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Europa no quiere volver a Yalta

Europa no quiere volver a Yalta


La intervención de la Rusia de Putin en Georgia representa un ataque frontal a la convivencia pacífica y al sistema de intervención multilateral defendido durante el último siglo

"Rusia recurre a los carros de combate. A Europa no se le dan bien los carros de combate. Pero se nos dan bien otras mil cosas, cada una de ellas, por su cuenta, más pequeña, blanda y lenta que un carro de combate, pero que, todas juntas, con tiempo y la perspectiva de la integración, pueden acabar siendo una fuerza más poderosa"

Mientras leen estas líneas, otro remoto rincón de Europa ha sufrido una limpieza étnica. Eso quiere decir jóvenes asesinados, ancianas arrojadas de los hogares en los que habían pasado toda su vida, sus pueblos saqueados e incendiados. Como ocurrió en Bosnia, hoy, en Osetia del Sur, las carnicerías las han llevado a cabo sobre todo milicias irregulares. "Hemos llevado a cabo unas operaciones de limpieza, sí", declaró el jefe miliciano capitán Elrus a Luke Harding, de The Guardian. Estos crímenes violentos se han cometido ante los ojos de soldados rusos, ahora recalificados de forma unilateral como fuerzas de paz mediante el sencillo método de ponerles unos cascos azules. La limpieza étnica se ha extendido a la zona de seguridad que ha establecido unilateralmente Rusia alrededor de Osetia del Sur, aprovechando una supuesta laguna en el acuerdo de alto el fuego logrado con la mediación del presidente Nicolas Sarkozy en nombre de la Unión Europea.

Estos hechos, presenciados sobre el terreno por valientes y minuciosos periodistas, dan la verdadera medida humana de la incapacidad de Europa para cumplir su promesa fundamental de mantener la paz, ni siquiera en su patio trasero. Dan también la medida del deliberado desafío estratégico de Rusia a la manera de hacer política y manejar las relaciones internacionales nacida a finales del siglo XX y representada por la UE. No debemos restar importancia a lo que significa este momento.

Hay que decir de inmediato dos cosas que complican la cuestión, pero que no le quitan validez. La primera, que, por muy grandes que fueran las provocaciones sobre el terreno, las autoridades de Georgia se comportaron de forma insensata y censurable al intensificar el conflicto en Osetia del Sur el 7 de agosto, al permitir que sus fuerzas matasen e hiriesen a civiles inocentes y al no prever la aplastante reacción militar de Rusia, a pesar de los indicios de que ya la habían ensayado. "No nos preparamos para una posibilidad de este tipo", confesó el viceministro georgiano de Defensa, Batu Kutelia. Qué idiotas y qué irresponsables.

La segunda, que la moribunda Administración de Bush se comportó con su incompetencia característica al permitir que el Gobierno de Georgia albergara incluso una sombra de esperanza de que la caballería estadounidense iba a acudir en ayuda de este aspirante a Israel en el Cáucaso. Parece ser que el Departamento de Estado transmitió varias advertencias en sentido contrario, pero otros sectores de este Gobierno disfuncional no actuaron con la misma claridad. El ridículo que despertó en todo el mundo la reacción indignada de Washington muestra, además, cuánta credibilidad ha perdido Estados Unidos debido a la invasión de Irak (no invadáis un país soberano; eso es lo que hacemos nosotros).

Es decir, tanto Tbilisi como Washington tienen algo de culpa. Ahora bien, atribuir responsabilidades a Estados Unidos (un deporte que se le da muy bien a los europeos) y a Georgia (un país lejano del que la mayoría de los europeos no sabe nada) no implica pasar por alto el desplante de Rusia a la manera de abordar los asuntos humanos que Europa occidental trata de emplear desde 1945 y el credo por el que la mayor parte de Europa se rige desde 1989.

Lo fundamental en este caso no es la "integridad territorial". La esencia de nuestra nueva forma europea de hacer las cosas es más bien una especie de integridad de procedimiento. Hay que respetar las fronteras de los Estados existentes, pero, en casos excepcionales, algunos territorios dentro de los Estados pueden negociar autonomías especiales o incluso votar para obtener la independencia, como Eslovaquia, Kosovo o tal vez Escocia algún día. Ahora bien, siempre con la condición de que se haga por medios pacíficos, mediante la negociación y el consenso, con la aprobación de las leyes nacionales e internacionales. El cómo importa más que el qué.

Ése es nuestro requisito fundamental, y la Rusia de Putin acaba de desafiarlo. Su mensaje es que el uso unilateral de la fuerza para propugnar los intereses nacionales es parte de lo que hacen las grandes potencias; que el orden posmoderno, multilateral y legal de la UE es un anacronismo pasajero del siglo XX; y que, en las antiguas palabras del diálogo de los melios de Tucídides, "los fuertes hacen lo que pueden y los débiles se someten".

¿Y cuál es la respuesta de Europa? El resultado de la cumbre de urgencia celebrada el lunes por la UE fue menos malo de lo que podía haber sido. A diferencia de la última cumbre de urgencia, celebrada hace cinco años a propósito de Irak, esta vez se mantuvo cierta unidad. Pero las medidas aprobadas son débiles. "Gracias a Dios que ha triunfado el sentido común", comentó un aparentemente satisfecho Vladímir Putin. Y la unidad en sí es débil. Sigue habiendo profundas diferencias de método que reflejan distintos grados de dependencia energética y distintas experiencias históricas de relación con Rusia. Moscú hará todo lo posible para explotar esas diferencias. El Izvestia del lunes tenía un fascinante mapa de colores de los Estados miembros de la UE divididos en cuatro categorías: Gran Bretaña y Polonia eran "críticos violentos", mientras que Alemania, Francia, Bélgica e Italia recibían la halagüeña etiqueta de "lobbistas de Moscú".

