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El verdadero reto de los países musulmanes

El verdadero reto de los países musulmanes



La división entre el mundo musulmán y Occidente se ha convertido en el gran asunto de nuestra época. Ha sucedido a la guerra fría como problema estratégico de interés mundial, Los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001 y la invasión de Irak y Afganistán, así como la cuestión palestina, han creado la sensación de que existe un choque de civilizaciones.

El enfrentamiento entre el mundo musulmán y Occidente está teniendo enormes costes políticos, económicos y de seguridad en ambos lados. El coste humano es especialmente espantoso en el lado musulmán. Tanto a Occidente como los países musulmanes les interesa acabar con la confrontación, y todos debemos trabajar juntos para conseguirlo.

En la asamblea del Fondo Económico Islámico Mundial, celebrado en Malaisia, dirigentes musulmanes de países tan distintos como Pakistán, Kuwait e Indonesia me han permitido que les explicara mi visión de una nueva "Agenda Económica para el Mundo Islámico", que debe ser una pieza central en nuestros esfuerzos para afrontar las raíces del malestar en nuestros países, ayudar a nuestros ciudadanos y, de esa forma, abordar las causas de descontento que constituyen el caldo de cultivo para el terrorismo.

La atención tan desmesurada que se presta a la relación política de los países musulmanes con Occidente puede hacer que desviemos la atención de otros problemas sociales y económicos todavía más importantes. El paisaje musulmán que se extiende desde Marruecos hasta Mindanao es más variado de lo que suelen imaginar los comentaristas occidentales. Existen países pacíficos, con una población acomodada, sana y culta. Por desgracia, son muchos más los países y las regiones que padecen subdesarrollo, pobreza y agitación.

Aproximadamente 31 de los 57 Estados miembros de la Organización de la Conferencia Islámica figuran entre los países menos desarrollados, entre ellos los que ocupan los cinco últimos lugares de la lista. Los índices de desempleo son el doble de la media mundial, casi la tercera parte de la población es analfabeta y las mujeres sufren muchas desventajas. Este nivel de atraso y carencias económicas contribuye a alimentar todo tipo de males sociales y hace que sea más fácil reclutar terroristas.

El mal gobierno es una característica común a muchas zonas del mundo musulmán. La opresión política, la violación de los derechos civiles y políticos y la corrupción aquejan a muchos países. También forman parte del paisaje musulmán el extremismo y la militancia, debido a factores en gran medida internos, pero también, a veces, externos.

Lo que hace falta es un firme compromiso común de erradicar la pobreza, el analfabetismo y el desempleo en los países musulmanes. Ésas son las auténticas amenazas tanto para el mundo musulmán como para el occidental. Si la gente siente que hay oportunidades económicas y determinación, tendrá muchas menos probabilidades de dejarse seducir por los grupos terroristas.

El mundo islámico se enfrenta a numerosos retos y debe abordarlos como es debido. Los más graves son los retos internos, y a ellos hay que prestar la mayor atención. Los países musulmanes deben hacerse responsables de su propio destino si quieren obtener el respeto necesario que les permita ocupar una posición digna en la comunidad internacional. Mientras no sean económicamente fuertes, políticamente viables y socialmente resistentes, seguirán marginados del resto del mundo, vulnerables a la explotación, la división y la dominación.

El desarrollo, por tanto, debe ser una prioridad absoluta para todas las comunidades y todos los países musulmanes. No se trata sólo de mejorar los niveles de ingresos, la vivienda y las instalaciones sanitarias. Se trata también de lograr una sociedad educada e informada, un sistema político representativo que otorgue una voz real al pueblo, la desaparición de las peores desigualdades, una administración eficiente y honrada y el compromiso de establecer el imperio de la ley. No puede decirse que un país es desarrollado hasta que en él se consiga hacer respetar los derechos, dotar de poder a las mujeres, proteger a las minorías y erradicar la corrupción.

Occidente puede ayudar a los países musulmanes a alcanzar estos objetivos. Le interesa hacerlo, entre otras cosas, porque es la mejor forma de contrarrestar el extremismo violento y cerrar las divisiones que lo alimentan. Pero además ha llegado la hora de que otros dirigentes mundiales reconozcan que los musulmanes, en su mayoría, comparten sus esperanzas de un mundo próspero y pacífico. Los líderes musulmanes están empezando a asumir la responsabilidad de modernizar sus respectivas sociedades. Malaisia va a seguir dando ejemplo. Eso, y no el nihilismo del terrorismo internacional, constituye la forma más genuina de liberación, y pido a todos los líderes mundiales que le den su apoyo.

Abdullah Bin Haji Ahmad Badawi es primer ministro de Malaisia

Pasado y presente

Antonio Elorza hace un análisis de la situación tras el fin de la tregua...


Nadie duda de que fue Alemania la responsable exclusiva de la II Guerra Mundial, pero al mismo tiempo nadie pone en cuestión la necesidad de examinar qué insuficiencias políticas y qué errores militares de británicos y franceses propiciaron el desastre de mayo de 1940. La referencia es del todo aplicable a la reciente ruptura del "alto el fuego permanente" por parte de ETA, única culpable, después de trece meses en que hubo (¿o no?) política sobre el tema del gobierno Zapatero. No es inútil preocuparse por saber qué fue y de qué sirvió, aun cuando a la vista de la conversación con Iñaki Gabilondo, por "discreción y responsabilidad" él no cuente nada y a quien vulnere la consigna de no mirar atrás le reserve el castigo bíblico de convertirse en estatua de sal. Por lo menos, servirá para no volver a tropezar en las mismas piedras.

