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Interrupción

Interrupción

"Mi ideal", dijo en París el estadounidense Richard Rorty ante un público joven, "es que el mundo fuera como el supermercado de mi barrio: bien pertrechado de mercancías y con entrada libre". Alguien que se decía comunista le replicó: "Señor, el problema del capitalismo no es que sea malo, es que no hay para todos".

La respuesta, proferida hace cuatro años en un congreso sobre globalización política, sonaba a salida ingeniosa. Hoy nos la tomaríamos al pie de la letra porque ha hecho camino la conciencia de que la tierra no puede con todo: sus recursos son limitados, hay daños irreversibles, sin olvidar la amenaza de destrucción por obra del hombre. Al Gore está conmoviendo la conciencia del mundo blandiendo los efectos del calentamiento global, que no es, por cierto, el único ni el mayor de los problemas que amenazan a la vida del hombre sobre la Tierra.

Es una situación nueva que merece ser considerada. Hasta ahora la conciencia crítica se cultivaba en cenáculos o seminarios minoritarios encelados en destripar los secretos de ese gran mito de nuestro tiempo que llamamos progreso. Allí podía uno enterarse de que la autoridad de que disfruta la debe a una triple engañosa propuesta: identificar progreso técnico con progreso moral; predicar que es inagotable y por eso todo el mundo acabará satisfaciendo sus deseos, y afirmar que es imbatible, de ahí que mejor estar de su parte que verse arrollado por su dinámica. Son propuestas engañosas porque, primero, a la vista está que nunca el mundo fue más rico y nunca tantas las desigualdades sociales; segundo, que hoy como ayer el mundo avanza sobre las espaldas de los más débiles, es decir, sigue creciendo el cúmulo de víctimas, y, tercero, esa marcha de la historia es imparable sólo en tanto en cuanto nadie se plantee interrumpirla.

De la campaña mundial del ex vicepresidente de Estados Unidos lo más revelador es haber sabido destapar el doble frente en el que combaten los defensores de ese progreso. Se pelea, por supuesto, donde se hace dinero, llámase pozos de petróleo, despachos de las grandes multinacionales, laboratorios o presupuestos del Estado; pero también allí donde se moldean la cabeza y el corazón de quienes pueblan el mundo que ellos construyen, es decir, en los medios de comunicación, en editoriales, universidades y centros de producción intelectual. Dos guerras simultáneas: una física y otra metafísica o hermenéutica tendente a difundir el mensaje de que no hay cambio climático o que si lo hay será benéfico o que es una fatalidad contra la que nada se puede hacer.

A estas alturas de la historia hay que constatar que el frente físico aguanta perfectamente: los beneficios crecen exponencialmente. Es en el frente hermenéutico donde se aprecian algunas grietas. Empieza a cundir el pánico porque nos sentimos en peligro, de ahí que se insinúe por primera vez la pregunta contra la que iba dirigida la metralla hermenéutica: ¿qué hacer? Porque algo hay que hacer.

Lo que haya que hacer depende de cómo se valore el peligro que amenaza. Los hay que, como el propio Al Gore, proponen una estrategia reformista. Se puede hacer con el calentamiento de la Tierra lo mismo que con los clorofluorocarbucos que minan la capa de ozono: un plan de choque que, sin que nadie lo note, acabe si no reduciéndolos sí estabilizándolos. El problema es que los nuevos daños al planeta Tierra -amenaza nuclear, daños irreversibles a la naturaleza, agostamiento de recursos, crecimiento exponencial de la humanidad, etcétera- están íntimamente relacionados con la economía global. No estamos hablando de efectos colaterales, sino de la misma lógica del sistema, por eso la terapia tiene que ser mucho más radical.

Alguien que entreguerras dedicó su extraordinario talento a perseguir en la historia las huellas de esa lógica "progresista", Walter Benjamin, dejó escrito a modo de testamento esta contundente fórmula: "Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá sean las cosas de otra manera. Quizá consistan las revoluciones en el gesto, ejecutado por la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia".

Hubo un tiempo en el que el término revolución se identificaba con aceleración del tiempo. Frente a una lógica conservadora, empeñada en que nada cambiara, la revolución era la apuesta por recuperar de una vez el tiempo perdido. Lo que Benjamin aprecia es que una vez intronizada esa lógica de cambio caminamos ciegamente hacia ninguna parte. Lo catastrófico no es que este mundo acabe, sino que no haya manera de acabar con esta marcha desbocada. Por eso el gesto radical, a la altura del peligro que corremos, es el de activar la señal de alarma. No aceleración, sino interrupción.

La interrupción de la lógica progresista no significa volver a las cavernas. Es sencillamente saber si hacemos del progreso el objetivo de la humanidad, o a la humanidad el objetivo del progreso. En el primer caso, convertimos al hombre en combustible del progreso, en mero medio al servicio de nuevas conquistas del conocimiento, del enriquecimiento o de la felicidad (de unos pocos); en el segundo, hacemos al hombre medida de todas las cosas y del progreso un instrumento cuyos éxitos no valen el sacrificio de una sola vida humana.