El tono de leve satisfacción en la rueda de prensa posterior a la cumbre, con Sarkozy y José Manuel Barroso, me pareció inapropiado. No se puede utilizar un tono así cuando, mientras tanto, hay mujeres y niños que están quedándose en la miseria, o en peor situación aún, en parte como consecuencia del fracaso de Europa. Una derrota no es una victoria. Y esta cumbre sólo podrá considerarse un triunfo si pone en marcha una revisión fundamental de la política de Europa respecto a Rusia.

Lo que nos hace falta es una estrategia de dos vías, que combine elementos de disuasión por la fuerza y habilidad diplomática, de guerra fría y de distensión. La opinión de Putin no es la única en Rusia. La esperanza de que se oyera pronto la del presidente Medvédev se ha desvanecido, pero hay otras, incluidas las que expresan en privado algunos capitalistas rusos preocupados. Debe quedar claro que sigue abierta la puerta a una relación estratégica como la que deseaba Occidente en los años noventa, con Rusia como nuevo pilar del orden internacional liberal.

Sin embargo, nuestra nueva hipótesis de trabajo debe ser que, en un futuro previsible, Rusia va a seguir siendo la Rusia de Putin: una potencia fuerte e implacable, decidida a reducir la influencia de Occidente y establecer su propia esfera de influencia de estilo decimonónico en el espacio pos-soviético. Y un país dispuesto a usar la violencia, la intimidación y la extorsión para hacer triunfar sus intereses nacionales, que, según su definición, incluyen la "protección" de millones de rusos en otros Estados soberanos situados alrededor de sus fronteras. Como en Crimea, por ejemplo, una parte del Estado soberano de Ucrania en la que algo más de la mitad de la población se define como rusa y el Kremlin tiene su flota del mar Negro anclada en Sebastopol.

"Yalta, c’est fini", declaró Sarkozy en la rueda de prensa de Bruselas, en referencia a la supuesta división de Europa en dos esferas de influencia durante la conferencia de Yalta en 1945. Pero quizá está surgiendo otro tipo de Yalta en la ciudad del mismo nombre, situada en Crimea, y otras muchas como ella, en las que la Madre Rusia sueña con cuidar de los suyos. Europa debe hacer todo lo posible por Georgia, incluida una presencia visible sobre el terreno. Pero es mucho más importante, desde el punto de vista estratégico, lo que pueda hacer por Ucrania, un Estado grande y esencial que (a diferencia de Georgia) todavía controla, más o menos, todo el territorio dentro de sus fronteras.

El ministro británico de Exteriores, David Miliband, tuvo toda la razón al ir allí como respuesta a la crisis de Georgia. Ahora, la UE debería ofrecer a Ucrania un futuro claro de integración. Debería enviar a observadores, funcionarios, abogados, asesores policiales, especialistas en desarrollo que hablen ucranio y ruso, a que trabajen sobre el terreno, sobre todo en regiones como Crimea. Nuestra respuesta debe ser realista, no sólo en nuestra forma de juzgar a Rusia, sino también a la hora de valorar nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles. Rusia recurre a los carros de combate. A Europa no se le dan bien los carros de combate. Pero se nos dan bien otras mil cosas, cada una de ellas, por su cuenta, más pequeña, blanda y lenta que un carro de combate, pero que, todas juntas, con tiempo y la perspectiva de la integración, pueden acabar siendo una fuerza más poderosa. Este modelo europeo es el que está hoy a prueba.

Timothy Garton Ash

El abrazo del Rey

El abrazo del Rey

ES una fotografía extraordinaria, porque lo revela todo y al mismo tiempo oculta con respeto lo que no es necesario que se muestre. Los dos hombres llevan el paso acorde, se apoyan en el pie izquierdo y tienen el derecho ligeramente levantado, sólo la punta del zapato roza el césped fresco, a punto de seguir hacia delante.

El brazo derecho del Rey rodea cordialmente los hombros de Suárez, como si quisiera ocultar que al mismo tiempo lo está guiando. Sin ser solemnes, el traje oscuro y los zapatos negros de Don Juan Carlos son más protocolarios, el atuendo de Suárez es más informal y veraniego, pero ambos muestran la misma pulcritud, la exacta longitud de las perneras, la geométrica huella de la plancha. Nadie diría que el hombre de la derecha es un hombre enfermo.

Si no los reconociéramos, podríamos pensar que se trata de dos amigos que están de vacaciones, o que pasan un rato de ocio en el jardín de uno de ellos, en una casa de la periferia. Pero sabemos que no es así y que la fotografía muestra una situación delicada y muy difícil para el viejo amigo. El enfermo ya no lo reconoce, pero para él no es un desconocido; sabe que cuando le habla no lo entiende, que las palabras resuenan sin sentido en el vacío de su cerebro, y sin embargo no debe callarse; puede sentir piedad, pero a sí mismo se prohíbe manifestarla.

En la fotografía todo sugiere un entorno amable, que oculta que cuando el Alzheimer avanza hay que guardar fuera del alcance del enfermo los objetos punzantes o candentes, el control de la luz o del gas o del fuego y todo lo que pueda hacerle daño.

También hay que vaciar la casa de espejos. Si se ve reflejado en uno de ellos y no se reconoce, puede creer que está frente a un extraño y provocar una crisis. El seto verde del fondo impide ver que el jardín está cerrado, porque si el enfermo se aleja de allí no sabrá cómo regresar.

