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Carta abierta a Jon Sobrino

Carta abierta a Jon Sobrino

Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga.

Por Jose María R. Olaizola, SJ

Querido Jon:

Estoy seguro de que a lo largo de los años he tenido otras ocasiones para escribirte, y sin embargo nunca pareció urgente. Hasta ahora. La primera vez que te escuché era novicio jesuita, y acababan de asesinar a toda tu comunidad en El Salvador. Era una entrevista televisiva con Mercedes Milá, y en ella descubrí a un hombre bueno que hablaba desde el dolor, pero transmitía una fe profunda en el Dios de Jesucristo. Y me sentí orgulloso e ilusionado por tener compañeros así.

Con los años fui conociendo un poco más de ti. Un artículo, algunos libros, una reflexión… También los comentarios de compañeros que te conocían. Fui aprendiendo a intuir por detrás del nombre sonoro al teólogo, al jesuita, al cristiano, a la persona… que como todo hombre tiene sus luces y sus sombras, sus contradicciones, sus búsquedas y sus tropiezos, sus relaciones fáciles y difíciles.

Pero no pretendo hablar mucho de ti, ni glosar tu trayectoria intelectual o vital. Es imposible hacerlo en unos párrafos, y no te conozco tanto. Estoy seguro de que hay quien podría hablar con más hondura y autoridad. Lo que quiero hacer, en este momento, es comentarte tres sensaciones al hilo de la polémica de estas semanas, con motivo de la condena de algunos puntos de dos de tus libros.

Jon, lo primero que quiero decirte es: “Gracias”. Gracias por pensar y buscar, por formular el evangelio de un modo que hoy es acicate y propuesta. Por atreverte a bucear en los terrenos de lo que no es fácil, aun a sabiendas de que en ciertas alturas un exceso de prevención lleva a poner sordina a todo lo que pueda salirse de un guión excesivamente seguro. Gracias por no renunciar a pensar. Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga. Por hablar en nombre de los más silenciados, de los pobres, los excluidos de las mesas bien provistas. Testimonios como el tuyo impiden que nos durmamos en burbujas de bienestar aparente, y nos recuerdan que el Sermón de la Montaña sigue gritándose hoy en montes y llanos, en hondonadas y colinas, allá donde los bienaventurados siguen esperando que se derrame sobre ellos la bendición prometida, la justicia.

Lo segundo, aunque te parecerá extraño, es un cierto alivio. En la prensa se especuló con una condena tajante, de ti y de toda tu obra. Cuando se ha clarificado la notificación, que se centra únicamente en aspectos concretos de dos de tus libros, he respirado, pues la rumorología hacía creer que ibas directo a la hoguera. Y aunque dicha notificación sigue siendo motivo de pesar, al menos podemos entrar en el terreno del matiz, algo que siempre es importante. Sólo la ignorancia, o la mala intención, pueden querer leer en esa nota una condena a tu persona o a toda tu teología

La tercera sensación es más difusa, pero muy real. Siento dolor porque a veces creo que en nuestra Iglesia estamos equivocando el camino y los modos. Porque me inquietan estas formas de silenciar la diferencia, cuando siempre la ha habido. Siento dolor porque a veces me parece que en esta Iglesia se está imponiendo una uniformidad que no solo no es normal, sino que es impensable en una institución viva, donde lo que tiene que haber es tensiones, fuerzas contrapuestas, diálogos fecundos… y es en medio de esas tensiones, fuerzas y diálogos donde crece imparable la verdadera comunión, esa que nace del evangelio.

Y al hilo de esto, lo me asalta es la duda sobre cómo responder cuando algunas cuestiones son al tiempo polémicas y urgentes. ¿Hay que callar? ¿Hay que alzar la voz? ¿Cuál es la verdadera fidelidad en y a la Iglesia? ¿la que acata o la que habla? ¿la que teme o la que ama? ¿No estamos callando demasiado?

Nos sentimos parte de una Iglesia común, santa y pecadora, humana en su fortaleza y su fragilidad. Pero hoy, desde una cierta tristeza, solo sé mandarte un fuerte abrazo. Y creo que es poco.

