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Somos una familia


Cada uno de nosotros se ve empujado hacia Cristo por una modalidad diferente de amor. Pero no solemos reconocer a nuestro Dios en los otros tipos de amor de otras personas. Podemos despreciar su fe por juzgarla tradicional o progresista, sentimental y mojigata, o intelectual y abstracta. Podemos verla como una suerte de amenaza que debemos combatir con la expulsión. Pero allí, al pie de la cruz, somos una misma familia…Se nos ha encomendado la labor de sobrepasar todas las fronteras y hostilidades que dividen a los seres humanos y de decir: "Aquí tengo a mi hermano", "Aquí tengo a mi hermana”.

Timothy Radcliffe en Las siete últimas palabras, ed. Desclée Brouwer.

La habitación 101

La habitación 101

Orwell es el escritor que más ha contribuido a enriquecer con sus neologismos el vocabulario de los horrores del siglo XX


Algunos viejos hoteles británicos, sobre todo en la provincia, carecen de ella. Uno camina por el pasillo de la primera planta y la secuencia de las habitaciones salta de la 100 a la 102, para continuar luego normalmente, como si se hubiera tratado de una errata a la que nadie desea referirse. La responsabilidad recae en George Orwell, el escritor que más ha contribuido a enriquecer con sus neologismos e imágenes el vocabulario de los horrores del siglo XX: Gran Hermano, doblepensar, neolengua, orwelliano, crimental. La habitación 101 es una de las más siniestras metáforas empleadas en 1984, la última y más poderosa de sus novelas. Designa una dependencia del Ministerio del Amor (el que se ocupa de corregir la disidencia mediante la tortura) en la que se oculta "lo peor del mundo". En la 101 el prisionero se enfrenta a lo que más teme, a su peor fantasía, a aquello ante lo que su espíritu se quebrará definitivamente. En el caso de Winston Smith, protagonista de la novela, lo peor del mundo son las ratas. Por eso, cuando el funcionario de Oceanía percibe ya muy cerca de su rostro "su asqueroso olor", se derrumba y, loco de terror, traiciona a su amor en aquella escena terrible, inolvidable, en que grita: "¡Házselo a Julia! ¡A mí no! No me importa lo que hagas con ella. Desgárrale la cara, descoyúntale los huesos. ¡Pero a mí no!". O’Brien, su torturador, tiene razón: siempre existe algo que no puede soportarse, algo más allá del valor o la cobardía. Y está escondido, esperándonos, en la habitación 101.

Muchos empleados de esos hoteles, como muchos de quienes se entretienen con el globalizado Gran Hermano, ignoran el origen y significado de esas metáforas orwellianas. Y de otras muchas. Hubo algún comentarista político que, al socaire del progresivo calentamiento dialéctico de la Administración Bush, rescató lo de los "dos minutos de odio" diarios, aquel ejercicio obligatorio de los ciudadanos de Oceanía en el que todos entraban en trance, descargando su ira verbal contra el enemigo especular (Goldstein, contrafigura de Big Brother) con el fin de mantener vivo el odio necesario para que continuara una guerra cuyos orígenes nadie recordaba. Y "neolengua" y "doblepensar" son términos habituales en el periodismo político anglosajón, sobre todo a la hora de referirse al lenguaje elusivo y cínico con el que los líderes revelan y ocultan lo que piensan.

Orwell escribió su libro a partir de un imaginario alimentado en la práctica totalitaria de los años treinta. Más que en sus innegables influencias literarias -de los Viajes de Gulliver a la distopía Nosotros, de Zamiatin- la fuente de sus temas está en lo que aprendió de la Guerra Civil española y de los (simultáneos) procesos de Moscú, además de su conocimiento del nazismo. Antes de morir de tuberculosis, Orwell decidió reunir esos asuntos y motivos en una novela cuyo primer título fue El último hombre de Europa y que acabó siendo publicada como 1984. El libro fue compuesto en un estado febril (interrumpido por contrariedades, accidentes y enfermedades) en una lejana isla de las Hébridas, en una casa sin electricidad que le había prestado su amigo y editor (dueño de The Observer) David Astor. 1984 fue publicado el 8 de junio de 1949 -hace ahora sesenta años- por Secker&Warburg, una editorial entonces joven que editaba a autores de la izquierda antiestalinista, como el anarquista Rudolf Rocker o el trotskista Boris Souvarine. El libro se convirtió en uno de los grandes best sellers de la deprimida Gran Bretaña de posguerra. Y el impacto de sus símbolos y motivos ha trascendido a sus propios lectores. Por eso, en algunos viejos hoteles británicos (sobre todo en la provincia) no le alojarán nunca en la 101.

Manuel Rodríguez Rivero

Antibrújulas

Antibrújulas



"La huída no ha llevado a nadie a ningún lugar" (Saint-Exupery)

La huída no ha llevado a nadie a ningún lugar

Los que habitamos ningún lugar tenemos miles de brújulas

miles de mapas

miles de caminos señalados con migajas de pan

ni un solo guía que nos saque de aquí

nadie que huya con nosotros.