El punto débil de la interesada propuesta de silencio, a efectos de lograr la "unidad" sin "reproches", esto es, el respaldo ciego a cuanto haga el gobierno, reside en confundir una exigencia lógica, el apoyo a la acción gubernamental contra ETA en el plano técnico, policial, con otra que no lo es tanto, el principio de que en lucha antiterrorista el Gobierno dirige sin límites ni explicaciones, libre de toda crítica. No fue eso lo que en su día Almunia al frente del PSOE comunicó a Aznar y tampoco faltaron críticas duras de origen socialista a la política gubernamental en 1999 por renunciar al "diálogo", a pesar de la entrevista de Lausana. Mayores razones existen hoy para el examen de lo sucedido, cuando al fracaso de las buenas intenciones de Zapatero, haciendo un guiño tras otro a Batasuna, se sumó su empecinamiento en recorrer un camino sin salida, hasta hacer tambalearse la normativa vigente, ante todo la Ley de Partidos, de requerir las conveniencias del momento esta o aquella decisión sobre Otegi, De Juana o ANV.

Le negociación estaba plenamente justificada de existir datos fehacientes, que el Gobierno debía poseer acerca de una ETA dispuesta a imitar al IRA. Pero hubiera sido preciso reaccionar, e informar con veracidad a la opinión pública, del mal augurio representado por la pronta aparición de signos bien elocuentes del doble juego de ETA. Zapatero y Rubalcaba los ignoraron, desautorizando cualquier crítica. Además, a partir de agosto estaban obligados a ver nuestros gobernantes que entre los objetivos reafirmados de ETA, territorialidad y autodeterminación, y la Constitución de 1978 existía un abismo insalvable. ¿De qué podía discutir entonces una mesa política?

A pesar de todo ello, Zapatero se empeñó en seguir, incluso soterradamente a partir del 30-D, con efectos a cual más negativo para el Estado de Derecho, desde el rayo que aún no cesa sobre De Juana, hasta la presencia electoral de ANV convertida en máscara no disimulada de Batasuna. La justicia ha de ser ciega, pero no en ese sentido. Hubo evidencias incuestionables e indicios más que suficientes para plantear ante el Supremo la ilegalización del muerto político resucitado por Batasuna. No quiso hacerse. Y una vez pasado el filtro de las elecciones por el partido-testaferro, regresa el terror. Zapatero sentencia: "ETA vuelve a equivocarse". Sin comentarios.

Zapatero ignoró el peso ideológico de la religión política sabiniana, con su absolutismo de los principios independentistas y la carga de muerte y de fijación de las conductas políticas. Los abertzales no se limitan a ser buenos jugadores que en frío emprenden una partida de cartas. Para los afines al presidente, dada la estrategia de juego de ETA, sujeto racional, frente al Estado español, una vez consumada la derrota de la banda, únicamente restaba proceder a una negociación que la llevara a desaparecer. No ha sido así, y tenemos a una ETA rearmada, con comandos operativos, dinero y voluntad de matar. Y la falsa ANV es legal y controla ayuntamientos.

¿Qué hacer? El aspecto de las acciones preventiva y punitiva frente al terror no ofrece duda alguna. Zapatero deberá tener a todos los demócratas a su lado. Ahora bien, a la vista del enroque en sus posiciones, sin sombra de autocrítica y claros reflejos autoritarios frente a cualquier disconforme, no cabe esperar del presidente cambios significativos. Ni siquiera ha aprendido que el diálogo con el terror es una trampa para la democracia, de no tener como única meta la autodisolución de la banda.

Voces del PP piden elecciones anticipadas. Solución pésima la de votar a la sombra de ETA. Lo necesario es un nuevo curso, difícil de alcanzar sin el hoy imposible relevo en el vértice del PSOE y en la Moncloa. Un primer soplo de optimismo podría venir de la eventual reconstrucción de una convergencia antiterrorista, ahora a partir del triángulo Gobierno-PP-PNV. Claro que si Zapatero sigue entregado de cara al futuro al mito del "diálogo" como única solución, y a su guerra con el no menos belicoso PP, sólo cabe confiar en que tenga éxito la pinza policial favorecida por Sarkozy.

Soñemos. El PP se olvida de las oportunidades electorales brindadas por un fracaso de ZP ante ETA, y se abre a una reedición ampliada del acuerdo antiterrorista, con un PNV que ya no es el de hace seis años, reconociendo el pleno derecho del Gobierno a dirigir la orquesta, siempre que las grandes decisiones sean objeto de consulta o refrendo inmediato. Amén de autocrítica sobre las calumnias y los silencios tras el 11-M. Por su parte, Zapatero se compromete a definir una estrategia más allá de tratar de convencernos de su bondad y acierto no recompensados, con una hoja de ruta que fije los límites de las eventuales concesiones políticas y penitenciarias del Gobierno, abandonando el lenguaje ambiguo que aún caracterizó a su declaración del martes ("el futuro de los vascos depende y dependerá de ellos mismos"). Renunciará a toda ingerencia o presión sobre el poder judicial. Dejará asimismo claro que volvería a negociar, pero sólo cuando ETA anuncie sinceramente su voluntad de autodisolverse. Asumirá que existe el principio de responsabilidad política...

Antonio Elorza

Una idea de Europa


Si el mismo Jacques Delors pudo decir que Europa era un Objeto Político No Identificado, no deberíamos sorprendernos demasiado al comprobar que la percepción de la opinión pública es borrosa y confusa. La perplejidad sería mínima si se tratara de una configuración que pudiera orientarse por las categorías tradicionales de Estado nacional o las relaciones internacionales, si estuviéramos construyendo un Estado nacional a escala más amplia o intensificando unas relaciones entre Estados soberanos. Pero el proceso de integración es único, inédito; exige conceptos y actuaciones originales.

Se habla mucho de déficit democrático, pero creo que el problema más profundo de Europa es su déficit cognoscitivo, nuestra falta de comprensión acerca de lo que la Unión Europea representa. Nos cuesta entender que estamos ante una de las mayores innovaciones políticas de nuestra historia reciente, un verdadero laboratorio para ensayar un nueva formulación de la identidad, el poder o la ciudadanía en el contexto de la mundialización. La crisis que está detrás del fracaso constitucional o la desafección generalizada ante la posibilidad de avanzar en la integración se deben fundamentalmente a una deficiente comprensión de lo que somos y lo que estamos haciendo, a la falta de una buena teoría sobre Europa. El déficit al que me refiero no es una falta de comunicación que se pudiera resolver con un mejor márketing. Es una falta de comprensión y de convicción (entre sus ciudadanos y sus gobernantes) acerca de la originalidad, sutileza, significación y complejidad de la construcción europea. Así se explican los miedos de los ciudadanos y las escasas ambiciones de buena parte de sus dirigentes. Y es que la idea que se tiene de la UE está llena de malentendidos que la dejan a merced de una opinión pública superficial: como una escala de poder suplementario, como una estrategia para sobrevivir frente a una globalización que es percibida sólo como algo amenazante, como una forma política sobre la que se proyecta el modelo del Estado-nación Y así pasa con frecuencia que unos países parecen muy europeístas porque en el fondo aprecian las subvenciones que han recibido, mientras que otros ven en Europa una amenaza y dejan de percibir la oportunidad que representa. Unos y otros tienen una percepción equivocada de lo que Europa representa y, mientras no se disuelva ese equívoco, la adhesión al proyecto político de la UE seguirá siendo débil o superficial.

Lo que Europa necesita es conocerse y renovar su coherencia. No se puede avanzar en la integración política si no abordamos abiertamente la cuestión de la naturaleza de Europa, si escamoteamos las preguntas de fondo acerca de lo que es y puede llegar a ser. Ni que decir tiene que, sin esa aclaración, las políticas de comunicación en el seno de la Unión no podrán ser eficaces, especialmente en una sociedad que es madura y en la que cada vez se pueden hacer menos cosas sin dar razones convincentes. Como decía Julia Kristeva: Europa no sólo tiene que ser útil, sino que también ha de tener sentido. Comprender Europa es el primer paso para conferirle un sentido e imprimirle una dirección, para indicar a la ciudadanía qué es lo que debería recibir su asentimiento después de un debate público. Es posible que durante un tiempo esta clarificación se considerara ociosa, pero ahora resulta ineludible.

Si el experimento europeo fracasa o sale bien es algo que no se decidirá porque tengamos una idea adecuada de lo que estamos realizando, pero un proceso de tal envergadura no puede llevarse a cabo sin unas categorías que interpreten adecuadamente la situación. Nuestro principal desafío consiste en abandonar los conceptos centrados en la idea tradicional de Estado y desarrollar una comprensión alternativa de las relaciones entre los Estados, las naciones y las sociedades. Al tener que definir un nuevo bien común europeo frente a los intereses más inmediatos del mercado y de los Estados, los europeos tenemos la oportunidad de descubrir los grandes fines de la política.

Daniel Innerarity es profesor titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza

Indios y sociólogos

Indios y sociólogos

No sé si a ustedes les pasará igual: si a mí me tomasen por tonto Habermas o Vargas Llosa, por ejemplo, lo aceptaría con resignación puesto que a su lado probablemente lo soy; pero que me consideren idiota Conde Pumpido o López Garrido, por no hablar de Pepe Blanco... vaya, es algo que le humilla a uno. Y mi impresión general es que este Gobierno ha decidido que lo mejor es tratar a la clientela levantisca como si no tuviese demasiadas luces -"¡pero qué sabrá usted!"- incluso cuando se les está intentando dar en vez de liebre ya no gato, sino rata disecada. El truco empleado es elemental aunque repetido con renovado énfasis: consiste en decir que en modo alguno se va a hacer o a consentir algo y luego hacerlo o consentirlo pero llamándolo de otro modo. Por tanto, el Gobierno nunca pactará con ETA un precio político del final de la violencia, pero ofrece una mesa política en cuanto acabe la violencia o si se suspende un rato suficientemente largo; no excarcelará a De Juana Chaos, pero se complacerá en verlo paseando fuera de la cárcel, que no es lo mismo; no absolverá de apología del terrorismo a Otegi, aunque no se extrañará de que no se le condene; no permitirá a Batasuna presentarse a las elecciones, pero autorizará decenas de listas de ANV que son "pacíficas y legales" aunque funcionen a todos los efectos como si fueran de Batasuna y por tanto parezcan de Batasuna, qué desconfiada es la gente; y por supuesto no se han reunido últimamente con los delegados etarras con fines de mercadeo, digan estos lo que digan, aunque de vez en cuando se les acerquen a buscar información, que no todo lo resuelve Google. Siguiendo así, el día que ETA pegue un tiro a alguien no se tratará de un asesinato propiamente dicho, sino todo lo más de otro afortunado que pasa a mejor vida...

Lo de las listas de ANV, sobre todo, está convirtiéndose en un auténtico máster de cómo tomar el pelo desde el Gobierno a la resignada grey de los gobernados. A cada telediario apretamos el cinturón de los embelecos un punto más. No sólo hay que creer que Batasuna no se presenta ni poco ni mucho a las elecciones gracias a la firme diligencia gubernamental, no sólo la parte autorizada de ANV nada tiene que ver con ETA pese a los apoyos que recibe de y brinda a los proetarras, sino que según el Fiscal General hasta se ha ido demasiado lejos en el celo prohibitivo. ¡Y aún hay quien pretende encerrar a la sufrida gente abertzale en un Guantánamo electoral! Es lo que viene a explicarnos a los duros de entendederas Javier Pérez Royo en Liquidación electoral de una minoría (EL PAÍS, 19 de mayo de 2007). Con la misma elocuente vehemencia con que otrora justificó a quienes iban a las puertas de la cárcel de Guadalajara para hacer la ola a los condenados del GAL, hoy denuncia que se está intentando ante nuestros ojos nada menos que la liquidación electoral de 150.000 o 200.000 ciudadanos españoles del País Vasco a los que se priva en la práctica del derecho de sufragio. Y así será, si se les impide votar de la manera que cada uno de ellos considere individualmente apropiada y se vean obligados a ejercerlo de la manera que los demás le imponen. A esos perseguidos solamente se les deja la opción de apoyar las candidaturas de los partidos que no les gustan o de abstenerse, es decir que se les condena al limbo electoral. ¡Menudo atropello! Por lo visto, no basta que haya candidaturas nacionalistas, nacionalistas radicales o francamente independentistas. Si el público lo demanda, es imprescindible que se autoricen también otras que no se desliguen de la violencia terrorista, que apoyen la estrategia de ETA y que recauden para ella financiamiento y audiencia política, abierta o encubiertamente. El derecho fundamental de elegir debe primar sobre la condición democrática o no de lo elegido, sea lo que sea. ...Pues fíjense, yo no me lo creo. Puede que el derecho, sea constitucional o de otro tipo, no siempre coincida punto por punto con el sentido común del lego pero tampoco es una pieza absurda como las del teatro de Ionesco. Y hay argumentaciones jurídicas que corroboran en este caso el escepticismo ante los razonamientos de Pérez Royo: remito al lector a la obra de otro catedrático de derecho, Carlos Fernández de Casadevante, La nación sin ciudadanos (ed. Dilex) cap. VIII, titulado "Ni todas las ideas, ni todos los proyectos políticos".