Jose María R. Olaizola, SJ

Hartazgo



Desconozco a qué partido vota mi empleada del hogar. Nunca se me ocurriría inquietarla con ese tipo de preguntas, aunque sí sé algo de sus profundas creencias religiosas. Desconozco cuál es la tendencia política del dueño de mi restaurante favorito, que tan amablemente me trata cuando llego a España, haciéndome sentir que el verdadero regreso no se produce hasta que no me pone delante su célebre tortilla "babosita". No entra dentro de mis curiosidades más urgentes saber de qué pie cojean mi asesor fiscal, los tenderos del mercado, los profesores de mi hijo, los que fueron sus maestros o sus canguros, el médico que le salvó la vida, mi ginecóloga, el camarero que me pone la caña, el dentista o incluso algunos profesionales del negocio del que vivo. No es falta de conciencia política, al contrario, es puro ejercicio democrático. Observas a la gente establecer sus relaciones diarias en base a cosas fundamentales como la honradez y la bondad (la vida depende de la gentileza de los desconocidos) o al interés económico o laboral. Finalmente, el mejor vecino se nos define por cómo se comporta, no porque te haga una declaración de principios en la escalera, como el inefable Juan Cuesta de la serie. La vida de la ciudadanía española vibra sobre un equilibrio que difícilmente se rompe, y es que, a pesar de todo, el interés general trata (todavía) de que aquello que nos une no se quiebre. Hay, según las encuestas, un hartazgo de política. Uno de los factores, señalan, es la desconfianza. Hace bien el ciudadano sensato en desconfiar de este ambientazo en el que cada noticia se presta de inmediato a un plebiscito mediático y los opinadores corren prestos a situarse enfrente del enemigo. Esa concordia a la que el ciudadano se aplica parece no significar nada para los que tienen presencia pública. Hoy la corriente ideológica dominante consiste en despreciar a cualquier individuo que no sea de tu pelaje. Exactamente lo contrario al esfuerzo que la mayoría de los ciudadanos practican. No sabemos dónde está el fin de esta tensión insoportable, pero lo preocupante es que los partidos y sus palmeros nos están contagiando. Dicen que no hablamos de política, cómo hablar si en estos momentos podríamos acabar a hostias.

Elvira Lindo

Pactos contra la Pobreza

Pactos contra la Pobreza


Imagínese algo más del doble de la población de la Unión Europea. Unos 1.100 millones de personas. Las mismas que sobreviven con menos de un dólar al día; es decir, uno da cada seis seres humanos se alimenta, viste y atiende todas sus necesidades con 75 céntimos de euro al día, menos de lo que en España cuesta un café. La mayoría de estas personas vive en aldeas y suburbios de África, Latinoamérica y buena parte de Asia.

Las diferencias entre el Norte y el Sur resultan escandalosas: mientras el 20% de la población mundial disfrutamos del 85% de la riqueza del planeta, el 20% más desfavorecido tiene que sobrevivir con poco más del 1%. Sobran razones para pedir un reparto más justo de la riqueza.

Somos la primera generación que puede acabar con la pobreza extrema y el hambre en el mundo. Está en nuestra mano. Podemos hacer valer nuestro poder como consumidores, premiando o castigando con nuestras compras las prácticas empresariales; consumiendo productos de comercio justo, siendo voluntarios, socios o colaboradores de ONG de cooperación al desarrollo; finalmente como ciudadanos, adhiriéndonos a las campañas de movilización social, participando en concentraciones cívicas contra la pobreza; por último, y no menos importante, con nuestro voto.

La Coordinadora Española de Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo (CONGDE) ha propuesto a los partidos de ámbito nacional un Pacto de Estado que incluye medidas para mejorar la cooperación al desarrollo: la cancelación de la deuda externa, un cambio en la política de comercio exterior y el aumento en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Son acciones necesarias para cumplir el octavo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados por Naciones Unidas.

Inspirándose en esta idea, la Alianza Aragonesa contra la Pobreza, que aglutina a 65 organizaciones sociales que apoyan la campaña PobrezaCero, ha propuesto a los partidos aragoneses la firma de un Pacto para la Comunidad Autónoma y un Pacto para el Ayuntamiento de Zaragoza, con medidas para aumentar la cantidad y calidad de la Ayuda Oficial. Además se trabaja en otro Pacto para el conjunto de las Entidades Locales.

