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Busque, compare,...

Busque, compare,...

Preparar una oposición, irme a trabajar lejos, estudiar el próximo año en el extranjero, elegir las asignaturas del curso que viene, seguir formándome o buscar trabajo, aceptar una nueva responsabilidad en mi empresa, retomar una de mis aficiones preferidas, dedicarme por fin a aquello que siempre dejé para otro momento, llevar a los niños a un colegio u otro, casarme, formar una familia, elegir vivir en algún tipo de comunidad, iniciar una historia especial con alguien, comprar un piso o seguir con el alquiler, confirmarme, implicarme en algún voluntariado, elegir una carrera, qué hacer en mis ratos libres,… A veces se trata de cosas sencillas que forman parte del día a día, y otras sin embargo, son las opciones más profundas de mi vida las que me veo examinando. Todo puede ser soñado con Dios.

A pesar de que a veces la vida viene rápido y de que no nos permite decidir excesivamente sobre ciertas cosas, en otras ocasiones deberemos pararnos conscientes de dos cosas: una es que podemos vivir convencidos y confiados en que somos seres de Dios, seguros de que iluminará nuestras intenciones; y otra, que estamos llamados a volver a lo esencial, a posicionarnos cerca de él, conocer su lógica y hacer uso de ella… Desde esa intimidad, es más fácil conocer su voluntad. Se trata en parte de intuición, de confianza, de exponerse, de dejarse alcanzar, de escuchar, de estar,…

Afortunadamente no hablamos de un examen con las respuestas por detrás, ni de una ruta llena de indicaciones para conocer bien el camino… Está más cerca de un viaje imprevisto pero soñado alguna vez, de un reto al que me he propuesto dedicarle tiempo y resolver. Y decidir, termina con el final del trayecto; con la firma, sin más.

Podría preguntarme: “¿Dónde me has llevado, Dios?”, “¿Cómo sabré si he hecho bien?” Puede que Dios no me responda de forma clara como quisiera, y sin embargo, es más que probable que encuentre la confirmación en gestos que seguramente nunca habría imaginado. Algunos me harán entender que me fié de un falso sentido, que Dios no estaba donde yo lo intuía, que no sirve decidir en base a criterios de tranquilidad o de relativa paz si éstos disfrazan la comodidad o el miedo al actuar. Otras será la paz verdadera el fruto de una fe confiada, el deseo, seguirte, la alegría, la de servir, confirmándose así nuestro encuentro.

Busque, compare, …y discierna. Dios no siempre está en las ofertas.

Elena López

Por tantos, colabora con la Iglesia Cátólica



Algunas cifras

Atención religiosa a:

-313.000 niños que reciben el Bautismo cada año.
-123.715 parejas que se han casado por la Iglesia en este año.
-8 millones de católicos que asisten a Misa cada domingo.
-Cientos de miles de voluntarios que colaboran en acciones pastorales y/o son miembros activos de Asociaciones y Cofradías.

La Iglesia atiende también a:

*Cerca de 1.400.000 niños que asisten a centros educativos de la Iglesia.
*Más de 200.000 inmigrantes en distintos Servicios y Centros.
*Los privados de libertad de 77 cárceles españolas.
*Más de 50.000 niños y jóvenes de educación especial.
*Más de 25.000 huérfanos.
*Más de 57.000 ancianos.

La Iglesia trabaja a diario en:

+Más de 200 centros hospitalarios, ambulatorios y dispensarios.
+876 casas para ancianos, enfermos crónicos, inválidos y minusválidos.
+Cerca de 900 orfanatos y centros para la tutela de la infancia.
+Más de 300 guarderías.
+365 centros especiales de educación o reeducación social.
+144 centros de caridad y sociales y 300 consultorios y centros para la defensa de la vida y la familia.
+147 países donde están cerca de 18.000 sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares en misiones.

Programa para el sostenimiento económico de la Iglesia Católica en España

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¡Placer de dioses!

¡Placer de dioses!


“Esto es demasiado bueno; ¡seguro que es pecado!”. ¿Por qué será que todo aquello que nos hace “reventar” de placer y que nos conduce a tener experiencias desmesuradas parece que perjudica seriamente la salud (del cuerpo y, sobre todo, del alma)? ¿Será verdad que el averno y sus secuaces, los diablillos, son más divertidos y nos ofrecen pasatiempos insuperables? ¿Es tan aburrido dedicarse a bien-amar?

La bondad está en horas bajas y necesita algo más que un cambio de imagen para recuperar su estatus perdido. El infierno se ha convertido –¡quién lo habría dicho!— en ese objeto de deseo, no tan oscuro, desbancando a candidatos tan “potentes” como la vida eterna, el bien común o el arte de amar. Pero si es verdad que “las tontas no van al cielo”, puede que los verdaderamente inteligentes tengan todavía una oportunidad para descubrir que sólo el querer es el que da la medida del auténtico placer. Las orgías seducen, el “desmelene” libera energía, y las experiencias de riesgo suben la adrenalina, pero nada es comparable a los límites a los que conduce el amor ilimitado, ni nadie ha elevado por encima de cualquier otra realidad el gozo, sin esquivar el dolor, como nuestro Dios. Este enigma quedó representado de forma inigualable en la sonrisa del Cristo crucificado de Javier. Sufrimiento extremo, sí; pero alegría y amor aún mayor.

Y es que el amor –el de verdad— es “lo más”. No se conforma con poco, sino que lo quiere todo; es razonable, pero hace locuras; no se gasta por “usarlo”, al contrario, se refresca; aprecia la realidad hasta el más mínimo detalle; busca incansable el bien de los otros; y pone en activo a todos los sentidos para empaparse de los demás (admirando la asombrosa diversidad, escuchando las palabras que lo transportan al cielo, gustando de la buena compañía, oliendo el misterio de la existencia, palpando la infinitud del corazón …). El amor devora la vida como un auténtico manjar. Dios quedó satisfecho cuando la creó y por eso al séptimo día descansó. El placer de Dios es el nuestro. ¡Encantados de haberle conocido!

