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cuatrodecididos

El niño del Tren

Era un niño cualquiera. Subió al tren en Valencia, el otro día, acompañado por su madre. La señora dijo buenas tardes, lo dejó sentado en su asiento y le hizo algunas recomendaciones en voz baja. Después, antes de salir del vagón, nos dirigió una sonrisa a quienes estábamos sentados cerca: un señor en el asiento contiguo y yo al otro lado del pasillo. Una de esas sonrisas que no piden nada, pero que a cualquier persona decente la comprometen más que una recomendación o un ruego. Al quedarse solo, el niño sacó un tebeo de Mortadelo de la mochililla que llevaba, y se puso a leerlo. Con disimulo, eché un vistazo. El zagal debía de tener nueve o diez años. Sentado no tocaba el suelo del vagón con los pies. Era, como digo, un niño cualquiera, de infantería. La diferencia con la mayor parte de sus congéneres estaba en el aspecto e indumentaria: en vez de lucir la habitual camiseta desgarbada, los calzones, las chanclas y la gorra opcional de rapero enano, comunes entre los jenares de su edad y su especie –cosa lógica, por otra parte, cuando los padres visten así–, iba bien peinado, con su raya y todo, llevaba la cara lavada y vestía una camisa azul claro, un pantalón corto beige con cinturón y unas zapatillas deportivas limpias con calcetines blancos. Tenía, resumiendo, el aspecto de un niño aseado, correcto, normal. Un aspecto agradable para la vista. El que cualquier padre con el mínimo sentido común desearía para un hijo suyo.

Al cabo, ya con el tren en marcha, llegó el revisor. El niño dijo buenos días, sacó su billete y le hizo algunas preguntas que, explicó, le había encargado su madre que hiciera. Algo sobre la comida del tren. Llamaba la atención la extrema corrección con la que el niño se dirigía al revisor, usando el por favor y el gracias con una frecuencia nada común en los tiempos que corren. No puede ser, concluí. Es demasiado perfecto. Demasiado educado para ser auténtico. Así que me puse a observar al enano con mucha atención, buscándole las vueltas. Cuando el revisor siguió camino –diré, en su honor, que respondió a los buenos modales del chico con afecto y exquisita cortesía– la criatura sacó un teléfono móvil de la mochila. Un móvil con música y colorines. Ya está, pensé, suspicaz. Ya me parecía a mí. Demasiado perfecto hasta ahora. Nos ha tocado murga telefónica para rato.

Pero me equivocaba. Dejándome ante mí mismo como un imbécil, el niño marcó un número, habló con su madre, y sin elevar demasiado la voz le dijo que en la comida que iban a poner había pechuga, que no se preocupara, que comería. Luego guardó el teléfono y siguió hojeando el tebeo. Pasaron las azafatas con auriculares para la película, con las bandejas de comida, con las bebidas. El niño dijo gracias cada vez, pidió por favor esto y aquello, se bebió su refresco de naranja sin derramar una gota, sin tirar nada al suelo ni molestar a nadie. Luego se puso los auriculares y miró la pantalla. La película era Los increíbles, y le hacía mucha gracia. De vez en cuando reía en voz alta, con la risa fuerte y franca, sana, de niño que lo pasa en grande. A veces se volvía hacia los mayores que estábamos cerca, sonriéndonos cómplice, como para comprobar si disfrutábamos tanto como él. El señor que iba a su lado y yo nos mirábamos sin palabras, a uno y otro lado del pasillo. Aquel chaval era gloria bendita.

