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Fe, razón y universidad

Encuentro del Papa con los representantes de la ciencia en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona

Fe, razón y universidad
Recuerdos y reflexiones

¡Ilustres Señores, gentiles Señoras!


Es emocionante para mí estar nuevamente en la cátedra de la universidad y poder dar una vez más una lección. Mi pensamiento regresa a aquellos años en los que, tras un hermoso periodo en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad de profesor académico en la Universidad de Bonn. 1959 era todavía tiempo vieja universidad de los profesores ordinarios. Para las cátedras individuales no existían ni asistentes ni dactilógrafos, pero en compensación había un contacto muy directo con los estudiantes y sobre todo también entre los profesores. Se daban encuentros antes y después de las lecciones en los cuartos de los docentes. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un así llamado dies academicus , en el que los profesores de todas las facultades se presentaban delante de los estudiantes de toda la universidad, haciendo posible una verdadera experiencia de universitas : el hecho que nosotros, no obstante todas las especializaciones, que a veces nos hacen incapaces de comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus varias dimensiones, estando así juntos también en la común responsabilidad por el recto uso de la razón; lo convertía en experiencia viva. La universidad, sin duda, estaba orgullosa también de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionalidad de la fe, desarrollan un trabajo que necesariamente hace parte del “todo” de la universitas scientiarum , incluso si no todos podían compartir la fe, por cuya correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón tampoco fue perturbada cuando se supo que uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había una extrañeza: dos facultades que se ocupaban de una cosa que no existía: Dios. Que también frente a un escepticismo así de radical permanece necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y aquello deba ser hecho en el contexto de la tradición de la fe cristiana; en el conjunto de la universidad era una convicción indiscutida.


Todo esto vino a mi mente cuando recientemente leí la parte editada por el profesor Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto Emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el tiempo de invierno del 1391 en Ankara, tuvo con un persa culto sobre el Cristianismo y el Islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el Emperador mismo quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402, este diálogo. Se explica esto porque sus razonamientos son reportados mucho más detalladamente que las respuestas del erudito persa. El diálogo trata el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la relación entre las “tres Leyes”: Antiguo Testamento –Nuevo Testamento- Corán. Quisiera tocar en esta lección solo un argumento –más que nada marginal en la estructura del diálogo– que, en el contexto del tema “fe y razón” me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.


En el séptimo coloquio editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la jihad (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 se lee: “Ninguna constricción en las cosas de la fe”. Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el Emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca la guerra santa. Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre aquellos que poseen el “Libro” y los “incrédulos”, él, en modo sorprendentemente brusco, se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. El Emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es una cosa irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no goza de la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Quien por lo tanto quiere conducir a otro a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, no de la violencia ni de la amenaza… Para convencer a un alma razonable no es necesario disponer ni del propio brazo, ni de instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…”.


La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador, como bizantino crecido en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a aquella de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, que a destaca a Ibh Hazn quien va hasta el punto de declarar que Dios no estaría ligado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar también la idolatría.


Aquí se abre, en la comprensión de Dios y por lo tanto en la realización concreta de la religión, un dilema que hoy nos desafía en un modo muy directo. La convicción de actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda concordancia entre aquello que es griego en el mejor sentido y aquello que es fe en Dios sobre el fundamento de la Biblia. Modificando el primer verso del Libro del Génesis, Juan ha iniciado el prólogo de su Evangelio con las palabras: “Al principio era el logos”. Es justamente esta palabra la que usa el emperador: Dios actúa con logos . Logos significa conjunto de razón y palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero, como razón. Juan con aquello nos ha donado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra en la que todas las vías frecuentemente fatigosas y tortuosas de la fe bíblica alcanzan su meta, encontrando su síntesis. En principio era el logos , y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de San Pablo, delante del cual se había cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y escuchó su súplica: “¡Ven a Macedonia y ayúdanos!”, esta visión puede ser interpretada como una “condensación” de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el interrogarse griego.


En realidad, este acercamiento ya se había iniciado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios de la zarza ardiente, que separa a Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombre afirmando solamente su ser, es, confrontándose con el mito, una respuesta con la que está en íntima analogía el tentativo de Sócrates de vencer y superar al mito mismo. El proceso iniciado hacia la zarza alcanza, al interior del Antiguo Testamento, una nueva madurez durante el exilio, donde el Dios de Israel, ahora privado de la Tierra y del culto, se anuncia como el Dios del cielo y de la tierra, presentándose con una simple fórmula que prolonga las palabras de la zarza: “Yo soy”. Con este nuevo conocimiento de Dios va al mismo paso una especie de iluminismo, que se expresa en modo drástico en la mofa de las divinidades que son solamente obra de las manos del hombre. Así, no obstante toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, iba interiormente al encuentro de la parte mejor del pensamiento griego, hasta un contacto recíproco que después se ha realizado especialmente en la tardía literatura sapiencial. Hoy nosotros sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento, realizada en Alejandría –la Bblia de los “Setenta” –, es más que una simple (por evaluar en modo tal vez poco positivo) traducción del texto hebreo: es de hecho un testimonio textual a sí debido, y un específico e importante paso de la historia de la Revelación, en el cual se ha realizado este encuentro en un modo que para el nacimiento del cristianismo y su divulgación tuvo un significado decisivo. En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtico iluminismo y religión. Partiendo verdaderamente desde la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, desde la naturaleza del pensamiento helenístico fusionado ya con la fe, Manuel II podía decir: No actuar “con el logos ” es contrario a la naturaleza de Dios.


