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La estafa del enseñar a enseñar

La estafa del enseñar a enseñar


La publicación en EL PAÍS de un Manifiesto Contra el Nuevo Máster de Formación del Profesorado (ECI/3858/2007) ha sido respondida en estas páginas por algunos pedagogos que lo defienden. Las pretendidas evidencias con que argumentan son, sin embargo, falsas. La tesis principal es que un profesor no sólo debe conocer su materia, sino que debe también aprender a enseñarla. Esto parece muy de "sentido común", pero es un sofisma con el que los "expertos en educación" llevan muchos años abduciendo a las autoridades ministeriales. Los futuros profesores, se dice, deben "aprender a enseñar" y los alumnos "aprender a aprender". Para conseguirlo, existe un cuerpo de especialistas (con sus propios intereses corporativos), cuya función es "enseñar a enseñar". Ahora bien, para ello precisamente se confió a los pedagogos el curso del CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Este curso jamás se ha sometido a una evaluación objetiva entre los profesores de secundaria y bachillerato. Se sabía de sobra que los profesores no sólo no avalarían su utilidad, sino que lo valorarían como una estafa o una impostura. ¿Qué solución propone el ministerio? Nada menos que sustituir el quinto año de preparación disciplinar específica por un Máster de Formación del Profesorado que no es más que un CAP más largo y más caro. Cualquier cosa menos preguntar a los profesores sobre la utilidad en las aulas de la formación pedagógica. Por lo visto, los únicos que saben lo que se necesita en las aulas son los que jamás han pisado un aula. Por lo mismo, los únicos que saben cómo se enseña matemáticas, gramática o historia, son los que no saben ni matemáticas, ni gramática, ni historia (pero son, en cambio, expertos en enseñar a enseñar cómo se aprende a aprender).

¿Por qué el CAP ha sido una estafa y una vergüenza todos estos años? No porque fuera muy corto, sino porque es falso que quien no sabe matemáticas pueda enseñar a enseñar matemáticas. Y todavía es más falso que haya un saber que no sea ni física, ni latín, ni geografía, y cuyo contenido sea el enseñar en general para cualquiera de esas disciplinas. Un profesor debe saber captar la atención de los alumnos enseñándoles a amar el conocimiento, y para lograrlo no hay otra garantía que su propio amor por el conocimiento. Las matemáticas, la historia o el derecho procesal son apasionantes y la obligación de un profesor es saber transmitirlo a sus alumnos. Ahora bien, su mejor arma, en realidad su única arma, es saber matemáticas, historia o derecho procesal. ¿Saber historia no significa saber enseñar historia? Cualquier docente experimentado diría que la cosa es exactamente al revés: la mejor prueba de que algo que uno creía saber no lo sabe en realidad es que fracasa al enseñarlo. Si no se sabe cómo enseñar algo es porque no se sabe suficientemente, y la consecuencia es que hay que estudiarlo más y mejor. Estudiar más física, matemáticas o latín, no pedagogía. Por supuesto que siempre habrá grandes investigadores muy sabios que no amen la enseñanza y se nieguen a ejercerla. La figura del buen investigador y mal docente no cesa de blandirse como un argumento incontestable, pero es una falacia: los investigadores que no aman la enseñanza enseñan mal, no porque no sepan, sino porque no quieren hacerlo, y ningún curso de formación del profesorado les hará cambiar de opinión. Por otro lado, licenciados que nunca han enseñado no saben enseñar, pero no porque les falte teoría pedagógica (o psicopedagógica), sino porque les falta práctica docente. El acceso a la profesión de profesor, como a la de juez o a la de médico, no debería hacerse sin haber superado un periodo de prácticas seriamente concebido, tutelado, y remunerado. Y por cierto que sólo una vez acreditada una formación no básica y generalista, sino avanzada y específica en un campo determinado de conocimiento. Es lo único que solicita el denostado Manifiesto. Eso, y que se deje de tomar el pelo a la sociedad mientras se desmonta pieza a pieza el sistema de instrucción pública.


Andrés de la Oliva es catedrático de Derecho de la Complutense de Madrid (UCM). Firman el texto otros 15 profesores de universidad o instituto, entre los que figuran Tomás Calvo, catedrático de Filosofía de la UCM; José Luis Pardo Torío, catedrático de Filosofía de la UCM; Alberto Fernández Liria, psiquiatra y profesor asociado de la Universidad de Alcalá; Juan José Fernández Parrilla, profesor de matemáticas de secundaria, y Silvia Porres Caballero, profesora de griego de secundaria.

Crisis económica y liderazgo político

Crisis económica y liderazgo político

La gravedad de la situación exige mucho más que medidas dispersas. Zapatero debe tomar las riendas de un proyecto que implique a empresarios, trabajadores y administraciones. Es su prueba de fuego


La crisis está produciendo paradojas interesantes. Una es ver a un liberal como Miguel Boyer defender la intervención del Estado para mantener el control nacional de una empresa privada como Repsol, mientras un socialdemócrata como José Luis Rodríguez Zapatero defiende el libre juego entre "empresas privadas". Otra es escuchar a líderes sindicales defender la mejora de la productividad y la competitividad mientras el presidente de la patronal pide "un paréntesis en la economía de mercado" e intervenciones del Estado para salvar empresas. El mundo al revés.

Hay una maldición china que consiste en desear que vivas "tiempos interesantes", y éstos lo son. Esas paradojas sugieren que en este momento los clichés ideológicos y los roles del mercado y del Estado han de amoldarse a una realidad nueva. Esa nueva realidad se impuso a la ideología el día en que Gordon Brown tomó la audaz decisión de utilizar al Estado para salir al rescate de los bancos privados y evitar la pérdida de confianza en el sistema financiero. Y lo volvió a hacer el día en que olvidando el santo temor al déficit puso en marcha un fuerte programa fiscal para contener la recesión. Ahora sabemos una cosa: que esta crisis requiere un liderazgo político fuerte, audaz y coherente, capaz de reducir incertidumbres y volver a crear confianza.

Ese liderazgo político es aún más necesario en España. Sin embargo, el Gobierno de Rodríguez Zapatero parece tener dificultades para articular un discurso político sobre la salida de la crisis que sea algo más que un conjunto de medidas dispersas que, aunque necesarias, no están coordinadas y no consiguen reducir incertidumbre ni generar confianza.