Como una antigua moneda que, con el paso del tiempo, ha perdido el rostro que llevaba acuñado y ya es sólo un trozo de metal, así el enfermo de Alzheimer ha perdido su identidad, su rostro y sus recuerdos, y ya es sólo cuerpo, pero cuerpo que aún mantiene sus otras cualidades: es sensible al dolor y a las sensaciones agradables, a un gesto frío y a una sonrisa amable.

También es sensible a un abrazo amistoso y desde algún lugar primario e infantil del corazón, aunque ya no reconozca las palabras, reconoce el afecto y el aprecio, la calidez del brazo que se apoya en su hombro. En la fotografía parece que el Rey le está comunicando un secreto. Y se diría que Suárez lo entiende.

Eugenio Fuentes es escritor.

Uno de cada cinco euros en España escapa a los controles

Uno de cada cinco euros en España escapa a los controles


El Gobierno prepara un plan especial contra el dinero negro

Cualquier comprador de vivienda se habrá topado, en algún momento de su búsqueda, con frases como "se puede escriturar por menos dinero" o "el precio final dependerá de cuánto se ponga en A y en B". Es quizá la manifestación más común de un fenómeno que contamina casi todos los ámbitos de la economía española: el dinero negro y, de forma más amplia, la economía sumergida. La opacidad se traslada a las cifras: apenas existen datos fiables. Los más precisos, elaborados por la Unión Europea, sitúan a España por encima de otros socios comunitarios -salvo Italia-, con un 20% de su actividad sumergida. El Banco Mundial le atribuye un 23%.

Los expertos coinciden en que tanto el dinero negro (el que se oculta al fisco) como la economía sumergida (actividad sin declarar) son difíciles de medir. A esa hipótesis se acoge el Gobierno español, que no asume ninguna de las cifras estimadas. "No hay forma de constatarlo", aseguran en el Ministerio de Economía. Con datos o sin ellos, el Ejecutivo es consciente de que el dinero oculto juega un gran papel en la economía y se ha propuesto combatirlo con más ahínco, especialmente ahora que la crisis esquilma las arcas públicas y resulta urgente recuperar ingresos.

La Agencia Tributaria está elaborando un nuevo plan de prevención del fraude fiscal que prestará "especial atención a la economía sumergida", según una portavoz del Ministerio de Economía. Frente al proyecto de la anterior legislatura, más centrado en las tramas de IVA o en el fraude del impuesto de matriculación, el nuevo primará fenómenos más ocultos, como las operaciones fraudulentas de billetes de 500 euros. El plan estará listo el próximo otoño.

El mejor ejemplo de que asomarse a la economía sumergida supone transitar por terreno escurridizo reside en el Eurobarómetro que lanzó la Comisión Europea el pasado mes de octubre. Preguntados los ciudadanos europeos sobre si han comprado algún bien o servicio proveniente de la economía sumergida en los últimos 12 meses, sólo un 6% de los españoles reconocen haberlo hecho, frente al 27% de los daneses. La brecha entre ambas nacionalidades resulta difícil de creer. "Las encuestas directas tienen a infravalorar el fenómeno. Esos datos no son muy fiables", admite una fuente de la Dirección General de Empleo de la Comisión Europea.

Otro trabajo reciente, elaborado por el Observatorio Europeo del Empleo, cifra el trabajo no declarado en el 12,3% del producto interior bruto (PIB). "El porcentaje parece haberse incrementado desde 2002", reza el informe, publicado el pasado mes de mayo. "No se ve una disminución. Desde luego, es un problema que no está resuelto", corrobora la fuente comunitaria. El informe lo considera "un fenómeno fuertemente enraizado en la economía española" y acusa a las autoridades de "falta de interés" para ofrecer datos.

Los motivos por los que la economía sumergida florece en España son diversos. La UE lo atribuye a que "muchos trabajadores aceptan trabajos irregulares para obtener más ingresos de los que obtendrían con una relación laboral ordinaria". Y es que los salarios españoles están "muy por debajo de la media". También influyen la burocracia que implica el trabajo formal, los impuestos y las sanciones.

Más allá de estos motivos, perviven razones culturales. "Entra dentro de la pillería latina; el ciudadano no recrimina el fraude", sentencia José María Peláez, inspector y portavoz de la organización Inspectores de Hacienda del Estado. Peláez cree que el fraude está "generalizado" en casi todos los sectores, aunque aprecia un cambio fundamental en los últimos años: de los mecanismos más sencillos se ha pasado a un auge del fraude organizado, que reviste mayor gravedad. Destacan las tramas de IVA y sobre todo los delitos de tipo urbanístico.

El dinero negro se ha multiplicado al calor del boom inmobiliario que ha vivido España. El sindicato de técnicos de Hacienda Gestha cifra en casi 9.000 millones de euros al año las irregularidades en este terreno, una cantidad similar al coste del plan de choque que aprobó el Gobierno en abril para hacer frente a la desaceleración. "Hacen falta manos", reclama José María Mollinedo, secretario general de esa organización, que reclama más competencias para atajar el fraude.

Aunque desde el punto de vista del empleo la construcción se ha hecho más transparente tras la regularización extraordinaria de inmigrantes realizada en 2005, según el Observatorio Europeo del Empleo, no ha ocurrido lo mismo en todos los ámbitos. La acumulación de billetes de 500 euros, principalmente en el sector inmobiliario, ha demostrado que gran parte de la riqueza escapa a los ojos del fisco.