Al fin llegamos a la estación de Atocha, el niño cogió su mochililla, se puso en pie, nos dirigió otra sonrisa, dijo buenas tardes y salió del vagón. Caminando detrás lo vi irse ligero por el andén, hacia la salida donde lo esperaban. Eso fue todo. Y nada más que eso, fíjense. Un niño normal, como dije. Un niño correcto, educado. Un niño de toda la vida, nada extraordinario para figurar en los anales de la infancia española. Pero cuando caiga el Diluvio, pensé, cuando llegue el apagón informático o lo que se tercie ahora, cuando llueva fuego del cielo y nos mande a todos a tomar por saco, como merecemos por infames, por groseros y por tontos del haba, espero de todo corazón que este chico se salve. Les doy mi palabra de que eso fue exactamente lo que pensé viendo al niño alejarse. Y con suerte, deseé, que se encuentre en alguna parte con aquella niña del pelo corto de la que les hablé hace unos meses: la que leía un libro, obstinada y solitaria, en el patio del recreo, mientras las otras niñas movían el culo jugando a ser ganadoras de Operación Triunfo.

Arturo Pérez-Reverte

Las guerras de nuestros antepasados

Hay quienes afirman que en España se respira un clima similar al que se extendió en los años previos a la Guerra Civil. La especie ha sido divulgada por los propagandistas del tremendismo, pero también por personas de buena fe que contemplan con alarma la exhumación de fantasmas que ya creíamos saludablemente olvidados, la vindicación de una ‘memoria’ tergiversada que no es sino la coartada del rencor. No participo de esta actitud alarmista; aunque, ciertamente, vislumbro ciertos síntomas de cainismo en la acción de nuestros políticos y ciertos signos de encanallamiento en la convivencia ciudadana que me hielan el corazón. Las circunstancias actuales no son, desde luego, equiparables a las que prefiguraron el conflicto bélico hace ahora setenta años. Para empezar, debemos considerar que en la España de los años treinta el ochenta por cierto de la población vivía en una situación lindante con la pobreza, o decididamente inmersa en sus lodazales; el hambre, que aviva el ingenio, también afila los caninos y exacerba los resentimientos atávicos. Aquel magma de multitudes desesperadas que convirtieron la política en una excusa para el ajuste de cuentas y la crueldad sin cortapisas no existe hoy, afortunadamente; tampoco aquella fascinación insensata y perniciosa –compartida por izquierdas y derechas– hacia ideologías que declaraban periclitada la democracia. En cambio, barrunto que la posibilidad de una ‘tercera España’, superadora de diferencias seculares, capaz de reconocer los yerros y las atrocidades que se perpetraron desde uno y otro bando en aquella remota guerra de nuestros antepasados, capaz también de perdonarlos sinceramente –no desde una vocación de amnesia o escapismo, sino, por el contrario, asumiendo compungidamente su legado–, se empieza a agostar. Quienes nos sentimos hijos de esa ‘tercera España’ contemplamos con algo de ofendida perplejidad el desarrollo de los acontecimientos, molestamente hostilizados por la avalancha de ‘revisionismos’ que insisten en ofrecer una visión manipuladora y parcial de un conflicto que no podrá ser del todo superado mientras no logremos apartarnos las anteojeras de los prejuicios.

A la versión oficial y hegemónica impuesta durante décadas por los vencedores se ha sucedido otra corriente igualmente tendenciosa que mitifica la Segunda República. Esta beatificación un tanto rudimentaria de la causa republicana ha propiciado, a su vez, una reacción airada de quienes proponen una rehabilitación del franquismo. Y uno se teme que, a la postre, en este juego energúmeno y simplificador, la Guerra Civil se convierta en la coartada para seguir alimentando odios ancestrales, en una suerte de metáfora recurrente de nuestra incapacidad para la reconciliación. En los últimos años se han puesto de moda los libros y coleccionables que confrontan versiones opuestas de aquel conflicto, para que el lector ‘elija’ aquella que mejor se avenga con su particular idiosincrasia. Y uno se pregunta si no sería tiempo ya de arrumbar vetustos apriorismos y abordar el estudio de aquel episodio vergonzoso de nuestra Historia como lo que realmente fue, un choque de ideologías nefastas que hicieron de nuestro país el perfecto campo experimental para la imposición de sus quimeras. Frente a esta visión sintética que execre las tropelías de uno y otro bando y abogue por una ‘tercera España’ siempre pisoteada y reducida al silencio, se persevera en las visiones dialécticas y maniqueas que convierten nuestra convivencia en un perpetuo duelo a garrotazos.