Pero si por un momento acepto el planteamiento de Pérez Royo, entonces yo también temo formar parte de la minoría electoral liquidada. Porque yo tampoco tengo un partido a mi gusto al que votar. Yo quisiera votar a un partido socialista con una firme posición de rechazo tanto ante el terrorismo de ETA como ante sus pretensiones políticas, un partido socialista que se atuviese al espíritu y la letra del Pacto Antiterrorista tal como fue redactado en su día, un partido socialista que buscara en este punto político fundamental el apoyo del resto de los constitucionalistas y que no debilitara el diseño unitario del Estado de Derecho para conseguir apoyos de los nacionalistas periféricos que no creen en él por mucho que tales concesiones garantizasen su hegemonía en el Congreso. Y como tal partido socialista de mi ideal no existe y por otra parte no puedo inclinarme por una derecha empeñada en el terreno educativo en preferir feligreses obedientes a ciudadanos conscientes, me veo obligado al limbo del voto en blanco. ¡Ay, que zapatética situación la mía! ¡Arnaldo, Pernando, cómo os comprendo y compadezco!

En una de las historietas del genial Fontanarrosa, el gaucho don Inodoro Pereyra se enfrenta a los indios que llegan en destructivo malón. "¿Qué pretendéis?", les pregunta y el jefe responde: "Vamos a arrasar vuestros campos, quemar vuestras casas y violar a vuestras mujeres". "Pero... ¡eso es una barbaridad!", comenta don Inodoro y el otro responde: "Ah, no lo sé, yo soy indio, no sociólogo". En el País Vasco, los indios del malón abertzale siguen manteniendo sus pretensiones tradicionales, pero ahora renovadas y reforzadas: intimidar a los oponentes políticos, extorsionar a la población social y económicamente, convertir su ideario de máximos en un trágala obligatorio para todos del que sólo están dispuestos como mucho a negociar los plazos de cumplimiento. Ya lo están demostrando en la campaña electoral en el País Vasco y hasta el ministro de Justicia lo ha experimentado en carne propia (como no hay mal que por bien no venga, al menos tras los incidentes de Sestao seguro que Fernández Bermejo no necesitó recurrir ese día a ningún laxante). Y después de las elecciones, podemos prepararnos para lo peor. Pero claro, los indios no tienen por qué ser sociólogos. Ese papel lo cumplen otros, que nos explican sus intenciones fundamentalmente pacíficas, su deseo de renunciar a la violencia aún no del todo maduro, las posibilidades futuras de entenderse con ellos porque entre gente de izquierda todo acaba arreglándose, sus derechos vulnerados por la inicua Ley de Partidos y los intolerables caprichos de la derecha montaraz que se empeña en hablar de terrorismo para que la gente no se pasme como es debido ante los logros económicos y sociales del Gobierno. Nunca les habían faltado a nuestros indios proetarras voces sociológicas de elucidación y encomio, pero nunca antes las habían tenido tan abundantes y situadas a tan alto nivel en el ordenamiento estatal.

Ya sé que estas elecciones municipales no son ni debieran ser unas primarias, pero me temo que en gran medida van a funcionar como tales. Porque algunos estamos preocupados sin duda por la corrupción urbanística y temas afines, pero por mero instinto de conservación sentimos otras cuestiones como prioritarias. Y no podemos dejar pasar esta oportunidad de mostrar con la ocasión de voto que se nos ofrece nuestro rechazo ante la explicación sociológica y la ambigüedad gubernamental que refuerza en lugar de impedir el peligro que corren nuestras cabelleras.

Fernando Savater

Los 22.000 de San Sebastián


El Partido Popular es el segundo partido en la ciudad de San Sebastián, por delante del PNV, de Eusko Alkartasuna y de la propia Batasuna, pero sus actos electorales son mínimos. Ayer, la cabeza de lista, María José Usandizaga, convocó a cuatro periodistas y a cinco cámaras en el hall superior del teatro Victoria Eugenia, para leer dos folios sobre política cultural. Mañana los convocará en cualquier otro punto de la ciudad para leer dos folios sobre otro asunto municipal. La cosa es que todos los días de campaña los medios de comunicación tengan algo que decir del PP, alguna foto o algún vídeo. Eso es todo.

Para hacer campaña por la calle, sigue haciendo falta movilizar a un ejército de policías y Ertzaintza y parece que en San Sebastián ya está todo el mundo muy cansado. La última vez que Mariano Rajoy visitó una sede popular, en Amara, hubo que limpiar de coches aparcados toda la calle, por motivos de seguridad, y provocar tantas incomodidades a los vecinos que hasta los organizadores opinaron que no mereció la pena.