Con la crisis que vive el sector, el flujo de billetes de 500 que circula por España ha empezado a estancarse. "Todo lo relacionado con el inmobiliario, incluidos los intermediarios que cobraban comisiones, ha caído vertiginosamente", explica Luis del Amo, director del Registro de Economistas Asesores Fiscales. Lo más relevante para Del Amo es el número de firmas que ya no tendrán que camuflar beneficios para pagar menos al fisco, pues la crisis los está liquidando. "En época de vacas flacas hay menos incentivo a la economía sumergida", concluye.

Otros analistas discrepan. Su argumento es que la atonía económica impulsa a algunas empresas a sumergir parte de su actividad para ahorrar costes. "La economía sumergida tiene un componente anticíclico: crece cuando la ordinaria va mal. Esto puede estar ocurriendo en la construcción, aunque no está demostrado", opone con cautela Santos Ruesga, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los pocos autores que se ha atrevido a teorizar sobre este fenómeno.

Más allá de la construcción, la economía en la sombra prolifera en la hostelería, la agricultura, el servicio doméstico... incluso en la enseñanza. La organización Educa-systems cree que las clases particulares mueven 1.800 millones de euros anuales en negro. "Se da donde mejor se puede ocultar, principalmente en pequeñas empresas y en autónomos", añade Ruesga.

Por zonas, el arco mediterráneo es especialmente propicio a las actividades opacas. "No sólo por la construcción, también por el textil y el calzado", muy localizados en esa zona, opina Miguel Gómez de Antonio, del Departamento de Hacienda Pública y Sistema Fiscal de la Universidad Complutense de Madrid. Este profesor es coautor del único estudio elaborado en España sobre economía sumergida por provincias. El trabajo, publicado en 2003 por el Instituto de Estudios Fiscales -dependiente del Ministerio de Economía-, levantó una auténtica polvareda política al revelar un alza continuada de este fenómeno desde 1980. En 2000, último año abarcado por el estudio, alcanzó el 20,9% del PIB. Desde entonces ninguna institución pública se ha atrevido a hacer cálculos similares.

El problema no estriba en la falta de datos. "El nivel de información de la Agencia Tributaria es superior al de los países del entorno comunitario; en Francia las personas físicas ni siquiera tienen NIF", argumenta Ramón Palacín, antiguo trabajador de la Agencia y actualmente socio responsable del área de Precios de Transferencia de Ernst & Young Abogados. El miedo a la repercusión política de las cifras retrae a las autoridades a la hora de profundizar en este fenómeno.

Independientemente de la información, los expertos consultados descartan que la ley española incentive las actividades soterradas por ser laxa respecto al fraude. "Las sanciones fueron muy duras, pero se empezaron a reducir desde 1998 porque se consideró que al ser tan altas incentivaban más el fraude", explica Palacín. Su compañera Rocío Ingelmo, directora de Tributación de Empresas de Ernst & Young Abogados (antes también trabajó en la Agencia Tributaria, en el departamento de Recaudación), añade: "La filosofía se basa en minorar las sanciones para favorecer el cumplimiento voluntario".

El País

Un nuevo marco estratégico para Europa


Tras el breve y amargo conflicto entre Rusia y Georgia, es importante que los responsables políticos en Occidente intenten comprender su origen, con la máxima lucidez y de la forma más desapasionada posible. Si no, será imposible extraer las enseñanzas de esta crisis. Si no, los posibles errores políticos posteriores podrían aumentar el riesgo de conflictos aún más graves, una evolución que debemos, entre todos, tratar de evitar.

Lo que podemos decir con seguridad es que, al principio, no fue un conflicto ligado exclusivamente a Osetia del Sur, fueran cuales fueran los argumentos de las partes. Desde luego, ha tenido semejanzas con otras guerras en la Europa poscomunista en las que las disputas nacionales por un mismo territorio desembocaron en violencia y división. Hemos aprendido a desarrollar métodos apropiados para abordar este tipo de conflictos en el contexto de la ampliación de la Unión Europea. Pero no hemos sabido hacer lo mismo en las zonas de Europa en las que la perspectiva de la integración es menos inmediata. Es un terreno en el que la diplomacia europea tiene obligatoriamente que reforzarse.

Lo importante es lo que revela el conflicto sobre la percepción que tiene Rusia de su lugar en el mundo moderno y de qué forma pretende relacionarse con los demás miembros de la comunidad internacional. Ahí reside el principal problema de política exterior.

Cuando Vladímir Putin calificó la caída de la Unión Soviética como "la mayor catástrofe geopolítica del último siglo", no hablaba sólo en nombre de una casta cerrada de políticos y responsables de seguridad en lo alto del Estado ruso. El hundimiento de los años noventa engendró un profundo sentimiento de humillación nacional y una situación de auténtica miseria económica para muchos rusos. No es extraño que hoy todos aguarden un renacimiento del prestigio nacional de la mano de una prosperidad económica recuperada a toda velocidad.

Europa y Estados Unidos deberían esforzarse para concretar esas esperanzas dentro de unas fronteras legítimas. No podemos aceptar el argumento, que muchas veces contraponen en Rusia, de que su declive fue consecuencia de un plan deliberado de Occidente para hacer que se tambaleara y que, por tanto, hoy la compensación debería consistir en una total revisión de los acuerdos posteriores a la guerra fría. Ésa es la mentalidad que ha sido la verdadera causa del conflicto de Georgia.

Por desgracia, parece que, en Occidente, algunos están dispuestos a compartir esa visión de las cosas y sostienen que el proceso de integración euroatlántica es criticable porque ha usurpado los intereses legítimos de Rusia y, por tanto, ha provocado su reacción. Aunque nadie propone dar marcha atrás, muchas voces aprovechan para sugerir que habría que interrumpir el proceso y fijar definitivamente los límites orientales de la Unión Europea y la OTAN.