KLANA en pastoralsj.org

Libres

Libres

Bolsillos rotos

Bolsillos rotos


Puede que guardes una foto, que te haga recordar algún momento intenso;

o quizá una novela, “de bolsillo” que llaman, que te traslade a mil historias fuera de tus problemas; o puede que metas la cartera, con tu identidad, o tu dinero, manojos de llaves de mil sitios; puedes guardar una carta, o una oración, el móvil; caben también unos caramelos, tu agenda; ahora puedes llevar tu música, o incluso un calendario.

Por un bolsillo puede pasar una vida entera, y sin embargo, en él no cabe más de lo que cabe en una mano. En un bolsillo no puedes acumular, porque sería incómodo caminar.

Si yo fuera bolsillo, me dejaría atravesar por la esencia de las cosas, sin almacenarlas; dejaría que se escribiera mi historia sólo enumerando lo que pasó por mi trozo de tela, incluso me dejaría romper si algún objeto valioso tuviera aristas cortantes. Hay quien pensó que el mundo entero era valioso, y tuvo que partirse en dos para meterlo dentro.

Miguel en pastoralsj.

Maldita impaciencia

Maldita impaciencia

¿Por qué no me llaman YA? ¿Por qué no me escriben AHORA mismo? ¿Por qué pasan días, o acaso semanas, sin que llegue la respuesta a mis anhelos, cuando la urgencia me muerde? Me siento, en ocasiones, como un animal enjaulado, nervioso, inquieto, desesperado.
Y lo peor es que la jaula tiene algo de irreal, de imposible, de tramposo.

Este mundo en directo nuestro tiene muchas ventajas. La facilidad para estar en contacto constante, a tiempo real, con todo el mundo, da calidad a nuestra vida y multiplica las posibilidades. Acorta las distancias y evita los adioses.

Permite estar siempre en contacto. ¿Cómo era el mundo sin Internet, sin móvil, sin correo electrónico? ¿Cuánto tardaba en llegar una carta? ¿Cómo era tener que localizar a alguien sin presuponer que siempre estamos disponibles? Cuesta acordarse ¡Qué rápido hemos entrado en estas dinámicas de lo inmediato!

Pero la inmediatez puede ser una promesa envenenada. Te acostumbras a tenerlo todo al momento. Y pierdes la costumbre de esperar, o de disfrutar de la memoria de los momentos buenos, porque demasiado pronto vuelves a pensar: “Quiero más”. “Lo quiero ya”. “Lo quiero ahora…” El mismo grito urgente que te impide aceptar con gusto la espera, cuando lo bueno se retrasa. Y el primer agobiado es uno mismo, incapaz de saborear la vida, engulléndola con un ansia que nunca se sacia.

Dice San Pablo que “el amor es paciente…” ¡Ojalá! Uno se siente a menudo impaciente, preso de las prisas, temeroso de los silencios, queriendo marcar los ritmos. Y la incapacidad para atesorar lo vivido es en parte inseguridad, en parte miedo y en parte falta de fe. Pero, en cualquier caso, duele, aprisiona y nos aboca a la tristeza. Creo que uno de los principales caminos hacia la libertad es ir cultivando esa capacidad para gustar despacio las cosas, para agradecer lo vivido o saber esperar lo que está por venir.

Cuesta dejar que se serenen los días. Pero es un aprendizaje muy necesario en este mundo de vértigo e inminencia. Así que, si agobia la urgencia, toca cerrar los ojos, respirar hondo, reírse un poco de la propia fragilidad y desprenderse de las cadenas con algo de estilo, buenas dosis de humor y una pizca de fe.

José María Rodríguez Olaizola, SJ en pastoralsj.

Magos de las finanzas

Magos de las finanzas

Odio por Amor


Trabajamos como dos locomotoras a todo vapor
y olvidamos que el amor es más fuerte que el dolor
que envenena la razón
Somos victimas así de nuestra propia tonta creación
Y olvidamos que el amor es más fuerte que el dolor
de una llaga en tu interior
Dos hermanos ya no se deben pelear
es momento de recapacitar
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
Es tiempo de saber pedir perdón
Es tiempo de cambiar en la mente de todos, el odio por amor
It’s time to change
Si te pones a pensar, la libertad no tiene propiedad
Quiero estar contigo amor, quiero estar contigo amor, quiero estar contigo amor
Si aprendemos a escuchar, quizás podamos juntos caminar
De la mano hasta el final, yo aquí tu allá, de la mano hasta el final
Dos hermanos ya no se deben pelear
es momento de recapacitar
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
Es tiempo de saber pedir perdón
Es tiempo de cambiar en la mente de todos, el odio por amor
It’s time to change
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
Es tiempo de cambiar (It’s time to change)
El ODIO POR AMOR
Es tiempo de cambiar en la mente de todos, el odio por amor
It’s time to change

Juanes