Pero antes de entrar en la cuestión del liderazgo político del Gobierno permítanme un comentario sobre la crisis de la economía española.

Aunque lo parezca, la crisis financiera internacional no es la causa de la aguda recesión que está experimentando la economía española. Ha sido, eso sí, el desencadenante. Pero su mayor intensidad está causada por una especie de enfermedad asintomática que estaba tapada por la euforia de una década de crecimiento espectacular. Sin embargo, conocíamos sus síntomas: baja productividad, elevada inflación diferencial y, especialmente, un fuerte déficit comercial -el 10% del PIB, el mayor del mundo-, y su reverso, un elevado endeudamiento exterior que servía para financiarlo.

Sea cual sea la salida a la crisis bancaria y a la sequía de crédito, el Gobierno tiene que afrontar tres retos. Primero, evitar que la crisis se transforme en una recesión profunda, larga y dolorosa, especialmente en términos de desempleo. Segundo, fomentar acuerdos estratégicos para mejorar la productividad y promover nuevas especializaciones productivas capaces de aumentar la competitividad y generar empleo de salarios elevados. Y tercero, modular los efectos colaterales negativos que pudiese tener el elevado endeudamiento de grandes empresas inmobiliarias e industriales con la banca.

El objetivo prioritario a corto plazo tiene que ser el evitar una anorexia del consumo y la inversión. Las recesiones profundas no son la penitencia a pagar por el pecado de los excesos del crecimiento. Atribuir un sentido moral a la recesión es una creencia conservadora. Las recesiones lo único que traen son consecuencias sociales y políticas devastadoras, especialmente el desempleo. La función de los gobiernos es evitarlas.

La capacidad de destrucción de empleo de esta crisis es elevada. Para tener una idea del riesgo es útil la comparación con la recesión de 1992-93. En aquella ocasión el PIB cayó desde el 3,8% en 1991 al -1% en 1993; es decir, 4,8 puntos. Y el desempleo pegó un brinco enorme, que lo llevó a un techo del 23%. Ahora las previsiones de analistas independientes hablan ya de un desplome del PIB que van desde el 3,8% de 2007 al -1,5 o -1,8% en 2008. Es decir, una caída de 5,8 puntos en dos años. La mayor en nuestra historia. Y los pronósticos sobre el desempleo son proporcionales a la intensidad de la recesión, especialmente en el sector inmobiliario.

El ajuste es inevitable y las empresas han de tener flexibilidad para adaptarse a la nueva situación del mercado. Pero no da igual la forma en que se aborde. No es lo mismo que se produzca bajo fórmulas del "sálvese quien pueda" o del "todos contra los más débiles", a que se lleve a cabo mediante una solución cooperativa que amortigüe y distribuya equitativamente el coste del ajuste y del cambio productivo.

Ahora bien, una solución cooperativa que implique a empresarios, trabajadores y administraciones exige liderazgo. Requiere que alguien tome sobre sus espaldas la responsabilidad y la tarea de poner de acuerdo a todos los actores ante unos objetivos y una "hoja de ruta". Esa tarea corresponde a la política y a los políticos. En primer lugar, al Gobierno.

Pero el Gobierno y su presidente han tenido un comportamiento curioso. Al principio negó la existencia de crisis y mostró una complacencia exagerada en la inmunidad de la economía española al virus de la crisis. Después utilizó eufemismos, como el definirla como un "periodo de especiales dificultades". Ahora practica un hiperactivismo de medidas orientadas a proteger intereses de grupos concretos, pero que no hacen emerger un interés general, no muestran cuál es la "política" que hay detrás de esas políticas. Esto debilita la confianza en su liderazgo.

Decía Winston Churchill que los norteamericanos son reacios a tomar medidas frente a los nuevos problemas, pero que cuando no tienen más remedio acaban haciendo bien lo que tienen que hacer. Quizá nuestro presidente es un norteamericano honorario al que hay que darle tiempo. Pero la verdad es que tiempo no hay mucho si queremos evitar un elevado desempleo y el colapso del consumo.

No es función de un economista decir lo que han de hacer los políticos. Pero sí podemos decir algo acerca de los efectos de las diferentes formas de enfrentarse a los problemas.

El gobierno de esta recesión será más complicado que el de las anteriores. No disponemos de la política monetaria. Tampoco de la palanca del tipo de cambio para ganar competitividad. Nos queda la moderación salarial. Pero sería injusto y políticamente imposible hacer descansar todo el ajuste en los salarios y el desempleo.

Una solución ideal podría ser una política que se apoye en cuatro columnas: 1) acuerdos sobre flexibilidad y moderación salarial -con algún tipo de acuerdo sobre salario mínimo y salarios no monetarios-; 2) compromiso de las empresas en inversiones en mejoras de productividad; 3) una política fiscal y presupuestaria activa orientada a mantener empleo y evitar la asfixia del consumo; y 4) una mayor capacidad de financiación pública de las infraestructuras y del tejido empresarial existente.

Una política de este tipo tiene la ventaja de que evita la estrategia del "sálvese quien pueda", da coherencia a las medidas parciales, genera confianza y permite a empresarios, trabajadores y administración reducir incertidumbre y crear expectativas ciertas sobre el comportamiento de unos y otros. No es una política fácil. Exige liderazgo político. Pero ya lo hicimos con éxito en los llamados Acuerdos de la Moncloa de 1977. No se trata de copiar los contenidos de esos acuerdos, sino de aprender del proceso que hizo posible aquella experiencia exitosa.

Esta crisis es el test del liderazgo político de José Luis Rodríguez Zapatero. Hablando de la crisis de los años 80 y de la reconversión industrial, Felipe González ha dicho que "no se sabe cuál es la calidad de un gobernante hasta que no se enfrenta a una crisis", y que "un gobierno socialista no tiene por qué ser un gobierno estúpido, sino afrontar la crisis y abrir vías de esperanza". Y no se abren vías de esperanza sólo con un activismo al que le falta hilo conductor y hoja de ruta. Es necesario un liderazgo político capaz de generar una solución cooperativa a la crisis económica que vaya más allá de las medidas parciales y haga emerger un interés general. El bien común.

Y en estas estamos, esperando el liderazgo del Gobierno.

Antón Costas es catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona.

