial de los hospitales se ha hecho mucho más laberíntica hoy día. Los actuales hospitales públicos universitarios no sólo incluyen el hospital o área de salud, sino que se han vinculado a las universidades y han incorporado unidades o institutos de investigación y espacios para la docencia. A pesar de ello, no son muchos los gerentes y directores médicos que conocen completamente todo lo que esto representa de riqueza para el Sistema Nacional de Salud (SNS) y siguen dirigiendo estos centros sin nuevas ideas, sin un plan de salud conocido por la sociedad, sin saber adónde vamos y sin que se vislumbre a nadie capaz de inspirar confianza ni en el presente ni en el futuro. Muchos de esos nuevos gerentes y directores gestionan el hospital sin pedir la colaboración participativa de los especialistas y sentados en el vértice de una pirámide que sólo existe en su imaginación. De hecho, en el hospital enfermo se respira una atmósfera de confrontación entre los profesionales sanitarios y la mala hierba se expande con una facilidad asombrosa.

El SNS no sólo está agotado, sino que ha agotado a sus profesionales sanitarios. Existen una serie de situaciones que han conducido a este agotamiento y que deberían hacer reflexionar a los dirigentes y planificadores sanitarios. Los hospitales de hoy son como el cielo nocturno: vemos pocas estrellas y las agrupamos en constelaciones míticas, pero lo que es principalmente visible es la oscuridad. Cuando entras en cualquier hospital del territorio nacional tienes la sensación de que ya los has visto todos. Los grandes hospitales públicos son uno de los mayores recursos que tiene nuestro país, pero funcionan en horario de ventanilla y siguen sin cubrir las expectativas de la población. A diferencia de las grandes empresas del país, los hospitales están desestructurados: los gerentes y directores son elegidos por el poder político y, en muchas ocasiones, carecen de liderazgo y de la suficiente formación acreditada en gestión; se ignora, no se valora y no se honra el trabajo que muchos especialistas han desarrollado durante años para mejorar la calidad de la medicina; no llega a haber diferencias sustanciales a nivel laborar o económico entre los que realizan una labor extraordinaria y los que no funcionan o pudren la propia organización; se contrata indiscriminadamente a especialistas sin que haya un proceso abierto de selección competitiva, que es práctica habitual en otras actividades de gran cualificación en nuestro país (gracias a las convocatorias de las décadas de 1970 y 1980, la mayoría de los grandes hospitales públicos españoles cuentan hoy con excelentes médicos que ejercían en otros hospitales del país o del extranjero).

Por otro lado, la elección a dedo, endogámica, irracional y política de algunos jefes de servicios hospitalarios (algo inconcebible e intolerable en EE UU, Canadá y en los países europeos más avanzados) es una práctica frecuente, escandalosa y devastadora para un hospital. Es una tragedia que atenta contra los principios que regulan la igualdad de oportunidades, la concurrencia competitiva y la valoración de la competencia profesional, el liderazgo y muchas otras capacidades necesarias para dirigir un servicio hospitalario y poder continuar o mejorar el legado de los que les precedieron. En muchos casos se nombra a alguien afín a la dirección del hospital en lugar de dejar de forma transitoria las riendas del servicio en manos de alguno de los profesionales con mayor experiencia y liderazgo dentro del propio servicio, mientras se inicia el proceso de búsqueda y selección del candidato más adecuado, proceso que en algunos casos puede tomar más de un año, algo bastante común en los hospitales anglosajones.

Estamos ante un momento muy crítico para que se redefinan estas instituciones y sigan las directrices que sanitaria, docente y científicamente llevan a cabo otros países europeos con sistemas nacionales de salud. Los grandes hospitales públicos perdurarán, pero sólo a través de una mejor organización, reestructuración y recuperación de sus objetivos aseguraremos la calidad de la atención sanitaria, elemento clave del contrato que mantienen con los ciudadanos. Si no aplicamos esos cambios de forma urgente, el hospital enfermo enfermará aún más y se pudrirá sin remedio. Llegados a ese extremo, se necesitaría más de una década para reanimarlo, pero, para entonces, se habrá perdido el legado que dejaron los grandes especialistas que trabajaron en esos hospitales en los últimos 30 años para mejorar la atención al enfermo, dar formación de excelencia y crear nuevos conocimientos científicos.

