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cuatrodecididos

Suburbia

En el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
hay una fuente luminosa un surtidor
que alza convicciones de colores
y es lindo contemplarlas y seguirlas

en el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
hay un dolor que palmo a palmo
va ganando su tiempo
y es útil aprender su huella firme

en el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
la muerte queda lejos
la calma tiene olor a lluvia
la lluvia tiene olor a tierra

esto me lo contaron porque yo
nunca estoy en el centro de mi vida


Mario Benedetti

Elogio del ladrillo

Elogio del ladrillo

La construcción podrá seguir siendo un puntal del modelo económico siempre que haga de la sostenibilidad su motor. El medio ambiente y el paisajismo deben convertirse en el corazón crítico de la arquitectura


Menos ladrillos, más ordenadores". El presidente José Luis Rodríguez Zapatero eligió la plaza de toros de Vista Alegre, el pasado 10 de mayo, para acuñar el lema del nuevo modelo económico que propugna. Tras el desplome del sector inmobiliario, la primera parte del programa está garantizada; no es tan seguro que la segunda pueda alcanzarse con sólo voluntad política. Ladrillo es una forma abreviada de referirse a la construcción, y posee abundantes connotaciones negativas, ya que en el uso común se asocia a la edificación excesiva y a la promoción especulativa; ordenador, por el contrario, remite al mundo fascinante de la Red, y sirve como signo de la nueva economía del conocimiento.

Censurar los abusos inmobiliarios y preconizar la modernidad informática suscita el aplauso fácil, pero no es seguro que dibuje un modelo verosímil: por un lado, la construcción no merece el papel de chivo expiatorio de la crisis, ya que ha sido un motor de la prosperidad española durante muchos años, y desempeñará sin duda un papel relevante en el futuro económico del país; por otro, el desarrollo basado en la innovación y el conocimiento difícilmente puede ofrecer resultados a corto plazo, habida cuenta de la precariedad actual de las universidades y la investigación, necesitadas de una reforma educativa desde los cimientos que sólo puede dar frutos tras décadas de esfuerzos.

Si España debe de mirar hacia Florida o hacia California es una discusión añeja, pero en cualquier caso la capacidad de elección viene condicionada por nuestros recursos geográficos, técnicos y humanos, que determinan las ventajas competitivas de los diferentes sectores, y no parece que el de la construcción sea el más ineficaz.

Desde luego, las 800.000 viviendas anuales que llegamos a alcanzar hace bien poco formaban parte de una burbuja especulativa creada por el exceso de liquidez y la canalización del ahorro hacia la inversión residencial, pero alimentada también por la demanda de la población inmigrante en las ciudades y de los europeos acomodados en las costas.

Tras el estallido de la burbuja, nada hace pensar que la construcción no pueda seguir siendo -junto con el turismo, la banca comercial o las energías renova-bles- un puntal del modelo económico. Deberán levantarse menos viviendas nuevas y menos edificios institucionales ostentosos, habrá de prestarse más atención a la rehabilitación o reforma de lo existente, y será imprescindible que la sostenibilidad impregne tanto la construcción como el urbanismo, situando el medio ambiente y el paisajismo en el corazón crítico de la arquitectura; pero el hoy denostado ladrillo continuará soportando el empleo y el bienestar de los españoles.

Dos semanas más tarde que Zapatero, el ministro de Fomento, José Blanco, formuló en el Congreso de los Diputados su propio lema departamental: "Menos puentes de Moneo y más infraestructuras". El mensaje, más allá del desliz de confundir a Moneo con Calatrava, matiza y en parte contradice el del presidente del Gobierno. Por una parte, se declara a favor de las infraestructuras, lo que supone apoyar la construcción, aunque más en su variante ingenieril del cemento que en su versión arquitectónica del ladrillo; entendido de esta forma, viene a ser una reiteración de las políticas neokeynesianas que procuran reanimar la economía con el electroshock de las obras públicas, de manera que el endeudamiento del Estado reemplace con cemento público el desfallecimiento del ladrillo privado.

Pero, por otra parte, manifiesta su oposición a la autoría, lo que puede interpretarse como desconfianza ante esa economía del conocimiento y la excelencia que Zapatero parece defender o, más benévolamente, como simple rechazo del despilfarro que con frecuencia se asocia a los proyectos de autor. Por desgracia, ese despilfarro se produce demasiado a menudo, pero, en la mayor parte de los casos, más por la ineficacia de la gestión y el descontrol de los procesos que por incompetencia o descuido de los arquitectos, a los que tradicionalmente se les ha inculcado -como solía decir el desaparecido maestro Alejandro de la Sota- que deben dar liebre por gato: ofrecer a la sociedad y al usuario más esfuerzo y rigor que los habitualmente demandados por el cliente público o privado.

Acaso sea el momento de recordarlo sin jactancias: si nos guiamos por el ranking internacional más difundido, es fácil hallar media docena de arquitectos españoles -y a menudo un número mayor- entre los cien más destacados del mundo; por lo menos en este asunto de las listas, la arquitectura está acercándose al nivel del tenis, y los medios se ocupan de sus éxitos en el extranjero con la misma devoción que merecen las victorias deportivas.