Seamos claros. Ésa es la Europa del Congreso de Viena en 1815 y de Yalta en 1945. Es la Europa de las potencias y las esferas de influencia, de las grandes potencias que deciden el destino de los países pequeños a golpe de pluma. Es la Europa que se suponía que habíamos dejado atrás.

La expansión de la OTAN y la Unión Europea no es resultado de una decisión imperial tomada en Washington y Bruselas. Nació, sobre todo, del deseo de las nuevas democracias independientes de apoyar sus esfuerzos reformistas en instituciones internacionales basadas en valores democráticos.

El deseo de adhesión de los países europeos que aún no pertenecen a esas instituciones obedece al mismo motivo. Si les cerramos la puerta, no sólo violaremos el principio de autodeterminación que es supuestamente la piedra angular de la nueva Europa, sino que crearemos una zona de incertidumbre geopolítica, y tal vez de inestabilidad, a nuestras puertas.

Por supuesto, hay que evitar tensiones inútiles con Rusia. Pero también debemos intentar que las estrategias para resolver las diferencias y evitar los conflictos no envíen señales de debilidad, especialmente en un momento en el que las interpretaciones triunfalistas del conflicto en Georgia amenazan con alimentar las ilusiones nacionalistas. Semejantes errores de comunicación pueden además suscitar respuestas agresivas debidas a un exceso de seguridad y a la idea, falsa, de que hay que aprovechar las oportunidades. Quienes piensan que acabar con la integración euroatlántica nos va a dar instrumentos para reparar rápidamente nuestras relaciones con Rusia pueden llevarse una desagradable sorpresa.

Por el contrario, lo que deben hacer los dirigentes europeos y estadounidenses es poner en marcha un marco estratégico para sus relaciones con Rusia que responda a los intereses legítimos de esta última nación pero sin poner en peligro los valores que constituyen la base de la comunidad euroatlántica.

Para la Unión Europea, eso significa hallar el justo equilibrio entre sus esfuerzos para construir una nueva relación estratégica con Rusia y los dedicados a la integración de los países del Este que aún desean incorporarse, unos esfuerzos que deben tener la misma prioridad.

¡Qué viejas quedan ahora nuestras recientes obsesiones sobre cuestiones institucionales como el peso de los votos y el tamaño de la Comisión! Ha llegado el momento de que nos tomemos más en serio nuestras responsabilidades estratégicas.

La seguridad es, por supuesto, la dimensión más importante. Debemos estudiar la propuesta del presidente Medvédev para mejorar la arquitectura de la seguridad europea con un espíritu constructivo y abierto que reconozca la aportación concreta de Rusia a nuestra paz y nuestra estabilidad futuras. Pero debemos comprender también que esas discusiones se desarrollarán en paralelo a la ampliación de la OTAN y no la sustituirán de ninguna forma.

Seguir frenando los planes de acción para la integración de Ucrania y Georgia equivaldría a enviar una señal completamente equivocada: indicaría la aceptación tácita de una división de Europa en esferas de influencia. No podemos aceptar la idea de que Rusia se beneficie de una condición de hegemonía que minaría los derechos soberanos de sus vecinos.

Ése fue el primer objetivo de la ofensiva rusa en Georgia, y tenemos que mostrarnos firmes en nuestro rechazo con arreglo a un principio de política europea, por más que, a corto plazo, pueda resultar inconveniente para nuestras relaciones.

La construcción de una Europa unida y democrática es una de las cuestiones difíciles que llevamos mucho tiempo evitando. Siempre hemos avanzado con la idea de que compartir las ventajas de la libertad con el mayor número posible de personas era la mejor forma de evitar el regreso al pasado trágico de Europa. Ha llegado la hora de reafirmar nuestra fe en esa idea.

Aleksander Kwasniewski fue presidente de Polonia entre 1995 y 2005.

187 millones de muertos en nombre de las utopías

187 millones de muertos en nombre de las utopías


Rafael del Águila analiza el papel de la gente de la calle en los horrores del siglo XX


El historiador británico Eric Hobsbawm calculó que la cifra global de muertos de manera violenta durante el siglo XX era de 187 millones. Contaba ahí a los que murieron en los frentes de la Primera Guerra Mundial (8,5 millones) y a los que entonces cayeron en la retaguardia (10 millones), a los que fueron fulminados durante la revolución rusa y en la guerra civil posterior (cinco) y a los masacrados después durante la represión (el "archipiélago Gulag" liquidó a varias decenas de millones). En ese monto están incluidos los 35 millones de víctimas que costó la Segunda Guerra Mundial..., y se podría seguir la espantosa relación durante varios párrafos (Camboya, Corea del Norte, las dictaduras del Cono Sur de Latinoamérica, Guatemala, El Salvador, Ruanda, los Balcanes, Oriente Próximo...). El caso es que Rafael del Águila (Madrid, 1953), catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, considera en su nuevo ensayo, Crítica de las ideologías. El peligro de las ideas (Taurus), que Hobsbawm se queda corto.

Decía Stalin que "un muerto es una tragedia; un millón, una estadística". Y esas cifras espantan, pero con mucha frecuencia se quedan en una abstracción que no revela el dolor concreto, e insoportable, que la pérdida de un hombre o una mujer supone para cuantos lo trataron, para sus prójimos. Se pasa por alto también que ninguno de esos horrores ocurrió por generación espontánea. "Hubo quien movió mediante la palabra, quien se movilizó, quien perpetró, quien organizó, quien aplaudió, quien miró para otro lado...", escribe Del Águila. "Hubo asesinos, administradores, torturadores, científicos, políticos, gente normal que buscaba un porvenir en medio del horror...".