El cansancio y la desconfianza parecen marcar la mortecina campaña en esta ciudad. Por no haber, no hay casi carteles de ANV en la parte vieja, el feudo más clásico de Batasuna. Nadie parece inmutase mucho por las elecciones, pero nadie parece tampoco fiarse mucho de la relativa calma actual. El PP actúa como siempre, refugiándose en las grandes ciudades, donde todavía puede hacer política, e intentando mantener vivo el voto, por escaso que sea, en los pequeños pueblos guipuzcoanos en los que, desde hace años, se le impide participar con normalidad en la vida municipal.

Ha habido ya algunos ataques y se ha reforzado la seguridad de los pequeños grupos que se empeñan en pegar carteles en las zonas reservadas para ello en ciudades y pueblos, pero nada parece modificar la escasa movilización general. "Lo más lamentable", dice Usandizaga, "es que alguna gente cree por aquí que eso es normal. Ya casi no les llama la atención ver a un coche con cuatro chavales que van a pegar carteles y cuatro coches más con sus escoltas. Algunos incluso creen que son ganas de provocar".

Pese a los incidentes, el PP vasco, tradicionalmente más templado que el nacional, reconoce que, de momento, las cosas están como estaban en el periodo de tregua etarra: con menos violencia y con más expectación. Prácticamente nadie entre ellos comparte, sin embargo, la esperanza de que las cosas se puedan mantener en esa relativa calma después de las elecciones. La convicción de que Batasuna y ETA reclamarán de nuevo su dosis de protagonismo es casi unánime. "Todo esto va para largo", es la frase más repetida entre las filas populares en el País Vasco.

El objetivo del PP en estas elecciones es mantener su voto urbano. En San Sebastián gana las elecciones desde hace 16 años el socialista Odón Elorza y parece que el próximo día 27 repetirá sin grandes dificultades: con este nuevo mandato se puede convertir en uno de los alcaldes más antiguos de España, 20 años ininterrumpidos al frente de la ciudad.

Lo cierto es que los vecinos de la capital guipuzcoana tienen, en general, una tendencia de voto bastante tozuda: entre 20.000 y 22.000 repiten, año tras año, con el PP, frente a los 23.000 a 27.000 que se reparten PNV y EA. (Esta vez hay curiosidad por ver cuánto son capaces de obtener presentándose por separado). Batasuna, que llegó en sus tiempos a rondar los 19.000 votos, suele movilizar ahora unos 10.000, que en esta ocasión, como en la anterior, serán catalogados de nulos porque las listas de sus agrupaciones, y las de ANV en esta ciudad, han sido ya declaradas ilegales.

Para el PP, mantener una presencia notable en los principales ayuntamientos es un elemento esencial en su política vasca, la única manera de no quedar fuera del tejido social de Euskadi. La campaña no cuenta en esta ocasión con una de sus figuras más conocidas, María San Gil, que se ha retirado momentáneamente de la política por motivos de salud. Su ausencia se notará, aseguran sus compañeros, porque San Gil ha sido siempre uno de sus elementos más dinámicos y la protagonista de una especie de mítines relámpago que alcanzaron bastante popularidad en otras convocatorias electorales. Pese a todo, el objetivo es mantener los mismos votos de las municipales de 2003, un 19% del total.

El voto del PP en el País Vasco, tal vez por las difíciles circunstancias de su militancia, es, con seguridad, el que se comporta con más fidelidad de toda España: 212.486 en las municipales de 2003; 235.728 en las legislativas de 2004 y 210.614 en las autonómicas de 2005.

Soledad Gallego-Díaz

La casa tomada

La casa tomada

por Fernando Savater

Como no soy jurista –y cada vez entiendo menos el guirigay de quienes lo son- no puedo decir nada relevante sobre la sentencia del Tribunal Supremo que parte salomónicamente por la mitad a ANV, éstos si, aquellos no, pasemisí, pasemisá. Lo único claro es que el brazo político de ETA (que adopta nombres distintos pero practica siempre la misma obediencia) va a estar ampliamente presente en las elecciones y luego en las instituciones vascas, salvo una intervención de última hora del Tribunal Constitucional. Y también resulta indudable que la Ley de Partidos hubiera autorizado otras salidas legales para impedir real y totalmente esa presencia. ¿Qué no había plazo para una impugnación de ANV? Si usted lo dice, le creeré, pero resulta raro que se nos haya echado el tiempo encima cuando la estrategia de ETA se conoce desde hace meses: primero un partido en clara continuidad con Batasuna como señuelo, luego reactivar la cáscara vacía de otro partido “dormido” en la legalidad y dotarlo milagrosamente de militantes, medios etc…de modo que permita el avance travestido de los de siempre. Larvatus prodeo, que diría Descartes. ¿Qué ANV rechaza desde 1930 el recurso a la violencia? Parece que a estas alturas y mediando un reciente atentado con víctimas habría que exigir un deslinde del terrorismo etarra más explícito a quienes tan a las claras provienen de él: si no le entendí mal, se lo oí decir al propio Fernández Bermejo en una entrevista con Iñaki Gabilondo en la Cuatro.