Sin embargo, y en contraste, no existe ninguna universidad española entre las cien primeras de los rankings más respetados; hay, es cierto, escuelas de negocios con proyección y prestigio internacional, pero ninguna universidad como tal alcanza a pasar el corte del top cien. ¿No sería una forma más eficaz de promover la economía del conocimiento proponerse un objetivo alcanzable y verificable como, por ejemplo, situar tres universidades españolas entre las cien mejores del mundo en un plazo de 20 años?

El tiempo necesario para materializar estas ambiciones intelectuales y científicas desborda probablemente los ciclos cortos de la política electoral, pero el objetivo está en proporción con nuestro peso demográfico y económico, de manera que sólo las pequeñas mezquindades partidarias podrían dificultar su logro. En cualquier caso, y mientras eso no suceda, los arquitectos -y los tenistas- serán los representantes de la excelencia española en el mundo.

A muchos les resultará paradójico que se defienda el ladrillo como parte de la economía del conocimiento, pero lo cierto es que, junto a los intolerables abusos de la codicia inmobiliaria, en este sector ha habido muchos episodios modélicos y muchos ejemplos de liderazgo, por lo que no parece sensato fustigarlo sin motivo desde el poder, sea a cuenta de la seguridad de Barajas o de los puentes de Moneo.

Más contradictorias con los objetivos declarados de configurar una economía verde son desde luego las subvenciones al automóvil, que se han aceptado con docilidad por entenderlas coyunturales o de emergencia, pero que actúan en sentido contrario a las políticas nominalmente defendidas por el Gobierno. El automóvil, como generador del urbanismo disperso, es el principal enemigo de la sostenibilidad, pero todavía no acaba de entenderse bien que los bloques atroces de Paco el Pocero son ecológicamente menos lesivos para el territorio que las extensiones interminables de chalés o adosados. Más que los colectores solares en los tejados, lo que hace a una ciudad sostenible es la densidad, un objetivo incompatible con la suburbanización contemporánea.

En los próximos años, como sostiene Carlos Slim, probablemente nuestra tarea sea crear empleo incluso en ausencia de crecimiento, y en ello la construcción puede ser un instrumento fundamental, y no sólo porque las rehabilitaciones y remodelaciones que van a protagonizar el futuro inmediato son más intensivas en trabajo que la obra nueva, sino porque mucho de lo que debe hacerse tiene casi el carácter de crecimiento negativo: un urbanismo del despojamiento, que elimine todos los elementos innecesarios o agresivos del paisaje urbano, desde las vallas publicitarias hasta el mobiliario redundante, limitando la presencia del automóvil y amortiguando con vegetación los errores del pasado; y una arquitectura de lo esencial, que valore la continuidad física e histórica, y que sepa dar más por menos.

Quizá es cierto que necesitamos menos ladrillos, pero sobre todo necesitamos ciudades más sostenibles; y quizá también necesitamos más ordenadores, pero sobre todo necesitamos mejores escuelas. Contribuyendo a la creación de empleo y a la competitividad del país, la arquitectura -el ladrillo- puede suministrar más eficacia, más placer y más belleza. Nuestras vidas son necesariamente breves, pero no es imprescindible que además sean brutales.

Luis Fernández-Galiano es arquitecto.

Y que paren los tanques

Y que paren los tanques

Los días de Suárez


La enfermedad de Adolfo Suárez ha convertido al ex presidente en un ser sobre el que se vierten realidades y leyendas a las que él no puede responder; ni las puede contar ni las puede desmentir. Alrededor de su figura silente, sin embargo, flotan anécdotas o sucesos que la historia va perfilando, y que convierten su época en un territorio en el que se mezclan la ilusión, la intriga y el navajeo, en gran parte en el seno de su propio partido, que al fin le hizo tirar la toalla. Aquí se reúnen, recogidas de testimonios fiables, a veces contradictorios, muchas veces próximos, algunas de las anécdotas que en su tiempo fueron metáforas de la vida de España, en una época en que los militares vigilaban su acción democratizadora y sus correligionarios trataban de someter su huella a un barrido permanente. La evidencia de que Suárez está ausente añade misterio a los sucesos, sobre los que se alimenta una bruma que él mismo ya no podrá despejar.


» "Mi General, no se lo crea". Franco le dijo a Adolfo Suárez, cuando éste acababa de ser nombrado gobernador civil de Segovia:

-Dice usted que la provincia está mal. Pues yo voy y me vitorean.

-Mi general, no se lo crea.

Franco lo sabía, pero Suárez le refrescó la memoria. "Ya sabe usted cómo se preparan esas visitas. Las aclamaciones las preparamos muy bien".

-Bueno, Suárez -le dijo Franco-, espero que no haya venido sólo a traerme problemas. Deme soluciones.

-Si usted me deja usar su nombre un día la provincia se arregla.

-Es usted muy audaz, Suárez. Hágalo, y luego me cuenta.