Frente a la costumbre de valorar positivamente a los que tienen ideales, Rafael del Águila toma distancias. "Los ideales son peligrosos, no lo duden", reza la primera línea de su libro. "Todo empezó con el atentado del 11-M", explica. "Detrás de todo ese horror había unos señores, los fundamentalistas islámicos, que creían en lo que habían hecho. Les parecía bien. Así que me puse a analizar ese vínculo íntimo que existe entre los ideales y la capacidad de provocar políticas de exterminio". Hay una cita muy reveladora de Robert Musil que recoge en su ensayo: "Sólo los criminales se atreven hoy día a hacer daño a los demás hombres sin filosofar".

Conviene pues tomar conciencia de que detrás de esas terribles magnitudes no sólo hay unos cuantos tipos malvados. Hubo mucha gente que participó y que lo hizo porque tenía unos ideales. "Los había que ponían el énfasis en el futuro. En la emancipación humana de las injusticias y la dominación. Con una utopía al final del trayecto y la convicción, científica para algunos, de que se alcanzaría la sociedad perfecta después de una revolución". Rafael del Águila comenta que ese acicate les permitió justificar todas las barbaridades, y entre estos estuvieron anarquistas, socialistas revolucionarios, comunistas...

"Hubo otros, en cambio, que sostenían sus creencias en el pasado", continúa Del Águila. "En un ideal de autenticidad. Hay un ’verdadero ser que somos’, pero estamos sometidos a una poderosa degeneración. Así que hay que salvar el mundo de cuantos han pervertido esa vieja pureza y recuperarla". En ese grupo entran los nazis y los fascistas, los nacionalistas, los fundamentalistas religiosos, los indigenistas... "El ideal de pureza racial que reivindicaban los nazis, y que produjo el genocidio de los judíos, da una vuelta de tuerca al horror. El objetivo de sus campos de concentración es simplemente exterminar a una raza considerada inferior".

Y en nombre de ideas, como la de la democracia, se siguen perpetrando disparates. "Bush y los neoconservadores creyeron que con imponer la democracia en Irak con las armas los países del entorno iban a convertirse a la buena nueva". No ha ocurrido tal cosa. "La deriva, que he llamado monista, de la democracia es muy peligrosa. Una sola fe, un solo pueblo, una sola nación: cuando se refuerza el sentimiento de fraternidad (los iguales) en torno a un ideal, la capacidad de destrucción es mayor que cuando éste se impone de forma vertical".

Así que nada de ideales. Rafael del Águila es pesimista, y no cree en la supuesta bondad del ser humano, pero no renuncia a librar batallas que sirvan para combatir la injusticia, para proteger el entorno, para conquistar espacios de libertad. "Siempre en política las decisiones son trágicas. Siempre se tiene que elegir el mal menor. Vivimos en una zona de grises. No existe ni la perfección ni el mal absoluto. Así que hay que actuar lejos de las abstracciones de las ideologías, frente a situaciones concretas donde existen individuos concretos".

José Andrés Rojo en El País.

Respuesta a un mundo amenazador

Respuesta a un mundo amenazador


Ni una nueva cruzada ni levantar el puente levadizo y encerrarse en el castillo. La respuesta de Occidente a los nuevos retos debe consistir en patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal fuera


La próxima semana, un puñado de líderes políticos se sentará en torno a una mesa durante la cumbre del G-8 en Toyako, Japón, para examinar el estado del mundo. Yo espero estar sentado entonces en una playa en la isla de Ischia, ignorando por completo el estado del mundo. Pero antes de tomarme un descanso de mis columnas semanales, para iniciar un verano que voy a dedicar, sobre todo, a escribir un libro, me gustaría detenerme un momento a echar un vistazo al mundo en el que estamos. No sé qué opinarán ustedes, pero a mí no me parece que tenga buen aspecto.

El historiador francés Jacques Bainville comentó en una ocasión que "las cosas nunca han ido bien". Es útil recordarlo. No obstante, creo que las perspectivas son menos halagüeñas que hace 10 ó 20 años. Seguramente son mejores para un dirigente comunista en Pekín, un capo de la droga en Afganistán o un oligarca en Moscú. Las impresiones dependen en gran parte de dónde esté y qué quiera cada uno. Yo quiero que mis hijos vivan, por lo menos, con la misma libertad que yo he tenido, en un país libre, y quiero que toda la gente posible sea lo más libre posible en otros países. Para ello hacen falta no sólo las libertades civiles y políticas tradicionales, sino también ciertas condiciones básicas de seguridad personal, legal y económica y la posibilidad de labrarse una vida gracias a la educación y la igualdad de oportunidades. A diferencia de algunos liberales clásicos, no creo que alguien muy pobre pueda ser libre.

Éste es el punto de vista desde el que la situación parece desalentadora. A lo largo del último año he dedicado varias columnas a explicar cómo el Reino Unido está perdiendo libertades. Se debe, en parte, a la amenaza de los terroristas yihadistas takfiri, en parte a una reacción autoritaria desmesurada del Estado británico y en parte a otros motivos. La inseguridad económica no facilita las cosas, y seguramente va a empeorar.

