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El día en que todos fuimos Miguel Ángel Blanco

El día en que todos fuimos Miguel Ángel Blanco


Hoy se cumplen 10 años del secuestro y posterior asesinato del concejal del PP en Ermua, que unió a España contra el chantaje de ETA

Un reportaje de José Luis Barbería...


Son las cuatro de la tarde en la vaguada del barrio de Azobaka (Lasarte), el lugar en el que el 12 de julio de 1997, a esta misma hora, ETA asesinó al concejal del PP de Ermua (Vizcaya) Miguel Ángel Blanco e hizo estallar en llanto y rabia a millones de españoles. Aunque han pasado 10 años, quienes conozcan a fondo la historia no podrán adentrarse en este espacio sin experimentar la turbación que conlleva aproximarse al punto exacto en que se consumó la tragedia.

Se comprende que Consuelo Garrido, la madre de Miguel Ángel Blanco, encontrara aquí cierta paz, la del camposanto, el día que quiso visitar la última tierra hollada por los pies de su hijo. Pero no es posible permanecer en este lugar sin preguntarse cuánta fue la angustia del condenado, qué pensó cuando le sacaron del maletero, maniatado y vendado de ojos y boca, qué sintió al pisar la hierba y notar el roce de las zarzas, qué olores, qué sonidos, penetraron en su cerebro. En esta corta ladera arbolada sin nombre, el rumor del tráfico de la autopista Bilbao-Behobia, invisible desde la hondonada, es tan intenso a las cuatro de la tarde que hay que cerrar los ojos y concentrarse en la escucha para percibir el murmullo del agua de la regata Oztaran que discurre a pocos metros del lugar del asesinato.

No hay placas, esculturas o crucifijos -la modesta cruz de palo que ensamblaron algunas manos en su día fue eliminada por los amigos de los asesinos-, pero alguien ha grabado la señal de la cruz sobre la corteza del roble a cuyo pie Miguel Ángel Blanco fue abandonado, moribundo, cumplidas puntualmente las 48 horas que ETA dio al Gobierno para que acercara a sus presos a Euskadi.

Los terroristas ejecutaron aquí el experimento del chantaje emocional masivo más depurado, y depravado, de su historia. Se trataba de hacer que España entera se identificara con una víctima propiciatoria: un chico joven, hijo de inmigrantes gallegos, buena persona y concejal de una pequeña población obrera. En línea con lo establecido en la "ponencia Oldartzen (acometiendo)" de "socializar el sufrimiento", se trataba de que todas las gentes de bien comulgaran con la persona de Miguel Ángel Blanco, le transfirieran sus sentimientos más nobles y se colocaran mentalmente en su lugar. Se trataba de llevar al conjunto de la población española al banco de pruebas de un chantaje inhumano con desenlace inminente, comprobar si podían dividirla y sojuzgarla, y luego matarnos a todos un poco con esos dos tiros en la cabeza que acabaron con la vida de su rehén.

"Amatxo (mamá), si a mí me pasara algo así, yo prefería que me mataran", comentó Miguel Ángel, en vísperas de su secuestro, ante las fotografías de prensa que mostraban el rostro cadavérico de José Antonio Ortega Lara, liberado por la Guardia Civil tras haber padecido un cautiverio de 532 días en uno de los zulos, "ataúdes vivientes", que ETA reserva a sus rehenes.

"Miguel era un chico muy nervioso y activo, bastante extrovertido. Contaba chistes con frecuencia y tenía un carácter fuerte, de esos que perseveran en los objetivos. Le gustaba tanto la música [era batería del grupo Póker, con el que amenizó algunas bodas, y admirador rendido de Héroes del Silencio] que la anteponía a sus estudios", comenta su hermana, Marimar.

Según reza la sentencia de la Audiencia Nacional dictada el pasado año, el 10 de julio de 1997, después de comer en su casa, Miguel Ángel Blanco Garrido, de 29 años, licenciado en Empresariales y concejal del PP de Ermua, cogió el tren de las 15.20 horas para volver a su trabajo en la empresa Eman Consulting de la vecina Eibar. A las 15.30, nada más salir de la estación, fue abordado por Irantzu Gallastegi Sodupe, Amaya y Nora, y conducido hacia un vehículo de color oscuro estacionado en una calle adyacente que también ocuparon Francisco Javier García Gaztelu, Txapote y Jon, y el (después) fallecido José Luis Geresta Mujika, Oker. Tres horas más tarde, ETA telefoneó a su radio amiga, Egin Irratia, para comunicar que Miguel Ángel Blanco sería ejecutado si el Gobierno no trasladaba a sus presos a las cárceles del País Vasco antes de las cuatro de la tarde del sábado 12 de julio.

Un escalofrío recorrió la geografía española, a medida que la noticia se propagaba por los hogares, los centros de trabajo, los bares, las calles. El nombre del joven concejal de Ermua saltaba de boca en boca, incluso entre personas desconocidas que esperaban el autobús, que coincidían en un ascensor, como si todos y cada uno de los habitantes de España estuvieran personalmente concernidos. Miguel Ángel Blanco parecía irremisiblemente condenado, no sólo porque semejante chantaje resultaba inadmisible para el sistema democrático, sino también porque, como sabía perfectamente ETA, tampoco había tiempo material para que en el plazo de 48 horas el Gobierno, cualquier Gobierno, pudiera llevar a cabo una operación de la envergadura administrativa y judicial que requiere el traslado de cuatro centenares de presos.

Todo el mundo quería hacer algo para salvar la vida del secuestrado y el ejemplo lo dio el mismo pueblo de la víctima. Si Ermua pudo dar ese ejemplo, fue también porque desde tiempo atrás su Ayuntamiento venía aplicándose a la tarea de contestar a la lógica de la intimidación y el miedo articulando una respuesta social y política al terrorismo. A la media hora de difundirse la amenaza de ETA, los vecinos, movilizados a través de altavoces por la guardia municipal, ya ocupaban las calles, ya gritaban "Todos somos Miguel Ángel", ya mostraban en alto sus manos desnudas, desarmadas, manos de trabajadores y de estudiantes, de amas de casa y de jubilados.

El ejemplo cundió rápidamente por toda España. "Si somos muchos, no se atreverán, no tendrán la desvergüenza, el cuajo, la impudicia, de matarlo", se decía el pueblo, que desfiló un día sí y otro también en los municipios españoles. ¿Un millón de ciudadanos serían bastantes, dos millones, tres millones? Se calcula que seis millones de españoles salieron a la calle durante el angustioso compás de espera colectivo de aquellas 48 horas.

El tiempo pasaba lentamente porque todo el mundo se mimetizó afectiva, emocionalmente, con el secuestrado. Después de tantos años de atentados tremendos, los españoles se habían acostumbrado a encajar el impacto de las muertes fulminantes del tiro en la nuca y el coche bomba, pero no a la ansiedad que produce la agonía programada, ni a la impotencia de comprobar que toda la esperanza estaba en manos de unos sujetos con poder sobre la vida y la muerte. Si el primer día el clamor de libertad emplazó a los terroristas en términos casi respetuosos -Marimar Blanco les decía ante los micrófonos y las cámaras que todo se puede arreglar con buena voluntad-, el segundo dio paso a manifestaciones esporádicas de ira, rotos ya los diques emocionales por la espiral de la tensión. Algunos manifestantes pusieron cerco a las sedes de Batasuna -"¡asesinos, sin pistolas no sois nada!"-, pero incluso en ese momento los amigos de los terroristas contaron con la contención ejercida por otros manifestantes, más templados, que impidieron agresiones físicas y ataques: extintor en mano, el alcalde de Ermua, Carlos Totorica, evitó el incendio de la sede batasuna en su municipio. Y con la segura protección de la Ertzaintza y de la Guardia Civil. "No les protejáis, que luego os matarán", les gritaban los manifestantes a los policías. La gente se abrazaba a los ertzainas y éstos se quitaban el verduguillo y mostraban sus rostros, como si el encuentro entre ciudadanos y policías anticipara el final del miedo vasco.

Ahí, en la ocupación del espacio público abandonado por los huidizos militantes de Batasuna, nacieron el espíritu de Ermua, el Foro Ermua y Basta Ya, la vigorosa reacción ciudadana que marcaría la última década de la lucha contra ETA. Y también, el miedo del nacionalismo institucional vasco a ser desbordado por una oleada de indignación popular que reclamaba otra política, otra estrategia antiterrorista. El miedo a perder el poder y a entrar en una dinámica de confrontación directa con ETA hizo reverdecer en el PNV y EA la vieja tentación del pacto nacional abertzale, consumado posteriormente con el concurso de la IU vasca, en el acuerdo de Estella-Lizarra, que consagraba la exclusión de los no nacionalistas.

"Este tipo de ekintzas (atentados) hay que valorarlas a un año vista", comentó Txapote durante la charla que, meses después del asesinato, mantuvo con el colaborador del comando y ex concejal de Batasuna de Ermua, Ibon Muñoa, que les había alojado en su casa mientras preparaban el secuestro y les había facilitado placas de matrícula falsificadas, además de prestarles su propio vehículo. "Los contactos con el PNV fueron más fáciles que nunca después de la acción contra Miguel Ángel Blanco", escribió ETA en su boletín interno Zutabe.

Convocadas por Gesto por la Paz y por algunas órdenes religiosas en Euskadi y en otras muchas poblaciones del resto de España, la noche del 11 de julio decenas de miles de personas velaron la angustia general rezando a Dios e implorando a ETA. Rezaba el Papa y la madre de Miguel Ángel Blanco: "Virgen mía, cuídamelo, que ahora está en tus manos y ya es tuyo"; rezaba y lloraba el pueblo de Ermua. España entera oraba, cada uno a su manera, aunque no fuera a dios alguno. Que no amanezca, que no llegue el alba, que se congele la noche, que la piedad prenda en el corazón de piedra de los terroristas, rezaban mentalmente en euskera y en español, en catalán y en gallego, las buenas gentes reunidas en la vigilia de la noche de las velas.

Como dijo el fiscal de la Audiencia Nacional en el juicio celebrado el año pasado, "pocas veces un asesino ha tenido tantos motivos para no llevar a cabo el asesinato. Resulta inexplicable no haber oído el clamor de una sociedad que reclamaba clemencia. Los gritos debieron oírse en todo el País Vasco, incluso en la bajera donde permaneció secuestrado Miguel Ángel Blanco". Claro que, entretenidos como estaban en la animada charla de sonrisas que mantenían en el banquillo de los acusados, Txapote y Amaya (Irantzu Gallastegi) tampoco pudieron escuchar las palabras del fiscal. La piedra en el corazón y el cemento en el cerebro parecían intactos nueve meses después de haber cargado con el peso de la muerte de Miguel Ángel Blanco.

El alba del 12 de julio de 1997 llegó y con ella la sensación de que todo estaba decidido, porque la policía no tenía rastro alguno del comando y porque Batasuna no había mostrado el mínimo atisbo de piedad. "No le matéis", titulaba a primera plana un periódico, imploraban cientos de organizaciones y asociaciones, pedían los criminales en las cárceles. A las 4 de la tarde del 12 de julio, España entera contuvo el aliento. "¿Cómo voy a comer si están matando a mi hijo?", decía Consuelo Garrido.

Cuando los relojes dieron la hora, no pocos españoles creyeron oír los disparos y hasta sintieron el impacto de la bala en la nuca. No así, por lo visto, los vecinos que habitan las casas más próximas al lugar del asesinato, en la loma de la vaguada del barrio de Azobaca. De hecho, Miguel Ángel Blanco fue encontrado, casualmente, a las 16.40, por un grupo de perros del vecindario que habían sido soltados en la zona para que se bañaran en la regata Oztaran. "Perdimos de vista a los animales cuando nos acercábamos a ese paraje y como les llamábamos y les llamábamos y no obedecían, nos pusimos a buscarles. Los encontramos allí, junto al cuerpo de un chico joven que parecía dormido", contaron los dueños de los perros.

El concejal de Ermua estaba tumbado boca abajo, tenía las manos atadas por delante con un cable eléctrico y un zapato fuera. Respiraba todavía. Durante unas horas, pareció que el milagro se había realizado. "Tiene una herida en la cabeza, pero es superficial", le comunicó una ertzaina exultante de alegría a la hermana de Miguel Ángel Blanco. La gente recuperó el aliento, pero el respiro duró poco porque, como constataron rápidamente los médicos, la realidad era muy diferente. El joven vasco tenía alojado en la cabeza un segundo proyectil que había destruido centros vitales de su cerebro. Su estado era prácticamente irreversible.

Murió a las tres de la mañana del 13 de julio, aunque los médicos y la dirección del hospital tardaron casi dos horas en certificar y comunicar el fallecimiento. Nadie quería dar carta de naturaleza a noticia tan desgraciada. Las gentes besaban la fotografía de Miguel Ángel Blanco, que poblaba, omnipresente, las calles, y escribían sobre ella palabras hermosísimas cargadas de amor y de tristeza, y también de determinación. España tenía el corazón roto y los ojos enrojecidos. Fue un asesinato a cámara lenta que provocó la catarsis ciudadana, el llanto y quebranto de la nación de las personas de bien, la explosión de las emociones más puras y la forja de una renacida voluntad por acabar con esos sujetos tan despiadados.

El calvario imaginado se confirmó enseguida, a la vista de las uñas ensangrentadas y de la acusada deshidratación de la víctima. Porque Miguel Ángel Blanco exudó enormemente durante su secuestro, sudó lágrimas, pero, sobre todo, sudó el miedo y la angustia del que se sabe condenado a muerte. Desde el lugar en el que se consumó el crimen, es fácil suponer los movimientos de los terroristas. Cumplida la hora, los asesinos debieron de sacar a Miguel Ángel de su lugar de cautiverio, situado probablemente en el mismo municipio de Lasarte o sus proximidades, y lo trasladaron en coche por la pista forestal que serpentea junto a la regata Oztaran y comunica con la vecina Urnieta. Detuvieron el vehículo a pocos cientos de metros del casco urbano, sacaron del maletero al concejal y después de caminar con él unos pasos ladera abajo, le dispararon por la espalda dos tiros en la cabeza.

Según los hechos probados en la sentencia dictada por la Audiencia Nacional el 30 de junio del año pasado, Irantzu Gallastegi permaneció dentro del coche en actitud vigilante, mientras José Luis Geresta sujetaba a Miguel Ángel Blanco y Txapote realizaba el primer disparo. "¿Estaba consciente la víctima cuando recibió el segundo tiro?", preguntó el fiscal a los médicos que practicaron la autopsia. "Entendiendo la consciencia como un estado de alerta, sí", contestaron. Con el primer disparo, Miguel Ángel Blanco perdió el equilibrio e hincó sus rodillas en tierra, pero continuó erguido. Seguramente, también él intentó echarse las manos a la cabeza o levantarlas al cielo implorando clemencia, mientras esperaba el tiro de gracia. Durante el juicio, la madre de Miguel Ángel Blanco no pudo apartar la vista de las manos del asesino.

José Luis Barbería

Fundación Miguel Ángel Blanco

29 Jornadas Educativas de centros jesuitas

La Compañía de Jesús en España se plantea, por coherencia evangélica, aumentar el número de inmigrantes en sus centros


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Las próximas jornadas educativas de los colegios jesuitas de España tendrán como tema central “Misión educativa e inmigración” y en ellas se reflexionará sobre los retos que la inmigración en nuestro país está planteando con urgencia a la educación, en general, y en concreto, a los centros educativos jesuitas. Uno de estos retos es el aumentar el número de inmigrantes en los centros. Del 9 al 12 de julio, directores y profesores participarán, este año en Granada, en estas jornadas que se celebran anualmente.

El Provincial de España de la Compañía de Jesús, Elías Royón, S.J. ya dejó claro, en la última asamblea de directores de Centros (septiembre 2006) que la inmigración interpela al actual sistema educativo jesuita a reflexionar sobre “nuestro compromiso, como educadores, con la inmigración”. Considera Royón que: “Nuestros Centros educativos, no pueden permanecer ajenos al fenómeno de la inmigración y a sus consecuencias de ser factor de cambio hacia una sociedad cada vez más multicultural”. Así, señala como uno de los retos, la sensibilización: “es un auténtico reto a la solidaridad de todos, para la que hay que formar a nuestros alumnos y sensibilizar a sus familias con el sufrimiento de cientos de miles de personas que viven tan cerca de nosotros. Un sentimiento de compasión y solidaridad que debe traducirse en ayuda material, acogida humana, vivienda, sanidad, un trabajo digno y justamente remunerado, etc”. Pero, añade que el fenómeno de la inmigración “no puede quedarse reducido a la compasión y solidaridad”, porque “hablar de inmigración es hablar de integración” a pesar de las dificultades que esto supone. En este camino de sensibilización e integración, considera una responsabilidad el “educar a nuestros alumnos y alumnas para ‘saber vivir juntos’ en una sociedad cuyo horizonte debería ser la interculturalidad”. Pero, se pregunta “¿Será posible educar para esta convivencia plural sin que esa pluralidad se halle presente en los mismos Centros?”

Analiza también el Provincial de España cómo al haber asumido la Compañía de Jesús como una de sus prioridades apostólicas la inmigración “el fenómeno inmigratorio, nos interpela de un modo particular, como escuela (…) La educación ofrece esperanza a los inmigrantes: una esperanza que les abre al futuro, en cuanto es fuerza de integración y desde donde pueden aprender a desarrollar su personalidad”. Y por ello concreta que los centros SJ deberían incluir no solo la atención a la “diversidad como desigualdad”, sino también como “pluralidad cultural”. Señala Royón, como otro reto “eclesial de primer orden”, el factor religioso: “Un coeficiente importante de la inmigración es de origen latinoamericano y de países de la Europa del este; tenemos pues una responsabilidad de cara a las familias católicas de estos flujos migratorios, para evitar una descristianización, como la acaecida en España en el éxodo rural de hace treinta o cuarenta años. Preocupación por los alumnos católicos procedentes de la inmigración que deben ser compatibles con la atención a la diversidad religiosa que comporta una escuela abierta a todos”. En consecuencia, con todas estas reflexiones, el Provincial de España se pregunta “si no deberíamos disponernos a iniciar un proceso de reflexión sobre las posibilidades de acoger en nuestros Centros un mayor número de alumnos de los colectivos que constituyen la inmigración. Una reflexión acompañada de un proceso de sensibilización, e, hipotéticamente, de una decisión, que por coherencia con los objetivos evangélicos y el sentido del ‘magis” ignaciano que motiva y fundamenta nuestra misión educativa, debería completar y profundizar lo que ya hacemos y aquello que las Administraciones, estatal y autonómicas, han establecido en esta materia”.