Europa, parque temático

Europa, parque temático


"Creemos que en el año 2025, Europa habrá hecho escasos progresos a la hora de lograr ser un actor cohesionado, integrado e influyente, capaz de emplear de forma autónoma un amplio rango de instrumentos políticos, económicos y militares en apoyo de sus intereses y valores". Ésta es la visión del futuro de Europa plasmada en el informe del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense, hecho público recientemente. A la CIA se le pudo pasar por alto el colapso de la Unión Soviética, no anduvo muy fina en tiempos de la invasión de Kuwait y tampoco es que hilara muy fino en la reciente guerra entre Rusia y Georgia. Eso sí, el declive europeo no les va a pillar desprevenidos. Una de dos: o la CIA ha tenido un fogonazo de clarividencia o los europeos disimulamos muy mal. Juzguen ustedes.

Pero no es sólo la CIA quien piensa así, sino también el resto del mundo. Recientemente, la Fundación Bertelsmann hizo una encuesta a 8.999 ciudadanos de nueve países: Alemania, Brasil, China, Estados Unidos, Francia, India, Japón, Reino Unido y Rusia. En una de las preguntas, los encuestados tenían que responder qué países creían que iban a ser potencias mundiales en el año 2020. La respuesta fue para sonrojarse: sólo el 9% de los indios, el 10% de los brasileños, el 13% de los rusos, el 20% de los japoneses, el 25% de los estadounidenses o el 29% de los chinos creían que Europa iba a ser un actor global en 2020. Raro acuerdo respecto a Europa, pero también, lógicamente, respecto a China en sentido inverso, ya que todo el mundo descontaba que China sí sería una potencia en 2020.

No es un secreto que China también ha percibido la debilidad que emana de la división europea y que, como vienen haciendo los rusos desde algún tiempo, está comenzando a cogerle el gusto a esto de observar a los europeos pelearse entre ellos por ver quién da más a cambio de menos. Esta semana pasada, China tomó la decisión de cancelar la cumbre UE-China, de importancia estratégica para Europa en un momento de aguda crisis económica. Pekín ha alegado que la reunión de Nicolas Sarkozy con el Dalai Lama es una ofensa mayúscula a su soberanía. Sin embargo, la decisión china no sólo es sorprendente, sino absurda.

En primer lugar, Sarkozy estaba invitado a una reunión en Varsovia con premios Nobel de la Paz, lo que obviamente incluye al Dalai Lama que, por cierto, es el líder mundial mejor valorado. En segundo lugar, ningún país europeo apoya otra cosa que un diálogo entre el Dalai Lama y las autoridades chinas que lleve a la concesión de un régimen de autonomía para Tíbet, todo ello en un marco de renuncia expresa a la violencia (en realidad, ni siquiera el Dalai Lama reclama ya la independencia de Tíbet). Peor aún, la decisión china se ha producido justo unos días después de que el Gobierno británico anunciara públicamente el cambio de su posición histórica sobre Tíbet, reconociendo la pertenencia de este territorio a China. Un cambio de 180 grados, a cambio de nada, gratis total. Una vez más, Pekín pone de manifiesto que le encanta enseñar los dientes a quien puede, no a quien quiere, porque Bush también recibe al Dalai Lama y, sin embargo, China no adopta represalia alguna contra Washington.

Según las estimaciones de la consultora Goldman Sachs, la economía china alcanzará a la alemana en 2010 y a la japonesa en 2015 (de hecho, ya ha alcanzado a la italiana, francesa y británica). La cosa cambia cuando consideramos a Europa en su conjunto, ya que entonces China no estaría en condiciones de igualar económicamente a la UE, ni a Estados Unidos, hasta el año 2035. No hay que ser muy perspicaz para ver que EE UU tiene todavía por delante más de 25 años para intentar influir sobre China mientras que Europa carece de margen en tanto no actúe unida.

2020-2025 es el horizonte analítico que se ha planteado el Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE que lidera Felipe González. El Grupo tendrá que presentar sus conclusiones durante la presidencia española de la UE, en el primer semestre del año 2010. Lo primero que debería plantearse el Grupo y a su vez trasladar a la opinión pública europea es una pregunta muy simple: ¿quiere usted que Europa sea relevante en el mundo de 2020? ¿O se conforma con ser un parque temático de la diversidad cultural y el gasto social para el resto del mundo?

José Ignacio Torreblanca

Aún lejos de un verdadero Estado federal

Aún lejos de un verdadero Estado federal

Tras treinta años de Constitución, en la cultura política española domina el regateo bilateral. El federalismo sólo llegará cuando se asuma la primacía de la cooperación multilateral en beneficio de todos


Se cumplen tres décadas de vigencia de la Constitución de 1978 y ya se dispone de perspectiva suficiente para analizar el grado de eficacia de un modelo de Estado compuesto que para algunos es casi federal y para otros sencillamente muy descentralizado. Culminado el proceso de actualización de los estatutos, de no mediar sentencia del Tribunal Constitucional que modifique sustancialmente el contenido del de Cataluña, y por analogía otros, y tras la futura revisión del modelo de financiación, podrá decirse que el Estado autonómico será formalmente más federal que antes de las reformas. Sin embargo, sigue faltando mucho para un funcionamiento realmente más federal entre las partes que son Estado.

Lo primero que hay que constatar es que, pese a todo, el proceso seguido en España, original por cuanto se han modificado estatutos de autonomía sin modificar la Constitución, supone avances positivos y que las reformas propuestas por los Parlamentos regionales han contado con amplio apoyo. Pero ese proceso sigue sin concitar consenso, ni en la valoración de sus consecuencias ni en su interpretación. Para algunas expresiones nacionalistas en Cataluña no es más que una etapa más, insuficiente, y ya anuncian nuevas iniciativas y demandas. Por su parte, los nacionalistas vascos ni siquiera consideran la posibilidad de reforma del actual Estatuto de Gernika como su mejor opción a medio plazo, sino que incluso han llegado a proponer un escenario de consultas dentro de un supuesto "derecho a decidir del pueblo vasco" que no tiene precedente en las democracias maduras occidentales, se aleja del marco establecido en la Constitución española (así lo ha entendido el Tribunal Constitucional) y recuerda más bien el largo contencioso canadiense. Y para algunas expresiones del nacionalismo español este proceso supone la ruptura de España como nación, por lo que anuncian riesgos de fragmentación e incluso "balcanización".