Jesús Villar es coordinador de la Red de Investigación Traslacional en Disfunción Orgánica en el Hospital Universitario Doctor Negrín de Las Palmas de Gran Canaria.

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Europa necesita un relato

Europa necesita un relato


El europeísmo debe renovar su medio y su mensaje. Le hacen falta historias y símbolos, también saber movilizar las emociones. Su aire frío, elitista, burocrático le hace perder la batalla contra los euroescépticos

Levantemos Europa!", arengaba Churchill tras la Segunda Guerra Mundial. Y añadía: "Si Europa se uniera, compartiendo su herencia común, la felicidad, la prosperidad y la gloria que disfrutarían sus 300 o 400 millones de habitantes, no tendría límites". Unos 62 años después esa unión soñada por Churchill y tantos otros es aún muy imperfecta. Aún hay mucho que hacer.

La lentitud del proceso de construcción de la Unión Europea, que ahora casi es letargo, tiene múltiples y conocidas causas. Pero también es el resultado de algo menos evidente: la ausencia de un relato compartido por los europeos. Europa tiene una larguísima historia común, pero los europeos no lo saben, porque en su memoria están frescos los enfrentamientos internos. Europa tiene un himno común, pero es desconocido para la mayoría, que ni lo escucha ni lo honra. Europa tiene una bandera conocida, pero su uso es irregular, y el ciudadano apenas la ve en las matrículas de los vehículos y en los carteles de obras financiadas con fondos comunitarios. Muchos se ofenderían más si vieran quemar la enseña de su equipo de fútbol que si vieran quemar la de las doce estrellas.

La Unión Europea ejerce una influencia positiva, directa y tangible en la vida de todos los ciudadanos de la Unión, pero las instituciones europeas resultan incomprensibles, burocráticas, elitistas o irrelevantes. Existe un Día de Europa, pero pasa desapercibido para la mayoría. Tan sólo en algunas ocasiones concretas y pintorescas existe un sentimiento europeo como telón de fondo: por ejemplo, la noche que se celebra el festival de Eurovisión o durante la celebración de la Eurocopa de fútbol (y entonces se suman a la fiesta países que no son de la Unión; son competiciones de la Europa geográfica, que no de la Unión de ciudadanos con valores comunes). Europa tampoco tiene antagonista: en los dos últimos siglos no ha luchado unida en ninguna causa. Al contrario, ha sido el escenario de luchas brutales en su propio seno.

Eric Hobsbawm, en una conferencia publicada en Le Monde, lo resume muy bien: "Los europeos no se identifican con su continente. Incluso entre aquellos que llevan una vida realmente transnacional, la identificación primaria sigue siendo nacional. Europa está más presente en la vida práctica de los europeos que en su vida afectiva".

Esto no es sorprendente. Hasta hace sólo 50 la historia de Europa fue la de los Estados-nación, la de las dos guerras mundiales y la de los nacionalismos. Al comenzar el proceso de construcción europea resultaba imposible generar sentimientos de simpatía y confianza en una nueva bandera, un nuevo himno, una historia compartida, un nuevo futuro común. Por eso los fundadores de la Unión y sus sucesores optaron por el único camino posible: la puesta en marcha de un proyecto más asentado en lo instrumental que en lo expresivo; más racional que emocional; más logístico que mítico; más práctico que afectivo. Fueron audaces y realistas, y los resultados están a la vista, en todo su esplendor y también en sus achaques. En muchas ocasiones Europa da la impresión de no sentirse protagonista de lo que pasa en el mundo. Parece la abuela mayor que apenas ve y oye y que no ejerce influencia alguna en los nietos jóvenes que marcan el ritmo de la casa. (La reacción a la crisis financiera parece una excepción a esa regla, una excepción saludable, bienvenida y merecedora de continuidad).

Cuando tenemos que poner a prueba la existencia del sentimiento europeo, como durante los procesos de ratificación de la Constitución Europea y el Tratado de Lisboa, la sorpresa es mayúscula: en los referendos gana el no o la participación apenas supera el 40%. Los euroescépticos tienen la ventaja. Y si España, en febrero de 2005, salvó los muebles fue, precisamente, porque, en una decisión estratégica de primer orden, el Gobierno prefirió fomentar el sentimiento, la unión, la emoción, lo afectivo, por encima del debate instrumental. Ahí quedaba encuadrado aquel Los primeros con Europa y aquella lectura publicitaria de artículos de la Constitución sobre fondo azul y con la Novena sinfonía de Beethoven al piano. El mensaje era emocional: pongámonos los españoles a la vanguardia de una construcción europea a la que llegamos tarde, avancemos en lo que nos une con los demás, ya habrá tiempo de discutir tecnicismos.