Extraño discurso este de la interrupción. Estamos hechos y educados en la cortesía del discurso políticamente correcto. Hace tiempo que desterramos por estridente todo pensamiento radical. Habría que relacionar hoy esa corrección con la lucha hermenéutica que en el plano de las ideas llevan a cabo los petroleros, constructores, especuladores y, en general, los hombres de la guerra y del negocio. ¿Cómo sacudir ese embrujo y lograr una conciencia que refleje la realidad? No bastan las informaciones de los expertos. Al Gore les representa cumplidamente. Éstos sólo transmiten conciencia de exceso. No pueden cuestionar la lógica del progreso porque eso sería como cortar la rama que nos sostiene. El despertar lo produce, más bien, la conciencia de peligro. Quien ya viva en peligro de ser triturado por la marcha triunfal de la historia es quien puede captar mediante una iluminación fugaz la gravedad de la situación. Y será esa iluminación la que, proyectada sobre el presente, pondrá negro sobre blanco las miserias de nuestro tiempo. Seguramente ya hay quien está emitiendo el mensaje, pero en una onda que nosotros, los hombres blancos civilizados, no conseguimos descifrar.

Reyes Mate es profesor en el Instituto de Filosofía del CSIC.

La hipocresía de EE UU

Al conmemorar, el pasado julio, el 230º aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el presidente Bush observaba que los patriotas que lucharon por la independencia creían que todos los hombres nacen iguales y con unos derechos inalienables. Y más adelante declaraba que debido a esos ideales, Estados Unidos "sigue siendo un rayo de esperanza para quienes sueñan con la libertad y un ejemplo resplandeciente para el mundo de lo que puede conseguir un pueblo libre". Pero al mismo tiempo que hacía esas declaraciones, su Gobierno retenía en la base cubana de Guantánamo a unos 400 prisioneros. Algunos de éstos llevan hoy más de cinco años recluidos, y ninguno ha sido juzgado todavía.

Una fuente de información de la máxima fiabilidad confirmaba el mes pasado que los presos de Guantánamo están padeciendo algo más que detención indefinida. La Oficina Federal de Investigaciónsacó a la luz documentos que demostraban, entre otras cosas, que un agente del FBI había visto "en varias ocasiones" a detenidos "encadenados por los pies y las manos al suelo, en posición fetal", sin un asiento, ni comida ni inodoro. En esas condiciones, "la mayoría se veía obligada a hacerse encima sus necesidades". Así se les dejaba durante 18 o 24 horas, cuando no más.

El agente continuaba diciendo en su informe que en una de estas ocasiones "el aire acondicionado estaba tan alto que el detenido, descalzo, temblaba de frío". En otra ocasión, la celda carecía de ventilación alguna y la temperatura superaba los 38 grados. El detenido yacía en el suelo casi inconsciente, con un puñado de pelos a su lado: "Al parecer, se los había estado arrancando durante la noche".

"Tienes que ver esto", le dijo entre risas un contratista civil a otro agente del FBI. Y a continuación lo condujo a una sala de interrogatorios, donde el agente vio a un hombre de barba y pelo muy largo con una mordaza de cinta adhesiva que "le cubría gran parte de la cabeza". Cuando preguntó cómo le quitarían la cinta, no recibió respuesta.

Otro agente del FBI informó de que había visto prisioneros que permanecían sujetos con grilletes durante más de 12 horas, también expuestos al frío, que eran sometidos durante horas a unas luces estroboscópicas deslumbrantes y al sonido constante de música rap a un volumen atronador, o forzados a envolverse en la bandera de Israel. El informe del FBI constataba estos incidentes y añadía el siguiente comentario: "No parece excesivo dada la política del Ministerio de Defensa".

Varios de los detenidos expresaron a los agentes del FBI que no tenían relación alguna con el terrorismo y que no sabían por qué los habían secuestrado y conducido a Guantánamo. Muchos de los prisioneros no fueron capturados en la guerra de Afganistán. Algunos fueron detenidos en Bosnia, Indonesia, Tailandia, Mauritania y Pakistán.

El Gobierno de Bush afirma que los detenidos son "enemigos de guerra", prisioneros de la guerra global contra el terrorismo -una guerra que se está librando en el mundo entero y que podría durar varias décadas-. El comandante en jefe de las fuerzas especiales destacadas en Guantánamo, el contraalmirante Harry B. Harris, defendía recientemente el trato cruel al que se somete los prisioneros, diciendo que "todos ellos son terroristas; todos son enemigos de guerra".

Pero la CIA ya ha cometido errores antes. Con Murat Kurnaz, por ejemplo, el turco-alemán que quedó en libertad el pasado agosto después de cuatro años de prisión en la base de Guantánamo. Y el caso de Khaled el Masri, un ciudadano alemán de origen libanés, parece ser otro de esos errores. La CIA lo detuvo en Macedonia, lo trasladó a Afganistán y lo interrogó durante cinco meses, tras lo cual lo dejó en libertad sin cargos. Un tribunal alemán acaba de dictar una orden de detención de los implicados en su secuestro.

Si existen los derechos humanos, el derecho a no ser detenido indefinidamente sin juicio es indudablemente uno de ellos. La Constitución norteamericana hace especial hincapié en ese derecho y establece en la Sexta Enmienda que en todos los procesos criminales, "el acusado disfrutará del derecho a ser juzgado rápida y públicamente por un jurado imparcial", del derecho a "ser informado de la naturaleza y la causa de la acusación" y del derecho "a encontrarse cara a cara con quienes testifican en su contra". A ninguno de los reclusos de Guantánamo le han sido otorgados estos derechos, de tal modo que nunca ha quedado probado, conforme a los principios establecidos en la Constitución estadounidense, que sean realmente terroristas.

Pero la Sexta Enmienda no ampara a los presos de Guantánamo porque no son ciudadanos estadounidenses y se encuentran en un recinto que, técnicamente, no forma parte del territorio de Estados Unidos, aunque esté bajo el control absoluto del Gobierno americano.