No obstante, ha prevalecido la opción de quienes pensaban que la perspectiva de décadas de experiencia, como miembro de la Unión Europea y como Estado compuesto, la propia jurisprudencia del Tribunal Constitucional y la velocidad de los cambios sociales y económicos en curso aconsejaban una amplia puesta al día.

Un proceso tan ambicioso de reforma de estatutos de autonomía no está exento de riesgos e incertidumbres. En primer lugar, los gobiernos locales han quedado, de nuevo, al margen y siguen esperando su particular transición y acomodo en el nuevo Estado autonómico. En segundo lugar, el establecimiento en los estatutos de compromisos de asignación de inversión regionalizada del Estado en algunas comunidades, sea como porcentaje del PIB, sea como porcentaje de población u otros, contribuye al desarrollo de discursos de agravio comparativo y de asignación de recursos que dependerán mucho de la coyuntura y de compromisos políticos bilaterales. En tercer lugar, la inclusión de cláusulas estatutarias que de facto suponen intentos de "blindaje" imposibles por distintas comunidades autónomas en materia de gestión de recursos hídricos, poco tiene que ver con la forma en la que se abordan estas cuestiones en Estados federales de larga tradición. En cuarto lugar, el proceso de reforma estatutaria no ha sido aprovechado para abordar de forma simultánea una reforma profunda de la propia Administración General del Estado y para haber alcanzado un amplio consenso político sobre la creación o consolidación de anclajes federales claros y aceptados por todos.

Pero el riesgo mayor es que prevalezca la relación bilateral Gobierno central-comunidad autónoma en detrimento de visiones y actitudes más acordes con la existencia de gobiernos multinivel y con contextos crecientemente interdependientes. Esta circunstancia puede contribuir a devaluar figuras esenciales como la Conferencia de Presidentes o las Conferencias Sectoriales Intergubernamentales, o incluso a hablar de posible debilitamiento del marco federal (multilateral por definición) en favor de un escenario de relaciones bilaterales de aroma "confederalizante".

Seguimos instalados en la cultura de la relación (o la confrontación) bilateral. Casi todos viven mejor en ese ambiente. A corto plazo simplifica el proceso de toma de decisiones a los gobiernos concernidos y la opacidad favorece la discrecionalidad. Pero a medio plazo pueden consolidarse prácticas, decisiones y compromisos que resten coherencia a las políticas y a los procesos de toma de decisiones. Y ésta es una deriva tan persistente como preocupante. Por eso, cualquier avance en el ámbito de una cultura verdaderamente federal será positivo. Es un recorrido que habrá que hacer sin dramatismos ni apelaciones a esencialismos. Con normalidad y pragmatismo. Como ocurre en otros Estados de tradición federal que afrontan debates sobre competencias, financiación, fiscalidad o gestión de recursos hídricos. Y en todo caso, siempre cabe el recurso de la revisión consensuada de aquellos aspectos que supongan pérdida de eficacia o incluso riesgo de bloqueo a medio plazo y, por supuesto, siempre es posible apelar en última instancia al órgano jurisdiccional para delimitar competencias.

Sea como fuere, ello no habilita a nadie para anunciar de forma anticipada riesgos de fragmentación del Estado o situaciones irresolubles derivadas de la aplicación de los estatutos reformados. Todo lo contrario. El camino hasta ahora recorrido en la construcción de un Estado compuesto desde la existencia de un modelo de Estado-nación tradicional adquiere trascendencia histórica y ahora se ha dado un paso más en la dirección adecuada. Pero como todo proceso abierto no ha estado exento de dificultades, desencuentros y conflictos. Y así será en el futuro.

El nuevo contexto sitúa a la Administración General del Estado ante un escenario muy diferente. Sus capacidades ejecutivas quedarán sensiblemente reducidas y sus posibilidades para elaborar legislación básica, mucho más acotadas. Verá reducido su espacio de decisión unilateral, el proceso de toma de decisiones será más complejo y ello le obligará a imaginar nuevos métodos de coordinación y cooperación, impulsando con mayor decisión el funcionamiento de los mecanismos multilaterales ya existentes. La Administración General del Estado tendrá que ser capaz de superar su actitud desconcertada y defensiva y adoptar una posición mucho más proactiva acorde con la nueva realidad plasmada en el bloque de constitucionalidad.

Pero este nuevo contexto también exige a las comunidades autónomas el abandono de posiciones victimistas.

Tan contraproducentes resultan comportamientos, aún presentes en la política cotidiana de la Administración General del Estado, del tipo "de España me ocupo yo", como las actitudes de esos representantes de gobiernos autónomos que se comportan como poderes regionales "en burbuja", como "Estados-Región". Son los que no entienden la relación con el Gobierno central más que como mera "relación comercial", pretenden hacer de la Administración General del Estado en su comunidad autónoma una mera rareza "residual" o parecen estar diciendo "ya que no podemos marcharnos de España, hagamos que España se marche de nuestra comunidad autónoma". Unos y otros están muy alejados de la cultura federal. Tendrán que hacer de la coordinación y la cooperación una costumbre y para ello una condición necesaria sería que los partidos abandonasen la estrategia de la polarización política.

La nueva distribución de poder político obliga a explorar y a reforzar el Estado autonómico en clave federal. Se necesitan más gestos federales y más cultura federal. Federal, entendido como sinónimo de cultura del pacto (foedus), de lealtad constitucional e institucional, de coordinación y cooperación vertical y horizontal entre esferas y niveles de Gobierno, de respeto mutuo, de claridad, de transparencia en la información, de multilateralismo, de equidad, de cohesión territorial, de corresponsabilidad, de solidaridad... Pero también de autonomía política y de capacidad para desarrollar políticas públicas diferentes en y desde las distintas esferas de gobierno. Y si el término federal supone algún problema, no importa. Sigamos hablando de Estado autonómico.

Joan Romero es catedrático en la Universidad de Valencia y autor del libro España inacabada.

La religión, ¿invisible?

La religión, ¿invisible?

