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4º Día Global por Darfur

4º Día Global por Darfur

Darfur: La población civil, atrapada por la violencia en Sudán

El Darfur de hoy es un lugar de violencia e inseguridad, donde resulta fácil conseguir armas, y cuya población se encuentra atrapada en un laberinto de ataques armados cada vez más complicado. Las fuerzas paramilitares, armadas por el gobierno sudanés, son cada vez más fuertes, mientras que siguen surgiendo nuevos grupos armados de oposición. A menudo se producen combates entre grupos (e incluso etnias) que antes formaban parte del mismo bando. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: es la población civil la que sigue pagando las consecuencias.

Según los cálculos de las Naciones Unidas, 4,2 millones de personas dependen en Darfur de la ayuda humanitaria. De ellas, 2,2 millones se concentran en campos para desplazados.
La población sigue huyendo. Entre enero y agosto de 2007, según cifras de la ONU, huyeron casi 250.000 personas, algunas de ellas por tercera o cuarta vez.
Durante años, las personas desplazadas han pedido la protección de una fuerza de la ONU. Por fin, tres años después de la aprobación de una resolución por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, éste ha establecido una fuerza híbrida de la Unión Africana y la ONU para mantener la paz, integrada por más de 26.000 personas, y el gobierno sudanés ha autorizado su entrada en el país.


Esta fuerza deberá desplegarse antes del 31 de diciembre de 2007 y debe estar plenamente operativa lo antes posible para ejercer su mandato. Se trata de una tarea ingente. El gobierno de Sudán, bajo presión, ha aceptado en numerosas ocasiones la realización de intervenciones, para terminar rompiendo sus promesas en cuanto la comunidad internacional baja la guardia. El trabajo de la ONU y de la Unión Africana ha sido obstaculizado sistemáticamente por retrasos a la hora de obtener visados, autorizaciones para viajar o permisos de importación.

Pide al gobierno de Sudán que tome medidas para proteger a la población civil y para facilitar el despliegue de la fuerza híbrida de paz.

¡Actúa!

Queremos que todos vivan en libertad

Queremos que todos vivan en libertad


Regina Otaola (Eibar, 1952), alcaldesa por el PP del municipio guipuzcoano de Lizartza (600 habitantes), denunció el pasado viernes haber recibido una amenaza de muerte tras izar la bandera española en el consistorio. La enseña amaneció ayer cubierta por una gran ikurriña. Fue horas antes de que la primera edil acudiese a una misa en la ermita del pueblo coincidiendo con el día grande de las fiestas locales. Lo hizo custodiada por la Ertzaintza y sus escoltas, como se aprecia en la imagen. Una treintena de simpatizantes de ANV la recibió y despidió con banderas vascas y gritos de Alde hemendik ("Fuera de aquí") y Zuek fascistak, zarete terroristak ("Vosotros, fascistas, sois los terroristas").

Pregunta. ¿Le merece la pena pasar por todo eso?

Respuesta. Claro. Una no ejerce un cargo porque sea cómodo, sino porque cree en una serie de principios. Yo sabía perfectamente dónde me metía.

P. ¿Se siente con fuerzas para aguantar toda la legislatura?

R. Sí, sí. Además, pienso que no van a ser así los cuatro años. Confío en que vaya bajando la tensión y podamos hacer un trabajo bueno para Lizartza. Lo importante no son los cuatro energúmenos que siempre están ahí, sino el resto de vecinos, que es gente de paz. Ellos tienen claro que queremos que todos vivan en libertad y en igualdad.

P. ¿Cómo discurre la actividad de la corporación?

R. Acudimos algunos días, que no adelantamos así por así, y escoltados. También hacemos reuniones fuera. Tenemos nuestras limitaciones, porque no es un Ayuntamiento normal al que puedes ir de tal a tal hora, pero vamos trabajando.

P. El PP se hizo con la alcaldía el 27-M con 27 votos tras la anulación de la lista de ANV. ¿Se le ha acercado en estos meses algún vecino para apoyarle?

R. Sí, más de uno.

P. ¿Y qué le transmiten?

R. Que sigamos y seamos fuertes. Que están hartos de que unos cuantos intenten mandarles y atemorizarles y que lo que quieren es vivir con normalidad y tranquilidad. Y los que se han acercado no tienen por qué ser del PP. Nosotros no les hemos preguntado la afiliación. Es gente que piensa que es necesario que se haga algo.

P. ¿Estos días ha recibido el respaldo de otros partidos?

R. Me ha llamado la presidenta de las Juntas Generales [la socialista Rafaela Romero]. Tampoco espero que me llamen del PNV o de EA, porque les parecerá un sacrilegio haber puesto la bandera española, digo yo.

P. ¿Es partidaria de la ilegalización de ANV?

R. Sí, y nunca he entendido cómo se puede ilegalizar una parte sí y otra no.

El País

Apostar por el futuro

Apostar por el futuro


Josu Jon Imaz ha remitido este texto a los medios de comunicación... es una verdadera lástima su retirada de la vida política...




Hay momentos en la vida en los que las personas debemos enfrentarnos a decisiones complejas. Dar importancia a los proyectos en los que creemos o apostar por vincular esos proyectos a nuestra propia participación en los mismos. No quiero ocultar que en las últimas semanas he vivido esta disyuntiva. Y he tomado una opción. No seré candidato a la presidencia del EBB del Partido Nacionalista Vasco, para la que fui elegido hace cuatro años. Volveré a la actividad profesional después de más de trece años de compromiso intenso con aquellas funciones que EAJ-PNV me ha encomendado: diputado al Parlamento Europeo, consejero de Industria, Comercio y Turismo del Gobierno Vasco y presidente de nuestra ejecutiva, el Euzkadi Buru Batzar.

Siempre he creído en la política como servicio a la sociedad. He recibido mucho de esta sociedad desde niño, y he entendido la actividad política como compromiso personal con ella y sus ciudadanos. Como forma de devolver, aún a costa de más de un sacrificio, lo mucho que este país me ha dado. Por eso, siempre he defendido la política como un camino de entrada y salida. Finalizado este servicio, lo normal es que salgamos sin perpetuarnos en la actividad política. Ello sirve para mantener viva la conexión entre clase política y sociedad civil, tan necesaria en los tiempos que vivimos.