¡Ah, pero es que lo realmente infumable es la Ley de Partidos! Ahora se oye por todas partes: en el País Vasco lo dicen desde el consejero Azkárraga, ese espejo de juristas, hasta el rejuvenecido Alfonso Sastre, cuyas ideas políticas siempre han sido un poco peores que sus obras de teatro, háganse una idea. Pongo la radio y en la tertulia escucho a un mequetrefe que compara esa ley aprobada por amplia mayoría parlamentaria con las dictadas por Franco: es que prohibe cosas y nuestro héroe es partidario caiga quien caiga (él no caerá, descuiden) del prohibido prohibir. Supongo que de genialidades como ésta le viene el descrédito a Mayo del 68. Acudiendo a fuentes mas serias, me deja perplejo leer en un editorial de “EL PAIS” (7 de mayo) que “es una ley excepcional y de muy problemática aplicación, en la medida en que es limitativa de derechos”. Hombre, muchas leyes limitan derechos… pero siempre los de quienes los utilizan para lesionar o impedir el ejercicio de los de otros. Como explica a continuación el propio editorial, es el caso de quienes impiden la libre competencia democrática apoyando la eliminación física o la intimidación permanente de sus adversarios políticos. La Ley de Partidos defiende el ejercicio de los derechos políticos de todos, menos de los que quieren simultanear política y crimen para ganar a dos bandas. ¿Y “excepcional”? ¿Por qué es excepcional, si no fue dictada por decreto del ejecutivo sino aprobada en la sede legislativa adecuada? Claro que siempre contó con la oposición de los nacionalistas de toda laya y desde luego hoy mantener una ley que contraríe a los nacionalistas es algo realmente excepcional… ¡Ha sido recurrida en el Tribunal de Estrasburgo! Bueno, no sabemos si prosperará el recurso, pero existe algún precedente orientativo. Por ejemplo, cuando se ilegalizó el Partido de la Prosperidad turco –al que pertenecía entonces el islamista Gül y que contaba con seis millones de votos- por apoyar la violencia separatista y atentar contra la laicidad de Estado, el Tribunal de Estrasburgo ratificó tal medida dictaminando que “la democracia representa un valor fundamental en el orden público europeo pero si se demuestra que los responsables de un partido político incitan a la violencia o mediante mecanismos ilegítimos buscan la destrucción de la propia democracia su disolución puede considerarse justificada” (citado por R. Navarro Valls, “Las dos almas de Turquía”, el Mundo, 3-V-07).

Puede ser que la culpa de todo la tenga, en última instancia, el obstruccionismo del PP a la buena voluntad pacificadora gubernamental. Es lo que parece dar a entender, entre otros miles, John Carlin en su artículo “Es la hora de gobernar juntos” (El PAIS, 6-V-07). Compara la oposición inicial de Ian Paisley a sentarse junto al Sinn Feinn, sus actuales socios de gobierno, con declaraciones semejantes de Mariano Rajoy o María San Gil respecto al reconocimiento de Batasuna. Entre otras diferencias que sería obvio señalar (los dos extremos irlandeses en colisión tenían mutuos lazos con grupos violentos, mientras que en España el brote de terrorismo antiterrorista no vino precisamente de los populares), omite Carlin que la intransigencia de Paisley no ha cesado porque sí, sino porque IRA ha entregado las armas y el Sinn Feinn a reconocido finalmente la policía y la magistratura norirlandesas. Puede que el feroz clérigo haya cambiado, pero sólo cuando también han cambiado las circunstancias, tras una suspensión del parlamento autonómico y una renovada actitud de firmeza del siempre oportunista Blair. Muchas cosas pueden objetarse a la política del PP, sin duda, pero ahora que la valiosa y valerosa María San Gil se ha visto apartada momentáneamente de la política por enfermedad, conviene recordar en su honor y en el de su partido que cualquier concejal del PP en el País Vasco ha hecho más por la defensa de las libertades constitucionales de ustedes y mías que todos los intelectuales abajofirmantes que luchan contra la derechización del mundo desde sus cómodos negocios artísticos o académicos.

Aunque duela decirlo y dejando a un lado la pureza de las intenciones iniciales, ejem, lo indudable ya es que el Gobierno de Zapatero ha fracasado en toda regla en el supuesto “proceso de paz”. Una ETA acorralada, políticamente cortocircuitada y que podía haber sido eliminada en año y medio de haber seguido la política conjunta PP-PSOE de finales del ejecutivo anterior (según afirma la policía francesa) se encuentra hoy revitalizada, rearmada y dispuesta a actuar en cualquier momento. Batasuna no ha cambiado ni un ápice sus planteamientos políticos, ha pasado de fuerza marginal y casi mendicante a interlocutor político privilegiado, además de volver como fuerza electoral y recuperar probablemente sus posiciones perdidas en muchos municipios claves para su financiamiento y reafirmación estratégica. Ha aumentado la presencia radical en los medios de comunicación vascos, sigue la coacción sobre los ciudadanos disidentes y desde luego la extorsión a empresarios y profesionales, contra la que por lo visto nada puede hacerse (¿se imaginan lo que sería saber que cientos de empresas, comercios, restaurantes, profesionales, etc… están pagando mensualmente cantidades importantes a Al Qaeda pero que nada puede intentarse penalmente contra ellos porque bastante sufren ya los pobrecillos?). De Juana Chaos se pasea tranquilo por el mundo y dentro de poco tendrá problemas de sobrepeso, por lo que habrá que mandarle a su domicilio para que haga régimen.

Y para colmo todo el mundo asume como inevitable que ETA volverá matar. Digo yo que en cuanto acabemos de desvelar las patrañas y mentiras de la supuesta “conspiración” del 11M, habrá que empezar con las del “proceso de paz”. Denunciar a quienes dijeron que no había negociaciones políticas (lean, lean los documentos incautados al Comando Donosti), a los que aseguraban sin enrojecer que Aznar hizo lo mismo, a los que sacaban la foto de las Azores cada vez que se les señalaba la de Patxi López con Otegi, a los que nos contaron las virtudes humanitarias y los efectos salvadores del tratamiento penal a De Juana, por no mencionar a quienes aseguraban que había “indicios borrosos” de la voluntad de ETA de dejar próximamente las armas… La Cuatro podría hacer otro buen reportaje, muy objetivo, sobre este tema y hasta les sugiero un título, más triste pero no menos verdadero que el del anterior: “La victoria de los embusteros”.