En el resto del mundo, los gigantescos retos del cambio climático, la pobreza, la enfermedad y la competencia por los recursos energéticos, los alimentos y las materias primas, todos ellos magnificados por malas prácticas de Gobierno, están arrojando ya a cientos de millones de personas al abismo. Y no hemos hecho más que empezar. Los cambios de poder en el mundo tampoco son favorables. En los últimos meses, Myanmar y Zimbabue han demostrado lo impotentes que son los partidarios de la libertad si sus vecinos poderosos colocan la soberanía del Estado y sus intereses económicos y políticos por delante de los derechos fundamentales de la gente en los países afectados. Un Robert Mugabe con las manos llenas de sangre se pavonea en la cumbre de la Unión Africana, dando y recibiendo abrazos, mientras su portavoz dice que Occidente "puede irse a la mierda mil veces".

Las tiranías de viejo cuño se mezclan con sólidos modelos nuevos de capitalismo autoritario (China, Rusia). Las grandes democracias no occidentales muestran tan poca preocupación por la libertad en los países vecinos como la que mostraban las potencias imperiales europeas por la libertad en sus colonias. India se comporta con tanta debilidad a propósito de Myanmar como Suráfrica a propósito de Zimbabue. Mientras tanto, la República Islámica de Irán se dirige hacia un enfrentamiento nuclear con Israel, la posibilidad de un acuerdo de paz entre Israel y Palestina parece más alejada que hace 10 años y, en gran parte del mundo árabe, los jóvenes crecen inmersos en la ira, en vez de en la esperanza. ¿Hace falta que continúe?

Occidente tiene dos reacciones ante este mundo amenazador: la agresiva y la defensiva, y ambas están equivocadas. Podemos llamarlas las opciones del cruzado y el puente levadizo. La opción del cruzado fue Bush en Irak. Ahora vamos a ver más la del puente levadizo. Esta variante, defensiva, temerosa, proteccionista, invadida por un pesimismo cultural digno de Oswald Spengler, dice que hay que retirar el puente levadizo que permite la entrada a la vieja fortaleza de piedra llamada civilización occidental. Hay que dejar fuera a todos los extranjeros, todos los bienes, todas las ideas posibles. No hay que tratar de cambiar las actitudes de los países islámicos, Rusia ni China. Pertenecen a distintas civilizaciones, por lo que tienen diferentes valores y siempre los tendrán. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a una especie de tregua armada, del estilo de "vosotros hacedlo a vuestra manera; nosotros, a la nuestra". Es decir, esta concepción occidental conservadora condena el multiculturalismo en casa, pero es partidaria de él en el extranjero.

Yo propongo una combinación más optimista y confiada: patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal en el extranjero. No son dos cosas contradictorias. La libertad humana individual no ha sido nunca tan real como en el contexto de la nación-Estado moderna, democrática y liberal. Por tanto, estoy de acuerdo con muchos conservadores en que no debemos debilitar, sino reforzar, la nación-Estado. No debemos retirar el puente levadizo para detener la inmigración, pero sí tenemos que controlarla. Ahora bien, los que vienen a vivir aquí deben ser ciudadanos, y no meros habitantes. El inmigrante legal y aceptado debe tener los mismos derechos, deberes y oportunidades que cualquier descendiente de Guillermo el Conquistador o Etelredo el Indeciso.

Como nuestras sociedades están cada vez más mezcladas, ya no podemos fiarnos de los sobrentendidos y tenemos que explicar con más claridad cuáles son esos derechos y deberes. ¿Cuáles son los mínimos no negociables de libertad, qué áreas son objeto de negociación legítima y qué elementos son pura cuestión de conciencia individual? Ésta es una conversación en la que debemos participar abiertamente todos nosotros, no como un dictado que impongan las élites a las masas ni la mayoría a la minoría (éste es el tema sobre el que voy a trabajar este verano).

No obstante, lo que hagamos dentro de nuestras propias fronteras nunca será bastante. Ya no existen los castillos nacionales autosuficientes. Por eso es por lo que el internacionalismo liberal en el extranjero es un complemento necesario del patriotismo liberal en casa. El internacionalismo liberal no quiere decir invadir otros países y decir a sus habitantes lo que les conviene mientras se les apunta con un arma. Significa elaborar una serie de normas y reglas para que las respeten todos los Estados, preferiblemente plasmadas en el derecho internacional y sostenidas por las organizaciones internacionales. Pretende postular ciertos derechos fundamentales que tienen todos los seres humanos de este planeta, independientemente de su "cultura", sus circunstancias y sus gobernantes, con el fin de lograr el equilibrio entre lo universal y lo particular. El objetivo es construir la paz entre las naciones a partir de estas bases.

Cuando oímos la acusación de que ésta no es más que la exportación neocolonial de las tradiciones occidentales disfrazadas de valores universales, los internacionalistas liberales respondemos como sigue: en primer lugar, es empíricamente demostrable que hay muchas cosas que sí tienen en común todas las sociedades humanas. En segundo lugar, valores como la libertad, la tolerancia, la reciprocidad y la responsabilidad del Gobierno se encuentran en las literaturas, las filosofías y las historias de países no occidentales, como la India de Akbar, las Analectas de Confucio y la Carta de Medina. Tercero, aunque estos valores no se institucionalizaran en esos países tanto como en el Occidente moderno, sí lo han hecho en los lugares más inesperados durante los últimos decenios. Cuarto, incluso en los lugares donde aún no han arraigado, a la gente suele gustarle cómo suenan cuando se le pone en contacto con ellos. En resumen, no hay razón para perder la esperanza en lo que Immanuel Wallerstein llama la aventura humana de crear valores universales.

Igual que en el caso de nuestros propios países, en el mundo necesitamos tener una conversación, no un dictado. Me parece especialmente importante en las democracias no occidentales y con la gente de mentalidad abierta en las sociedades cerradas. Internet es un recurso maravilloso para este propósito, pero no hemos hecho más que empezar a saber usarlo. En definitiva, estoy deseando reanudar esta conversación con ustedes a finales de agosto, cuando Obama pronuncie su discurso de aceptación de la candidatura en la Convención Demócrata de Denver.