En 1967 se publicaba en alemán y en 1973 se traducía al español el libro del sociólogo T. Luckman, La religión invisible. En él se analizaba el lugar de la religión en la sociedad industrializada y pluralista. Se preveía una retirada de la religión del ámbito público a la esfera privada, de una función oficialmente estructuradora a otra sólo inspiradora, de su dimensión institucional a una vigencia estrictamente individual. Eran los años en que el marxismo difuso en toda Europa otorgaba a la economía y a la política la condición de fuerzas sustentadoras de la sociedad, haciendo de todo lo demás (ética, religión, derecho...) puras funciones derivadas de aquellas. Desde ahí se preveía la desaparición de la religión del horizonte público en los próximos años. Más recientemente en Francia M.Gauchet y L. Ferry han pronosticado la salida de la religión de los entramados sociales para convertirse en mero fermento de sentido para la vida privada, en su libro: Lo religioso después de la religión (2004).

¿Cuál es el resultado de tales pronósticos? Parecía en aquellos días que la secularización de la sociedad, de las instituciones y de las conciencias era irreversible, que conquistaría el terreno en un proceso, que nada podría detener. Tal pronóstico sólo parcialmente se ha cumplido. La caída del marxismo, la afirmación beligerante del islam, los movimientos carismáticos de tan distinta índole existentes en el mundo, las diversas teologías de la liberación que inciden sobre la religiosidad popular y sus elementos emocionales, la inexistencia en nuestro horizonte de grandes proyectos éticos de sentido, esperanza y justicia: todo ello ha quebrado la credibilidad de aquellas propuestas secularizadoras. Hoy las dos potencias más inspiradoras de lo humano son las culturas y las religiones.

La situación resultante es una escisión en dos posturas extremas: la que sigue pretendiendo que la religión sea la clave primera y suprema de estructuración de la sociedad y la que se empeña en recluir la religión y reducir los grupos religiosos al puro ámbito individual, convirtiéndolos así en sectas. Entre las teocracias de muy distinto signo y las sectas hay que situar la religión en las sociedades modernas. Estas deben ofrecer espacios públicos abiertos a todos los que, respetando el recto ordenamiento jurídico, el bien común y el orden público, aportan sus valores e ideales a la vida común. El Estado no tiene autoridad para prohibir, imponer o privilegiar a unos grupos sobre otros. El criterio para apoyarlos será su respeto a los derechos humanos junto con los ideales, valores y derechos configuradores de nuestra historia (que no puede ser trasmutada por real gana o arbitraria decisión de un gobierno), su presencia real en la sociedad, su cooperación tanto al fortalecimiento de las instituciones como a la superación de las necesidades, y la realidad numérica de unos y otros grupos. El Estado no puede emitir juicios sobre los contenidos específicos de cada uno de esos grupos. La categoría primera es la libertad de los ciudadanos, y desde ella unos configurarán su identidad desde la religión y otros desde la increencia. El espacio público no es de ninguno de ellos: ambos están igualmente legitimados a expresarse dentro de él y a configurarlo según sus convicciones forjadas en libertad.

La religión es una forma de ejercitación en libertad y por tanto afecta a todas las dimensiones de la persona, que es interior y exterior, privada y pública, individual y comunitaria. Justamente porque se refiere a Dios, absoluto y trascendente, es principio de sentido para todo, pero no sustituye a nada ni hace innecesaria la ejercitación de todas las demás potencias, instancias y ejercitaciones mediante las cuales se articula la vida social, intelectual, moral y política. Dios es para el hombre en un sentido todo, en cuanto principio de nuestro ser, sentido de nuestra existencia y dinamismo de nuestro futuro. El funda, inspira y sostiene todos los dinamismos de nuestra vida, pero no sustituye a ninguno de ellos en el orden material e histórico. El nos entrega el mundo como materia de nuestra libertad; y en el ejercicio de esta consiste nuestra dignidad de seres creados a imagen y semejanza de Dios.

El catolicismo se encuentra ante una historia nueva, que no puede ser ni la repetición de la historia anterior ni el tránsito a la privaticidad o al sectarismo. Una sociedad sin referencias últimas, en mero individualismo y en despreocupación por los grandes valores comunes, está condenada a la anomia y a la desesperación. «La liberación de la conciencia humana de las constricciones, que la estructura social sacralizada ejercía, representa una ocasión sin precedentes históricos porque puede afirmarse para todos la autonomía de la vida individual. Pero contiene un serio peligro: el de causar un retirarse en masa hacia la esfera privada mientras ´arde Roma´» (T.Luckmann). Una sociedad sin el cultivo de proyectos éticos, de la memoria histórica, de las raíces éticas y de los signos religiosos que han nutrido la trayectoria anterior, sucumbirá a la desmoralización y a la violencia.

El cristianismo es religión de trascendencia a la vez que de encarnación. Dios es real y se ha manifestado en la historia; a su reconocimiento abren la fe y un trascenderse del hombre más allá de la inmediatez de las cosas. Por ello Dios, Cristo y la Iglesia nunca podrán ser visibles como lo son la torre Eiffel, la Cibeles o el mar Mediterráneo. Son tan reales para el creyente como lo son la justicia para el hombre bueno, la belleza para quien tiene sentido estético, la música para quien no es sordo o la pintura para quien tiene ojos iluminados. El cristianismo es a la vez religión de encarnación, y en ese sentido es visible, perceptible y verificable. Surge de la acción, de la palabra, de las huellas y signos de Dios en Cristo; no es sólo religión de la conciencia o de la palabra sino también de la historia y de la carne. Dios es real para el hombre que es carne y tiempo, porque él se hizo carne y tiempo. Eso es lo que los cristianos confiesan y de eso es signo la Navidad. Los poetas fueron los más lúcidos adivinos de esa necesidad del hombre: ver a Dios con los propios ojos. «Dios visible es mi alimento» (L. Rosales). R. Browning, en su poema Saúl escribía: «Esta es la debilidad en la fortaleza por la que yo grito, mi carne, que yo busco / en la Divinidad. En ella la busco y la encuentro. Saúl, vendrá / una Faz igual a la mía que te recibirá: un Hombre igual que yo/ que tu podrás amar y por el que serás amado para siempre».

La religión es el grito y susurro, nunca agotados en la historia de la humanidad, que rompen la soledad y las cerraduras del mundo. El cristianismo es la confesión de un mundo abierto a la esperanza porque previamente el Creador se nos ha abierto a nosotros, creándonos ojos nuevos para reconocerle Encarnado. Hacer silencio sobre esa historia de gracia y recluirnos en nuestros límites mortales es cercenar la mejor posibilidad humana: ver al Invisible, extendernos hasta el Infinito, vivir de una esperanza última que se revela matriz fecunda de esperanzas, creaciones y credenciales temporales. Los cristianos no pueden sucumbir ni a la provocación ni al silencio.

