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cuatrodecididos

A la inmensa mayoría

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber a dónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.

Blas de Otero

Mucho le cuesta a los ojos de Dios, la muerte de sus amigos

En la noche del martes 16 de agosto, tras la muerte del hermano Roger, se celebró a medianoche una oración en la Iglesia de la Reconciliación, con cantos, lecturas bíblicas y silencio. En el transcurso de la oración, el hermano François, uno de los más antiguos hermanos de la comunidad, dijo algunas palabras.

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En la Biblia encontramos estas palabras: «Mucho le cuesta a los ojos de Dios, la muerte de sus amigos.»

Esta muerte del hermano Roger, es primeramente a nosotros que nos cuesta, terriblemente. La muerte es un desprendimiento, pero una muerte a través de la violencia lo es todavía más. Y cuando esa muerte es producida por una persona desequilibrada, experimentamos un sentimiento de injusticia, e incluso hace surgir la despesperanza.

A la violencia, sólo podemos reaccionar con la paz. El hermano Roger nunca dejó de insistir en ello. La paz pide un compromiso de todo el ser, en nuestro interior y fuera. La paz reclama toda nuestra persona. Así nos comunicaremos esta tarde la paz los unos a los otros e intentaremos realizar todo para que cada uno de nosotros permanezca en la esperanza.

La palabra que he citado dice que esta muerte no sólo cuesta a nuestros ojos. Cuesta a los ojos de Dios. Dios mismo toma parte en nuestra pena. Él sufre con nosotros. Es de este modo cómo Dios siente «la muerte de sus amigos», como dice el texto.

Y el hermano Roger fue con toda seguridad un amigo de Dios, quien desde el comienzo trabajó para que comprendiéramos hasta qué punto Dios nos ama con un amor que nunca acabará, que no excluye a nadie, que nos acepta tal como somos.

Y si es verdad que para Dios mismo, esta muerte significa una pena que le ha afectado, quisiéramos entonces realizar todo para que sepa nuestro agradecimiento, el agradecimiento por todo lo que el hermano Roger ha sido en medio de nosotros.

Libro de condolencias: condolences@taize.fr
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Comunidad de Taizé

En la inmensa mayoría

Podrá faltarme el aire,
el agua,
el pan, sé que me faltarán.

El aire, que no es de nadie.
El agua, que es del sediento.
El pan... Sé que me faltarán.

La fe, jamás.

Cuanto menos aire, más.
Cuanto más sediento, más.
Ni más ni menos. Más.

Blas de Otero

De política, argumentos, eslóganes

Muchos esperábamos que Mariano Rajoy, después de la derrota del 14-M, encabezaría, quizás gradualmente y no de pronto, un cambio de dirección del Partido Popular; que lo centraría. Cualquier observador de la política española sabe que tanto el PP como el PSOE para ganar las elecciones tienen que conseguir el voto del electorado que se mueve en la zona del centro político. Aznar, en su segundo mandato, sobre todo en los dos últimos años, tomó decisiones que le apartaron de ese centro político y llevaron al PP de manera creciente hacia lo que llamamos derecha. Por eso se llegó, la semana antes del 11-M, la última en que se podían publicar encuestas electorales, a una situación en la que unas encuestas, recuerdo las de El Mundo y las de Abc, daban la victoria, casi por mayoría absoluta, al PP; otras, la de La Vanguardia, daban la victoria al PSOE por una diferencia sobre el PP muy parecida a la que luego salió en la realidad, y otra serie de encuestas daban empate técnico entre los dos partidos; una de ellas, la del Instituto Opina, desde el mes de septiembre anterior, venía anotando que una mayoría de españoles creían que debía haber un cambio en el partido del Gobierno, es decir, creían que debía ganar el PSOE.

Esperábamos que Rajoy lograra romper el aislamiento político en el que Aznar había dejado a su partido, llegando a la situación actual, puesta de manifiesto ahora en las elecciones gallegas, en la que el PP sólo podía gobernar si sacaba mayoría absoluta.

Y todo eso lo esperábamos porque somos muchos los que creemos -yo, desde luego- que es bueno para nuestro sistema democrático que haya un partido nacional en la oposición que sea, en su momento, una alternativa real de poder.

Al principio todo parecía indicar que el inicio del cambio se produciría cuando concluyera sus sesiones la comisión parlamentaria del 11-M. Sería entonces cuando Rajoy y el presidente Zapatero se reunirían para hablar y quizás esbozar los principios de un acuerdo o fijar los puntos de desacuerdo en torno a las reformas institucionales: Estatutos y Constitución.

Lo que ha pasado ha sido lo contrario de lo que se esperaba de Rajoy. Después de su réplica al informe del presidente sobre el estado de la nación, en la que la dureza de fondo se unió a una dureza de forma que, cuando habló de la "traición a los muertos", rompió con todos los límites que una oposición responsable debe guardar en aras de la convivencia política, él y todos los que han tenido intervenciones públicas en nombre del PP, su secretario general, su portavoz, diputados y miembros de la organización del partido, obedeciendo de una manera clara a unas instrucciones acordadas, se han dedicado, con cualquier motivo o pretexto, a atacar, descalificar o ridiculizar cualquier actuación del presidente Zapatero, a intentar desprestigiarle aplicándole continua y repetidamente calificativos insultantes que, a mi juicio, desprestigian siempre a quienes los emiten, sean del partido que sean. Utilizan además locuciones tremendistas tales como: "El desmantelamiento de España", para referirse al Estatuto catalán que todavía se estaba discutiendo por los partidos políticos de Cataluña; entre otros, por antiguos aliados del PP del presidente Aznar y del entonces vicepresidente Rajoy. Miembros del PP que fueron en su momento buenos ministros u honestos servidores públicos se convierten de pronto en "jabalíes", en el sentido orteguiano, que olvidan y abandonan toda mesura y decencia política en sus intervenciones.

Está claro que, a pesar del Estatuto de la autonomía valenciana, el objetivo que persiguen es destruir, si pueden, la imagen que del presidente Zapatero tienen y la confianza que suscita en una mayoría de españoles, repitiendo las mismas tácticas que utilizaron contra Felipe González.

Hasta ahora esa táctica ha tenido para el PP un resultado negativo: en las elecciones europeas, en las del País Vasco y últimamente en las elecciones gallegas, a pesar del prestigio personal de Fraga y la perseverante y entregada presencia de Rajoy en ellas. Además, en las encuestas, el presidente Zapatero sigue estando por encima de los demás políticos, incluido Rajoy, en la estimación de los españoles y también su partido. Y otra, y quizás más grave consecuencia, es que dentro del PP surgen voces que piden un cambio de rumbo y la sustitución del secretario general y de su portavoz. Tengo razones para pensar que esas voces no se limitan a la que publicó la prensa no hace muchos días.

Supongo que el supuesto del que parten Rajoy y sus inmediatos colaboradores es que el tema del Estatuto catalán, unido a que ETA no declarará en un plazo corto su voluntad de abandonar la lucha armada, deteriorará la imagen de Zapatero y que, incluso, el tema del Estatuto catalán puede forzar unas elecciones anticipadas si ERC, el demonizado Carod Rovira, retira su apoyo parlamentario al Gobierno.

Lo que a mi juicio tampoco justificaría nunca la insultante, continua e indecente campaña contra Zapatero, haga lo que haga y diga lo que diga. Los insultos, unidos a un tremendismo esperpéntico, sustituyen el argumento por eslóganes que no llaman a la razón ni buscan convencer sino asustar, impresionar, atizar sentimientos de desprecio y de ira; convierten, para los ciudadanos, la imagen de la noble contienda política en algo parecido a una bronca callejera. Consigan o no su propósito, los que así actúan hacen que los ciudadanos piensen que los políticos son un hatajo de inútiles cuando no de inmorales ("¡son todos iguales!", dicen muchos); erosionan y dañan a la democracia que tenemos y a sus instituciones -no se olvide que el presidente del Gobierno personifica una Institución constitucional-, y puede crear en seguidores y adversarios miedos y odios que engendren conflictos y violencias que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban.

Mariano Rajoy era capaz de envolver la dureza de sus palabras en una inteligente ironía muy gallega. Cualquiera que sea su futuro político, haría un gran servicio a la cultura democrática de los españoles si, por duras que sean las críticas a las actuaciones del Gobierno y de su presidente, que es su derecho como líder de la oposición, vuelve a su estilo anterior, y hace que los que le rodean usen, si quieren, en sus críticas puño de hierro, pero en guante de seda. Sobre todo, ¡por favor!, y por el respeto que nos deben a los ciudadanos, que todos utilicen argumentos, no eslóganes.

Alberto Oliart, ha sido ministro en Gobiernos de la UCD

Oración

Oración

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad:
todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis, a Vos, Señor,
lo torno. Todo es vuestro.
Disponed de mí,
según vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia,
que esto me basta.