Mª Dolores López Guzmán

Yo, el supermercado

Yo, el supermercado


Raj Patel, en ’Obesos y famélicos’ (Los Libros del Lince), analiza el impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial y describe cómo han cambiado los hábitos alimenticios con la poderosa irrupción de los supermercados


El lugar sagrado del sistema moderno de producción de alimentos es el supermercado. Una cadena de supermercados es un imperio de logística que gobierna y regula los feudos más pequeños de la industria alimentaria, como el dominio del comisionista sobre el agricultor o el del distribuidor sobre el comisionista. Con sus decisiones y su estrecha supervisión en cada paso en la cadena de productos, el departamento de compras de un supermercado puede despedir a los campesinos más pobres de Suráfrica, cambiar el destino de los cafetaleros en Guatemala o trastornar la producción de las plantaciones de arroz en Tailandia.

Los supermercados son inventos patentados y, como todas las innovaciones, respondieron a una necesidad específica en el momento y en el lugar en que fueron concebidos: a principios del siglo XX en Estados Unidos, una época de abundancia sin igual. Las ruedas de la industria estadounidense giraban rápido, y los productos manufacturados surgían en cantidades cada vez mayores, eran empaquetados y colocados en los estantes para la creciente población urbana. Los industriales estaban preocupados porque, de hecho, se estaba produciendo demasiado y los consumidores no podían comprar lo suficientemente rápido para absorber el aluvión de mercancías. Además, existía una inquietud paralela por el hecho de que incluso si los consumidores podían permitirse comprar, no lo harían por la simple razón de que no lo necesitaban. La técnica eterna para persuadir a alguien de que compre fue y sigue siendo bajar el precio. Para las empresas de supermercados de principios del siglo XX, hacer eso era un desafío, dado que el margen de ganancias ya era exiguo.

Una manera de lidiar con la encrucijada de coste y precio era aprovechar las economías de escala. Cuanto mayor era la empresa, mayor su poder para negociar rebajas en el precio que pagaba por unidad. Pero no existían corporaciones dedicadas exclusivamente a la venta al detalle de alimentos que fuesen lo suficientemente grandes para hacer eso. El gran tamaño era privilegio de las corporaciones manufactureras y de transporte. Los gigantes del mundo agrícola corporativo de finales del siglo XIX y principios del XX eran principalmente las procesadoras y las distribuidoras de alimentos, no los vendedores al detalle. Una empresa de transporte, la Atlantic & Pacific Tea Company (hoy más conocida como A&P), se dio cuenta de que se podía generar dinero no sólo al comerciar con los alimentos, sino también al venderlos al consumidor. Con tal fin, estableció una amplia red de tiendas de ultramarinos a las que proveía usando la creciente infraestructura de rutas y vías férreas, aprovechando los relativamente bajos costes de transporte y el ahorro resultante de poder vender sus propios productos directamente al minorista. Las hazañas logísticas de A&P sentaron las bases de lo que hoy en día se conoce como el supermercado moderno: una gran empresa capaz de negociar precios bajos con los proveedores, de asegurarse de que los estantes nunca estén vacíos, especializada en logística y marketing. Sin embargo, una vez que las mercancías llegaban a la tienda A&P, la experiencia de venta al detalle era esencialmente la misma: el dependiente estaba entre el comprador y la mercancía; los clientes aún tenían que pedir lo que deseaban y estaban alejados de los productos hasta que se decidían a comprarlos. Pero todo esto estaba a punto de transformarse. (...)

Mientras el oeste era pionero con el formato de autoservicio, la combinación de un virginiano espabilado que trabajaba en Tennessee y una serie de sucesos geopolíticos abrió la puerta a una verdadera revolución en el campo de la venta al detalle. En 1916, la confluencia de dos acontecimientos transformó el negocio en Estados Unidos: el primero fue que el país entró en la I Guerra Mundial, y a causa de esto, los precios de los alimentos subieron un 19% (en 1917 hubo revueltas en protesta por el aumento de los precios en Nueva York, Boston y Filadelfia). Los tenderos sintieron una presión muy fuerte para que bajasen los costes, dado que los consumidores estaban dispuestos a hacer muchos esfuerzos para encontrar comida más barata. Reducir los costes a través de la economía de escala fue una de sus opciones, pero el 11 de septiembre de 1916, el minorista Clarence Saunders transformó el negocio con una conmoción mucho más profunda que el ingreso de Estados Unidos a la guerra: abrió el primer King Piggly Wiggly en Memphis, Tennessee. En él codificó la revolución minorista clave que iba a reverberar durante el siglo XX. Todo consistía en transformar la relación entre el comprador y el vendedor de una manera que reducía al mínimo los costes de venta al detalle. Aquí lo dice con sus propias palabras, las que usó para sacar la patente 1.242.872 para la "tienda de autoservicio": "El objeto de dicha invención es equipar la tienda de tal de modo que el cliente pueda servirse a sí mismo; mientras lo haga, revisará la totalidad de las mercancías que la tienda ofrece, conveniente y atractivamente expuestas". Después de seleccionar la lista de los productos deseados, se requerirá que pase por un puesto de control y de pago en donde las mercancías elegidas puedan ser facturadas, empaquetadas y pagadas antes de dejar la tienda, de tal modo que el establecimiento quede liberado de una gran parte de los típicos gastos imprevistos, o de los gastos generales, que se requieren...

La nueva tienda combinaba la idea de que los consumidores comprasen por sí mismos (y así reducir el coste de personal) con la manera de asegurarse de que estaban expuestos a todo lo que estaba a la venta (maximizando los ingresos potenciales). La vista del plano de la patente de Saunders muestra cómo la geografía interna de la tienda propiciaba el control de las existencias y la arquitectura comunicativa en la que fue, en última instancia, la primera fábrica de consumo. Uno comienza por la entrada, pasa por un torniquete, coge una cesta, sigue por el laberinto de productos de aquí para allá hasta que llega a la caja, donde debe pagar. Hay un solo camino para seguir, no hay nadie con quien hablar y la tienda está diseñada ante todo para que se ponga la mayor cantidad de cosas posible en la cesta o en el carrito en el mínimo tiempo y con el menor coste para la tienda. Dentro, los consumidores se asemejan a ratas en un laberinto.

Lógicamente, algunos consumidores no entendieron muy bien el sistema. En Australia, los promotores de los supermercados contrataron a instructores que enseñaban a adultos y niños, hombres y mujeres, cómo empujar los carritos a lo largo de los pasillos. Y en los establecimientos de Estados Unidos, hoy en día, uno puede encontrar carritos infantiles con una banderita. Aunque se supone que sirven para que los padres encuentren fácilmente a los niños en los pasillos, los minicarritos cumplen con un propósito educativo: la bandera lo proclama muy claramente: "Cliente en prácticas".

Para Saunders, el supermercado era una cuestión tanto logística como educativa. Los dependientes que en los comercios tradicionales cogían los productos de una lista que el cliente les daba desaparecieron. Los empleados que habían sido dependientes en las antiguas tiendas fueron informados muy claramente de que en el nuevo autoservicio King Piggly Wiggly no debían ayudar para nada a los usuarios a elegir los productos, que ahora eran "libres" de hacerlo por sí mismos. Como los dependientes estaban obligados al silencio, los clientes sólo recibirían instrucciones acerca de la ubicación de las mercancías por medio de la arquitectura física del supermercado. Si bien el espacio fue diseñado a partir de las necesidades de los propietarios de ubicar las existencias, Saunders fue consciente de lo importante que era cautivar y entrenar al cliente como una parte integral de la logística de la venta. Fue una arquitectura que inauguraría la ciencia de la compra impulsiva y agresiva y supondría una enseñanza activa en las maneras del "consumismo". (...)

Aparte de las unidades de cuidados intensivos, hay pocos ambientes tan obsesivamente monitoreados y reconfigurados como los supermercados. Se ha invertido mucho dinero en asegurar que los súper hagan circular la mayor cantidad de productos posibles en el menor tiempo, lo cual supone un complejo malabarismo. El espacio no sólo ha de permitir la reposición rápida de los productos y el control instantáneo del inventario, sino también tener una atmósfera que nos ayude a olvidar que estamos haciendo las compras en un almacén bien iluminado. Un grupo de estudiosos se ha dedicado a la labor de reconciliar el ambiente de venta al detalle con la percepción de los compradores, y llaman a su trabajo el "estudio de los ambientes". Con este propósito, se ha invertido mucho dinero público y privado para descubrir, por ejemplo, que el hilo musical es importante. Hay un animado debate en el tema de cómo el tempo musical tiene importancia en nuestras pautas de compra. Se debate qué cantidad de tiempo pasamos en la tienda y el nivel de irritación que nos causa hacer cola. Algunos gurús indican que, cuanto más lenta sea la música, más relajado será el paseo alrededor del perímetro del supermercado y más lánguidas nuestras incursiones a lo largo de los pasillos. Otros dicen que una música familiar, más que el tempo, es clave para que la penosa tarea de hacer la compra pase rápido. Con un nivel de preocupación similar, los investigadores también han estudiado el efecto del color en los supermercados, y han decidido que éste afecta a las compras simuladas, los índices de compra, el tiempo pasado en la tienda, las sensaciones placenteras, los estímulos, la imagen de la tienda y de las mercancías y la habilidad de atraer a un consumidor hacia el expositor de un producto. De hecho, todo, incluso el aroma del aire, el tipo de iluminación, la posición del producto y el revestimiento de las paredes, ha sido analizado profundamente. Y ello para que nos sintamos suficientemente estimulados para desprendernos de nuestro dinero, pero no tan bombardeados como para que nos vayamos apenas encontremos la leche (que, a propósito, está ubicada al fondo de la tienda porque es el artículo que solemos entrar a comprar más frecuentemente, y, por tanto, se coloca en un lugar estratégico para que, de camino, nuestros ojos pasen frente al mayor número de productos).

Aunque se manipula el ambiente de muchas maneras distintas, la materia sobre la que más se trabaja es, por supuesto, nosotros. Dentro del espacio del supermercado, estamos sujetos a una experimentación bastante intensa, si bien se logra que la experiencia sea lo menos invasiva posible. Por ejemplo, piense en las tarjetas cliente. Las compras que quedan registradas en ellas proporcionan a los supermercados un fondo de información orwelliano con el que pueden jugar: pueden asociar nuestro nombre, dirección y otra información demográfica con nuestros hábitos de compra, analizar nuestra voluntad colectiva (uno de los softwares más populares se llama VIPER, es decir, víbora) y adaptar consecuentemente el marketing. Como resultado, el marketing se ha afinado cada vez más. En 1996, la cadena de supermercados británicos Tesco había identificado 12 diferentes segmentos de mercado, cada uno de los cuales era atendido de manera distinta. A finales de ese mismo año, 5.000 versiones diferentes de su revista de marketing directo se enviaban por correo a diferentes segmentos de clientes, y a mediados de 1998, ese número había llegado a 60.000. Hoy, cada revista se configura individualmente, basada en la información que proporcionan las tarjetas cliente. Esto es exactamente lo que pensamos que queremos; nos produce mucho placer saber que somos distintos de cualquier otra persona, con necesidades diferentes respecto a la seguridad, al confort, las nuevas experiencias y la salud. Cuanto más armonice una empresa con nuestras preferencias, más productos podrá vendernos. La innovación que comenzó con que todos los productos estuviesen expuestos para que los consumidores pudiesen elegir, tiene su evolución contemporánea en el marketing personalizado. La clave para que esto funcione ha sido más y mejor información acerca de los deseos de los consumidores.

Sin embargo, las enormes cantidades de datos con los que nos rastrean y analizan tienen sus consecuencias. Brad Templeton, presidente del directorio de la Fundación Electronic Frontier, está preocupado. Cuenta la historia de la casa de un bombero que se quemó en Tukwila, Washington: "Una vez que uno supera la ironía del asunto -dice-, hay una historia más profunda". La policía sospechó que el fuego, que atrapó en la casa a la mujer y al hijo del bombero, había sido intencionado, ya que los forenses identificaron un tipo particular de combustible. Una de las pruebas incriminatorias fue la tarjeta de Safeway del bombero, que demostraba que hubo una compra de aquel mismo combustible. Por suerte, el verdadero pirómano confesó antes de que se iniciara el juicio. Pero la lección está clara: los datos fueron usados como prueba contra él. (...)

Wal-Mart es la mayor compañía del mundo, responsable del 2% del PIB de Estados Unidos y propietaria del segundo ordenador más potente del mundo tras el del Pentágono. El 80% de los estadounidenses son sus clientes y ha convertido en multimillonarios a los hijos del fundador. Ha generado más de 130.000 empleos en 2007, con docenas de personas que compiten por cada vacante, una estructura que promueve y recompensa desde dentro de la empresa, y con precios más bajos que los que las tiendas de barrio podrían ofrecer. Sus opositores dicen que es una pesadilla de mil millones de dólares para el erario público. Según su presidente ejecutivo, esto es "el foco de una de las campañas corporativas más organizadas, sofisticadas y costosas jamás lanzadas contra una empresa individual". Wal-Mart tiene pleitos actualmente por valor de miles de millones de dólares en demandas colectivas por discriminación contra empleadas, prácticas antisindicalistas y contratación ilegal. Uno podría argumentar que hay algo pernicioso sólo en Wal-Mart para que se encuentre sometida a tantos pleitos y escrutinio por parte de los sindicatos, los defensores de los derechos de las mujeres y los activistas contra la explotación. Pero la comodidad, los precios bajos y un paraíso de elección en supermercados van de la mano de la especulación de precios, la discriminación, las prácticas de explotación laboral, la destrucción de la comunidad local, la degradación del medio ambiente y las ganancias extremas. A pesar de todo, Wal-Mart no es una excepción, simplemente nos recuerda las reglas de conveniencia del supermercado. (...)

La forma de hacer negocios de Wal-Mart es despiadada y no sigue la consigna de la empresa de "siempre precios bajos". En los casos en los que la tienda tiene competidores, obviamente sus precios son más bajos, pero, en Nebraska, un cliente compró mercancías idénticas en dos tiendas Wal-Mart distintas con un 17% de diferencia de precio. ¿La razón? En el barrio de la tienda más cara, Wal-Mart ya había liquidado a la competencia y ahora tenía la libertad de subir los precios.

Raj Patel

La Ayuda Oficial al Desarrollo disminuyó en 2007

La Ayuda Oficial al Desarrollo disminuyó en 2007


Los países desarrollados incumplen sus compromisos internacionales dificultando alcanzar los Objetivos del Milenio.

España se convierte en el séptimo donante mundial


La publicación de los datos provisionales sobre Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) en 2007 muestra una situación muy preocupante. La ayuda al desarrollo de los países pertenecientes al Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha disminuido un 8,4% en términos relativos en el último año. Durante 2007 se destinaron 103.655 millones de dólares, que si bien puede parecer una cantidad similar a los 104.421 de 2006, haciendo el correspondiente ajuste por inflación y tasas de cambio, son equivalentes a 95.605 en términos constantes de 2006.

Los datos de 2007 demuestran una vez más que los países desarrollados incumplen sus compromisos para financiar el desarrollo de los más pobres y, si no se toman medidas urgentes, no se alcanzarán los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Sólo cinco países destinan el 0,7% de su RNB (Renta Nacional Bruta) a la AOD -Noruega, Suecia, Luxemburgo, Dinamarca y Holanda-.

De los 22 países donantes que pertenecen al Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE, 9 han aumentado su ayuda y 13 la han disminuido. España ha aumentado su ayuda en un 33,8%, lo que la convierte en el séptimo donante mundial en términos absolutos y el noveno en términos de tasa de esfuerzo, dedicando un 0,41% de su RNB, cifra todavía distante del objetivo del 0,7%.

El incremento de la AOD española es debido en parte al gran consenso político y social conseguido en torno a la cooperación al desarrollo y la lucha contra la pobreza puesto de manifiesto con la firma del Pacto de Estado contra la Pobreza por parte de todos los partidos con representación parlamentaria el 19 de diciembre de 2007. Este consenso tiene que ser la base para continuar incrementando la ayuda hasta alcanzar el 0,5% de la RNB, como está previsto en el Plan Director y en los Presupuestos Generales del Estado para 2008, llegando al 0,7% en 2012.

En los próximos años, la cooperación española tendrá que conjugar el incremento de la ayuda con una aplicación de la misma más orientada a los países menos adelantados, especialmente los del África Subsahariana, a los colectivos más vulnerables y a los servicios sociales básicos que tienen un efecto más directo en la reducción de la pobreza y la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Del 29 de noviembre al 2 de diciembre se celebrará en Doha (Qatar) la II Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo. La comunidad internacional tendrá en esta cita una oportunidad para relanzar la ayuda al desarrollo y poder alcanzar en 2015 los Objetivos de Desarrollo del Milenio y la Declaración del Milenio aprobada en el año 2000 por 189 países y firmada por 147 jefes de Estado y de Gobierno.

Desde la sociedad civil, apelamos a todos los ciudadanos y ciudadanas a que exijan a sus respectivos gobiernos el cumplimiento de los compromisos adquiridos internacionalmente.

Coordinadora de ONG para el Desarrollo

Otra política (I)

Otra política (I)

Introducción a "La transformación de la política" (Península)


El malestar ante la política es bastante viejo, pero sus causas van cambiando a lo largo del tiempo. La historia podría escribirse como la modificación de los motivos de ese malestar. Apenas ha cambiado la escasa valoración que reciben los políticos entre sus ciudadanos, mientras que son muy variadas las causas de ese desprecio. Si hiciéramos un inventario de las quejas actualmente en curso tal vez nos encontráramos con la sorpresa de que su tenor ha cambiado radicalmente en unos años; donde hace no mucho se criticaba el abuso de poder, se critica ahora la impotencia de los supuestamente poderosos. El destinatario de ese malestar no es el estadista prepotente sino el político que no puede, que no se aclara y repite un discurso convencional con una pobre escenificación.

Lo que actualmente desacredita a la política no es una actitud autoritaria sino la distancia entre lo que habría que hacer y lo que se hace, la discrepancia entre las palabras y los hechos, la precipitada apelación a que no es posible hacer otra cosa. Lo que molesta de la política es su desconcierto e incapacidad. Con ánimo de agudizar la contraposición, podría afirmarse que nunca fue la política tan impotente. La capacidad configuradora de la política retrocede preocupantemente en relación con sus propias aspiraciones y con la función pública que se le asigna. La amenaza actual de la política no es tanto la violencia o el caos como la impotencia de una escenificación rutinaria.

Así pues, el actual cansancio político no surge de un desinterés por el bien público sino de la desesperanza de poder hacer algo con la política tradicional. Las tareas de la política se han modificado en este último cuarto de siglo de un modo dramático mientras que los políticos apenas han transformado su discurso, talante y actuación. La política es una mezcla ocasional de postergaciones, administración y táctica.