Y el joven gobernador civil se fue a ver a Laureano López Rodó, director del Plan de Desarrollo, correligionario de Fernando Herrero Tejedor, del Opus, el hombre que le había recomendado a Franco.

-Me ha dicho Franco que debemos declarar Segovia Provincia de Acción Especial.

-Eso es una barbaridad. ¡Cien millones de pesetas de libre disposición!

-Pues llame usted al Pardo y se lo explica al general.

López Rodó fue más astuto: hizo que su secretario llamara al Pardo: "¿Ha estado por ahí Adolfo Suárez?". Había estado, "acaba de salir".

Franco le envió después a Segovia al joven Príncipe. Don Juan Carlos fue con su cuñado, Constantino, a comer a Cándido. Le esperaban las cámaras de TVE, y un exultante gobernador.

Hubo química. El príncipe le pregunta al gobernador lo que Franco ya le había preguntado, qué habría que hacer cuando se produzcan "las previsiones sucesorias".

Fue entonces cuando Suárez le prepara un papelito que ahora está entre los papeles de Suárez (y del Rey). Algunos lo han visto; otros niegan su existencia. Suárez lo cita: "Este proyecto político, que tenía concretado incluso por escrito, en notas y esquemas, era conocido -y pienso que compartido- por algunas de las más altas instancias del Estado, y lo expliqué a todas las personas a las que ofrecí formar parte de mi primer Gobierno y que me interrogaron sobre el diseño político de la etapa de gobierno que se abría". Lo dijo en Diario 16 en 1983. Aún hoy se discute si existe o no.

Según quienes sí lo han visto, en el papelito se establecen las líneas maestras de la Transición. Devolución de la soberanía al pueblo. Una Constitución acordada por todos. Amnistía. Partidos Políticos.

Era finales de 1969. Siete años más tarde el papel iba a resurgir, en manos de don Juan Carlos, que ya era Rey. Se lo dio a Suárez, después de darle un susto, el día en que lo eligió presidente del Gobierno.


» Por "Un desastre sin paliativos". La herencia de Franco fue Carlos Arias Navarro. Con él en la presidencia del Gobierno era muy difícil poner en marcha el papel de Segovia. Y el Monarca se valió de un periodista extranjero para dinamitar al heredero. Don Juan Carlos dijo que Carlos Arias Navarro era "a resounding disaster", un desastre sin paliativos. Arias era un personaje incómodo, representaba al Régimen, era un obstáculo para la amnistía, para la creación de partidos políticos... Dimitió, y comenzó en efecto el proceso sucesorio que Franco había querido dejar atado y bien atado...

Suárez sabía que iría en la terna, y los otros cuyos nombres llegaron al Consejo del Reino (Areilza, López Bravo) creían que el nombre del ex gobernador, cachorro del Régimen, ligado al Movimiento, era una manera de completar una lista. Torcuato Fernández Miranda cumplió la misión; y pronunció esa frase que la historia ha consolidado como la expresión que explica mejor que nada la voluntad que tenía el Rey de nombrar a Suárez presidente del Gobierno: "Estoy en condiciones de dar al Rey lo que el Rey me ha pedido".

Las grandes familias (Areilza, López Bravo) se habían dedicado a debilitarse mutuamente, a batir al contrario, y el advenedizo se quedó con el cetro. Un cuarto hombre, Manuel Fraga Iribarne, se había quedado lejos de la pugna, y en ello veía la sombra del ex gobernador. Un día le dijo en los baños del Congreso:

-Jamás te perdonaré que me hayas jubilado doce años antes.

Y entre los que aspiraban era Areilza el que se suponía más seguro. La leyenda dice que en uno de aquellos días alguien llamó a su casa, y alguien respondió:

-El presidente está descansando.


» "Señor, arreglando unos papeles". A Suárez le parecía evidente que el Rey quería que fuera su primer ministro, pero el Rey le hizo sufrir. Era julio, y la familia se fue a Baleares, a buscar sitio donde pasar agosto. La terna había sido dilucidada, y el resultado estaba en manos de don Juan Carlos. Sábado, un día sin gloria, y el ex gobernador que le entregó aquel papelito en Segovia despachaba sus nervios más que sus asuntos en la casa familiar, en Puerta de Hierro. "Este tío no me llama".

A las tres de la tarde llamó el Rey. ¿Qué haces? "Aquí, ordenando unos papeles". Vente para acá.

Acá era el palacio de La Zarzuela, un lugar lleno de vericuetos, pasillos y antedespachos. Le pusieron en un despacho solitario; en un aparcamiento inmenso había quedado empequeñecido su Seat 127, y él se sentía empequeñecido. Hasta que un grito -"¡Uhhhhh!"- le despierta del sopor y le provoca finalmente una carcajada. Es el Rey, que le quiere asustar. No le dice nada; se sienta ante una mesa de despacho y de un cajón saca un papelito. Le dice:

-Esto que me dijiste en Segovia hay que llevarlo a cabo.


» "Es tu oportunidad". El papelito dice (según quienes lo vieron, o lo citan) que hay que desmontar el Régimen, más o menos.