Honestamente es necesario anotar, que en el tardío Medioevo, se han desarrollado en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraste con el así llamado intelectualismo agustiniano y tomista que inició con Duns Scoto una impostación voluntarística, la cual al final llevó a la afirmación que nosotros conoceremos de Dios solamente la voluntas ordinata . Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual Él habría podido crear y hacer también lo contrario de todo aquello que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que, sin lugar a dudas, pueden acercarse a aquellas de Ibn Hazn y podrían llevar hasta la imagen de un Dios- Árbitro, que no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien. La trascendencia y la diversidad de Dios son acentuadas en modo tan exagerado, que también nuestra razón, nuestro sentido del verdadero y del bien no son más un verdadero espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inalcanzables y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraste con ello, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente las desemejanzas son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero no al punto de abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho que lo empujemos lejos de nosotros en un voluntarismo puro e impenetrable, sino que el Dios verdaderamente divino es aquel Dios que se ha mostrado como el logos y como logos ha actuado y actúa lleno de amor a nuestro favor. Cierto, el amor “sobre pasa” el conocimiento y es por esto capaz de percibir más que el simple pensamiento, sin embargo permanece como el amor del Dios – logos , por el cual el culto cristiano es un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón.


El aquí mencionado recíproco acercamiento interior, que se ha tenido entre la fe bíblica y el interrogarse sobre el plan filosófico del pensamiento griego, es un dato de importancia decisiva no solo desde el punto de visa de la historia de las religiones, sino también desde aquello de la historia universal –un dato que nos obliga también hoy. Considerado este encuentro, no es sorprendente que el cristianismo, no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya encontrado su huella históricamente decisiva en Europa. Podemos expresarlo también inversamente: este encuentro, al cual se agrega aún sucesivamente el patrimonio de Roma, ha creado a Europa y permanece como fundamento de aquello que, con razón, se puede llamar Europa.


A la tesis que el patrimonio griego, críticamente purificado, sea una parte integrante de la fe cristiana, se opone el pedido de la deshelenización del cristianismo, un pedido que desde el inicio de la edad moderna domina en modo creciente la búsqueda teológica. Visto más de cerca, se pueden observar tres olas en el programa de la deshelenización: si bien relacionadas entre sí, en sus motivaciones y en sus objetivos son claramente distintas la una de la otra.


La deshelenización emerge primero en conexión con postulados fundamentales de la Reforma del siglo XVI. Considerando la tradición de las escuelas teológicas, los reformadores se veían de frente a una sistematización de la fe condicionada totalmente por la filosofía, de frente, es decir, a una determinación de la fe desde el externo con fuerza en un modo de pensar que no derivaba de ésta. Así, la fe no aparecía más como viviente palabra histórica, sino como elemento insertado en la estructura de un sistema filosófico. La sola Scriptura en cambio busca la pura forma primordial de la fe, como esta misma está presente originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica aparece como un presupuesto derivada de otra fuente, de la que ocurre liberar la fe para hacerla regresar a ser totalmente ella misma. Kant ha actuado en base a este programa con una radicalidad imprevisible para los reformadores. Con ello él ha anclado la fe exclusivamente a la razón práctica, negándole el acceso al todo de la realidad.


La teología liberal de los siglos XIX y XX acompaña la segunda etapa del proceso de deshelenización, con Adolf von Harnack, como su máximo representante. Cuando era estudiante y en mis primeros años como docente, este programa influenciaba altamente la teología católica también. Tomó como punto de partida la distinción que Pascal hace entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn en 1959 traté de referirme a este asunto. No repetiré aquí lo que dije en aquella ocasión, pero me gustaría describir, al menos brevemente, lo que era nuevo en este proceso de deshelenización. La idea central de Harnack era volver simplemente al hombre Jesús y a su mensaje simple, sin las adiciones de la teología e incluso con la helenización: Este simple mensaje fue visto como la culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Se decía que Jesús le puso fin al culto en favor de la moralidad. Al final era presentado como el padre del mensaje moral humanitario. La meta fundamental era hacer que el Cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, es decir, liberándolo de los elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como la fe en la divinidad de Cristo y en Dios Uno y Trino. En este sentido, la exégesis histórica-crítica del Nuevo Testamento restauró el lugar de la teología en la universidad: Para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y por lo tanto estrictamente científico. Lo que se puede decir críticamente de Jesús, es por así decir, expresión de la razón práctica y consecuentemente se puede aplicar a la Universidad como un todo. En este pensamiento se basa la propia limitación de la razón, clásicamente expresada en las “Críticas” de Kant, pero en ese momento radicalizada por el impacto de las ciencias naturales. Este concepto moderno está basado, para decirlo brevemente, en la síntesis entre el Platonismo (Cartesianismo) y el empirismo, una síntesis confirmada por el éxito de la tecnología. Por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo la materia funciona y la usa eficientemente: Esta premisa básica es, por así decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la naturaleza. De otro lado, existe la capacidad de la naturaleza de ser explotada para nuestros propósitos, y en este caso solo la posibilidad de la verificación o falsificación a través de la experimentación puede llegar a la certeza final. El peso entre los dos polos puede, dependiendo de las circunstancias, cambiar de un lado al otro. Como fuertemente lo hizo el pensador positivista J. Monod, que se declaró a sí mismo un convencido platonista/cartesiano.


Esto permite que emerjan dos principios que son cruciales para el asunto al que hemos llegado. Primero, solo la clase de certeza que resulta de interpolar elementos matemáticas con empíricos puede considerarse científica. Cualquier disciplina que quisiera exigir estatus de ciencia debe ser medido con este criterio. De ahí que las ciencias humanas, como la historia, psicología, sociología y filosofía, no puedan conformarse a este canon de cientificidad. Un segundo punto que es importante para nuestras reflexiones, es que por su propia naturaleza este método excluye la pregunta de Dios, haciéndola aparecer como no científica o precientífica. Consecuentemente, nos enfrentamos a una reducción del radio de la ciencia y la razón, que necesita ser cuestionado.