Al margen de lo que digan los tribunales estadounidenses, andar secuestrando gente por el mundo, encerrarla durante años sin haber demostrado previamente su culpabilidad y someterla a los peores abusos, constituye una violación flagrante de la ley internacional. Y es, además, simple y llanamente una injusticia, cualesquiera que sean los principios de justicia que se consideren.

"Aquel que quiera salvaguardar su libertad tendrá que proteger de la opresión incluso a sus enemigos, pues si no cumple con este deber, estará estableciendo un precedente que se volverá contra él", escribía Tom Paine, el gran revolucionario estadounidense autor de Los derechos del hombre. Sólo con que siguiera este consejo, Estados Unidos podría ser un rayo de esperanza y un ejemplo resplandeciente. Pero mientras siga reteniendo prisioneros a los que maltrata y niega un juicio justo, esos ideales que dicen profesar los estadounidenses no dejarán de sonar como la mayor de las hipocresías al resto del mundo.

Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton.

Cerremos Guantánamo

La seducción inexplicable

Reseña del libro Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía,democracia de Félix Ovejero Lucas.

El economista y sociólogo Félix Ovejero aborda en este ensayo las razones por las que un sector de la izquierda española se ha aliado con formaciones nacionalistas en una estrategia para arrinconar al Partido Popular. Actualmente abundan los libros acerca de misterios esotéricos, sectas diabólicas, enigmas de otros mundos (aunque están en éste), conspiraciones rocambolescas, templarios varios y otros secretos indescifrables. Pero la obra que aquí reseñamos versa sobre un jeroglífico más impermeable al sentido común que cualquiera de ellos: la abducción de la izquierda hispánica por los nacionalismos separatistas, cuanto más radicales mejor. A diferencia de otros raptos extraterrestres, éste suele ser negado por quienes lo han sufrido: protestan que ellos no son en absoluto nacionalistas, todo lo contrario, aunque -eso sí- apoyan a los nacionalistas, hablan como los nacionalistas, votan junto a los nacionalistas, forman "mayorías de progreso" (sic) con los nacionalistas, aborrecen a los adversarios del nacionalismo y, pese a que ellos son de izquierdas pero no nacionalistas, aceptan que los nacionalistas son de izquierdas... o más de izquierdas que quienes no son nacionalistas. Mysterium tremendum! De los pocos rasgos inequívocos que tenía la izquierda en nuestro país -el antinacionalismo y el anticlericalismo, dos insignias de cordura histórica en España- ya ha perdido clamorosamente la primera y puede que la segunda, Alá mediante, se desvanezca en altares multiculturales dentro de no mucho. Aún les queda, eso sí, la nacionalización de la banca, pero últimamente se les oye hablar poco del asunto.

A tratar esta insoluble perplejidad, entre otros temas anexos, va dedicado este libro, cuyo título alude a una genial viñeta de El Roto que figura como epígrafe. Su autor, Félix Ovejero, es economista y sociólogo de la política: desde hace veinte años profesor en la Universidad de Barcelona, antes lo fue también en Estados Unidos. Pero además es uno de los promotores de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía y Contra Cromagnon puede considerarse, entre otras cosas, como una fundamentación teórica de la posición frente al nacionalismo de este imprescindible nuevo partido político. En esta clave les vendría bien leerlo para despejar telarañas mentales a los que siguen preocupados por el "españolismo rancio" de quienes se oponen al disparate separatista, tanto en su versión hard como light (me encanta ese calificativo, "rancio", para descalificar a los adversarios del regreso a Cromagnon).

El libro se abre con demorados ensayos sobre el nada transparente concepto de "nación" (que la moda estatutaria española otorga a voleo) y las principales posturas teóricas sobre el asunto: la del liberalismo, que establece las fronteras como límites de propiedad y considera al Estado-nación un club de propietarios; el comunitarismo, que establece las fronteras según la identidad y trascendentaliza el demos como destino compartido ("unidad de destino en lo universal", dijo un precursor); y el republicanismo, cuyas fronteras son cimientos para asegurar justicia y libertad, es decir, ciudadanía. Esta última es la postura que evidentemente prefiere Félix Ovejero, heredero de una tradición ilustrada y marxista bien asimilada.

El marco genérico de estas reflexiones está enriquecido constantemente por análisis más concretos y pormenorizados de bastantes de las polémicas del día. Es saludable la contundencia argumental con que desmonta algunos de los más tontiformes lugares comunes, como la beatería multicultural ("si importan las culturas es porque importan las personas. No al revés. Que una cultura deba preservarse simplemente porque existe, no puede ser nunca un argumento atendible para quienes constatan que buena parte de las ’culturas’ humanas han estado asentadas en la discriminación y en la explotación") y las políticas de supuesta "normalización" lingüística en nuestro país, que con el pretexto de liquidar el monolingüismo imperial franquista lo reproducen en porciones, como los quesitos de La vaca que ríe.

Después de estas piezas más extensas, Félix Ovejero incluye una serie de artículos publicados en EL PAÍS sobre aspectos de la elaboración y debate del estatuto catalán, lo que podríamos llamar la "psicopatología de la vida cotidiana" nacionalista y los inicios del movimiento que después fue Ciutadans. Son ágiles y están persuasivamente razonados... aunque sólo para aquellos lectores que se interesen por la persuasión argumental en lugar de resolverlo todo etiquetando despectivamente al crítico incómodo.

