Blogia

cuatrodecididos

Aquí nadie sabía nada


Vaya por Dios. Ahora resulta que nadie sabía nada. Que todos estaban en la inopia, mirando hacia otro lado. Hacia cualquier lado, claro, que no fuera aquel donde no convenía mirar. Ahora van y dicen, mis primos, esos centenares y miles de primos que moran, trabajan y votan en los pueblos y ciudades de esa Costa del Sol, de esa Costa Blanca o de tantos y tantos lugares con o sin costa, que mientras toda esa peña de notorios sinvergüenzas robaba a mansalva sin distinción de ideología, lengua o bandera, se repartía cada ladrillo y cada metro cuadrado urbanizable o por urbanizar y se zampaba mariscadas maquinando cómo llevárselo muerto por la patilla, todo eso, cada chanchullo, cada chantaje, cada mordida, ocurría –y sigue ocurriendo– bajo sus napias sin que nadie, nunca, se percatara de ello. Sin que nadie se extrañase porque camareros o fulanos en el paro estuviesen, al cabo de pocos años, conduciendo cochazos de quince kilos y construyéndose casas de película entre campos de golf. Sin que a ninguno de tantos miles de ciudadanos honrados y honorables le pusiera la mosca tras la oreja el hecho probado de que, en cualquier ayuntamiento español, la concejalía de Cultura te cae sin que la pidas, mientras que por la de urbanismo, que es donde se mueve la mortadela, hay bofetadas y navajazos sin piedad.

Vayan y pregúntenles. Me refiero a ellos, a los ciudadanos ejemplares que ahora mueven la cabeza y dicen hay que ver. Asombra lo poco que advertían el estado real de las cosas. Lo despistados que andaban con su buena fe entre tanto hijo de puta de ambos sexos. Me recuerdan, salvando las distancias –que en el fondo tampoco son muchas–, a todos esos buenos ciudadanos alemanes que, después de haber sacudido cada mañana, durante años, la ceniza de la ropa que tenían colgada a secar en el balcón, pusieron ojos como platos al enterarse, perdida la guerra, de que en las afueras de su puto pueblo había hornos crematorios. Me recuerdan también –salvando igualmente las distancias, faltaría más– a todos esos buenos ciudadanos vascos y vascas que después de tantos años tomándose los chiquitos a gusto, paseando el domingo con la familia y murmurando «algo habrá hecho» cuando se cruzaban con un fiambre o con alguien que hacía las maletas, mueven ahora la cabeza comentado «ya decía yo que las cosas terminarían arreglándose solas». Me recuerdan, en resumen, a toda esa buena y honrada gente que, como don Tancredo, nunca se entera de nada, nunca mueve un músculo, hasta que pasa el toro. Y luego, por supuesto, se indigna un huevo. Faltaría más. O se es persona o no se es.

Pero es que, como digo, ellos no sabían nada. En un país de golfos donde quienes mandan de verdad no son los políticos –que ya sería una desgracia por sí misma–, sino los capitostes de la mafia del ladrillo con sus políticos a sueldo, todo cristo estaba en lo alto de un guindo. Y sigue estando, claro. De los escándalos ya conocidos o los cientos por conocer, nunca supo ni sabe nada el vendedor de coches de lujo que se frota las manos cada vez que don Fulano o don Mengano –antes del pelotazo, Fulanillo y Menganillo a secas– se dejan caer por el concesionario con los bolsillos abultados de fajos de billetes de quinientos euros, de esos que las autoridades económicas acaban de saber –los ciudadanos normales lo sabíamos desde hace mucho– que uno de cada cuatro, o más, circulan en España. No sabe nada el honrado comerciante que les vende los televisores y el deuvedé, ni el que les amuebla la casa, ni el que les instala los cuartos de baño con grifería de oro. No sabe nada el del vivero que les pone el césped, ni el tendero que les vende el caviar, ni quien consigue que, gracias a tal o cual favor o sumisión, su hijo, su cuñado o su nuera consigan curro en tal o cual sitio. Tampoco sabe nada el notario que se ocupa de sus contratos, ni el dueño del restaurante en cuyo reservado, a setecientos euros cada botella de gran reserva, se reúnen a comer con los socios y los amigos para recalificar esto o aquello. No sabe nada el empleado de la agencia que prepara los billetes para el safari, ni el del hotel que dispone la suite de costumbre. No saben nada el electricista, ni el fontanero, ni el panadero, ni la florista, ni el del kiosco que les vende el Marca, ni yo, ni usted, ni el vecino. Nada, oigan. En absoluto. Ninguno sabemos una puñetera mierda. Todos somos asquerosamente inocentes.