Saben los antropólogos y los sociólogos que una nación, un pueblo, una comunidad, necesitan inexorablemente un mito fundacional, unos símbolos compartidos, una cierta tradición y algunos antagonistas. Obama acaba de refrescar todo eso en Estados Unidos al contar su historia personal y volver a narrar a su manera la de su país, un relato épico escenificado con minucia y belleza. La Unión Europea también posee estos elementos, o puede poseerlos, pero sus ciudadanos no lo saben. Europa tiene una historia de 25 siglos de búsqueda de unidad en un territorio claramente delimitado, comparte tradiciones populares, músicas y danzas, pensamiento y religión, arquitectura y arte. Basta con pasear por Gante y por el Madrid de los Austrias, sentarse en una cervecería de Praga o en una de Edimburgo, visitar la catedral de Burgos y la de Notre Dame, observar la unidad del arte de cada galería del Museo del Prado, o tratar de descifrar las diferencias entre la música celta asturiana y la francesa, o entre la música barroca italiana o alemana. La diversidad de lenguas y las diferencias étnicas no deberían ser un problema insalvable, como no lo han sido en China, en India o en decenas de países multilingües.

Está claro que en un mundo multipolar que se diseña para el siglo XXI, Europa defiende valores genuinos y casi exclusivos: el papel del Estado protector, la tolerancia, el multilateralismo, la igualdad, los derechos humanos... Y tienen razón los europeístas cuando dicen que muchos problemas europeos, y también buena parte de los mundiales, se resolverían con más Europa, no con menos. Pero eso exige también más afectividad europea. Es verdad que tenemos ya una moneda común, que podemos desplazarnos libremente por el continente sin que nos paren en la frontera y que en nuestros aeropuertos se siente una suerte de privilegio al entrar por la puerta de "ciudadanos UE" (aunque hasta en esto se añade el burocrático "y territorio Schengen"). Pero estas cosas las siente una minoría: la que viaja. Y no tenemos que promover el sentimiento europeo fuera de cada país, sino dentro. Explicando -a través del sentimiento tanto o más que de la razón- lo que nos une. Contando nuestros mitos fundacionales y nuestra historia común. Celebrando juntos las mismas fiestas.

España tiene una ocasión magnífica para activar el sentimiento europeo con su presidencia de la Unión en el primer semestre de 2010. No tenemos complejo alguno en la materia: no somos ni nuevos ni viejos, por lo que nuestra apuesta no resultaría insidiosa ni prepotente; hicimos los deberes cuando se nos encomendaron, aprobando el examen de la Constitución. España, además, entiende de emociones y de pasión y sabe contagiarlas. Nuestro trabajo en la expansión del sentimiento europeo debería incluir elementos de gestión, como el fomento de una norma común sobre banderas, himno o celebraciones europeas. O la creación de una selección europea de fútbol, por poner un ejemplo pintoresco pero interesante. O la creación de un documento de identidad europeo. O la promoción de viajes baratos para mayores en la Unión (unos viajes del Inserso europeos, como figura en algún proyecto del Gobierno español). Pero el trabajo también debe recoger elementos de pura comunicación: la creación de un logo y un eslogan para todo el continente, la difusión publicitaria de los valores y activos que nos unen y nos distinguen de "antagonistas" como Estados Unidos, Asia o el mundo islámico; la militancia europeísta de celebridades y líderes de opinión...

Un semestre no es suficiente, claro. Los sentimientos colectivos se adquieren lentamente y no pueden forzarse. Los ritos y los mitos se extienden por repetición durante décadas. Pero alguien ha de empezar: quienes mantienen el sueño de Europa como verdadera unión no pueden olvidar por más tiempo el plano expresivo del proyecto, tan importante o más que el instrumental. Hoy ya somos, afortunadamente, europeos. Mañana deberíamos, además, sentirnos europeos.

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública.