Blogia

cuatrodecididos

Límites

Sobre los límites de la libertad de expresión (a propósito del caso El Jueves)...


Es tal la quemazón que tienen muchos personajes conocidos ante la imposibilidad de defenderse de la agresión o el escarnio público que las reacciones ante la publicación de la célebre viñeta, al margen de las consideraciones legales, han caído como el lógico colofón a una época marcada por los excesos verbales. Existe la sensación de que la barrera ya se había traspasado hacía tiempo. No falta razón. La rampa de encanallamiento por la que venimos deslizándonos desde hace años, la impunidad con la que se han alimentado y amplificado mentiras hasta conseguir que un porcentaje nada desdeñable de la población las creyera, el vocabulario que trufa los programas de las teles a horas que serían de obligado respeto hacia la audiencia infantil y la idea peregrina de que el autocontrol es un término caduco cuando las puertas de la libertad absoluta están abiertas en internet, han generado un ambiente en el que no sabemos muy bien qué es lo que tenemos que opinar cuando de los límites de la libertad se trata. No creo que la Corona se tambalee por un dibujito más o menos soez (la célebre metáfora del tampax del príncipe Carlos recorrió el mundo) y es de esperar que el debate sobre el asunto, si es que tiene que producirse, se desencadene a la altura que el ciudadano merece; más bien la impresión que deja el hecho de ver a dos personas que representan a una institución del Estado (y que obviamente han de responder con el silencio) caricaturizadas en una postura buscadamente ordinaria, salvo cuando se practica en la intimidad, es que nadie está libre de la mofa hiriente. Y no es que ya no haya nada sagrado sino que sagrada debería ser la honorabilidad de cualquiera.

Tampoco cabe comparar el caso con las viñetas de Mahoma que ironizaban sobre una creencia y no sobre personas en concreto, ni con esos relatos de ficción que provocan iras irracionales. Por lo demás hasta a mí me habría sacudido una viñeta en la que aparecieran, por ejemplo, Mahoma y la Virgen María en la escena que nos ocupa. Debe ser que tengo mis límites o que me estoy haciendo mayor.

Pero no hay problema, los más osados saben que con eso sí que se juegan la vida.

Elvira Lindo

España, donde más subieron los precios en restaurantes y cafés con la introducción del euro


Entre 1998 y 2006, los precios aumentaron un 40%, más de diez puntos por encima del conjunto de la Eurozona

España sufrió durante los preparativos y la introducción del euro la mayor subida de los precios en restaurantes y cafés entre los países que se sumaron a la moneda única en 2002.

La subida fue de más del 40% entre finales de 1998 y 2006, según un estudio publicado en el último número de la publicación de la Dirección de Asuntos Económicos y Financieros de la Comisión Europea, bajo el título What drives inflation perceptions?.

El informe insiste en su inicio en la valoración habitual de los organismos europeos en el sentido de que el euro tuvo un impacto global apenas apreciable en los precios, estimado por Eurostat entre un 0,12% y un 0,29% a lo largo de 2002.

Sin embargo, y tras constatar que un Eurobarómetro de otoño de 2006 mostraba que un 90% de los europeos seguían pensando que la moneda común había encarecido sus vidas, el estudio procede a indagar los motivos de esa percepción.

La investigación admite que en una serie de países fue "claramente visible" un "salto" en los precios en restaurantes y cafés en enero de 2002. Ese impacto inflacionista resultó efímero en países como Holanda o Alemania, pero en otros, como España, Italia, Francia y Bélgica, "un rápido ritmo de incrementos de precios en el sector de restaurantes y cafés se ha mantenido después de 2002".

De hecho, en España se venía produciendo ya una subida más acelerada en los años previos a la introducción física de los billetes y monedas de euro, pero fue con ésta cuando la brecha con los demás países se ensanchó.

En todo el periodo analizado (de finales de 1998 a 2006), los restaurantes y cafés subieron sus precios más de un 40% en España y menos del 30% en el conjunto de la Eurozona. En Alemania, la subida no llegó al 15%, en Bélgica y Francia no superó el 25%, y en Italia quedó por debajo de la barrera del 30%.

En el informe se señala, incluso, que la percepción de los ciudadanos es que los precios han subido todavía más de lo que indican las cifras.

Servimedia

La esencia de la Gran Manzana

La esencia de la Gran Manzana

El Metro de Nueva York

Fue en 1939 cuando el músico Duke Ellington conoció al que sería su más estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el duque, en un viaje a Pittsburgh quedó impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invitó a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio tan inseguro que le hizo un plano con todas las indicaciones para llegar hasta su casa, que estaba en Sugar Hill, el Harlem elegante de aquel entonces. Billy Strayhorn se presentó al poco tiempo en la casa Harlem pero no con las manos vacías: llevaba la partitura de una melodía que había creado inspirándose en las indicaciones del maestro. A Duke Ellington le gustó tanto aquel Take the A train (Toma el tren A) que a partir de ese momento la tocaba siempre al comienzo de sus conciertos. La melodía se convirtió en canción y no hay cantante de jazz que se precie que no la haya interpretado, aunque es la voz de Ella Fitgerald la que la hizo más popular: "Tienes que tomar el tren A / para ir a Sugar Hill en lo más alto de Harlem / Si pierdes el tren A / descubrirás que has perdido la manera más veloz de llegar a Harlem / Rápido, móntate, ahora, está viniendo / escucha esos raíles retumbando. ¡Todos al tren! / Móntate en el A / pronto estarás en Sugar Hill en Harlem". El metro de Nueva York ha servido de inspiración para muchísimas canciones, pero es esta melodía, que parece llevar la velocidad escrita en las mismas notas de su partitura, la que encarna el alma de las venas subterráneas de la ciudad.