Él está capacitado para el haraquiri, porque forma parte de la corte que se quiere desmontar, la corte del franquismo. Y cuando el haraquiri se produjo de hecho (en las Cortes) se pudo ver en la televisión su rostro. Uf, lo hemos hecho. Esto va a poder ser. Eso dijo. No está grabado, pero eso dijo. Esto va a poder ser. Ahí nació la transición, que él llamaba La Transición. Federico Ysart, un destacado colaborador de él, le regala un cuento de El Capitán Trueno, cuenta Carlos Abella. Es un momento culminante. Él está feliz, y le van a odiar. Esa noche se afilan al tiempo la admiración y el odio. Él lo sabe.

Su compromiso democrático fue inminente, caliente todavía el cuerpo místico del franquismo: habrá elecciones libres en el plazo de un año. Las adelantó, casi sin haber organizado un partido político que él pudiera usar como su propia plataforma. Es lícito pensar que hasta el Rey tembló: o sea, se monta el equipaje de una democracia y el país queda en manos de los socialistas y de los comunistas (éstos aún eran ilegales), que son los únicos que están organizados.

Quizá ese aliento de las alturas convenció a Suárez para formar Unión de Centro Democrático, acuciado también por la evidencia de las encuestas: si no se presentaba, o si presentaba la derecha que venía de Franco (Fraga y los suyos), el triunfo socialista iba a ser redondo, rotundo.

Es lícito pensar que diría para sí que esa era una oportunidad, que no sería muy inteligente desperdiciarla. Alrededor había voces que le animaban a desanimarse: eres el presidente interino, no te aproveches de tu interinidad. Esas voces provocaban una coalición en torno a Fraga. "Nos equivocamos, con esto nos equivocamos".

Descartada la idea de la mayoría natural, Suárez se quedaba al mando del centro, que según su criterio era el único que podía aglutinar más votos que Felipe y Carrillo. En febrero de 1977 Suárez tiene sobre la mesa un macrosondeo que le da la victoria a González sobre la coalición de Fraga; y es entonces cuando se produce la inquietud que acelera la construcción de UCD. Una construcción precipitada en cuya virtud (electoral) llevó su penitencia (de futuro): una aglomeración cuyo cemento era Suárez..., hasta que dinamitaron el cemento desde todos los sectores de esa entente.

Y ahí estaba el Ejército, que entonces era el de Franco, y no el de 1982. Vigilante, el Ejército que luego dio un golpe y varias intentonas. Vigilando a Suárez, que estaba enfrascado en crear un partido sin darse cuenta de que estaba creando, también, una reunión de notables y que cada uno iba a ser de su padre y de su madre. Suárez los sumaba, todavía, y optó por aquella frase, "puedo prometer y prometo", para contarles a los ciudadanos que en efecto él era el garante de aquella amalgama.

Era una jaula de grillos, pero ganaron. Uno de aquellos gallos en el gallinero de UCD le envió a Suárez, cuando empezaron a escucharse los ruidos que dinamitaron UCD, un volumen de primero de Derecho. Para que aprendas. La ironía fue un símbolo de ironías más gruesas. Era un político, no era un intelectual; las familias quisieron afeárselo. Pero él quiso seguir, hasta la Constitución, en 1978. Desde entonces aquel tipo siente en su rostro, en sus discursos, en su vida cotidiana, la decepción.

Y en 1980, en agosto, ya empieza a decirle a sus íntimos que está harto, que se va. Está harto de gestionar la normalidad en que se ha instalado el partido; sabe que ya está construido el esqueleto del Estado, pero él no es feliz. Y la normalidad es un puñal tras otro. Afilados. Está tocado. La melancolía no se combate con café con leche y tortilla francesa. Pero él trata de combatir así al ogro del desafecto.


» "Que el Ejército maniobre". Lo que Suárez ve alrededor, el día electoral de 1977, es que excepto Fuerza Nueva todo el mundo rema hacia una ilusión que entonces no se llamaba aún movida. La campaña ha sido rudimentaria, hecha casi con el boca a boca. Y en La Moncloa sigue los resultados desde una pequeña terminal de ordenador cuya pantalla desprende letras de fósforo verde... El resultado es su triunfo, y un alivio, parece, para el Rey.

Había ganado las primeras elecciones. Estaba en condiciones de decir que había acabado él, que fue uno de sus epígonos, con el franquismo. Sus aliados para gobernar aquel país que tenía al Ejército vigilante no estaban en la derecha, él lo sabe, estaban en Santiago Carrillo. La relación había sido rara, y pactada. Con Felipe González desarrollaría más tarde una relación más frecuente, pero Carrillo era un confidente más fiel, o más cómodo o seguro para él. Si la derecha extrema (que quería perpetuarse) hubiera sabido de la frecuencia con que se encontraban, el país a lo mejor hubiera sido aún más explosivo.