Timothy Garton Ash

La oportunidad de la 'generación Y'

La oportunidad de la 'generación Y'


Existe una preocupación común entre las principales empresas que actúan en el mercado laboral español: el cambio generacional que están viviendo y que provoca más de un quebradero de cabeza a sus directivos. ¿Tan difícil es convivir con la generación Y, también conocida como generación Internet o generación Google, por su afinidad a las tecnologías de comunicación?

Pero, ¿qué tienen en común todas aquellas personas que han nacido entre los años 1980 y 1986, que preceden a las anteriores generación X y Baby Boom (sus progenitores) y que están irrumpiendo ahora en el mercado laboral? Por simplificar, aquello que les une y les hace marcar la diferencia es una forma de entender la vida, unos valores y unos principios que, ni mejores ni peores, son muy diferentes de los que estamos acostumbrados en las actuales organizaciones. Resultado de ello es una convivencia de partida algo dificultosa con los actuales directivos y mandos medios de las organizaciones, educados en otros valores muy distintos.

¿Qué esperan éstos de la generación que se incorpora a trabajar con ellos? La respuesta es clara: gente que demuestre, tal y como ellos hicieron, capacidad de sacrificio, espíritu de lucha, lealtad a la organización, interés por desarrollar una carrera a largo plazo basada en el mérito y el esfuerzo, prudencia ante los riesgos, respeto a la jerarquía y un largo etcétera.

¿Y qué esperan los componentes de la generación Y cuando se incorporan al mundo laboral? Buscan, por encima de todo, disfrutar con lo que hacen. Tienen una clara tendencia a la acción, a la iniciativa, a buscar resultados concretos, medibles y objetivos en el coto plazo que, además, estén recompensados en su justa medida. No entienden el largo plazo, trabajar por trabajar, esperando que algún día el esfuerzo dé frutos, no entra dentro de su filosofía de vida. Su pasión por el cambio les hace huir de la rutina, por lo que dejan de ser fieles a sus empresas para pasar a ser fieles a sí mismos y a los proyectos en los que trabajan. La comunicación, la innovación y disponer de las últimas tendencias tecnológicas es el motor de su motivación. Huyen del prototipo de workalcoholic que han visto en sus padres, valorando especialmente entornos de trabajo flexibles, autónomos, donde se pueda conciliar vida laboral y profesional. Quieren modelos de liderazgo compartidos, democráticos, participativos, no autoritarios...

Se ha abierto una confrontación que, necesariamente, debe resolverse. Una parte importante de organizaciones sigue aferrada a la crítica y al intento desesperado de seguir buscando perfiles como los de toda la vida o, lo que es aún más difícil, tratar de cambiar a las personas, Pero es también una realidad, el hecho de que haya muchas otras compañías que han sabido reaccionar a tiempo, dejando las lamentaciones iniciales para pasar a la acción. ¿Cómo?, ¡gestionando y liderando el cambio!, reto verdaderamente difícil, aunque perfectamente alcanzable.

Iniciativas tales como dejar los compartimentos estancos y reinos de taifas, para dar paso a organizaciones menos piramidales; focalizar la consecución de resultados a través de una reingeniería de procesos basada en la gestión de proyectos; definir planes de carrera basados en la diversidad, los cambios y la globalidad, han sido fundamentales. Al igual que lo ha sido también el hecho de redefinir los modelos de liderazgo potenciando el empowerment y la capacitación de los más jóvenes, de fomentar la participación de los empleados en la toma de decisiones relevantes, premiar la iniciativa, abandonar las políticas de recursos humanos estándar para dar paso a soluciones más novedosas, individualizadas y acordes a las necesidades, y potenciar de manera significativa las políticas de comunicación y sinergias entre los diferentes componentes de la organización.

En definitiva, saber aprovechar lo mejor de cada generación para minimizar las debilidades de cada una. Es lo que hace que haya empresas en las que la convivencia generacional, lejos de ser un problema, se haya convertido en la mejor oportunidad de desarrollo, crecimiento y bienestar.

La generación Y ha sido para este tipo de empresas el revulsivo necesario para seguir afianzando su liderazgo e imagen de marca en el mercado, han cambiado incluso las tendencias del consumidor, las estrategias de marketing, publicidad y comunicación y, sobre todo, han permitido evolucionar a pasos agigantados sectores de actividad, como el tecnológico, inmerso en pleno proceso de innovación y cambio.

Sin duda alguna, la diversidad es la mejor oportunidad para adaptarse a los nuevos tiempos.


Almudena Corral es directora de Calidad y Procesos en Hay Selección.

Y quién decís que soy Yo

Y quién decís que soy Yo


Tú eres el Dios sobre el que todos opinamos,
el Dios que todos buscamos,
el Dios que todos abandonamos,
el Dios con el que todos luchamos.

Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos recrea,
que nos encuentra aunque no le busquemos,
que permanece fiel cuando le dejamos,
que nos vence y convence.

Tú eres el Dios del que todos hablamos,
el Dios que todos usamos,
el Dios que todos desfiguramos,
el Dios que todos intentamos comprar.

Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos habla con amor,
que nos respeta y cuida con pasión,
que nos da identidad y rostro,
que se muestra insobornable en su gratuidad.

Tú eres el Dios que cree en nosotros,
el Dios que espera en nosotros,
el Dios que ama en nosotros,
por encima de nuestros gestos, hechos y palabras.

Parroquia del Carmen