Debemos retornar al problema después. Mientras tanto, ha de observarse que desde este lugar, cualquier intento de la teología por mantener su estatus de “científica” terminaría por reducir al Cristianismo a un simple fragmento de sí misma. Pero tenemos que decir más: Es el hombre mismo quien termina siendo reducido, las preguntas específicamente humanas sobre nuestro origen y nuestro destino, las preguntas originadas de la religión y la ética, ya no tienen lugar en el modo de ver de la razón colectiva definida como “ciencia” y tiene que relegarse al espacio de lo subjetivo. Es el sujeto quien decide entonces, basado en su experiencia, lo que considera es materia de la religión, y la “conciencia” subjetiva se convierte en el solo árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y la ética ya no preocupan. Intentos de construir la ética a partir de las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo simplemente inadecuados.


Antes de esgrimir las conclusiones a las que todo esto lleva, tengo que referirme brevemente a la tercera etapa de deshelenización, que aún está dándose. A la luz de nuestra experiencia con el pluralismo cultural, con frecuencia se dice en nuestros días que la síntesis con el Helenismo lograda por la Iglesia en sus inicios fue una inculturación preliminar que no debe ser vinculante para otras culturas. Esto último se dice para tener el derecho a volver al simple mensaje del Nuevo Testamento anterior a la inculturación, para inculturarlo nuevamente en sus medios particulares. Esta tesis no es falsa, sino que es ordinaria e imprecisa. El Nuevo Testamento fue escrito en griego y trae consigo la impronta del espíritu griego, que ha llegado a la madurez dado que el Antiguo Testamento se desarrolló. Cierto, hay elementos en la evolución de la Iglesia en sus inicios que no deben integrarse en todas las culturas, Sin embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son desarrollos consecuentes con la naturaleza de la fe misma.


Y así llego a la conclusión. Este intento, hecho con unas pocas pinceladas, desde una crítica a la razón moderna desde dentro, no tiene nada que ver con poner el reloj en el tiempo anterior al Iluminismo y rechazar las perspectivas de la era moderna. Los aspectos positivos de la modernidad deben ser conocidos sin reserva: Estamos todos agradecidos por las maravillosa posibilidades que ha abierto para la humanidad y para su progreso que se nos ha dado. El ethos científico, además, debe ser obediente a la verdad, y, como tal, lleva una actitud que se refleja en los principios del Cristianismo. La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Tendremos éxito al hacerlo solo si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes. En este sentido la teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no solo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe.


Solo así nos hacemos capaces de lograr este diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. En el mundo occidental se sostiene ampliamente que solo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas. Al mismo tiempo, como he tratado de demostrar, la razón científica moderna con sus elementos intrínsecamente platónicos genera una pregunta que va más allá de sí misma, de sus posibilidades y de su metodología. La razón científica moderna simplemente tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que prevalecen como se nos ha dado, en las que su metodología debe basarse. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: A la filosofía y la teología. Para la filosofía y, si bien es cierto que de otra forma, para la teología, escuchar a las grandes experiencias y perspectivas de las tradiciones religiosas de la humanidad, de manera particular aquellas de la fe cristiana, es fuente de conocimiento; ignorarla sería una grave limitación para nuestra escucha y respuesta. Aquí recuerdo algo que Sócrates le dijo a Faedo. En conversaciones anteriores, se habían vertido muchas opiniones filosóficas falsas, y por eso Sócrates dice: “Sería más fácilmente comprensible si a alguien le molestaran tanto todas estas falsas nociones que por el resto de su vida desdeñara y se burlara de toda conversación sobre el ser, pero de esta forma estaría privado de la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida”.


Occidente ha sido puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto solo puede sufrir grandemente. El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la negación de su grandeza: Este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. “No actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de Dios” dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de Dios, en respuesta a su interlocutor persa. Es a este gran logos, a la anchura de la razón, a donde invitamos a nuestros compañeros en el diálogo de las culturas. Es la gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente.


Benedicto XVI
Nota: El Santo Padre desea proporcionar una versión posterior de este texto, complementado con notas a pie de página. Por lo tanto, el presente texto debe considerarse como provisional.

Sin equívocos


EL PAÍS - Opinión - 08-09-2006
Ahora que estamos en tiempos de memoria histórica, me acuerdo de un viejo y querido amigo republicano que me enseñó muchas cosas sobre aquella época convulsa. Solía asegurar que uno de los mayores aciertos del franquismo fue inventar el término "rojos" para englobar a todos sus adversarios, desde los liberales hasta los estalinistas: de ese modo simplificaba sus argumentos ideológicos contra ellos, cortándolos todos a medida de su conveniencia. De un abuso semejante se quejaba hace pocos días (EL PAÍS, 3-IX-06) José María Ridao al denunciar que hoy se cuenta la Segunda Guerra Mundial como si hubiera sido "un conflicto moral entre un único culpable, encarnación del mal y la tiranía, y una constelación más o menos amplia de inocentes, encarnación del bien y la democracia". Ambas interesadas y sectarias abreviaturas se asemejan mucho a otra de nuestra actual política doméstica, la que convierte cualquier objeción a las iniciativas gubernamentales en parte de un globo aborrecible, "lo que dice el PP". Y tras este telón pintado ya no hay que molestarse en dar más detenidas explicaciones. Creo que la tal normativa propagandística es especialmente evidente en lo que toca al llamado "proceso de paz" en el País Vasco.