El lenguaje político es el primero en registrar esa insignificancia, fundamentalmente en su tono abstracto y convencional. La gente oye hablar de niveles, factores, problemas e índices y se desentiende de los asuntos políticos, lo cual da una oportunidad a los siniestros simplificadores. Muchos de los conceptos que todavía manejamos tienen un aspecto cansado y resulta difícil inventar otras categorías desde la que comprender algo mejor la realidad social. Esta precariedad hace que tengamos la sensación de vivir en una sociedad desconocida, cuya realidad se mueve más rápidamente que nuestro vocabulario político, siempre tan lento e impuntual. Casi todos los diccionarios políticos y sociales han envejecido aunque sus conceptos sigan utilizándose. Buena parte de nuestros discursos los conforma un lenguaje ruinoso e inapropiado. Cubrimos con las mismas fachadas verbales realidades que han cambiado radicalmente. Nos parecemos a alguien que sigue tratando de atrapar algo con un brazo que ha perdido o a quien vive de una renta hace tiempo agotada.

Pero los cambios que se nos exigen van más allá de las denominaciones. En el marco de esa transformación de la política que exigen las nuevas circunstancias, lo fundamental es determinar qué exigencias se debe plantear a la profesión política. Esa extraña mezcla de incompetencia y pericia que caracteriza a la política es inevitable cuando no están claras las funciones que se esperan de ella. La cuestión estriba en qué podemos pedir a la política que no puedan darlo otras funciones sociales. El hecho de que esto no esté muy claro puede ser la causa que explique la irrupción en la política de empresarios, jueces o periodistas, jaleados por una demagogia simplista que dice despreciar la incompetencia de la clase política cuando en realidad desprecia las exigencias de la vida democrática.

Esta simplificación revela un problema de fondo que la política debe resolver. La política perdería una oportunidad de establecer cuáles son sus responsabilidades si viera en ello solamente una injerencia injustificada, pero no acertaría a determinar en qué reside la falta de justificación de que se apliquen a ella los métodos propios de la economía, la justicia o la comunicación. Podría suceder entonces que la política siguiera funcionando y se ocupara de sí misma sin que eso molestara a nadie porque sus prestaciones fueran irrelevantes para los otros sistemas, hasta el punto de que se planteara la cuestión acerca de qué funciones sociales cumple que no puedan ser llevadas a cabo por otros sistemas incluso de un modo más profesional. De esta carencia se benefician los diversos populismos que presentan para solucionar los problemas políticas a quienes han acreditado estar en condiciones de solucionar otro tipo de problemas, de tipo empresarial o judicial por ejemplo, o son líderes en el mundo de la comunicación. Las aspiraciones políticas de empresarios, jueces y periodistas se apoyan en la incompetencia de los políticos y en el agrado con que son recibidos los mensajes simplistas en un mundo abrumado por la complejidad.

No es extraño, por tanto, que en los aledaños de la ciencia política reine desde hace tiempo una retórica inaugural cuyo reverso es la perplejidad. La proclamación de una cesura histórica, los rituales de bienvenida hacia alguna novedad o las despedidas solemnes de conceptos inservibles pueden ser acertadas pero también ponen de manifiesto que no se sabe muy bien qué está pasando. Es relativamente registrar que algo ya no funciona, pero las cosas se complican cuando se trata de aventurar qué lo va a sustituir. Todo lo cual, tratándose de política, no es especialmente grave, pues se trata del saber menos exacto de cuantos tenemos, con el agravante de que tampoco podemos prescindir de él (como hacemos con otras cosas menos necesarias que nos desconciertan) sin pagar un alto precio.

Este desconcierto está producido, en buena medida, porque lo que sucede en la realidad política es mucho más interesante que los conceptos con los que se interpreta. Como dice Xavier Rubert de Ventós, “hay muchas cosas y experiencias que discursos repertoriados donde aparcarlas y neutralizarlas”. Es bastante lógico el lamento por lo mal que funciona la política: es el arte más difícil, donde se tramita más incertidumbre y se manejan asuntos tan inverosímiles, contingentes, con escasa información y urgencias de tiempo. Y esta dificultad se agudiza cuando la política ya no se deja atrapar en las simplificaciones de las ideologías tradicionales, que hacían de la sociedad algo manejable y previsible.

Estamos en una época de transformación de la que ni los optimistas ni los pesimistas pueden predecir si resultará una revitalización de la política o la normalización de su forma degradada. La cuestión es saber si bajo las actuales condiciones de una complejidad inabarcable, cuando todo parece acontecer con una dinámica enfrentada a las posibilidades configuradoras del gobierno, es posible encontrar un equivalente moderno para lo que era la política en el mundo antiguo. La pregunta que Hannah Arendt se planteaba hace cincuenta años-“¿tiene la política algún sentido?”-mantiene su actualidad...

Daniel Innerarity

Más pobres que nunca

Más pobres que nunca


Paul Collier, profesor de economía en Oxford, explica en ’El club de la miseria’ (editorial Turner) por qué, pese a que el progreso llega también al Tercer Mundo, hay aún mil millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza


El Tercer Mundo se ha reducido. Durante los últimos cuarenta años, el desafío del desarrollo consistió en el enfrentamiento entre un mundo rico de mil millones de personas y otro pobre de cinco mil millones. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio fijados por las Naciones Unidas para supervisar el progreso en materia de desarrollo hasta 2015 sintetizan ese enfoque. Sin embargo, cuando lleguemos a 2015, esta forma de considerar el desarrollo se habrá quedado obsoleta. La mayoría de esos cinco mil millones, un 80%, vive en países que, efectivamente, están desarrollándose, y con frecuencia a una velocidad increíble. El verdadero desafío del desarrollo viene planteado por la permanencia en los últimos puestos de la economía mundial de un grupo de países rezagados y, en no pocos casos, sumidos en un estrepitoso fracaso.

Este auténtico club de la miseria convive con el siglo XXI, pero su realidad es la del siglo XIV: guerras civiles, epidemias, ignorancia. La inmensa mayoría de sus miembros se concentra en África y Asia central, a los que hay que añadir algunos casos aislados en otras latitudes. Incluso en la década de 1990, que en retrospectiva se antoja una etapa dorada entre el final de la guerra fría y los atentados del 11 de septiembre, las rentas en ese grupo disminuyeron en un 5%. Tenemos que acostumbrarnos a invertir las cifras a las que estábamos habituados: ahora hay un total de cinco mil millones de personas que ya son prósperas o, cuando menos, van camino de serlo, y mil millones que están estancadas en la miseria.