Uno de los mejores cuentos de fantasmas que conozco es “Casa tomada”, de Julio Cortázar. En él, una pareja de hermanos mayores y solteros vive en la casa de sus antepasados. Poco a poco, deben ir cerrando habitaciones y bloqueando puertas de las estancias “tomadas” por entidades que no se precisan pero se presienten… hasta que finalmente tienen que abandonar su hogar invadido por el Mal. En el País Vasco, muchos de quienes hemos luchado contra el expansionismo del nacionalismo obligatorio estamos en la misma tesitura. ETA y adláteres ocupan las localidades pequeñas, luego las medianas, luego barrios de las grandes y espacios públicos comunes: nosotros vamos cerrando puertas y retrocediendo. Cada vez con menos apoyos y más críticas de quienes se impacientan por nuestras quejas. Los socialistas vascos por ejemplo nos tienen por “miserables”, cuando no por extremistas de derechas (con el PSE pasa lo que con la Ertzaintza, aunque peor: en sus filas hay gente decente y combativa, pero con los mandos actuales no hay manera). Y aún eso es preferible a los que nos muestran su “solidaridad humana” por las amenazas que sufrimos, para acto seguido criticar la Ley de Partidos o recomendar el diálogo como solución de nuestros males. No, que quede claro: no queremos solidaridad “humana” sino política. La “humana” que se la guarden los simpáticos dónde mejor les encaje…

Y habrá que irse, claro. Ya no podemos hacer más. Ustedes, nuestros conciudadanos, tienen la palabra. Si refrendan electoralmente lo que hasta ahora se viene haciendo, sólo nos queda salir a la intemperie y buscar refugio dónde sea. “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

Fernando Savater

Comparar o aprender


Por Joseba Arregui

Aunque a los políticos se les llene la boca hablando de la sociedad del conocimiento y la necesidad de que la educación se convierta en un proceso para aprender a aprender, lo cierto es que el debate político organizado en frentes impide cualquier aprendizaje. En lugar de ello, el frentismo político se basa en la convicción de estar en posesión de la verdad, o de la moral histórica, lo que lleva no al diálogo como aprendizaje, sino a la condena de quien no participa de las mismas convicciones. Y, así, en lugar de aprender de lo que pasa en el mundo para avanzar en la solución de los problemas propios, la comparación se lleva la palma: hay que hacer lo mismo que lo que en otros lugares parece haber conducido al éxito. Pero solo se toman los sucesos que permiten apuntalar las propias convicciones, o, de los sucesos de otros lugares, solo se toman los elementos que permiten reforzar la posición propia y condenar la del adversario.

NO TIENE nada de raro que el jefe de un Estado con un problema de terrorismo, el rey de España, sienta sana envidia de la foto de estos días en el Ulster: en lugar del terror intercomunitario, los representantes políticos de las dos comunidades, sentados juntos, dispuestos a compartir las tareas de gobierno. Es normal que diga que, visto el éxito, el empeño ha merecido la pena. Y también es normal que, visto nuestro fracaso con nuestro terrorismo, añada que las situaciones, quiere decir los problemas, no son comparables.

Alguno ha afirmado que, de tanto comparar la situación de Euskadi con la de Irlanda del Norte, terminaríamos importando no la solución, sino el problema: la división de comunidades, algo que todavía, a pesar de todo, no se ha producido del todo en Euskadi. Algunos miran al proceso de paz norirlandés para subrayar el largo tiempo que ha sido necesario para llegar a buen término. Otros miran a la tenacidad que ha sido necesaria para superar las dificultades que se han ido planteando en el camino. También ha habido quienes han mirado al Ulster para comparar el comportamiento del partido que ha estado en la oposición para utilizarlo como espejo crítico en referencia a la situación española, y en Gran Bretaña les ha tocado a los dos grandes partidos, al laborista y al conservador, ser oposición en algún momento el largo proceso.

Todos esos puntos son importantes y conviene tenerlos en cuenta: ningún proceso de estas característica es coser y cantar. Puede durar mucho tiempo, aunque tampoco sea un dogma indiscutible que siempre tenga que ser así, y exige entonces mucha tenacidad. Y que el problema de acabar con el terror esté fuera del debate político del día a día en sus rasgos fundamentales para poder llegar a buen término es algo que permite comparación, aunque salgamos mal parados. Pero también es importante describir y analizar las diferencias para que las comparaciones fáciles no se conviertan, ellas mismas, en artillería que ahonda las diferencias y el debate estéril, en lugar de inducir a seguir el ejemplo.

Los dirigentes del Sinn Féin eran los dirigentes del IRA: tenían mando en ambas plazas. Nunca ha tenido sentido pedir que en Batasuna surgiera algún Gerry Adams: la petición correcta hubiera sido tomar a ETA como destinataria de la petición. En el caso norirlandés no ha sido el Sinn Féin quien ha convencido al IRA de la necesidad de deponer las armas: ha sido un proceso de convencimiento al unísono. Pero, en el caso vasco, esa identidad de dirección en ambas organizaciones no se ha dado nunca, ni creo que ETA vaya a permitir que se dé alguna vez. Entender esta diferencia es vital para no equivocarse en el destinatario de los esfuerzos por buscar el fin de la violencia: pensar que el interlocutor sea Batasuna es perder el tiempo. Pero parece que no terminamos de aprender.

EN SEGUNDO lugar: la violencia y el terror en Euskadi son unidireccionales. Y es unidireccional además de dirigirse contra decisiones que cuentan con legitimidad democrática. En el Ulster ha habido violencia y terror católicos contra los protestantes, y violencia y terror protestante contra los católicos. Y además ha existido una situación en la que los católicos se encontraban en situación de indigencia social, económica e incluso política. En el Ulster ha habido, y sigue habiendo, división entre comunidades. En Euskadi, no. En el Ulster tienen por delante la superación de las divisiones comunitarias. En Euskadi, ese paso ya está básicamente dado. En el Ulster llegan a algo parecido, aunque de lejos, al Estatuto de autonomía. Nosotros lo poseemos, de forma democráticamente legítima, desde hace casi 30 años.

La vía abierta a la autodeterminación en los acuerdos de Stormont está condicionada al consenso entre ambas partes, es decir, está heterocondicionada. Londres no ha dudado, cuando ha habido problemas, en suspender la autonomía del Ulster. A partir de todas esas diferencias es preciso aprender una cosa fundamental: o el interlocutor es el mando militar, o no hay interlocución. El resto es perder el tiempo. Los guiños a Batasuna con las listas de ANV no conducirán a nada –otra cosa es el galimatías jurídico en el que nos hemos metido–. Y con la interlocución armada solo se puede hablar de presos. Cualquier referencia en ese contexto a la normalización, a las cuestiones políticas, es condenar al fracaso la posibilidad de terminar con el terrorismo.

