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cuatrodecididos

Cada mañana


Cada mañana sales al balcón
y oteas el horizonte
por ver si vuelvo.
Cada mañana bajas saltando las escaleras
y echas a correr por el campo
cuando me adivinas a lo lejos.
Cada mañana me cortas la palabra,
te abalanzas sobre mí
y me rodeas con un abrazo redondo
el cuerpo entero.
Cada mañana contratas la banda de músicos
y organizas una fiesta por mí
por el ancho mundo.
Cada mañana me dices al oído
con voz de primavera:
hoy puedes empezar de nuevo.

Patxi Loidi

Contra los reduccionismos


EL PAÍS - Opinión - 10-11-2005
Desde la caída del Muro de Berlín ha habido una tendencia predominante en diversos círculos a un fuerte reduccionismo en el entendimiento de la democracia y la economía de mercado. Algunos, invocando a Hegel, auguraron que se había terminado la historia, y que las ideas ganadoras eran el mercado y la democracia. Que había terminado la necesidad del cambio; los hechos podían seguir, pero serían anecdóticos.

Sin embargo, nada parece impedir que el flujo de las ideas continúe. Porque, ¿qué significaban la democracia y el capitalismo en el mundo real? ¿Eran metas ya alcanzadas por algunos y que los demás deberíamos copiar? ¿Quién otorgaba patentes de demócrata y de amigo del mercado?

Cada país, según sea su tradición, su grado de desarrollo y los problemas más urgentes que deba abordar, tiene que decidir con responsabilidad, pero también con autonomía, cómo lleva adelante la alianza entre democracia y economía de mercado.

En primer lugar, en muchos análisis llevados a cabo desde 1989, se tendió a codificar la política y la democracia en términos de gobernabilidad. Pese a su carácter general, esta palabra expresaba una idea precisa: el papel de la democracia, conquistada o recuperada, era el de subordinarse a un proceso de reformas económicas.

Había llegado el momento de sacrificar muchas demandas inmediatas de la ciudadanía por la segura obtención de un futuro de crecimiento económico. Se tendía a subordinar así el ejercicio de la ciudadanía a un mercado predicado en cualquiera de sus formas; algunas primitivas, otras casi inexistentes.

En el caso chileno hemos enfatizado que las sociedades requieren reglas previsibles y que cumplan, que las instituciones funcionen. Y que esa dimensión de la gobernabilidad es fundamental. Pero también hemos dicho que los ciudadanos deben determinar la sociedad que quieren, aunque los objetivos planteados se alejan de cierta ortodoxia, o "modelo". Y que ésta es una divisoria de aguas entre una concepción humanista y otra deshumanizadora.

Por eso buscamos una democracia de la que podamos enorgullecernos; lograr la participación de los ciudadanos en todo el ciclo que va de la discusión de la agenda pública a los programas de gobierno y al diseño, gestión y evaluación de las políticas públicas.

Miremos a una dimensión especial de este tema, el de la memoria histórica sobre el período autoritario y de aguda violación de los derechos humanos. Un aspecto central de la democracia es el de la memoria como una manera de asumir, procesar y sobreponerse al pasado.

El enfoque de la gobernabilidad, en cambio, suponía olvidar y perdonar ese pasado. El argumento era que olvidar lo ocurrido permitiría centrarse en el futuro; recordarlo y entenderlo, en cambio, provocaría divisiones e intranquilidad.

Simplemente no creo que las violaciones de los derechos humanos puedan olvidarse sin ser asumidos por la sociedad. Esto puede tomar un tiempo, pero no hay mañana sin ayer. No somos más libres al crecer reprimiendo nuestros años pasados. Somos más libres cuando los reconocemos y buscamos entenderlos.

Un segundo ámbito en el que predominó también después de 1989 un concepto reduccionista fue respecto de la economía de mercado.

La libertad económica fue codificada como el mercado actualmente existente, o, simplemente, la libertad de precios y se tendió a convertir al mercado en paradigma del orden social. La disolución de toda otra forma de relación social para conformarse a la del mercado, planteada por Marx, parecía haber llegado, como una ironía de la historia. Pero, como sabemos, la palabra mercado tiene muchos significados, ya que las relaciones sociales se insertan siempre en aquellas preexistentes. El mercado significa, por ejemplo, una cosa distinta en China que en África.

En esta visión simplista el mercado fue reducido a una visión macroeconómica sesgada, ya que excluía objetivos importantes respecto del crecimiento y del empleo. Pero, además, excluía un tema central para toda sociedad, cual es el de la equidad.

El Consenso de Washington fue unas de las codificaciones del reduccionismo del mercado, una que tuvo gran impacto en América Latina. Es paradójico que Chile, que muchos consideran un "buen alumno" del Consenso de Washington, haya tenido éxito porque hizo las cosas de otro modo. Duplicamos el producto, pero disminuimos simultáneamente la pobreza a la mitad, gracias a nuestras políticas públicas.