Se juntaban en las reuniones de Carrillo y Suárez el que hizo la guerra y era antifranquista y el que no la hizo y fue franquista. Sabemos qué pasó, no queremos que se repita. Y Carrillo quería una contrapartida obvia: que el PCE fuera legalizado. No podían celebrarse las elecciones democráticas con su fuerza política en la penumbra. Suárez también lo sabía. Pero quería prendas. Carrillo tenía que aceptar la Monarquía parlamentaria, la Corona. A Suárez no le importaba demasiado que Carrillo no se fiara de un hombre del Régimen. "No importa, no te fíes. Dilo. Me viene bien que lo digas. Ponme verde. No se te ocurra elogiarme".

El pacto fue en casa de José Mario Armero, el presidente de Europa Press. Fumaron hasta el amanecer. Carrillo aceptó la bandera, renunció a la República..., si el clima hubiera seguido así ¡hubiera aceptado hasta el crucifijo!

Y así hasta que se produjeron aquellas renuncias comunistas que fueron cayendo como la ceniza de los incontables pitillos. Carrillo iba a ser legalizado. Y Suárez iba a ser amigo suyo (en la clandestinidad; una amistad aparente era un suicidio..., los militares vigilaban).

Venía el Sábado Santo de 1977, poco antes de las elecciones, y el Ejército seguía vigilante, siguió vigilante. Suárez sabía que el Ejército iba a reaccionar si no actuaba con sigilo, o con audacia. Eligió la audacia, no bastaba con hacerlo en Semana Santa.

Él seguía teniendo muy buenos amigos en Ávila, su tierra natal, y los tenía también en la Academia de Intendencia. Buscó complicidades, allí y aquí, y organizó para abril unas maniobras militares de todas las unidades de Madrid.

Para qué, Adolfo.

Él no lo dijo entonces, ni se dijo en aquel momento, nadie lo sospechó en ese instante. Pero en la secreta intención del presidente estaba dejar sin reservas (de gasolina, de armas) los tanques del Ejército.

Así no podría haber movimiento de tropas..., y llegó el Sábado Santo y Suárez pudo ofrecerle a Carrillo (y a los comunistas, y en realidad a la sociedad española) el triunfo principal de su mus democrático: la legalización del PCE. Sin que el Ejército pudiera, aunque hubiera querido, mover pieza.

Cuando se repuso del susto el Ejército, o muchos de sus mandos, ya Carrillo había hecho su rueda de prensa..., "poniendo a parir" a Adolfo Suárez. Lo acordado, una cosa, la legalización, y la otra, arremeter contra el amigo presidente. "Si me pones bien me hundes".


» El papelito. Se habla mucho del papelito que Suárez le hizo al Rey cuando éste era el Príncipe. ¿Lo han visto otros, aparte de ellos dos? Quizá lo vio Torcuato Fernández Miranda; es posible que lo haya visto Fernando Abril Martorell, que fue amigo y vicepresidente de Suárez; y es probable que lo haya visto Constantino de Grecia, el cuñado del Rey. ¿Existió? Un libro de José Ramón Saiz de 1979, el año de las primeras elecciones democráticas, asegura que sí. Lo dice: "Sus ideas claras, imaginación y juventud, despertaron una gran atención de don Juan Carlos. Fue entonces cuando Adolfo Suárez elevó al Rey un informe sobre el desarrollo político de la transición". Según este testimonio, fue dos años antes de ese nombramiento cuando el Rey hizo el encargo. Carlos Abella cuenta también (en su biografía ahora reeditada por Espasa) la trayectoria de ese papel. Franco le había preguntado a Suárez cuando éste le fue a presentar a la junta directiva de la Unión del Pueblo Español. "Esta asociación política", le dijo Suárez a Franco, "no es más que un embrión imperfecto e insuficiente del pluralismo político que será inevitable cuando se cumplan las previsiones sucesorias". Abella cuenta que Franco "le pidió que se quedara, preguntándole por qué había puesto tanto empeño en hablar de que la democracia era inevitable, a lo que Suárez contestó: ’Porque estoy convencido de que es así, Excelencia. La llegada de la democracia será inevitable porque lo exige la situación internacional. (...) Cuando Franco falte, ese deseo de futuro democrático será imparable". Abella dice que a Franco aquello no debió gustarle mucho, porque a algunos les dijo que Suárez estaba traicionando el espíritu de Herrero Tejedor, su mentor. Y eso fue porque Franco supo que don Juan Carlos le había pedido a algunos colaboradores de Herrero -y también a Herrero- papeles sobre la transición. Y a Suárez le sentó fatal haber creído que don Juan Carlos tan sólo se lo había pedido a él...

Charles Powell, director de la Fundación Transición Española, que está preparando una biografía de Suárez, desconfía de la existencia de ese papelito, aunque es cierto que Suárez, en un coloquio sobre la transición habido en el seno de la Fundación Ortega y Gasset, en 1983, se había referido a que el entonces Príncipe le había pedido opinión en 1971. "Lo contó con mucha gracia", nos decía el historiador Powell. "Decía que en un momento determinado, después de hablar con don Juan Carlos, que las ideas sobre cómo salir del franquismo pasaban por sus manos..., hasta que supo que el Príncipe había consultado también a muchísima gente. ¡No era el único! Lo contó con mucha gracia, y quitándose importancia".