Uno de estos trabajos breves, especialmente interesante, se titula "La izquierda, de la igualdad a la diferencia". Y éste es también el tema de lo que yo considero el texto más notable de todo este notable libro, la magnífica entrevista que Miguel Riera -director de El Viejo Topo- realiza a Ovejero sobre la cuestión de la izquierda seducida por el nacionalismo. La entrevista (seguida por una ponderada objeción parcial de Laurentino Vélez-Pelligrini, así como por la respuesta de Ovejero) es un material de reflexión de primera categoría. Se establecen bien las incompatibilidades de un pensamiento ilustrado y progresista con la faramalla nacionalista y quedan flotando las razones últimas de esta sorprendente colusión. Sin la pretensión de zanjar el asunto aporto dos vías de explicación, una que apunta hacia lo sublime (siempre cercano a lo ridículo) y otra a lo más oportunista, incluso rastrero. Por elevación: cierto izquierdismo siempre ha estado más atento a la subversión del "sistema" (abstracción cuyos rasgos diabólicos dibuja cada diez o quince años según un esquema convenientemente irrefutable y al que sólo respalda la perpetua deficiencia del mundo) que a la protección de los derechos de las personas, por lo visto demasiado egoístas para su elevado criterio. Por oportunismo rastrero: el apoyo de la izquierda a los nacionalismos es una mera estrategia electoral de poder para marginar a la derecha competidora, el PP. Se está viendo en la reforma de los estatutos more nacionalista, que quizá no deshagan España (como repiten satisfechos los turiferarios del Gobierno) pero evidentemente en nada mejoran tampoco la convivencia en ella, ni responden a exigencias populares sino a una simple componenda con las ambiciones locales para garantizar la perpetuación en el gobierno central o recibir algo de la pedrea clientelista autonómica (véase el ejemplo paradigmático de Esker Batua). Sea como fuere, es válida la conclusión de Ovejero: "La mayor renuncia intelectual de nuestra izquierda ha sido sustituir el lenguaje de los derechos, la justicia y la ciudadanía, por la frágil mitología nacionalista de las identidades y los pueblos. Si únicamente se tratara de palabras, poco importaría. Pero hemos aprendido hace ya tiempo que las palabras condicionan las vidas. Por lo general, de mala manera".

Fernando Savater

El alcohol daña el cerebro adolescente

El alcohol daña el cerebro adolescente


La mitad de los jóvenes que empiezan a beber antes de los 14 años desarrollará dependencia


Los adolescentes han bebido alcohol durante siglos, pero el que hasta ahora había sido un debate social y moral podría no tardar en centrarse en la neurobiología. Los costes de un consumo elevado a una edad temprana parecen ir mucho más allá del tiempo que roba el alcohol a los deberes, el riesgo de peleas o accidentes y las dificultades que añade al crecimiento. Cada vez más investigaciones indican que el alcohol provoca más daños al cerebro en desarrollo de los adolescentes de lo que se solía creer, y les causa unas lesiones significativamente mayores que al cerebro de los adultos. Aunque son preliminares, los hallazgos han echado por tierra la suposición de que la gente puede beber mucho durante años sin sufrir lesiones neurológicas significativas. Y la investigación incluso apunta a que un gran consumo de alcohol a una edad temprana podría socavar precisamente las capacidades neurológicas necesarias para protegerse del alcoholismo.

Los nuevos descubrimientos pueden ayudar a explicar por qué las personas que empiezan a beber a una edad temprana corren un enorme riesgo de convertirse en alcohólicas. Según los resultados de un sondeo realizado en Estados Unidos entre 43.093 adultos y publicado el 3 de julio en Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, un 47% de las personas que comienzan a beber alcohol antes de los 14 años desarrollan una dependencia en algún momento de su vida, en comparación con un 9% de aquellos que esperan como mínimo hasta los 21 años. La correlación se mantiene incluso cuando se tienen en cuenta los riesgos genéticos de alcoholismo.

La prueba más alarmante de daño físico proviene de experimentos de laboratorio con cerebros de ratas adolescentes sometidos a grandes cantidades de alcohol. Esos estudios observaron importantes daños celulares en el cerebro anterior y el hipocampo. Y, aunque no está claro hasta qué punto pueden aplicarse directamente esos hallazgos al ser humano, existen ciertas pruebas que indican que los alcohólicos jóvenes pueden sufrir déficit análogos. Por ejemplo, los estudios realizados durante los últimos ocho años por investigadores de San Diego descubrieron que los adolescentes alcohólicos obtienen malos resultados en pruebas de memoria verbal y no verbal, concentración y ejercicio de las habilidades espaciales, como las necesarias para leer un mapa o montar una estantería.

"Ahora no cabe duda de ello: el consumo excesivo de alcohol en la adolescencia entraña consecuencias cognitivas a largo plazo", afirma Aaron White, catedrático adjunto de investigación del departamento psiquiátrico de la Universidad de Duke y coautor de un estudio reciente sobre consumo extremo de alcohol en campus universitarios. "Evidentemente, hace cinco o 10 años no sabíamos que el alcohol afectaba al cerebro adolescente de forma distinta", señala White, que también ha participado en la investigación de Duke sobre los efectos del alcohol en ratas adolescentes. "Ahora existe una sensación de urgencia. La situación es la misma que cuando todo el mundo se dio cuenta de lo malo que era que las mujeres embarazadas tomaran alcohol".

Una de las dos zonas cerebrales que se sabe que se ven afectadas es el hipocampo, una estructura crucial para el aprendizaje y la memoria. En 1995, el grupo del neuropsicólogo Scott Swartzwelder del Duke y el Veterans Affairs Medical Center de Durham, al que pertenece White, observó que las ratas que se encontraban bajo los efectos del alcohol tenían muchos más problemas que las ratas adultas achispadas cuando se les pedía repetidamente que localizaran una plataforma sumergida en una bañera de agua turbia y que nadaran hasta ella.