Arturo Pérez-Reverte

En Tierra de Nadie


¿Por qué seguir hoy sintiéndose parte de la Iglesia, aun percibiendo tantas contradicciones como tiene, aun sabiendo que tenemos muchas asignaturas pendientes y que hay muchas cuestiones que necesitan otras respuestas? ¿Cómo vivir con paz y con alegría la pertenencia a esta Iglesia nuestra, con sus luces y sombras?

Hay gente que está sistemáticamente en contra de todo lo que tenga que ver con la Iglesia, a la que reduce a tópicos muy trillados. En el extremo opuesto, hay otra gente que parece incapaz de admitir la menor crítica, de aceptar que hay muchas situaciones que requieren nuevos pasos y respuestas diferentes. Y hay otra mucha gente que estamos en tierra de nadie. Nos sentimos parte de esta Iglesia, vemos sus valores y nos inquietan sus inercias, y al tiempo la deseamos siempre mejor, siempre más evangélica. En este libro José María Rodriguez Olaizola,sj ofrece, partiendo de sus propias incertidumbres, inquietudes y esperanzas, algunas pistas sobre por qué seguir, cómo vivirse y crecer sintiéndose parte de la iglesia en esta tierra de nadie. Una propuesta que pude iluminar muchas de las búsquedas, los conflictos y las preguntas que bastantes personas nos hacemos a menudo.

Aquí están muchas personas cuya fe es más personal, que tienen reservas hacia la institución, que dudan ante las incoherencias que se perciben. Estamos muchos que no nos sentimos en paz con declaraciones tajantes para problemas culturales y sociales que requieren muchas consideraciones cotidianas; pero tampoco nos sentimos alineados con quienes meten en el mismo saco todas las reivindicaciones del mundo, ya se trate de familia, vida, investigación, como si todo valiese o como si todo fuese lo mismo… La tierra de nadie es ese espacio en el que viven divorciados que, tras un fracaso que ha podido ser inevitable, se sienten en la encrucijada de rehacer su vida (y sentirse apartados de la Iglesia), o quedar presos de una situación muy dura. Es el espacio donde viven los hombres y mujeres que aman a otros hombres y mujeres, respectivamente, y aman al Dios de Jesús, pero sienten que se les dice que uno de los dos amores no cabe en su vida o en su Iglesia. Donde teólogos que buscan nuevas formas de anunciar el mismo evangelio tienen miedo de buscar, porque equivocarse se iguala a atacar… pero si no se buscan nuevos caminos, aunque no haya error, tampoco avanzará la búsqueda de una verdad más plena. En la tierra de nadie están tantas mujeres que ven una cierta contradicción entre las afirmaciones que les dicen que pintan mucho en la Iglesia, y la masculinidad absoluta que hay en la toma de decisiones eclesial (no hay más que pensar en un cónclave). Y muchos jóvenes que necesitan una palabra de acogida y de sentido que les hable de sus vidas, sus problemas y sus límites hoy (y no hace cincuenta años, cuando la sociedad era otra, la cultura era otra, las imágenes y prácticas otras, el mundo otro). En la tierra de nadie, sin dramatismos, estamos los que nos llevamos bofetadas de unos (que nos acusan de pertenecer a una Iglesia muy encastillada), y de otros (que dicen que nos dejamos llevar por el mundo).


pastoral sj

Avanzar


No, no te detengas.
Comenzar bien es una gracia de Dios.
Continuar por buen camino
y no perder el ritmo...,
es una gracia todavía mayor.
Pero la gracia de las gracias,
está en no desfallecer,
con fuerzas todavía o ya no pudiendo más,
hecho trizas o añicos,
seguir avanzando hasta el fin.

Helder Camara

Día de la Esperanza 2006

El día de la Esperanza es la fiesta de la solidaridad de Intermón Oxfam.


Es un día para celebrar que creemos que las cosas pueden cambiar para conseguir un mundo más justo e implicarnos en su construcción.

Queremos explicar qué hacemos para defender los derechos fundamentales de las personas e invitamos a todos los ciudadanos a participar, porque su ayuda y apoyo son del todo indispensables.

Para conseguirlo, organizamos una gran fiesta que se celebra el mismo día en muchas ciudades de toda España, con la participación de más de 200.000 personas que disfrutan de juegos infantiles, actuaciones musicales, muestras de artesanía, gimcanas…

El éxito de esta gran fiesta no sería posible sin la participación de los más de 4.300 voluntarios que, con su esfuerzo e ilusión, la hacen posible año tras año.

Ir a la fiesta de la solidaridad Un Día para la Esperanza es una buena oportunidad para:

Conocer de cerca nuestros proyectos de desarrollo y ayuda humanitaria
Desde 1956 trabajamos junto a las personas de los países más pobres. En 1997, sumamos esfuerzos con Oxfam Internacional para conseguir más eficacia. Hoy, damos apoyo a 526 proyectos de desarrollo y ayuda humanitaria en África, América Latina y Asia. Infórmate más a fondo de nuestro trabajo y de cómo puedes colaborar.

Conocer el comercio justo
En este stand descubrirás lo que es el comercio justo y los diferentes productos importados del Sur. Además, con el aliciente añadido de que si vienes podrás degustar algunos productos de alimentación.

Conocer nuestras publicaciones editoriales y productos IO
Libros para todos los gustos y para todos los públicos, ideas solidarias para regalar, propuestas educativas para trabajar en clase...

Infórmate sobre nuestras campañas
Armas bajo control, Comercio con justicia, Pobreza cero, Objetivos del milenio... la movilización social fomenta valores y actitudes que generan cambios positivos. Conoce nuestras campañas y pregunta sobre ellas.

Lee el manifiesto
Para que la voz de las personas del Sur se escuche en el mundo entero, presentaremos un Manifiesto el día de la fiesta. Léelo y haz circular el mensaje de la Esperanza.

Participa en la acción simbólica
Ven a Un Día para la Esperanza y acércate a Nicaragua. Ven a compartir tu deseo con nosotros. Hincharemos miles de globos verdes, símbolo de esperanza, con los deseos de todos los participantes en la fiesta. Invita a tus amigos y familiares. Que te acompañen este día. Ayúdanos a llenar la fiesta de deseos de esperanza. ¡Ven!

Haz realidad el deseo de una familia nicaragüense
Una vez hayas hinchado tu globo en la acción simbólica, justo al lado, encontrarás varios deseos que responden a necesidades básicas de las familias de Nicaragua. Con una pequeña aportación, podrás hacer realidad muchos de esos deseos y nos ayudarás a llenar un gran panel de deseos conseguidos. ¡Ven y ayúdanos!

Participa en el juego Nicaragua: Tierra para vivir
Participa en el juego y, a través de diversas pruebas, podrás conocer algunas cosas de Nicaragua, cómo trabajan algunos productores de café siguiendo criterios de comercio justo, las mejoras de canalización y construcción de pozos de agua o la participación de las mujeres en su comunidad.

Diversión asegurada
Y, como no hay fiesta sin música ni gastronomía, todas estas actividades estarán acompañadas de actuaciones musicales de grupos de diferentes lugares, podrás probar las barritas de sésamo y, en algunas ciudades, habrá degustaciones de comida típica de diversas partes del mundo.

Image Hosted by ImageShack.us

Que mi vida sea canto...


Si se calla el cantor,
calla la vida.
Porque la vida
misma es toda un canto.
Si se calla el cantor,
muere de espanto.
La esperanza, la luz y la alegría.
Si se calla el cantor,
se quedan solos los humildes gorriones, de los diarios.
Los obreros del puerto, se persignan.
Quién habrá de luchar, por sus salarios.

