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In partes tres

In partes tres

¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás, como lectores, queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no.


Cuenta la leyenda que los libros de Homero deben su extensión no a la inspiración del poeta sino al tamaño de un rollo de papiro: terminado el rollo, acababa el capítulo. La invención del códex permitió infligir al lector volúmenes de capacidad obesa aunque no infinita. Esa desmesurada ambición está ahora a nuestro alcance gracias a la tecnología electrónica: el e-book, como aquel Libro del Mundo Soñado por San Agustín, no exige una última página.

Pero el infinito no es una medida humana: preferimos extensiones más modestas y libros que no nos aplasten cuando los leemos en la cama. Quizás para prevenir hernias y apoplejías, los novelistas del siglo diecinueve eligieron dividir sus mamotretos en tres volúmenes, dando lugar en Inglaterra a un oprobioso epíteto, la three-volume novel, para designar un extenso mamarracho sentimental. Las bibliotecas de préstamo y los puestos de librerías en las estaciones de tren del Reino Unido fueron inundados de indigestos tríos con títulos aristocráticos y seductores: El joven duque, El secreto de Lady Audley, Mrs. Armitage, Cecilio, Las aventuras de un necio, La hija de Lady Rose. Jane Austen, escribiendo en 1808, cuenta cómo su padre y su hermano leen en voz alta para el resto de la familia las novelas de sus contemporáneos, Sir Walter Scott y Madame de Genlis entre otros, a medida que aparecen los tomos de cada obra. "¿Debiera gustarme el Marmion de Scott?", se pregunta Austen al recibir el segundo volumen. "Hasta ahora no es así", responde, no del todo desilusionada. Es que las trilogías novelísticas permiten al lector la esperanza de que el futuro volumen final redima las deficiencias de los dos primeros.

Como los inacabables culebrones de hoy, la novela tripartita tuvo (y tiene) sus ardientes defensores. "No hables con menosprecio de la novela en tres volúmenes", dice la severa Miss Prism (que en su juventud había escrito una) a su pupila en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Pero a partir del siglo veinte, el entusiasmo por las trilogías disminuye, como así también el número de páginas de la mayor parte de las obras literarias. El crítico inglés F. R. Leavis observó que, entre las dos guerras mundiales, la extensión de la novela europea se redujo en proporción inversa a la velocidad de los medios de transporte, quizás porque los viajes más cortos ya no requerían lecturas tan largas.

Sin embargo, la nostalgia por la novela en tres volúmenes persiste entre ciertos lectores a quienes les gusta el mundo dividido in partes tres. Para estos entusiastas dispuestos a montar una biblioteca trinitaria moderna, nos atrevemos a sugerir algunos títulos: El señor de los anillos de Tolkien, la saga de Gormenghast de Mervyn Peake, La guerra carlista de Valle-Inclán, La espada del honor de Evelyn Waugh, La lucha por la vida de Pío Baroja, la trilogía de Deptford de Robertson Davies, Tu rostro mañana de Javier Marías, Regeneración de Pat Barker. No sé si podemos incluir la sangrienta crónica de Stieg Larsson, puesto que se trata en realidad de un cuarteto, cuyo cuarto volumen se halla escondido en las entrañas de un secuestrado ordenador.

Los antepasados de estas trilogías tienen credenciales prestigiosas. Nacen en la antigua Grecia, en el Festival de Dionisio en la Atenas de los siglos IV y V antes de Cristo, en el cual tres autores dramáticos debían presentar, a lo largo de tres días, tres piezas de un mismo tema, creando así en el espectador la ilusión de asistir al nacimiento, desarrollo y trágico fin de la historia. Con la decadencia del teatro griego, el número tres pierde casi por completo su autoridad en la creación literaria y adquiere en cambio, de manera misteriosa, una calidad mística, inquietante, singular y múltiple a la vez. Pocas son, a partir de la época romana, las trilogías célebres, pero las que recordamos no son obras menores: la Comedia de Dante y el Enrique IV de Shakespeare.

Es quizás la curiosa ambición de las trilogías la que las salve de la ejecución difícil. Sin la sólida coherencia de la creación única, sin el aparente y justo equilibrio de la obra binaria o del cuarteto, las trilogías parecen aspirar a algo más que integridad y a algo menos que infinitud. Si nunca segundas partes fueron buenas (como dijo el autor del Quijote con tanto desacierto), las terceras tampoco suelen ser malas, sólo más modestas. La tercera pirámide de Giza es por cierto la más pequeña; Talía, la tercera de las Gracias, es la menos eufórica; la tercera de las Furias, Maghera, se ocupa de vengar asuntos de celos, no de sangre o injusticia; la tercera de las Parcas, Atropos, tiene como única misión el último tijeretazo; el tercero de los dioses que rigen el Olimpo es Plutón, señor de los infiernos, región que sin duda tiene menos encanto que el cielo y el mar que rigen sus hermanos; de los tres mosqueteros, pocos se acuerdan de Aramis; El padrino III es menos logrado que sus predecesores.

La tentación de proseguir una obra tiene un dejo de gula, de verborrea, de afán de gloria repetida. También de afirmación inapelable. "Lo que digo tres veces es cierto", dice Lewis Carroll en La caza del snark. Pero ¿por qué no contentarse con una sola creación individual? ¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás la razón (o la culpa) sea nuestra. Quizás, como lectores, nunca estamos del todo satisfechos con lo que un autor nos ofrece, sobre todo si es un autor de genio. Somos inagotablemente demandantes y curiosos. Queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no. Queremos saber si después de la muerte de Alonso Quijano, Sancho retomó la empresa de su señor, si los herederos del doctor Frankenstein abrieron una clínica de cirugía estética en Ginebra, si Ishmael se convirtió en miembro activo de Greenpeace. Queremos un tercer Fausto en el que el viejo doctor funde con Mefistófeles una compañía de inversiones financieras y un tercer volumen de Justine y su hermana Juliette de Sade, en el que Juliette encuentra empleo fijo en Guantánamo. Queremos estar seguros de que esos seres que tan bien hemos conocido no han desaparecido del todo, sino que siguen allí, en el mundo, después de cerrado el libro. La literatura no tiene en cuenta ni la inapelable mortalidad humana, ni los límites que nos impone el espacio y el tiempo. Por eso puede hacer que sus invenciones, sus artificios, sus fantasmas verbales, vuelvan al mundo con más fortuna que Lázaro, de cuya retomada vida nada sabemos, no sólo una segunda, sino también una tercera vez.

Alberto Manguel en Babelia.


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