Desde luego, varios de quienes no lo vemos todo claro en este asunto no compartimos los planteamientos más truculentos de la oposición: no creemos que el presidente Zapatero sea un nuevo avatar del traidor conde Don Julián y aún menos que Rubalcaba sea la Cava. Yo incluso considero con cierto optimismo el sesgo cauteloso adoptado este verano por el Ejecutivo en sus tanteos a la banda criminal sometida a desguace. Es muy buena señal que tanto la propia ETA como Batasuna y otros representantes del nacionalismo más radical hayan coincidido en lamentar el parón sufrido por el "proceso" y aseguren que estamos en crisis y ellos a punto de un ataque de nervios: está claro que no obtienen sin más lo que buscan, lo cual contribuirá positivamente a que se acostumbren a buscar cosas más a su alcance. Si les viésemos más satisfechos, ya sería cosa de irse preocupando seriamente. Como tampoco debemos congestionarles la cabeza con excesivas ideas, que por falta de costumbre en su manejo pueden provocarles encefalitis, parece acertado atenerse ahora a mensajes sencillos y reiterados: la legalidad no piensa aceptar a la Batasuna pro-terrorista; por lo tanto, es Batasuna quien tendrá que resignarse a aceptar la legalidad. ¿Que se niegan y amenazan con volver a las andadas? Pues mal asunto..., sobre todo para ellos, dado que fuera de la legalidad, sin subvenciones y con una ETA semijubilada, les va a caer una rasca que no veas. A fuerza de kale borroka fastidiarán a bastantes, pero cada vez asustan a menos y desde luego no persuaden a nadie. En cuanto a los presos... Pues eso, que están presos y -más cerca o más lejos de casa- lo van a seguir estando muchos años: para ellos la larga, larga cuenta atrás, no puede empezar hasta que de veras ETA se desmantele del todo, de modo que ya tienen claro lo que les conviene. Punto y seguido.

Así que lo preocupante no es tanto cómo van las cosas por el momento, sino los equívocos sobre el concepto mismo de lo que está en juego. Las suspicacias ante la expresión megalómana "proceso de paz" no son meros tiquismiquis terminológicos, sino que van más al fondo del asunto. Un proceso de paz no sólo implica dos partes enfrentadas en algo así como una guerra, sino sobre todo dos partes en principio igualmente distantes de lo que luego será llamado finalmente "paz". Lo cual poco tiene que ver con el caso que nos ocupa, donde la paz a conseguir es el disfrute sin coacciones ni amenazas de las garantías constitucionales vigentes en nuestro Estado de Derecho, que es lo que han defendido quienes han luchado contra ETA y sus servicios auxiliares. Dar a entender otra cosa, permitir que prospere el equívoco de que finalmente para acabar con la violencia hay que instrumentar algo distinto al terrorismo, pero también distinto a la legalidad constitucional (hablando, por ejemplo, de "normalización política", como si la política vasca hubiera sido hasta ahora "anormal" por algo distinto a las amenazas y atentados sufridos por los no nacionalistas), es desconcertante y desmoralizador para los demócratas, mientras que tonifica a quienes por medio de los crímenes o al socaire de ellos sólo han buscado reforzar el nacionalismo obligatorio en el País Vasco. Y permite el crecimiento de flores retóricas como la propuesta del menguante Madrazo, que recomienda consultas a los "colectivos sociales" antes, durante y después del proceso (con un cuestionario diseñado por él, supongo) para sondear qué quiere la gente en la "tabula rasa" de Euskadi. O sea que, gracias al sacrificio de ETA, por fin el pueblo va a ser escuchado... Por cierto, comprendo los remordimientos de Günter Grass por su pasado juvenil en las SS nazis: sin llegar a tanto, yo me muero de vergüenza al recordar que, siendo yamucho menos joven, aún votaba a Izquierda Unida.

El centro de estos equívocos es, claro está, lo del "diálogo". ¿Quién va a estar en contra del diálogo? Imaginen que alguien les pregunta si opinan ustedes que en Kakania los toruguenses y los cabricéfalos deben resolver su secular conflicto dialogando, en lugar de a cañonazos. Como ustedes no saben dónde está Kakania, ni conocen a toruguenses ni a cabricéfalos, ni tienen idea del conflicto que les enfrenta, responderán que sí, que naturalmente siempre es mejor dialogar que matarse. De modo que el diálogo es como el buen tiempo: todo el mundo está a favor, lo malo es que lo entienden de modo distinto el agricultor que espera lluvia para su cosecha y el excursionista al que le conviene que haga sol. A favor del diálogo están, por ejemplo, los miembros del grupo de apoyo al País Vasco del Parlamento Europeo, que pretenden que esta Cámara intervenga, "entre otros muchos actores", en la solución del problema de Kakania, digo del País Vasco. Según el portavoz de este grupo amistoso, que -¡oh, sorpresa!- es el Sr. Bernat Joan, eurodiputado de ERC, "la única solución válida es aquella que se acuerde entre todos a través del diálogo y el reconocimiento de todos los derechos individuales y colectivos de los que viven en el país, independientemente de si residen bajo administración francesa o española". Me encantaría saber cuáles son esos derechos cívicos y políticos que las tiranías española y francesa no respetan, así como qué tiene que ver esa fantasía con el cese de la actividad de ETA..., que, por cierto, no actúa en Francia, donde las cotas autonómicas son algo más bajas que en España. Pero eso en cuanto comience todo el mundo a dialogar, se aclarará enseguida. ¡Gran cosa, el Parlamento Europeo! Tiene un grupo de amigos de Cuba para apoyar a la dictadura castrista que pisotea los derechos cívicos y políticos en la isla y, para compensar, un grupo de amigos del País Vasco que solicita respeto a esos mismos derechos ante las democracias de España y Francia, haciéndose eco de las reivindicaciones de Batasuna. La verdad, no me explico por qué no hace más que disminuir el entusiasmo por las instituciones europeas... También ha mostrado mucha pasión por el diálogo Mayor Zaragoza en una conferencia dada el pasado agosto en San Sebastián: lo ha recomendado como una fuente de inspiración que fue capaz de resolver conflictos como por ejemplo el de Suráfrica. Así será, aunque yo no veo grandes similitudes entre Suráfrica y el País Vasco..., como no sea que bastantes vascos ya estamos "negros" de tanto oír pomposas vacuidades sobre nuestros males.