Por lo demás, con la economía no basta. Queremos una sociedad más culta y pluralista. El ciclo de expansión de nuestra frontera espiritual pasa por cuidar nuestro patrimonio cultural, al tiempo que se fomente la creación cultural y el intercambio con la cultura mundial.

Reconocer y valorar la diversidad de las personas y las comunidades, al tiempo que se da alas a la subjetividad de los chilenos sobre un proyecto compartido: la mayor libertad de las personas y las comunidades hacia el Bicentenario de nuestro nacimiento como república.

De manera más reciente sucedió otro hecho que marcó un hito, también de las ideas y las políticas. Se trata del surgimiento de un nuevo terrorismo internacional, del cual la expresión más fuerte fue el ataque del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos y, en el caso de España, el del 11 de marzo del 2004.

La reacción inicial al ataque en Nueva York permitió configurar por unas semanas, o quizás meses, una alianza amplísima, que condenaba el terrorismo y se proponía combatirlo. Pareció, por un espejismo de tiempo, que la agenda internacional podía ser fortificada con más apoyos, objetivos y medios adicionales.

En realidad, con el paso del tiempo parece haber un retroceso a concepciones unilaterales o de ataques preventivos, una desvalorización de las instancias multilaterales e incluso incumplimientos de acuerdos ya tomados.

Tenemos aquí un tercer esfuerzo reduccionista, esta vez de las relaciones internacionales y del sistema internacional. Se trataría de convertir a los países en actores globales de un solo tema. ¿Y los demás asuntos?, ¿deberían éstos ordenarse todos en torno sólo de esta preocupación, legítima y necesaria?

Mi convicción es que no podemos elaborar nuestras agendas exclusivamente en torno al terrorismo. Ni para concentrarnos sólo en combatirlo, en desmedro de otros temas; ni para polarizar el mundo en contra de quienes así lo entienden necesario.

Desde otro punto de vista, países como Chile requierencrear empleos decentes con una economía dinámica. En nuestra opción estratégica, el crecimiento de la economía depende tanto de una política fiscal equilibrada y contracíclica, que depende de nosotros, como de una integración diversificada y respetuosa con el medio ambiente a la economía mundial, cuya posibilidad no depende sólo de nuestros esfuerzos.

Si queremos que el mundo interdependiente llegue a ser una sociedad ordenada y pacífica, necesitamos priorizar los esfuerzos multilaterales que fomentan la paz y un sistema de amplia participación en el sistema de gobernabilidad global. Necesitamos fomentar mecanismos de negociación, compromisos y construcción de consensos.

Un proyecto así garantiza, simultáneamente, argumentos, métodos e incluso modalidades de intervención contra quienes lo ataquen con violencia. Y permite prevenir las luchas contra los enemigos que el presente desorden seguirá generando.

Me parece que los tres fenómenos de reduccionismo de las ideas que he señalado: democracia lejos de la ciudadanía, un tipo de economía de mercado como centro de las estrategias políticas y un sistema internacional centrado en la agenda antiterrorista, han sido perjudiciales, tanto para el desarrollo de nuestras comunidades, como para el desarrollo global.

Creo que estos reduccionismos tienen su origen en discursos complacientes respecto de conformaciones históricas de poder; discursos que tienden a redefinir los conceptos con los que pensamos la realidad de manera acomodaticia con las constelaciones de intereses de diversos tipos.

Frente a ellos necesitamos intelectuales alertas y comprometidos con sus respectivos países y con la suerte de la humanidad, no situados de espaldas a quienes gobiernan, pero tampoco echados en los brazos de éstos, los que constituyen una reserva de análisis crítico y de propuestas innovadoras a la que siempre es preciso atender.

Pero creo que también hay debilidades profundas del pensamiento contemporáneo, sobre las que convendría reflexionar.

En nuestras sociedades hay cada vez mayor información disponible sobre los temas de interés público, lo cual se da de la mano con una creciente mayor capacidad analítica de los ciudadanos para entender la realidad. Sin embargo, enfrentamos también dos fenómenos que entorpecen una mayor información y capacidad de examen de los ciudadanos. Uno es la simplificación en que a menudo incurren los medios al difundir asuntos de interés público de una manera que parece más preocupada de incrementar las audiencias que de ilustrar verdaderamente a éstas. Otro es la tecnificación de la discusión de los asuntos públicos, la que tiene lugar en pequeños grupos estratégicos que carecen muchas veces de representatividad y no rinden cuentas a nadie.

Por otra parte, la discusión pública también se empobrece como resultado de la renuncia al uso del razonamiento por grupos o sectores que prefieren posiciones apriorísticas, o que adoptan posiciones nihilistas. En la práctica, ellos se suman a quienes siempre desconfiaron de la razón.

¿Qué hacer? Yo veo aquí una gran posibilidad para el liderazgo político democrático, si es capaz de adoptar un enfoque de políticas públicas. Cuando las cosas se explican, cuando se evitan simplificaciones caricaturescas de la realidad, cuando se evitan polarizaciones sin sentido y se centra la discusión en los temas relevantes, la gente escucha.

Resistir los reduccionismos del entendimiento es una tarea necesaria porque ellos, bajo el pretexto de facilitar la administración de la realidad, lo que hacen es empobrecer nuestra visión de ella. Bajo el pretexto de la prudencia, los reduccionismos nos inmovilizan.

Al revés, ampliar el campo de lo posible es necesario si queremos transformar el mundo en un sitio donde las personas puedan ser libres de verdad.

Necesitamos encontrar, como señala Borges, Un tiempo caudaloso / donde todo soñar halla cabida.

Creo que en esa tarea estamos, unos en la universidad y otros en las luchas políticas y sociales de cada tiempo. Unos trabajando con el pensamiento y otros con la acción, pero tanto unos como otros entendiendo que no puede haber una disociación entre pensamiento y acción.

Sin un pensamiento que la sostenga y oriente, la acción es ciega; sin una acción que la siga, el pensamiento es estéril. Entonces, como nos ha sido propuesto reiteradamente desde la filosofía, tenemos que obrar como hombres de pensamiento y pensar como hombres de acción.

Ricardo Lagos

¿Tres de tres?

LA RONDA COMERCIAL DE DOHA

GONZALO FANJUL
EL PAÍS - Economía - 12-11-2005

"La vocación de Europa y de las instituciones europeas es también, y sobre todo,
defender a Europa, defender los intereses económicos, financieros y sociales de Europa"
Jacques Chirac
(citado en Financial Times,5 de octubre de 2005)


Se puede decir más alto, pero no más claro. Con esa frase, el presidente francés Chirac resume la actitud de la Unión Europea durante cuatro años de negociaciones en la Organización Mundial del Comercio (OMC): primero yo, después yo y después ya veremos. Pese a su retórica desarrollista, la UE ha hecho poco por distinguirse de otros países ricos en la defensa de un comercio más justo. Dicho de otro modo, las posiciones defendidas por la Comisión Europea reflejan más el cúmulo de intereses particulares y privilegios adquiridos en los Estados miembros, que un compromiso serio con una regulación comercial multilateral creíble y justa.

Todo esto ocurre, precisamente, el año 2005, en el que hemos conocido una movilización sin precedentes de la sociedad civil mundial para cambiar el orden de prioridades de la agenda internacional. Cientos de millones de personas han expresado de forma inequívoca y reiterada el deseo de que sus Gobiernos hagan más por enfrentar los retos globales del siglo XXI, empezando por la pobreza extrema y el cambio climático. En comercio, la respuesta de los líderes mundiales no podía haber sido más decepcionante: desde los titubeos de los gobernantes europeos a la abierta beligerancia de la Administración estadounidense, las oportunidades creadas por la cumbre del G-8 en junio y la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre se han ido por el sumidero de los privilegios comerciales. Esta indolencia ensombrece lo que sí se ha logrado, como el acuerdo para cancelar parte de la deuda de los países pobres o el compromiso europeo de incrementar la ayuda.

Ahora los más de 3.000 millones de personas que viven en la pobreza tienen sus esperanzas puestas en la tercera gran cita de este año: la próxima Conferencia Ministerial de la OMC en Hong Kong, entre el 13 y el 18 de diciembre.La escasa credibilidad de los países ricos depende del éxito de una Ronda del Desarrollo con la que se comprometieron hace cuatro años, y que hasta ahora se ha estancado en un cruce infantil de acusaciones y reproches entre los EE UU y la UE. Si esta situación no cambia en las próximas semanas, habremos desperdiciado la tercera ocasión histórica en un año de reducir el sufrimiento en el que vive la mitad del planeta.

En este asunto resulta difícil decir dónde se sitúa el Gobierno español. Con excepción de algunas referencias indirectas a las negociaciones, provocadas por el conflicto con China en el sector textil y la reforma del régimen europeo del azúcar, desconocemos los objetivos y los planes del Gobierno con respecto a la Ronda de Doha. También los desconocen los grupos del Congreso, donde lamentablemente este debate sigue brillando por su ausencia. Este silencio contrasta con el prometedor discurso del presidente Rodríguez Zapatero en materia de desarrollo y lucha contra la pobreza. De hecho, el comercio es el gran ausente de las medidas del Gobierno para mejorar la política española de desarrollo, que ya ha conocido progresos muy notables en los ámbitos de ayuda oficial, condonación de deuda externa y comercio de armas.

Pero el presidente sabe que no hay desarrollo pleno sin un comercio con justicia. Merece la pena recordar que por cada euro que reciben en concepto de ayuda, los países pobres pierden dos debido a las injustas reglas comerciales. Eso explica en parte que 18 de los países más pobres del mundo (la mayoría en África) estén hoy peor de lo que estaban hace 15 años. Son 460 millones de personas cuya vida diaria se ve afectada por las reglas comerciales, de las que dependen los alimentos que producen, los medicamentos que les curan o el empleo que sostiene a sus familias.

Para Europa, la decisión es simple. Podemos sentarnos sobre nuestros propios intereses y contemplar cómo la miseria salta la valla de nuestras fronteras, o ponernos a trabajar para crear en los países en desarrollo las oportunidades de vivir con dignidad. Las negociaciones de la OMC pueden acabar con 50 años de exportaciones agrícolas subsidiadas, que hunden a 900 millones de campesinos en la miseria y la incertidumbre. También pueden ayudar a generar empleo en sectores esenciales para la reducción de la pobreza, como el textil, del que dependen millones de mujeres trabajadoras en países como Honduras, Marruecos o Bangladesh. Son pasos concretos que contribuirían a mejorar la prosperidad y la seguridad globales.

El sistema internacional de comercio no ha caído del cielo. Es un sistema de intercambio gestionado por normas e instituciones que reflejan opciones políticas. Esas opciones pueden dar prioridad a los intereses de los pobres y vulnerables, o pueden dársela a los intereses de los ricos y poderosos. Debido a que la forma en que se gestiona, el comercio intensifica la pobreza y la desigualdad en el mundo.

Pero esto lo puede cambiar la voluntad de sociedades y Gobiernos, como ocurrió en el caso de las patentes farmacéuticas durante la Conferencia de la OMC en Doha (2001). El esfuerzo de decenas de organizaciones de la sociedad civil en todo el mundo por movilizar a la opinión pública, unido a la voluntad de un grupo de Gobiernos de países desarrollados y en desarrollo, logró cambios concretos en las reglas comerciales que han abierto una esperanza para millones de enfermos en todo el planeta. Lamentablemente, ésta ha sido la única buena noticia de la Ronda de Doha hasta este momento. Ojalá no tengamos que decir lo mismo tras la Conferencia de Hong Kong.


Gonzalo Fanjul es coordinador de investigaciones de Intermón Oxfam.

Entrañas

Entrañas


Danos entrañas de misericordia
frente a toda miseria humana
Inspíranos el gesto y la palabra oportuna
frente al hermano solo y desamparado.
Ayúdanos a mostrarnos disponibles
ante quien se siente explotado y deprimido.
Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto
de verdad y de amor, de libertad,
de justicia y de paz,
para que todos encuentren en ella´
un motivo para seguir esperando.
Que quienes te buscamos sepamos discernir
los signos de los tiempos
y crezcamos en fidelidad al Evangelio;
que nos preocupemos de compartir en el amor
las angustias y tristezas,
las alegrías y esperanzas
de todos los seres humanos,
y así les mostremos tu camino
de reconciliación, de perdón, de paz...

(Tomado de las plegarias eucarísticas Vb/Vc)

Bienaventuranzas del siglo XXI


Bienaventurados los sobrios, los austeros, los que consumen sólo lo necesario, los disponibles para los otros en sus necesidades, porque ellos son Justos.

Bienaventurados los que no contaminan, los que trabajan por conservar el planeta, porque ellos son verdaderos Hijos de la Tierra.

Bienaventurados los que se ponen en lugar de los otros, porque ellos sabrán acoger a los necesitados y serán llamados Hermanos.

Bienaventurados los que se esfuerzan y trabajan por establecer relaciones solidarias y estructuras democráticas, porque ellos abrirán nuevos caminos y serán llamados Hijos de la Paz.

Bienaventurados los que se afanan por buscar nuevas relaciones entre las personas, un nuevo modelo de organización social y un código ético para una civilización planetaria donde las fronteras sean caminos de entendimiento, porque son nuestros Poetas y Profetas.

Bienaventurados los que se arriesgan y padecen incomprensión por compasión con los marginados, porque ellos son Humanos.

Bienaventurados los que no se ocupan todo el día del negocio y ofrecen su tiempo sin pedir nada a cambio, los que no se corrompen, los que denuncian con grave riesgo de sus vidas la corrupción, el engaño, los abusos, las violaciones, los totalitarismos, porque ellos crearán las riquezas necesarias y son nuestros caminos.

Bienaventurados los que acogen al que tiene SIDA, al rechazado por inmigrante, por su color, etnia, pobreza, porque no tiene techo, por su orientación sexual, al que nadie presta, ni alquila casa, porque de ellos es el futuro de esperanza.

Bienaventurados los parados, los que tienen un contrato de esclavitud y un salario de miseria, los enfermos abandonados, los ancianos solos, las madres separadas y abandonadas que nadie quiere contratar, las mujeres maltratadas, los niños esclavos, los niños de la calle, los niños maltratados y violados, los pueblos oprimidos, las afectados por las guerras, los olvidados de esta tierra, los juzgados y encarcelados injustamente, los perdedores…, cuando oigamos sus gritos para exigir y luchar por un mundo justo, por otro mundo posible. Sin su justicia y rehabilitación no existe naturaleza humana posible, su urgente rehabilitación nos hará dignos y libres.

Bienaventurados los que ofrecéis información, los preocupados porque todos aprendan, los abiertos a las opiniones y al diálogo, porque vosotros hacéis posible la comprensión, la solidaridad y el amor.

No podemos servir a dos señores, estamos en una encrucijada y encontraremos el camino si tenemos un corazón humano y escuchamos el grito de los que sufren, el lamento de nuestra tierra violada.

Francisco Barco Solleiro
Eclesalia

Los grandes cambios comienzan con un pequeño gesto

Los grandes cambios comienzan con un pequeño gesto

Octubre de 2005. Fallece Rosa Lee Parks, considerada por muchos como la “madre” de la lucha contra el racismo en Estados Unidos



Es habitual que no apreciemos el verdadero valor de nuestras minúsculas decisiones que, sin darnos cuenta, se convierten en las llaves de importantes puertas. Puertas que se abren con lentitud y pesadez, pero que, posteriormente, dan paso a muchas personas, a la vez que se van ensanchando. Tanto, que llega un punto en que desaparecen, y por donde antes había división, pasamos cada día todos –iguales–, sin darle la menor importancia. Este es el lugar donde nos conducen nuestras pequeñas decisiones, que no por ello han de ser sencillas. Funcionan como un impulso, una chispa que enciende una mecha que, en principio, no se atreve a arder. Por ello, al dar el siguiente paso, no estaría de más tener en cuenta que quizás haya muchas personas sufriendo que necesitan que alguien haga ese pequeño gesto.

Russell

Esperaré


Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera con mis hojas secas.
Esperaré a que brote el manantial
y me dé agua
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios
Esperaré a que llegue
lo que no sé y me sorprenda
Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.

Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza

Benjamín González Buelta

“Lo mismo y los mismos”. Las víctimas de octubre

“Lo mismo y los mismos”. Las víctimas de octubre

Jon Sobrino desde El Salvador

En El Salvador siempre hay mártires que recordar. Ahora nos acercamos a los de la UCA en noviembre, a las cuatro religiosas norteamericanas en diciembre y a los innumerables mártires de siempre. Pero este mes de octubre ha traído otras víctimas, producto de la naturaleza -tormenta y erupción de un volcán- y de la iniquidad de los humanos. En San Marcos toda una familia, papás y tres niños, murió soterrada. El comentario que se oyó fue lacónico y certero: “No los ha matado la naturaleza, sino la pobreza”.

Sobre estas víctimas y sus responsables, sobre lo que nos exigen y también sobre lo que nos ofrecen -si nos abrimos al misterio de la vida- queremos hacer unas breves reflexiones.


1. “Siempre lo mismo y los mismos”. El pueblo crucificado. Las escenas de sufrimiento y crueldad son sobrecogedoras, y la magnitud es escalofriante. Los muertos son más de 70, los damnificados, de una u otra forma, pasan de 70,000, y los daños materiales pueden ser lo equivalente a tres o cuatro veces el presupuesto nacional. La catástrofe se extiende a México y Nicaragua, y sobre todo a Guatemala. El poblado de Panabaj ha sido declarado camposanto: unas 3,000 personas murieron soterradas. “Una aldea maya yace bajo 12 metros de lodo”, decía la noticia. Al escribir estas líneas ha ocurrido el terremoto en Cachemira: 30,000 víctimas y dos millones y medio de damnificados.

Ante esto, nuestra primera reflexión es la siguiente. Estas terribles realidades no nos ofrecen nada que no hayamos visto antes. Con matices distintos, dicen lo de siempre: en su inmensísima mayoría, las víctimas siempre son los pobres. Las catástrofes muestran la pobreza de nuestro mundo, y, a su vez, esa pobreza es, en buena parte, causante de las catástrofes y de sus consecuencias. A ello nos hemos acostumbrado con naturalidad, para que la psicología, la insensiblidad o la mala conciencia de los seres humanos pueda convivir con la catástrofe. Sin palabras se viene a decir: “Es normal que ellos, los pobres, sufran, pues así son las cosas. Anormal sería que nosotros, los que no somos pobres, suframos este tipo de desgracias”.

Los que sufren en las inundaciones, terremotos y erupción de volcanes -como ahora el de Santa Ana-, los que no tienen trabajo o son despedidos, los mojados y los expulsados de Estados Unidos, los que pierden sus casitas y pertenencias, los que ven morir a sus hijos o a sus padres, son siempre los mismos, los pobres. Y con frecuencia son mayoría los más débiles de entre ellos: niños, mujeres y ancianos. Lo mismo ocurría en tiempo de represión y guerra: la mayoría de los torturados, desaparecidos, muertos, eran pobres. Hace falta un Roque Dalton para poder cantar bien esa letanía.

De manera precisa lo decía Ellacuría. Lo que caracteriza a nuestro país es el “pueblo crucificado”. Y añadía dos cosas, a cual más fuerte y lúcida. Una es que a ese pueblo le arrebatan “la vida”, lo más fundamental y básico. Y la otra es que ese signo que nos caracteriza es “siempre” el pueblo crucificado. Ya lo hemos dicho: con matices y excepciones, terremotos, inundaciones, derrumbes -antes, torturas, muertes, desaparecimientos- siempre se ceban en los mismos, los pobres. Y siempre producen lo mismo, muerte o cercanía a la muerte. Esto produce indignación -aunque hoy en día ya no parece estar muy bien visto el indignarse, aunque los poderosos toleren lamentos y llamadas, entre convencidas y rutinarias, a la solidaridad. Y menos existe la indignación cuando se repite, como en nuestro país, que las cosas van bien, o que van por buen camino. Pero además de indignar, la catástrofe hace pensar.

Se ofrece globalización como promesa firme y cierta de salvación, pero esta globalización, en contradicción flagrante con el concepto y la formulación, cuando ocurren las grandes tragedias, sigue siendo absolutamente selectiva: siempre en contra de los pobres, nunca -o rara vez- en contra de los ricos. Durante el tsunami sorprendió ver sufrir a europeos y norteamericanos, pero no sorprendió que sufrieran los pobres de Asia. Y durante el Katrina no sorprendió que los ricos abandonaran Nueva Orleans en jets privados, ni sorprendió que otros hicieran largas colas para conseguir gasolina en las carreteras. Ni que otros muchos, personas de raza negra, hombres y mujeres, siguieran entre inundaciones en el casco pobre de la ciudad. Es la estratificación natural de la sociedad. El “lugar natural”, que decía Aristóteles, de los pobres es la pobreza.

Ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario, ni el G-8, ni los que proclaman el reto del milenio son capaces de pensar y decidirse en serio por una globalización real de la vida. No se trata de que todos sufran, sino de que nadie sufra.

Lo que ocurre estos días es escándalo de lesa humanidad. Nelson Mandela, en el marco de la presentación del último informe de Naciones Unidas, ha dicho que la inmensa pobreza y la obscena desigualdad son flagelos de esta época tan espantosos como el apartheid o la esclavitud lo fueron en épocas anteriores. Y Eduardo Galeano, llegado a nuestro país en medio de las inundaciones, ha dicho: “Espero que sirvan al menos para subrayar que debemos de dejar de llamarlas catástrofes naturales. Sí, son catástrofes, pero son el resultado del sistema de poder que ha enviado al clima al manicomio”.


2. “¿La opción por los ricos?”. El pecado del mundo. Si la tragedia no es mero producto de catástrofes naturales y si la letanía de “lo mismo y los mismos” no es casualidad, algo sigue estando muy mal en nuestro país. Antes se le llamaba pecado estructural. Los cristianos hablaban de “pecado del mundo”, citaban a los profetas de Israel, a Jesús de Nazaret y la carta de un airado Santiago. Ahora ya no se estila mucho ese lenguaje, ni siquiera en las iglesias. Y el mundo democrático occidental, por una parte laico y secular, con todo derecho, no acaba de encontrar -y no sé si le interesa- palabras equivalentes que expresen la tragedia y la responsabilidad. Y menos si le salpican a él. Por eso habla de “los menos favorecidos”, “países en vías de desarrollo”. Eufemismos.

La tragedia de estos días muestra, una vez más, la injusticia estructural en el país. Antes de la tragedia, siguiendo una práctica secular, seguía sin protegerse adecuadamente las carreteras al construirlas, ni se cuidaba la construcción, muy vulnerable, de los sectores más pobres. Y todo ello es más escandaloso, cuando no se ha impedido que los millonarios deforesten y construyan sus casas a su antojo. Las promesas de prevención han sido papel mojado.

Ahora, ante la tragedia hay que preguntarse cuánto han sufrido unos y cuánto dinero han ganado otros, edificando en zonas prohibidas por la ley o por la conciencia. ¿Y qué hacen los responsables para impedirlo? ¿Dónde queda la opción por los pobres -por los “más pobres”, que decía sin inmutarse el presidente Christiani? Las catástrofes muestran lo que todo el mundo sabe. La opción de los que configuran el país va en la otra dirección: es, en directo, la opción por los que tienen dinero y por lo que da dinero. Optar por los pobres puede responder a algún vago sentimiento ético o a una estrategia para que la situación siga favoreciendo a los ricos. Pero no hay opción, no se piensa en los pobres antes que en los ricos al configurar el país.

Esto es de siempre y tiene raíces estructurales. Ahora, sin embargo, con las catástrofes afloran otros males coyunturales, que son también recurrentes. Ciertamente no es fácil dar a conocer la verdad de todo lo ocurrido, pero los miembros del gobierno no parecen estar preparados para informar. Es una expresión de irresponsabilidad gubernamental. Y mucho menos se quiere dar a conocer la verdad de las causas de lo ocurrido, pues entonces saldrían a relucir responsables y culpables.

Lo fácil es disimular, eximir de responsabilidades, exagerar lo que se ha hecho para paliar la catástrofe, prometer transparencia, o simplemente callar, no decir la verdad. Todo ello para que autoridades, políticos y adinerados queden bien. Es el encubrimiento de la realidad, práctica tan usada por el presidente Bush, hasta que los féretros aparecen en televisión y la realidad se hace inocultable. Entre nosotros no debiera extrañar la desvergüenza de no decir verdad. Todavía, 25 años después, los gobiernos no dicen la verdad sobre el asesinato de Monseñor Romero, aunque la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas ya emitió su juicio hace doce años. Y por otra parte se alaba públicamente y sin escrúpulos a responsables de escuadrones de la muerte.

También aparece la inmoralidad de la propaganda partidista. El partido en el poder capitaliza la tragedia en su favor. En televisión se ofrecen en cadena -privada- microprogramas del partido Arena, de cinco a diez minutos, en los que aparecen sus candidatos a alcaldes y a diputados repartiendo ropa, camisetas…

Aparece la prepotencia de algunos grandes del capital, fotografiados en los periódicos, entregando cheques para los damnificdos. Ignoran lo que decía Jesús: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.

Y aparece la deshumanziación de la industria de los medios. Algunos de ellos se disputan la “primicia” de la noticia, la foto del cadáver de una niñita rescatada. El éxito profesional, el ranking, interesa más que comunicar el dolor de la gente y sus sentimientos.

Sin embargo, aun con mucho en su contra, la verdad se ha vuelto a abrir paso: en los clamores de la gente que sufre, en personas sensatas que se preguntan con incredulidad cómo es posible tener un país así. A la entrada de la YSUCA, recogiendo y organizando ayuda de emergencia, un sacerdote de Sonsonate, lo dijo muy bien. “En el día a día pasa desapercibida, pero ésta es la verdad del país: la pobreza”.


3. “El corazón de carne”. Solidaridad. En medio de la tragedia siempre aparece la fuerza de la vida, de la esperanza, del amor. Y en estas ocasiones toma la forma de solidaridad.

Muchos colaboran para aliviar el sufrimiento -la respuesta a las llamadas de la YSUCA, y de otros, es realmente impresionante. Llega gente con quintales de maíz, frijoles -a veces lo cargan mujeres sencillas sobre la cabeza-, azúcar, maseca, botes de leche, cientos de fardos de ropa, docenas de colchonetas, frazadas, medicina… Son gente sencilla, normal, que inmediatamente se ponen a ayudar para hacer llegar la ayuda. También se acercan algunas personas de más medios con donativos importante. A veces. empleados de empresas conocidas que, entre ellos, han recogido la ayuda. Hasta un equipo pesado ofreció un constructor para remover escombros. Y llegan médicos, enfermeras, religiosas… Es la ayuda y el servicio que brota como lo obvio, como lo que nos mantiene con un mínimo de humanidad.

Muchos albergues son atendidos por las iglesias. La ayuda gubernamental, cuando llega, llega tarde y limitada, y a veces hasta es rechazada por la gente. Muchas parroquias y comunidades, católicas y protestantes, comunidades, religiosas, agentes de pastoral, pastores… se desviven estos días. Y lo hacen con sencillez y con gran creatividad, como lo que les permite ser cristianos y cristianas por que son humanos y humanas. Y lo hacen sin esperar ni depender mucho de orientaciones de arriba.

También hay ofertas de ayuda de afuera. Según una tradición secular, algunas llegarán con eficacia e integridad, fruto del dolor y del cariño. Son “los solidarios de siempre”, personas e instituciones, que también en tiempos de normalidad ayudan a la promoción de las comunidades, a las instituciones que velan por los derechos de los pobres, y a las que analizan y dicen su verdad. Estos solidarios, por cierto, también vienen al país cuando el pueblo celebra a Monseñor Romero y a sus mártires. Es la solidaridad “salvadoreñizada”.

Otras ayudas llegarán con mayor burocracia, con mayor interés político y con mayores sospechas de no llegar a su destino como Dios manda. Bienvenidas sean, al menos para emergencias. Pero añadamos un deseo: que no olviden que, si no ayudan a cambiar nuestras estructuras injustas, peor aún, si las solidifican y se aprovechan de ellas para hacer ellos un buen negocio, ayudar en las catástrofes es rutina que no humaniza. Y puede ser escarnio. Es como mantener moribundo al pobre Lázaro junto al ricachón, cada vez más vivo y opulento.



4. “Santidad primordial”. Lo heroico de vivir. Hagamos ahora unas reflexiones más allá de lo visible y constatable. Son audaces. Aceptarlas o no, dependerá de la sensibilidad y de la fe de cada quien, fe religiosa o humana, con que se mira la realidad. Y ante las víctimas sólo podemos hacerlas con el máximo respeto.

En los lugares afectados por las catástrofes las escenas son desgarradoras. Como en el siervo sufriente de Jahvé, no hay en ellas belleza alguna. Al ver a las víctimas clamando, defendiendo a sus hijos pequeños, llorando sobre sus cadáveres, agarradas a un silla -lo único que les ha quedado- para que no se la lleve el agua, rezando también, protestando por lo que el gobierno hace y no hace, vienen a la mente muchas otras catástrofes. Entre nosotros, terremotos, represión y miseria cotidiana; en otros lugares, Níger, Sudáfrica, los Grandes Lagos, madres y niños famélicos, con SIDA, caminando en grandísimas caravanas cientos de kilómetros sin prácticamente nada. Pero puede ocurrir -y ocurre- el gran milagro: las víctimas quieren vivir, ayudarse mutuamente para vivir. Y entonces en medio de la catástrofe aparece dignidad, amor, esperanza, hasta organización popular, religiosa y civil -de mujeres sobre todo- para decir su palabra y mantener su dignidad. En El Salvador es bien conocida la decisión de las víctimas a rehacer sus vidas después de las catástrofes.

No creo que hay palabras adecuadas para describirlo, pero quizás sirvan éstas. “A este anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo con creatividad, resistencia y fortaleza sin límites, desafiando inmensos obstáculos, lo hemos llamado la santidad primordial. Comparada con la oficial, de esa santidad no se dice todavía lo que en ella hay de libertad o necesidad, de virtud u obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ir acompañada de virtudes heroicas, pero expresa una vida toda ella heroica. Esa santidad primordial invita a dar y recibir unos a otros y unos de otros, y al gozo de ser humanos unos con otros”.


5. “¿Dónde está Dios?”. En la cruz. Ese misterio de esperanza y dignidad en medio de las catástrofes nos lleva al misterio de Dios. Empecemos recordando, por si algún lector así lo piensa, que Dios no envía catástrofes para castigar a los seres humanos, como lo gritan unos. Tamoco están predichas en la Biblia, como predican otros. La predicción más segura es la de Mateo 25: “la salvación y la condenación dependen de servir o no al pobre”.

Sí abunda un sentimiento religioso de que “ante las cosas de Dios no podemos hacer mucho”. Es la fe respetuosa. Pero no impide preguntarle y cuestionarle, como Job, como Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué nos has desamparado?”. Es la teodicea de que hablan los teólogos.

Sea cual fuera la respuesta o el silencio de Dios que escuchamos, bueno es recordar en estas situaciones lo que Rutilio Grande decía a los campesinos de Aguilares: “Dios no está en una hamaca en el cielo”. En nuestros días está en medio del sufrimiento y de las víctimas. No para bendecirlo y justificarlo, sino para decir que él no quiere quedarse placenteramente en el cielo cuando sus hijos e hijas, los más queridos suyos, los pobres, sufren en esta tierra.

Esto es lenguaje simbólico. Con él se quiere decir que Dios ama en verdad a las víctimas de este mundo. Se podrá o no creer en ese Dios, se podrá preguntarle “¿por qué?”, sobre todo los que se han quedado sin nada, sin su casita, sus hijos, sus papás. Se podrá dudar de su omnipotencia, pero no se le podrá acusar de indiferencia. Un gran teólogo alemán decía en medio de los horrores de la segunda guerra mundial: “sólo un Dios así, sufriente con nosotros, puede salvarnos”.


6. “Bajar de la cruz a los crucificados”. El mandamiento de Dios. Lo que acabamos de decir no es la última palabra de Dios en estos días. Su última palabra -y para quien no sea creyente, la última palabra de la conciencia- es una exigencia, que -si se nos perdona la audacia- pudiera ser ésta:


“Salven a este mundo. No hay nada más urgente ni más importante. No piensen que se olvidan de mí por acoger damnificados, recoger y enterrar cadáveres, consolar a sus familiares. Están más cerca que nunca… Estudien, investiguen y busquen, por amor a mi nombre, soluciones de verdad para prevenir y paliar catástrofes… Terminen con la corrupción y la mentira, gobiernen con justicia y honradez, sin escapatorias… Y no se llenen la boca gritando democracia, globalización. Y aprendan de mi enviado Jeremías. Zahirió a los que obraban mal y se excusaban gritando “templo de Jerusalén, templo de Jerusalén”. Les digo a ustedes, lo que Jeremías les dijo a ellos: ‘Lo que Jahvé quiere es que mejoren su conducta y obras, que hagan justicia, que no opriman al forastero, al huérfano y a la viuda’. Hoy les digo: ‘¡bajen de la cruz a los crucificados!’”.


7. ¿Y los aniversarios de los mártires? Estas reflexiones iban a ser sobre los mártires de la UCA del 16 de noviembre y sobre las cuatro religiosas norteamericanas del 2 de diciembre. En aquel entonces las víctimas morían violentamente a manos de victimarios. Las de estos días han muerto, o siguen sufriendo, en buena parte, por la desidia, la corrupción, la ambición egoísta, que lentamente erosiona nuestro país. Y sobre ellas hemos hablado.

Pero no olvidemos que hace años hubo mártires porque había víctimas, y aquéllos las defendieron hasta el final, dando su vida. Estos días no hay mejor forma de recordarles que socorriendo y consolando a las víctimas de la naturaleza, defendiéndolas de estructuras ineptas e injustas, y de todo egoísmo. Fomentando justicia y vida, y sobre todo esperanza.