Este reto, que sin lugar a dudas, plantea numerosas dificultades no es para la Compañía de Jesús algo nuevo porque ya existen centros SJ con experiencias consolidadas en este campo y donde una parte importante del alumnado procede de la inmigración. En ellos se han elaborado y aplicado muy buenos programas de atención a la diversidad y a la multiculturalidad, que han recibido merecidos elogios. Veánse como ejemplos: el St. Pere Claver de Barcelona donde la mitad de los alumnos (un 49,58 %) son inmigrantes; el Centro de Formación Padre Piquer en Madrid, con alumnos de más de 20 nacionalidades distintas y con un porcentaje de inmigración del 31% en Secundaria; todas las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA) de Andalucía con un total de 419 alumnos y donde destaca la SAFA de Málaga con 115 alumnos extranjeros de 20 nacionalidades distintas; o las Escuelas San José de Valencia que destacan por su gran oferta (hasta 13 grupos) de atención a la diversidad.

Jornadas
Este análisis previo del Provincial de España será el telón de fondo de estas jornadas en las que, junto con la reflexión, el diálogo, la realización de diversos talleres, y la escucha de testimonios de inmigrantes, se escucharán las siguiente ponencias:

-“La escuela ante una sociedad multicultural”, por Ximo García Roca.
-“El profesor y la inmigración. Retos en la enseñanza y en la tutoría”, por María García Amorena y Gema Etxezuri Malo.
-“La inmigración y la misión educativa de la Compañía”, por José M. Margenat, S.J.
-“Educar para la convivencia intercultural e interreligiosa: Pentecostés frente a Babel”, por Julio Martínez, SJ.
-“La inmigración en el modo de proceder de un centro educativo de la Compañía de Jesús”, por Fernando de la Puente, S.J.

Compañía de Jesús

El Camino de Santiago X. Dar las gracias

El Camino de Santiago X. Dar las gracias

El auténtico peregrino reconoce que, si sale adelante,
es gracias a muchos factores que no están en su mano:
el Camino nos descubre los dones de la vida.
No se impone a ella; por eso,
donde llega da las gracias, no exige;
se conforma con poco,
pues la satisfacción está en el corazón de cada uno,
no en las cosas que nos vengan de fuera.

José María Alvear, sm

Unidad, para qué

Que la unidad básica de los principales partidos constitucionalistas (es decir, los que representan a la inmensa mayoría de la ciudadanía española) resulta fundamental para llevar a buen término la derrota del terrorismo es algo de lo que bastantes hemos estado convencidos desde hace mucho. O sea, que no necesitamos ahora que nos lo griten al oído como si fuésemos sordos quienes hasta hace poco predicaban contra el indeseable ’seguidismo’ que uncía al PSOE con el PP en el siempre fastidioso camino de la sensatez. Pero claro, una cosa es la unidad democrática y otra que los ciudadanos de este país debamos imitar en sus hábitos suicidarios a los lemmings, esos unánimes roedores que por mor de la armonía social se tiran todos a una desde un acantilado al mar. Vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional pero siempre que no se utilice esa conjunción de voluntades para ocultar los errores políticos cometidos en el pasado -de cuya responsabilidad política no disculpa la buena intención, que sólo tiene efectos morales- y sobre todo para enredar a todo el mundo en nuevas equivocaciones que confirmen, prolonguen y agraven las cometidas en el pasado que aún no se han reconocido. No se trata de pedirle a Zapatero que se haga el harakiri, como pretenden los extremistas (en caso de apuro, con la dimisión basta), sólo sencillamente que admita la necesidad de rectificar si no el pasado -eso lo dejaremos para la próxima Ley de Memoria Histórica-, al menos los pasos futuros en la lucha antiterrorista. Porque ése debe ser el objetivo y no ningún otro: acabar con el terrorismo liquidando a ETA. En cuanto ésto se logre vendrá la paz, no la de los cementerios ni la de la rendición a ideas inconstitucionales, sino la de la polémica política, incómoda y a veces agria pero incruenta. Afortunadamente, parece que ahora todo el mundo se apunta ya a la idea de que debe haber vencedores y vencidos, siendo ETA la que ha de perder para que todos ganemos la libertad. Algo vamos progresando.