El diálogo suele recetarse "sin imposiciones": o sea, que si se suspende ETA, se suspendan también las leyes vigentes, salvo la de la gravedad y dos o tres más. Pues no, mire, que no haya equívocos: algunos queremos que siga vigente la imposición legal del Estado de Derecho y la Constitución. No queremos ni mucho menos un "Estado residual" que nos someta a caciques feudales de nuevo cuño. Por eso no nos gusta la famosa mesa en la que tendrá lugar el famoso diálogo, etc. En una película de Monty Pithon, el inolvidable Terry Jones inventaba la silla, según él, "un artefacto para sentarse en el suelo pero más arriba". La mesa de partidos es un artefacto para sentarse en el Parlamento, pero fuera y para buscar la legalidad saliéndose de ella. Que no haya equívocos; es por eso por lo que no nos gusta, no porque lo diga el PP. Y sería bueno que a los ciudadanos no se les alimentase con equívocos, por saludable que al principio pueda parecer esa dieta estupefaciente.

Fernando Savater

Jesús y la tradición

Dejáis de un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres (Mc, 7, 1-8. 14-15. 21-23)

Se puede invocar a Dios con la boca y tener el corazón muy lejos

Jesús nos habla en este evangelio de que no son las cosas exteriores, ni las tradiciones, ni los preceptos, lo que agrada a Dios. Lo que Dios mira y lo que le agrada es el corazón sano del hombre, su interior, su intención, la orientación fundamental de su vida. Hasta el culto sería vacío sin una actitud recta y de amor.

Hay quien por defender las normas, rompe las relaciones con los demás, excomulga, excluye del diálogo, y hasta se llega a rechazar al prójimo que "no cumple".

"Cumplir" para tener seguridad

También en la fe los cambios han producido inseguridad y confusión. Es natural que muchos busquen un cuerpo doctrinal seguro, un código de conducta bien definido, una organización religiosa fuerte. Ante los individualismos y la anarquía se busca la seguridad de la tradición. Ante la irrupción de tantas novedades, la solidez del pasado.

Es cierto que no se puede releer el evangelio santándose los siglos en los que podemos ver las posibilidades de vida que ha inspirado. Pero se ha de evitar el pensar que la fe se transmite mecánicamente como un objeto que pasa de mano en mano. Una tradición que sea mera transmisión de fórmulas o rúbricas litúrgicas, conduce a una asfixia mortal. Hay que estar en una situación constante de búsqueda de la voluntad del Padre, hoy y ahora.

La manera de vivir lo mismo en un contexto cultural nuevo, consiste en vivir lo mismo de una manera nueva.

Parroquia del Carmen

Las dos Españas

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La derrota de ETA


Tengo en San Sebastián un vecino de barrio que me insulta cada vez que me cruzo con él por la plaza del Buen Pastor. El insultador tiene un catálogo que va desde los improperios autóctonos hasta otros que se pueden oír en cualquier otra parte de España. Hay que decir que este sujeto malencarado siempre incluye en sus invectivas alguna nota editorial. A comienzos del alto el fuego me decía que aprovechara, que ahora había paz, pero últimamente me dice que nos va a caer una gorda. Desconozco el nivel exacto de vinculación de este individuo con los terroristas, pero tengo la sensación de que se limita a repetir lo que oye en casa, lo que escucha decir en esa enorme secta, amalgamada durante años por la muerte ajena, en que se han convertido los violentos en la Comunidad Autónoma vasca.

Como no me ha gustado nunca que los análisis me los hagan otros y, menos aún, si los otros son violentos, les cuento cómo veo yo las cosas en este córner del Cantábrico.

Tres años largos sin asesinatos han incorporado la ausencia de muertes a nuestras vidas hasta convertir en feliz rutina lo que nunca debió de ser otra cosa. Hay un clima generalizado de esperanza y cautela, un deseo de que ésta sea la buena y la certeza de que el tiempo del terrorismo que hemos sufrido en España ha terminado.

Sigue habiendo episodios de violencia callejera y un exceso de protagonismo informativo del mundo violento, pero con ser esto peligroso y aburrido no se puede comparar, en ningún caso, con la tregua anterior, cuando no nos mataban, pero no nos dejaban vivir.

Los movimientos cívicos y algunos medios de comunicación hemos conseguido el desprestigio social de la muerte y hoy es prácticamente imposible escuchar aquellos bramidos de "ETA, mátalos", que durante los años ochenta, y parte de los noventa, alfombraban nuestras calles de continuo.

Hay una fatiga de los materiales entre los violentos, por la eficacia policial y también con la constatación del fracaso de una generación que lleva pegando tiros, u ordenando pegarlos, desde que tenía veinte años, y ve cómo se acercan a los sesenta sin haber conseguido ni uno solo de sus objetivos, en un clima de creciente aislamiento y desprestigio y desbordados por otros terrorismos.

Estamos en un momento en el que los violentos pretenden poner en pie un discurso legitimador que justifique que tanta sangre, tanto dolor, tanta tristeza, y también tanta cárcel, han sido necesarios; mientras que buena parte de la sociedad sólo aspira a que le dejen en paz, vincula ausencia de atentados con resolución del problema y puede estar más dispuesta a hacer ciertas concesiones políticas antes que a ver a asesinos como Francisco García Gaztelu por la calle. Máxime después del derroche de inhumanidad y ausencia de empatía desplegado por este antiguo enfermero en los juicios por sus múltiples asesinatos. Hemos pasado de la paz por presos a la paz con alguna recompensa.