Es un problema importante, y no sólo para esos mil millones de personas que viven y mueren en condiciones propias de la Edad Media, sino también para nosotros. El mundo del siglo XXI, este mundo de bienestar material, viajes internacionales e interdependencia económica, será cada vez más vulnerable ante estas grandes bolsas de caos económico y social. Y el problema es importante ahora mismo, pues, a medida que los países del club de la miseria se vayan descolgando de una economía mundial cada vez más compleja, la integración les resultará cada vez más difícil. Sin embargo, éste es un problema que los que se dedican al desarrollo, tanto en su vertiente empresarial como en la propagandística, se niegan a reconocer. La vertiente empresarial la integran los organismos de cooperación y las compañías que obtienen los contratos para los proyectos de las primeras. Ambos se oponen, con tenacidad de burócratas que ven peligrar su estatus, a la tesis que vengo formulando, pues prefieren que las cosas se queden tal como están. Una definición de desarrollo que englobe a cinco mil millones de personas les da vía libre para introducirse en todas partes o, mejor dicho, en todas partes menos en el club de la miseria. Ahí, en el furgón de cola de la economía mundial, las condiciones son bastante duras. Todos los organismos de desarrollo tienen dificultades para que su personal acepte trabajar en Chad o en Laos; los destinos más glamourosos son China o Brasil. El Banco Mundial tiene grandes oficinas en todos los países de renta media de cierta importancia, pero ni un solo funcionario en la República Centroafricana. Así pues, que nadie espere que el brazo empresarial del desarrollo vaya a cambiar de enfoque por iniciativa propia.

La propaganda del desarrollo la generan las estrellas de rock, los famosos y las ONG, y, dicho sea en su honor, sirve para centrar la atención en la situación desesperada de los miembros del club de la miseria. Gracias a su labor, África figura en la agenda del G-8. Sin embargo, este brazo propagandístico del desarrollo, obligado a generar eslóganes, imágenes e indignación, no tiene más remedio que simplificar sus mensajes. Por desgracia, aunque la penosa situación de los mil millones más pobres del mundo se presta a simplezas moralizantes, las soluciones exigen algo más. Estamos ante un problema que debe abordarse mediante varias medidas simultáneas, algunas de ellas aparentemente contrarias al sentido común, y no podemos basar la estrategia en esta especie de farándula del desarrollo, que en ocasiones es todo corazón y nada de cabeza.

Por lo que respecta a los Gobiernos de los países más pobres, las condiciones imperantes propician los casos extremos. A veces sus dirigentes son psicópatas que han llegado al poder mediante el asesinato, otras veces son sinvergüenzas que lo han hecho a base de comprar a todo el mundo, y otras son personas valerosas que, por increíble que parezca, se empeñan en construir un futuro mejor para su país. En estos Estados, la apariencia de gobierno moderno no es en ocasiones más que una simple fachada, como si sus dirigentes representasen un papel teatral. Se sientan a las mesas de negociación internacionales, como la Organización Mundial de Comercio, pero no tienen nada que negociar. Ni siquiera cuando sus sociedades se van a pique dejan de ocupar esos sillones: años después de que el Gobierno de Somalia dejara de existir como tal, sus "representantes" oficiales todavía se presentaban en los foros internacionales. Por consiguiente, no cabe esperar que los Gobiernos de los países del club de la miseria vayan a unirse para formular estrategias de tipo práctico: se encuentran divididos entre héroes y villanos, y de algunos apenas si puede decirse que ejerzan un poder real. Para que en el futuro nuestro mundo sea habitable, los héroes deberán hacerse con la victoria, pero los villanos cuentan con las armas y con el dinero, y por ahora van ganando. Así seguirán las cosas a menos que cambiemos radicalmente de enfoque.

En su día, todas las sociedades fueron pobres, pero la mayoría está levantando cabeza; ¿por qué las demás no lo consiguen? La respuesta está en las trampas. La pobreza en sí no es una trampa; de lo contrario, todos seguiríamos siendo pobres. Visualicemos, por un momento, el desarrollo como una serie de toboganes y escaleras. En el moderno mundo globalizado existen algunas escaleras fabulosas: la mayoría de las sociedades las está utilizando para subir. Pero también hay unos cuantos toboganes, por los que se precipitan ciertas sociedades. Los países más pobres son una minoría sin suerte, y además están estancados. (...)

Esta brecha entre los mil millones de miserables y los demás países en vías de desarrollo, ¿ha existido siempre o se ha abierto porque los primeros se han quedado atrapados? Para averiguarlo hay que desglosar las estadísticas que se han venido usando en la descripción de aquellos que venimos catalogando como "países en vías de desarrollo". Pongamos un ejemplo hipotético. Prosperia es un país con una boyante economía que crece a un ritmo del 10%, pero tiene pocos habitantes. Catastrofia tiene una pequeña economía que decrece a un 10%, pero su población es numerosa. El método habitual, el que usa, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su publicación bandera, el World Economic Outlook, es calcular el promedio de cifras relacionadas con el tamaño de la economía de un país. En virtud de este método, la economía de Prosperia, grande y pujante, introduce un sesgo al alza y hace que suba la media, de tal forma que, considerados a la par, los dos países aparecen como economías en crecimiento. El problema es que este método describe lo que ocurre desde el punto de vista de la unidad de renta, no desde la perspectiva del individuo. La mayoría de las unidades de renta están en Prosperia, pero la mayoría de las personas están en Catastrofia. Si lo que queremos es describir cómo vive el habitante tipo de los países del club de la miseria, tendremos que manejar cifras basadas en la población de un país, no en su renta. ¿No da lo mismo? Si, tal y como sostengo en este libro, los países más pobres están efectivamente descolgándose del resto, la respuesta es que no, no da lo mismo, porque los promedios en función de la renta niegan toda importancia a estos países. La experiencia de sus habitantes no cuenta gran cosa precisamente porque son pobres: su renta es insignificante.

Si promediamos los datos como es debido, ¿qué nos encontramos? Los países en vías de desarrollo que no forman parte del club de la miseria, los cuatro mil millones que están en medio, han experimentado un crecimiento rápido y acelerado en materia de renta per cápita. Veámoslo década por década. En la década de 1970 crecieron a un 2,5% anual, un ritmo esperanzador pero no extraordinario. En las décadas de 1980 y 1990, el crecimiento se aceleró hasta llegar a un 4%. Durante los primeros años del presente siglo volvió a acelerarse hasta el 4,5%. Puede que estos índices no resulten sensacionales, pero no tienen precedentes en la historia. Significan que los niños de esos países van a tener unas vidas adultas radicalmente diferentes: siguen siendo pobres, ofrecen motivos para la esperanza: el tiempo juega a su favor.

¿Qué ha ocurrido, en cambio, con los países del club de la miseria? Analicémoslo de nuevo década a década. Durante la década de 1970, su renta per cápita creció un 0,5% anual, de modo que en términos absolutos mejoraban ligeramente, pero a un ritmo apenas perceptible. Dada la elevada inestabilidad de las rentas individuales en estas sociedades, lo más probable es que esa ligera tendencia general hacia la mejora haya quedado sepultada bajo los riesgos individuales. En el clima social habrán pesado más los miedos individuales a caer que la esperanza que pudiera derivarse del progreso de la sociedad en su conjunto. En la década de 1980, el rendimiento de los países más pobres del mundo empeoró muchísimo y sus economías decrecieron un 0,4% anual; en términos absolutos, a finales de esta década habían retrocedido al nivel de 1970. La única experiencia económica de quienes vivieron en estas sociedades durante ese periodo de veinte años fue la volatilidad: a unos les fue bien, y a otros, fatal. Desde el punto de vista del conjunto de la sociedad, no había ningún motivo para la esperanza. Entonces llegó la década de 1990 -ese intervalo entre la guerra fría y el 11 de septiembre-, que, visto ahora, se nos antoja una década dorada: la década de los cielos despejados y los mercados en auge. Para los mil millones del club de la miseria, sin embargo, no fue tan dorada: el ritmo de crecimiento negativo de sus países se aceleró hasta llegar al 0,5% anual, es decir, que al terminar el milenio eran más pobres que en 1870. (...)

No vamos a conseguir que la pobreza "pase a la historia" a menos que las economías de los países del club de la miseria empiecen a crecer, y no van a crecer sólo porque los convirtamos en Cuba. Cuba es un país igualitario, de renta baja y económicamente estancado, que cuenta con buenos servicios sociales. Si los países más míseros imitaran a Cuba, ¿solucionarían así sus problemas? Pienso que la inmensa mayoría de los habitantes de esos países -y hasta la inmensa mayoría de los cubanos- lo consideraría un fracaso sin fin. A mi modo de ver, de lo que se trata en materia de desarrollo es de infundir en la gente la esperanza de que sus hijos van a vivir en una sociedad que se ha puesto al nivel del resto del mundo. Si se acaba con esa esperanza, los individuos más inteligentes no dedicarán sus energías a desarrollar su sociedad, sino a escapar de ella, tal y como han hecho millones de cubanos. Para que esas sociedades alcancen al resto del mundo tendrán que aumentar radicalmente su ritmo de crecimiento. El hecho de que lleven tanto tiempo estancadas indica que va a ser una labor difícil. ¿Qué podemos hacer, aparte de preocuparnos?

El problema de los mil millones de habitantes del club de la miseria es grave, pero se puede solucionar. Es mucho menos imponente que los dramáticos problemas que se superaron en el siglo XX: las enfermedades, el fascismo y el comunismo. Eso sí, como todos los problemas serios, es complicado. El cambio tendrá que originarse en el interior de esas sociedades, pero las medidas y las políticas que nosotros adoptemos ayudarán a que las iniciativas propias tengan más probabilidades de acometerse y fructificar.

Vamos a necesitar un abanico de herramientas políticas para animar a los países más míseros a adoptar medidas que propicien el cambio. Hasta ahora hemos usado mal esas herramientas, luego hay un amplio margen para la mejora. El principal reto es que requieren la participación de diversos agentes gubernamentales, y éstos no siempre se muestran dispuestos a colaborar. Las cuestiones de desarrollo se han encomendado tradicionalmente a los organismos de cooperación, que ocupan uno de los últimos lugares en la jerarquía de casi todos los Gobiernos. El Departamento de Defensa de Estados Unidos no está dispuesto a seguir las recomendaciones de su Agencia de Desarrollo Internacional. El Ministerio de Comercio e Industria británico no va a hacer caso al de Desarrollo Internacional. Para llevar a cabo una política coherente de desarrollo hará falta adoptar un enfoque que englobe a todo el Gobierno. Este nivel de coordinación exige que los jefes de gobierno presten atención al problema, y comoquiera que el éxito depende de muchos más factores que de lo que haga Estados Unidos o cualquier otro país por separado, será necesaria la acción conjunta de los principales Gobiernos del mundo. El único foro donde los líderes de estos Gobiernos se reúnen de manera periódica es el G-8. Abordar el problema de los mil millones de miserables es un asunto ideal para el G-8, pero supone emplear todo el abanico de políticas disponibles y, en consecuencia, ir más allá de lo acordado en la cumbre de Gleneagles de 2005, donde los líderes de los ocho países miembros se comprometieron a duplicar los programas de ayuda. África volvió a figurar en la agenda de la cumbre que el G-8 celebró en Alemania en 2007. "África +" debería permanecer en la agenda del G-8 hasta que los países del club de la miseria se liberen de las trampas que impiden su desarrollo. Este libro establece un plan de acción eficaz para el G-8. -

Paul Collier es profesor de economía en Oxford.


Arrasate, un mundo perfecto

Arrasate, un mundo perfecto


Mondragón-Arrasate es el piso piloto del mundo soñado por el nacionalismo vasco. Allí fue asesinado ayer Isaías Carrasco, trabajador español, nacido en Zamora y militante del Partido Socialista de Euskadi.

A Isaías Carrasco le ha matado ETA. Era un hombre sencillo, sin nada que le hiciera destacable, salvo para sus amigos y su familia, apartado de la política, donde había residido de forma casual (valiente, pero casual) hasta que se cansó, porque prefería, como es razonable, ser un trabajador normalito y pasar la jornada laboral en lo suyo sin tener que llamar la atención ni llegar a casa todos los días encabronado con las cosas de los compañeros del Ayuntamiento.

Pero Isaías reunía dos características que le convertían en un objetivo terrorista: era muy fácil matarle y se parecía a casi cualquier persona de su pueblo. Porque era un trabajador español. De Zamora, para ser exactos. Esto no suele destacarse cuando se cuenta la vida de los que la pierden a manos de los terroristas nacionalistas. O sea, que el muerto tiene que ser español. No del Estado, que es una inconcreción, sino de un país que se menciona poco en el País Vasco. Más preciso, para renuentes al entendimiento: no hacía falta que fuera un patriota español, bastaba con que fuera de ese sitio.

En un lugar como Mondragón (o Arrasate, como cada uno prefiera decirlo), eso no es ninguna tontería. En Arrasate, el concejal de Cultura fue sorprendido por la policía de Tráfico cuando borraba con pintura negra los topónimos que identificaban la localidad con Mondragón, para que quedara sólo el euskaldún. En Arrasate-Mondragón hay una alcaldesa que se presentó detrás de las siglas de ANV y que todo el mundo en el pueblo sabe que era de Herri Batasuna. En Arrasate-Mondragón hay una gran parte de ciudadanos que vienen de Zamora, como Isaías, o de La Serena, en Badajoz, que llegaron allí hace más de cuarenta años y contribuyeron, estudiando, formándose, siendo cada vez más listos y más hábiles, a que el pueblo se hiciera rico, un auténtico emporio, en el que residen empresas como Eroski y sus derivados industriales, como Fagor y otras espléndidas factorías de producción de electrodomésticos y máquinas herramienta.

Mondragón-Arrasate es, en cierta manera, la perfección del soñado mundo del nacionalismo vasco, el piso piloto. Ese mundo donde se aúnan el ingenio de la raza, su capacidad creativa, su inmensa fortaleza de espíritu, con la creencia en la superioridad mítica. Allí, antes de que hubiera industria, crecían valerosos vascones que cazaban osos y se los comían junto con su familia en un entorno idílico que cantan hoy los subvencionados escritores en euskera. Después llegaron los españoles y destrozaron la Arcadia feliz. Pero los vascos originarios supieron imponerse a la insoportable modernización y se hicieron los mejores y más competitivos de todos los habitantes del continente europeo, en el que eran los más antiguos, aunque consiguieron escaparse de enfermedades tan groseras como la romanización. (Esta descripción está en los textos básicos del nacionalismo vasco, no es una invención del articulista).

¿Qué pasa ahora en Arrasate-Mondragón? Pues es muy sencillo, que sobran los Isaías. ETA lo sabe bien, sabe a quién mata. No es sólo que no tenga capacidad mayor, ni es sólo que se vea incapaz de competir con el terrorismo islamista. ETA se carga a Isaías porque sobra, porque no encaja en el esquema del mundo perfecto.

Y con la elección de Isaías está dando un mensaje complejo que tiene como receptores a todos los ciudadanos españoles, a los que quiere contar que sigue existiendo, que tiene capacidad de matar (para lo que hace falta tan sólo una pistola y un tipo que no tenga en su cerebro ni en su corazón nada que se lo impida). Pero también tiene otros receptores, que son los nacionalistas vascos; para ser exactos, todos los nacionalistas que habitan España.

¿Cuál es el mensaje? Es obvio, por mucho que nos siga costando creerlo tras cuarenta años de terrorismo. Se trata de hacer que nos rindamos, de que entremos de una vez por todas en razón. Una cosa es haber nacido en Zamora y otra muy distinta no aceptar, con las condiciones que le pongan a uno, que se forma parte de la comunidad que le ha acogido a uno. Isaías era, pese a su sencilla posición social, un tipo de Zamora que militaba en el Partido Socialista de Euskadi. O sea, que estaba en una empecinada y radical posición que le igualaba a sus compañeros de partido y a los más de mil votantes del Partido Popular que hay en Mondragón-Arrasate, a los que nadie conoce porque nunca se pueden identificar en un bar ni en la tienda de ultramarinos.

Isaías lo cantó en un mal día. Dijo que sí a la propuesta de figurar en una lista electoral. Y no se marchó del pueblo porque pensaba que eso no era suficiente como para que ningún vecino le pegara un tiro en la nuca. Porque él creía que ser concejal y votar las propuestas sobre urbanismo, medio ambiente o la recogida de basuras eran cosas normales, que tenían que ver con la convivencia y el orden cotidiano.

Isaías no sabía lo que sabe el lehendakari. Porque Ibarretxe lo sabe de sobra. Ibarretxe acudió en su momento a la sala de espera de la UCI donde José Ramón Recalde intentaba salir vivo del tiro que le había machacado la mandíbula, y le explicó a la mujer del ex consejero de Educación del primer Gobierno vasco que era intolerable que en una sociedad donde se podía comer tan bien, se podían contemplar paisajes tan sublimes y había un nivel de vida tan bueno, alguien perturbara la vida cotidiana pegándole tiros a la gente.

La imagen de Ibarretxe saliendo del hospital donde el cuerpo de Isaías había ido a parar era patética: abrazaba con pesar al líder de su partido, Íñigo Urkullu. Estaban los dos al borde de las lágrimas. Y comentaban a la prensa que ETA ha perdido el norte. Porque su mundo perfecto se había quebrado una vez más. Los mensajes posteriores serían los de siempre: los del equilibrio, los del enorme padecimiento que a los vascos de veras les provoca esa simétrica amenaza que son los salvajes asesinos de ETA y los empecinados españoles que no acaban de entender que todo sería más fácil si admitieran de una vez que Euskadi es otra cosa, que Euskadi no es de ellos, sino de los vascos de buena voluntad y Rh negativo, que no vivirían un conflicto tan terrible y sanguinario si no fuera porque unos y otros se empecinan en no reconocer la realidad trascendente de un pueblo.

Ibarretxe es un experto en estos trances: ya nos lo dejó claro cuando unos etarras mataron a Fernando Buesa, o cuando dieron un tiro en la cara a Joseba Pagaza. Él es capaz de sobrevivir a los dos extremismos, al de los que asesinan y al de los que se obstinan en reclamar que lo primero es la libertad y mucho después la identidad.

Isaías se creía que tenía derecho a vivir en libertad en un país como España, donde la ley impera en casi todo el territorio. Pero a él se le olvidó el casi.
Hoy estamos de luto por Isaías. Y ya no discutimos sobre propuestas educativas, de organización de la salud pública, o sobre política exterior. Sólo nos lamentamos por su muerte. Y nos volvemos a pelear en las tabernas en torno a la esencia del "conflicto" vasco. Pero no hablamos de lo de verdad, de lo que tampoco se habla allí en voz alta, de que hay un trozo de Europa donde no hay libertad, donde los que reciben amenazas no están en el Gobierno, sino en la oposición. Y donde los que mandan explican sin sonrojarse que son simétricos el terrorismo y la defensa de la libertad.

Mondragón-Arrasate era el lugar perfecto. Isaías, el blanco adecuado. Porque allí se encarna el mundo perfecto del nacionalismo, donde sobran los Isaías.
De paso, nos han destrozado el final de la campaña. Porque tenían que estar en ella. Y hemos picado.

Jorge M. Reverte es escritor y periodista.