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cuatrodecididos

Fin y principio

Después de cada guerra alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas, digo yo.
Alguien debe echar los escombros a la cuneta
para que puedan pasar los carros
llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco, y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya a otra guerra.
A reconstruir puentes y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará asintiendo
con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces encuentre
entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar a los que saben poco.
Y menos que poco. E incluso prácticamente nada.
En la hierba, que cubra Causas y consecuencias,
Seguro que habrá alguien tumbado con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.


Wislawa Szymborska

Isegoría

Isegoría

El debate protagonizado por John F. Kennedy y Richard Nixon en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1959 suele ser citado como ejemplo de la primera vez en que la televisión interviene de modo decisivo a la hora de determinar un resultado político. Lo cierto es que sólo unos meses antes, el 16 de julio, ese genio de la comunicación que es Fidel Castro había dado ya el aldabonazo de convertir la televisión en palanca de poder, nada menos que ejecutando un golpe de Estado desde la pantalla, con el efecto inmediato de provocar la deposición del presidente Urrutia. La alocución televisada de Fidel constituyó el núcleo de una maniobra iniciada en la mañana del mismo día jugando con otro medio, la prensa, al anunciar desde la primera plana de Revolución su dimisión como primer ministro -no como jefe de las Fuerzas Armadas, por si acaso-, para desencadenar la movilización de masas en torno al palacio presidencial, cuyos fundamentos serán proporcionados por el líder guerrillero en su intervención televisada, sin que por supuesto Urrutia tenga oportunidad de acceder al medio. Sólo le quedará huir y buscar refugio en la Embajada de Venezuela, mientras Fidel ponía en marcha su interminable monopolio de poder. Fue la muestra de que una eficaz manipulación de los nuevos medios, al conjugar el manejo de las masas por el líder con una implacable censura ejercida sobre el discurso del oponente, podía crear la ficción de una nueva forma democrática, la democracia de la plaza pública y de su difusión por la imagen, una falsa democracia que en la práctica arrancará de cuajo las raíces de la libertad política.

La entrada en escena de la televisión, a mediados del pasado siglo, es también un ejemplo del peso ejercido por los cambios tecnológicos sobre el ejercicio y los límites de esa libertad. Los conceptos de fondo permanecen inmutables desde la polis griega. Las dos condiciones para la existencia de la democracia son, en primer término, la isonomía, la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en el proceso de toma de decisiones, y en segundo, la isegoría, el acceso a la palabra, que en las sociedades modernas incorpora el derecho a una información veraz. A lo largo de la historia, la isegoría irá experimentando mutaciones en el citado plano técnico, desde la intervención oral en la asamblea al blog, así como en cuanto al marco económico y organizativo en el cual se inscribe la comunicación, y, en fin, su contenido se verá afectado por la incidencia de las censuras. Y es preciso hablar de censuras en plural, ya que tan censoria es la interferencia del gabinete de censura clásico o de la Inquisición que veta la emisión de un mensaje o procede contra el mismo una vez emitido, como la llamada telefónica del asesor del ministro al editor de un telediario, o la oscura e implacable acción permanente dentro de un periódico del personaje encargado de garantizar la publicación de artículos y mensajes ajustados a los intereses económicos y políticos de la empresa. La primera censura es en gran medida visible; la segunda, críptica por naturaleza, rara vez descubre sus cartas al exterior. Ambas responden en sus actuaciones a la leyenda relativa a las horas de la vida, observable en el viejo reloj de la iglesia vasca de Urruña, que evocara Pío Baroja: todas hieren, la última mata.