» La alegría, la tristeza. Le pregunté a los dos historiadores qué alegró a Suárez, qué lo hirió. Powell: "Le alegraba contar la entrada de La Pasionaria y de Rafael Alberti al hemiciclo. Le llenaba de emoción contarlo. Y haber convencido a Carrillo para que le ayudara a llevar adelante su proyecto. Contaba la primera reunión, en el chalet de José Mario Armero, como se cuenta una experiencia inolvidable. Haberse ganado a Carrillo. Fue una victoria para él, en contra de Osorio y de Torcuato, que no querían ni que se viera con él. ¿Lo peor? Su relación con su propio partido. Pero no era un hombre rencoroso; todos tendieron a minusvalorarlo, y eso le dio fuerza". Abella: "Hasta en sus derrotas no te lo podías imaginar postrado. ¿Sus errores? No acompañar a las víctimas del terrorismo en los entierros de los ochenta, cuando cayeron tantos compañeros suyos. Su gran momento fue cuando se resolvió la Reforma Política. Estaba exultante. Su gran momento".


» "Me voy". Supo pronto que se iría; Helmut Schmidt, el canciller alemán, le avisó, en La Moncloa, de que sus correligionarios socialistas irían a por él, con todas las armas. "Pero si me voy". El político alemán le escuchó. Era 1979, tras las elecciones. Los enemigos ya no eran sólo los socialistas; y él había decidido marcharse "en cuanto se organizara el sistema en torno a la Corona". UCD estaba ya en una guerra de todos contra todos, y para seguir Suárez no tenía sino el débil pálpito de sus intuiciones. Decía entonces que él seguiría apoyando incluso a los que lo apuñalaban, si éstos tomaban el mando. Le apuñalaban. Por todas partes. Las turbulencias de 1980 (moción de censura, congreso agitado de UCD) bajan la moral de Suárez y lo ponen en el extremo de la melancolía, donde habita la rabia. En el verano gallego pasa del "no puedo seguir" al "me voy".

Ahí, entre aquellas brumas de verano, pergeña el cambio; si convoca elecciones gana el PSOE, y esa perspectiva considera entonces que puede ser nociva para el sistema que tenía en mente; por eso depositó el legado en Leopoldo Calvo Sotelo, un candidato de consenso entre las familias de UCD que estaban a la greña. El 23-F simboliza el final de un camino; la bruma en la que ahora vive Adolfo Suárez lanza sobre su figura una niebla que nubla también con el aire de las leyendas tanto sus fracasos como sus logros, su ambición, su derrota y su triunfo.

"...Y de tu desventura no murmurar después". Ya no lee a Kipling, ya no sabe nada, sólo que quienes le saludan con afecto son sus amigos. Y cada día se renuevan para él, aunque sean los mismos, y casi siempre son sus hijos. Él no sabe nada. Se levanta, feliz, camina. Se mueve en la historia como un nombre pero su propia memoria es una bruma a la que no llega ni la leyenda.

Juan Cruz en Domingo.

Federalismo

Federalismo

Cuando los brotes verdes sugeridos por la vicepresidenta Salgado (que así demostraba su rápido aprendizaje del idioma banqués) empiezan a cobrar visos de realidad, dada la aparente mejora del mercado laboral a lo largo del segundo trimestre, hete aquí que el horizonte autonómico vuelve a llenarse de malos presagios. Ahora resulta que el presidente Zapatero podría ser incapaz de cumplir su promesa de llegar a un acuerdo sobre la financiación territorial, anunciada para el inmediato 15 de julio durante el reciente debate sobre el estado de la nación. Lo cual tampoco tendría mucha importancia, si tenemos en cuenta que el jefe del Gobierno ha incumplido reiteradamente los sucesivos compromisos contraídos en esta materia, que según él se iba a solucionar definitivamente el pasado verano, ¿recuerdan?

Pero lo malo no es que llueva sobre mojado, pues a eso ya estamos habituados, sin que queden apenas ilusos dispuestos a confiar en las promesas presidenciales. Lo verdaderamente grave es que, si no se concluye ahora con éxito la financiación territorial, correrán grave peligro los presupuestos estatales y autonómicos del año que viene. Los Presupuestos del Estado correrán peligro porque su aprobación depende de los grupos parlamentarios catalanes, que han condicionado su voto al previo acuerdo sobre la financiación territorial. Y los presupuestos autonómicos también correrán peligro si no reciben mucha mayor financiación por parte de la Hacienda pública central, dado el ingente aumento de la demanda de protección social causado por la crisis. Por eso sería muy importante que ahora se pudiera llegar al acuerdo prometido sobre la financiación territorial, algo esencial para enfrentarse al deterioro del clima social que cabe augurar para el curso próximo, cuando vuelvan a crecer el paro y la morosidad.