He trabajado en la medida de mis posibilidades por una Euskadi en paz, en la que la violencia, la amenaza y la extorsión sean para siempre desterradas desde el firme compromiso con los valores de la persona como clave de bóveda para construir la sociedad vasca. Y me siento muy orgulloso de haber mamado desde joven estos valores a través de mi militancia en el Partido Nacionalista Vasco.

Creo en una Euskadi en la que los diferentes sentimientos de pertenencia de quienes componemos la sociedad vasca convivan compartiendo un proyecto de país, cuyo futuro construyamos entre todos. Creo en una Euskadi en la que la voluntad democrática de sus ciudadanos sea la base de la mutua convivencia y en la que los acuerdos amplios entre diferentes sirvan para hacer frente a los retos de futuro. Un país pensando en nuestras hijas e hijos, en el que encuentren las mejores oportunidades para desarrollarse como personas en su integridad. Trabajo por una Euskadi en la que nuestra identidad vasca se construya en base a valores en un mundo cada vez más abierto y complejo, en el que el amor a lo propio no nos lleve a construir el futuro contra nadie. Como ese árbol al que equiparaba su obra el universal escultor Eduardo Chillida, enraizado en tierra vasca pero con sus ramas y hojas abiertas al mundo.

Me siento orgulloso de haber tenido esta responsabilidad en un Partido cincelado con la talla humana y política de personas como José Antonio Agirre, Manuel de Irujo, Juan Ajuriaguerra, Javier Landaburu o tantos otros. De personas que con su trayectoria construyeron un patrimonio llamado EAJ-PNV, con un activo que ha servido para que centenares de miles de vascos nos den su confianza y hayamos contribuido al autogobierno, a la convivencia, al bienestar y la estabilidad de Euskadi. Pero este patrimonio no es nuestro. Nos toca gestionarlo. La pluralidad de discursos, la división y la tensión que en algunos momentos ha trasladado EAJ-PNV a la ciudadanía, contribuyen a debilitar nuestro proyecto, a confundir a la sociedad vasca y a perjudicar la capacidad de este partido para articular en torno a él a las mayorías sociales vascas necesarias para construir el modelo de país que queremos.

Hoy, el esfuerzo por conseguir la unión en el seno del Partido Nacionalista Vasco nos obliga a todos. A mí también. La reproducción de la división que hace cuatro años se produjo en una transición de liderazgos compleja puede debilitar de forma importante a EAJ-PNV. Siempre he creído que en la vida no debe esperarse a lo que hagan los demás. Uno mismo debe dar los pasos que estima necesarios. Por ello, mi decisión de no ser candidato responde a una contribución que facilite un proceso interno que cohesione y una a nuestra opción política. Creo, con respeto al resto de opciones políticas, que EAJ-PNV tiene un papel de cohesionador y moderador de la política vasca, que puede verse perjudicado con la división y su debilitamiento. Por tanto, sin pretender patrimonializar ningún activo que sólo nos corresponde en el porcentaje de voto que tenemos, entiendo que por encima de actitudes cortoplacistas, el riesgo de división en el Partido Nacionalista Vasco añadiría dosis de inestabilidad y radicalidad a la política vasca.

Hay otra reflexión que no puedo pasar por alto. El nacionalismo vasco democrático ha jugado y juega un papel primordial en la construcción de nuestro país. El mundo está cambiando aceleradamente y, al igual que otras generaciones han hecho un esfuerzo ímprobo por modernizar y actualizar nuestro proyecto, también nuestra generación debe llevarlo a cabo. Conceptos como estado-nación, soberanía o independencia adquieren hoy tintes necesariamente diferentes de lo que en el pasado representaban. Las fronteras se debilitan e incluso desaparecen en nuestro entorno, y desde el nacionalismo vasco democrático tenemos que ser pioneros en las reflexiones de actualización de nuestro bagaje fundacional, de un partido que nace para preservar un pueblo que perdía su identidad y su régimen de libertades histórico. Pero un partido no puede llevar adelante una modernización necesaria en un contexto de competición por el discurso. La reflexión serena exige liderazgos no cuestionados y partidos unidos y sólidos.

Quiero terminar mostrando mi plena confianza en las personas que componemos el Partido Nacionalista Vasco, así como en la propia sociedad vasca. En la capacidad de avanzar con éxito a través de los retos presentes y futuros, así como la convicción de que mi decisión será un pequeño grano de arena en este camino. Agradezco de todo corazón el apoyo de los que tanto desde el seno del partido como del conjunto de la sociedad me han ayudado en mi labor. Y también, sinceramente, a los que desde la crítica interna o externa, han contribuido a hacer más contrastadas y reflexivas cada una de mis decisiones. La cohesión de EAJ-PNV saldrá fortalecida. Y creo honradamente que es un capital para el conjunto de la sociedad vasca. Incluso para muchos que no comparten nuestras ideas y proyectos.

Josu Jon Imaz es presidente del EBB de EAJ-PNV.

Los caballos de Calígula


Algunos ciudadanos daríamos nuestro voto por un hearing. Nuestro voto a quien en las próximas elecciones nos prometa que obligará a los miembros del Consejo General del Poder Judicial, a los miembros del Tribunal Constitucional y a los de todos los órganos colegiados que se eligen actualmente por cuotas de partido, a pasar por una audiencia parlamentaria pública en la que se conozcan y debatan sus méritos, sus opiniones y sus proyectos.

Como nuestra confianza sobre la capacidad de los parlamentarios para protagonizar esa tarea con suficiente independencia es relativa, nuestro voto iría, exactamente, a quienes prometieran una audiencia "a la anglosajona". Es decir, que se celebre un mes después de que se haga pública la identidad de los nominados por cada partido, para permitir que los medios de comunicación, y los ciudadanos en general, acopien información y obliguen a los parlamentarios a darse por enterados, quieran o no, de esos datos.