Swartzwelder afirma que es probable que en adolescentes humanos unos mecanismos neuronales análogos expliquen las lipotimias, una pérdida de memoria para los acontecimientos que se producen durante una noche de gran consumo de alcohol sin pérdida del conocimiento.

Toren Volkmann, de 26 años, es un estudiante de la Universidad de San Diego que a los 14 años empezó a beber copiosamente casi todos los fines de semana, y a los 24 años ingresó voluntariamente en una clínica para someterse a un programa de tratamiento del alcohol. "Para mí era algo habitual padecer una lipotimia al menos una o dos veces cada fin de semana cuando estaba terminando el instituto, y por supuesto en la universidad; no le daba ninguna importancia", dice Volkmann, coautor, junto con su madre, Chris, de From binge to blackout [De la borrachera a la lipotimia].

Otras investigaciones han descubierto que, aunque las ratas adolescentes alcohólicas se vuelven más sensibles a la discapacidad de la memoria, sus células del hipocampo responden menos que las de los ejemplares adultos al neurotransmisor ácido gamma-amino-butírico (GABA, siglas en inglés), que ayuda a inducir tranquilidad y somnolencia. Este mecanismo celular puede ayudar a explicar la observación que realizaba Jack London en John Barleycorn: las memorias alcohólicas de que cuando era un adolescente podía seguir bebiendo mucho tiempo después de que sus compañeros adultos se hubieran quedado dormidos.

"Sin duda, algo cambia en el cerebro cuando está expuesto al alcohol de forma temprana", dice Swartzwelder en una entrevista. "Es un arma de doble filo y ambos filos son malos. Los adolescentes pueden beber mucho más que los adultos antes de estar lo bastante dormidos como para dejarlo, pero por el camino están perjudicando sus funciones cognitivas con mucha más intensidad".

En 1998, Sandra Brown y Susan Tapert, psicólogas clínicas de la Universidad de California, San Diego, descubrieron que los jóvenes de 15 a 16 años que dijeron haberse emborrachado como mínimo en 100 ocasiones obtuvieron unos resultados significativamente peores que sus compañeros abstemios en pruebas de memoria verbal y no verbal. Los adolescentes, que estuvieron sobrios durante las pruebas, se habían emborrachado un promedio de 750 veces a lo largo de sus cortas vidas. "El consumo elevado de alcohol durante la adolescencia está asociado con unos déficit cognitivos que empeoran si dicho consumo prosigue hasta la adolescencia tardía y los primeros estadios de la vida adulta", afirma Tapert.

Dos estudios con resonancia magnética, uno de ellos realizado por Tapert, han descubierto que los adolescentes que consumen mucho alcohol presentan un hipocampo significativamente menor que el de sus homólogos sobrios. Pero, según los investigadores, también es posible que quienes consumen mucho alcohol tuvieran un hipocampo más pequeño incluso antes de empezar a beber. Los adolescentes que consumen mucho alcohol también podrían utilizar el cerebro de forma distinta para compensar sutiles lesiones neurológicas, dice Tapert. Un estudio publicado en 2004 que utilizó resonancias magnéticas funcionales, observó que los adolescentes que abusan del alcohol y que se sometieron a una prueba espacial mostraron una mayor activación de las regiones parietales del cerebro, hacia la zona anterior del cráneo, que los adolescentes abstemios.

Tapert plantea la hipótesis de que cuando los bebedores son más jóvenes, el cerebro ha sido capaz de reclutar a zonas más amplias para esa tarea. "Éste es un cálculo bastante fiable de los primeros estadios de un trastorno neuronal sutil, y es probable que se pueda rectificar si la persona deja de beber", señala.

Trastornos en la motivación

Además de en el hipocampo, el alcohol también parece provocar daños graves en las zonas frontales del cerebro adolescente, que son cruciales para controlar los impulsos y reflexionar sobre las consecuencias de las acciones, unas capacidades de las que carecen muchos adictos y alcohólicos de todas las edades.

En 2000, Fulton Crews, un neurofarmacólogo de la Universidad de Carolina del Norte, sometió a ratas adolescentes y adultas al equivalente a una borrachera de cuatro días y luego les practicó una autopsia, seccionando el cerebro anterior y rociándolo con una solución de plata para identificar neuronas muertas. Todas las ratas presentaron algunas células muertas en el cerebro anterior, pero el daño fue como mínimo el doble de grave en el cerebro anterior de las ratas adolescentes, y se produjo en algunas zonas que quedaron totalmente intactas en los ejemplares adultos.

"El alcohol provoca un trastorno en algunas zonas del cerebro esenciales para el autocontrol, la motivación y la fijación de metas", afirma Crews, y puede agravar vulnerabilidades genéticas y psicológicas ya existentes.

"El consumo temprano de alcohol afecta a un cerebro sensible de un modo que fomenta la progresión hacia la adicción", añade.

"Supongamos que usted ha sido detenido por conducir borracho y ha pasado varios días en la cárcel", comenta Crews. "Usted diría: ’No pienso volver a ir a toda velocidad ni conducir bebido’, porque tiene la capacidad de sopesar las consecuencias y la importancia de una conducta. Eso es exactamente lo que los adictos no hacen".