¿Por qué no se puede llegar a ese acuerdo, si resulta tan necesario y decisivo? Al margen de los detalles técnicos de la negociación en curso sobre flujos de liquidez interterritorial, la clave parece residir en la paradójica naturaleza de nuestro federalismo, que no es de tipo cooperativo, como se precisaría, sino radicalmente competitivo, sometido como está al doble principio de distinción y de emulación por más antitéticos que resulten entre sí. Al principio de distinción se acogen aquellas comunidades, como la catalana, que se creen con derecho a percibir más que las demás, rechazando taxativamente el nivelador café para todos. Y al principio de emulación se acogen aquellas otras comunidades, como la andaluza, que se niegan a percibir menos que las demás, aspirando a igualarse por arriba con las de mayor nivel. El resultado es que, para poder cuadrar exigencias tan contradictorias, haría falta que el poder central hiciera un milagro. Algo parecido a lo que Josep Ramoneda ha caricaturizado en estas mismas páginas como teorema de Zapatero: que todas las comunidades perciban por encima de la media. O sea, dicho en términos de la teoría de juegos, que el pastel autonómico crezca como una burbuja hasta convertirse en un juego de suma positiva en el que todos ganan sin que nadie pierda.

Lo cual exige al Estado poner fondos presupuestarios adicionales extraídos de la Hacienda pública central para poder cuadrar las cuentas. Es el ya clásico método de transferir a las comunidades autónomas cuotas adicionales de los impuestos estatales: en 1993, el presidente González cedió a las autonomías el 15% de la cesta estatal; en 1996, el presidente Aznar subió la dosis hasta el 33% (Pacto del Majestic) y en 2006 el presidente Zapatero tuvo que volver a subirla hasta el 50% para poder acordar el nuevo Estatut catalán. Una cesión que ahora hay que generalizar a todas las autonomías añadiendo 9.000 millones de euros adicionales para poder coordinarlas entre sí.

Todo lo cual parece una subasta de sobornos con cargo al contribuyente que no contribuye demasiado a elevar el prestigio del Estado autonómico. Pero en realidad, se trata de la única forma de resolver un dilema de acción colectiva (así lo denomina la jerga especializada) como el planteado por el federalismo competitivo español. Es el célebre dilema del gorrón (o free rider) patentado en 1965 por Mancur Olson, que predice que nadie cooperará con los demás a menos que perciba una retribución suficiente: son los famosos incentivos selectivos que debe sufragar la autoridad central actuando como empresario político para hacer posible la coordinación. El problema es que, en época de crisis como la actual, la Hacienda central carece de fondos para incentivar a las partes. Y la única forma de lograrlo es hinchando aún más la burbuja de la deuda pública. ¿Cuánto aguantará ésta?

Enrique Gil Calvo

Por qué cantamos

Usted preguntará por qué cantamos…

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y poque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta.

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza


Mario Benedetti

Caritas in Veritate

Caritas in Veritate

El presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz, el cardenal Raffaele Martino, y el del Consejo ’Cor Unum’, el cardenal Paul Josef Cordes, presentaron oficialmente Cáritas in Veritate, la última encíclica de Benedicto XVI. Esta encíclica retoma, según palabras del Papa, las líneas de la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI. Esta encíclica, publicada en marzo de 1967, fue dedicada a la cooperación entre los pueblos y al problema de los llamados en ese momento países en vías de desarrollo.

Lee aquí Caritas in Veritate

La necesaria coordinación sanitaria

La necesaria coordinación sanitaria

El sistema actual no garantiza la equidad y la universalidad de la asistencia sanitaria


Los servicios sanitarios, como otros componentes del Estado de bienestar, constituyen un instrumento de estabilidad mediante mecanismos distintos. Por una parte, garantizan bienes y servicios que están en la base del desarrollo de sectores productivos muy pujantes, y, por otra, proporcionan posibilidades de empleo a amplios grupos de población cualificada.

En diciembre de 2001 tuvo lugar el cierre de los traspasos en materia de asistencia sanitaria de la Seguridad Social a las 10 Comunidades Autónomas (CC AA) que todavía estaban pendientes de ellos. Para llevar a cabo esa gestión la casi totalidad de esos gobiernos se han dotado de servicios regionales de salud. El conjunto de éstos constituye el denominado Sistema Nacional de Salud, concepto que puede expresar una realidad virtual.

Las CC AA han optado por abordar el ejercicio de sus competencias sanitarias como un instrumento más para reforzar el poder político que ejercen en sus territorios. Frente a esa actitud, no ha habido una posición clara desde los gobiernos de España que pusiera el acento en el mantenimiento de las condiciones universales e igualitarias de la protección sanitaria y en la necesidad de establecer instrumentos formales y legales para mantener el funcionamiento coordinado del sistema sanitario en su conjunto.

La implicación estatal en el establecimiento y la organización de la protección sanitaria en países descentralizados constituye un instrumento de cohesión social relevante. Sus formas concretas de cobertura y organización proporcionan un elemento principal de diferenciación nacional frente a otros Estados, y se realiza a través de mecanismos diversos, que ponen de relieve el interés del Gobierno federal o central en disponer de una política sanitaria propia. La experiencia de diversos países sugiere que dicha coordinación requiere de una estructura central dotada de mecanismos de intervención adecuados. Las características que hemos de considerar más significativas y problemáticas del proceso de descentralización sanitaria en España de cara al mantenimiento de las condiciones de universalidad y equidad de la protección son: una base constitucional abigarrada, un proceso sin un modelo final definido y un órgano de coordinación insuficiente.

