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opinión

En defensa de la diversidad


Ramin Jahanbegloo es filósofo iraní. Con este artículo reanuda sus colaboraciones en EL PAÍS, tras su detención durante 122 días en Teherán, en régimen de aislamiento.

"No podrán sobrevivir aquellas culturas que pretendan excluir a las demás", decía Mahatma Gandhi. La diversidad cultural es hoy una realidad: en el mundo hay unas 6.000 comunidades y un número semejante de lenguas distintas, lo que, naturalmente, da lugar a la existencia de una variedad inmensa de visiones del mundo, creencias, valores y prácticas. Los avances realizados en las tecnologías de la comunicación y el transporte nos han permitido superar las fronteras geográficas y alcanzar un grado de conexión tal que una matanza local en Rwanda o la explosión de una bomba de Bagdad tienen una repercusión inmensa en el ciudadano de España, Japón o Australia. La globalización, pues, no consiste sólo en extender la economía de mercado o las transferencias de capitales, sino que también entraña un flujo constante de ideas que cruzan las fronteras.

Una visión caleidoscópica del mundo ha venido a sustituir al discurso monolítico lineal del pasado, dando lugar a unos cambios constantes en el pensamiento que conforma nuestra herencia cultural común, la cual adopta el aspecto de una inmensa red de conexiones, ligadas todas ellas por el hecho de la coexistencia.

Las diferencias mutuas entrañan la necesidad de diálogo, un diálogo que implique cierto tipo de intercambio de visiones. No se puede encomiar una diversidad que no implique un diálogo ético-hermenéutico en el que las partes intenten alcanzar un aprendizaje transcultural. Es ahí donde hemos de liberarnos de los malentendidos derivados de ciertas actitudes preconcebidas, envenenadas por la idea de una supuesta superioridad. No se trata de idealizar ni de rechazar al "otro". Tenemos que superar esas deformaciones que aparecen por lo general bajo las denominaciones de orientalismo u occidentalismo.

El orientalismo y el occidentalismo exceden los límites de la diversidad porque deshumanizan al otro, convirtiéndolo en el mal. A diferencia de esas dos situaciones, que suelen estar acompañadas de una actitud proclive a responder a la injusticia con otra injusticia, en el marco de un diálogo ético-hermenéutico diversificado, la confrontación y la protesta no son fines en sí mismos, sino medios que se ponen al servicio de la armonía ética y de la curación. Me permito añadir que la defensa de la diversidad constituye un antídoto contra las guerras terroristas y los conflictos culturales. Ha de ser éste un esfuerzo global en un mundo amenazado por la división cultural. Ha de ser un reto no sólo de las relaciones internacionales, sino también de las intra-nacionales.

Parece que la cuestión más destacada es la división entre el mundo islámico y Occidente. Pero también nos podemos referir a los conflictos hindú-musulmanes del subcontinente indio. La violencia a la que nos enfrentamos en el ámbito internacional nos insta a considerar más a fondo la posibilidad de resolver los conflictos entre las diversas culturas y tradiciones por la vía del diálogo.Inspirándonos en la visión y la práctica de Gandhi, de Abdul Ghaffar Khan y muchos otros, podemos experimentar con un pacifismo creativo y dialogístico, a modo de proceso o de método para entrar en contacto con la naturaleza herida y sagrada de las vidas de los otros. En este sentido, cuando defendemos la diversidad estamos invitando a escuchar al "otro"; estamos transformando una forma de pensar centrada en la idea del "nosotros contra ellos", y esa transformación nos ayuda a reconocer que cada cual tiene su parte de verdad.

La participación y el aprendizaje transculturales podrían impulsar la creación de un "código moral universal", el cual, a su vez, nos ayudaría a resolver los problemas comunes del futuro. El futuro de la condición humana depende de nuestra capacidad para construir un nuevo tipo de comunidad que se extienda allende los límites del Estado-nación tradicional. Esta comunidad dependerá de una nueva interpretación moral consensuada de las cuestiones que nos afectan globalmente.

Compartir una misma visión y participar en un aprendizaje común nos servirá para superar la inclinación hacia ese esencialismo cultural que fija y cosifica las identidades. Los participantes deberán negociar la estructura abierta de una diversidad subrayada por el diálogo intercultural. Éste requiere la voluntad de cambio y la participación en el mismo de todos los implicados. Cuando la cohesión moral es fuerte, se suelen compartir las responsabilidades, lo cual permite que los individuos participen en un proceso dinámico de interacción cultural basado en la inclusión. En este proceso, a diferencia de los procesos basados en la uniformidad cultural, se da un deseo colectivo de descubrir y examinar asunciones, de desarrollar los significados compartidos y los valores comunes y de integrar múltiples perspectivas a través de diálogo. Los llamados conflictos de culturas tienen más quever en el fondo con un tipo de comportamiento interno incivilizado de cada una.

En todas las culturas existe un conflicto entre los valores de los pluralistas y los valores de los absolutistas. La mayoría de la gente, por devota que sea, no suele tener una visión absolutista de su credo. Es decir, no tiene un deseo particular de perpetrar actos atroces de violencia terrorista en el nombre de la religión, ni tampoco lo tiene de vivir bajo la tiranía de gobiernos opresores que los someten a unas leyes religiosas muy estrictas. Hoy, a mi parecer, el conflicto real no es el que se da entre el islam y Occidente, sino entre los musulmanes pluralistas y los musulmanes absolutistas.

Se pueden tener unas firmes convicciones religiosas sin caer en el fundamentalismo. Pensemos en musulmanes pacifistas convencidos como Maulana Kalam Azad y Khan Abdul Ghaffar Khan. Merece sobre todo la pena conocer la figura del primero, porque es una demostración de la dignidad humana más genuina y de una voz contra la opresión, el prejuicio y laintolerancia. Honrando la memoria de Maulana Kalam Azad, honramos conjuntamente a la India y a Pakistán. Como dirigente del movimiento pacifista por la independencia liderado por Mahatma Gandhi, no sólo representa la idea de la libertad frente al dominio colonial, sino también de la fe tolerante que respeta otras creencias. Su fe se encarnaba en el principio de Unidad en la Diversidad, algo que constituye la esencia de la tradición histórica de la India. Pero también estaba profundamente comprometido con la revelación coránica, que proclama: "Se invitó a todos los mensajeros de Dios, cualquiera que hubiera sido el lugar y el tiempo de su nacimiento, a seguir el mismo camino". De la visión universalista de Maulana Azad, que encuentra una expresión inmortal en la poesía mística de Mirza Ghalib, el segundo presidente de India, Sarvapalli Radhakrishnan, decía que simbolizaba "la emancipación de la mente, liberada de las supersticiones, el oscurantismo y el fanatismo; liberada de los prejuicios de raza, de lengua o dialecto, de religión o casta". Por eso la segregación de la India y Pakistán echó por tierra su sueño de una nación unificada, en donde los hindúes y los musulmanes coexistieran en armonía.

Maulana Azad fue uno de los primeros pensadores políticos de la India moderna que definieron y enunciaron la idea de una democracia secular para la India independiente. Lo característico de su contribución fue que combinaba una defensa del secularismo y de la unidad nacional con una profunda fe en el islam. Para Azad, en el islam no hay lugar para el odio y el prejuicio religioso.

Hoy no existe un conflicto entre culturas. El verdadero conflicto es entre aquellos que defienden la idea de la diversidad y aquellos que se oponen a ella. Se trata de la antigua confrontación entre el odio y el miedo, por un lado, y la esperanza y el valor, por el otro. Es una lucha entre la arrogancia de la violencia y la responsabilidad del pacifismo. Y en una era de pensamiento y acción globales, en la que las naciones dependen unas de otras, al igual que dependen los individuos, y en la que si existe un futuro, éste ha de ser para todos, las consecuencias del conflicto entre la intolerancia y el diálogo determinarán nuestro destino. No debemos olvidar la heterogeneidad del pasado y hemos de ser capaces de aceptar la pluralidad social, política y cultural del presente.

Muchos pensarán que mi compromiso con la diversidad cultural y el diálogo transcultural emana un aura de optimismo en unos tiempos que llaman más bien al pesimismo. Estoy de acuerdo en que, sin duda, vivimos una época de violencia. Ciertas cuestiones, como la proliferación nuclear, la represión religiosa, las guerras culturales y el fervor nacionalista ponen en peligro la promesa de la diversidad. Pero estos peligros hacen aún más necesarias la diversidad y el pluralismo.

El pluralismo transcultural constituye uno de los programas políticos más humanos en los que podamos empeñarnos, aunque encontremos una fuerte resistencia. Es, en último término, una lucha a favor de la democracia. Gran parte de ella puede ganarse y se ganará desde dentro de cada cultura y cada fe religiosa. Cada cultura tendrá que buscar la manera adecuada de luchar contra sus propios fantasmas y sus propios males. Pero la lucha por la diversidad es también una lucha por unos valores morales compartidos.

En otras palabras, la permanencia de la democracia en los Estados euro-americanos está vinculada a su respeto por la diversidad y la pluralidad de la vida en otras culturas y continentes. Pero el proceso de pluralización no funcionará si no se considera que el pacifismo es una virtud universal. Si el pluralismo transcultural es nuestro ideal, el pacifismo debería ser nuestro valor ético fundamental.

Independientemente de la opinión que se tenga de Mahatma Gandhi, lo que nadie puede poner en tela de juicio es su dedicación a la unidad hindú-musulmana. Hizo de ello la misión de su vida. Insistió en que los hindúes, que constituyen la mayoría del país, no pretendieran nunca imponer sus derechos sobre los musulmanes, sino que intentaran ganarse su corazón. "No hay en ninguna de las dos religiones nada por lo que tengan que estar separadas", decía. "Una unidad fundamental atraviesa toda la diversidad de la naturaleza. Las religiones no son una excepción a las leyes naturales. Se les dan a los hombres a fin de que puedan percibir con mayor prontitud esa unidad fundamental. No es necesario en este momento establecer una religión universal; mucho más necesario es desarrollar el respeto mutuo por las diferentes religiones".

Gandhi nunca aceptó la teoría de que los hindúes y los musulmanes constituían dos naciones distintas. Recalcó los valores éticos fundamentales que son comunes a todas las religiones. "La esencia de una verdadera enseñanza religiosa", afirmaba, "es que uno debe ser amigo de todos. Eso lo aprendí en el regazo de mi madre". Creía que la mejor manera de propagar una religión es a través de las vidas honradas de sus seguidores.