Katy Butler (NYT)

Profesionales desde la guardería

Por Juan Manuel de Prada

ME ha parecido, lisa y llanamente, espectacular la entrevista a Joaquín Leguina que Ángel Collado publicaba ayer en las páginas de este periódico. A la intención del entrevistador se suma la inteligencia afilada y levantisca del entrevistado, y el resultado no puede resultar más suculento; tanto que, por momentos, el lector -habituado a rumiar la insípida alfalfa de los políticos, tan predecibles siempre-tiene que pellizcarse a cada poco, para confirmar que no está soñando. No he cultivado la amistad de Leguina, pero en las escasas ocasiones en que hemos compartido conversación, y sobre todo en la lectura de sus novelas, he descubierto a un hombre leal a sus convicciones, de una honradez intelectual que resulta chocante tanto entre políticos como escritores; un hombre capaz de enjuiciar la realidad desde el conocimiento profundo de la naturaleza humana y, desde luego, un socialista a la antigua usanza, probo y cultivado, como uno se imagina que debieron de ser los institucionistas. Aunque en sus declaraciones a la prensa pueda parecer a veces mohíno o escocido por haber sido apartado de la primera línea política, siempre me ha parecido que íntimamente agradece -aunque cultive cierta pose gruñona- este apartamiento, que le permite dedicar más tiempo a su vocación literaria. Quizá ejemplifique mejor que nadie la incompatibilidad entre el vuelo de la inteligencia y la cerrazón mental que postula el sistema de partidos.

En la entrevista de Ángel Collado ensarta algunas afirmaciones que aúnan lucidez y socarronería. Dispara sus venablos contra el partido de la oposición y también contra el Gobierno, o, por mejor precisarlo con sus propias palabras, «el grupo de Rodríguez Zapatero». En algunos pasajes demuestra una envidiable disposición para el aforismo sarcástico: «Algunos políticos no quieren entrar en la historia, sino en el libro Guinness». Reflexionando sobre las escasas posibilidades electorales de algunos candidatos socialistas, desliza una maldad antológica: «Proceden de la misma cantera, la de los amigos del presidente del Gobierno. Una cantera interesante, sobre todo para Zapatero». Toda la entrevista es un festín de la inteligencia díscola, la inteligencia que no se deja apacentar y prefiere pastar en prados sin alambradas.

Pero donde Leguina muestra mayor capacidad crítica es cuando enjuicia la degeneración de la casta política: «Una persona que se dedica a la política tiene que tener alguna experiencia fuera de la política, tiene que haber cotizado a la Seguridad Social por cuenta ajena o propia, tiene que saber cómo funciona una empresa o una institución pública, haber hecho unas oposiciones o trabajado de albañil o ingeniero de caminos. Eso de meterse desde niño a cobrar de un partido y llegar hasta arriba no es bueno». Este juicio tan atinado podría entenderse malévolamente como una diatriba contra Zapatero, que encarna a la perfección tan lastimoso modelo, pero Leguina pica mucho más alto: está denunciando el mal que corrompe nuestra democracia, la enfermedad que cada día la hace más vulnerable y acabará provocando el hastío y el desentendimiento de los ciudadanos.

Cada vez es más frecuente la figura del político de currículum huérfano. Haraganes que nunca han destacado en nada, que nunca se han tenido que ganar el pan con el sudor de su frente, chupópteros que desde la juventud se arrimaron a unas siglas para medrar, profesionales de la política sin oficio ni beneficio, una caterva de inútiles que cobijan su mediocridad en la burocracia de los partidos, sin más mérito que su adhesión ciega a unas consignas y su habilidad simultánea para la obediencia y el arribismo. Personajillos de escaso fuste que entienden la política como un enchufe vitalicio; alfeñiques que, como nunca han estado en contacto con la vida, terminan convirtiendo la política en un experimento de laboratorio y fabricando problemas artificiosamente allá donde no existían, olvidados de las necesidades reales de la gente. Los hay a patadas en cualquier formación política; y entre todos están consiguiendo arrinconar a quienes, como Leguina, entienden la política como una pasión cívica. Esta ralea acabará jodiendo el invento; y entonces ya será tarde para lamentaciones.

Juan Manuel de Prada

Dos mujeres contra el odio

La madre del etarra De Juana fue cuidada antes de morir por la viuda de un comandante del Ejército asesinado por ETA

por Pablo Ordaz


Todas las tardes, dos mujeres mayores se sientan frente a frente en el salón de un piso del barrio de Amara de San Sebastián. Son vecinas y consuegras. Una de ellas le va dando con una cucharilla y mucha paciencia un yogur de café a la otra, enferma de Alzheimer. La primera es viuda de un comandante asesinado por ETA en 1977. La segunda es la madre del terrorista Iñaki de Juana Chaos.

La escena se repite cada día durante el último año y medio hasta que, el 27 de enero, Esperanza Chaos Lloret muere. Tenía 83 años y había nacido en Tetuán, donde su padre, un militar del Ejército español, estaba destinado entonces. Luego se casaría con un médico, Daniel de Juana Rubio, oriundo de Miranda de Ebro (Burgos), que también hizo la guerra como teniente asimilado en las tropas de Franco, por lo que fue condecorado con una medalla de campaña, dos cruces rojas y una cruz de guerra. De todo ello da fe un carné de Falange Española y de las Jons expedido el 16 de octubre de 1943 donde aparece sonriente a sus 35 años. Daniel de Juana y Esperanza Chaos tuvieron dos hijos, Altamira y José Ignacio, que nacieron y se criaron en una casona de Legazpia donde el doctor pasaba consulta a los trabajadores de Patricio Echeverría, una de las principales acerías de Guipúzcoa. La vivienda estaba al lado de la casa cuartel de la Guardia Civil y por las tardes José Ignacio jugaba al fútbol con los hijos de los guardias.