Mi abuelo me contaba que perdió un par de hermanos en la Guerra Civil, batallando en bandos adversos. Cuando veo a los españoles atrincherados en posturas irreconciliables, dispuestos siempre a desenterrar a sus muertos y a utilizarlos como arma arrojadiza frente al contrincante, siento una suerte de melancólica amargura por aquellos tíos a los que nunca pude conocer.

Juan Manuel de Prada

La salud de la nación española

EL PAÍS - Opinión - 18-09-2005

Pese a la ofensiva de los nacionalismos periféricos reforzada desde los años finales de la dictadura, pese a las ambigüedades de una parte de las fuerzas políticas democráticas, mi impresión es que la nación española sigue gozando de buena salud. Es demasiado honda la génesis del surgimiento histórico de España, demasiado significativa nuestra vida en común en la modernidad, demasiado profunda la construcción de un orden liberal de 1808 a 1936, demasiado larga la dictadura, suficientemente eficaz la vida de nuestra restablecida democracia, para que la vida de la nación española no alcance un reconocimiento abrumador en el mundo actual. La nación de España, entendida como una comunidad de ciudadanos sujeta a un régimen común de derechos y libertades, espacio de una solidaridad histórica renovada día a día por los avatares de una vida en común, pienso que se sostiene firme, hoy por hoy, por debajo de los datos políticos cotidianos.

Toda la importancia del peso de la historia no nos debe hacer perder de vista, sin embargo, que cualquier construcción política necesita de una renovación cotidiana. Que una nación, una comunidad política construida mejor que inventada, no es una excepción a esta necesidad de rehacer, de reconstruir. Que ni las más sólidas realidades nacionales, y España lo ha sido y todavía lo es, son empresas hechas de una vez y para toda la eternidad.

Nos encontramos hoy en España con unos procesos muy intensos de construcción de unos hechos nacionales distintos al español. A su servicio se han puesto unos gobiernos subestatales que han entendido el Estado de las Autonomías no como un marco de convivencia de distintas sensibilidades nacionales, sino como rampa de lanzamiento para la construcción de unos hechos nacionales que no se satisfacen con su afirmación, sino que prolongan su acción en la negación de la común nación española. Porque negación es, al fin y al cabo, la afirmación de una nación catalana o vasca junto al reconocimiento de una "nación de naciones", España, en la que no cabe ver sino la vieja categoría de un Estado que engloba en su seno auténticas y genuinas naciones.

Si no queremos que la idea de España como nación histórica capaz de englobar a todos sus ciudadanos vaya sufriendo una erosión imparable, será llegado el momento en que, quienes creemos en ella, tomemos conciencia de la necesidad de insuflar un nuevo consenso nacional en la vida de los españoles. Porque ni el más glorioso de los pasados es suficiente para asegurar la vida de una nación. Si esa nación está sometida a un desafío constante y eficaz por poderosas instancias políticas, no es exagerado concluir en la necesidad de un programa de actualización y defensa de la solidaridad nacional para la misma.