El Gobierno hace bien en explorar, en implicarse y en arriesgar para tratar de cerrar tantos trienios de sangre. Es su obligación, además de su apuesta. Pero tiene que ser consciente de cuánto se expone en esa operación, dada la proverbial deslealtad de los violentos y su locuacidad a la hora de contar reuniones supuestamente discretas.

La oposición parece haber delegado buena parte de su capacidad de análisis en los violentos. Da por buenos sus diagnósticos y bravatas, sostiene machaconamente que ETA nuncamiente -y que el Gobierno, sí- y parece siempre dispuesta a engordar el discurso ganador de la banda hasta un punto que ni los propios terroristas se creen, a juzgar por sus comunicados.

Los que dirigen la estrategia del PP confirman cada día que de colaboración con el Gobierno, nada de nada, y de atizador del clima de crispación, en comandita con algunos medios, todo lo que haga falta y dos huevos duros.

Estoy convencido de que estamos ante el final del terrorismo. Se trata de que en este momento, sobre todo los que hemos sufrido sus consecuencias durante años, seamos capaces de poner en pie un discurso ganador, ganador de la democracia frente a quienes han sido derrotados en su intento de destruirla. De la misma forma que en los tiempos de la transición se instaló el discurso del consenso, como un antídoto contra los extremismos y la vuelta al pasado, ahora debería quedar clara la verdad: que ha ganado la democracia.

Para ello, los que han asesinado tienen que dejar de hacerlo sin que el resto sintamos que nos hacen un favor por el que tenemos que pagarles; tienen que renunciar definitivamente a la violencia, aceptar la ley de Partidos y ser legales, en todos los sentidos, sin entender que eso es una derrota y sí un triunfo. Tienen que asumir la frustración como algo inherente al hacer política, pisar la realidad, bajarse del narcisismo inherente al terrorismo y, con sorbitos de metadona, asumir que el mañana no les pertenece.

En este contexto, resulta muy significativa la que podríamos llamar lucha de clases en el seno del nacionalismo. El PNV le recuerda a ETA, día si y día también, algo insoportable: nosotros (el PNV) acertamos al apostar por la vía estatutaria; ustedes (ETA), que nacieron para sustituirnos, se equivocaron al seguir con la violencia cuando llegó la democracia. HB arremete de forma obsesiva contra Aralar, su escisión desapegada de la violencia, contra EA y contra la Izquierda Unida vasca (EB). Hemos pasado de la guerra de posiciones a la guerra de movimientos y HB quiere recuperar los votos centrifugados a derecha e izquierda.

Estamos ganando al terrorismo, la democracia española ha derrotado a quienes inauguraron su delirio etnicista de patria asesinando a policías. Se trata de que nos lo creamos, de establecer ese discurso ganador, de no cometer ahora errores en los que antes no se incurrió.

Se trata de que el Gobierno actúe con cautela y de que la oposición recupere la memoria y tenga claro quién es el enemigo a batir. Se trata de poner en limpio la derrota del terrorismo.

José María Calleja

Un sectarismo que acabará matándonos

El autor sostiene que, ante cualquier discrepancia, debe salvaguardarse la pacífica convivencia común, eje de la democracia misma.

EL PAÍS - España - 26-08-2006
Debo el título de este artículo a la generosidad de mi amiga Rosa Montero, que con esa frase terminaba hace poco una de sus estupendas columnas de EL PAÍS. Lo único que no puede permitirse la democracia española es la demagogia y el sectarismo. Conviene reparar en el sentido hondo de la palabra sectarismo para comprender toda su extensión. El sectarismo es conducta, o palabra, propia de los sectarios; es decir, de aquellos que profesan y siguen a una secta, sus secuaces, los fanáticos e intransigentes, normalmente energúmenos, que se dan tanto en la derecha como en la izquierda española. Y no sólo en nuestras organizaciones políticas, lo cual es muy grave, sino en la actitud incivil por excelencia que consiste en enfrentar, dividir, romper, coaccionar y sentenciar la voluntad de vivir juntos; esto es, el ejercicio político esencial de la democracia: la inquebrantable voluntad de no romper por nada, ni por nadie, la concordia civil.

Entendámonos: podemos no estar de acuerdo, en todo, menos en la indomeñable determinación de seguir juntos. Porque ésa es la esencia democrática de la nación: la permanencia buscada, querida, amparada y practicada de la concordia política. Concordia es la inquebrantable voluntad de vivir juntos los españoles. Con independencia de no estar de acuerdo, o precisamente por ello, porque hay cuestiones en la vida pública, política, intelectual, etcétera, en la que no es posible estar de acuerdo, es el desacuerdo democrático el bastión que hace posible que, pese a disentir, no exista entre nosotros, los ciudadanos españoles, enfrentamiento alguno que perjudique y ponga en jaque la concordia de la polis, el arte delicado, inteligente y culto de la convivencia en común; o sea, de la democracia misma.

Todo lo dicho, naturalmente, implica en la actual hora de España, el ejercicio de una añeja virtud: la finura de espíritu. No es planta que crezca muy espontánea entre los linderos de nuestra historia. Pero la ha habido, ha crecido alguna vez, y con ella se ha hecho posible lo mejor de nuestro presente: el establecimiento, tras la dictadura de Franco, de un régimen democrático para todos los españoles, amparado por la Constitución.