Lo mismo puede decirse de la diversidad. No se puede alcanzar la diversidad sin diálogo; y sin respeto por la diversidad, el diálogo es inútil. Defender la diversidad no consiste simplemente en sentar a hablar a dos personas o a dos comunidades, sino más bien en establecer relaciones positivas y constructivas con los individuos y las comunidades de otras confesiones y culturas; unas relaciones dirigidas a la comprensión y el enriquecimiento mutuo. Se trata de un encuentro entre gentes que tienen confianza en la fuerza cultural de sus tradiciones respectivas y que aspiran a dar testimonio de lo que es específico y personal en sus experiencias culturales en relación con la humanidad y su destino. El diálogo es, pues, un testigo que se ofrece y se recibe en nuestro avanzar conjunto por el camino que hemos tomado para eliminar el prejuicio, la intolerancia y la incomprensión.

Ramin Jahanbegloo

El precio político

Un artículo sobre la actual situación de la negociación con ETA de Fernando Savater...

EL PAÍS - Opinión - 06-11-2006
A mí me pasa como a ustedes: me tranquiliza mucho saber que De Juana Chaos está a favor del (¿llamado?, ¿supuesto?, ¿valeroso?, ¿fementido?) proceso de paz. Y eso por lo del asunto de la esperanza, que no lo tengo del todo claro. Verán, según he oído asegurar varias veces, sólo hay dos hechos incontrovertibles en este jaleo: que ETA lleva tres años sin matar y que la gente está muy esperanzada con el "proceso". El primero de estos hechos -la ausencia de cadáveres, no de violencia- no es consecuencia del proceso mismo sino su origen, aunque algunos a estas alturas ya se despisten al respecto. ETA no dejó de intentar matar porque llegó Zapatero sino porque llegó Al Qaeda. Pero vamos con la esperanza. Si dejamos a un lado los políticos en ejercicio, que pueden tener razones partidistas para alentar u oponerse al proceso, es fácil comprobar que los más esperanzados con él no son precisamente los miembros de las organizaciones cívicas que más han luchado contra ETA, como el Foro de Ermua o Basta Ya, ni la mayoría de las víctimas, ni siquiera los intelectuales que proceden del propio nacionalismo, como Joseba Arregi o Kepa Aulestia. Los que más proclaman ahora su esperanza son los que estos años se lamentaban sin mover un dedo, los que nos regañaban a quienes nos movíamos por empeorar las cosas y aumentar la crispación, los que miraban para otro lado porque "entre unos y otros...", los que un día pedían pena de muerte para todo el que llevase txapela y al siguiente recomendaban "¡que les den la independencia de una vez y ya está!". Vamos que, con las debidas excepciones, a mayor compromiso y conocimiento de causa más escepticismo, mientras que los más pasotas e ignorantes están esperanzadísimos. Hasta el punto que a mí no se me va de la cabeza el comienzo de aquella deliciosa frottola veneciana del siglo XVI: "Io non compro più speranza / che gli è falsa mercancía!". Aunque ahora, con el solvente apoyo de De Juana, se equilibran un poco las cosas...

El resultado de la iniciativa gubernamental en Estrasburgo, buscando apoyo del Parlamento Europeo, tampoco es que le anime a uno mucho. Primero, por lo que revela de la propia idea que se hace el Gobierno de este asunto, al mencionar como precedente a favor el apoyo a Blair para negociar la paz en Irlanda. Por el contrario, en el caso que nos ocupa no hay dos comunidades enfrentadas, ni terroristas de uno y otro lado, ni mucho menos falta de libertades democráticas para nadie (salvo la que deriva de la coacción violenta de los etarras). Se trata más bien de un Estado de derecho tratando de liquidar a una mafia. ¿Se imaginan ustedes al atribulado Romano Prodi llevando a Estrasburgo su plan contra la Camorra napolitana -que también cuenta con apoyos y complicidades entre la población, de igual calaña que los de Batasuna- para recibir la simpatía de los demás gobiernos? Y en la tribuna de invitados, algunos capos y dos o tres abogados de camorristas... Pero además hemos tenido de nuevo ocasión de constatar la desinformación que sobre el terrorismo de ETA reina en Europa. Las intervenciones en el debate fueron memorables, que como ustedes saben viene de "memo". Para Monica Frassoni, de los Verdes, la clave del éxito del proceso son "el diálogo, la no violencia y el derecho a decidir de los ciudadanos vascos", es decir lo que llevamos décadas practicando a trancas y barrancas todos los vascos y el resto de los españoles que no ponemos bombas ni pegamos tiros en la nuca. Gracias, señora, no sé que haríamos sin sus consejos. A Jens-Peter Bonde, diputado de Independencia y Democracia, se le nota aún mejor informado: "¿Qué se puede hacer en el País Vasco para impedir el terrorismo y buscar una solución duradera en la paz? Podemos impulsar a los compañeros españoles a negociar y darles incentivos económicos. Se puede buscar una solución al terrorismo creando puestos de trabajo y bienestar". Es generoso, este Bonde: si nos portamos bien, es partidario de dar buenas propinas. ¡Y pensar que semejante cráneo privilegiado estará igual de enterado del resto de los problemas en los que cuente su voto! El señor Brian Crowley, copresidente del grupo Unión de Europa de las Naciones, se atiene a la sabiduría tradicional: "Cuando uno entra en un proceso de paz, hay que encontrar la paz con los enemigos, no con los amigos". Después, sin ducharse siquiera tras el esfuerzo teórico anterior, prosigue: "Llegar a la paz con los enemigos puede acarrear muchísimos problemas para uno mismo y su entorno". Sí, es lo que tiene. Y nada menos que Martin Schulz, presidente a la sazón del Grupo Socialista Europeo, declara a Radio Euskadi para ponerles contentos: "Europa

podrá también resolver el problema vasco, porque es político, absolutamente político". ¡Vaya, otro que no se ha enterado de que no va a haber "precio político"! Por cierto, delicioso el "también": no hay problema político que Europa no resuelva en un pis-plás... En su justificación de voto, el peneuvista Ortuondo se felicitó de que por fin la Cámara mire de frente un viejo conflicto, que por no haber sido tratado como es debido en su momento ha llevado a un grupo de extremistas a la utilización de la violencia: ¡y lo dice el representante del partido gobernante en Euskadi desde hace tres décadas, por tanto, víctima declarada de la ceguera e intransigencia española! En fin, no seamos crueles, para qué seguir. Si no llega a ser por la intervención final de Rosa Díez respondiendo a Ortuondo, sería para avergonzarse de pertenecer no ya a la Unión Europea sino a la especie humana, supuestamente racional.

Volvemos a lo de siempre: el proceso es largo y difícil, confiemos en el Gobierno. No deseo otra cosa, pero me gustaría estar seguro de que hablamos todos de lo mismo. A pesar de que según Patxi López el presidente ya lo ha dejado claro "todo y para todos", los más torpes seguimos levantando la mano a ver si alguien nos contesta. La entrevista que hace poco realizó Francino a Zapatero en la SER fue tan devotamente servicial que nos enteramos de pocos secretos, pero a mí me impresionó la reiteración de ZP en mencionar los "cuarenta años" que llevamos en busca de la "paz". Nada puede ser más falso: lo que llevamos es casi cuarenta años en paz y democracia, luchando por acabar con la violencia terrorista. En estas décadas hemos pasado de los modos dictatoriales a la Constitución, ha habido dos amnistías, se han celebrado numerosos comicios regidos por una Ley Electoral que favorece claramente el peso de los partidos nacionalistas, España se ha convertido en el Estado más autonomista de toda Europa y en el País Vasco, concretamente, han gobernado sin cesar los nacionalistas (al comienzo por amable concesión de los socialistas). Aquí se ha hecho todo por la paz y hemos vivido en paz democrática todos. Todos menos los hijos de perra que han seguido matando a la gente de paz, fuesen con uniforme o sin él. Todas las víctimas del terrorismo en la España democrática han sido víctimas de la paz, no de la guerra. Y quienes les han matado luchaban contra la paz. Algunos nacionalistas de los que condenan la violencia interceden por los etarras encarcelados, arguyendo que aunque con métodos equivocados lucharon en defensa de las libertades de los vascos. Sin duda todo el mundo tiene derecho a la enmienda y debe ser ayudado si quiere enmendarse, pero debe quedar meridianamente claro que los etarras no están en prisión por haber luchado por la causa de las libertades, sino contra nuestras libertades: contra las de los no nacionalistas, desde luego, pero quiero pensar que también contra las de los nacionalistas con una pizca de decencia.

¿Va a pagarse un precio político, no a ETA, sino a los partidos nacionalistas para consolarles de la desaparición de ETA? El Gobierno dice que no y yo espero que así sea. Pero dejemos claro de qué "precio político" hablamos. ETA ha asesinado a la gente de paz para cerrar el País Vasco, para clausurarlo e impermeabilizarlo frente a España, el Estado de derecho de que forma parte. Y quienes hemos luchado contra ETA no lo hemos hecho tan sólo para acabar con la violencia, sino para mantener constitucionalmente abierto el País Vasco en y hacia España. El terror impuesto por ETA es efectivo: gracias a él, hoy se manifiestan tranquilamente los grupos abertzales dónde y cómo les apetece con sus reclamaciones sobre el "proceso", mientras el resto de la población se muerde los puños de rabia dentro de sus casas; gracias a ese miedo, nosotros no tenemos en el País Vasco un Partido de los Ciudadanos como el que felizmente funciona en Cataluña (¡enhorabuena, compañeros!). De modo que el precio político sería organizar una mesa de partidos extraparlamentaria en la que se aceptasen nuevas y quizá definitivas concesiones a los nacionalistas para blindar al País Vasco frente a España y hacerlo así invulnerable al control del Estado de Derecho, gracias al cual a los no nacionalistas no nos han devorado civilmente hablando del todo durante estos negros años. En una palabra: sería la peor de las concesiones políticas que el cese de la violencia se alcanzase gracias a que quienes ni somos nacionalistas ni pensamos serlo próximamente acabásemos institucionalmente un poco más arrinconados que antes.

Nos dicen: pero ¡algo habrá que darles! ¿A los abertzales, una vez que condenen la violencia? Desde luego: el derecho de formar un partido político en el que libremente, en igualdad de condiciones con los demás, sin coacciones ni extorsiones, puedan defender sus ideas independentistas con argumentos y sin amenazas. ¿Qué eso les parece poca cosa? Es mucho más de lo que durante estos años hemos tenido otros. Y del resto nada de nada, claro.

Fernando Savater

Ellas

Ellas


Un amigo me envió hace poco una pequeña noticia que él había encontrado en la página web de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Estaba dentro de un documento sobre África y era una menudencia, apenas dos líneas modestísimas. Traducidas del inglés, decían así: "Las mujeres -no los camiones, no los trenes, no los aviones- acarrean dos tercios de todas las mercancías que se transportan en el África rural". Mi amigo se quedó impactado. Y yo también.

Es una información que enciende inmediatamente en mi cabeza una catarata de imágenes: cientos de miles de mujeres, de ancianas y de niñas atravesando en todas las direcciones el continente, paso a paso, cimbreándose bajo pesadas cargas. Y además llevando algún niño atado a las espaldas. Para que luego digan (porque aún se sigue utilizando esa necedad) que somos el sexo débil... Y lo más grandioso es que, biológicamente, es cierto que los hombres poseen, por lo general, más vigor físico que las mujeres. Pero la verdadera fortaleza es otra cosa: está hecha de tenacidad, de aguante, de entrega, de perseverancia. Porque para llegar a China basta con dar un paso detrás de otro y no parar. Estas mujeres fuertes, humildes y asombrosas son la espina vertebral de África. Ellas son quienes sostienen el hogar, quienes cuidan de los niños y los enfermos, quienes gestionan la economía familiar. Todos los expertos en desarrollo, empezando por el gran Muhammad Yunus, el inventor de los microcréditos, flamante premio Nobel de la Paz (¿y por qué no le han dado el de Economía?), saben que las mujeres de los países pobres, y desde luego las africanas, sacan mejor partido a las ayudas económicas, que son más eficaces, más laboriosas y fiables.

Mujeres bueyes, mujeres mulas de carga, resistentes, calladas, austeras y heroicas. Muchas de ellas, millones, con el clítoris mutilado. Míralas ahí, en tu imaginación, pululando por el mapa africano, afanosas como hormigas, cada una con su carga en la cabeza. Qué infinidad de pequeños esfuerzos, cuantísimas fatigas hay que aguantar para llegar a acarrear dos tercios de las mercancías. Son la esperanza del futuro, el motor del mundo.

Rosa Montero

¿Amo a Laura?

¿Amo a Laura?


por José María R. Olaizola s.j.

Ya se acallaron los ecos y el soniquete. Ya no se repite con jovial humor aquello de: “Amar es saber esperar, es saber esperar, es saber esperaaaaar”. Ya no se tiran de los pelos, ultrajados, quienes se sintieron ofendidos, ni lo jalean, entusiastas, los que lo encontraron simpatiquísimo. Ya es historia, material de archivo, que en los medios sucede así.

Y ahora, más en frío, toca intentar pensar no en la campaña mediática, que, la verdad, fue un exitazo. Ni en MTV o en quien estaba detrás. Más bien brota otra cuestión.
¿Cómo ayudar a integrar las relaciones sexuales como parte de algo más amplio? Parece que en un panorama de extremos, el joven se encuentra con dos alternativas: o un mundo de límites tan ajenos a su vida cotidiana que lo que le provocan es indiferencia y distancia, o una subjetivización en la cual cada quién tiene que hacerse su propio mapa y obrar según decida, y entonces todo vale si uno quiere.

¿Cómo moverse en espacios más matizados? ¿Cómo ayudar a la gente a encontrar y valorar unos límites que resulten significativos en sus vidas? ¿Cómo alentar una vivencia integrada y madura de la sexualidad, enriquecida por aquello en que creemos? No es fácil, la verdad.
De lo que se trata fundamentalmente es de vincular lo sexual a una relación que deseas ir construyendo, por la que quieres apostar, que quieres que dure…
Se trata de que el sexo sea comunicación y encuentro. Un lugar en el que la otra persona es importante. Que el sexo sea parte del amor. Que sea reflejo y parte de una relación mayor. Que sea también compromiso, una palabra que a veces asusta. Que sea gozo y placer dado y compartido.
Si se va a convertir en una cuestión de “se puede” o “no se puede” terminaremos de nuevo en debates imposibles. ¿Hay otras formas de vivir lo sexual que nacen de otras formas de entender la vida? Sin duda. ¿Se trata de juzgarlas o gritar contra ellas? Pues la verdad, creo que no. Lo que podemos intentar es entender que, desde nuestra fe, sexo y amor caminan de la mano, trenzando historias, forjando vínculos fuertes y ahí hay una forma de asomarse a la plenitud.
¿Amar es saber esperar? La verdad es que amar es muchas cosas. A veces esperar, y otras dar un paso. A veces callar y otras hablar. Sobre todo amar es ser capaz de salir de uno mismo y mirar al otro, y saber atender a lo que le ayuda, a lo que le importa. Amar es saber escuchar, y saber perdonar, y saber exigir, y saber dar. Amar es saber apreciar y saber compartir. Y acariciar. Y construir historias. Y el sexo puede ser parte de este diálogo, de este encuentro, de esta comunión de dos que se quieren.

pastoralsj.org

Especulación

Con la entrada de las grandes constructoras en la pugna por quedarse con la primera de nuestras eléctricas, regresa a los mercados la "exuberancia irracional" de Greenspan. Tan inesperado desembarco ha hecho las delicias de propios y extraños, desde el Gobierno, que ya daba por perdida una batalla que nunca debió iniciar, hasta la oposición, que temía ser tachada de traidora como el conde Don Julián por haber abierto el mercado patrio a un invasor extranjero como el caballero blanco germano. Pero el principal atractivo para los observadores no alineados ha sido la excitante espectacularidad de la operación. ¡Hay partido!, titulaba alborozado un profesional de esta casa para celebrar que las espadas siguiesen en alto, dada la expectación creada por la incertidumbre del resultado. Y es que la partida ha quedado tan igualada que ahora ya no se sabe quién saldrá ganando, aunque pueda sospecharse quiénes seremos los perdedores últimos.

Pero por espectacular que resulte el lance, existen algunas aristas en el asunto que resultan inquietantes. Es verdad que el resultado de la competición sigue abierto, lo que hace las delicias de los espectadores. Pero hablando de deportividad, ¿qué sucede con los jueces imparciales que han de arbitrar el partido? ¿No importa que las reglas de juego se estén modificando sobre la marcha de forma imprevisible y arbitraria, sin que se sepa muy bien cuáles son las autoridades reguladoras con competencia jurisdiccional: el Gobierno, la Comisión Europea, el Mercado de Valores, la Comisión de la Energía...? Por lo demás, todos celebran que la Bolsa se haya disparado, que los accionistas se enriquezcan y, por ende, que la economía española protagonice el glamour financiero a escala mundial. Pero eso no debe hacernos olvidar que estamos hablando sólo de economía especulativa, no de la economía real o productiva. O sea, que se trata de un puro espejismo virtual, como corresponde a unas empresas como las constructoras, que se han enriquecido gracias a la burbuja inmobiliaria, o como las eléctricas, que apenas producen pues se limitan a importar, dado que nuestra dependencia energética es de las más elevadas de Europa.

Y ante eso, enseguida surge una alarmante sospecha. ¿A qué viene que las constructoras desembarquen en el mercado de la energía precisamente ahora? ¿No será que está a punto de reventar la burbuja inmobiliaria, como ya ha empezado a suceder en EE UU, y que sus principales beneficiarios se apresuran a tomar posiciones abandonando un barco a desguazar para deslocalizar sus desmedidos beneficios en otra espiral especulativa todavía más prometedora, dado el horizonte que se adivina para los precios futuros de la energía? Porque si es así, y las constructoras huyen del ladrillo, ¡sálvese quien pueda!

El miércoles asistí al bautizo de un libro en el Club de Debates Urbanos donde se produjo un debate apasionado. Se trata de un manifiesto cívico, El tsunami urbanizador español y mundial, del urbanista Ramón Fernández Durán. Allí se denuncia la orgía urbanizadora que está destruyendo el suelo español como el caso más extremo de una hipertrofia constructora a escala global, que se manifiesta tanto en las orillas del Pacífico (Shanghai, Dubai) como del Mediterráneo. En el debate posterior, la audiencia le objetó que el fenómeno español era tan monstruoso y destructivo, al estar realimentado por la corrupción política (¿y dónde no?), que no podía comparase con sus ecos foráneos. Pero Fernández Durán alegó que los efectos perversos en España no podían abstraerse de sus causas últimas: la especulación financiera en los mercados globales que ceba las bombas inmobiliarias de Marbella, Madrid o Valencia. La moraleja es desalentadora: la política pública, sea estatal o autonómica, es incapaz de regular y controlar esos flujos especulativos que están destruyendo la cultura cívica de nuestra sociedad, pervirtiéndola con un ficticio efecto riqueza. Hoy es la especulación urbanística, mañana la energética, pero el poder público no intenta defendernos de esa fiera que devora nuestra sangre fresca.

Enrique Gil Calvo

Zapatero y Rajoy tomados en serio


Zapatero se comprometió a realizar en septiembre un último intento de negociar con Rajoy las reformas de la Constitución que figuran en el programa socialista, y que no serían viables sin un acuerdo entre sus dos partidos. Rajoy mostró escaso interés por esas reformas, pero recientemente ha planteado su propia propuesta: una reforma que delimite las competencias del Estado que serán intransferibles en todo caso, e incluso que permita recuperar o compartir algunas ya transferidas.

Tal vez sea posible un acuerdo por el que el PP aceptase respaldar las reformas del PSOE (o la principal de ellas, la del Senado) a cambio de que Zapatero respaldase la de Rajoy. La reforma del Senado fue una propuesta lanzada en su día por el PP. En su libro España: la segunda transición, Aznar defendía su transformación en una auténtica cámara de representación territorial como cauce para la participación de las autonomías en la formación de la voluntad estatal: el mismo argumento empleado por Zapatero para propiciar una reforma que garantizara la representación de las autonomías en las instituciones europeas, y su participación en organismos estatales como el CGPJ, el de RTVE, etc.

A su vez, ¿por qué le interesaría al PSOE una reforma que detenga la dinámica que está convirtiendo en "residual" (según Maragall) al Estado? Por una cuestión de principios y por motivos prácticos. Será difícil evitar una generalización de la dinámica abierta por el nuevo Estatuto catalán en el sentido de privar al Estado de los instrumentos necesarios para el ejercicio efectivo de sus funciones específicas. Por ejemplo, la de garantizar la solidaridad interterritorial y el principio de igualdad de derechos y obligaciones de los españoles "en cualquier parte del territorio" (arts. 138 y 139 de la Constitución). ¿Qué capacidad de maniobra le quedaría si otras comunidades también reclamaran que las inversiones del Estado en ellas fueran equivalentes a su aportación al PIB nacional? La presencia de las instituciones del Estado es, mal que bien, una última garantía frente a tendencias abusivas de los poderes autonómicos (en materia lingüística, por ejemplo). Estas preocupaciones forman parte desde hace un par de años del debate político e intelectual del PSOE (en la Fundación Alternativas, por ejemplo), por lo que no sería descabellado aprovechar la propuesta de Rajoy para tratar de integrarlas en una reforma constitucional consensuada.

Además, la experiencia viene demostrando que fue un error transferir íntegramente ciertas competencias (como la de protección civil) que dejaron al Estado sin poder de intervención ante situaciones como la planteada en su día por la huelga de grúas -con efectos en la seguridad vial- o por catástrofes como la del Prestige. El anuncio de la creación de una Unidad Militar de Emergencias no deja de ser un reconocimiento de impotencia por parte del Estado. ¿No sería más conveniente compartir la competencia y crear una estructura estatal de protección civil? Si es posible ampliar competencias autonómicas mediante reformas estatutarias, ¿no debería serlo también recuperar para el Estado aquellas que la experiencia aconseje? No es cierto que la proximidad garantice siempre mayor eficacia; y como insiste Ramón Recalde, es falso que el grado máximo de autonomía sea siempre el óptimo.

Rajoy ha invocado la reciente reforma alemana. Esa reforma no es sólo de recorte de la capacidad de veto de los länder sino de clarificación de competencias y racionalización del sistema. En materias como la enseñanza universitaria o la función pública, se avanza en la descentralización. En otras, se refuerza el poder de las instituciones centrales. Hay base, por tanto, para aparcar por un momento el escepticismo ante tanta bronca y tomar en serio a los dos principales líderes políticos españoles cuando dicen que están dispuestos a negociar unas reformas que por separado no podrían abordar.

Patxo Unzueta

Sin equívocos


EL PAÍS - Opinión - 08-09-2006
Ahora que estamos en tiempos de memoria histórica, me acuerdo de un viejo y querido amigo republicano que me enseñó muchas cosas sobre aquella época convulsa. Solía asegurar que uno de los mayores aciertos del franquismo fue inventar el término "rojos" para englobar a todos sus adversarios, desde los liberales hasta los estalinistas: de ese modo simplificaba sus argumentos ideológicos contra ellos, cortándolos todos a medida de su conveniencia. De un abuso semejante se quejaba hace pocos días (EL PAÍS, 3-IX-06) José María Ridao al denunciar que hoy se cuenta la Segunda Guerra Mundial como si hubiera sido "un conflicto moral entre un único culpable, encarnación del mal y la tiranía, y una constelación más o menos amplia de inocentes, encarnación del bien y la democracia". Ambas interesadas y sectarias abreviaturas se asemejan mucho a otra de nuestra actual política doméstica, la que convierte cualquier objeción a las iniciativas gubernamentales en parte de un globo aborrecible, "lo que dice el PP". Y tras este telón pintado ya no hay que molestarse en dar más detenidas explicaciones. Creo que la tal normativa propagandística es especialmente evidente en lo que toca al llamado "proceso de paz" en el País Vasco.

Desde luego, varios de quienes no lo vemos todo claro en este asunto no compartimos los planteamientos más truculentos de la oposición: no creemos que el presidente Zapatero sea un nuevo avatar del traidor conde Don Julián y aún menos que Rubalcaba sea la Cava. Yo incluso considero con cierto optimismo el sesgo cauteloso adoptado este verano por el Ejecutivo en sus tanteos a la banda criminal sometida a desguace. Es muy buena señal que tanto la propia ETA como Batasuna y otros representantes del nacionalismo más radical hayan coincidido en lamentar el parón sufrido por el "proceso" y aseguren que estamos en crisis y ellos a punto de un ataque de nervios: está claro que no obtienen sin más lo que buscan, lo cual contribuirá positivamente a que se acostumbren a buscar cosas más a su alcance. Si les viésemos más satisfechos, ya sería cosa de irse preocupando seriamente. Como tampoco debemos congestionarles la cabeza con excesivas ideas, que por falta de costumbre en su manejo pueden provocarles encefalitis, parece acertado atenerse ahora a mensajes sencillos y reiterados: la legalidad no piensa aceptar a la Batasuna pro-terrorista; por lo tanto, es Batasuna quien tendrá que resignarse a aceptar la legalidad. ¿Que se niegan y amenazan con volver a las andadas? Pues mal asunto..., sobre todo para ellos, dado que fuera de la legalidad, sin subvenciones y con una ETA semijubilada, les va a caer una rasca que no veas. A fuerza de kale borroka fastidiarán a bastantes, pero cada vez asustan a menos y desde luego no persuaden a nadie. En cuanto a los presos... Pues eso, que están presos y -más cerca o más lejos de casa- lo van a seguir estando muchos años: para ellos la larga, larga cuenta atrás, no puede empezar hasta que de veras ETA se desmantele del todo, de modo que ya tienen claro lo que les conviene. Punto y seguido.