Una política en defensa de la nación española debe partir del reconocimiento de la pluralidad consagrada por la Constitución do 1978. La nación española debe aceptar gustosamente su convivencia con unas nacionalidades y regiones que forman parte de ella. Pero el reconocimiento de esta pluralidad no debe suponer la renuncia a impulsar una cultura y una socialización políticas que actualice la solidaridad nacional de los españoles. Es necesario, en primer lugar, que los dirigentes políticos del conjunto de España tomen nota de un problema que no se va a resolver renunciando a una afirmación de la nación común. No se trata de una batalla por palabras, sino de un combate político y democrático por hechos que afectan directamente a la convivencia de todos nuestros ciudadanos. Una comunidad nacional no sobrevive al aislamiento de sus gentes y sus territorios. No se consigue asegurar la especial solidaridad que aporta la pertenencia a una nación sin sentirse parte de una empresa política común, sin reconocerse con una realidad histórica y sociológica en la que todos los nacionales formamos parte. Es necesario que el Estado ponga a disposición de una empresa de renovación nacional los medios indispensables requeridos por una sociedad moderna: medios de comunicación, instituciones culturales y educativas, acción exterior y el trabajo de una Administración común coordinada con las restantes administraciones existentes en un Estado plural.

Se trata de una empresa que no va contra nadie; entre otras cosas, porque una nación española renovada, segura de sí misma, confiada en su futuro, es una nación que puede afrontar nuevos procesos de reparto territorial del poder, que puede entenderse mejor con otras conciencias nacionales existentes en España y que puede garantizar más eficazmente el pluralismo de nuestra sociedad.

La llamada al patriotismo que esta empresa lleva implícita, no tiene nada que ver con la retórica del patriotismo de la dictadura y es posible que tenga escasa relación con el patriotismo de la Restauración. Se trata en última instancia de reconstruir un patriotismo de raíz liberal-democrática al servicio de una comunidad de ciudadanos que no ignora su inclusión en la vida de un viejo Estado europeo. De un patriotismo que no niega reconocimiento al surgimiento de espacios políticos por encima y por debajo de su Estado y su nación. Pero que no dimite de su responsabilidad de aportar un cemento para el afianzamiento de la vida de sus comunidades políticas en tanto éstas sigan jugando un papel significativo en la vida de sus ciudadanos.

No se trata de inventar un nuevo patriotismo. Puestos a inventar, quizá necesitaríamos una nueva palabra, libre de las adherencias de estas últimas décadas, para describir la idea. Se trata más bien de dar continuidad a una larga tradición española. Iniciado con el reformismo ilustrado, es el patriotismo español que aflora en el proceso gaditano, que se mantiene en nuestra tradición liberal progresista, que se expresa en la obra de Larra, que da un hilo conductor al sexenio revolucionario, que sigue con la tradición liberal en la Restauración, que expresa el republicanismo español, que ilustra el pensamiento krausista-institucionalista, que tiene su reflejo en la obra de Pérez Galdós, que construye nuestra historiografía liberal, que se manifiesta en buena parte de los escritores regeneracionistas y de la generación del 98, que en el primer tercio del siglo XX teorizan autores como Ortega y Gasset y el propio Azaña, que apoya lo mejor de la tradición socialista del siglo XX, que se cultiva en el exilio exterior e interior de la dictadura franquista. No son precisamente antecedentes lo que le falta a la izquierda para redescubrir un patriotismo cuya ausencia se hace sentir hoy en la vida española. Este patriotismo liberal-democrático deberá convivir, no solamente con los nacionalismos periféricos que se afirman con la crisis final del siglo XIX, sino con otras tradiciones del patriotismo español ligadas a visiones más conservadoras. Pero reivindicando en todo caso su derecho a manifestarse en la vida española de los inicios del siglo XXI.

Andrés de Blas Guerrero

Verdad

Un soldado que se encontraba en el frente fue rápidamente enviado a su casa, porque su padre se estaba muriendo. Hicieron con él una excepción, porque él era la única familia que tenía su padre.

Cuando entró en la Unidad de Cuidados Intensivos, se sorprendió al comprobar que aquel anciano semiinconsciente lleno de tubos no era su padre. Alquien había cometido un tremendo error al enviarle a él equivocadamente.

"¿Cuánto tiempo le queda de vida?", le preguntó al médico.

"Unas cuantas horas, a lo sumo. Ha llegado usted justo a tiempo".

El soldado pensó en el hijo de aquel hombre moribundo, que estaría luchando sabe Dios a cuántos kilómetros de allí. Luego pensó que aquel anciano estará aferrándose a la vida con la única esperanza de poder ver a su hijo antes de morir. Entonces se decidió: se inclinó hacia el moribundo, tomó una de sus manos y le dijo dulcemente: "Papá, estoy aquí; he vuelto".

El anciano se agarró con fuerza a la mano que se le ofrecía; sus ojos sin vida se abrieron para echar un último vistazo a su entorno; una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro, y así permaneció hasta que, al cabo de casi una hora, falleció pacíficamente.

Tony de Mello

La experiencia es eso que no consigues
hasta que ya no lo necesitas

Meditación de La Moncloa

De entre todo el alud de publicaciones, conferencias, seminarios y exposiciones con que se está conmemorando el cuarto centenario del Quijote, destacan por mérito propio los trabajos dedicados a releer la interpretación que hace casi un siglo avanzó Ortega y Gasset de nuestro mayor mito nacional. Es verdad que la orteguiana es una reconstrucción sesgada de la gran novela cervantina que, según propone Anthony Close (en una línea algo distinta a la de Mijaíl Bajtin), habría que leer en clave de humor costumbrista y no de trascendencia romántica, como se ha empeñado en hacer la filología española secundando al idealismo alemán. Pero si bien Ortega tampoco escapó al melodramatismo de la tragedia nacional, tal como habían hecho sus predecesores del 98 (Ganivet, Azorín, Unamuno, etcétera), lo cierto es que su interpretación es lo suficientemente sofisticada como para merecer la entusiasta revisión que ahora le dedican especialistas como Pedro Cerezo, José Lasaga, José Luis Villacañas y José Luis Molinuevo, quienes releen las Meditaciones del Quijote a la luz de otros textos relacionados, como la reconstruida Meditación de El Escorial.

Simplificando mucho, el Quijote es para Ortega el mito mayor de la cultura española, al que se debe comparar con los demás mitos análogos, como el de Don Juan o El Escorial, para construir con ellos un esbozo de lo que cabe llamar ideología española. Por este concepto cabe entender la versión española del idealismo alemán, que conduce a perder el contacto con la realidad objetiva de las cosas. Recuérdese el axioma de Ortega: "Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a éstas, no me salvo yo". Pues bien, el idealismo consiste en interpretar la realidad circunstancial sólo a partir de la subjetividad y el voluntarismo de cada yo particular. Pero esta ruptura con la realidad es celebrada por el idealismo español de dos formas aparentemente contrapuestas, pero en el fondo idénticas. O bien se falsifica la realidad para sustituirla por un utópico ideal imaginario, como hace el protagonista del Quijote, o bien se reniega de ella para destruirla con egocéntrica agresividad, como hacen Don Juan y los demás héroes nihilistas del fatalismo trágico de la España negra. Pero en ambos casos se impone un voluntarismo unilateral sin objeto ni razón, que sólo conduce a la ruptura con el objeto (falsificación alucinatoria de Don Quijote) o a la ruptura del objeto (nihilismo iconoclasta de Don Juan). Y frente a este vicio tan español del voluntarismo unilateral, que se manifiesta tanto a escala personal (individualismo) como colectiva (el particularismo de la España invertebrada), Ortega propone como antídoto y ejemplo de virtud española el objetivismo de Velázquez y el perspectivismo de Cervantes, cuyo pluralismo multilateral (alcionismo) le permite dar cuenta y razón a la vez de todas las visiones posibles de las cosas.

Creo que esta síntesis orteguiana de la ideología española es tan certera como lúcida. Y más allá de su origen en el análisis de las obras culturales, también puede aplicarse a la realidad política, tanto histórica como contemporánea. No hay espacio aquí para desarrollar la evolución del quijotismo y el donjuanismo políticos desde 1600 (pérdida de la hegemonía europea e inicio del ensimismamiento y la tibetanización), tal como pretendía Ortega cuando denunciaba las peores consecuencias del particularismo de la España invertebrada. Pero en su lugar sí se puede hacer el ejercicio intelectual de rastrear ambos vicios políticos, donjuanismo y quijotismo, en la actualidad española. En el escenario de nuestra flamante democracia, ¿quién hace de Don Juan, quién de Don Quijote y quién de Cervantes?

En cuanto al donjuanismo político, la pregunta que habría que hacerse es quién no hace de Don Juan en nuestra comedia nacional, donde la voluntad de desacreditar al adversario para destruir su reputación es el común denominador que iguala a toda nuestra clase política: aunque sólo sea a este respecto, sí que parecen los mismos perros con distintos collares, ladrando todo su rencor por las cuatro esquinas. Pero si bien la pugna por deshonrar al adversario es general, hoy destacan por su agresivo nihilismo los que podemos llamar los talibanes de la política, cuyo único programa es la destrucción del rival. Y con este epíteto no me refiero sólo a la fracción de CiU que se conoce por ese nombre (conjurada para impedir que el tripartito de Maragall reforme por consenso un nuevo Estatut constitucionalmente viable), sino en general a todos los portavoces de los partidos, y en particular a los especialistas del PP, que están dedicados a tiempo completo a sembrar el odio y la desconfianza. Y aquí se lleva la palma, como es notorio, el iconoclasta señor Aznar, un talibán profesional que ha consagrado su vida a renegar de todos aquellos que no se plieguen a su voluntad.

Respecto al quijotismo político, su máxima representación se suele atribuir al famoso talante de ZP, con su buenismo profesional, su idealismo utópico defensor de los derechos de los más débiles (mujeres, homosexuales, inmigrantes, etcétera) y su autoproclamado optimismo antropológico. Pero esta máscara quijotesca podría no ser otra cosa que una imagen mediática, destinada a componer la figura mientras el auténtico Rodríguez Zapatero (como Alonso Quijano disfrazado de Don Quijote) hace lo que puede para encubrir su debilidad política. Enseguida volveré sobre esto. Pero mientras tanto hay que advertir que los verdaderos quijotes de nuestra comedia política son todos aquellos nacionalistas que, confundiendo sus prosaicos territorios con gigantes históricos, pretenden inventarse cada cual su particular Estado-ficción, auténtica Ínsula Barataria que les permita evadirse de la realidad española. Para eso construyen Estatutos disfrazados de Constituciones como si fuesen castillos en el aire o en la arena, mientras los honrados sanchopanzas, así como los demás mesoneros y molineros, se quedan perplejos al advertir las alucinatorias fantasías de sus señores. Pues hoy Don Quijote se llama Maragall, Ibarretxe o Carod Rovira.

Y queda Cervantes, el autor escondido tras sus personajes que no parece tener perspectiva propia porque hace suyas a la vez todas las de sus criaturas de ficción, por contradictorias e incompatibles que sean éstas entre sí. ¿Qué actor político asume hoy en España esta perspectiva pluralista y multilateral que Ortega denominó alcionismo? Nadie más que Rodríguez Zapatero, a quien la oposición acusa de falta de liderazgo porque carece de posición política propia, siendo su único programa el dialogar con unos y con otros dejando que todos se relacionen entre sí a su particular albedrío. Es la metáfora de la España plural, con la que Cervantes y Zapatero parecen confundirse a la espera de salvarse a sí mismos (como Ortega quería) si salvan a todas sus circunstancias, por plurales y adversas que éstas sean. Pero hay una diferencia entre ambos, y es que Cervantes no era nada más que un novelista (aunque llegara a ser el primero de todos) obligado a servir a sus lectores, mientras que Zapatero es nada menos que un gobernante obligado a ejercer el poder que le confiaron sus electores.

Enrique Gil Calvo

No sigas las huellas de los antiguos
busca lo que ellos buscaron.