Qué ha de ser de la vida,
si el que canta, no levanta su voz en las tribunas.
Por el que sufre,
por el que no hay ninguna razón que lo condene a andar sin manta.

Si se calla el cantor,
muere la rosa.
De qué sirve la rosa, sin el canto.
Debe el cantor ser luz,
sobre los campos,
iluminando siempre, a los de abajo.
Que no calle el cantor,
porque el silencio cobarde apaña la maldad, que oprime.
No saben los cantores de agachadas:
no callarán jamás de frente al crimen.

Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito.
Que mil guitarras desangren en la noche,
una inmortal canción al infinito.

Si se calla el cantor, calla la vida

Violeta Parra

Promesa incumplida


José Antonio Alonso

EL PAÍS - Opinión - 26-03-2006
En 1960, al inicio de la oleada descolonizadora de la posguerra, África subsahariana tenía una renta per cápita equivalente al 38% de la media mundial; en la actualidad, casi nueve lustros después, apenas supone el 23%. En términos relativos, África subsahariana es hoy indiscutiblemente más pobre de lo que era entonces. ¿Qué ha podido pasar? Es difícil obtener una respuesta plenamente satisfactoria: tal es la diversidad de factores que han contribuido a este resultado. La inquietud se acrecienta si se tiene en cuenta que, desde su independencia, los países africanos han recibido una sobredosis de asistencia internacional, con la implicación de reputados economistas, entre ellos algunos premios Nobel.

La crónica de este fracaso debiera llamar a la modestia a quienes ejercen como asesores económicos, incluidas las instituciones internacionales. Es poco lo que conocemos acerca de los factores que garantizan el desarrollo. Y, de hecho, la experiencia de los casos considerados más exitosos (Corea del Sur, Taiwán, Vietnam o China, entre otros) contiene una peculiar combinación de factores previsibles y de otros que contradicen la doctrina más canónica. No parece, pues, que exista nada parecido a una pragmática universal del éxito en este ámbito a la que nos podamos acoger.

Pese a que no conocemos a ciencia cierta qué genera desarrollo, sabemos algo mejor qué factores resultan abiertamente perjudiciales. Dos aparecen como muy relevantes para entender el caso africano. El primero alude a la ausencia de instituciones creíbles y legitimadas para articular la voz colectiva, proveer bienes públicos y garantizar el desarrollo de los mercados. En buena parte de África, el mandato de las instituciones públicas está lejos de asentarse en un contrato de mutuo compromiso con la ciudadanía: ni la sociedad sostiene a las instituciones, ni éstas se sienten obligadas frente a la ciudadanía. El segundo problema tiene que ver con la presencia recurrente de conflictos y guerras abiertas en la región: un mal que ha afectado a África de forma muy severa en las últimas dos décadas. Pues bien, la experiencia revela que sin un cierto grado de estabilidad y sin capacidad de gobierno es imposible el desarrollo. En la gestación de ambas carencias han tenido una responsabilidad indudable las potencias industriales que primero en la colonización y después en la guerra fría convirtieron a África en tablero de ajedrez de sus respectivos intereses.

A los problemas señalados han de sumarse otros dos que operan como pesados lastres para el futuro africano. El primero es la deuda externa acumulada por la región, cuyo pago compromete a más del 12% de los ingresos de exportación; el segundo, la virulencia con la que se ha extendido el sida en algunos países, que ha diezmado una generación y ha hecho retroceder parámetros sociales que se consideraban definitivamente asegurados.

Como consecuencia de este cúmulo de factores, África subsahariana se encuentra, en términos relativos, peor de lo que estaba al iniciar su independencia. Existen episodios singulares de éxito, pero su número mengua a medida que nos aproximamos a la actualidad. Todo ello alimenta ese espíritu de afropesimismo que flota en el continente. Si se recurriese a la antigua y poderosa heurística sugerida por Hirschman, habría que reconocer que en África es bajo el nivel de lealtad que suscitan las instituciones y limitada la capacidad de articular una voz colectiva que aliente el cambio. En estas condiciones para muchos no queda sino la salida individual como respuesta. La emigración masiva se conforma, entonces, como la única opción posible cuando no existe confianza en la acción colectiva; aunque para ello se arriesgue la vida y se nutran nuevos cementerios marinos.