-Soy Chacho, hola mamá.

Durante las dos últimas décadas, unas veces los lunes y otras los miércoles, el terrorista Iñaki de Juana Chaos, encarcelado en las prisiones más alejadas de Euskadi por asesinar a 25 personas -entre ellas 17 guardias civiles-, empleaba esa fórmula, casi siempre la misma, para iniciar la conversación con su madre. Los cinco minutos reglamentarios de charla versaban sobre cuestiones banales, el tiempo o un jersey verde que el terrorista quería que su madre le hiciera llegar, pero jamás hablaban de política y mucho menos de ETA. Sencillamente porque Esperanza Chaos, a la que en familia llamaban Nina, nunca justificó los crímenes de su hijo ni formó parte del colectivo de apoyo a los presos de ETA. Tampoco llegó a saber jamás qué o quiénes influyeron en él para que, a principios de los 80, abandonara su trabajo en la Ertzaintza y se fugara a Francia.

Cuentan personas que la quisieron mucho que Esperanza se cayó redonda al suelo el 16 de enero de 1987 cuando le contaron que a su hijo lo acababan de detener en Madrid. La fotografía que al día siguiente vio publicada en los periódicos no se parecía en nada a las que de él guardaba en el álbum familiar. En ellas aparece de corbata en el bautizo de su sobrina o jurando marcial la bandera española tras el periodo de instrucción en Alcalá de Henares. Nada en la trayectoria del hijo hacía presagiar un futuro cercano a ETA. Más bien al contrario. Cuando De Juana regresó del servicio militar llevaba consigo un diploma, expedido por el Ayuntamiento de Madrid el 27 de mayo de 1977, en reconocimiento por su valiente lucha contra un incendio que sufrió la capital entre el 15 y el 20 de abril de aquel año. Más tarde, ingresó en la segunda promoción de la policía autonómica vasca. "Aún faltaban unos años", recuerda un familiar, "para que De Juana, muy propenso siempre a los amoríos, se ennoviara con una enigmática mujer llamada Helena y residente en Bayona".

El caso es que Esperanza Chaos jamás volvió a ver a su hijo en libertad. Ya por entonces viuda, inició una difícil carrera por mantener viva su relación con su hijo al tiempo que rechazaba una y otra vez las invitaciones para integrarse en el colectivo de apoyo a los presos de ETA. La madre del terrorista más famoso recorrió más de 300.000 kilómetros en coche -le aterrorizaba el avión- para ver a su hijo preso. Su llegada a las distintas cárceles, según recuerdan funcionarios de prisiones, nunca pasó desapercibida. "Venía como a una boda, con anillos y collares, elegante y alegre, siempre educada y cordial con nosotros, nada que ver con el carácter frío ni la mirada agresiva del hijo ni mucho menos con la actitud desafiante de la mayoría de los familiares de presos de ETA". En una ocasión, un guardia civil, aun sabiendo a quién iba a visitar, se atrevió a pegar la hebra con ella.

-De Tetuán, ¿eh? O usted es hija de funcionario o de militar.

-De militar, agente.

-Pues permítame que la acompañe.

La última vez que vio a su hijo fue el 7 de julio de 2005, en la cárcel madrileña de Aranjuez. Esperanza ya apenas podía caminar. Había seguido manteniendo la costumbre de mandarle 150 euros mensuales, que rebañaba con trabajo de su pensión, e incluso llegó a hablar con un taxista de San Sebastián para que fuera a recogerlo en cuanto obtuviera la libertad. Pero entre las nieblas del Alzheimer y una mano oportuna que apagaba la televisión en el momento justo, Esperanza se fue alejando de la realidad de su hijo en huelga de hambre.

Las dos ancianas están sentadas frente a frente. Una se quedó viuda el 2 de enero de 1977, a las ocho y media de la mañana. Tres pistoleros de ETA se apostaron frente a su marido, el comandante del Ejército José María Herrera, y lo acribillaron con disparos de metralleta en la misma puerta de su casa. Pasado el tiempo, el hijo del militar se casó con una muchacha llamada Altamira de Juana. La anciana enferma es precisamente la madre de Altamira y de Iñaki de Juana Chaos.

Lo que une a estas dos mujeres, más allá de la familia o incluso de la fatalidad de una vida marcada por ETA, es el interés común, tácito, de que el odio no prolongue el trabajo de las pistolas. El País Vasco también está lleno de historias así. Madres de hijos que matan y mujeres de hombres que mueren tejiendo una red invisible de afecto imposible de fotografiar, indetectable para el radar de los telediarios.

Al día siguiente del fallecimiento de la madre del terrorista, las asociaciones vinculadas a los presos de ETA publicaron en Gara hasta 10 esquelas en su memoria. Una de ellas aparecía firmada por "Helena", la enigmática mujer de Bayona. En todas se refieren a Esperanza Chaos como "la madre de un preso político vasco". Tal vez ignorando, o tal vez no, que la única familia política de Esperanza Chaos era, lo que son las cosas, la viuda de un militar asesinado por ETA.

El País

Tu rostro en cada esquina

Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.

Señor, que vea…
… que vea tu rostro en cada esquina.