Al Dios que se nos ha hecho visible en la encarnación, los creyentes le trasparentan visible mediante actos explícitamente confesantes en sus celebraciones e instituciones propias, mediante las expresiones públicas y mediante el testimonio personal. A través de esas tres formas le hacen perceptible, inteligible y creíble. No le podemos callar, ocultar ni trasmutar, porque Dios es mucho más que ética o cultura; y no es reducible a ellas. Cada una de esas visibilizaciones de Dios tiene su lugar, lenguaje y signos apropiados, que no son intercambiables. Discernir y ejercitar los signos propios de esa visibilidad, haciendo justicia a la confesión cristiana a la vez que al ordenamiento jurídico y a la realidad social es un doble imperativo: tanto del cristiano y de la Iglesia para ejercitarlo como del Estado para reconocerlo. Con asombro y ternura estuvo Dios entre los hombres: con asombro y ternura podemos estar los hombres ante Dios. Ese es el último fundamento de la gloria y alegría de los mortales.

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Cincuenta años sorprendentes

Cincuenta años sorprendentes


Cincuenta años de periodismo de José María Carrascal...

MI primer artículo apareció el 16 de diciembre de 1958, precisamente en ABC. Era un reportaje sobre el Berlín de las cuatro potencias ocupantes, encabezado por la foto de un Bundestag que mostraba, como toda la ciudad, las heridas de la guerra. En este medio siglo, el mundo ha dado muchas vueltas y han ocurrido muchas cosas, buenas y malas, pero sobre todo, sorprendentes. Sin salirnos de Berlín, tres años después, tuve que informar sobre el alzamiento del Muro, y creí que iba a morirme sin verlo derribado. Sin embargo, en 1989, se vino abajo, no por la fuerza de los tanques, sino de las ideologías. El Muro berlinés ocultaba uno de los mayores fraudes de la Edad Contemporánea: el del comunismo como sociedad más sana, más fuerte, más productiva que el capitalismo, utopía que ha cautivado a la humanidad desde su infancia. El desplome del Muro dejó al descubierto la cruda realidad que ocultaba, el abismo entre dirigentes y dirigidos, el fracaso de una economía incapaz de suministrar los bienes modernos a la población y, a veces, de alimentarla. Una realidad que se llevó por delante no sólo el imperio soviético, sino también a buena parte de la izquierda, que sigue en crisis, pese a todos sus intentos de recuperarse, incluido el de pedir prestadas fórmulas al capitalismo.

Pero no sólo la izquierda está en crisis. Lo está también la derecha, y ésta es otra de las grandes sorpresas. El desplome del Muro trajo el espejismo del «fin de la historia», la creencia de que se habían acabado las ideologías, al no haber alternativa a la democracia como sistema político y al mercado como sistema económico. En adelante, todo sería ensanchar la una y el otro hasta llegar a la «paz perpetua» que soñaba Kant. ¡Cuánto nos equivocábamos! La crisis de 2008 ha demostrado las catastróficas consecuencias de un mercado sin control, mientras las guerras de Afganistán e Irak están demostrando lo difícil que resulta exportar la democracia a culturas y países distintos a los nuestros. Es más, la paz no se ha impuesto ni siquiera en Europa, donde hemos tenido guerras en los Balcanes y acabamos de tener otra en el Cáucaso, por no hablar de las guerras sucias, como la que tenemos en el País Vasco. En otras palabras el mundo es tanto o más peligroso que en 1958.

Volviendo a aquel año, el mundo estaba regido entonces por dos superpotencias, con occidente anonadado por el golpe psicológico que significó el primer vuelo espacial soviético. El futuro parecía estar allí y el chiste en las recepciones diplomáticas era «los pesimistas aprenden ruso, los realistas, chino». Equivocándose en lo primero y acertando en lo segundo, si bien los chinos han adoptado el capitalismo como sistema económico, sin abandonar el comunismo como sistema político. ¿Es ésta la fórmula híbrida del futuro? Pues tampoco lo creo, aunque la experiencia aconseja no descartar nada. Tal vez sea la fórmula para ellos, pero desde luego, no lo es para nosotros.

El comunismo a secas no parece ser ya modelo para nadie y los residuos que quedan de él -Cuba, Corea del Norte- buscan desesperadamente una salida, sin encontrarla. Posiblemente se deba a considerarse un sistema perfecto, siendo imperfecta la condición humana, lo que les impide acoplarse y, más grave aún, impide al sistema evolucionar, que es otra de las leyes de la naturaleza. Mientras el capitalismo, con todos sus defectos, es infinitamente más flexible y no tiene inconveniente en irse adaptando a las circunstancias, autocorrigiéndose incluso con medidas contrarias a su filosofía, si es que tiene alguna. Así, acabamos de ver a gobiernos conservadores nacionalizar parte de la banca, mientras otros, socialistas, la capitalizaban. Un espectáculo inimaginable hace medio siglo. Pero es lo que ha permitido crecer al capitalismo, mientras el comunismo se estancaba.

El crecimiento del capitalismo durante estos cincuenta años, unido a un desarrollo tecnológico superior al de los veinte siglos anteriores juntos, ha acelerado la historia hasta el punto de producir vértigo, por la acumulación de acontecimientos, que somos incapaces de digerir. El hombre empieza a explorar los límites de la naturaleza, con sondas y telescopios que alcanzan los confines del universo y con aceleradores nucleares que intentan descubrir los elementos primordiales del átomo. Trasplantar órganos es ya una operación rutinaria y las células madre abren un campo inédito al tratamiento de enfermedades hasta ahora sin curación. Pero todo ello ha tenido un coste nada barato. El desarrollo material está afectando al equilibrio biológico del planeta, sin que sepamos si llegará a romperlo, pero que le afecta no ofrece lugar a dudas. El aumento de CO2 en la atmósfera, por ejemplo, no es una buena noticia para la humanidad, porque el CO2 es letal para ella. Aunque también es cierto que esa misma humanidad ha sabido salir airosa de todos los desafíos que se le han planteado hasta la fecha. Lo que tampoco garantiza que podrá seguir haciéndolo indefinidamente, al haberse convertido la humanidad en la mayor amenaza para la naturaleza.