Modernidad y manipulación enlazaron muy pronto, yendo más allá de las formas de periodismo de masas, cuya ilustración más conocida fuera recreada por Orson Welles en su Ciudadano Kane. Correspondió a los fascismos ensayar con éxito la configuración de un espectáculo permanente, de falsa interactividad, a efectos de ejercer un control absoluto sobre la mentalidad de los ciudadanos. Primero, con la radio. Pronto, gracias a la novedad del cinematógrafo, eficacia y esplendor se conjugan en las realizaciones de Leni Riefenstahl, pero faltan la inmediatez y la recurrencia que proporcionará el medio televisivo. Por añadidura, en la visión de los colaboradores de Goebbels, el discurso del otro sólo tiene cabida una vez sometido ala deformación que lo ridiculiza, de acuerdo con el principio de que más vale destruir al adversario que dar forma a una oferta propia: practicado también, con notable torpeza, por la iconografía soviética, dicho principio llegará a la propaganda electoral española, vía Norteamérica, con la imagen de Aznar transformado en dobermann dentro del corto electoral socialista de 1993.

En el mundo occidental, hasta la década de 1990, el imperio de la imagen, con la exigencia de unos altos costes para la emisión de todo mensaje eficaz, tuvo lugar una inevitable postergación de la galaxia Gutenberg. Quedaron lejos los tiempos en que el escaso capital exigido para publicar un diario convirtió al periódico en "el libro del obrero". Las leyes del márketing no sólo se aplicaron a la propaganda económica, sino al discurso político. La aspiración a la isegoría, contenida en los grandes textos del pensamiento y de la Constitución, se vio reemplazada por la generalización del ciudadano como consumidor pasivo. En el límite del poder que controla el medio, se pasó al medio que determina el poder, merced a un ejercicio permanente de manipulación de los mensajes: Berlusconi.

Hasta cierto punto, Internet ha hecho estallar este entramado. Vuelve la isegoría. Los emisores se multiplican con la facilidad para crear páginas web y poner en práctica la interactividad. De ahí la vocación censoria al respecto de regímenes como el chino o el cubano y, en sentido contrario, el importante papel que desempeñan los blogs a la hora de crear un discurso relativamente libre, a pesar del estado de vigilancia permanente, en países como Irán. Hasta el punto de que en la propia esfera del poder de los ayatolás se crean los blogs propios para llegar a sectores sociales renuentes frente a la lengua de palo empleada por los medios de comunicación oficiales. Mediante el blog, el censor toma entonces el disfraz de paladín de la libertad de expresión. Análogo riesgo afecta a la interactividad, convertida en emblema de una participación libre de los ciudadanos en los medios. Es algo que recuerda al elogio irreflexivo de la movilidad social ascendente como indicador de la democracia, sin tener en cuenta que todo depende de cuál es el sujeto que determina su funcionamiento. Ningún régimen favoreció más un ascenso social ilimitado que el despotismo otomano: un esclavo podía llegar a ser visir, eso sí, con el pequeño riesgo de que su amo y señor, el sultán, truncase la brillante carrera enviando un día al triunfador una cuerda de seda para que se ahorcara. Son demasiado amplias las posibilidades de manipulación en las secciones de cartas de lectores desde la dirección de los diarios o en las llamadas de personas anónimas, sobre todo en los programas de televisión. Cabe pensar que el ideal de un Gran Manipulador en los medios consiste hoy en un monopolio de emisión ejercido bajo la cobertura de un bosque de blogs, foros, etc., de significación final nula. Como siempre, y aquí con especial cuidado, el poder ha de estar sometido a control para no caer en una falsa isegoría.

Porque, en otro sentido, la trama constituida por la articulación de poder político, poder económico y medios de comunicación es hoy más tupida que nunca. A su modo, el Gobierno de Aznar emprendió con resolución un acercamiento al modelo de Berlusconi, poniendo a su servicio una red de intereses económicos y mediáticos, oculta a la mirada de la opinión, pero de gran cohesión. De ahí el cerco puesto en su día a PRISA y la persistencia con la cual, aun perdida La Moncloa, se han mantenido intoxicaciones tales como la teoría de la conspiración. Por su parte, el modelo socialista que le ha sucedido encaja más con la revolución tecnológica en curso, consumando la disolución del discurso político oficial en una sucesión de slogans -en relación con ETA, "el proceso de paz", "el diálogo", ahora "la unidad"-, dejando en manos de sus medios la responsabilidad de elaborar bajo su mando las explicaciones, dentro de un molde de extrema rigidez, y de proceder a la destrucción sistemática de la imagen del adversario (en justa correspondencia aquí con la labor permanente de satanización ejercida desde el PP).