Ignacio de Loyola

Responsabilidad social

Responsabilidad social

¿Es rentable garantizar los derechos laborales de los trabajadores en los países en desarrollo?
El último documento de Intermón Oxfam, Marcando tendencias, destaca que es posible compaginar la Responsabilidad Social Corporativa y los beneficios

Las empresas textiles españolas pueden garantizar los derechos laborales de los trabajadores, especialmente de las mujeres, en los países en desarrollo y aplicar criterios de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) sin perder competitividad en el mercado. Esa es la conclusión principal del documento Marcando tendencias. Hacia un negocio socialmente responsable, presentado hoy por Intermón Oxfam.

El actual proceso de deslocalización, en el que las empresas tratan de reducir sus costes trasladando parte de su producción a países en desarrollo, no justifica una carrera para ahorrar gastos a costa de aumentar la precariedad laboral. "Sí que existe un margen de maniobra para desarrollar más la RSC sin por ello perder competitividad", reconocen fuentes empresariales citadas en el documento.

Marcando tendencias. Hacia un negocio socialmente responsable es un nuevo paso en el trabajo que estamos realizando desde Intermón Oxfam en el ámbito de la RSC y la protección de los derechos laborales en el sector textil español y en las empresas subcontratadas en los países en desarrollo.

El informe pide a las empresas textiles que analicen su política de negocio, con la participación de sus grupos de interés, para identificar las prácticas de compras que impiden a sus proveedores aplicar los criterios de RSC. Además de que estos criterios impregnen todas las actividades de la empresa, el documento propone una serie de medidas que pueden facilitar la gestión de las fábricas, y con ello mejorar las condiciones laborales de los trabajadores:

· Planificar y anticipar los pedidos, para que los proveedores puedan organizarse y reducir los excesos de horas de trabajo.
· Mantener una relación estable con los proveedores, que facilite la planificación del trabajo.
· Asegurar unos precios sostenibles que contribuyan al pago de sueldos dignos a los trabajadores.

"Algunas empresas nos adelantan pedidos si lo necesitamos para que las cadenas de producción no se paren. Nos dan estabilidad para trabajar todo el año", afirma un responsable de una cadena de producción citado en el documento.

La investigación ha revelado que el impacto positivo que provoca la buena práctica de una sola empresa se puede perder si se convierte en un caso aislado y otras no siguen sus pasos. Por esta razón, se hace evidente que la Federación Española de Empresas de la Confección, organismo representante del sector, tiene la responsabilidad de formar, incentivar y promover la RSC entre sus empresas.

"Sabemos que es posible adoptar prácticas concretas que mejoren las condiciones laborales de los trabajadores sin perjudicar la competitividad de la empresa. Para ello, hace falta una actuación conjunta del sector, bajo el liderazgo de las empresas más representativas", dice Isabel Tamarit, responsable de RSC en Intermón Oxfam y autora del informe.

Por supuesto, las empresas subcontratadas deben poner de su parte. Tienen que transferir el margen de maniobra que les ofrecen las buenas prácticas de sus clientes y transformarlo en mejoras de las condiciones laborales de sus trabajadores –un salario digno, jornadas razonables y contratos estables–, contribuyendo de esta forma a que ejerzan su derecho a tener una vida digna.

El Estado, primer responsable del cumplimiento de este derecho, debe establecer un marco normativo suficiente que asegure que sus empresas respetan la normativa internacional –incluida la que hace referencia a los derechos laborales– en cualquier lugar en el que operen.

Para más información: Intermón Oxfam

Una pena

QUIZÁ un tanto ilusamente, llegué a creer que la hecatombe del 11-M serviría para sellar una nueva hermandad entre los españoles, superadora de viejas rencillas. Así me lo hicieron presagiar tantos gestos abnegados, muestras de perfecto amor, que florecieron espontáneamente en aquellas horas luctuosas, cuando la llaga del dolor nos fundía a todos en una misma sangre: aquellas colas de hermosos madrileños que esperaban turno para transfusiones; aquellos voluntariosos vecinos de Atocha y Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo que corrieron a auxiliar a las víctimas atrapadas entre el amasijo de hierros; aquellos médicos, policías, asistentes sanitarios, bomberos, sacerdotes, psicólogos que se extenuaron en las labores de rescate y salvamento y posteriormente en el consuelo de los familiares de los asesinados... Todo aquel magma de generosa humanidad me hizo pensar que aquella tragedia tendría a la postre un reflejo fecundo que, a poco que nuestros políticos lo supieran administrar, propiciaría el advenimiento de una época sin cabida para las mezquindades y los enconamientos partidarios. Quizá porque soy un idealista, llegué a concebir un país apretado como una piña, donde las naturales y legítimas diferencias quedasen desplazadas y arrumbadas en la cuneta, como andrajos que el hombre nuevo se aparta, antes de iniciar su andadura.

Un año después de la matanza, ya podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la política -o, mejor dicho, la politiquería- ha desbaratado aquel caudal de esperanza. La muerte de doscientos hermanos, lejos de erigirse en sacramento de unidad, ha servido para excavar un foso de división cada vez más insalvable. Algún día, cuando se sucedan las generaciones, nuestros nietos volverán la vista atrás y se avergonzarán de sus abuelos, sobre todo de los hombres que los representaban, más preocupados de sacar tajada del río revuelto que de fundar sobre la sangre derramada los cimientos de una nueva convivencia. Algún día, nuestros nietos descubrirán, con infinita pesadumbre e infinita repugnancia, que aquel dolor multitudinario fue malversado y empleado para alimentar rencores seculares. Y así, repararán en aquella comisión parlamentaria de la vergüenza que se formó con el pomposo propósito de esclarecer las circunstancias que rodearon la matanza y que, en lugar de preocuparse por traer confortación a las víctimas, escenificó un ajuste de cuentas entre facciones.

Algún día, cuando nuestros nietos traten de analizar el penoso espectáculo de politiquería representado durante estos meses, descubrirán, con infinito pasmo e infinita náusea, que ni siquiera lo más sagrado ha quedado al margen de la casposa trifulca partidaria. Y comprobarán con horror que la pelea de corrala protagonizada por dos facciones a la greña salpicó incluso a las propias víctimas del terrorismo, enzarzadas ahora en una discordia peregrina e ininteligible. Nuestros nietos no podrán entender que una porción de esas víctimas se sienta hoy más preterida y desdeñada que nunca, después de que se haya instituido una alta magistratura presuntamente dedicada a su protección y consuelo; tampoco podrán entender que otra porción de esas víctimas se oponga a que las campanas de las iglesias doblen en memoria de quienes murieron, olvidando la verdad honda de aquel poema de John Donne: «La muerte de cualquier hombre me disminuye, / porque soy parte de la humanidad. / Por eso no preguntes nunca / por quién doblan las campanas: / están doblando por ti».

Hoy, a la pena que me araña por la muerte de aquellos inocentes, se suma otra pena amasada de vergüenza, mientras contemplo este trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

Juan Manuel de Prada

Y ellos, no

EL PAÍS - Opinión - 14-07-05

En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena de nuevo la acostumbrada y retórica cantinela: ¿libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso contradictorias. Los que más nos alarman previniéndonos contra el posible recorte de libertades democráticas suelen ser precisamente los mismos que, en épocas de bonanza, no escatiman su escepticismo respecto a ellas: cuando todo marcha bien son meramente formales, aparentes, carentes de garantías. Pero, tras las bombas, se vuelven preciosas: el Leviatán estatal aprovechará la menor ocasión para arrebatárnoslas... Lo cierto es que la dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la Seguridad Social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué sé yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de derechas. Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya coartada por la incertidumbre o la necesidad.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar las épocas anteriores a la oleada de secuestros aéreos que inició las actuales medidas de seguridad en los aeropuertos: en aquellos días felices se subía uno al avión sin muchos más trámites que al autobús... Y en mis primeros viajes a Londres se fumaba tranquilamente en todos los transportes públicos, incluido el metro, hasta que un incendio fortuito en una estación acabó fulminantemente con tan placentera (para unos) y mortífera (para otros) licencia. Es decir: los proyectos sociales igualitarios imponen ciertas coacciones y los abusos o riesgos de la sociedad de masas restringen algunas privanzas, pero resulta bastante exagerado clamar que cada vez vivimos más esclavizados. La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre los demás. Lo importante es que si desaparecen privilegios o se imponen ciertas incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías fundamentales sobre las que se asienta la democracia (como creo que ha ocurrido en Guantánamo, por ejemplo). Y no olvidemos que algunos de nuestros clásicos -sobre todo los que vivieron períodos de inestabilidad y enfrentamientos civiles- van incluso más allá en la recomendación de amplitud al interpretar las leyes. Por ejemplo, Montaigne: "De verdad, cuando se llega a unas situaciones tan apremiantes que no cabe aguantar más, acaso sería más razonable bajar la cabeza para prestarse un poco a recibir el golpe, en vez de llevar la obstinación hasta sus últimas consecuencias y mostrarse inflexible, porque si no se suelta nada, se da pie a que la violencia todo lo pisotee: cuando las leyes no pueden lo que quieren, más valdría obligarlas a querer todo lo que pueden" (Ensayos, I, XXIII).

Hasta ahora, la amenaza comprobada del terrorismo internacional no ha supuesto en las democracias europeas mutilaciones insoportables de libertades fundamentales, aunque es casi seguro que aumentará restricciones y fastidios de nuestra existencia colectiva en el próximo futuro. Pero debería quedar claro en momentos como los que vivimos que los que ponen en jaque nuestra seguridad y nuestra libertad son los terroristas y no las autoridades que pretenden impedir sus fechorías. Tanto lo ocurrido en Madrid como en Londres indica claramente que ha sido una consideración generosa hasta la negligencia de las libertades de expresión y reunión de ciertos grupúsculos lo que ha facilitado los crímenes que ahora deploramos. En España, las medidas de Garzón y otros contra radicales islamistas fueron denunciadas antes del 11-M como abusos autoritarios destinados a agradar a Bush; en Inglaterra, desde hace más de diez años se permite que líderes radicales lleven a cabo actividades de proselitismo y exhorten al exterminio de los adversarios. Por ello no se entiende muy bien el diagnóstico de Gema Martín Muñoz tras los atentados de Londres: "Ha habido un exceso de celo policial que ha llevado al hostigamiento de las comunidades musulmanas y a interpretar en clave de control policial todo lo que se relaciona con el Islam, fomentando el racismo y perniciosos sentimientos de humillación" (en Al Qaeda y la lucha antiterrorista, EL PAÍS). No parece que tal cosa sea cierta ni en España, ni en Inglaterra, ni en Holanda, por citar tres lugares que han sufrido violencia terrorista recientemente y a distinta escala. No es el celo policial lo que provoca los atentados, sino su ausencia lo que permite fraguarlos.

En su primer discurso tras los crímenes de Londres, flanqueado por todos los líderes del G-8, Blair pronunció una frase cuya aparente redundancia me resultó especialmente expresiva: "Nosotros ganaremos; y ellos, no". Algunos habituales de este tipo de alharacas han reprochado al premier británico reincidir en el enfrentamiento entre civilizaciones, monopolizar etnocéntricamente valores universales, etc. Pero a mi juicio dijo algo a la vez obvio, sensato e importante. El "ellos" que utilizó no se refería a los miembros de una etnia o a los fieles de una religión, sino a los terroristas islamistas. Pero lo que quiso subrayar es que "nosotros", es decir, los ciudadanos de sociedades democráticas, debemos ganar, y que para ello los terroristas no pueden ser ignorados o considerados un fenómeno antropológico, sino que han de ser derrotados. Por supuesto, el terrorismo islamista tendrá sus causas, como todos los aconteceres de este mundo. Algunos pensadores nos han brindado las más profundas: el capitalismo salvaje, la arrogancia de Occidente, la injusticia universal, etc. Me extraña que nadie haya mencionado el Pecado Original, que también tuvo mucho vicio. Por cierto, el nazismo y el estalinismo tampoco carecieron de causas, quizá a fin de cuentas compartieran alguna con el terrorismo actual. En cualquier caso, lo urgente ahora es defendernos de sus ataques y proteger los mejores logros de nuestras sociedades frente a ellos. Algunos recomiendan que hagamos examen de conciencia, ejercicio siempre beneficioso; pero, en las trágicas circunstancias actuales, se diría que quienes más urgentemente deben practicarlo son los miembros de comunidades islámicas que desean vivir compartiendo esos valores democráticos que por fin deben ser reco-nocidos como universales y no eurocéntricos. Son ellos los más interesados en preguntarse por qué parece que su mayor aportación contemporánea a la modernidad política es Al Qaeda y cómo modificar la mala fama que tal parentesco puede propiciarles. Sin duda, nuestros países pueden y deben modificar muchos aspectos de su política exterior, luchar contra la miseria y la ignorancia en cualquier parte de nuestro globalizado horizonte, etc. Pero no precisamente para convencer a fanáticos ávidos de poder y venganza, a los que nunca faltarán justificaciones mientras les sobren armas, sino por razones políticamente más nobles.

Porque es precisamente con la política democrática con lo que quiere acabar el terrorismo. Lo ha señalado Michael Ignatieff en su interesante y polémico ensayo El mal menor: "El terrorismo es una forma de política cuya meta es la muerte de la propia política". Y es tal exterminio el que debemos evitar, desde la cordura de nuestras convicciones pero también desde la firmeza en mantenerlas. Lo más importante intelectualmente hoy no es tanto comprender los motivos de los terroristas, sino los nuestros para resistirles sin emplear sus propias armas. Tengamos claro por qué es imprescindible que en todo el mundo se abran paso los valores democráticos, y ellos, no.

Fernando Savater