Se propone aumentar la AOD hasta destinar el 0,7% del presupuesto de cada Administración a cooperación al desarrollo en el 2011, último año de la próxima legislatura. El objetivo es ambicioso pero posible, si hay voluntad política. Tanto la Unión Europea como el Gobierno español han comprometido cantidades y fechas concretas hacia el 0,7%. Numerosas Comunidades Autónomas avanzan en esa dirección. Sin embargo, Aragón es de las Comunidades Autónomas que menor porcentaje destina a cooperación: ocupamos el puesto número 14 de las 17 autonomías. El Ayuntamiento de Zaragoza prevé destinar este año el 0,36% de su presupuesto, muy lejos del 0,7% comprometido en el Pacto de Gobierno para esta legislatura.

Dotar de mayor entidad política a la cooperación, ése es el acuerdo central que deberían alcanzar nuestros políticos. Esto supondría, entre otras medidas incluidas en los pactos, aumentar los fondos destinados a los Países Menos Adelantados, fundamentalmente en África Subsahariana; apostar por la educación para el desarrollo y la sensibilización de la ciudadanía, así como la promoción del comercio justo y el consumo responsable; simplificar los procedimientos de gestión y justificación de los fondos; o una nueva gestión de la Ayuda Humanitaria.

Los Pactos contra la Pobreza que ahora se proponen pretenden situar a Aragón y a Zaragoza en la vanguardia de la cooperación internacional que realizan las CCAA y Entidades Locales. Un objetivo que creemos que se corresponde con el sentimiento solidario de la ciudadanía aragonesa y la mejor contribución que podemos hacer al objetivo último de erradicar la pobreza. Ahora, los partidos políticos aragoneses tienen la palabra.

Fernando Pérez Valle

Lo están empeorando

Fernando Savater escribe sobre la medida tomada por el Gobierno a favor de De Juana Chaos

Las explicaciones que ofrece el Gobierno socialista para justificar su decisión de excarcelar (llamemos a las cosas por su nombre) a De Juana Chaos me recuerdan al viejo cuento del caldero prestado. ¿Se acuerdan? Un hombre presta su caldero al vecino y días más tarde éste se lo devuelve agujereado; ante sus protestas, el vecino responde: a) que el caldero no está agujereado; b) que ya tenía agujeros cuando se lo prestaron; c) que no le han prestado ningún caldero. Contradicciones interesadas del mismo calibre estamos oyendo estos días para explicar o tratar de hacer digerible ante una opinión pública cuyas tragaderas son anchas pero no hasta el infinito la cesión del Ejecutivo por razones políticas ante el chantaje del terrorista en huelga de hambre.

Todas son increíbles o superfluas, pero algunas también resultan repugnantes porque juegan con la mala conciencia o la bobaliconería bondadosa que todos queremos tener en el corazoncito. Tal es el caso, por ejemplo, de insistir en supuestas razones humanitarias y en el valor supremo de la vida humana para los santos que nos gobiernan. Que la vida humana es un altísimo valor nadie lo pone en duda: por eso precisamente quien asesina a veintitantos seres humanos y no se arrepiente de ello ni nos da garantías de que no va a volver a empezar mañana cuando le suelten está mejor en la cárcel que en ninguna otra parte. ¿Humanitarismo? Una de sus características es respetar la libre voluntad de las personas, es decir, ayudarlas a vivir bien y, cuando prefieren morir, no obstaculizar tiránicamente su voluntad (caso de Ramón Sampedro o de la paciente granadina cuyo respirador va a ser desenchufado). Iñaki de Juana debía estar en la cárcel pero él prefería morir antes que seguir allí: lo humano hubiera sido respetar su voluntad y también la ley que le condena. Por cierto, el mismo día que se ‘alivió’ su prisión sacándole de ella (¿se ha molestado alguien en justificar por qué se le llevó al País Vasco si el caldito reconstituyente también pueden darlo en el Doce de Octubre de Madrid?) oí por la radio que una señora hospitalizada en La Paz con cuatro costillas rotas murió en un pasillo del hospital, probablemente mal atendida por la saturación del centro. Si el Gobierno acaba de descubrirse vocación humanitaria, no le faltará dónde ejercerla sin necesidad de plegarse a las exigencias de los asesinos.