¿Cuáles han sido los mayores cambios en este medio siglo? A bote pronto, diría que la liberación femenina, la irrupción de la mujer en todos los ámbitos de la vida pública, al menos en occidente. Ello ha traído, junto a enormes beneficios, costes importantes, incluso para ellas, que han de soportar la doble carga maternal y laboral, con alteraciones significativas en la familia, los hijos, las relaciones de pareja y sexuales, que todavía estamos digiriendo.

La globalización es otra de las grandes revoluciones. A caballo de la explosión de las comunicaciones, lo que ocurre en una esquina del planeta repercute al instante en la otra, como un terremoto global. Pero al mismo tiempo, está en marcha la tendencia opuesta: la individualización. Todo lo ocurrido en las últimas décadas tiende a potenciar el individuo sobre la comunidad. El coche le ha dado la posibilidad de desplazarse por su cuenta; el móvil, la de comunicarse desde cualquier sitio; la televisión por cable, la de elegir entretenimiento; la tarjeta de crédito, la de comprar cuanto desea. Incluso se habla del «derecho a tener 15 minutos de fama», lo que puede ser ilusorio, pues si todos somos famosos, nadie lo será realmente, como si todos somos ricos, tampoco lo seremos e incluso podemos convertirnos en pobres, como estamos viendo en la presente crisis. En cualquier caso, todo ha ido en provecho del individuo, nada de la comunidad, que se debilita. Una tendencia inquietante.

En estos 50 años hemos cambiado el mundo bastante más que a nosotros mismos, lo que arroja dudas sobre nuestro progreso. Al sueño comunista no le ha sucedido el sueño del progreso ininterrumpido y la paz perpetua como soñábamos. Le ha sucedido el individualismo exacerbado y la globalización acelerada, dos fuerzas contradictorias, con derivados como los nacionalismos y los fundamentalismos, claramente negativos. Cómo coordinarlos y domesticarlos va a ser la gran tarea del siglo que empieza.

En cuanto a profecías, basta lo expuesto para entender que son ejercicios fútiles. Las fundamos en experiencias que, al haber cambiado la realidad en que se dieron, ya no sirven. La aceleración que hemos dado a nuestra sociedad, a nuestra vida y a nuestro entorno igual puede conducirnos a un planeta mejor que a destruirlo. Dirijo la vista atrás, poniendo la mano a modo de visera para que no me deslumbren las catástrofes ni los triunfos, y llego a la conclusión de que, pese a todos los pesares, el mundo de hoy es mejor que el del Berlín destruido por la guerra. O sea, que soy un optimista escéptico. Pero tendrá que ser el periodista que, con enorme satisfacción, vea hoy publicado su primer artículo quien, dentro de 50 años, podrá decirlo realmente.

José María Carrascal en Abc.

El problema de la realidad

El problema de la realidad


La realidad no sólo es inabarcable: es inasumible. Dejemos de lado la filosofía y, del modo más pedestre, definamos la realidad simplemente como la hilación de lo que pasa. Ni usted ni yo podemos soportar eso, salvo en pequeñísimas dosis. Supongamos que tenemos delante un plato de huevos con tocino; podemos imaginar, más o menos, en qué condiciones vive la gallina que puso este huevo, o cómo y con qué se fabricaron los piensos que alimentaron a la gallina y al cerdo, o cómo gritó el cerdo antes de morir; incluso, recreándonos, podemos fantasear con que el animal estaba aún vivo cuando se le arrancaban las vísceras. Disponemos de la información suficiente para saber cómo funcionan estas cosas. Pero preferimos no verlas personalmente.

La mayoría de las personas gozamos de un bajo nivel de sensibilidad y de una extraordinaria capacidad para limitar nuestra percepción de la realidad a lo inmediato y conocido, obviando otras realidades desagradables. Leemos sobre la guerra en la región congoleña de los Grandes Lagos y adquirimos plena conciencia de que se trata de un conflicto muy cruel, sucio. Leemos un poco más y descubrimos que una de las claves de esa guerra es el coltán que se obtiene en las minas de la zona (gracias al trabajo de niños esclavizados) y se utiliza cada vez más para fabricar ordenadores portátiles y teléfonos móviles. No tenemos gran dificultad para relacionar la guerra del Congo con el teléfono que llevamos en el bolsillo y, por tanto, con nosotros mismos. Tampoco tenemos mayor dificultad en pasar página y empezar a leer otra cosa mientras nos comemos, si se tercia, los huevos con tocino.

No hace falta ponerse tan tremendos para referirnos a la realidad y a lo poco que nos conviene asumirla. Hay ejemplos menos incruentos. El votante de Convergència puede enterarse de que el líder del partido, Artur Mas, tiene un padre cuyos ahorros, un par de millones, aparecieron en Liechtenstein. Dicho votante puede deducir la existencia de un posible fraude fiscal por parte del señor Mas senior, e incluso sonreír ante el hecho de que el señor Mas junior denuncie una y otra vez la presunta injusticia fiscal a la que Cataluña se ve sometida por esa cosa abstracta que los catalanes llamamos Madrid. El votante, sin embargo, está preparado para encajar esas contradicciones tan propias de la realidad. Difícilmente cambiará su voto en las próximas elecciones.

El negocio de la prensa se basa, o debería basarse, en la realidad. A veces podemos arriesgarnos a explicar por qué pasa lo que pasa, e incluso qué pasará después. La materia prima de esta industria, en cualquier caso, es lo que pasa: pequeños fragmentos de realidad, generalmente llenos de impurezas, que conviene lavar y verificar antes de revenderlos (a usted) con la menor manipulación posible.

La imagen suele identificarse con la realidad. No siempre se corresponde con ella, porque quien extrae la imagen elige lentes, distancias, campo, luz; pero convengamos en que una fotografía o una filmación (sin trucos) constituyen un material fiable.

Entre la gente que trabaja con imágenes se encuentran las personas más esforzadas de la prensa. Por decirlo de alguna forma, son quienes están obligados a ver cómo vive la gallina, a escuchar los gritos del cerdo y contemplar cómo le arrancan las vísceras. Sin intermediarios ni abstracciones. Dado que no es posible hablar de todos ellos, mencionaré a uno como arquetipo: Gervasio Sánchez. Si usted se hace una idea de lo que fue el sitio de Sarajevo, lo que fue la guerra sucia en El Salvador, de las amputaciones que causa una mina antipersona o de la tragedia crónica que devasta la región de los Grandes Lagos, es casi seguro que ha consumido algunos de los fragmentos de realidad que Gervasio Sánchez, colaborador del Heraldo de Aragón, La Vanguardia y en ocasiones de este diario, viene sirviéndole desde hace tres décadas. Menciono a Gervasio, insisto, en nombre de todos, e incluyo a quienes murieron por acercarse demasiado a ciertas realidades peligrosas, desde Juantxu Rodríguez hasta Miguel Gil, pasando por José Couto.

Espero que el fotógrafo José Cendón, secuestrado en Somalia, se encuentre ya libre cuando se publiquen estas líneas. Espero no tener que escuchar de nuevo lo de "ellos se lo buscan": si no fuera por estos tipos capaces de chapotear en la realidad, ni yo podría cobrar por este artículo ni usted sabría qué hay más allá de su plato, de su teléfono, de su periódico.

Enric González

Tres diques

Tres diques


Solemos pensar en la historia como un gran proceso, lento e inexorable, dirigido por grandes fuerzas. De ahí la relevancia de ejercicios de prospectiva como el Tendencias Globales 2025 del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense hecho público la semana pasada. Pero hay lugares del planeta donde la historia con mayúscula se forja en estos mismos momentos. Algunos de estos lugares pueden ser considerados fallas geológicas en su equivalente geopolítico: tanto si se separan como si se cierran, el mundo será un lugar completamente distinto (pero no a largo plazo, sino con efectos inmediatos).

Una de esas fallas es la línea Durand, la frontera trazada por los británicos en 1893 para separar Afganistán y Pakistán y que coincide en gran medida con el macizo del Hindu Kush. Esa frontera dividió a la comunidad pastún entre dos Estados, sembrando de por vida toda la región de inestabilidad. Como consecuencia, todavía hoy, las provincias del noroeste de Pakistán siguen mirando hacia Afganistán, recelando del Gobierno de Islamabad y prestando apoyo logístico y albergue a los insurgentes talibanes y terroristas de Al Qaeda. Dada la capacidad nuclear paquistaní y su crucial importancia geopolítica, Estados Unidos y Europa han tenido que tratar siempre a Pakistán no ya con pragmatismo sino con un cinismo tan descarado como impotente: tolerando los excesos represivos del régimen del general Musharraf y la corrupción generalizada, soportando estoicamente las ambigüedades y oscuras maniobras de los servicios secretos paquistaníes, más preocupados por la India que por Al Qaeda, e intentando olvidar la colaboración del responsable del programa nuclear paquistaní con la proliferación nuclear mundial. Hoy, pese a la marcha de Musharraf, Pakistán sigue en el filo y Occidente carece de una política que pueda evitar lo que los analistas como Ahmed Rashid han descrito como el "descenso al caos".

La otra falla de importancia crucial está en el Congo oriental, en la frontera entre este país y Uganda, Ruanda, Burundi y Tanzania. Curiosamente, coincide también con otra falla geológica, la del Rift, que creó los grandes lagos y aisló el África central de la costa del Índico. Desde 1994, cuando los conflictos latentes desembocaron en el genocidio de Ruanda, la zona ha estado sometida a enormes tensiones. Los acuerdos del Lago Victoria de 2006 pusieron en marcha un proceso de paz regional, auspiciado por Naciones Unidas, en los que la Unión Europea ha estado notablemente comprometida. En Congo, la UE ha dado apoyo al proceso electoral, ha puesto en marcha una misión de apoyo policial y judicial y ha iniciado un programa de reforma de las fuerzas armadas congoleñas. Pero nada de eso ha sido suficiente para contener las tensiones en la frontera con Ruanda, donde el Ejército congoleño y las milicias mai-mai, hutu y tutsi pugnan por el control del territorio y sus riquísimos recursos naturales. La misión de la ONU, formada por 17.000 soldados, se ha visto desbordada y su comandante, el general español, Vicente Díaz de Villegas, ha dimitido. Aunque el Consejo de Seguridad haya decidido reforzar la misión con 3.000 efectivos adicionales, éstos no serán suficientes para taponar la enorme brecha humanitaria que se va a abrir si el conflicto se desborda. Pese a los recursos invertidos por la comunidad internacional, el descenso al caos de Congo ya ha comenzado, con un Ejército congoleño que en su retirada, saquea, asesina y viola a la población cuya protección se supone tenía encomendada. Inevitablemente, si la situación sigue empeorando, la UE tendrá que despachar a la zona uno de sus recientemente creados Grupos de Combate (battlegroups).

La tercera falla de importancia es Ucrania, un país que está en el filo de la navaja desde la Revolución Naranja de 2004 y que enfrenta elecciones presidenciales a comienzos de 2009. Con un Gobierno dividido y una economía sumamente frágil, el destino del país está en gran medida en manos de Rusia. Cómo será Europa en el 2025 dependerá en gran medida de qué lado caiga Ucrania: si cae del lado ruso, Moscú habrá encontrado la joya con la que coronar su proyecto neoimperial; si cae del lado de la Unión Europea, el proyecto ruso será sencillamente inviable y la pax bruxelliana habrá triunfado. Apoyar al presidente Víktor Yúshenko para que estabilice y democratice el país es, por tanto, esencial. Pese a que, hoy por hoy, la UE no está en condiciones de ofrecer una promesa de adhesión a Kiev, sí que está en condiciones de, por su propio interés, implicarse mucho más profundamente en Ucrania.

En un celebrado artículo sobre las dificultades de hacer prospectiva en relaciones internacionales, Ned Lebow y Janice Stein, decían que "Dios dio a los físicos los problemas fáciles de resolver". En todos y cada uno de estos conflictos, el azar y las estrategias de los actores se entrecruzan de manera impredecible, las decisiones se adoptan con información incompleta y, demasiado a menudo, tienen consecuencias no intencionadas. Sinceramente, sabemos más acerca de cómo será el mundo en el 2025 que de lo que va a ocurrir mañana en Pakistán, Congo o Ucrania pero sí sabemos que son tres diques que nos separan del futuro.

José Ignacio Torreblanca es Profesor Titular de Ciencia Política de la la Universidad Nacional de Educación a Distancia.