Joseba Arregui

La democracia en crisis

Por Juan Pablo Fusi

A.J. P. Taylor, el gran historiador inglés, solía decir que los historiadores ven causas profundas donde muchas veces no hay sino el error de un político, o de unos políticos. «El hombre no quiere aceptar -escribía en 1963- que los grandes acontecimientos tienen causas pequeñas». Lo cierto es que, con frecuencia, ignorancia política, errores de cálculo, decisiones banales, iniciativas torpes, incompatibilidades personales e inmadurez intelectual desencadenan acontecimientos decisivos, situaciones gravísimas -conflictos civiles o militares, crisis nacionales, guerras-, con consecuencias dramáticas, casi siempre irreversibles.

Es lo que ocurre en España. En 2005, hace pues apenas dos años, se conmemoraba que el país cumplía, desde la muerte de Franco en 1975, treinta años de democracia, la etapa democrática más larga y estable en la historia española. El Sexenio Democrático de 1868-74 había naufragado entre cambios de régimen (monarquía de Amadeo de Saboya, I República), insurrección en Cuba, segunda guerra carlista y revolución cantonal; la II República (1931-36), traída por el entusiasmo popular pero pronto desbordada por desórdenes públicos, la reacción de la derecha, el suicidio revolucionario de la izquierda y la amenaza militar, fue destruida por la guerra civil desencadenada por el levantamiento militar de 1936. 1975-2005 era, por el contrario, y pese a conflictos serios (el terrorismo de ETA, el intento de golpe de febrero de 1981), la historia de un éxito, que había hecho de España una democracia estable con una Monarquía popular y una Constitución consensuada; un Estado autonómico donde los nacionalismos vasco y catalán gobernaban en sus respectivos territorios; una economía extraordinariamente desarrollada y dinámica; y un país plenamente europeo y occidental. Los grandes problemas históricos del país -democracia, forma del Estado, atraso económico, organización territorial, papel de España en el mundo- estaban definitivamente resueltos.

O eso parecía. Porque lo cierto es que, a raíz del terrible atentado perpetrado en Madrid por terroristas islámicos el 11 de marzo de 2004, todo cambió de repente y, en 2007, España vive una grave crisis nacional, la peor crisis de la democracia desde 1975. El consenso de la transición no existe. El país está emocional y políticamente dividido; su unidad moral se ha roto. El hecho es por demás flagrante. Lo que ha fallado entre 2004 y 2007 no ha sido ni la sociedad ni el entramado institucional del Estado: toda España asimiló con serenidad admirable el atentado de Madrid. Lo que ha fallado ha sido la política: el gobierno, la oposición, los partidos y sus dirigentes, los medios de comunicación. Fallaron además desde el mismo 11 de marzo de 2004. Vistos ahora con perspectiva la gestión inmediata que de aquel dramático suceso hicieron gobierno y oposición y el clima emocional en que sumió a la opinión, resulta evidente que celebrar elecciones sólo tres días después del atentado fue un tremendo error. La situación debería haber aconsejado la formación de un Gobierno Nacional de los dos grandes partidos, con el mandato de reconducir la crisis y restablecer el pulso moral del país antes de proceder a la consulta electoral. Se hizo exactamente lo contrario: toda la situación posterior a las elecciones de aquel 14 de marzo -no obstante la victoria legal y legítima del PSOE en ellas- nació lastrada por su propia anormalidad de origen.

Quienes defienden el status quo son tan responsables de una crisis como quienes lo atacan, escribió otro gran historiador británico, E. H. Carr (él se refería a la guerra, pero podemos traducirlo a la política).
Es lo que se ha visto en España desde 2004: de la parte del gobierno, tres años de fragmentación del Estado y de apaciguamiento en política exterior y hacia ETA, y de reapertura de viejas heridas históricas (como la memoria de la guerra); del lado de la oposición, tres años sin más política que la negatividad, y el recurso final, con razón o sin ella, a la movilización emocional de las masas en la calle. Lo más grave es que, con un gobierno débil y carente de liderazgo, la izquierda parece haber perdido -en la reforma territorial del Estado y en la cuestión del terrorismo- el sentido de lo nacional; y que obsesionada por galvanizar al país contra el gobierno, la oposición conservadora no es, para una parte de la democracia española, la alternativa tranquila que precisamente el sentido del Estado requiere en circunstancias como las que vivimos.

Deber de Estado es ahora, por todo lo dicho, recomponer el consenso democrático, tarea que compete ante todo a los dos grandes partidos nacionales, y con ellos a los representantes de grandes sectores de opinión -Convergencia i Unió, Partido Nacionalista Vasco-, líderes autonómicos, ex presidentes del gobierno, círculos empresariales y sindicales, portavoces de las altas magistraturas judiciales y constitucionales y desde luego, a los principales medios de comunicación. Pero tarea que es casi seguro que nadie asumirá. Con raras y valiosísimas excepciones, la política y la prensa españolas se alimentan hoy de lo que Raymond Aron definió como «dogmatismos sumarios».

La reflexión crítica sobre la situación española es, pues, inevitable. No es posible justificar lo que ha ocurrido: que en tres años se haya destruido lo que el país (y al frente, su clase política) construyó en treinta. Somos muchos los que pensamos que la democracia de 1978 respondía a una cierta lógica de la Historia, y que era por ello preciso fundamentarla en valores y principios morales y cívicos indiscutibles; y que su consolidación y funcionamiento iba a requerir que la razón democrática primase siempre sobre la miseria de la política.

La unanimidad nacional -escribía Raymond Aron en 1961- es, en ciertas circunstancias, indispensable. Yo creo que España vive ahora en una de esas circunstancias excepcionales.

Juan Pablo Fusi