¿Qué queda entonces de la isegoría, e incluso si la misma resulta inalcanzable, de la posibilidad de ejercer la disidencia ante los dos bloques? Pensando en el año electoral que nos aguarda, cabe vaticinar que por muchos blogs que sirvan de salsa al autoritarismo, bien poca cosa.

Antonio Elorza

Gomaespuminglish

Gomaespuma ha creado un método para aprender inglés que ríete del profesor Maurer y sus mil palabras...
En la lechón 11, Juan Luis Cano y Guillermo Fesser se ocupan del inglés para opositores. Sin palabras...

Gomaespuminglish en youtube.

Hablemos de salarios

Hablemos de salarios

En uno de los chistes de Forges de estos últimos días, un señor que lee una noticia económica de un periódico, se dirige a dos jóvenes diciéndoles: "¡Falsos: con 23.000 euros de renta per cápita y haciéndose pasar por mileuristas!". Es una de las paradojas de nuestra realidad sociolaboral. Una renta per cápita que alcanza la media europea, pero unos salarios que pierden poder adquisitivo. "La paradoja es que el sueldo real medio baja, pero todos ganan", decía Fernández Ordóñez aludiendo a algo incuestionable como es la mejora que experimentan amas de casa y jóvenes que se incorporan al mercado laboral y pasan de ganar cero euros a mileuristas o los inmigrantes que ganan el triple que en su país, aunque unos y otros reducen el salario real medio de los españoles un 4% en los últimos diez años, según ha señalado la OCDE.

Hablemos de salarios y hablemos de paradojas. ¿O deberíamos llamarlas injusticias? Nuestra boyante economía está produciendo algunos efectos contradictorios. El primero es la creciente dualización del mercado laboral. El importantísimo crecimiento del empleo en esta última década (ocho millones de empleos nuevos desde 1994, de los cuales cuatro son mujeres) ha generado una nueva "clase laboral" integrada por los trabajadores menos cualificados en los sectores económicos que más han crecido estos años: construcción, servicios, pequeño comercio, agroalimentario, etc. Junto a los inmigrantes, ese amplio colectivo laboral, está situado en niveles salariales bajísimos, separándose crecientemente de los trabajadores del conocimiento, como llama Alvin Toffler a los licenciados y trabajadores intelectuales en general.

Se consideran bajos salarios los que no alcanzan el 60% del salario medio del país. Pues bien, hoy y aquí esa cifra son 730 euros y aproximadamente dos millones y medio de nuestros trabajadores, el 12% de nuestra población ocupada, están por debajo de ese umbral. Es por eso que hasta Forges se equivoca en su denuncia llamando mileuristas a esos jóvenes ya que muchísimos de ellos no llegan a esa cifra extraordinaria. Se calcula que el 70% de los nuevos empleos de estos últimos años, son inferiores al salario promedio. Los bajos salarios no son sólo consecuencia de la baja cualificación profesional. Van también asociados a la población laboral precaria (más del 30%) y joven (seis de cada diez jóvenes son eventuales, el doble que la media de la OCDE). La precariedad impone menores niveles salariales, menor protección social y nula capacidad de denuncia a la vulneración de los derechos laborales mínimos.

Otra gran brecha salarial se está produciendo en el abanico salarial de las empresas. Ejecutivos, directivos y consejeros de las grandes compañías han multiplicado sus salarios abriendo este abanico hasta cifras inéditas. Hace veinte años un abanico de uno a diez o a veinte era relativamente normal. Hoy, sin embargo, es frecuente que los máximos directivos cobren hasta cien o doscientas veces más que el salario más bajo de la empresa. Y si añadimos salarios en especie, pólizas de seguro, fondos de pensiones y similares, ese abanico puede llegar a ser de uno a mil. Sólo el año pasado las retribuciones de los consejeros de las empresas cotizadas crecieron un 28% y la de los directivos, un 20%. Cuando se publicó hace unos meses la retribución del presidente de uno de los dos grandes bancos españoles (9’78 millones de euros, unas 500 veces el sueldo medio español, más 10 millones anuales para su fondo de pensiones) respondí a una pregunta de un periodista afirmando que tales cantidades rozaban el límite de lo moralmente aceptable. Más allá de valoraciones morales, Peter Drucker decía que un directivo que cobra veinte veces más que el trabajador de más baja categoría, sobrevalora su contribución al éxito de la empresa en oposición a la labor del más humilde de sus empleados.

Por último, interesa destacar la progresiva reducción del peso de los salarios en la renta nacional. Es un fenómeno bastante generalizado en Europa, como consecuencia de las políticas de moderación salarial y altos crecimientos de los beneficios empresariales. En España se calcula que el peso de los salarios sobre la renta total ha descendido del 54’9% en 2000 al 52’75% en 2005. Pero además debe recordarse que el peso de los salarios en Europa ronda el 64% del total de la renta, es decir, diez puntos más que en España. Por cierto, también la UE ha visto descender esa cifra estos últimos años desde el 68% al 64% citado. Dice la CEOE que los salarios no han disminuido poder adquisitivo estos últimos diez años si computamos el salario por hora trabajada. Pero aunque ese parámetro equipare IPC y evolución salarial, no ocurre así con la evolución de los beneficios, que entre 1999 y 2006 han tenido un crecimiento neto del 73% más del doble de la media de la UE (33%) y el dividendo repartido se ha incrementado en un 47%.

Hablemos de salarios y pasemos ahora de las musas al teatro. ¿Qué hacemos? Una primera medida debe ser el incremento progresivo del SMI. Este Gobierno tomó dos decisiones importantes. Desindiciar el SMI de toda una serie de referencias extrasalariales: pensiones, vivienda, becas, etc., y subirlo a 600 euros. Habrá que asumir, que el empleo de baja cualificación es más dependiente de esta medida gubernamental que de la negociación colectiva y por tanto habrá que incluir en él una mayor población laboral. Acercar el SMI al 60% de la media salarial española debe ser el objetivo de la próxima legislatura, es decir, 750 euros al mes. A su vez la negociación colectiva debe plantearse el objetivo de los 1.000 euros como salario mínimo en todos los sectores de actividad.

Sería también muy recomendable una congelación de los salarios directivos y una rebaja de los ingresos de consejeros y altos ejecutivos en general. Las autoridades económicas y los expertos de todo tipo y condición, no dejan de reiterar la necesidad de moderar los aumentos salariales y ajustarlos a los incrementos de productividad. No puedo estar más de acuerdo con esta recomendación, pero ¿no deberían ser los máximos directivos de las compañías quienes dieran ese ejemplo en vez de hacer todo lo contrario?

Por último, ¿para cuándo la progresiva participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas? En los tiempos de la flexibilidad laboral y de la moderación salarial, una nueva bandera de los trabajadores deberá ser la participación progresiva en los resultados económicos de las empresas. Una vez más, esa participación no puede corresponder sólo a los ejecutivos de las empresas. Hay que generalizarla y democratizarla en beneficio de todos.

Ramón Jáuregui es portavoz del PSOE en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados.

Celebración de la ciudad

El día menos "urbano" del año, reflexiones sobre la ciudad...


El clima es el problema, la ciudad la solución. Así podría resumirse el espíritu del más ambicioso programa urbano de eficacia energética lanzado en Estados Unidos. Promovido por la ciudad de Cambridge, en Massachusetts -sede de universidades como Harvard o MIT-, el plan parte de la premisa que de "muchos de los más difíciles desafíos medioambientales del planeta pueden ser abordados y resueltos por las ciudades". Sus impulsores, Douglas Foy y Robert Healy, defienden en el Herald Tribune que, frente a la visión convencional que asocia sostenibilidad y naturaleza, la ciudad densa es más verde que la construcción dispersa, porque es más eficaz en el uso de la energía, el agua y el territorio: la ciudad de Nueva York consume menos energía per cápita que cualquier Estado de la Unión. Si la principal causa del cambio climático son las emisiones de CO2 en la combustión de carbón, petróleo o gas para producir energía que se consume en edificios -casi la mitad del total- o el transporte -un tercio-, parece razonable concentrar el esfuerzo de ahorro en las ciudades, "la Arabia Saudí de la eficacia energética", abandonando el modelo despilfarrador de las urbanizaciones residenciales de baja densidad.

Tras varias décadas de debate sobre lo que llaman sprawl -el crecimiento en mancha de aceite de la ciudad-, los norteamericanos han redescubierto la ciudad compacta europea como un ejemplo de sostenibilidad. Los nuevos urbanistas encabezados por Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk diseñaron en 1979 Seaside -una promoción en la costa de Florida donde después se rodaría El show de Truman- para propugnar una alternativa de mayor densidad frente a la suburbanización dispersa que ha caracterizado el último medio siglo: esa que retrata en sección el itinerario de Tony Soprano cuando conduce de Manhattan al interior de Nueva Jersey en los créditos de presentación de la serie televisiva, o la que caricaturizan los 45 segundos de casas repetidas, coches repetidos y personajes repetidos que introducen los capítulos de Weeds. Pero la reforma de los nuevos urbanistas estaba lastrada por su tradicionalismo estético, y no ponía en cuestión la nostalgia arcádica de la ciudad jardín; sólo ahora, cuando las medidas para controlar el sprawl han figurado prominentemente en las campañas electorales, y cuando el cambio climático se ha convertido en una cuestión capital de la polémica política, se ha comprendido que la ciudad compacta es el único camino.

En España, la conjunción de la burbuja inmobiliaria y la corrupción urbanística ha demonizado las grúas, la densidad y la altura como signos sulfurosos del Maligno, y los políticos se abrazan a los árboles con tanto fervor como abjuran del asfalto, siendo así que ellos y nosotros hemos votado con los pies a favor del cemento. Por más que el aterrizaje suave de los precios de la vivienda y la catarsis áspera de los escándalos municipales templen las ambiciones de los ediles y recorten los proyectos de los promotores, la alternativa a los bloques unánimes de Paco el Pocero no puede ser el paisaje exánime de los adosados periurbanos, suburbanos o exurbanos. La oferta electoral de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que propone limitar a tres plantas y ático la altura de todos los nuevos desarrollos residenciales, es una promesa tan difícil de materializar en el terreno jurídico como disparatada de mantener en el territorio físico, porque impondría como único modelo de crecimiento urbano el más incompatible con la sostenibilidad: una ciudad dispersa que consume grandes cantidades de suelo, agua y energía, tanto en su construcción como en el mantenimiento de sus edificios y redes de transporte; una ciudad, por tanto, que contribuye al calentamiento global con una carbon footprint (huella de carbono) desmesurada; y una ciudad, en fin, que siendo retóricamente verde es la menos verde de todas.

Todas las ciudades felices, como asegura The Economist en su reciente informe urbano, se asemejan al menos en dos cosas, la prosperidad y el buen gobierno; las infelices lo son de muy diversas maneras, pero ni los arrabales degradados, los administradores corruptos, las calles inseguras o la carestía del alojamiento logran disuadir a las multitudes de ese éxodo hacia los núcleos urbanos que ha situado ya en las ciudades a más de la mitad de la humanidad. Estos organismos crecen, se marchitan, se reaniman o se extinguen, pero con frecuencia sobreviven a las naciones y a los imperios, reinventándose una y otra vez sobre la urdimbre fértil de su capital humano, más sólido fundamento de la pervivencia urbana que el capital físico invertido en sus trazas sobre el territorio. Al final, no son siempre las ciudades más amables las que tienen más capacidad de atracción, pese a que los rankings urbanos de habitabilidad privilegian testarudamente la placidez casi adormecida; en la encuesta de la revista británica, que valora 50 ciudades del mundo, los primeros lugares los ocupan las inevitables Vancouver, Melbourne, Viena o Ginebra, mientras Madrid y Barcelona comparten un rezagado puesto 33, por detrás de Tokio, París o Berlín, pero delante de Londres o Los Ángeles, que figuran a la cola de la lista.

Pero hasta las ciudades más abrasivas nos atraen como el imán a las limaduras de hierro, y ese poder magnético no lo otorgan las amenidades públicas ni los edificios trofeo, sino la energía material de su escala y las oportunidades sociales de su diversidad. La ciudad son sus gentes, y en la contemporánea economía del conocimiento el factor esencial de competitividad urbana es la formación de su población. Si la densidad es una virtud ecológica, al liberar territorio y reducir la factura energética, es también una virtud social, al facilitar la confluencia del talento y la fertilización cruzada que es el fundamento de la innovación. La congestión, sin embargo, necesita orquestarse para que no derive en caos, mediante semáforos físicos que regulan el tráfico de personas o vehículos y mediante semáforos jurídicos que ordenan la circulación de ambiciones o intereses: esos semáforos son el buen gobierno urbano, y si a ellos se añade la promoción del capital material incorporado en sus infraestructuras de transporte, educación o salud, y del capital social que reside en la confianza mutua y la protección de los débiles, la ciudad compacta se convierte en el mejor escenario de la vida, en la más sostenible residencia en la tierra, y en la más cabal naturaleza.

Luis Fernández-Galiano es arquitecto.

Metástasis urbanística


Uno de los fenómenos urbanos actuales más controvertidos y rechazados socialmente junto a la corrupción y a la especulación del suelo, es el desaforado desarrollo urbanístico que viene aconteciendo en España, sobre todo en la última década. Cierto es que no ocurre con la misma intensidad ni con el mismo modelo en todas las latitudes, pero la imagen social del mismo es la de rechazo generalizado.

Que ese desarrollo se puede valorar, cuando menos como desproporcionado, lo demuestra un explícito indicador: la "velocidad" que viene caracterizando la ocupación del suelo por la urbanización ocasionaría, de mantenerse, la duplicación en el plazo de 10 años de todo el suelo urbanizado "desde los romanos hasta hoy" (datos del Observatorio Nacional de Sostenibilidad de España).

Pero la gravedad del problema no está tanto en la cantidad, que también, sino y sobre todo, en la "cualidad" del modelo de ocupación. La exacerbada demanda ocasionada por la consideración del suelo como activo financiero -entre otras razones-, junto a la nefasta concepción del "todo urbanizable" y la enervada competitividad entre municipios para acoger actuaciones urbanizadoras (cuanto más "importantes" mejor) que posibilitaran presumibles generaciones de riqueza y empleo y una subida en el ranking urbano que les permitiera "colocarse en el mapa", ocasionaron la ruptura de las exclusas del planeamiento urbanístico. Y abrieron el territorio a la implantación de actuaciones dispersas, normalmente de baja densidad, inconexas con la ciudad preexistente; que, sobre la coartada, en ocasiones, de la defensa de un sedicentemente "moderno" modelo polinuclear pretendidamente compaginador de la antinomia campo-ciudad, emboscan un modelo de cittá sconfinatta (sin confines) totalmente extraña a la ciudad compacta mediterránea. Es un modelo territorial metastático que se desarrolla discontinua y desreguladamente sobre el territorio, que lo hace tributario fundamentalmente del transporte privado y del exacerbado consumo energético; un modelo que invade "tumoralmente" un recurso escaso e insustituible como es el suelo natural, mientras que, paradójicamente, se margina y se abandona la ciudad histórica preexistente, generándose un doble e irresponsable despilfarro: el del suelo natural y el del urbano existente.

Pues bien, si como responsables inmediatos de esta lamentable situación aparecen los Ayuntamientos como receptores y autorizadores de las propuestas urbanizadoras del sector privado, no es menos cierto que los responsables finales del proceso son las Comunidades Autónomas, competentes exclusivas en la definición de su modelo territorial y autorizadoras definitivas de las eventuales reclasificaciones de suelo. Parafraseando el conocido aforismo clintoniano, "es la ordenación territorial, estúpido", el ámbito sobre el que recae la responsabilidad final del escenario generado. Téngase en cuenta que nos encontramos en un marco socioeconómico globalizado, en el que la "ciudad real" trasciende los meros límites administrativos de la "ciudad municipal", que las demandas urbanas y su eventual satisfacción se realizan en el escenario de un nuevo sistema urbano que llega a conformar, en ocasiones, espacios conurbanos y en el cual, la toma de decisiones debe adoptarse desde un ámbito más acorde a su dimensión espacial supramunicipal. Que la frontera entre "urbanismo" y "territorio" se encuentra cada día más difuminada.

Este espacio decisional debe apoyarse, tal como demanda la función pública de la ordenación urbanística, en la formulación de un planeamiento territorial "macro", que analice los problemas desde esa óptica y plantee las respuestas de manera simétrica, impulsando la localización de actividades en las nuevas áreas espaciales de oportunidad y frenando o reconduciendo su ubicación en aquellas otras que ya se encontraran saturadas o fuera exigible su conservación medioambiental.

Obviamente, la disposición de este tipo de medidas diferenciadoras, en contraposición a su cómoda aplicabilidad homogénea, comporta conflictos con las decisiones municipales y suscita el fácil reclamo a la tan demandada autonomía local, contraste que, en muchas ocasiones, puede ocasionar problemas políticos de gran relevancia social. Estas dificultades, junto a la ausencia de una cultura del territorio, explican la muy escasa existencia de Directrices y Planeamientos Territoriales que dispongan de criterios rigurosos y solventes (País Vasco, Cataluña y últimamente Andalucía, por ejemplo) que pretenden ordenar con racionalidad, el desarrollo y los límites al crecimiento urbano en el ámbito supramunicipal.

Pero la insatisfactoria situación actual no debe llevar a un resignado conformismo por causa de las presumibles dificultades materiales en la aplicación de respuestas territoriales adecuadas ante las consecuencias sociopolíticas que las mismas pudieran generar. De hecho, la reflexión que algunos responsables públicos y estudiosos del urbanismo vienen haciendo sobre la creación de instrumentos de compensación intermunicipal para paliar los desequilibrios derivados de desarrollos urbanísticos diferenciados, ponen de manifiesto un camino por el que se puede discurrir. La disposición de "fondos de solidaridad territorial" entre municipios integrados en una misma área funcional, con la finalidad de redistribuir entre ellos las plusvalías que generen los mayores desarrollos previstos en unos municipios con respecto a otros, son medidas que amparadas en la vieja tradición equidistributiva del urbanismo español vendrían a facilitar la puesta en servicio de la tan necesaria e ineludible planificación territorial y el establecimiento de límites racionales al crecimiento.

Afortunadamente, se viene produciendo una suave ralentización del proceso urbanizador pero, como en tantas otras ocasiones, se llegará tarde y habrá que asumir, en la medida en que no puedan ser reconducidas, muchas situaciones inadecuadas. Por ello, las responsables decisiones que vienen adoptando algunas Comunidades Autónomas progresistas junto a las disposiciones sobre sostenibilidad territorial que conlleva el Proyecto de Ley de Suelo Estatal, deben ser bienvenidas, lo que permitirá consolidar, por un lado, una solvente cultura del territorio y, por otro, anticiparse a nuevos ciclos expansivos que, sin duda, volverán.

Gerardo Roger Fernández arquitecto, es profesor y miembro del Instituto Pascual Madoz de la Universidad Carlos III.

El Camino de Santiago XI. Con Dios por compañero

El Camino de Santiago XI. Con Dios por compañero

Quien emprende un viaje interior,
quien abre bien los ojos para apreciar las cosas
y descubrir el valor de las personas,
sabe que no camina solo.

Un día llegarás a sentir
que quien te llamó a hacer el Camino,
quien te dio fuerzas para el siguiente paso,
quien te acompañó por los senderos,
fue el mismo que llamó un día a Santiago
para que fuera pescador de hombres.