José M. R. Olaizola

Pastoralsj

Contra la corriente

Contra la corriente

Los temas polémicos acostumbran a provocar irritación y malentendidos. Es casi normal que un artículo que plantea un debate enfade a algún lector, sea objeto de lecturas interlineales y dé lugar a juicios de intenciones. Hace poco, un artículo mío en estas páginas (¿Demasiada democracia? 20-11-2006) acerca de los peligros que pueden acarrear los excesos de la democracia provocó la protesta de uno, porque no se citaba a Franco donde le parecía oportuno, y de otro, porque veía en él una defensa del autoritarismo. Algunos me han dicho de palabra que cómo un viejo demócrata como yo escribía ahora "contra la democracia". Muchos pensarán, en vista de las airadas reacciones que provoca el intentar suscitar discusión, que el precavido y sensato debe evitar los temas polémicos. Nada más lejos de mi opinión. Yo creo que el deber de un articulista que se pretende "intelectual" es acometer temas controvertidos aun a riesgo de causar la ira de algunos, si con ello hace reflexionar a otros.

Quien canta las excelencias de la democracia en un país democrático donde la inmensa mayoría se proclama demócrata sin duda cosechará parabienes, pero contribuirá muy poco a estimular la actividad mental de los lectores y, por ende, a resolver los innegables problemas de esa democracia que tanto se ensalza. Plantear los problemas de la democracia durante la dictadura de Franco hubiera agradado a muchos entonces, pero hubiera sido abyecto. Correlativamente, cantar ditirambos democráticos en la España de hoy se me antoja, por decirlo suavemente, superfluo. Ya va estando uno un poco hastiado de estos intrépidos progresistas que combaten el franquismo con treinta años y pico de retraso.

Un articulista responsable, en lugar de hacer leña en árboles caídos, debe defender posiciones minoritarias, debe tratar de convencer antes que de agradar; en definitiva, debe escribir "contra la corriente"; y contra lo corriente, que viene a ser lo mismo.

Yo creo, parafraseando a Churchill, que la democracia es un mal sistema de gobierno, pero que las alternativas son aún peores. Ello quiere decir que hay que apoyarla, pero sin excesivas ilusiones. Al fin y al cabo, la sociedad de los hombres dista mucho del Jardín del Edén y su gobierno no puede ser todo luz y armonía. Creo también que no hay una, sino muchas formas de democracia, que unas son mejores que otras, y que estudiar sus defectos y problemas no sólo no perjudica a la institución, sino que puede fortalecerla.

Decir que se corre el peligro de un exceso de democracia no significa reclamar un aumento del autoritarismo, sino recomendar medidas que incrementen la estabilidad de la institución democrática, dotándola de un mejor y más potente sistema de límites y contrapesos (los checks and balances anglosajones, sobre los que teorizó "el celebrado Montesquieu", como le llamaba James Madison). Abundan los ejemplos históricos en que un exceso de democracia puso en peligro la continuidad del régimen. Ocurrió así con las dos repúblicas españolas (1873-1875 y 1931-1936), por mucha simpatía que tales regímenes nos inspiren a muchos. En el Chile de Allende, del que tanto se ha hablado últimamente con motivo de la muerte de Pinochet, los excesos democráticos crearon un ambiente enrarecido que favoreció el golpe del general y dejó aislados a los grupos que lo resistieron. Se podrían aducir muchos más, pero el contraejemplo de la naciente república norteamericana es interesante. La rebelión contra la monarquía inglesa en 1776 provocó en las ex colonias tal revulsión anti-autoritaria que las trece se proclamaron soberanas e independientes, y la mayoría de ellas se dieron regímenes asamblearios, con ejecutivos y judicaturas muy débiles. Los excesos democráticos debilitaron seriamente al esfuerzo bélico contra Inglaterra. Si la guerra duró casi ocho años y exigió la ayuda decisiva de Francia y España, fue por el caos fiscal que la organización ultrademocrática causó. Consumada la independencia, la anarquía no hizo sino aumentar, lo que indujo a un grupo de distinguidos revolucionarios, como Washington, Madison, Hamilton o Franklin, a proponer la Constitución Federal que acabó proclamándose, con grandes dificultades y en medio de amargos debates, en 1787. Fue la primera Constitución escrita en la historia y uno de sus muchos logros fue el consagrar el principio de la separación de poderes, piedra angular de la democracia moderna. Como establecía una presidencia relativamente fuerte y un Estado nacional federal unitario, la primera constitución democrática de la historia fue tachada de autoritaria por numerosos contemporáneos. En general para los ultrademócratas, para los revolucionarios y para los mesiánicos, esto de la separación de poderes es un engorro poco democrático que impide o dificulta llevar a cabo un programa radical o revolucionario.

En España hoy corremos el peligro de desandar el camino que recorrieron los padres de la patria estadounidense. Allí ellos pusieron límites al democratismo asambleario. Aquí, porque la Constitución de 1978 quiso orillar temas polémicos y temió legislar "contra la corriente", dejó la cuestión de las autonomías y su relación con el poder central en una indefinición que en su momento muchos aplaudieron, pero cuyas consecuencias caen hoy sobre las cabezas de la generación siguiente. Aprovechando los huecos constitucionales, los rancios precedentes de los "reinos de taifas", y la heroica lucha contra el cadáver de Franco, las camarillas locales han logrado convencer a una minoría significativa, magnificada por una burda ley electoral, de que los derechos humanos (otro pilar democrático) deben ceder ante los derechos territoriales, de pura estirpe medieval; y de que los fueros son superiores a las leyes. El sueño de la razón democrática ha producido monstruos feudales. Lo cual demuestra que las democracias pueden progresar, pero también pueden regresar y degenerar en tiranías o en anarquías; y que, a veces, cuando se dan signos de descomposición, se debe imitar a los padres de la primera Constitución escrita y saber ir contra la corriente. En ocasiones se debe poner límites a la democracia para salvarla de sí misma.

Gabriel Tortella es catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá.