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Una Italia a la medida de Goya

Una Italia a la medida de Goya

Los ojos italianos de Goya son la excusa de esta espléndida y abrumadora exposición, no sólo por el extraordinario número de obras expuestas, casi trescientas sesenta, sino por su calidad y carácter representativo de todo un universo cultural y artístico que afectó a Goya y a otros tantos artistas y arquitectos europeos que participaron en la fascinante aventura artística del siglo XVIII, época de cambios y de actitudes contradictorias, entre la razón y la sensibilidad, entre el tardobarroco -barocchetto, por usar una pertinente y expresiva palabra italiana- y el clasicismo, la pasión por la Antigüedad y la tradición académica, lo sublime y lo pintoresco, la tradición de la Arcadia y el prestigio de los modelos del Renacimiento y del Barroco.

El viaje a Italia de Goya se convierte en la excusa de la muestra y en una ocasión única para comprobar de qué modo lo italiano y la actividad de otros artistas extranjeros en Italia y en Roma, verdadero laboratorio internacional, pudo influir en el arte posterior del aragonés. La exposición es como si virtualmente pudiéramos hacer hoy ese viaje con él, atendiendo a las pocas noticias que sobre su estancia en la península italiana aún se tienen, aunque algunas sean tan considerablemente importantes como su ahora ya célebre Cuaderno italiano, dado a conocer en 1993 y publicado en edición facsímil por el Museo del Prado al año siguiente, y que reúne dibujos y apuntes de obras que le interesaron entre 1770 y 1771, además de otras anotaciones. Cuaderno que quedó abierto y siguió usando con otras observaciones y dibujos de índole personal y familiar, la mayor parte de las veces.

Gracias al Cuaderno podemos saber y deducir el itinerario seguido por Goya desde Zaragoza, así como las ciudades que más pudieron interesarle por su significado cultural y artístico, sus colecciones y su vida intelectual y social, lo que le permitió establecer relaciones con otros artistas, así como el acceso a museos y colecciones privadas, incluidas sus posibles vistas a la Accademia di San Luca o la del Nudo, en el Capitolio. Entre esas ciudades figura Roma, pero también fueron importantes sus estancias en otros centros en su transitar propio de viajero del Grand Tour, como Venecia, Módena, Bolonia, Génova o Parma, en la que participó en el premio de pintura convocado en 1771 por su Accademia di Belle Arti, con la pintura Aníbal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes (1770-1771), presente en la exposición acompañada de dos preciosos bocetos.

También la escultura. El Cuaderno mismo, como guía desordenada del viaje, nos permite comprobar algunas de las obras de arte y pintores que le interesaron, desde Guido Reni, Tiziano o Correggio a Guercino, Carracci, Maratti, Rubens y Rafael, sin olvidar su interés por la escultura clásica, que pudo contemplar en diferentes palacios y museos de Roma, como ocurrió con el Farnesio o Pio-Clementino, recién fundado en El Vaticano. En Roma, también la pintura religiosa y la obra de maestros como Giordano o Corrado Giaquinto le interesaron profundamente, estando como estaban más próximos a su formación y convicciones, si bien pronto pudo contemplar también las novedades clasicistas y a la antigua que artistas e intelectuales habían ido construyendo desde unos años antes, de Mengs a Winckelmann, de G. Hamilton a A. Kauffmann, además de poder contemplar obras de famosos vedutistas como Gaspare van Wittel o Panini, retratos como los de Batoni, sin que dejara de prestar atención a artistas cavaraggiescos o desmesurados y coloristas como Salvatore Rosa o Gaspare Traversi. Este nuevo, rico e intenso universo de alternativas, al que habría que añadir la monumentalidad de la ciudad y la vida de sus calles, la presencia de las ruinas y de la Antigüedad, así como la cultura visual que, por medio del grabado, el dibujo o las vedute, consolidaban su memoria y se convertían en memoria del Grand Tour, debió conmocionar al joven Goya, llegado de la Zaragoza en la que se había formado con José Luzán y atendido a las soluciones de Francisco Bayeu y sus hermanos.

Inesperado Cicerone. Dividida en quince expresivos apartados, la exposición se convierte así en un imaginario viaje del Grand Tour con Goya como inesperado cicerone. Joan Sureda, como comisario de la muestra, ha sido el diseñador de este sugerente itinerario, reconstruyendo con obras magníficas la Italia y la Roma que Goya pudo ver, lo que pasaba o lo que le pudo sorprender -tan decisivo en su evolución posterior-, y añade pequeños y delicados paréntesis conceptuales que permiten, por medio de coloquios íntimos entre obras de diferentes artistas, estableces actitudes y convicciones plásticas y estéticas que Goya pudo haber compartido, o que al menos debieron afectarle, pero que, en cualquier caso, forman parte de un viaje artístico paralelo al propio de la memoria del Grand Tour. Se reconstruye así no sólo el viaje, sino que incluso se logra pasear con Goya, intentando comprobar sus relaciones, desde las hipotéticas con Piranesi, no confirmadas documentalmente, a sus recorridos por el Trastevere, o su atención por las costumbres populares romanas.

De sala en sala. Las quince secciones mencionadas se inician con su formación en Zaragoza y la de los pintores de su entorno, para continuar con su llegada a Roma, ilustrada con imágenes pintadas y grabadas de la ciudad, con la cartografía real de la planta de Nolli y la imaginaria de otros intérpretes poéticos de Roma. Siguen salas destinadas a su aprendizaje en Roma, presentando obras que pudo contemplar y otras que se estaban haciendo en el momento de su visita y su posible repercusión en su formación. El resto de las secciones plantean su retorno a Zaragoza y Madrid, y la presencia de lo aprendido en sus obras posteriores, incluidos los nuevos temas y problemas que contemporáneamente afrontó, de la tradición de la Arcadia al mundo del clasicismo antiguo; de la nueva consideración de la naturaleza y del retrato a su interpretación renovada de la pintura religiosa; de los sueños y los monstruos al sueño poético de la muerte, para acabar con la exposición de los Caprichos, acompañados en la misma sala por las Carceri de Piranesi, dos obras maestras del grabado al aguafuerte y fin simbólico del viaje, cuando el sueño de la razón produce monstruos.

Son tantas y de tan elevada calidad y significación las obras expuestas y los autores de las mismas, de David a Canova, de Füssli a Tiépolo, Mengs o Petitot, además de los mencionados, que detenerse en ellas sería como volver a contar un viaje ya contado con pulcritud e infinidad de guiños enormemente sugerentes en esta extraordinaria exposición sobre la Italia de Goya. Tanto que el viaje reconstruido bien merece el nuestro.

Delfín Rodríguez

¿Estamos más deprimidos o nos quejamos más?

¿Estamos más deprimidos o nos quejamos más?


La depresión se vuelve epidemia en la medida en que las mayores expectativas encierran más frustraciones - ¿Exigimos demasiado a la vida?


"La tristeza en los países ricos se tiende a hacer cuestión patológica". El psiquiatra Luis Rojas Marcos da la clave con sólo 12 palabras. Uno de cada cinco españoles corre riesgo de sufrir mala salud mental, sobre todo depresión y ansiedad. ¿Vivimos deprimidos o le exigimos demasiado a la vida? Un especialista del hospital del Mar, Antoni Bulbena, contesta tajante: "No, no vivimos deprimidos, pero tal vez exigimos demasiado a la vida, en lugar de exigirnos a nosotros ser sencillamente nosotros". Diversos expertos coinciden en que existe una tendencia al aumento de los trastornos depresivos. Lo que es seguro es que aumenta la capacidad de detección y diagnóstico. Las sociedades desarrolladas delatan otra enfermedad: cada vez exigimos más y toleramos menos. El resultado: la frustración.

"Hay datos que parecen sugerir que sí aumenta la depresión pero en el rango de los trastornos leves-moderados, no en los cuadros psiquiátricos graves", explica Fernando Cañas, portavoz de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Cañas alerta: "No debemos patologizar la insatisfacción de la vida. A veces se consulta de manera muy poco adecuada por problemas que tienen que ver con la insatisfacción".

Las depresiones graves existen en todas las culturas y en todos los ámbitos, pero hay otros estados anímicos que son más socialesdependientes. La sociedad de hoy nos impone un ritmo. "Vamos apretados", dice un joven. "Y cuando pensamos que todo va bien, pam, todo se desmorona". Le pasó a María: perfecta amiga, perfecta esposa, perfecta trabajadora. Resultado: año y medio sin levantar cabeza porque un día, sin saber por qué, la relación con el trabajo y con su marido dejó de funcionar.

De la depresión clínica a la expresión "estoy depre" hay todo un camino. Y un cambio del lenguaje que lleva implícito el peligro de vulgarizar un término científico. El cambio formidable en el lenguaje se entiende en los jóvenes que describen sin pudor sus emociones. "El fenómeno de la depresión se convierte en casi una moda", alerta el catedrático Jordi Obiols. "Hay que distinguir los distintos tipos de depresión: la tristeza como sentimiento normal; los síntomas depresivos; la influencia del temperamento y la enfermedad depresiva. Una cosa es la depre que se relaciona con la dificultad de adaptarte a las cosas que suceden a tu alrededor y otra la enfermedad con base química, muy grave y difícil de entender", afirma Enric Álvarez, director del Servicio de Psiquiatría del hospital Sant Pau. "La vulgarización de los temas científicos nos lleva a este lío y al hecho de que se utilice el término para todo".

Ser mujer, vivir sin pareja, estar en paro o vivir en grandes ciudades, son algunos de los elementos que configuran el perfil de los sujetos que padecen depresión, según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. ¿Por qué la diferencia de género? Las mujeres doblan en número los casos de depresión de los hombres y representan el 75% de los consumidores totales de somníferos o tranquilizantes. "Existe un enorme peso de los estilos de pensamiento. Las mujeres tienden a atribuirse más la culpa de cuanto sucede a su alrededor; en cambio, los hombres cortocircuitan más", afirma el catedrático de Psicopatología, Carmelo Vázquez.

Hoy nos reunimos con una decena de mujeres. No están bien. Abren sus libretas y desenfundan sus bolígrafos. "¿Cómo ha ido la semana?", pregunta la enfermera. Cascada de respuestas. Alguna voz entrecortada. Otra eufórica. "Yo bien"; "yo, mejor"; "no tengo muy buenos días"; "yo he tocado fondo esta semana, estaba colapsada". Estamos en el centro barcelonés de atención primaria Montnegre, donde desde hace dos años enfermeras con formación específica sobre depresión y ansiedad realizan grupos psicoeducativos. En total, 12 sesiones de dos horas donde se ayuda a las personas a identificar los síntomas, a controlar los pensamientos y las emociones negativos, y se ofrece información. La radiografía es similar entre las asistentes, aunque cada caso es un mundo: mujeres entre 50 y 60 años, la mayoría en tratamiento farmacológico, que plantean los problemas que tienen con sus maridos, sus hijos y el trabajo. Algunas tienen a su cargo personas con dependencia.

"Queremos evitar que estas situaciones se cronifiquen", explica Teresa Muñoz, la enfermera que hoy dirige el grupo. El tema de la sesión es la autoestima. Una de ellas explica una situación difícil que vivió el otro día: una ecografía mamaria. "Siempre piensas en negativo, tienes un malestar que no puedes afrontar". Teresa les cuenta que aceptarse es muy importante, conocer los límites físicos y psíquicos. Ellas escriben en sus libretas un ejercicio diseñado para ver dónde flaquea su autoestima. La mujer del jersey verde lamenta: "Mi miedo está en afrontar las cosas. ¿Qué haré cuando me quede sola?". Al acabar la clase, la otra enfermera, Carmen Herraiz, realiza unos ejercicios de relajación en colchonetas. Es el mejor momento.

Rojas Marcos retoma la pregunta y asegura que no vivimos deprimidos, aunque a veces le pedimos demasiado a la vida. Arranca su tesis con dosis de optimismo: "La mayoría de las personas no están deprimidas, sino que se sienten razonablemente satisfechas con su vida". A la pregunta de cuál es el grado de satisfacción con la vida de 0 a 10, común en algunas encuestas sociales, las puntuaciones suelen ser muy altas. "Aunque el que se da un 10 tiene que venir a verme", bromea. Rojas Marcos alerta: "No nos debemos dejar robar la tristeza que es un sentimiento normal ante una adversidad". El psiquiatra, desde Nueva York, asegura que en televisión hay un constante bombardeo de anuncios sobre "pastillas" para ser feliz o menos viejo: "La industria fomenta esta idealización". Aspiraciones que, si no se cumplen, desembocan en frustración.

No es el caso de Antonia, maestra. Ella ha sufrido una depresión durante más de ocho años que se desencadenó cuando a su madre le diagnosticaron alzhéimer. Primero recurrió al médico de cabecera, que le recetó un antidepresivo. No mejoró y acabó visitando al psiquiatra. "El principal mal que me diagnosticaron es que no sé decir que no". Antonia mejoró y luego volvió a recaer. En todo el proceso han pasado ya 10 años. "Ahora estoy bien, aunque tengo problemas de falta de concentración y de pérdida de memoria".

La línea de combate es la atención primaria, pero el instrumento son los psicofármacos. En España, los antidepresivos son el tercer grupo de medicamentos más vendidos, según datos del Ministerio de Sanidad de 2006. "Medicamos cualquier reacción humana y no siempre se resuelve", alerta el vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Pedro Rodríguez. En la lista de los 10 fármacos más solicitados el año pasado figuran los somníferos y los tranquilizantes. "Los psicofármacos han crecido extraordinariamente en los últimos 10 años y se ha multiplicado por cinco el gasto que supone para el sistema público de salud. Tiene que ver con el clima social que supone medicalizar las dolencias de la vida", explica Vázquez. "¿Por qué se absorbe tan bien? La idea de la medicalización supone una cierta desculpabilización".

Los ambulatorios constituyen la puerta de entrada. Sólo un 10% de los depresivos llegan al psiquiatra y hasta el 90% son atendidos en la atención primaria. Entre un 20% y un 30% de los pacientes de los ambulatorios presentan síntomas depresivos. ¿Están los médicos de familia haciendo de psiquiatras? "No, y además no es nuestro objetivo ser pseudopsiquiatras, pues si en algo es especialista el médico de familia es en personas", subraya María Jesús Cerecedo, coordinadora del grupo de trabajo de salud mental de SEMFYC. Los médicos de familia se forman específicamente en muchas áreas y la salud mental es una de ellas.

En la actualidad, la depresión es la cuarta causa de discapacidad mundial entre todas las enfermedades y se estima que en 2020 será la segunda, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El 21,3% de la población de 16 o más años presenta riesgo de mala salud mental, según la Encuesta Nacional de Salud 2006 que por primera vez mide esta situación. A más edad, más riesgo de padecerla. "Los trastornos mentales en general han tendido a aumentar. Y uno de los factores es el aumento de la esperanza de vida. En España hay 450.000 personas con trastornos severos y el resto, hasta un porcentaje del 21%, están en zona de riesgo", explica Alberto Infante, director general de calidad del Ministerio de Sanidad.

La salud mental es una prioridad de todos los sistemas sanitarios del mundo. Y España no es menos. En marcha está una estrategia nacional aprobada en 2006 para fomentar la prevención y afrontar los nuevos retos. Sin embargo, Infante se permite también ofrecer algunos "elementos poderosísimos de prevención de los trastornos leves", como: hablar del tema con la familia y los amigos, disminuir la ingesta de tóxicos y practicar actividad física. "Si el trastorno no cede y es más duradero de lo que cabe esperar, consultar".

Más radical se muestra Eduardo Jáuregui, fundador de la consultora Humor Positivo: "Estamos ante una crisis de salud mental". Jáuregui cita algunos de los factores que considera que nos llevan a esta situación: una sociedad cada vez más atomizada con familias más pequeñas y personas más anónimas; una forma de concebir el mundo que se ha abierto como un melón y que ha perdido todo sistema de referencia; un ocio cada vez más pasivo. "Tendemos a dramatizar demasiado nuestra realidad ¿Por qué siempre dan los oscares a películas dramáticas?". Jáuregui se repone y recupera su humor: "No estamos tan mal en realidad como pudiera parecer".

Salud mental

- El 21,3% de la población de 16 años o más (15,6% de los hombres y 26,8% de las mujeres) presenta riesgo de mala salud mental. En el grupo de edad de 75 y más años, el 25,0% de los hombres y el 39,5% de las mujeres.- En Europa uno de cada diez ciudadanos padece en estos momentos algún tipo de problema de salud mental y un 1% sufre un proceso grave.- Sólo un 10% de los casos llega al psiquiatra. El resto de afectados acuden al médico generalista, a otros especialistas o no visitan a ningún facultativo.

Ana Pantaleoni

Crisis alimentaria. La hora de la verdad

Crisis alimentaria. La hora de la verdad


Intermón Oxfam pide 15.000 millones de dólares más para ayudar a los países afectados por la subida de los precios de alimentos


Se necesitan cerca de 15.000 millones de dólares extra para conseguir dar asistencia inmediata a las, como mínimo, 290 millones* de personas amenazadas por la escalada de los precios de los alimentos que viven en los países pobres. Esta cantidad es pequeña en comparación con los más de 1 billón de dólares que la Reserva Federal de los EEUU y el Banco Central Europeo han inyectado en los sistemas financieros para intentar evitar la crisis económica de los últimos seis meses. Esta es una de las principales conclusiones del informe `La hora de la verdad´ que Intermón Oxfam ha presentado antes de la cumbre de emergencia de la ONU en Roma sobre alimentos y cambio climático.

Intermón Oxfam considera que los líderes mundiales deben coordinar en esta reunión un plan de acción global para las próximas semanas, que dé respuesta a las necesidades inmediatas, pero también contemple medidas a largo plazo y que vaya más allá de la estricta ayuda humanitaria.

El informe denuncia que la ayuda anual para agricultura, que ahora suma unos 4.000 millones de dólares, es una miseria en comparación con los 125.000 millones de dólares que los países ricos dieron a sus propios agricultores en forma de subsidios en el 2006. Se reconoce que la falta de inversión es una de las causas de la inseguridad alimentaria, y sin embargo la ayuda global para la agricultura se ha reducido a la mitad entre 1980 y 2005. Así pues la comunidad internacional debe apoyar una mayor inversión en agricultura para hacer frente a los problemas de la pobreza rural crónica y las malas cosechas, y ayudar a los pequeños productores a beneficiarse de los precios más altos.

“En los países donde trabajamos estamos viendo el impacto negativo del encarecimiento de los precios de alimentos en las personas pobres, quienes ya gastan más de la mitad de sus ingresos en alimentos y están afectados por el cambio climático”, ha dicho José A. Hernández de Toro, portavoz de Intermón Oxfam para agricultura. “Este es un reto enorme para el liderazgo y la legitimidad de las instituciones multilaterales del mundo, pero también una oportunidad única para emprender las reformas necesarias desde hace mucho tiempo.”

Oxfam sostiene en su informe que la respuesta debe ir más allá de la ayuda humanitaria. Los gobiernos de los países pobres deberían recibir ayuda para llevar a cabo esquemas de protección social que ayuden a los más pobres, como garantías de salario mínimo, semillas y fertilizantes gratis para los agricultores pobres, y rebaja de los impuestos sobre los alimentos.

También se necesitan cambios políticos a largo plazo. En primer lugar, una revisión urgente de los objetivos obligatorios de biocombustibles en los países ricos para frenar el impacto inflacionario. Recientes estudios sugieren que el aumento de la demanda para biocombustibles explica el aumento de los precios de los alimentos en un 30%, mientras que cada vez hay más evidencias científicas que demuestran que los biocombustibles no contribuyen a mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático.

La crisis también debería incitar la reforma del sistema de ayuda de alimentos, promoviendo más ayuda en metálico o comprada en los mercados locales, en vez de ser enviada desde el extranjero. La OECD estima que se podría destinar 750 millones de dólares extra al año si los países ricos dieran ayuda de alimentos en metálico más que en especies.

En los términos planteados en la actualidad, completar un acuerdo de libre comercio global no ayudaría a resolver la situación. Los países en desarrollo necesitan ser capaces de responder a las crisis, pero las propuestas existentes en la Organización Mundial del Comercio eliminan la flexibilidad necesaria para compaginar las políticas agrarias y comerciales, exponiendo los países pobres a mayor volatilidad del mercado.

Hernández de Toro añade: “Se necesita un nivel de coordinación sin precedentes entre las agencias internacionales, los gobiernos y el sector privado para afrontar esta crisis. La gran cantidad de dinero invertida en evitar la crisis financiera muestra qué es posible cuando existe la voluntad política. El coste del fracaso no se medirá sólo en vidas perdidas y sufrimiento humano, pero también en la pérdida de credibilidad.”

Refiriéndose al gobierno español, Hernández de Toro concluye: “El gobierno español ha situado la política de ayuda al desarrollo en la vanguardia de Europa. Le pedimos que también se sitúe en vanguardia en su posición sobre biocombustibles, en los tratados comerciales que está negociando la UE con países en desarrollo y en la reforma de las políticas agrarias europeas y coloque la lucha contra el hambre y la pobreza en el centro de estas políticas.”

IntermonOxfam

* El cálculo de Oxfam se basa en los 290 millones de personas más pobres en los 53 países considerados más vulnerables a la subida de precios de los alimentos (49 Países Menos Avanzados –PMA-, Tajikistan, Zimbabwe, Territorios Ocupados de Palestina y Kenia) que requieren un promedio de 50 dólares por persona de asistencia humanitaria en 2008. Esta es una estimación conservadora, ya que no toma en consideración los costes de transacción, y significaría tan sólo una ayuda de 14 centavos por persona y día.

La semana de 65 horas revienta el sueño europeo

La semana de 65 horas revienta el sueño europeo


La UE sacrifica su modelo social en un intento de ser competitiva - La prometida sociedad del ocio y la conciliación, aún más lejos


El trabajador europeo está desconcertado. Por la noche, se acuesta con el nuevo discurso dominante: las empresas deben tomarse en serio la necesidad de conciliar la vida laboral y la vida privada, los países más productivos no son aquéllos en los que se trabaja más horas, las empresas modernas miman al máximo la salud de su gente, sociólogos y filósofos nos han prometido para el siglo XXI una nueva sociedad del ocio, con tiempos de trabajo cortos gracias a la implantación de las nuevas tecnologías... Por la mañana, el mismo trabajador se desayuna con la confirmación de que la conciliación era sólo un cascarón verbal: lo que de verdad viene es una brecha, un enorme boquete abierto en el techo de su semana laboral y en el de Europa, la cuna del modelo social. ¿Deben los europeos trabajar más horas para ser más competitivos en el mundo, como les permite la decisión adoptada esta semana por una mayoría de países miembros de la Unión Europea, ante el desmayo de un Gobierno español que promete no aplicarla? ¿Hasta qué punto la Vieja Europa, donde soplan fuertes vientos liberales, va a cometer perjurio contra sus propias bases sociales en ese empeño?

Los defensores de la polémica decisión, que requiere una bendición del Parlamento Europeo que no está clara por la movilización de la izquierda que se avecina, niegan la mayor: que no hay golpe social. No en vano, el Reino Unido, tras 15 años de batalla, ha logrado colar la expresion de moda, la free-choice o libre elección. Dicen: si un trabajador quiere trabajar más allá de las 48 horas semanales que fija el marco legal europeo -en España, se cumplan o no, son 40 las horas contempladas en el Estatuto de los Trabajadores, salvo en el caso de colectivos con su propio estatuto, como los médicos, los bomberos o la policía, y salvo que se hagan horas extra, hasta un máximo de 80 al año- ¿por qué se le debe impedir bajo ciertas condiciones?

A menos que un trabajador renuncie a ello, se supone que de forma voluntaria, la semana laboral europea se mantiene en las actuales 48 horas, subraya por activa y por pasiva la Comisión Europea. Ésta recuerda incluso que, a quienes superen ese tope, se les cuida poniéndoles un límite. Será de 60 horas, o de 65 en el caso de las profesiones con guardias, como los médicos. En realidad no es un tope, sino un promedio de tres meses. Así, si los europarlamentarios no lo impiden, uno podría encontrarse trabajando una semana, por ejemplo, ¡78 horas!

John Messenger, investigador principal del Programa sobre las Condiciones de Trabajo y del Empleo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), subraya desde Ginebra "el probable impacto negativo para la salud y seguridad de los trabajadores, y también para el equilibrio de su vida laboral y privada," que resultaría de una semana generalizada de hasta 65 horas. Según la OIT, 600 millones de personas trabajan "excesivamente", es decir, "más de 48 horas a la semana", el límite que esta organización estableció hace 90 años. Diversos informes de la OIT afirman que trabajar más de 50 horas por semana eleva el estrés y la fatiga, causa desórdenes en el sueño, malos hábitos de vida y, a la larga, transtornos musculoesqueléticos, enfermedades cardiovasculares y mentales, infecciones crónicas.

¿Hasta qué punto superar las 48 horas se mantendrá como excepción? "La negociación individual entre la empresa y el trabajador que plantea la directiva no es de igual a igual. La situación del trabajador es de debilidad total", advierte Raúl Riesco, director general de Trabajo. El ex secretario de Estado de Economía y profesor de IESE Alfredo Pastor prefiere plantearlo en estos términos: "El trabajador con talento, el crack buscadísimo por las empresas, tiene poder de mercado como para negociar. Por eso algunos sugieren que se está dando un margen de libertad. Pero para la mayoría de trabajadores sin ese poder, hablar de 60 horas es plantear un recorte a la protección social".

El Gobierno español ha avanzado que seguirá sin permitir que se supere el tope de las 40 horas. Pero Riesco admite "preocupación por la posibilidad de estar rodeados de países donde las largas jornadas se eleven a la categoría de normal y que intenten captar empresas, es un golpe al modelo europeo".

"O abrir la puerta a la competencia desleal, o volver a las historias de Charles Dickens", reflexiona Toni Ferrer, secretario confederal de Acción Sindical de UGT, quien, junto a CC OO, ha prometido hacer una "dura campaña" para que el Europarlamento ataje la norma. "Si no, el desapego del ciudadano europeo con la UE se disparará", añade. Los sindicatos parecen recobrar bríos con esta batalla en la actual Europa liberal. Se enfrentan a un disparo a su propio papel y al de la negociación colectiva. "Al trabajador individual va a serle imposible resistir la presión de una compañía que exija alargar el horario laboral", augura Ignacio Fernández Toxo, secretario de Acción Sindical de CC OO. Prevé un otoño caliente.

A la cabeza de la manifestación se han puesto los médicos. No sólo porque les afecta en particular la posibilidad de alargar la semana laboral a 65 horas, sino porque la directiva distingue, en el caso de una guardia, entre periodo activo y periodo inactivo. Contempla la posibilidad de que el tiempo que un médico pasa de guardia en un hospital, pero durante el que no atiende directamente a un paciente, no sólo no sea considerado tiempo de trabajo, sino que se interprete como tiempo de descanso.

"Vamos hacia el desastre. La directiva, si se aplica, cuestionará el compromiso con la calidad de la asistencia de los médicos y con su salud", subraya Patricio Martínez, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital de la Esperanza de Barcelona y secretario general de la Confederación Estatal de Sindicatos de Médicos.

Diversas sentencias del Tribunal de Justicia de Luxemburgo -una de ellas, en 2000, a raíz de un litigio sobre el régimen laboral de los médicos dependientes de la consejería de Sanidad de la Comunidad Valenciana- dejan bien claro que la jornada laboral máxima de los médicos debe ser de 48 horas semanales, guardias incluidas. La directiva las ignora.

"¿Acaso nos van a poner un cronógrafo? ¿Y si el médico no está con un paciente pero revisa un expediente o espera el resultado de una analítica? ¿Está descansando?", se interroga Martínez, quien advierte que en la directiva tampoco queda claro que se pueda respetar la actual obligación de descansar un día tras haber hecho una guardia. "El motivo de toda esta cruzada es el déficit de médicos", explica el doctor Carlos Amaya, neurocirujano de La Paz y vicepresidente de la Federación Europea de Médicos Asalariados. El Reino Unido amplió en un 20% la oferta de plazas de estudiantes en sus facultades de Medicina y no la cubrió. "Así que intentan estirar la jornada de los que tienen", añade Amaya.

"Es imposible una atención sanitaria de calidad con una semana laboral de 65 horas", corrobora Loren Mármol, enfermera de 42 años que trabaja en el servicio de Urgencias y el área quirúgica del Hospital Espíritu Santo de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona). Mármol entra en el centro a las 21 horas y se queda 10 más. Hay semanas en que aplica este horario lunes, martes, viernes, sábado y domingo. Las alterna con otras cortas, de dos días, miércoles y jueves. "En la práctica, si alguien se pone malo y te piden que vayas, no te ponen una escopeta, pero, en fin...", cuenta.

Los empresarios españoles navegan con prudencia en este encendido debate, e insisten, al igual que el PP, en que las 60 horas semanales van a ser algo voluntario y la excepción a la regla. El responsable de Relaciones Laborales de la patronal CEOE, Fernando Moreno, apunta que "en España no hay demanda para cambiar la jornada laboral de 40 horas semanales, y que ya permite excepciones pactadas por acuerdos colectivos". Moreno sí reclama "mayor flexibilidad para distribuir las horas trabajadas en periodos de cómputo más largos, y que haya mejores adaptaciones a las puntas de actividad de las empresas".

Algunos empresarios sí se pronuncian abiertamente a favor de la directiva, sobre todo en sectores con fama de conllevar jornadas laborales largas, y en especial todo en determinadas épocas del año. Emilio Gallego, secretario general de la Federación Española de Hostelería, opina a este respecto que "la economía europea necesita de una flexibilización del mercado laboral en cuanto a la distribución del tiempo de trabajo. Esta decisión, como todo cambio, genera incertidumbre, pero puede ser buena para la competitividad".

"En un restaurante familiar, trabajar menos de 10 horas al día es imposible", sentencia Jordi Vila, chef del establecimiento Alkimia, de Barcelona. A sus 34 años, asegura que ha pasado por 17 restaurantes y "nunca" ha trabajado menos de 12 horas al día. Ahora, en el suyo propio, dice: "Cuando oigo hablar de las 35 horas pienso que yo las hago ¡en dos días y cuarto!".

La restauración, la hostelería, el comercio, la medicina, la asistencia a las personas, el periodismo, los servicios profesionales son carne de jornadas largas. Clara G., que se debate entre semanas de 45 horas y otras de 30 en un geriátrico, confiesa que "tanto psicológicamente como físicamente, trabajar muchas horas seguidas resulta agotador, ya que el trabajo implica movilizar a personas mayores sin mucha fuerza".

Las consultoras de Recursos Humanos no esconden su sorpresa. "Hablar de 60 horas va a contracorriente", dice Begoña Benito, directora general en España de Watson Wyatt. "Si habláramos de casos puntuales voluntarios, me parecería fabuloso, soy liberal. Pero según se aplique, se corre un riesgo: que las empresas se aprovechen", anticipa. En Europa se ha puesto de moda el concepto de la flexiseguridad. Conciliar la seguridad en el puesto de trabajo con la flexibilidad que requiere la empresa. La experta en Derecho Laboral Esther Sánchez, asegura desde Esade: "Tal vez estemos poniendo demasiado el acento en la flexi, más que en la seguridad. Esto es una regresión".

Ariadna Trillas


Los jesuitas y la Bioética, una estrecha relación

Los jesuitas y la Bioética, una estrecha relación


20 años de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas


¿Quién dice que la Iglesia es ajena a la realidad del hombre de hoy? Trasplantes de órganos, transgénicos, bioteconología, células troncales humanas, limitación del esfuerzo terapeútico; cuestiones éticas asociadas al comienzo y final de la vida humana (aborto, eutanasia), problemática del sida, la ética psiquiátrica, el síndrome de Alzheimer, el equilibrio de la población mundial, la deficiencia mental y cuestiones éticas como el matrimonio, la familia, el trabajo, la exclusión social y el diagnóstico prenatal en relación con ella. Estos y muchos otros son temas estudiados, debatidos y de los que han escrito los jesuitas que se han dedicado o se dedican a la bioética.

¿Tienen las religiones todavía algún papel en el discurso de la bioética? ¿Cómo conjugar una bioética civil o secular con una bioética de inspiración religiosa?, ¿Por qué excluirlas del debate? ¿No tienen algo que decir las religiones a la bioética sobre la manera de vivir, crecer, nacer, morir, sufrir, envejecer? Se pregunta Javier de la Torre, el director de la Cátedra de Bioética de la universidad jesuita Comillas (Madrid) que celebra este año su veinte aniversario. De forma muy resumida responde: “Todos los hombres pueden reconocer que lo divino y el sentido de lo religioso juegan un papel importante en la forma de situarse el hombre ante el sufrimiento, la enfermedad o la muerte; que la religión puede plantear visiones alternativas a las dominantes, que ayuda a fundar la incondicionalidad de la moral, que aporta máximos a los mínimos de justicia en nuestra sociedad, que ayuda a superar los límites estrechos del principalismo y del entusiasmo tecnológico, sin necesidad de que muchas personas tengan que asumir las creencias religiosas o la confianza en una realidad última divina”.

Historia de los jesuitas y la Bioética

Cómo explica Juan Ramón Lacadena (catedrático de genética de la universidad Complutense y seglar muy cercano a la Compañía), en Veinte años de Bioética en España (U.P.Comillas, 2008): “La Bioética nació en Estados Unidos y allí mismo la presencia de los jesuitas en la Bioética se materializó en 1971 cuando el profesor de Obstetricia y Ginecología, Dr. André Hellegers (1926-1979) fundó, con el apoyo de la Fundación Kennedy, el Instituto de Bioética y Estudios de Población en la Universidad jesuítica Georgetown, Washinton D.C que tiene gran proyección mundial y es el más antiguo y completo centro académico de Bioética del mundo”.

Desde esa fundación la relación de la Compañía y la Bioética se estrecha y van naciendo nuevos centros de estudio de esta disciplina. No en vano, los pontífices Pablo VI y después Juan Pablo II habían señalado a los jesuitas su obligación de situarse en las “encrucijadas de las ideologías”, y el padre Arrupe, siendo Prepósito General de la Compañía distinguió la Bioética como una de esas “trincheras” donde era necesaria el trabajo de la Compañía. El pasado 22 de abril, el Papa Benedicto XVI en audiencia a los miembros de la Congregación General 35 de la Compañía, les reforzaba el mismo envío a los jesuitas con estas palabras: “(…) la Iglesia os necesita, cuenta con vosotros y en vosotros sigue confiando, particularmente para alcanzar aquellos lugares físicos o espirituales a los que otros no llegan o encuentran difícil hacerlo (…) No son los mares o las grandes distancias los obstáculos que desafían hoy a los heraldos del Evangelio, sino las fronteras que, debido a una visión errónea o superficial de Dios y del hombre, acaban alzándose entre la fe y el saber humano, la fe y la ciencia moderna, la fe y el compromiso por la justicia”.

A lo largo de estas tres últimas décadas, a nivel internacional, han destacado en la Bioética jesuitas como: los estadounidenses Richard A. McCornick, Robert A..Jonsen, John P. Langan y Kevin Wm. Tildes. Albert L. Archer (Portugal) que llegó a ser Presidente de la Comision Nacional de Bioética de Portugal; Edouard Boné (Bélgica) Angelo Serra (Italia). Y del ámbito hispanoamericano: Alfonso Llano, Gilberto Cely, Omar França y Jorge Ferrer.

En España el primer centro jesuítico de Bioética fue el Instituto Borja de Bioética, fundado en 1975 por Francesc Abel, S.J. en el seno del Centro Borja de Sant Cugat del Vallés (Barcelona). Este Instituto, hoy dirigido también por una seglar, Nuria Terribas, tiene como objetivo “ofrecer una plataforma de diálogo entre la fe cristiana y otras visiones del mundo, profundizando en la fundamentación científica, filosófica y teológica aplicada a las ciencias de la salud”.

En 1984 se crea la Asociación Interdisciplinar José de Acosta (ASINJA) fundada por Alberto Dou SJ, con la finalidad de “fomentar el intercambio cultural entre personas dedicadas a las ciencias humanas y a las disciplinas teológicas y filosóficas” y que, ocasionalmente, aborda problemas bioéticos.

En 1987 se crea la ya mencionada cátedra de Bioética de la Universidad Comillas, de la que celebramos ahora veinte años de existencia. Dirigida por Javier Gafo SJ desde su creación hasta su fallecimiento en 2001, le sucedieron en el cargo: Jorge Ferrer SJ; Julio Martínez SJ, Juan Masiá SJ y en la actualidad, el seglar Javier de la Torre.

En 2005 se crea la Cátedra Andaluza de Bioética en Granada y en 2007 se crea en Córdoba el “Foro de Bioética Francisco Suárez”, del centro cultural San Hipólito, coordinado por Manuel Porras del Corras.

Si tuviéramos que hacer una relación de los jesuitas españoles que han trabajado en bioética, brillaría con luz propia Javier Gafo SJ, quien fue miembro de la Comisión Teológica Episcopal de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española desde 1988 a 2000. Además de su formación filosófica y teológica era licenciado en Biología. Participó activamente en los debates bioéticos como jesuita moralista católico dentro y fuera de los espacios eclesiales.

Y por supuesto, hay que mencionar muchos otros como: Francesc Abel y Carlos Alonso Bedate, que han ocupado puestos de relevancia en comisiones de Bioética a nivel autonómico, nacional o de la Unión Europea, así como su aportación en las comisiones previas a la redacción de determinados textos legales de ámbito nacional o regional. Y Eduardo López Azpitarte SJ, Juan Masiá, Juan Vélez, E. Colomer, M. Cuyás, Augusto Hortal, Gonzalo Higueras, Ignacio Núñez de Castro o Julián Rubio, entre otros.

Veinte años de la Cátedra de Bioética de Comillas

La Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas-ICAI-ICADE ha celebrado el pasado mes de mayo su vigésimo aniversario. En estos veinte años el centro se ha convertido en un referente con la creación un Master de Bioética (en 1997-98) dirigido a la formación de profesionales que quieren especializarse en esta disciplina, formar parte de los comités de ética asistencial de los hospitales o dedicarse a la investigación y la docencia. La Cátedra ha realizado también: 44 publicaciones, 10 tesis doctorales, 35 congresos, más de 50 cursos y jornadas, cerca de mil conferencias y la realización de más de 20 proyectos de investigación.

Fue en 1986 cuando la Conferencia Episcopal Española pidió a la Universidad Pontificia Comillas que celebrara un seminario sobre temas de Bioética, que organizó el P. Javier Gafo. De este seminario se derivó a la Cátedra de Bioética de Comillas que en 1987 fundó el P. Gafo, con el objetivo de iluminar los problemas morales originados por los avances de las ciencias biomédicas y establecer un diálogo multidisciplinar.

En palabras del rector de Comillas, José Ramón Busto: “Lo que ha caracterizado el trabajo de la Cátedra de Bioética ha sido el rigor en la reflexión ética que ha querido mantener siempre un equilibrio, no fácil de conseguir, entre la fidelidad a las exigencias de la fe cristiana en temas de bioética, tal como las viene expresando el Magisterio de la Iglesia y la atención tanto a las demandas de la investigación en las ciencias médicas y sanitarias como a las posibilidades que el desarrollo de nuestras técnicas ofrecen a los profesionales de la salud que han de enfrentase cada día a nuevos dilemas”.

Jesuitas

Martini pide la reforma de la Iglesia

Martini pide la reforma de la Iglesia


El influyente cardenal elogia a Lutero, defiende el debate sobre el celibato y la ordenación de mujeres y reclama una apertura del Vaticano en materia de sexo


"La Iglesia debe tener el valor de reformarse". Ésta es la idea fuerza del cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927), uno de los grandes eclesiásticos contemporáneos. Con elogios al reformador protestante Martín Lutero, el cardenal le pide a la Iglesia católica "ideas" para discutir hasta la posibilidad de ordenar a viri probati (hombres casados, pero de probada fe), y a mujeres. También reclama una encíclica que termine con las prohibiciones de la Humanae Vitae, emitida por Pablo VI en 1968 con severas censuras en materia de sexo. El cardenal Martini ha sido rector de la Universidad Gregoriana de Roma, arzobispo de la mayor diócesis del mundo (Milán) y papable. Es jesuita, publica libros, escribe en los periódicos y debate con intelectuales. En 1999 pidió ante el Sínodo de Obispos Europeos la convocatoria de un nuevo concilio para concluir las reformas aparcadas por el Vaticano II, celebrado en Roma entre 1962 y 1965. Ahora vuelve a la actualidad porque se publica en Alemania (por la editorial Herder) el libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, a modo de testamento espiritual del gran pensador. Lo firma Georg Sporschill, también jesuita.

Sin tapujos, lo que reclama Martini a las autoridades del Vaticano es coraje para reformarse y cambios concretos, por ejemplo, en las políticas del sexo, un asunto que siempre desata los nervios y las iras en los papas desde que son solteros.

El celibato, sostiene Martini, debe ser una vocación porque "quizás no todos tienen el carisma". Espera, además, la autorización del preservativo. Y ni siquiera le asusta un debate sobre el sacerdocio negado a las mujeres porque "encomendar cada vez más parroquias a un párroco o importar sacerdotes del extranjero no es una solución". Le recuerda al Vaticano que en el Nuevo Testamento había diaconesas.

Son varios los periódicos europeos que ya se han hecho eco de la publicación de Coloquios nocturnos en Jerusalén, subrayando la exhortación del cardenal a no alejarse del Concilio Vaticano II y a no tener miedo de "confrontarse con los jóvenes".

Precisamente, sobre el sexo entre jóvenes, Martini pide no derrochar relaciones y emociones, aprendiendo a conservar lo mejor para la unión matrimonial. Y rompe los tabúes de Pablo VI, Juan Pablo II y el papa actual, Joseph Ratzinger. Dice: "Por desgracia, la encíclica Humanae Vitae ha tenido consecuencias negativas. Pablo VI evitó de forma consciente el problema a los padres conciliares. Quiso asumir la responsabilidad de decidir a propósito de los anticonceptivos. Esta soledad en la decisión no ha sido, a largo plazo, una premisa positiva para tratar los temas de la sexualidad y de la familia".

El cardenal pide una "nueva mirada" al asunto, cuarenta años después del concilio. Quien dirige la Iglesia hoy puede "indicar una vía mejor que la propuesta por la Humanae Vitae", sostiene.

Sobre la homosexualidad, el cardenal dice con sutileza: "Entre mis conocidos hay parejas homosexuales, hombres muy estimados y sociales. Nunca se me ha pedido, ni se me habría ocurrido, condenarlos".

Martini aparece en el libro con toda su personalidad a cuestas, de una curiosidad intelectual sin límites. Hasta el punto de reconocer que cuando era obispo le preguntaba a Dios: "¿Por qué no nos ofreces mejores ideas? ¿Por qué no nos haces más fuertes en el amor y más valientes para afrontar los problemas actuales? ¿Por qué tenemos tan pocos curas?"

Hoy, retirado y enfermo -acaba de dejar Jerusalén, donde vivía dedicado a estudiar los textos sagrados, para ser atendido por médicos en Italia-, se limita a "pedir a Dios" que no le abandone.

Además del elogio a Lutero, el cardenal Martini desvela sus dudas de fe, recordando las que tuvo Teresa de Calcuta. También habla de los riesgos que un obispo tiene que asumir, en referencia a su viaje a una cárcel para hablar con militantes del grupo terrorista Brigadas Rojas. "Los escuché y rogué por ellos e incluso bauticé a dos gemelos hijos de padres terroristas, nacidos durante un juicio", relata.

"He tenido problemas con Dios", confiesa en un determinado momento. Fue porque no lograba entender "por qué hizo sufrir a su Hijo en la cruz". Añade: "Incluso cuando era obispo algunas veces no lograba mirar un crucifijo porque la duda me atormentaba". Tampoco lograba aceptar la muerte. "¿No habría podido Dios ahorrársela a los hombres después de la de Cristo?" Después entendió. "Sin la muerte no podríamos entregarnos a Dios. Mantendríamos abiertas salidas de seguridad. Pero no. Hay que entregar la propia esperanza a Dios y creer en él".

Desde Jerusalén la vida se ve de otra manera, sobre todo las parafernalias de Roma. Martini lo cuenta así: "Ha habido una época en la que he soñado con una Iglesia en la pobreza y en la humildad, que no depende de las potencias de este mundo. Una Iglesia que da espacio a las personas que piensan más allá. Una Iglesia que transmite valor, en especial a quien se siente pequeño o pecador. Una Iglesia joven. Hoy ya no tengo esos sueños. Después de los 75 años he decidido rogar por la Iglesia".

El País

Nunca más el ’error Galileo’

El cardenal Martini se empeñó siempre en establecer un terreno de discusión común entre laicos y católicos, afrontando también aquellos puntos en los que no hay consenso posible. Con esa intención abrió uno de los debates más sabrosos entre intelectuales contemporáneos, publicado en 1995 en Italia con el título In cosa crede qui non crede? (¿En qué creen los que no creen?). Se trataba de una serie de cartas cruzadas entre el cardenal y Umberto Eco, sobre temas como cuándo comienza la vida humana, el sacerdocio negado a la mujer, la ética, o cómo encontrar, el laico, la luz del bien. Un sector de la jerarquía católica asistió a la controversia con indisimulada incomodidad, pero una década después, el mismísimo cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI, afrontó un debate semejante con el filósofo alemán Jürgen Habermas sobre la relación entre fe y razón.

Lamentó en 1995 el cardenal Martini que su iglesia viviera sumida en "desolada resignación respecto al presente". También se sinceró ante Eco sobre el miedo a la ciencia y al futuro. Entonces lo hizo "con tesoros de sutileza", reconoció él mismo. Ponía por testigo la prudencia de Tomás de Aquino en semejantes compromisos, por miedo a Roma, que a punto estuvo de castigar a quien ahora es uno de sus guías más ilustres

El cardenal, ya jubilado -es decir, más libre que cuando ejercía responsabilidades jerárquicas-, se expresa en el nuevo libro con la sutileza que usó en el debate con Umberto Eco, pero pone sobre la mesa puntos de vista sorprendentes para sus pares, como el contror de la natalidad y los preservativos. Suenan también como trallazos sus elogios a Martín Lutero y el desafío a Roma para que emprenda con coraje algunas de las reformas que en su tiempo reclamó el fraile alemán.

En el trasfondo de sus manifestaciones de ahora, donde el cardenal aparece a veces angustiado - con un sentimiento más trágico de su fe-, surge el debate interminable del enfrentamiento de la Iglesia de Roma con la ciencia y el pensamiento modernos. Nuevamente, es un jesuita quien vuelve a plantear la discusión, con disgusto del Vaticano. La ventaja de Martini es que no está ya al alcance de ninguna pedrada. El también jesuita George Tyrrell, el erudito tomista irlandés, fue castigado sin contemplaciones y suspendidido de sus sacramentos. Incluso se le negó sepultura en un cementerio católico cuando falleció en 1909. Su pecado: reivindicar, como Martini, el derecho de cada época a "adaptar la expresión del cristianismo a las certidumbres contemporáneas, para apaciguar el conflicto absolutamente innecesario entre la fe y la ciencia, que es un mero espantajo teológico".

Lo que buscan todos estos pensadores católicos es espantar cualquier riesgo de cometer otra vez el error Galileo. Es otra de las exigencias del cardenal.


Marca la X, por tantos...

La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

La Iglesia, como Pueblo de Dios, brinda a la sociedad valores permanentes que nos ayudan a crecer como personas y mejoran la convivencia entre los hombres: fe, defensa de los derechos humanos, fraternidad, dignidad de la persona, solidaridad, perdón, superación, esfuerzo, etc.

La Iglesia ayuda a los más necesitados de la sociedad: sin techo, familias rotas y desestructuradas, inmigrantes, ancianos, enfermos, etc.

Estas actividades son realizadas en su mayoría por personas que entregan su vida a los demás. Los sacerdotes y los agentes de pastoral, que están al servicio de la comunidad cristiana, desempeñan, una labor discreta y muchas veces ignorada que construye el bien común de la sociedad.

Programa para el sostenimiento económico de la Iglesia

El tigre chino asusta

El tigre chino asusta



Hace tiempo que despertó China, el gran ’tigre dormido’. Aún es una potencia mediana y vulnerable, pero ambiciosa, que lucha por ser un superpoder y que inquieta a sus vecinos, a Europa y a EE UU. Harry G. Gelber ilustra en ’El dragón y los demonios extranjeros’ (RBA) una evolución que marcará el futuro del mundo

China continúa viéndose a sí misma como única: una cultura sutil y brillante que reclama su derecho a un lugar en la mesa internacional de los notables. Hay muchos factores que apoyan este criterio. China sigue siendo una antigua civilización, fascinante en muchos aspectos, que engloba dentro de un Estado-nación una quinta parte de la población mundial. Por otro lado, ha sido excepcionalmente competente durante muchos siglos en el arte de la política y la diplomacia, sabiendo convencer a otros de que por su autoconfianza, tamaño y población, también es una gran potencia que tiene derecho a decir al mundo, tras salir de dos siglos de debilidad y trauma, como Enrique IV dijo a Falstaff: "No pienses que soy lo que antes era".

En esa firme aspiración de poder y categoría, China dispone de dos buenas cartas. Una es la forma en que sigue hechizando al extranjero; la otra, y la más eficaz diplomáticamente, es la paciencia china. Por el momento, China es ambiciosa pero vulnerable, con un sentimiento de agravio, pero segura hasta el extremo de la arrogancia, y su gran protagonismo va en aumento. Ahora, China incluso tiene mayor presencia internacional y su crecimiento demográfico y económico hace que algunos caigan en la tentación de pensar que va a ser un gran rival de Estados Unidos, como predijo Garnet Wolseley hace más de un siglo. Sin embargo, por el momento carece de medios para poder hacer algo parecido, y seguirá careciendo de ellos durante bastante tiempo. En el índice por habitantes, la mayoría de los chinos son muy pobres, la estructura política y social es anticuada, adolece de un sistema financiero global y, en muchos aspectos, de garra económica. Dista mucho de contar con una política industrial o inversora organizada y coordinada, incluso interna, y menos aún para operaciones exteriores. En vez de ser líder tecnológico, sigue siendo dependiente tecnológicamente y no cuenta con mucho "poder blando" más allá de su inmediata periferia. Pese a la fascinación y el fulgor general del arte, el teatro y la danza china, y, por supuesto, de su desarrollo, el estilo de vida chino no ha suscitado una especial imitación en otros países. Las nuevas clases medias, y en particular los nuevos ricos, dan patentes muestras de preferir el modo de vida occidental, oyen música occidental y ven películas occidentales; mientras que son pocos los que en las capitales de Occidente desean vivir según las pautas culturales chinas. China tampoco plantea ningún reto ideológico o religioso a Occidente, y desde el declive del maoísmo no ha mostrado deseos de hacerlo. No tiene una ideología que difundir y menos aún una fuerza militar o naval moderna con clara capacidad de proyección exterior. Ni siquiera tiene -o al menos no ha articulado- una visión clara, coherente y plausible de su futuro papel internacional.

En realidad, China es una potencia mediana, pero con grandes posibilidades de alcanzar un importante protagonismo internacional. De momento sería un error confundir la posibilidad de una gran China del mañana con las realidades de la China actual. Ha asumido en poco más de un siglo el cambio de ser un imperio en el centro de su propio orden del universo a ser, formalmente, un Estado-nación al estilo occidental. Desde la muerte de Mao, su política exterior ha sido con frecuencia de un pragmatismo perspicaz, y es muy posible que siga siéndolo. De momento, la nueva China seguirá concentrándose en sus zonas fronterizas, o el "cercano extranjero", según la expresión rusa. Incluso en el supuesto de un regreso de Taiwan a la madre patria, Mao le comentó a Nixon en su primera entrevista: "Podemos vivir sin ellos de momento, y dejarles que vengan dentro de cien años". Sin embargo, hace poco, el primer ministro Wen Jibao hizo hincapié en que la reunificación era "más importante que nuestras vidas", lo cual tampoco implicaba un plazo de tiempo. Posiblemente, los vínculos económicos entre Taiwan y la República Popular China harán perder relevancia a la política de unificación, y más aún si la República Popular China se descentraliza en mayor medida. Por lo demás, Pekín continuará insistiendo en cada una de sus otras reivindicaciones territoriales, en su firmeza imperial al tratar con renovada impaciencia, sobre todo de los musulmanes y de sus zonas de la periferia occidental.

En Corea, China tratará de evitar posibles acontecimientos casi igualmente indeseables. Uno sería la caída de Corea del Norte, que acarrearía un aluvión de refugiados a través de sus fronteras. Otro sería una nueva guerra en Corea. O la emergencia de una Corea fuerte y reunificada que, casi con toda certeza, sería aliada de Estados Unidos. Un cuarto sería la aparición de una Corea del Norte con armas nucleares. Mientras tanto, Pekín también intentará mantener sus muy valiosos vínculos industriales y económicos con Corea del Norte, aceptando, posiblemente a regañadientes, el lavado de dinero y el tráfico de drogas que fluye entre ambos países.

China tratará igualmente de reafirmar su influencia en el sureste asiático, donde tendrá que enfrentarse a una enraizada sinofobia derivada del histórico expansionismo chino y su penetración económica. La India también proseguirá su comercio e intercambios con China, pero manteniéndose estratégicamente neutral y recelosa. Aparte de eso, sensatamente, China ha dejado de implicarse en actividades revolucionarias a escala internacional, y ha optado por potenciar sus intereses nacionales mediante una postura de apoyo general a la estabilidad mundial.

En cuanto a sus relaciones con las grandes potencias, las que mantiene con Japón siguen siendo muy delicadas. El empleo que el Gobierno chino hace del nacionalismo y del patriotismo como aglutinante en el interior del país ha generado también entre la población un sentimiento antijaponés y antiamericano. Ni la ayuda a gran escala japonesa y las inversiones, ni las repetidas disculpas por los hechos pasados han servido de mucho para contrarrestar las acusaciones y las bravuconadas oficiales. A todo ello se suma un cierto triunfalismo chino ahora que el país ha recuperado quizá su papel como potencia hegemónica en Asia, mientras que, a la vez, China teme lo que un Japón reconstruido y rearmado podría hacer en el futuro; alimentan esos temores la implicación de Japón en Oriente Medio y la creciente cooperación con la marina estadounidense. Y más aún la rivalidad sino-japonesa por la energía, las materias primas y la influencia regional y en otras zonas.

Las constantes críticas chinas, en un momento de resurgimiento general del sentimiento nacional japonés, han provocado la previsible reacción de los japoneses. A los japoneses jóvenes les molesta la perdurable asunción de culpabilidad de su país por hechos de guerra, y otros muchos se sienten atraídos por una alternativa más nacionalista que la del actual Estado pacifista. Tokio cada vez parece menos inclinado a echarse atrás en cuestiones territoriales, tales como quién tiene derechos de propiedad en ciertas zonas de alta mar y del lecho marino, y en particular los derechos sobre fuentes energéticas de algunas islas de sus aguas. Aunque el público japonés no se ha preocupado por la presencia del país en la escena internacional, con certeza el Gobierno continuará alejándolo de un pacifismo extremo y de una simple confianza complaciente en el poder de Estados Unidos. Efectivamente, cuanto más fuerte sea China y mayor sea la amenaza para Taiwan, más estrechos serán los lazos entre Japón y Estados Unidos. Las fuerzas armadas japonesas, sobre todo las aéreas y las navales, reducidas pero excelentes, seguirán modernizándose y Japón ya no está dispuesto a ceñirse a su papel pacifista frente a los misiles de Corea del Norte. Lo más probable es que se intensifique su cooperación naval con Estados Unidos en el Pacífico, y no puede darse por sentada su neutralidad en caso de un conflicto armado en Taiwan. Sin embargo, las economías de China y Japón siguen siendo enormemente complementarias, y seguramente proseguirán unas relaciones económicas mutuamente beneficiosas para ambos países, aunque tal vez no hasta el extremo de que Japón resulte más vulnerable de lo necesario a los cambios chinos. Japón competirá con China en programas espaciales, y ya se ha hablado de una unión panasiática entre Japón, China y Corea, con exclusión de Estados Unidos, que contribuya a diluir y restringir el poder de China. Aun así, aunque Estados Unidos actúe sin duda como pacificador, las posibilidades de fricciones graves entre China y Japón no deben subestimarse.

Los intereses europeos en China y la zona del Pacífico han aumentado, en parte como factor inevitable del afianzamiento europeo a escala mundial. Las principales potencias europeas creen que su salud económica depende en parte de aprovechar oportunidades en Asia oriental, lo que conlleva no sólo comercio e inversiones, sino la adaptación a una potencia cuyo comercio ha experimentado un rápido crecimiento y cuyos mercados y mano de obra barata parecen ofrecer oportunidades ilimitadas, y más aún el crecimiento de una clase media. Aparte de eso, británicos, alemanes y franceses -impulsados siempre por la perenne ilusión occidental de que es misión de Occidente organizar el mundo- creen que China ganará importancia en el proceso de estabilización del sur y el sureste de Asia, en la reducción de armas de destrucción masiva y en el freno al deterioro medioambiental. Desde finales de los noventa, y en particular tras la devolución de Hong Kong a China, funcionarios europeos y dirigentes chinos no han dejado de llamar unos a la puerta de los otros, pero las actuales tendencias de marcada política interior de los países europeos impedirán que Europa -al margen de su ocasional papel retórico- sea un bloque protagonista en los asuntos del hemisferio oriental. Y es muy probable que esta situación continúe así al menos hasta que la Unión Europea sea un ente operacional político y estratégico, tal como a veces e irregularmente ha sido una entidad comercial.

El papel de la Federación Rusa sigue siendo, desde hace ya unos años, uno de los interrogantes capitales sin respuesta dentro de las fuerzas internacionales en juego. Es indudable que Rusia se rehará, estratégica y políticamente, tras estos años de estancamiento. La cuestión es cuándo y cómo. De momento, para su resurgir internacional Rusia se apoya sobre todo en sus reservas energéticas, que son objeto de crucial interés para China y la industria mundial, y sobre las cuales el Gobierno ruso recupera cada vez más el control directo. Por el momento, Rusia parece aspirar a un equilibro entre China y Occidente, aunque Wen Jibao en determinado momento habló de un posible eje India-Rusia-China -¿una ilusión, quizá?-, hasta nuevo aviso hay que acomodarse a la realidad de la supremacía de Estados Unidos. En un próximo futuro, tanto Pekín como Moscú seguramente darán mayor importancia a las buenas relaciones con Estados Unidos que a las buenas relaciones mutuas. De todos modos, Rusia sigue siendo el principal proveedor de China de armas avanzadas, aunque poco de lo que China compra parece estar a la altura del nivel técnico del armamento y equipamiento estadounidense. En 2005, los dos países llegaron a organizar maniobras conjuntas importantes. A pesar de ello, la historia demuestra que las fricciones rara vez afloran a la superficie. Es inevitable que surjan nuevas diferencias sino-rusas, entre ellas el acceso a las reservas petrolíferas de Siberia y el trazado de los correspondientes oleoductos. También se plantearán nuevos problemas fronterizos, derivados en parte de la intensa migración de chinos hacia el extremo oriente de Rusia, que continúa en aumento por efecto de la presión poblacional china y de la escasez de mano de obra en las regiones rusas del Pacífico.

Por tanto, Estados Unidos es, y parece que seguirá siendo durante algún tiempo, fundamental en los vínculos y asuntos extranjeros de China. Washington continúa siendo el principal interlocutor extranjero de China, la potencia clave en el Pacífico y quien garantiza la estabilidad regional, un mercado clave para sus exportaciones y para la inversión extranjera, así como una fuente primordial de tecnología, ciencia y estabilidad monetaria. La interdependencia de ambas economías resulta sustancial. Incluso los logros más populares y prestigiosos de China, como su ingreso en la Organización Mundial del Comercio y la designación de Pekín como sede de los Juegos Olímpicos de 2008, habrían sido difíciles sin la buena voluntad estadounidense. Es el desarrollo de esta relación sino-estadounidense el que fundamentalmente decidirá el equilibrio futuro del hemisferio oriental.

Harry G. Gelber