José María Alvear, sm

Explorando los límites


DE TODA LA VIDA, el papel ha sido el campo en que se han librado las batallas por la libertad de expresión: las dictaduras y los Estados totalitarios han tenido en periódicos, panfletos y hojas volanderas su peor enemigo. Si circulaban libremente, los cimientos del despotismo comenzaban a resquebrajarse. Por eso, la conquista de la libertad de expresión ha dejado en el camino cientos, miles de lo que la tradición liberal canonizó como "mártires de la libertad". A nadie, a ninguna sociedad, se le ha regalado la libertad de escribir, de difundir las ideas, de denunciar privilegios. Menos que a nadie, a los españoles. Conquistada por vez primera en el Cádiz de la guerra y de la revolución, derogada luego y mil veces conculcada, los últimos combates dignos de nota tuvieron lugar en los años de transición a la democracia.

La dureza de tanta batalla convirtió a la libertad de expresión en un bien sagrado, un tesoro con sangre conquistado, que no se podía malgastar. No cualquier cosa era libertad de expresión: para ser auténtica tenía que reconocer sus límites. Distinguir lo público de lo privado, considerar inviolable la intimidad de las personas, garantizar los derechos que asisten a cada individuo a no ser impunemente injuriado. Como escribía John Stuart Mill, encontrar y defender los límites contra la invasión en la esfera individual, en la independencia del individuo, es tan indispensable a una buena condición de los asuntos humanos como la protección contra el despotismo político.

Por eso resulta irónico -ironía: invocar una cosa seria para decir lo contrario de lo que se piensa, por definirla con Fontanier en sus Figuras del discurso- oír a los dibujantes de El Jueves, cuando entre nosotros las batallas por la libertad de expresión contra poderes despóticos son cosas del pasado, asegurar que su empeño al publicar la portada de marras consistía en "explorar los límites de la libertad de expresión". Hombres de frontera, nada menos, avanzando siempre en el filo de la navaja, asediados por los enemigos de la libertad, descubriendo y conquistando nuevos territorios: tal se presenta la heroicidad de unos periodistas recibidos en loor de multitud por sus colegas tras declarar durante diez minutos ante un juez reticente a comerse un marrón; tal es la única sátira de una historia que en sí misma nada tiene de satírica.

Lejos de ahí, esta historia es paradigmática de la carrera para alcanzar aquel nivel "cada vez más bajo" sobre el que Adorno advirtió hace décadas. Hoy, en efecto, cuando hemos recorrido un camino que ni el más pesimista de los sociólogos pudo imaginar, la lucha por la libertad de expresión, que en sus momentos heroicos siempre tuvo por compañera a la lucha por el reconocimiento de sus límites, ha culminado en la exaltación del principio de la libertad de mercado como único regulador de las relaciones humanas. En realidad, estos dibujantes saben bien que disfrutan de una irrestricta libertad de expresión y que su exploración se dirige a tantear las posibilidades ofrecidas por el mercado como norma suprema de lo que se puede o no se puede decir. Si una historia vende habrá que seguir ahondando. Lo prueba la televisión, que en multitud de programas ahonda y ahonda, hasta llegar -Adorno de nuevo- down to earth, a "vivir como los antepasados zoológicos antes de que comenzaran a alzarse".

Pero si la televisión abrió ventanas para arrojar por ellas a la decencia que, en la aurora del liberalismo, se consideraba inseparable de la libertad, Internet ha abierto posibilidades infinitas en la misma dirección. Ahí se ha convertido en pan de cada día no ya explorar, sino borrar los límites de la libertad de expresión, injuriando y calumniando a quien se ponga por delante en miles de blogs donde cada cual puede dar rienda suelta a sus rencores o frustraciones invadiendo aquello que la tradición liberal consideraba garantía de la auténtica libertad: la intimidad de lo privado, el derecho que asiste a cada persona a lo que sólo puede nombrarse con lenguaje de otros tiempos: el honor, la fama, la dignidad.

Todo vale si el mercado funciona; más aún, nada vale cuando el mercado no funciona. Eso es lo que nos espera. Pero nada de melancolías: la libertad de expresión habrá alcanzado entonces su última victoria: mientras más venda una imagen, menos palabra, sólo la precisa para que la imagen se venda. Y la imagen se vende sin límite cuando un fiscal impaciente solicita el secuestro de un papel, viejo y querido terreno en el que nació la libertad de expresión.

Santos Juliá