Matsuo Bashoo

El desgarro de Rodríguez

El desgarro de Rodríguez

Una de cal y otra de arena...

PUEDE que lo que tenga sea un esguince, no digo que no, pero lo que los médicos deberían diagnosticarle al veraneante Rodríguez es un desgarro en toda regla. Un esguince es un esguince y un desgarro es un desgarro. Pueden cursar juntos, pero el concepto segundo es un tanto más amplio que el primero porque afecta a más territorios que el meramente articular. Paso a explicarme. Llega nuestro hombre a su merecido palacio de verano, una casa del Patrimonio Nacional a la altura de su cargo, y poco después de haberse llevado la magnífica impresión que deja un paisaje con los indigentes e inmigrantes urgentemente desalojados de los caminos al efecto de no lesionar su sensibilidad de civilizaciones aliadas, va y se tuerce el pie. Ya es mala suerte. Con las ganas que tenía que hacer deporte. No tanto de subir y bajar de los barcos con la facilidad que demuestra el atlético Aznar, recientemente fotografiado en la cubierta del yate del macarra este de la Fórmula Uno del que me siento incapaz de escribir bien su nombre; lo de Rodríguez es más el deporte base, la natación abierta, la canasta juguetona, la petanca felipista.

Mantengo, sin embargo, que los síntomas de la torcedura no hacen sino camuflar el desgarro que, en puridad, padece el hombre sobre cuyas rodillas descansa el peso de la Nación. El desgarro puede padecerse en el menisco -cartílago en sí-, en la retina o en otras zonas que se vean sometidas a tracciones indebidas y un tanto violentas. Sí, también ahí. Ser de izquierdas, estar por las alianzas, dialogar permanentemente con el talante y su circunstancia, hacer política bonita y que se te muera un detenido en dependencias policiales como si fueras un simple gobierno de derechas crea desgarro. Que el director de la Guardia Civil que nombró ese adversario tuyo que metiste en el gobierno para tenerlo a ojo, meta la pata y la retuerza, crea desgarro. Ser ecologista, antinuclear, conservacionista y que se te quemen tantos bosques o más que a esos anteriores gobiernos que lo que quisieran es urbanizar la Amazonia, crea desgarro. Que te quieran fiscalizar la actuación por estos dos motivos anteriores no digamos lo que crea. Que a la pantomima de comisión de investigación por lo del incendio de Guadalajara acudan unos cuantos amiguetes del Gobierno con menos papeles que una liebre y que te critiquen por ello, crea desgarro. Ser tolerante, dialogante, bienintencionado y pacificador y que la banda supuestamente política que representa a los terroristas con los que quieres llegar a un acuerdo te monte unos numeritos veraniegos de terrorismo callejero y te convoque una manifestación en San Sebastián, crea desgarro en todo tipo de cartílagos. Pero que tu socio, el tipejo este al que desprecias un poco -pero con el que te tienes que entender porque tú eres el adalid del trato y de la negociación pero él es el que tiene el llavero en el bulto del bolsillo-, te diga día sí, día no, que en cualquier momento te deja tirado en la alfombra, también desgarra. Que los cachondos de los parados españoles crezcan en número en un mes en el que lo normal es que bajen, hace que te crujan las fibras conectivas de múltiples zonas corporales. Y encima que tu correligionario Blair se dedique a echar clérigos musulmanes de su país con la intención de protegerlo mientras tú no haces sino coger tu guitarra y ponerte a cantar melodías de amor fraterno entre civilizaciones, aboca a cualquiera al doloroso desgarro de la comparación.

Mucha leña para un solo verano. Eso no hay círculo de voluntades y propósitos que lo aguante. Oigo sus ayes desde aquí y creo distinguir en esas voces el dolor físico por la rotura fibrilar y el anímico de quien siente que abusan de su bondad creyéndole un chico fácil.

Carlos Herrera