Respecto a lo primero, la protección sanitaria no tiene un tratamiento unívoco en la Constitución española, sino que a ella hacen referencia dos títulos diferentes, el de Sanidad e Higiene (que se refería originalmente a la Salud Pública), y el de Seguridad Social, en el que se encontraba incluida la asistencia sanitaria cuando se aprobó la Constitución. Una y otras materias han seguido caminos y ritmos independientes para su descentralización, lo que ha conducido a una diversidad administrativa y asistencial generadora de disfunciones.

En cuanto a la falta de definición del modelo final, la Ley General de Sanidad de 1986 no estableció un diseño acabado del sistema sanitario español en condiciones de descentralización completa, lo que tampoco subsanó la Ley de Cohesión y Calidad. Aunque es la Constitución la que garantiza la solidaridad entre nacionalidades y regiones, el artículo 138 atribuye esta función al Estado en su acepción restringida.

Cabría quizá superar esta discordancia entendiendo que lo que el Estado, en sentido estricto, ha de garantizar no es la solidaridad en cuanto "principio", sino su "realización efectiva", y que la tarea que la Constitución encomienda a las instituciones centrales del Estado es la de fomentar los comportamientos solidarios de las Comunidades Autónomas y combatir los que no lo sean.

En tercer lugar, el órgano de coordinación es insuficiente. El Consejo Interterritorial de Salud, que funciona desde el principio de la unanimidad, no es eficiente para abordar las cuestiones centrales del Sistema, y su misma dinámica pone de manifiesto la perentoriedad de mejorar la cohesión del sistema sanitario español. El Tribunal Constitucional dice con claridad: "La coordinación persigue la integración de la diversidad de las partes o subsistemas en el conjunto o sistema, evitando contradicciones y reduciendo disfunciones que, de subsistir, impedirían o dificultarían, respectivamente, la realidad misma del sistema. La competencia estatal de coordinación general significa no sólo que hay que coordinar las partes o subsistemas del sistema general de sanidad, sino que esa coordinación le corresponde hacerla al Estado".

Al plantearse la búsqueda de soluciones, cualquier fórmula de coordinación propuesta, sea de carácter general o parcial, tiene que partir de la realidad de diecisiete servicios de salud diferentes, sin ninguna dependencia jerárquica que no sea la de sus propias autoridades autonómicas. En todo caso, debería utilizarse el Senado como espacio de concertación permanente entre el Gobierno de España y las CC AA, dando forma parlamentaria a los acuerdos alcanzados en el Consejo Interterritorial de Salud.

Para evitar que se escuchen voces reclamando políticas de "devolución de transferencias", sería adecuado trabajar en la elaboración de un acuerdo en forma de Ley compartido por Gobierno Central y CC AA que ofrezca una salida racional a esta situación. Es una tarea difícil pero central para quienes entienden que el Sistema Nacional de Salud es patrimonio de todos los españoles.

Pedro Sabando es médico y consejero electivo del Consejo Consultivo de la Comunidad Autónoma de Madrid.

España, a la cola de Europa en gobernabilidad y lucha contra la corrupción

Un estudio realizado por el Banco Mundial sitúa a nuestro país entre los últimos del continente en ’efectividad gubernamental’


España es uno de los peores países industrializados de la OCDE en las categorías de buen gobierno y lucha contra la corrupción, según un informe del Banco Mundial (BM) publicado este lunes, que evalúa la situación en más de 200 países de todo el mundo.

La octava edición de "Los Indicadores Mundiales de Buen Gobierno" muestra que España no sólo no ha mejorado en la última década en los seis parámetros que evalúa el estudio, sino que ha empeorado en apartados como el de la "Efectividad gubernamental", que mide el funcionamiento de la burocracia estatal.

En general, en todas las dimensiones de gobernabilidad, España está por debajo de la media de la OCDE, aunque figura por encima de países como Italia, Grecia y Chipre. Los autores del informe definen gobernabilidad como las tradiciones e instituciones mediante las cuales se ejerce la autoridad en un país, lo que incluye la forma en la que se seleccionan, controlan y reemplazan los gobiernos, así como la capacidad de estos para formular e implementar políticas sólidas.

A eso se suma el respeto de los ciudadanos y el estado por las instituciones que gobiernan las interacciones económicas y sociales entre ellos. En el informe participaron decenas de miles de personas de todo el mundo, desde ciudadanos de a pie, hasta expertos del sector privado, organizaciones no gubernamentales y representantes del sector público.

Uno de los puntos más preocupantes para España es el de la "Efectividad gubernamental", en el que ha habido un deterioro significativo desde 1998, cuando el país estaba entre los 20 mejores del mundo y en línea con la media de la OCDE.

Agencia EFE