No obstante, ni siquiera la salida individual es una opción al alcance de todos. Ni son los más pobres los que emigran, ni es de los países más pobres de donde dominantemente proceden. Incluso para emigrar es necesario tener un cierto patrimonio: de activos económicos para sufragar el viaje; y de recursos personales para poner en valor en el mercado de destino. La globalización ha generado por esta vía un nivel más extremo de exclusión: aquellos que ni siquiera tienen a su alcance el derecho a la movilidad, al desplazamiento.

Frente a ello ¿qué puede hacer la comunidad internacional? Hasta ahora la actitud de los países desarrollados ha venido regida por una contradictoria dualidad: desconsideración de África en el diseño de los marcos regulatorios a escala internacional, por una parte, y paternalista recurso a las fórmulas concesionales (incluida la ayuda) como mecanismo compensador, por el otro. Si con el primero se dificultan las oportunidades de desarrollo de los países africanos, con el segundo se pretende corregir levemente ese resultado, al tiempo que se alivian conciencias y se promueven lealtades y clientelismos de los gobiernos locales. Un ejemplo de este proceder lo proporciona la Unión Europea: por una parte, mantiene el severo tono proteccionista de su Política Agrícola y, al tiempo, ofrece a la región ayuda internacional y algunas concesiones preferenciales. Más allá de la distorsión de mercados que este proceder genera, es cuestionable su eficacia en términos de desarrollo. La experiencia lo demuestra: los países de África subsahariana son los que disfrutan de un trato preferencial más holgado por parte comunitaria, pero al tiempo son los que más cuota de mercado han perdido en la importación europea. En muchos casos, las preferencias no han hecho sino anclar más severamente a estos países en productos de limitado dinamismo comercial y bajo valor añadido.

Como parte de esta respuesta, se ha alimentado también una perversa dependencia del continente respecto a la ayuda internacional. En los últimos cuatro años, África subsahariana (700 millones de habitantes) recibió 15 veces más ayuda que India (algo más de 1.000 millones de habitantes). En cerca de 22 países africanos la ayuda internacional llega a suponer más del 10% del PIB nacional; y en 18, la ayuda supone más del 50% de los recursos totales del Estado. En estos casos es difícil que las autoridades no terminen tentadas por prestar más atención a los donantes que a sus respectivas sociedades, degradando la calidad de las instituciones.

En todos estos problemas tienen una responsabilidad manifiesta las élites y gobiernos africanos, pero, también, la comunidad internacional. Europa está obligada a cambiar el diseño de su política respecto a África, si no quiere enfrentarse a problemas de mayor calado en el futuro. La ayuda es, sin duda, necesaria, pero no debe constituir ni un sustituto de la voluntad de desarrollo de los países, ni un paliativo a unas relaciones internacionales que, en conjunto, niegan aquello que la ayuda dice promover. Un mayor grado de coherencia en las políticas de los países industriales será necesario si se quiere que el desarrollo de África deje de ser una elusiva promesa.

Domingo de Resurrección

Gracias Padre Santo
por todo tu amor.

Porque por la victoria
de tu hijo Jesucristo,
nuestra vida
se ha llenado de sentido
y podemos alabarte
llenos de gozo.
Ayúdanos a vivir
en este mundo,
siendo verdaderos signos
de paz, de bien, de amor
y de felicidad;
la que recibimos de Ti,
por medio
de tu Hijo Resucitado,
hermano nuestro.

Hermanas Clarisas de Lavern

Domingo de Ramos

Gracias Padre Santo
por todo tu amor.

Por el don de tu hijo;
porque con su dolor,
nos ha enseñado a sufrir.
Hoy nos vuelve a mostrar
su corazón abierto por amor
y nos invita desde la cruz
a ser verdaderos cristianos.
Nos llama a abrazarnos
de corazón a Él
con la confianza
de que nunca nos dejará
en medio del dolor.
Dios Nuestro, ábrenos el corazón
para que correspondamos
a tanto amor.

Hermanas Clarisas de Lavern