Creo que hoy día la política española está sufriendo un grave ataque de sectarismo, como si fuese la gota, imputable a quienes así se comportan, sólo a ellos, y en absoluto aplicable, como crítica, a toda nuestra clase política y mucho menos a la ciudadanía. En otras palabras: no todo lo que dice el Partido Popular es absolutamente retrógrado, reprobable, apocalíptico, fuera de control, exento de sentido, cruel, signo inequívoco de la bestia y la maldad de los tiempos. Ni, naturalmente, todo lo que propone el Partido Socialista sirve únicamente al cultivo morboso de la herejía, ni a los intereses inconfesables y malolientes de las cloacas.

No todo es horrible. No todo arrasa con todo en este momento de la hora de España. No todo sirve para tirárselo a la cabeza en cada sesión del Parlamento, y no estaría nada mal pensarlo ahora -a la sombra si es posible-, precisamente que hemos concluido el actual periodo de sesiones.

No todo sirve para convertir el Parlamente en circo, escándalo o espectáculo escasamente edificante. No, el Parlamento español, el Congreso de los Diputados y el Senado, las Cortes Generales de España, son algo muy serio, tanto para el Gobierno como para lo oposición, que debe ser en democracia un contrapoder del Estado. Son la sede de la soberanía nacional de los españoles, de todos ellos, incluso de los que no quieren serlo pero tienen en ellas su representación parlamentaria perfectamente legítima y digna; y guardarles al Congreso y al Senado el debido respeto y la compostura como instituciones claves de la representación democrática del pueblo español, es hacerlo de modo directo con los sujetos de la soberanía de la que emana su representación; es decir, todos los españoles.

No es posible seguir por la senda según la cual cada sesión de nuestro Parlamento ahonda en la herida de vencedores y vencidos, fusilados y exiliados, represaliados y difuntos nacionales o republicanos (lo he dicho muchas veces: repárese lo que sea preciso, imprescindible y de justicia a todos los injustamente tratados por una larga dictadura que secuestró las libertades de los españoles durante 40 años), pero no sigamos haciendo del fantasma cruento de la Guerra Civil el soporte del incivil comportamiento parlamentario de algunos, o de muchos en demasiados momentos. De aquellos a los que no importa denigrarse y denigrar la institución parlamentaria ni instar a la ruptura de la concordia civil entre los españoles.

Hay ya demasiados ofendidos en España. Hay demasiada intransigencia en el aire, demasiado malas formas, demasiado grito, demasiado exabrupto, demasiado todo. Y falta claridad en las ideas, en la exposición argumentada de los principios, en la exigencia de claridad en las políticas, de determinación en el cumplimiento de los objetivos y en la mejora, imprescindible, de las relaciones entre el principal partido de la oposición y el Gobierno de España, del Gobierno de España con el principal partido de la oposición. Para ello es necesaria la recuperación de la confianza y la sinceridad en el tratamiento de los grandes asuntos del Estado: la lucha democrática para vencer definitivamente al terrorismo y asistir a su desaparición en España, cuya iniciativa corresponde lógicamente al Gobierno a la vez que éste debe practicar el mayor ahínco en dialogar y hablar también de este importantísimo asunto con la oposición. Y ésta hacer un esfuerzo, también, para dialogar con el Gobierno hasta donde sea democráticamente posible. Así como la inmigración, la seguridad, la política exterior, la política educativa, el modelo autonómico, los problemas demográficos, la extensión justa y positiva de las libertades civiles, la dependencia familiar, la sanidad universal, el mantenimiento de nuestro Estado europeo del bienestar, la pervivencia de los valores constitucionales, del entramado de instituciones que vertebran la democracia, del constante mimo para hacerlas entre todos más de todos y mejores, en lo que respecta a su excelencia y continuidad democráticas.

Y todo este sectarismo (que tiene tantas caras y tantos intérpretes) que nos lleva a no oír, a descalificar cualquier opinión antes de que ésta sea emitida, a que todo sea prejuzgado a gritos extemporáneos y absurdos, a que los adversarios políticos se miren más cada día como enemigos de guerra y no como cuerdos contrincantes demócratas; todo esto nos va limando, nos va matando poco a poco como sociedad libre que debiera serlo cada vez mejor y más civilizadamente democrática.

Joaquín Calomarde es diputado del Partido Popular en el Congreso

La sabiduría de la inseguridad

La seguridad surge cuando uno asume su mas radical inseguridad

He aquí una persona que sabe que dentro de dos semanas tiene que operarse. En ese intervalo no siente dolor físico alguno, tiene comida abundante, está rodeado de amigos y de cariño, sigue haciendo un trabajo que de ordinario le interesa mucho. Pero el miedo le ha quitado la capacidad de disfrutar de esas cosas. No tiene ojos para las realidades cercanas a su alrededor. Su mente está preocupada con algo que aún no ha llegado. No es como si estuviera pensando en el asunto en plan práctico, tratando de decidir si se opera o no, o haciendo planes para su familia y sus negocios en caso de muerte. Estas decisiones ya se han tomado. Está sencillamente pensando en la operación de manera totalmente inútil que echa a perder la alegría del momento presente y no contribuye nada en absoluto a resolver ningún problema. Pero no puede remediarlo.

Es un problema típicamente humano. El objeto que inspira miedo no hace falta que sea una operación a corto plazo. Puede ser el problema del alquiler del mes que viene, o la amenaza de guerra y calamidades sociales, la duda de poder ahorrar suficiente para la vejez o, finalmente, la muerte. Lo que le agua la fiesta a la persona puede que no sea tampoco el miedo al futuro. Puede que sea algo pasado, el recuerdo de alguna pena, alguna falta o indiscreción, que envenena el presente con el resentimiento o la culpabilidad. El poder de la memoria y de la expectación es tal que, para la mayor parte de los seres humanos, el pasado y el futuro no son tan reales, sino más reales que el presente. No podemos vivir felizmente el presente hasta no haber limpiado el pasado e iluminado en promesa el futuro.