Hace tres años se celebró el centenario de la inauguración del metro. Dado que el metro ha vertebrado la ciudad moderna, para cualquier ciudad la efeméride es esencial, pero Nueva York es una de esas ciudades que está muy presente en la obra de sus artistas. Esa presencia se debe en gran parte a su condición indiscutible de ciudad inspiradora pero también a la marcada tendencia americana al realismo, a certificar con poemas, cuadros o novelas todo aquello que su tiempo les pone delante de los ojos. Y si Nueva York está presente en el arte popular, no se queda atrás el metro, que es el reverso de la ciudad, no menos vivo que la superficie y, por alguna razón poderosa, el lugar de donde brotan historias para no olvidar.

La primera piedra del metro de Nueva York se puso en mayo de 1900. Antes se habían hecho intentos de unir los barrios de la ciudad con trenes elevados, pero aumentaba el caos de una ciudad que se apiñaba insanamente en sus zonas bajas. El Lower East Side era a últimos de 1919 uno de los barrios más poblados del mundo. Los recién llegados, judíos, irlandeses, italianos, luchaban por sobrevivir en habitaciones inmundas de las que hoy hay muestra en el Museo de los Tenements, un diminuto pero interesantísimo recorrido para hacerse una idea de lo que era subsistir en aquel hormiguero. El metro trataba de buscar soluciones a esa brutal concentración humana e intentaba paliar los serios inconvenientes que Nueva York presentaba para convertirse en una ciudad ágil y comercial. Recorrer las ocho millas que van de Norte a Sur suponía una cantidad absurda de horas. Además, el Ayuntamiento de Nueva York miraba desde hacía tiempo con indisimulada envidia el ejemplo del metro de Londres. Como siempre ocurre en Estados Unidos, la voluntad del municipio no era suficiente, y fue gracias a la iniciativa de inversores privados que supieron imaginar astutamente el negocio en el que estaban invirtiendo lo que puso la obra en marcha. Cuatro años duró la construcción de esa primera línea, cuatro años en los que se movilizó a 12.000 hombres en su mayoría irlandeses e italianos, cuatro años que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos. Una vez más, los neoyorquinos se mostraron conscientes de lo que esa vena abierta iba a suponer para las generaciones futuras, y hay imágenes de las obras que han pasado a formar parte de un documental realizado por la televisión pública para celebrar el centenario: obreros excavando tierra, obreros entre el cableado y las aguas y los gases subterráneos, señoras vestidas de época caminando por estrechas plataformas de madera, edificios apuntalados para evitar su derrumbe. El documental provoca envidia. El espectador puede asistir con bastante nitidez a la vida cotidiana de una ciudad en 1900 y nos permite imaginar el esfuerzo que supuso construir algo que hoy parece tan integrado en nuestra cotidianidad. Esas imágenes nos permiten también observar algo que hace del metro de Manhattan algo único. Los ingenieros no siguieron el modelo de excavación profunda que habían realizado los ingleses. La consecuencia es que el traqueteo de los vagones se oye en el silencio de las funciones teatrales, el metro se ve a través de las rejillas de las aceras y levanta las faldas de las mujeres, circunstancia que fue aprovechada golosamente por Billy Wilder.

En 1904 fue inaugurada esa primera línea: "¡De City Hall a Harlem, en sólo 15 minutos!". Los propietarios del The New York Times supieron calibrar cómo el metro ampliaba las fronteras de la ciudad, y trasladaron su redacción al edificio de la calle 42. Tenían una parada de metro a pie de calle que facilitaba la rapidísima distribución del periódico. La presencia del rotativo en la plaza se hizo tan popular que ésta pasó a llamarse Times Square, y no tuvo que pasar mucho tiempo para que fuera el lugar elegido por los ciudadanos para celebrar la llegada del año nuevo.

Pero el temperamento protestón tan singular de los neoyorquinos, enseguida les animó a demandar más líneas para que los otros barrios estuvieran también comunicados con Manhattan. En 1905, el metro llegó al Bronx; en 1908, a Brooklyn; en 1916, a Queens. Estas nuevas arterias provocaron una fiebre inmobiliaria que alivió al sur de Manhattan de su superpoblación y ayudó a la consolidación de los nuevos barrios. Muchos judíos encontraron en el Bronx el paraíso. Allí fue a parar León Trostki junto con su familia durante unos meses en 1917. Son curiosas sus palabras sobre este barrio. Trotski alaba las comodidades que presenta su apartamento en esa zona de clase obrera de Nueva York: ascensor, colector en cada piso para la basura, portero... Maravillas de los barrios nuevos que suponían entonces una promesa de futuro y en los que florecía una nueva conciencia de clase. Por su parte, un agente inmobiliario negro consiguió que gran parte de la población negra que malvivía en el sur de Manhattan se fuera trasladando a Harlem, que pasó a ser algo así como la capital negra del país y el centro neurálgico del jazz, lejos de ese Harlem deprimido de los setenta que ahora, tímidamente, va levantando cabeza tras los desoladores años en los que la droga y la delincuencia fueron las reinas de la vida del barrio.

El trazado del metro de Nueva York, tal y como lo conocemos hoy, fue terminado en 1940, pero había cambiado la vida de sus habitantes mucho antes. Si la playa de Coney Island recibía antes de la llegada del metro a cientos de domingueros, después de la comunicación entre Manhattan y Brooklyn el número ascendió al millón. Las fotos de Coney Island en aquellos años tienen una cualidad cómica y alegre: una playa abarrotada por esa clase trabajadora que se apiña para disfrutar de la gratuidad del sol, del agua salada y del algodón dulce en los puestos de ese parque de atracciones que ahora parece estar en peligro de muerte por la revitalización inmobiliaria de la zona.

Después de tanto tiempo, 67, sin grandes mejoras ni nuevos trazados, ha sido este año cuando el alcalde, Michael Bloomberg, ha puesto la primera piedra de una nueva línea, la que recorrerá el lateral Este de la isla. Pero no es extraño el abandono en el que se encuentran muchas de las instalaciones del metro: Nueva York, que fue a principios del siglo XX la capital del mundo de las obras públicas, dejó desvanecer su capitalidad y hoy vive de las rentas, que son importantes, porque en sus aceras se levanta la arquitectura más prodigiosa del siglo pasado, pero no suficientes. La ciudad es bella y vieja. Dos cualidades que llevaron a Marcelo Mastroiani a definirla como la nueva Venecia. Curiosamente, también hace aguas, como la vieja ciudad italiana. Es tal la cantidad de lluvia que cae sobre sus aceras que al bajar a chorros por las bocas de metro desborda los colectores. Para que la isla no se inunde tiene que ser drenada continuamente por su cuatros costados. A veces parece como si la ciudad tuviera un responsable de mantenimiento chapucero que se dedicara a arreglar todas las averías parcheando aquí y allá. Para una mentalidad europea es milagroso que la ciudad resista sin más contratiempos de los que hay.

Nueva York está decrépita, y el metro es un buen ejemplo de ello. La sensación que provoca en el visitante cuando realiza su primera excursión subterránea es la de aturdimiento: del gran túnel negro entran y salen trenes que más que deslizarse por los cuatro carriles parecen acuchillarlos literalmente, tal es el ruido que hacen a su paso; por las vías negras corretean esas ratas suburbanas que han encontrado allí el hábitat soñado. El visitante las señala y se asusta. El neoyorquino asiste sin perturbarse a eso y a casi todo. Se puede distinguir a un residente de un forastero en la forma de mirar ese sorprendente espectáculo humano que el metro ofrece gratuitamente con la famosa Metrocard, el bonotransporte. Deslizas la Metrocard por la rendija y es como si hubieras pagado la entrada para la gran comedia humana. No se trata solamente de la diversidad racial, a la que uno puede asistir en otras ciudades; es algo más: el metro neoyorquino acoge a los locos urbanos, a mendigos sorprendentes, a buenos músicos que han de pasar examen para tocar en los andenes, a músicos falsos que se cuelan y aporrean las guitarras cantando corridos, a predicadores bíblicos, a una mendiga que se hace elegantísimos trajes de noche con bolsas negras de basura, pero, sobre todo, el metro es el lugar donde la segregación, tan poderosa incluso en Nueva York, se resquebraja. Pobres, ricos, viejos, adolescentes, negros, blancos, de Nueva Jersey, del Bronx o del Soho han de verse las caras bajo tierra. El metro es el elemento cohesionador de una ciudadanía acostumbrada al transporte público, que alquila un coche si es que quiere ir al campo.

Dado el continuo aluvión de viajeros que entran y salen de los vagones, se puede decir que el metro de Nueva York es un lugar seguro; es precisamente la presencia de la gente la que hace difícil que uno se encuentre en una situación arriesgada. Sobre estos asuntos escribió una mujer llamada Jane Jacobs un ensayo imprescindible en defensa de la vida ciudadana a principios de los sesenta. Curiosamente, no era una experta en urbanismo, ni arquitecta, ni ingeniera, ni política. Jane Jacobs fue una activista, vecina del Village, que se dedicó a observar la vida urbana. Y cómo lo hizo. La visión de Jacobs fue tan perspicaz que su libro, Vida y muerte de las grandes ciudades americanas, se convirtió de inmediato en la más poderosa respuesta intelectual a la tendencia de los grandes arquitectos a detestar la vida peatonal. Ellos habían fijado la fecha de caducidad de la vida de los barrios del centro a favor de espacios completamente acotados: el de ocio, el de trabajo y la vivienda. Jacobs despertó muchas conciencias; hay quien dice que el libro causó tal impacto que salvó en gran parte al Village de la garra de los especuladores. Los ciudadanos se movilizaron para defender la vida de las calles pequeñas, su esencia. Este libro, casi un manifiesto en contra de la segregación, se publicó en 1961, pero su mensaje se actualiza cada vez que en una ciudad se construye un barrio con el único objetivo de enriquecer a sus promotores, sin tener en cuenta la necesidad de relación que tendrán sus futuros habitantes. El texto de Jacobs habla de las aceras, pero sus conclusiones son extrapolables a la vida subterránea. El metro sirve porque es seguro; el metro enlaza unas realidades sociales con otras, es un arma contra el aislamiento; el metro permite vivir sin la esclavitud del coche, que ha destrozado ciudades como Miami o Los Ángeles. Su habitabilidad va pareja a la de las calles que tiene encima. Cuando en los años setenta y ochenta Nueva York era una ciudad a punto de tirar la toalla por el altísimo nivel de peligrosidad, el metro acusaba la misma realidad. El cine documentó aquel tiempo en el que todas las paredes de los vagones estaban inundadas de graffitis. Es el metro de la persecución de French Connection o la de aquel jovencísimo Travolta viajando de Brooklyn a Manhattan en Fiebre del sábado noche. Hay quien dice que Nueva York ha perdido su sabor, su esencia, que es ahora una especie de Venecia turística. Probablemente, los que lo dicen no han vivido nunca el desasosiego de la inseguridad. Sentir nostalgia de aquel metro inquietante es un tópico que suelta con relativa frecuencia ese tipo de gente relacionada con la cultura que suelta lugares comunes ignorando que lo son.

Yo me monté por primera vez en el metro neoyorquino en 1991. Ya era un lugar seguro, y aun así me alarmó la violencia del ruido y la visión de ese arca de Noé que transportaba a todas las especies posibles dentro de la humana. Han pasado casi dieciséis años, pero aún hoy cuando deslizo el filo de mi Metrocard sé que estoy pagando por algo más que el transporte. No es un sentimiento de forastera; al neoyorquino (que mira aunque no lo parezca) le ocurre igual. Cada vez que te encuentras con alguien es raro que la conversación no empiece con un: "¿Sabes lo que me ha pasado hoy en el metro?". Son historias que animan conversaciones, que inspiran cuentos o canciones. Una de esas historias, ya legendaria, se me viene a la cabeza: la figura triste de Charlie Parker en 1954, tras la muerte de su hija, tomando el metro para dejarse llevar a cualquier sitio, como uno de esos mendigos que dormitan recorriendo la ciudad, como ese hombre muerto del que los pasajeros, durante días, pensaban que estaba dormido.


Lorca, en Chinatown
Cuatro cosas tiene el hombre que no sirven en la mar: ancla, gobernalle y remos,y miedo de naufragar.
Antonio Machado

Uno de los poetas elegidos para ilustrar los vagones durante el centenario del metro fue Antonio Machado. Quien esto escribe leía con emoción estos versos cada mañana en mis viajes de norte a sur.El metro de Nueva York es el más extenso del mundo. Cuenta con 468 estaciones y funciona 24 horas al día los siete días a la semana. Aunque es conocido como el Subway, casi un 40% de su recorrido transcurre en la superficie, en raíles elevados, acueductos o puentes. Este año, el alcalde ha inaugurado las obras de la nueva línea que descongestionará la parte Este de la ciudad. El metro es, sin duda, uno de los elementos más significativos de Nueva York. Toda una cultura popular gira en torno a su poderosa presencia. Del metro han escrito los neoyorquinos y los visitantes. En 1929, Lorca escribe una carta a sus padres en la que cuenta la excitación que le produce equivocarse de parada y aparecer en Chinatown. El paso de este siglo ha quedado inmortalizado por la fotografía, desde los conmovedores retratos que hiciera Walker Evans en 1938 hasta los que hoy día siguen realizándose clandestinamente. La ropa y las costumbres han cambiado, pero hay un gesto común de ensimismamiento y cansancio que iguala a los pasajeros de todas las épocas.

Elvira Lindo

Hallar a Dios en todo y en todos, y a todos y todo en él

Hallar a Dios en todo y en todos, y a todos y todo en él



Señor, enséñame a encontrarte
en todo lo que me cruzo en mi peregrinación hacia ti,
para que mi deseo de ti
se haga cada vez más fuerte, más completo
y más radicalmente fiel,
y que así mi amor hacia todo y hacia todos,
no deje de crecer siempre más y más,
hacia su pleno resplandor.

Egide van Broeckhoven, sj
Cura obrero fallecido en accidente laboral

Obama y el sueño americano

Obama y el sueño americano


El año pasado dicté un curso semestral en la Universidad de Georgetown, en Washington DC. La gran mayoría de mis estudiantes tenía un absoluto desinterés por la política, con excepción de tres de ellos -dos mujeres y un varón, los tres blancos- que iban a clases con insignias del senador Barak Obama, quien en ese entonces todavía no había anunciado que se presentaría a la pre selección por el Partido Demócrata de su candidato a la Presidencia. Los tres jóvenes se habían ofrecido ya como voluntarios si se confirmaba su candidatura y me los imagino ahora trabajando afanosamente entre los 9.500 voluntarios que, según leo en Time Magazine de esta semana, han realizado la proeza de conseguir para su candidato, a través del teléfono, las cartas y sobre todo el internet, donaciones de 32 millones y medio de dólares en el segundo trimestre de este año, es decir unos l0 millones de dólares más que las obtenidas por Hillary Clinton. Pero acaso esta ventaja no lo diga todo. Lo importante es que la suma alcanzada por Obama procede de pequeñas cantidades enviadas por unas 258 mil personas, la mayoría de medianos y pequeños ingresos, en tanto que la de la senadora neoyorquina se origina en donantes menos numerosos y de más altos ingresos.

Según las encuestas, hoy Hillary Clinton ganaría la nominación demócrata a Barak Obama por 37% a 23%, pero todavía queda mucho pan por rebanar. El factor decisivo puede ser el voto negativo, que es despiadado contra la senadora -la mitad de los electores votarían por cualquiera para impedir que ella ganara- en tanto que la hostilidad del electorado contra el senador es muy reducida y se concentra sobre todo en minorías racistas, en tanto que su radio de simpatía o no antipatía (no es lo mismo) abarca por igual amplios sectores de blancos, negros e hispanos. Todas las encuestas señalan, por ejemplo, que del 12% de votantes que respaldan a John Edwards la gran mayoría apoyaría a Obama si su candidato abandona la partida. Yo, personalmente, creo que sería muy bueno para el Partido Demócrata tener al senador como su candidato y todavía mejor para los Estados Unidos si éste ganara los comicios presidenciales.

La razón mayor que se esgrime en contra de su elección es su falta de experiencia ejecutiva en cuestiones de gobierno. La tenía todavía menos que él John Kennedy cuando fue elegido y en su breve gestión resultó un magnífico estadista que inyectó a la sociedad estadounidense un formidable dinamismo y un contagioso idealismo a toda la generación joven. Y eso es lo que necesita a gritos Estados Unidos después de este período de mediocridad, confrontación y desgarramiento: un líder nuevo, no contaminado con la politiquería menuda, que, trascendiendo la mera coyuntura, hable con un lenguaje genuino y persuasivo de los grandes problemas y sea capaz de transmitir un mensaje de esperanza, de confianza en el sistema y en el futuro, de solidaridad con los que sobrellevan la peor parte de la sociedad de la abundancia, y que toque por igual a los norteamericanos de todas las razas, culturas y estratos económicos. Creo que ningún otro candidato, ni demócrata ni republicano, es capaz de semejante empresa, con la sola excepción de Barak Obama.

Las credenciales de éste y de su esposa Michelle no pueden ser mejores. Hijo de un inmigrante negro africano y de una mujer blanca de Kansas, Obama se educó en Hawai y pasó una temporada larga en Indonesia, donde vivió la experiencia de un país subdesarrollado y musulmán. Gracias a sus méritos consiguió llegar a la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard, donde fue un alumno estrella de la Law School cuya revista dirigió (por elección de toda la escuela, donde tanto los estudiantes blancos como los de color lo apoyaron). Michelle, por su parte, nacida en una familia modesta de Illinois, consiguió también gracias a sus sobresalientes estudios ser aceptada en Princeton y en Harvard, donde se graduó con honores. Ambos se conocieron haciendo trabajo social en las comunidades marginales de Chicago, de modo que, antes de que Barack Obama iniciara su carrera propiamente política, postulando a una representación local, ya llevaban ambos varios años de trabajo comunitario, inmersos en los sectores más violentos, pobres y desesperanzados de la sociedad estadounidense.

Desde que descubrí el entusiasmo de mis tres estudiantes de Georgetown por Obama, del que hasta entonces no sabía nada, he procurado seguirlo, escucharlo y leerlo. No es un político al uso, sino una personalidad singular, excepcionalmente franca y persuasiva, que evita los estereotipos y las banalidades y no vacila en ir contra la corriente en defensa de sus convicciones. Su discurso frente a la comunidad negra, sobre todo, es tan riesgoso como principista: nada de victimismos ni lloriqueos, con todas sus limitaciones el sistema es suficientemente flexible y abierto como para vencer el infortunio, progresar y alcanzar unos niveles de vida decentes. Los negros no deben perder el tiempo lamentándose por los horrores del pasado, sino remangarse las camisas y ponerse manos a la obra para erradicar los males del presente, al igual que los hispanos, los demás inmigrantes y las decenas de decenas de americanos blancos que padecen escasez, abusos o viven por debajo de sus anhelos. El "sueño americano" no es un eslogan, sino una realidad que puede sufrir recesos momentáneos, como el actual, pero puede volver a funcionar como un marco de justicia y libertad para todos si los ciudadanos invierten en ello mucho trabajo e ilusión y los gobernantes dictan leyes justas y saben hacerlas respetar. Los términos claves de su discurso son reconciliación, solidaridad, abrir más y más oportunidades para todos y emprender una lucha implacable contra la corrupción, los favoritismos, el privilegio y el abuso.

El senador Obama estuvo desde un principio contra la intervención armada en Irak, algo que es una credencial ante los votantes de izquierda, pero, sin embargo, sobre este delicado asunto se muestra ahora sumamente pragmático y prudente, pues, en vez de exigir un retiro inmediato e incondicional de las fuerzas militares estadounidenses, propone una salida gradual y correlativa a la cesión de responsabilidades a las autoridades y fuerzas militares iraquíes, a fin de evitar el caos y, sobre todo, el aniquilamiento por los fanáticos de distintos pelajes de ese amplio sector de la sociedad iraquí que apostó por la democratización y se ha visto destrozado a mansalva por los extremistas suníes, chiíes y las distintas sectas y grupúsculos terroristas.

La buena salud del sistema político norteamericano consiste en haber hecho realidad aquello que Karl Popper sostenía era el ideal de una democracia: una institucionalidad que impidiera a los gobiernos hacer mucho daño. Estados Unidos ha tenido algunos malos presidentes, cuyos desafueros dejaron dramáticas secuelas en los ámbitos económicos, sociales y morales. Pero estas consecuencias hubieran podido ser infinitamente peores si el sistema de contrapesos, balances y, sobre todo, la descentralización del poder, de sus instituciones, no hubiera servido de freno y corrección de aquellos errores. Por eso, pese a todo lo malo que se le pueda achacar -y vaya si hay un país sobre la tierra que es sometido a un escrutinio sesgado y feroz por la miríada de enemigos con que cuenta- cada vez ha conseguido rehacerse a sí mismo desde sus raíces. Por eso sigue siendo tan próspero, libre y poderoso.

Aunque no gane la nominación demócrata y por lo tanto quede fuera de la carrera presidencial, Barack Obama ha conseguido ya un logro impresionante: volatilizar aquel prejuicio según el cual pasarían muchas generaciones antes de que un negro pudiera ser elegido presidente de los Estados Unidos. El interesante informe que presenta esta semana la revista Newsweek al respecto es concluyente. Una encuesta nacional llevada a cabo por la Newsweek Poll, da estos sorprendentes resultados: un 92% de las personas consultadas declaran que ellas sí votarían por un negro para la Presidencia y un 59% creen que el conjunto de la sociedad sí está preparada para aceptar un mandatario de color. El mensaje interracial que ha sostenido el senador Obama desde el inicio de su campaña no puede haber dado mejores frutos: pese a haber un candidato de color, la raza no va a ser un factor decisivo a la hora de votar para los ciudadanos norteamericanos en esta elección.

A diferencia de lo que ocurre en otras partes, como América Latina, donde en cada consulta electoral es el sistema mismo el que se pone a prueba, en Estados Unidos, una sociedad con una capacidad autocrítica pugnaz e ilimitada, la confianza en el sistema está sin embargo profundamente arraigada en la inmensa mayoría de la colectividad y quienes lo cuestionan y quisieran erradicarlo han sido siempre minorías insignificantes, sin la menor gravitación electoral, de existencia efímera. Por eso, aunque ha padecido crisis profundas, como el crack del 29 o la era de McCarthy y la caza de brujas, Estados Unidos no ha tenido nunca dictadores y su democracia se ha autoregenerado cada vez, con ayuda de líderes sanos, idealistas e incorruptibles. Ya era hora de que una de estas figuras renovadoras de la democracia americana fuera un joven de piel oscura, salido de uno de esos bolsones sociales deprimidos y conflictivos de la sociedad, al que el sistema permitió, pese a sus taras, superar la adversidad, salir adelante y dedicar su vida a luchar para que otros millones de norteamericanos desfavorecidos pudieran seguir su ejemplo.

Mario Vargas Llosa

Link a barackobama.comShot at 2007-07-16

Perder la razón

ESTABA EN SU derecho, y tenía la obligación de pedir explicaciones; claro que sí. El Gobierno había solicitado a las Cortes autorización para iniciar lo que se ha llamado proceso de paz, y en las Cortes es donde debía haber dado cuenta de las vicisitudes del naufragio. No lo ha hecho, mientras la otra parte del proceso no ha dejado de hablar. De lo que ha ocurrido sólo tenemos hoy un relato, el que ha ofrecido en varias entregas el diario Gara. Será veraz o no, será creíble o no, pero es un relato, una historia contada por un testigo. El Gobierno carece de relato, no sabe qué historia contar y se refugia en una especie de admonición para gentes crédulas: ¿acaso vais a creer más a una banda de terroristas que a un Gobierno democrático? Pues si el Gobierno democrático no nos cuenta nada, ¿qué querrá que hagamos? ¿Nadie recuerda Rashomon? No importa qué pasó; lo que importa es contarlo.

Pero entre tener el derecho y cumplir la obligación de pedir explicaciones y exigir que le entreguen no se sabe qué clase de actas hay un abismo al que el líder de la oposición se ha lanzado de cabeza, perdiendo, como es habitual, el adarme de razón que pudiera asistirle ante la reacción del Gobierno tras la ruptura del alto el fuego. Y esto es lo que resulta inexplicable: esa demostrada contumacia en saltar de la razón parcial a la total sinrazón. Inexplicable porque en éste, como en tantos otros casos, la oposición habría sacado mucho más partido si hubiera regresado al terreno en el que tienen lugar los debates en las democracias -el terreno de centro-, en lugar de permanecer encerrada en el extremo.

Esa política -consuelan a Rajoy los medios amigos- ha confirmado el voto de quienes le votan. Pues menuda hazaña: así se puede pasar toda la vida, confirmando votos ya ganados. Si Felipe González se hubiera dedicado a confirmar el voto de quienes siempre votaban PSOE, nunca habría obtenido mayorías absolutas; si Aznar se hubiera dedicado a cultivar el voto de la derecha montaraz, que era lo suyo por origen y por querencia, el PP nunca habría accedido al Gobierno. Las batallas políticas en las aburridas democracias jamás se ganan desde los extremos; se ganan avanzando por el centro, atrayendo a quienes, por las razones que sean, sienten cierta frustración ante cómo lo hace el partido gobernante -el que ha obtenido la mayoría en las anteriores elecciones- y no les importaría votar a la oposición en las siguientes.

En España, esa franja de electores no es muy amplia: a los votantes españoles les cuesta muchísimo trabajo saltar la línea divisoria izquierda / derecha. Si no pueden votar a los suyos, prefieren abstenerse, a no ser que los otros rebajen todo lo posible su umbral de rechazo. Esto, que lo saben hasta los niños de pecho, hace que generalmente el partido de la oposición muestre su faz más atractiva, o menos hosca, a medida que se acercan las elecciones, abandone los tonos apocalípticos y las posiciones extremas. Tenemos ya una historia de 30 años a las espaldas que siempre va por ahí, enseñando cada vez una lección que hasta los más lerdos han aprendido.

El PP, sin embargo, lleva enquistado en el rincón extremo de la oposición desde que perdió unas elecciones que había dado por ganadas. Como no se ha curado del trauma, pasan los años, uno, dos, tres y ¡venga!, más de lo mismo. Rajoy, Zaplana, Acebes han estado ahí, una y otra vez, confiados en que la emisora episcopal y su diario amigo lograrían convertir a ETA en autora del atentado islamista del 11-M. Como eso ha acabado donde tenía que acabar, ahora quieren las actas de ETA en una muestra de empecinamiento en el error que sólo puede tener una explicación: ni agitar el fantasma ni exigir las actas de ETA son estrategias electorales; es que ellos, los actuales dirigentes del PP, son así; es, como en el escorpión de la fábula, su naturaleza: prefieren matar a la rana que alcanzar la otra orilla.

Por eso les importa un bledo convencer a electores dubitativos: fuera, que no los queremos. Lo que a ellos les importa es que el universo mundo sepa lo que son de verdad: unos extremistas de derechas. Y así van a conseguir dos cosas: que les voten los de siempre y que quienes podrían tal vez, a lo mejor, vaya usted a saber, votarles o abstenerse, acudan solícitos a apoyar al Gobierno. Aunque el Gobierno haya cambiado la canción del proceso por el concierto España octava maravilla y siga sin contarnos lo que pasó.

Santos Juliá

¿Ciudadanos o feligreses?



En los últimos tiempos han proliferado los libros en torno al fenómeno religioso o, más bien, contra la religión: Daniel Dennett, Richard Dawkins, Michel Onfray, Sam Harris, André Comte-Sponville, Christopher Hitchens... En ese catálogo, los autores anglosajones destacan por su agresividad y también por un cierto candor misionero en su refutación de las viejas creencias. Incluso dedican numerosas páginas a demoler las pruebas tradicionales de la existencia de Dios (que no han mejorado desde Tomás de Aquino), empeño que a estas alturas del siglo XXI, y con Hume, Kant y Freud a nuestras espaldas, resulta casi conmovedor de puro antiguo, como bordar fundas para almohadas o algo así. Al parecer dan por descontado que aportando razones lograrán librar a los ilusos de convicciones que, ay, ninguno de ellos ha adquirido por vía racional. Dicho sea en su descargo, los autores citados son más bien científicos (o partidarios de subordinar la filosofía a la ciencia, como antaño fue "criada de la teología"), o sea, expertos en el manejo de los números y en la experimentación con los hechos, pero deficientes en la comprensión de los símbolos.

También hace simpática su irritación la obstinación oscurantista con que los creyentes norteamericanos se emperran en convertir la Biblia en un tratado de geología o de paleontología inspirado por la divinidad. Que hoy todavía, cuando tanto ha llovido ya desde el Diluvio, en el país científicamente más desarrollado del mundo, el llamado "diseño inteligente" tenga el triple de aceptación popular entre la población que lo enseñado por la biología actual sobre la evolución de las especies es como para impacientar a cualquiera. Sobre todo cuando este abuso de piedad tiene efectos prácticos peligrosos, pues uno de cada tres norteamericanos piensa que no es urgente tomar ninguna medida contra el cambio climático porque en esas cosas hay que fiarse de la voluntad de Dios...

Como en Europa tal uso fundamentalista de la religión no es corriente, el acercamiento que incluso los más críticos tenemos al fenómeno de la creencia religiosa suele ser más matizado. A mi libro La vida eterna algunos le han reprochado un planteamiento demasiado comprensivo de la fe (otros muchos lo han censurado por lo contrario, desde luego). Una reseña acaba con gracia lamentando que "a este paso, acabar con la religión nos va a costar Dios y ayuda". La verdad es que no considero tal liquidación un objetivo deseable (además de que lo tengo por imposible). Me parece que la religión es un tipo especial de género literario, como la filosofía, y combatirla como una plaga más sin atender los anhelos que expresa es empobrecedor no sólo para la imaginación, sino hasta para la razón humana. Temo que tan crédulos son quienes utilizan la Biblia para combatir a Darwin como los que dan por sentado que una dosis adecuada de neurociencia disipará todas las brumas teológicas. Además, he vivido lo suficiente para no pretender privar a nadie de ningún consuelo que pueda hallar frente a la desbandada del tiempo y el dolor, aunque yo no lo comparta. El único consejo adecuado que se me ocurre para los que padecen exceso de celo religioso es el que, inútilmente, ya formuló hace mucho Santayana: "Las doctrinas religiosas harían bien en retirar sus pretensiones a intervenir en cuestiones de hecho. Esta pretensión no es sólo la fuente de los conflictos de la religión con la ciencia y de las vanas y agrias controversias entre sectas; es también la causa de la impunidad y la incoherencia de la religión en el alma, cuando busca sus sanciones en la esfera de la realidad y olvida que su función propia es expresar el ideal".

Sin embargo, parece que los jerarcas eclesiásticos no están dispuestos a que nos olvidemos en España de los aspectos más nefastos de la influencia religiosa en el orden social. La campaña contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que incluso lleva a algunos orates de confesionario a promover nada menos que la objeción de conciencia de alumnos y profesores, constituye una muestra abrumadora de la manipulación descarada de la ignorancia popular que ha sido durante siglos marca de la Santa Casa. Se engaña con descaro a la gente diciendo que esta materia interfiere con el derecho de los padres a educar moralmente a sus hijos, que sólo los padres poseen tal derecho y que, si el Estado intenta instruir en valores, se convierte en totalitario o al menos en partidista (esto último por culpa de Gregorio Peces-Barba, al que creíamos un bendito). ¡Cuánta ridiculez! Por supuesto, no faltan los que invocan enseguida a la Constitución en su apoyo. Después de que ciertos abogados del Gobierno de Zapatero nos han enseñado asombrosamente que los ciudadanos españoles tienen derecho constitucional a votar a partidos que excusan o amparan el asesinato de sus adversarios ideológicos, he aquí que los antigubernamentales pretenden que la Constitución reserva el monopolio de la educación moral a los padres, sean de la ideología que fuere. A este paso, la gente terminará cogiendo miedo a la Constitución, a la que se presenta como cueva original de tales disparates...

Afortunadamente, en este caso basta con consultar el texto constitucional para salir de dudas. En efecto, el punto tercero del artículo 27 de nuestra Carta Magna establece que "los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Pero antes, el segundo dice que "la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales". Los padres tienen derecho a formar religiosa y moralmente a sus hijos, pero el Estado tiene la obligación de garantizar una educación que desarrolle la personalidad y enseñe a respetar los principios de la convivencia democrática, etc. ¿Acaso esta tarea puede llevarse a cabo sin transmitir una reflexión ética, válida para todos sean cuales fueren las creencias morales de la familia? También los padres tienen derecho a alimentar a sus hijos según la dieta que prefieran, pero, si el niño a los ocho años pesa 100 kilos o sólo seis, es casi seguro que los poderes públicos intervendrán, porque -más allá de los gustos de cada cual- existe una idea común de lo que es un peso saludable. De igual modo, existe una concepción común de los principios de respeto mutuo y de pluralismo valorativo en que se funda la ciudadanía, y hay que asegurar que sean bien comprendidos por quienes mañana tendrán que ejercerlos. La libertad de conciencia, por fin aceptada por la Iglesia tras perseguirla durante doscientos años, admite perspectivas morales distintas, pero enmarcadas dentro de normas legales compartidas, como mínimo común denominador democrático.

Este planteamiento nada tiene que ver con los excesos del sectarismo izquierdista, como creen o fingen creer los ultramontanos. En su libro La justicia social en el Estado liberal, Bruce Ackerman lo describe así: "El sistema educativo entero, si se quiere, se asemeja a una gran esfera. Los niños llegan a la esfera en diferentes puntos, según su cultura primaria; la tarea consiste en ayudarles a explorar el globo de una manera que les permita vislumbrar los significados más profundos de los dramas que transcurren a su alrededor. Al final del viaje, sin embargo, el ahora maduro ciudadano tiene todo el derecho a situarse en el punto exacto donde comenzó, o puede también dirigirse resueltamente a descubrir una porción desocupada de la esfera". El proyecto de Educación para la Ciudadanía va en esta dirección liberal, y probablemente hará falta cierto rodaje hasta que perfile sus contenidos y los profesores acierten con el método de enseñanza. No todos los manuales serán igual de adecuados (ya rueda alguno deplorable por ahí, junto a otros buenos), pero lo mismo pasa en historia, literatura... o ética, asignatura que nadie consideró totalitaria a pesar de que "competía" con la enseñanza moral familiar.

Lo que me asombra es la postura del PP en este asunto. La presidenta de la Comunidad de Madrid se enorgullece (entrevista en Abc, 1-VII-07) de haber dispuesto de tal modo los asuntos educativos en sus dominios que no se dará Educación para la Ciudadanía. ¡Enhorabuena! Pero ¿qué diríamos si escuchásemos tal muestra de rebelión imbécil a Ibarretxe o Carod Rovira? Si los defensores de la unidad de España -que es la igualdad ante la ley del Estado de Derecho- piensan así, no es raro que prospere el separatismo. Por lo demás, lo de esta asignatura no es más que un síntoma de la complacencia con lo peor del clericalismo y el integrismo antiliberal. Ya he tenido ocasión de leer a César Vidal y a algún otro carca apologías de los gemelos polacos por su firmeza reaccionaria frente al "pensamiento único" progresista. ¿Son realmente éstos los ideólogos de choque del PP? ¿Su proyecto político va a dirigirse hacia la sana y vaticana "polaquización" de España? Pues si es así nada, con su pan se lo coman.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Demasiados Nombres


Se enreda el lunes con el martes y la semana con el año:
no se puede cortar el tiempo con tus tijeras fatigadas,
y todos los nombres del día los borra el agua de la noche.
Nadie puede llamarse Pedro, ninguna es Rosa ni Maria,
todos somos polvo o arena, todos somos lluvia en la lluvia.
Me han hablado de Venezuelas, de Paraguayes y de Chiles,
no sé de lo que están hablando:
conozco la piel de la tierra y sé que no tiene apellido.
Cuando viví con las raíces me gustaron más que las flores,
y cuando hablé con una piedra sonaba como una campana.
Es tan larga la primavera que dura todo el invierno:
el tiempo perdió los zapatos: un año tiene cuatro siglos.
Cuando duermo todas las noches, ¿cómo me llamo o no me llamo?
¿Y cuando me despierto quién soy si no era yo cuando dormía?
Esto quiere decir que apenas desembarcamos en la vida,
que venimos recién naciendo, que no nos llenemos la boca
con tantos nombres inseguros, con tantas etiquetas tristes,
con tantas letras rimbombantes, con tanto tuyo y tanto mío,
con tanta firma en los papeles.
Yo pienso confundir las cosas, unirlas y recién nacerlas
entreverarlas, desvestirlas, hasta que la luz del mundo
tenga la unidad del océano, una integridad generosa,
una fragancia crepitante...


Pablo Neruda