Los que dicen que la excarcelación del etarra en huelga de hambre se debió a razones humanitarias -empezando por el propio Zapatero, la directora de Instituciones Penitenciarias y los propagandistas afines- mienten como bellacos: o peor, mienten como si fuésemos bellacos los ciudadanos y no nos mereciésemos más que mentiras. Pero, naturalmente, tras hablar de humanitarismo enseguida mencionan que así se han evitado otras muertes o situaciones de violencia en el País Vasco: es decir, conveniencias políticas. La nota oficial del Gobierno vasco auguraba que esto relajaría la tensión en Euskadi; y Patxi López, ni corto -bueno, un poco corto sí- ni perezoso proclamó ante la asamblea socialista que la excarcelación hacía que se viviera mejor aquí. O sea que la tensión, la crispación y la incomodidad se acaban cuando se da gusto a los violentos que tienen por héroe a un asqueroso ’serial-killer’. Que las víctimas, sus familiares, los que no han perdido aún el sentido moral por culpa de la obcecación política, es decir, los ciudadanos vascos decentes que todos éstos estén crispados y sientan que viven peor desde que el criminal y sus amigos se pavonean triunfantes ante ellos, eso no es un problema ni entra en consideración. Lo importante es que estén sosegados los que dan miedo, los demás ya se apañarán.

Y luego dice Miguel Buen (a quien los dioses, tras negarle los demás dones, le concedieron como compensación una ausencia total de sentido del ridículo) que a él le da más miedo pasearse por ciertos barrios de Madrid que por Renteria ; claro, porque aquí las víctimas no dan la lata ni siquiera a los zafios más patosos, lo que en cambio en otras partes de España ya va siendo algo más frecuente. Por cierto, ahora muchos se quejan de que por sacar un encendedor del PSOE o llevar ‘El País’ debajo del brazo uno se puede buscar hostilidades en ciertos lugares públicos. No es que yo desee que a nadie le molesten los intransigentes en ninguna parte de España, pero quizá así algunos ‘modelnos’ se hagan una pálida idea en carne propia de cómo viven muchos ciudadanos vascos desde hace décadas en este país.

La argumentación más inconsistente y menos convincente para apoyar el disparate gubernamental con De Juana es apelar a las supuestas excarcelaciones de etarras antes del plazo debido por parte del Gobierno de Aznar o los acercamientos de presos realizados en el mismo período, para probar la ‘hipocresía’ de la oposición (la palma se la lleva la ‘Ser’, que siempre bate el récord de bajura con este tema, proclamando la gran noticia de que ‘el Gobierno de Aznar’ no actuó contra De Juana cuando el miserable pidió ‘champán y langostinos’ para celebrar el asesinato de Tomás Caballero: ¿sólo le falta decir que se los envió Aznar pagados de su bolsillo!). Como sabe cualquiera que se moleste en enterarse de las cosas, el PP insistía en cambiar la legislación para hacer cumplir íntegras las penas pero entretanto, como no podía ser de otro modo, cumplía con la legislación vigente y sus reducciones de condena. En cuanto a los acercamientos de presos, no respondían al chantaje de ningún recluso, sino a reiteradas peticiones parlamentarias y de medios ilustrados de comunicación. Pero en fin, aunque no fuera así: ¿y qué? Si el Gobierno Aznar lo hizo mal entonces (aunque lo que hizo nada tiene que ver con la excarcelación mediante chantaje de De Juana Chaos) ¿por qué el PSOE no se lo reprochó en su día, cuando tantas cosas le censuraba en otros campos? Aún peor: si aquello fue un error, ¿por qué ahora se utiliza como justificante en lugar de haberlo tomado como advertencia de lo que no debe hacerse, visto el resultado? Es floja excusa para equivocarse el que otros se hayan equivocado antes y uno repita de buena fe los errores.

Pues no, las explicaciones del Gobierno no hacen más que empeorar las cosas. Y las de sus propagandistas que se empecinan en informarnos día y noche de lo malo que es el PP, que no gobierna, en lugar de explicarnos por qué gobierna mal quien gobierna, tampoco mejoran ni ánimos ni inteligencias. ¿Que hay crispación? Claro, como la hubo cuando Aznar metió al país en la invasión de Irak. La gente se indignó con razón y se echó a la calle (los decentes junto a representantes del peor lumpen extremista del país) lo mismo que hoy otra decisión errónea gubernamental subleva a tantos, que se manifiestan junto al indeseado Inestrillas y compañía. Ya ven, la historia se repite y la histeria también. Entretanto seamos optimistas y esperemos que Batasuna, con su nombre o con otro postizo, no termine por poder presentarse a las elecciones de mayo, como le solicitan al Gobierno sus aliados parlamentarios en contra de lo que quiere la inmensa mayoría del país (por cierto, nunca tan pocos han fingido representar a tantos como hoy sucede en el Parlamento español). Si finalmente sucediera tal cosa, como algunos temen que la excarcelación de Iñaki de Juana preludie, habrá llegado la hora de ponerse serios de verdad. Basta de juegos con lo que no es de jugar.

Fernando Savater

Fatiga de identidad

La clase política recibe un varapalo a propósito de los nuevos estatutos de autonomía SI SE TRATABA DE iniciar una segunda, auténtica, transición -ya que la primera, por lo visto, se llevó a cabo en una España aterrorizada, sumergida en el silencio y desorientada por la ablación de la memoria histórica-, entonces la clase política que se metió en faena con la promesa de nuevos estatutos ha recibido un merecido varapalo. Cuando vivíamos aterrorizados, silenciosos y amnésicos, salíamos masivamente a la calle por aquello de libertad, amnistía y estatuto de autonomía, un clamor suficiente como para que en tres años se sometieran a referéndum los estatutos, comenzando por el de Cataluña, enseguida el de Euskadi y después todos los demás.

Aquella transición, hoy tan denostada, se dio buena maña para desplazar en sólo cinco años al conjunto de la clase política franquista de sus posiciones de poder: gente nueva, nacida después de la Guerra Civil, ocupó el poder político en el Estado y en las comunidades autónomas. Gracias a los estatutos entonces aprobados se desarrolló una ingente obra de descentralización administrativa, desde luego, pero también política, que ha transformado por completo el Estado español, no ya el franquista, sino el Estado que salió, conducido por los moderados, de la revolución liberal con sus provincias y regiones.

Al mismo tiempo, los estatutos de la primera transición afincaron en sus territorios a unas nuevas clases políticas regionales, si se perdona el concepto, utilizado aquí sólo a efectos geográficos. Esa nueva clase dio a la cuestión secular de la estructura del Estado una respuesta que, no por pragmática, resultó menos eficaz. Como Cataluña, igual que en la República, tiró del carro autonómico, todos los demás se dieron prisa por saltar a él. Todos los demás es fácil de saber quiénes eran: los mismos que en los años setenta del siglo XIX se identificaron como Estados de un Estado federal; los mismos que en la República de los años treinta del siglo XX habrían llegado a ser en poco tiempo regiones autónomas de un Estado calificado de integral: Galicia, Andalucía, Navarra, Valencia, Aragón las dos Castillas, Vieja y Nueva... qué nombres de resonancias históricas, qué materia para formar un Estado federal.

¿No se atrevieron los constituyentes de 1979? Ése es el expediente de moda para dar cuenta del pasado, el más fácil y perezoso: atribuir a sensaciones las prácticas políticas. En realidad, el Estado español no salió federal de la transición porque los partidos nacionalistas no sólo no estaban interesados, sino que sentían verdadera repugnancia ante la idea de que todos aquellos fragmentos de Estado valieran igual en sus mutuas relaciones y en las de cada cual con el Estado. Admitir que todos eran iguales y que todos juntos podrían ser fragmentos de un Estado federal caía por completo fuera de su perspectiva de futuro; es más, negaba radicalmente su perspectiva de futuro.

En tal tesitura, que Andalucía haya sido -entre las presuntamente no históricas, destinadas a fundirse en un magma castellano- la primera en pegar el salto y decir aquí estoy yo, marcó el camino. Y ahora estamos en las mismas, sólo que 30 años después y arrastrando la fatiga -en el polisémico significado del término, que los andaluces conocen bien: sentir fatiga no es allí lo mismo que estar fatigado- del interminable debate identitario. No es extraño que la fatiga haya podido más que el talante y que la mayoría de la gente haya pasado en esta ocasión de las urnas. Cataluña ya había avisado: la participación no llegó al 50%, 11 puntos menos que en 1979. En Andalucía, donde la cuestión de ser o no ser nación no es la cuestión, la caída ha sido doble: 36%, 28 puntos por debajo de 1980. Y menos mal que ahora ya no estamos aterrorizados, silenciosos ni amnésicos, y contamos con un montón de rapsodas dispuestos a cantar las excelencias del Imperio Austro-Húngaro, en otro tiempo prisión de naciones.

Si se considera con alguna perspectiva lo que ha ocurrido con el poder en la España de los últimos 30 años es evidente que al proceso de descentralización ha acompañado el despliegue de los poderes de sus numerosas realidades nacionales. Ese poder es hoy, en todas las parcelas que cuentan para la vida de las gentes, más sólido y extenso que el poder estatal. Subidos a las azoteas de sus instituciones, esos poderes creyeron llegado el momento de ocupar nuevas aguas y más territorios. Desde el Estado se dejó hacer, sin una idea clara ni oscura de hacia dónde se encaminaba la conquista. Hoy ya lo sabemos: a consolidar, ante la abstención de la mayoría, los poderes nacional-autonómicos edificados sobre lo que Pasqual Maragall llamó con toda intención y su pizca de mala leche "residuos de Estado".

Santos Juliá

Nunca caminarás solo

Nunca caminarás solo

Por Ignacio Camacho

VE a cuerpo limpio, como decía Celaya; ve a bañarte en el río de la libertad, a sentirte parte de ese caudal resuelto que corre por las calles y que esta tarde va a fluir con la fuerza de un torrente de rabia serena. Sin equipaje, sólo cargado de tus ideas claras, tus emociones nobles, tus sentimientos transparentes. Tu recta voluntad de hacerte oír cuando no te escuchan, tu incólume determinación de hacerte ver cuando te ignoran.

¿Sabes? A veces, en democracia también se vota con los pies. Ocurre cuando los que mandan cierran los ojos y se tapan los oídos, cuando el designio de la política choca con el parecer del pueblo. Cuando los gobernantes se sumergen en la oscuridad para muñir infamias a espaldas de los ciudadanos, cuando se parapetan tras las murallas del poder y tratan de dirigir la Historia ellos solos, cuando se enclaustran en la campana del sectarismo y la soberbia. Entonces, sólo queda la calle, el ágora abierta donde resuena el eco del descontento y de la queja.

Mira, ellos saben muy bien lo que tú piensas, lo que tú sientes. Lo desdeñan, pero lo saben. Por eso les molesta que lo expreses, porque la política es pensamiento y es acción, y juntos tienen en democracia una fuerza devastadora. Se llama participación, y es lo que más temen los chamanes que han convertido el ejercicio político en un sindicato de intereses y en una bitácora de despropósitos. Parecen blindados, pero no lo están; nadie lo está cuando los ciudadanos irrumpen en el campo abierto de la libertad. Cuando piensan y actúan sin miedo, cuando se rebelan para abrirse paso entre el silencio y el desprecio. Cuando son libres y saben recordarlo.

Lo triste, ya lo sé, es que tengas que salir para esto. Para pedir que los asesinos cumplan su pena y para que las víctimas no se sientan solas. Para clamar contra una sinrazón tan manifiesta y para reivindicar una verdad tan sencilla. Malos son los tiempos en que hay que luchar por lo evidente, escribió un poeta. Pero mucho peor sería condescender con la arbitrariedad, transigir con la injusticia y acomodarse en un vago conformismo resignado. Darse por vencidos, encogerse de hombros, mirar para otra parte, delegar la conciencia y abandonar a los que se sienten humillados. Aceptar la ignominia como paisaje moral.

No será en tu nombre. Que la acepten otros, si quieren. Pero tú no saliste otras veces para llegar hasta aquí de este modo. No levantaste las manos cuando mataron a Tomás y Valiente, ni encendiste velas en la dramática vigilia de Miguel Ángel Blanco, ni guardaste tantos minutos de silencio para seguir callado ahora, cuando algunos pretenden que todo eso no sirvió para nada. No caminaste a través del viento y de la lluvia, con la cabeza alta y el corazón herido, para acabar renunciando a la justicia.

Porque es de eso de lo que se trata: de justicia. No de ira, ni de rencor, ni de discordia. Y sabes que mientras te guíe el afán de justicia, mientras te mueva un soplo de dignidad, nunca caminarás solo. Te acompañará, al menos, el aliento honorable de la decencia.

Ignacio Camacho

Asimétricos

Asimétricos

8 de marzo. Día de la Mujer

¿De dónde surge esa violencia de un hombre hacia su pareja? ¿Esa violencia podría haber sido dirigida con la misma intensidad hacia cualquier otra persona?

Si la respuesta es sí, quizás simplemente estemos hablando de un desequilibrado, sin más. Sabemos que hay personas proclives a la violencia, incluso a la violencia desmesurada. Pero si la respuesta es no, hay algo oscuro en todo esto. Porque hay algo que nos hace sospechar que está presente un sentimiento de posesión sobre la otra persona. Como no se trata de casos aislados, uno reflexiona sobre el origen de este comportamiento, de esta mentalidad. Hoy en día, muy a menudo, nos perdemos en vacíos debates sobre el género que finalmente sólo consiguen frivolizar con temas cuyas consecuencias diarias pueden acabar siendo trágicas. La construcción de género está tan asimilada en nuestro modo de ser que no nos damos cuenta de que nuestro comportamiento es notoriamente asimétrico con los hombres y las mujeres. Precisamente, en analizar con espíritu crítico nuestra actitud se encuentra la clave de progresar. Entiendo que muchas veces veamos esto como algo de importancia relativa, pero uniendo eslabones podemos darnos cuenta de que, a costa de unas ideas aceptadas tácitamente desde tiempos remotos, se cometen verdaderas aberraciones. Todos –sin excepción– somos con frecuencia cómplices de comentarios y burlas con un poso sexista. No sería mal comienzo que todos pensáramos también sobre qué hay detrás de todo eso, a qué responde y qué relación puede establecerse con esos terribles titulares que solemos leer cada semana en los periódicos.

Héctor en Pastoralsj

Las dos Españas


Mientras las provincias de la costa se llenan de construcciones, la España del interior se despuebla. Esas son las verdaderas dos Españas y no las de Machado, pese a que todavía perviven (no hay más que ver nuestro Parlamento).

Desde hace varias décadas, España se resquebraja, y no políticamente, dividida en dos mitades, la de las regiones ricas y la de las regiones pobres, que el mapa marca perfectamente: las ricas son las que baña el mar y las pobres las que están lejos de él. Solamente Madrid es la excepción, por los motivos que todos conocemos.

Extremadura, las dos Castillas, Aragón, el antiguo reino de León y las provincias interiores de Galicia se han ido así despoblando, aprisionadas entre las dos presiones que marcan el desarrollo de este país: la centrífuga de la periferia y la centrípeta de Madrid. Dos presiones combinadas que han arrastrado a sus habitantes hacia las regiones cálidas y con más posibilidades económicas o hacia la capital de España, que continúa ejerciendo un innegable atractivo para la mayoría de los españoles. Justo todo lo contrario que las viejas capitales y pueblos del interior, envejecidos y sin futuro para los jóvenes, a excepción de unos pocos casos. El resultado es un desolador paisaje, con provincias prácticamente deshabitadas y con comarcas enteras condenadas a la desaparición.

Pero, a lo que se ve, a nadie, salvo a los habitantes de esas regiones, parece preocuparle esa situación. Mientras media España se despuebla, mientras la mitad del mapa se desertiza delante de nuestros ojos condenada al ostracismo y al olvido por su situación geográfica, la otra mitad continúa creciendo sin importarle lo que le sucede a aquélla. Incluso despreciándola por su decadencia como en el colegio determinados alumnos aventajados hacen con los más torpes. No hay más que ver las reacciones suscitadas por las reclamaciones de algunas de esas provincias, como Zamora, Teruel o Soria, cuyos habitantes han tenido que manifestarse al grito de que existen para que les hagan caso.El problema viene de lejos. Viene de la época del desarrollismo de la dictadura, cuando comenzó la industrialización de determinadas zonas de la periferia, que provocó el primer éxodo de población interior, y se acentuó luego con el turismo, que atrajo hacia las costas cantidades ingentes de mano de obra en perjuicio de las regiones y las provincias del interior. Paradójicamente, la descentralización política propiciada por el llamado Estado de las autonomías, en lugar de corregir esa tendencia, la ha acentuado todavía más gracias a lo que los economistas llaman, con magnífica expresión, optimización de los recursos productivos nacionales y a la insolidaridad interregional. Todo ello, por supuesto, con la colaboración de los sucesivos gobiernos, más preocupados por complacer a las autonomías ricas, cuya mayor población les procura un mayor poder político, que por ayudar a las desfavorecidas. Justo todo lo contrario de lo que se reclama a Europa y de lo que hacen internamente otros países de nuestro entorno.

No seré yo quien explique aquí la importancia del equilibrio económico y demográfico de un país, no sólo para su desarrollo armónico, sino también para su bienestar global. Cualquiera sabe que un país desvertebrado, con grandes diferencias entre sus distintas zonas, repercute negativamente a la larga en todas ellas y no sólo en las perjudicadas. Como ocurre con un cuerpo en el que uno de sus órganos se desarrolla exageradamente más que los otros o con una familia en la que uno o varios de sus miembros medran a costa de los restantes, tarde o temprano empezarán a surgir los problemas para todos, puesto que, al malestar de los discriminados, se sumarán los derivados del hiperdesarrollo de los favorecidos, como ya se empieza a ver en nuestro país. Todos oímos continuamente las quejas de las regiones ricas en relación con la falta de agua o con la destrucción de su medio ambiente. Y es que, como dijo el sabio, no se puede tener todo.

Las quejas de esas regiones nada tienen que ver con la solidaridad. Al contrario, se basan precisamente en el egoísmo, que es el principal motor de este país actualmente; no sólo entre las personas, sino entre las autonomías. El debate sobre el agua, que cada vez se hace más virulento, es un buen ejemplo de ello. El debate sobre el agua o sobre el reparto de la producción eléctrica, por no hablar de otros muchos parecidos, no han hecho más que poner de manifiesto el desequilibrio de una nación que construye e invierte donde no tiene energía mientras que deja que se deserticen las regiones donde ésta sobra. Hasta ahora, el problema se solventaba con el argumento de la solidaridad, pero hoy ese argumento no se sostiene, dado que la solidaridad no existe. Y es que ¿cómo se le puede seguir pidiendo ésta a Aragón, o a Castilla-La Mancha, pongo por caso, en materia de agua para regar, con las provincias vecinas de Levante o Cataluña, cuando con ellas nadie ha sido solidaria en mucho tiempo? ¿Cómo puede exigírsele a León o a Extremadura que continúen sacrificando valles y pueblos para producir energía eléctrica para el resto, cuando el resto las ignoran o desprecian normalmente? La solidaridad ha de ser recíproca y eso no ocurre en este país.

Pero nadie parece darse cuenta de lo que se avecina. Mientras la insolidaridad aumenta, mientras el desequilibrio crece, mientras las dos Españas geográficas se alejan una de otra a ritmo vertiginoso, nuestros políticos continúan a lo suyo, que es agrandar las dos ideológicas, y nuestros pensadores siguen secundando a aquéllos en sus estériles e inagotables discusiones sobre la unidad de España o sobre su conformación plural, cuando en la realidad España no existe. Basta mirar el mapa desde un satélite para ver que es una ficción. Una campana gigante, como escribía Manuel Vicent hace tiempo, con un badajo en el medio que resuena en el vacío inmenso que lo rodea.

Julio Llamazares es escritor.