No cabe duda de que el poder de recordar y prever, de poner en orden el caos disparatado de momentos aislados, es un logro maravilloso del sentir humano. En cierto modo, es el mayor logro del cerebro humano, que le da al hombre una fuerza extraordinaria para sobrevivir y adaptarse a la vida. Pero la manera como de ordinario utilizamos este poder hace que más bien destruya todas las ventajas que trae. De poco sirve poder recordar y prever, si eso nos hace incapaces de vivir plenamente el presente.

¿De qué sirve poder preparar de antemano los menús de la semana que viene, si luego no puedo disfrutar de la comida cuando llega? Si estoy tan ocupado en pensar qué voy a comer la semana que viene que no puedo disfrutar del todo con lo que estoy comiendo ahora, tendré el mismo problema cuando las comidas de la semana que viene se conviertan en ahora.

Si mi felicidad en este momento consiste, en gran parte, en pasar revista a memorias y esperanzas felices, sólo puedo estar muy débilmente en contacto con el presente cuando las maravillas que esperaba lleguen a suceder. Porque para entonces me habré acostumbrado a mirar adelante y atrás, y me habré incapacitado a mí mismo para ocuparme del aquí y ahora. Si al estar en contacto con el pasado y el futuro pierdo contacto con el presente, ha llegado el momento de preguntarme si es que vivo o no de veras en el mundo real.

A fin de cuentas, el futuro no tiene sentido ni importancia, a no ser que, más pronto o más tarde, haya de pasar a ser presente. Planear para un futuro que no va a convertirse en presente es tan absurdo como planear para un futuro que, cuando llega, me encuentra "ausente", mirando por encima de su hombro, en vez de mirarlo a la cara.

Esta modalidad de vivir en la fantasía de la esperanza, en vez de la realidad del presente, es la especialidad desastrosa de esos hombres de negocios que viven exclusivamente para hacer dinero. Muchas personas adineradas entienden mucho más sobre cómo hacer y ahorrar dinero que cómo usarlo y disfrutarlo. No llegan a vivir, porque siempre se están preparando a vivir. En vez de ganarse la vida, se están ganando ganancias, y así, cuando llega el tiempo de aflojar y pasarlo bien, son incapaces de hacerlo. Muchos hombres "de éxito" se aburren y lo pasan pésimamente cuando se jubilan, y otros continúan con su trabajo sólo para impedir que alguien más joven que ellos ocupe su puesto.

Éste, pues, es el problema humano: por cada aumento de sensibilidad hay que pagar un precio. No podemos hacernos más sensibles al placer sin hacernos más sensibles al dolor. Recordando el pasado podemos prever el futuro. Pero la capacidad de prever el placer queda anulada por la "capacidad" de temer el dolor y estremecerse ante lo desconocido. Además, al desarrollar un fino sentido del pasado y futuro, debilitamos el sentido del presente. En otras palabras, parece que hemos llegado a un punto en que las ventajas de ser consciente quedan contrapesadas por las desventajas, ya que la extremada sensibilidad nos hace inadaptables.

En esas circunstancias, nos encontramos en conflicto con nuestros propios cuerpos y el mundo a su alrededor, y llegamos a la consolación de poder pensar que en este mundo somos sólo "extranjeros y peregrinos". Porque, si nuestros deseos no están de acuerdo con nada de lo que el mundo finito puede ofrecernos, parece seguirse de ahí que nuestra naturaleza no es de este mundo, que nuestro corazón está hecho no para lo finito, sino para lo infinito. La insatisfacción de nuestras almas podría ser el signo y sello de su divinidad.

Allan Watts

Tres pasiones


Tres pasiones, sencillas pero tremendamente fuertes, han regido mi vida: el deseo de amar y ser amado, la búsqueda del saber y una compasión, superior a mis fuerzas, por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones, como vientes potentes, me han zarandeado de aquí para allá, en navegación tortuosa, por el océano profundo de la angustia, hacia el borde mismo de la desesperación.

Busqué primero el amor, porque trae consigo el éxtasis -éxtasis tan grande que muchas veces hubiera sacrificado yo el resto de mi vida por unas pocas horas de su gozo-. Lo busqué, también, porque el amor alivia la soledad -esa terrible soledad en la que el tembloroso ser que tiene conciencia de sí mismo se asoma al borde del universo y ve un frío abismo sin fondo y sin vida-. Y lo busqué, finalmente, porque en la unión que es amor he visto, como en mística miniatura, la visión anunciadora de ese cielo que los santos y los poetas han imaginado. Eso es lo que busqué y, aunque parezca demasiado gozo para el hombre, eso es lo que -al fin- he encontrado.

Con el mismo apasionamiento busqué el saber. He deseado entender el corazón del hombre. He querido saber por qué brillan las estrellas. Y he intentado apoderarme del poder pitagórico gracias al cual el número triunfa sobre el flujo. Algo de esto, aunque no mucho, he conseguido.

El amor y el saber, en cuanto me fueron posibles, me levantaron hacia arriba, hacia los cielos. Pero la compasión me devolvió siempre a la tierra. Ecos de gritos de dolor reverberan en mi corazón. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos inválidos que son sólo una carga odiada para sus hijos, y todo ese mundo de soledad, pobreza y sufrimiento convierte en burla lo que la vida humana debería ser. Aspiro con toa mi alma a aliviar el mal, pero no puedo, y sufro.

Esta ha sido mi vida. La juzgo digna de vivirse y, si se me diera la oportunidad, volvería a vivirla con gusto.

Bertrand Russell
Prólogo de la Autobiografía