La idea es evitar el modelo de audiencia descafeinado y de guante blanco que inventaron el año pasado los partidos españoles para el estreno del consejo de administración de RTVE y que algunos querrían extender en el futuro. Salvo el diputado del PNV José Ramón Beloki, que indagó más en las opiniones de los nominados, los otros portavoces parecieron más interesados en dar la amable bienvenida a los consejeros que en demostrar que habían investigado sus obras y méritos.

Es cierto que ese sistema de audiencias, con tiempo e investigación pública previa, tiene, a veces, un efecto perverso y que en Estados Unidos, por ejemplo, donde se aplica con mucha frecuencia, ha dejado fuera a algunas personas extremadamente valiosas e idóneas para un cargo por cuestiones que eran claramente secundarias o, incluso, anecdóticas.

En nuestro caso, sin embargo, es poco probable que corramos ese riesgo. Nuestro problema no es que queden fuera de estos organismos algunas personas muy valiosas. Es que entran muchas personas nada competentes, ni prestigiadas, ni meritorias, personas que ocupan los cargos como "cuotas" de partidos y cuyo gran mérito es el puro sectarismo. El uso indecente de esas fichas en blanco, la frivolidad con la que se rellenan, no con nombres respetados, sino con los de los más serviciales, cuando no, simplemente, con el nombre de la propia hija, va a terminar por hundir el prestigio de unas instituciones, empezando por el propio Parlamento y por los tribunales de justicia, que son imprescindibles para el funcionamiento de cualquier democracia.

El problema no reside, como se ha dicho muchas veces, en que los partidos elijan para esos cargos a personas que se sientan próximos a sus proyectos. El problema no es que un juez sea liberal o conservador, se sienta próximo al PP o al PSOE o proceda del nacionalismo, sino que sea sectario, servicial o incompetente. Y desgraciadamente en este país hay cada vez más decisiones de jueces que no se explican salvo por su pertenencia a una determinada asociación judicial (¿no sería hora de plantearse también si es conveniente seguir con el actual pluralismo de asociaciones y con la impresión que tienen muchos magistrados de que no es posible hacer carrera si no se apuntan a una de ellas? ¿No sería más útil una única asociación judicial de defensa de intereses estrictamente profesionales, como ocurre en otros países europeos?).

Aunque el sistema de cuotas continuara en vigor, ¿funcionarían igual esos organismos si sus componentes hubieran tenido que pasar un examen público? ¿Hubiera votado la izquierda (incluso los más moderados de la derecha) por un magistrado claramente fascista, como lo hizo, si se le hubiera obligado a explicar en público su pensamiento y los votantes hubieran visto el espectáculo? ¿Votarían derecha e izquierda a un magistrado corrupto propuesto por los nacionalistas si se hubiera podido investigar antes sus negocios? ¿Votaríamos los ciudadanos a los partidos que consintieran que alguien manifiestamente ignorante ocupara uno de esos puestos?

Uno de los personajes de Albert Camus le reprochaba a Calígula su frivolidad en los nombramientos: "Hacer un senador sólo lleva un día. En cambio, para hacer un trabajador hacen falta diez años". Dejemos que los ciudadanos le vean la cara a los caballos de Calígula. solg@elpais.es

La hora del Tribunal Constitucional

La hora del Tribunal Constitucional


Leo con preocupación que "se puede atrasar el fallo sobre el Estatuto catalán". Espero que sea una serpiente de verano. Sería bueno que el Constitucional dictara pronto sentencia sobre los nuevos estatutos. Bastante equivocación fue anteponer la última reforma estatutaria a la constitucional. Al final, hasta el propio Maragall lo ha reconocido. El error podría ser letal para la Constitución y para el Tribunal, si las decisiones se retrasaran. No se deben prolongar las incertidumbres. Lo exige la consideración debida a los ciudadanos.

Es cierto que al Tribunal tampoco se le guarda siempre el obligado respeto. Su imagen mediática resulta a veces estereotipada y lamentable. Según ella, la acción del Constitucional vendría regida por tres principios implícitos:

1. Todos los magistrados, o son "progresistas", o son "conservadores".

2. Sus posiciones al sentenciar estarían determinadas por esa presunta condición.

3. Al declarar inconstitucional un precepto, legal o estatutario, el Tribunal propinaría un "varapalo" al partido que lo hizo aprobar.

Si esto fuera así, poca falta haría un Tribunal Constitucional. Por fortuna, los tres principios son falsos. Dar a entender que de hecho funcionan redundaría en flaco favor a la institución y en falta de respeto para sus miembros.

La atribución de progresismo o conservadurismo a los magistrados es conjetura tentadora pero azarosa. Quienes penetran en tales jardines tienen gran peligro de patinar. Podría dar algún ejemplo divertido. Lo cierto es que se tiende a esta simplificación: cualquier magistrado propuesto por el PP es por necesidad "conservador"; en cambio, será "progresista" si fue apadrinado por el PSOE. Así de sencillo. En términos taurinos, habría dos hierros decisivos: los de la ganadería de Ferraz, con brillante trayectoria centenaria, o la genovesa, no tan antigua, pero de no menor relumbrón. Todos reconocen que entrambos vienen ofreciendo las mejores corridas políticas en nuestro ruedo ibérico. Para quienes rechazan la fiesta, la metáfora podría convertirse en deportiva y decir que los jugadores saltan al campo a defender los colores del club que los fichó. Un poco sorprendente, ¿no?

Más estupefaciente aún resulta el segundo principio: la posición de cada juzgador dependería de esa su condición progresista o conservadora. Funcionaría así un elegante sistema binario: si lo dice uno, entonces es sí; si lo afirma el otro, por supuesto que no. Luego bastaría añadir una fundamentación, más o menos incomprensible para la mayoría. Si esto fuese así, sobrarían en el Tribunal sus juristas de reconocido prestigio. Bastaría una inteligencia natural bien despierta y una buena aguja de marear. No quiero dar ideas. Pero alguna vez, oyendo a tertulianos, periodistas y políticos, con sus opiniones agudas, tajantes, inapelables y a bote pronto sobre lo que debería decir el Constitucional, me asaltó la pregunta: ¿no cabría aprovechar tanto talento desperdiciado? ¿No es maravilla que estas gentes no necesiten siquiera haber leído los escritos de las partes?

En realidad, la cosa no debe de ser tan elemental. El sesgo ideológico de un magistrado no es siempre la dimensión decisiva. No todo se dilucida en esas coordenadas, ni se agota la riqueza de una personalidad en ellas. Hay muchos otros aspectos relevantes. Así, proceder del ámbito judicial o del académico podría resultar incluso más influyente para juzgar ciertos asuntos; por ejemplo, una recusación o una inhibición.

Es más, parece lesivo para la dignidad del Tribunal suponer que sus decisiones dependan más de quiénes y cómo sean los magistrados o de quiénes son los recurrentes, que de la cuestión objetiva que se les somete. El voto del magistrado se convertiría así en un voto político, en un acto de voluntad y no de juicio. Cabría entonces que la misma cuestión resultase constitucional o inconstitucional, según estuviera o no tal o cual magistrado. O que idéntica materia fuese blanca o negra, según que se aplicase a Cataluña o Andalucía. Inquietante, ¿no es así?

Esto sería posible si no existiese la Constitución como norma vinculante. Pero existe. Y esa existencia complica mucho, porque fuerza a interpretar un texto concreto. La tarea de un magistrado constitucional sin Constitución sería la labor más feliz, creativa y fantástica que imaginar cupiera. Todo el monte sería orégano. ¡Qué privilegio fallar cada cualsegún sus personales ideales de vida! No se alcanzaría el "seréis como dioses", pero sí el "seréis como soberanos". Porque, en el fondo, se trata de soberanía. Si este concepto conserva hoy en día algún sentido jurídico fuerte, es como referente atributivo de las decisiones del poder constituyente. La Constitución fue decisión soberana de todo el pueblo español. Interpretar la Constitución viene a ser algo muy próximo a ejercer de soberano. Pero tiene sus límites. Se precisa mucha sensibilidad y cautela para ser la voz autorizada de la Constitución. Si se admitiera que todo cabe en el texto constitucional, querría decir que la Constitución no manda nada.

Eso me lleva al tercer punto, o sea, eso de que el Tribunal "se carga" un "Estatuto" y reparte varapalos. Tampoco resulta apropiada. En puridad, lo que hace el Tribunal, es decir, que si se quisiere establecer una regla, incompatible con la Constitución, pero que puede ser muy sana y conveniente, ha de intervenir antes ese sujeto soberano que aprobó la Constitución. O sea, el Tribunal preserva la soberanía de los españoles. Porque, dicho sea de paso, ni el Constitucional es soberano, ni lo es ningún Parlamento autonómico, ni lo son tan siquiera las Cortes Generales.

La conjunción astral de esos tres criticables principios tiende a erosionar y trivializar el trabajo del Constitucional. Este Tribunal, pese a que su prestigio no esté, acaso, hoy en cuarto creciente, ha rendido muy trascendentes servicios a la democracia y a la Constitución. Su labor ha resultado muy positiva en sí misma, y no digo nada en comparación con algún organismo otro, de cuyo nombre no quiero acordarme.

En el día de hoy siguen pendientes varias impugnaciones contra Estatutos de tercera generación con problemas peliagudos de constitucionalidad. Además, flota en el aire un nuevo Estatuto vasco tras el naufragio del proyecto Ibarretxe. La razón de ser del Constitucional cobra toda su trascendencia en esta hora.

Es momento de recordar que el Tribunal no se creó en su esencia para corregir a los Tribunales ordinarios, ni para instruir a la Sala de lo Penal del Supremo sobre cómo prescriben los delitos, ni para intercambiar collejas, si se me permite esta expresión, con la de lo civil del propio Supremo sobre asuntos menores. Lo esencial es lo de ahora.

Para juzgar Estatutos autonómicos hubiera sido deseable un pronunciamiento del Tribunal con carácter previo, sobre un texto ya definitivo, antes de su aprobación parlamentaria y del referéndum de ratificación por la Comunidad Autónoma. Eso pretendía el difunto "recurso previo", mal extendido a todas las leyes orgánicas, mal suprimido por el Gobierno de Felipe González y abusivamente instrumentalizado por los parlamentarios de Alianza Popular o del Partido Popular en la oposición. Con esa vía previa hubiera sido más difícil que una Comunidad Autónoma se sintiese agraviada si el Tribunal eliminaba, por inconstitucional, algún párrafo del proyecto de un Estatuto. Fue una lástima perder este valioso instrumento en el fragor de la reyerta partidaria.

El caso es que estamos como estamos. El Tribunal empezó señalando en un momento dado, con acierto, que era prematuro estimar una impugnación del PP contra el Estatuto de Cataluña antes de conocer el texto final. Consideró que era demasiado pronto para pronunciarse. Pero ahora preocupa que, por la inercia de los hechos consumados y con el rizo de las cuestiones previas, cuando dicte sentencia resulte demasiado tarde. El problema actual es que ya ha transcurrido tiempo sobrado y que del Tribunal no llegan síntomas de sentencia de fondo, sino señales varias dilatorias, que suenan a escaramuzas.

Para justificar el retraso flotan en el ambiente argumentos bastante débiles, a mi modo de ver. Ni el de la complejidad del asunto (produciría sonrojo acogerse a esa excusa al cabo de tantos meses), ni el de la impugnación por el PP de la nueva reforma de la ley del Tribunal (se debería respetar el orden de entrada), ni el lío procesal de las acumulaciones (asunto instrumental, que debería facilitar lo principal), ni la finalización del mandato de la presidenta (que, dicho sea de paso, es hoy la mejor candidata para el puesto que ya ostenta), etc.

En suma, ha llegado la hora de fallar. Todos debemos respeto al Tribunal, pieza insustituible en estos trances, lo que supone apartar los esquemas mediáticos y otorgar un voto de confianza a su autoridad. Pero los españoles también merecemos un respeto por parte del Tribunal, en forma de unas sentencias prontas, claras, coherentes con la jurisprudencia existente, bien fundadas en la Constitución y, por supuesto (yo diría, incluso, sobre todo), unánimes o por una mayoría tan contundente que nadie pueda interpretar como confirmación los disolventes principios antedichos. Es la hora del Tribunal Constitucional, sin duda. Si no la aprovecha, el riesgo es que le haya sonado al Tribunal su hora, pero esta vez en el sentido quevediano.

Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona es ex ministro de UCD.

«La gente feliz está siempre enamorada»

«La gente feliz está siempre enamorada»

Punset y el amor...

Ni romántico ni culturalmente determinado. El amor es un instinto práctico. Pero su utilidad es de tal índole que de ella dependen nuestra felicidad y hasta nuestra supervivencia. En su próximo libro, y en esta entrevista, Eduardo Punset desmonta los tópicos que lo rodean.


Los tilos que ahora nos protegen del sol los plantó Eduardo Punset hace 30 años. «Lo que se reían mis hijas cuando me veían con apenas unos palitos y les decía, ‘un día os darán sombra’.» Elsa, la mediana de sus tres hijas y desde hace dos años su asistente, asiente sonriente mientras sus dos hijas corretean entre los árboles, ajenas al esfuerzo de su abuelo por ‘levantar’ esta magnífica masía del Ampurdán. Aquí recala entre viaje y viaje y escribe sus libros. Primero fue sobre la felicidad, ahora sobre el amor (Viaje al amor, ed. Destino), y habrá un tercero: sobre el poder. En su despacho, fotos y recuerdos de su época de ministro, en el Fondo Monetario Internacional... Dan ganas de hacer un repaso de su vida, pero no estamos aquí para hablar de política sino de aquello que más le gusta y a lo que se dedica en exclusiva desde hace 11 años: la divulgación científica. Así que vamos al grano.


XL Semanal. ¿Qué es el amor?
Eduardo Punset. Un instinto de supervivencia.

XL. Empezamos poco románticos...
E.P. Es que el amor tiene una explicación evolutiva muy precisa en nada vinculada al romanticismo. Es un instinto de superviviencia en el sentido de que ningún organismo intenta vivir solo. Hace 3.500 millones de años, la primera célula necesitaba que alguien la ayudara a respirar un aire que se estaba oxigenando y, por lo tanto, convirtiendo en letal. Así que si pasaba por allí otra célula `inmune al oxígeno, le pedía que se quedara con ella.

XL. Es lo que llama la fusión irrefrenable del otro, lo que nos lleva a que el amor es, antes que nada, práctico. Pero aclaremos una cuestión: ¿de qué amor hablamos? ¿Del amor en general, a nuestros padres, hermanos y amigos, o del amor de pareja?
E.P. La neurología moderna cuestiona estas distinciones. Los circuitos activados por el amor materno, fraternal o el amor romántico son los mismos. Es más, son los mismos circuitos para el amor que para el desamor. Lo que pasa en el cerebro del bebé al que dejan llorando en la cuna hasta que revienta es exactamente lo mismo que le pasa al adulto cuando ha perdido a su gran amor. Y lo más tremendo es que los recursos con que cuentan uno y otro son igual de insignificantes. El adulto no tiene más recursos para hacer frente al desamor que el bebé para sobrellevar el desamparo o el abandono de la madre.

XL. Hombre, algún recurso más tendrá, aunque sólo sea porque puede hablar...
E.P. Bueno, el adulto puede recurrir a terceras personas para que lo alivien, puede comunicar su sufrimiento, pero en realidad no le sirve de nada, porque en el enamorado se produce una especie de obnubilación, se activan unos mecanismos que llamamos los inhibidores latentes y que le `aislan´ de cualquier consejo exterior: no ve más que el amado, no ve sus defectos. En este sentido, la situación es la misma.

XL. Después de afirmar en su último libro que el alma está en el cerebro, ahora insiste con el amor...
E.P. Una de las grandes contribuciones de la neurología moderna, al disponer de la tecnología para estudiar neurona por neurona el mecanismo cerebral, es descubrir que todo está en el cerebro: el alma, las ideas, todo... Es imposible disociar materia e ideas. Y sí, el amor también está en el cerebro.

XL. Dice que uno envejece cuando deja de enamorarse. Es decir que si pudiésemos estar enamorados constantemente, no envejeceríamos. Ni los radicales libres, vamos...
E.P. Exacto. Digámoslo de otro modo: una forma de envejecer es no enamorándose. Esto es un proceso paralelo al equilibro que se rompe cuando llega la muerte. No hay un gen que diga «me voy a morir tal día a tal hora». Lo que hay es un equilibrio transitorio entre agresiones a la célula –vía contaminación, estrés, etc.– y la capacidad regeneradora de esa célula. Cuando este equilibro se rompe, termina la vida. Yo sugiero que el amor, lejos de ser una agresión, alimenta la capacidad regeneradora de la célula. Ahora sabemos que el estrés causado por una desgracia, aunque sea imaginada, reduce el volumen del hipocampo, un órgano central del cerebro para la memoria y para la planificación de la vida. Esto ya se ha podido medir.

XL. Pero el amor también estresa y el desamor ni le cuento...El desamor debe ser malísimo para la salud.
E.P. Lo bueno es que la persona tiene la posibilidad y el potencial para enamorarse de nuevo. Y, precisamente, uno de los grandes enigmas a los que me gustaría dedicar tiempo en el futuro es al análisis de la capacidad infinita de la gente para hacerse infeliz...

XL. ¿Y cuál es su sospecha?
E.P. La creencia generalizada es que esta capacidad arranca de las limitaciones humanas que nos llevan a inquietarnos por cosas que desconocemos y que, supuestamente, nos amenazan. La gente cree que es la falta de conocimiento lo que produce esta inseguridad y, por lo tanto, la infelicidad. Pero no es así. No hay más que hablar con los premios Nobel, y todos coinciden: el tiempo más feliz de sus vidas no fue cuando les dieron el premio, sino cuando estaban investigando; cuando no sabían, y sólo intuían que un problema tenía una solución.

XL. Pero más que el desconocimiento, lo que los hace felices a esos premios Nobel es la creencia de que pueden resolver el problema. Y lo que a uno le hace infeliz es estar convencido de que no lo puede resolver. Y, reconozcámoslo, es verdad que mucha gente no puede...
E.P. Aquí es donde llegamos al poder cáustico, aterrador, que tienen las convicciones, las creencias de la gente. Son inamovibles. En las escuelas, sumado a lo que enseñan, debería haber una asignatura que se llamara el `desaprendizaje´. O sea, una materia que enseñara a la gente a desaprender aquello que le han inculcado y es falso.

XL. ¿Por qué tenemos esas creencias tan arraigadas?
E.P. No sé, pero ocurre, y en el amor lo ves continuamente. Hoy en día, un ejecutivo no puede dedicar el tiempo que en mi época dedicábamos a cortejar a la persona amada, y, sin embargo, ‘flipas’ con qué fuerza persisten los rituales. Aún hoy hay que tomar café varias semanas, respetar ciertos códigos... La incomunicación entre los humanos es sideral. Vivimos apelotonados, pero igual que las estrellas parecen apelotonadas y las distancias son siderales -tanto que si tiras al firmamento una bola del tamaño de la Tierra la posibilidad de que choque con algo es nula-, aquí la gente no se da cuenta de la gran distancia que separa a una persona de otra. Y menos aún de lo difícil que es la comunicación de una comunidad andante de células con otra comunidad andante de células, que es lo que somos.

XL. ¿De quién nos enamoramos? ¿Nos enamora la juventud, la capidad reproductiva, la protección..?
E.P. Lo más sencillo es mirar la evolución, lo que pasaba hace millones de años. Con una esperanza de vida de tan sólo 30 -y eso lo hemos superado hace apenas un siglo y medio-, ser joven era fundamental. Los rasgos característicos de la juventud, es lógico, han quedado en los genes como uno de los criterios a seguir a la hora de elegir pareja. La segunda razón evolutiva era la simetría. Una persona con las facciones más simétricas, con un nivel de mutaciones lesivas inferior al promedio, con menos tortuosidades, está indicando que su metabolismo funciona. Y cuando ves una cara así, un cuerpo así, es cuando exclamas: «¡Dios mío, qué belleza!».

XL. Su libro destaca la diferencia de intereses entre el hombre y la mujer y señala que los métodos de ella son más ‘elaborados’: sexualmente, él `dispara´ a todo lo que se mueve, ella selecciona; operativamente, la hembra incluso oculta su ovulación para tener ‘cogido’ al macho... Se presenta a las mujeres como inteligentes pero ‘retorciadas’, lo que, sin duda, le gustará leer a más de uno. ¿Es más sibilino el proceso de selección de la mujer que el del hombre?
E.P. Claro, pero por una razón muy sencilla: el hombre es más simple.

XL. ¿Puede afirmarlo científicamente?
E.P. Por supuesto, es absolutamente científico. Hay muchos estudios, pero no hay más que andar por la calle. La mujer de hoy no se parece en nada a la Lucy de hace dos millones de años, el primer fósil femenino con el que contamos. Mientras que -con perdón- el parecido entre un hombre y un chimpancé sigue siendo muy común. El distanciamiento fisiológico ha sido menor. Además, evolutivamente, el hombre lidiaba con sistemas inertes, para predecir la climatología, para cazar, mientras que la mujer, que estaba recluida para cuidar de la prole, trataba con sistemas vivos. Ella estaba mucho más acostumbrada a predecir el comportamiento porque tenía que intuir lo que pasaba por la cabeza del niño para poder cuidarlo. Y esto ha hecho que incluso las más feministas hoy deban aceptar que la capacidad de empatía de la mujer, el saber ponerse en el lugar del otro, es mayor.

XL. ¿Eso le da más ventaja evolutiva al hombre o a la mujer?
E.P. A la mujer. Y eso lo vemos en las empresas. La incorproación de la mujer al trabajo se nota en dos cosas: una, de detalle, es que ellas no esperan a que el jefe se vaya para irse a casa. La segunda, más seria, es que ningún departamento de relaciones laborales se plantea hoy gestionar los recursos humanos sin considerar las emociones.

XL. Otro asunto susceptible de polémica en su libro es el que se refiere a la diferencia entre hombres y mujeres en cuanto al deseo sexual, mucho mayor en ellos...
E.P. Vamos al principio: el óvulo es una célula mil veces más sofisticada y hermosa que el espermatozoide. Segundo punto: durante mucho tiempo nos hemos preguntado cuál era la función evolutiva del orgasmo. Puesto que se podía tener descendencia sin orgasmo, ¿por qué tenerlo? Ahora sabemos que sí tiene una función evolutiva: produce unas contracciones que ayudan a la absorción del esperma por la mujer. Tercer punto: para que ellas alcancen el orgasmo, es necesaria una inhibición emotiva. Al contrario de lo que ocurre en el varón, en la mujer debe haber una desconexión con las grandes angustias, ansiedades y problemas. Dicho esto, quiero aclarar que hablo de promedios; hay individualidades a las que no les pasa nada similar. Pero lo que está demostrado en laboratorio es que el espacio reservado en el cerebro al sexo es dos veces y media superior en el hombre que en la mujer.

XL. Y, sin embargo, se afirma que la mujer tiene más sexo con la cabeza, con el cerebro, que con el cuerpo...
E.P. Esto lo acaban de descubrir quienes buscaban una viagra para la mujer: no es posible porque ella tiene una libido eminentemente mental.