Así que lo preocupante no es tanto cómo van las cosas por el momento, sino los equívocos sobre el concepto mismo de lo que está en juego. Las suspicacias ante la expresión megalómana "proceso de paz" no son meros tiquismiquis terminológicos, sino que van más al fondo del asunto. Un proceso de paz no sólo implica dos partes enfrentadas en algo así como una guerra, sino sobre todo dos partes en principio igualmente distantes de lo que luego será llamado finalmente "paz". Lo cual poco tiene que ver con el caso que nos ocupa, donde la paz a conseguir es el disfrute sin coacciones ni amenazas de las garantías constitucionales vigentes en nuestro Estado de Derecho, que es lo que han defendido quienes han luchado contra ETA y sus servicios auxiliares. Dar a entender otra cosa, permitir que prospere el equívoco de que finalmente para acabar con la violencia hay que instrumentar algo distinto al terrorismo, pero también distinto a la legalidad constitucional (hablando, por ejemplo, de "normalización política", como si la política vasca hubiera sido hasta ahora "anormal" por algo distinto a las amenazas y atentados sufridos por los no nacionalistas), es desconcertante y desmoralizador para los demócratas, mientras que tonifica a quienes por medio de los crímenes o al socaire de ellos sólo han buscado reforzar el nacionalismo obligatorio en el País Vasco. Y permite el crecimiento de flores retóricas como la propuesta del menguante Madrazo, que recomienda consultas a los "colectivos sociales" antes, durante y después del proceso (con un cuestionario diseñado por él, supongo) para sondear qué quiere la gente en la "tabula rasa" de Euskadi. O sea que, gracias al sacrificio de ETA, por fin el pueblo va a ser escuchado... Por cierto, comprendo los remordimientos de Günter Grass por su pasado juvenil en las SS nazis: sin llegar a tanto, yo me muero de vergüenza al recordar que, siendo yamucho menos joven, aún votaba a Izquierda Unida.

El centro de estos equívocos es, claro está, lo del "diálogo". ¿Quién va a estar en contra del diálogo? Imaginen que alguien les pregunta si opinan ustedes que en Kakania los toruguenses y los cabricéfalos deben resolver su secular conflicto dialogando, en lugar de a cañonazos. Como ustedes no saben dónde está Kakania, ni conocen a toruguenses ni a cabricéfalos, ni tienen idea del conflicto que les enfrenta, responderán que sí, que naturalmente siempre es mejor dialogar que matarse. De modo que el diálogo es como el buen tiempo: todo el mundo está a favor, lo malo es que lo entienden de modo distinto el agricultor que espera lluvia para su cosecha y el excursionista al que le conviene que haga sol. A favor del diálogo están, por ejemplo, los miembros del grupo de apoyo al País Vasco del Parlamento Europeo, que pretenden que esta Cámara intervenga, "entre otros muchos actores", en la solución del problema de Kakania, digo del País Vasco. Según el portavoz de este grupo amistoso, que -¡oh, sorpresa!- es el Sr. Bernat Joan, eurodiputado de ERC, "la única solución válida es aquella que se acuerde entre todos a través del diálogo y el reconocimiento de todos los derechos individuales y colectivos de los que viven en el país, independientemente de si residen bajo administración francesa o española". Me encantaría saber cuáles son esos derechos cívicos y políticos que las tiranías española y francesa no respetan, así como qué tiene que ver esa fantasía con el cese de la actividad de ETA..., que, por cierto, no actúa en Francia, donde las cotas autonómicas son algo más bajas que en España. Pero eso en cuanto comience todo el mundo a dialogar, se aclarará enseguida. ¡Gran cosa, el Parlamento Europeo! Tiene un grupo de amigos de Cuba para apoyar a la dictadura castrista que pisotea los derechos cívicos y políticos en la isla y, para compensar, un grupo de amigos del País Vasco que solicita respeto a esos mismos derechos ante las democracias de España y Francia, haciéndose eco de las reivindicaciones de Batasuna. La verdad, no me explico por qué no hace más que disminuir el entusiasmo por las instituciones europeas... También ha mostrado mucha pasión por el diálogo Mayor Zaragoza en una conferencia dada el pasado agosto en San Sebastián: lo ha recomendado como una fuente de inspiración que fue capaz de resolver conflictos como por ejemplo el de Suráfrica. Así será, aunque yo no veo grandes similitudes entre Suráfrica y el País Vasco..., como no sea que bastantes vascos ya estamos "negros" de tanto oír pomposas vacuidades sobre nuestros males.

El diálogo suele recetarse "sin imposiciones": o sea, que si se suspende ETA, se suspendan también las leyes vigentes, salvo la de la gravedad y dos o tres más. Pues no, mire, que no haya equívocos: algunos queremos que siga vigente la imposición legal del Estado de Derecho y la Constitución. No queremos ni mucho menos un "Estado residual" que nos someta a caciques feudales de nuevo cuño. Por eso no nos gusta la famosa mesa en la que tendrá lugar el famoso diálogo, etc. En una película de Monty Pithon, el inolvidable Terry Jones inventaba la silla, según él, "un artefacto para sentarse en el suelo pero más arriba". La mesa de partidos es un artefacto para sentarse en el Parlamento, pero fuera y para buscar la legalidad saliéndose de ella. Que no haya equívocos; es por eso por lo que no nos gusta, no porque lo diga el PP. Y sería bueno que a los ciudadanos no se les alimentase con equívocos, por saludable que al principio pueda parecer esa dieta estupefaciente.

Fernando Savater