Los hinchas mediáticos progubernamentales tratan de convencernos de que la ruptura por ETA de la tregua que nunca existió demuestra que el Gobierno no hizo concesiones políticas a la banda. Hombre, es cierto que las truculentas acusaciones de ‘alta traición’, ‘rendición’ y otras semejantes resultan exageradas, hasta el punto de que a veces -sobre todo cuando se hicieron de modo anticipado a los acontecimientos- terminaron minando bastante la credibilidad de los críticos. Pero que hubo concesiones, imprudentes concesiones, indebidas concesiones, resulta evidente: lo único que demuestra la ruptura de la tregua es que no fueron suficientes para lo que deseaba el equipo terrorista. ETA es como otras fieras de mejor índole: se la puede rendir por hambre, pero si se la alimenta a poquitos se le despierta a cada bocado un apetito más voraz. La fundamental concesión política fue admitir (al principio, en cuanto acabase la violencia y después, ya aunque no acabase del todo) que habría una segunda mesa para reinventar junto a los demás partidos, pero fuera del Parlamento, la nueva hegemonía nacionalista en el País Vasco. En esa mesa es obvio que debía hablarse de política, es decir, de la política que conviene al nacionalismo radical porque de la otra, de la que nos conviene al resto de los ciudadanos, ya se habla en el Parlamento. Y a lo largo del verano de 2006 se mantuvieron contactos con los portavoces etarras (uno de ellos público, la célebre entrevista de los líderes socialistas con Otegi y sus comisarios de armas tomar: ¿Acaso ese reconocimiento como interlocutores ‘normalizados’ no es una concesión política?). Por lo que ahora se ha sabido y publicado (pero ¿desde cuando se sabía todo esto? y ¿por qué si se sabía no se publicaba?), estos encuentros culminaron en una reunión en Loyola, durante el mes de septiembre, en la que se acordó un borrador de trabajo político entre los socialistas, Batasuna y un reticente Josu Jon Imaz llegado a última hora. Después ETA subió la apuesta -ya se sabe, el apetito de la fiera- y todo se fue al traste. Pues bien: ¿Por qué no se publica ese borrador? Si no se hicieron ni se pensaban hacer concesiones políticas, ese documento es la mejor forma de demostrarlo. A ver, que aparezca el borrador y que sepamos de una vez de qué iba a ir la mesa de partidos Por cierto, en ese mismo mes de septiembre tuvo lugar el akelarre encapuchado de Oiartzun, con cientos de convocados vitoreando a ETA, cuyo vídeo educativo hemos podido conocer hace poco. Y a pocos kilómetros, San Sebastián en pleno festival de cine lleno de periodistas que por lo visto acababan su período de vacaciones.

Sacar ahora a relucir estos trapos sucios no es afán de enturbiar las felices aguas de concordia entre Gobierno y oposición. Pero la necesaria unidad no consiste en que la oposición renuncie solemnemente a ‘obstruir’ la política del Gobierno (como parecen creer la Ser e Iñaki Gabilondo), sino en que el Ejecutivo se replantee los errores de una trayectoria que ha fracasado en sus objetivos y ha tenido por efecto indeseado revigorizar a ETA. Y a tal fin es imprescindible replantearse el escenario político de la lucha antiterrorista, como hacía el Pacto por las Libertades. Todavía se siguen repitiendo tranquilamente sobre este documento fundamental dos mentiras: que en su redacción original estaba cerrado a la adhesión de los otros partidos y que en él hay aspectos que obligan a renuncias ideológicas a los nacionalistas democráticos. Ni lo uno ni lo otro: y si no, que nos señalen el párrafo rechazable (recientemente, un necio citaba la mención a no utilizar la lucha antiterrorista como arma política -en la que más o menos todo el mundo está de acuerdo- como argumento en contra del pacto, con el pretexto de que no se ha cumplido ¿viva la lógica!). Porque no sólo hay que derrotar a ETA, sino también a las falsas hegemonías y al nacionalismo obligatorio impuesto a su resguardo. El final de ETA debe significar una oportunidad igualitaria para todas las opciones políticas, no un blindaje compensatorio del nacionalismo reinante. El cual ya vuelve a torcer el gesto ante el acercamiento PSOE-PP, como siempre ha hecho, y a protestar por que se retorne a ‘fórmulas del pasado’, es decir, a la insumisión ante lo para ellos inevitable de su eterno predominio. Lo de siempre: repudio de la violencia pero miramientos y resguardo interesado a los violentos. ¿Hasta cuándo seguiremos así? Menos mal que los prebostes insisten en decirnos que ‘la sociedad vasca’ luchará a pecho descubierto contra ETA, como luchó contra otras tiranías del pasado, por ejemplo la dictadura de Franco. Pues vaya, sin duda bastantes vascos se han enfrentado a la opresión, pero la sociedad, lo que se dice la sociedad , si la sociedad vasca muestra la misma fiereza contra ETA que mostró contra Franco, tenemos terrorismo para el próximo siglo y medio.

De modo que está muy requetebién que Zapatero y Rajoy cierren filas cuando amenaza tormenta contra el crimen organizado y sus legitimadores políticos. Repito: contra los criminales y sus legitimadores, porque con luchar sólo contra los primeros y tratar de complacer políticamente a los segundos no se consigue nada. En cuanto a los demás, que no tenemos responsabilidades directas con los asuntos públicos, nos costará un poco volver a hacer manitas con quienes tantos cuentos y tantas falsas razones han repartido durante la no menos falsa tregua: en las radios, en las columnas de los periódicos, en las televisiones. Pero de eso hablaremos despacio y sin tapujos otro día.

Fernando Savater

La derrota de ETA

"Fue quizá mi hijo quien me ha ayudado muchísimo en estos años. Pero ha sido desde luego la personita que en primer lugar me ha ayudado a enfrentarme a la realidad. Y lo más importante ha sido, y es, su mirada. Su mirada que interroga. Su mirada que pregunta. Y lo más importante ha sido, y es, saber responder a sus preguntas. Javier fue creciendo y me iba preguntando: dónde está papá, cómo ha muerto mi padre, quién ha matado a mi padre, dónde está el asesino de mi padre. Es difícil contestar a estas preguntas. He aprendido a hacerlo y desde luego la respuesta sigue estando pendiente en muchos casos. Pendiente como quedan muchos temas pendientes en esta sociedad por solucionarse. Y ojalá que un día, cuando Javier sea todavía un poco más mayor -Javier tiene ahora 11 años- y me vuelva a preguntar, yo sea capaz, y la sociedad sea capaz, de darle la respuesta a Javier que se merece. A Javier y a tantos huérfanos como ha dejado el terrorismo de ETA en este país".

Así concluía Ana Iribar el documental de homenaje a su esposo realizado diez años después de que ETA asesinara a Gregorio Ordóñez. Sus certeras reflexiones reflejan con sencillez las consecuencias sociales y políticas del terrorismo y cómo la consideración de éstas debe guiar siempre los esfuerzos de gobernantes y ciudadanos por la erradicación de la violencia. Oportuno resulta rescatarlas en el décimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, cuando muchas víctimas del terrorismo no están recibiendo las respuestas que merecen. A menudo se eleva retóricamente la categoría de las víctimas del terrorismo equiparándolas con héroes, recurso que, sin embargo, es utilizado para reclamar injustas renuncias de seres humanos particularmente vulnerables y necesitados de protección. Ese heroísmo con el que se destaca su comportamiento ensombrece derechos y justas reivindicaciones de quienes han sido victimizados por criminales que persiguen unos determinados objetivos políticos, minimizándose por tanto la dimensión política de las víctimas del terrorismo.

Del ineludible carácter político de las víctimas se derivan lógicas y necesarias reclamaciones que constituyen incómodas exigencias para quienes desean aplicar una impunidad inherente al ‘proceso de paz’. Con esta engañosa terminología se ha buscado cobertura ideológica y social para la negociación entre el Estado y ETA en condiciones contrarias a las exigidas por el Congreso, irresponsable iniciativa cuyo éxito reclamaba la neutralización de uno de los frentes fundamentales en la lucha contra la banda, como es el de la movilización ciudadana.

Fue el asesinato de Miguel Ángel Blanco el detonante de un contundente desafío desde la sociedad civil que serviría para complementar una eficaz política antiterrorista basada en la firme aplicación de instrumentos políticos, policiales, sociales y judiciales contra ETA. La combinación de estas variables en torno al Pacto por las Libertades se tradujo en la más eficaz respuesta de nuestra democracia contra el terror, resquebrajando el mito de la imbatibilidad de ETA. Tan relevante victoria se logró a pesar de los esfuerzos del nacionalismo institucional por consolidar una narrativa en la que la derrota etarra era presentada como imposible con el fin de legitimar la negociación con terroristas. La desmotivación que dicho modelo generaba en una sociedad amenazada y forzada a negociar con quienes la coaccionaban fue contrarrestada por el sólido respaldo que la ciudadanía intimidada recibió desde un Estado obligado a presentarse como implacable. Los perversos efectos de la violencia sobre el tejido político y social hacían imprescindible ese posicionamiento que erigiera al Estado en modélico referente de aquéllos a los que injustamente se les reclamaban heroicidades.

Pero ni eran ni son héroes, sino seres humanos que a pesar del sufrimiento y la provocación siempre han eludido la venganza, confiando al Estado su seguridad y su derecho a la justicia, como recuerda Maite Pagazaurtundua: «Imaginemos lo que pasaría si en plena adolescencia los huérfanos de los asesinados por ETA que siguen viviendo en el País Vasco dejaran de asumir la regla no escrita del silencio y el disimulo. O si lo hubieran hecho los que quedaron huérfanos de niños y ya son adultos. Si no se hubieran contenido, estos jóvenes harían frente a los jóvenes rabiosos y violentos, en cualquier calle, porque los cachorros de ETA ponen carteles a la luz del día, se manifiestan y muestran sus emblemas de forma arrogante. Nos habríamos asimilado, entonces sí, a los estándares de los expertos internacionales en conflictos».

El ‘proceso de paz’ ignora tan determinantes factores que deben condicionar la respuesta antiterrorista de una sociedad democrática como la nuestra, en la que las violaciones de derechos humanos son responsabilidad de una organización terrorista y no del Estado, como ocurre en otros escenarios instrumentalizados con el fin de aportar coartadas a la negociación con ETA. Esa negociación todavía alentada por ciertos sectores se apoya en la marginación de las víctimas del terrorismo mediante la tergiversación de sus reivindicaciones para así limitar su relevancia. Con esa intención se defiende que las víctimas no deben condicionar la política antiterrorista de un gobierno, si bien no son éstas las interesadas en ejercer condicionamientos, sino más bien quienes les acusan de ello, pues las reclamaciones de aquéllas aluden simplemente al cumplimiento de la legalidad, exigiendo tan sólo que ésta no quede supeditada a cambiantes voluntades políticas.

En consecuencia, y como escribía Reyes Mate para la Fundación Alternativas, «la justicia a las víctimas pasadas es la condición necesaria para una política futura sin violencia», pues «la justicia a las víctimas no es sólo un problema moral, sino también político». Sin embargo, los partidarios del ‘proceso de paz’ niegan esa justicia a las víctimas propugnando su doble victimización al anteponer a los criterios jurídicos decisiones políticas arbitrarias. Enaltecen además a los victimarios sobre las víctimas, negándoles a éstas un papel activo en el ‘proceso de paz’ a la vez que se reclama todo lo contrario para terroristas legitimados como ‘interlocutores necesarios’.

No es ése un mecanismo eficaz de resolución de conflictos, sino un método de instaurar gradualmente el olvido en una sociedad para la cual la memoria constituye un arma fundamental en su combate contra ETA. La negociación al margen de las instituciones democráticas propugnada por el Gobierno español y el nacionalismo vasco transforma sutilmente la realidad del terror, pues el terrorista logra finalmente lo que persiguió mediante el asesinato de Gregorio Ordóñez, Fernando Buesa y otros representantes políticos, esto es, la deslegitimación del sistema democrático. Por ello, la enorme injusticia que define la negociación con ETA alienta irremediablemente la perpetuación de una coacción convertida en eficaz por quienes son responsables de su contención, como revela la vuelta de ETA a las instituciones.

En esas circunstancias, imposible resulta la «erosión mediante la deslegitimación social» del «discurso totalitario» de ETA que Josu Jon Imaz reclamaba recientemente. Así es porque, si bien el presidente del PNV aseguraba que «nunca» aceptará «el más mínimo avance del autogobierno vinculado a la presión de la violencia», la negociación expone lo contrario: quienes han desafiado violentamente el autogobierno son eximidos del respeto a los procedimientos democráticos, deslegitimándose así a quienes fueron asesinados por defenderlos, favoreciéndose por tanto el desistimiento de la sociedad. Vacía de contenido queda esa aparente firmeza cuando la coacción obtiene el rédito de la cesión fruto del miedo, como corrobora la reciente actuación del nacionalismo al constituirse los ayuntamientos.

Ante el temor a convertirse en objetivo terrorista, algunos nacionalistas han reconocido la injusticia padecida por quienes vienen sufriendo durante décadas una intolerable privación de derechos y libertades precisamente por no compartir su ideología. No obstante, ante la amenaza contrasta la resistencia de unos con la sumisión de otros. Semejante desigualdad, que fortalece al totalitarismo debilitando seriamente la democracia, debería llevar al nacionalismo y a quienes desde el socialismo han mimetizado su fallido modelo de negociación a comprender que el diálogo con ETA es incompatible con la indispensable contestación social en la que debe sustentarse una derrota del terrorismo posible e irrenunciable.

Próximo ya el décimo aniversario del espíritu de Ermua, puede recordarse que, durante unos días, la unidad frente al terror trascendió ideologías antes de que el nacionalismo sucumbiera a la tentación de una contraproducente negociación con ETA luego replicada por el socialismo. En aquellos días la imprescindible derrota de ETA que las víctimas merecen y que la sociedad necesita dejó de ser especulación.

Rogelio Alonso es profesor de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.

El Camino de Santiago IX. La gratuidad

El Camino de Santiago IX. La gratuidad

El Camino nos invita
a disfrutar de un montón de cosas que no se compran,
que no sólo son gratis, sino también gratuitas:
el amanecer en el páramo, la lluvia de Galicia,
la charla en el albergue,
la comida o el vaso de vino con el paisano,
las nubes en la montaña, el ábside románico...
El Camino nunca es el mismo,
porque las oportunidades para disfrutar
cada vez son otras.

José María Alvear, sm

Las cosas terrenales

No es por la manera en que un hombre habla de Dios, sino por la manera en que habla de las cosas terrenales, como mejor se puede discernir si su alma ha pasado por el fuego del amor de Dios. Ahí ningún disimulo es posible...

Simone Weil

El Camino de Santiago VIII. Abierto a los otros

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Desde nuestra radical necesidad
nos abrimos a la comunicación con el otro:
nadie autosuficiente será capaz
de hacer la experiencia del Camino.
Aprendemos a escuchar,
a ofrecer nuestro apoyo, nuestros remedios,
a compartir nuestros bienes...
No es algo superfluo,
pues está en la raíz del buen ambiente
que hay en el Camino,
en sus albergues, en sus veredas y plazas:
nadie tiene pudor o miedo de contar sus penas o dolores.

José María Alvear, sm