XL. Pues si además tiene poco espacio en el cebrero para el sexo, cuenta con pocas posibilidades de disfrutar...
E.P. No, para nada. Intento decir que, aun dándose todas las condiciones físicas, puede ocurrir que la mujer no esté predispuesta para el sexo. Eso no ocurre con el hombre, que tiene una respuesta física. Vale con una pastilla...

XL. En el libro se habla de las alteraciones de ciertas sustancias en el organismo durante el proceso amoroso. Cuando te enamoras, sube la oxitocina. ¿Es posible enamorar a alguien modificando su química? ¿Existe la pócima del amor, al estilo Celestina?
E.P. [Risas]. Ya existe el prozac, que se receta para la depresión en función de la serotonina. No es difícil imaginar que se puedan administrar hormonas como la oxitocina vinculadas al mecanismo amoroso.

XL. Si tomo prozac, me deprimo menos, ¿si tomo oxitocina, me enamoro más?
E.P. Por ahora, lo que sabemos es que cuando se hace el amor aumentan las descargas de oxitocina. El reverso está por comprobar. En los próximos diez años se va a investigar muchísimo en este campo y podría ser que utilizáramos fármacos para regular la intensidad de los mecanismos amorosos. Podría ser.

XL. ¿Sin sexo, el amor se deteriora? ¿Hay una relación directa entre sexo y amor?
E.P. ¿Hay alguien que piense que no guardan relación?

XL. Pues sí... existe el amor platónico.
E.P. Esto es lo de Werther de Goethe, el personaje que creía en el amor romántico, puro y duro, sin sexo... y acabó suicidándose.

XL. Pero se puede estar enamorado sin sexo.
E.P. Sí, vale, pero el amor realmente no culmina sin contacto físico.

XL. Hablemos de otro contacto físico: el de madre e hijo. Insiste mucho en esto para el correcto desarrollo afectivo posterior.
E.P. Lo hemos comprobado con ratitas. Las acariciadas por su madre generaban una autoestima y una seguridad mucho mayor que las que no lo eran. Si hay algo en el libro en lo que no me puedo equivocar es en aconsejar a las madres que acaricien, palpen y besuqueen a sus hijos.

XL. Hay un concepto en este sentido que quizá merezca atención: la inversión parental. Lo que se sacrifica o no en la pareja por tener hijos...
E.P. Me explico: para una relación de pareja hace falta un soporte material, un escenario, y eso exige una inversión. Hijos, relaciones sociales, hipotecas... Tienes que invertir para crear un gran amor. Y ahí puede fallar todo. Hay una primera etapa en la relación, perecedera, y que no plantea grandes problemas: la fusión amorosa, y pasa casi toda en la cama. Luego viene la etapa de los compromisos y aquí entra el coste-eficacia de los economistas. La negociación puede ser inconsciente pero es determinante. Se trata de pactar los márgenes de libertad individual. Muchas parejas se van al traste porque no ha habido esa negociación. O por una excesiva inversión parental: por ejemplo, muchos hijos. En Occidente está cifrado en dos hijos. Tener más de un par es malo para el amor, grava en exceso la inversión parental. Hablamos de promedios, insisto. Pero es evidente que seis hijos plantean mucho más compromiso y es posible que la pareja sufra más.

XL. Para criar un hijo se necesitan dos, dice. ¿Qué pasa con las cada día más comunes familias monoparentales?
E.P. Las hay, pero ¡con qué sacrificio social tan enorme, impuesto al monopariente y al niño! Sobre todo, mientras el estado no compense este cambio de situación. Los niños dejados a un canguro o a sí mismos generan unos niveles de inseguridad mayores, que a su vez se van a trasladar a sus propios hijos. Insisto en que hablamos de promedios. Habrá excepciones.

XL. «El amor se encarga de eliminar el pensamiento consciente.» ¿El amor te vuelve loco?
E.P. Cuando en la evolución humana se va perfilando la conciencia de uno mismo y la capacidad de gestionar nuestras emociones, lo que sucede es que tú podrías decidir, por ejemplo, no contaminarte con designios evolutivos como el de la procreación. Es decir, podrías decir: no tengo hijos. Y es muy probable que la evolución misma generara el antídoto del obnubilamiento amoroso. En un momento dado, a pesar de la conciencia, caes enamorado, ciego. Digamos que el amor evita que la conciencia haga desatinos biológicos.

XL. ¿Está usted enamorado?
E.P. No en este momento, pero debe ser más por falta de tiempo que de estímulo exterior [risas].

XL. Sin embargo, en el libro cuenta algunas de sus relaciones y se intuye que es una persona ‘enamoradiza’...
E.P. Yo he vivido muchas historias de amor. De manera intermitente, la gente feliz está siempre enamorada. La capacidad de amar tiene que ver con la seguridad en ti mismo y con la curiosidad. Y yo tengo una curiosidad enfermiza.

El Semanal

¿Una democracia sin valores?

¿Una democracia sin valores?

COMPRENDO y asumo el riesgo que entraña el título que he usado para encabezar estos párrafos. Quienes lo objeten estoy seguro de que acudirán con rapidez a dos argumentos. Primero, la propia Constitución, en su Preámbulo, es harto generosa en la declaración de principios y valores de la Nación española. Y segundo, su artículo primero declara abiertamente que España, constituida en un Estado social y democrático de Derecho, «propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Parece, por ello, que nada hay que objetar. En todo caso, la permanente duda sobre si la igualdad es algo realmente posible y mi personal opinión de que el pluralismo sea algo a conseguir y no una circunstancia previamente existente. Pero, en fin, no van por ese camino «meramente declarativo» las observaciones que aquí se traen a colación.

Y es que hay que comenzar por el sentido y significado de lo que la misma democracia supone. Tarea nada fácil, por supuesto. Entre otras razones porque la versión que a nosotros llega tiene su cuna en fechas no tan lejanas. Es al final de la Segunda Guerra Mundial cuando la clase de régimen practicado por los vencedores conoce «la mundialización» del procedimiento. Aunque en los momentos actuales parezca poco oportuno, a fuer de objetivos, hemos de recordar que en los años treinta del pasado siglo, dos pilares en que descansa la democracia (existencia de partidos políticos y soberanía del Parlamento) habían entrado en crisis. Para entonces, «lo moderno» era el totalitarismo. No es de extrañar, por ello, que no pocos de los expertos en Derecho Político hubieran publicado entre nosotros obras cuajadas de loas al sistema totalitario y, posteriormente, aparecieran como abanderados del sentir democrático: sencillamente, escribieron en línea con lo predominante en cada momento. No ha lugar a descalificaciones por ello.

El problema realmente surge cuando, por aquello de «tapar vergüenzas» y por obra de esa mundialización, es extensa la relación de países que se suman a la democracia como mera cobertura de carácter semántico: «Democracia orgánica», «democracia corporativa», etc., etc. Naturalmente, surge el debate (posiblemente no del todo cerrado todavía) sobre cuál es la esencia de la democracia, por utilizar la pregunta del gran Kelsen. Si viviéramos en un país como EE.UU., acaso el tema podría simplificarse a través de la llamada teoría elitista. Democracia es simple posibilidad de cambio de elites. Se alcanza el poder mediante el sufragio y, una vez que se posee, se responde de su uso ante el órgano sujeto de la soberanía: el Parlamento. Y esto es suficiente para ser demócrata, se defienda o no la integración racial y se esté o no de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte. Nos puede resultar extraño, pero así es.

Ocurre, empero, que en la vieja y experimentada Europa, el asunto ya no es tan sencillo. Ante todo, no resulta del todo suficiente el hecho de que algunos valores democráticos «se proclamen» en un texto, por muy fundamental que éste sea. Podría ser el caso de nuestro actual sistema, como al principio de estos párrafos hemos expuesto. Hacen falta valores mucho más concretos (acaso derivados de la afirmación solemne) que sean asumidos y practicados por la mayoría de la ciudadanía. ¿Cuáles? Valgan los que siguen sintéticamente expuestos:

a) Asimilación del ingrediente de relatividad que toda política democrática conlleva. La consideración de que la verdad política absoluta (punto de partida de los regímenes totalitarios) no existe en democracia: si existiera, no habría nada que votar. Como no se vota la fórmula del agua o el resultado de una competición deportiva.

b) Valoración de la existencia de una sociedad pluralista, sea cual fuere el origen de ese pluralismo, que se considera no sólo como algo asumible, sino también como algo enriquecedor.

c) Comprensión de la democracia como valor y aun como utopía, en el sentido tantas veces apuntado entre nosotros por el maestro Aranguren. Democracia que es también forma de vida y que impregna el conjunto de la sociedad.

d) Presupuesto previo de un talante democrático, de una personalidad democrática como opuesta a la personalidad autoritaria. Sin olvidar lo que en otras ocasiones he formulado: no se nace demócrata, se hace uno demócrata. Los valores democráticos no caen del cielo, sino que se reciben en la gran cantidad de agencias de socialización o educación por las que la persona pasa a lo largo de su vida: la familia, la escuela, el grupo de juego, el sindicato, el partido, etc. De ahí saldrá un talante abierto al diálogo y la comprensión. El diálogo sustituye al monólogo y el discrepante nunca es el enemigo, incluso si se considera que está en el error.

e) Fomento de las virtudes públicas, que han de prevalecer sobre las privadas, sin que éstas estén condenadas a desaparecer. Con especial responsabilidad por y ante lo público.

f) Estimulación de la participación y de su utilidad. Lo público ha de ser visto como asunto que a todos interesa, precisamente porque es algo que a todos afecta y con la suma de ese «todos» se construye el camino a recorrer por gobernantes y gobernados.

g) Conciencia de la responsabilidad y ejercicio del control. Se responde ante quienes han delegado. Y quienes delegan, a su vez, deben asumir como valor el del control de sus representantes.

Esta relación, de cosecha propia y, por ende, absolutamente discutible, es la que, sustancialmente, puede expresar el catálogo de valores que perfilan un régimen. Valores que el sistema defenderá y que, a través de todas sus agencias, intentará que estén vigentes en la mentalidad y en el diario proceder de sus ciudadanos. Repito: y si así no es, sobran las solemnes declaraciones y el conocido veredicto de Marx puede que comience a hacer su aparición. Y hasta la misma libertad se pondrá en solfa. Lo recuerda con acierto la sentencia de Dahrendorf al llegar a esta conclusión: «La libertad del demócrata será, pues, una libertad a ejercitar en un marco de derechos y deberes que compartirá con los demás. El demócrata es el individuo que ha llegado con los demás al acuerdo de ser distinto a ellos».

En nuestro país hace tiempo que está viva y que, mejor o peor, viene funcionando la democracia en cuanto procedimiento: elecciones, sufragio universal, posibilidad de recambio de gobernantes, regulación de la responsabilidad política, variedad de controles, etc. Pero, una vez conocidos los supuestos anteriores, ¿se puede afirmar con certeza que estamos en la realidad ante una democracia integrada por demócratas convencidos y practicantes? Si se repasa lo sintetizado, creo muy sincera y penosamente que no. Que es mucho lo que todavía queda por hacer para poder afirmar una definitiva consolidación de lo establecido.
Algo que parece importar poco o nada. Y que mientras esos valores no estén plenamente arraigados y asumidos por los ciudadanos habrá que tener buen cuidado ante la aparición de cualquier vendaval. La afirmación de que la democracia y el Estado de Derecho se defienden solos está bien para los mítines. Pero no para la realidad.

Manuel Ramírez es catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza.

Cortos de razones, largos de espada

Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte


Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de Cierra, España; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo –lo de joven es importante–, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador –son tus palabras– para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»

Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que –eso no lo cuentas, pero se deduce– te enseñaron en el colegio. Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas –si me permites una expresión clásica– la picha histórica hecha un lío.

Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de Cierra, España, ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española –en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa–, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis –extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro– protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos. Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, Cierra, España: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros –eran tiempos duros– diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.

Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca –«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete– y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía.

Arturo Pérez-Reverte